Автор : Robbe-grillet Alain Название книги: La Casa De Citas Читать на сайте: https://mir-knigi.org/author/robbe-grillet-alain/la-casa-de-citas Titulo de la edicion original: La Maison de rendez-vous Traduccion: Josep Escue El autor quiere hacer constar que esta novela no puede considerarse en modo alguno un documento sobre la vida en la colonia inglesa de Hong Kong. Todo parecido, de decorado o situaciones, con aquella seria mero resultado del azar, objetivo o no. _Si algun lector, acostumbrado a las escalas en Extremo Oriente, pensara que los lugares aqui descritos no concuerdan con la realidad, el autor, que ha pasado alli la mayor parte de su vida, le aconsejaria que volviera y se fijara mas: las cosas cambian rapidamente en aquellos climas._ La carne femenina sin duda ha ocupado siempre un lugar muy destacado en mis suenos. Incluso estando despierto, su imagen no deja de asaltarme. A una joven con traje de verano que muestra su nuca curvada -esta abrochandose la sandalia-, con la cabellera medio echada hacia adelante descubriendo la piel fragil y el vello rubio, la veo yo al instante dispuesta a alguna complacencia, de inmediato excesiva. La estrecha falda cenida, abierta hasta los muslos, de las elegantes de Hong Kong se desgarra de golpe bajo una mano violenta, que desnuda bruscamente la cadera redondeada, firme, tersa, brillante, y la suave curva hasta la cintura. El latigo de cuero, en el escaparate de un talabartero parisien, los pechos expuestos de los maniquies de cera, el cartel de un espectaculo, un anuncio de ligas o de un perfume, dos labios humedos y abiertos, un brazalete de hierro, un collar de perro, disponen en torno a mi su insistente y provocativo decorado. Una simple cama con dosel, un cordel, la punta encendida de un puro, me acompanan durante horas, al albur de los viajes, durante dias. En los parques organizo fiestas. Para los templos dispongo ceremonias, ordeno sacrificios. Los palacios arabes o mongoles me llenan los oidos de gritos y suspiros. En las paredes de las iglesias de Bizancio, los marmoles aserrados con simetria bilateral dibujan ante mis ojos sexos femeninos ampliamente abiertos, distendidos. Un par de argollas empotradas en la piedra, en lo mas profundo de una antigua carcel romana, bastan para que se me aparezca la bella esclava encadenada, sometida a largos suplicios, en el silencio, la soledad y el ocio. A menudo me paro a contemplar a alguna joven que baila en una fiesta. Me gusta que lleve desnudos los hombros y, cuando se vuelve, el inicio de los pechos. Su carne lisa reluce con un brillo suave bajo la luz de las aranas. Ejecuta con encantadora concentracion uno de esos pasos complicados en los que la chica se separa de su pareja, alta silueta negra, en segundo plano, que se limita a esbozar apenas los movimientos ante ella, atenta, cuyos ojos bajos parecen acechar la menor senal que hace la mano del hombre, para obedecerle en el acto mientras sigue observando las leyes minuciosas del ceremonial, y luego, tras una orden casi imperceptible, girando de nuevo en una agil media vuelta, descubre de nuevo sus hombros y su nuca. Ahora se ha apartado un poco, para abrochar la hebilla de su fino zapato, de delgadas tiras doradas que sujetan con varias cruces el pie descalzo. Sentada al borde de un sofa, permanece inclinada, la cabellera medio echada hacia adelante descubriendo aun mas la piel fragil de rubio vello. Pero se acercan dos personajes y pronto ocultan la escena, una alta silueta de smoking negro, a la que un hombre gordo y colorado habla de sus viajes. Todo el mundo conoce Hong Kong, su bahia, sus juncos, sus sampanes, los rascacielos de Kowloon y el traje cenido de falda estrecha, abierta lateralmente hasta el muslo, que visten las eurasiaticas, altas muchachas elasticas, moldeadas por sus vestidos de seda negra con corto cuello blanco y sin mangas, estrictamente cortados a ras de axilas y de cuello. La delgada tela brillante se apoya directamente en la piel, marcando las formas del vientre, el pecho, las caderas, y plisandose en el talle en un haz de diminutos surcos, cuando la paseante, que se ha detenido ante un escaparate, vuelve la cabeza y el busto hacia la luna, en la que, inmovil, el pie izquierdo apoyado en el suelo con solo la punta de un zapato de tacon muy alto, pronto a reanudar la marcha en mitad del paso interrumpido, la mano derecha tendida hacia adelante, algo separada del cuerpo, y el codo medio doblado, contempla un instante a la joven de cera vestida con identico traje de seda blanca, o su propio reflejo en el cristal, o la correa de cuero trenzado que sostiene el maniqui con la mano izquierda, el brazo desnudo separado del cuerpo y el codo medio doblado para contener a un gran perro negro de pelo brillante que avanza delante de ella. El animal ha sido disecado con mucho arte. Y, si no fuera por su inmovilidad total, su rigidez demasiado acentuada, sus ojos de cristal demasiado brillantes sin duda, y demasiado fijos, el interior de su boca entreabierta tal vez demasiado rosado, sus dientes demasiado blancos, se diria que va a concluir el movimiento interrumpido: avanzar la pata que ha quedado tendida hacia atras, levantar las dos orejas simetricamente, abrir mas las mandibulas para descubrir por entero los colmillos, en una actitud amenazadora, como si lo inquietara algo que ve en la calle o pusiera en peligro a su duena. El pie derecho de esta, que se adelanta casi hasta la altura de la pata trasera del perro, solo se apoya en el suelo con la punta de un zapato de tacon muy alto, cuya piel dorada cubre unicamente con un triangulo minusculo la punta de los dedos, mientras unas finas tiras sujetan con tres cruces el empeine y cinen el tobillo sobre una media muy fina, apenas visible aunque de color oscuro, probablemente negra. Un poco mas arriba, la seda blanca de la falda esta abierta lateralmente, dejando adivinar la corva y el muslo. Por encima, gracias a una discreta cremallera, casi invisible, el traje debe de abrirse de golpe hasta la axila, sobre la carne desnuda. El cuerpo elastico se mueve a derecha e izquierda para intentar liberarse de las delgadas ataduras de cuero que aprisionan los tobillos y las munecas; pero, naturalmente, en vano. Los movimientos que la postura permite son ademas de escasa amplitud; torso y miembros obedecen a unas reglas tan estrictas, tan exigentes, que la joven parece ahora enteramente inmovil, llevando el compas solo con una imperceptible ondulacion de la cintura. Y de pronto, a una orden muda de su pareja, da una media vuelta agil, quedandose otra vez inmovil en el acto, o mas bien meciendose con una ondulacion tan lenta, tan reducida, que solo se mueve la delgada tela en el vientre y los pechos. Y he aqui que el mismo hombre gordo y sanguineo se interpone de nuevo, hablando otra vez en voz alta de la vida de Hong Kong y las tiendas elegantes de Kowloon, donde se encuentran las sedas mas bellas del mundo. Pero se ha interrumpido en medio de su discurso, con los ojos rojos levantados, como intrigado por la atencion que cree fijada en el. Ante el escaparate, la paseante de cenido traje negro tropieza con la mirada que refleja la luna de cristal; se vuelve despacio hacia la derecha, y prosigue su marcha con el mismo paso uniforme, bordeando las casas, sujetando del extremo de la correa tensa al perrazo de pelo brillante, cuya boca entreabierta deja escapar un poco de saliva, para cerrarse luego con un chasquido seco. En este momento pasa por la calzada, junto a la acera por la que, con paso corto y rapido, se aleja la joven del perro, y en la misma direccion que ella, una jinrikisha tirada a buen trote por un chino vestido con mono, pero tocado con el sombrero tradicional, en forma de cono de base ensanchada. Entre las dos altas ruedas, cuyos radios de madera estan pintados de color rojo vivo, la capota de lona negra que avanza como un alero sobre el asiento unico oculta por completo al cliente sentado en el; a no ser que este asiento, que por detras resulta a su vez invisible, este vacio, ocupado tan solo por una vieja almohadilla aplastada, cuyo hule agrietado, raido a trechos hasta la tela, deja escapar su miraguano por el agujero de uno de los angulos; asi se explicaria la asombrosa rapidez con que puede correr este hombrecillo de aspecto enclenque, con los pies descalzos, cuyas plantas renegridas aparecen alternativamente de modo mecanico entre los varales rojos, sin aminorar nunca la marcha para recobrar aliento, de modo que pronto ha desaparecido al final de la avenida, donde empieza la sombra densa de las higueras gigantes. El personaje de cara congestionada y ojos inyectados en sangre aparta enseguida la mirada, tras haber esbozado, por si acaso seguramente, una vaga sonrisa que no iba dirigida a nadie en particular. Se encamina hacia el buffet, acompanado por el mismo interlocutor de smoking, que sigue escuchando cortesmente, sin pronunciar una sola palabra, mientras el prosigue su relato haciendo ademanes breves con sus cortos brazos. El buffet se ha vaciado considerablemente. El acceso es facil, pero ya no queda casi nada en las bandejas de sandwiches y pastelitos, irregularmente esparcidas sobre el mantel arrugado. El hombre que ha vivido en Hong Kong pide una copa de champan, que un camarero de chaqueta blanca y guantes blancos le sirve al momento en una bandeja rectangular de plata. La bandeja queda un instante suspendida sobre la mesa, a unos veinte o treinta centimetros de la mano extendida del hombre, que se disponia a coger la copa, pero que esta pensando ahora en otra cosa, tras recobrar su voz fuerte y algo ronca para hablarle de sus viajes a ese mismo companero mudo, hacia el que se vuelve de medio lado, levantando la cabeza, ya que es mucho mas alto que el. Este, por el contrario, mira la bandeja de plata y la copa de champan amarillo por el que ascienden pequenas burbujas, la mano en guantada de blanco, y luego al propio camarero, cuya atencion acaba de dirigirse a otro lado: un poco atras y hacia abajo, a una zona oculta por la larga mesa cuyo blanco mantel llega hasta el suelo; parece observar algo, acaso un objeto que se le ha caido por descuido, o que alguien ha dejado caer o ha tirado voluntariamente, y que va a recoger cuando el invitado rezagado que ha pedido champan haya cogido su copa de la bandeja, la cual se inclina ahora peligrosamente para el liquido burbujeante y su recipiente de cristal. Pero, sin reparar en ella, el hombre sigue hablando. Cuenta una historia tipica de trata de menores, cuyo principio falta pero resulta facil de reconstruir al poco rato en sus lineas generales: una chica comprada virgen a un intermediario cantones y vuelta a vender posteriormente por el triple del precio inicial, en buen estado pero tras varios meses de uso, a un norteamericano recien llegado, que se habia instalado en los Nuevos Territorios con el pretexto oficial de estudiar sus posibilidades de cultivo de… (dos o tres palabras inaudibles). En realidad cultivaba canamo indico y adormidera blanca, pero en cantidades razonables, lo cual tranquilizaba a la policia inglesa. Era un agente comunista que disimulaba su actividad verdadera tras otra mas anodina: la fabricacion y el trafico de diversas drogas, a muy reducida escala, suficiente para su consumo domestico y el de sus amigos. Hablaba cantones y mandarin, y, naturalmente, frecuentaba la Villa Azul, donde Lady Ava organizaba espectaculos especiales para algunos intimos. Una vez se presento la policia en su casa a mitad de una fiesta, pero una fiesta perfectamente normal, organizada seguramente como tapadera, tras una falsa denuncia cursada a la brigada social. Cuando los gendarmes en short caqui y calcetines blancos irrumpen en la villa, solo encuentran tres o cuatro parejas bailando aun en el gran salon con correccion y elegancia, algunos altos funcionarios o conocidos hombres de negocios conversando aqui y alla, sentados en los sillones o los sofas, o de pie junto a una ventana, y que vuelven unicamente la cabeza hacia la puerta sin cambiar de posicion, de espaldas en el marco o con la mano sobre el respaldo de una silla, una joven que suelta una carcajada burlona ante el aire de sorpresa de los dos adolescentes con los que estaba charlando, tres caballeros rezagados en el buffet, donde uno de ellos pide una copa de champan. El camarero de chaquetilla blanca, que miraba el suelo a sus pies, dirige los ojos a la bandeja de plata, que endereza para presentarla en posicion horizontal, diciendo: «Aqui tiene, caballero.» El hombre gordo y colorado dirige la mirada hacia el, advirtiendo entonces su propia mano olvidada en el aire, sus falanges rechonchas medio dobladas sobre si mismas y su sortija china; toma la copa, que se lleva al punto a los labios, mientras el camarero deja la bandeja sobre el mantel y se agacha para recoger algo detras de la mesa, que lo oculta casi totalmente unos segundos. Solo se ve su espalda encorvada, en la que la chaqueta corta y cenida se ha deslizado sobre el cinturon del pantalon negro, dejando al descubierto una franja de camisa arrugada. Despues de incorporarse, pone junto a la bandeja un objeto pequeno que tiene en la mano derecha: una ampolla de cristal incoloro del tipo corriente usado en farmacia y de la que solo se ha roto una punta, lo que quiere decir que el liquido solo puede haberse extraido mediante una jeringuilla provista de su aguja de inyectar. El personaje de smoking oscuro mira tambien la ampolla, pero esta no lleva ningun nombre o marca que pueda indicar lo que contenia. Mientras tanto, se han separado las ultimas parejas que aun bailaban, tras haber cesado la musica. Lady Ava tiende una mano elegante y cortes a uno de los hombres de negocios, que se despide de ella con ademanes ceremoniosos. Es el unico invitado que lleva un smoking de color oscuro (de un azul marino muy intenso, a menos que sea negro); todos los demas, aquella noche, iban de smoking blanco, spencer blanco o en trajes de calle de tonos diversos, oscuros por descontado. A mi vez me acerco a la senora de la casa y me inclino, mientras me tiende, para que los bese, el extremo de sus largos dedos de unas quiza excesivamente rojas. Repite asi el gesto que acaba de realizar con mi predecesor, y yo me inclino ceremoniosamente de igual modo y cojo su mano para sostenerla mientras la rozo con el borde de los labios, repitiendose exactamente la escena en sus menores detalles. Fuera, el calor es sofocante. Perfectamente inmovil en la noche humeda, como petrificado en medio de una materia solida, se inclina sobre la avenida el follaje finamente recortado de los bambues, iluminado por la luz incierta que llega de la escalinata de la villa y destacandose sobre un cielo totalmente oscuro, entre el chirriar constante y ruidoso de las cigarras. En la puerta del parque no hay taxis, pero si varias jinrikishas alineadas a lo largo de la tapia. El conductor que tira de la primera de la fila es un hombrecillo enclenque, vestido con mono; ofrece sus servicios en un lenguaje incomprensible, que debe de imitar el ingles. Bajo la capota de lona en forma de alero, subida en prevision de las lluvias repentinas, muy frecuentes en esta epoca del ano, el asiento esta provisto de una almohadilla pegajosa y dura, cuyo hule roto deja salir su relleno por uno de los angulos: una materia aspera, apelmazada en mechones rigidos, impregnados de humedad. El centro de la ciudad desprende, como de costumbre a estas horas, un olor dulzon a huevos semipodridos y fruta demasiado madura. La travesia en el transbordador de Kowloon no trae el menor frescor, y, en la otra orilla, las jinrikishas que esperan son identicas, estan pintadas del mismo rojo estridente y tienen las mismas almohadillas de hule; sin embargo, las calles son mas anchas y limpias. Los escasos peatones que circulan aun, aqui y alla, al pie de los rascacielos, van vestidos casi todos a la europea. Pero un poco mas lejos, por una avenida desierta, una joven alta y flexible, con un traje cenido de seda blanca abierto lateralmente, pasa bajo la claridad azul de una farola. Lleva sujeto a una correa, con el brazo tendido, un perrazo negro de pelo brillante que avanza, rigido, delante de ella. Pronto desaparece, y su duena tras el, bajo la sombra de una higuera gigante. Los pies del hombrecillo que corre entre los varales siguen golpeando, con ritmo vivo y regular, el asfalto liso. Intentare, pues, relatar ahora aquella velada en casa de Lady Ava, precisar en todo caso cuales fueron, por lo que yo se, los principales sucesos que la singularizaron. Llegue a la Villa Azul sobre las nueve y diez en taxi. Un parque de vegetacion tupida rodea por todas partes la inmensa mansion de estuco, cuya arquitectura recargada, asi como la yuxtaposicion de elementos aparentemente heteroclitos y su color insolito sorprenden siempre, incluso a quien la ha contemplado ya muchas veces, cuando aparece, a la vuelta de una avenida, enmarcada de palmeras reales. Como tenia la impresion de llegar algo temprano, es decir, de ser uno de los primeros invitados en franquear la puerta, si no el primero, ya que no veia a nadie mas ni en el camino de acceso ni en la escalinata, preferi no entrar enseguida y torci hacia la izquierda para dar unos pasos por aquella parte del jardin, la mas agradable. Solo los alrededores inmediatos de la casa estan alumbrados, incluso en dias de recepcion; enseguida unos espesos macizos vienen a obstruir la luz de los faroles, y hasta el resplandor azul reflejado por las paredes de estuco; pronto no se distingue mas que el contorno de las avenidas de arena clara y luego, cuando los ojos se habituan a la oscuridad, la forma de conjunto de los bosquecillos y arboles mas proximos. El ruido producido por millares de insectos invisibles, que seguramente son cigarras o una especie parecida de canto nocturno, es ensordecedor. Es un ruido estridente, uniforme, perfectamente regular y continuo, que procede de todos los lados a la vez y cuya presencia es tan violenta que parece localizarse en el oido mismo del paseante. Este, sin embargo, puede a menudo no advertirlo, debido a la total ausencia de interrupcion y de cambio de intensidad o altura. Y de pronto, sobre este fondo sonoro, se destacan unas palabras: «?Nunca!… ?Nunca!… ?Nunca!» El tono es patetico, y hasta un poco teatral. La voz, aunque grave, es ciertamente la de una mujer, que debe de estar muy cerca, seguramente detras mismo de la alta masa de ravenalas que bordea la avenida por la derecha. Afortunadamente la tierra blanda no hace el menor ruido bajo las pisadas de quien se aventura por alli. Pero, entre los delgados troncos coronados por su ramo de hojas en forma de abanico, solo se distinguen otros troncos, cada vez mas juntos, formando un bosque infranqueable que probablemente tiene una gran profundidad. Al volverme, descubri de pronto la escena: dos personajes inmovilizados en actitudes dramaticas, como bajo el influjo de una intensa emocion. Antes quedaban ocultos por un matorral bastante bajo, y fue al avanzar hasta el macizo de ravenalas y subir luego la pendiente de tierra desnuda cuando alcance la posicion desde la que era facil divisarlos, en medio de un halo de luz azul procedente de la casa, repentinamente mas cercana de lo que dejaba suponer el camino recorrido, y en un espacio bruscamente despejado justo en aquel lugar. La mujer lleva un vestido largo, de falda muy ancha, con los hombros y la espalda desnudos; esta de pie, con el cuerpo bastante rigido, pero con la cabeza vuelta y los brazos esbozando un movimiento ambiguo de adios, o de desden o de expectacion: la mano izquierda apenas separada del cuerpo, a la altura de la cadera, y la derecha levantada hasta el nivel de los ojos, con el codo medio doblado, y los dedos extendidos, abiertos, como si se apoyara en una pared de cristal. A unos tres metros, en la direccion aproximada que parece condenar -o temer- la mano, se halla un hombre con spencer blanco que parece a punto de desplomarse, como si acabara de recibir un disparo, y la mujer hubiera soltado el arma en el acto y permaneciera asi, con la mano derecha abierta, anonadada por su propia accion, sin atreverse siquiera a mirar al hombre, que tan solo se ha doblado sobre las piernas, con la espalda algo encorvada, una mano crispada en el pecho y la otra extendida a un lado, hacia atras, como buscando algo en que apoyarse. Despues, muy despacio, sin enderezar el cuerpo ni las rodillas dobladas, mueve esta mano hacia adelante, se la lleva a los ojos (realizando asi una imagen perfecta de la expresion «velarse la faz») y se queda entonces tan inmovil como su companera. Sigue petrificado en la misma postura cuando esta, con paso lento y regular de sonambula, emprende el camino hacia la casa de reflejos azulados, y se aleja, manteniendo los brazos levantados en la misma posicion y rechazando con la mano izquierda la invisible pared de cristal. Un poco mas lejos, en la misma avenida, hay un hombre solo sentado en un banco de marmol. Vestido de color oscuro y colocado bajo una planta carnosa, con hojas en forma de mano que avanza por encima de el, tiene ambos brazos separados a cada lado del cuerpo, las palmas de las manos apoyadas en la piedra y los dedos curvados en su borde redondeado; el busto esta doblado hacia adelante, la cabeza en una contemplacion fija -o ciega- de la arena palida ante sus zapatos de charol. Mas lejos aun, una muchacha muy joven -vestida unicamente con una especie de camisa de manga corta hecha jirones que deja asomar en varios puntos la carne desnuda, en los muslos, el vientre, el torso de pechos nacientes, los hombros- esta atada al tronco de un arbol, con las manos atras, la boca abierta de terror y los ojos agrandados por lo que ve ante si: un tigre de grandes dimensiones, detenido apenas a unos metros, que la contempla un instante antes de devorarla. Es un grupo escultorico, de tamano natural, tallado en madera a comienzos de siglo, que representa una escena de caza en la India. El nombre del artista -un nombre ingles- se halla grabado en la madera, en la base del falso tronco de arbol, junto al titulo de la estatua: «El cebo.» Pero el tercer elemento del grupo, el cazador, en vez de estar encaramado en algun elefante o en lo alto de alguna atalaya, permanece tan solo un poco al margen, de pie entre las altas hierbas, con la mano derecha crispada en el manillar de una bicicleta. Viste traje de algodon blanco y casco colonial. No se apresta a disparar; el canon del rifle, que lleva aun en bandolera, le asoma por detras del hombro izquierdo. Por lo demas, no es al tigre a quien mira sino al cebo. Naturalmente la noche esta demasiado oscura, en esa parte del jardin, para que se puedan distinguir con precision la mayoria de estos detalles, visibles unicamente en pleno dia: la bicicleta, por ejemplo, lo mismo que el nombre de la estatua y el del escultor (algo asi como Johnson o Jonstone). El tigre, por el contrario, y sobre todo la muchacha atada al arbol, que se hallan muy cerca de la avenida, resaltan con bastante nitidez sobre el fondo mas oscuro de la vegetacion. De dia, en esa parte, se pueden admirar otras esculturas, todas mas o menos horribles o fantasticas, como las que adornan los templos de Tailandia o el Tiger Balm Garden de Hong Kong. «Si no ha visto eso, no ha visto nada», dice hablando de este ultimo el hombre gordo mientras deja su copa de champan, vacia, en el mantel blanco arrugado junto a una flor de hibiscus marchita, uno de cuyos petalos queda cogido bajo el disco de cristal que forma la base de la copa. Es en este momento cuando se abre bruscamente la pesada puerta, empujada con violencia desde fuera, para dar paso a los tres policias britanicos de uniforme: short y camisa caqui de manga corta, calcetines blancos y zapatos bajos. El ultimo que entra cierra la puerta y se queda montando guardia junto a ella, con las piernas ligeramente separadas y la mano derecha apoyada en la funda de cuero del revolver, en la cadera. Otro cruza la estancia con paso decidido hacia la puerta del fondo, mientras el tercero -que no parece armado, pero lleva galones de alferez en las hombreras- se dirige hacia la senora de la casa como si supiera exactamente donde esta, aunque en este momento permanece oculta a sus miradas, sentada en un sofa amarillo en uno de los entrantes con columnas que corresponden a los miradores de estilo chino de la fachada oeste. Precisamente esta diciendo: «?Nunca?… ?Nunca?… ?Nunca?…», en tono risueno, mas evasivo que firme (pero quiza insinuante), a una joven rubia que esta de pie junto a ella. Al pronunciar estas palabras, Lady Ava se ha vuelto hacia la ventana de gruesas cortinas corridas. La joven lleva un vestido de noche de muselina blanca de larga falda muy ahuecada y cuerpo muy escotado, que deja al descubierto los hombros y el inicio de los pechos. Mantiene los ojos inclinados hacia el terciopelo amarillo del sofa: parece reflexionar; al final dice: «Bien… Lo intentare.» Lady Ava vuelve entonces la mirada al rostro rubio, de nuevo con la misma sonrisa un poco ironica. «Manana, por ejemplo…», dice. «O pasado manana…», dice la joven, sin alzar los ojos. «Mejor manana», dice Lady Ava. Seguramente esta escena tuvo lugar otra noche; o, si ha sido hoy, se situa en cualquier caso algo mas pronto, antes de marcharse Johnson. En efecto, Lady A va senala con la mirada su alta silueta oscura, cuando anade: «Ahora vuelva a bailar con el.» La joven con tez sonrosada de muneca se vuelve tambien entonces, pero como a disgusto, o con una especie de temor, hacia el personaje de smoking negro, que, un poco apartado, de perfil, sigue mirando las cortinas corridas, como si esperara -pero sin darle demasiada importancia- que surgiera de pronto alguien en la invisible ventana. De repente el decorado cambia. Cuando las pesadas cortinas, deslizandose lentamente por sus rieles, se abren para el cuadro siguiente, el escenario del teatrito representa una especie de claro en el bosque que, en el que los habituales de la Villa Azul reconocen enseguida la disposicion general del numero que lleva por titulo «El cebo». La colocacion y las posturas de los personajes acaban de describirse, entre la coleccion de figurillas que adornan el salon de cristal, o a proposito del jardin, o de otra cosa pesa, Sin embargo, aqui no se trata de un tigre, sino de uno de los grandes perrazos negros de la casa, mas gigantesco aun gracias a un habil efecto de la luz, y, sin duda tambien, debido a la pequena estatua de la joven mestiza que interpreta el papel de victima. (Se trata probablemente de aquella chica, comprada tiempo atras a un intermediario cantones, del que ya se ha hablado.) El hombre que hace de cazador no lleva bicicleta esta vez, pero sostiene en la mano una recia correa de cuero trenzado; y lleva gafas negras. Es inutil insistir en esta representacion que todo el mundo conoce. Una vez mas es ya muy tarde. Oigo al viejo rey loco que recorre el largo pasillo de arriba. Anda buscando algo, entre sus recuerdos, algo consistente, y no sabe que. La bicicleta ha desaparecido pues, ya no hay tigre de madera tallada, parecido pues, ya no hay tigre de madera tallada, tampoco hay perro, ni gafas negras, ni pesadas cortinas. Ya no hay jardin, ni celosias, ni pesadas cortinas que se deslizan lentamente sobre sus rieles. Ahora solo quedan restos dispersos: fragmentos de papeles de colores destenidos amontonados por el viento en el rincon de una pared, residuos de hortalizas medio podridas que seria dificil identificar con certeza, frutas aplastadas, una cabeza de pescado reducida a su esqueleto, astillas de madera (procedentes de algun delgado liston o una caja rota) nadando en el agua fangosa del arroyo por el que pasa la portada de un tebeo chino girando con lentitud. Las calles de Hong Kong son sucias, como nadie ignora. Los pequenos comercios de rotulos verticales, escritos con cuatro o cinco ideogramas rojos o verdes, esparcen desde el amanecer, en torno a sus mostradores de productos sospechosos, pequenos desperdicios de olor insulso, que acaban cubriendo totalmente las aceras, se desbordan por la calzada, arrastrados en todas direcciones por los zuecos de los transeuntes con pijamas negros, para quedar muy pronto empapados por las bruscas lluvias torrenciales de la tarde, reducidos luego a anchas placas sin espesor por las ruedas de las jinrikishas de almohadillas agujereadas, o acumulados en inciertos montones por los barrenderos, cuyos vagos movimientos, lentos y como inutiles, se interrumpen un momento mientras los ojos oblicuos se alzan un poco, de soslayo, al paso de las criadas eurasiaticas con porte de princesas, que, al caer la noche, en medio del calor humedo y el olor a cloaca, pasean imperturbables a los perrazos silenciosos de Lady Ava. Animal de pelo brillante, tenso sobre sus patas rigidas, que avanza con paso rapido y seguro, con la cabeza alta, tiesa, la boca apenas entreabierta, las orejas erguidas, como un perro policia que sabe donde va sin necesidad de escudrinar a derecha e izquierda para hallar su camino, ni tan solo de husmear el suelo en el que las pistas se confunden entre las inmundicias y los hedores. Finos zapatos de tacones puntiagudos cuyas tiras de piel atan el pie diminuto con tres cruces doradas. Traje cenido, apenas estriado a cada paso con tenues pliegues escurridizos en las caderas y el vientre; la seda brillante, bajo los faroles de las tiendas, tiene los mismos reflejos que el pelo oscuro del animal, que anda dos metros mas adelante, tirando de la correa, llevada con el brazo extendido, lo justo para tensar la trenza de cuero sin obligar a la paseante a modificar la rapidez o la direccion de su trayecto en linea recta, que cruza la multitud de pijamas como si fuera una plaza desierta, conservando el cuerpo inmovil, a pesar del movimiento vivo y regular de las rodillas y los muslos, bajo la falda estrecha, cuyo corte lateral solo permite pasos reducidos. Los rasgos de su cara, bajo el cabello muy negro, marcado con una roja flor de hibiscus por encima de la oreja izquierda, tienen la misma fijeza que los de un maniqui de cera. Ni siquiera baja los ojos hacia los puestos de pulpos, pescado verde y huevos fermentados, ni vuelve la cabeza, a derecha o a izquierda, hacia los rotulos debilmente alumbrados, cuyos enormes caracteres cubren toda la superficie disponible tanto en las paredes como en los pilares cuadrados de los soportales, o hacia los puestos de periodicos y revistas, los anuncios enigmaticos, los farolillos de colores vivos. Se diria que no ve nada de todo esto, como una sonambula; tampoco necesita mirar a sus pies para evitar los obstaculos, que parecen apartarse por si mismos para dejarle paso libre: un nino desnudo entre restos de hortalizas, una caja vacia que la mano de un personaje oculto quita del suelo en el ultimo momento, una escoba de paja de arroz que apenas roza los adoquines, como a tientas, lejos de la mirada ausente de un empleado municipal vestido con mono, cuyos ojos adormilados abandonan muy pronto las breves apariciones periodicas de la pierna entre los faldones del traje abierto, para atender un instante a su trabajo: el haz de paja de arroz cuyo extremo curvado por el uso empuja hacia el arroyo una imagen abigarrada: la portada de un tebeo chino. Bajo una inscripcion horizontal en grandes ideogramas de formas cuadradas, que ocupa toda la parte superior de la pagina, el dibujo -de ejecucion tosca – representa un espacioso salon a la europea, cuyos revestimientos de madera, muy adornados con espejos y estucos, deben de dar probablemente idea de lujo; algunos hombres con trajes oscuros o spencers de tonos crema o marfil permanecen de pie, aqui y alla, conversando en grupos pequenos; en un segundo termino, hacia la izquierda, detras de un buffet provisto de un mantel que cae hasta el suelo en el que estan dispuestas numerosas bandejas repletas de sandwiches o de pastelitos, un camarero de chaqueta blanca sirve una copa de champan, en una bandeja de plata, a un personaje gordo de aspecto importante que, con el brazo extendido ya para coger la copa, habla con otro invitado mucho mas alto que el, lo cual le obliga a levantar la cabeza; al fondo de todo, pero en un lugar despejado que permite advertirlos a la primera ojeada -y mas teniendo en cuenta que se trata del centro de la imagen-, acaba de abrirse una gran puerta de dos hojas para dar paso a tres militares en uniforme de campana (monos de paracaidistas con manchas verdes y grises) que, empunando cada uno una metralleta a la altura de la cadera, inmoviles y prontos a disparar, apuntan sus armas en tres direcciones divergentes abarcando el conjunto de la sala. Pero solo algunas personas han advertido su irrupcion, en el bullicio de la recepcion mundana, una mujer de vestido largo, directamente amenazada por uno de los canones, y tres o cuatro hombres situados en su proximidad inmediata; se acusa un movimiento de retroceso en sus cabezas y sus bustos, mientras que los brazos se han paralizado en mitad de los ademanes instintivos de defensa, o sorpresa, o miedo. En el resto del salon siguen desarrollandose las intrigas locales, como si no pasara nada. A la derecha y en primer plano, por ejemplo, dos mujeres, bastante cerca una de otra y visiblemente unidas por algun asunto momentaneo, aunque no parecen estar conversando, no han visto aun nada y prosiguen la escena iniciada sin preocuparse de lo que ocurre a diez metros de ellas. La mayor, sentada en un sofa de terciopelo rojo -o mejor dicho, de terciopelo amarillo-, observa sonriendo a la mas joven, de pie ante ella, pero vuelta de perfil en otra direccion: hacia el hombre de estatura alta que escuchaba hace un momento distraidamente al bebedor de champan, junto al buffet, y que, ahora solo, permanece apartado de la gente frente a una ventana de cortinas corridas. La joven, al cabo de unos segundos, vuelve a mirar hacia la senora sentada; su semblante, de frente, aparece grave, exaltado, bruscamente decidido; da un paso hacia el sofa rojo y, con mucha calma, subiendose un poco el borde inferior del vestido con un movimiento flexible y gracil del brazo izquierdo, hace una genuflexion ante Lady Ava, que, con mucha naturalidad, sin impresionarse, sin dejar de sonreir, tiende una mano soberana, o condescendiente, hacia la joven arrodillada; y esta, cogiendo con dulzura la punta de los dedos de unas esmaltadas, se inclina para poner en ellos sus labios. Con la nuca inclinada, entre los rizos rubios… Pero la joven se incorpora enseguida con movimiento vivo y, de pie, desviando la mirada, se dirige resuelta hacia Johnson. Despues, de golpe, se precipitan las cosas: las cuatro frases convenidas que intercambian, el hombre que se inclina en un saludo ceremonioso ante su interlocutora, cuyos ojos siguen modestamente bajos, la criada eurasiatica que entra en la sala apartando la cortina de terciopelo, se detiene a pocos pasos de ellos y se queda mirandolos en silencio, sin que los rasgos de su rostro, tan inmoviles como los de un maniqui de cera, denoten ningun tipo de sentimiento, la copa de cristal que cae al suelo de marmol y se rompe en fragmentos menudos, centelleantes, la joven de cabello rubio que se queda contemplandolos con mirada vacia, la criada eurasiatica que avanza como una sonambula por entre los residuos, precedida por el perro negro que tira de la correa, los finos zapatos dorados que se alejan a lo largo de la linea de tiendas de comercio sospechoso, la escoba de paja de arroz, que, rematando su trayectoria curva, barre la portada ilustrada de la revista hasta la cuneta, cuya agua cenagosa arrastra la imagen de colores haciendola girar al sol. La calle, a estas horas del dia, esta casi desierta. Hace un calor humedo y bochornoso, aun mas agobiante que de ordinario en esta epoca del ano. Los postigos de madera de las tiendecillas estan todos cerrados. El gran perrazo negro se para espontaneamente delante de la entrada habitual: una escalera angosta y oscura, muy empinada, que arranca exactamente a ras de la fachada, sin ningun tipo de puerta ni pasillo, y que sube directamente hacia unas profundidades en las que la vista se pierde. La escena que se desarrolla entonces carece de precision… La joven mira rapidamente a derecha e izquierda, como para cerciorarse de que no la vigila nadie, despues sube la escalera, todo lo aprisa que le permite el largo traje cenido; y, casi en el acto, vuelve a bajar llevando junto al pecho un sobre muy grueso y deformado, de papel pardo, que parece atiborrado de arena. Pero ?que ha pasado entretanto con el perro? Si, como todo lo indica, no ha subido con la chica, ?habra esperado tranquilamente al pie de la escalera, sin necesidad de la correa? ?O lo habra atado ella a alguna anilla, alcayata, pomo de pasamano (pero la escalera no tiene pasamano), aldaba (pero no hay puerta), clavo de alas de mosca, de gancho, viejo clavo toscamente curvado hacia arriba, retorcido y oxidado, hundido en la pared en ese lugar? Pero ese clavo no es muy solido; y la presencia insolita de semejante animal, que distingue la casa sin ambiguedad, expondria inutilmente esta a la curiosidad de posibles observadores. O acaso el intermediario se hallaba en la oscuridad, casi al comienzo de las escaleras, y la criada eurasiatica no ha tenido que subir mas que dos peldanos, sin soltar la correa, y alargar la mano hacia el sobre -o el paquete- que le tendia el personaje invisible, para volverse sin perder mas tiempo. O mas bien, habia en efecto un personaje al comienzo de la escalera y estaba realmente alli esperando, pero se ha limitado a acercar la mano para coger el extremo de la correa que le ha dado la criada, mientras ella subia corriendo la exigua escalera para llegar hasta el intermediario, que habia permanecido en su cuarto, despacho, oficina o laboratorio. Lo malo es que se presenta de nuevo, con toda su fuerza, la objecion del perro demasiado vistoso. Y, de todos modos, falla el final del episodio, puesto que no se trataba de recoger un sobre sino a una muchacha muy joven, que, a juzgar por su cara, debe de ser mas bien japonesa que china. Los tres estan ahora en la acera de losas brillantes, cerca de la entrada cada vez mas oscura: la criada de traje cenido con abertura lateral, la japonesita con larga falda negra plisada y blusa blanca de colegiala, como se ven a miles por las calles de Tokyo o de Osaka, y el perrazo que se acerca a la recien llegada para olfateada insistentemente levantando el hocico. En todo caso, este fragmento de escena no admite duda: la boca del perro que olfatea a la adolescente presa de miedo, arrinconada en la pared, contra la cual ha de sufrir los roces del hocico inquietante desde los muslos hasta el vientre, y la criada que mira a la chica con ojos frios, dejando la trenza de cuero lo bastante floja para permitir al animal movimientos libres de la cabeza y el cuello, etc. Creo haber dicho que Lady Ava ofrecia representaciones a sus invitados en el escenario del teatrito particular de la Villa Azul. Sin duda se trata aqui de ese escenario. Los espectadores estan a oscuras. Solo brillan las luces de las candilejas cuando el pesado telon se abre por el centro para descubrir con lentitud un nuevo decorado: la alta pared y la escalera, estrecha y empinada, que desemboca en ella, bajando directamente de no se sabe donde, ya que la mirada se pierde en la sombra al cabo de unos diez peldanos. La pared, de gruesos sillares rugosos, da una impresion de sotano, o incluso de mazmorra subterranea, debido a las dimensiones exiguas que sugieren las paredes laterales, a derecha e izquierda. El suelo, toscamente enlosado, brilla a trechos por el desgaste o la humedad. La unica abertura es la de la escalera, estrecha y abovedada, que corta la pared aproximadamente a un tercio de su longitud, a partir del angulo de la derecha. Aqui y alla, irregularmente repartidas por los tres lados visibles de la mazmorra, varias argollas estan fijadas a las piedras, a distintos niveles. De algunas de ellas cuelgan gruesas cadenas oxidadas, una de las cuales, mas larga, baja hasta el suelo, donde forma una especie de S bastante alargada. Una de las argollas, situada justo a la derecha de la escalera, ha servido para atar el extremo libre de la correa del perro, que se ha echado delante del ultimo peldano, con la cabeza erguida, como si guardara la entrada de aquel lugar. Los focos concentran insensiblemente sus luces en el animal. Cuando no se le ve mas que a el, y el resto del escenario ha quedado sumido en la oscuridad, se enciende una luz, bastante viva pero lejana, en lo alto de la escalera, y se descubre entonces que esta termina en una reja de hierro, cuyo dibujo sin adornos se recorta ahora sobre el fondo claro en lineas negras verticales. El perro se ha puesto inmediatamente en pie grunendo. Aparecen en este momento dos mujeres jovenes detras de la reja, que una de ellas -la mas alta- abre para poder pasar ambas y empuja a su companera hacia adelante; la puerta se cierra luego con ruidos metalicos de goznes chirriantes, portazo y candado. Pronto no se distingue a nadie, las dos muchachas han sido absorbidas por la oscuridad, una tras otra, a partir de las piernas, en cuanto han empezado a bajar la escalera: no vuelven a aparecer hasta el final de esta, con la claridad de los focos: son, naturalmente, la criada eurasiatica y la adolescente japonesa. La primera desata sin esperar el extremo de la trenza de cuero -que no soltara de la mano durante todo el cuadro-, mientras la recien llegada, asustada por los grunidos amenazadores del animal, se refugia en la pared del fondo, en la parte situada a la izquierda de la escalera, pegandose de espaldas a la piedra. El perro, que ha sido especialmente adiestrado para ello, debe desnudar por completo a la prisionera que le senala la criada con el brazo libre, extendido hacia la falda plisada; hasta el ultimo triangulo de seda, rasga con sus colmillos las distintas prendas y las arranca a jirones, poco a poco, sin herir la carne. Los accidentes, cuando los hay, siempre son superficiales y de poca gravedad; no disminuyen el interes del numero, sino todo lo contrario. La chica que hace el papel de victima mantiene los brazos apartados a ambos lados del cuerpo, pegandose a la pared como si quisiera incorporarse a ella para huir del animal; evidentemente, una puesta en escena realista exigiria mas bien que recurriera a las manos para protegerse. Del mismo modo, cuando se vuelve de cara a la pared, con el mismo pretexto del terror instintivo que supuestamente experimenta (y que tal vez experimente de veras esta noche, puesto que se trata de una principiante), levantando entonces mas los brazos, con los codos doblados y las manos apoyadas en los cabellos, este modo de defensa solo se explica por un interes de orden estetico, destinado a introducir cierta variedad en la vision de la sala. Los focos, cuyos haces siguen apuntando a la cabeza del perro, iluminan sobre todo la zona -cadera, hombro o pecho- de la que esta ocupandose. Pero siempre que la criada, que dirige la operacion sin mantener la correa demasiado tirante, considera que se ha alcanzado una etapa particularmente decorativa del proceso -a causa de nuevas superficies ofrecidas a las miradas o de desgarrones de tela casualmente interesantes-, tira de la trenza de cuero murmurando un breve «?Aqui!», que restalla como un latigazo; el animal se echa atras, como a disgusto, y penetra en la sombra, en tanto que la luz, que sigue fija en la cautiva, se ensancha para hacer admirar a esta en su totalidad, ya de cara, ya de espalda, segun el lado que ofrece al publico en ese momento. En la sala del teatrito se intercambian entonces algunos comentarios, en voz bastante baja y tono comedido. Cuando la actriz es nueva, como esta noche, goza evidentemente de una atencion particular. Algunos espectadores cansados aprovechan, no obstante, para volver al tema que los preocupa: el movimiento de buques, los bancos comunistas, la vida que se lleva hoy dia en Hong Kong. «En las tiendas de los anticuarios -dice el hombre gordo y colorado- siempre se encuentran objetos de esos del siglo pasado que la moral occidental juzga monstruosos.» Luego ha de describir, a titulo de ejemplo, uno de los objetos en cuestion, pero lo hace en voz muy baja, susurrante, mientras pega la boca al oido que tiende hacia el su interlocutor inclinandose. «Ni que decir tiene -anade un poco despues- que ya no es como antes. Aunque, con paciencia, se pueden conseguir las senas de algunas casas de placer clandestinas, que son grandes como palacios y cuyas instalaciones especiales, los salones, los jardines, las camaras secretas, dejan muy atras nuestra imaginacion de europeos.» y luego, sin relacion aparente con lo anterior, se pone a contar la muerte de Edouard Manneret. «?Ese si que era un personaje!», anade a modo de conclusion. Se lleva a los labios la copa de champan, en la que no queda casi nada, y la vacia de un trago echando la cabeza hacia atras, con un movimiento de amplitud excesiva. Y deja la copa en el mantel blanco arrugado cerca de una flor de hibiscus marchita, de color rojo sangre, uno de cuyos petalos queda cogido bajo el disco de cristal que forma la base del pie. Los dos hombres cruzan despues el salon, donde los ultimos invitados parecen haber sido olvidados en grupitos indecisos; y seguramente se separan casi al instante, ya que la escena que sigue muestra al mas alto de los dos -a quien llaman Johnson o a menudo incluso «el americano», aunque es de nacionalidad inglesa y baron- de pie junto a uno de los anchos ventanales de cortinas corridas, conversando con aquella joven rubia cuyo nombre es Lauren, o Loraine, y unos momentos antes estaba en el sofa rojo al lado de Lady Ava. El dialogo entre ambos es rapido, algo distante, limitado a lo esencial. Sir Ralph (llamado «el americano») no puede evitar un esbozo de sonrisa casi despectiva, ironica en cualquier caso, mientras se inclina con rigidez ante la joven -diriase burlonamente- y le da breves indicaciones sobre lo que quiere de ella. Levantando sus grandes ojos, que hasta entonces mantenia obstinadamente bajos, la muchacha le presenta de pronto su rostro liso de mirada inmensa, aquiescente, rebelde, sumisa, vacia, sin expresion. En la escena siguiente, estan subiendo por la inmensa escalera de honor, ella de nuevo con los parpados bajos, la nuca inclinada, y sosteniendo con ambas manos, a cada lado, el borde inferior de su vestido blanco de falda muy ancha, que se sube ligeramente para impedir que roce en cada escalon la alfombra roja y negra, cuyas gruesas barras de cobre estan fijadas en los extremos mediante dos solidas anillas y rematadas a cada lado por una pequena pina estilizada, el siguiendola a poca distancia y vigilandola con la mirada, una mirada indiferente, apasionada, fria, que va desde los pies menudos, subidos en altos tacones de aguja, hasta la nuca curvada y los hombros desnudos, cuya carne resplandece con un brillo satinado cuando la joven pasa bajo los candelabros de bronce en forma de lingam de tres brazos que alumbran, uno tras otro, los tramos sucesivos de la escalera. En cada piso monta guardia un criado chino, petrificado en una actitud improbable, rebuscada, como las que se ven en las estatuillas de marfil de los anticuarios de Kowloon; un hombro demasiado subido, un codo hacia adelante, un brazo flexionado con los dedos vueltos hacia el pecho, o las piernas entrecruzadas, o el cuello torcido para mirar en una direccion que contradice el resto del cuerpo, todos tienen los mismos ojos oblicuos, casi entornados, clavados insistentemente en la pareja que se acerca; y, con un movimiento de automata con un mecanismo de relojeria bien graduado, cada uno de ellos, sucesivamente, hace girar su cara de cera muy despacio, de izquierda a derecha, para acompanar a los dos personajes que pasan sin volver la cabeza, prosiguiendo su ascension regular hacia el rellano siguiente, entre los candelabros sucesivos y los hierros verticales que sostienen el pasamano, franqueando de peldano en peldano las barras horizontales que fijan en cada escalon la gruesa alfombra a franjas rojas y negras. Despues estan en una habitacion decorada en estilo vagamente oriental, apenas alumbrada por lamparas pequenas cuyas pantallas difunden aqui y alla una luz rojiza, mientras la mayor parte de la estancia, de dimensiones bastante amplias queda en la penumbra. Asi ocurre, por ejemplo, en la zona que se extiende cerca de la entrada, donde se ha detenido Sir Ralph tras cerrar la puerta y dar vuelta a la llave en la maciza cerradura de adornos barrocos. Adosado al recio panel de madera como si prohibiera su acceso, mira la habitacion, la cama con columnas tapizada de raso negro y los diversos instrumentos refinados y barbaros que la joven, de pie tambien, pero en una zona un poco mas clara, inmovil y con los ojos puestos en el suelo, se esfuerza por no ver. El hombre gordo y colorado empieza sin duda entonces a describir uno de aquellos instrumentos, pero en voz muy baja y en el momento justo en que en el escenario se reanuda el espectaculo, tras esa pausa de unos segundos. La criada eurasiatica da un paso adelante. Un «?Anda!» imperioso, acompanado de un movimiento preciso del brazo izquierdo, dirigido hacia el vientre de la adolescente japonesa, le indica al perro el trozo de tela que ha de morder ahora. Y la luz se concentra de nuevo en el lugar senalado. A partir de ahora, en el silencio de la sala, ya no se oyen sino las breves ordenes silbantes de la criada, casi invisible, los sordos grunidos del perro negro y, de vez en cuando, la respiracion asustada de la victima. Cuando esta queda totalmente desnuda, pero con cierto retraso respecto a la ampliacion de los proyectores, que tiene lugar instantaneamente, suenan discretos aplausos. La joven actriz ejecuta tres pasos de danza acercandose a las candilejas y saluda. Este numero, tradicional en ciertas provincias de la China interior, ha sido como siempre muy bien recibido esta noche por los invitados ingleses o americanos de Lady Ava. Entretanto la criada eurasiatica (la que, salvo error, debe de llamarse Kim) se ha quedado en su sitio, sin moverse, lo mismo que el animal, mientras se van apagando las palmadas en la sala oscura. Diriase un maniqui de moda en un escaparate, que llevase atado de una correa a un gran perro disecado, con la boca entreabierta, las patas rigidas y las orejas erguidas. Sin que un solo rasgo de su semblante descubra la menor emocion, contempla a la muchacha desnuda, que ha vuelto a colocarse juma a la pared de piedra, esta vez de espaldas a la sala, con el cuerpo ligeramente arqueado, los brazos en alto y las manos en la cabellera negra, que levanta por encima de la nuca. De alli los ojos de la criada van bajando insensiblemente hasta un rasguno reciente, que marca la carne ambarina en lo alto del muslo izquierdo, por la cara interna, y donde asoma una gota de sangre, secandose ya. Y ahora anda en plena noche al pie de los altos edificios nuevos de Kowloon, agil y rigida a un tiempo, libre y dominandose, avanzando tras el perro negro que tira un poco mas de la trenza de cuero, sin volver la cabeza a derecha ni a izquierda, sin echar siquiera una rapida ojeada a los escaparates de modas de las tiendas: elegantes, o, al otro lado, a la jinrikisha rezagada que pasa por la calzada, con toda la rapidez de su conductor descalzo, paralela a la acera, tras los troncos de las higueras gigantes. Los troncos de las higueras ocultan, a intervalos, la fina silueta fugitiva, cuyo traje cenido de seda blanca brilla tenuemente en la oscuridad. Mi mano, apoyada en la almohadilla de hule que el calor humedo vuelve pegajoso, tropieza de nuevo con el desgarron triangular, por el que sale un mechon de crin humedo. De pronto, sin motivo, cruza por mi mente un retazo de frase, algo asi como: «…en el esplendor de las catacumbas, un crimen con ornamentos inutiles, barrocos…» Los pies descalzos del conductor seguian golpeando el asfalto liso con regularidad, mostrando alternativamente, una tras otra, las plantas sucias de polvo con un dibujo nitido y negro, como una suela muy escotada, en su borde interior y rematada por cinco dedos en abanico. Cogiendome de los brazos del asiento, me asome fuera de la jinrikisha para mirar atras: la silueta blanca habia desaparecido. Estoy casi seguro de que se trataba de Kim, que paseaba imperturbable a uno de los perros silenciosos de Lady Ava. Fue la ultima persona a quien vi aquella noche al volver de la Villa Azul. Nada mas cerrar la puerta de mi habitacion, quise reconstruir punto por punto el desarrollo de la velada, desde el momento en que penetro en el jardin de la villa, en medio del chirriar agudo, fijo, ensordecedor, producido por los millones de insectos nocturnos que pueblan por todas partes la vegetacion exuberante, cuyas ramas se inclinan sobre las avenidas, como saliendo al encuentro del paseante solitario, a quien hacen vacilar la oscuridad demasiado densa, las hojas en forma de manos, lanzas, corazones, las raices aereas en busca de un soporte donde agarrarse, las flores de perfume violento, dulzon, ligeramente podrido, alumbradas de pronto, a la vuelta de un bosquecillo, por el resplandor azul que difunden las paredes estucadas de la casa. Alli, en el centro de un lugar mas despejado, un hombre de estatura alta en traje de etiqueta habla con una joven de vestido largo, blanco, ampliamente escotado, cuya falda ahuecada llega hasta el suelo. Desde un poco mas cerca, reconozco sin dificultad a la nueva protegida de nuestra anfitriona, cuyo nombre es Lauren, en compania de un tal Johnson, Ralph Johnson, llamado «Sir Ralph», ese americano recien llegado a la colonia. No se hablan. Estan a cierta distancia uno de otro: dos metros aproximadamente. Johnson mira a la mujer que sigue mirando al suelo. La examina con calma, de abajo arriba, deteniendose mas en el inicio de los pechos, los hombros desnudos, el largo y gracil cuello que se curva un poco de lado, observando cada linea del cuerpo, cada superficie, con ese aire de indiferencia que seguramente le ha valido su apodo britanico. Por ultimo, con la misma sonrisa de siempre, dice: «Muy bien. Lo que usted quiera.» Pero, tras una pausa y mientras el hombre se inclina ante ella en un saludo respetuoso, que solo puede ser parodico, con el que parece despedirse, Lauren levanta de pronto la cabeza y tiende una mano hacia adelante, con el ademan incierto de quien quiere obtener un momento mas de atencion o pide un ultimo plazo, o trata de interrumpir un acto irrevocable que se esta cumpliendo ya, diciendo lentamente en voz muy baja: «No. No se vaya… Por favor… No se vaya aun.» Sir Ralph se inclina de nuevo, como si siempre hubiera sabido que las cosas ocurririan asi: espera esa frase, conoce de antemano cada una de sus silabas, cada vacilacion, las menores inflexiones de la voz, pero ya tarda demasiado en hacerse oir. Pero he aqui que las palabras esperadas brotan una a una de los labios de su companera, que seguramente ha respetado el tiempo prescrito, a la vez que alza por fin los ojos. «… Por favor… No se vaya aun.» Y solo entonces puede el abandonar el escenario. Discretos aplausos en la sala acompanan su salida, previstos tambien en el desarrollo normal de la funcion. Se encienden las aranas mientras se cierra el telon ante la actriz sola en escena, vuelta de perfil hacia los bastidores por donde acaba de desaparecer el protagonista, petrificada, diriase, por su marcha, con el brazo aun medio extendido y los labios entreabiertos como si fuera a pronunciar las palabras decisivas que cambiarian el desenlace de la obra, o sea, a punto de ceder, de darse por vencida, de perder su honor, de triunfar al fin. Pero el primer acto ha terminado y el pesado telon de terciopelo rojo cuyas dos partes se han unido, deja ahora a los espectadores enfrascados en las conversaciones particulares que se han reanudado enseguida. Tras unos rapidos comentarios sobre la nueva actriz -que figura en el programa con el nombre de Loraine B-, cada cual vuelve a tocar el tema que le preocupa. El hombre que ha estado en Hong Kong sigue hablando de las horribles esculturas que adornan el jardin del Tiger Balm: despues del grupo titulado «El cebo», empieza a describir «El rapto de Azy», monolito de tres o cuatro metros de altura que representa a un orangutan gigantesco que lleva en el hombro, sujeta con mano descuidada, a una bella joven de tamano natural, casi enteramente desnuda, que forcejea sin esperanza, dada la insignificancia de sus dimensiones comparadas con las del monstruo; inclinada hacia atras, boca arriba, se apoya con la cintura en el pelo pardo oscuro (la estatua esta pintada con colores vivos, como todas las del parque) y sus largos cabellos rubios, despeinados, cuelgan por la espalda encorvada de la bestia. Justo al lado se alza el episodio final de las aventuras de Azy, reina infortunada de la mitologia birmana cuyo cuerpo… El vecino del hombre gordo y colorado acaba perdiendo la paciencia -ademas unos espectadores de delante acaban de volverse por segunda vez para manifestar su descontento- y le pide que calle. El entendido en escultura oriental se decide entonces a mirar al escenario, donde prosigue la funcion. Se acerca el final del primer acto: la protagonista, que habia mantenido la boca cerrada y los parpados entornados durante todo el discurso de su companero (hasta la frase final: «Sera lo que usted quiera… Esperare el tiempo que haga falta… Y un dia…»), levanta por fin la cara para decir con lentitud y vehemencia, mirando al hombre directamente a los ojos: «?Nunca! ?Nunca! ?Nunca!» El brazo desnudo de la joven de vestido blanco esboza un ademan de desden, o de adios, con la mano levantada hasta la altura de la frente, el codo medio doblado, los cinco dedos extendidos y abiertos como si la palma se apoyara en una invisible pared de cristal. Al acercarme unos metros mas, por la tierra blanda que apaga el ruido de las pisadas, compruebo que el hombre, cuyas facciones me ocultaba parcialmente una rama baja, no es Johnson como habia creido en un principio, enganado por la dudosa claridad que esparcen en torno las paredes de la casa, sino ese joven insignificante con el que suelen decir que esta prometida Lauren (aunque, sin preocuparse de la gente, lo trata casi siempre con dureza y frialdad); el muchacho, por otra parte, debe de hallarse esta noche aqui por este unico motivo, pues no es muy asiduo a las recepciones de Lady Ava. Bajo la impresion de una negativa tan categorica, que acaba de pronunciarse contra el con voz inapelable, parece a punto de desplomarse sobre si mismo: las piernas se le doblan, se le curva la espalda, se le crispa en el pecho la mano izquierda, mientras la otra mano, extendida lateralmente hacia atras, da la impresion de buscar a tientas algo en que apoyarse, como si temiera perder el equilibrio con la violencia del golpe. Prosiguiendo mi ruta, encuentro no lejos de alli, en la misma avenida, a un hombre solo, sentado en un banco de piedra, inmovil e inclinado hacia adelante, mirando el suelo a sus pies. El banco esta situado en una zona particularmente oscura, bajo la frondosidad prominente de un bosquecillo, por lo que me es dificil identificar con certeza al personaje; pero, salvo error, debe de tratarse del recien llegado a quien llaman aqui familiarmente «el americano». Como parece absorto en sus pensamientos, paso de largo, sin dirigirle la palabra, sin volver la cara hacia el, sin verlo. Llego casi inmediatamente a la zona de las estatuas monumentales realizadas por R. Jonestone en el siglo pasado, la mayoria de las cuales reproducen los episodios mas famosos de la vida imaginaria de la princesa Azy: «Los perros», «La esclava», «La promesa», «La reina», «El rapto», «El cazador», «La ejecucion». Conozco esas figuras desde hace tiempo y no me detengo a contemplarlas. Ademas, la oscuridad es demasiado densa, en toda esta parte del jardin, como para que pueda distinguirse algo entre las vagas siluetas que se yerguen aqui y alla bajo los arboles, algunas de las cuales pueden muy bien ser los primeros invitados de Lady Ava. Subo las gradas de la escalinata al mismo tiempo que un grupo de tres personas que llegan de la verja de entrada del jardin, una mujer y dos hombres, uno de los cuales no es otro que ese Johnson a quien crei haber visto meditando aislado en un banco de piedra. De modo que no era el. Pensandolo bien, solo podria tratarse del prometido de Lauren rumiando su fracaso, intentando reorganizar los diferentes elementos de su existencia, reducida ahora a polvo, modificar tal vez algun dato con objeto de llegar a un desenlace distinto, menos desfavorable, y hasta volver a examinar los puntos considerados antes mas positivos, mas solidos, bajo la nueva luz de su repentina derrota, que proyecta tambien sobre ellos la duda y el descredito. En el gran salon, Lady Ava esta solicitamente rodeada, como es natural, por los invitados que, nada mas llegar, se dirigen primero hacia ella para saludarla, como hago yo mismo. Nuestra anfitriona se muestra sonriente y relajada, pronunciando para cada uno una frase de bienvenida que lo ilusiona o lo encanta. Sin embargo, tan pronto como me ve, los deja a todos bruscamente, viene hacia mi apartando aquellos cuerpos importunos de los que ya ni siquiera distingue las caras, y me arrastra lejos de la multitud junto al vano de una ventana. Su semblante ha cambiado: duro, hermetico, lejano. Todavia no me da tiempo a aventurar una palabra: «Lo que tengo que comunicarle es grave -dice-: Edouard Manneret ha muerto.» Lo se, por supuesto, pero no lo dejo translucir. Compongo mi actitud y mi fisonomia a imitacion de las suyas y le pregunto brevemente como ha ocurrido la cosa. Habla deprisa, con una voz sin timbre que no le habia oido nunca y en la que asoma la turbacion y tal vez hasta la ansiedad. No, no ha podido aun saber nada sobre las circunstancias del drama: la acaba de telefonear un amigo que ignoraba igualmente donde, cuando y de que modo habia ocurrido aquello. Por lo demas, Lady Ava no puede prolongar mas esta conversacion, reclamada por todas partes por sus invitados. Se vuelve con movimiento vivo hacia una pareja de recien llegados y, relajada, sonriente, perfectamente duena de sus facciones, los acoge con una frase calida de bienvenida: «?Han venido ustedes, queridos amigos! No estaba segura de que Georges pudiera regresar a tiempo…, etc.» Probablemente hay mas personas, entre esta concurrencia alegre y despreocupada, que conocen tambien la noticia, incluso algunas para las cuales ningun detalle del asunto es un secreto. Pero estas, como las demas, hablan en grupitos de cosas anodinas: de sus gatos o sus perros, sus criadas, sus hallazgos en las tiendas de antiguedades, sus viajes o los ultimos chismorreas sobre los amores episodicos de los ausentes, o las llegadas y las salidas producidas en la colonia. Los corros se forman y se disuelven al azar de los encuentros. Cuando vuelvo a hallarme en presencia de la senora de la casa, me dirige una sonrisa amistosa y natural para preguntarme si tengo algo que beber: «No, todavia no, pero voy a ocuparme de ello», le digo en tono satisfecho, sin segundas intenciones, y me acerco al buffet del gran salon. Esta noche, los que sirven las bebidas son camareros de chaqueta blanca, y no las jovenes criadas eurasiaticas, como ocurre en las reuniones mas intimas. El mantel blanco inmaculado que cubre los caballetes, colgando hasta el suelo, esta provisto de numerosas bandejas de plata, repletas de sandwiches variados en miniatura y pastelitos. Tres hombres, en animada conversacion, beben a pequenos sorbos las copas de champan que acaba de servirles el camarero. Justo en el momento en que llego al alcance de sus voces (hablan bastante bajo), cojo algunas palabras de su dialogo: «… cometer un crimen de ornamentos inutiles, barrocos, y es un crimen necesario, no gratuito. Nadie mas que el…» Por un momento me pregunto si estas palabras pueden tener alguna relacion con la muerte de Manneret, pero, pensandolo bien, parece del todo improbable. Por otra parte, el que habia pronunciado la frase se ha callado enseguida. Ni siquiera podria precisar con certeza de cual de los tres hombres se trata, hasta tal punto se parecen en el traje, la estatura, el porte, la expresion. Ninguno de ellos dice nada mas. Los tres saborean el champan a pequenos sorbos. Y, cuando reanudan la conversacion, es para hacer algunas observaciones sin interes sobre la calidad de los vinos recientemente importados de Francia. Mientras se alejan, pido a mi vez una copa; el champan es en efecto muy seco, burbujeante, pero sin aroma. Otros dos invitados se acercan a beber. Aqui se situa la escena del camarero de chaqueta blanca que se agacha para recoger del suelo una ampolla inyectable y la deja a su lado al borde de la mesa. La orquesta vuelve a tocar. La gente baila de nuevo. Hay muchas parejas que giran cadenciosamente. Hay muchas mujeres guapas, entre las cuales cuento, esta noche, por lo menos cinco o seis que figuran en el grupo de jovenes protegidas de Lady Ava. Esta se halla precisamente con una chica a quien veo hoy por primera vez, que tiene hermosos cabellos de un rubio dorado, una boca agradable y una carne satinada, ampliamente ofrecida a la mirada por el escote de un vestido que deja los hombros desnudos, asi como la espalda y el inicio de los pechos. De pie, cerca de un sofa rojo en el que esta sentada su interlocutora de mas edad, parece una alumna aplicada que atiende a las recomendaciones de su maestra. Un hombre de estatura alta, con smoking oscuro, se acerca hasta ellas y se inclina ante Lady Ava, que intercambia con el unas palabras languidas; despues senala con la mano derecha a la joven, haciendo comentarios bastante largos sobre su persona, como lo indican los movimientos del brazo que desplaza a diferentes niveles, mientras el hombre contempla sin decir nada a la interesada, que baja los ojos con modestia. Obedeciendo una senal que acaban de dirigirle, la joven gira sobre si misma, con un movimiento agil de danzarina, pero con bastante lentitud para dar tiempo a que la vean por todos los lados; vuelta a su posicion inicial, me parece (pero es dificil afirmarlo desde esta distancia) que su rostro se ha sonrojado ligeramente; y, en efecto, ladea un poco la cabeza, con lo que podria ser una expresion de incomodidad o de pudor. Lady Ava ha debido de pedirle en el acto que no sea esquiva, ya que vuelve sin tardanza la cara hacia adelante y hasta sube los parpados, mostrando entonces dos inmensos ojos agrandados por un estudiado maquillaje. Y he aqui que Sir Ralph le tiende la mano; sera para invitarla a bailar, porque ahora se dirigen juntos hacia la pista. Cruzo esta parte del salon para acercarme a mi vez al sofa amarillo -o mejor dicho, a franjas amarilelas y rojas, como compruebo de mas cerca-. Lady Ava sigue vuelta, de perfil, hacia donde acaba de alejarse la pareja. Tras un momento de espera, y como ella no se decide a interrumpir su vigilancia, pregunto: «?Quien es?» Pero no me contesta enseguida y deja pasar un momento antes de mirar hacia mi, diciendo por fin, con un imperceptible fruncimiento de los ojos: «Esa es la cuestion.» Empiezo con precaucion: «?No estara…» Pero callo; mi interlocutora da ahora la impresion de estar pensando en otra cosa y concederme una atencion de simple cortesia. Ese fragmento de musica que dura ya desde hace rato, o incluso desde el inicio de la velada, es una especie de cantinela con repeticiones ciclicas, en la que se reconocen siempre los mismos pasajes a intervalos regulares. «… en venta?», dice Lady Ava completando mi frase, y, contestando luego, aunque de modo muy evasivo: – Creo que ya tengo algo para ella -dice. – Mejor -digo yo-. ?Interesante? – Un habitual -dice Lady A va. Me explica entonces que se trata de un americano llamado Johnson, y finjo enterarme ahora mismo por boca suya (aunque conozco esta historia desde hace tiempo), y no saber siquiera a ciencia cierta quien es el personaje en cuestion. Nuestra anfitriona se toma, pues, la molestia de describirmelo y contarme brevemente el asunto de los campos de adormideras blancas instalados en los limites de los Nuevos Territorios. Despues vuelve otra vez la cara hacia la pista de baile, donde no se ven ya ni el hombre ni su pareja. Y anade como para sus adentros: «La chica estaba a punto de casarse con un buen muchacho, que no habria sabido que hacer con ella.» – ?Y que ha pasado? -pregunto. – Que lo ha dejado -contesta Lady Ava. Un poco mas tarde, el mismo dia, anade: «La vera esta noche en la obra, si asiste a la funcion. Se llama Lauren.» Pero entretanto ha tenido lugar el episodio de la copa rota cuyos fragmentos de cristal cubren el suelo, y las parejas que han dejado de bailar y luego se han apartado poco a poco para formar un corro bastante irregular, contemplando sin decir nada, con espanto, con horror, como si fueran objeto de escandalo, los diminutos fragmentos cortantes a los que se adhiere la luz de las aranas con mil reflejos, azules y helados, centelleantes, y la criada eurasiatica que cruza el corro sin ver nada, como una sonambula, haciendo crujir los cristales en medio del silencio bajo las suelas de sus finos zapatos, cuyas tiras de piel dorada sujetan con tres cruces el pie desnudo y el tobillo. Y las parejas prosiguen, como si nada pasara, las figuras complicadas del baile, ella bastante separada del caballero, que la dirige a distancia, sin necesidad de tocarla, la hace volverse, llevar el compas, mecer las caderas sin moverse, para, luego -volviendose rapida-, mirar de nuevo hacia el, hacia aquellos ojos negros que la observan con intensidad, o que se pierden mas alla, sin detenerse en ella, por encima de la cabellera rubia y los ojos verdes. Despues viene la escena del escaparate de modas, en una elegante tienda de la ciudad europea, en Kowloon. Con todo, no debe situarse inmediatamente aqui, donde resultaria poco comprensible, aun con la presencia de esa misma Kim, que se halla asimismo en el escenario del teatrito, donde la representacion, que sigue, llega ahora a los pocos minutos anteriores al asesinato. El actor que hace el papel de Manneret esta sentado en su sillon, ante su mesa de trabajo. Escribe. Escribe que la criada eurasiatica cruza entonces el corro sin ver nada, haciendo crujir los cristales centelleantes bajo sus finos zapatos, en medio del silencio, con todas las miradas vueltas instantaneamente hacia ella, siguiendola como fascinadas, mientras se dirige con su paso de sonambula hacia Lauren y se detiene ante la joven asustada, y se queda mirandola sin indulgencia durante un rato largo, demasiado largo, insoportable, y dice al fin con voz clara, impersonal, que no admite ninguna esperanza de huida: «Venga. La esperan.» Alrededor, el baile prosigue su curso normal, como si todo eso ocurriera al otro extremo del mundo, llevado siempre por un mismo ritmo lento pero irresistible, demasiado potente para que semejantes dramas, por muy violentos y repentinos que sean, puedan interrumpirlo aunque solo sea un segundo o tan solo modificar su compas. Y eso que los accidentes se multiplican por todas partes: una copa de cristal que se rompe contra el suelo, una muchacha que bruscamente se desmaya, una pequena ampolla de morfina que cae del bolsillo superior de un smoking en el momento en que un invitado sacaba de el su panuelo de seda para secarse las sienes humedas, un largo grito de dolor que rasga el rumor mundano del salon, la muda entrada en escena de una de las criadas, uno de los perrazos negros que acaba de morder en la pierna a una joven que bailaba, un panuelo de seda blanca manchado de sangre, un desconocido que de pronto se planta ante la senora de la casa y le tiende con el brazo alargado un voluminoso sobre de papel pardo que se diria repleto de arena, y Lady Ava que, sin perder la calma, coge el objeto con mano rapida, lo sopesa y lo hace desaparecer, exactamente igual que ha desaparecido al mismo tiempo el mensajero. Fue en este preciso momento cuando la policia inglesa irrumpio en el gran salon de la Villa Azul, pero ya se ha descrito detalladamente este episodio: el silbato estridente y breve que para en seco a la orquesta y el guirigay de las conversaciones, los tacones claveteados de los dos soldados en short y camisa de manga corta que resuenan en las losas de marmol, en medio de la calma subita, las parejas que se quedan paralizadas en mitad de una figura, el hombre con una mano tendida hacia adelante, en direccion a su companera, medio vuelta aun, o ambos cara a cara, pero mirando a un lado diferente, uno a la derecha y el otro a la izquierda, como si en el mismo instante les hubieran llamado la atencion unos hechos diametralmente opuestos, otras parejas, por el contrario, se quedan con la mirada mutuamente fija en sus zapatos, o con los cuerpos pegados uno a otro en un abrazo inmovil, y despues del registro minucioso de todos los invitados, la interminable anotacion de sus nombres, senas, profesion, fecha de nacimiento, etc., hasta la frase final pronunciada por el teniente, que sigue a las palabras «… crimen necesario y no gratuito» y que concluye: «Nadie mas podia tener interes en su desaparicion.» – Tomara una copa de champan -dice entonces Lady Ava en su tono mas tranquilo. A pocos metros detras de ella, de pie junto al marco de una puerta, semejante a una criada con mucha clase que esta pronta a responder a la primera llamada, cuerpo rigido y semblante de cera petrificado en esa especie de sonrisa impasible propia del Extremo Oriente, que en realidad no es una sonrisa, una de las jovenes eurasiaticas (creo que es la que no se llama Kim) mira sin pestanear hacia su senora. Parece ignorar el incidente, y permanece, como de costumbre, atenta y ausente, acaso llena de ideas sombrias tras su mirada directa y franca, presente al menor signo, eficiente, impersonal, transparente, quiza perdida todo el dia en suenos esplendidos y sangrientos. Pero, cuando mira algo o a alguien, se coloca siempre de frente y con los ojos bien abiertos; y, cuando anda, no vuelve la cabeza a derecha ni a izquierda, hacia el decorado con ornamentos barrocos que la rodea, hacia los invitados con quienes se cruza, aun conociendo a la mayor parte de ellos desde hace varios anos, o varios meses, hacia los rostros de los transeuntes anonimos, hacia los pequenos comercios con sus abigarradas mesas de fruta o pescado, hacia los caracteres chinos de los anuncios y rotulos cuyo significado ella al menos debe de conocer. Y, cuando, al final de su trayecto, llega a la casa de la cita, ante aquella estrecha y empinada escalera sin pasamano que arranca justo a ras de la fachada, para hundirse directamente hacia unas profundidades sin luz, y que se parece a todas las otras entradas de la larga calle rectilinea, la criada da un brusco cuarto de vuelta a la izquierda y sube sin vacilacion los peldanos incomodos, sin dejar adivinar siquiera la molestia causada por la falda cenida de su traje; con pocos pasos ha desaparecido en la oscuridad total. Sube hasta el segundo piso sin ver nada, o hasta el tercero. Llama a una puerta, tres golpes discretos, y entra enseguida sin aguardar respuesta. No es el intermediario quien esta hoy aqui para recibida, sino el hombre de quien solo conoce el apodo: «el viejo» (aunque seguramente no tiene mas de sesenta anos), y que se llama Edouard Manneret. Esta solo. Da la espalda a la puerta por la que la muchacha acaba de entrar en el cuarto y que ha cerrado luego, quedandose apoyada en la hoja de madera. El viejo esta sentado en su sillon, delante de su mesa de trabajo. Escribe. No presta la menor atencion a la muchacha, cuya llegada no parece siquiera haber advertido, aunque ella no ha tomado ninguna precaucion particular para no hacer ruido; pero su modo de andar es silencioso de por si y cabe la posibilidad de que el hombre no haya oido realmente que alguien entraba. Sin intentar hacer nada que le indique su presencia, la muchacha aguarda a que se decida a mirar hacia ella, lo cual tarda seguramente bastante rato en producirse. Pero despues (?inmediatamente despues o un poco mas tarde?) la criada esta frente a el, ambos de pie en un rincon oscuro de la estancia, inmoviles y callados; y es ella la que esta colocada de espaldas a la pared, como si hubiera retrocedido hasta alli lentamente, por desconfianza o por miedo al viejo que, a dos pasos de ella, la domina muy por encima de su cabeza. Y ahora la muchacha se inclina sobre la mesa de despacho de la que el no se ha movido aun; ha puesto una mano en el revestimiento de piel verde cuya superficie desgastada desaparece casi por completo bajo un monton de papeles desordenados, y con la otra mano -la derecha- se apoya en el perfil de cobre que protege el contorno de la mesa de caoba; delante de ella, el hombre, que sigue sentado en su sillon, ni siquiera ha levantado la vista hacia su visitante; mira los dedos finos con las unas esmaltadas de rojo que se apoyan por su extremo en una pagina manuscrita, de formato comercial, llena solo en sus tres cuartas partes de una letra muy pequena, regular y apretada, sin ninguna tachadura; la palabra que parece senalar el indice de la criada es el verbo «representa» (tercera persona del singular del presente de indicativo); unas lineas mas abajo ha quedado interrumpida la ultima frase: «contaria, a su regreso de un viaje…» No ha encontrado la palabra que iba despues. La tercera imagen lo muestra otra vez de pie; pero ahora Kim esta medio tendida cerca de el en el borde de un divan con la ropa revuelta. (?Se veia ya antes el divan en este cuarto?) La muchacha va vestida con el mismo traje cenido, abierto lateralmente segun la moda china, cuya delgada seda blanca, sin duda en contacto directo con la piel, forma en la cintura una multitud de diminutos pliegues dispuestos en abanico, producidos por la torsion muy marcada que afecta al cuerpo largo y flexible. Un pie se apoya en el suelo con la punta del zapato de tiras; el otro, descalzo pero enfundado aun en su media transparente, descansa en el borde extremo del colchon, mientras la pierna, doblada en la rodilla, se libera, en la medida de lo posible, de la estrechez de la falda por la abertura lateral; el muslo opuesto (o sea el izquierdo) se aplica en toda su longitud por su cara externa, hasta la cadera, a las mantas deshechas, mientras el busto se yergue sobre un codo (el codo izquierdo) volviendose hacia el lado derecho. La mano derecha, abierta, se extiende sobre la cama, con la palma ofrecida y los dedos apenas curvados. La cabeza esta un poco inclinada hacia atras, pero la cara ha conservado su faz de cera, su sonrisa petrificada, sus ojos enteramente abiertos, su total ausencia de expresion. Manneret, por el contrario, presenta los rasgos tensos de quien observa con atencion febril el desarrollo de un experimento, o de un crimen. Esta tan inmovil como su companera, cuyo semblante indescifrable escruta, como si esperara que por fin se produjese en el algun signo esperado, o temido, o imprevisible. Una de sus manos avanza, en un ademan contenido, quiza pronta a intervenir. Con la otra sostiene una copa de cristal muy fino, cuya forma recuerda la de una copa de champan, pero mas pequena. Queda un resto de liquido incoloro en su fondo. En un postrer cuadro, se ve a Edouard Manneret yaciendo en el suelo, con su traje de calle de tono oscuro, que no acusa ningun desorden, entre el divan impecablemente arreglado y la mesa de trabajo en la que la pagina comenzada sigue inconclusa. Esta echado boca arriba cuan largo es, con los brazos tendidos a cada lado del cuerpo, del que se apartan ligeramente, de modo simetrico. En todo el cuarto, a su alrededor, no se advierte rastro alguno de efraccion, lucha o accidente. La ausencia de toda accion se prolonga asi durante un tiempo considerable, hasta el momento en que el reloj forrado de piel que se halla en el escritorio deja oir, en medio del silencio, el timbre regular del despertador; los espectadores, que reconocen este final, empiezan entonces a aplaudir, y se levantan de sus butacas, unos tras otros, para dirigirse aislados o en pequenos grupos hacia la salida, hacia la escalera acolchada con una gruesa moqueta roja, hacia el gran salon donde los aguardan los refrescos. Lady Ava, sonriente y relajada, esta rodeada de mucha gente, como es normal: todo el mundo quiere manifestar su agradecimiento, acompanado de comentarios elogiosos, a la senora de la casa antes de despedirse. Cuando me ve, viene hacia mi con su mas abierto y anodino semblante, como si hubiera perdido todo recuerdo de las palabras graves que ha pronunciado hace un instante, asi como de los acontecimientos que motivaban su inquietud, diciendome con su voz mundana y tranquila: «Venga a tomar una copa de champan.» Sonrio a mi vez y le contesto que me disponia precisamente a hacerla, y, antes de trasladarme al buffet, la felicito por el exito de su velada. De modo que aqui es donde se situa, una vez mas, el dialogo entre el hombre gordo y colorado y su interlocutor de estatura alta y smoking muy oscuro que inclina un poco la cabeza para escuchar las historias que el otro le cuenta alzando hacia el su faz congestionada, sin fijarse en la bandeja de plata que le presenta el camarero de chaqueta blanca. No obstante, el hombre gordo tiende la mano en esa direccion, pero parece haber olvidado por completo el motivo de su gesto y hasta su misma mano, que sigue alli, en el vacio, a veinte centimetros aproximadamente de la copa llena hasta el borde, que tambien el camarero ha dejado de vigilar para mirar hacia otra parte, y que se inclina peligrosamente. A la larga, la mano del hombre gordo se ha cerrado un poco sobre si misma, permaneciendo solo el indice extendido y el medio parcialmente doblado. En este dedo, grueso y corto como los demas, lleva una voluminosa sortija china cuya piedra dura, labrada con arte y minucia, representa a una joven medio tendida en el borde de un sofa, con uno de sus pies descalzos apoyado aun en el suelo, el busto recostado en un codo y la cabeza inclinada hacia atras. El cuerpo flexible que se retuerce por influjo de no se sabe que extasis, o que dolor, comunica a la fina seda negra del traje cenido varias series de pequenos pliegues divergentes: en la parte alta de los muslos, en la cintura, en los pechos, en las axilas. Es un vestido tradicional, estrecho y severo, con mangas largas cenidas en las munecas y un corto cuello recto que aprisiona el suyo; pero en vez de estar abierto solo hasta encima de la rodilla, lo esta hasta la cadera. (Seguramente va provisto lateralmente de una invisible cremallera que sube hasta debajo del brazo, e incluso quiza vuelve a bajar por la cara interna de este hasta la mano.) La mano derecha, que descansa sobre la cama desecha, con la palma hacia arriba, retiene aun bajo el pulgar una pequena jeringuilla de vidrio provista de su aguja. Una ultima gota de liquido se ha escurrido por su punta hueca y tallada en bisel, dejando en la sabana una mancha redonda del tamano de un dolar de Hong Kong. Manneret, que no se ha movido de su mesa de trabajo durante toda la escena y se ha contentado con volver la cabeza para observar el divan (asi pues habia efectivamente un divan en la estancia); con el hombro derecho echado hacia atras y la mano izquierda apoyada en el brazo derecho del sillon, dirige de nuevo la vista a su pagina manuscrita y la pluma a la frase interrumpida; detras de la palabra «viaje» escribe el adjetivo «secreto» y se detiene otra vez. Kim, de pie frente a el, al otro lado del escritorio de caoba lleno de hojas manuscritas dispuestas en todos los sentidos, sobre las que se inclina su pecho, con la mano de largas unas, esmaltadas de rojo vivo, apoyada sobre la yema de tres dedos en un diminuto espacio de piel verde, vieja y descolorida, visible aun en medio de los papeles, la linea de la cadera -acusada por la postura asimetrica- destacandose a contraluz sobre el fondo de persiana veneciana cuyas hojas estan casi cerradas, Kim se incorpora, en la otra mano lleva el grueso sobre de papel pardo que acaba de entregarle el hombre (o, tal vez, de indicarselo simplemente sobre la mesa con una rapida senal de la barbilla…). Y sin decir palabra, sin ningun saludo, ningun gesto de despedida, se retira tan sigilosamente como habia entrado, cierra la puerta sin hacer ruido, cruza el descansillo, baja la estrecha escalera oscura, incomoda, que la lleva directamente a la calle hormigueante y abrasadora con olor a huevos podridos y frutas fermentadas, en medio de la muchedumbre de transeuntes varones o hembras, uniformemente vestidos con pijamas de tela negra, brillante y rigida como el hule. La criada sigue acompanada por el perrazo, que tira de la correa lo justo para que esta permanezca tensa y rectilinea, entre el collar de cuero y la mano de unas esmaltadas que sostiene el otro extremo con el brazo extendido. En la otra mano lleva el sobre pardo, grueso e hinchado como si lo hubieran rellenado de arena. Y un poco mas lejos esta de nuevo el mismo barrendero municipal vestido con mono, tocado con un sombrero de paja ligera en forma de cono muy aplanado. Pero esta vez no dirige ninguna mirada de soslayo al pasar la chica. Esta adosado a uno de los gruesos pilares cuadrados de la galeria cubierta, al que estan pegados multitud de diminutos anuncios; sujetando el palo de la escoba bajo un brazo, mientras el haz de paja curvado por el uso le cubre parcialmente uno de los pies descalzos, sostiene con ambas manos ante los ojos el fragmento de tebeo, manchado de barro, que ha recogido del arroyo. Tras examinar suficientemente el cuadro multicolor que adorna la portada, vuelve la hoja; esta cara, mucha mas sucia que la otra, esta ademas impresa unicamente en blanco y negro. La mayor parte de su superficie aun legible esta ocupada por tres dibujos estilizados, uno debajo de otro, que representan a la misma joven de pomulos altos y ojos apenas oblicuos, situada mas o menos en el mismo marco de siempre (una habitacion vacia y pobre, amueblada con una simple cama de hierro), vistiendo el mismo traje (un vestido muy cenido negro de corte tradicional) pero cada vez mas estropeado. El primero de los dibujos la presenta medio tendida en el borde de la cama con las sabanas arrugadas y revueltas (busto apoyado en un codo, traje entreabierto hasta la cadera sobre la carne desnuda, rostro inclinado hacia atras con sonrisa extatica, mano que retiene aun la jeringuilla vacia, etc.); pero un segundo decorado se superpone al primero en toda la parte superior del cuadro, que ocupa lo que parece constituir el campo visual de la chica: en el se multiplican los elementos de un lujo ingenuo y recargado, como paredes adornadas de estucos, columnas esculpidas, espejos con marcos barrocos, candelabros de bronce con motivos fantasticos, telas de pliegues pesados, techos pintados al gusto del siglo XVIII, etc. En el segundo dibujo se ha esfumado toda esta riqueza de pacotilla; no queda mas que la estrecha cama de hierro a la que la chica se halla ahora encadenada por los cuatro miembros, tendida boca arriba en una postura retorcida y dislocada, que debe de indicar los vanos esfuerzos realizados para liberarse de sus ataduras; en sus movimientos convulsivos su traje se ha descompuesto mas aun, la abertura lateral esta ahora abierta de arriba abajo, descubriendo un pecho pequeno y redondo (asi puede comprobarse ahora que la cremallera se prolonga hasta el cuello en vez de volver a bajar por la cara interior del brazo, como se habia supuesto al principio sin demasiados visos de verosimilitud). El tercer dibujo es, sin la menor duda, simbolico: la muchacha ya no aparece encadenada, pero su cuerpo inanimado, totalmente desnudo, esta echado de lado, mitad en la cama, en la que descansan los brazos y el busto, mitad en el suelo, en el que se arrastran sus largas piernas con las rodillas dobladas; el traje negro yace cerca de un charco de sangre; una gigantesca aguja de inyecciones, del tamano de una espada, atraviesa el cadaver de parte a parte, entrando por el pecho para salir por detras, debajo de la cintura. Cada imagen va acompanada de una breve leyenda cuyos grandes caracteres chinos significan respectivamente y por orden: «La droga es un companero que te engana», «La droga es un tirano que te esclaviza», «La droga es un veneno que te matara». Por desgracia el barrendero no sabe leer. En cuanto al hombrecillo regordete y calvo, de cara congestionada, que cuenta la historia, no entiende el chino; al pie del ultimo dibujo, ha podido descifrar unicamente algunas letras y cifras occidentales, muy pequenas: «S.L.E. Tel.: 1-234-567.» Narrador poco escrupuloso, que aparenta ignorar el significado de las tres iniciales (Sociedad para la lucha contra los estupefacientes) y que insiste por el contrario en el atractivo que pueden presentar las ilustraciones para un especialista, le asegura a su interlocutor -quien, por otra parte, no se lo cree- que se trata de una propaganda para alguna casa clandestina de los barrios bajos, en la que se ofrecen a los aficionados placeres prohibidos y monstruosos, que no son solo los de la morfina y el opio. Pero el camarero de chaquetilla blanca, que ha enderezado la bandeja para presentarla horizontalmente, dice por fin entonces: «Aqui tiene, caballero.» El hombre gordo vuelve la cara y observa un instante su propia mano, que habia quedado en el aire, la sortija de jade demasiado estrecha que le comprime el dedo medio, la bandeja de plata, la copa llena de un liquido amarillo palido en el que suben lentamente pequenas burbujas hacia la superficie; tras entender al fin donde esta y que hace alli, dice: «?Oh! Gracias.» Coge la copa de cristal, la vacia de un trago, la vuelve a dejar torpemente, sin fijarse, muy al borde de la bandeja que sigue tendida hacia el. La copa se vuelca y cae sobre las losas de marmol, donde se rompe en mil pedazos. Este fragmento ya ha sido referido, por lo que se puede pasar por el rapidamente. No lejos de alli, Lauren esta precisamente abrochandose el zapato, cuyas tiras se le han soltado mientras bailaba. Fingiendo no advertir la mirada que Sir Ralph ha fijado en ella, la joven se ha sentado al borde del sofa, sobre el que se extiende su larga falda ahuecada. Permanece inclinada hacia adelante, hasta tocar el suelo, para alcanzar con ambas manos el pie que asoma bajo la tela blanca. El fino zapato, cuyo empeine se reduce a un estrecho triangulo de piel dorada que apenas oculta la punta de los dedos, se mantiene fijo mediante dos largas tiras que se entrecruzan en la garganta del pie y alrededor del tobillo, por encima del cual una pequena hebilla las sujeta una a otra. Con la atencion que presta a esta operacion delicada, su cabellera rubia caida hacia adelante se desplaza y descubre mas la nuca que se inclina y la carne fragil con su vello mas palido que el resto de la nuca que se inclina y la carne fragil que se inclina mas y la carne… Parece como si todo se detuviera. Lauren se abrocha las tiras doradas del zapato. Johnson la mira, colocado unos metros detras de ella, junto al vano de una ventana con las cortinas corridas. El hombre gordo y colorado ha perdido el hilo de su relato al romperse en el suelo la copa de champan, y ahora levanta sus ojos inyectados en sangre -en los que se lee algo asi como panico o desesperacion- hacia el americano de estatura alta que inclina hacia el su semblante mudo, sin intentar ya ocultar siquiera que lleva rato pensando en algo muy distinto. Edouard Manneret, en su mesa de trabajo, borra cuidadosamente la palabra «secreto», de forma que no quede ningun rastro de la misma en la hoja de papel, tras lo cual escribe en su lugar la palabra «lejano». Lady Ava, sola en su sofa de colores indefinidos, ha cobrado de pronto un semblante cansado, ajado, harto de luchar por mantener una apariencia que no engana ya a nadie, sabiendo sobradamente de antemano cuanto va a ocurrir: la ruptura brutal de la boda de Lauren, el suicidio de su prometido cerca del bosquecillo de ravenalas, el descubrimiento por la policia del pequeno laboratorio de heroina, la relacion venal y apasionada entre Sir Ralph y Lauren, la exigencia de esta de seguir siendo una simple pupila de la Villa Azul y de no tener trato con el sino en una de las habitaciones del segundo piso, reservadas a este tipo de comercio, donde se le entrego por primera vez, la actitud de el que, al principio, solo vio una especie de placer suplementario en esta situacion y paga a un precio cada vez mayor unos servicios cada vez mas exorbitantes, y ella, que se presta a todo con exaltacion, pero sin dejar de reclamar despues la cantidad debida, conforme a sus acuerdos y con arreglo a los baremos vigentes en la casa, empenada en confirmar asi en cada ocasion su condicion de prostituta, aunque al mismo tiempo rechaza -segun los mismos acuerdos- todas las demas proposiciones transmitidas, para cubrir las apariencias, por Lady Ava, en cuyo album sigue figurando, no obstante, como una de las chicas que estan a disposicion de cualquier cliente rico, cosa que Sir Ralph, lejos de molestarse, aprecia tambien, como entendido que es, como algo humillante para su querida, algo excesivo y cruel. Pero he aqui que le pide que renuncie a esto, que abandone esta situacion que no es mas que un pretexto, que lo deje todo para marcharse con el. Ha de regresar a Macao por sus negocios y no puede pasar un dia sin verla, aunque solo sea en las salas de recepcion de la Villa Azul, al azar de los bailes, o en el escenario del teatrito donde sigue interpretando el papel de protagonista en esa obra de Jonestone titulada: «El asesinato de Edouard Manneret» y actuando en algunos otros dramas, sketchs o cuadros vivos. Quiere llevarsela, pues, a Macao, instalarla en su casa, en su propio domicilio. Pero ella se niega, naturalmente, como sin duda el temia: «?Que motivos tengo para marcharme?», pregunta frunciendo un poco sus parpados pintados de color de humo sobre sus ojos verdes. Se encuentra bien aqui. Que se marche el si quiere. No faltan viejos multimillonarios en Kowloon y Victoria para sustituirlo. En cualquier caso, no le apetece lo mas minimo eso de ir a enterrarse en aquella pequena ciudad de provincias donde la gente se muere de aburrimiento jugando a la ruleta rusa y donde se habla portugues. Esta echada boca arriba sobre las pieles y el raso negro de la cama de columnas y mira por encima de ella el dosel adornado con un espejo en el que se refleja su cuerpo, conservando desde el comienzo de la escena la postura exacta de la Maya, que es un cuadro famoso de Manneret y la diosa de la ilusion. Sir Ralph, que ha terminado su discurso, va y viene de un lado a otro por la gran habitacion, pasando alternativamente a derecha e izquierda de la cama cuadrada, sin dirigir ni una sola mirada al objeto de sus exigencias, tendido, sin embargo, en ella con todo el esplendor del rosa y el rubio. De vez en cuando pronuncia aun algunas palabras, pero inutiles: argumentos que ya ha utilizado muchas veces, recriminaciones que no vienen a cuento en su situacion reciproca, promesas que sabe muy bien que no podra cumplir. Ella ya no escucha. Cubre con un extremo de seda negra una de sus caderas, la parte superior de sus muslos y la mitad del vientre, como si tuviera frio, aunque el calor que reina esta noche en el cuarto es agobiante. Sir Ralph, que se ha dejado puestos el smoking y la corbata, parece al borde del agotamiento. – ?Asi que no me quiere lo mas minimo? -pregunta, una vez agotados todos sus recursos. – Nunca se ha tratado de eso -dice ella. Entonces le ofrece dinero, mucho dinero. Con una sonrisa pregunta ella cuanto. Le dara lo que quiera. «Muy bien», dice ella, e inmediatamente fija la cantidad, con la seguridad tranquila de quien llevaba mucho tiempo calculando lo que valia tal aceptacion. Y, para que el trato sea valido, es preciso ademas que el pago se haga efectivo esta misma noche, antes del amanecer. Es una cantidad considerable, mucho mas elevada de lo que Johnson puede reunir en tan poco tiempo. Con todo, no protesta. Deja de pasear, bruscamente, y vuelve por fin la mirada hacia la cama como si descubriera entonces la presencia de la joven. La observa largo rato, callado, pero se diria que sus ojos la atraviesan sin ver nada. Lauren ha vuelto hacia el la cabeza, que sigue apoyada en los almohadones. Muy despacio, con mano flexible y fina, ha hecho resbalar la seda negra de la cadera y la aparta completamente a un lado, queriendo sin duda que su amante tome una decision con conocimiento de causa y pueda, entre otras cosas, apreciar el valor de las senales todavia visibles en su carne. La mirada de Sir Ralph sigue, no obstante, inmovil y lejana, como si pasara aun a traves de Lauren y divisara, mas alla, algun objeto fascinante, alguna escena imaginaria. Luego dice: «Lo hare», sin que se pueda saber exactamente si habla del pago y su vencimiento, o de otro proyecto; saliendo entonces de su ensonacion, encuentra por fin los grandes ojos verdes, ardientes, tensos, helados, irrazonables. Por un momento trata de hundirse en ellos, pero, subitamente resuelto, ordena con voz imperiosa: «Espereme aqui», se dirige hacia la puerta, acciona el petillo, abre la hoja con gesto rapido y abandona la estancia. Y cruza ahora con grandes zancadas el parque nocturno, y ahora va en un taxi que avanza demasiado despacio hacia Queens Road, y ahora sube una escalera sin luz, estrecha y empinada. Y ahora se inclina, por encima de un escritorio atestado de papeles desordenados, sobre un chino de edad imprecisa, sentado ante el, o mejor dicho por debajo de el, cuya cara arrugada conserva la calma correcta frente a aquel energumeno vestido de smoking que habla aprisa, gesticula y amenaza. Ahora Sir Ralph sube de nuevo otra escalera, identica a la primera, que va de un piso a otro en un solo tramo rectilineo, sin pasamano del que cogerse, pese a la estrechez y altura de los peldanos. Y va ahora en un taxi que avanza demasiado despacio hacia Queens Street. Y ahora golpea un postigo de madera en la puerta de una tienda pequenisima en la que se lee, a la palida luz de un mechero de gas, la palabra «Cambio» escrita en siete idiomas. Golpea con ambos punos, redobladamente, haciendo resonar la calle desierta con un retumbar sordo, con riesgo de alborotar el barrio. Como no contesta nadie, pega la boca al resquicio del postigo mal cerrado y llama: «?Ho! ?Ho! ?Ho!», lo que quiza sea el nombre de la persona a quien quiere despertar. Luego tamborilea de nuevo, pero con menos violencia, como alguien cuya esperanza flaquea. Nada se ha movido, por otra parte, en las inmediaciones, a pesar del estrepito, no se ha manifestado ninguna senal de vida; igual todo este decorado es falso, sin profundidad, no tiene mas realidad que una pesadilla; esto explicaria el sonido mate y hueco producido por el panel de madera. Johnson, en este momento, descubre a un viejo con pijama de hule negro, sentado en un entrante de la fachada, a una casa de distancia. Enseguida va hacia el, corre hacia el, mas exactamente, y le grita unas palabras en ingles, para saber si hay alguien en la tienda. El anciano empieza a dar largas explicaciones, con voz lenta, en un idioma que debe de ser cantones pero que pronuncia de modo tan poco claro que Johnson no caza ni una frase. Repite su pregunta en cantones. El otro contesta con la misma lentitud y la misma locuacidad; esta vez su discurso se parece mas al ingles, aunque solo la palabra «wife» es reconocible, repetida ademas varias veces. Johnson, que se impacienta, le pregunta al viejo que pinta alli su mujer. Pero el chino se lanza entonces a una nueva serie de comentarios incomprensibles, en los que ha desaparecido por completo aquella palabra. Ningun ademan, ninguna expresion de su rostro viene a suplir el sentido ausente. El hombre sigue sentado en el suelo sin moverse, con la espalda apoyada en la pared, las dos manos cruzadas sobre las rodillas. Hay una nota de desesperacion en su voz. El americano, a quien exaspera ese chorro de lamentaciones, empieza a sacudir a su interlocutor inclinandose sobre el para cogerlo de los hombros. El viejo se incorpora de un salto y lanza gritos penetrantes con una energia imprevista, mientras, justo en este momento, suena a pocas calles de alli la sirena de un coche de policia; el aullido se aproxima con rapidez, subiendo y bajando en una modulacion ciclica que se mantiene en notas muy agudas. Johnson suelta al anciano y se aleja con paso vivo, para echar pronto a correr, perseguido por los gritos del chino, que de pie en mitad de la calzada, hace grandes gestos con ambos brazos en direccion a el. A juzgar por el ruido de la sirena, el coche de la policia viene con toda seguridad hacia aca. Johnson se vuelve, sin dejar de correr, y distingue los faros amarillos, asi como la luz roja con chispazos intermitentes en el techo del vehiculo. Tuerce a la izquierda por una calle perpendicular -es decir, cuesta arriba- con la esperanza evidente de llegar a las escaleras antes de ser alcanzado por el automovil, que no podra perseguirlo mas lejos. Pero este, que ha girado tras el, lo ha alcanzado ya. Adoptando, aunque un poco tarde y sin mucha naturalidad, la actitud del transeunte que no tiene nada que reprocharse, se detiene al primer alto; tres policias ingleses saltan del coche y lo rodean; parecen sorprendidos y favorablemente impresionados por su traje de etiqueta. Ellos llevan short y camisa caqui de manga corta, zapatos bajos y calcetines blancos. Johnson cree reconocer en el teniente al que ha interrumpido esa misma noche en el gran salon de la Villa Azul; los dos gendarmes que lo acompanan son tambien, probablemente, los que han aguado el final de la fiesta. Johnson, a quien piden la documentacion, ensena su pasaporte portugues, que se saca de un bolsillo interior de la chaqueta. – ?Por que corria usted? -pregunta el teniente. A punto de contestar maquinalmente: «Para entrar en calor», Johnson muda a tiempo de parecer, pensando en la temperatura tropical, en su smoking negro de pano demasiado grueso, en su cara sudorosa. – No corria -dice-, andaba rapido. – Me ha parecido que corria -dice el teniente-. ?Y por que andaba tan rapido? – Tenia prisa por volver a casa. – ?Ah, bien! -dice el teniente. Despues, tras echar una mirada hacia la parte alta de la calle, donde unas anchas gradas, cubiertas de residuos, se pierden entre grandes casuchas de madera cada vez mas miserables, anade: – ?Donde vive? – En el hotel Victoria. El hotel Victoria no se halla situado en Victoria, ni siquiera en la isla de Hong Kong, sino en Kowloon, en tierra firme. El policia hojea el pasaporte; el domicilio que figura en el esta en Macao, naturalmente. El policia mira tambien la foto y observa luego la cara del americano, durante casi un minuto. – ?Es usted este? -dice por ultimo. – Si. Soy yo -responde Johnson. – No se le parece. Por supuesto se refiere a la imagen, no a la cara. – Puede que no sea una foto muy buena -dice Johnson-. Y no es muy reciente. El teniente, tras volver a inspeccionar detenidamente la cara y la fotografia, y luego los datos personales indicados, que lee con ayuda de su linterna y compara despues con el modelo, acaba devolviendo el pasaporte, no sin antes declarar: – No es exactamente la direccion del hotel Victoria, ?sabe usted? El transbordador se halla justo en la direccion opuesta. – No conozco muy bien la ciudad -dice Johnson. El teniente lo examina todavia un instante sin decir nada, paseando ahora el haz de la linterna por la frente, los ojos, la nariz, cuyos contornos y expresion modifica asi. Despues constata con tono indiferente (en todo caso no se trata de una pregunta): «Hace un rato estaba usted en casa de la senora Eva Bergmann.» Johnson, que espera esta observacion desde el comienzo del dialogo, se guarda muy bien de negarlo. – Si, en efecto -dice. – ?Es usted habitual de la casa? – He ido varias veces. – Lo pasan muy bien, por lo visto. – Depende de los gustos. – ?Tiene idea de lo que buscaba alli la policia? – No. No lo se. – ?Por que gritaba aquel anciano en medio de la calle? – No lo se. Pero podria usted preguntarselo. – ?Por que iba cuesta arriba, si queria dirigirse al puerto? – Ya le he dicho que me he perdido. – No es motivo para buscar un barco en lo alto de una montana. – Hong Kong es una isla, ?verdad? – Si, claro; Australia tambien. ?Ha venido andando desde la casa de la senora Bergmann? – No, en taxi. – ?Por que no lo ha dejado el taxi en el embarcadero? – Le he dicho que parara en Queens Road. Queria andar un poco. – Hace mucho que ha terminado la fiesta. ?Cuantas horas ha andado? Pero, sin aguardar respuesta, el teniente anade: – Al paso que llevaba, habra andado una barbaridad. Y luego, con la misma voz de no dar a todo eso mucha importancia: – ?Conocia a Edouard Manneret? – De oidas tan solo. – ?Quien le habia hablado de el? – Ya no me acuerdo. – ?Y que le habian dicho? Johnson esboza un ademan vago con la mano derecha, acompanado de un mohin de incertidumbre, ignorancia y desinteres. El teniente prosigue: – ?No ha tenido, mas o menos indirectamente, negocios con el? – No. Desde luego. ?A que se dedica exactamente? – Ha muerto. ?Lo sabia? Johnson finge sorpresa: – ?Ah no! En absoluto… ?En que circunstancias? Pero el policia insiste: – ?Esta seguro de no haberlo visto nunca en la Villa Azul o en lugares por el estilo? – No, no… No creo. Pero ?de que ha muerto? ?Y cuando? – Esta misma noche. Se ha suicidado. El teniente sabe muy bien, por supuesto, que no se trata de un suicidio. Johnson se huele la trampa y no hace la menor observacion que permita suponer que esta version le parece discutible, aunque solo sea por motivos psicologicos, dado el caracter de Manneret. Juzga mas prudente callar y encerrarse en una especie de recogimiento, que considera de circunstancias. Una cosa, ademas, lo inquieta: ?por que el coche de la policia ha seguido directamente hacia el, en vez de parar ante aquel viejo chillon, que se hallaba en medio de su camino? Por otra parte, ya que este teniente parece tan ocupado con el caso Manneret, ?que ha estado haciendo entre su salida de la Villa Azul y esta patrulla imprevista, efectuada en compania de los dos mismos soldados? Uno de ellos ha vuelto a sentarse ante el volante del coche desde las primeras frases del interrogatorio, juzgando seguramente que el sospechoso no ofrecia ningun peligro. El segundo se ha quedado parado a dos pasos de su jefe, pronto a intervenir, si se presentaba la ocasion. El teniente, tras una pausa bastante larga, agrega (y su voz es cada vez mas indiferente, despegada de lo que cuenta, como si hablara consigo mismo de una historia muy antigua): – Ralph Johnson es un nombre muy raro para un portugues de Macao… Hay un Ralph Johnson que vive en los Nuevos Territorios, pero es americano… Ha plantado canamo indico y adormideras blancas…, pequenas extensiones… ?Nunca ha oido hablar de el? – No, nunca -dice el americano. – Mejor para usted. Ultimamente ha estado mezclado en un asunto feo de trata de menores. Y es un agente comunista… Deberia pedir que le pusieran en el pasaporte una foto que se le pareciese mas… Despues, cambiando bruscamente de tono, pregunta de sopeton, fijando los ojos en su interlocutor: – ?A que hora ha llegado esta noche a casa de la que usted llama Lady Ava? Sin hacer hincapie en el hecho de que Lady Bergmann todavia no ha sido designada con este nombre durante todo el dialogo, Johnson, que ha tenido tiempo de prepararse para esta pregunta, empieza enseguida el relato de su velada: – Llegue a la Villa Azul a eso de las nueve y diez, en taxi. Un parque de vegetacion tupida rodea por todas partes la inmensa mansion de estuco, cuya arquitectura recargada, asi como la repeticion exagerada de motivos ornamentales no funcionales, la yuxtaposicion de elementos heteroclitos y su color insolito sorprenden siempre, cuando aparece, a la vuelta de una avenida, enmarcada de palmeras reales. Como tenia la impresion de llegar algo temprano, es decir, de ser uno de los primeros invitados en franquear la puerta, si no el primero, ya que no veia a nadie mas, preferi no entrar enseguida y torci hacia la izquierda para dar unos pasos por aquella parte del jardin, la mas agradable. Solo los alrededores inmediatos de la casa estan alumbrados, incluso en dias de recepcion; enseguida unos espesos macizos vienen a obstruir la luz de los faroles, y hasta el resplandor azul reflejado por las paredes de estuco. Pronto no se distingue mas que la forma general de los…, etc. Paso asimismo por alto el ruido de los insectos, ya indicado, y la descripcion de las estatuas. Llego enseguida a la escena de la ruptura entre Lauren y su prometido. Y, como el teniente me pregunta el nombre de este personaje, que aun no ha sido mencionado, contesto por si acaso que se llama Georges. – ?Georges que mas? -pregunta. – Georges Marchat. – ?Y a que se dedica? – Es negociante. – ?Es frances? – No, holandes, creo. Esta sentado, solo, en un banco de marmol blanco, bajo unas ravenalas, cuyas hojas en forma de anchas hojas en forma de anchas manos caen como un abanico en torno a el. Se inclina hacia adelante. Parece observar sus zapatos de charol, un poco mas oscuros sobre el fondo de arena clara. Sus dos manos estan apoyadas en el borde de la piedra, a cada lado del cuerpo. Al acercarme mas, mientras sigo mi camino a lo largo de la avenida, veo que el joven tiene una pistola en la mano derecha, con el indice apoyado ya en el gatillo, pero dirigiendo el canon hacia el suelo. Esta arma, por cierto, le traera muchos problemas, un poco mas tarde, cuando la policia lleve a cabo un registro general de los invitados. Despues no sucedio nada notable hasta el momento en que la senora de la casa me anuncia -o, mejor dicho, cree anunciarme- que Manneret acaba de ser asesinado. Me pregunta que pienso hacer. Le digo que la noticia me coge desprevenido, pero que, muy probablemente, tendre que dejar el territorio ingles de Hong Kong y regresar a Macao por bastante tiempo, quiza incluso definitivamente. La velada, con todo, se desarrolla tal como estaba previsto. La gente habla de cualquier cosa, baila, bebe champan, rompe copas y come pastelitos. A las once y cuarto sube el telon en el escenario del teatrito. En la sala casi todas las butacas de peluche rojo estan ocupadas -por hombres principalmente-, unas treinta personas en total, cuidadosamente elegidas sin duda, ya que se trata hoy de un espectaculo para iniciados. (La mayor parte de invitados a la recepcion se ha ido, sin saber siquiera que habra algo en el sotano.) La funcion empieza con un numero de desnudo a la moda del Seu Chuan. La actriz es una joven japonesa que los espectadores habituales no conocen todavia, por lo que despierta la curiosidad del publico. Ademas, es excelente desde todos los puntos de vista, y el numero, aunque tradicional, obtiene un exito considerable; nadie perturba la ceremonia, como ocurre tan a menudo, con idas y venidas molestas o conversaciones intempestivas. El programa comprende despues un entremes al estilo del Grand-Guignol, que se titula «Crimenes rituales» y recurre profusamente a los consabidos trucos: instrumentos de hoja cortante articulada, tinta roja derramada sobre la carne blanca, gritos y contorsiones de las victimas, etc. El decorado utilizado es el mismo del primer cuadro (una amplia mazmorra abovedada a la que se baja por una escalera de piedra); solo requiere algunos accesorios complementarios, como ruedas, cruces o potros; los perros, en cambio, no tienen ningun papel. Pero la mayor atraccion de la velada es sin discusion un largo monologo, representado por la propia Lady Ava, sola en escena desde el comienzo hasta el final del acto. El termino monologo no es, por lo demas, del todo acertado, ya que en el transcurso de esta obrita dramatica se dicen pocas palabras. Nuestra anfitriona desempena en ella su propio papel. Con el traje con que acabamos de verla durante la recepcion sale ahora a escena, por la gran puerta del fondo (una puerta de dos hojas), en medio de un decorado extraordinariamente realista que reproduce de manera perfecta su propio dormitorio, situado como el resto de sus aposentos particulares en la tercera y ultima planta de la inmensa mansion. Saludada con insistentes aplausos, Lady Ava se inclina brevemente frente a las candilejas. Luego se vuelve hacia la puerta, cuyo pomo no habia soltado aun, la cierra, y se queda un instante escuchando algun ruido exterior (imperceptible para los espectadores), acercando el oido al panel con molduras, pero sin aplicar la mejilla a la madera. No ha oido nada inquietante, sin duda, ya que abandona pronto esta actitud para aproximarse al publico, al que naturalmente ya no ve a partir de ahora. Da luego unos cuantos pasos hacia la izquierda, pero unos pasos cada vez mas indecisos, parece recapacitar, cambia de parecer, vuelve a la derecha, se dirige en diagonal hacia el fondo de la estancia, para regresar casi al instante hacia la parte que da a la sala. Esta visiblemente descompuesta, tiene el rostro cansado, consumido, avejentado, desaparecida de golpe toda la tension mundana de la recepcion. Deteniendose junto a una mesita redonda, cubierta con un tapete de pano verde que cuelga hasta el suelo, empieza a quitarse maquinalmente las joyas: un grueso collar de oro, una pulsera que hace juego con el, una voluminosa sortija con brillante, unos pendientes, que va dejando una tras otra en una copa de cristal. Y se queda alli, de pie a pesar del cansancio, con una mano abandonada al borde de la mesa y el otro brazo pegado al cuerpo. Una de las jovenes criadas eurasiaticas entra entonces sigilosamente por el lado izquierdo y se detiene a cierta distancia de su senora, a la que mira en silencio; lleva un pijama de dormir de seda parda con reflejos dorados, cuya forma es mas ajustada de lo usual en este tipo de prendas. Lady Ava vuelve la cara hacia la muchacha, una cara tragica con los ojos tan agotados que parecen posarse en las cosas sin verlas. No dicen nada ni una ni otra. Las facciones de Kim son lisas e indescifrables, las de Lady A va parecen tan rendidas que ya no expresan nada. Quiza haya algo de odio en una y otra, o algo de terror, o de envidia y compasion, o algo de imploracion y desprecio, o cualquier otra cosa. Y ahora la criada -sin que se haya producido nada entretanto- se retira como ha venido, bella y muda, flexible, sigilosa. La senora no ha hecho ningun ademan, como si ni siquiera la hubiera visto salir. Y hasta pasado un buen rato no reanuda sus idas y venidas por la estancia, errando de un mueble a otro sin decidirse a hacer nada. En el tablero abierto de su secreter, en medio de cuartillas blancas manuscritas, esta el abultado sobre de papel pardo, repleto como de arena, que le han entregado esta noche; lo sopesa, pero vuelve a dejarlo casi de inmediato. Por ultimo va a sentarse en un pequeno asiento redondo, sin brazos ni respaldo, parecido a un taburete de piano, delante del tocador con espejo. Se observa en este ultimo con atencion lenta -de cara, por el lado derecho, por el lado izquierdo, otra vez de cara- y luego empieza a quitarse meticulosamente el maquillaje, de espaldas a la sala. Cuando ha terminado y descubre de nuevo su cara, esta metamorfoseada: de mujer sin edad y demasiado pintada se ha convertido en anciana. Pero, en cambio, se diria menos extenuada, menos ausente, casi sosegada. Con paso mas firme vuelve hasta el secreter, y abre con la hoja de un cortaplumas el grueso sobre pardo, que vacia sobre las cuartillas esparcidas: una gran cantidad de bolsitas blancas, todas iguales, caen en desorden; empieza a contarlas rapidamente; hay cuarenta y ocho. Coge una de ellas al azar, rasga un angulo y, sin abrirla mas, hace caer por el orificio practicado un poco de su contenido sobre una de las cuartillas manuscritas, que sostiene con la otra mano. Es un polvo blanco, fino y brillante, que observa con cuidado poniendoselo ante los ojos, pero echando al mismo tiempo la cabeza un poco atras. Satisfecha de su examen, vuelve a introducir las particulas de polvo en la bolsita, por su estrecha abertura, manteniendo la hoja de papel curvada en forma de embudo rudimentario. Para cerrar luego la bolsita blanca, dobla varias veces el angulo rasgado. Guarda esta bolsita en uno de los pequenos cajones interiores del secreter. Vuelve a poner las otras en el sobre pardo, contandolas otra vez, y lo deja de nuevo en el tablero del secreter, alli donde lo ha encontrado. El papel que acaba de utilizar ha quedado un poco deformado por la operacion. Lady Ava lo enrolla en sentido contrario con objeto de devolverle su lisura primitiva; le llama entonces la atencion lo que esta escrito en la pagina y lee unas cuantas lineas. Con la cuartilla en la mano, y mientras prosigue su lectura, se dirige hacia la cama, una gran cama cuadrada de dosel, que esta situada en una alcoba al otro extremo de la estancia, y toca el timbre para llamar a la criada. Esta reaparece, exactamente con la misma indumentaria que la primera vez, tan sigilosamente como antes y quedandose parada en el mismo sitio. Lady Ava, que se ha sentado en el borde de la cama, la examina detalladamente de arriba abajo, deteniendose en el pecho, la cintura, las caderas, moldeadas por la seda floja y flexible, para subir luego hasta la cara dorada, nitida como la porcelana, con su boquita barnizada, sus ojos rasgados de esmalte azul, su cabello muy negro alisado en las sienes para descubrir las finas orejas y formar en la nuca una gruesa trenza corta, brillante, poco apretada para que se deshaga en la cama en cuanto se tire del lacito que anuda su extremo. Si la mirada de la senora se ha hecho mas precisa, y hasta insistente, la de la criada no ha cambiado; sigue siendo tan impersonal y vacia como antes. – Has visto a Sir Ralph esta noche -empieza Lady Ava. Kim se contenta con un movimiento de cabeza casi imperceptible (sin duda afirmativo) a manera de respuesta, mientras la senora prosigue su monologo sin apartar la vista de ella, pero sin manifestar ninguna extraneza por no obtener la menor respuesta, ni aun despues de formularle una pregunta de manera categorica-. ?Te ha parecido que estaba en su estado normal? ?Has notado su expresion extraviada? Loraine acabara volviendolo loco del todo, a fuerza de ceder a sus fantasias. El plan esta bien trazado. Sir Ralph ya solo vive para ella. Basta con dejar que las cosas sigan su curso. -La muchacha ya no da la menor muestra de asentimiento o interes; podria ser sordomuda, o entender solo el chino. A Lady Ava eso no parece incomodarla lo mas minimo (quiza sea ella misma la que prohibe a las criadas contestar) y sigue tras una pausa-: En este momento estara corriendo en busca del dinero que exige ella… Se pasara asi toda la noche, y no encontrara nada. Y estara maduro para oir nuestros consejos…, nuestras sugerencias…, nuestras directrices… Bueno. No te necesito esta noche. Me siento vieja y cansada… Podras dormir en tu cama. La eurasiatica se ha vuelto a esfumar, como un fantasma. Lady Ava vuelve a estar de pie junto al secreter, donde deja sobre el tablero abierto, entre los otros papeles, la cuartilla que se habia llevado para releerla. Coge el sobre pardo que contiene las cuarenta y siete bolsitas de polvo; la segunda vez que ha entrado Kim, ha podido asegurarse de que esta comprobaba la presencia del paquete con una rapida ojeada: si el escondite se hallara en la habitacion misma, estaria guardado desde hace rato, ha pensado la criada, piensa Lady Ava, dice el narrador de cara colorada que le esta contando la historia a su vecino, en la sala del teatrito. Pero Johnson, que tiene otras cosas en la cabeza, no presta mucha atencion a sus inverosimiles relatos de viajes por Oriente, con anticuarios alcahuetes, trata de blancas, perros demasiado inteligentes, burdeles para psicopatas, trafico de drogas y asesinatos misteriosos. Del mismo modo contempla con mirar bastante vago, errante, discontinuo, el escenario, donde sigue la funcion. Mientras tanto Lady Ava, en su dormitorio, ha accionado el sistema secreto, conocido solo por ella (el operario chino que instalo el mecanismo murio al poco tiempo), para abrir, en la pared frontera a la gran puerta de dos hojas, el panel del invisible armario de las reservas. Este panel movil forma con la puerta contigua del cuarto de bano un todo de dos hojas, identico al de la puerta que se halla enfrente; el visitante tiene la impresion de que la parte de la derecha -que da en realidad al armario- es una falsa media puerta instalada alli para la decoracion, por simple afan de simetria. Lady A va coloca el paquete de papel pardo en uno de los estantes y cuenta las cajas que se alinean y se apilan de un extremo a otro del estante situado debajo. Mientras tanto el americano regresa a Kowloon en uno de los barcos nocturnos, cuyas grandes salas provistas de bancos o butacas estan casi vacias a estas horas de la noche. Le ha resultado dificil deshacerse de los policias; el teniente se ha empenado incluso en llevarlo hasta el embarcadero y hacerlo subir en el primer transbordador que salia. Johnson no se ha atrevido a volver a bajar enseguida (como habia pensado hacer primero), temiendo encontrarse con el coche de la policia, que se ha quedado vigilando alli. Desembarca, pues, en la otra orilla. Hay un taxi aparcado, pero, en el momento en que llega hasta el, lo toma otro pasajero que se presenta por la puerta opuesta. Johnson se decide a subir a una jinrikisha roja, cuya pegajosa almohadilla de hule deja salir su crin mohosa por un desgarron triangular; pero se consuela pensando que el taxi, de un modelo muy antiguo, no debe de ser mucho mas confortable. Ademas, el conductor corre tanto como el automovil, que lleva la misma direccion, por la gran avenida desierta, cubierta de una acera a otra, en forma de boveda, por las ramas de las higueras gigantes cuyas raices aereas, finas y tupidas, cuelgan verticalmente como largas cabelleras. Tras los gruesos troncos nudosos aparece un momento, alcanzada y adelantada muy pronto, una chica de traje blanco y cenido que anda con paso rapido bordeando las casas, precedida de un perro muy grande atado con correa. La jinrikisha para al mismo tiempo que el taxi frente a la puerta monumental del hotel Victoria. Pero no baja nadie del automovil, y Johnson, echando un vistazo atras al empujar la puerta giratoria, cree distinguir una cara que lo observa por el cristal, subido a pesar del calor, desde el asiento trasero. Se trataria, pues, de un espia encargado por el teniente de seguir al sospechoso hasta Kowloon, para ver si realmente paraba en este hotel y entraba enseguida en el sin mas rodeos. Pero Johnson solo va a preguntarle al portero si han dejado algo para el durante la noche. No, el portero no tiene nada que entregarle (para estar mas seguro, mira el casillero de la correspondencia); solo ha recibido, hace poco, una llamada telefonica de Hong Kong, preguntando si se alojaba en el hotel un tal Ralph Johnson y desde cuando. Sin duda, era otra vez el teniente, que, por lo visto, hacia sus investigaciones con poca discrecion, a menos que un modo tan aparatoso de seguirle los pasos fuera intencionado y pretendiera impresionarlo. En todo caso, ello no le impide salir sin vacilacion del gran vestibulo por la otra puerta giratoria, que se abre en la parte posterior del edificio, frente a un jardin plantado de ravenalas: basta cruzarlo para llegar a la calle. Hay alli una parada de taxis y, como de costumbre, hay un taxi libre, de modelo muy antiguo, que espera. Johnson sube en el (tras asegurarse de que nadie, en las inmediaciones, espia su huida) y da las senas de Edouard Manneret, el unico personaje que, a este lado de la bahia, puede ayudarlo en la apremiante necesidad en que se halla. El taxi arranca enseguida. En el exiguo recinto el calor es asfixiante; Johnson se pregunta por que estan subidos hasta arriba todos los cristales y quiere bajar el que se halla a su lado. Pero el cristal se resiste. Johnson se empena en bajarlo, presa repentinamente de una espantosa sospecha, causada por el parecido de este viejo vehiculo con el que acaba de… La manivela se le queda en la mano y la ventanilla sigue hermeticamente cerrada. El taxista, que oye ruido a su espalda, se vuelve hacia el cristal que lo separa del cliente, y este apenas tiene tiempo de adoptar un aire adormilado, a fin de disimular su agitacion. ?No es esta la cara de ojillos oblicuos que ha entrevisto al volante del primer taxi, en el desembarcadero del transbordador? Pero todos los chinos tienen la misma cara. De todos modos es demasiado tarde para cambiar de direccion; las senas de Manneret estan ya dadas y grabadas en la cabeza del taxista. Si su mision consiste en… Pero ?por que el espia que lo vigilaba tras el cristal subido, en la puerta del hotel, se ha bajado despues? ?Donde habra ido? ?Y como puede un policia descargarse de su servicio en un simple taxista encontrado al azar? A no ser, naturalmente, que se trate de un falso taxista, avisado tambien por telefono desde la isla de Hong Kong y venido expresamente a la salida del transbordador para recoger al companero y recibir sus consignas. Y, en este momento, el companero esta registrando de arriba abajo la habitacion de Johnson en el hotel Victoria. Detras de los troncos gigantes de las higueras, una joven de traje muy cenido anda con paso rapido y tranquilo junto a las tiendas elegantes con los escaparates a oscuras; un gran perro negro la precede, exactamente como a la de antes, que, sin embargo, no se dirigia hacia esta parte y dificilmente podia haber recorrido entretanto todo este trayecto. Pero Sir Ralph tiene preocupaciones mas urgentes que le impiden interesarse por este problema, Si el espia del teniente se ha apeado realmente del coche en el hotel Victoria, aunque con un poco de retraso (buscaba dinero o esperaba que Johnson le dejara el campo libre), este taxi puede muy bien ser un verdadero taxi. ?Que motivo tenia entonces el taxista para apostarse en la parte trasera del hotel, como para controlar todas sus salidas? A todo esto, el vehiculo ha llegado a la direccion indicada. El taxista ha abierto el cristal de separacion para decirle al cliente el precio de la carrera; aprovecha la ocasion para coger la manivela de la ventanilla que este ultimo ha conservado por distraccion en la mano, y, con la destreza que confiere la costumbre, la coloca de nuevo en su eje, pronta a jugarle la misma pasada a un nuevo pasajero. Tras lo cual, exclama en cantones: «?Material americano!», y suelta una ruidosa carcajada. Johnson, mientras le tiende un billete de diez dolares (dolares de Hong Kong, naturalmente), aprovecha esta broma para iniciar una conversacion, con objeto de aclarar en lo posible el misterio del primer espia. Dice, en cantones: «?No son mejores los coches ingleses!» El otro le hace un guino, con expresion maliciosa, llena de sobreentendidos, contestando: «?Por supuesto! ?Y los chinos?» Sera, pues, mas bien uno de los muchos propagandistas que han venido como refugiados de la China comunista y que, desde hace poco tiempo, han invadido la colonia y ocupan por completo algunas profesiones: taxistas y porteros de hotel en particular, Pero Johnson, que sigue con su idea, le espeta entonces su pregunta, – ?Usted no es el que estaba aparcado a la llegada del transbordador y se me ha escapado por unos segundos? – ?Claro que si! -dice el hombre, – ?Y ha llevado a otra persona al hotel Victoria? – ?Exacto! – ?Una persona que se ha bajado alli? – Si no iba a bajarse, no me habria pedido que lo llevara, digo yo, – Bueno. Pero ?por que, al quedar vacio, ha dado la vuelta al edificio hasta el jardin que hay detras, en vez de quedarse en la parada que esta delante del hotel? El chino vuelve a guinar el ojo con malicia, de un modo exagerado, algo inquietante: «?Olfato! -dice-, ?Olfato policiaco!» Y suelta su sonora carcajada. El americano baja del taxi y se aleja, vagamente aturdido. No se atreve a subir directamente a casa de Manneret -cuyo numero ha dado sin ambiguedad- porque el taxi tarda en arrancar y sigue aparcado junto a la acera, Se aventura a mirar hacia ese lado, para averiguar que espera el taxista, cuando ve que se entreabre la puerta delantera y el hombrecillo saca la cabeza y un brazo para indicarle con un gesto el portal correcto, con amabilidad, temiendo sin duda que se extravie en esa avenida mal alumbrada en la que no son muy visibles todos los numeros de las casas. Johnson renuncia entonces a dar la vuelta a la manzana, como habia pensado, y llama a la puerta cochera, que se abre sola. Dentro del portal encuentra sin dificultad el interruptor de la escalera, en la que el frescor del aire acondicionado le da nuevas fuerzas. Edouard Manneret esta, naturalmente, en casa y tarda poco en abrir personalmente la puerta. Ya no hay criados a esas horas; el suele pasarse la noche en vela. Pero esta noche ha tomado visiblemente una dosis mas fuerte que de costumbre y su estado de semiconsciencia no permite augurar nada bueno. Lleva un pijama de andar por casa mas bien desalinado; hace varios dias que no se ha afeitado, de modo que su perilla y su bigote puntiagudo, en lugar de resaltar con nitidez sobre unas mejillas lampinas, se pierden entre la grisura de pelos que crecen desordenadamente. Tiene los ojos brillantes, pero con ese brillo anormal que da la droga. Empieza no reconociendo a Johnson, a quien toma al principio por su propio hijo, y lo felicita por su buen aspecto y su atuendo elegante; con gesto paternal, le da unos golpecitos en la manga del smoking y le arregla la corbata de pajarita. Johnson, cuya ultima esperanza reside en este anciano, lo deja hacer, decidido a tratarlo con miramientos. No obstante, se presenta con voz suave y firme: – Soy Ralph Johnson. – ?Claro! -dice Manneret sonriendo, con el tono de quien se presta al juego de un nino-. Y yo soy el rey Boris. Se acomoda en un balancin lleno de cojines, mientras senala con mano vaga un asiento a su visitante. – Anda, sientate -dice. Pero el visitante prefiere quedarse de pie, acuciado por el deseo de hacerse oir; le apunta al pecho con el dedo indice y repite, separando las silabas: – Johnson. Soy yo. Ralph Johnson. – ?Si, hombre, si! Disculpeme -exclama el otro con voz mundana-. Un nombre… ?Que significa un nombre? ?Y como esta la senora Johnson? – No existe ninguna senora Johnson -dice el americano, que pierde un poco la paciencia-. ?Si sabe muy bien quien soy yo! Manneret parece reflexionar, sumido en unos pensamientos oscuros en los que debe esfumarse la imagen del intruso. Se mece suavemente en su balancin. El rostro de mirada febril, de barba gris enmaranada, sube y baja con regularidad, en una lenta oscilacion periodica, que basta contemplar unos instantes para sentir mareo. – Claro… Claro… Pero tienes que casarte, hijo… Hablare con Eva… Conoce a chicas de verdad… – Oiga -dice Johnson con vehemencia-. ?Soy Ralph Johnson, Sir Ralph, el americano! Manneret lo mira entornando los ojos con desconfianza. – ?Y que quiere de mi? -dice. – ?Dinero! Necesito dinero. ?Lo necesito ahora mismo! Johnson se da cuenta de que el tono no conviene en absoluto a su demanda. Naturalmente, habia preparado una entrada en materia muy diferente. Desanimado, se deja caer en una silla. Pero el anciano, que ha empezado a mecerse otra vez en su balancin, recobra de pronto su carinosa sonrisa y su amabilidad del principio. – Mira, hijo, te he dado cincuenta dolares esta manana. Gastas demasiado… ?Es con senoritas? Hace un guino picaro, y anade con voz subitamente triste: – Si viviera tu pobre madre… – ?Basta! -grita Johnson fuera de si-. ?Por el amor de Dios, deje en paz a mi madre, mi mujer y mis hermanas! Necesito su ayuda. Le hare un papel, un papel en regla, que le asegurara una especie de hipoteca sobre las propiedades de Macao… – Pero si no hace falta, hijo, entre nosotros no hace falta… A ver, habias empezado a hablarme de tus hermanas. ?Que hacen ahora? Johnson, que no puede soportar mas el movimiento del balancin, del que no logra apartar la vista, se levanta y recorre la estancia a grandes zancadas. Esta perdiendo el tiempo con este viejo drogado, que, ademas, se quedara muy pronto dormido. Mas le vale volver a la isla, a Victoria; acudir a los riquisimos prestamistas en sus miserables establecimientos de Queens Road. Subitamente decidido, cruza el piso, sale dando un portazo y corre escaleras abajo, desdenando el ascensor. Fuera vuelve a encontrar el aire humedo y abrasador, que aun sorprende mas cuando se sale de una casa refrigerada. El taxi anticuado sigue alli, esperandole, aparcado junto a la acera. Sin pensar en lo extrano de la solicitud del taxista (el cliente noctambulo al que ha llevado alli media hora antes posiblemente regresaba a su domicilio y, por lo tanto, no volvera a salir hasta el dia siguiente), Johnson se acerca con paso maquinal y se dispone a subir, mientras el chino le abre la puerta. – Es un viejo pillo, ?verdad? -dice el taxista en ingles. – ?Quien? -pregunta Sir Ralph, desabrido. – El senor Manneret -dice el taxista con un guino complice. – Pero ?de quien habla? -pregunta el americano, que finge no entender. – Lo conoce todo el mundo -dice el chofer-, y solo hay luz en sus ventanas. Al mismo tiempo senala con la mano un gran ventanal del quinto piso, en el que, detras de los visillos de tul transparente, se recorta en negro sobre el fondo luminoso una silueta de hombre que mira hacia afuera la avenida desierta, en la que solo hay un viejo taxi aparcado junto a la acera, al taxista educado que cierra la portezuela detras del cliente que acaba de acomodarse en el asiento de atras, se sube luego a su sitio, delante, arranca sin excesiva dificultad y se aleja a una velocidad de jinrikisha. Edouard Manneret se vuelve entonces de cara a la estancia y se aleja de la ventana frotandose las manos. Sonrie de satisfaccion. Le entran ganas de telefonear a Lady Ava para contarle la entrevista. Pero estara durmiendo. Al pasar junto al termostato de la refrigeracion lo baja un grado. Luego vuelve a su mesa de trabajo y sigue escribiendo. Tras recorrer con paso vivo y regular el largo trayecto desde el desembarcadero, la joven criada eurasiatica no tardara en regresar a casa con el perro. Se trata, como es facil adivinar, de uno de los grandes perrazos negros de Lady Ava; y la muchacha se llama Kim. No era, pues, esta, sino la segunda criada (que, por lo demas, se le parece tanto que podrian pasar por mellizas, y cuyo nombre quiza se escriba tambien Kim y se pronuncie de modo muy semejante, sin ser sensible la diferencia mas que para un oido chino), no era, pues, esta la que debia pasar la noche con su senora. A no ser que se trate efectivamente de la misma muchacha, la cual -no bien despedida por decision de ultima hora de Lady Ava- puede haber dejado la Villa Azul con el perro y andado con su paso firme hasta el embarcadero de Victoria, para tomar el transbordador, en el que quiza haya advertido la presencia de Sir Ralph, pero habra procurado que el no advierta la suya y se habra dado prisa en bajar la primera al llegar a Kowloon, prosiguiendo su paseo nocturno bajo las raices suspendidas de las higueras gigantes, alcanzada pronto y adelantada por un taxi seguido a poca distancia por una jinrikisha, luego, un poco mas lejos, alcanzada de nuevo por el mismo taxi -esta vez vacio- de modelo muy antiguo, facilmente reconocible por su lentitud y sus cristales subidos. Con este mismo taxi se cruza (ahora viene en direccion a ella) por tercera vez justo antes de llegar a su destino. Y aparte de Kim, Johnson y el espia que lo seguia por orden del teniente de la policia de Hong Kong, habia ademas en aquel mismo transbordador -cosa nada extrana, pues la frecuencia de los viajes es menor de noche- un cuarto personaje digno de ser mencionado: Georges Marchat, el ex prometido de Lauren, que ha estado errando al azar durante mucho tiempo sin dejar de darles vueltas a los elementos de su felicidad perdida y su desesperacion. Abandonando muy temprano la recepcion, donde su presencia estaba ya poco justificada, empezo recorriendo tambien el aquel barrio residencial de grandes propiedades cercadas con tapias o empalizadas de bambu, despues volvio para llevarse el coche que se habia quedado cerca de la Villa Azul, y tomo, al azar, la carretera que circunda la isla, parando en todos los bares y casinos de la costa que aun estaban abiertos, para beber whisky tras whisky. Mas alla de Aberdeen, en una playa pequena provista de un club de semilujo, hizo subir a su lado a una prostituta china, bastante bonita, y siguio conduciendo, mientras intentaba contar su historia, de la que la mujer no entendio naturalmente nada, por lo confusa que se hacia la elocucion del prometido y la incoherencia con que presentaba los hechos. Con todo, le ofrecio sus servicios, para hacerle olvidar su desdicha, pero el la rechazo con aires de virtud ofendida, diciendo que no trataba de olvidar sino por el contrario entender, que ademas no queria tener mas relaciones con ninguna mujer, que la existencia se habia vuelto totalmente insulsa para el y que se iba a arrojar al mar desde lo alto de un acantilado. La prostituta prefirio bajarse del coche para no verse inmiscuida en aquella engorrosa historia; de modo que la dejo en el acto en el sitio en que se encontraban, o sea, en un sitio cualquiera, lejos de toda poblacion, y le dio un billete de cincuenta dolares para pagar su compania; todavia le estaba dando las gracias ceremoniosamente, asegurandole que por una cantidad semejante habria podido…, etc., cuando__ ya habia reemprendido la marcha. Siguio adelante, cada vez mas deprisa, mostrando cada vez menos prudencia en las innumerables curvas de la carretera en cornisa y en las travesias de las poblaciones costeras, y se encontro al fin en los suburbios de Victoria, donde no tardo en detenerlo una patrulla de la policia, pues el comportamiento de su coche delataba con toda evidencia la embriaguez del conductor. Enseno la documentacion al teniente de la gendarmeria, que reconocio enseguida en aquel Georges Marchat, negociante holandes, a uno de los invitados mas sospechosos entre los que habia interrogado en la recepcion de aquella noche en casa de Eva Bergmann: el que, en el momento del registro, llevaba un revolver cargado, con una bala en la recamara. Preguntado sobre lo que habia hecho al salir de la Villa Azul, el prometido de Lauren dio los nombres de los sitios donde habia estado bebiendo (al menos los que recordaba), pero se callo el episodio de la prostituta china. El teniente apunto las direcciones en su agenda; despues, como el negociante tenia una razon social conocida en la ciudad, y era por lo tanto facil de localizar, lo dejo marchar aconsejandole que fuera menos rapido, despues de multarlo unicamente por conducir en estado de embriaguez. Marchat, para recuperarse de aquella emocion, hizo una nueva parada en un bar del puerto para beber varias copas; despues tomo el transbordador con el coche. Ni Kim ni Johnson podian encontrarse con el a bordo, pues se durmio al volante una vez terminada la maniobra de embarque, que efectuo como pudo. De todos modos, aunque hubiera estado vagando por las cubiertas, tampoco habria tenido posibilidad de dispararle un tiro al americano, ya que su arma le habia sido incautada horas antes por la policia en la Villa Azul. Al atracar el barco en Kowloon, Georges Marchat sigue durmiendo echado sobre el volante. Los marineros de a bordo que se encargan del desembarco de los coches lo sacuden para despertarlo; pero la unica respuesta que obtienen son ronquidos y luego palabras incoherentes, entre las que figuran quiza «puta» y «matare»; pero para poder identificarlas en medio de las silabas roncas que no llegan a salir de la garganta, habria que estar al corriente de las desgracias del joven. Los marineros no pueden perder el tiempo descifrando tales sonidos: el coche impide pasar a los que van detras y que empiezan a manifestar su impaciencia con ligeros bocinazos. Apartan, pues, a Marchat del volante, para poderlo mover por la ventana abierta, mientras empujan el enorme coche hasta que se halla fuera del transbordador, lo cual no resulta dificil, ya que el muelle esta al mismo nivel que el garaje interior. Los marineros, despues, van a aparcar a Marchat y su coche un poco mas lejos, junto a unos almacenes cerrados. El negociante se ha caido en el asiento y ronca con sueno de borracho. Johnson y su espia, cuyos respectivos vehiculos han salido hace ya unos segundos, no han podido presenciar el incidente. Kim ha pasado delante de todos los pasajeros -que se apartan con muestras de temor y reprobacion, provocadas por los grunidos del perro negro-, por lo que esta ya lejos. No tiene ningun motivo especial para ir esta noche a casa de Manneret; su senora, que la supone acostada en su pequena habitacion del cuarto piso, no le ha encargado ninguna mision en particular. Sin embargo, la joven, aun sin tener nada que hacer alli, camina con paso tan firme como si experimentara -cosa que le ocurre cada vez mas a menudo- la absoluta necesidad de ir a casa del viejo; y esta segura de que el tambien la espera. Ni siquiera se pregunta cual es la finalidad de los experimentos que lleva a cabo con ella en cada una de sus visitas: no le importa saber si los brebajes y las inyecciones que le da son verdaderos estupefacientes que prueba, o filtros magicos que enajenan la voluntad del sujeto, para someterlo sin defensa al poder de un tercero, o del preparador mismo. Este, en todo caso, no ha abusado hasta ahora de ella, al menos en la medida en que puede advertido en sus momentos de plena conciencia. De las horas que ha pasado en el edificio moderno de Kowloon, que se parece a una clinica de lujo, algunas le dan la impresion de haber durado mucho tiempo; pero hay otras de las que no recuerda nada. Asi, esta noche, Kim encuentra a Edouard Manneret sentado en su mesa de trabajo; esta de espaldas a la puerta, como ya se ha dicho, y ni siquiera se vuelve para ver quien entra. O sea que debe de ser verdad que sabia que iria a esta hora exacta. En todo caso, ya se ha dicho que llama a la puerta del piso y entra enseguida sin aguardar respuesta. ?Tiene una llave personal para entrar en su casa? ?O Manneret habia dejado su propia llave en la cerradura -o la puerta simplemente entornada, sin cerrarla del todo- para no tener que molestarse? Pero, un momento antes, ?no ha tenido que esperar Johnson que Manneret fuera a abrirle? Entonces sera Johnson el que habra dejado la puerta mal cerrada al salir: efectivamente, es lo que pasa a veces con ciertas cerraduras cuando se da un portazo fuerte y el pestillo se vuelve a abrir de rebote enseguida… Todos estos detalles tienen probablemente poca importancia, y mas teniendo en cuenta que las imagenes de esta visita se han visto ya anteriormente al hablar del sobre pardo que contenia las cuarenta y ocho bolsitas que la criada habia ido a buscar para Lady Ava. Lo que quedaba por saber era que habia hecho con el perro: no podia haberlo metido en la casa, ya que esos animales delicados no soportan los locales refrigerados o, cuando menos, las diferencias de temperatura demasiado grandes entre el interior y la calle. (?Sera por esto por lo que la Villa Azul, que es su domicilio habitual, aun esta equipada solo con ventiladores de antes de la guerra?) La solucion a este problema es ahora facil: Kim ha dejado al perro en el vestibulo del edificio, entre la puerta cochera de cerradura automatica que da a la calle y la doble vidriera que lleva a la escalera o a los ascensores. Con movimiento familiar ha enganchado el extremo de la correa, por su mosqueton, a una anilla que parece estar alli para eso, pero cuya presencia no habia advertido la ultima vez que subio. Claro que habria hecho mejor llevando al perro como guardaespaldas hasta el tercer piso (?o hasta el quinto?); es lo que piensa un poco tarde, como las otras veces, mientras retrocede hacia el rincon de la estancia, y el viejo avanza lentamente, paso a paso, con una cara que la asusta, ganando poco a poco terreno respecto a ella, a la que domina ahora con toda la altura de su cabeza, inmovil, la boca delgada, la perilla gris bien recortada, los bigotes que parecen de carton y los ojos que brillan con un fulgor de locura asesina. Va a matarla, a torturarla, a descuartizarla con la navaja de afeitar… Kim trata de gritar, pero, como las otras veces, no le sale ningun sonido de la garganta. En este punto del relato, Johnson se detiene: cree haber oido un grito, bastante cerca, en el silencio de la noche. Volvio a pie hasta el embarcadero, desde el hotel, adonde habia ido en el taxi de los cristales subidos. Al coger la llave en el tablero del conserje, el portero comunista le dijo que un inspector de la policia acababa de registrar sus habitaciones, registro del que no habia advertido la menor senal, ni en el saloncito, ni en el dormitorio, ni en el cuarto de bano, tal fue la habilidad con que se llevo a cabo la operacion. Esta discrecion le causo mas inquietud que la vigilancia demasiado aparatosa de que habia sido objeto hasta entonces. Sin perder tiempo en cambiarse de ropa, cogio tan solo el revolver, que seguia en su sitio en el cajon de las camisas, y volvio a bajar. Llamar a un taxi era inutil: la hora de salida del proximo transbordador le daba tiempo de sobra para ir andando con paso normal. Tal vez, mas o menos conscientemente, pensaba evitar asi los comentarios indiscretos o inquietantes del taxista obstinado. Pero, al salir de la puerta giratoria, vio enseguida que el taxi ya no estaba alli. ?Habria ido a aparcar al jardin de las ravenalas situado detras del hotel? ?O, a pesar de la hora, habria encontrado otro cliente? Despues, el americano no noto nada anormal a su alrededor hasta el momento en que, al llegar al muelle de embarque, oyo aquel grito, una especie de estertor mas bien, o un quejido que no era necesariamente una llamada de auxilio, o una voz cualquiera de tono grave y un poco ronco, o uno de los muchos ruidos del puerto cercano, atestado de juncos y sampanes que sirven de vivienda a familias enteras. Johnson se acuso de ser demasiado nervioso. En el muelle, lo mismo que en las calles que conducian a el, no habia ni un alma viviente; el acceso al transbordador estaba abierto, pero sin vigilancia, y de momento no subian ni pasajeros ni coches. La sala de espera tambien estaba desierta y la taquilla parecia abandonada. Para esperar sin impacientarse a que volviera el empleado -no habia ninguna prisa-, Johnson salio otra vez al muelle. Fue entonces cuando vio el coche del negociante Marchat, aparcado junto al almacen, un Mercedes rojo, probablemente unico en toda la colonia. Se pregunto que haria alli y se acerco, no teniendo otra cosa que hacer. Primero creyo que no habia nadie dentro, pero al inclinarse hacia la puerta del lado del volante, cuyo cristal estaba bajado, vio al joven echado en el asiento: tenia la sien destrozada, los ojos desorbitados, la boca abierta, los cabellos pegados en medio de un pequeno charco de sangre coagulada ya. Segun todas las apariencias estaba muerto. En el suelo del coche, cerca del freno de mano, habia un revolver. Sin tocar nada, Johnson corrio a la cabina telefonica que se halla junto a la pared acristalada de la sala de espera, por la parte exterior. Y llamo a la policia. Indico los datos del coche y el lugar exacto donde estaba aparcado, pero no juzgo conveniente dar el nombre de la victima; y colgo sin decir tampoco su propio nombre. Cuando volvio a la taquilla, aun no estaba el empleado; no aparecio hasta al cabo de unos treinta segundos, y le dio una ficha sin mirarlo. Johnson subio enseguida a bordo, por el torniquete automatico, tras introducir la ficha en la ranura. El barco iba practicamente vacio; salio casi enseguida, mientras sonaba a lo lejos la sirena modulada de un coche de la policia. En Victoria, Johnson tomo un taxi, que fue muy rapido, de modo que llego temprano a la Villa Azul, a eso de las nueve y diez mas exactamente. Nada mas entrar en el gran salon, se le echo encima aquel hombre calvo, bajito y rechoncho, que tiene la piel brillante y la tez tan colorada que siempre se teme que le vaya a dar un ataque de apoplejia. El americano, que no tenia ningun motivo para negarse, lo acompano hasta el buffet para beber con el una copa de champan, lo que le valio interesantes comentarios sobre las ultimas combinaciones fraudulentas ideadas por los importadores de bebidas alcoholicas no destiladas. El hombre gordo lo acaparo asi mas tiempo del que Sir Ralph habia pensado; gran parte de su vida habia transcurrido en paises lejanos, sobre los cuales contaba todo tipo de recuerdos escandalosos, de los que queria hacer participe a sus amigos y conocidos; esa noche, por ejemplo, a proposito de brebajes trucados, empezo a describir con complacencia los metodos usados no se donde para hacer perder la voluntad de resistirse a jovenes, elegidas por su belleza en la calle o en reuniones mundanas, a las que se encerraba luego en burdeles especiales de la ciudad para ponerlas a disposicion de los amantes de emociones intensas y los pervertidos sexuales. Estaba empezando a contar que, un dia, en una de aquellas casas, un padre de familia habia reconocido, casualmente, a su propia hija, cuando el americano, cansado de sus habladurias indiscretas, encontro un pretexto para interrumpir por fin a aquel narrador demasiado fecundo, o al menos para no oir mas sus historias: se fue a bailar. Para ello eligio por pareja a una joven a la que veia esa noche por primera vez: una muchacha rubia, con un vestido blanco muy escotado, que se movia con mucha gracia. Supo luego que se llamaba Loraine, que habia llegado hacia poco de Inglaterra y que de momento vivia en casa de Lady Ava. Un poco mas tarde, corrio entre los invitados una noticia macabra: una de las personas a quienes se esperaba ese dia, un joven llamado Georges Marchand, conocido en la capital por su seriedad, habia sido hallado asesinado en su propio coche. Una prostituta china, que debio de pasar parte de la noche en su compania (los habian visto juntos en un club cerca de i\berdeen), estaba siendo interrogada activamente por la policia; aunque la cartera de la victima habia desaparecido, se creia mas en un caso crapuloso que en el crimen de un simple ladron. A partir de ahi, se dispararon los comentarios y las suposiciones, acompanados a veces de detalles completamente descabellados, que seguramente habrian dejado muy sorprendido al propio Marchand. La representacion tetral, prevista para las once, tuvo lugar a pesar de todo: ese Marchat, o Marchand, no era un habitual de la casa y estaba invitado esa vez un poco por casualidad. Por lo demas, ninguno de los asistentes lo conocia mas que de nombre; la mayoria ni siquiera habia oido hablar de el. El programa de la funcion comprendia principalmente una breve comedia en dos actos, con tres personajes, de estilo tradicional: una mujer se halla atrapada entre dos hombres, prometida de uno, enamorada de otro, etc. El papel de la mujer esta interpretado por Loraine y es el unico interes que tiene la obra. A la mitad del primer acto, aprovechando un momento en que el escenario esta casi a oscuras y por tanto no proyecta ningun resplandor hacia la sala, cuyas luces estan tambien apagadas, me levanto furtivamente y me dirijo hacia la pequena salida, que voy buscando a tientas. Pero, con la oscuridad, me habre equivocado de puerta, pues no reconozco en absoluto el lugar al que desemboca el pasillo en que me he metido. Es una mezcla de patio y jardin al aire libre, alumbrada por grandes faroles de petroleo, bastante sucia y que debe de servir de trastero del teatro, pues hay abandonados alli elementos de decoraciones en el mayor desorden. En unos plataneros casi muertos se apoya medio torcido un gran panel de chapa de madera cuya cara pintada representa un muro de piedra, grandes sillares que sobresalen irregularmente, con argollas de hierro, fijadas a diferentes alturas, en las que estan enganchadas viejas cadenas oxidadas, todo ello pintado en _trompe-l'oeil _ de una manera bastante tosca. Un poco mas lejos, frente al tejado de un cobertizo, distingo tambien en la luz incierta una tienda de modas, vista desde la calle: en el escaparate con inscripciones inglesas, un maniqui de traje cenido lleva atado de una correa muy tirante a un gran perro negro. Sin las luces de la bateria y puesto asi de traves, el conjunto ya no da ninguna impresion de profundidad. Descubro asimismo algunos elementos de mobiliario que seguramente pertenecen a la escena del fumadero de opio, asi como diversos practicables: ventanas, puertas, fragmentos de escalera, etc. Aparte de estos restos de espectaculos, el patio esta lleno de objetos desechados: una jinrikisha fuera de uso, viejas escobas de paja de arroz, tablados desmontados, varias estatuas de escayola, numerosas cajas sin cerrar en las que se mezclan desordenadamente fragmentos de vajilla o copas rotas; hay en particular toda una caja llena de copas de champan desportilladas, cascadas, sin pie, o incluso reducidas a fragmentos diminutos, irreconocibles. Buscando una salida entre todo este desorden, llego a zonas que carecen de todo tipo de alumbrado. Tropiezo con cosas amontonadas que luego, por el tacto, adivino que son pilas de periodicos muy gruesos, en papel liso, del formato de los tebeos chinos. Avanzando la mano a tientas, noto entonces un contacto frio y humedo, que me hace retirar el brazo bruscamente. Pero, en una direccion proxima, y siempre con la esperanza de hallar un paso entre las pilas de periodicos que se multiplican, topo con otros objetos identicos -cuerpos alargados, muy frios, algo viscosos-, cuya naturaleza acabo entendiendo, gracias al olor mas intenso que despide este lugar: una enorme cantidad de grandes pescados, seguramente considerados no aptos para el consumo. En ese instante oigo una voz detras de mi y me vuelvo con mas vivacidad de la que exige la situacion. Hay alguien mas en este patio: un hombre de pie, inmovil, al que habia tomado por una estatua; senala una direccion con el brazo, al tiempo que dice en un ingles inseguro: «Es por alli.» Le doy las gracias y sigo su consejo. Pero lo que me indicaba no era en absoluto una salida como habia creido; es un retrete, alumbrado tambien por un farol de petroleo, bastante sucio ademas, cuyas paredes encaladas estan cubiertas de graffiti. Hay sobre todo inscripciones chinas, la mayor parte pornograficas, que muestran mas imaginacion de la habitual en este tipo de lugares. Descifro asimismo una frase en ingles: «Pasan cosas raras en esta casa», y algo mas abajo, con la misma letra aplicada aunque torpe: «La vieja lady es una hija de puta.» Salgo despues de pasar en aquel recinto el tiempo suficiente para no defraudar a mi guia, en caso de que siga vigilandome. Pero me entra entonces una duda respecto a lo que me senalaba antes con la mano extendida, pues al instante me hallo ante una salida que no sospechaba, un paso por entre tupidos macizos de hibiscus floridos, y bruscamente estoy en el parque de la villa. No tardo en advertir que me encuentro en la zona de los grupos escultoricos de los que ya he hablado varias veces, pero veo esta noche una escena que aun no conocia y que no debia de estar alli antes, porque me habria llamado la atencion por su situacion en la esquina de dos avenidas y la deslumbrante blancura del marmol nuevo; sera una nueva adquisicion de Lady Ava. Ademas, por sus inmediaciones, la tierra me parece pisoteada en unos sitios, recien removida en otros, como si una brigada de obreros hubiera estado trabajando poco antes para instalada. El pedestal ha sido enterrado para que los dos personajes esten al nivel de la gente que pasa, de la que, por otra parte, tienen las dimensiones. El titulo es: «El veneno»; esta palabra resulta perfectamente legible a pesar de la oscuridad (a la que se habituan mis ojos), pues ha sido grabada con grandes letras mayusculas en la superficie horizontal del marmol blanco y cada letra esta realzada por un trazo de pintura negra. Un hombre con perilla y anteojos, de pie, vestido con una especie de levita, que tiene un frasquito en una mano y una copa en la otra (?es un medico?), se inclina sobre una muchacha totalmente desnuda, con la boca abierta, el cabello desgrenado, que se retuerce en el suelo a dos pasos de el. Un poco mas lejos en la misma avenida de bambues, sorprendo la escena ya descrita en la que Lauren, tras decir con enfasis: «?Nunca! ?Nunca! ?Nunca!», dispara contra Sir Ralph, que se halla a unos tres metros de ella; la joven ha soltado su arma enseguida y ha permanecido con los dedos abiertos, el brazo medio tendido hacia adelante, asombrada por su propio gesto, sin atreverse a mirar siquiera al herido que tan solo se ha doblado sobre las piernas, con la espalda algo encorvada, una mano crispada en el pecho y la otra apartada lateralmente hacia atras, como buscando un apoyo, antes de desplomarse definitivamente. Pero esta escena tiene ya poco sentido ahora. Y sigo andando hasta la casa. El vestibulo esta vacio, igual que el gran salon. Todo el mundo estara en el teatrito, donde la funcion no habra terminado aun; bajo la escalera de moqueta roja que lleva a la sala. Pero la sala tambien ha quedado vacia, aunque Lady Ava sigue en el escenario, actuando sola ante las butacas con los asientos subidos. ?Se trata solamente del ensayo de una funcion proxima, que acaba de perfilar tras la salida del publico, acabada la representacion de esta noche? (Si es que, al menos, no me equivoco, pensando que habia una representacion esta noche.) Por si acaso, me siento en el centro de una fila de butacas. Lady Ava acaba de accionar el mecanismo para cerrar el panel que disimula el armario secreto. Se vuelve hacia las candilejas y prosigue, con su misma voz cansada y entrecortada por pausas, sin animo, apenas audible: «Ya esta. Todo esta en orden… Una vez mas habre dejado arregladas las cosas a mi alrededor…» Despues, tras una pausa muy acentuada: «Ahora hay que esperar.» En este momento se queda inmovil, muy erguida, justo en el borde del escenario, en su centro exacto. Y el pesado telon de terciopelo empieza a cerrarse: sus dos partes -una a cada lado- bajan despacio, oblicuamente, desde el telar. Instintivamente me pongo a aplaudir. La actriz se inclina, una vez, mientras el telon sube de nuevo y yo aplaudo a rabiar. Pero mi energia solitaria no alcanza mucho volumen, antes al contrario, este ruido fragil y obstinado hace mas sensible el vacio total del teatro. Por eso el telon, al bajar por segunda vez, se cierra definitivamente, mientras se encienden las aranas en la sala. Me dirijo hacia la salida, extranado, pese a todo, de esta ausencia de espectadores. Pasada la doble puerta de muelle, tradicionalmente provista de dos ventanas redondas, encuentro a Lady Ava que viene de los bastidores sin haber cambiado nada en su vestuario ni en su maquillaje. Me sonrie con tristeza. «Ha sido muy amable quedandose hasta el final -me dice-. Esta obra es absurda. Y yo soy una vieja actriz que ya no interesa a nadie… Se han ido todos, unos tras otros.» Le he dado el brazo y se ha apoyado en mi para subir la escalera. Estaba pesada y torpe, como si de pronto sufriera reuma en todo el cuerpo. He creido que no llegaria al final de la escalera. Se ha parado a descansar a la mitad y me ha dicho: «Se quedara a tomar una copa de champan.» No me he atrevido a negarme por temor a dar la impresion de abandonarla yo tambien. Nos hemos instalado en el saloncito de los espejos, donde todos los bibelots chinos estan expuestos en vitrinas. No podiamos llamar a ningun criado a esas horas, evidentemente, por lo que he tenido que ir a buscar yo mismo una botella en el frigorifico del bar, que es la estancia de al lado. Pero solo he encontrado algunas copas desportilladas, que probablemente estaban arrinconadas para tirarlas despues. Lady Ava no estaba mas enterada que yo de donde se guardaban las otras. Como aquellas estaban limpias, he cogido las dos mas enteras y he vuelto al saloncito. He descorchado la botella y hemos bebido en silencio. En el velador, al lado de nuestras copas, estaba el album de fotos. Lo he cogido para hojearlo, mas por hacer algo que por verdadera curiosidad, puesto que lo he visto cien veces. Y se ha abierto casualmente por el retrato de una chica muy rubia y muy guapa a la que no conocia. Vista de cuerpo entero, de pie y de frente, lleva solo un corse de encaje negro y unas medias de malla; va descalza; una estrecha cinta de terciopelo le rodea el cuello. Tiene los brazos levantados, las dos manos cuelgan con molicie, las munecas se cruzan una sobre otra un poco mas arriba de la frente. Su cuerpo esta ligeramente ladeado, apoyandose mas en la pierna derecha, la izquierda aparece un poco doblada y con la rodilla hacia adelante sobre la otra rodilla. «Se llama Loraine», dice Lady Ava al cabo de bastante rato. Despues me habla de sus dificultades profesionales; y, a proposito de los riesgos de denuncias a la policia o de venganzas mas expeditivas, me cuenta otra vez la muerte de Edouard Manneret. Tenia la costumbre de dejar la puerta de su piso abierta a las horas en que esperaba posibles visitas, no abierta del todo, pero con el pestillo fuera del cerradero, de modo que bastaba con empujar la hoja para entrar, sin que lo advirtiera el mismo, ya que por lo general trabajaba en un despacho situado al otro extremo del pasillo. Sin duda alguna, el asesino conocia muy bien la casa, puesto que incluso sabia donde se hallaba el armario secreto y como funcionaba… Interrumpo a Lady Ava para preguntarle quien era exactamente ese Manneret del que ya me ha hablado varias veces. Me contesta que era el presunto padre de las dos mellizas -cuya madre era una prostituta china- que tiene ahora a su servicio, aparentemente como criadas, pero que en realidad considera mas bien como hijas adoptivas. Para bromear un poco, sin dejar de dar la impresion de interesarme por sus historias, le comunico las relaciones algo diferentes que la voz publica ha establecido entre las criadas y la senora. Pero ella protesta con mas energia de la que parece venir al caso. «La gente no sabe que inventarse», dice al fin, con una voz llena de amargura. Luego, pasando sin transicion de una cosa a otra, agrega: – Nos han cambiado el numero de telefono. Ahora es el uno, doscientos treinta y cuatro, quinientos sesenta y siete. – Muy bien -digo-. Al menos es facil de recordar. Esta vez estoy decidido a irme. Me levanto para despedirme de ella, pero cometo el error de acercarme demasiado a una de las vitrinas, en la que echo una ojeada distraida al anaquel que contiene las estatuillas de marfil de dos personajes. Lady Ava, que visiblemente teme quedarse sola y busca a toda costa un tema de conversacion, me dice que estas vienen de Hong Kong, y me pregunta si he estado alli. Contesto que si, naturalmente; todo el mundo conoce Hong Kong, su bahia y los centenares de islitas de los alrededores, las montanas en forma de pan de azucar, el nuevo aerodromo que avanza sobre un dique en medio del mar, los autobuses londinenses de dos pisos, las garitas como pagadas en que estan encaramados los _policemen _ en medio de los cruces, el ferry que va de Kowloon a Victoria, las jinrikishas rojas de ruedas altas cuya capota verde forma un amplio techo sobre el pasajero, sin conseguir resguardado de las bruscas lluvias torrenciales que no aminoran siquiera la rapidez del conductor descalzo, la muchedumbre con pijamas de hule negro que cierra los grandes paraguas, con los que un minuto antes se protegia del sol, para ir a refugiarse bajo los soportales, en las largas calles porticadas cuyos grandes pilares cuadrados estan cubiertos de arriba abajo, por sus cuatro caras, con los rotulos verticales de ideogramas enormes: negros sobre fondo amarillo, negros sobre fondo rojo, rojos sobre fondo blanco, blancos sobre fondo verde, blancos sobre fondo negro. El barrendero retrocede un poco bajo el soportal, contra el pilar, pues el agua que chorrea de los pisos superiores (cuyas galerias estan atestadas de ropa puesta a secar) empieza a atravesar su sombrero de paja en forma de cono achatado; la hoja de periodico que tiene en la mano ya esta toda empapada. Como la ha mirado bastante y no puede sacar nada nuevo de las ilustraciones, se decide a desprenderse de ella: con gesto indolente la deja caer en el arroyo. Esta ya es ahora insuficiente para que el agua, que sigue cayendo del cielo, pueda evacuarse por su cauce; y es la calzada entera, transformada en arroyo de acera a acera, la que acarrea los restos de todo tipo acumulados desde la manana, mientras la jinrikisha intrepida, que arrastra un coolie a toda velocidad, levanta a su paso surtidores de liquido cenagoso. Todos los peatones, en cambio, se han puesto a cubierto bajo los soportales tan abarrotados ya con los voluminosos puestos de fruta o pescado que apenas si se puede circular por ellos. Y es preciso el perrazo negro, cuyos sordos grunidos asustan a los transeuntes, para que Kim pueda abrirse paso hasta la estrecha escalera que, dando facilmente un cuarto de vuelta a la izquierda, empieza a subir sin… ?Pero no es eso! De nuevo vuelve a plantearse en toda su agudeza el irritante problema del perro. Se ha dicho en alguna parte que la criada lo dejaba en el portal, entre la puerta cochera que da a la calle y el vestibulo donde estan los ascensores, pero tiene que ser un error o se trataba de otra vez, otro momento, otro dia, otro sitio, otra casa (y quiza incluso de otro perro y otra criada), pues aqui no hay ni ascensores, ni portal, ni puerta cochera, sino unicamente una escalera recta, estrecha, sin luz y sin pasamano, que arranca a ras de la fachada sin puerta de ninguna especie y sube en un solo tramo rectilineo, sin el menor rellano intermedio para descansar de un piso a otro. Kim busca con los ojos que puede hacer con el embarazoso animal. La proxima vez, desde luego, lo dejara en casa, si es que hay una proxima vez. No descubre en la pared ninguna anilla, ni el mas insignificante clavo oxidado, donde pueda enganchar el mosqueton de la correa; y el comportamiento poco afable del perro con los desconocidos -chinos o blancos- hace del todo imposible que se pueda confiar a uno de esos hombrecillos desocupados que estan ahi esperando que pare la lluvia, y que tal vez antes esperaban que empezara a caer, sentados por el suelo en los rincones, o de pie, apoyados en pilas de cajas o en los pilares cuadrados, mirando con sus ojos entornados a la joven eurasiatica que acaba de detenerse ante ellos, acompanada de su perro de lujo, y a la que de inmediato introducen en sus ensuenos. El perro, a todo esto, que no tiene tantos escrupulos como su duena, aprovechando la turbacion momentanea que por su causa experimenta, ha dado un brusco tiron a la correa, cuyo extremo libre se ha soltado subrepticiamente de la diminuta mano de unas esmaltadas; y se ha precipitado por la escalera cuyo primer tramo ha franqueado con cuatro saltos, desapareciendo al instante en la oscuridad; luego su presencia se nota solo por los golpes de las patas en los peldanos, que aranan sus afiladas unas en su precipitacion, y los trallazos de la correa que vuela tras el azotando como un latigo las paredes y el suelo. Al fin y al cabo, no hay ningun motivo para no dejarlo subir. Lo unico que prohibe la vieja lady es que sus preciosos animales entren en edificios provistos de refrigeracion moderna, cosa muy improbable en esta casa carente de confort y abierta a todos los vientos, que data del siglo pasado. Kim no tiene mas que seguir al perro: sube, a su vez, los estrechos y altos peldanos de madera, con un poco mas de lentitud, y sin duda tambien de dificultad bajo la aparente soltura, pues el corte lateral de su traje cenido no permite una suficiente libertad de movimiento de las piernas, y la falta de luz constituye una molestia suplementaria para unos ojos que vienen del intenso sol exterior. En el primer piso, al final de esta escalera recta, empinada como la de un desvan, que sube perpendicularmente desde la calle, hay un pequeno descansillo rectangular al que dan tres puertas: una a mano derecha, otra enfrente y otra a la izquierda. Ninguna placa indica el nombre de los inquilinos que viven alli, ni, dado el caso, de las modestas empresas que tienen sus oficinas detras de esos paneles de madera sin adornos, pintados los tres del mismo color pardo desconchado. Tras vacilar un instante, la criada se decide a llamar al primero que se le presenta: el de la derecha. No recibe ninguna respuesta. Adaptandose poco a poco a la oscuridad, comprueba que los montantes del marco no contienen ni timbre, ni cordon, ni aldaba. Luego vuelve a llamar, pero tambien discretamente. Como ultimo recurso, trata de mover el pomo de madera, mugriento y desgastado por el roce. Este ni siquiera gira sobre su eje; se diria una puerta condenada. Kim prueba, pues, la segunda: la de en medio. No viendo tampoco timbre, da unos golpes sin obtener mejor resultado. Pero esta vez el pomo (identico en todo al primero) funciona y hace mover el pestillo en el cerradero. No esta echada la llave. Kim abre la puerta y se halla en el umbral de un cuarto tan pequeno que ni siquiera necesita entrar en el para abarcar con una sola mirada la mesa de pino que desaparece bajo pilas de legajos, las paredes totalmente cubiertas de estantes cuyas tablas sin pulir, clavadas de modo muy elemental, sostienen una cantidad considerable de legajos similares, el suelo, por ultimo, en el que yacen desordenadamente por todos los rincones mas legajos, confeccionados siempre del mismo modo (dos tapas de carton encuadernadas en tela atadas por una correa deformada por el uso), algunos de los cuales dejan escapar parte de su contenido: carpetas de papel recio, de colores diversos, cada una con un gran ideograma trazado a mano con un pincel grueso. Detras de la mesa hay una silla ordinaria, con el asiento de paja. Del techo cuelga una bombilla desnuda, apagada; la luz del dia llega por una pequena abertura cuadrada, sin cristal, pero provista de una mosquitera de tela metalica, que agujerea, por encima de los estantes, la pared frontera a la puerta de entrada. Debe de haber otra entrada a este despacho, al lado derecho o izquierdo, ya que la criada tiene ahora enfrente a un hombre y no habia nadie en el cuarto -ni en la silla ni en otra parte- cuando ha abierto la puerta del rellano. Es un chino de mediana edad, cuyo rostro sin expresion hace mas impersonal aun una mirada ausente de miope detras de unas gafas con fina montura de acero. Vestido con traje de corte europeo, de tela delgada y brillante, tiene un cuerpo tan endeble -y hasta podria decirse inexistente- que la chaqueta y el pantalon, sin ser de una anchura excesiva, parecen flotar sobre una simple armazon de alambre. Los dos personajes callan, como si cada uno creyera que le corresponde hablar primero al otro: el chino porque es a el a quien estorban y la joven porque espera no tener que preguntar nada desde el momento que la esperan y porque el hombre con quien esta citada sabe evidentemente a que viene. Desgraciadamente ve que este no manifiesta ninguna intencion de tomar la palabra, ni de hacerla pasar sin mas explicaciones, ni tampoco de incitarla, con la voz o con un gesto, a exponer el objeto de su visita, cosa que habria facilitado su discurso. Acaba, pues, decidiendose a decir algo por iniciativa propia. Muy aprisa, balbucea una frase precipitada, no muy coherente, preguntando si es alli donde vive el intermediario, si a quien debe ver es a ese senor que tiene delante, si la mercancia esta preparada para poder llevarsela, tal como estaba convenido… Pero ningun sonido debe de haber salido de su boca, pues el hombrecillo del traje vacio sigue mirandola, exactamente como antes, esperando que se decida a hablar. Efectivamente, era imposible que hubiera abordado tantos asuntos en tan pocas palabras (ni siquiera sabe de que palabras se trata). Hay que empezar otra vez. La criada intenta ahora imaginarse pronunciando unas palabras. Comprueba que es facil pero que con ello no gana nada. Hay que encontrar otra cosa. Piensa que, en la calle, ha cesado el diluvio, tan bruscamente como habia empezado; el sol, que calienta cada vez mas la calzada, hace subir del asfalto negro y brillante, sembrado de montoncitos informes -magma gris cuya composicion u origen son ya indiscernibles- un espeso vapor blanco que se deshilacha, se acumula, se arrastra como humo, se alza en volutas que se desvanecen al punto. Hombres y mujeres con pijamas de tela brillante salen de debajo de los soportales y abren de nuevo los grandes paraguas negros para protegerse de los rayos abrasadores, permitiendo asi una circulacion mas comoda junto a los puestos atestados de clientes, por entre los que avanza Kim con paso seguro, llevando en una mano el papel en el que estan escritas con precision las senas del intermediario, a cuya casa se dirige, y en la otra la carterita rectangular, bordada con cuentas doradas, que usa como bolso y que presenta formas redondeadas como si la hubiera rellenado de arena… No, esta observacion no se refiere a la carterita, que en realidad es mas bien plana, ya que Kim puede sostenerla con dos dedos mientras penetra sin vacilar en la estrecha escalera de madera, que sube con el mismo movimiento rapido, continuo, agil, uniforme. Una vez en el descansillo del primer piso llama a la puerta de en medio, o sea la que esta frente a las escaleras. Un chino de unos cuarenta anos, vestido a la europea, le abre enseguida. – ?El senor Chang? -pregunta ella en ingles. Impasible, el chino le responde: – Si, soy yo. Ella dice: – Vengo por lo de la venta. – Yo no vendo nada -dice el senor Chang. La criada se queda desconcertada. ?No habran servido, pues, para nada, todas las molestias que se ha tomado? – Pero… ?por que? -dice. – Porque no tengo nada que vender. – ?No tiene nada que vender hoy? -vuelve a preguntar la criada. – Ni hoy ni nunca -dice el senor Chango La criada explica: – Es de parte de la senora Eva. – Lo siento mucho -dice el senor Chang-. No tengo nada que venderle a la senora Eva. ?Que ocurre? La eurasiatica esta perpleja. Debe de ser otro Chang. El hombrecillo translucido, frente a ella, no ha tenido ni una palabra amable, ni la menor sonrisa, desde el comienzo del dialogo. Ningun ademan, ningun cambio en la posicion del cuerpo, ningun movimiento fisonomico ha alterado su inmovilidad: permanece junto a la puerta, con los ojos sin vida fijos en esa visitante inoportuna (cuya estatura lo obliga a levantar la cabeza), a la que ostensiblemente impide avanzar mas. Pero ella insiste: – ?Conoce a la senora Eva? – No tengo este honor. – Entonces se trata de una equivocacion… Disculpeme… Buscaba a un tal senor Chango – Pues soy yo -dice el senor Chang. – Pero usted no vende nada. – No -dice el senor Chang-, aqui hacemos peritaciones. – ?Y sabe si hay mas personas en esta casa que se llamen Chang? – Sin duda alguna -dice el senor Chang. Y le da a Kim con la puerta en las narices. Kim, en el descansillo de nuevo oscuro, esta un rato preguntandose que hara ahora. Consulta una vez mas la hoja de papel que lleva aun en la mano; como se sabe el texto de memoria, no necesita luz para leerlo; la direccion no da lugar a dudas. Al volverse, descubre al pie de las escaleras, a una distancia mucho mayor de lo que esperaba, el rectangulo de claridad donde se recorta un fragmento de acera, ocupado por numerosos hombrecillos apinados en el umbral de la casa; parecen hablar con animacion entre ellos, gesticulando con las manos y haciendo grandes contorsiones con los brazos, a la vez que levantan la cara hacia lo alto de las escaleras en direccion a donde esta la criada, como si hubieran entablado una gran discusion sobre ella. Algunos incluso parecen querer subir. Aunque con toda seguridad no resulta visible en el fondo de aquel tunel oscuro, Kim, vagamente inquieta, se apresura a llamar a la tercera puerta, la de la izquierda, desde la que ya no ve la calle. La puerta se abre inmediatamente, con tanta rapidez como si estuviera alguien detras, pronto a intervenir. Es el mismo chino, con gafas de montura de acero, que flota en su traje estrecho. Mira a la criada con la misma expresion neutra, cuya hostilidad imaginaria solo podria localizarse, si acaso, en la fina montura de las gafas. Kim se azara y echa ojeadas a su alrededor, para asegurarse de que, con su precipitacion, no ha llamado a la misma puerta de antes: no solo no es la misma, sino que se halla frente a la anterior, y el tramo de escaleras que sube arranca entre ambas, separandolas, sin que haya posibilidad de confusion. Con voz cada vez mas insegura, empieza a decir la muchacha: – Dispense… – Seguimos sin vender nada -dice el senor Chang, cortandola con tono seco. Y le cierra la puerta en las narices, exactamente igual que la primera vez. Como no le queda mas remedio que marcharse, Kim se dispone a bajar. Da un paso de lado y descubre de nuevo, al pie de la escalera profunda, a los hombrecillos que se agitan, cada vez mas numerosos, y amenazan con lanzarse al ataque. Se retira rapidamente de su vista hipotetica, para empezar a subir el tramo siguiente, identico al primero, pero situado en direccion perpendicular. En el descansillo del segundo piso solo hay dos puertas, la primera de las cuales esta inutilizada por tres delgados listones de madera clavados uno sobre otro a traves del marco para formar una cruz de seis brazos: dos horizontales y cuatro oblicuos (que materializan las diagonales del rectangulo). La segunda puerta esta abierta de par en par: de ella procede la claridad difusa que facilitaba la subida de los ultimos peldanos. En una sala bastante larga, en la que la luz entra por un ventanal con mosquitera de tela metalica, que da a una galeria llena de ropa tendida, un centenar de espectadores -la mayor parte hombres- estan sentados en bancos puestos en filas paralelas; todos miran con atencion profunda a un orador que hace un discurso, subido a una pequena tarima en un extremo de la estancia. Pero es un discurso mudo, constituido unicamente por gestos complicados y rapidos en los que las dos manos tienen su parte, y que sin duda va dirigido a sordos de nacimiento. Pero he aqui que suenan unos pasos subiendo por la parte inferior de la escalera, unos pasos vivos y pesados a un tiempo, procedentes de varios individuos que corren a ritmos distintos. Se acercan tan rapidos que la decision no puede aguardar una reflexion detenida. Como la escalera no pasa de este segundo piso, Kim entra con aire desenvuelto en la sala de conferencias, donde, con la firmeza y la naturalidad de quien viene con el proposito de asistir a la sesion, se sienta en el extremo desocupado de un banco. Sin embargo, algunas caras se vuelven hacia ella y quiza se extranan de su presencia; sus vecinos se hacen senas con los dedos, analogas a las del conferenciante. Kim se da cuenta entonces de un detalle importante: los que estan a su alrededor no son sobre todo sino unicamente hombres. Se pregunta cual puede ser el tema de la conferencia que los reune alli; existen tantos problemas que no conciernen a las mujeres, o que al menos no se podrian debatir delante de ellas (cosa que haria aun mas embarazosa su situacion). En todo caso, la cuestion de si se trata de un discurso en ingles o en chino no deberia plantearse. (?De veras?) Asoman por la puerta dos recien llegados (?parecen tan sofocados por la rapidez con que han subido?) que echan una ojeada circular en busca de sitios libres, poco abundantes y dificiles de determinar debido a la ausencia de asientos individuales. Cuando localizan dos, situados uno al lado del otro, se apresuran a ocupados. ?Eran sus pasos los que sonaban por los peldanos de madera? ?Eran tambien gestos de sordomudos los que intercambiaban los hombrecillos en la acera, dentro del rectangulo de luz? Ahora es un policia ingles, con camisa de manga corta, short y calcetines blancos, el que se enmarca en el vano de la puerta. Con las piernas separadas y la mano derecha apoyada en la funda del revolver, da la impresion de estar apostado alli montando guardia. ?Sera esta una reunion politica? ?Algun mitin de propaganda comunista habra inquietado, mas que otros, a la jefatura de policia de Queens Road? Es muy poco probable. ?O acaso algun malhechor se habra disimulado entre el publico con objeto de escapar de sus perseguidores? Nada ha cambiado, sin embargo, en el comportamiento del orador en la tarima, ni en el de los espectadores en sus bancos. Kim, bruscamente, sin razon precisa, esta persuadida de que esta intervencion insolita de la policia tiene que ver con la muerte del viejo; juzga por lo tanto prudente que este guardian tardio del orden no descubra su propia presencia en la casa. Primero toma la sabia precaucion de romper en fragmentos menudos, que al mismo tiempo va esparciendo por el suelo, con disimulo, el trozo de papel con la direccion comprometedora. Despues, aprovechando que el guardia se ha vuelto hacia el otro lado, de espaldas a la sala, se levanta con la maxima discrecion y se dirige al fondo de la larga estancia, donde se abre una puerta de dos hojas, provistas cada una de una ventanita redonda con cristal. Aunque esta salida, tanto por sus ventanas redondas como por su sistema de bisagras con resorte de doble efecto para puertas de vaiven, parece la via de acceso normal a toda sala de reuniones o espectaculos, tiene fijado un cartelito en el que se destaca en rojo sobre fondo blanco un ideograma popular impreso que significa que esta prohibido el paso. Kim abre despacito una de las dos hojas, que cede sin esfuerzo, y se desliza por el espacio abierto. Antes de que la hoja, con muelle automatico, se haya cerrado del todo, le da tiempo a ver por el intersticio decreciente todas las caras amarillas vueltas simultaneamente hacia ella. Los dos bordes se juntan enseguida. Al final de un pasillo complicado, oscuro, que cambia varias veces de direccion en angulo recto, la joven, cuyos pasos se apresuran progresivamente, desemboca en una escalera que empieza a bajar con precipitacion; la estrechez y la altura inusitada de los peldanos aceleran mas su carrera: baja los escalones de dos en dos, de tres en tres, se salta tambien algunos que escapan totalmente a su control; tiene la sensacion penosa de volar. Esta escalera no es rectilinea, tal como habia creido al principio, sino en espiral muy empinada. Al pasar, descifra una tarjeta de visita clavada con cuatro chinchetas en una puerta: «Chang. Intermediario», en ingles, naturalmente. Sigue bajando. Esta ahora en un despachito atestado de legajos. Se le ha perdido algo. Busca febrilmente en las carpetas de carton de color, sin fiarse de las inscripciones falsas que han sido caligrafiadas encima; o las inscripciones corresponden efectivamente al contenido teorico de la carpeta, pero se trata de hallar un documento traspapelado, insertado por descuido, o mas bien con intencion de disimulado, en un legajo relativo a asuntos que no tienen ninguna relacion con lo que esta buscando. Despues se encuentra en un patio en el que se han abandonado diversos objetos arrumbados: placas de marmol serrado, camas de hierro, animales disecados, viejas cajas, estatuas mutiladas, colecciones incompletas de tebeos chinos pornograficos… (este episodio, ya pasado, no debe estar aqui). Se ve ahora a la joven eurasiatica acorralada en un rincon de una habitacion suntuosa, junto a una comoda lacada de curvas realzadas con ornamentos de bronce, sin posibilidad de huida ante un hombre de perilla gris, recortada con esmero, cuya alta estatura se yergue por encima de ella. Pero he aqui que entra en escena el gran perro negro; atado a una anilla del vestibulo de la casa, en la planta baja, habra sentido de pronto que su duena estaba en peligro y ha tirado con tanta violencia de la correa que una tira de cuero ha cedido al primer golpe, a la altura del collar; tras abrir sin dificultad la vidriera que da a la caja de la escalera, el animal, que no ha tenido la menor duda sobre el camino que habia de seguir, ha llegado en pocos saltos al quinto piso. Como de costumbre, Manneret habia dejado abierta la puerta de su piso. Sin darle tiempo a volverse, el perro se le ha echado encima por la espalda y le ha roto la nuca con un golpe seco de sus mandibulas. Edouard Manneret, muerto en el acto, yace despues en el suelo de su habitacion (?o su cuarto de trabajo?), tendido cuan largo es, etc., mientras la criada, que no ha hecho un solo movimiento, lo contempla con el mismo semblante angustiado que ofrecia al comienzo de la escena, antes de llegar el perro. Lo de que su semblante parece angustiado es no obstante pura imaginacion, ya que ninguno de sus rasgos revela nunca el menor sentimiento. Tampoco cuando se halla ante una mesa de pino, de pie, rigida, etc., con un chino de edad incierta sentado frente a ella; es, naturalmente, el intermediario, con el que por fin ha logrado dar y que, por otra parte, es el vivo retrato del falso senor Chang, el de las peritaciones, exceptuando la perpetua sonrisa extremo-oriental -que no es una sonrisa- de la que esta dotado este ultimo. La criada saca de la carterita de cuentas-doradas el dinero que le ha confiado Lady Ava. El senor Chang cuenta los billetes con dedos prestos y dice: «Es correcto.» Tras lo cual, le senala, con un movimiento apenas esbozado de la mano, una puertecita lateral cuya existencia no habia advertido aun. Esta puerta da a un vestibulo muy exiguo, cuyo techo de inclinacion muy acusada deberia corresponder a un tejado abuhardillado, lo cual es absolutamente imposible, dada la situacion de la estancia y la estructura general de la casa; este vestibulo da acceso a un segundo despacho, bastante parecido al otro pero desprovisto de todo mueble asi como del menor documento. Aqui es donde se encuentra la joven japonesa (llamada Kito) bajo la vigilancia del perro. Sin tener que volver atras, los tres salen directamente al descansillo por la puerta de enfrente de aquella por la que recuerda haber entrado la criada al principio, puerta pintada del mismo pardo y provista del mismo pomo de madera, gastado y sucio. El pequeno vestibulo pasaba asi bajo la escalera que sube al segundo. Basta con bajar un piso para hallarse en la galeria cubierta de Queens Road, desierta a estas horas. Subsisten en lo que precede algunas inverosimilitudes; sin embargo, todo se ha desarrollado puntualmente de este modo. Lo que sigue ya ha sido referido. Prosigo y resumo. Kito -todo el mundo lo ha entendido- esta destinada a las habitaciones del segundo piso de la Villa Azul. Despues sera cedida por Lady Ava a un americano, un tal Ralph Johnson, que cultiva adormidera blanca en los linderos de los Nuevos Territorios. La historia de la pequena japonesa no tiene mas relacion con el relato de esta velada, por lo que es inutil contar con mas detalles sus diferentes peripecias. Lo importante es que Johnson ese dia… Se oye ruido arriba, se oye mucho ruido. Cada vez suena mas fuerte, la cadencia se precipita. El viejo rey loco lleva un baston con contera de hierro, con el que ritma el compas de sus pasos en el suelo del pasillo, un largo pasillo que atraviesa todo el piso de punta a punta. ?He dicho que ese viejo rey se llama Boris? No se acuesta nunca porque ya no logra dormir. Algunas veces se tumba tan solo en un balancin y se mece durante horas, golpeando el suelo con la contera del baston, en cada vaiven, para mantener el movimiento pendular. Estaba diciendo que, esa noche, Johnson, que casualmente habia sido testigo inmediato del final tragico de Georges Marchant, hallado muerto en su coche en Kowloon, no lejos del embarcadero adonde llegaba el americano unos instantes mas tarde para tomar el transbordador de Victoria, Johnson, pues, nada mas llegar a la Villa Azul, habia contado el suicidio del negociante, cuya conducta atribuia, como todo el mundo, a un exceso de honradez comercial, en un caso en el que sus socios habian mostrado muchos menos escrupulos. Desdichadamente parece que su relato -tan brillante como fertil en emociones- impresiono vivamente a una joven rubia llamada Laureen, amiga de la senora de la casa, de la que incluso se la consideraba pupila, que precisamente acababa de prometerse con aquel desdichado joven. A partir de ese dia, Laureen cambio completamente de vida y casi de caracter: de juiciosa, aplicada, discreta, que era antes, se arrojo, con una especie de pasion desesperada, a la busqueda de lo peor, a los excesos mas degradantes. Asi se hizo pensionista de una casa de lujo cuya directora no es otra que Lady Ava. Y es esta ultima quien, mostrandole a Sir Ralph en el album las chicas disponibles, comenta con esta anecdota sombria el retrato en que su ultima adquisicion aparece con el tradicional corse negro y las medias de malla, sin nada mas debajo ni encima. Sir Ralph examina con atencion la imagen que le presentan. Juzga interesante la oferta, aunque el precio le parece elevado. Tras una informacion intima complementaria, seguida de un largo momento de reflexion, declara que se queda con ella a prueba. Lady Ava le contesta que, por su parte, estaba segura de esta aceptacion, y que no se arrepentira. La presentacion debera efectuarse durante la fiesta de esta misma noche, cuyo desarrollo ha sido objeto de varias relaciones detalladas. Es el mismo Ralph Johnson cuyas idas y venidas demasiado frecuentes entre Hong Kong y Canton habian acabado llamando la atencion a las autoridades politicas de la concesion inglesa. Por eso casi siempre era seguido por agentes de paisano, espias de tercera clase descontentos de su sueldo, que anotaban sin conviccion algunos de sus desplazamientos con el unico objeto de llenar fichas, hechas mas para dar testimonio de su propia actividad diaria que para informar de modo exhaustivo de las del sospechoso sometido a su vigilancia. La mayor parte de estos empleados contratados por los servicios secretos britanicos trabajaban clandestinamente para organizaciones particulares, a las que no servian con mas celo o inteligencia, pero cuyas lamentables investigaciones ocupaban, con todo, gran parte de su tiempo. Ademas, los menos obtusos habian sido comprados secretamente por los multiples emisarios enviados desde Formosa o la China roja, en cuyo numero habia que incluir sin duda al propio Johnson; de modo que en la descripcion de su velada -llevada acabo por dichos observadores- no constaba ninguna visita a la Villa Azul: simplemente habia regresado al hotel Victoria para cenar y no habia vuelto a salir. Fue el portero de noche el que suministro la informacion, mediante una cuantiosa propina. Johnson ocupa en este hotel -antano lujoso pero pasado de moda desde hace tiempo- una suite que comprende vestibulo, salon, dormitorio, terraza y cuarto de bano. Regreso a las siete y cuarto, comprobo que se habia efectuado, con la torpeza de costumbre, el registro semanal de sus papeles en los cajones del escritorio y del archivo, y fue a ducharse. Despues leyo la correspondencia. Las cartas llegadas de Macao por la tarde no contenian nada destacable. De todos modos, Johnson sabia muy bien que ningun asunto de importancia podia tratarse por correo, ya que los agentes de informacion abrian su correspondencia antes de que se la entregaran. Acaba de vestirse (con un traje ligero de popelin blanco), mientras va poniendo notas en las pruebas de un anuncio publicitario que ha de devolver una vez corregido. El fastidio de tener que ponerse una camisa de seda y el smoking demasiado pesado, con ese calor, le hace renunciar a la fiesta en casa de Lady Bergmann; vuelve a leer la invitacion, en la que figura impresa la indicacion «coctel, baile», y las palabras «representacion teatral a las once» anadidas a mano (solo para una parte de los invitados); la rompe por la mitad y la echa luego al cesto de los papeles. Telefoneara manana para disculpar su ausencia con una jaqueca. Mientras cena carne insipida y verduras hervidas en el gran comedor casi vacio, hojea el _Hong-Kong Evening. _ En el ve casualmente el entrefilete con la noticia del fallecimiento de Edouard Manneret. El articulo es muy breve, del tipo: «Nos comunican a ultima hora el fallecimiento de…, etc.» No dice nada sobre la naturaleza exacta de este presunto accidente; y, por supuesto, no hay ninguna alusion a Kito. No obstante, hay que hablar de nuevo de las relaciones de Johnson con la japonesita. El americano la ha utilizado muy poco para sus placeres personales, ya que -como queda dicho- sus sentidos hallaban plena satisfaccion en otra: la muchacha servia solo de complemento, de personaje secundario, en algunas composiciones en las que Laureen conservaba siempre el papel principal -si no el mas suave-. Era la epoca en que Kito estaba de pensionista en la villa; y si Johnson la saco mas tarde, fue con una intencion muy distinta, para someterla a los experimentos de magia en los que cifraba su fortuna futura, que veia ya enorme. (Sus ganancias actuales, procedentes de negocios bien asentados en Macao y Canton, eran de dimensiones mas modestas.) Conviene precisar aqui que los cultivos de plantas toxicas, que habia desarrollado desde hacia poco en la zona de la frontera, comprendian otras muchas especies ademas de la adormidera, el canamo y la eritroxila: practicamente Johnson vendia en todos los barrios chinos del mundo, desde el oceano Indico hasta San Francisco, todo tipo de remedios, venenos, elixires de juventud, filtros de amor, afrodisiacos, cuyos efectos -descritos con terminos seductores en prospectos ilustrados o en los anuncios de las revistas para clientela particular- no eran atribuibles solo a la fantasia del vendedor. Su ultima idea, que acabaria con la fama de los celeberrimos «balsamos del Tigre», era un preparado que procedia en parte de la ciencia de las plantas, en parte de la magia, y cuya receta habia encontrado en una edicion reciente de un libro religioso de la epoca Cheu. Pero Johnson no era ni brujo, ni farmaceutico, ni botanico. Tenia unicamente dotes indiscutibles para el comercio, que ejercia a menudo a costa de sus socios: por ejemplo, se habia juntado, con el nombre de una de las muchas sociedades que fundaba continuamente, con un joven holandes de buena familia, llamado Marchant, que habia acabado suicidandose por motivos oscuros, pero indudablemente relacionadas con sus empresas comunes, que nunca habian causado a Johnson el menor problema. El hombre que necesitaba esta vez, para acabar de elaborar y experimentar el brebaje, a un tiempo medico, quimico y vagamente hechicero, era el famoso Edouard Manneret, que ademas poseia -segun se rumoreaba- una fortuna inmensa y probablemente no ponia ninguna intencion lucrativa en el ejercicio de sus facultades. En cambio, estaba aquejado de vampirismo y necrofilia, de modo que la muerte de Kito, sobre la que el nuevo producto demostraba su eficacia por el dominio absoluto que daba al beneficiario, hubo de incluirse muy pronto en las perdidas y ganancias de la sociedad. La policia no se preocupa por la desaparicion de una prostituta, aunque sea una menor; y menos aun teniendo en cuenta que la japonesita, llegada clandestinamente de Nagasaki en un junco de contrabandistas, no figuraba en ninguna lista del registro civil o de inmigracion. Su cuerpo exangue, que solo presentaba una diminuta herida en la base del cuello, encima mismo de la clavicula, se vendio para ser servido con diferentes salsas en un afamado restaurante de Aberdeen. La cocina china tiene la ventaja de hacer irreconocibles los trozos. Sin embargo, no cabe duda de que su origen fue revelado -con aportacion de pruebas- a algunos clientes de ambos sexos de gustos depravados, a los que no importaba pagar el precio que fuera para consumir ese tipo de carne; preparada con especial esmero, se la servian en el transcurso de festines rituales cuya presentacion, asi como los excesos a que daban lugar semejantes reuniones, exigia un reservado particular alejado de los salones publicos. El hombre gordo y colorado se extiende con gustosa precision en algunas de las aberraciones cometidas en tales circunstancias, para proseguir luego su relato. Manneret, que se habia deshecho de forma tan ingeniosa de una abrumadora pieza de conviccion, habia cometido la torpeza de participar personalmente en una de aquellas ceremonias. Con la euforia del vino, hacia el final de la cena, un comensal (policia disfrazado que solo pertenecia a la secta con la esperanza de obtener un provecho deshonesto) pudo oir de sus labios declaraciones que, aun siendo confusas, despertaron en el indiscreto el deseo de saber algo mas. Una habil investigacion, efectuada entre el servicio y el vecindario del piso de Kowloon, le revelo que no se habia enganado siguiendo aquella pista, una de cuyas bifurcaciones lo llevo despues a la plantacion de los Nuevos Territorios y al americano Ralph Johnson. Cuando dispuso de datos suficientes sobre la muerte de Kito, quiso chantajear naturalmente a Manneret, ya que, por una parte, su responsabilidad en el crimen era la mas directa y, por otra, poseia medios suficientes para pagar una cantidad elevada como precio de su impunidad. Mas tarde le llegaria el turno a Johnson. Lo que ocurrio entonces ha permanecido confuso. Sin duda Manneret, por orgullo o despreocupacion, se nego a pagar un silencio que, por otra parte, no le aseguraba nadie. ?O fingio aceptar, para tenderle una trampa al inoportuno y deshacerse de el de otra manera? El caso es que, en el momento en que este se presenta en el domicilio del multimillonario, en ese edificio de lujo ultramoderno, con sus laberintos de espejos y sus tabiques moviles, Edouard Manneret manda abrirle la puerta y lo recibe personalmente en su despacho, invitandolo a sentarse y tratandolo con cordialidad, aunque hablandole de cosas indiferentes, como acostumbra hacer en casos semejantes. Pregunta a su visitante si lleva mucho tiempo en la colonia, si le gusta el pais, si soporta el clima a pesar de la ruda profesion que debe ejercer, etc. Mientras va hablando, y sin que parezca preocuparle que el otro solo le conteste con monosilabos (?por incomodidad, irritacion, recelo?), le sirve el aperitivo con sus propias manos, y hasta se disculpa por tener que darle la espalda unos segundos mientras se afana junto al pequeno mueble bar. Un instante despues estan sentados uno frente a otro: el policia corrupto en una butaca de tubos de acero, con la copa de cristal, que contiene un liquido del color del jerez, a su lado (en la estrecha bandeja adosada al brazo de la butaca), y el propio Manneret en su balancin, en el que se mece sonriente mientras prosigue la conversacion. En dos ocasiones, su poco locuaz interlocutor coge el pie tallado de la copa y la levanta para llevarse el brebaje a los labios; pero la vuelve a dejar, cada vez, en la bandeja, so pretexto de escuchar con mas atencion lo que le dice el dueno de la casa, de modo que este ultimo decide callar; y observa entonces al policia como si quisiera hacerla sentirse incomodo, con la esperanza de que acabe bebiendo para salir de su inmovilidad. En efecto, el hombre repite el movimiento, interrumpido ya dos veces; pero, en el ultimo momento su mirada tropieza, por encima de la perilla gris cortada con esmero y la delgada nariz aguilena, con los ojos demasiado brillantes, de parpados ligeramente fruncidos, que lo miran con lo que le parece una anormal tension. ?Se acuerda de pronto de los cultivos inquietantes de Johnson? ?Descubre que el aperitivo de su anfitrion, del que ya ha bebido varios sorbos, no tiene exactamente el mismo aspecto que el suyo? Hace un movimiento brusco con la mano izquierda, el movimiento de quien quiere espantarse un mosquito (excusa absurda en esta casa climatizada, cuyas ventanas no pueden abrirse para que entren los insectos) y la copa que sostiene con la otra mano se le escapa y cae al suelo, donde se hace anicos… Los fragmentos que brillan en medio del liquido derramado, las salpicaduras proyectadas en todas las direcciones alrededor de un charco central en forma de estrella, el pie de la copa, casi intacto, que en lugar de la copa, ya no sostiene mas que un triangulo de cristal curvado, agudo como un punal, todo eso lo sabemos hace tiempo. Pero le pregunto a Lady Ava por que, aquella noche, nada mas llegar a casa de Manneret, el chantajista no expuso su intencion de obtener enseguida un primer adelanto, estando las cosas como estaban. – Seguro que diria a que iba -responde Lady Ava-; el viejo debio de hacer como que no entendia la frase, la anego en sus cuentos de ruda profesion, clima y bebidas. El otro prefirio no precipitar la conversacion, seguro de poseer las mejores bazas y no creyendo perder nada con unos minutos de charla, que dejaban a su cliente tiempo para reflexionar. – ?Manneret no habia tenido ya varios dias para reflexionar? – No -dice ella-, no es seguro. Su amable acogida quiza se debiera precisamente a que no sabia aun con certeza que queria aquel personaje, al que habia conocido durante una cena en Aberdeen y que se presentaba con un pretexto cualquiera: una operacion inmobiliaria, por ejemplo. – Manneret tenia sus oficinas para tratar estos asuntos. Hasta los cheques los firmaba ahora su apoderado. El solo se encargaba personalmente de cuestiones muy importantes; y aun asi, nunca lo hacia sin que pasaran antes por las manos de sus hombres de confianza, que las estudiaban en detalle y le sometian despues el resultado de sus calculos. Lady Ava reflexiona sobre este aspecto del problema, que la coge un poco desprevenida, pues no ha habido aun ninguna alusion a las actividades profesionales de Manneret. Pero reacciona rapidamente: – Pues bien, el pretexto podia tener un caracter mas intimo: con el nunca faltaban asuntos de este tipo. – ?O sea un asunto intimo pero sin relacion con la muerte de Kito? – Eso es: ofrecia ninas, o heroina, o lo que fuera. – Sin embargo, si no hubiera tenido buenos motivos para creerse en peligro, no habria intentado envenenar a su visitante de buenas a primeras, o drogarlo, o algo por el estilo. – ?Quien le dice que lo hiciera? – ?Y ese detalle de darle la espalda mientras llenaba la copa con un liquido que no tenia exactamente el color del jerez de la botella? – ?Nada! Podia tratarse tan solo de una figuracion de policia culpable, o de su mala conciencia. Esa gente es desconfiada por principio. Y, en cualquier caso, no arriesgaba nada deshaciendose del brebaje en cuestion, desde el momento que le parecia sospechoso. – Bueno. Supongamos que las cosas son como usted dice: aparentemente el hombre viene a ofrecer droga, Manneret se hace el despistado, para tantear el terreno y ver si no estara en presencia de un agente provocador o un estafador. Bueno… ?Que significaba la frase sobre la «ruda profesion» de su visitante? – No se… Quiza el otro habia empezado diciendo que era policia, para inspirar confianza. – Supongamoslo. Despues el policia explica el objeto real de su visita y pide dinero. ?Dice una cantidad? – No. Primero ha de limitarse a algunas alusiones: ?no cree, querido senor, que tendria interes en que no se sepa como…? ?Ve usted? – Muy bien. Y Manneret no se da por aludido, bebe su jerez a pequenos sorbos, meciendose, y sigue hablando de cosas sin interes. Hasta puede que no haya entendido lo que le pedian, si las insinuaciones eran demasiado confusas. El otro no tiene prisa: piensa que hay tiempo de sobra y que al final ganara la partida… Entonces, ?por que mato a Manneret a los pocos minutos? – Si -dice Lady Ava-, es lo que no se entiende. – La segunda cuestion es la de la forma exacta de la copa: no se sirve jerez en una copa de champan. Y, por otra parte, el fragmento agudo de cristal que prolonga el pie, y puede servir de punal, no coincide con una curva muy amplia. – Evidentemente. Debia de ser una copa mas alta que ancha, y conica mas bien que con un fondo redondo: algo parecido a esas copas de champan estrechas y altas. – Y seguro que el cristal no seria tan delgado como el de una copa de champan alta o baja, para poder utilizarse como arma, y mortal por anadidura. – Pero en realidad no fue esta arma la que lo mato. Se trata de un montaje destinado a camuflar el crimen en accidente. El asesino se sirvio de un estilete chino con hoja plegable untada con veneno que, una vez cerrado, se disimula facilmente en cualquier bolsillo o hasta en el hueco de la mano. Fue despues cuando dispuso el cuerpo sobre los fragmentos de la copa rota, como si la herida en la base del cuello se hubiera producido con la punta de cristal unida aun al pie: Manneret habria caido con una copa en la mano… Etc. El asesino habia anadido algunos elementos para completar el cuadro: una ampolla vacia que habia contenido morfina, destinada a explicar la falta de equilibrio del potentado en el momento de su extrana caida, un tabique movil de cristal medio cerrado -casi invisible- con cuyo borde habria tropezado y, por ultimo, el despertador situado al otro lado de este cristal, en el escritorio, con la manecilla del timbre puesta a la hora exacta de la muerte… Sono el despertador; para detener aquel ruido irritante, Manneret se levanto de su balancin, llevando la copa de jerez en la mano; con su precipitacion y su torpeza de drogado, no vio que el tabique de cristal, que se interponia en mitad de su trayecto, le cerraba parcialmente el paso. Por un prurito estetico mas que por verosimilitud, el autor del montaje le quita ademas los zapatos al cadaver y vuelve a ponerselos al reves: el derecho en el pie izquierdo y el izquierdo en el pie derecho. Como ultimo detalle, antes de abandonar el escenario, con la pluma y la tinta del difunto, en la hoja misma en que estaba escribiendo, detras de las ultimas palabras, que habia trazado con mano vacilante -aproximadamente media linea al final de un largo parrafo interrumpido que llega hasta la mitad de la pagina: «viaje lejano, y no gratuito»-, termina imitando su grafismo inseguro: «pero necesario»; despues dibuja un pez oval, con sus tres aletas, su cola triangular y su gran ojo redondo. En este estado encuentra Kim las cosas, cuando entra en el piso, sin que haya tenido mas que empujar la puerta, cuya cerradura no estaba cerrada, cosa que la ha extranado. Se detiene en medio del vestibulo, escuchando con atencion. No se oye el menor ruido en toda la casa. Piensa que Manneret sigue en su mesa de trabajo, en el despacho. Se dirige hacia esa parte, sigilosamente, como suele. En la salita de fumar, separada del despacho por un tabique de cristal que se halla parcialmente cerrado, ve al viejo tendido cuan largo es en el suelo, boca abajo. Solo la cabeza esta vuelta de lado, la mano izquierda sostiene aun el pie de una copa rota que le ha atravesado la garganta en su caida. Alrededor hay fragmentos de cristal, jerez derramado y sangre, pero en poca cantidad. Kim se acerca con pasos menudos, silenciosos, como si temiera despertar al muerto, en cuyo rostro tiene fija la mirada. Al ver la fina herida y la punta de cristal que penetra en ella, no puede menos que llevarse la mano a su propio cuello, a ese punto en el que, justo sobre la clavicula izquierda, sus dedos tocan la pequena cicatriz todavia tierna. Entonces se abre su boca progresivamente y empieza a lanzar alaridos, sin quitar la vista del cadaver, y esta vez su grito llena el piso entero, la casa entera, la calle entera… Pero no es eso. Sigue siendo el mismo alarido mudo, que no logra salir de su garganta, mientras corre escaleras abajo, bajando los peldanos de dos en dos, de tres en tres. A su paso, se abren las puertas, se recortan en sus vanos figuras negras, a contraluz sobre el fondo intensamente alumbrado de los vestibulos, lo que impide distinguir las caras. Sin embargo, por los trajes se adivina que son hombres, que surgen en cada rellano y se lanzan a su persecucion. Habran visto el cuerpo del viejo o la sangre que chorrea a traves de los techos, y creen que es ella la que lo ha matado. Aumentan de piso en piso. Kim baja los peldanos de cuatro en cuatro, de cinco en seis, pero sus finos zapatos dorados no hacen ningun ruido en el revestimiento elastico del suelo, y los otros tambien, detras de ella, corren sobre algodon, cada vez mas aprisa… No obstante, parecen no dar alcance a la criminal que huye, pues, al volverse esta para mirar hacia atras, solo ve la escalera vacia y silenciosa. Despues, sin que sepa como, hay alguien muy cerca de ella, bajando ya el ultimo tramo que lleva al rellano en que acaba de detenerse. Por suerte este sitio esta mal alumbrado. Kim retrocede lentamente hasta un rincon totalmente a oscuras. Su vestido negro la ayudara a pasar mas inadvertida… Afortunadamente, ya que el personaje que se acerca va sin duda en su busqueda; es un hombre de estatura alta, que lleva perilla, y va provisto de un baston con contera de hierro. Vestido elegantemente con traje de corte severo, anda con paso firme y agil: el baston solo puede ser un atributo ornamental, o un arma ofensiva. Cuando llega frente a ella, Kim, en el primer momento, tiene la impresion de que es el viejo, pero enseguida se acuerda de que lo ha matado. Es tan solo alguien de su misma edad y que se le parece. Mira a derecha e izquierda para descubrir donde se esconde la culpable; sin embargo, pasa sin verla por delante de la criada acurrucada en un rincon de la pared, yerta de miedo y a punto de desmayarse de tanto contener la respiracion. El hombre se aleja un poco, se apoya en la barandilla y se asoma por encima de ella, para examinar la parte inferior del hueco de la escalera. Segura de ser descubierta muy pronto, Kim se lleva a la boca, y lo introduce en ella, el papel doblado que lleva escrita la direccion comprometedora; lo empapa de saliva, lo mordisquea y lo desliza debajo de la lengua; lo va removiendo cuidadosamente para que se hinche y forme una bola muy escurridiza, que se transforma de golpe en una masa liquida, viscosa e insipida, que engulle con asco. Pero el ruido casi imperceptible de los labios en la hojita aun rigida, al principio de la operacion, ha debido de llamar la atencion al cazador, que se vuelve e inspecciona el rellano en todas direcciones. Despues se dirige hacia una de las puertas, con paso sigiloso, y acerca la mejilla al panel de madera barnizada, para escuchar lo que ocurre dentro; probablemente no oye nada que le interese, ya que vuelve hacia los barrotes de hierro, equidistantes, paralelos y verticales, que sostienen la barandilla. Aplica tambien el oido, como con la esperanza de percibir reveladoras vibraciones del metal. Como, al parecer, no obtiene ningun resultado, empieza a bajar el tramo siguiente. Pero al cabo de tres o cuatro peldanos, vuelve a detenerse y parece cambiar de idea: presa de algun escrupulo, se dispone a subir de nuevo. Kim se da cuenta entonces de que la puerta que se halla cerca de su escondite no esta del todo cerrada. La abre suavemente, sin hacerla chirriar, justo lo preciso para colarse dentro. Una vez cerrada de nuevo en la posicion en que estaba antes, la oscuridad del lugar es total. Al instante, Kim se siente rozada por unas manos, dos grandes manos que avanzan a tientas y recorren en todos los sentidos la seda lisa y fina de su traje. Se muerde violentamente el labio inferior para no gritar, mientras las caricias se hacen mas precisas, mas insistentes. Fuera, el hombre ha vuelto al rellano: tambien el ha advertido la puerta mal cerrada. (?Ha sido por los movimientos de Kim?) Lo oye rascar con las unas, como si intentara descubrir algun sistema cuyo funcionamiento fuera a abrirle paso. Kim se apoya con mas fuerza en la puerta, sin hacer ruido, a fin de bloquearla contra su marco y hacer creer al hombre que el cerrojo esta echado. Pero la presion aumenta al mismo tiempo por el otro lado. La joven se apuntala y tensa todos los musculos de su cuerpo, mientras las dos grandes manos siguen explorando sus axilas, sus pechos, su cintura, sus caderas, su vientre, sus muslos. Kim se aprieta pegandose con todo su peso, con todas sus fuerzas, de tal forma que el pestillo biselado acaba funcionando solo, penetrando en el cerradero en el que produce un ruido seco, como un disparo, que resuena en toda la casa. Al mismo tiempo se enciende la luz. En el vestibulo, Edouard Manneret sale a su encuentro. Ha sido el quien ha accionado el interruptor. La joven eurasiatica recobra el aliento. – He encontrado la puerta entornada… -dice-. He entrado. El viejo sigue mostrando su misma sonrisa y sus ojos demasiado brillantes. Dice: – Ha hecho muy bien. Esta en su casa… La estaba esperando. Despues, tras una pausa durante la que la observa con una insistencia molesta, pregunta: – ?Ha corrido…? ?No ha tomado el ascensor? Kim responde que no, que ha andado aprisa unicamente, y que ha subido a pie por el perro. Y como el viejo le pregunta donde esta el perro, explica que lo ha dejado, como de costumbre, atado con su trenza de cuero a una anilla, en el vestibulo. Sabemos que el perro se soltara solo, al sentir que su duena esta en peligro, etc. Si Manneret acaba de ser asesinado, esta escena ocurre antes, sin duda alguna. Y ahora es el senor Chang, el intermediario, el que sale al encuentro de Kim, en el cuartito en el que ella acaba de entrar. (Aun resuena en sus oidos el golpe seco del pestillo, cuando ha cerrado la puerta.) El senor Chang sigue mostrando su sonrisa, tan habitual en Extremo Oriente, donde probablemente no es mas que una muestra de cortesia, Le pregunta si ha corrido. Muda como de costumbre, hace un breve movimiento con la cabeza para decir que no. El senor Chang no le pregunta nada sobre el perro. Es el dia en que el intermediario entrega el sobre de papel grueso y pardo, repleto con cuarenta y ocho bolsitas de droga. Vuelve a bajar enseguida y se encuentra en medio de Queens Road, con la confusion ruidosa y soleada de las jinrikishas, los pijamas de lustrosa tela negra, los vendedores de pescado y especias, los porteadores con los hombros encorvados bajo la larga vara tradicional, de cuyos extremos penden las cestas de junco. Cuando Kim regresa a casa, la vieja lady, sola en su habitacion, no advierte que el traje de seda blanca esta todo ajado, arrugado, cubierto de manchas grisaceas que recorren largas zonas donde el brillo de la tela ha desaparecido por completo. La hermosa criada solo recibira un castigo por haber dejado entrar al perro negro en un edificio climatizado. En efecto, la joven se ha visto obligada a confesar su falta. Para no decir que se ha contentado con atar al precioso animal de una anilla, en cualquier parte, prefiere aun la version -que le parece menos peligrosa- del barrendero que se hallaba al pie de la escalera: le ha confiado el perro, pero el ha dejado escapar el extremo de la trenza de cuero, por indolencia, y el animal se ha precipitado en busca de su duena, arrastrando la correa que vuela por detras y azota los peldanos de madera. El empleado municipal del sombrero chino acerca entonces su brazo, que ya no aguanta nada, al palo de la escoba. Una vaga sonrisa flota en su boca y sus ojos. No le queda mas remedio que ponerse a barrer otra vez. Al extremo del haz de paja de arroz, curvado por el uso, aparece un nuevo ejemplar del mismo tebeo; por lo menos es el duodecimo que recoge desde que ha empezado el trabajo. (?Cuando?) Seguramente es el de la semana pasada. Aunque ha agotado ya todo su contenido, puesto que no sabe leer y ha de contentarse con las imagenes, se agacha irresistiblemente, para recoger tambien este. Y, una vez mas, contempla la fiesta mundana que se desarrolla en el inmenso salon recargado de espejos, dorados y estucos. Bajo las aranas centelleantes hay mujeres jovenes con trajes de noche muy escotados que bailan del brazo de sus parejas vestidas con smokings oscuros o spencers blancos. Ante el buffet repleto de vajilla de plata, un hombre gordo y colorado habla, levantando la cara, con un americano mucho mas alto que el, que ha de agacharse para escuchar lo que el otro cuenta. Un poco mas lejos, inclinada hasta el suelo de marmol, Laureen entrecruza las tiras doradas de su zapato alrededor del tobillo y la garganta del pie. A un lado, junto a una ventana con pesadas cortinas corridas, Lady Ava sigue sentada en su sofa sin color; su mirar cansado vaga por las paredes, cuyos diversos paneles estan adornados con cuadros, de dimensiones diversas, que la representan solo a ella, joven, de cuerpo entero, de pie y apoyandose con mano ligera en el respaldo de un sillon, o sentada, tendida, a caballo, tocando el piano, o unicamente la cabeza y el busto, ampliados en proporciones gigantescas. Lleva boas, velos, grandes sombreros con plumas; en otros aparece desnuda, peinada con bandos o con tirabuzones que caen en la curva de los hombros sobre la carne blanca. Hay ademas unas estatuas en sus hornacinas, entre columnas de porfido rojo o verde, que tambien la representan en posturas convulsas, haciendo con sus brazos torneados grandes ademanes indecisos y volviendo a un lado, o hacia el cielo, su rostro inspirado. Amplias telas vaporosas flotan alrededor de su cuerpo, echarpes de muselina, colas de tul, velos de bronce y piedra. Paso ante todo ello sin pararme: he tenido mil ocasiones de contemplar detenidamente esas esculturas, esos lienzos, esos pasteles, de los que conozco hasta las firmas, casi todas de nombres famosos: Edouard Manneret, R. Jonestone, G. Marchand, etc. La espaciosa estancia me resulta aun mas impresionante gracias a la ausencia de todo personaje vivo, estando como estoy acostumbrado a verla llena de gente, de agitacion, de ruido; esta noche hay solo una innombrable mujer muda e inmovil, inaccesible, que multiplica sus poses estudiadas, grandilocuentes, exageradamente dramaticas, y que me rodea por todas partes, Eve, Eva, Eva Bergmann, Lady Ava, Lady Ava, Lady Ava. Despues del gran salon, cruzo otras salas desiertas. Se diria que hasta los mismos criados han desaparecido; y subo la escalera de honor hasta la habitacion donde se encuentra la senora de la casa. Esta acostada en su cama de columnas, acompanada tan solo por una de sus criadas eurasiaticas, de pie junto a ella, que sale sigilosamente al entrar yo. Le pregunto a Eva como la ha encontrado el doctor, cuanto tiempo ha dormido, si se siente mejor esta noche… Me contesta con una sonrisa lejana de sus labios grises. Luego desvia la mirada. Permanecemos asi mucho tiempo, sin decir nada mas, ella mirando el techo y yo de pie a la cabecera de su cama, sin poder apartar los ojos de su cara enflaquecida, las arrugas que la surcan, su pelo encanecido. Al cabo de un rato -un largo rato sin duda- rompe a hablar, diciendo que nacio en Bellevilie, cerca de la iglesia, que no se llama ni Ava ni Eva, sino Jacqueline, que no ha estado casada con ningun lord ingles, que nunca ha ido a China; el burdel de lujo, en Hong Kong, es solo una historia que le han contado. Ademas se pregunta ahora si no fue mas bien en Shanghai, un gigantesco palacio barroco con salas de juego, prostitutas de todo tipo, restaurantes finos, teatros con espectaculos eroticos y fumaderos de opio. Se llamaba «Le Grand Monde»… o algo por el estilo… Tiene un semblante tan vacio, una mirada tan ausente, que me pregunto si no ha perdido el sentido, si no esta ya delirando. Ha vuelto la cabeza hacia donde estoy yo, y de pronto parece verme por primera vez; fija en mi unos ojos reprobadores; su rostro es ahora severo, se diria que me descubre con horror, o con incredulidad, o asombro, o como un objeto de escandalo. Pero sus pupilas empiezan a girar insensiblemente, para ir a fijarse otra vez en el techo. Tambien le han contado que alla la carne era tan escasa y los ninos tan numerosos que se comian a las ninas pequenas que no encontraban pronto un protector o un marido. Pero Lady Ava no cree que este detalle sea veridico. – Todo eso son historias inventadas por los viajeros -dice-. ?Quien sabe? -agrega tras una larga pausa, sin quitar los ojos de aquella superficie blanca, por encima de ella, cuyas manchas ha empezado a examinar otra vez. Despues me pregunta si ya es de noche. Le contesto que hace mucho rato que es de noche. Iba a anadir que anochece temprano en estas latitudes, pero me abstengo de hacerla. Al alzar la cara, advierto a mi vez las manchas rojizas de contornos complicados y precisos: islas, rios, continentes, peces exoticos. Fue el loco que vive arriba el que, un dia, en un ataque, derramo no se sabe que en su suelo. Me parece hoy que la zona afectada se ha agrandado aun. Ahi viene Kim, cuyos pasos no se oyen nunca, acercandose ahora a la cama y llevando con precaucion una copa de champan llena hasta el borde de alguna medicina de color dorado, que de lejos se parece al jerez. Y durante este tiempo, Johnson sigue corriendo tras el dinero que no logra encontrar, de un extremo a otro de Victoria: Wales Road, Des-Voeux Road, Queens Road, Queen Street, Lucky Street, calle de los Plateros, calle de los Sastres, calle Edouard Manneret… Asi, en plena noche, tropieza a veces con puertas cerradas, verjas con candados, cadenas echadas. Y aunque estuvieran abiertos los bancos, ?cual de ellos aceptaria las letras que ofrece? Y sin embargo, antes de que amanezca, ha de encontrar algo o alguien que lo saque de apuros; Laureen no le ha dado otro plazo, y, de todos modos, no seria prudente quedarse ni un dia mas en la concesion inglesa, esperando que la policia fuera a detenerlo de verdad. En el desembarcadero del ferry, al llegar de Kowloon, hay una sola jinrikisha esperando, lo cual es mucho, teniendo en cuenta la hora. Johnson no quiere hacerse preguntas sobre esta suerte inesperada ni sobre la amabilidad del conductor, que parece dispuesto a llevarlo donde quiera durante el resto de la noche, y que lo espera pacientemente donde el se para, al menos cuando consigue entrar en algun sitio, como es ahora el caso en casa de este intermediario chino en la que ha visto luz; ni siquiera tiene que llamar mucho rato, con los punos, en la madera del postigo que cierra el despacho contiguo a la calle: se oyen pasos precipitados, en una escalera, y una mujer vieja vestida de negro, a la europea, le abre la puerta de par en par. Le dice, no obstante, que el mismo habria podido abrirla, ya que estaba descorrido el cerrojo en prevision de su venida. Lo coge de las solapas del smoking para hacerla subir mas rapido al primer piso (por una escalera recta, estrecha y empinada), abrumandolo con lamentos en tono penetrante, en una mezcla de ingles elemental y un dialecto del norte del que entiende muy poca cosa, salvo que se refiere a la salud de su esposo, de modo que acaba por entender que lo confunde con el medico, en cuya busca ha mandado a un nino del vecindario. Sin sacarla de su engano, esperando aun que el enfermo pueda hacer algo por el, Johnson le sigue hasta una habitacion del primer piso, de dimensiones bastante amplias, ocupadas por algunas piezas de un mobiliario de tipo frances de los anos veinticinco, colocado regularmente a lo largo de las paredes y que parece haber sido ideado para una buhardilla minuscula, de modo que quedan espacios considerables entre los muebles. El hombre esta echado boca arriba, con los brazos y las piernas extendidos, de traves sobre la sabana humeda y arrugada de una cama de madera barnizada, cuya superficie ocupa por completo, aunque tambien el es de estatura menuda. A causa del calor, contra el que nada puede un diminuto ventilador electrico puesto sobre una silla de rejilla, solo lleva una especie de calzoncillos de algodon blanco que le bajan hasta las rodillas. Su cuerpo flaco y su cara arrugada tienen el mismo color verdeamarillento que el papel pintado de las paredes. Johnson pregunta a la mujer que enfermedad tiene su marido. Como ella lo mira asombrada, se acuerda de repente de que es el medico y precisa al instante: – Quiero decir que le duele. Pero la vieja lo ignora igualmente. Debe empezar a preguntarse por que no lleva ni maletin ni estetoscopio, si esta acostumbrada a la medicina occidental. O quiza hasta ahora solo ha conocido las practicas chinas, y si esta vez ha mandado llamar a un medico ingles ha sido como ultimo recurso; en este caso no puede extranarse de nada, ni siquiera de verlo en traje de etiqueta. Johnson se dice tambien que el verdadero medico no tardara en interrumpir la comedia y que, antes de que llegue, ha de darse prisa en entablar alguna negociacion con el intermediario, si es que esta aun en condiciones de hablar de prestamos y garantias. Desde que el americano ha entrado en el cuarto, el hombre no ha hecho ni un movimiento, ni tan solo ha parpadeado, aunque tiene los ojos tan abiertos como pueden estarlo los de un chino; sus costillas descarnadas tampoco parecen moverse al ritmo de la menor respiracion; y cuando le pregunta que tipo de dolor siente, da la impresion de no haber oido siquiera. Quiza este ya muerto. – Mire -empieza a decir Johnson-, necesitaria dinero, mucho dinero… Pero la vieja vuelve a prorrumpir en gritos, escandalizada esta vez, ante un facultativo que no duda en exigir sus honorarios antes de empezar la visita, como si temiera que no se los pagasen despues. Johnson trata de explicarle su situacion, pero ella no le hace caso, corre hacia un armario pequeno y vuelve con un fajo de billetes de diez dolares que trata de hacerle coger. El americano acaba tomando algunos en sus manos y los deja sobre la mesilla de noche, sin atreverse ya a insistir en su demanda, sin duda inutil. Por otra parte es absurdo pensar que este modesto prestamista, aun gozando de buena salud y con la mejor voluntad, dispusiera de la cantidad enorme que precisa. Abandonando de subito la partida, baja precipitadamente la escalera, perseguido por las imprecaciones de la vieja. La escena siguiente se desarrolla en el muelle nocturno de un puerto pesquero, sin duda Aberdeen, aunque el trayecto para llegar hasta el resulta muy largo en jinrikisha. El decorado solo se ve de modo parcial, debido al alumbrado escaso de unos pocos faroles, cada uno de los cuales solo difunde su luz sobre los objetos situados en su proximidad inmediata, de modo que no se distingue un todo, sino tan solo fragmentos aislados: un bolardo de hierro colado del que sale una gruesa amarra tensa, otros cabos enroscados sobre si mismos y formando una especie de collar flojo sobre los adoquines humedos, la mitad de una adolescente andrajosa que duerme directamente en el suelo apoyada en un gran cesto vacio de mimbre trenzado, dos gruesas argollas empotradas a un metro aproximado de distancia y a la misma altura en una pared vertical de sillares, con una cadena que las une formando una curva suave y que cuelga libremente a cada lado, cajas de madera apiladas y grandes peces metalicos de cuerpo fusiforme bien ordenados en la de encima, agua que ondea con reflejos plateados entre sampanes y botes entrecruzados en todos los sentidos, el camino de tablones que forma codos de uno a otro, subiendo y bajando, y que lleva desde la orilla hasta un junco amarrado algo mas lejos. Una fila de coolies, cada uno con un grueso saco de yute de formas abultadas sobre los hombros, avanza a lo largo de esas pasarelas inestables, que se hunden bajo los pies descalzos y oscilan de modo inquietante, sin hacer caer al agua negra o dentro de las embarcaciones a ninguno de los cargadores, que se suceden a intervalos de cuatro o cinco pasos. Como no pueden cruzarse en la estrecha pasarela, regresan todos juntos de vacio, seis hombres bajitos en fila india que hacen bailar cada vez mas la madera flexible; y vuelven por una nueva carga a una zona oscura donde estara aparcado algun camion, un carro de mano o una carreta tirada por bufalos. Un hombre de mas edad, de larga barba rala, vestido con una guerrera de algodon azul y tocado con un gorro, vigila su paso y apunta el numero de sacos transportados en un cuaderno mucho mas largo que ancho. Es a el a quien se dirige Johnson preguntandole en cantones si el junco que va a zarpar es el del senor Chang. El hombre no contesta; continua observando con la mirada el movimiento de los estibadores en calzoncillos que pro siguen su maniobra. Tomando su silencio por asentimiento, Johnson pregunta la hora de salida y el destino exacto de la embarcacion. No obteniendo tampoco respuesta, anade que el es el americano a quien han de subir a bordo y conducir a Macao. – Pasaporte -dice el vigilante sin apartar la vista de la pasarela improvisada; y solo le echa un vistazo rapido cuando Johnson, algo desconcertado por esta formalidad policial aplicada a una travesia clandestina, le tiende, a pesar de todo, el documento-. Salida esta manana a las seis y cuarto -dice en portugues el sobrecargo, devolviendole el pasaporte. Mientras vuelve a guardarselo en el bolsillo interior derecho, Johnson se pregunta como se las arreglara el otro para reconocer a su pasajero, al que no ha intentado ver ni un momento. Pero a partir de ahora, en el silencio, ya no hay mas que el agua que chapotea entre los sampanes, los pies descalzos que suenan cadenciosos en los adoquines o en la madera mojada, los tablones que vibran contra los cascos. Despues viene el fumadero de opio, descrito ya: un decorado desnudo y blanco formado por una sucesion de pequenos aposentos cubicos, sin ningun mueble, totalmente encalados, incluso el suelo de tierra apisonada, en el que los clientes con pijamas negros estan tumbados al azar, de cualquier modo, recostados en las paredes o en mitad de las estancias, que se comunican entre si por aberturas rectangulares practicadas en las gruesas paredes, sin ningun tipo de puerta, y tan bajas que Johnson ha de agacharse para pasar. ?Que espera encontrar aqui? Los clientes no parecen estar en condiciones de proporcionarle la fortuna que desea, ni, a juzgar por su comportamiento, de discutir con el su cesion. Despues se ve a Johnson en un cruce de calles, probablemente en el centro de la ciudad, pues una farola proyecta sombras netas y negras de las cosas y las gentes. Esta hablando con otro hombre, un europeo segun todas las apariencias, vestido con un traje claro y un impermeable abierto con el cuello subido, tocado con un sombrero de fieltro con las alas inclinadas, que le senala, en la fachada lateral de un banco -cuyo nombre esta escrito con grandes letras en el fronton de la fachada principal: Bank of China- una escalerita de emergencia, para casos de incendio probablemente, que conduce a una ventana del primer piso desprovista de reja, a diferencia de todas las demas, tanto del mismo piso como de la planta baja. No hay ningun otro personaje en el campo visual, ni coche que circule por las inmediaciones o aparcado junto a una acera; ni siquiera se ve la jinrikisha. Sin duda el hombre del impermeable quiere explicar al americano alguna fechoria; pero este ultimo, calculando las probabilidades de exito de la empresa, hace una mueca de duda, de expectacion o incluso de negativa, mas visible aun en la imagen ampliada que sigue. Esta cara pronto da paso a la vista general de un pequeno bar. (?De modo que todavia hay bares abiertos a estas horas?) Dos clientes, sentados en altos taburetes, aparecen de espaldas, acodados uno junto a otro en la barra en la que hay dos copas de champan. Parecen conversar en voz baja. A la derecha, un camarero chino de chaqueta blanca, en una posicion ligeramente elevada entre la barra y los anaqueles en los que se alinean las botellas en apretadas hileras, los mira por el rabillo del ojo, mientras tiende una mano hacia un aparato telefonico situado en una hornacina. Despues las imagenes se suceden muy aprisa: Johnson y Manneret en un decorado interior poco identificable (?eran ya ellos los que hablaban en el bar, donde se habrian citado antes?), haciendo ahora grandes ademanes a los que es absolutamente imposible atribuir un significado. Despues, Edouard Manneret en su balancin y el americano de pie frente a el, diciendo: «Si no acepta, ya vera lo que le pasa», y Kito, a la izquierda y en primer termino, hablando consigo misma: «?Ahora lo amenaza de muerte!» Luego, Johnson con Georges Marchat bebiendo champan en un jardin, cerca de un matorral de hibiscus en flor. Ahora, Johnson alejandose a grandes zancadas de un enorme Mercedes parado frente a un almacen cerrado del puerto de Kowloon (el nombre Kowloon Docks Company se lee en el cierre metalico) y volviendo la vista atras mientras se da prisa en salir de alli. Johnson conversando con un hombre gordo delante de un buffet lleno de vajilla de plata, en medio del gentio de una fiesta mundana. Johnson mostrando su pasaporte a un teniente de la policia, en una callejuela empinada que acaba en escalera, no lejos de un pequeno coche militar descubierto, a cuyo volante va otro policia, mientras el teniente dice: «Un camarero lo vio con el; usted le proponia el asunto, y una prostituta japonesa oyo como lo…» Johnson en su cuarto de hotel advirtiendo que sus papeles han sido registrados otra vez, y decidiendo anadir para los policias del servicio de informacion, en su proximo registro, un documento falso que empieza a redactar en el acto imitando la letra de Marchat: «Querido Ralph: una simple notita para tranquilizarlo respecto a su asunto: desde ahora todo esta arreglado, dispondra a tiempo de la cantidad que necesita; por consiguiente es totalmente inutil que recurra a Manneret o que busque dinero por otro conducto.» Firmado: «Georges.» Y, debajo, en una postdata: «Sigue sin saberse a quien pertenece el laboratorio de fabricacion de heroina que la policia ha descubierto. En mi opinion, debe de ser tambien de esos belgas que vienen del Congo y quieren comprar el hotel Victoria para transformarlo en casa de placeres. Espero que detengan a todos esos traficantes que manchan nuestra hermosa colonia.» Despues de guardar este papel entre las cartas que han llegado ultimamente, dentro de una carpeta verde del primer cajon de la izquierda del escritorio, Sir Ralph entra en el cuarto de bano a tomar su ducha; luego se pone una camisa con pechera almidonada, se enfunda su smoking y anuda cuidadosamente en forma de pajarita una corbata de color rojo oscuro. Todavia le da tiempo a cenar fuera antes de acudir a la fiesta en casa de Lady Bergmann. En el vestibulo del hotel, al darle su llave al portero, Sir Ralph le hace un guino de connivencia; y sale por la puerta de atras, la que da a un jardincito plantado de ravenalas, pues por ese lado es por el que tiene mas posibilidades de encontrar un taxi. Hay uno libre, en efecto, aparcado al final de la acera; sube y dice que va al ferry. Como el calor es asfixiante en el asiento de atras, baja los cristales de las dos ventanas: aunque el aire que entra de fuera no es mucho mas fresco, su movimiento lo hace al menos soportable, y resulta asi mas comodo mirar a los transeuntes que pasean por delante de los escaparates brillantemente iluminados, bajo las higueras gigantes. Tan pronto sube al barco, observa a una joven con traje cenido, abierto lateralmente hasta muy arriba, que lleva de una correa a un gran perro negro de orejas erguidas; recorre la cubierta con paso agil y regular, bordeando el agua invisible en la noche, pero cuyo ruido de tela estrujada contra el flanco del navio se oye. Su cuerpo en movimiento bajo la seda fina le da un aire provocativo, a pesar de su actitud reservada. Cuando quiere frenar el paso del perro, que va delante de ella y tira demasiado de la trenza de cuero, muy tensa, la joven emite entre sus dientes un silbido casi imperceptible de cobra, breve y seco. Varias veces, Sir Ralph, al cruzarse con ella en el puente, busca su mirada azul, que sostiene tranquilamente la suya. Pero, en definitiva, no le dirige la palabra, quiza por el perro y sus grunidos ante la proximidad de extranos. En el desembarcadero de Victoria hay siempre muchos taxis; el americano elige uno de modelo reciente para ir hasta el pequeno puerto de Aberdeen, donde va a cenar a un restaurante de fama, que flota en medio de la bahia. Hay poca gente esta noche en la gran sala rectangular, abierta en su centro por una piscina cuadrada donde se distingue, en el agua verde, una multitud de grandes peces azules, morados, rojos o amarillos. Una muchacha esbelta, con traje de seda cenido, sin duda una eurasiatica, que se parece a la pasajera del ferry, los pesca uno tras otro mediante una red de largo mango, que maneja con gracia y habilidad, para presentarlos vivos, retorciendo sus cuerpos presos en las mallas, al cliente sentado a su mesa, para que escoja el que desea comer. Al regresar a la costa en un sampan iluminado con guirnaldas de luces, conducido por una muchacha esbelta con traje cenido, etc., de aspecto provocativo a la vez que reservado, etc., etc., que maneja con gracia y habilidad el largo remo veneciano, haciendo movimientos ondulados de torsion que agitan la seda fina y brillante sobre la piel… (?ya basta ahi arriba!, las pisadas y el baston con contera de hierro que golpea el suelo acompasadamente…), Sir Ralph observa, a la dudosa luz de los faroles del puerto, una fila de coolies que transportan sobre sus hombros doblados sacos repletos de alguna mercancia (?clandestina?), hasta el gran junco -con todas las luces apagadas- unido al muelle por una larga pasarela de tablones que zigzaguea de un casco a otro por entre la flotilla de pequenas embarcaciones fondeadas. Un tercer taxi lo lleva entonces a la Villa Azul, donde llega a las nueve y diez, como estaba previsto. A poco de entrar en el gran salon, en el que ya estan bailando unas cuantas parejas con aire forzado, se lo lleva aparte la senora de la casa. Tiene una noticia grave que comunicarle: Edouard Manneret acaba de ser asesinado por los comunistas, con el pretexto -evidentemente falso- de que era un agente doble al servicio de Formosa. Se trata en realidad de un ajuste de cuentas mucho mas turbio, mucho mas complejo. De todos modos, Johnson figura entre los sospechosos notorios, a los que la policia no puede menos de detener: si todavia no lo ha hecho, quiza se deba a una especie de cortesia diplomatica con Pekin. Lady Ava le pregunta, pues, que piensa hacer. Johnson contesta que esta misma noche abandonara Hong Kong, en un junco, para dirigirse a Macao o a Canton. La velada se desarrolla luego de una manera normal, para que no cunda la alarma, pero seguro que otras personas estan alerta, pues se nota algo tenso en el ambiente: basta que una copa se rompa en el suelo para que todo el mundo se quede inmovil, como con el temor de un acontecimiento cuya inminencia esta fuera de duda. Sir Ralph permanece junto a un mirador, aguzando el oido en direccion a las espesas cortinas corridas, para espiar la eventual llegada de un coche. Georges Marchat no abandona el buffet, donde ha pedido seis copas de champan seguidas, que se ha bebido de un trago una tras otra. En el salan cito de musica, Lauren, la prometida de Marchat, toca al piano para unos cuantos invitados silenciosos una composicion moderna, llena de rupturas y pausas, subrayadas por ella con risas nerviosas, bruscas, sin duracion, para senalar errores que solo ella puede reconocer. Kito, la joven criada japonesa acaba de cortarse en un brazo -un poco mas abajo del codo, en la cara interna- al recoger con demasiada precipitacion los fragmentos de la copa rota; y permanece inmovil, de rodillas en el suelo, contemplando con aire ausente el hilillo de sangre de un rojo vivo que corre imperceptiblemente por su piel mate y cae gota a gota, con largos intervalos, sobre el marmol sembrado de cristales centelleantes. A unos metros de distancia, un poco apartada detras del sillon en cuyo respaldo se la ve apoyarse, con aire indiferente, para hacer algo, pero con la cabeza vuelta lateralmente hacia la escena que precede con una fijeza en la mirada que no permite ningun error, una bella eurasiatica, que responde al nombre americano de Kim, contempla a la pequena japonesita arrodillada, el brazo blanco manchado por una fina linea roja y las gotas de sangre que forman en el suelo una constelacion de puntos dispersos concentrados alrededor de un eje, como las perforaciones de las balas en un blanco de tiro. Y poco a poco, sin que sus ojos se aparten del espectaculo de la criada herida, la mano derecha de Kim se separa del sillon, para subir hasta mas arriba de su clavicula izquierda, en cuyo hueco lleva la marca de una discreta cicatriz de color rosa vivo: dos puntos oblongos situados muy cerca uno de otro y que nadie habria notado sin su gesto furtivo, pero cuya forma insolita, una vez que han llamado la atencion, incita a preguntarse como se produjeron. Totalmente alejada del resto de sus invitados, Lady Ava espera tambien, sentada en su sofa de terciopelo descolorido por el tiempo. De pie cerca de ella esta Lucky, la hermana melliza de Kim, a la que se parece de un modo extraordinario, pero que lleva un traje de seda blanca, en vez de negra como convendria a su luto reciente. (?No han perdido las dos a su padre?) Acaba de entregar a Lady Ava un sobre de papel pardo atestado de documentos, que esta ha escondido inmediatamente. Por todas partes, alrededor, se observan asi movimientos bruscos o mecanicos, miradas de soslayo, ademanes que se petrifican, inmovilidades demasiado largas o forzadas, una amortiguacion insolita de todos los ruidos, sobre los cuales resaltan a veces frases breves que suenan a falsas: «?A que hora empieza la funcion?», «?Me concede el proximo baile?», «Tomara una copa de champan», etc. Y casi todo el mundo siente una especie de alivio cuando por fin aparecen los policias con uniformes ingleses. El silencio era ademas total desde hacia varios segundos, como si el momento exacto de su salida a escena hubiera sido conocido por todos desde hacia mucho tiempo. El guion se desarrolla luego de un modo mecanico, como si se tratara de una maquina bien engrasada, bien rodada, y a partir de ese momento cada cual conociera su papel con exactitud y pudiera representarlo sin equivocarse de un segundo, sin un fallo, sin el menor tropiezo capaz de sorprender a un companero: los musicos de la orquesta -cuya pausa anunciaba ya el calderon- que abandonan a la vez sus instrumentos o los bajan con suavidad, el arco a lo largo del cuerpo, la flauta sobre el atril, el cornetin entre los muslos, los palillos cruzados sobre la piel del tambor, y Kito, la criada, que se levanta del suelo, la eurasiatica que dirige la mirada hacia adelante, el hombre gordo y colorado que pone la copa vacia en la bandeja de plata que le tiende el camarero, el soldado que se aposta ante la gran puerta, el otro soldado que cruza el salon en linea recta por entre las parejas, que dejan de bailar, sin tener que desviarse lo mas minimo para no topar con ninguna, ya que va a vigilar la salida situada al otro extremo, y, por ultimo, el teniente que se dirige sin vacilar hacia la ventana junto a la cual permanece Johnson para proceder a su detencion. Pero una cosa me inquieta ahora: el teniente, con su paso decidido, ?no se dirigira mas bien hacia la senora de la casa? ?No es mas logico detenerla antes a ella? En efecto, Lady Ava no ha ocultado, en una conversacion con Kim -en un monologo, para ser exactos, pues no hay que enganarse con las palabras, efectuado en presencia de esta ultima, como todos recordamos, mientras la anciana se prepara para acostarse-, no ha ocultado, decia, su intencion deliberada de inducir a Johnson, por medio de las exigencias exorbitantes de Lauren -metodo al parecer clasico para este tipo de reclutamiento-, de inducir a Johnson a convertirse a su vez en agente secreto de Pekin, lo cual significaria que el compromiso de Lady Ava en este sentido era mucho mas fuerte. Una solucion al problema residiria quiza en la ignorancia de la policia inglesa, o en su fair-play diplomatico, que prefiere atacar a la organizacion comunistoide conocida con los nombres de Hong Kong Libre o S.L.S. (South Liberation Soviet), cuyo papel es inexistente y sus reivindicaciones mas bien contrarias a los intereses chinos (hasta el extremo de que muchos no ven en ella mas que una fachada para ocultar algun trafico de drogas o trata de blancas), a acabar brutalmente con la accion de los verdaderos espias. En cualquier caso, cuando el teniente de la policia se presenta ante Lady Ava, y apenas efectuados los saludos de rigor, esta invita a beber con voz mundana al recien llegado, lo que no conduce a nada. Hay otro problema: ?los terminos «soldados» y «policias» no habran sido empleados un poco a la ligera para designar a los gendarmes britanicos? ?O se trataba de inspectores vestidos de paisano o de verdaderos militares en uniforme de combate de abigarrado camuflaje? Quedan por precisar, ademas, diversos puntos esenciales, por ejemplo: ?la llegada de la patrulla tuvo lugar antes o despues de la representacion teatral? Incluso quiza fue en mitad del espectaculo, en el momento en que Lady Ava, tras contar y guardar luego las bolsitas en el armario secreto, y ordenar los papeles en el escritorio, acaba, agotada, livida, vacilante, yendo a echarse en la cama. Es entonces cuando llaman a la gran puerta de hojas molduradas, una, dos, tres veces… ?Quien es el visitante imprevisto que se obstina asi sin obtener respuesta? La sala ignora evidentemente lo que pasa en el resto de la casa. Pero se abre la puerta, y la sorpresa es grande al ver a Sir Ralph entrando bruscamente. Corre a la cama… ?Llega demasiado tarde? ?Habra hecho ya efecto el veneno? Los espectadores permanecen angustiados. Sir Ralph se inclina sobre el rostro descompuesto, sosteniendo la mano de la moribunda. Lady Ava, sin verlo, con la mirada fija en el vacio en busca de un recuerdo que no logra encontrar, pronuncia palabras inconexas con inflexiones bajas y roncas, en las que destacan a veces jirones de frases mas comprensibles: sobre el lugar donde nacio, sobre su boda, sobre paises que ha visitado, o que nunca ha conocido mas que de oidas. Habla de cosas que ha hecho, de otras que hubiera querido hacer, diciendo tambien que siempre ha sido una mala actriz y que, ahora que es vieja, ya no interesa a nadie. Sir Ralph intenta reconfortarla, asegurandole que, por el contrario, ha estado muy bien esta noche, hasta el final. Pero ella ya no escucha. Pregunta si no podrian hacer menos escandalo encima de su habitacion. Oye golpes de baston. Dice que habria que subir a ver que ocurre arriba. Seguro que hay alguien enfermo, o herido, que pide auxilio. Pero al instante cambia de idea: «Es el viejo rey Boris, que se mece en su ferry…», dice. Su diccion es tan confusa que Sir Ralph no esta seguro de haberla oido bien. Despues parece mas calmada, pero su semblante se ha vuelto aun mas macilento, aun mas gris. Parece como si toda la sangre, como si toda la carne, se le fueran por dentro. Tras una pausa mas larga, bruscamente, con una claridad perfecta, inesperada, anade aun: «Las cosas nunca estan definitivamente en orden.» Despues, sin mover la cabeza, abre desmesuradamente los ojos, y pregunta donde estan los perros. Son sus ultimas palabras. Y ahora Ralph Johnson, llamado el americano, regresa una vez mas al barrio nuevo de Kowloon, a casa de Manneret. Va a probar suerte otra vez, ya que no hay nadie mas, en todo el territorio de la concesion, que sea capaz de proporcionarle la cantidad exigida para el rescate de Lauren. Si hace falta, recurrira a todos los medios para convencer al potentado. Sin pensar en tomar el ascensor, sube andando las siete plantas. La puerta del piso esta entornada, la puerta del piso esta abierta de par en par a pesar de la hora tardia, la puerta del piso esta cerrada -?que mas da?- y Manneret en persona va a abrirle; o es un criado chino, o una joven eurasiatica medio dormida a la que el campanillazo, el insistente timbre electrico, los golpes dados con los punos en la puerta han acabado sacando de la cama. ?Que importancia tiene todo esto? ?Que importancia? En todo caso, Edouard Manneret aun no esta acostado. No se acuesta nunca. Duerme vestido en su balancin. Lleva mucho tiempo sin poder dormir; los somniferos mas fuertes han dejado de hacerle efecto. Duerme tranquilamente en su cama, pero Johnson insiste para que lo despierten, espera en el salon, empuja a las criadas asustadas y entra por la fuerza en su habitacion; todo eso da lo mismo. Manneret confunde primero a Johnson con su hijo, lo confunde con Georges Marchat, o Marchant, lo confunde con el senor Chang, lo confunde con Sir Ralph, lo confunde con el rey Boris. El americano insiste. El americano amenaza. El americano suplica. Edouard Manneret se niega. Entonces el americano se saca con mucha calma el revolver del bolsillo interior derecho (?o izquierdo?) del smoking, aquel revolver que habia ido a buscar antes (?cuando?) en el armario o en la comoda de su cuarto de hotel, entre las camisas almidonadas, bien planchadas, bien blancas… Manneret lo mira y permanece impasible, sin dejar de sonreir, mientras se mece lentamente en su balancin con ritmo regular. Johnson quita el seguro. Edouard Manneret sigue sonriendo sin que se mueva un solo musculo de su cara. Se diria una figura de cera en un museo. Y su cabeza sube y baja siempre con la misma cadencia. Johnson mete una bala en la recamara y, con gesto pausado, levanta el arma en direccion al pecho que sube y baja alternativamente, como los blancos moviles en las ferias. Dice: «?De modo que no quiere?» Manneret no contesta siquiera; no parece creer que todo esto sea verdad. Johnson apunta al corazon, con cuidado, siguiendo con la mano las oscilaciones del balancin, que sube, baja, sube, baja… Asi, es facil cuando se ha cogido el ritmo. Entonces aprieta el gatillo. Dispara cinco veces seguidas: abajo, arriba, abajo, arriba, abajo. Todos los tiros han dado en el blanco. Se guarda otra vez el revolver todavia caliente en el bolsillo interior, mientras el balancin sigue su movimiento periodico, que va amortiguandose progresivamente, y corre hacia la escalera. En la oscuridad, le parece que a su paso se han abierto puertas en cada rellano, pero no esta seguro de ello. Delante de la casa, en la avenida, aparcado junto a la acera, esta el viejo taxi de los cristales subidos, esperandolo. Sin preguntarle nada al taxista, Johnson abre la puerta trasera y sube. El vehiculo arranca enseguida, para dejarlo pocos minutos despues en la estacion del ferry. El barco esta separandose del muelle; Johnson, a quien trata de contener en vano un empleado de la compania, tiene el tiempo justo de saltar a bordo, donde se halla subitamente en medio de la multitud silenciosa de hombres bajitos vestidos con monos o pijamas negros que se dirigen a su trabajo, aunque todavia no ha amanecido. Durante la travesia Johnson calcula que le queda exactamente el numero de minutos necesario para llegar al puerto de Aberdeen antes de las seis y cuarto y embarcarse en el junco. Pero cuando baja del transbordador, en Victoria, y sube a un taxi, es para que lo lleve en direccion opuesta, a la Villa Azul: no puede dejar Hong Kong sin ver a Lauren. Por ultima vez intentara convencerla de que vaya con el, aunque no ha cumplido su promesa. Quiza solo haya hecho todo eso para ponerlo a prueba… Cruza el parque con paso rapido, guiado por el resplandor azul que llega de la casa, en medio del zumbido fijo y estridente de los millones de insectos nocturnos; cruza el vestibulo, cruza el gran salon abandonado. Todas las puertas estan abiertas. Se diria que hasta los mismos criados han desaparecido. Sube la gran escalera de honor. Pero su paso se hace mas lento de peldano en peldano. Al pasar ante la habitacion de Lady Ava, encuentra tambien su puerta totalmente abierta. Entra sin hacer ruido. La viejisima senora esta acostada en su inmensa cama flanqueada por dos antorchas, que le dan un aspecto funebre. Kim permanece a su cabecera, de pie aun e inmovil; ?ha pasado asi toda la noche? Johnson se acerca. La enferma no esta dormida. Johnson le pregunta si ha ido el medico y como se encuentra. Le contesta con voz sosegada que se esta muriendo. Le pregunta si ya es de noche. Johnson contesta: «No, todavia no.» Pero ella empieza a agitarse de nuevo, moviendo la cabeza con dificultad, como si buscara algo con la mirada, y diciendo que tiene una noticia importante que anunciarle. Entonces se pone a contar que acaban de detener a los traficantes belgas, llegados recientemente del Congo, que habian instalado una fabrica de heroina… etc. Pero poco a poco pierde el hilo de su discurso y pronto se interrumpe del todo para preguntar donde estan los perros. Seran sus ultimas palabras. En el piso de arriba la puerta de Lauren esta tambien abierta. Johnson se precipita dentro, presa de un temor subito: habra ocurrido alguna desgracia durante su ausencia… Hasta llegar al centro de la estancia no advierte al teniente de policia con short de color caqui y calcetines blancos. Se vuelve de golpe y ve que la puerta se ha cerrado y que delante hay un soldado, empunando una metralleta, que le corta el paso. Con mas calma sus ojos recorren todo el cuarto. El segundo soldado, delante de la cortina corrida del mirador, lo vigila tambien atentamente, cogiendo con ambas manos la metralleta apuntada a el. El teniente tambien permanece inmovil, sin perderlo de vista. Lauren esta echada sobre el cubrecama de pieles, entre las cuatro columnas al pie del dosel que forma como un palio por encima de ella. Viste un pijama de seda dorada, cenido al cuerpo, con cuello corto subido y mangas largas, a la moda china. Acostada de lado, con una rodilla doblada, la otra pierna extendida, la cabeza apoyada en un codo, lo mira sin hacer un solo gesto, sin mover un solo musculo de su cara lisa. Y en sus ojos no hay nada. POST -SCRIPTUM ROBERTO FERNANDEZ SASTRE «El termino nouveau roman… engloba a todos cuantos buscan nuevas formas novelescas, capaces de expresar (o crear) nuevas relaciones entre el hombre y el mundo, a todos cuantos estan decididos a inventar la novela, es decir, a inventar el hombre.» ALAIN ROBBE-GRILLET Abocado desde el inicio de su carrera literaria a un riguroso proyecto de renovacion de las formas narrativas tradicionales, Alain Robbe-Grillet ha hecho correr rios de tinta y ha encendido las mas vivas polemicas. _Enfant terrible _ de la literatura francesa en los anos cincuenta; clasico de las letras contemporaneas en los anos ochenta. En cualquier caso, su obra acredita una de las trayectorias creadoras mas lucidas de las ultimas decadas. Al describir un mundo cuyas caracteristicas no han dejado de acentuarse con el transcurso de los anos (disolucion de la identidad en una sociedad masificada, fetichismo de los objetos, fagocitismo de los medios de comunicacion masiva, cultura de la imagen, etc.), Robbe-Grillet, como Kafka, se adelanto a su tiempo. Por otra parte, el conjunto de su obra demuestra una persistente «capacidad de interrogacion», dando lugar a todo genero de interpretaciones y, sin embargo, no cediendo su misterio a ninguna. El ejemplo de _Las gomas _ es claro: las interpretaciones de R. Barthes (fenomenologica y objetivista) y B. Morrissette (clasica y de sentido) iluminan, desde sus respectivos enfoques, cierta zona de la novela, pero no consiguen desvelaela integramente; el quid ultimo permanece en suspenso, interrogando al mundo. No abundaremos en interpretaciones, que las hay de todos los signos, sino que intentaremos seguir la pista del apasionante desarrollo de una empresa literaria que, como queria Barthes, mas que menos nos atane a todos: «Todos formamos parte de RobbeGrillet en la medida en que todos nos dedicamos a desentranar el sentido de las cosas.» Como es sabido, en la posguerra el mundo acelero vertiginosamente sus procesos de cambio. Muy pronto los limites de aquella concepcion de la realidad (solida, burguesa y _descifrable) _ que se arrastraba desde el siglo XIX, aunque ya en trance de bancarrota tras Marx, Freud, Einstein, Wittgenstein, Heisenberg y demas, y, en el campo especifico del arte, tras las revoluciones de principios de siglo en la pintura y la musica, acabaron por derrumbarse. La realidad habia cambiado cualitativamente, y con ella, el hombre. La literatura, sin embargo, iba a la cola de tales transformaciones y se empenaba en ofrecer la representacion-reflejo de una realidad, pretendidamente pristina, cuyo fundamento reposaba en un terreno metaliterario pleno de significaciones preestablecidas (valores y mitos ideologicos). Asi, la literatura zozobraba en una telarana de esquemas caducos y desfasados. Era mas que necesario un cambio de actitud. A principios de los anos cincuenta, en Francia se consolido el movimiento _nouveau roman, _ un grupo de autores (Robbe-Grillet, N. Sarraute, M. Butor, C. Simon, etc.) que, reunidos en las Editions de Minuit, intentaron por diversos procedimientos y tecnicas adecuar el quehacer literario al hombre y el mundo contemporaneos. Naturalmente, eran los herederos de una tradicion minoritaria cuyos nombres mas destacados son Flaubert, Dostoievski, Proust, Joyce, Kafka, Faulkner y Beckett. En aquellos anos iniciales la toma de posiciones fue extrema y terrorista. El _establishment _ literario consideraba a las nuevas novelas poco menos que ridiculos atentados a las bellas letras. Con tres novelas ya publicadas, Robbe-Grillet expuso su aguda capacidad de reflexion teorica en una serie de articulos (en _L'Express _ y luego en la _NRF_ _) _ finalmente reunidos en el volumen _Por una novela nueva, _ que, junto a _La era del recelo _ de Nathalie Sarraute, se constituyeron en manifiestos programaticos del _nouveau romano _ Asi pues, los jovenes autores no se limitaban a poner en practica sus proyectos sino que tambien los fundamentaban teoricamente, actitud inusual en el terreno de la novela. En suma, se combatieron fundadamente los elementos «oficiales» que llenaban el espacio literario (analisis psicologico tradicional, historia lineal y unitaria, «profundidades» de significado y _engagement, _ etc.) y se revalorizaron los aspectos formales, pues se entendia que solo de nuevas formas surgirian nuevos contenidos. La premisa fundamental era que la representacion inocente de un mundo estable, coherente y descifrable no se correspondia en absoluto con la realidad. Robbe-Grillet aporto innovaciones que por su dimension podrian equipararse a las experimentadas por la musica y la pintura modernas, liberando a la materia literaria de su servilismo, de su caracter de mero reflejo, copia o imitacion de una realidad preexistente. En adelante, la novela se constituiria en realidad por si misma, autonoma, regida por sus propias leyes internas. Solo esta actitud permitiria que la literatura fuera capaz de interrogar al mundo (y no, como hasta entonces, avasallado y encerrado en recetas ideologicas y morales), indagado y establecer relaciones de influencia reciproca, avanzar en su comprension y desvelamiento. Como se ve, un proyecto nada excepcional en el terreno del arte, donde desde hacia medio siglo los Picasso, Kandinsky, Schonberg, Bartok y tantos otros habian roto amarras definitivamente con el realismo tradicional y creado tendencias y movimientos en permanente evolucion. Este «retraso» de la narrativa en acceder a la modernidad debe buscarse en la compleja naturaleza de la materia utilizada: el lenguaje no es exclusivo de la literatura, sino que pertenece a todos los ambitos del conocimiento y la experiencia. Es, en suma, la materia por excelencia con que se construye el hombre y el mundo. Y por ello, a diferencia de otras artes, la materia primordial de la literatura arrastra un pesado lastre de convenciones que se fosilizan y tienden a perpetuarse. Esto resulta de primer orden para comprender el proyecto de Robbe-Grillet, centrado en despojar a la literatura de ese lastre y re inventar el lenguaje desde una perspectiva _ontologica. _ Es decir, redefinir el hombre y el mundo a partir de nuevas interrelaciones en un plano ontologico, esto es, referido a un conocimiento fundamental de la naturaleza del ser. Asi encarada, la literatura tiene como principal objetivo investigar el entramado de relaciones hombre-mundo que el lenguaje hace posible. Por lo demas, de los caracteres de tal entramado dependera en definitiva la libertad del hombre: como veremos, la libertad es un elemento clave en la obra de Robbe-Grillet, y evoluciona hacia ella a traves de una dialectica con la fascinacion del mundo (del lenguaje). Llegados a este punto cobra especial relevancia la _representacion _ que del mundo se hace la conciencia, pues en ultima instancia el mundo _es _ tal representacion. Los dos extremos de la representacion son conciencia y mundo, y si su relacion varia, tambien lo hace la representacion en su totalidad. Asi, la obra de Robbe-Grillet puede entenderse como un movimiento, un desplazamiento de la conciencia que apareja modificaciones esenciales en la representacion del mundo y, por tanto, nuevas relaciones con la realidad. Desde luego, conceptos tan aridos pueden inducir a suponer que Robbe-Grillet es un autor que abruma con abstracciones. Todo lo contrario. Robbe-Grillet se cuenta (afortunadamente) entre los escasisimos escritores que _jamas _ apelan a la «profundidad», a los escarceos filosoficos o «serios» en desmedro de la narracion lisa y llana, al extremo de que en sus novelas no se encuentra una sola palabra «trascendental» que remita a planos metaliterarios. Sin embargo, que duda cabe, la fuerza expresiva de su arte es tal que lleva al lector a interpretar, a buscar sentidos y significaciones. Seguiremos muy brevemente ese desplazamiento de la conciencia, eje sobre el que gira toda su obra, que permitira situar _La casa de citas _ en una perspectiva, ?ay!, coherente. En _Las gomas _ (1953), el detective Wallas se encarga de investigar un crimen que aun no se ha cometido y que finalmente el propio Wallas acaba cometiendo. Fiel a sus objetivos (indagar un mundo despojado de conceptos enganosos y tranquilizadores), Robbe-Grillet despliega aqui una conciencia completamente volcada al mundo exterior y fuera de si misma: una conciencia fenomenologica, intencional (en el sentido del primer Husserl): las conexiones objetivas se imponen a la conciencia, no son producto de ella. El mundo, escenificado en una ciudad laberintica, se constituye asi, valga la redundancia, en un laberinto que la conciencia se ve impulsada a desvelar. Pero toda voluntad de conocimiento lleva implicita una culpa que debe expiarse, y efectivamente Wallas la expia. Asi, el mundo se erige en destino y fatalidad. El narrador, omnisciente al estilo de Asmodeo, privilegia este o aquel punto de vista: la conciencia no posee unicidad y se dispersa en un opaco mundo objetivo que funciona como un perfecto mecanismo de relojeria en el que aquella giraria eternamente si el propio mundo no introdujera un _decalage _ que, por un instante, rompe su pesadillesca simetria. En suma, una conciencia desamparada, lanzada de pronto a un mundo de objetos inmediatos y carentes de significacion convencional, pero animados de un sentido que escapa a la conciencia: de ahi el sesgo tragico de _Las gomas. _ Conforme a este dominio absoluto del mundo sobre la conciencia, el lenguaje solo describe y designa: no constituye, no da ser, sino que se limita a constatar la presencia de un ser opaco e inextricable. En _El miron _ (1955), el viajante de comercio Mathias comete un crimen en una isla poco habitada y al final consigue _escapar _ impune. Aqui la conciencia da un primer paso, replegandose sobre si y ampliando el campo de su libertad: ya no estara a la completa merced del mundo exterior. La sombria atmosfera de la ciudad da paso a una isla donde prevalece la luminosidad, que si bien acentua la presencia de los objetos tambien permite a la conciencia servirse de ellos. El narrador _utiliza _ al mundo como medio para borrar las huellas del crimen. La conciencia se fortalece y el mundo cede terreno: la opacidad de los objetos ya no representa una amenaza ni abriga un secreto por el que luego la conciencia tenga que pagar (como en _Las gomas). _ Por el contrario, en esta novela la culpa esta ausente (aunque, paradojicamente, la trama verse sobre la ocultacion de un crimen) desde que no hay busqueda del conocimiento sino lo contrario: ocultacion del conocimiento, una puesta en escena tendente a ocultar, no a desvelar. Asi pues, en _El miron _ el mundo comienza a ser escenario de la conciencia. Y el lenguaje ya no solo denota, sino que tambien constituye un ser, una realidad: la de Mathias, que, literalmente, «construye» su propia evasion. La conciencia, ahora limitada al punto de vista del narrador, adquiere unicidad y es capaz de orientarse y valerse del mundo, que pierde asi caracter de amenaza inescrutable. Con todo, es una relacion de tension entre dos entes que todavia se representan como independientes y enfrentados. Todavia la conciencia _necesita _ integramente del mundo para constituirse. En _La celosia _ (1957), ambientada en un pais tropical, un marido celoso es testigo ocular y testigo imaginario de una ambigua relacion entre su mujer y otro hombre, a partir de la cual elabora obsesiones y fantasias. Aqui Robbe-Grillet consigue un tenso equilibrio entre objetividad y subjetividad: conciencia y mundo dividen sus fuerzas como si cada uno tirara del extremo de una soga y solo eso permitiera el equilibrio. La conciencia se ha replegado al punto de que el protagonista es capaz de experimentar y _crear _ el mundo espiandolo inmovil desde detras de una celosia (en las novelas anteriores los personajes se veian obligados a adentrarse _en _ el mundo). Mundo y conciencia estan ahora en pie de igualdad: se necesitan y se metamorfosean en una clara dialectica entre dos fuerzas equivalentes, fascinadoras y fascinadas alternativamente. No obstante, no se fusionan, aunque ya no sean presencias completamente extranas. La conciencia, en su repliegue con respecto a la novela anterior, es capaz de influir al mundo con su propia materia (obsesiones, alucinaciones, fantasias), ampliando de ese modo su libertad. El lenguaje se constituye en supremo hacedor. Asi, estamos muy lejos tanto del mundo amenazador y omnipotente _(Las gomas) _ como del neutro pero absolutamente necesario a efectos de la conciencia _(El miron). _ Por lo demas, el titulo alude claramente a este equilibrio objeto-sujeto. _En el laberinto _ (1959) narra las vicisitudes de un soldado que regresa de la guerra a una ciudad desconocida con la mision de entregar un misterioso paquete a cierta persona a la que tampoco conoce. Robbe-Grillet llega aqui al final del camino iniciado en _Las gomas. _ Toda la novela responde a los impulsos de la conciencia, que ha ampliado su libertad al extremo de no necesitar ya del mundo objetivo, sino que por si misma _lo crea completamente. _ Si en _La celosia _ la conciencia espiaba el mundo y lo metamorfoseaba a raiz de esa vision, aqui permanece encerrada en una habitacion, y crea la novela (el mundo) a partir de un objeto de la habitacion (un cuadro). Absoluto predominio de la subjetividad. El mundo objetivo se convierte en producto de la conciencia, que se sirve de la omnipotencia de la imaginacion en una historia que, paradojicamente, es la mas clara y lineal. En las antipodas de _Las gomas, _ asistimos al extravio del mundo en los recovecos y laberintos de la conciencia. Esta novela, asi pues, es la culminacion del movimiento de la conciencia en su intento por aprehender la realidad. Aqui la conciencia es tan poderosa que podria asimilarse a la concepcion de los realistas medievales, para quienes ninguna diferencia existe entre los elementos del pensamiento y los fenomenos del mundo. A lo largo de estas cuatro novelas los extremos de la representacion (conciencia-mundo) han terminado por intercambiar sus posiciones iniciales, descubriendo en esa trayectoria posibles relaciones que la realidad establece con el hombre. No obstante, en este proceso de cambio conciencia y mundo han permanecido siempre como entes antagonicos y enfrentados. El triunfo inicial del mundo en _Las gomas _ acaba en ruidosa derrota en _En el laberinto _ (precisamente el cuadro que origina la novela se titula «La derrota de Reichenfels»). A Robbe-Grillet ya no le era posible continuar por este camino, agotado en todas sus posibilidades. A este respecto, es significativo que las cuatro novelas se publicaron consecutivamente cada dos anos, mientras que hasta _La casa de citas _ transcurre un parentesis de seis anos. En ese periodo, aparte los textos breves recogidos en _Instantaneas, _ Robbe-Grillet se dedico preferentemente a su vocacion de cineasta, escribiendo el guion de _El ano pasado en Marienbad _ y dirigiendo su guion _La inmortal. _ Sin duda fue necesario un periodo de reflexion y maduracion de la nueva etapa que preparaba para su narrativa. Las expectativas ciertamente no defraudaron. En _La casa de citas _ (1965) la accion irrumpe simultaneamente en todas direcciones y en diferentes planos de la realidad (finamente entrelazados), y permanece animada de esa fuerza centrifuga hasta el desenlace, arrastrando consigo al lector en una especie de fascinacion por el vertigo. Se trata de un juego magistral y brillante, tras del cual se advierte un cambio radical de enfoque en la representacion: mundo y conciencia, antes enemigos irreconciliables, se entre cruzan en numerosas perspectivas dando origen a una realidad indisolublemente objetiva-subjetiva. Superacion cualitativa de la encerrona a que condujo _En el laberinto. _ La libertad ha ganado finalmente la apuesta: esa conciencia que en las novelas anteriores se despojo tan estricta y asceticamente del lastre reaccionario de la literatura, y que poco a poco tambien se libro del mundo hasta llegar a creado integramente, ahora esta en condiciones de participar activamente en el no ya mediante el enfrentamiento y la tension sino formando un todo inseparable. De este modo, el lenguaje engulle al mundo y lo convierte en una estructura abierta que da lugar a una reflexion sobre el hombre contemporaneo, tan divertida como rigurosa. Aqui encontramos una dialectica fluida, un perfecto equilibrio mundo-conciencia basado en una relacion de armonia. Y el ser humano, hoy en dia parte de un mundo estratificado en diversos planos simultaneos, es objeto y sujeto de numerosas lecturas: la realidad ya no es reconocible en una unica e indivisible categoria, sino en intrincados laberintos (esterilizados de culpa) y codigos en continuo proceso de mutacion. _La casa de citas _ asume plenamente esa suerte de caos (cultura de masas, audiovisual, cinetica, _kitsch; _ estereotipos del erotismo, la violencia, las pasiones, las drogas…) y lo moldea con un aliento expresivo que, como siempre en Robbe-Grillet, tiende a interrogar su sentido ultimo. De ahi un arte verdaderamente combinatorio (ajeno por completo al caduco experimentalismo meramente formal) que en sucesivos pases de prestidigitador privilegia este o aquel plano (no ya como Asmodeo, pues aqui estan en juego _categorias _ de la representacion), conforme el foco lo ilumina, obligando a una readaptacion de los elementos momentaneamente oscurecidos: la clave de un personaje puede radicar de pronto en una vineta de comic, o un escenario convertirse en platea y viceversa, etc. Por tanto, la voz narradora no es univoca y danza al compas de ese mundo al que ahora pertenece de pleno derecho: por ejemplo, los personajes, inmersos en esa voragine, pueden llegar a perder o confundir algunas letras de su nombre, hecho que quiza resulte fundamental para la accion (o no), pero, en todo caso, la voz narradora (la conciencia) ya no tiene capacidad para enmendar, no posee _mas _ fuerza decisoria que ese nombre de pronto modificado: ambos son objeto y sujeto segun la situacion, en pie de igualdad. Asi pues, _La casa de citas _ consigue un perfecto equilibrio a efectos de registrar el mundo actual con plena libertad y sin tergiversarlo. El rigor de esta novela no perjudica su humorismo. Sirva este ejemplo: en la advertencia inicial el autor se introduce subitamente en su propia ficcion, asegurando que «ha pasado la mayor parte de su vida» en Hong Kong, cuando de hecho no es asi (los conocedores de su obra advertiran aqui un guino de direccion opuesta al de su pelicula _El hombre que miente, _ cuando Trintignant, protagonista del film, irrumpe en un tren en el que viajan Robbe-Grillet -colado circunstancialmente en la trama, a lo Hitchcock- y sus acompanantes, uno de los cuales pregunta quien es -naturalmente, pregunta por el personaje que encarna Trintignant-. Robbe-Grillet contesta: «Es Jean-Louis Trintignant.»). En suma, esta novela reinventa el lugar comun y plasma una endiablada casa de los espejos. Como Warhol, la sobrevaloracion del lugar comun permite a Robbe-Grillet sacarle un nuevo partido y restituirle su capacidad poetica. Por ultimo, apuntar que _La casa de citas _ descubre nitidamente los vinculos de Robbe-Grillet con el surrealismo (es archiconocida su admiracion por Magritte). Tres puntos. Uno: en el _Primer Manifiesto _ Breton senala: «Lo que hay de admirable en lo fantastico es que cesa lo fantastico: solo hay lo real.»Dos: una de las maximas aspiraciones surrealistas fue conseguir una relacion armoniosa entre objeto y sujeto. Tres: el surrealismo reivindico la imaginacion creadora como elemento clave para la liberacion total del hombre. Pues bien, todo ello, a su manera, esta presente en _La casa de citas: _ los poderes del sueno, el deseo y la imaginacion, aunados a un perfecto ensamble objeto-sujeto, plantean aqui una saludable duda sobre lo real, y nos animan en la comprension de nosotros mismos, por lo demas, reactivando energicamente aquellos _vases communicants _ tan queridos por Breton. A _La casa de citas _ (titulo que alude sin duda al mundo contemporaneo: casa de citas donde las mas diversas dimensiones de la realidad confluyen atropelladamente) siguieron una serie de novelas igualmente logradas _(Proyecto para una revolucion en Nueva York, Topologia de una ciudad fantasma, Recuerdos del triangulo de oro, Djinn) _ , asi como una importante filmografia, pero ello excede los limites de estas notas. Solo nos resta agregar que el conjunto de la obra de Alain Robbe-Grillet constituye un aporte fundamental, en el terreno del arte, a la elucidacion del hombre y sus relaciones con el mundo. Hemos obviado (mal que nos pese) toda interpretacion de sentido en tanto consideramos que tal cosa interferiria con el lector de esta novela, determinandolo en algun sentido. A fin de cuentas, lo realmente apasionante sigue siendo leer a Robbe-Grillet y no lo que se ha escrito sobre Robbe-Grillet. Читайте больше книг на сайте онлайн-библиотеки mir-knigi.org