Автор : Maalouf Amin Название книги: Los Jardines De Luz Читать на сайте: https://mir-knigi.org/author/maalouf-amin/los-jardines-de-luz Titulo original: Les jardins de lumiere Traductora: Maria Concepcion Garcia-Lomas _La piedra que desecharon los constructores es ahora la piedra angular._ Salmos Prologo Al contrario que el Nilo, que se puede descender llevado por la corriente o remontar a vela, el Tigris es un rio de sentido unico. En Mesopotamia, los vientos corren, como las aguas, de la montana hacia el mar, nunca hacia tierra adentro, hasta tal punto que las barcas, a la ida, deben cargar con asnos y mulas que puedan remolcarlas a la vuelta por los secos caminos, como bamboleantes y azarados cascarones, hasta su lugar de atraque. En el extremo norte, donde nace, el Tigris indomito corre entre las rocas y solo algunos barqueros armenios se atreven a navegarlo, con los ojos clavados en las efervescencias de las perfidas aguas. Extrana arteria en la que los navegantes no se cruzan, no se adelantan, no intercambian saludos ni consignas. De ahi esa impresion embriagadora de navegar solo, sin demonio protector, sin otra escolta que las palmeras de las orillas. Luego, al llegar a la ciudad de Ctesifonte, metropoli del pais de Babel y residencia de los reyes partos, el Tigris se calma, la gente puede acercarse a el sin respeto, ya no es mas que un gigantesco brazo fluido que se puede cruzar de una orilla a otra en unos serones redondos de fondo plano en los que se amontonan hombres y mercancias y que se hunden hasta la borda y a veces giran como trompos sin que por ello naufraguen, vulgares cestos de junco trenzado que despojan al rio del Diluvio de su imponente aspecto. Es entonces tan manso que pueden chapotear en el unas siniestras parejas abrazadas: pellejos de animales decapitados, vaciados, recosidos y luego inflados, a los que se aferran cuerpo a cuerpo los nadadores, como para una danza de supervivencia. La historia de Mani comienza al alba de la era cristiana, menos de dos siglos despues de la muerte de Jesus. A las orillas del Tigris han quedado rezagados multitud de dioses. Algunos emergieron del Diluvio y de las primeras escrituras, otros vinieron con los conquistadores o con los mercaderes. En Ctesifonte, pocos fieles reservan sus plegarias para un unico idolo, sino que van de templo en templo dependiendo de las celebraciones. Se acude al sacrificio de Mitra para merecer una parte del festin; luego, a la hora de la siesta, se busca un rincon de sombra en los jardines de Istar y, al final del dia, se va a merodear por los alrededores del santuario de Nanai para acechar la llegada de las caravanas; es junto a la Gran Diosa donde los viajeros encuentran refugio para pasar la noche. Los sacerdotes los reciben, les ofrecen agua perfumada y luego les invitan a inclinarse ante la estatua de su bienhechora. Aquellos que vienen de lejos pueden dar a Nanai el nombre de una divinidad familiar; los griegos la llaman a veces Afrodita, los persas Anahita, los egipcios Isis, los romanos Venus, y los arabes Allat; para todos es madre nutricia y su seno generoso huele a la calida tierra roja regada por el rio eterno. No lejos de alli, sobre una colina que domina el puente de Seleucia, se yergue el templo de Nabu. Dios del conocimiento, dios de lo escrito, vela por las ciencias ocultas y visibles. Su emblema es un estilete, sus sacerdotes son medicos y astrologos y sus fieles depositan a sus pies tablillas, libros o pergaminos que el acepta mas gustoso que cualquier otra ofrenda. En los gloriosos dias de Babilonia, el nombre de este dios precedia al de los soberanos, que por eso se llamaban Nabonasar, Nabopolasar, Nabucodonosor… Hoy, solo los letrados frecuentan el templo de Nabu, el pueblo prefiere venerarle a distancia; cuando la gente pasa por delante de su portico para acudir ante otras divinidades, apresura el paso lanzando furtivas y temerosas miradas hacia el santuario, ya que Nabu, dios de los escribas, es tambien el escriba de los dioses, el unico encargado de inscribir en el libro de la eternidad los hechos pasados y venideros. Algunos ancianos, al bordear la pared ocre del templo, se tapan el rostro precipitadamente. Quiza Nabu haya olvidado que estan aun en este mundo, ?por que recordarselo? Los letrados se rien de los temores de la multitud. Ellos, que aman la sabiduria mas que el poder o la riqueza, mas incluso que la felicidad, se jactan de venerar a Nabu mas que a cualquier otro dios. El miercoles, dia consagrado a su idolo, se reunen en el recinto del templo. Copistas, negociantes o funcionarios reales forman pequenos corros animados y locuaces que deambulan, cada uno segun sus costumbres. Unos toman la avenida central y rodean el santuario para desembocar en el estanque oval donde nadan los peces sagrados. Otros prefieren la avenida lateral, mas umbria, que lleva al cercado donde estan encerrados los animales para el sacrificio. De ordinario, gacelas, corderos, pavos reales y cabritos andan sueltos por los jardines; solo permanecen encerrados algunos toros y dos lobos cautivos; pero la vispera de las ceremonias, los esclavos que dependen del templo reunen a los animales para dejar libres las avenidas y prevenir la caza furtiva. Entre los paseantes del miercoles, se reconoce facilmente a Pattig. Unas piernas enfundadas en un pantalon con forma de tubo, plisado a la moda persa, unos brazos delgados que revolotean bajo una capa de brocado y, coronando esta silueta endeble, envuelta en colores vivos, una cabeza que parece robada a una estatua de gigante: barba oscura abundante, rizada como un racimo de uvas, y cabellera espesa y esponjada, sujeta en la frente por una banda de sarga bordada con la insignia de su casta, la de los guerreros, que es solo una reliquia, ya que Pattig no ejerce ya ni la guerra ni la caza. En sus ojos se ha apagado toda violencia y sus labios estan constantemente agitados por un temblor, como si una pregunta, contenida durante mucho tiempo, se dispusiera a brotar. Aunque apenas tiene dieciocho anos, este hijo de la alta nobleza parta estaria rodeado de una gran consideracion si su mirada no trasluciera un candor infantil que le despoja de toda majestad. ?Como no recibir con sonrisas condescendientes a aquel que irrumpe ante un desconocido y se presenta en estos terminos: «Soy un buscador de la verdad»! Precisamente con estas palabras se ha dirigido Pattig, este miercoles, a un personaje totalmente vestido de blanco que se mantiene apartado, inclinado sobre el estanque oval, y que lleva en la mano un largo baston nudoso, rematado por una empunadura colocada de traves que golpetea con un movimiento protector. – Buscador de la verdad -repite el hombre sin burla aparente-. ?Como no serlo en este siglo en el que tanta devocion se codea con tanta incredulidad! El joven parto se siente en terreno amigo. – Mi nombre es Pattig. Soy originario de Ecbatana. – Y yo soy Sittai, de Palmira. – Tus ropas no son las de la gente de tu ciudad. – Tus palabras no son las de la gente de tu casta. El hombre ha acompanado su replica con un gesto de irritacion. Pattig, que no ha notado nada, prosigue: – ?Palmira! ?Es verdad que han erigido alli un santuario sin estatua, consagrado «al dios desconocido»? El otro deja transcurrir un largo rato antes de responder con evidente desgana: – Eso dicen. – ?Asi que jamas has visitado ese lugar! Sin duda hace mucho tiempo que abandonaste tu ciudad. Pero el palmireno se contenta con un carraspeo. Sus rasgos se han endurecido y mira a lo lejos como para divisar a un amigo que se hubiera retrasado. Pattig no insiste. Susurra una palabra de despedida y se une al corro mas proximo sin dejar de vigilar al hombre con el rabillo del ojo. Aquel que se ha identificado como Sittai permanece en el mismo lugar, solo, jugueteando con su baston. Cuando le ofrecen una copa de vino, la toma, aspira su perfume y hace ademan de llevarsela a los labios, pero Pattig observa que en cuanto el sirviente se aleja, derrama la bebida al pie de un arbol hasta la ultima gota; cuando le presentan una brocheta de langostas asadas, la actitud es la misma: comienza por rechazarla y, puesto que insisten, toma una y pronto la deja caer por detras de el, hundiendola luego en el suelo de un taconazo antes de inclinarse sobre el estanque para enjuagarse los dedos. Absorto en ese espectaculo, Pattig no escucha a sus interlocutores que, irritados, se apartan de el. Solo le distrae la voz de un joven sacerdote clamando que la ceremonia va a comenzar e invitando a los fieles a apresurarse hacia la gran escalinata que lleva al santuario. Algunos tienen aun en la mano una copa o un vaso y conversan mientras caminan, pero sus pasos pronto se aceleran, ya que nadie quiere perderse los primeros momentos de la celebracion. Sobre todo, hoy. En efecto, se ha corrido el rumor de que, la vispera, Nabu se habia agitado en su pedestal, senal manifiesta de su deseo de moverse. Hasta parece que se vieron gotas de sudor que le corrian por las sienes, la frente y la barba, y que el Gran Sacerdote le habia prometido de rodillas organizar una procesion ese miercoles a la puesta del sol. Segun una antigua tradicion, Nabu conduce el mismo sus cortejos; los sacerdotes se contentan con llevarlo, con los brazos estirados, muy alto por encima de sus cabezas, y el dios, con imperceptibles empujones, les indica la direccion que deben tomar. Algunas veces, les hace ejecutar una danza, otras, un largo trayecto rectilineo que les lleva a un lugar donde exige que se le deposite. Sus menores movimientos son otros tantos oraculos que los adivinos tonsurados se comprometen a interpretar; porque el idolo habla de cosechas, de guerras y de epidemias, dirigiendo a veces a este o a aquel personaje unas senales de alegria o de muerte. Mientras los fieles penetran por grupos en el santuario y el canto de los oficiantes va ganando en amplitud, Sittai, que se ha quedado solo afuera, pasea de un lado a otro por el atrio que lleva desde la gran escalinata a la puerta oriental. El sol no es ya mas que una cresta de ladrillo ardiente, lejos, mas alla del Tigris; los portadores de antorchas forman un semicirculo en torno al altar, los sacerdotes inciensan la estatua de Nabu, los chantres recitan un encantamiento, acompanandose de un monotono timbal: _?Nabu, hijo de Marduk, esperamos tus palabras! _ _?De todas las regiones, hemos venido a contemplarte!_ _?Cuando preguntamos, eres tu quien responde! _ _?Cuando buscamos refugio, eres tu quien protege! _ _?Tu eres el que sabe, tu eres el que dice! _ _?Quien mas que tu merece que le sigan?_ _?Quien mas que tu merece nuestras ofrendas? _ _Nabu, hijo de Marduk, planeta resplandeciente, _ _Grande es tu lugar entre los dioses._ Nabu sonrie a la luz temblorosa de las antorchas, sus ojos parecen clavados en la afluencia de fieles, sobre los que reina de pie, con su larga barba que le llega hasta la mitad del pecho, enfundado en una cenida coraza y en su tunica de madera veteada que se ensancha formando un pedestal. Se acercan seis sacerdotes, desplazan la estatua y la instalan sobre unas andas de madera que izan hasta sus hombros y luego mas alto, por encima de sus cabezas. Mientras se forma la procesion, el dios se eleva a cada paso hasta flotar en el aire. Sus porteadores le encuentran muy ligero; con las manos extendidas, apenas le rozan y el dios parece flotar por encima de la multitud que se apretuja con gritos de extasis. Los porteadores giran sobre si mismos, luego dibujan un circulo mas amplio antes de dirigirse hacia la salida. Los fieles se apartan. Ahora la procesion esta fuera, en el pequeno atrio. El dios efectua una corta danza alrededor del pozo de las aguas lustrales y avanza hacia la escalinata. En ese momento, un sacerdote tropieza y se esfuerza por recobrar el equilibrio, pero ya el siguiente se tambalea a su vez y se desploma. La estatua, sin sujecion, parece saltar hacia la monumental escalera por la que rueda dando brincos, seguida por las miradas de la multitud petrificada. Por muy guerrero, por muy parto que sea, Pattig no puede contener las lagrimas. No es el funesto presagio lo que le abruma. Para el se trata de otra cosa: es su fervor el que ha sido insultado. Ha querido creer en Nabu; semana tras semana, experimentaba la necesidad de contemplarle, macizo en su trono, infalible, sin edad, sonriendo a la decadencia de los imperios, haciendo caso omiso de las calamidades. ?Y, bruscamente, esta caida! Sin embargo, se le ocurre una idea que le impide abandonarse a las lamentaciones. Arrodillandose en el lugar del drama, no tarda en descubrir, clavado entre dos losas de marmol, un trozo de baston. Lo extrae, lo examina y no le cabe la menor duda de que la punta superior ha sido aserrada. «?Maldito palmireno!», murmura Pattig que recuerda a Sittai paseandose por el atrio, deteniendose y clavando su baston en el suelo antes de retorcerlo y arrancarlo como se haria con una mala hierba. Pattig se levanta y busca inutilmente con los ojos, a su alrededor, al hombre del traje blanco. «?Maldito palmireno!», refunfuna una vez mas, tentado de gritar «al asesino», «al deicida», de lanzar a la exaltada muchedumbre en persecucion del sacrilego. Pero los sacerdotes suben ya, llevando con inutiles precauciones las piezas rotas de la estatua, un trozo de brazo pegado aun al hombro, un mechon de barba colgado de un lobulo de la oreja… La colera de Pattig se transforma en tristeza resignada. Casi le reprocha a Nabu ofrecer semejante espectaculo. Se aleja, dispuesto a vagar hasta el alba por los senderos del templo. Por instinto, sus pasos toman de nuevo el camino del estanque oval y, con los ojos aun llenos de lagrimas, mira hacia el lugar donde se encontraba aquel hombre maldito. Alli esta Sittai. En la misma losa. En la misma postura. Tan blanco como siempre, desde el gorro hasta las sandalias, golpeando con la mano la empunadura de un baston singularmente corto. Pattig se planta ante el, le coge por la tunica y le zarandea: – ?Ay de ti, palmireno! ?Por que has hecho eso? El hombre no deja traslucir ni sorpresa ni inquietud y tampoco intenta soltarse. Su elocucion es tranquila y firme. – Si es verdad que Nabu ha guiado los pasos de sus sacerdotes, es el quien les ha hecho tropezar. ?O bien ignoraba, a pesar de su omnisciencia, que yo habia roto mi baston en aquel lugar? – ?Por que le guardas rencor al dios Nabu? ?Te ha castigado de alguna manera? ?Se ha negado a salvar a un hijo enfermo? – ?Guardar rencor a esa viga esculpida? No puede ni afligir ni curar. ?Que podria hacer Nabu por ti o por mi si no puede hacer nada por el mismo? – ?Y ahora blasfemas! ?No respetas la divinidad? – El dios que yo adoro no se cae, no se rompe, no teme ni mi baston ni mis sarcasmos. Solo el merece un fervor como el tuyo. – ?Cual es su nombre? – Es el quien da los nombres a los seres y a las cosas. – ?Y por el has roto la estatua? – No, la he roto por ti, hombre de Ecbatana. Tu que buscas la verdad, ?la esperas aun de la boca de Nabu? Pattig abandona la lucha y con aire ausente va a sentarse, ya vencido, en el borde del estanque. Sittai avanza hacia el y le pone la mano abierta sobre la cabeza. Un gesto de posesion al que acompanan estas palabras: – La verdad es una amante exigente, Pattig, no tolera ninguna infidelidad; a ella le debes toda tu devocion, todos los momentos de tu vida son suyos. ?Es realmente la verdad lo que buscas? – ?Nada mas que eso! – ?La deseas hasta el punto de abandonar todo por ella? – Todo. – Y si fuera a ti a quien se le pidiera manana romper un idolo, ?lo harias? Pattig se sobresalta y se echa atras. – ?Por que tendria que ofender a Nabu? En este templo me han recibido como a un hermano, he compartido su vino y su carne y, a veces, alrededor de este estanque, las mujeres me han abierto los brazos. – A partir de este dia, no beberas vino, no volveras a comer carne y no te acercaras a ninguna mujer. – ?A ninguna mujer? ?He dejado una esposa en mi pueblo de Mardino! Es una suplica, Pattig esta desconcertado, pero Sittai no le deja un instante de respiro: – Tendras que abandonarla. – Va a dar a luz dentro de unas semanas. ?Estoy impaciente por ver a mi primer hijo! ?Que padre seria si los abandonara? – Pattig, si realmente es la verdad lo que buscas, no la encontraras en el abrazo de una mujer ni en los vagidos de un recien nacido. Ya te lo he dicho, la verdad es exigente; ?la deseas aun o has renunciado ya a ella? * * * Cuando, corriendo a su encuentro hasta el camino alto se lanza a su cuello, jadeante, y el la rechaza friamente con las dos manos, Mariam se dice que su marido, por pudor, no quiere que el extranjero que le acompana sea testigo de sus efusiones. Con todo, se siente un poco herida, pero se guarda de demostrarlo y ordena que lleven a los dos hombres unos lebrillos de agua y toallas para que puedan lavarse el polvo de los caminos. Ella se escabulle tras una colgadura. Cuando reaparece, una hora mas tarde, es un verdadero festin lo que lleva a la terraza. Mientras ella avanza con las primicias, dos copas del mejor vino de la tierra de Mardino, un sirviente la sigue cargado con una gran bandeja de cobre donde se superponen platos y escudillas. Totalmente concentrado en escuchar al hombre de blanco que le habla a media voz, Pattig no les ha oido acercarse. Mariam hace senas al sirviente de que no haga ningun ruido al colocar los manjares sobre la mesa baja. Si dos platos se entrechocan, esboza una mueca, pero inmediatamente se tranquiliza con el espectaculo de esas golosinas a las que Pattig es tan aficionado: yemas de huevo duro rematadas con una gota de miel, lonchas finas de faisan con pure de datiles… Los dias en que su hombre va a Ctesifonte, Mariam ocupa asi su tiempo, ingeniandose en prepararle los mas sabrosos manjares; de esa manera, el tendra siempre prisa por volver, y si esta con amigos, antes que ir a una taberna descuidando sus obligaciones, los traera orgullosamente a su casa, seguro de que alli estaran mejor atendidos que los comensales de un rey. Despues de una ultima ojeada para verificar que todo esta en su sitio, Mariam va a sentarse en un cojin al otro extremo de la habitacion. A veces, cuando su marido esta solo, cena con el; nunca cuando tiene invitados, pero apenas se aleja, preocupada en comprobar a cada instante que a los comensales no les falte de nada. Transcurren unos largos minutos. Absortos en su charla, Pattig y Sittai no han tendido aun la mano hacia la mesa. ?Se han dado cuenta siquiera del festin que se les ofrece? ?Han olido el aroma que invade la terraza? Mariam se apena en silencio. Aunque se hubieran parado en el camino para comer, deberian al menos, por pura cortesia, tomar una albondiga, una aceituna, un sorbito de esas copas que ha colocado justo delante de ellos. Pero ahora el invitado saca de debajo de su tunica una especie de chal que extiende sobre sus rodillas, extrae de el un pan negruzco, lo parte y se lleva un trozo a la boca. Mariam contiene la respiracion. ?Asi que ese individuo desdena todo lo que ella ha preparado para mordisquear un vulgar pedazo de pan! Y eso no es todo. Ahora desenrolla mas el chal, saca de el dos pequenos pepinos arrugados y los moja en una garrafa de agua antes de darle uno a su anfitrion. Pattig, visiblemente azarado, se queda con la hortaliza en la mano, pero el palmireno mastica la suya ostensiblemente. No pudiendo aguantar mas, Mariam se acerca al extrano personaje. – ?Hay algo en esta comida que incomode a nuestro invitado? El hombre no dice nada y aparta la mirada. Pattig interviene: – Nuestro huesped no puede comer estos alimentos. Mariam contempla la mesa con desolacion. – ?De que alimentos hablas? Hay aqui tantas cosas diferentes. Platos cocinados con aceite, otros con grasa, otros asados o cocidos, carnes, verduras crudas e incluso pepinos. ?Nuestro invitado no puede tocar nada de todo esto? – No insistas, Mariam, vete, estas importunando a nuestro huesped. – ?Y tu, Pattig, no tienes hambre despues de haber caminado? Con un movimiento de la mano, su marido repite el mismo gesto de alejamiento que hizo al llegar y anade: – Llevate todo esto, Mariam, ni el ni yo tenemos hambre, no deseamos ningun alimento. ?No puedes dejarnos solos? Mariam no ha esperado a salir de la habitacion para estallar en sollozos. Corre hacia su cuarto sujetandose el vientre como si este fuera a rodar a sus pies. La anciana Utakim, su sirvienta, su unica amiga, que se ha apresurado a reunirse con ella, la encuentra sentada en el suelo aturdida, respirando agitada y quejumbrosamente. – Entonces es verdad lo que dicen de los hombres; ?basta un maleficio, un encuentro, un elixir, para que su amor aparezca, para que su amor se vaya! Utakim ha visto nacer a Mariam. Cuando su madre murio de parto, fue ella quien la amamanto, y la vispera de su boda, fue ella quien la vistio y la maquillo. ?Quien mejor que ella podria consolarla? – Ya conoces a tu hombre; en cuanto una idea le preocupa, se olvida de comer, comienza a palidecer, a adelgazar, como si estuviera enamorado. ?Acaso no sabes que es asi? Hoy tiene a ese visitante y se alimenta de sus palabras, pero manana lo habra olvidado y sera de nuevo un amante insistente, un padre impaciente. Asi es como siempre ha sido y asi es como lo has amado. – ?Sus ojos, Utakim, tu no has visto sus ojos! Por lo general, me basta con que se crucen con los mios un instante para olvidar dolores e inquietudes. Si sus ojos me hubieran hablado, habria ignorado las palabras de su boca y los gestos de sus manos. Pero esta noche, sus ojos no me han dicho nada. Utakim la reprende con desenvoltura: – ?No sabes que un hombre nunca es carinoso en presencia de un extrano? El huesped se ira pronto a dormir y nuestro senor vendra a reunirse contigo. ?Vamos, dejame deshacerte las trenzas! Mariam se abandona a las manos que no han cesado de acunarla. La noche esta cayendo y su hombre vendra. Jamas en el pasado abandono su lecho. La muchacha se ha recostado apoyando la cabeza en un cojin y los pies descalzos en otro mas alto. Utakim se sienta justo al borde de un cofre situado a su cabecera y toma entre sus manos los dedos de su senora, que acaricia lentamente y se lleva a los labios de cuando en cuando. Su mirada llena de amor envuelve el rostro rosaceo enmarcado por una cabellera con reflejos malva. Desearia decirle: «Te conozco bien, Mariam. Tienes las manos lisas de las hijas de los reyes y el corazon fragil de aquellas a las que un padre ha amado demasiado. Cuando eras nina, te rodearon de juguetes; ya nubil, te cubrieron de joyas y te entregaron al hombre que habias elegido. Luego, viniste a vivir a esta tierra de abundancia y tu marido te cogio de la mano. Como el primer dia, caminais juntos por los huertos que os pertenecen donde, cada estacion, hay mil frutos que recoger. Y tu vientre lleva ya al hijo. Pobre nina, vives tan feliz desde hace tanto tiempo que te basta con sospechar en los ojos de tu hombre la menor ausencia, el alejamiento mas pasajero, para perder pie y que a tu alrededor el mundo se ensombrezca». Utakim dibuja de nuevo con los dos pulgares las cejas sudorosas de la que, para ella, sera siempre una nina, y Mariam, que comenzaba a adormecerse, abre los ojos e implora a la sirvienta, que se va a buscar noticias. – Estan hablando, no paran de hablar. O mas bien, es el visitante quien diserta y nuestro senor evita interrumpirle. Si Mariam no hubiera tenido la mente tan ofuscada, habria descubierto en la voz de Utakim el temblor de la mentira. Era verdad que la sirvienta habia oido un rumor de conversacion, pero los dos hombres no estaban ya en la terraza y Pattig habia ordenado que le extendieran una estera en la habitacion de los invitados para pasar alli la noche. A su vez, Utakim esta tan preocupada que no puede conciliar el sueno, pero finge que duerme, una vieja treta de nodriza que daba muy buenos resultados cuando Mariam era nina y que sigue siendo eficaz. Verdad es que, por muy esposa y futura madre que sea, su senora apenas tiene mas de catorce anos. Muy pronto, su respiracion se hace mas lenta, mas reguiar, aunque, de cuando en cuando, un hipido hace recordar que la nina se ha dormido desconsolada. El aceite de la lampara colgada de la pared acaba de consumirse, cuando Mariam se incorpora de un salto. – ?Mi hijo! ?Me han quitado a mi hijo! Grita y se agarra con rabia a las sabanas. Utakim la sujeta firmemente por los hombros. – ?Has tenido una pesadilla, Mariam! Nadie te ha quitado a tu hijo, esta ahi en tu vientre, bien protegido y no sabemos si sera un hijo o una hija. Mariam no se tranquiliza. – Se me ha aparecido un angel. Volaba y zumbaba como una enorme libelula y luego se poso delante de mi. Cuando quise huir, me dijo que no tuviera miedo y, por otra parte, parecia tan dulce que le deje que se me acercara. De pronto, como un relampago, extendio unas manos que parecian garras y me arrebato el hijo de mis entranas para volar con el hacia el cielo, tan alto que pronto deje de divisarlos. Utakim no encuentra ya palabras que la consuelen. Sabe que un sueno jamas es inofensivo y se promete ir a interrogar sobre su presagio a los ancianos de la region. Por un tragaluz enrejado entra la primera claridad del dia. Mariam solloza. Su hombre no ha venido. La sirvienta se levanta y con paso decidido entra en la habitacion de los invitados. Sittai, ya despierto, reza de rodillas; Pattig duerme. La mujer le zarandea, simulando que esta enloquecida: – ?Mi senora se siente mal! ?Te necesita! Aun con cara de sueno, Pattig corre junto a la esposa que, al verle, se abandona al llanto. – He tenido un sueno horrible, te llame y no viniste. – No he oido nada. – Pattig, ?por que te siento tan lejano? ?Por que me huyes? Si bien con la espontaneidad del despertar Pattig se ha precipitado a la cabecera del lecho de su mujer, al recobrar la conciencia recupera toda su frialdad de la vispera. Se ve claramente que esta a disgusto en la habitacion de Mariam y, de pronto, evita sentarse en el lecho, su propio lecho nupcial, incapaz de apartar la mirada de la puerta, como si temiera ver aparecer a su censor. Y a los reproches de su esposa, se vuelve mas duro. – Cuando se recibe a un huesped -dice-,?se debe permanecer a su lado, ?no lo sabes? – ?Quien es ese hombre? Me da miedo. – Te daria menos miedo si fueras capaz de acoger sus palabras de sabiduria. – ?De que palabras se trata? ?Ese hombre no me ha hablado ni una sola vez! – Una mujer no puede comprender lo que dice. – ?Que dice tan importante? – Me habla de su dios, el dios unico; ha prometido conducirme hacia el, pero debo merecerlo, expiar mis anos de idolatria. No volvere a comer la comida de los impios, no volvere a beber vino, ni jamas me tendere junto a una mujer. Ni tu ni ninguna otra. – ?Yo no soy un alimento ni una bebida! Yo soy la madre de tu hijo. ?No decias tambien que yo era tu companera, tu amiga? ?Debo yo igualmente abandonar a todos los humanos para vivir como un ermitano? – Yo vivire en una comunidad de creyentes donde solo hay hombres. No se admite a ninguna mujer. – ?Ni siquiera a tu esposa? – Ni siquiera a ti, Mariam. Es un dios exigente. – ?Quien es, pues, ese dios celoso de una mujer? – ?Ese dios es mi dios, y si quieres blasfemar me ire de aqui al instante y no me volveras a ver! – Perdoname, Pattig. Sus ardientes lagrimas de nina se deslizan en silencio, su alma esta vacia de toda espera; timidamente, pone la cabeza sobre el brazo del hombre, con dulzura, sin apoyar, haciendose tan ligera como un mechon de sus cabellos. ?Revivira alguna vez con el esposo esos momentos de paz en los que el calor es frescor, la transpiracion es perfume y el despertar es olvido? Con una mano aun torpe, pero ya enternecida, Pattig le acaricia los cabellos; en el silencio y la penumbra, vuelve a encontrar los gestos de carino que son naturales en el; de sus ojos se escapan tambien algunas lagrimas. Entretanto, a traves de la puerta que ha quedado abierta, llega la voz de Sittai, quien, una vez terminado su rezo, reclama a su anfitrion. – ?Pattig! -le llama-, tenemos que partir, hay todavia un largo camino. ?No deberia el esposo maldecir al importuno? No, es a Mariam a quien rechaza con brusquedad y corre ya sin volver la cabeza. 1. El palmeral de los Tunicas Blancas _En medio de los hombres he caminado con sabiduria y astucia…_ Mani Uno El hijo que Mariam esperaba era Mani. Dicen que nacio en el ano 527 de los astronomos de Babel, el octavo dia del mes de Nisan -segun la era cristiana el 14 de abril del 216, un domingo-. En Ctesifonte reinaba Artaban, el ultimo soberano parto, y en Roma gobernaba despoticamente Caracalla. Su padre habia partido ya, no muy lejos por el camino, pero hacia un mundo extrano y cerrado. Rio abajo de Mardino, a dos jornadas de marcha a lo largo del gran canal excavado por los antiguos al este del Tigris, se encontraba el palmeral donde Sittai reinaba como maestro y guia. Alli vivian unos sesenta hombres de todas las edades, de todos los origenes, hombres de ritos exagerados que la historia habria ignorado si su camino no se hubiera cruzado un dia con el de Mani. A imitacion de otras comunidades surgidas en aquel tiempo a orillas del Tigris y tambien del Orontes, del Eufrates o del Jordan, se proclamaban cristianos y a la vez judios, pero los unicos verdaderos cristianos y los unicos verdaderos judios. Tambien predecian que el fin del mundo estaba proximo. Sin duda alguna, cierto mundo se moria… En la lengua del pais se llamaban «Halle Heware», palabras armenias que significaban «Tunicas Blancas». Esos hombres habian elegido la proximidad del agua, ya que esperaban de ella pureza y salvacion, e invocaban a Juan Bautista, a Adan, a Jesus de Nazaret y a Tomas, al que consideraban su gemelo, pero mas que a ninguno, a un oscuro profeta llamado Elcesai del que procedian su libro santo y sus ensenanzas: «Hombres, desconfiad del fuego, no es mas que decepcion y engano, lo veis cerca cuando esta lejos, lo veis lejos cuando esta cerca, el fuego es magia y alquimia, es sangre y tortura. No os reunais en torno a los altares en los que se eleva el fuego de los sacrificios, alejaos de aquellos que deguellan a las criaturas creyendo que agradan al Creador, separaos de los que inmolan y matan. Huid de la apariencia del fuego, antes bien, seguid el camino del agua porque todo lo que ella toca encuentra de nuevo su pureza primera y toda vida nace de ella. Si un animal danino muerde a alguno de vosotros, que se apresure hacia el curso de agua mas cercano y se meta en el invocando con confianza el nombre del Altisimo; si alguno de vosotros esta enfermo, que se sumerja siete veces en el rio y la fiebre se disolvera en la frescura del agua». Al dia siguiente a su llegada al palmeral, Pattig fue conducido en procesion hacia el recinto de los bautismos. Toda la comunidad lo acompanaba. Habia algunos ninos, muy pocos, algunas cabezas canas, pero la mayoria parecia tener entre veinte y treinta anos. Todos se habian acercado al recien llegado para mirarle de hito en hito y salmodiar por el un fragmento de oracion. A una senal de Sittai, Pattig se habia introducido totalmente vestido en el agua del canal, hundiendose en ella hasta la frente, y luego, incorporandose, se habia quitado una a una sus prendas de ropa, adornos del tiempo de impiedad, de los que se habia desprendido con repugnancia, esperando que una corriente docil se los llevara. Mientras se elevaba un canto, el hombre, que se habia visto delgado y desnudo ante tantos ojos escrutadores, intentaba cubrirse con las dos manos temblorosas, pues si bien el sol de primavera calentaba ya, el agua del Tigris guardaba aun fresco el recuerdo de las nieves del Tauro. Pero esto no era mas que una primera prueba. Tenia que sumergirse en el canal una segunda vez y luego dejar que le cortaran la barba y los cabellos, antes de que le metieran la cabeza bajo la superficie del agua una ultima vez, mientras resonaban estas palabras: «El hombre antiguo acaba de morir, el hombre nuevo acaba de nacer bautizado tres veces en el agua purificadora. Bienvenido seas entre tus hermanos. Mientras vivas, guarda esto en tu memoria: nuestra comunidad es como el olivo. El ignorante coge su fruto y lo muerde; al encontrarlo amargo, lo tira lejos. Pero ese mismo fruto, cogido por el iniciado, maduro y tratado, revelara un sabor exquisito y proporcionara, ademas, aceite y luz. Asi es nuestra religion. Si te acobardas al primer sabor de amargura, jamas alcanzaras la Salvacion». Pattig habia escuchado con contricion, habia pasado la mano sin pesar por sus cabellos rapados y por el resto de su barba y se habia prometido volver la espalda a su vida pasada y someterse sin un estremecimiento de duda a las reglas de la comunidad. Sabia, sin embargo, que en el palmeral el tiempo no era mas que una serie de obligaciones. Primero la oracion, el canto y los actos rituales, bautismos cotidianos, discretos o solemnes, aspersiones y abluciones diversas, ya que la menor macula, real o supuesta, era un pretexto para renovadas purificaciones; luego venia el estudio de los textos sagrados, el Evangelio segun Tomas, el Evangelio segun Felipe o el Apocalipsis de Pedro, releidos y comentados cien veces por Sittai y copiados incansablemente por aquellos «hermanos» que se distinguian por la mejor caligrafia; a estas obligaciones, que enardecian el fervor de Pattig y su insaciable curiosidad, se anadian otras que no eran en modo alguno de su agrado. En efecto, los Tunicas Blancas se jactaban de tener las tierras mejor cuidadas y las mas fecundas de los alrededores, que les proporcionaban su alimento asi como un abundante excedente que ellos iban a vender a las localidades vecinas. A Pattig le horrorizaba esta ultima actividad: partir por la manana temprano con un cargamento de melones o de calabazas, extender la mercancia en la plaza de un pueblo, esperar a pleno sol a algun cliente tinoso, soportar mil chirigotas… ?Como podria soportarlo ese hijo de la nobleza parta? Se lo confio un dia a Sittai, pero su respuesta fue inapelable: «Ya se que te agradan la oracion y el estudio y que en ellos encuentras placer. El trabajo de los campos y la venta de nuestros frutos en el pueblo son las unicas actividades que te impones para agradar al Altisimo, ?y desearias que se te dispensara de ellas?». Asunto concluido. Durante largos anos, Pattig se agotaria labrando los campos de la comunidad, cuando a dos jornadas de alli, a orillas de ese mismo canal, sus propios campesinos araban las tierras que le pertenecian, pero de las que habia renunciado a alimentarse. Y es que los Tunicas Blancas se sometian a estrictas observancias alimentarias; no contentos con prohibirse la carne y las bebidas fermentadas y con practicar frecuentes ayunos, jamas se llevaban a la boca lo que provenia del exterior. Solo comian el pan sin levadura que salia de su horno, y quien partiera pan griego era, a sus ojos, un impio. De igual manera, solo consumian las frutas y hortalizas producidas por su tierra, a las que se referian como «plantas machos», ya que a todo lo que se cultivara en otra parte se le llamaba «planta hembra» y estaba prohibido a los miembros de la secta. ?Por que asombrarse de semejante denominacion? Lo que es femenino esta prohibido, lo que esta prohibido es femenino; para esos hombres habia en esto una equivalencia perfecta. En los sermones de Sittai, esta palabra se repetia sin cesar en el sentido de «nefasto», «diabolico», «turbio» o «peligroso para el alma». El mismo evitaba nombrar a las mujeres de las Escrituras, si no era para ilustrar la calamidad de la que podian haber sido causa. Evocaba de buen grado a Eva y a Betsabe y sobre todo a Salome, pero rara vez a Sara, a Maria o a Rebeca. Pattig aprendio pronto que en el palmeral estaba mal visto mencionar a su esposa o a su madre, incluso la palabra «nacimiento» no era decente mas que si se hablaba del bautismo o de la entrada en la comunidad, si no, era mejor decir «llegada». Sin embargo, la prohibicion de matrimonio era inusitada en las comunidades a orillas del agua. ?No se habia casado Juan Bautista? Pero Sittai habia querido establecer una regla mas rigurosa, de la que sus adeptos se enorgullecian: cuando para alcanzar el cielo se ha elegido el camino estrecho, ?no es el mas merecedor aquel que mas sufre y se abstiene y se priva? Por eso, Pattig no intento siquiera saber si Mariam habia dado a luz en su ausencia ni de que hijo era desde entonces padre. ?Como pedir permiso a Sittai para acudir junto al recien nacido sin hacerle creer que tenia remordimientos, dudas, o que estaba pensando en reanudar su vida anterior? Entonces se resigno, su curiosidad se fue debilitando y termino por no pensar mas en ello, o muy poco. Asi pues, cual no seria su sorpresa cuando el propio Sittai le ordeno, al cabo de algunos meses, que fuera a su casa: – Si lo que ha venido al mundo es una nina, que se quede con su madre; pero si es un nino, su lugar esta entre nosotros, no le puedes dejar para siempre en manos impuras. Pattig tomo el camino de Mardino, verdad es que acompanado por dos «hermanos». Cuando llego ante su casa, se detuvo al otro lado de la verja para gritar: – ?Utakim! La sirvienta, que salio descalza y con un panal en la mano, tuvo que acercarse mucho al visitante para reconocer su cabeza rapada y como reducida. Pattig dejo que le mirara de arriba abajo. – Dime, Utakim, ?ha dado a luz tu senora? – ?No pensaras que ha estado embarazada trece meses! Los companeros de Pattig sonrieron, pero el se limitaba a formular sus preguntas: – ?Es un nino? – Si, un hermoso nino hambriento y griton. Al evocar al recien nacido, el semblante de la sirvienta se ilumino con una subita jovialidad que Pattig no se digno tomar en cuenta. – ?Le han dado ya un nombre? – Se llama Mani, como lo habias decidido. – Di a tu senora que vendre a buscar a mi hijo cuando este destetado. Una vez entregado su mensaje, le dio la espalda para partir con gestos de sonambulo cuando Utakim grito: – ?Sabes siquiera si mi senora ha sobrevivido? El efecto fue inmediato. Pattig se sobresalto y volvio sobre sus pasos, visiblemente contrariado de no poder terminar su mision como lo habia proyectado; tuvo que violentarse para articular: – ?Mariam se encuentra bien? Fue entonces cuando Utakim, a su vez, se dio la vuelta con el rostro subitamente ensombrecido. Sin una palabra mas, se dirigio arrastrando los pies hacia la casa, mientras Pattig se agitaba, la llamaba, la conminaba a detenerse, a responderle. Pero la sirvienta se habia vuelto sorda. El dudo, consulto con la mirada a sus dos companeros que, inquietos por el cariz que estaban tomando los acontecimientos, le aconsejaron que se fuera. Pero ?como podia hacerlo? Necesitaba saber lo que pasaba. Cruzo la valla y se precipito hacia la casa como si esta hubiera vuelto a ser suya. En ese momento, Mariam, que estaba ocupada en la huerta detras de las cocinas, aparecio poniendo las manos a modo de bocina; Utakim, trastornada, le hizo senas con gestos desesperados de que se callara, que desapareciera. Queria que Pattig penetrara en la casa, que escapara por un momento de sus guardianes, pero Mariam no la vio y comenzo a gritar el nombre de su marido al que creia de regreso. Pattig, tranquilizado al saber que estaba con vida y sin preguntar nada mas, huyo para reunirse con sus «hermanos». Se alejaron los tres, recogiendose los faldones de sus tres tunicas blancas. Mariam supo que ya no podria alcanzarlos. En medio de la tormenta que desde ese momento la arrastraba, la joven madre no sabia a que dios encomendarse, aunque excluia, de entrada, el de Sittai. ?Debia llevarse a su hijo lejos de alli, hacia Media, su patria de origen? ?Pero en que casa viviria? Su padre habia muerto y sus hermanos se habian repartido sus posesiones. Pensando con sensatez, ella no podia abandonar su propiedad, sus tierras, sus sirvientes, renunciar a toda esperanza de recuperar a su esposo, para ir a vagar por los caminos en busca de aquel o aquella que tuviera a bien acogerla. ?Que hacer, entonces? ?Amamantar a su hijo, esperando que un padre imprevisible viniera a arrebatarselo para siempre? Esos tiempos de angustia para Mariam eran tambien tiempos de desolacion para Mesopotamia. Sin embargo, aquel ano se habia hablado de paz entre romanos y partos. El emperador Caracalla habia pedido, incluso, la mano de la hija de Altaban, quien habia aceptado. Debian unirse en una ceremonia en Ctesifonte, en el templo de Mitra, la unica divinidad venerada con igual devocion por los dos soberanos. La ciudad se disponia, pues, a festejar la paz y la boda. Asi pues, Caracalla llego un dia, vestido con su larga blusa gala, estrechamente vigilado por sus pretorianos y seguido por sus falanges. Pero apenas habian cruzado el puente de Seleucia cuando resono un grito entre sus filas. Era la senal convenida para que cada romano se lanzara, blandiendo el sable, sobre el parto mas cercano. Los hijos de la nobleza, adornados con afeites y enfundados en sus trajes de gala, fueron masacrados; entre ellos habia varios miembros del clan Kamsaragan al cual pertenecia Mariam. Luego, les llego el turno a los ciudadanos, hombres, mujeres y ninos, que se habian congregado para ser testigos de ese memorable encuentro. Los romanos saquearon e incendiaron palacios y templos, el de Nabu el primero, como para cumplir el funesto oraculo de la estatua. Dicen que fue entonces cuando Artaban y los jefes de las siete grandes familias reunieron a sus tropas en el parque de Aspanabr, a fin de repeler a los invasores. Pero ?para que? No se trataba de una invasion, era un simple golpe de mano, muy del estilo de Caracalla. Al cabo de una hora, los romanos abandonaron la ciudad para ir a reunirse con el grueso de sus tropas que estaban acampadas en el exterior de las murallas, alrededor del desfiladero de Mahoze. Los Inmortales, el cuerpo de elite, hubiera querido lanzarse en su persecucion, pero Artaban los contuvo, temiendo una emboscada, persuadido de que la accion de Caracalla no tenia otro objetivo que excitar al ejercito parto para que saliera de la ciudad y terminara aniquilado. Al cabo de tres dias, decepcionados, sin duda, porque el enfrentamiento no habia tenido lugar, los romanos comenzaron su venganza. Durante semanas y meses, en el transcurso del primer ano de la vida de Mani, el huracan Caracalla devasto Mesopotamia, destrozando los sarcofagos de los antiguos reyes, quemando los campos de trigo, arrancando las vides y decapitando campesinos y palmeras. Fue un milagro que Mani se salvara. Las tropas romanas habian llegado a los limites del pueblo y Mariam se habia encerrado en la casa con su hijo, con Utakim, con sus sirvientes y algunos campesinos esclavos. Esperaban lo inevitable, pero lo inevitable se alejo. Un dia corrio el rumor, propagado no se sabe como a traves de las desiertas callejuelas: Caracalla habia muerto, asesinado en Harran, al norte de Mesopotamia, por sus propios soldados. De Roma a Ctesifonte, el crimen fue acogido sin desbordamientos de tristeza. A lo largo de aquel ano de tormenta, Pattig no volvio jamas a pisar la tierra de Mardino, nunca fue a buscar noticias. Solo reaparecio mucho mas tarde, cuando Mani acababa de cumplir cuatro anos. Como la vez anterior, se presento con dos «hermanos» guardianes y, como la vez anterior, permanecio al otro lado de la verja. – ?Utakim! He venido a buscar a mi hijo. La sirvienta no se mostro acogedora. Apoyada en la puerta, le hablo de lejos, desde la otra punta del pequeno patio, con la voz potente de la gente de campo. – Mariam esta dandole el pecho. Puedes esperar fuera, a menos que quieras entrar para verlos. Solo de pensar en encontrarse ante su mujer medio desnuda, Pattig enrojecio y dirigio hacia sus companeros una mirada forzada, como para disculparse, intentando disimular. – No voy a entrar, Utakim, no vale la pena. ?Crees que va a amamantarle durante mucho tiempo? – Tu mujer acaba de ponerle al pecho y cuando este se agote le dara el otro. Tardara un rato. – No estoy hablando solo de hoy -se impaciento Pattig-. El nino esta entrando en su cuarto ano y quiero saber cuanto tiempo mas le va a alimentar asi. – ?Ven a preguntarselo, entra! En este momento no puede levantarse, pero nada le impide hablarte. – No he venido para entrar en esta casa. ?No podrias responderme tu misma? ?Tambien tu amamantaste en tu juventud! – He visto amamantar a decenas de madres y no he conocido dos que sean iguales. Algunas tienen tan poca leche que su hijo deja el pecho sin haberse saciado; otras amamantan durante anos cuatro ninos a la vez. Mariam es de formas generosas, sus senos son grandes y de una blancura resplandeciente. No se le va a agotar la leche tan pronto. – ?Pero algun dia habra que destetar al nino! – Tienes razon, senor, no seria bueno para el mamar demasiado tiempo; habra que destetarle antes del Noruz. – ?Del proximo Noruz? ?Pero si la fiesta acaba de pasar! ?Tendre que esperar todavia un ano! – Es posible que Mani este destetado antes, pero ?para que hacer diez viajes inutiles? Si vienes para el Noruz, el nino estara vestido para partir y sus cosas preparadas. Prometido. Cuando Pattig apenas se habia alejado, internandose por el camino alto a la sombra de los almendros de ramas nevadas de petalos, los «hermanos» le abrumaron a criticas: – Muy ingenuo debes de ser para dejarte enganar asi por esa vieja bruja descalza. Hemos soportado dos largas jornadas a pleno sol, tenemos ante nosotros otras dos de regreso y tu dejas que te despidan con unas cuantas palabras melosas. ?Que dira _mar _ Sittai, nuestro padre? Aun cuando hubieramos tenido que esperar, deberias al menos haber insistido para ver al nino. ?Aunque solo fuera para asegurarte de que aun esta aqui! Demasiado afectado para mantenerse firme en cualquier decision, Pattig consintio en volver sobre sus pasos. En el pequeno patio, en el mismo lugar donde Utakim habia estado apoyada, Mariam estaba sentada sobre una losa, con un tupido abanico de menta fresca entre las manos, del que separaba las briznas muertas. Los «hermanos» se reian sarcasticamente cada vez mas. Pattig se sentia humillado. – Asi que Utakim se ha burlado de mi. Mariam enrojecio. – Estaba amamantando a tu hijo. Acaba de terminar. – Cuando llegue, acababa de empezar y habia para largo; apenas he vuelto la espalda y ya ha acabado, tu has cogido esa menta y has expurgado la mitad. ?Podria al menos ver a mi hijo? Mariam se apresuro a llamar a Mani y este hizo irrupcion en el marco de la puerta, donde se quedo inmovil, observando y dejandose observar. Ciertamente, en su rostro se podian descubrir los rasgos finos, esbozados, tan propios de los rostros de ninos. Sin embargo, lo primero que se veia en el eran las cejas, anchas y negras, que se juntaban y se arqueaban para formar, por encima de la nariz, como una tercera ceja; luego, la mirada, franca, directa, pero rebosante de emociones contenidas y de infinitas preguntas. Y cuando, despues de algunos instantes, avanzo en direccion a los desconocidos, lo hizo arrastrando una pierna, la pierna derecha, no como una rama muerta, sino de forma majestuosa, como se arrastraria por detras un vestido de ceremonia. – Cojea -comprobo Pattig con un tono un poco acusador. – Nacio con esa pierna torcida, cojeara toda su vida. ?Lo quieres aun? Adivinando toda la rabia que su madre dejaba traslucir en sus palabras, el nino volvio a acurrucarse contra ella, antes de senalar con el dedo a Pattig balbuceando: – Calacalacala. – ?Que dice? – ?Caracalla! Con este nombre se asusta a los ninos en Mardino cuando no esta su padre para hacerles obedecer. Si se niegan a dormir o a comer, si se alejan demasiado de la casa o si ensucian las sabanas, Caracalla vendra a degollarlos. Como degollo a mis primos, como estuvo a punto de degollarnos a todos aqui, grandes y chicos, apenas hace dos anos. – Ignoraba que los romanos hubieran llegado hasta Mardino. – ?En que mundo vives, Pattig? – En un mundo sin fuego ni guerra. Y anadio, de nuevo impasible: – Es en ese mundo donde va a crecer Mani. – ?Y yo, Pattig, en que mundo voy a vivir sin mi marido y sin mi hijo? – Ten confianza en los designios de Dios y no retengas mas a este nino. Damelo, soy su padre y me pertenece. Se acercaba para coger al nino cuando Mariam comenzo a temblar. Utakim vino corriendo. – Me prometiste volver a buscarle en el proximo Noruz. – Tu que me has mentido y enganado ?como te atreves a hablarme de promesas? – Te lo suplico, Pattig -sollozaba Mariam-. Alli donde vives no encontraras una nodriza para amamantarle; dejamelo aun estos pocos meses. ?No vas a tenerlo tu toda la vida? Los companeros de Pattig le ordenaban que se llevara a su hijo sin tardanza, pero el flaqueo de nuevo frente a las lagrimas de una mujer a la que ya habia hecho sufrir tanto, frente a la mirada asustada de un nino que le tomaba por un monstruo sanguinario. A su regreso al palmeral, el culpable fue convocado por Sittai, que le ordeno escuchar de rodillas lo que tema que decirle: – Si te encargue esa mision fue porque te creia el mas capaz para llevarla a cabo. Pero no te enganes, Pattig, has de saber que ese hijo ya no es tuyo, pertenece a nuestra comunidad, pertenece a Dios, si no, ?por que El le hizo venir al mundo justo cuando abandonabas a tu mujer y tu casa? ?No ves en ello una senal, un mandamiento del Altisimo? He tomado ya una decision: no volveras a Mardino, sere yo quien traiga al nino. Manana me pondre en camino. Me acompanaran doce hermanos y no perdere el tiempo parlamentando con mujeres. Dos Sin duda, Mani debio de resistirse el dia en que los Tunicas Blancas fueron a recogerle. Sin duda hasta gritaria, cuando le sumergieron tres veces en el agua del canal y le arrancaron la ropa, pero a pesar de su tierna edad, tuvo que conformarse con su ley, llevar la tunica blanca, comer su comida, esbozar sus gestos e imitar sus rezos. Muy pronto, el nino no supo ya quien era, ni por que milagro habia ido a parar en medio de aquellos extranos. No volveria a ver a su madre y, durante anos, ni siquiera oiria hablar de ella. ?Y se puede decir que vivio con su padre? Se trataban, como lo hacian todos los «hermanos» del palmeral, pero Mani no era hijo de nadie, era hijo de la comunidad. Solo podia llamar «padre» a Sittai, solo a el debia obedecer, igual que Pattig le llamaba «padre» y le obedecia. Obedecer, someterse, arrodillarse… el nino no podia hacer otra cosa. Sin embargo, desde el primer instante de su secuestro, algo en el siguio siendo rebelde. Como un jiron de alma refractario. En el anodino paisaje de los devotos, ?que otra guarida puede haber si no es la soledad? Mani aprendio pronto a conquistarla, a cultivarla, a defenderla contra todos. Se busco un espacio de descanso separado de la comunidad, un reino de nino que ningun pie de hombre pisaba, al que acudia en cuanto le era posible. Era un lugar donde el canal del Tigris serpenteaba por en medio de una hilera de palmeras, algunas de las cuales crecian rectas, muy juntas, formando una apretada media luna, y otras se inclinaban sobre el agua como para beber. Habia que atreverse a saltarlas y, entonces, se encontraba uno en una peninsula de aromas y de sombra, pero de una sombra que no ahuyenta la luz, sino que, por el contrario, la aspira, la filtra y la destila, para prodigarla a aquellos que saben recibirla. Alli, Mani se sentaba o se tendia, lloraba, exultaba o sonaba. Y a menudo hablaba solo, a voz en grito, sin miedo de descubrirse. Pero esos momentos eran escasos, ya que en el palmeral jamas habia tiempo libre. Se vivia siempre entre dos ritos, entre dos trabajos. Constantemente, Mani tenia que alejarse con pena de su refugio para ir a mezclarse sin placer con la multitud informe de los Tunicas Blancas. De todos aquellos hombres que se llamaban «hermanos», ninguno habia sabido ser un amigo. A los ojos asustados del nino, habian seguido siendo, durante ocho anos, diferentes carceleros que se vestian sin alegria y hablaban con brusquedad; y si Mani imitaba devotamente sus ritos hasta tal punto que parecia identico a ellos, era porque habia probado los castigos que Sittai infligia a la menor falta, tanto a los mayores como a los pequenos: ayunos obligatorios, flagelacion, acarreo de agua en barricas desbordantes o interminables letanias de arrepentimiento. A veces, la penitencia era menos comun, lo cual significaba una ocasion para sonreir o reir a carcajadas, una ocasion muy apreciada por los «hermanos», como cuando el viejo Simeon, culpable de haber proferido reniegos obscenos, fue condenado a trepar a una palmera y quedarse agarrado a ella, a la espera de que Sittai le autorizara a bajar. Pero la victima mas asidua de ese humor provocado por las penitencias seguia siendo Maleo, un tirio, el mas barrigon de los «hermanos» y el mas joven, exceptuando a Mani. Era incluso mas nuevo en la comunidad que este ultimo. Su padre, un mercader de apariencia prospera, habia llegado inopinadamente al palmeral tres anos antes, sin que, a decir verdad, se supieran los verdaderos motivos de tan repentina fe. Se rumoreo entonces que acababa de sufrir reveses de fortuna, que habia perdido familia y bienes y que, acosado por los acreedores, habia buscado refugio en aquel lugar para ocultar sus desgracias y conseguir que le olvidaran. Al cabo de algunos meses, murio ahogado; sin duda, habia perdido el deseo de vivir. De este modo, Maleo se convirtio, como Mani, en hijo de nadie. Con la diferencia, sin embargo, de que Mani habia abandonado Mardino demasiado joven, de que habian transcurrido demasiados anos desde su infantil plenitud, vivida entre Mariam y Utakim, dias felices que reposaban enterrados en un rincon confuso de su memoria. Sus mas bellas reminiscencias de olores y de sabores permanecian modeladas en la amargura, en la insuperable amargura del nino desvalido, desamparado, abandonado, o al menos, mal protegido por el ser mas querido. Desde entonces, solo estaba presente en el esa adversidad cotidiana que le envolvia, esa muralla opaca que se erguia del palmeral al cielo, mas alla de la cual nada osaba existir. Mientras que Maleo habia vivido en el vasto mundo una verdadera infancia, cuyas costumbres conservaba y de la que sentia nostalgia. Para convencerse de ello, bastaba con oirle reir. Entre los Tunicas Blancas, la risa comenzaba con un carraspeo, culminaba con una risa burlona e hiposa y se terminaba con una formula de mortificacion. La risa de Maleo venia de otra parte. Se expansionaba, retumbaba y se pavoneaba; si nadie le hacia eco, se aumentaba de su propio soplo y cuando se la creia reprimida, estallaba en carcajadas, sobre todo en los momentos de intenso recogimiento colectivo. Esos descarrios le valian al joven tirio unos castigos apenas mas ligeros que los que sufria al regreso de sus fugas; sin embargo, solo eran ausencias de algunas horas, pero Sittai acusaba al adolescente de aprovecharlas para atracarse de toda clase de manjares prohibidos. Sin duda, no estaba en un error, ya que viendo al barrigon y mofletudo Maleo entre todos esos rostros invariablemente demacrados, quedaba claro que se resignaba mal a la frugalidad ambiente. Ocurrio aquel dia, a la hora de la segunda comida, la del crepusculo, en la que, como de costumbre, todos los «hermanos» estaban reunidos en el refectorio, repartidos en tres largas mesas paralelas; Sittai presidia la de en medio, los mas ancianos le rodeaban y Maleo se sentaba al otro extremo de la misma mesa, muy cerca de la puerta. Para comenzar, se pusieron a rezar. Pensar que se trataba de mascullar una oracion para salir del paso seria desconocer las costumbres del palmeral. Despues de haber recitado la habitual accion de gracias, Sittai se lanzo a una monotona homilia. Todos los «hermanos» estaban de pie, con la cabeza inclinada, esperando que terminara para saltar sobre la comida. Pero su maestro no tenia prisa. El hambre es una enemiga -explicaba-; antes que satisfacerla, el hombre virtuoso debe dominarla, como deberia poder dominar todos los deseos de la carne. Era su tema preferido a la hora del apetito: el cuerpo -decia-, es una muia, su jinete es el espiritu, a veces no hay mas remedio que pararse para alimentar al animal, pero no es el quien debe elegir el camino ni las etapas; verguenza y desdicha para el jinete que se doblega a su montura. Las mesas de los Tunicas Blancas estaban sobriamente abastecidas: aceitunas, pepinos, almendras, nabos, algunas frutas, pan y agua. Sin embargo, sesenta pares de ojos miraban de reojo estos modestos alimentos. Una dura jornada en los campos habia seguido a la ultima comida, que se tomaba justo despues de la oracion del alba. Con todo, habia que tener paciencia, meditar y mortificarse, puesto que al hambre se anadia la verguenza de tener hambre y, por anticipado, los remordimientos por cada bocado de placer. Maleo, sin poder aguantar mas, adelanto una mano temblorosa hacia la cesta mas cercana, no sin haber verificado antes que a su alrededor todas las cabezas estaban inclinadas y todos los parpados cerrados. Cogio un datil amarillo, tierno y jugoso, que se apresuro a engullir antes de recomponer el mas piadoso semblante. Espero algunos instantes antes de comenzar a comerselo, lentamente y sin ruido, con el cuello tan inclinado que la mandibula le chocaba contra el pecho al masticar. Al hundirse lentamente en el fruto, sus dientes liberaban un jugo azucarado que el recogia con la lengua, paseaba por la boca y dejaba despues que se deslizara por su garganta con una culpable delectacion. Y aun seguia deleitandose cuando el «padre» acabo por fin su discurso y los «hermanos», con una prisa mal contenida, tomaron asiento como un solo hombre en los altos bancos. Mareado por el alboroto que le rodeaba, Maleo comenzo a masticar sin disimulo, pero cuando se estaba sentando, un instante despues que los demas, unos ojos acusadores le miraron fijamente: los de Gara, el propio sobrino de Sittai, que estaba frente a el. Maleo le dirigio una sonrisa de angel, pero el hombre, obedeciendo solo a su deber, se inclino hacia su vecino y le cuchicheo al oido una acusacion; el otro, despues de haber lanzado al muchacho la misma mirada indignada, susurro la noticia a su otro vecino, provocando asi una verdadera cadena de delacion que, de un extremo a otro de la mesa, propalo el relato del crimen. Cuando le llego el turno a Pattig, escucho gravemente la denuncia y, frunciendo el entrecejo, reprobo el imperdonable pecadillo del adolescente, pero en el momento de inclinarse hacia el oido de su vecino, parecio dudar. El, que habia sido educado en las costumbres de la nobleza parta, ?como podria practicar la delacion? Sin embargo, precisamente porque Sittai le habia reprochado tanto su ascendencia, sus arrebatos de orgullo, su desprecio hacia ciertas tareas, ahora se imponia evitar toda actitud que le distinguiera del comun de los adeptos. Asi era el espiritu de la Comunidad, para el que toda compasion, toda tolerancia y toda indulgencia eran sospechosas y cualquier gesto magnanimo parecia mancillado por el orgullo. ?Incorregible Pattig, siempre dispuesto a seguir los peores caminos por las mejores razones del mundo! Delante de Sittai, temblaba mas que cualquier otro «hermano», se arrodillaba, se golpeaba el pecho y se humillaba, cuando hubiera bastado abandonar aquel palmeral llevando a su hijo de la mano para acceder a una vida risuena. Pero ni se le ocurria. En ocho anos, ni siquiera se habia atrevido a revelar a Mani el lazo de sangre que los unia, contentandose con dedicarle, de lejos, sonrisas enigmaticas que irritaban al muchacho y le hacian desconfiar. Sin embargo, Pattig no era un cobarde, o al menos, su cobardia era muy singular: estaba dispuesto a arriesgar su vida, pero no su alma. Y era esa piadosa flaqueza el origen de todas sus mezquindades. Cuando el grave asunto del datil que se habia comido Maleo llego a conocimiento de Sittai, este ultimo se levanto, sombrio, ceremonioso, ofendido. – ?Quien de entre nosotros querria comer al lado de la podredumbre? ?No hemos venido a este lugar bendito para sustraernos a la impureza del mundo? Pero todos nuestros esfuerzos se habran perdido, todos nuestros sacrificios seran inutiles si uno solo de nosotros cede a la vil tentacion, si la impureza del mundo llega a su cuerpo y a su alma, ya que todos quedaremos mancillados. Luego, pronuncio la sentencia: – Maleo, pasaras entre tus «hermanos» con un tazon donde cada uno de ellos te echara el hueso de un datil que se haya comido. Ese sera tu unico aumento. A continuacion, vendras a mostrarme el tazon vacio. Puesto que el datil te ha arrastrado al pecado, vas a poder apreciar, mas alla de su dulce sabor, su realidad osea. Un regocijado alboroto siguio a la sentencia, aunque pronto se fue apagando. En aquella asamblea que tanto se preocupaba de rehuir los alimentos prohibidos, las comidas se acompanaban de un ritual lleno de gravedad. Que lejos se estaba alli de los banquetes de Nabu, de Dioniso o de Mitra, de esos festines orgiasticos en los que el cuerpo se convierte en templo para celebrar ruidosamente todos los sabores de la tierra. El refectorio era un lugar sombrio donde cualquier placer, por ser culpable, debia compensarse con privaciones. Mientras uno de los «hermanos» leia algun texto santo, los adeptos, encaramados en unos bancos altos y obligados por ello a doblar el cuello, como cisnes, encima de las mesas, cogian los alimentos entre el pulgar y el indice y los introducian en un tazon de agua, salmodiando a cada bocado: «?Marame barej!», «?Senor, te pedimos tu bendicion!». Asi fue como Maleo, en medio de un concierto de murmullos, paso con su escudilla y cada uno de los «hermanos» le dio de limosna un hueso, sin decir palabra, pero con gestos de rumiantes ofendidos y desdenosos. Uno de aquellos virtuosos personajes, al darse cuenta de que el hueso que acababa de depositar era demasiado pequeno, se apresuro a anadir otro, satisfecho de no haber fallado en su papel de justiciero. Mani fue el unico que se distinguio de todos ellos. En el momento de depositar su obolo, metio resueltamente los dedos en la escudilla y agarro un buen punado de huesos que se metio furtivamente en el bolsillo, haciendo una mueca bondadosa y consoladora. Maleo, por su parte, guardandose mucho de manifestar su agradecimiento, volvio a su sitio y dio comienzo a su incongruente comida. Pero, al saber que en esa asamblea contaba con un amigo, su corazon se sintio aliviado. Le parecio que los huesos habian conservado un regusto dulce y que eran exquisitamente crujientes. Algunos «hermanos» observaron su aspecto sereno, poco arrepentido y, en algunos momentos, hasta impudicamente regocijado, y pensaron que estaba poseido por el diablo. Mas que gratitud, fue una verdadera devocion lo que Maleo sintio desde ese dia por su joven bienhechor. Se prometio seguirle a todas partes, protegerle contra todos, soportar en su lugar mil flagelaciones e innumerables dias de ayuno. Por algunos huesos de datil escamoteados, por una mueca vagamente complice, estaba dispuesto a compartir con Mani lo mas valioso que poseia en el mundo. Al dia siguiente del incidente, en el momento en que la comunidad se reunia en la Santa Casa para el culto del alba, Maleo acudio con entusiasmo. Sabia que deberia, una vez mas, mascullar el interminable ritual, pero no le importaba. Ese dia, un amigo estaria alli, repitiendo en el mismo instante, en la misma sala fria e inhospita, los mismos gestos. A la salida, fueron caminando juntos y el tirio, en cuanto se alejaron de los otros «hermanos», le pregunto con gravedad: – Si te digo mi secreto, ?prometes no traicionarme jamas? Mani se sintio irritado. Si bien comprendia facilmente que Maleo fuera a la busqueda de un amigo, a el le era indiferente. Al cabo de tantos anos vividos entre los Tunicas Blancas, habia conseguido forjarse una soledad, una querida e irreemplazable soledad con la que se envolvia como si fuera una cota de mallas. Compartirla era perderla. Deseaba poder volver, cada vez que tuviera la ocasion, a su discreta guarida, solo, sin otra compania que el mismo. ?Por que permitir que un ronroneo humano le machacara los oidos? No queriendo herir al adolescente, que con tanta frecuencia era el chivo expiatorio de Sittai y de tantos otros «hermanos», esbozo una sonrisa amable, pero evito responderle y apresuro el paso. A pesar de todo, el tirio se aferraba a el, le perseguia, se ponia delante, detras, dando saltitos con una pierna y luego con la otra, infatigable y sordo a todas las reticencias: – ?Promete que no vas a denunciarme! Esta vez, Mani se encogio de hombros, diciendo con impertinencia y con el tono del que no se acuerda ya de que se trata: – ?Denunciarte? ?Acaso he denunciado alguna vez a alguien? Aparentemente tranquilizado, Maleo recobro el aliento antes de decir de un tiron como si se tratara de una sola palabra: – Conozco-a-una-mujer. Luego, con la boca abierta, espero la avalancha de preguntas que su joven amigo no dejaria de lanzar sobre el. Pero no. Mani no tuvo ni un sobresalto de sorpresa ni profirio la menor exclamacion. ?Acaso Maleo se molesto o se sintio desanimado? Todo lo contrario. La impasibilidad de su companero le parecio la expresion del mas completo asombro. Le creyo subyugado, anonadado de sorpresa y admiracion, sintio que su triunfo estaba cerca y se entusiasmo: – No permanecere mucho tiempo en este maldito palmeral. En cuanto cumpla quince anos, me marchare. Ella vendra conmigo y nos iremos a vivir a Ctesifonte. Alli encontrare un empleo de dependiente con algun mercader tirio o palmireno. Acompanare a las caravanas a Egipto, a la India y a Armenia. La estoy viendo, bella como una estatua griega, envuelta en un largo vestido de seda bordada en oro y pedreria, descendiendo lentamente la escalera de mi palacio de Ctesifonte, rodeada de doce esclavas blancas y negras. Saliendo de su silencio, Mani entro un instante en el juego de su interlocutor, solo para sembrar una duda: – ?Como has hecho para construirte un palacio, tu que solo eres un dependiente de un mercader de Ctesifonte? Pero Maleo necesitaba mucho mas para desconcertarse: – No sere dependiente mucho tiempo; pronto tendre mi propio negocio, con agentes en Antioquia, en Palmira, en Petra, en Deb, en Berenice… Entonces podre construirme un palacio en Ctesifonte y otro en Tiro. Y un tercero, si quiero, en las montanas de Media, donde instalare a la dama cada vez que ella quiera huir de los grandes calores y de las epidemias. Ya no pasaba un dia sin que Maleo hablara de «la dama» con las palabras mas exquisitas, y con frecuencia tambien, las mas ampulosas. Y si bien Mani no le animaba, si evitaba siempre interrogarle sobre ella, sobre su nombre o su edad, ya no manifestaba la misma indiferencia. Le escuchaba a menudo con atencion y compartia algunas de sus emociones; y a veces, cuando el tirio bogaba por sus parlanchines ensuenos, se embarcaba con el en silencio. Tambien el pensaba en la dama y se sorprendia, en su soledad, queriendo adivinar a que podria parecerse, y bajo que arboles habria podido Maleo conocerla. Ambos solian ir, como todos los «hermanos», al mercado del pueblo vecino para vender los productos de la comunidad. Era el unico lugar donde tenian la oportunidad de encontrarse con mujeres, la mayoria de las veces campesinas con siluetas de calabaza, cargadas con canastos y golpeando el suelo con paso dolorido. Por otra parte, miraban con desprecio a los Tunicas Blancas, esos hombres que no eran hombres, esos seres flacos de palidas mejillas, que, ano tras ano, amasaban el oro de sus abundantes cosechas sin que jamas mujer ni hijo gozaran de el, esa horda huidiza e indeseable a la cual se atribuian los peores vicios y las practicas mas inconfesables. Verdad es que algunas, al ver a Mani solo, en cuclillas, rodeado de sus mercancias, pensativo y miserable, se compadecian de el, le tocaban la frente diciendo «hijo mio» y, finalmente, le compraban sus ultimos nisperos con su ultimo _pashiz _ de cobre o de estano. El «hijo» se esforzaba por tener un aire ausente, pero su ternura le encendia el pecho. ?Hubiera deseado tanto retener algunos instantes mas aquellos ojos llenos de arrugas que le habian sonreido! A veces las acompanaban mujeres mas jovenes, de doce o trece anos. Iban pintadas y tenian esos andares a ratos artificiosos, a ratos sumisos o traviesos, tan caracteristicos de aquellas cuya infancia se acaba, cuya suerte esta echada, de aquellas que al ano siguiente estaran encintas y pesadas, y que, al otro ano, se confundiran con sus madres. Contra ellas, sobre todo, Sittai solia prevenir a los «hermanos»: «No cojais nada de su mano, no os senteis en el lugar donde ellas han podido sentarse, y sobre todo, no os pareis a mirarlas, son bellas el tiempo de una cosecha y se marchitan en cuanto las poseen». ?Seria una de ellas «la dama» de Maleo? Un dia, cuando los muchachos volvian de un trabajo que les habia llevado al lindero del pueblo, una piedra rozo la oreja de Mani, que se sobresalto; pero fue Maleo quien grito, quien recogio rapidamente una piedra del tamano de un huevo y quien se puso en guardia con los brazos en posicion defensiva, gritando: – ?Muestrate, si eres un hombre! A modo de respuesta, les llego un silbido de chiquillo y, entre las ramas de un melocotonero, aparecio una manita que se agitaba. Tranquilizado, Maleo tiro el proyectil por detras del hombro escupiendo un reniego. – ?Le conoces? -se asombro Mani. – Quiza -respondio Maleo, que evidentemente habria preferido encontrarse en otra parte. – ?Quienes? – Una chica. Cuando estuvo ante ellos, Mani vio que en sus rodillas se veian aun las huellas de caidas recientes, que sus cabellos claros estaban recogidos en un gorro deshilachado y que, a modo de joya, lucia un collar de rabos de cereza trenzados. En la mano que no lanzaba las piedras, tenia un melocoton que mordia con fuerza, recien robado en el huerto de la Comunidad; luego, se levantaba el faldon de su blusa para limpiarse la barbilla. Era solo una nina. – Espero no haberte herido -le dijo a Mani. – No le has hecho sangre -respondio Maleo-, ?pero hubieras podido saltarle un ojo! – ?Como te llamas? -pregunto la chiquilla. – Mani -respondio de nuevo Maleo. – ?El amigo inseparable del que me has hablado? Dijo esto acercandose a Mani, cuyo rostro escrutaba ostensiblemente. – Me dijiste que leia mucho, que tenia una hermosa letra, tres cejas y una pierna torcida, pero olvidaste decirme que era mudo. Dignamente, Mani reanudo la marcha. Maleo le llamo y la nina corrio tras el. – Yo me llamo Cloe. Maleo y yo jugamos con frecuencia. Podrias venir con nosotros. Mani prosiguio su camino y Cloe se encogio de hombros. Maleo permanecio rezagado un momento y luego corrio para alcanzar a su amigo. – No deberia haberle hablado de tu pierna. Disculpame. Le hablaba tanto de ti… y queria que te reconociera si algun dia te veia pasar. – No tienes que disculparte por tan poco, jamas pense mantener mi defecto en secreto. En lugar de parecer ofendido, Mani mostro, por el contrario, un semblante exageradamente regocijado, antes de decir: – Asi que es ella la dama de la que tanto me has hablado. Supongo que si me la describiste tan fielmente fue para que yo tambien pudiera reconocerla si algun dia la veia pasar. ?Es ella la que comparabas con una estatua griega? – ?Es ella! -fanfarroneo Maleo. – Es verdad que hay estatuas de todas las dimensiones… Pero al decir esto y como para atenuar el efecto de sus propias burlas, rodeo con un brazo amistoso los hombros del tirio. Este ultimo se enardecio: – Admitamos que te he ocultado cosas, pero no he dicho ninguna mentira. Si yo viera en aquel ciruelo un brote florecido y dijera «alli hay una ciruela», ?estaria mintiendo? De ningun modo, simplemente me habria adelantado una estacion a la verdad. Tres La dama, esa nina que parecia un chico y que silbaba, se llamaba, pues, Cloe. Sin embargo, en su pueblo, aquel cuyas tierras lindaban con las del palmeral, a nadie se le habria ocurrido jamas llamarla asi. Ni a las mujeres, a las que ayudaba a abrir los higos para ponerlos a secar en los tejados, ni a los campesinos, que la dejaban coger de los arboles la fruta que queria comer. Entraba en todas partes sin llamar, mientras pudiera permitirselo, ya que aun no habia accedido a la molesta dignidad de nubil. Todos amaban a Cloe, ladrona y generosa, pero ladrona de manzanas y generosa en sonrisas. Para ellos, era y seria siempre «la hija del griego». En efecto, la chiquilla pertenecia a una de aquellas familias de colonos, cuyos antepasados habian llegado antano a Oriente a guerrear en el ejercito de Alejandro, y luego, a la muerte del macedonio, habian elegido permanecer en tierra conquistada, por lo que habian comprado una hacienda y tomado mujer para tener descendencia. El padre de Cloe llevaba todavia con orgullo el nombre de su antepasado, Carias, y creia vivir aun, como el, tras las huellas de Alejandro. Los escasos momentos de pasion por los que a veces atravesaba se producian cuando conseguia un auditorio para narrar, una vez mas, la gran batalla de Arbelas, cuando el ejercito del Conquistador habia aniquilado a las tropas de Dario, cuando tantos valientes se habian reunido, los tracios, los odrisios, los jinetes peonios, los arqueros cretenses, los mercenarios de Andromaca, la Falange y los Companeros. Sobre todo, aquellos irreemplazables Companeros de los que el padre de Cloe hablaba con familiaridad, imitando a uno, sermoneando a otro, hasta ese instante crucial del relato en que hacia intervenir a su antepasado, diciendo «nosotros los Carias», y complaciendose entonces en la confusion que leia en los ojos de su oyente. Es necesario recordar que la batalla de Arbelas habia tenido lugar veinte generaciones antes, pero eso no importaba, el tiempo no es mas que el tonel donde fermentan los mitos, el de Alejandro mas que cualquier otro, y sobre todo en Mesopotamia. Esa tierra le habia sepultado joven y joven le habia conservado, como un eterno novio sin arrugas, y el numero de sus anos, treinta y tres, habia permanecido como la edad de la inmortalidad. Era el, Alejandro, quien presidia el paso del tiempo. ?No habian elegido los astronomos de Babel la fecha de su muerte como comienzo de la nueva era? Desde entonces se habian sucedido muchos reyes, pero lo unico que hicieron fue reinar a la sombra del macedonio; los primeros fueron sus propios generales, a continuacion sus descendientes y luego, cuando el poder cayo en manos de los partos, sus soberanos tuvieron buen cuidado de anadir constantemente a sus nombres el titulo de «El heleno», «amigo de los griegos», para afirmarse, tambien ellos, como los legitimos guardianes de la noble herencia de Alejandro. Si cinco siglos despues el rey de reyes en persona experimentaba la necesidad de invocar el recuerdo del Conquistador, ?como podia sorprender que el padre de Cloe cultivara su parcela de leyenda, el, que no poseia ya ni la menor apariencia de grandeza, ni tierras, ni oro, ni caballos, ni sirvientes? Era un fragil anciano de barba rojiza que vagaba por una casa inmensa, pero deteriorada; vivia solo con Cloe, que le habia nacido, en el ocaso de su vida, de una esclava ya difunta. Padre e hija no ocupaban mas que un ala, aun asi demasiado grande para ellos; el resto no era mas que tejados desplomados, paredes derruidas y puertas carcomidas por la corrosion y los gusanos. La chiquilla vagaba por aquellas ruinas, escondrijos inagotables, monticulos de polvo y de piedra que pisaba sin nostalgia. Maleo habia ido a jugar alli a veces, cuando se fugaba, y un caluroso dia de _tammuz _ habia persuadido a Mani de que le acompanara. Les tocaba trabajar en el mercado del pueblo y, nada mas llegar, un negociante de Nippur les habia comprado toda la carga, dandoles asi la ocasion de callejear. Esperaban encontrarse con Cloe, pero era su padre el que vagabundeaba pensativo, con un baston en la mano. – ?De quien sois hijos, ninos? – Hemos venido a ver a Cloe -prefirio decir Mani. – ?A mi hija? – Si, que Dios la bendiga. – ?Que Dios la bendiga! ?Que Dios la bendiga! -repitio Carias con una jovialidad algo desdentada. Y contemplaba de arriba abajo al extravagante granujilla que se expresaba asi. – Acercate para que te vea, hijo mio. ?No seras uno de esos locos del palmeral? Pero el griego vio en los rasgos del adolescente tal dulzura, tal inocencia y tanta melancolica gravedad que termino por tranquilizarse. – No me pareceis muy temibles. Seguidme, mi hijita no debe estar lejos. Os dare jarabe de moras que os refrescara la cabeza. Pasando por encima de ruinas y escombros, llegaron al ala habitada de la casa. Cloe no estaba alli, pero a su padre le importo poco, encantado como estaba de haber conseguido un nuevo y candido auditorio ante el cual podria contar una vez mas las hazanas del antepasado y la gloria de Alejandro. Hablaba gesticulando mucho, en el dialecto arameo de la region, debidamente salpicado de palabras griegas, sobre todo cuando se trataba de terminos militares. Maleo le escuchaba con fascinacion, al contrario que su joven amigo, quien, poco sensible a las proezas guerreras, se distraia mirando unas curiosas marcas en la pared. Podrian ser solo manchas que un propietario mas adinerado habria ordenado tapar con cal, pero los ojos de Mani reconocian lineas y colores. Se acerco y se puso a raspar superficialmente con la una un polvo azulado que extendio sobre el dorso de la mano y luego fue trazando febrilmente con el indice los borrosos contornos. Carias, que hacia rato que le seguia con la mirada, interrumpio su relato para responder a sus preguntas sin formular: – Fue un artesano de Dura-Europos quien pinto esa escena. Dicen que los colores eran brillantes y realzados con pan de oro. En esta casa patrimonial se alojaron muchos visitantes ilustres. Aqui mismo, en esta sala, celebraban sus festines, los mas alegres y los mejor regados de Mesopotamia, puedes creerme. Transcurrieron varias semanas antes de que los dos muchachos tuvieran de nuevo la ocasion de volver a casa de Carias, donde se repitio la misma escena: en la vasta sala donde antano, segun afirmaba el griego, tenian lugar los fastuosos banquetes, Maleo escuchaba sin desagrado un episodio de la cabalgada macedonia, mientras Mani, a algunos pasos de alli, sentado con las piernas cruzadas frente a la pared y con la barbilla levantada, estaba ensimismado en la contemplacion de un fresco que solo el veia; Cloe iba de un rincon a otro segun le apetecia, escuchando un fragmento de epopeya o intentando en vano adivinar en los ojos maravillados de Mani la insondable vision que le deslumbraba. Fue en el transcurso de esos largos ratos de silencio y de extasis cuando Mani sintio por primera vez que le invadia el irreprimible deseo de pintar. Extrano deseo para un Tunica Blanca, deseo impio, deseo culpable. En aquel medio refractario a toda belleza, a todo color, a toda elegancia de las formas, en aquella comunidad para la que el mas modesto icono revelaba un culto idolatra, ?que clase de milagro hizo posible que el talento y la obra de Mani surgieran? Mani, que con la perspectiva de los siglos esta considerado como el verdadero fundador de la pintura oriental y del que nacerian, por cada pincelada suya, mil vocaciones de artista, tanto en Persia como en India, en Asia Central, en China y en Tibet Hasta tal punto que, en algunas regiones, se dice aun «un Mani» cuando se quiere decir, con puntos de exclamacion, «un pintor, un verdadero pintor». Ese dia, a la hora de despedirse, el chiquillo que aun vivia en el hizo un gesto curioso que habria parecido divertido si no hubiera estado impregnado de emocion. Inclinandose envarado ante el padre de Cloe, solicito de el permiso para restaurar la pintura mural. Carias se guardo bien de reirse, pues se dio cuenta de que el muchacho estaba a punto de llorar. Solo pudo balbucear con dificultad su consentimiento, al cual Mani respondio con un apreton de manos de adulto. El griego, mientras le miraba alejarse cojeando, se sintio dividido entre la preocupacion por haber confiado semejante tarea a un nino y el sentimiento de que estaba tratando, a pesar de todo, con un ser muy particular que, por alguna razon, le turbaba a el, el viejo Carias, e incluso le intimidaba. Durante las semanas siguientes, Mani se dedico a los preparativos. Primero los pinceles, hechos con sus propias manos con unas canas en cuya extremidad ato pelos de cabra, obtenidos en el pueblo, para que tuvieran un tacto suave, o pelos tupidos de liebre. Luego los colores, palidos o chillones, que descubria o componia el mismo con pasion e ingenio: de la arena, separaba los granos de color ocre o ladrillo; machacando cascaras de huevos, conseguia la tonalidad del marfil; con petalos, bayas o pistilos, completaba los reflejos y los matices; para fijarlos, los mezclaba con la resina que extraia de los troncos de los almendros. Cuando se presento la ocasion para hacer una nueva visita a los griegos, Mani acudio con sus pertrechos que fue desembalando sin precipitacion. En aquel horno que era Mesopotamia en verano, pinturas y resinas exhalaban toda una paleta de fragancias. Carias y Maleo se fueron a la terraza para charlar como padre e hijo a la sombra de una palmera florecida mientras Cloe cortaba rajas de sandia para que todos saciaran su boca sedienta. Al acercarse a Mani para servirle, la chiquilla solo pudo ver una mezcla de colores; azul cielo a modo de fondo y zonas imprecisas, terrosas o sanguinas. Permanecio tras el, mirando. Y lentamente, entre la marana de lineas y de luces, creyo distinguir un rostro. Los dedos de Mani revoloteaban a su alrededor y, a cada pasada, afirmaban sus rasgos. Aparecio un personaje, como un viajero que emergiera de una bruma de otono, sus cejas, su nariz, sus labios parecian atravesar la pared para volver a tomar asiento en el banquete de los vivos. Subyugada, Cloe se acerco mas al adolescente, que se interrumpio y retrocedio un paso para admirar a su personaje. Estaba empapado en sudor. Con un gesto ingenuo, la hija del griego levanto el borde de su blusa para secar gota a gota aquel sudor condensado en las sienes, en el contorno de los ojos y en el debil bozo donde tambien brillaban algunas gotitas como el rocio que la hierba retiene. A Mani le gustaba el agradable olor de Cloe, ese picaro perfume de fruta, pero en aquel instante ya no lo olia, sino que lo respiraba, llenaba el aire a su alrededor, le envolvia, le invadia. Cada vez que la blusa de la nina le rozaba la cara, sentia que sus gestos se entorpecian, que su respiracion se hacia mas debil, que los ojos se le estrechaban. Pronto solo vio su pincel, ese trozo de cana que, como un estupido, sostenia levantado a la altura de sus labios. Su mirada se clavo en el, como si todo lo demas hubiera dejado de existir subitamente. Ya no sentia sus miembros ni su cuerpo entero, solo reconocia aquella mano que sostenia el pincel, que lo apretaba, que se aferraba a el desesperadamente. Y cuando la hija del griego se aparto para que el muchacho pudiera reanudar su obra, le vio inmovil, con el pincel en suspenso, como si se dispusiera a dar un ultimo toque de color. Entonces, Cloe hizo senas a su padre para que se acercara sin hacer ruido, pero al entrar en la habitacion, Carias dio rienda suelta a su alegria: – ?Era asi! ?En tiempos de mis antepasados, esa esquina de la pared debia de ser exactamente asi! Evidentemente, para el no podia haber mejor elogio. La figura reanimada por los pinceles parecia declarar en favor de la epoca gloriosa que el solia evocar. – ?Quien es ese personaje? – Juan Bautista -dijo Mani como si descifrara el nombre en la pared. – Nada de eso -se burlo el griego-. En esta sala no ha habido jamas un Bautista. Seria mas bien la diosa Demeter, Madre de los Cereales, o Artemis Cazadora, o quiza Dioniso, a los que estaban consagrados todos nuestros banquetes. O incluso… Se acerco a la imagen que habia reaparecido. – Tambien podria ser el dios Mitra, ya que el pintor que vino de Dura-Europos estaba al tanto de todos sus misterios. Ahora estoy seguro, es el quien esta representado aqui. ?Mira, aun se ve la marca de los rayos de sol dibujados alrededor de su rostro! – Mitra -murmuro Mani, lleno de terror. Y tirando su pincel salio corriendo de la sala sin un gesto de despedida. – ?Maldito! ?Maldito! ?Maldito! -no cesaba de repetir. ?No le habian ensenado desde la infancia a huir de los griegos? ?No le habian prohibido comer su pan y entrar en sus casas? ?Que locura de orgullo le habia inducido a arrogarse el derecho de hacer caso omiso de esas prohibiciones? Y ahora estaba pintando idolos. Impio, infiel, maldito. ?Donde habria podido refugiarse, sino en su peninsula que ni siquiera Maleo conocia? Habria deseado encerrarse alli, olvidarse de todo, sepultarse, y que nadie jamas encontrara su cuerpo. Sin tomar aliento, se inclino sobre el agua para calmar sus ojos. Ahora se encontraba tendido, con los codos apoyados en el lecho del canal y la cara pegada a la superficie del agua. Sus amplias mangas flotaban como velas naufragas. Permanecio alli un largo rato, entumecido, quiza adormilado. Cuando miro de nuevo, vio su imagen reflejada, al principio borrosa, pero cada vez mas nitida a medida que la superficie del agua se aquietaba. Jamas habia visto su rostro tan de cerca. Una gota de agua estaba suspendida de sus labios entreabiertos. Dijo una vez mas «?maldito!». Pero sus labios en el agua permanecieron inmoviles. Aunque queria crisparlos con una mueca desolada, los labios en el agua no se crispaban. Sonreian. Y, lentamente, sus labios los imitaban. No era ya el agua la que reflejaba su imagen, era su rostro el que imitaba a ese otro ser que era el mismo y que veia en el agua. Y, subitamente, unas palabras fluyeron de sus labios, unas palabras que no eran suyas, pero que, sin embargo, pronunciaba con su voz: – ?Salve, Mani, hijo de Pattig! Le temblaba la mandibula y sintio dolor. Hubiera querido responder, hacer preguntas, pero sus palabras, sus propias palabras se le quedaban en la garganta, mientras las palabras del otro salian de su boca dominada: – Salve, Mani, de mi parte y de parte de Aquel que me ha enviado. _Es el propio Mani quien cuenta esta escena sucedida al borde del agua. Para el, como para aquellos a los que un dia llamaran maniqueos, senala el comienzo de su Revelacion. Asi nacen las creencias, diran algunos: un deslizamiento de lo imaginario en el viraje de la pubertad, un encuentro con la mujer, la mujer prohibida; y el deseo se desborda…_ _Sin duda. Mani necesitaba contemplarse en ese espejo de nino para pegar los pedazos de su memoria rota; sospechaba la verdad sobre su nacimiento, sobre su llegada al palmeral, y habia ido recogiendo fragmentos, pero no se atrevia a colocarlos uno detras de otro; fue necesario que aquella voz le llamara «hijo de Pattig», fue necesario que oyera de la boca de la «aparicion» el nombre de Mariam._ _«A los doce anos, supe al fin que mujer me habia concebido y alumbrado, como fui engendrado en aquel cuerpo de carne y de quien provenia la simiente de amor que me habia hecho nacer.»_ _Estas son las propias palabras de Mani; transcritas unos anos mas tarde por sus discipulos._ _Aunque era hijo de su siglo, posaba sobre esas cosas una mirada candida y ferviente. A la imagen que vio o creyo ver, a aquel resplandor anclado en la superficie del agua, lo llama en sus libros «mi Gemelo», «mi Doble», y habla de el como de un verdadero companero. Un companero de infortunio para el adolescente rebelde y, sobre todo, un valioso aliado contra los Tunicas Blancas, sus dogmas y sus prohibiciones._ _Por eso, el dia de aquel primer encuentro, cuando, aterrado a pesar de todo por la aparicion, quiso arrepentirse de haber pintado en la pared el rostro del dios Mitra, oyo de la boca del «Gemelo» la respuesta que esperaba:_ _«Pinta lo que quieras, Mani. Aquel que me envia no conoce rival, toda belleza refleja Su belleza»._ Cuatro ?Podia, pues, el nino pintar sin terror, aunque fuera la imagen de un idolo? Su «Gemelo» le dijo muchas otras cosas que ansiaba oir: que las creencias de los Tunicas Blancas no eran las suyas, que jamas habia pertenecido a su religion, que la pureza de aquellos hombres no era mas que vanidad y perversidad. Y que un dia, cuando estuviera maduro para afrontar el mundo, abandonaria el palmeral. Mani se prometio no hablar a nadie de todo esto, pero emanaba de el tal alegria, que se diria que su alma, en lugar de estar escindida, partida o desdoblada, acabara, por el contrario, de unirse estrechamente a si misma despues de una larga alienacion. Habia abandonado la casa de Carias como si huyera de un tugurio en llamas, pero dias mas tarde vuelve, se instala de nuevo ante la pared, recoge el pincel que tiro y, con algunos trazos ardientes, reaviva los rayos que adornaban la cabeza de Mitra. Habia estado evitando a Maleo sin un gesto de consideracion, pero ahora se vuelve de nuevo hacia el, mas atento, mas asiduo tambien en la amistad. El tirio veia que su amigo habia cambiado, que era diferente, pero ?en que era diferente? Cuando los dos adolescentes se arrodillaban uno al lado del otro en la Santa Casa, lugar del culto, Mani no cantaba. Movia los labios, la barbilla, las cejas, para aparentar que cantaba, pero de su boca no salia ningun sonido. Y un dia que estaban bregando juntos en el huerto de la comunidad, Maleo se dio cuenta de que Mani tampoco trabajaba. Levantaba la laya con esfuerzo, la bajaba lentamente, tan lentamente que cuando tocaba el suelo apenas lo aranaba, y luego, de cuando en cuando, mostrandose tan cansado como si hubiera labrado de verdad, se detenia, apoyaba delicadamente su herramienta contra el tronco liso de un granado y resoplaba. Ese dia, Maleo no pudo por menos de preguntarle lo que estaba haciendo. Entonces Mani recogio una rama cortada, ya marchita pero aun verde, que hizo girar y restallar como un latigo. – ?Escucha este silbido! Es el aire que gime porque lo he ofendido. Si supieras escucharlo, le oirias decir: hazte mas ligero sobre esta tierra, anda sin apoyar, evita los gestos bruscos, no mates a los arboles ni a las flores. Haz como si labraras la tierra, pero no la hieras, conformate con acariciarla. Y cuando los demas se desganiten, mueve los labios y no grites. Evocando sus anos de juventud en el palmeral de los Tunicas Blancas, Mani diria mas tarde: «En medio de aquellos hombres camine con sabiduria y astucia, observando el descanso, no cometiendo injusticia, no infligiendo ninguna clase de sufrimiento, no manteniendo ninguna conversacion a su manera y sin seguir su ley». Hacia falta mucha astucia para vivir dia tras dia en el seno de aquella comunidad sin conformarse jamas con sus practicas, pero sin que pareciera tampoco que se las contradecia. Y es que el adolescente debia guardar oculta su verdad, aprender, meditar, madurar durante largos anos, hasta que estuviera preparado para afrontar el mundo. Mientras tanto, debia vivir fingiendo, aparentando, disimulando. Por otra parte, se aplicaba a ello con tenacidad y cuando a veces perdia el valor o la constancia se repetia: «Imitando los gestos del mundo es como se aprende su futilidad». Sin embargo, subsistia un terreno donde Mani se guardaba bien de fingir. Entre todos los edificios del palmeral, solo existia uno, la biblioteca, cuya puerta cruzaba sin hastio; pero por desgracia, en aquel mismo edificio, Sittai habia fijado su domicilio. Solo ocupaba una celda muy modesta, pero aun asi estaba alli, muy cerca de los libros y de los lectores. Mientras Mani se limitaba a consultar las obras que el «padre» aprobaba, no se le molestaba, pero en cuanto se arriesgaba a hojear cualquier otro manuscrito, podia tener la seguridad de que unos minutos mas tarde veria acercarse a Sittai o a un «hermano» a sus ordenes, profiriendo amenazas y maldiciones. Ahora bien, en aquella biblioteca, en verdad muy rica y que nadie hubiera esperado encontrar en un rincon perdido del valle del Tigris, raras eran las obras a las que tenian acceso los adeptos, sobre todo los mas jovenes. Bastaba con que el autor fuera pagano para que, simplemente, sus escritos se juzgaran impios. Solo escapaban a los interdictos algunos tratados antiguos sobre medicina, plantas, astros y viajes. Si el autor era judio, habia que verificar que no habia ofrecido animales en sacrificio sobre un altar, a semejanza de Abraham, y que no habia aprobado notoriamente semejantes practicas; lo que explica que la Biblia, tal como se leia en el palmeral, tuviera censurada una parte importante de sus textos. Finalmente, si el autor era cristiano existian, de entrada, con respecto a el fuertes presunciones de herejia; por eso, de la veintena de Evangelios, cuyas copias poseia la biblioteca, solo dos o tres estaban admitidos y el resto apenas estaba mejor considerado que las epistolas de Pablo de Tarso, al cual la gente de la secta jamas le habia aplicado el epiteto de «santo», pero si los de impio, traidor y principe de los herejes, puesto que, segun la formula de Sittai, «habia tergiversado la doctrina de Jesus para hacerla del agrado de los griegos». Mani leia y releia los escasos libros que no le estaban prohibidos, antes de aprenderse de memoria largos pasajes que le habian gustado, o que le habian impresionado o intrigado. A veces, al recorrer con una mirada perezosa un texto que ya se sabia palabra por palabra, se sorprendia viendo en imagenes la escena evocada. Entonces se apoderaba de el el deseo de pintar. Aquello comenzaba siempre con un largo dialogo entre el y la pagina; luego, esta se cubria, alrededor de la escritura aramea, de una escena con abundantes personajes, flores y animales miticos. No obstante, en ningun momento tenia la impresion de acompanar un texto, de ilustrarlo o iluminarlo, aunque este ultimo termino le habria complacido sobremanera; por el contrario, estaba persuadido de que si se leian atentamente sus imagenes, se comprenderia su substancia sin recurrir a las palabras. El arte de Mani se desarrollaba asi en los margenes de los libros, sin premeditacion, pero con la habil pasion de la madurez precoz. Primero trazaba con la tinta de los copistas los debiles contornos de los seres y de las cosas y luego los llenaba de luces. Minutos de felicidad, robados dia tras dia a la vigilancia de los «hermanos». Pero el asunto tenia que descubrirse. La primera vez que un Tunica Blanca vio a Mani «ensuciar» las paginas de un libro santo, corrio a advertir a Sittai del sacrilegio que se estaba perpetrando. El muchacho no quiso suplicar ni huir. Embriagado por el instante de creacion, no cedio al miedo, ni siquiera a la prudencia que se habia impuesto. Y cuando el maestro se encontro ante el, se arriesgo a una confesion insolente: – Aun no he terminado mi dibujo. Apoderandose del libro, un ejemplar del Evangelio de Tomas, Sittai clavo su mirada en el frontispicio, en el que una pintura representaba a Jesus entre sus apostoles. Ninguno de los personajes estaba figurado con su cuerpo, no eran mas que trece rostros, el del Nazareno en el medio, con un disco solar detras de la cabeza a la manera de las divinidades de Palmira. Muy cerca de el, se encontraba Tomas, su gemelo segun la fe de la secta; y en torno a ellos, las otras caras, gravitando como planetas en un cielo azul y negro. Sittai contuvo la respiracion. Tras el, los adeptos esperaban su veredicto en silencio. Pero el veredicto tardaba en llegar. El maestro coloco el libro sobre una mesa, la mas proxima a la ventana y, a la luz del dia, lo contemplo de nuevo. Esa figura que el miraba, le miraba tambien a el, existia mas alla de la hoja, y llego al convencimiento de que no habia podido nacer de la imaginacion del adolescente. Se puso livido y su mirada se hizo mas sombria como si el miedo se hubiera apoderado de el. Mientras el hombre permanecia postrado, Mani recorria con la mirada las paredes, contra las cuales se amontonaban pergaminos, rollos de papiros y libros de hojas de palma atados con cuerdecillas gastadas. El muchacho reconocia cada obra por su encuademacion y sus labios comenzaron a murmurar, por juego, el nombre de los autores: Tolomeo, Arriano, Marcion, Bardesanes… Habria podido estar asi horas sin cansarse, repasando de memoria lo que habia retenido de cada uno de ellos y, a veces tambien, lo que habia estado tentado de dibujar. Una sonrisa ilumino su rostro de nino maravillado. A su alrededor, todo habia dejado de existir… hasta que esa fragil serenidad se rompiera al oir la primera palabra. – ?Quien te ha inspirado esta pintura, Dios o Satan? -dijo Sittai. Sus ojos y su voz traicionaban su turbacion y, al instante, se volvio y salio para senalar que no esperaba ninguna respuesta de la boca de Mani. Los dias siguientes, el maestro de la secta se mostro igualmente sombrio, como si meditara alguna accion ejemplar que se grabara para siempre en la blanda memoria del adolescente. Tambien los «hermanos», a excepcion de Maleo, tenian buen cuidado de no dirigir jamas la palabra al culpable, temerosos de que la colera de Sittai los alcanzara, y por el santo terror que les inspiraba a todos el pecado aun impune. Los dias pasaban y la atmosfera del palmeral se hizo abrasadora sin que el sol del verano de Mesopotamia tuviera nada que ver con ello. Esta vez, la proximidad del Tigris no la atenuaba. El maestro sentia su poder amenazado. «?No fui yo -se decia- el que, obedeciendo a un subito impulso, decidio un dia acudir a Ctesifonte, al templo del idolo Nabu, para pescar al borde del estanque a un extrano principe parto que buscaba la verdad? ?No fui yo, Sittai, el que insistio para que ese nino viniera a la Comunidad? Y cuando Pattig flaqueo, ?no fui yo en persona quien se desplazo para traer al nino? ?No he sido en todo esto el instrumento de una Voluntad Suprema? ?Y no me he convertido, de alguna manera, en el padrino de Mani, su padre en la Comunidad? »Y sin embargo, este muchacho que creo designado por la Providencia es el mismo que viola nuestra ley, ?el mismo que con sus dedos sucios se atreve a reproducir los rasgos de la Santa Faz! ?Con que lenguaje debo hablarle? ?Que actitud debo adoptar? Y sobre todo, ?como impedirle que propague la irreverencia y la confusion en este palmeral?» Pero la confusion estaba ya sembrada entre los «hermanos». Algunos de ellos, ciertamente poco numerosos, se interrogaban: «?No es a los doce anos, al salir de la infancia, cuando se revelan los Elegidos y su sabiduria resplandece ante los ojos de sus mayores? ?Como Jesus ante los doctores de la ley en el templo de Jerusalen, asi tambien Mani!». Esta comparacion irritaba a la mayoria de los Tunicas Blancas, que reprochaban ahora a Sittai su falta de firmeza frente al impio. Desde que la secta habia sido fundada, cuarenta anos atras, era la primera vez que el guia era objeto de una controversia. «Si Mani fuera ese ser santo designado por la Providencia -decian sus adversarios-, habria podido elegir por companero, entre tantos adeptos virtuosos, a cualquier otro que no fuera ese depravado de Maleo, que infringe a diario nuestras reglas de vida y que hace alarde de su desprecio por nuestra Comunidad.» Ciertamente, el joven tirio no podia ser considerado un modelo de piedad. Iba a cumplir quince anos, la edad reconocida como la de la madurez, y no ocultaba ya su deseo de abandonar el palmeral, como tampoco se privaba de hablar a todos de Ctesifonte, de su futuro negocio, de su palacio y de sus caravanas. Por otra parte, Sittai y los demas Tunicas Blancas habian renunciado a impedir sus fugas, conscientes de que ya no pertenecia a su ley. Cual no seria, pues, la sorpresa de Maleo cuando una noche, a su regreso del pueblo, tres «hermanos» de los mas vigorosos saltaron sobre el, le inmovilizaron contra el suelo y luego le arrastraron hasta el atrio de la Santa Casa, donde le ataron a la palmera de los penitentes y, sin ninguna explicacion, se dispusieron a darle una buena paliza. Cuando Mani acudio corriendo, los tres latigos de bejuco trenzado se abatian sobre la espalda y las piernas de su amigo con una implacable regularidad, acompanados de las acostumbradas exhortaciones: «?Confiesa tus faltas!», «?Confiesa!», «?Arrepientete!». Los alaridos del tirio se hacian cada vez mas prolongados, mas dolientes. A un gesto de Sittai, la mano de los verdugos se hizo aun mas dura y el adolescente aullo, de pronto, con un sobresalto de rabia: – No soy aqui el unico que se fuga, ?por que se me castiga a mi? Una sonrisa ilumino el rostro de Sittai. Por fin llegaba la denuncia a la que aspiraba. Por eso, como si solo esperara esas palabras, se acerco al torturado para que los verdugos suspendieran al instante sus golpes. – ?Quien estaba contigo? Recobrando el sentido, Maleo se retracto. – ?Nadie! ?Estaba solo! – Ya se que esta noche te has ido solo, pero los otros dias ?cual de estos hermanos te ha acompanado? – ?Ninguno! Solo se oia el jadeo del adolescente torturado cuando Sittai, volviendose con solemnidad hacia Mani, dijo con voz triunfante: – Se que eres tu, Mani, quien le acompana en sus escapadas, y la mayoria de los hermanos tambien lo saben. Pero hubiera querido oirlo de tu boca. Sittai casi gritaba y luego hizo una sena a los verdugos para que reanudaran su tarea. Mani se apresuro a responder: – Si una palabra de mi boca puede evitar a Maleo este suplicio, la dire. – Pues bien, dila, pronunciala -aullo Sittai. – Es verdad, he acompanado a Maleo en algunos paseos. – ?Adonde ibais? Ya no era una valiente confesion lo que Sittai reclamaba, sino una denuncia. – Ibamos al pueblo -confeso Mani. – Eso lo sospechabamos, pero ?a casa de quien ibais? – A casa de diferentes personas. – ?A casa de los griegos? – Algunas veces. – Una sola vez es ya demasiado. ?Os habeis hundido en la impureza y en la impiedad! Un clamor de aprobacion acompanaba ahora cada frase de Sittai, que prosiguio con una voz cada vez mas irritada, mas acusadora: – Y cuando ibais a casa de los griegos ?no comiais jamas su pan? Mani tiene ya en la mente su respuesta, da un paso con la cabeza levantada y se dispone a decir con orgullosa voz: «Si, he comido pan griego como lo hicieron antes que yo los apostoles de Jesus. Cuando El los envio a predicar a las naciones, no llevaron consigo ni muela ni tortera. Solo tenian, por todo equipaje, las ropas que llevaban puestas». Apenas dijera estas palabras, Sittai enrojeceria y los Tunicas Blancas clamarian en su favor. Pero en el momento de hablar, cuando ya se habia adelantado con paso desafiante, se le nubla la mente, los miembros se le aflojan, ya no manda en sus labios ni en sus manos y se queda alli, desconcertado, lastimoso, sollozando. Sittai triunfa. Ha recuperado su autoridad y manda callar a los que protestan. Mira a Mani de hito en hito, de arriba abajo, antes de concluir, afectando generosidad: – Hermanos, algunos de vosotros deseariais que se expulsara en este instante de nuestra comunidad a los dos jovenes ignorantes que han violado nuestra ley, que desprecian nuestra tradicion y que han dado pruebas de tanto orgullo y presuncion. Pero no puedo tratar de la misma manera a estos dos pecadores. Maleo jamas ha pertenecido de pleno derecho a nuestra religion. Los que han venido a este lugar ya adultos han hecho una eleccion piadosa por la que seran recompensados. Los que vinieron de ninos, han crecido en el seno de nuestra ley. Maleo no se cuenta entre los unos ni entre los otros. Le permitimos quedarse por fidelidad a su difunto padre, pero sepamos admitir que jamas formara parte de nuestra comunidad; pertenece a la impureza del mundo y ahora debe volver a ella. Tenerle aqui es arriesgarse a que corrompa a los mas debiles de nuestros adeptos; esta noche hemos tenido la prueba. Sin la influencia nefasta de Maleo, sin las tentaciones permanentes a las que le somete, Mani se convertira pronto en el cordero mas docil de este rebano. Cinco Aquella noche, cuando Mani se tendio en la estera que desde siempre le servia de cama, el dormitorio estaba oscuro y desierto, ya que los «hermanos» estaban aun reunidos en la Santa Casa para las oraciones vespertinas. Sus voces entremezcladas le llegaban por oleadas. Luego, habia periodos de un silencio opresivo. Mani se incorporo y doblo la pierna izquierda, la pierna sana, sobre la que se sento con el rostro vuelto hacia la ventana, hacia la luna llena, hasta que su halo le impregno los ojos; luego los cerro, como para digerir la luz asi captada. Entonces, se dibujo en su mente la misma imagen que habia visto antano en el agua del canal, su propia imagen, la de su «Gemelo», para que, solo con ella, el adolescente pudiera llorar. – ?Por que me he humillado asi delante de toda la Comunidad? ?Por que no pude responder a Sittai y confundirlo? «No ha llegado la hora», respondio el Otro. – ?Por que no se puede decir a esos hombres la verdad? «?No has leido jamas las palabras de Jesus? ?No se tiran las perlas a los puercos! Solo se desvela la verdad a aquellos que la merecen. Tu tienes por mision subyugar a reyes, trastornar las creencias, conmocionar al mundo, ?y solo piensas en asombrar a algunos Tunicas Blancas!» – Con todo, es aqui donde he vivido desde la infancia y esos hombres son los unicos que frecuento. «Tu jamas has pertenecido a los Tunicas Blancas, tu destino es otro, no envejeceras en medio de esa gente.» Mani dejo de llorar cuando esas palabras se formaron en sus labios y, por espacio de un momento, acaricio un sueno: ?Y si partiera con Maleo ahora? Pero frente a su impaciencia, el Otro se revistio con la mascara serena del tiempo abolido. «No Mani, no puedes descubrirte, es demasiado pronto aun para afrontar el mundo, nadie escucharia a un nino.» Aunque Maleo habia sido desterrado sin apelacion, le autorizaron a permanecer algunas semanas mas en el palmeral. Una tolerancia que no dejaba de tener relacion con las heridas demasiado visibles que le habian infligido. Sittai, su verdugo, no queria ofrecer a la gente del pueblo vecino un espectaculo que pudiera avivar su desconfianza. Mani estaba persuadido de que su amigo iba a rechazar esa clemencia tardia y sospechosa y que, en cuanto llegara la noche, aprovecharia para escapar. Pero el tirio no desdeno la prorroga que le proponian. «?No me gustaria llegar a casa de los griegos en semejante estado!», explico a Mani. No deseaba presentarse ante la mujer de su vida y ante su futuro suegro como un adolescente flagelado y humillado. ?Y puesto que podia esperar oculto a que las senales hubieran desaparecido…! En realidad, Maleo no parecia tener mucha prisa en partir y cuando, veinte dias despues del incidente, un «hermano» fue a avisarle de parte de Sittai que tenia que partir, parecio desamparado. – Ya es hora de que te confiese que te he mentido, Mani. Te he mentido mucho. – No es el momento de confesiones, tus mentiras estan olvidadas. Y no adoptes esa voz de despedida, nos volveremos a ver. – No hablaba de las mentiras pasadas. Estoy hablando de ahora. Te he dejado creer que los griegos me esperaban, que estaban ansiosos por recibirme cuando abandonara el palmeral. ?Pues bien, he mentido! – ?Carias no te quiere por yerno? – ?Crees que me he atrevido siquiera a proponerselo? – ?Vamos! Os he visto juntos cientos de veces, hablando y riendo, te quiere como a un hijo. – ?Mientras le interrogue sobre las hazanas de su antepasado en la batalla de Arbelas! Pero si hubiera podido sospechar un solo instante que yo sonaba con arrebatarle a su unica hija para llevarmela a Ctesifonte, no me habria vuelto a abrir su puerta jamas. – ?Tu que sabes? Estoy seguro de que si le hubieras pedido realmente la mano de Cloe, habria aceptado sin la menor vacilacion. – ?Quien negaria la mano de su hija a un Tunica Blanca! Los dos amigos se echaron a reir, no muy alto, ya que podrian oirlos. Mani no volvio a tener noticias suyas. El mismo estaba bajo una constante vigilancia y cada vez que cruzaba la tapia que rodeaba el recinto le acompanaban dos «hermanos». Solo encontraba la paz en su guarida secreta. ?Por que prodigio los Tunicas Blancas nunca le molestaban cuando iba o venia de alli? Se diria que aquel lugar le dotaba de una especie de invisibilidad y que el tiempo que alli pasaba no transcurria para el. Sin embargo, un dia, al saltar por encima de la palmera que servia de barrera, diviso una presencia extrana. – ?Cloe! ?Como has llegado hasta aqui? El tono era brusco. Ningun otro ser humano habia pisado aun el suelo de su peninsula. – Te segui una vez, hace mucho tiempo, pero parecias tan ensimismado que no me atrevi a acercarme. Mani recobro enseguida el acento afectuoso que siempre adoptaba con la hija del griego. Su intrusion estaba perdonada. – ?Que noticias tienes de Maleo? – Ha encontrado donde alojarse al otro lado del canal, en casa de un granjero que necesitaba brazos para la recoleccion. Trabaja de la manana a la noche hasta caer agotado. Solo ha venido una vez a casa. Echamos de menos vuestras visitas. Mi padre me pregunto ayer si no querrias restaurar otras pinturas de nuestras paredes. Sus cabellos de nina estaban sujetos con un panuelo de mujer y haria unos gestos de pudor que Mani no conocia en dia. – Conservo un maravilloso recuerdo de aquellas escapadas. Veo aun a tu padre con Maleo, se volvian tan locuaces… – Mani, cuando veniais a vernos, yo te miraba a ti sobre todo… Como si no hubiera oido, el muchacho intento conservar la misma entonacion festiva. – …su batalla de Arbelas que no terminaba nunca, el antepasado que llegaba siempre en el momento preciso para salvar a Alejandro, y esa risa feliz de Maleo… Pero Cloe adopto un aire grave. – Mani, era a ti a quien yo miraba siempre. Mi padre tambien te quiere. Una sonrisa habia comenzado a relajar los rasgos de Mani, pero la reprimio y retrocedio un paso. – ?Y Maleo? – Entre el y yo jamas hubo una promesa. – El suena desde hace anos… – ?Tengo que cargar con los suenos de los demas? – Pero yo he prometido… -balbuceo Mani. Con el brazo izquierdo, abrazo un arbol familiar, como para pedir su apoyo antes de pronunciar las palabras que alejarian de el a la «dama» de Maleo. – En este palmeral, hice el juramento de no tomar nunca mujer. Mira, me he atado esta cuerda a la cintura… Como si quisiera consolar a Cloe, anadio: – En aquella epoca, no te conocia. – No, no me conocias. ?Has conocido jamas otra cosa que este palmeral? ?Conoceras alguna vez otra cosa? ?Amaras alguna vez a alguien? – ?He pronunciado unos votos! -insistio Mani, esforzandose en adoptar el mas seco de los tonos. Entonces, Cloe huyo. Su panuelo mal atado se engancho a una rama, pero ella no se detuvo para cogerlo. Mani espero a que estuviera lejos para llorar, para pedirle perdon en silencio. Y para perdonar a Maleo. Un mes mas tarde, Mani se entero, por un rumor que corria por el palmeral, que Maleo se acababa de casar con la hija del griego y habian partido juntos a Ctesifonte. Seis Mani tuvo que esperar mas, mucho tiempo mas, hasta pasados ya sus anos de adolescencia. Segun la tradicion consignada en los escritos de los discipulos, hasta la edad de veinticuatro anos no recibio, «de labios de su Gemelo», las palabras tan esperadas: «Te ha llegado la hora de manifestarte a los ojos del mundo y de abandonar este palmeral». Si permanecio durante tanto tiempo junto a los Tunicas Blancas a pesar de rechazar sus practicas y sus creencias, a pesar de que vivir con ellos era para el un sufrimiento diario, fue quiza porque su deseo de partir se acompanaba de una inconfesable aprension. El, que habia vivido toda su juventud en el universo cerrado de la secta, universo represivo y protector en el que se envejece y se amarga uno sin madurar realmente, universo pusilanime, desconfiado, inmerso en sus obsesiones y, finalmente, ignorante de todo lo que puede suceder mas alla de la tapia que lo cercaba, ?como podria pensar con ligereza en el enfrentamiento con el mundo? Habia dejado, pues, que transcurrieran los dias, las semanas, todas iguales, lentas, sombrias. Hasta aquella manana de abril, aquella manana de la liberacion, cuando, al despertarse, fue a lavarse la cara con el agua del canal del Tigris. Permanecio alli durante largo rato, inclinado, inmovil, hasta mucho despues de que todos los «hermanos» se hubieran ido. Luego, incorporandose lentamente, miro a la lejania con deseo. El sol estaba ligeramente velado, el aire era tibio y languido, las palmas de las datileras se movian con el triste balanceo de las alas cautivas. Subitamente, el tiempo de su vida le parecio de gran valor. Habia tomado una decision: ?antes de que llegara la noche, partiria! «Partir -se repetia Mani-, partir es una fiesta, la unica quiza, de mil formas diversas, con mil vestidos de gasa o de roble. ?Han celebrado alguna vez otra cosa los hombres, eternos rehenes del horizonte?» Para su partida del palmeral no eligio el engano ni la huida, sino la ufania y la frente alta, y tambien la ceremonia: primero, despojarse, separar lentamente de su piel esa otra piel blanca que, desde hacia veinte anos, le envolvia y le ahogaba, respirar en la desnudez, mirar con desprecio su ropa vieja desparramada por el suelo, desplomada, vacia de todo espesor de vida. Luego, renacer en los colores: «Mani llevaba un pantalon bombacho con las perneras tenidas de amarillo rojizo y verde puerro», cuenta una cronica muy antigua. Se habia echado sobre los hombros un chaqueton azul cielo y aunque su blusa era blanca, estaba salpicada de flores dibujadas con embeleso, como se borda un ajuar de boda, por el propio pintor en sus tristes epocas de espera. Sin embargo, cuando mas tarde los discipulos de Mani evocaran este dia de ruptura, preferirian hablar de Natividad, olvidando a Mariam y Mardino, y los apretados panales de Utakim. No -dirian-, de las entranas de una mujer a las entranas de una comunidad no se produjo un nacimiento, sino una gestacion inacabada; se necesitaba otra cosa, veinte anos de un lento viaje en torno a si mismo. La conmocion del mundo se concibe en la paciencia. Aquel dia, cuando Mani hubo terminado de arreglarse y se presento ante los Tunicas Blancas reunidos bajo la boveda de la Santa Casa, lo hizo mirando de frente, con un baston en la mano y un libro bajo el brazo. Se percibia la seguridad de su paso, pero su barba rala dejaba traslucir aun cierta fragilidad. Entro el ultimo, y aunque la oracion habia comenzado ya, su aparicion desencadeno murmullos. Los blancos hombros se volvian y si algun «hermano» permanecia recogido, su vecino le zarandeaba para mostrarle con la barbilla o con el codo al innombrable atrevido. Solo el sacerdote, Sittai, aparento proseguir su oficio, pero el ultimo canto, de ordinario tan ferviente, fue despachado en dos compases apresurados y luego los adeptos salieron andando hacia atras, con la cabeza inclinada y evitando pasar por la nave central en cuyo centro se encontraba Mani, envuelto en colores chillones, por lo que se retiraban rozando las paredes de las naves laterales. Parecian galeotes sin remos o pescadores sin redes. Una vez fuera, se reunieron cerca de la puerta profiriendo imprecaciones, sintiendose agraviados tambien por su indumentaria, por su repentina locura y por su criminal impiedad. Y cuando, una hora mas tarde, Mani se aventuro por fin a salir, un clamor se elevo entre ellos. Cuando ya unas manos se tendian hacia el para agarrar sus ropas abigarradas, para hacerle pagar su provocacion, Pattig, como si se acordara subitamente que era padre y que tenia unos deberes, se interpuso, cogio por el brazo a su hijo con firmeza y le arrastro hasta la orilla del canal, donde los «hermanos» no pudieran espiarlos. Mani se dejo conducir sin perder ni un apice de su serenidad ni de su orgullo. Era Pattig, sobre todo, quien parecia inquieto, desamparado; aunque escrutando mas de cerca su semblante, se habria podido descubrir en el una inconfesable felicidad: la de encontrarse, por primera vez en su vida, protegiendo a su hijo, apartandole de los peligros. Verdad es que, al dia siguiente de la partida de Maleo, se habia forjado entre ellos una discreta amistad, despues de tantos anos de alejamiento y de aparente indiferencia; pero en ningun momento habia tenido Pattig la ocasion de semejante familiaridad, de coger a Mani por el brazo, apartarle de la Comunidad y sermonearle como el verdadero padre que era: – ?Que ridicula idea te ha cruzado por la mente para que lleves este disfraz! – No puedo dar credito a mis oidos -respondio el hijo-. ?Es realmente un Tunica Blanca el que intenta ensenarme de que manera hay que vestirse para ir por el mundo? Pattig se esperaba una respuesta mas sumisa. – ?Por que hablas en ese tono, como si estuvieras rodeado de enemigos? Aqui solo tienes hermanos. Ven, sigueme, vamos a ver a _mar _ Sittai. Sabes que te tiene en gran estima, estoy seguro de que estara dispuesto a olvidar este estupido incidente. – Yo no quiero que lo olvide. Quiero que conserve para siempre esa imagen ante sus ojos y que, dentro de veinte anos, vea aun en suenos a Mani con ropas de colores. – Dominate, Mani, recupera el sentido, ya no es momento para bravatas de chiquillo, el sinodo de los ancianos va a reunirse para ordenar tu expulsion. Quiza tenga tiempo aun de hablarles, de calmar su colera. – Yo deseo partir y el sinodo quiere que me marche, ?por que he de temer el enfrentamiento? Ellos, que creen castigarme, no hacen mas que apresurar mi liberacion. – Partir, partir, no tienes otra palabra en los labios, pero ?adonde irias? Has vivido siempre en esta Comunidad. Fuera de aqui, estaras perdido. Pronto te recogeran al borde de un camino como un fardo deshecho. – ?Me estas diciendo que hay suficiente sitio para mi en este miserable palmeral y que en el vasto mundo me sentire limitado? – Aqui al menos encuentras gente que te escucha y debate contigo, somos tu unica familia. Y respecto a mi que te estoy hablando… eres de mi carne y de mi sangre, ?lo ignorabas? En el pasado, Pattig jamas habia pronunciado estas palabras y ahora las lanza como un mal argumento, con la esperanza de desarmar a Mani, quien, de hecho, se siente turbado. Su mirada se vuelve vacia y ausente. El corazon le martillea en las sienes y, temiendo desfallecer, busca con la mano una pared donde apoyarse. Pattig le tiende la suya abierta como para acogerle, pero en cuanto el hijo la toca, en cuanto nota su aspero sudor, se arrepiente y se yergue, para anunciar con voz inexpresiva: – Es ya demasiado tarde para que un hombre sea mi padre. Hasta ese momento, ninguno de los dos se habia permitido evocar, ni siquiera por alusion, el lazo de sangre que los unia; cada uno de ellos se contentaba con saber que el otro sabia, y esa muda complicidad daba a sus relaciones una emocion inalterable. Por lo tanto, las palabras pronunciadas por Pattig, no solamente acababan de traicionar un tacito y sabio acuerdo, sino que, dichas en esas circunstancias y con semejantes segundas intenciones, habian resonado en los oidos de Mani como algo agresivo y obsceno. Tuvo que hacer un esfuerzo para respirar sosegadamente antes de anadir con un tono que queria ser definitivo: – Esta escrito desde el alba de los tiempos que tu serias el medio por el cual yo vendria a este cuerpo. Pero no seras un obstaculo en mi camino. Los ancianos de la Comunidad se habian reunido en la sala del sinodo, contigua a la Santa Casa. Alli estaban Sittai, que presidia, su sobrino Gara, un «hermano» de Edesa, otro de Farat y otro de Kashgar. En total cinco jueces instalados a todo lo ancho de la mesa maciza y, de pie, frente a ellos, el acusado con un rostro impasible. A Sittai le correspondia hablar el primero. – No nos hemos reunido para castigarte, Mani, sino para invitarte a arrepentirte. Has llevado durante veinte anos el blanco de la pureza y ahora adoptas los colores del orgullo. Has vivido entre nosotros como una oveja docil, como una novia timida y decente, has guardado puro el cuerpo, no te has llevado a la boca mas que alimentos puros, ?por que locura quieres hoy perder el beneficio de semejante gracia? Mani parecia clavar la mirada no se sabe en que punto de la pared, por encima de la cabeza de sus censores. – Los alimentos, puros o impuros, terminan en deyecciones. ?Habria, segun vosotros, deyecciones puras e impuras? – Te hemos convocado para escucharte con indulgencia, ?por que te muestras tan desdenoso desde las primeras palabras? – No existe en mi ningun resentimiento, pero os jactais de haberme hecho vivir en la pureza, y yo os respondo que esa pureza que vosotros predicais no corresponde a nada. Pretendeis que los frutos que salen de las tierras de la Comunidad son «machos» y puros, ?no es eso lo que decis? ?Por que, entonces, los vendeis fuera a los aldeanos impuros que los muerden con sus dientes impuros? – ?Adonde quieres llegar? – Es pura supersticion hablar de alimentos puros o impuros; es pura necedad hablar de hombres puros o impuros; en todas las cosas y en cada uno de nosotros la Luz y las Tinieblas estan mezcladas. – ?Y es para protestar contra nuestra exigencia de pureza por lo que te has quitado tu tunica blanca? – No. Me he vestido asi porque me dispongo a partir. Dio un paso hacia la puerta. Sittai le llamo. – Acabas de exponernos tus ideas, pero aun no las hemos discutido contigo ni las hemos debatido entre nosotros y ya te alejas. A decir verdad, en aquel enfrentamiento era Mani el que demostraba mas agresividad. Mas tarde, perdonaria a Sittai que le hubiera arrancado de los brazos de su madre, que le hubiera secuestrado y aterrorizado durante veinte anos. Mas tarde, hablaria sin rabia del maestro de la secta y de la mutua fascinacion que se habia establecido entre ellos, pero con todo, en aquel momento habia que saber romper, liberarse, escapar. Habia que saber partir. – No me voy a causa de ningun desacuerdo con vosotros, sino porque tengo que entregar un mensaje al mundo. – ?Y cual es ese mensaje? – No es aqui donde lo debo entregar. Oireis mi grito cuando el mundo os haya enviado su eco. – No eres razonable. Nos hemos reunido para escucharte y tu quieres partir sin ninguna explicacion. Cuando un campesino consigue una semilla nueva, primero la prueba en una pequena parcela; si agarra, puede permitirse sembrarla en todos los campos. Explicanos tu mensaje, nosotros te diremos lo que pensamos de el y te ayudaremos a discernir lo verdadero de lo falso. – Lo que es verdadero es verdadero, lo que es falso es falso, vuestras opiniones o las mias importan poco. La voz de Sittai se hizo mas firme sin que, no obstante, pareciera hostil. – No se trata solamente de opiniones. Somos cinco ancianos, fieles a los libros y a nuestras tradiciones, te hemos visto crecer, te hemos ensenado todo lo que sabes, ?no puedes extremar tu orgullo hasta pretender que la opinion de un solo hombre como tu tiene mas importancia que la nuestra! – Fuiste tu mismo quien me lo enseno, Sittai: no hay mayoria en la verdad. Bajo los cuatro climas, una infinidad de personas cultivan las mas absurdas supersticiones, ?acaso su gran numero anade algun valor a sus creencias? – ?Pero los hermanos ante los cuales te encuentras no son la multitud informe, sino los mas eruditos, los mas sabios de los hombres! – Las leyes del universo no han sido votadas por asambleas de sabios. Son lo que son, ?en que podrian modificarlas vuestras opiniones? – Pareces muy seguro de ti mismo. – Solo estoy seguro del mensaje que me ha sido revelado. – Aun falta saber si ese mensaje te viene de Dios o del diablo. ?Te has preguntado alguna vez por que el Cielo te habria elegido a ti? ?Eres el mas santo, el mas piadoso, el mas virtuoso? – No interrogo sus designios. Quiza sea yo su preferido. A Sittai se le agotaba la paciencia, pero siguio esforzandose por dominarse. – Supongamos que el Altisimo te haya designado realmente, Mani. Habria querido entonces distinguir este palmeral, ?no crees? Si tu eres santo y bendito, el arbol que te ha producido es igualmente bendito. – Cuando naci, ?que hicieron del agua sucia en la que estuve sumergido durante nueve meses? La tiraron. Este palmeral es el agua en la cual estuvieron sumergidas mi infancia y mi adolescencia. Era demasiado. Sittai, sin poder creer lo que estaba oyendo, hubiera querido hacer repetir al insolente la frase que acababa de proferir, pero Gara, su sobrino, habia saltado ya de su asiento gritando «?Hereje!», y un instante despues, como para responder a su senal, la puerta se abrio y una horda de Tunicas Blancas inundo la sala vociferando, abalanzandose sobre Mani, lanzandole barro e intentando despojarle de sus ropas de colores. Sittai intervino: – ?Todo hombre que se encuentre a menos de tres pies de el sera excomulgado inmediatamente! Los golpes se interrumpieron, pero cuando Mani, ya en el suelo, se atrevio a levantar la cabeza, una avalancha de barro fue a estrellarse contra su frente, chorreandole luego por las cejas y por el resto de la cara. Se desplomo de nuevo y a duras penas Pattig consiguio levantarle y arrancarselo a la horda. Fue entonces cuando en medio de sus lagrimas Mani recupero la sonrisa. ?Como podia sorprenderse de haber sido maltratado? ?Acaso creia que iban a aclamar triunfalmente a aquel que habia escarnecido su ley? A decir verdad, era el quien habia estado lamentable. Habia bastado una bofetada y un chorro de barro para que perdiera toda prestancia y se encontrara llorando como un nino en brazos de su padre. Se limpio la cara lentamente con el reves de la manga y se incorporo; levanto la tapa del cofre de madera tosca donde guardaba sus cosas y saco de el su recado de escribir y sus pinceles para envolverlos en un panuelo de lino que se anudo alrededor de la cintura. Luego, se levanto, pero permanecio aun un largo rato con los brazos caidos, incapaz de poner un pie delante del otro, como si esperara de su voz interior una ultima confirmacion. «Si, Mani, hijo de Babel, estas solo, despojado de todo, rechazado por los tuyos, y partes a la conquista del universo. En eso se reconocen los verdaderos comienzos.» 2. Del Tigris al Indo _Mi esperanza ha llegado hasta el oriente del mundo,_ _y a todos los lugares de la tierra habitada._ Mani Uno Fue en el mes de abril del ano 240 cuando abandono para siempre el palmeral de los Tunicas Blancas. Habia vuelto una pagina de su historia: hasta entonces habia vivido sedentario y oculto; en lo sucesivo, viviria por los caminos. Su primera etapa fue Ctesifonte. Cuando Mani nacio, la gran ciudad del valle del Tigris era la residencia de los reyes partos, y aunque despues su imperio habia desaparecido, barrido por el de los persas sasanidas, los nuevos senores del pais se habian establecido en la misma capital, que de ese modo habia conservado su prestigio y su prosperidad. Hoy, el nombre de Ctesifonte esta borrado del mapa. Sin embargo, fue una de las grandes metropolis del mundo antiguo, cuna del maniqueismo y tambien un importante lugar de la cristiandad oriental. No lejos del emplazamiento donde, cinco siglos mas tarde, los arabes fundarian la ciudad de Bagdad, se pueden admirar aun los vestigios del palacio donde Mani consiguio su mas espectacular conquista. Pero al dia siguiente de su partida del palmeral aun no habia llegado ese momento. Aunque el hijo de Babel tenia un alma de conquistador, su apariencia era distinta, la de un monje errante vestido con unas extranas ropas de colores. Iba a pie, con la cabeza protegida por un panuelo, y deberia haber llegado a la ciudad en cuatro o cinco dias; pero el viaje se habia prolongado a causa de una crecida del rio Tigris que habia roto los diques e inundado los caminos. Hasta el decimo dia, a la puesta del sol, no llego a la ciudad, y pronto se vio arrastrado por el cotidiano barullo. En efecto, los habitantes mas ricos de Ctesifonte tenian por costumbre poseer multitud de animales, monturas y grandes rebanos, que los pastores esclavos llevaban a pacer todas las mananas fuera de las murallas, hacia los pastos de Nassir o de Mahoze, y traian de regreso por la tarde, obstruyendo las puertas de la ciudad con una nube de lana, de cayados y de olores. Como muchos otros viajeros, el hijo de Babel tuvo que entrar tras sus huellas, tosiendo, soportando empujones y aturdido por un alboroto mas urbano, ya que las calles, adormiladas a mediodia, se animaban al acercarse el crepusculo cuando el sol se ponia. Empleados, porteadores, pregoneros, soldados, camelleros, que a la hora de la siesta habian desaparecido, recomenzaban su ajetreado bullicio al cual se unian los paseantes, cada hora mas numerosos a lo largo de las orillas, donde les esperaban las barcas de los vendedores ambulantes para ofrecerles esteras, gorros y chucherias de gran precio. Las monedas caian a punados ruidosamente de una bolsa a otra. Ctesifonte era asi. No se deambulaba por la ciudad para respirar aire fresco, sino para presumir, para exhibir a los ninos rollizos y a los sirvientes, a las esposas sobre todo, preferentemente regordetas y de tez lechosa, cargadas de collares sobre la piel de los escotes y de pulseras ensartadas de dos en dos y de cuatro en cuatro hasta el codo. En esa ciudad, la gente llevaba encima todo lo que poseia, todo lo que era o pretendia ser. Y si, a veces, alguien tiraba una de esas pulseras a un mendigo desplomado contra la pared de un templo, lo hacia para que la multitud se quedara boquiabierta. Cuando el cielo se iba oscureciendo y se terminaba el paseo, todo el mundo se retiraba a su casa con sus animales y su familia, para comer y beber, ya que las tabernas solo eran para los viajeros y para algunos granujas. En efecto, todo ciudadano que se respetara se emborrachaba en su casa y acostado; siempre debia beber acostado y rodeado de los seres queridos o gratos. Tambien en esto habia que saber alardear, probar que se tenian los medios para embriagarse, ofrecer el vino en odres panzudos a los amigos, a los vecinos, a los clientes, y emborracharse hasta perder el sentido. ?No era asi como se comportaba el rey de reyes? ?No tenia, ademas de sus catadores y de sus coperas, un escribano encargado de la embriaguez que llevaba un registro de todo lo que el soberano decretaba en estado de soberana borrachera, a fin de recordarselo cuando se despertaba y asi lo pudiera reparar? Si la vispera habia tenido el vino prodigo y habia abolido cuatro anos de impuestos, era necesario que los restaurara; si habia tenido el vino colerico y habia despojado de su cargo al jefe de los magos, culpable de haberse negado a bailar, era necesario que le rehabilitara. Ctesifonte. La embriaguez ordenada, la grandeza meticulosa. Ctesifonte, heredera de Babilonia y rival de Roma; entre sus murallas dormiria Mani aquella noche. Pero primero, para dar un rostro a la ciudad, habia que encontrar al amigo. Mani interrogo a un transeunte que parecia tener menos prisa que los demas. ?Conocia, por casualidad, a un tirio llamado Maleo? ?Maleo?, repitio el hombre entornando exageradamente los ojos. Por lo menos hay diez o doce que llevan ese nombre. Y dices que su mujer es griega… Y fue asi como Mani llego al barrio del templo de Nabu, no lejos de la plaza de los Relieves, ante una casa de dos pisos, recien encalada y reluciente, detras de una fila de palmeras. El portero condujo al visitante ante su senor, que aparecio al final de la avenida, abriendo exageradamente los brazos. – No es el palacio que habia prometido, pero ya me he construido esta choza -dijo modestamente Maleo con su voz de trueno, satisfecho y prospero, orondo y resplandeciente. Cloe, incredula, vino corriendo. Habia cambiado poco. Si no fuera por la criatura rolliza que llevaba con soltura en la cadera, sujetandola con un brazo, seria la misma chiquilla alegre y traviesa por la cual Mani habia conservado el mismo carino. Sus cabellos claros estaban, como siempre, despeinados. En la fugaz mirada que intercambiaron se podia descubrir una alegria verdadera; tambien, sin duda, un resto de pena, pero ninguna ambiguedad. – ?Y esa ropa? -dijo ella. – Si, he abandonado a los Tunicas Blancas. – ?Para siempre? – E incluso mas alla. Dio un paso hacia ella y con una mano emocionada rozo las mejillas de la criatura, una nina de apenas dos anos que se dejo acariciar por el visitante desconocido y que, incluso, le regalo una sonrisa antes de agarrarse timidamente a la blusa de su madre. – Aqui eres bienvenido -dijo Maleo-, esta casa es la tuya, bien lo sabes. – Si alguna casa en el mundo pudiera ser la mia, seria esta; pero solo estoy de paso. – ?Adonde vas? – Eso aun lo ignoro. Mientras tanto, ?me ofreces alojamiento para esta noche? – Para esta noche, para manana por la noche y para todas las noches de mi vida. – Para manana, te lo pedire de nuevo manana. Maleo hubiera querido protestar, pero reconocio en su amigo ese tono lejano, subitamente desinteresado y como sonambulo. No servia de__ nada insistir, mas valia cambiar de tema. – Manana te llevare a ver mis almacenes y mis talleres, luego, el palacio y el nuevo hipodromo… Pero su amigo le interrumpio, cogiendole la mano con gesto de excusa, – No, Maleo, lo que mas necesito es callejear por esta ciudad sin rumbo fijo. Ya es hora de que contemple como vive el mundo. Al dia siguiente, al regresar a su casa para comer y dormir, Maleo llevaba su mula, como todos los dias, por un atajo a traves de un jardin baldio, especie de huerto abandonado, cuando vio a Mani sentado en una piedra, en medio de un pequeno grupo. Al acercarse, advirtio que su amigo tenia sobre las rodillas un libro abierto en el que parecia dibujar algo, a la vez que conversaba con las personas que le rodeaban. El tirio se disponia a echar pie a tierra cuando, al reconocer a las cinco o seis cabezas que se apinaban alrededor del pintor, cambio de parecer y reanudo su camino mirando a otra parte. Ya en su casa, se sento a la mesa sin decir palabra. – ?No quieres esperar a Mani? -le pregunto Cloe con tono de reproche. – Ya comera cuando venga. Tengo hambre. Cuando se le ponia cara de mal humor, Maleo parecia mas rollizo aun que de ordinario y su barba redonda se le encrespaba. – Otra vez problemas con los caravaneros -concluyo ella… Pero su marido callaba y devoraba su comida bocado tras bocado, mirandose los dedos fijamente. Cloe no insistio mas y continuo trajinando a su alrededor. Despues de las frutas, Maleo no se fue a dormir la siesta, sino que se sento en un cojin desgranando con rabia su rosario de ambar. Una hora mas tarde llego Mani. Maleo no levanto los ojos. – Al pasar por el jardincillo, te vi… Estabas en plena conversacion con ciertos individuos… ?Los conoces? – No. Estaba dibujando una guirnalda con tinta roja, se acercaron y yo les hable. – ?Sin conocerlos? – Fuera de tu casa, no conozco a nadie en esta ciudad. – Voy a decirte quienes son esos individuos: ociosos golfos, chiflados, borrachos, todos aquellos que no tienen otra cosa que hacer por la manana que vagabundear por los descampados… ?No dices nada! ?Te es indiferente que tus oyentes sean los peores granujas del barrio! Mani callaba. Pero habia tanto candor en el mutismo de ese nino de veinticuatro anos, ese nino grande, barbudo y vestido de colorines, que Maleo no insistio mas. Dejo caer los brazos y con los ojos entornados se fue a echar la siesta inutilmente retrasada. Durante los dias siguientes, el tirio evito pasar por el jardin. Preferia obligarse a dar un gran rodeo antes que encontrarse de nuevo con las malas companias de Mani. ?Fue por curiosidad, por cansancio o por simple inadvertencia por lo que, una semana mas tarde, tomo de nuevo su antiguo camino? Habia por lo menos quince personas rodeando al pintor, entre ellas dos o tres de los mirones del primer dia, pero tambien individuos de toda condicion, y uno de ellos era un vecino, tirio como Maleo, rico y respetado. Sentado, como tenia por costumbre, sobre la pierna izquierda doblada, el hijo de Babel tenia su libro abierto ante el, pero habia dejado de pintar y se habia colocado el pincel detras de la oreja. Echando pie a tierra, su amigo se acerco para escucharle, medio escondido detras de un cipres joven. Mani no dio la impresion de haber notado su presencia y prosiguio su discurso: – … en los comienzos del universo existian dos mundos, separados uno del otro: el mundo de la Luz y el de las Tinieblas. En los Jardines de Luz se encontraban todas las cosas deseables, en las tinieblas residia el deseo, un intenso deseo, imperioso, rugiente. Y de pronto, en la frontera de los dos mundos, se produjo un choque, el mas violento, el mas aterrador que el universo haya conocido. Las particulas de Luz se mezclaron entonces con las Tinieblas de mil formas diferentes y fue asi como aparecieron todas las criaturas, los cuerpos celestes y las aguas, y la naturaleza y el hombre… Su palabra se interrumpio, como para buscar la inspiracion. Luego, fluyo de nuevo. – En todos los seres como en todas las cosas se rozan y se entremezclan Luz y Tinieblas. Cuando os comeis un datil, la pulpa nutre vuestro cuerpo, pero el sabor dulce, el perfume y el color alimentan vuestro espiritu. La Luz que esta en vosotros se nutre de belleza y de conocimiento, teneis que alimentarla sin cesar, no os contenteis con atiborrar vuestro cuerpo. Vuestros sentidos estan concebidos para captar la belleza, para tocarla, respirarla, saborearla, escucharla, contemplarla. Si, hermanos, vuestros cinco sentidos son destiladores de Luz. Ofrecedles perfumes, musicas, colores. Evitadles la pestilencia, los gritos roncos y la suciedad. Cuando su auditorio esperaba la continuacion, Mani se levanto apoyandose en el palo que llevaba constantemente en la mano y todos se apartaron con respeto para dejarle partir, aun pendientes de su rostro demacrado de adolescente hurano. Luego, como si unos tenues hilos los ataran a el, uno tras otro le siguieron pisandole los talones, subyugados y mudos. Sin duda, Maleo se habia tranquilizado con respecto a las companias de su amigo, pero no por ello se habian disipado sus temores. Ayer temia que un guardian celoso le confundiera con los golfos del barrio; hoy, le aterraba verle preso por razones mas serias. No se podia reunir todos los dias en las calles de Ctesifonte a decenas de ciudadanos, quiza pronto a cientos de ellos, sin despertar sospechas de estar urdiendo alguna conspiracion. Ciertamente, lo que acababa de oir de la boca de su amigo no contenia ninguna palabra sediciosa. Pero Maleo desconfiaba. Conocia suficientemente a Mani para adivinar que su ensenanza no habia hecho mas que comenzar, para presentir que no se limitaria indefinidamente a consideraciones idealistas sobre los comienzos del mundo. Un dia, que podria estar cercano, su amigo pronunciaria la frase de mas que provocaria lo irreparable. A medida que el tirio daba vueltas en la cabeza al asunto, el peligro le parecia mas evidente, mas inminente. El mismo se veia ya preso por complicidad en cualquier calabozo, su comercio arruinado, todas sus ambiciones aniquiladas y a su mujer, reducida a la mendicidad… – Tengo que hablarte, Mani -le dijo bruscamente. El tono no era hostil, solo queria que fuera grave y franca El hijo de Babel comenzo por sonreir. – No frunzas el ceno, entonces. Ese aire sombrio no concuerda con tu cara mofletuda. Pero habla, dime lo que tienes en el corazon… – Tu y yo vivimos toda nuestra juventud en aquel palmeral, apartados del mundo, de sus alegrias y de sus obligaciones, y tu, mucho mas que yo, viviste en tus libros, nadie conoce mejor que tu la medicina y la teologia; admiro tu ciencia, tu talento, tu entusiasmo, los hombres como tu dejan huellas en la tierra que han pisado y en el corazon de sus allegados. Pero hay muchas cosas que se te escapan y que el mas zafio de los hombres captaria mejor que tu. ?Estas dispuesto a admitirlo? Mani asintio y su amigo se animo a proseguir. – Primero, pareces haber olvidado que el senor de Ctesifonte y de todo este imperio es Artajerjes el Sasanida, rey de reyes. Tengo empeno en recordarte su nombre y el de su dinastia, y que ha instituido su poder borrando de la faz del mundo el imperio de los partos y matando a Artaban, su ultimo soberano. Te lo repito, por si no lo hubieras comprendido: los sasanidas han establecido su reino sobre las ruinas de los partos, los han perseguido por toda esta tierra de Mesopotamia, en Media y hasta las puertas de Arabia y de la India. Y tu, Mani, tenlo constantemente en cuenta, eres parto. A los ojos de los nuevos senores eres, en primer lugar, un principe parto. No solamente tu padre es de la noble familia de los Haskaniya, sino que tu madre, segun dicen, pertenece a la de los Kamsaragan, aun mas noble y mas antigua, que se aliaron con el reino de los partos. – He ignorado durante mucho tiempo esta ascendencia y cuando me entere no le di importancia. Sabes bien que a mis ojos no existen razas ni castas. – Lo se, Mani, y te respeto por ello, pero el mundo no ve las cosas asi. Esta noche, una mano malintencionada puede presentar un informe al rey de reyes sobre un principe parto llamado Mani que organiza reuniones en las calles de su capital. Y eso sera el fin de tus locuras. – ?Por que habrian de inculparme? No me ocupo de los asuntos del Estado, solo hablo del Cielo, no incito a la sedicion. – ?No acabas de decirme que no creias en razas ni en castas? Bastaria con que pronunciaras en publico esas palabras para ser culpable de lesa majestad, ya que nuestro rey de reyes esta orgulloso de su casta y de su raza. Y aunque solo hablaras del Cielo, ?crees que eso bastaria para declararte inocente? Quiza no tengas consciencia de ello, pero los tiempos han cambiado. En la epoca de tus parientes partos se toleraban todas las creencias. Entre mis vecinos hay cristianos que practicaban su culto sin esconderse. El patriarca de los judios en el exilio tenia acceso libre al palacio, y ni siquiera se sabia cual era la religion del principe. Pero Artajerjes es diferente. Esta rodeado de un grupo de magos que intentan imponer el culto del fuego en toda la extension del imperio. En un palmeral olvidado a la orilla de un canal del Tigris se puede practicar aun la religion elegida. Pero aqui, en la capital, hay que callarse, esconderse, y si se quiere invocar a Jesus, o a Baal, o a Nabu, o a Moises, se hace al amparo de las propias paredes. – Tus palabras no me asustan, Maleo. Si vienen a detenerme tendre la oportunidad de exponer mi mensaje ante el senor del imperio. – En esto reconozco tu ingenuidad. Recuerdas haber leido en tus libros alguna fabula antigua sobre un acusado que comparecia ante el rey y ya te imaginas tu frente al monarca, dialogando con el, subyugandole y convirtiendole. ?Despierta, Mani! ?Abandona ya esos suenos de adolescente! No te conduciran ante el rey de reyes, desgraciado, te meteran en algun calabozo cenagoso y solo podras discutir con las ratas y los parasitos. – En eso te equivocas. Yo se que algun dia hablare a los reyes… Maleo observaba a su amigo, intentando discernir las razones de semejante seguridad, cuando aparecio Cloe, con la mirada vacilante del que no sabe si la noticia que trae va a suscitar alegria o fastidio. – Pattig esta aqui -dijo. Mani se levanto y dio un paso hacia la puerta; por el contrario, su anfitrion lo hizo de mala gana, preocupado aun, inquieto, pero cuando Pattig entro en la habitacion, vestido todavia a la manera de los Tunicas Blancas, le tendio los brazos efusivamente. El viejo «hermano» no le concedio mas que un abrazo apresurado; solo tenia ojos para su hijo, al que, sin embargo, no se acercaba, contemplandole a distancia como a una aparicion ardiente e incierta, un poco peligrosa. – ?Estaba convencido de que jamas volveria a verte! Cuando te fuiste, llore, quise ayunar hasta la muerte. Y Sittai tambien lloro como si hubiera perdido a su verdadero hijo. Luego llegaron unos hermanos que te habian visto cruzar el puente de Seleucia y supuse que habias venido a casa de Maleo, ya que no conoces a nadie mas en estas ciudades. Por lo tanto, te segui. Todos los hermanos deseaban acompanarme en cortejo. Tu partida les ha apenado y conmovido. Si al menos pudiera llevarte de regreso a nuestro palmeral, toda la Comunidad exultaria. Nadie, ?me oyes?, nadie pensaria en reprocharte nada, podrias hablar en voz alta, exponer tus ideas… El rostro de Mani se iba endureciendo a cada palabra de su padre. – Si has venido para decirme esto, mas te habria valido quedarte con los Tunicas Blancas. Enterate de una vez por todas, no volvere jamas a tu palmeral, ya no pertenezco a esa religion. – ?Y yo, Mani? ?Has pensado un instante en mi? Abandone el mundo y sus placeres, abandone a mi mujer para vivir en esa comunidad, creyendo encontrar alli pureza y fraternidad, y ahora resulta que mi propio hijo me dice que el sacrificio de toda mi vida ha sido inutil. Si te escucho, reniego de todo a lo que me habia consagrado, y si permanezco unido a la Comunidad, pierdo al unico ser que esta emparentado conmigo. Solo te tengo a ti en este mundo. – Entonces quedate conmigo. Escucha mis palabras. Si responden a tus esperanzas, me seguiras en mi camino, como en el pasado seguiste a Sittai. Si no, volveras al palmeral. Mani habia hablado a su padre como a un extrano. O a un rival. Sentia las efusiones de Pattig como agresiones y toda alusion a su lazo de parentesco le parecia fuera de lugar. Maleo y Cloe observaban la escena con pudor, testigos azarados de un arreglo de cuentas entre dos destinos. El padre habia sometido a su hijo y a todos los suyos a los caprichos de un piadoso extravio, y ahora sobrevenia el irreal desquite: de pronto, Pattig cayo de rodillas, como bajo el efecto de una exhortacion divina, – Me quedare contigo, Mani, escuchare tus palabras esforzandome para que penetren en mi corazon. Imponme las manos, sere tu primer discipulo. Mani no respondio. Con los ojos cerrados, vagaba en medio de sus recuerdos a la busqueda de alguna senal, de algun presagio que hubiera podido anunciarle esta extrana escena que estaba viviendo. Jamas habria podido imaginar que las cosas sucederian asi. Luego, abriendo lentamente los parpados, puso la palma de la mano derecha sobre la cabeza de su padre arrodillado. De este modo, reproducia sin saberlo, y de alguna manera borraba, el gesto con el que, antano, Sittai habia adquirido tanta influencia sobre Pattig en el jardin del templo de Nabu. Los siguientes dias, Maleo refunfunaba, echaba pestes, se embrollaba e iba de un lado a otro por sus talleres, impotente para realizar cualquier trabajo util. Ciertamente, Mani le habia intrigado siempre, pero jamas le habia parecido tan desconcertante, tan incomprensible. A veces, tenia gestos de maestro rodeado de sus discipulos y, al instante siguiente, gestos de nino; a veces, Maleo le admiraba, casi le veneraba y, al instante siguiente, solo sentia deseos de protegerle como a un hermano menor. Sobre todo, el tirio no cesaba de dar vueltas en la cabeza a los acontecimientos de la vispera: una curiosa Iglesia habia visto la luz en su propia casa, nacida del vasallaje antinatural de un padre ante su hijo. ?Que papel le hacian representar a el, Maleo de Tiro, dedicado a comerciante, sectario arrepentido que habia huido de Iglesias y de Comunidades? En sus relaciones con su amigo, habia un malentendido cuya amplitud y consecuencias no habia valorado hasta entonces. Uno y otro habian abandonado con alivio el palmeral de los Tunicas Blancas, pero sus motivaciones eran muy diferentes. El habia sabido siempre con certeza lo que queria de la vida: la fortuna, la mujer amada, la vivienda confortable a la espera de construirse un palacio… ?Y Mani? ?Con que sonaba al abandonar la secta? ?Con una nueva religion? Seguramente habia en el ese deseo de predicar, y ahora hacia frecuentes alusiones a una voz celeste… Pero entonces, como explicar que, la misma noche de la llegada de Pattig, Maleo hubiera oido de su boca esta frase desconcertante: «?A veces me pregunto si no sera el senor de las Tinieblas el que inspira las religiones, con el unico fin de desfigurar la imagen de Dios!». ?Eran estas las palabras de un nombre de religion? Dos Fue durante esta primera estancia fuera del palmeral cuando el padre y el hijo hablaron de Mariam. Anteriormente, jamas la habian mencionado e incluso ese dia Mani consiguio no pronunciar su nombre. Dijo simplemente: – ?Supiste alguna vez que fue de ella? Caminaban juntos por una tranquila alameda de Ctesifonte, ambos pensativos, desde hacia un rato. Amanecia y el sol no habia lanzado aun su hoguera sobre la ciudad que se despertaba lentamente envuelta en la dulzura de una brisa fluvial. Pattig no vacilo, como si estuviera convenido que la sombra que flotaba entre ellos desde hacia un cuarto de siglo debiera unirse al fin a esa reunion tardia. – Hace algunos anos, volvi a pasar por Mardino. Me mostraron su tumba en el jardin de nuestra antigua casa. Quisiera explicarte algunas cosas, Mani… Pero el hijo se habia inmovilizado tan bruscamente que su baston se habia clavado en el suelo. Con la palma levantada, muy cerca del rostro de Pattig, hizo ese gesto que este ultimo empleaba antano para someter a su esposa, un gesto que queria decir «ni una palabra mas». Pattig obedecio. Fuera de su casa, siempre habia sabido obedecer. Y cuando Mani reanudo su marcha a grandes zancadas, le siguio en silencio a dos pasos de el. En lo sucesivo, nunca se volveria a tocar ese tema, pero la herida seguia abierta y algunas torpes palabras la reavivarian a veces. Entre Pattig y Mani iba a entablarse la mas extrana relacion que pueda concebirse entre un padre y su hijo. A lo largo de los anos, naceria y creceria una amistad, un afecto real, profundo, que, sin embargo, no se deberia a su lazo de sangre. Muy al contrario, se formaria a pesar de ese lazo y como para negarlo. Pattig seria hasta su muerte un discipulo inseparable de Mani, su mas fiel companero de viaje, su oyente mas asiduo. Asiduo, pero muy circunspecto durante los primeros tiempos. Cada vez que Maleo cruzaba el jardin donde su amigo solia pintar y ensenar, veia al padre sentado a distancia sobre el tronco de un arbol caido, aguzando el oido hacia el orador y constantemente absorto y como atormentado. El tirio iba a veces a sentarse a su lado, saludandole con un gesto rigido y una debil sonrisa y evitando pronunciar la menor palabra que pudiera distraerle. El mismo se ponia a escuchar el discurso de Mani, a la vez que permanecia atento a las reacciones del auditorio entre el cual intentaba divisar algunos rostros familiares. A alguien que le estuviera observando le habria parecido tan atormentado como Pattig, aunque fuera por razones diferentes. Los temores que abrigaba desde la llegada de su amigo iban a revelarse plenamente fundados, puesto que un dia, cuando Mani estaba hablando con voz potente ante una multitud mas numerosa que de ordinario, un ruido de pasos distrajo a Maleo, unos pasos fuertes que hacian crujir la hierba seca. Al volverse, sus ojos se cruzaron con los de un _gzyr, _ un guardian del orden, que le llamo con un gesto. – ?Quien es aquel hombre? – Un joven sacerdote del pais de Babel. Su nombre es Mani. – ?De que esta hablando? – De oracion y de ayuno. – ?Que religion profesa? ?Tambien Maleo habria querido saberlo! Pero juzgo prudente responder con una mueca: – Creo que la del Nazareno. El oficial inscribio la respuesta en el registro de su cabeza. – ?Y tu quien eres? Te he visto ya por este barrio. – Mi nombre es Maleo. Soy negociante, originario de Tiro. Pasaba… Irritado por el murmullo que se estaba produciendo tras el, Pattig se volvio con mano amenazadora, dispuesto a imponer silencio a los perturbadores; pero la mano cayo cuando el hombre diviso al _gzyr _ de uniforme, que le ordeno acercarse. – ?Le conoces? -pregunto el oficial senalando a Mani. – ?Es mi hijo! – ?Cual es tu nombre? – Pattig. – Si no me equivoco, es un nombre parto. – Si, soy parto, originario de Ecbatana. – ?Y como es que tu hijo y tu hablais tan bien el arameo? – Vine muy joven al pais de Babel y mi hijo nacio por aqui, en el pueblo de Mardino. – ?A que clan perteneces? – A los Haskaniya -dijo Pattig, recobrando de pronto un orgullo de ordinario enterrado. – ?Un linaje de valerosos guerreros, cuyos hechos de armas estan en todas las memorias! -dijo el oficial subitamente admirativo y deferente. La actitud complaciente fue efimera, ya que Pattig dio a conocer inmediatamente sus creencias, con un tono poco conciliador. – Jamas en mi vida he tomado parte en una batalla. Mi religion me prohibe llevar un arma, cualquiera que sea el motivo. – Asi que, a tus ojos, si yo esgrimo esta espada para imponer el orden y combatir a los enemigos de nuestro soberano, apenas valgo mas que un asesino o un bandolero. Maleo juzgo que habia llegado el momento de intervenir: – El principe Pattig y su hijo han vivido siempre retirados en un palmeral; se dedican a la lectura de los antiguos libros santos y no comprenden muy bien lo que pasa en este mundo. El oficial se dejo ablandar por esta explicacion, asi como por el guino insistente que le hizo Maleo. Pero Pattig juzgo indispensable anadir: – Viviamos felices en ese palmeral hasta el dia en que mi hijo decidio venir a Ctesifonte. Yo tuve que seguirle. – ?Que ha venido a hacer aqui? – Quiere predicar a los pueblos una nueva religion. – ?Solo eso! ?Y por cuanto tiempo nos vais a honrar con vuestra presencia? Pattig hablo en voz baja, como para si mismo. – Si solo dependiera de mi, me iria al instante. Cuando se tiene la suerte de vivir lejos de esta corrupcion, de esta podredumbre, de estas tabernas… – Era mucho mejor en el pasado -sugirio el oficial. – Sin duda. – Todo iba mejor en tiempos de los partos. A pesar de su inconmensurable ingenuidad, Pattig termino por darse cuenta de que le estaban tendiendo una trampa. Pero Maleo le salio al paso inmediatamente: – ?Que el Cielo prolongue la vida de nuestro divino senor Artajerjes y de su bienamado hijo Sapor que comparte con el el poder! Jamas esta ciudad ha sido tan prospera y tan civilizada como desde que la tomaron bajo su proteccion. ?Ojala permanezcan siempre sobre nuestras cabezas! El oficial levanto la nariz y se retorcio el espeso bigote como diciendo «Ya veo, tirio, que conoces las formulas usuales, pero esto no bastara para sacarte del apuro». Sin embargo, tuvo que recitar a su vez: – ?Que sean eternos! Un silencio de veneracion sucedio a la replica consagrada. Luego, el oficial miro otra vez a Pattig de arriba abajo, disponiendose a formular una nueva pregunta que seria una nueva trampa; pero la voz de Mani se elevo, atrayendo hacia el los oidos y las miradas. – … Dios, que es Luz pura, conocia mal el mundo de las Tinieblas, por lo que llamo al primer hombre y le dijo: «Tu, en quien estan mezclados la Luz y las Tinieblas, eres el mejor aliado que yo pueda tener. Si, hombre, eres la trampa que la Luz tiende a las Tinieblas. A ti te confio la tarea de dominar la Creacion y de preservarla». Mientras, el oficial se iba acercando a el. Contoneando su barriguda silueta, con un corto baston en la mano y su sable al costado, cruzo el estrecho y pedregoso paso que separaba a la asistencia de Mani. Cuando se encontro justo delante de el, se detuvo y resoplo. El mensaje fue comprendido inmediatamente, puesto que todos los oyentes, sin excepcion, apartaron los ojos del orador para clavarlos en el_ gzyr, _ se levantaron uno tras otro y fueron retirandose, andando hacia atras con torpes precauciones. Luego, en cuanto pudieron, dieron media vuelta y salieron corriendo. El oficial se sento con cara de regocijo, orgulloso de haberse convertido el solo, por el milagro de la autoridad, en la totalidad del auditorio. Se oyo una ultima frase de Mani: – Ensenare la religion de la belleza a los pueblos de los cuatro climas. Luego callo, pero no por ello se movio de su sitio. Se diria que proseguia para sus adentros el sermon interrumpido. El oficial le observaba enjuiciandole y luego se mostro preocupado como si buscara inutilmente las palabras que podria dirigir a aquel hombre extrano. Finalmente, renuncio a hablarle y le dejo levantarse y alejarse con su andar renqueante. El oyente solitario permanecio en su sitio, envarado, casi adormecido y no volvio en si hasta que Mani hubo desaparecido. Solo entonces se levanto y, corriendo, alcanzo a Maleo a la puerta de su casa. – Diles a esos partos que no quiero volver a ver sus tunicas arrastrandose por las calles de Ctesifonte. ?Que vuelvan a su pueblo y que se entierren alli para siempre! ?Recuerdame sus nombres! – Pattig y Mani. – Y el tuyo es Maleo, ?no? ?Es aqui donde vives? ?Hermosa casa! Mientras el oficial recorria lentamente la propiedad con una mirada envidiosa y amenazadora, Maleo se sorprendio contemplando las paredes de su casa con nostalgia, como si las viera de pie por ultima vez. Entro tambaleandose y fue a tenderse en el umbrio patio donde Cloe le preparo un jarabe de moras. Se lo tomo de un trago y reclamo otro antes incluso de secarse el sudor. Si queria proteger a su familia y sus bienes, sabia lo que estaba obligado a hacer, sabia que tenia que hacerle a Mani una peticion odiosa. Pero ?como podrian salir de sus labios esas palabras? Pattig fue a hacerle compania, pero el solo le hablo con gestos y ahogados cuchicheos. Hasta una hora mas tarde no se les unio Mani, resplandeciente, sereno, inspirado. – He reflexionado -dijo-. Tengo que irme de esta ciudad. Al principio, Maleo sintio un alivio que se esforzo en no dejar traslucir. Mientras, el hijo de Babel anadia con un tono algo afectado, pero que no estaba exento de malicia: – He pedido consejo a mi Companero celeste, que me ha respondido: «Ctesifonte es una puerta gigantesca, si no puedes forzarla, trata de obtener la llave». Partire esta misma noche y si _mar _ Pattig lo desea, podra acompanarme. A modo de respuesta, el padre se levanto y se desato la cuerda de su tunica blanca para atarsela mas apretada. Maleo habia encontrado de nuevo el uso de las palabras corteses. – ?No seria mas razonable esperar al alba? Mas alla de la formula de educacion, estaba sinceramente confuso y cada instante que pasaba, un poco mas. Se sentia avergonzado de haber deseado que Mani partiera, incluso de haber estado a punto de pedirselo. La escena que estaba viviendo le llenaba de amargura, una amargura que, lo presentia, arrastraria hasta el fin de su vida. ?No habia conservado en su memoria durante anos la imagen reconfortante de su amigo escamoteando esos huesos de datil en el refectorio del palmeral? Ahora estaba persuadido de que dentro de diez anos, de veinte anos, recordaria aun con una verguenza intacta y con la misma amargura el dia que le habia expulsado de su casa. ?Expulsado? No le habia expulsado y en los ojos de Mani no se leia ningun reproche; pero el tirio no se perdonaria jamas su falta de magnanimidad. ?Que hacer entonces? ?Retener al hijo y al padre? ?Arriesgarse a perderlo todo, su casa, su comercio, todo lo que habia construido desde su llegada a Ctesifonte? Asi, poco a poco, sin que se lo confesara a si mismo, iba surgiendo en su mente una idea descabellada, una monstruosa idea, que se apresuro a borrar de su pensamiento, pero que volvia, insistente. Y alli estaba Maleo, livido, abrumado, lamentable, mirando como sus huespedes recogian su pobre equipaje, cuando llego Cloe. De una ojeada, y sin haber oido la menor palabra de explicacion, comprendio lo que estaba pasando: la partida de los invitados y el dilema del esposo. Los envolvio a todos con una amplia mirada de ternura y luego llevo a este ultimo aparte. – Si estas pensando en acompanarlos una parte del camino, no lo dudes mas. A pesar de su edad, estos hombres no son mas que ninos; no saben nada de caminos ni de viajes y sin ti estarian perdidos. Como si solo esperara estas palabras de animo, Maleo se puso de pie, repentinamente henchido de energia. Y ademas, alegre. – ?Vamonos! Voy a pedir a los sirvientes que preparen las monturas. ?Una parte del camino, habia dicho su mujer? Anos mas tarde, Maleo seguiria preguntandose como habia podido embarcarse con tanta ligereza en aquella aventura. * * * Mani parecia no conocer la meta de su viaje. Cada manana se abria camino, sin tenderse jamas dos noches en la misma estera. Sus companeros le seguian. Hacia Ganazak, en Atropatena, hacia Armenia, hacia los montes de Media o las cienagas de Mesena y, finalmente, a Kashgar, a orillas del Tigris, donde se embarcaron. – ?Y ahora, adonde vamos? Maleo no esperaba respuesta, pues no la habia recibido a sus veinte preguntas anteriores. Se habia desplomado a popa, al lado de Pattig, con la cabeza envuelta en un panuelo mojado. El sol estaba tan cerca que le oia latir en las sienes. Solo Mani estaba de pie, con su sombra agazapada a sus pies. Sin volverse, anuncio como si estuviera hojeando el diario de a bordo: – La proxima noche dormiremos en Charax. Luego, un navio nos llevara por el Gran Mar hasta la India. Maleo habia perdido la costumbre de argumentar. Se acostaba, se levantaba, escuchaba, andaba. Sin embargo, detras de sus ojos demasiado sumisos, jamas cesaba de echar sus cuentas. Estamos en _ayar, _ ultimo mes de la primavera, se decia, y es el comienzo de los monzones que empujan los barcos hacia Oriente; los marineros lo saben, asi como los mercaderes que hacen largas travesias. ?Pero como puede tener Mani esos conocimientos profanos? Maleo se incorporo, apoyandose en un codo, con la esperanza de ver mas claro. ?Habria estudiado su amigo el regimen de los vientos? ?Le habria arrastrado a ese periplo errante previendo desde el principio llegar a Charax en el momento preciso en que se abren los caminos estacionales de la India? ?O seria su «Gemelo» el que sabia y el que le guiaba? ?Su «Gemelo»? Pero ?quien era Mani y quien era su «Gemelo»? Con la misma mano nerviosa, Maleo espanto sus dudas y los mosquitos de los pantanos. Tres En Charax, almacen de Mesopotamia, los viajes se preparaban en los tugurios situados a lo largo del estuario. Fletadores, marineros, cambistas, traficantes honorables, rufianes, echadoras de suertes… Toda una fauna entre la que resonaban risas estrepitosas y dichos atrevidos y de la que Mani y Pattig permanecieron apartados e incluso prudentemente lejos, en una calle umbria y de mucho transito. Maleo tenia que hacer solo las maniobras de aproximacion; Maleo, cuya mirada buscaba ya a un compatriota. Estaba seguro de encontrar alguno o varios, ya que los tirios recorrian desde siglos atras la ruta del clavo y del cardamomo. De hecho, en un pequeno grupo, uno de los menos ruidosos, diviso un rostro, un corte de barba, un gorro, un anillo. Se acerco y consiguio que le ofrecieran un asiento y cerveza de cebada. Se hablaba de dracmas y de dinares, de talentos y de aureos, y luego de marejadas, arrecifes y piratas. Maleo evoco Ctesifonte, jactandose de sus talleres, de su buena reputacion, de sus proezas comerciales y de su clientela, seduciendo a su interlocutor con el senuelo de lucrativos negocios en comun. Una hora mas tarde, los dos tirios se ponian de acuerdo con un apreton de manos. – ?Cuando partiremos? – La mercancia esta a bordo, asi como el agua dulce; solo esperamos los augurios. La pasada noche, nuestro carpintero vio en suenos un rebano de cabras, negras como un violento temporal, y los marineros no quisieron embarcarse. Manana por la manana ofrecere un toro en sacrificio en el templo del malecon. Si es aceptado, zarparemos por la tarde, antes de que los dioses cambien de opinion. Se levantaron riendose con crispacion. Un viaje por mar no se emprende jamas sin angustia. Luego, Maleo fue a encontrarse con sus amigos para anunciarles que todo estaba arreglado. Mani y Pattig estaban en medio de un corro de oyentes, del mismo modo que en cada una de las localidades que habian visitado. ?Los interrumpiria para gritarles su exito? Pero ?para que? Sabia por adelantado su reaccion; le mirarian con ojos de cordero degollado, como si estuviera convenido desde siempre que al entrar en aquella taberna encontraria a un armador tirio que partia, precisamente, hacia la India, y que, precisamente, habia retrasado un dia su viaje y aceptaria gustoso llevarlos a bordo a los tres. No, Maleo no diria nada, preferia dejar que los dos partos se dedicaran a sus celestes misiones, mientras que el se ocupaba de una tarea menos elevada: los viveres, ya que si bien su compatriota habia insistido cortesmente en llevarlos gratis, era evidente que, al igual que todos los pasajeros, ellos deberian sufragar su comida. ?Puede uno imaginarse la montana de provisiones que habia que reunir para avituallar a tres hombres durante toda la travesia? Maleo se dirigio a grandes zancadas hacia el bazar del puerto, y mientras andaba, no cesaba de rezongar; sin darse cuenta, las palabras le subian de las entranas, como esas burbujas de los peces en la superficie del agua. Al partir de Ctesifonte, habia previsto llevarse uno o dos criados, como lo habria hecho cualquier hombre sensato, pero Mani no habia querido ni oir hablar de ello. – ?Quien se ocupara de levantar nuestras tiendas y de cocinar para nosotros? – No tendremos tiendas ni cocina. En cada etapa, unos seres generosos nos ofreceran alojamiento y subsistencia. – ?Iremos solos por los caminos como si fueramos mendigos? Mani se echo a reir. – ?Quien merece mas que un mendigo guiar al mundo? Esta reflexion resultaba irritante para un hombre de negocios. – Hay dias, Mani, en que no comprendo nada de lo que dices. Me pregunto si solo hablas asi guiado por el deseo de confundirme. Pero el hijo de Babel habia adoptado su expresion mas seria para explicar: – Aquellos que han elegido conducir a los demas deben renunciar a todo poder, a toda riqueza, solo deben poseer la ropa que llevan, nada mas, ni siquiera la comida del dia siguiente. Asi es como se podra distinguir a los sabios de los falsos devotos vendedores de creencias. – Pero ?como sobreviviran esos sabios? – El pueblo los alimentara cada dia. – ?No podria cansarse el pueblo un dia de alimentarlos? – Cuando en toda la superficie de la Tierra no se encuentre ya a un solo ser que quiera alimentar a un sabio, el mundo no merecera a los sabios y les habra llegado la hora de partir. – ?Se dejaran morir? – Cuando el mundo haya abandonado a los sabios, los sabios lo abandonaran. Entonces el mundo se quedara solo y sufrira por su soledad. Maleo daba vueltas al gorro entre sus manos. – En pocas palabras, emprenderemos el viaje sin comida y sin oro. – Si, sin nada de todo eso. Partiremos como sabios. El tirio habria dicho «como locos», pero cuando la incomprension es tan grande, ?como tender un puente?, ?por donde empezar a argumentar? Habian partido, pues, Mani, su padre y su amigo sin otro equipo que sus monturas. Sin embargo, Maleo no habia podido por menos de llevarse una bolsa escondida entre sus ropas, aunque no habia tenido nunca la ocasion, a lo largo del recorrido, de aflojar su cordon. En cuanto cruzaban la puerta de una ciudad, ya fuera Holvan, Kengavar o Artaxata, o la mas modesta aldea, la gente se agrupaba a su alrededor, primero por curiosidad hacia el forastero; luego, en cuanto Mani comenzaba a predicar, se congregaba una multitud para escucharle. Cuando el hijo de Babel ignoraba el habla del lugar, un hombre de entre los asistentes se proponia como interprete, y al final del dia, ese mismo hombre o cualquier otro suplicaba a los viajeros que le hicieran el honor de pasar la noche en su casa. A la hora de comer, los notables se disputaban sentar a su mesa a los visitantes y, a lo largo de los dias, mientras Mani hablaba, las mujeres llegaban con frutas y bebidas frescas para el, sus companeros y sus oyentes. Antes de partir el pan, Mani tenia la costumbre de rezar esta corta oracion: «Senor, para preparar esta comida, ha sido necesario ofender a la tierra, a las plantas y a otras criaturas. Pero aquellos que lo han hecho no tenian otra intencion que alimentar la Luz que esta en el hombre y dejar vivir Tu palabra». Luego, distribuia los alimentos a su alrededor como si fuera el senor de la casa, contentandose el con un poco de pan y algunas frutas. Le gustaba particularmente la sandia, y si alguien le preguntaba la razon, explicaba que en ningun otro alimento se concentraba tanta Luz: «Observad la sandia, vuestros ojos gozan con su color, vuestra nariz, con su discreto perfume, vuestra mano acaricia su piel firme y lisa; no necesitais beber al mismo tiempo, ya que el agua esta en ella; no teneis que abrirla en un plato, puesto que madura y se ofrece en su propio recipiente. Comenzad por los extremos e iros acercando al corazon, y cada bocado os acercara a los Jardines de Luz». Apreciaba igualmente el pan caliente, los pepinos y los datiles, sobre todo los mas limpidos, aquellos a traves de los cuales se ve la luz. Por el contrario, apartaba con un gesto apenas cortes todos los platos de carne. En cuanto al vino y a las bebidas fermentadas, no los probaba; solamente simulaba mojarse los labios al principio de las comidas para que los comensales se sintieran libres de beberlos; pero no toleraba la embriaguez y bastaba que un hombre entre los asistentes mostrara alguna senal de ella para que Mani se levantara y se alejara, sin consideracion para sus anfitriones. A menudo, en el momento de ponerse de nuevo en camino, Mani habia conquistado ya a algunas personas que no querian separarse de el. Pero el les decia: «No me sigais aun, no ha llegado la hora. Esperadme, sed mi esperanza en esta ciudad, propalad a vuestro alrededor lo que habeis oido de mi boca y decid a todos que volvere». A veces tambien, los notables del lugar iban a ofrecerle regalos, ropas nuevas y monedas de oro. Estas brillaban en los ojos de Maleo, pero Mani, levantando las cejas, le advertia que no las tocara. Luego, se dirigia a sus bienhechores: «Acepto vuestro presente con gratitud; guardadlo en vuestra casa, bien a la vista, os recordara cada dia mi paso y os anunciara mi regreso». De este modo, habian llegado a Charax alimentados y atendidos cada dia, no mas ricos que a la ida, pero tampoco mas pobres, puesto que Maleo no habia tenido que echar mano de su bolsa ni una sola vez. Habria admitido de buen grado que su precaucion habia sido inutil si no hubiera sido por ese proyecto de viaje por mar para llegar a la India. Por los caminos se puede encontrar alojamiento y pitanza en todas las etapas; en eso Mani habia tenido razon y las dudas de Maleo se habian revelado injustificadas. Pero en el mar, las cosas no podian presentarse de la misma manera; cada cual llegaba con sus provisiones, sobre todo en esa travesia hacia la India, donde el litoral estaba a menudo desierto y rara vez era hospitalario. ?Para cuanto tiempo habria que prever el avituallamiento? Maleo se lo habia preguntado al armador tirio. Si se navega a lo largo de las costas en contra de los vientos, el viaje puede prolongarse durante meses. Si uno se deja llevar por el monzon, se puede llegar al valle del Indo en solo tres semanas. Digamos treinta dias para tener en cuenta las inclemencias. Treinta dias de viveres imperecederos para tres personas, calculaba Maleo, y, dirigiendo su mirada hacia la plazoleta mas proxima, llamo a dos porteadores que estaban sentados al pie de una fuente. Tenian costumbre de servir a los viajeros y le condujeron directamente al bazar del puerto, a la tienda de su proveedor habitual que, seguramente, tema unos precios mas ajustados, un nabateo natural de Petra, quien, con un guino, confirmo a sus ganchos su acostumbrada comision. Despues de preguntar acerca del trayecto, el mismo hizo la lista de los comestibles necesarios. Para la primera mitad del viaje, huevos duros, tortas de pan, queso y pescado seco o prensado; para despues, cebada, espelta, lentejas, habas, judias y garbanzos; y por supuesto, dos tinajas de datiles prensados, unas ristras de cebollas y de ajos, aceitunas, miel, albaricoques secos, aceite, sal y diversos condimentos; sin olvidar el vino -dijo-, hay que llevar algunos pellejos que el capitan, si quiere agradaros, guardara semienterrados en la arena mojada que lastra la bodega, y que habra que beber en su compania. – En cuanto a utensilios y recipientes, supongo que habreis comprado ya lo necesario para el viaje. – No -se lamento Maleo-, solo teniamos un cantaro para beber. – ?Y como cocinabais? – No seria sencillo de explicar. Contabamos con la bondad del Cielo. – Una forma como cualquier otra de viajar -comprobo el nabateo, acostumbrado a la mayor circunspeccion en materia de creencias-. ?Tomad, a pesar de todo, una olla y algo de lena! Cuando despues de mucho regateo termino de comprarlo todo, Maleo tuvo que recurrir a un tercer porteador y luego a un cuarto; el mismo no se contento con ir abriendo paso y, al reunirse con sus companeros llevaba los brazos cargados de paquetes hasta la barbilla. Mani hablaba y hablaba y Pattig le escuchaba atentamente. El tirio hizo senas a los mozos de cuerda de que tuvieran paciencia y ellos depositaron su carga sin refunfunar esperando un aumento de la propina. Cuando por fin se termino el discurso, Mani contemplo sin entusiasmo la mercancia alineada. – Te has esforzado para nada. Maleo prefirio callarse, no como lo habria hecho un discipulo ante su maestro, sino todo lo contrario, como un hermano mayor muy decidido a no contrariar mas a su inmaduro hermano menor. Y ademas, sin ser mas supersticioso que cualquier otro, sabia que dos amigos no deben nunca pelearse en el momento de hacerse a la mar. ?Quien seria el marinero desenganado que dio un dia a los tres escollos mas asesinos del Gran Mar el nombre inimitable de «Mi Seguridad y sus Hijas»? La denominacion habia pasado de boca en boca en las truculentas leyendas de todos los que navegan desde Canton a la Escalas de Abisinia. Son tres picachos sombrios que atraviesan la superficie del mar como una horca infernal, a menudo oculta por la oscuridad y la bruma. Los juncos los rodeaban prudentemente y algunas barcas de menor calado se escurrian entre ellos, audacia suicida de la que el fondo proximo guarda como recuerdo tantos restos de naufragios. Para los companeros de Mani, la travesia era una sucesion de sustos. Apenas rebasado el estrecho que lleva el divino nombre de Ormuz, un alarido interrumpio con sobresalto la siesta de los viajeros: – ?Ballenas! ?Ballenas! Era un marinero natural de Susa quien habia dado la alerta, con la mano extendida hacia alta mar. El armador corrio junto a el y luego el capitan, preocupado ante todo de evitar que cundiese el panico entre los pasajeros y se precipitaran todos en tumulto hacia el mismo sitio, desequilibrando mucho mas el barco que las dos ballenas que venian directamente hacia ellos. – ?Que todos permanezcan en su sitio, al primero que se levante le tiro por la borda! Sin creer realmente en la amenaza, los viajeros se quedaron inmoviles. Despues de asegurarse de que habia sido obedecido, el capitan anadio: – No perdais la calma, el casco es seguro. ?En todos los viajes nos atacan las ballenas y seguimos a flote! Como para desafiarle, los animales rozaron la embarcacion, que cabeceo. – ?Que traigan los batintines! -grito el capitan. ?Los batintines? De todos los pasajeros, nadie se sentia tan desamparado como Pattig. Siempre habia sabido que esos instrumentos se utilizaban en las iglesias a modo de campanillas, por lo que cayo de rodillas con las manos juntas, murmurando: «?Recemos, recemos, solo nos queda la oracion!». Sin embargo, la docena de batintines que trajo el carpintero debian de servir para otro oficio muy diferente. Los distribuyo entre la tripulacion y como quedaron dos, le dio uno a Maleo, recomendandole que se indinara por la borda y que golpeara el mazo contra el casco haciendo el mayor ruido posible. El cocinero del capitan vino en su auxilio blandiendo una bandeja de cobre que golpeaba con un cucharon. Poco a poco, todos se pusieron a hacer lo mismo, convirtiendo cada superficie en un gong sobre el que golpeaban y tamborileaban, al mismo tiempo que ululaban, silbaban y daban alaridos con tanto regocijo como terror. El estrepito resulto eficaz. Al cabo de unos minutos, observaron un chorro de agua que brotaba, a una milla aproximadamente, a estribor. Las ballenas habian huido y ya no las volverian a ver. Mas inquietante fue la tromba que surgio al crepusculo del tercer dia. Al principio, no se vio mas que una nube blanca, pero minuto a minuto, fue creciendo, hinchandose y haciendose mas densa, hasta que empezo a girar cada vez mas deprisa, imitando el aspecto de un inmenso cuerno a punto de hundirse en el mar. Sin embargo, se produjo lo contrario, ya que, repentinamente, en aquel lugar preciso, el mar se puso a borbotar como una olla sobre el fuego, y, ?oh, prodigio!, la superficie del agua se levanto, atraida, aspirada por el remolino; ahora, se alzaba una columna de agua negra que subia y subia retumbando, y parecia que todo el mar iba a ser aspirado hacia el cielo. Los pasajeros estaban petrificados. Verdad es que, a causa de la oscuridad, la tromba evocaba mucho mas a un monstruo del apocalipsis, una especie de gigantesco dragon suspendido entre el cielo y el mar, que a un trivial fenomeno acuatico. El propio armador estaba asustado y fue a sacar de su maleta un collar hecho con monedas de oro ensartadas que se puso alrededor del cuello. Un joven marinero desenvaino un puntiagudo punal y lo apunto hacia su garganta, como si solo esperara una senal para darse muerte. Y Pattig, prosternado de nuevo, comenzo a rezar otra vez. Aquella noche, nadie durmio. Todo el mundo aguzaba el oido y escrutaba el horizonte sin descanso para comprobar si el peligro se acercaba. Dos hombres, solo dos hombres no se sentian dominados por el miedo. Primero el capitan, un viejo marino de Charax. Si para alejar a las ballenas habia tocado zafarrancho, cuando aparecio la tromba se contento con arriar velas. ?Que mas podia hacer? Sabia que la tromba se desplomaria, cerca o lejos, quiza en golpes de mar que harian zozobrar al barco o quiza en finas gotitas, salpicaduras inofensivas. A la espera del desenlace, deambulaba con paso apaciguador entre su inquieta grey. Todos le agarraban, le suplicaban, le apostrofaban y el se contentaba con prodigarles palabras de calma y a veces alguna mirada de altiva compasion. En un momento dado, sus pasos le condujeron hacia Mani, y ya se disponia a soltarle la palabra precisa para reconfortarle, cuando fue el hijo de Babel quien le interpelo: – ?Seras tu el unico hombre en esta cubierta que comparte mi serenidad? En los ojos del capitan aparecio una especie de vacilacion. Esa inversion de papeles convertia de pronto en superfluas todas las formulas que tenia preparadas. – ?Esas son palabras valientes que te honran! ?Quien eres tu, noble pasajero? Le habian dicho ya el nombre de ese personaje, como el de cada uno de los otros veinte pasajeros, pero se suponia que esa pregunta devolveria la autoridad al hombre que mandaba. Mani no se entretuvo en presentaciones. – Tengo una mision que cumplir en la India y este barco me conduce a ella. Ninguna tromba, ningun escollo, ninguna ballena, ningun remolino interrumpira mi viaje. Es asi y el mar no puede impedirlo. – ?Que alegria oir en semejante noche a un hombre tan seguro de si mismo! Se dice a menudo que el mar es asesino; yo jamas le he tenido miedo. El dia en que me muera, lo hare en mi casa de Charax, fulminado por alguna maldita fiebre. Pero en el agua, permanezco de pie, escupo sobre los peligros, se que no me puede pasar nada. El hijo de Babel y el capitan, de pie y apoyados en la borda, continuaron hablando durante toda la noche, ya fueran relatos de gente de mar o predicas de letrados, cada uno de ellos escuchaba los discursos del otro sin cansancio y ambos prodigaban las mismas palabras de animo a los pasajeros que iban hacia ellos, ya que, en cubierta, todos seguian nerviosos y atemorizados. Sin embargo, la primera claridad del dia trajo el consuelo; la tromba se habia desvanecido a lo lejos sin dejar rastro ni causar estragos. El silencio azul de los mares del sur se alzaba al fin sobre la reverberacion de las olas, ahora arrepentidas. Todo el mundo respiro y las lenguas se desataron; ya podian permitirse hacer preguntas que, la vispera, habrian parecido indecentes o de mal augurio. El armador tirio explicaba el motivo por el que llevaba al cuello el collar de oro. – Cuando estoy en el mar y la muerte amenaza, me pregunto siempre con terror que sera de mi cuerpo si, por desgracia, me ahogo. Sin duda, sera arrastrado hacia la playa donde alguien lo descubrira y no sabra que hacer con el; si encuentra todas estas monedas de oro, se juzgara generosamente recompensado y, por gratitud, ofrecera a mi cadaver la sepultura mas conveniente. Hablo tambien el joven marinero aparentemente decidido a matarse. Decia que si tenia que sobrevenirle la muerte, preferia que su alma se separara al aire libre y partiera hacia los cielos, antes que se la tragaran las olas y permaneciera prisionera de los genios maleficos que reinan en las profundidades. Desde aquel momento, Mani tuvo derecho a todas las atenciones. Mas venerado aun que en todas las ciudades que habia atravesado, constantemente rodeado, seguido y escuchado, estaba invitado a compartir todas las comidas y todas las veladas del capitan, y sus dos companeros gozaban del mismo privilegio. Las provisiones acumuladas por Maleo permanecerian casi intactas hasta el final del viaje. El capitan solo revelaba a veces su itinerario a Mani, a sus companeros y al armador. Por eso, cuando Maleo se dio cuenta de que el navio, en lugar de ir recto hacia el sol naciente se desviaba hacia el mediodia, el capitan consintio en informarle: – Los que no conocen el mar, solo ven una inmensa extension de agua. Pero aqui, como en tierra firme, hay senderos, caminos tortuosos, callejones sin salida, y tambien amplias avenidas que trazan las corrientes y los vientos. Como esta, que en esta estacion, va desde la punta de Arabia hasta la India. Debemos ir hacia el sur para poder tomarla y nos internaremos por ella. Solo entonces iremos rumbo a Oriente, a toda marcha, como por la ruta mejor balizada. Llegaremos a Deb sin haber atracado ni una sola vez, sin ni siquiera haber visto tierra, solo a veces algunas islas sobre las que existen leyendas espantosas y en las que ningun marino se atreve a fondear. _?El capitan habia dicho Deb? La ciudad se elevaba en el delta del Indo y sobre un brazo que, poco a poco, los aluviones arrastrados desde las montanas mas altas habian cubierto de arena. Cada ano habia menos barcos capaces de llegar hasta alli y, una manana, el puerto se desperto rodeado de tierras, naufragado. Entonces los hombres lo abandonaron por otros lugares de los alrededores, Tatta, Sindi, Lahri y, mas tarde, Karachi._ _?Que ha quedado de Deb? ?Que ha quedado de sus palacios, de sus templos sobre las colinas, de su aduana de color ladrillo, aquella construccion puntiaguda que los marinos avistaban desde lejos como un faro? Hasta el siglo xvii, los viajeros senalaban aun su existencia. Luego, todo desaparecio. Ni el menor rastro de un nombre, ni la sombra de una ruina. Nadie sabe ya nada. En el momento en que se escriben estas lineas, los arqueologos realizan excavaciones en las bocas del Indo a la busqueda de un vestigio de vestigio._ _Los contemporaneos de Mani no podian ignorar a Deb. Sobre todo los mas aventureros. Ese nombre resonaba en sus oidos como una ahogada llamada y hada nacer en ellos el deseo de partir. En aquel entonces se conocia el mundo por sus murmullos, se le recorria a tientas, ya que los planisferios eran muy confusos y se inspiraban en relatos fantasticos que convertian las islas en continentes y los brazos de mar en oceanos de donde surgian monstruos que los geografos dibujaban; sobre la montana que domina Deb, un escriba meticuloso habia trazado como si indicara el nacimiento de un rio: «En este lugar se supone que nacieron los escorpiones»._ _En cada etapa del viaje, la gente esperaba cruzarse con la peste, las fieras, el hambre, la guerra y los saqueadores, pero tambien con los ciclopes, los dragones y toda clase de sortilegios, aunque no por ello renunciaban a el. La muerte era una ortiga familiar. La aventura se vivia asi: uno decia adios y se iba. Sin fecha ni seguridad de regreso. Y si tenia de su parte la audacia, la suerte y los vientos, conseguia llegar a Deb._ _Mani escribio que, en su tiempo, el mundo se dividia en cuatro grandes imperios: el de los romanos, el de los persas sasanidas, el de los chinos y el de los axumitas del mar Rojo, herederos del reino de Saba. En ninguna otra parte como en Deb se frecuentaban tan estrechamente los subditos de esos imperios; para los juncos de Canton era la ultima escala antes de Arabia, y la puerta de la India para el que venia de Occidente, ya que a esta ultima palabra se le daba el sentido con el que el propio Mani la utilizaba, abarcando Italia, Grecia y Cartago, pero tambien Egipto, Fenicia y el conjunto del pais de Aram, esas tierras que, por un deslizamiento de la Historia, llamamos ahora el Cercano Oriente._ _Entre los numerosos relatos de viajes que el hijo de Babel habia leido en la biblioteca de los Tunicas Blancas, habia uno en particular que habia excitado su imaginacion: el de Tomas, del que se decia que era el gemelo de Jesus y que habia ido a propagar por la India la palabra del Nazareno. Probablemente, Mani habia querido seguir su ejemplo al decidir efectuar esa travesia._ _Ahora bien, segun la tradicion, fue en Deb donde Tomas fondeo._ Cuatro En el siglo de Mani, todas las iglesias de la India llevaban el nombre de Tomas. Todas proclamaban haber sido fundadas por el apostol en persona y conservaban leyendas y reliquias suyas. Con frecuencia, esos santuarios eran muy modestos y algunos estaban situados en las grutas del Gandhara; bastaba con una cruz y tres antorchas para animar esa devocion aun reciente. No sucedia lo mismo en Deb. Como es de rigor en una ciudad de comerciantes, la prosperidad iluminaba lugares y objetos de culto, ya que el oro honrado afluia por gratitud y el oro sospechoso por arrepentimiento. La iglesia se habia adornado y agrandado, y los ciudadanos se cruzaban alli con la gente de paso, como podia ser un marinero convertido de Alejandria o un catecumeno de Ostia, encantados de poder, al fin, vivir su fe a plena luz. La ciudad, conviene decirlo, habia vivido mucho tiempo bajo la benevolente ferula de los Kushanas, herederos del gran Kaniska, uno de los reyes mas justos cuyo recuerdo haya guardado Oriente, el sublime Kaniska, quien, en la cima de su poder, se sentia honrado acogiendo bajo su techo a cualquier monje mendicante. Los principes Kushanas habian tenido siempre el cuidado de no desmentir la fama de su antepasado, revelandose en todas las circunstancias magnanimos y justos y apadrinando todas las creencias. Sus monedas llevaban en el reverso los simbolos de veintiocho cultos diferentes. Asi, bordeando la plaza de los mercaderes extranjeros se encontraban la iglesia de Santo Tomas, los templos de Poseidon, de Anahita y de Visnu, los santuarios de Allat y de Yam, una sinagoga que, segun decian, habia sido construida en tiempos de Alejandro y, en el camino de Taxila, el _stupa _ de los budistas con su monasterio. Estos cultos se observaban aun, el uno junto al otro a la llegada de Mani, y su primer gesto al poner pie en tierra firme fue dirigirse a la iglesia, bien visible desde los muelles. Era domingo y la gente se apresuraba hacia el atrio. Tomas habia ensenado a los indios lo que Jesus enseno a los apostoles: observar el _sabath _ cada semana con un fervor ejemplar y, al dia siguiente, reunirse de nuevo para sus propios ritos, sobre todo para la ensenanza, la lectura de los textos sagrados, del comentario de los ancianos y de las epistolas que llegaban de las comunidades extendidas por todo el mundo; y a veces, cuando un fiel eminente pasaba por la ciudad, ofrecerle la palabra. Por la manera de abrirse paso entre el gentio y por su altiva cojera, Mani supo manifestarse desde el primer momento como un hombre al que habia que escuchar. El sacerdote le cedio el pulpito de buen grado, aunque de pie en el abside, permanecia vigilante. Habia tantas voces herejes, reconocidas o solapadas, que era necesario saber intervenir en el momento oportuno, imponer silencio y, a veces incluso, expulsar al corruptor de las almas solicitando la ayuda de algunos valientes descargadores del puerto que se encontraran entre los asistentes y que se sacrificarian por tan piadosa tarea. Mani se expresaba en arameo y no eran muchos los que podian comprender todo lo que decia: el oficiante, dos o tres letrados… Y sin embargo, todo el mundo le escuchaba. ?No era la lengua de Jesus y de Tomas la que resonaba? La emocion era intensa. El contenido importaba poco. Todo residia en la entonacion, en algunos nombres benditos que flotaban en el aire, en el rostro demacrado de aquel hombre con la pierna lisiada que venia de tierras santas. El no intentaba violentar a su auditorio. Al considerarse verdadero sucesor de Jesus, repetia fielmente sus palabras tal como las habia relatado Tomas. Su metodo no era unico. Los cristianos del Imperio Romano actuaban asi en las sinagogas de la diaspora. Se presentaban, anunciaban que llegaban directamente de Jerusalen, evocaban los acontecimientos recientes que concernian a la comunidad, informaban de la miseria y de la espera de la gente de Judea, hablaban de la Biblia citando de memoria los textos que predecian un Mesias y luego sugerian que, quiza, dado el infortunio en el que se encontraban en aquel momento los judios, las profecias se estuvieran cumpliendo. Los mas astutos conseguian hablar durante largo rato y cuando, finalmente, eran desenmascarados, habian logrado ya seducir a una parte del auditorio o, por lo menos, suscitar el deseo de saber algo mas. Algunas personas los seguian al exterior y a veces incluso los invitaban a continuar su ensenanza en su propia casa. Por lo tanto, un apostol se distinguia por su habilidad de esos exaltados que, desde su entrada en la sinagoga, gritaban su nueva creencia, por lo que, inmediatamente, se encontraban de nuevo fuera, solos y aveces apaleados, antes incluso de que los asistentes hubieran comprendido por que se les expulsaba. Segun este criterio, Mani tenia el temple de los grandes apostoles, Pablo, Marcos o Tomas, y actuaba en las iglesias como sus predecesores en las sinagogas. Y con la misma conviccion. Del mismo modo que los primeros cristianos de Palestina se consideraban mejores judios que los judios, quiza los unicos judios verdaderos, Mani estaba persuadido de que habia venido a realizar el mensaje de Cristo, a consumarlo con una fe universal, capaz de reunir todas las creencias sinceras de los hombres. En la iglesia de Deb, mientras el comenzaba su sermon, Maleo y Pattig miraban a su alrededor con ansiedad, espiando las reacciones de unos y de otros al acecho del mas imperceptible guino del sacerdote ya fuera de enfado o de aprobacion. ?Escucharia hasta el final? O gritaria de pronto: ?Al hereje! ?Al blasfemo! Curiosamente, nada se produjo. Ni entusiasmo, ni admiracion, ni tampoco indiferencia. Se podia leer el fervor en todos los ojos, pero un fervor tenido de tristeza. En cuanto al sacerdote, escucho con una gravedad impasible hasta que el visitante se hubo callado; entonces se levanto, pronuncio una formula de agradecimiento, alabo la erudicion de Mani, su amplio conocimiento de los textos y luego, despues de una corta oracion repetida a coro por el auditorio, despidio a los fieles deseandoles la paz. Despues de la genuflexion y la senal de la cruz, la gente se retiro andando hacia atras, mientras el sacerdote invitaba a Mani y a sus companeros, asi como a un notable de la comunidad, a seguirle a su casa, una modesta construccion de ladrillo contigua a la iglesia. – Perdonadnos, nobles hermanos, si el recibimiento que os hemos dispensado no es digno de vuestro rango y de vuestra sabiduria; pero quiza hayais percibido en los fieles el miedo que los domina. El mas asombrado por este preambulo fue Pattig. – Sin embargo, vuestra comunidad parece feliz en comparacion con todas las demas. Hemos estado con vuestros hermanos en Ctesifonte, en Kashgar y en veinte ciudades mas, y en ninguna de ellas resonaban sus oraciones. Maleo insistio: – Es raro encontrar una felicidad como la vuestra. En las provincias romanas los cristianos son perseguidos, y en el imperio sasanida el culto al fuego se ha convertido en la religion oficial y solo se tolera a las otras comunidades si han renunciado a ganar adeptos. Se las vigila de cerca, se las oprime con tributos y se las confina en sus barrios, obligandolas a llevar la ropa que las diferencia. El sacerdote se mostro conmovido y avergonzado. – Vuestras palabras son la pura verdad, quiza no hayamos dado gracias al Padre suficientemente por los anos de clemencia que hemos conocido… En efecto, nada de lo que describis existia en Deb. Viviamos en medio de la gente, llevabamos la misma ropa y hablabamos en voz alta. Dijo esto con voz ahogada y se le saltaron las lagrimas. Mani, Maleo y Pattig evitaron mirarle, desconcertados. Solo el notable coloco una mano filial y consoladora sobre su hombro subitamente abatido. En el momento de las presentaciones, el sacerdote le habia llamado Bar-Turna, describiendole como el comerciante cristiano mas respetado de la ciudad. Tenia la tez muy morena y mate y los lobulos de las orejas perforados a la manera de los indios; sin embargo, dado su nombre, tipico del pais de Aram, se trataba seguramente de un mestizo. Hasta entonces, habia permanecido silencioso, pero adivinando el gran malentendido que estaba aduenandose de ellos, se esforzo por disiparlo. – Nobles visitantes, ?sereis los unicos hombres en esta ciudad que ignoran que nuestros soberanos, los principes Kushanas, acaban de ser derrotados por el ejercito persa y que se han retirado mas alla de los cinco rios? Hablaba un arameo bastante correcto, pero acentuando erroneamente la mayoria de las silabas, como tantos creyentes que consideraban un deber aprender la lengua liturgica, pero que no tenian ocasion de usarla en los intercambios cotidianos. Cuando le faltaba una palabra, la reemplazaba con soltura por su equivalente griego, convencido de que todas las personas presentes le comprendian. – Nobles hermanos -insistio con una impaciencia que seguia siendo respetuosa-, ?no habeis observado que no hay ni un soldado en las calles de Deb? – Efectivamente, lo he observado -respondio Maleo-, pero solo he visto en ello la prueba de que en esta ciudad reina la paz y la seguridad. – La serenidad de tu alma ha enmascarado la triste realidad. En realidad, nuestra ciudad ha sido abandonada a su suerte, la guarnicion se ha marchado, asi como el gobernador; antes de irse, convoco a los jefes de todas las comunidades y de los gremios para aconsejarles que ofrecieran su sumision a los nuevos senores del pais. – ?Y donde estan esos nuevos senores? – Dicen que su ejercito esta acampado a una jornada de aqui, en las colinas del Taran, y que esta mandado por un principe muy joven, Ormuz, nieto de Artajerjes, rey de reyes. ?Que piensa hacer? ?Cuando tomara nuestra ciudad? ?Por que ese principe sasanida no ha exigido aun nuestra rendicion teniendo a sus tropas tan cerca? El Altisimo no se ha dignado aclararnos estas preguntas. De ahi esta angustia que nos invade a todos, incluso a los mas creyentes, a los que mas confian en Su sabiduria. ?Habeis visitado los mercados de la ciudad? – No -respondio Mani-. ?En cuanto pusimos un pie en el muelle, el otro tomo el camino de este lugar santo! El sacerdote, que se habia recobrado un poco, dijo con fervor: – ?Benditos seais! ?Que el Padre llene la tierra de gente a vuestra imagen! Bar-Turna prosiguio: – Cuando hayais recorrido la ciudad, lo comprendereis. Los puestos estan vacios; el oro, las telas de valor, las especias raras y las joyas han desaparecido. La hospederia de la gente de Canton esta desierta y cada junco que atraca parte de nuevo cargado de mercancias y de mercaderes. En los barrios bajos, los pobres tambien tienen miedo, hasta tal punto que los hombres han readmitido a sus mujeres. Temiendo haber sido poco claro, se apresuro a anadir: – Aqui es la tradicion. Cada mes, cuando la mujer esta impura, su marido la expulsa de la casa para demostrar a todos que no la ha tocado; ella, durante una semana, se instala en la calle bajo un cobertizo. Pero ahora, mancilladas o no, las han trasladado de nuevo a sus casas por miedo a que los soldados, al llegar, se las lleven cautivas. – Ese terror me parece excesivo -intervino Maleo-. La tropa no puede entrar en una ciudad conquistada sin que se produzca algun saqueo, hay que resignarse a ello; pero se puede evitar lo peor. No dejeis los puestos vacios, si no quereis que los soldados, frustrados, se venguen en los habitantes. Dejadles algo para que puedan saquear sin empobreceros y mostraos afligidos sin protestar. Si la ciudad esta decidida a entregarse sin lucha, si ofrece suntuosos regalos al principe, habra poca depredacion y, muy pronto, las mercancias escondidas podran volver a los escaparates. Yo mismo soy mercader en Ctesifonte y consigo ejercer mi comercio sin demasiados contratiempos. A lo largo de los ultimos anos, los sasanidas han ocupado varias ciudades portuarias como Charax de donde venimos; esa ciudad no ha sufrido demasiado por su dominacion. Son gente de orden, os haran pagar unos impuestos, pero os dejaran trabajar y os protegeran de los piratas. Estas palabras de Maleo tuvieron la virtud de reconfortar a sus interlocutores que, antes que complacerse en lamentaciones, comenzaron a considerar el envio de una delegacion al encuentro del conquistador. El sacerdote sugirio que estuviera formada por los mercaderes mas notables llevando presentes, y que un hombre respetado hablara en nombre de los ciudadanos. – Se puede pensar en mejores soluciones -protesto cortesmente Bar-Turna-. Un monton de mercaderes rollizos, envueltos en chales de brocado y con las orejas cargadas de perlas y esmeraldas, ?no sera una incitacion al saqueo y al asesinato? El sacerdote reflexionaba. Deseaba ir el mismo con aquellos que guiaban a las otras comunidades, pero si era verdad que esos sasanidas sentian tanta hostilidad hacia las diversas religiones, temia que su presencia no sirviera mas que para irritarlos. A lo largo de esas discusiones, Mani habia permanecido silencioso, encerrado en si mismo, tan ausente que los demas casi le habian olvidado. Quiza le juzgaran demasiado ajeno a esas preocupaciones terrenales. Por eso, se sorprendieron al verle tomar la palabra subitamente, en el mas ingenuo de los tonos: – Sere yo quien vaya al encuentro de ese principe. – ?Ah, no! -se sobresalto Maleo-. ?Tu desde luego que no! Busco un argumento plausible que encubriera su demasiado espontanea reaccion. – Tu tambien eres un hombre de religion y, ademas, acabas de llegar a esta ciudad. ?Como podrias hablar en su nombre? – Soy de Babel -prosiguio Mani como si no hubiera oido-. ?No seria prudente que el hombre que hable en nombre de esta ciudad sea un subdito de los sasanidas y que se dirija a ellos en un lenguaje que comprendan? El tono de Maleo se volvio suplicante. Aun tenia presente en sus ojos la imagen de aquel oficial que merodeaba alrededor de su casa. – ?Hemos abandonado Ctesifonte para huir de los soldados de Artajerjes y tu quieres correr a su encuentro! – ?Pero yo jamas he tenido la intencion de huir! -dijo candidamente Mani-. He venido con una mision. – ?Ante el ejercito sasanida? El hijo de Babel no respondio inmediatamente. Parecio ausente de nuevo, pero su rostro revelaba una inmensa plenitud. – Hasta hoy -dijo al fin-, yo ignoraba con que mision habia sido conducido hasta la India. ?Ahora, ya lo se! Cinco Ormuz, nieto del senor del Imperio, se pavoneaba en su asiento de madera labrada en el interior de una inmensa tienda, verdadero palacio de lona con algunos lienzos recogidos para que penetraran el viento y la luz. Oficiales y escribas se afanaban junto a el, pero con la cabeza inclinada y los brazos a lo largo del cuerpo, y sin una entonacion fuera de lugar. Antes de conceder audiencia al visitante, su secretario le habia informado: «Un hombre con la pierna lisiada, procedente del pais de Babel. Su navio atraco hace tres dias en el puerto de Deb». – ?Que carga has traido? -pregunto el principe a Mani. – Solo mis palabras. – ?Curiosa mercancia! Cuando Ormuz se reia a carcajadas, el aro de plata que sujetaba la extremidad de su barba saltaba y sus cortesanos se alborotaban, pero sin dejarse llevar por la alegria, ya que en cuanto recuperaba su aspecto serio, estaban obligados a imitarle al instante, so pena de parecer libres y arrogantes. El propio principe solo se reia con mesura y con la mirada constantemente al acecho. – Admirable mercancia es la palabra -prosiguio como si, decididamente, la expresion le complaciera-. No pesa nada en las bodegas y, si sabes sacar partido de ella, puede enriquecerte. Y para el caso en que sus allegados no hubieran comprendido sus alusiones, explico: – ?Este hombre es un narrador! Le hare venir para las veladas de los oficiales. ?Conoces las epopeyas antiguas de Ciro y de Dario, las hazanas de los aquemenidas y las de nuestra dinastia? – Tambien conozco otras historias que nadie ha oido jamas. – Tus otras historias no me interesan. A mis hombres solo les gusta escuchar las epopeyas que conocen, o si no, relatos de caza. Si conoces alguno, si sabes hacernoslo revivir, no te marcharas de aqui con la bolsa vacia. – Yo no vendo mis palabras, las regalo. – Asi que no eres ni comerciante ni narrador. El principe estaba irritado por haber comprendido tan mal a su visitante y los cortesanos bajaban los ojos cuando un hombre se acerco. Una barba rubia cuidadosamente peinada adornaba su rostro sin arrugas y llevaba un abrigo de brillante seda amarilla que llegaba hasta el suelo, adornado en el cuello con bordados negros. Inclinandose con toda confianza sobre Ormuz, cuchicheo a su oido unas palabras antes de volver a su sitio. – Mi fiel consejero, el respetado mago Kirdir, cree que tu eres uno de esos nazarenos que se multiplican en las regiones de Mesopotamia y que has venido a Deb para difundir tu herejia. – No he venido al encuentro del principe para hablar de religion. Se trata de la ciudad… Ormuz le interrumpio, – Primero quiero saber si Kirdir ha acertado. – El honorable mago solo se ha equivocado a medias. Venero a Jesus, pero tambien a Buda y a nuestro senor Zoroastro. Kirdir se sobresalto como si acabara de ser abofeteado y dio un paso hacia Mani. – ?Con que arrogancia este nazareno se permite mezclar el nombre de nuestro santo profeta con el de los impostores! – Que nuestro respetado mago vuelva a su sitio -prosiguio Ormuz-. Seguramente el visitante no ha querido insultar a nadie. Por otra parte, esta discusion ha terminado; los debates sobre religion me dan sueno y me entristecen. He tenido un dia magnifico, estoy en la mejor disposicion y supongo que nadie querria que mi humor se alterara. Como todos los cortesanos se apresuraron a aprobarle, se lanzo a un exaltado y meticuloso relato sobre la caza del dia. – … Les dije a los guardias que se alejaran, que me dejaran ese leon, que no queria que hubiera en su cuerpo otras huellas que las de mi lanza. Y lo persegui solo. El animal no corria mucho y de pronto se detuvo e hizo un movimiento hacia mi. Mi yegua se asusto y entonces salte a tierra para que pudiera huir. »Nos quedamos solos, frente a frente, la fiera y yo. Avanzabamos el uno hacia la otra, con calma. Ninguno de los dos queria escapar de una muerte tan noble. Menos de sesenta pasos nos separaban. Entonces, mis companeros, haciendo caso omiso de mis ordenes, vinieron a rodearme con sus lanzas. La fiera se detuvo, se volvio y se alejo sin correr, conservando su dignidad. Ahora todos querian alcanzarla, pero yo grite tan fuerte que se quedaron todos clavados en el sitio: "Os prohibo que persigais a ese leon, venia hacia mi como un valiente y solo se alejo porque vosotros malograsteis nuestro duelo. ?Dejadle vivir!". Mani no preveia semejante desenlace de la caza principesca. Su reaccion fue espontanea. – ?Esta es una historia que contare a la gente de Deb! Asi sabran que pueden esperar magnanimidad y demencia del conquistador y que este tomara la ciudad sin matanza ni destruccion. Aun absorto en sus recuerdos, Ormuz no reacciono. Fue el mago Kirdir quien respondio a Mani. – El leon quiso luchar, por eso merecio la gracia del principe. La gente de Deb no quiere combatir, no son mas que corderos, y como los corderos, su destino es que los esquilen y los deguellen. – ?Son mercaderes a quienes la ley del Imperio prohibe llevar armas! -grito Maleo, quien, con Pattig, se mantenia a la entrada de la tienda y comenzaba a inquietarse del cariz que estaba tomando el debate. – ?No tenia la ciudad una guarnicion? -interrogo el mago. – ?Los soldados partieron con el gobernador! -dijo de nuevo Maleo. – Los ciudadanos deberian haberlos retenido. ?No tienen suficiente oro para pagarlos? ?Por que el principe habria de mostrarse noble con esos mercaderes grasientos y llorosos? – ?Quien salio glorificado por la clemencia del principe hacia el leon, este ultimo o el primero? -pregunto Mani. Emergiendo al fin de su ensueno, Ormuz se digno conceder con un movimiento de cabeza que era a el a quien le correspondia la gloria. Pero Kirdir tomo de nuevo la palabra: – El principe es un guerrero, como todos los miembros de la divina dinastia. Para el, cada combate es una oportunidad de demostrar su valor. La gente de Deb le ha decepcionado. Solo merecen su desprecio. En la sala, una verdadera ovacion saludo esta declaracion. Mani no comprendia en absoluto ese ensanamiento. – Resulta que hay una ciudad que acepta la autoridad del principe, que le abre sus puertas, que se dispone a recibirle con sumision y a ofrecerle presentes, ?y se pretende castigarla! Pero de la boca de Ormuz se escapo candidamente la verdad. – Desde que nuestros soldados se pusieron en marcha, solo piensan en las riquezas de Deb, en sus mercados, en sus almacenes, en sus mujeres. Cada vez que debian cruzar una montana o un desierto de sal, les hablabamos de Deb. – ?Pero si la ciudad abre sus puertas, la ley del Imperio exige que no sea saqueada! Precisamente. En el mismo momento en que hablaba, Mani comenzo a comprender. A los mercaderes de Deb no se les reprochaba su pusilanimidad, sino su sabiduria. ?Al negarse a combatir, privaban a los saqueadores del botin! El hijo de Babel percibio mas claramente la importancia de la gestion que efectuaba en nombre de la ciudad y hablo en alta voz: – Las puertas de Deb estan abiertas y asi permaneceran. La guarnicion se ha marchado y ninguna otra la reemplazara. No hay ni un arma en la ciudad, ?la gente ha roto hasta los cuchillos de cocina! Los soldados pueden entrar y podrian matar, saquear, violar e incendiar, pero, segun las leyes del Imperio y las leyes del Cielo, seria una felonia. Y no puedo imaginar ni por un instante que un valiente hijo de la gran dinastia lo permitiera. Ormuz parecio turbado y Mani prosiguio: – La gente de Deb solo desea que se respeten sus exenciones y sus tradiciones y que se preserven su vida y sus bienes. No piden mas que vivir en paz bajo la autoridad de un principe recto y sagaz. Eso es lo que les conviene, pero tambien es lo que conviene al principe. Esa ciudad es la joya del pais que el tiene la obligacion de conquistar y de gobernar. ?Por que iba a querer arruinarla? Sintiendo que su senor dudaba, Kirdir replico: – No es competencia de los comerciantes de la India interrogarse sobre la rectitud de nuestros principes y aun menos sobre los intereses del Imperio. El ejercito ha luchado, se le ha prometido una recompensa y es justo que se le conceda. De la fila de los oficiales surgieron gritos de apoyo. – Por mas que Deb abra sus puertas y oculte sus armas, sigue siendo una ciudad impia. Nuestras tropas victoriosas partieron a la guerra para someter a las regiones infieles, para castigarlas, para imponerles la Religion Verdadera. Eso es justo y agradable al Cielo. Deb sera entregada a los soldados durante tres dias, todos los lugares de culto impios seran derribados y luego se organizara una ceremonia de accion de gracias en el puerto, como lo ha ordenado el divino Artajerjes, rey de reyes, el senor de todos nosotros. Ormuz sabia que su abuelo, el rey de reyes, deseaba que se celebrase esa ceremonia, y conocia, igualmente, los deseos de sus oficiales. Pero el mismo no era insensible a los argumentos de Mani, cuyo apoyo solicito discretamente: – Las palabras del mago Kirdir me parecen sensatas, ?tienes algo que responder, hombre de Babel? – Tendria que ser muy descarado para atreverme a responder, ya que solo soy un visitante de paso, mientras que el mago es, evidentemente, un personaje notable, puesto que se permite indicar al principe a donde debe conducir a sus ejercitos y de que manera debe comportarse en las ciudades conquistadas. Kirdir dio un brinco con la mano en el corazon: – ?Si es un crimen ofrecer consejo a mi rey, que se me castigue! Jamas he hablado ni actuado por otra razon que no fuera el bien de la divina dinastia, para que este Imperio y su religion se extiendan bajo todos los cielos y aplasten a todos los enemigos bajo sus pies como si fueran serpientes, escorpiones, criaturas maleficas. Mi senor, nieto del divino Artajerjes, no se dejara prevenir contra mi, no puede haber olvidado las sabias prescripciones del Avesta. ?No esta dicho en el Libro que los lobos de dos patas deben ser exterminados mucho antes que los lobos de cuatro patas? – ?De que lobos se trata? -interrogo demasiado ingenuamente Ormuz. – El lobo de cuatro patas salta sobre un cordero para devorarlo; el lobo de dos patas se sirve de la palabra para acallar la desconfianza del pastor y arrastrar a todo el rebano por el camino de la perdicion. – Los lobos de dos patas -rectifico Mani- son los hombres que consideran a los demas como presas, los que intentan constantemente someter, reducir, castigar, humillar. Hoy se ha elevado una voz para decir que los habitantes de Deb no eran mas que corderos y que merecian ser degollados. ?No es ese el lenguaje de un lobo de dos patas? Si el santo y sabio pastor Zoroastro se expreso como lo hizo en el Avesta, ?acaso no fue pensando en aquellos que recurren a semejantes matanzas? – En el fondo, cada cual interpreta el Avesta a su manera. Con esta observacion, Ormuz intentaba atenuar un poco el efecto del ataque proferido directamente contra Kirdir. Pero este estallo enfurecido: – ?De que interpretacion se habla? ?Asi que cada cual tiene derecho a interpretar a su antojo los textos sagrados? ?Asi que la interpretacion de un perfido nazareno seria comparable con la mia? ?No soy yo el que estudio durante dieciseis anos nuestra Religion Verdadera? ?No soy yo aqui el depositario de la fe de Zoroastro? – Puede suceder que un hombre se crea depositario de un mensaje cuando no es mas que su ataud. Kirdir no queria creer que semejantes palabras pudieran serle dirigidas. Se las hizo repetir al oido por un familiar, antes de avanzar hacia el pilar central. Al tumulto provocado por la frase de Mani acababa de suceder un silencio sepulcral. El hijo de Babel leia el ultraje y la indignacion en todos los ojos, salvo quiza en los de Ormuz, en los que no faltaba una chispa maliciosa que el mago debio de advertir, ya que comenzo con un tono de reproche: – ?El senor sabe de que calana son estos nazarenos? No tendria tiempo de proseguir. Los aullidos de una mujer muy joven que acababa de irrumpir en la sala, abriendose paso entre el circulo de cortesanos y lanzandose a los pies del principe, ahogaron providencialmente sus primeras silabas. – ?Senor! ?Tu hija! ?Tu hija! – ?Habla, Denagh! El principe zarandeaba por los hombros a la mujer, que se habia quedado subitamente sin fuerzas como un nino agarrado al vestido de su madre. – ?Estaba corriendo cerca del arroyo, se cayo y ya no se mueve! – ?Esta herida? – ?No, no se ha hecho sangre! – ?Respira? – Si -aseguro la mujer, aterrada-. Respira, pero no consigo reanimarla. Ormuz permanecio postrado en su asiento, olvidando toda majestad; un torbellino de pesadilla arrastraba su mente. Kirdir juzgo propicio el momento para extender un dedo acusador: – La infidelidad que ha penetrado en este lugar atrae las plagas sobre nosotros. Se han proferido palabras blasfemas. Si a la hija del principe le llegara a suceder una desgracia, este maldito nazareno tendria la culpa. Ormuz habia perdido todo discernimiento y toda voluntad. Todos, en su circulo, sabian el carino que experimentaba por su hija. La esposa preferida del principe habia muerto al traerla al mundo, y Ormuz habia volcado en la nina todo el amor que sentia por su madre. Bastaba, pues, que Kirdir designara a Mani como supuesto responsable de su desgracia para que el principe mirara hacia el con rabia. Pero Mani no perdio su seguridad. – Soy medico. En lugar de utilizar el mal de la nina para iniciar una vil polemica, tratemos mejor de curarla. ?Que me conduzcan junto a ella! No queriendo desdenar ninguna esperanza, Ormuz acompano a Mani a la cabecera del lecho de la nina. Esta se encontraba recostada, con los cabellos tan perfectamente trenzados y los pliegues de su vestido tan bien arreglados que parecia una muerta. Solo un cofre mal cerrado del que sobresalia un juguete roto daba un toque de desorden y de vida a la habitacion; una habitacion que no era, sin embargo, mas que un sector de la tienda principesca, con, a modo de puerta, unas hileras de cuerdecillas cargadas de conchas de colores, que llegaban a dos codos del suelo para que la princesa fuera la unica que pudiera entrar sin hacerlas tintinear. Mani puso la mejilla sobre la frente de la nina, le tomo el pulso, le levanto el parpado y luego pidio a la joven, a la que el principe habia llamado Denagh, que cortara cinco trozos de tela blanca y limpia, cada uno del tamano de la palma de la mano, y que se procurara algunas pulgaradas de alcanfor. El mismo fue a coger, entre los arboles y en los terraplenes, ciertos tallos, flores, hierbas medicinales y bayas, que eligio uno a uno, tomandose el tiempo de estrujarlos entre los dedos para verificar su naturaleza. Regreso a la habitacion con ese brazado heterogeneo y comenzo a machacar las hierbas hasta formar una pasta color tierra, como turba espesa, que espolvoreo abundantemente de alcanfor, antes de extenderla sobre los trapos. Doblo estos, los comprimio y los aplasto, y coloco uno de ellos sobre la frente de la nina, tapandole igualmente las orejas; enrollo otros dos alrededor de las munecas y los ultimos en la punta de los pies, apretandole los dedos. A continuacion, cogio un cantaro y dejo que fluyera un chorrillo de agua para que empapara las compresas. A su alrededor, nadie osaba hacer el menor ruido. Cada vez que un trapo se secaba, Mani lo empapaba con un poco de agua, y cuando al cabo de una hora se vacio el cantaro, se lo alargo al principe diciendo: – Hay que llenarlo con agua del torrente. Ormuz cogio el recipiente y se lo entrego, con un gesto natural de autoridad, al ayudante de campo, que estaba de pie tras el. – ?No, con la mano del principe! -dijo Mani, que hablo sin levantar los ojos. Sorprendido en un primer momento, el sasanida cogio de nuevo el cantaro y fue a llenarlo el mismo, bajo la mirada asombrada de los soldados y de los cortesanos. Supuso, sin duda, que al ser cogida por sus manos principescas, el agua adquiriria virtudes curativas. Lo mismo se cuchicheaba entre la multitud. Maleo fue el unico en sospechar que la explicacion podria ser diferente. Habia observado ya lo bastante a su amigo en las ciudades que habian visitado como para saber que cuando una mujer humilde le daba de comer un tazon de sopa y una cebolla, el los aceptaba con gratitud; que cuando la esposa de un mercader prospero le ofrecia un manjar suntuoso, el mostraba la misma gratitud, aunque solo probara un bocado; pero que cuando una sirvienta se presentaba provista de una bandeja, Mani la despedia: «Ve a decir a tus senores que me traigan la limosna ellos mismos para que yo pueda bendecirlos y darles las gracias». Asi, queria recibir del principe, y no de su ayudante de campo, el agua que habia pedido. Y Ormuz volvio, trayendo el cantaro con las dos manos, pero con tanta torpeza que tropezo con un pilar de la tienda; los cortesanos mas cercanos hicieron un movimiento para sostenerle, desviando rapidamente los ojos en cuanto el recupero el equilibrio, para que no advirtiera que le habian visto tropezar. Atardecia, y Mani, sentado sobre su pierna doblada, a la izquierda de la nina, continuaba vigilando las compresas y mojandolas en cuanto se secaban. Arrodillada muy cerca de el, Denagh se mostraba inquieta, dispuesta a levantarse en cuanto el se lo pidiera. Ormuz, el mas nervioso de todos, estaba sentado al otro lado de la nina. Subitamente, cuando todo el mundo guardaba silencio, el principe dijo: – Si mi hija se cura, juro no entregar Deb al saqueo. Los habitantes, las casas, los mercados, los lugares de culto, todo sera preservado. Pero que mi hija se salve. Mani no se movio. Solamente dijo, con el mismo tono la__ plegaria: – ?Que el Cielo oiga tus palabras sabias y generosas! Luego se hizo de nuevo el silencio. Las horas pasaban y, a pesar de la inquietud, el sueno vencia al nieto del rey de reyes. Denagh le sugirio a media voz que tomara algun descanso, prometiendo despertarle en caso de necesidad. El principe se tendio alli mismo, con el brazo a modo de almohada. La luz del dia penetraba ya por un lienzo de la tienda que estaba recogido, cuando Ormuz se incorporo. Habian dado las seis; Denagh estaba sentada en la misma postura y Mani vaciaba la ultima gota de agua sobre la frente de la nina. – ?Quieres que llene de nuevo el cantaro? -murmuro el principe. – No hace falta -dijo Mani en voz alta-. El Cielo te ha oido. Tu hija esta curada. Como si respondiera a su llamada, la chiquilla abrio los ojos y sonrio. – ?La has despertado? -pregunto Ormuz aun incredulo. – He adormecido su mal. Sin mostrarse turbado por su exito, Mani incorporo a la nina para que apoyara la espalda sobre un gran cojin; luego, le quito una a una las compresas y se las dio al principe. – Hay que tirarlas al torrente, en el lugar donde habeis llenado el cantaro. Ormuz las tomo con las dos manos abiertas, como si se tratara de una valiosa ofrenda. Tenia los ojos llenos de lagrimas y un nudo en la garganta. – Llevalas con una sola mano y con la otra coge la de tu hija que desea acompanarte. La nina estaba de nuevo en pie, risuena, alegre y saltarina. En el exterior, una ovacion saludo al padre y a la hija, y Mani, que seguia sentado en el mismo lugar, escuchaba su eco con serena delectacion. Cerca de el, Denagh, agotada, se habia adormecido. Por primera vez, pudo contemplarla. Habian pasado una noche entera uno al lado del otro, habian compartido la misma inquietud y la misma esperanza y su presencia abnegada y alerta habia sido tan tranquilizadora… Pero aun no la habia mirado; ni siquiera habia advertido esa unica trenza, esa larga trenza negra que le llegaba hasta la rodilla. Mani se sorprendio un poco al descubrirla tan joven. Durante su vela en comun, sus gestos habian sido los de una mujer, y ahora, su nariz, su barbilla, sus labios, todo en su rostro parecia infantil, menudo. Y tan bien dibujado… Solo la alejaba de la infancia su pecho, que parecia haber crecido demasiado deprisa para la tela que lo envolvia. ?Que edad podria tener? Trece anos, se dijo Mani, quiza doce. Lentamente, sin un gesto brusco que pudiera despertarla, le levanto la cabeza para apoyarsela en un cojin. Seis Mani espero a que se calmaran las aclamaciones de los soldados y de los cortesanos para abandonar la habitacion de la nina y, seguido orgullosamente por Maleo y Pattig, ir a despedirse del principe. – Bendito sea el dia en que te cruzaste en mi camino, medico de Babel. Los ojos de Ormuz estaban aun rojos por la emocion y su voz sonaba insegura. – Te dare el oro suficiente para que pases tu vida entera libre de necesidades. – No quiero oro. Puesto que he adquirido la facultad de curar, ?como podria dejar que esa nina se apagara sin intentar nada? Si por esa accion aceptara una recompensa, me sentiria indigno de mi ciencia. – ?Soy yo quien seria indigno de mi fortuna si te dejara partir sin recompensa! – No quiero tus riquezas ni los honores que puedas prodigar. Sin embargo… Se detuvo subitamente, como si le hubiera llegado una llamada apremiante y hablara bajo su lejano dictado. – Sin embargo, tengo que hacerte una peticion. – ?Habla, esta concedida de antemano! – Quiero la mas dulce de las muchachas de tu casa. – ?Denagh? – La misma. Ciertamente, Ormuz estaba sorprendido y claramente molesto. Pero ?como describir la reaccion de Maleo y de Pattig? Ambos miraron a Mani como si acabara de ser sustituido por un sosia bromista. – He dicho que no te negaria nada, pero esa muchacha no forma parte de los bienes que poseo. Es la hija de un oficial al que yo queria y que murio hace cuatro anos combatiendo a mi lado. Yo me habia aventurado imprudentemente hasta el corazon de las lineas enemigas y el acudio corriendo a salvarme. Yo pude escapar con una herida superficial, pero el dejo alli su vida por mi culpa. Por lo tanto, decidi acoger a su hija unica, que tenia nueve anos, la tome bajo mi proteccion y la he tratado con carino. Si a veces se ocupa de mi hija es porque ambas se quieren mucho, pero Denagh no es ni sirvienta ni esclava. Pertenece al clan Karen, uno de los mas nobles de nuestra raza. En su familia, como en la mia, no se entrega una hija contra su voluntad. ?Consentira ella en seguirte? – Asi lo creo. – ?Te lo ha dicho? – No se lo he preguntado. – Que la hagan venir; voy a interrogarla yo mismo. Cada instante de espera parecia aumentar la confusion de Ormuz que comenzo a reflexionar en voz alta: – Mi hermano mayor, Bahram, acudio a visitarme hace un ano. Vio a Denagh, le complacio y me hablo de ella. Como en aquel entonces yo tenia otros proyectos para ella, le dije que no era nubil. ?Era verdad, no lo era! Pero cuando Bahram se entere de que he dejado marchar a esa muchacha con otro, me guardara un rencor eterno. El, que mira ya con envidia todo lo que yo poseo… Sin embargo, al terminar su monologo, el principe se mostro resignado: – Acabas de devolverme a mi propia hija, medico de Babel, mi deuda contigo no tiene limites. Si hubiera podido pagarla con una simple palabra a mi tesorero, ?habria tenido la sensacion de haberla satisfecho? Apenas habian cruzado el perimetro del campamento, cuando Maleo se volvio hacia Mani. Habia mil preguntas en sus labios, pero se resumian en una sola: – ?Que vamos a hacer con ella? Hizo un gesto con la cabeza, designando a Denagh, cuya montura estaba justo detras de la suya. Mani respondio con voz clara, para que la muchacha pudiera oirle. – Adonde yo vaya, vendra ella. Los que me den hospitalidad, se la daran a ella tambien. – ?Una mujer! ?La gente va a hacer mil preguntas! – ?Porque necesitan comprender! ?Comprender? El propio Mani no habia intentado comprender. Esa Voz, interior o celeste, que hablaba a veces por su boca, le habia ordenado pedir a esa muchacha y el habia obedecido. Denagh habia venido a unirse a su caravana. Ese dia, Maleo se alejo para ceder el sitio a Pattig, quien rumiaba sus propias inquietudes. – Hijo mio, ?has decidido tomar mujer? Al instante, el rostro de Mani se volvio impasible. – ?Para que ha de tomar mujer un hombre si debe abandonarla despues? La frase no tenia replica y el padre no se atrevio a defenderse. ?Iba a justificar su actitud hacia Mariam, su partida de Mardino despues del encuentro con Sittai en el templo de Nabu, y a recordar sus votos pronunciados en el palmeral? Demasiado sabia como reaccionaria su hijo. Por eso, prefirio apartarse a su vez. La montura de Denagh fue entonces a cabalgar junto a la de Mani. Ambos jovenes miraban a lo lejos con asombro y alegria, y tambien, con una especie de orgullo. A caballo, el hijo de Babel parecia recordar sus origenes partos, quiza porque como en el suelo cojeaba a causa de su pierna torcida, a lomos de una montura recuperaba su buena presencia. Igualmente, Denagh parecia mas bella a caballo; su busto, de ordinario curvado debido a su pudor de adolescente, se enderezaba y mostraba su pleno desarrollo. Su piel tostada, la trenza que le caia sobre el hombro y su perfil tendido hacia el horizonte le daban la apariencia de una viajera de las estepas. Mani poso su mirada sobre ella y su montura se le acerco aun mas, hasta tal punto que sus estribos se rozaron. Aun no habian intercambiado ni una palabra. Su silencio se prolongo, solo perturbado de cuando en cuando por los gritos de los soldados de la escolta o por algun relincho. A lo lejos, revoloteaba ya el polvo de la ciudad. Desde que la antigua guarnicion habia abandonado la ciudadela y las torres de las murallas, no era raro ver a los hijos de Deb subir hasta el camino de ronda, tanto por el placer de correr a lo largo de una cornisa antano prohibida, como por escrutar aquel camino del norte hasta que se perdia de vista, por donde se suponia que afluirian los invasores. Ahora bien, aquel dia, un chiquillo comenzo a gritar y los ciudadanos acudieron corriendo y escalaron las mas altas construcciones, congregandose en tan gran numero que los tejados amenazaban con derrumbarse. Tambien se apinaban por las callejuelas cercanas a la puerta de Pashkibur que se habia mantenido abierta de par en par, como prueba de que no se proyectaba ninguna resistencia. El rumor corrio mas deprisa que los jinetes, que estaban aun a considerable distancia; tanto, que ni siquiera la hija mayor del anciano zapatero, famosa por su larga vista y a la que habian conducido a la torre mas alta, pudo distinguir las casacas ni las ensenas. Solo pudo estimar que, a juzgar por la nube de arena que se elevaba hacia el cielo, no se trataba aun del ejercito sasanida, sino de un simple destacamento que venia, quiza, como explorador o portador de una conminacion. Lo que no podia adivinar era que esa nube la formaba la escuadra a la que Ormuz habia encargado llevar a Mani de regreso hasta Deb. Se componia de un oficial y diez hombres, los primeros soldados sasanidas que los ciudadanos veian desde que se creian asediados, invadidos ya, y a los que tanto temian. Por otra parte, los jinetes hicieron un alto a tres estadios de las murallas; el oficial salto a tierra para saludar a Mani, y mas apresuradamente a sus companeros, antes de subir de nuevo al caballo, volver grupas y alejarse, sin que su mirada se detuviera sobre las personas, las almenas o la acogedora puerta. Puerta que Maleo, Denagh y Pattig cruzaron tranquilamente a caballo, antes de apartarse para ceder el paso al heroe del dia. La llegada poco tumultuosa de los militares, su actitud deferente hacia Mani y, finalmente, su pronta partida habian suscitado en la multitud una jovialidad guasona e incredula. Durante algun tiempo, todos extrajeron su miedo como se hace con una astilla. Abrazaban entusiasmados y con los ojos llenos de lagrimas al desconocido mas cercano, invocaban al dios que creian causante del prodigio y bendecian a aquel que parecia ser su instrumento. Mani penetro en la ciudad con la cabeza erguida, sereno, como si toda su vida hubiera cabalgado triunfalmente y acumulado conquistas. ?Era el despertar tardio de la sangre principesca que su padre y el mismo habian denigrado constantemente? Los fervientes devotos han buscado con frecuencia en los profetas unos origenes reales, como si, en la Tierra, la sola uncion del Cielo no confiriera suficiente legitimidad. ?No se ha vinculado a Jesus al linaje del rey David y a Buda al de los principes Sakya? Dios encarnado y, mejor aun, incierto vastago de un satrapa. ?Hay que suponer que algunos adeptos necesitan esos pobres suplementos! En la misma linea, si hay que prestar fe a las ingenuas declaraciones de los cronistas, Mani llevaba en el desde la infancia, e incluso en la humildad del palmeral de los Tunicas Blancas, ese atributo eminentemente real que es el aplomo, herencia manifiesta de los soberanos partos, cuyo imperio se habia extendido antano hasta Deb. Si no, ?como habria tenido el atrevimiento de dirigirse al nieto de Artajerjes, y mas tarde, a otras testas coronadas? ?Como habria podido desfilar con tanta soltura por aquella ciudad delirante? Los ciudadanos convergian ahora hacia el desde todos los barrios, impacientes por interrogarle, sin que, no obstante, ninguno se permitiera abordarle, ni siquiera aquellos que le reconocian, ni siquiera aquellos que habian escuchado su sermon en la iglesia. Maleo supuso que su amigo se dirigia simplemente a casa del notable cristiano Bar-Turna, quien los habia alojado la unica noche que habian pasado en la ciudad. Pero tomo otro camino, el de la residencia del antiguo gobernador, cuya verja cruzo sin que la milicia urbana que la guardaba hiciera ademan de interponerse. Y una vez alli, cuando todos pensaban verlo subir los escalones del palacio, se aparto subitamente de la avenida pavimentada y avanzo a traves del jardin hacia una morera blanca, una morera que, segun los ancianos, era el arbol mas viejo de la region y que, solitario, se erguia sobre una tierra seca y arida, extendiendo a esa hora hacia el Oriente su sombra atormentada. Mani echo pie a tierra y luego levanto los brazos, a fin de que la comitiva se detuviera para que el pudiera caminar solo hacia la morera, ante la cual se inclino con las palmas de las manos apoyadas en el tronco. Mientras estuviera en esa ciudad, dijo, pasaria alli su dias y sus noches. Entonces, los ciudadanos se acercaron, formando un halo a su alrededor, y los labios menos timidos osaron formular las preguntas esperadas: ?Habia hablado con el conquistador? ?Que clase de hombre era ese Ormuz? ?Cuando tomaria posesion de su ciudad? ?Que suerte les reservaba? ?Podria reanudarse el comercio? ?Serian respetados los cultos? – El principe que me ha recibido -respondio Mani- no esta desprovisto de sabiduria ni de discernimiento. En todos los hombres hay una chispa oculta bajo los cascos, los adornos y las cotas de mallas. Si bien Mani no quiso prometer nada, estas pocas palabras tranquilizaron a la gente, que le rodeo aun mas. ?Que extrano era ver a aquella venerable ciudad de mercaderes confortarse asi con la compania de un mendigo recien desembarcado! En realidad, la gente de Deb tenia la ferviente conviccion de que mientras Mani estuviera alli apoyado en su arbol, y hablara y rezara, y se dejara alimentar por las mujeres mas humildes, ningun ejercito del mundo atacaria su ciudad. Por eso, poco a poco, los muelles se fueron reanimando. De nuevo se cargaba y se descargaba, y en los mercados, la gente se aventuraba a adornar los puestos. Desde aquel momento, los habitantes de la ciudad, en una mezcolanza de clases y de creencias, se reunian bajo la morera. Alli era donde se ponian de acuerdo y arreglaban sus litigios; a veces, sus voces subian de tono, pero bastaba una palabra de la boca de Mani para que el silencio se restableciera y todos los oidos prestaran atencion. Para el hijo de Babel, ese era el auditorio sediento de verdad, para seducir al cual habia estado preparandose durante mucho tiempo. Habia tenido que ir hasta la India para encontrarlo y para descubrir, en ese espejo de multiples facetas, su propia imagen de mensajero: – Benditos sean todos los sabios de los tiempos pasados, presentes y venideros, benditos sean Jesus, Sakyamuni y Zoroastro; una Luz unica ilumino sus palabras y es esa misma Luz la que hoy resplandece sobre Deb. Aquel de entre vosotros que siga mis ensenanzas no debera abandonar el templo en el que siempre ha rezado ni el altar sobre el que honra a los manes de sus antepasados. En Deb, donde florecian tantas creencias, las palabras de Mani eran gratas para los oidos de los hombres conciliadores. En aquellos tiempos de prueba, fueron numerosos los que se aferraron a su fe generosa; pero, al mismo tiempo, aparecian objetores entre el auditorio, a quienes las palabras de Mani escandalizaban y desconcertaban: – Si dices lo mismo que el Mesias o Buda, ?por que intentas crear una religion nueva? – La esperanza de aquel que se ha alzado en Occidente apenas ha florecido en Oriente; la voz de aquel que se ha alzado en Oriente no ha llegado a Occidente. ?Es necesario que cada verdad lleve la ropa y el acento de aquellos que la recibieron? – Maestro, admito que ciertas creencias merecen ser respetadas; pero los idolatras, los adoradores del sol… – ?Crees que un rey se sentiria celoso si besaras el faldon de su vestido? El sol no es mas que una lentejuela en el vestido del Altisimo, pero mediante esa resplandeciente lentejuela, los hombres pueden contemplar mejor Su Luz. Los seres humanos creen que adoran a la divinidad cuando no han conocido nunca mas que sus representaciones; representaciones en madera, en oro, en alabastro, en pintura, en palabras o en ideas. – ?Y aquellos que no reconocen a ningun Dios? – El que se niega a ver a Dios en las imagenes que le presentan esta, a veces, mas cerca que los demas de la verdadera imagen de Dios. Un dia, le preguntaron: – ?Que nombre lleva aquel del que eres el Mensajero? – Yo le llamo «el Rey de los Jardines de Luz». – ?No es el Padre, el Todopoderoso, el Infinitamente bueno, el Creador de todas las cosas? – ?Como podria ser a la vez bueno y todopoderoso? ?Es acaso el quien ha creado la lepra y la guerra? ?Es el quien deja morir a los ninos y que maltraten a los inocentes? ?Es el quien ha creado las Tinieblas y a su Senor? ?Ha prometido que este ultimo existe? Si pudiera aniquilarle de un gesto, ?por que no lo haria? Si no quiere aniquilar las Tinieblas, es que no es Infinitamente bueno; si quiere aniquilarlas, pero no lo consigue, es que no es Infinitamente poderoso. Despues de un corto silencio, anadio: – Es al hombre a quien ha confiado la creacion. Es a el a quien le corresponde el primero hacer que las Tinieblas retrocedan. El hijo de Babel llevaba ya diez dias junto a la morera blanca, cuando el ejercito sasanida tomo posesion de Deb. Se desplego por las puertas, por la torres de las murallas, por los muelles y por las calles comerciales, sin asesinatos ni saqueos. Despues, Ormuz fue a instalarse con sus allegados en la residencia del antiguo gobernador. Mani permanecio algunos dias mas en el jardin vecino, rodeado de una multitud ferviente que se confortaba con su presencia, pero que pronto oiria de su boca palabras de adios. En efecto, una noche, Ormuz le mando llamar con urgencia. Mani velaba aun, apoyado en su arbol; el ayudante de campo le ayudo a levantarse con una mano y con la otra sostenia una antorcha. Junto al principe, se encontraba un escriba de alto rango. – Es Nam Veh, mi hombre de confianza. Acaba de llegar de Ctesifonte. – Una gran desgracia se ha abatido sobre el mundo. El senor de todos nosotros, el gran Artajerjes, rey de reyes, dios entre los hombres, hombre entre los dioses, ha ido a reunirse con los gloriosos soberanos… -comenzo el escriba. – Mi abuelo ha muerto -le interrumpio Ormuz. En sus ojos, se habia apagado un terror. En los de Mani, se perfilo el camino de regreso. El encuentro con aquel principe sasanida no dejo de tener un manana. Entre Mani y la dinastia mas poderosa de su tiempo acababa de nacer una relacion que se revelaria tormentosa, intensa y a veces cruel; y constantemente ambigua, como deben ser las relaciones entre los portadores de ideas y los portadores de cetros. La existencia del hijo de Babel se veria conmocionada por ella. Pero tambien la del Imperio. 3. Cerca de los reyes _He venido del pais de Babel _ _para hacer resonar un grito en todo el mundo._ Mani Uno Mientras esperaba a que llegara su turno para entrar en el salon del Trono, Mani no podia apartar los ojos de la puerta monumental ante la que estaban alineados los hombres de la guardia con sus gorros de fieltro color rojo sangre. ?No era aquella puerta la que evocaba su «Gemelo» cuando hablaba de conquistar Ctesifonte? Habia sido necesario que el fuera hasta las orillas del Indo, que conociera a aquel principe y que sanara a su hija, para obtener esa carta de introduccion, dirigida por Ormuz a su propio padre, Sapor, el nuevo senor del Imperio… En el vestibulo, dejo que le describieran una vez mas el ceremonial. En los labios del jefe de protocolo se repetia como un exorcismo una palabra, _padham. _ Asi era como llamaban, en los tiempos de los sasanidas, al panuelo blanco que debia colocarse ante la boca cualquiera que se acercase a los objetos sagrados, por temor a que fueran mancillados por el aliento de un mortal; el del mago en el momento de oficiar ante el altar del fuego, o el de cualquier hombre que hablara en audiencia publica a la persona del rey de reyes. Por eso, los cortesanos guardaban siempre un _padham _ en la manga, y los dignatarios del palacio ofrecian uno a los visitantes extranjeros, al mismo tiempo que se preocupaban de ensenarles el gesto de veneracion: el indice de la mano derecha extendido hacia adelante y hacia arriba, ligeramente curvado, asi como de inculcarles las frases convenidas, ya que tanto en Ctesifonte, como en el Egipto de las dinastias y, por otra parte, en Roma, aunque de un modo mas puntilloso, el soberano era augusto. Para dirigirse a el, no se podia usar ni un nombre ni un titulo, sino unas formulas consagradas de las que nadie podia apartarse: «?Vosotros, personajes divinos!», «?Vosotros, los dioses inmortales!» o, al menos, «?Vuestra divinidad!». En el reglamento de la corte, cada disposicion tenia como objetivo ahondar el abismo entre el monarca y el resto de los mortales. Todo contribuia a forjar esa imagen de inhumano poder, de celeste pompa y de perennidad. La boveda del salon del Trono era tan alta que parecia construida por una congregacion de gigantes, y, a lo largo de las paredes, hasta donde alcanzaba la vista, solo se veian tapices, ni una pulgada que revelara la desnudez original de las superficies. Al fondo de la gigantesca estancia, no habia mas que un estrado, protegido por una cortina alrededor de la cual se distribuia la asamblea de los cortesanos. A diez codos, las personas de sangre real; diez codos mas lejos, los intimos de Sapor, el rey de reyes, sus comensales, sus consejeros mas cercanos, los dignatarios religiosos, exegetas y recitadores del Avesta, asi como los sabios, los astrologos y los medicos de renombre; otros diez codos mas alla, se encontraban los que divertian al rey, bufones, juglares, acrobatas y bailarines, todos ellos personajes muy considerados en la corte sasanida, mucho mas que los arquitectos, los pintores y los poetas, pero, a pesar de todo, sin comparacion con los musicos. Conforme a los deseos debidamente codificados del fundador de la dinastia, a los compositores y a los maestros reconocidos de instrumentos y de canto se les trataba igual que a los principes reales y se colocaban, pues, a diez codos de la colgadura, pero a la izquierda. Detras de ellos se alineaban los musicos y los cantores de segundo orden, y diez codos mas lejos, la masa de tanedores de laud, de «zand» o de mandolina. Para despertar al languido auditorio, un redoble de tambores precedia al clamor ritual: «Hombres, que vuestra lengua cuide de preservar vuestra cabeza, vuestro Senor esta entre vosotros». Luego, mientras los musicos de la primera fila ejecutaban el aire previsto para ese dia, y que ya no se oiria antes del mismo dia del ano siguiente, unas manos invisibles separaban la cortina. Todos se prosternaban con la frente contra el suelo, esperando que un nuevo clamor los autorizara a alzar la vista: el soberano estaba alli, idolo inmovil, cegador derroche de oro; oro tejido en el traje, en el cojin, en la colgadura; oro macizo en el trono, oro cincelado en los collares, en los anillos, en las fibulas; hasta la barba estaba espolvoreada de oro, polvo deslumbrante que salpicaba tambien los labios, las pestanas y las cejas. Sobre el monarca podia contemplarse la legendaria corona que pesaba mas que un hombre, y que ninguna cabeza, aunque fuera imperial, habria sido capaz de llevar; pero habia que acercarse para descubrir que estaba sujeta por una fina cadena cuyo eslabon estaba clavado en la boveda, de tal manera que cuando el rey se retiraba, la corona seguia suspendida, como por milagro, sobre el trono vacio; los hombres divinizados envejecen y mueren, la majestad permanece. De lejos, la ilusion era total; solo se contemplaba a un ser de leyenda, inconcebible, nacido de todos los terrores de los mortales, de sus morbosos deseos, una aparicion suntuosa que petrificaba, que fascinaba, que imponia su mision. ?Y era a aquel monstruo fabuloso al que Mani habia ido a domar! Por el momento, el hijo de Babel no cesaba de repetirse mentalmente cada paso o cada gesto, de rememorar las palabras que habia decidido pronunciar, sobre todo las primeras, las de los instantes en que se esta aturdido, aquellas que de ordinario se balbucean bajo las miradas inquisidoras y que, entre todas, son las mas importantes; las rumiaba sin descanso, con nerviosismo. Luego, una voz grito su nombre. Se volvio para asegurarse de que habia oido bien. Demasiado tarde, porque la puerta estaba ya abierta y una mano le empujo. ? Ay de aquel que hiciera esperar al divino Sapor! Mani avanzo a lo largo de la alfombra ribeteada que conducia a los peldanos del trono, pero tenia la sensacion de ir a la deriva, de tal manera habia perdido toda nocion de las distancias. El rey le parecia cercano, como podia serlo el sol de Mardino, cercano hasta el deslumbramiento, hasta la insolacion, y sin embargo, el camino alfombrado que llevaba hasta el le parecia interminable, pedregoso, empinado, y lo recorria con una impresion de extremada lentitud, de ahogo y de opresion. Era la hora de la duda y del arrepentimiento. Arrepentimiento por no haber escuchado los prudentes consejos de Maleo, quien, hasta la entrada del palacio, le conjuraba aun a renunciar. Arrepentimiento por no haber permanecido oculto en su palmeral, «como una ramilla de hisopo entre las piedras», habria dicho Sittai. Hacia dos anos de aquello. ?Dos anos! ?Una eternidad! A Mani le vino a la memoria, pero sus recuerdos estaban cargados de bruma, como si pertenecieran a una vida anterior. Invoco a su «Gemelo», a su Doble. ?Que se manifestara, por favor! Necesitaba asegurarse de que estaba alli, con el, que caminaba a su lado por ese camino de prueba, que tomaria la palabra cuando su propia boca le fallara. «Conserva la serenidad, Mani, olvida el oro, ignora la pompa, no te dejes deslumbrar jamas por un ser humano, aunque sea rey o profeta. El destino ha depositado en el lo que ha depositado en ti y en todos. Lo importante es ser consciente de ello. Dentro de mil anos, solo se hablara de Sapor porque tu camino se cruzo con su corte.» Llego por fin a la altura del chambelan. Este le hizo senas para que se prosternara y luego le cuchicheo que estaba autorizado para levantarse. Antes de hablar, Mani saco de la manga el_ padham _ inmaculado. – ?Honra al mas poderoso de los hombres! ?Que se cumplan sus mas nobles deseos! La formula era inusitada. El dignatario fruncio el entrecejo y el rostro altanero del rey se estremecio con un asombro de mortal; pero no se habia dicho nada que fuera irreverente. Finalmente, Mani fue invitado con un gesto a presentarse. – Soy un medico del pais de Babel. – Mi hijo bienamado me ha hecho llegar una carta elogiosa con respecto a ti. Parece que supiste agradarle. – La Providencia quiso que sanara a su hija a la que el creia perdida. – ?Como sanas? – Mediante la palabra y las plantas. – ?Y el cuchillo, el fuego y las sanguijuelas? – En eso, otros son mas habiles que yo. Mani no lo sabia, pero la palabra «sanguijuela» era una trampa, dada la aversion de Sapor por ese tratamiento y por aquellos que lo utilizaban. Tranquilizado sobre ese punto, el monarca prosiguio: – Mi hijo hace mencion, igualmente, a ciertas ideas que querrias difundir. – Me ha sido revelado un mensaje. Entre los cortesanos se elevaron murmullos, pero nadie se atrevio a opinar por adelantado sobre la reaccion del monarca, quien, por su parte, esperaba que Mani prosiguiera. Y como la continuacion se hacia esperar, interrogo a su visitante con un principio de irritacion: – ?Que mensaje? Te escuchamos. – Ha comenzado una era nueva que necesita una nueva fe, una fe que no sea la de un solo pueblo, de una sola raza ni de una sola ensenanza. Mani no tenia necesidad de precisar a que pueblo, a que raza y a que ensenanza se estaba refiriendo. Entre los dignatarios de la segunda fila se agito un panuelo. – ?Yo conozco a ese hombre! A Mani le basto volverse para divisar entre la multitud de magos la barba rubia de Kirdir. – Es un nazareno, el mas perfido enemigo de nuestra religion. Se cruzo en mi camino cuando yo estaba en la India junto a nuestro ejercito victorioso. Nuestro senor, el divino Artajerjes, me habia ordenado encender un inmenso fuego sagrado en aquella region para celebrar el triunfo de la gloriosa dinastia y ahogar las voces impias; pero este nazareno multiplico los maleficios para impedirme ejecutar ese acto de piedad. Kirdir lo habia conseguido. Desde ese momento, los asistentes podian sentirse ofendidos por la actitud de ese medico de Babel hacia el difunto rey de reyes. Ahora, de todos aquellos que tenian los ojos clavados en Mani, Sapor parecia el menos hostil, uno de los pocos que estaban aun dispuestos a escuchar su defensa. – Solo estoy aqui para transmitir un mensaje al primero de los hombres -prosiguio Mani-. El Cielo ha dado a su juicio mas peso que a todas las opiniones. ?Ojala reciba mis palabras con serenidad, sin dejarse distraer por la hostilidad de la que algunos quieren rodearme! – Si he consentido en recibirte, es para escuchar tu mensaje. Tienes la palabra. – Vuestro Imperio se ha extendido al oeste hacia el pais de Aram, Adiabena y Osroena, donde los nazarenos son numerosos; al este, hacia Bactriana, India y Turan, donde se venera a Buda. Manana, el reino de la dinastia se extendera hacia unas regiones donde no se tiene costumbre de adorar a Ahura Mazda, y tendra innumerables subditos que profesaran toda clase de creencias. ?Seria prudente humillarlos hasta transformarlos en traidores? ?Quien es el mejor aliado de la dinastia? ?El que intenta conciliar a los hombres o el que atrae sobre ella el resentimiento de sus propios subditos? En los rasgos del soberano podia sospecharse un esbozo de aprobacion que Kirdir se apresuro a disipar. – ?El mejor aliado de la dinastia! -se burlo-. ?Estoy en presencia de nuestro divino senor y me vere obligado a explicar en que un adorador de Ahura Mazda es mejor aliado de la dinastia que un nazareno! Puesto que los corazones no comprenden ya las palabras veladas, ?me darian la libertad de hablar sin rodeos? He tenido en las manos algunos de los textos que los nazarenos propagan por las ciudades del Imperio; me han contado, igualmente, lo que dicen en sus reuniones. ?Mi divino senor desea saber en que terminos hablan de nuestra religion, de nuestras leyes, de nuestras tradiciones y de la dinastia? Esa gente pretende que toda la descendencia de los sasanidas esta maldita. A Sapor no le complacia que semejantes palabras fueran pronunciadas, aunque estuvieran atribuidas a los nazarenos, y su mano se crispo sobre la empunadura del cetro. Kirdir no se mostro en modo alguno asustado y prosiguio con voz mas fuerte, mas rabiosa tambien, pero con una rabia controlada. – ?No se ha dicho en el Avesta que el esplendor divino acompana al _jvedodah, _ el matrimonio entre hermano y hermana, que borra los pecados mortales y expulsa a los demonios? ?No esta escrito que ningun acto de piedad es tan agradable al Cielo? ?No hemos aprendido que, a imagen del gran Dario, todos nuestros soberanos, asi como los magos y los guerreros deben unirse al pariente mas cercano, su hermana, su hija o su madre cuando esta se queda viuda? ?No ha convertido nuestro divino senor a su hermana, la divina reina Azur Anahit, en su esposa preferida entre todas? Pues bien, para los nazarenos, todos nosotros estamos condenados al Infierno, y tambien nuestro divino senor y su divina reina y hermana, ya que lo que para nosotros es suprema piedad es para ellos suprema abominacion. Al pronunciar unas frases tan inconvenientes, Kirdir arriesgaba la cabeza. Pero su audacia habia surtido efecto. Todos adivinaban la razon y la victima de la colera que descomponia ahora el rostro del monarca. – ?Miserable medico de Babel! ?Es ese el sentimiento que profesas por los seres divinos de nuestra dinastia? ?Sufriras la suerte que nuestra ley reserva a los profanadores! Los guardias acudieron para sujetar al culpable. Cuando sintio sus bruscas manos abatirse sobre sus brazos y sus hombros, Mani tuvo la impresion de que, a su alrededor, todas las imagenes se nublaban. Impotente, mudo de terror, se sentia a punto de desmayarse. Un solo pensamiento le mantuvo en pie: ?el «Gemelo», su companero celeste, no podia abandonarle en ese dia! Cerro los ojos intentando entrever su semblante tranquilizador. Subitamente, se produjo un tumulto, salpicado de risas apenas ahogadas. La extrema tension que pesaba sobre la corte se alivio como por milagro. Un _padham _ se agitaba y parecio que solo con verlo habia bastado para que los rasgos de Sapor se relajaran. – ?Que el eternamente joven Juvanoe se acerque! La subita alegria del soberano se reflejo al instante en todos los rostros, exceptuando el del interesado, el cual no apreciaba las burlas que suscitaba cada una de sus intervenciones. Preceptor del monarca desde la infancia, era el decano de los magos de la corte, donde nadie habria pensado poner en duda su erudicion y su persistente lucidez. Solo le perjudicaba ese nombre de Juvanoe, «hombre joven», muy extendido entre los nobles y los magos, pero que resultaba molesto sobre los hombros de un nonagenario. Asi, el bufon del rey habia convertido al anciano mago en su blanco favorito, imitando de maravilla su voz aspera, su porte taciturno, el movimiento pendular de su barba algodonosa y el desorden de sus dedos huesudos. Cualquier ciudadano que, a lo largo de los ultimos veinte anos, hubiera tenido la ocasion de compartir una sola de las veladas de Sapor, no podria por menos de asociar al venerable preceptor con la imagen del bufon, cuyo nombre, por otra parte, nadie recordaba, de tal manera se habia acostumbrado todo el mundo a darle el de su victima. El augusto pupilo sonrio, como cualquier mortal, pero apenas comenzo a hablar Juvanoe, fruncio el entrecejo para advertir a todos que el intermedio divertido habia terminado. – Durante toda mi larga vida, he tenido el privilegio de recordar a mi divino senor las cualidades que harian de el un gran rey a imagen de sus predecesores mas gloriosos: la buena religion, el buen sentido, la fuerza del perdon, el amor de los subditos, la alegria, la generosidad, la justicia… – No lo he olvidado -se impaciento Su Divinidad, que no ignoraba nada de la interminable lista. – Este hombre de Babel ha sido acusado de cosas graves que merecerian un castigo; pero si mi senor se niega a pasar por un tirano a los ojos de la posteridad, tiene el deber de escuchar su defensa. ?Asi es nuestra ley! Sapor envolvio a su preceptor en una mirada afectuosa y filial. Luego, divertido, se encogio de hombros y grito a un secretario: – ?Escribe que en el dia de hoy he decidido conceder una tunica de honor al venerable mago Juvanoe, que ha evitado que cometiera una injusticia indigna de nuestra dinastia! Y mientras el anciano mago, resplandeciente, se retiraba agitadamente andando hacia atras para volver a su sitio, el soberano se volvio hacia Mani, declarandose ahora dispuesto a escucharle, aunque el verdugo estuviera aun al alcance de la voz. Las palabras del hijo de Babel se escaparon como el suspiro de un superviviente. – Al intentar contradecirme, el respetado mago Kirdir no ha hecho mas que apoyar mis palabras con el mas desgarrador de los ejemplos. Cada uno de nosotros se siente trastornado, amenazado, ofendido; todos nos damos cuenta ahora hasta que punto los odios religiosos pueden afectar nuestra existencia y la del Imperio. Yo mismo deberia sentirme tan turbado como todos vosotros, ya que soy de descendencia parta y entre mis antepasados siempre hubo matrimonios entre hermano y hermana, por fidelidad a las costumbres y por deseo de efectuar un acto agradable al Cielo. »Si, los nazarenos estan indignados con esos matrimonios a los que llaman incestuosos. Sin embargo, esta escrito en su Biblia que Dios creo al primer hombre y a la primera mujer y que por ellos solos la Tierra comenzo a poblarse. ?Fue, pues, necesario que los hijos de aquella unica pareja se unieran entre ellos! La humanidad entera ha nacido de matrimonios incestuosos. Los partidarios del Avesta podrian, pues, a su vez, burlarse de los partidarios de la Biblia; pero ?a que vienen las disputas, las imprecaciones, las burlas? Cada pueblo tiene costumbres que se han inscrito en sus leyes y que se atribuyen a la voluntad divina. ?Sera esta diferente para cada pueblo? La verdad es que no sabemos nada de la voluntad divina, no sabemos nada de la divinidad, ni su nombre, ni su apariencia, ni sus cualidades. Los hombres dan a Dios innumerables nombres y todos son verdaderos y tambien falsos. Si El tuviera un nombre, no podria escribirse con nuestras palabras ni pronunciarse con nuestras bocas. Se dice que es rico y poderoso. Riqueza y poder son solo cualidades a escala de los hombres, pero no significan nada a escala de Dios. Tambien se le atribuyen deseos, temores, irritaciones y humores; algunos dicen que esta celoso de una estatua, ofendido por un gesto, preocupado por nuestra forma de hablar, de estornudar, de vestirnos o de desnudarnos. Yo, Mani, he venido a traer un mensaje nuevo a todos los pueblos. Me he dirigido en primer lugar a los nazarenos, entre los que pase mi infancia y mi juventud. Les he dicho: escuchad la palabra de Jesus, es un sabio y un limpio de corazon, pero escuchad tambien la ensenanza de Zoroastro, aprended a encontrar la Luz que brillo en el antes que en todos los demas, cuando el mundo entero estaba sumergido en la ignorancia y en la supersticion. Si algun dia mi esperanza prevaleciera, seria el fin de los odios. »Vuelvo, pues, mi mirada hacia el mago Kirdir y le digo con el respeto que le es debido: tu has sabido describir el mal que amenaza al Imperio y yo he prescrito el remedio; tu has hablado como un paciente y yo he hablado como un medico. – Este hombre es habil acallando nuestra desconfianza -dijo el mago-, pero sigue sin confesar a que religion invoca. – Invoco a todas las religiones y a ninguna. Se ha ensenado a los hombres que deben pertenecer a una creencia como se pertenece a una raza o a una tribu. Y yo les digo: os han mentido. Aprended a encontrar en cada creencia, en cada idea, la substancia luminosa y a separar los desperdicios. Aquel que siga mi camino podra invocar a Ahura Mazda, a Mitra, a Cristo y a Buda. A los templos que elevare, cada cual vendra con sus plegarias. »Yo respeto todas las creencias y, a los ojos de todos, ese es mi crimen. Los cristianos no escuchan cuando les hablo de las bondades del Nazareno y me reprochan que no hable mal de los judios ni de Zoroastro. Los magos no me oyen cuando elogio a su profeta; quieren oirme maldecir a Cristo y a Buda. Y es que cuando reunen al rebano de los fieles, no lo hacen en torno al amor sino al odio; solo se sienten solidarios frente a los otros y no se reconocen como hermanos mas que en las prohibiciones y los anatemas. Y yo, Mani, pronto sere considerado el enemigo de todos, en lugar del amigo de todos. Mi crimen es querer conciliarios y lo pagare, porque se uniran para condenarme. Sin embargo, cuando los hombres se hayan hastiado de los ritos, de los mitos y de las maldiciones, recordaran que un dia, en los tiempos en que reinaba el gran Sapor, un humilde mortal hizo resonar un grito en todo el mundo. El soberano estaba intrigado. – La religion que quieres propagar, ?tendra templos y magos? – Tendra lugares de culto y Elegidos. Estos se consagraran a la oracion y a la ensenanza, al arte y a la escritura, y al ejercicio de la justicia, como lo hacen los magos de hoy, a condicion, sin embargo, de que renuncien a desear fortuna, gloria o poder. Esta reserva suscito en el monarca una satisfaccion evidente. Kirdir agito de nuevo su _padham_ ,__ pero Sapor se habia vuelto ya hacia su _jorrambash, _ el encargado de la cortina, que estaba permanentemente a su lado, y, con un leve movimiento de los dedos, le dio una orden. En los segundos que siguieron se vio acudir a dos escribas, que se sentaron a los pies del soberano. Era la senal de que la deliberacion habia terminado y el monarca se disponia a legislar, con un procedimiento que se llevaba a cabo desde los tiempos de los partos: el rey de reyes dictaba en lenguaje simple su deseos, que uno de los secretarios repetia en voz alta, no palabra por palabra, sino adaptandolo, como por traduccion simultanea, a la jerga ampulosa de las ordenanzas oficiales, que el otro escriba se ocupaba de inscribir, con hermosa caligrafia, en el registro reservado con ese fin. «En el dia de hoy, hemos decidido…», dijo el soberano, y el secretario amplio: «Nosotros, el divino Sapor, rey de reyes del Iran y del No-Iran, dios entre los hombres, hombre entre los dioses…» Sapor dejo que se transcribiera antes de proseguir: «… que autorizamos a nuestro fiel subdito Mani a propagar con toda libertad, por las ciudades y pueblos del Imperio, su mensaje celeste que ha obtenido nuestro soberano beneplacito. Se da la orden a todos los reyes, satrapas, gobernadores y funcionarios, de ofrecerle asistencia como si fuera nuestro emisario en todos los lugares». Dos Al abandonar el palacio, Mani no pudo hacer otra cosa que andar, andar recto hacia adelante, golpeando con su unico talon sano la calzada polvorienta de Ctesifonte. La gente se volvia a su paso, senalandole con el dedo para mostrar a los chiquillos aquel diablo extranjero medio loco, aquel mequetrefe poco agraciado que habia bajado de las nubes. ?Que otra idea de el podian tener ese dia? Pero al dia siguiente, no mas tarde del dia siguiente, toda esa gente comprenderia. Desde el alba, los heraldos irian a pregonar en las plazas publicas el edicto donde se mencionaba este nombre: «Mani, medico del pais de Babel». Entonces, se divulgarian por toda la capital los relatos, convenientemente aderezados, de su audiencia en el palacio, la gente se complaceria en describir su estrafalaria vestimenta y todos se jactarian de haber reconocido en su calle su paso inspirado y la capa de un color que parecia reflejar al cielo. Antes de diez dias, los correos partirian hacia las mas lejanas regiones sasanidas llevando las ordenes del rey de reyes, copiadas y selladas con cera y sal. Mani tenia veintiseis anos, y aquellas calles, aquella tierra de Mesopotamia, aquel Imperio y el universo entero no eran ya lo suficientemente vastos para sus pasos. ?Podemos imaginarnos a Jesus, a quien el amaba tanto, partiendo hacia Roma despues de haber predicado en las aldeas de Galilea, entrando en el palacio del cesar Tiberio y abandonando el monte Palatino provisto de un edicto que le autorizara a difundir su ensenanza en la ciudad y en las provincias, con orden terminante a todos los Herodes y a todos los Poncio Pilatos de facilitar su mision? Esta comparacion es la que Mani tenia en la mente aquel dia. La apariencia de las cosas alentaba sus mas insensatas esperanzas e, incapaz de calmar sus ideas o sus pasos, andaba y andaba, ebrio, transfigurado. Sus amigos le esperaban ante las verjas del palacio, pero el salio sin verlos. Alli estaban Denagh, Pattig, Maleo y Cloe; le llamaron, pero el estaba sordo; se lanzaron tras el, pero siguio su trayectoria, como un trozo de roca escapado de una catapulta. Las mujeres, agotadas, tuvieron que detenerse, asi como su padre. Solo Maleo le siguio. Desde la epoca de los Tunicas Blancas, habia conservado aquella obstinacion para alcanzarle siempre. Al llegar a su altura, y habiendosele adelantado incluso algunos pasos para intentar leer en sus ojos extraviados si corria asi por dicha o por rabia, Maleo, jadeante, le suplico que anduviera mas despacio, que se volviera hacia el, en fin, que respondiera. Pero Mani no le hablo de Sapor ni del salon del Trono; le anuncio simplemente su intencion de partir. – ?Partir? Hemos recorrido el Imperio, de Ctesifonte a Deb, de Deb a Ctesifonte, por los caminos, por los rios y por el Gran Mar. ?Adonde ir ahora? – A los cuatro climas, al lejano horizonte de las llanuras, y mas lejos, mas lejos, al umbral de cada criatura. ?Me seguiras? Antes incluso de que su amigo respondiera, prosiguio como si no pudiera detenerse, como si sus palabras se hubieran desbocado: – De ahora en adelante, a los que vengan a mi no les dire ya que esperen, los invitare a unirse a mi comitiva. Seremos cientos, miles, levantaremos mas polvo que un ejercito, trazaremos sobre la piel del mundo un surco que no se borrara jamas. Y diciendo esto, apresuro el paso. Maleo no intento ya alcanzarle. Se sento pesadamente sobre una gran piedra, mientras su amigo se alejaba. «?Como podria seguirle otra vez?», se pregunto el tirio. No hablaba de aquella carrera absurda por las calles de la capital, pensaba en ese viaje mas absurdo aun, en ese periplo por todos los rincones del mundo al que Mani acababa de invitarle. «Invitar… ?Sera esa la palabra adecuada?», volvio a interrogarse Maleo, y la fatiga convirtio la sonrisa que esbozaba en una mueca de dolor. Desde aquel primer encuentro en el refectorio del palmeral jamas habia podido negarle nada a Mani. Solia discutir, refunfunar, echar pestes, jurarse que… ?Para que? Siempre terminaba haciendo exactamente lo que queria su amigo. Y si, a veces, intentaba resistirse, era Cloe, su propia esposa, la que intercedia en favor del otro. Sin embargo, ni el ni ella compartirian jamas las preocupaciones del Mensajero, Y quiza fuera eso lo singular de su amistad. Frecuentar a un fundador de una creencia sin que este intentara imponer sus convicciones solo podia imaginarse porque Mani era lo que era, el apostol de una fe generosa, y porque su dios no iba en busca de adoradores. Al tirio no le interesaban las ideas religiosas; simplemente, habia conocido a un sabio, un sabio enamorado de la belleza, un ser al que todo hombre habria deseado tener como amigo. El no podia desdenar semejante privilegio. Mientras sus piernas pudieran llevarle, le seguiria. Mientras Maleo estaba sumido asi en sus pensamientos, Mani estaba ensimismado en los suyos. Habia caminado hasta las orillas del Tigris, y alli, en un lugar menos frecuentado que otros, su euforia se habia desvanecido para dejar paso a la angustia. Cuando no tenia proteccion ni introduccion real, sonaba con apresar el mundo solo con sus manos. ?Pero ahora le ofrecian el mundo, los caminos se allanaban, la conquista debia comenzar! ?Conquistar sin armas? ?Arrastrar su pierna lisiada de pais en pais, enfrentarse con los satrapas, con las naciones, con las castas, con las sectas, con las hermandades? ?Poner desorden entre los rebanos agrupados, trastornar los rituales osificados y las opacidades de todo hombre? ?Ensenar, escribir, dibujar, debatir sin descanso y luego partir de nuevo hacia la etapa del dia siguiente para reunir a otras multitudes? ?Inventar para cada auditorio el tono que seduce, desampara, consuela y fustiga a la vez, hasta que la humanidad entera estuviera reformada? Como solia sucederle, sus meditaciones comenzadas en monologo tomaron pronto la forma de dialogo con su _alter ego, _ su «Gemelo». – ?Cuanto tiempo se me ha concedido para todo lo que tengo que hacer? «Eso no lo sabras», le dijo el Otro. – ?Podria al menos saber si aun dispongo de siete anos, si alcanzare la edad de Cristo y de Alejandro? «?Que importancia tiene eso si posees la eternidad y el instante? El tiempo es el anzuelo de las Tinieblas, no te dejes enganar, ?que cada dia no tengas otro cuidado que no sea tu mision!» – ?Podria al menos saber si vere el fin de mi obra? «Confiame el porvenir; camina, tu destino galopa ya lejos delante de ti. ?En Beth-Lapat la gente se impacienta!» Desde que fue publicado el edicto imperial, no habia ciudad donde Mani no fuera esperado, pero el no perdio el tiempo dudando y tomo la direccion de Beth-Lapat. Solo era un pueblo grande de Susiana, sin pasado ni prestigio, pero se decia que a Sapor, que se habia detenido en el varias veces, le habian agradado su aire y sus aguas y que habia encargado a sus arquitectos efectuar alli trabajos de ampliacion; segun ciertos rumores, el soberano acariciaba la idea de convertirlo un dia en su residencia de verano. Sin duda, esperaba sacar provecho de su emplazamiento entre Mesopotamia y Persida y, por lo tanto, entre los dos extremos del Imperio sasanida, el Occidente semita y el Oriente de habla aria. ?Fue esta la razon que empujo a Mani a empezar su periplo en Beth-Lapat? Aunque no habia visitado jamas aquella aldea, sabia que en ella se habia desarrollado una activa comunidad cristiana, a la que dirigirse en primer lugar. Pero pronto tuvo que rendirse ante la evidencia: ya no vivia en el tiempo de las peregrinaciones anonimas y no tenia, como en Deb, la oportunidad de encaminar sus pasos hacia el lugar de su eleccion. Apenas se enteraron de la llegada del visitante y de su sequito, los notables del lugar acudieron corriendo con el reyezuelo local a la cabeza. Este, sacando el pecho, reivindico el privilegio de alojar bajo su techo al protegido del divino Sapor. De tal manera que cuando Mani replico que habia adquirido la costumbre de elegir un jardin como residencia, al pie del arbol mas venerable, el hombre se enfado, recito pomposamente su genealogia, que le hacia remontarse hasta los mas antiguos dinastas y, con la aprobacion de los escribas que le rodeaban, se permitio insistir. Rechazar su invitacion significaba que se desdenaba su ascendencia o bien que se ponia en duda la piedad de su casa. A pesar del apuro de Denagh y del cansancio de Pattig, Mani no cedio. Seria al pie del arbol adonde iria la gente a escuchar sus ensenanzas; seria alli y en ningun otro lugar donde pasaria la noche. A decir verdad, la actitud era poco conciliadora, y quiza, incluso, inutilmente ofensiva; sin embargo, era la unica prudente, ya que, a lo largo de sus viajes, el hijo de Babel deberia enfrentarse a esta clase de asaltos, dictados, con frecuencia, por los mas puros instintos de hospitalidad, pero la mayoria de las veces, por consideraciones menos estimables, como el deseo de un notable de subrayar su preeminencia recibiendo en su casa a un protegido de Sapor, si es que no tenia la intencion de espiar a Mani, a sus companeros y a la gente de la region que se mostrara peligrosamente sensible a sus ensenanzas. En efecto, desde el comienzo del periplo aparecio esta ambiguedad. Si bien los dignatarios de las provincias no podian hacer otra cosa que aparentar la mas rastrera sumision cuando se trataba de obedecer las ordenes del rey de reyes, si como consecuencia debian dispensar el mejor recibimiento a las personas que habian sabido obtener su divina benevolencia, no ignoraban lo pasajeros que son los favores, los del soberano mas que los otros, y aunque contemplaban al visitante con envidia, tenian constantemente en la mente su posible desgracia; llegado el momento, tenian que estar preparados para probar que jamas habian dejado de desconfiar. Con respecto a Mani, el asunto era aun mas evidente. Las noticias corrian deprisa por el Imperio. Bastaba que un cortesano cuchicheara algo al oido de un _vitaxe _ y que este dejara caer una palabra durante un banquete de hidalguelos, para que, tres semanas mas tarde, el asunto se discutiera en las plazas de los pueblos. De este modo se conocieron los debates del salon del Trono y se relataron las palabras de Kirdir, lo que provoco un gran recelo hacia el medico de Babel. En Beth-Lapat, Mani fue recibido, pues, con la cortesia conveniente, pero todos estaban sobre aviso. Cuando al atardecer se instalo en la colina al pie de un arbol, un nispero, los dignatarios y, por supuesto, los magos, se colocaron en las primeras filas de la multitud mientras los soldados merodeaban por alli, por lo demas, con aire benevolente y respetuoso ante el acontecimiento que estaban presenciando. En el preambulo, el visitante considero un deber decir hasta que punto se consideraba honrado por la confianza que le habia manifestado el rey de reyes, y cuan conmovido estaba por el recibimiento que se le habia dispensado en Beth-Lapat. A continuacion, despues de presentar con algunas frases sus credenciales, expreso su esperanza de ver a todos los subditos del Imperio reunidos en torno a una sabiduria comun. «La misma chispa divina esta en todos nosotros, no pertenece a ninguna raza ni a ninguna casta, no es macho ni hembra; todos debemos alimentarla de belleza y conocimientos y asi conseguira resplandecer; un hombre es grande solo por la Luz que hay en el.» Los oyentes de categoria que estaban alli intercambiaron miradas ofendidas. Ellos, que estaban orgullosos de su raza; ellos, a los que Artajerjes habia encargado que hicieran respetar la jerarquia de las castas, a fin de que cada cual mirara con veneracion a aquellos que la Providencia habia hecho nacer por encima de el y con compasion a aquellos que habia colocado mas abajo; ellos, a quienes se les habia inculcado que esa era la base del orden sasanida y de todo orden terrestre o celeste, veian como aquel medico de Babel clamaba ante ellos y, lo que era peor, ante la multitud de los subditos, ante la gente comun, zapateros, tenderos, mozos de cuerda o tejedores de alfombras, que habia que ignorar las castas e incluso despreciar la pertenencia a una raza. En otros tiempos, ese hombre habria sido arrestado desde sus primeras palabras, encarcelado, molido a palos y, quiza, decapitado. ?Pero el que hablaba asi era el emisario protegido del rey de los reyes! Renunciando a comprender, algunos notables prefirieron desaparecer silenciosamente, pero no sucedio asi con los jovenes magos, algunos de los cuales se retiraron ruidosamente y mostrando su furor. A lo largo de sus viajes, Mani termino por adquirir una indeleble reputacion de agitador. Cada vez que tomaba la palabra, aparecian provocadores que buscaban el incidente, ingeniandose para hacerle decir las frases mas sediciosas. El mismo no evitaba la provocacion, ya que formaba parte de los instrumentos que manejaba, y aunque supo a veces mantenerla soterrada, atenuar las criticas y no arriesgarse a pronunciar las palabras que habrian sembrado la division, en cuanto se le interrogaba con un poco de insistencia, respondia, cualesquiera que fuesen las intenciones del interlocutor. Si se trataba del espiritu de raza, de las barreras de las castas, del ritual de los magos o de las divinidades celosas, hablaba sin rodeos y sin contemplaciones; y si la reunion degeneraba, el se contentaba con encogerse de hombros. – ?Son los crujidos de la vieja piel del mundo! -decia-. Comenzare a inquietarme cuando mis palabras sean tan suaves a los oidos de los hombres como las plumas de una almohada. Generalmente, tales explicaciones estaban dirigidas a Denagh. Ahora, ella era la persona mas cercana a Mani. Al caer el dia, cuando el hijo de Babel se tendia al pie de su arbol o cuando las inclemencias le obligaban a hacerlo bajo el techo de algun fiel, Denagh nunca estaba lejos. En la comitiva, todos podian observar que su companera le rodeaba de una ferviente atencion, todos adivinaban el lugar particular que ella ocupaba, aunque nadie sabia con certeza en que se habian convertido el uno para el otro, ni con que palabras, con que miradas o con que amistad se envolvian cuando se encontraban solos. Por otra parte, ?quien habria tenido la audacia de preguntarlo? Un dia, Pattig intento abordar el tema con rodeos y precauciones. – Bendito seas, hijo mio, bendito sea el dia en que la Providencia me hizo seguir tus huellas. Mi corazon se llena de alegria cada vez que oigo a las gentes celebrar tus meritos, tu vida de asceta, todas esas privaciones que impones a tu cuerpo de hombre joven. – ?Que merito habria -le interrumpio Mani-, en privarse de un placer que no se hubiera probado? Pattig prefirio alejarse, contentandose con farfullar una formula de bendicion para disimular. Mani ni siquiera lo habia mirado mientras le respondia, pero despues de dejarle dar unos pasos, le llamo de la manera mas respetuosa: _– ?Mar _ Pattig! Su padre acudio solicito, pero solo para oir estas palabras: _– Mar _ Pattig, ?cuando dejaras de ser un Tunica Blanca? El tono desenganado y la respetuosa designacion hacian la pregunta mas desgarradora a los ojos del padre, que quiso defenderse: – Abandone la Comunidad y a todos mis hermanos para seguirte, me he arrodillado ante ti, yo, que soy tu padre, he escuchado con humildad todos tus sermones… – Me has escuchado cada dia, _mar _ Pattig, pero sigues hablando como un Tunica Blanca, y tus palabras me ofenden. – ?Solo te he dicho palabras que alababan tus meritos! – El que se impone privaciones para recibir elogios no merece ningun elogio, ya que es mas vanidoso que el peor de los corrompidos. El sabio solo ayuna para estar mas cerca de si mismo, el solo es juez, el solo es testigo. Si te privas, no lo hagas para conformarte con las exigencias de una comunidad, ni por miedo al castigo, ni siquiera con la esperanza de amontonar meritos que puedas hacer valer en otro mundo. A mis ojos, esas cuentas son sordidas. Pattig se obligo a sonreir. – Hijo mio, si me estas diciendo que hay que hacer el bien por el bien, sin ni siquiera esperar recompensa, tu merito es aun mayor. Mani le miro al fin, pero con una mirada de desolacion. – ?Me has oido alguna vez hablar del bien o del mal? ?Esas palabras pervertidas no pertenecen a mi lenguaje! Mi «Gemelo» celeste me previno. Yo dire una cosa y los hombres, incluso los mas cercanos, comprenderan otra. He dicho que en todo ser se mezclan Luz y Tinieblas, y que se necesita toda la sutileza del sabio para separarlas… Luego respiro profundamente, como si intentara recuperar la serenidad. – En realidad, has venido a preguntarme lo que Denagh es para mi. Pattig, desprevenido, levanto las dos manos en un gesto de defensa. Su hijo prosiguio: – Sus ropas dibujan los contornos de mi reino vagabundo. Y esta vez fue Mani el que se levanto y se alejo, con un paso mas saltarin que nunca, dejando a su padre dando vueltas en la cabeza indefinidamente a esa confesion de dos caras. Nadie mas oso interrogar al hijo de Babel sobre su companera. Ni siquiera Cloe, a quien, sin embargo, le corroia la curiosidad. La mujer permanecia en Ctesifonte para ocuparse de su familia y de los asuntos de Maleo mientras este ultimo andaba por los caminos, pero era en su casa donde Mani residia cuando pasaba por la capital del Imperio, y ella no podia evitar observarle, pensativa. ?Por que le habia afirmado el, antano, que ninguna mujer ocuparia jamas un lugar a su lado? ?Habria aparecido ella en su vida demasiado pronto? ?Le habria mentido el, simplemente por amistad hacia Maleo? Y tantas otras preguntas que la hija del griego no podia formular a nadie, apenas a si misma, y que creia desterrar de su mente mostrandose mas solicita con Denagh, pero que volvian a obsesionarla cada vez que veia a la otra mujer sentada junto a Mani y con los ojos clavados en sus labios. Denagh. La trenza que caia sobre su pecho velaba el moreno rosaceo de su cuello inclinado. De la muchacha se desprendia una juventud sin arrogancia, una belleza sin afeites y sin espejos, pero una belleza definitiva, como el ultimo argumento de un debate. Anudada a la cintura, llevaba una gruesa banda de lana, enrollada a modo de cinturon. Una tarde, el cielo comenzo a oscurecerse y se levanto un viento fresco. Denagh se estremecio y, desatandose el cinturon, se cubrio los hombros con el. Pintado con trazos finos sobre la tela, habia un rostro, el suyo, rodeado de flores. Todos reconocieron en el el pincel de Mani, y la tela se convirtio para los fieles en una reliquia venerada. Los que se acercaban para rozarla, respiraban el perfume que se desprendia de ella, una mezcla de aloe, ambar, nenufar y almizcle tibetano que el propio Mani habia compuesto. ?No dijo el un dia que en los Jardines de Luz todo seria perfume y color, que nada seguiria siendo substancia? En la comitiva de Mani reinaba una atmosfera de fiesta apacible, aunque en ella se abordaban permanentemente temas austeros. Todos se sentian obligados a cultivar un arte, a menudo la musica y el canto, puesto que estos ocupaban un lugar de honor en el pais sasanida, pero tambien la poesia y, evidentemente, la pintura y la caligrafia a imitacion del maestro; el maestro, que les autorizaba a agruparse a su alrededor cuando tensaba la tela o apomazaba el pergamino, cuando preparaba barnices y colores e, incluso, cuando trazaba los contornos y se ponia a pintar. Nunca se dejaba distraer por la presencia de los discipulos, no parecia que sus miradas pesaran sobre su mano; y con frecuencia, mientras pintaba, se ponia a hablar y sus palabras se dejaban subrayar por sus pinceladas. Esos momentos eran los mas intensos y los discipulos hubieran deseado que se prolongaran hasta el Infinito; permanecian en el mismo sitio durante horas, conteniendo la respiracion por miedo a que se rompiera el encanto. A pesar de que todos sus companeros le rodeaban de una muda veneracion, la presencia de Mani no era jamas opresiva. Si bien el hijo de Babel pedia a sus discipulos mas cercanos, sus Elegidos, aquellos a quienes un dia llamarian los Perfectos, que se consagraran al arte, a la ensenanza, a la meditacion, y que se deshicieran de toda posesion, repetia sin cesar que se podia ir a el sin abandonar el trabajo ni las propiedades, sin apartarse de las propias costumbres y modo de vida, a condicion de no perjudicar a las criaturas y de no dejar morir a los sabios. – Asi pues -se escandalizaba un dia un disidente-, ?en tu religion hay dos morales? Mani ni siquiera penso en negarlo. – Hay un camino arduo que toman aquellos que aspiran a la perfeccion y un camino llano para el resto de los seres humanos. – Pero si los dos caminos conducen a la salvacion, ?que ventajas tendre si elijo el camino dificil? – Si pronuncias la palabra «ventajas» es que ya has elegido. A lo largo de las etapas, los fieles se multiplicaban, sobre todo en las ciudades, entre los artesanos, los comerciantes, los extranjeros y los mestizos. No cabia la menor duda, Mani seducia a los que vivian encerrados en el orden estricto de las religiones y de las castas, a los que sufrian por sentirse desgarrados entre diferentes adhesiones, a los que no se creian sentados desde siempre y para siempre en un mullido cojin de privilegios. Sin embargo, donde sus ensenanzas se propagaban mas despacio era en el seno de la casta mas desprovista. ?Como iba a obtener la adhesion entusiasta de los campesinos si decia: «No mateis al arbol, no daneis a la tierra»? Por el contrario, gano para su causa a algunos ilustres representantes de la casta de los guerreros, como Peroz y Mirhshah, dos hermanos de Sapor. Y sobre todo, evidentemente, al precursor de todos, el hijo menor del rey de reyes, Ormuz, que se proclamaba ya abiertamente discipulo de Mani y que, a la vez que seguia adorando a Ahura Mazda, mando acunar en Deb unas monedas que llevaban en el reverso la efigie de Buda. A decir verdad, la mayoria de sus iguales le censuraban, asi como los magos. Ante los altares del fuego de Ctesifonte, de Persida y de Atropatena se celebraban reuniones tormentosas. ?Buda en las monedas sasanidas! ?Quien lo hubiera creido! ?Y por que no, manana, la cruz del Nazareno? Exclamaciones e interrogaciones que no se dirigian, evidentemente, a Mani. Que quisiera conmocionar asi el orden del Imperio, sacudir los fundamentos sobre los que habian sido establecidas la dinastia sasanida y la Religion Verdadera confirmaba, a los ojos de todos, el juicio implacable de Kirdir, «un nazareno de la especie mas hipocrita, un lobo de dos patas». Pero ?y Sapor? ?Por que el divino rey de reyes, senor del Imperio, querria destruir con sus manos lo que constituia el fundamento de su poder? En los conciliabulos de los nobles y de los magos se preferia creer que habia sido enganado. En cuanto estuviera convenientemente informado de los estragos causados por el hereje, sin duda alguna le retiraria su proteccion y le infligiria el castigo ejemplar que la ley habia previsto. Una delegacion, formada por los principes de sangre real y los magos de mayor categoria, se presento ante el Trono, encargada de las quejas. – Ese tal Mani conduce una horda de mendigos que se abaten sobre cada localidad del Imperio como las langostas sobre un oasis. Desafia los mandamientos celestes e incita al vulgo a despreciar a aquellos a quienes el nacimiento ha colocado por encima de sus cabezas. El artesano se quiere convertir en escriba, el escriba quiere ser noble, el respeto y la autoridad se pierden, el orden de la dinastia se derrumba y corre por todo el Imperio que es nuestro divino senor en persona quien ha querido que esto sea asi… Sapor escucho. Se ensimismo en una larga meditacion y luego se levanto inesperadamente. Los cortesanos solo tuvieron tiempo de inclinarse con el rostro contra el suelo. Cuando se atrevieron a mirar de nuevo hacia el trono, la cortina estaba ya cerrada. ?Se habria conmovido el rey de los reyes por lo que le habian revelado? ?Le habria incomodado el tono empleado por los principes y los magos? En todo caso, a los miembros de la delegacion no se les infligio ningun castigo, pero tampoco se tomo ninguna medida en contra de Mani. Pasaron algunas semanas y no sucedio nada. Los conciliabulos y las discusiones se reanudaron. Si el divino Sapor no habia reaccionado -pensaba Kirdir-, era porque no valoraba el alcance de los peligros o porque vacilaba. Si se produjera un incidente grave, el monarca se veria obligado a tomar partido resueltamente. Tres Kirdir no tuvo necesidad de suscitar el incidente grave, ya que fue Mani quien creo todas las condiciones para que se produjera, al decidir subitamente ir a Ecbatana, metropoli de Media, de donde su padre era originario, y feudo secular de los magos. La visita en si misma tenia trazas de provocacion, tanto mas cuanto que el hijo de Babel se ocupo de anunciarlo con varias semanas de anticipacion en un sermon publico pronunciado en la plaza mayor de Seleucia, barrio de Ctesifonte, precisando que ese viaje seria duro y que no animaba a sus fieles a seguirle; pero le siguieron a cientos. Entre sus adversarios, fue Kirdir el que decidio acudir alli en persona, no sin haber tomado antes la precaucion de hacerse acompanar por Bahram, el hijo mayor de Sapor. Ni entre la casta de los magos ni entre la de los guerreros tenia Mani enemigos mas feroces. Kirdir veia en el hijo de Babel una amenaza para el nuevo orden religioso que los magos intentaban imponer en el Imperio, mientras que Bahram veia en el, sobre todo, a un aliado de su hermano menor Ormuz, al que le enfrentaba una tenaz rivalidad. Evidentemente, la suerte de Denagh no habia hecho mas que envenenar las cosas: que una joven de la nobleza, codiciada por Bahram, hubiera preferido seguir al medico de Babel en sus vagabundeos con el consentimiento de Ormuz, era un ultraje que no podia olvidarse. ?El episodio de Ecbatana no seria mas que el preludio de las venganzas venideras! La primera prueba que la comitiva de Mani tuvo que afrontar fue el frio. El otono tocaba a su fin. Los dias fueron aun agradables mientras caminaron por las llanuras de Mesopotamia, pero en cuanto se internaron por los caminos de montana tuvieron que usar ropas de abrigo. A seis parasangas de Ecbatana encontraron las primeras extensiones de nieve, que los nativos de los pantanos palpaban con fascinacion. Por suerte, la comitiva no estaba formada por las «hordas de mendigos» de los que los magos se complacian en burlarse. En efecto, entre los fieles habia mercaderes prosperos que consideraban un deber vestir, calzar y alimentar a los ascetas. Uno de ellos era Maleo, quien, a la hora en que las discusiones religiosas se animaban, siempre encontraba ocupacion en otra parte, generalmente junto a las monturas, ya que se habia atribuido la tarea de evitar a Mani todas las preocupaciones terrenales. Como tenia la experiencia de las caravanas, se revelo como el mas eficaz de los organizadores. Se podia ver, incluso, amontonados sobre los lomos de las mulas, abrigos y mantas de lana guardados en reserva para mayores inclemencias. No iban a resultar superfluas, como lo marcaba un gigantesco leon colocado a la entrada de Ecbatana, que llevaba en lo alto de su melena un copo blanco, minusculo, pero humillante para la estatua mas celebre del Imperio, esculpida precisamente a modo de talisman para proteger a la ciudad contra las nevadas. A la llegada de Mani, las calles de Ecbatana estaban desiertas o lo parecian. El viento matinal se habia calmado; el sol, en medio del cielo, apenas estaba velado y sus jovenes rayos se esforzaban en entibiar la atmosfera. La comitiva atraveso una calle bordeada de tiendecillas todas cerradas. Sin embargo, no era la hora de la comida ni la de la siesta. ?Que otro momento escogeria la poblacion para trabajar, pasearse, hacer recados y compras? – ?Donde esta la gente? -murmuro Denagh ingenuamente. – Espiandonos detras de las rejas de las ventanas. Aparentemente han recibido orden de permanecer en su casa. Mani habia respondido mientras daba una palmada a su montura; luego miro a Denagh con aire de regocijo, por lo que ella presintio que habia motivo para inquietarse. Por otra parte, el prosiguio con un acento de radiante desafio: – A las puertas de la ciudad nos han dejado pasar sin la menor pregunta. Ahora nos estan observando sin cortarnos el paso. No se aun cual es el lugar que han elegido para esperarnos. Quiza frente a la ciudadela. Denagh, como todos los de la comitiva, divisaba ya, por encima de las casas bajas, la sombria silueta de lo que habia sido antano el ultimo baluarte de Dario. Cuando Alejandro invadio Persia, el rey de reyes habia mandado construir en Ecbatana un castillo de mil habitaciones, tan vasto como una ciudad, una especie de monstruosa caja de caudales donde encerrar, tras ocho pesadas puertas de hierro, a sus mujeres y a sus hijos mas jovenes, asi como su tesoro. El conjunto era ya una ruina, pero se habia reconstruido un ala donde, de cuando en cuando, residia algun miembro de la familia reinante. Por las calles cercanas a la ciudadela patrullaban los soldados en grupos de diez, a pie o a caballo, ajetreandose como si estuvieran en un campo de maniobras, sin una mirada para la caravana que se acercaba. Denagh pregunto a Mani si no seria prudente volver sobre sus pasos, pero este no quiso escucharla. Aunque estuviera amenazado de secuestro y de muerte, pasaria la noche en la ciudad, ya que nadie podia ignorar que estaba provisto de la mas alta autorizacion. Para subrayar mejor sus palabras, salto a tierra y solto la brida. Sus companeros le imitaron, de suerte que ahora los soldados estaban entre ellos y a su alrededor; un hervidero de soldados agitandose en medio de ellos, pero sin tocar a nadie. Mani se detuvo y levanto las manos, como lo hacia cuando deseaba que su comitiva se detuviera. El habia reanudado la marcha, solo, por la explanada que llevaba a la ciudadela, cuando de pronto, obedeciendo a alguna senal convenida, cinco escuadras de soldados de infanteria se lanzaron hacia el rodeandolo por todas partes y formando con sus cuerpos una barrera inmovil. Con un empeno irrisorio, algunos fieles, y sobre todo las mujeres, intentaron apartar a los soldados para liberar a Mani, pero este les pidio que se alejaran. Solo Denagh se obstino en forzar la linea de los militares, quienes, de pronto, le abrieron paso ostensiblemente como si tuvieran instrucciones especiales relativas a la muchacha de la trenza, que corrio a reunirse con el Mensajero. Bahram, subido en la mas alta de las atalayas, observaba con delectacion la escena junto a Kirdir; sin que se le hubiera molestado, sin que se le hubiera dirigido la menor palabra de amenaza, Mani se encontraba encerrado con su companera en esa extrana prision, cuyos muros pronto se hicieron mas gruesos con una segunda fila de soldados. Pasaron la noche, y luego el dia, y de nuevo la noche en el mismo lugar, sin fuego, agua ni comida, y tambien sin mantas, calentandose solo con su mutua presencia reconfortante, mientras que los hombres de la guardia se relevaban por turno cada dos horas. Hasta dos dias despues, cuando le informaron de que «el hereje» acababa de desmayarse en los brazos de Denagh, no ordeno el hijo mayor de Sapor que cesara el castigo. Y mientras los fieles se precipitaban a prestar auxilio a los secuestrados y se apresuraban a llevarse a Mani fuera de Ecbatana, temiendo que al recuperar el conocimiento decidiera prolongar su estancia, Bahram se fue a celebrar un banquete, haciendo resonar su risa por toda la ciudad. Si Mani se quejaba al rey de reyes, el principe siempre podria alegar que no habia hecho mas que asegurar al maximo la proteccion del visitante y que nadie le habia levantado la mano. Pero Sapor no lo entendio asi. En cuanto se propago la noticia, convoco a su hijo a Ctesifonte, y alli, ante una multitud de estupefactos cortesanos, le acuso de desobediencia, le tacho de libertino e incapaz y luego ordeno que le encerraran en un pabellon de caza. Ese dia, mientras los jinetes de la guardia imperial iban a buscar a Bahram, otro destacamento tomaba el camino de Kengavar, donde se encontraba Mani, a fin de llevarle con urgencia a la capital. Con urgencia y solo. Como Sapor no habia tolerado jamas la mas leve ofensa a la dignidad de su cargo, desde el momento en que su hijo habia sido humillado en publico, nadie se aventuraba a imaginar que trato se infligiria a aquel que, segun la opinion general, era el culpable de los desordenes. Antes de separarse de sus companeros, el hijo de Babel les hizo recomendaciones para que prosiguieran la obra emprendida. Quiso decir una palabra a cada uno de sus allegados, pero el oficial le conmino a abreviar su despedida. Cuatro Cuando Mani se presento en el palacio, le condujeron al despacho del _darbadh _ que dirigia la casa imperial. Este le hizo esperar algunos minutos, se ausento y, a su regreso, le rogo que le siguiera. Sin embargo, no le llevo al salon del Trono, sino, despues de atravesar dedalos y jardines, hasta una puerta baja cincelada que cerro rapidamente tras el. A Mani le costo trabajo reconocer a Sapor en ese hombre que estaba sentado en aquella habitacion sin lujos. Esta vez no habia derroche de oro. Desde luego, sus ropas estaban hechas con telas nobles que exhalaban la armonia de los motivos simetricos, pero no habrian desentonado sobre los hombros de un cortesano, como tampoco los largos cabellos rizados, perfumados con sandalo. Los gestos estaban desprovistos de la elegancia circunspecta de las audiencias solemnes, y los dedos, acostumbrados a las leves senas de mando, parecian consolarse de su inutilidad triturando las bolas rosaceas de un pasatiempo. Al descubrir, como con un relampago tardio, que se encontraba en presencia del monarca divinizado, el hijo de Babel puso la rodilla en tierra rebuscando en su manga para sacar el panuelo ritual. – Deja ese _padham_ ,__ Mani, hay alientos menos puros que el tuyo. Y levantate, ven a sentarte a mi derecha en este cojin. Aunque continuara dando ordenes sucesivas, la voz se habia suavizado y sonaba temblorosa. Sin duda, debido a la incomodidad del actor que acaba de emerger de su papel. – Los informes que me llegan de las provincias afirman que tus ensenanzas se propagan, que en las grandes ciudades comunidades enteras te invocan. En este palacio, algunas personas se alegran de tus exitos, otras se angustian o se indignan a causa de los incidentes que se multiplican. Mani no penso en justificarse. El soberano no parecia esperar una respuesta, sino sopesar las palabras que pronunciaria a continuacion. – Lo que ha sucedido hasta ahora me preocupa poco; temia resistencias mucho mas brutales que las chiquilladas de mi hijo. – Por mi, ese episodio esta olvidado. Cada dia que me alejo de el es un siglo; no guardo ningun rencor. – En eso estas equivocado, la vida me ha ensenado lo contrario. La existencia es un rosario de dudas, una sucesion de arreglos de cuentas que se pueden saldar con mezquindad o con magnanimidad, pero que se tiene el deber de saldar. La impunidad me resulta insoportable, aunque sea yo el beneficiario, y, como guardian del Imperio, no tengo derecho a tolerarla. Mi hijo pagara durante mucho tiempo su debilidad de alma y su desobediencia. El tono de las ultimas frases situaba de nuevo a Mani en presencia del Sapor del salon del Trono. – ?No perdonais jamas? – Unicamente a aquellos a los que mi misericordia aplastaria mas dolorosamente que el castigo. Mi hijo mayor no tiene ese temple. A ti tambien tengo algo que reprocharte. La transicion fue tan brusca que Mani se sobresalto. – ?Como dejaste que Bahram te humillara asi? ?Has olvidado que viajas y ensenas por todo el Imperio bajo mi proteccion, que llevas contigo mi confianza y mi autoridad y que al permitir que se mofen de ellas es a mi a quien rebajas? Una vez pasado el instante de sorpresa, el hijo de Babel se irguio y dijo con una voz llena de orgullo y de desafio: – Tengo tambien otro mentor, un protector celeste que no teme el insulto. Sapor solto una risa breve y afectada, que en su rostro adquiria un valor de excusa. – No te he pedido que vinieras para sermonearte. Me he irritado como me irrito cada vez que hablo de ese hijo. Le guardo rencor por burlarse de la proteccion que yo te habia ofrecido y, sobre todo, me entristece verle convertirse en un juguete en las manos de los magos de Media. «Comprendeme, no siento hostilidad hacia los magos, ya que un ser como Juvanoe ha estado mas cerca de mi que mi padre; me enseno todo lo que se, y en el no hay mas que pureza, lealtad y sabiduria; pero no todos tienen ese temple. Por un mago que se sacrifica hay cuarenta que solo suenan con el poder y que no viven mas que para conspiraciones e intrigas. Dictan a todo el mundo como vestir, comer, beber, toser, eructar, llorar, estornudar, que formula farfullar en cada circunstancia, que mujer desposar, en que momento evitarla o abrazarla, y de que manera. Hacen que grandes y chicos vivan en el terror de la impureza y de la impiedad. »Se han apropiado de las mejores tierras de cada region, han amasado riquezas, sus templos rebosan de oro, de esclavos y de grano; cuando el hambre hace estragos, son los unicos que no la sufren. A lo largo de los reinados, han ido acumulando prerrogativas. No hay un adolescente que sepa alinear dos caracteres sin que un mago le haya guiado la mano; no puede concluirse un acto de venta sin que ellos perciban su parte, ni puede resolverse un litigio sin su arbitraje. Los magos tambien deciden si un decreto real es conforme a la ley divina, ley que, evidentemente, ellos interpretan a su conveniencia. Pero me resigno, evito contrariarlos, no intento privarlos de esos privilegios excesivos. ?Te imaginas al rey de reyes capaz de tanta paciencia? Mani se sorprendio esbozando un gesto de compasion, mientras el senor del Imperio proseguia su acusacion. – ?Crees que todo esto les basta? ?Seria no conocer a los magos de Media! Es el Trono, es mi Trono lo que codician, ni mas ni menos, y como no pueden apoderarse de el, quieren envilecerlo y someterlo a su agobiante tutela. »Un dia que mi padre, el divino Artajerjes, consumido por la fiebre, sentia la muerte proxima, los magos mas eminentes vinieron a la cabecera de su lecho llevando como un tesoro algunas paginas copiadas del Avesta que se pusieron a recitar con gran solemnidad en medio de un sofocante humo de incienso. ?Que querian? ?Reconfortar a su senor, hacerle menos penosas esas horas que le quedaban? ?Describirle un mundo mejor en el que olvidaria sus sufrimientos, en el que ocuparia un lugar entre los gloriosos soberanos del pasado? No, nada de todo eso les habria hecho acudir desde todos los rincones del Imperio. Si se habian desplazado era con el unico objetivo de hacer firmar a mi padre, envejecido y debilitado, un edicto que autorizaba al jefe de los magos a designar el sucesor al Trono. Por supuesto, el asunto estaba presentado de otra manera: segun el Avesta, los angeles del Cielo son lo unicos que tienen la facultad de nombrar al futuro rey de reyes, pero, segun otro pasaje del Avesta, la eleccion de los angeles debe ser comunicada al jefe de los magos, quien se encarga de informar a los hombres. «Tratandose de mi, el problema no se planteaba; yo he contribuido tanto como mi padre a edificar este Imperio y compartio el Trono conmigo cuando aun vivia. Pero cuando yo ya no este aqui, los magos restableceran esa extravagante disposicion. Por otra parte, andan murmurando al oido de mis hijos y de mis hermanos que cualquiera que ambicione acceder un dia al poder, debera doblegarse a sus deseos. ?Comprendes ahora mi colera cuando veo a uno de mis protegidos humillado por Bahram bajo la mirada satisfecha de los magos? No dudo que tengas otro mentor, Mani, que esta muy por encima de las codicias terrestres, muy por encima de los rencores, pero es mi proteccion la que pediste, medico de Babel. Yo te la ofreci y tu la aceptaste, y te has valido de ella en todas las regiones que has visitado. ?No tienes ya derecho a abandonar! ?Ni a traicionarme! ?Abandonar? ?Traicionar? – El Cielo ha querido que yo viniera a este palacio, que mi esperanza floreciera en el seno de este Imperio bajo este reinado bendito. ?Por que querria yo traicionaros? – Sin duda, no tienes intencion de traicionarme, pero me has traicionado. Mani no comprende, tanto menos cuanto que el tono es benevolente, casi amistoso, sin relacion alguna, en todo caso, con una acusacion tan grave. – Has venido a hablarme, Mani, de una fe nueva que, respetando la sabiduria de Zoroastro y el culto a Ahura Mazda, prohibiria a los hombres de religion poseer tierras y oro, y los confinaria en la oracion, la ensenanza y la meditacion. Tu querrias ver triunfar esa fe porque ese es el mensaje que te ha sido revelado, y yo deseo igualmente verla propagarse porque conviene a la dinastia. Tu predicas la armonia entre los pueblos y las creencias para obedecer las ordenes del Altisimo, y yo invoco en mis deseos la misma armonia, porque es necesaria para la cohesion del Imperio y su prosperidad. El Cielo y yo perseguimos la misma presa, Mani, y fuiste tu quien me lo hizo comprender. El Cielo y yo encontramos los mismos enemigos cruzados en nuestro camino. Quiero combatirlos, aniquilarlos, y esperaba encontrar en ti al aliado providencial, pero tu te obstinas en traicionarme. Mani esta desconcertado. En cuanto cree comprender, Sapor se encarga de confundirle. Ante cualquier otra persona que no fuera el rey de reyes habria explotado, pero en esta circunstancia tiene que mostrar su colera de una manera encubierta. – Sigo sin comprender en que he podido traicionaros, pero si lo he hecho, mi castigo es la muerte y estoy dispuesto a afrontarla. El soberano echo la cabeza hacia atras. Se habria dicho que ponia por testigo al rayo de sol que se introducia por el tragaluz labrado a modo de roseton. Se enrosco en los dedos su rosario de perlas y luego confeso: – Siento mas afecto por ti que por mis propios hijos. Mientras yo viva, ninguna mano se alzara contra ti, ni la mia ni ninguna otra, pero ?por que te obstinas en hablar de abolir las castas? Asi que era eso, se dijo Mani, casi feliz de haber comprendido al fin a donde queria ir a parar Sapor. Estaba poniendo en orden sus ideas para justificarse, cuando el monarca le dispenso de ello. – Es inutil que me expongas tu doctrina en esa materia, ya que yo podria perfectamente ser de tu misma opinion. Soy el rey de reyes y no necesito invocar una casta o una raza, son ellas las que me invocan a mi. Pero si bien estamos luchando contra los magos, no podemos perder la adhesion de la casta de los guerreros al mismo tiempo. Los guerreros son todos los gobernadores de provincias, todos los comandantes del ejercito, todos los principes. Si toda esa gente se pusiera del lado de los magos, te aplastarian, tu esperanza seria barrida, y ni siquiera yo, Sapor, rey de reyes, senor del Imperio, podria hacer nada por ti. Quiza, incluso, fuera arrastrado en tu caida. Cada vez que hablas, ganas para tu causa a letrados, artesanos, burgueses, esclavos tambien, me han dicho, y muchas mujeres y muchos extranjeros. Pero esos adeptos no serviran de nada a la hora del gran enfrentamiento. Luego prosiguio sin recuperar el aliento, pero con una voz subitamente sigilosa y ligeramente turbada. – Esta manana he dado ordenes que te conciernen. En cada uno de mis palacios habra un puesto para ti. En la sala de audiencia y tambien en mi consejo privado. Alli donde yo vaya, tu me acompanaras. – Tengo que dar un mensaje a las naciones… – Tus discipulos lo haran en tu nombre. De ahora en adelante formas parte de mis allegados. Tu periplo sera una marcha triunfal, sin incidentes humillantes, sin provocaciones ni refriegas ni alborotos. Quiero que hombres de todas las castas y de todas las razas se reunan a tu alrededor, pero sobre todo, guerreros, principes, satrapas… quiero que ganes adeptos incluso entre los magos. Si lo consigues… Sapor se interrumpio, parecio vacilar una ultima vez y luego, por una especie de pudor o algun sentimiento similar, bajo subitamente los ojos en el momento de concluir: – Si lo consigues, se promulgara un edicto para anunciar que el rey de reyes ha decidido abrazar la religion de Mani. _De su primera visita al palacio, que le daba solamente el derecho a predicar, Mani habia salido con aire exultante y paso de conquistador. De su segunda entrevista, a pesar de que el rey de reyes le habia prometido convertirse y le habia pedido que reuniera a todos sus subditos en torno suyo y de su mensaje, salio abrumado, como si llevara a la vez la cruz de Cristo y la corona de los sasanidas._ _?Que le sucedia? ?No se estaba acercando su mayor esperanza cien veces mas deprisa de lo esperado? Manana, el rey de reyes; pasado manana, el Imperio; pronto sus ideas animarian a la humanidad entera. Ya no era solamente un sueno solitario, una promesa de su «Gemelo» a la orilla de un canal del Tigris. El no era ya ese vagabundo mendicante, sembrador de palabras; el triunfo estaba al alcance de su mano._ _Sin embargo, fue a encerrarse en la habitacion que aun ocupaba en casa de Maleo cada vez que pasaba por Ctesifonte. Aquel dia no volveria a salir de ella, como tampoco al dia siguiente; permanecia postrado en el ayuno y la contemplacion, sin dirigir una palabra tranquilizadora a la multitud de adeptos que poblaban cada rincon de la casa y del jardin. Solo Denagh se atrevio a entrar un momento para, sin el menor ruido, depositar un cantaro de agua en el alfeizar de la ventana cerrada._ _Extrano, a decir verdad, y desconcertante, ese encuentro entre el, el nino cojo del palmeral y Sapor, al que las inscripciones llamaban «descendiente de los dioses, noble hermano del Sol y de la Luna, senor de los cuatro horizontes…». ?Que parentesco podia haber entre ellos, que connivencia, que intimidad, que pensamiento comun? Sin embargo, el monarca habia esbozado gestos de excusa; sin embargo, habia enrojecido y habia apartado los ojos y luego, para ocultar su timidez, habia huido en cuanto hubo confesado su deseo de abrazar su fe._ _?Abrazar la fe de Mani? ?Convertirse? ?El, el rey de reyes, se pondria de rodillas y rogaria a Mani que le bendijera mediante la imposicion de manos? ?No seria aquello un enorme y cruel engano?_ _Una vez mas, la perplejidad del hijo de Babel desemboco en un dialogo con su «Gemelo» que le dijo con el mas firme de los tonos:_ _«?Sapor tiene mas ambiciones para ti que las que tu tienes para ti mismo! Hoy por hoy, es el hombre mas poderoso de la Tierra, sus ejercitos son capaces de vencer a los de Roma y a los de China; ya se da el titulo de soberano de Oriente y de Occidente y se considera sucesor de Alejandro. Y tu, Mani, has venido a anunciarle que ha comenzado una nueva era. ?Desearia tanto que fuera verdad! El hecho de que la Revelacion haya coincidido con el principio de su reinado, ?no es una senal del Cielo, dirigida a el, Sapor, para asegurarle que sus ambiciones son legitimas y conformes a los designios de la Providencia? Quiere creer en ti, quiere que seas el digno sucesor de los profetas mas santos, que seas igual que Zoroastro, e incluso mas grande que Zoroastro. ?Despues de todo, los principes que reinaban en tiempos de Zoroastro no eran mas grandes que Sapor!»._ _– ?Seria el adorno del reinado de Sapor!_ _«?Por que no podria ser el el instrumento de tu reinado? ?Y por que hablas de adorno? Este monarca quiere que le ayudes a reducir el poder de los magos, y te necesita para establecer la armonia entre las comunidades que gobierna. Cuando haya conquistado todas las tierras que codicia, cuando tenga bajo su autoridad tantos pueblos diferentes, ?como podra mantener la cohesion del Imperio? ?Imponiendo a todos la religion ancestral de los persas y construyendo por todas partes templos del fuego para que la arrogancia de los magos sea aun mas ostentosa? ?Dejando proliferar a los sectarios de los dioses unicos, todas esas religiones celosas y pendencieras que preparan para el Imperio y para todos los Imperios milenios de fuego y de sangre? Solo tu, Mani, puedes evitar ese extravio de los hombres.» _ _– Este rey quiere conquistar el mundo con las armas, ?y yo tengo que asociarme con el, yo que detesto herir la corteza de una higuera?_ _Cuando al cabo de tres dias salio al fin de su retiro, Mani no conservaba en sus palabras ni en su voz ningun rastro de las dudas que le habian asaltado. A los aun numerosos fieles que le esperaban les anuncio que el triunfo estaba proximo, que estaban en vias de ganar el Imperio y que, debido precisamente a esa esperanza, el mensaje debia llegar sin demora a los pueblos mas alejados. Pidio a sus mejores discipulos que se desperdigaran por las provincias de los cuatro imperios, desde China hasta Egipto y Axum, y desde Roma hasta Palmira. «Las antiguas religiones estaban destinadas a una sola region, a una sola lengua. Mi religion es de tal manera que debe manifestarse en todas las regiones y en todas las lenguas a la vez…»_ _El mismo, menos libre ahora para desplazarse, comenzo a escribir con frenesi cientos de epistolas, himnos, salmos, y libros que no se contentaba con caligrafiar de su propia mano, sino que adornaba, ilustraba y cubria de dorados, la unica circunstancia en la cual se dignaban sus dedos tocar el oro._ _De este periodo data una de las obras mas asombrosas de todos los tiempos, un libro que Mani titulo simplemente «La imagen», y en el cual explicaba el conjunto de sus creencias mediante una sucesion de pinturas, sin recurrir a las palabras. ?Que mejor manera tenia de dirigirse a todos los hombres mas alla de las barreras del lenguaje?_ Cinco Desde ese momento, la silueta de Mani formo parte del paisaje de la corte. Si alguna vez desaparecia para celebrar una reunion con sus fieles, Sapor le mandaba llamar, hasta tres veces en el mismo dia, a fin de consultarle sobre todo lo que turbaba su espiritu de hombre y de soberano, ya se tratase de su salud, de los astros, del humor de su hermana y esposa Azur Anahit, de las perfidias cotidianas de los magos o de las relaciones entre el Imperio y las otras potencias, sometidas o adversarias. A la cabeza de estas estaba Roma, eterna rival de los partos y luego de los sasanidas. Su historia no estaba hecha de impetus dinasticos, pero los mas grandes entre sus emperadores ambicionaban, como Sapor y antes que el su padre Artajerjes, reunir bajo sus aguilas de bronce las dos vertientes del mundo. Romanos y persas, dos olas enemigas a las que una obsesion comun condenaba a rodar impetuosamente la una hacia la otra, a estrellarse la una contra la otra. Los sasanidas, cuyas tierras se adentraban hasta muy lejos en las estepas de Asia, habian querido que una region ajena a su cultura y a sus cultos, esa Mesopotamia semita y ya parcialmente cristianizada; su sueno era desplegar sus estandartes sobre todas las tierras situadas entre el Tigris y el rio Strimon, cerca del cual nacio Alejandro, a fin de que un dia Ctesifonte no fuera ya una frontera del Imperio, sino su centro. En esa misma epoca, Roma estaba totalmente vuelta hacia el Oriente, el Oriente que ella idolatraba, divinizaba, y del que esperaba gloria y salvacion. Por eso, elevaba al poder a los pretorianos que llegaban de Siria o de Arabia, sus escasos filosofos estaban formados en Egipto y aceptaba que se difundieran creencias tales como las de Adonis, de Hermes Trismegisto, de Mitra el indoiranio, del Sol Invencible de Emesa e incluso, la mas improbable de todas, la de un activista judio que antano se habia rebelado contra Roma. Por anadidura, se acariciaba la idea de construir, no lejos del Ponto Euxino, en la union de Europa y de Asia, en el emplazamiento de la antigua colonia griega de Bizancio, una segunda capital para el Imperio, una metropoli con porvenir que algunos se atrevian ya a llamar -?oh presuncion sacrilega!- la nueva Roma. De las dos potencias que se disputaban el mundo, ?cual prevaleceria? La ola sasanida tenia sus oportunidades. Mientras la autoridad de la «divina dinastia» se afirmaba bajo la egida de los reyes fundadores, Roma se disolvia en la anarquia. Solo durante los reinados de Artajerjes y Sapor se habian sucedido veinticuatro cesares, como si a modo de cetro se transmitieran un mango de punal. Los ciudadanos llegaban a desconocer el nombre de su soberano del momento y las legiones no sabian a quien obedecer; en cuanto la Ciudad aclamaba a un nuevo emperador, otro militar, en las Galias, en Dacia o incluso en Italia, se habia rebelado ya. Hacia tiempo que las aguas del Rubicon habian perdido su virginidad. Si unos barbaros tales como los hunos, los sarmatas o los alanos amenazaban alguna provincia sasanida, el rey de reyes enviaba contra ellos a un caballero de alto linaje, un valiente _spahdar, _ quien, una vez terminada su mision, se apresuraba a ir a prosternarse con orgullo a los pies de su soberano para recibir algunas palabras de elogio y una tunica de honor. Por el contrario, cuando esos mismos barbaros o los persas asaltaban el _limes _ del Imperio Romano, el emperador sentia que se resbalaba ya de su trono. No era dificil prever que cuando las legiones hubieran rechazado al enemigo, su comandante, aureolado por su reciente gloria, marcharia sobre Roma para apoderarse del poder. Y si no lo deseaba ni tenia la audacia para hacerlo, lo que constituia una excepcion, sus centuriones le proclamaban _imperator _ a pesar suyo. La unica salida para todo sucesor sagaz de Augusto era ponerse en persona a la cabeza de sus tropas con la esperanza de recibir con sus propias manos los laureles del triunfo; pero apenas se hubiera alejado de la Ciudad, comenzarian las conspiraciones. Y tampoco en el frente estaria fuera de peligro. Los historiadores aun se preguntan si el emperador Gordiano, tercero de este nombre, un adolescente que guerreaba al norte de Mesopotamia, fue herido de muerte por algun tirador mercenario a sueldo de los sasanidas o por orden de su prefecto del Pretorio, Marco Julio Filipo. En todo caso, fue a este ultimo a quien los rumores de la _Urbs _ imputaron el crimen, lo que hacia de el, segun las costumbres constitucionales de la epoca, el mas logico heredero del difunto. En la lista de los emperadores romanos aparece con el nombre de Filipo el Arabe, ya que habia nacido en el seno de una tribu nomada, en el lindero del desierto de Arabia. Una tribu que muy pronto se adhirio, segun parece, a la fe del Nazareno. El obispo Eusebio de Cesarea, historiador de la Iglesia, afirma que Filipo fue, mucho antes que Constantino, el primer emperador cristiano que acudia en secreto a las catacumbas y se confesaba con el comun de los penitentes; solo la fragilidad de su posicion a la cabeza del Imperio le habria impedido clamar en voz alta lo que se cuchicheaba tanto en los barrios bajos del otro lado del Tiber como en las avenidas del Capitolio. Goberno cinco anos, del 244 al 249. Expresadas asi segun el tardio calendario cristiano, estas cifras son irrelevantes; hay que trasladarlas al romano para comprender su alcance. El ano 244 corresponde al 996 de la fundacion de Roma, y el 249 al ano 1001. Por lo tanto, el milenario de la Ciudad se celebro, con un fasto inaudito, bajo el augusto patronazgo de Filipo el Arabe. Colosales festejos, juegos de circo, desfiles y actos triunfales, sacrificios e incesantes celebraciones en las plazas publicas en torno a un tema pregonado incansablemente, quiza para conjurar la evidencia: la inmortalidad del Imperio y de su ley. Un breve instante de reinado para ese enigmatico guerrero beduino, pero ?que instante! Deseoso de saborearlo plenamente, queriendo presidir el mismo la organizacion del Milenario y preocupado igualmente por alejar a sus rivales y tener a raya a las turbulentas hordas godas, Filipo el Arabe necesitaba un largo respiro en el conflicto con los sasanidas, y asi envio a Ctesifonte a su propio hijo, que por aquel entonces tendria unos veinte anos. Al recibir al emisario en la solemnidad imponente del salon del Trono, al oirle hablar en griego con prestancia, pero tambien con una especie de impaciencia juvenil, sobre su deseo de obtener una paz ilimitada, el rey de reyes penso primero en Armenia, que desde la epoca de los partos era el campo de enfrentamiento perpetuo entre Roma y Ctesifonte, ya que sus principes se veian obligados a maniobrar de manera lamentable entre los dos gigantes depredadores. Era en Armenia donde se situaba el astil de la balanza que provocaria el desempate entre el gran Imperio de Oriente y el de Occidente. Fue ella, pues, lo que Sapor exigio como precio de la paz. El hijo de Filipo concedio todo y mas. Las legiones se retirarian de Armenia y la nobleza local seria invitada a aceptar, desde ese momento, la soberania del rey de reyes, con la esperanza de que el «basileus», como lo llamaba, «en su inconmensurable magnanimidad», no guardaria rencor a nadie por sus lealtades pasadas. Sapor asintio con un gesto condescendiente. Luego, moviendose con toda la lentitud que requeria su dignidad, cruzo los brazos, apoyando las manos en los hombros, senal en el de intensa reflexion. Si este arabe romano -se dijo- ha renunciado en algunos segundos a pretensiones seculares, es que esta dispuesto a pagar cara, muy cara, la paz que mendiga. Con el fin de sondearle mas, el sasanida se arriesgo a formular una peticion desmedida. Sin duda, el hijo del Cesar se ofenderia, pero eso le permitiria, a continuacion, trazar los limites de un acuerdo. No queriendo implicar, de entrada, a su divina persona, ya que entonces no seria conveniente transigir en el menor detalle contencioso, Sapor hizo senas a su chambelan de que se acercara y le dicto al oido la postura que le encargaba expresar. Armenia -dijo en substancia- no ha sido nunca para nosotros objeto de litigio. Si las legiones se retiraban de alli, no seria generosidad por su parte, sino simple prudencia, puesto que nuestros valientes ejercitos se estan preparando para restablecer por la espada nuestros derechos eternos sobre esa porcion indisputable de nuestros dominios. No, si el Cesar de Roma quiere realmente la paz, con corazon sincero y sin animo de engano, debe elegir la via que han seguido tantos otros reyes que han sabido obtener nuestra benevolencia. El emisario espero, con su _padham _ en la mano, a que el chambelan formulara la voluntad de su senor. – Roma debera pagar todos los anos al divino Sapor, rey de reyes, hermano del Sol y de la Luna, soberano de Oriente y de Occidente, cien mil monedas de oro. ?Un tributo! ?El emperador romano pagaria al sasanida un tributo anual! ?Se convertiria en su vasallo, con el mismo titulo que el kan de los sacios, el gran chaman de los vertios o el marzpan de los gedrosios! El joven emisario enrojecio, se clavo las unas en las palmas de las manos y apreto con rabia en su puno el panuelo blanco, deseando tirarselo a la cara, como una bola arrugada, a aquel que acababa de insultarle. Los cortesanos contenian la respiracion, esperando ver al romano despedirse y correr a informar a su padre de la afrenta que le habia sido infligida. Pero el hijo de Filipo no se movio de su sitio, abrio el puno y sus mejillas se fueron descongestionando hasta el punto de perder todo el color. Supo recuperar la compostura y se esforzo, incluso, en simular una sonrisa. Y cuando, al cabo de unos interminables segundos de silencio, salieron de su boca algunas frases coherentes, no intento rechazar el principio de un tributo, sino que se limito a negociar la cantidad y las modalidades de pago. Sapor no osaba dar credito a sus oidos. Imputo todo este episodio incongruente a la inexperiencia del emisario. No cabia la menor duda de que este seria sermoneado y luego desautorizado cuando regresara junto a su padre. Y sin embargo, no sucedio asi. Filipo pagaria. Todos los anos y la suma convenida. Tomaria la precaucion de que el oro lo llevara una caravana de hombres de su tribu, a fin de que el nombre de Roma y el uniforme de sus legionarios no estuvieran expuestos a la humillacion. Despues de guardar asi las apariencias y en cuanto se celebro su entronizacion, hizo publicar un edicto en virtud del cual se otorgaba, ademas de los titulos de _imperator _ y de _augustus, _ el de _persicus maximus, _ «gran vencedor de los persas». Evidentemente, Sapor no supo una palabra de aquellas fanfarronadas y al dia siguiente de la tregua estaba exultante. Si alguna vez habia tenido dudas sobre su glorioso destino, estas se habian disipado. Nada le impedia ya pensar que habia sido designado desde siempre por la Providencia para gobernar a todas las criaturas. ?Como se le podria censurar? ?Que mas habria podido esperar que ser el soberano de su unico rival? Cada ano, en invierno, cuando llegaba la caravana que transportaba hasta Ctesifonte el oro de la sumision romana, se observaban tres dias de fiesta, en los templos se ofrecian sacrificios y se distribuian tinajas enteras de viveres entre los necesitados. En la capital y luego en las provincias y en los reinos asociados, los pregoneros anunciaron a bombo y platillo la noticia, a fin de que todos la oyeran, desde el mas poderoso satrapa hasta el mas modesto jefe de pueblo. Aquello aseguraba a Sapor la sumision de todos. ?Que mortal osaria hacer frente al hombre al que el Cesar de Roma pagaba tributo? Seis El rey de reyes parecia colmado, por mas que de cuando en cuando una palabra de cansancio revelara su creciente frustracion. Puesto que los romanos se mostraban hasta ese punto desamparados y vulnerables, ?no seria una ligereza por su parte contentarse con percibir un tributo cuando podria aniquilar de una vez por todas al enemigo moribundo? ?Por que dar tiempo a los romanos para recobrarse, perdiendo el mismo unos anos preciosos? Hacia tiempo que habia cumplido los cuarenta, ?esperaria a haber envejecido para lanzarse a la conquista de Occidente? Pero un pacto es un pacto y Sapor no era hombre que traicionara su palabra y su sello. El, cuya autoridad estaba hecha de mil juramentos de fidelidad, cometeria un error si diera semejante ejemplo de felonia. Su dilema parecio resuelto el dia en que se entero de la muerte de Filipo, asesinado por sus legiones sublevadas, como solia suceder, al mismo tiempo que su hijo, sus colaboradores y un gran numero de cristianos, acusados de haberle apoyado. Sapor convoco a los principales dignatarios del Imperio sasanida y a algunos buenos consejeros y les pidio que se expresaran libremente con respecto al camino que se debia seguir. El primero en agitar su _padham _ fue Kirdir. – Nuestro Senor -dijo- ha demostrado una generosidad extrema hacia los romanos. El, cuyos ejercitos victoriosos habrian podido humillar a los infieles y aniquilar su Imperio ha dado pruebas de una paciencia, de una bondad y de un escrupulo moral que le honran, pero que nuestros enemigos no merecen. Hubo un pacto entre nuestro senor y el cesar Filipo. Si este ultimo lo cumplio no fue por sentido del honor, sino por pura falacia y por el terror que le inspiraba el poderio de la divina dinastia. Ahora que Filipo ha vuelto a las Tinieblas de Ahriman, Roma va a poder apreciar nuestra justa colera, del mismo modo que durante demasiado tiempo aprecio nuestra magnanimidad. Incluso envuelta en elogios, la critica con respecto a la politica que se habia seguido hasta entonces no se le escapo a nadie. Por otra parte, Kirdir no era el unico en opinar asi, puesto que todos los que intervinieron, ya fueran magos, principes o secretarios, recomendaron el recurso a las armas. Aunque estuviera prohibido mirar a la persona del rey de reyes, unos y otros levantaban a veces un ojo furtivo para intentar juzgar sus sentimientos y su humor. No cabia la menor duda de que lo que decian los dignatarios coincidia con sus mas intimas preocupaciones. La guerra contra Roma se habia retrasado durante mucho tiempo, demasiado tiempo. Ahora se imponia, y se habia encontrado el motivo. El soberano se disponia a hablar buscando solamente las palabras adecuadas, ya que no queria dar la impresion de ceder a la conminacion del mago, cuando Mani, que hasta ese momento habia permanecido en la sombra, agito su panuelo. Apoyandose en el brazo derecho para levantarse del mullido cojin que le servia de asiento, comenzo por enumerar las ventajas que el rey de reyes habia obtenido «gracias a su habil politica de tregua», extendiendose sobre los anos de prosperidad que acababa de atravesar el Imperio sasanida y sobre el lugar preponderante que habia adquirido a los ojos de todas las naciones «el primero de los hombres». El preambulo era astuto, ya que atenuaba los remordimientos del soberano y le colocaba en una postura mas digna frente a todos los que le daban lecciones. Luego, Mani previno: – Si las tropas de la dinastia parten al asalto del Imperio Romano, no hay duda de que conseguiran victorias pero obligaran a las legiones a unirse bajo un mismo mando. Antes que acabar con el enemigo, como algunos exigen, se le habra administrado un remedio energico, doloroso pero eficaz, y saludable para el. ?Es ese el objetivo que quieren alcanzar aquellos que han tomado la palabra antes que yo? ?Y por esta locura querrian reemplazar la juiciosa politica seguida por el senor del Imperio? Sapor parecio turbado, incluso se leia la duda en sus ojos. A su alrededor se agitaron en desorden los panuelos, pero ya no concederia la palabra, pues habia llegado el momento de recuperar su ascendiente y de pronunciar el discurso decisivo: – Para Nosotros, nada ha cambiado aun con respecto al tratado con los romanos. Cuando un cesar sustituye a otro, hay que cumplir los compromisos que su predecesor contrajo. En cuyo caso, Nosotros seguiremos respetando lealmente los nuestros. Pero si se interrumpiera el pago del tributo, responderemos con todo el vigor que tenemos derecho a utilizar con los traidores. Con el fin de prevenir cualquier eventualidad, tenemos la intencion de hacer un llamamiento a todos nuestros vasallos, las tribus sometidas y los soldados mercenarios. Al primer acto de traicion, nuestros ejercitos invencibles se desplegaran por el litoral de Occidente, Anatolia y Capadocia, y continuaran devastando mucho mas alla las provincias de los romanos hasta que vengan a renovar ante Nosotros su humilde sumision. Despues de que se les despidiera, los cortesanos se dispersaron por los pasillos del palacio, haciendo comentarios sobre la falacia intrinseca del enemigo, la proverbial cobardia de sus tropas y de sus jefes, y tambien sobre la imposibilidad demostrada de vencer al rey de reyes. Solo Mani, sombrio, permanecia apartado y pronto fue olvidado por todos. En cuanto la sala del consejo se quedo vacia, fue a ver al chambelan para pedirle una audiencia privada ante Sapor, quien le recibio sin demora. – Habria anadido algo, pero ya habia tomado la palabra aquel que se expresa el ultimo. El monarca le hizo una sena para que prosiguiera. – El senor del Imperio ha precisado que actuaria con rigor contra los romanos solo en el caso en que dejaran de pagar el tributo. ?He comprendido bien? – Ya sabes que los adversarios de Filipo le reprocharon que firmara un acuerdo indigno y degradante. Quiza incluso le hayan matado a causa de ello. – Quiza. Pero si por alguna razon que ignoro el nuevo cesar decide seguir pagando, ?se le declarara la guerra a pesar de todo? – He sido muy claro sobre ese tema. ?Si cumplen su palabra, yo cumplire la mia! – Pero entonces ?por que obligar al tesoro, a los vasallos, a los caballeros, asi como a todos los subditos, al gasto excesivo que una movilizacion implica, antes incluso de conocer la postura de los romanos? Cuando se haya reunido el ejercito, cuando las tribus sometidas y las tropas mercenarias esten reclutadas, querran combatir, conseguir el botin, y ya no se podra enviarlas a su casa con las manos varias. Esto ya ha sucedido en el pasado; se hace un llamamiento a filas a causa de una amenaza de guerra y luego, aunque la amenaza se aleje, se termina por hacer la guerra porque se ha reunido al ejercito. – No se planteara ese problema. Todos saben cual es la actitud de los romanos. Y ademas ya he anunciado mi decision y no voy a retractarme al respecto. – El senor del Imperio no necesita retractarse de nada. Ha dicho que reuniria a sus tropas y lo va a hacer, pero nadie puede obligarle a convocar al mismo tiempo a los satrapas, a todas las tribus, a todos los vasallos. Los preparativos pueden hacerse lentamente. Y si los romanos eligen el camino del desafio, la movilizacion podria acelerarse. – No era esa mi intencion, pero consiento en aceptar tus argumentos y en seguir tus consejos. Quiera el Cielo que no tenga que arrepentirme. ?Sabes, Mani, que de todas las personas presentes en el Consejo, ninguna otra habria podido hacerme cambiar de opinion? Si te escucho asi, si me someto a tu opinion, es porque tienes un lugar en esta dinastia y en mi propio destino que ni siquiera tu sospechas. A lo largo de las semanas siguientes, Sapor evito mencionar los preparativos militares; sin embargo, en los pasillos del palacio, pocos fueron los que adivinaron un cambio de politica; la actitud del rey de reyes se explicaba por su deseo de parecer sereno y despreciativo frente al riesgo de una guerra que todos, en Ctesifonte, juzgaban ganada por adelantado. Se decia ya que el soberano mandaria el mismo el gran ejercito, secundado por uno de sus hijos, pero ?por cual? ?Por el mayor, Bahram, que de nuevo gozaba del favor de su padre y al que apoyaba la mayoria de los magos y de los guerreros? ?O bien por Ormuz, considerado como el mas valiente y el mas serio, pero del que se decia que su trato con Mani y su inclinacion por sus ideas le habia debilitado un poco? Las especulaciones terminaron cuando, inopinadamente, llego un embajador romano, portador de una misiva del nuevo emperador, Decio, «a su hermano, el divino rey de reyes», asegurandole que el pacto hecho con Filipo seria respetado, incluso en sus clausulas secretas; por otra parte, el oro estaba ya en camino, transportado esta vez, no por el pudico intermedio de las caravanas beduinos, sino abiertamente ?por un destacamento de pretorianos! En Ctesifonte deberian haberse felicitado. Hasta entonces, el acto de vasallaje aceptado por Filipo era el hecho de un hombre solo, un usurpador que habia llegado a la cima del Imperio por los caprichos de la fortuna y que estaba dispuesto a vender a bajo precio el tesoro y las provincias con tal de conservar el poder. ?Ahora era Roma entera la que reconocia la preeminencia del rey de reyes! Sin embargo, en la corte sasanida, el humor era de duelo. Los que deseaban el enfrentamiento se sentian defraudados, algunos pensaban incluso en tender una emboscada al emisario romano, con la esperanza de provocar lo irreparable. Con todo, el bando que deseaba la guerra, por muy poderoso que fuera, temia atraerse la colera de Sapor con semejantes acciones. Este se sentia dividido. Si bien la accion militar seguia seduciendole, valoraba el significado del nuevo acto de vasallaje romano, que le halagaba y sobre todo le tranquilizaba en cuanto a la persistente debilidad del enemigo. Numerosos eran los que, como Kirdir, explicaban la indecision del soberano por la creciente influencia del «maldito nazareno de Babel». En efecto, nadie ignoraba las conversaciones cotidianas, mano a mano, entre los dos hombres. Sapor, que no podia olvidar que Mani habia sido el unico en prever el comportamiento de los romanos, confiaba en su juicio; cada vez que las ideas de guerra le daban vueltas en la cabeza, se desahogaba con el. Y el hijo de Babel sabia encontrar argumentos que le convencian. – No hay duda de que los romanos estan aterrados con la idea de ver a vuestro ejercito invadir sus provincias y amenazar sus metropolis. Ese terror que sienten es para vos fuente de grandes ventajas. Haced que dure esta situacion, obtened de vuestro enemigo todo lo que su debilidad le obliga a acordaros, dejadle confirmar, ano tras ano, a los ojos de todas las naciones, la preeminencia de vuestra dinastia y de vuestra persona. ?Por que habria de abandonar el primero de los hombres la posicion providencial que es hoy la suya, para someterse al azar de una empresa guerrera? El monarca acepto darse por satisfecho con esos argumentos mientras el enemigo continuara pagando el tributo. Pero en Roma no se arreglaba nada. Dos anos despues de la muerte de Filipo, su sucesor fue asesinado a su vez. No menos de cuatro pretendientes se disputaban ahora el poder. De cuando en cuando, uno de ellos enviaba un emisario ante el rey de reyes para granjearse su benevolencia y solicitar sus favores, lo que no dejaba de divertir a Sapor. ?Soberano de Roma y, por anadidura, arbitro de las disputas entre sus generales? El sasanida no habia sonado jamas con un privilegio tan descabellado. Pero a finales del invierno siguiente el oro no llego. No era que Roma tuviera una voluntad deliberada de incumplir el pacto hecho con Ctesifonte, sino que ninguno de los cuatro cesares estaba en condiciones de efectuar semejante pago. En la lucha contra sus rivales, cada uno de los pretendientes tenia una gran necesidad de todo el oro del que pudiera disponer. En la corte sasanida, la guerra estuvo de nuevo en el orden del dia. Magos y guerreros estaban enardecidos y Sapor no intento ya resistirse. Y cuando en medio de aquel revuelo se aislo una vez mas con Mani, no fue para oirle hablar de nuevo sobre los beneficios de la tregua. – Te he escuchado siempre, medico de Babel, hasta el punto de seguir tus consejos en detrimento de mis propias inclinaciones. Ahora te toca a ti, mi protegido, mi companero, adoptar mis opiniones; quiero que en esta batalla estes a mi lado, plenamente, con toda tu alma y toda tu inteligencia, tu, al que he convertido en pilar de mi reinado y de la dinastia. »Esta guerra me ha sido impuesta. Durante mucho tiempo me he mostrado paciente y magnanimo, no he querido romper la tregua aunque hubiera podido hacerlo, ya que los magos me aseguraban, en nombre del Avesta, que seria legitimo y meritorio. Te he escuchado, pues, y he renunciado a movilizar mis ejercitos a fin de dar a los romanos una oportunidad de respetar sus compromisos. Ahora, han dejado de pagar el tributo, ellos mismos han violado el pacto que los protegia. Cualesquiera que sean las razones de esta felonia, no puedo tolerarla sin perder la estima y la sumision de mis propios subditos. La severidad del castigo debe estar a la medida de mi paciencia y de mi generosidad. »Si consigo acabar con el Imperio de los cesares, esta guerra sera la ultima. Una era de paz se instalara entre los hombres. Se que te repugna derramar sangre, aunque sea la de mis enemigos, pero por estar a mi lado en esta batalla no traicionaras ninguno de tus principios, ya que por la perdida de algunas vidas, otras, mucho mas numerosas, seran preservadas. »A lo largo de estos anos mucha gente me ha prevenido contra ti, Mani. Envidiosos, celosos, pero tambien algunos hombres a los que creo adictos y sinceros. "Ese parto -me repetian- permanecera a vuestro lado mientras contemporiceis, pero en cuanto llegue el tiempo de las conquistas, os abandonara. ?Como podeis tener entre vuestros intimos a un ser que se alegra de vuestros titubeos y que manana se apenara por vuestras victorias?" ?Han dicho la verdad? Lo ignoro. Sin embargo, es tu apoyo el que espero, es contigo con quien quiero llevar a cabo esta conquista. Jamas Sapor se habia dirigido a el en ese tono; ni a el ni a ninguna otra persona. Jamas habia esperado con tanta impaciencia la reaccion de un interlocutor; y las primeras frases de Mani le tranquilizaron. – Es verdad que me repugna derramar sangre, pero no rechazo la conquista; si el senor del Imperio proyecta hoy invadir el pais de Aram o Capadocia o Iberia, mi ambicion es conquistar Roma, nada menos que Roma; Roma con todo su Imperio, y no me contentare con ninguna provincia por muy vasta y prospera que sea. Quiero conquistar Roma y se que esta madura para la conquista. Ahora tengo en esa ciudad decenas de discipulos que me informan en sus epistolas de todo lo que alli se hace o se dice. Roma tiene sed de una fe nueva. Durante mucho tiempo ha tenido la conviccion de que su Imperio era inmutable y su ley, eterna, de que la Tierra y el Mar le pertenecerian siempre y el Cielo la protegeria infaliblemente. Hoy, Roma duda de si misma, de sus efimeros soberanos, de su Imperio asediado en todas sus fronteras y de sus divinidades que olvidan protegerla; duda de su opulencia al contemplar sus barrios, que se llenan de miserables. Roma espera de los paises del Levante un conquistador, como una mujer madura espera al amante; y no sera la espada la que la conquiste, sino la palabra que hechiza. Si, seran las palabras de amor las que le haran abrir los brazos. »Estoy preparado para ir a Roma. Igual que antano pude reunir en Deb a los adoradores de Buda y a los de Ahura Mazda, reunire a los adeptos del Nazareno y a los de Mitra, sin que por ello tenga que perseguir a los filosofos ni denigrar a Jupiter. Predicare una fe para todos los seres humanos, una fe cuyo centro estara en Ctesifonte, de la que sere el humilde mensajero y cuyo protector sera el rey de reyes. ?No seria esto una gran conquista, digna de Dario y de Alejandro, e incluso mas grande, mas noble, mas duradera, sobre todo, que las conquistas del pasado? Sapor estaba perplejo, pero no quiso aclarar los malentendidos. Prefirio tomarle la palabra a Mani. – Tu hablas de conquista y yo hablo de conquista; es normal que no utilicemos las mismas armas, pero tenemos las mismas ambiciones. Juntos podemos edificar en este mundo lo que ningun ser ha podido edificar anteriormente. Ha habido reyes conquistadores, preocupados de conducir a todas las criaturas hacia una suerte mejor, pero no tenian a su lado a un Mensajero; ha habido profetas santos y elocuentes, capaces de describir a los hombres un futuro de esperanza, pero no tenian junto a ellos a un soberano poderoso que aumentaba las mismas ambiciones. ?Por primera vez, un mensaje celeste coincide con un gran reinado! »Un mundo nuevo va a tomar forma bajo nuestros ojos. Yo, el rey de reyes, y tu, el Mensajero de la Luz, iremos juntos a Armenia, al pais de Aram, a Egipto, a Africa, a Capadocia y a Macedonia; en la propia Roma establecere el reino de la dinastia justa, tu proclamaras la fe universal que abarcara todas las creencias. Comparte, pues, mi sueno como yo aspiro a compartir el tuyo; unire al universo por mi poder, tu lo armonizaras por tu palabra. »Los magos se congregan ante mi puerta, desearian que esta guerra, que esta conquista fuera la suya. Desearian que, en cada pais invadido, se abolieran las creencias que les incomodan y que se impusiera a todos la religion de los arios. En otros lugares, los sectarios de los dioses celosos se disponen a saltar sobre el mundo para establecer por todas partes el reino de la intolerancia. Yo y tu, tu y yo somos los unicos que podemos aun impedirselo. »Ven, avanza a mi lado a la cabeza de los ejercitos, no tienes mas que decir una palabra y dejare a los malditos magos en sus altares del fuego; te designare ante mis vasallos, ante mis caballeros, ante todos mis subditos, y les anunciare que esta conquista se hara en tu nombre, en nombre de la nueva fe, cuyo Mensajero eres tu. El soberano estaba ahora exaltado, casi suplicante, y Mani se sentia paralizado de sorpresa y de emocion. De su boca no salia ni una palabra. Despues de algunos segundos de silencio, Sapor prosiguio, con el tono de su majestad recobrada. – Se que no decides nada sin consultar a esa voz celeste que te habla. Ve, recogete, medita, conversa con tu angel y luego vuelve a darme la respuesta. * * * Asi pues, Mani se fue a deambular solo por los jardines del palacio. Los guardias reconocian ya su cojera, su capa azul y su baston, y le dejaban que siguiera el rito de sus visitas habituales. En efecto, alli ya tenia sus costumbres, senderos que le eran familiares, arboles que solia visitar y una charca, a cuyas orillas le agradaba particularmente ir a sentarse, con una pierna doblada y la otra extendida, igual que lo hacia, siendo nino, al borde del canal del Tigris; y alli encontraba de nuevo, en la guarida del soberano mas poderoso del mundo, esa alquimia de paz y de tormenta que le permitia abstraerse en la meditacion. Para que su voz interior pudiera hacerse oir. «Hay momentos, Mani, en que uno se encuentra con una espada en la mano. Se siente verguenza de utilizarla, sin embargo, ahi esta, fria, cortante, prometedora. Y el camino esta trazado. Antes que tu, otros Mensajeros se encontraron en situaciones parecidas. Cada uno de ellos tuvo que hacer su eleccion solo. Y solo estas tu. Mas que nunca. Solo contra la opinion de Sapor y de sus cortesanos. Solo contra las redes de la Providencia. Sin otra claridad que el rayo de Luz que hay en ti, deberas discernir y escoger.» – Bastaria que dijera «si» para que la espada del rey de reyes me abriera los caminos del vasto universo. «Tu nombre seria entonces venerado por los hombres siglo tras siglo, se elevarian oraciones a Mani, se ofrecerian sacrificios en su nombre, se gobernaria en su nombre, se mataria sin remordimientos invocando su nombre.» – Aun puedo negarme… «Si te niegas, pones tu cuerpo deleznable y tus ingenuidades atravesados en los caminos de la guerra, te interpones, te obstinas, te aferras a cada jiron de paz o de tregua. Y tu nombre sera maldito, borrado, y tu mensaje desfigurado. – ?Durante mucho tiempo? «Quiza hasta la extincion de los fuegos del universo. Y no entraras en Roma. Y tendras que huir de Ctesifonte. ?Que eliges?» Mani dio su respuesta de pie, mirando al Cielo a la cara: – Mis palabras no derramaran sangre. Mi mano no bendecira ninguna espada. Ni los cuchillos de los que ofrecen sacrificios. Ni siquiera el hacha de un lenador. 4. El destierro del sabio _Contempladme, saciaros de mi imagen,_ _ya que no me volvereis a ver bajo esta apariencia._ Mani Uno El rey de reyes comenzo su campana militar sin Mani. Con cuarenta mil brazos de arqueros, con los Inmortales de su guardia que alineaban diez mil gorros de esparto de color rojo sangre; con la noble caballeria provista de corazas de hierro, tanto los cuerpos como las monturas, y tambien con la embarrada infanteria de los campesinos sujetos a trabajos obligatorios, descalzos, con las manos varias, sin otro escudo que una piel de cabra extendida sobre dos canas cruzadas; con la tropa abigarrada de las tribus sometidas, gelos, cadusianos, vertios, dailamitas, hunos, albanos; con los elefantes y sus guias, con los tambores, las trompas y los abanderados, Sapor se puso en movimiento, izado en su trono de combate por sesenta hombros, llevando tras el a sus mujeres, sus musicos, sus medicos, sus cocineros, sus bufones, sus adivinos, sus escribas, sus aduladores y sus consejeros. Pero sin Mani. La hueste tomo primero el camino del norte, hacia Armenia. No se trataba aun, en su sentido pleno, de una guerra de conquista, ya que el Cesar de Roma habia concedido a los persas la autoridad sobre aquel pais y la nobleza local se habia doblegado a ello. Sin embargo, Armenia seguia siendo un reino, vasallo pero distinto, adherido, pero a la espera de que se aflojara un dia la tenaza de los sasanidas. La gesta antigua de los armenios cuenta en que circunstancias el venerable rey Josrov, en el cuadragesimo noveno ano de su reinado, fue atraido fuera de su palacio de Jaljal, con el pretexto de una monteria, y traidoramente apunalado por dos agentes a sueldo de Ctesifonte; que sangrientas disensiones siguieron a este suceso, y como Sapor, con sus tropas situadas oportunamente en las fronteras, se considero obligado a invadir el territorio para poner fin al intolerable desorden; como la dinastia reinante fue desposeida de su feudo, que fue rapidamente anexionado a los dominios sasanidas; como, tambien, los magos de Atropatena, que llevaban los altares del fuego montados en carros de oracion, penetraron en el pais tras los jinetes y, recorriendo una a una las satrapias armenias, se dedicaron encarnizadamente a extinguir las creencias locales y a humillar a las divinidades disidentes; como, finalmente, las mas ilustres familias del pais eligieron entonces el exilio, y se marcharon primero a Melitene y a Ponto y luego hasta la misma Roma, para intentar conmover al Pretorio y a los senadores con el relato de sus sufrimientos. Se les escucho, se les compadecio y todo el mundo se indigno y prometio, pero nadie movio una lanza. Precisamente de eso queria asegurarse Sapor antes de llevar a sus hombres a traves de los montes Amanus y las fuentes del Eufrates hasta Capadocia, Cilicia y la Siria romana. Conquisto facilmente a los romanos treinta y siete ciudades y sus campos, entre las cuales estaban Batna, Barbalisos, Hierapolis y Alejandreta, asi como Hama, Calcis y Germanicia; y sobre todo, Antioquia, la mas populosa, la mas prospera de todas, que fue horriblemente saqueada. Devastaron sus huertos, raptaron a las mujeres y deportaron a miles de artesanos a Ctesifonte, donde se les asigno un suburbio. Un proconsul romano que no tuvo tiempo de embarcarse hacia Egipto, tuvo que figurar, con los pies encadenados, en el cortejo triunfal que el rey de reyes hizo desfilar por las pavimentadas avenidas de la capital. De todos los confines del Imperio sasanida afluian las delegaciones, cargadas de regalos, para aclamar al vencedor. Mani no participaba en esa fiesta. A lo largo de aquellos anos de guerra, caminaba por sus propios senderos, con sus propias tropas, llevado por la ambicion de una conquista diferente. Mas tarde, los historiadores supondrian que, en aquel tiempo, se habia preocupado de edificar piedra a piedra su Iglesia; una palabra que le incomodaba, ya que preferia hablar de «mi Esperanza», o de «los mios», y, afectuosamente, de «mi Caravana» o de «los hijos de la Luz». Sin embargo, para aquellos que le observaban desde fuera, se trataba evidentemente de una Iglesia, con pastores Elegidos y rebano adepto; pero en ella, la autoridad pertenecia solamente a los que vivian como mendigos y tambien a aquellos cuyas manos y cuyo espiritu prodigaban la belleza. Una jerarquia de la indigencia y de la inspiracion que excluia cualquier otro merito. Asi era, asi habria debido perpetuarse la Iglesia concebida por Mani. La Esperanza del hijo de Babel florecia a lo largo de los caminos y su creencia conquistaba sin armas ni fuego ni castigos. Cuando los cautivos romanos originarios de Norico, de Mauritania o de las Galias eran conducidos a tierra sasanida, los discipulos del Mensajero iban a su encuentro para hablarles de la vanidad de las fortunas guerreras y para ofrecer a cada uno de ellos su parte de consuelo en la humana confusion de las divinidades y de las lenguas; y un gran numero de artesanos, de mujeres y de legionarios derrotados abrazaron la generosa fe. Igualmente, entre los subditos de Sapor eran muchos los que sufrian a causa de la guerra, ya fuera porque habian perdido a algun pariente o porque les perjudicaba que las rutas de las caravanas estuvieran interceptadas durante tanto tiempo. En ellos tambien resonaba la palabra de Mani. Sorprendentes anos aquellos en que el rey de reyes estaba constantemente guerreando, mientras que su protegido hacia el elogio de la paz en todas las provincias del Imperio y predicaba nada menos que «el desprecio a las espadas y a los brazos que las han blandido». Unas palabras sediciosas, insoportables a los oidos de los caballeros y de los magos. Pero ?que hacer? «A cada rey su loco», se burlaba Kirdir en la discrecion de sus templos del fuego. «?Cuanto mas grande es el rey, mas grande es su locura!» Y es que Sapor se negaba a castigar, aunque solo fuera con un reproche publico, los extravios de Mani. Si alguien se atrevia a tocar ese tema delante de el, se mostraba ostensiblemente contrariado y hasta amenazador; entonces, el atrevido cortesano se callaba y se refugiaba tras su tembloroso _padham._ Asi las cosas, ni que decir tiene que en aquellos anos de guerra el hijo de Babel no ocupaba ya su lugar en la corte. El monarca habia tomado nota y habia renunciado a consultarle, pero sin retirarle su proteccion. ?Por fidelidad a la palabra dada? Esa no era la unica razon. Desde que se habia lanzado a sus campanas, el soberano se veia rodeado de magos fanfarrones, belicosos de boquilla, que ocupaban a su alrededor la totalidad del espacio respirable y que habian sitiado su consejo privado, su cancilleria y su casa militar, donde las opiniones de Kirdir, convertido en _mobedhan-mobedh, _ es decir, jefe supremo de los magos, prevalecian ahora sin debate, ya que los caballeros y los escribas rara vez se atrevian a contradecirle. Si de algo era culpable Mani a los ojos de Sapor, era de haberle dejado asi solo con unos personajes a los que aborrecia, de no estar ya a su lado para hacer contrapeso, para permitirle escuchar, a veces, una voz diferente. Cuando entre dos expediciones el monarca se concedia algunas semanas de descanso, solia preguntar a alguno de sus allegados, a su hijo Ormuz o a su hermano Peroz, o tambien a Zerav, su tanedor de laud favorito, tres fieles admiradores de Mani, si habian tenido noticias recientes de el; generalmente, le respondian que se encontraba de viaje con sus adeptos en Characena, en Persida o cerca de Arbashahr. ?Habia que convocarle? El soberano desviaba el tema castaneteando los dedos desenfadadamente y enseguida se alejaba de su interlocutor hablando de otra cosa, como si las idas y venidas del hijo de Babel no le interesaran en modo alguno, como si jamas hubiera formulado la menor pregunta sobre ese personaje. Hacia el cuarto ano de guerra, el rey de reyes recibio de uno de sus espias, que habia recorrido algunas provincias romanas disfrazado de mercader, un informe inquietante. Las legiones que luchaban entre ellas para imponer cada una a su _imperator _ habian resuelto bruscamente, segun parecia, sus sangrientas rivalidades; de los cuatro pretendientes al trono, tres habrian sido asesinados por sus propias tropas. El Imperio Romano, fustigado por las humillaciones que habia tenido que soportar en Oriente, se encontraba, de la noche a la manana, milagrosamente unido en torno a un Cesar unico, un patricio septuagenario llamado Valeriano, antiguo presidente del Senado y politico sagaz, pero tambien un soldado de grandes virtudes, quien, desde su ascension a la dignidad imperial se habia fijado como objetivo poner fin al avance sasanida. Esperando desanimar asi a sus enemigos de todo afan de desquite, Sapor dirigio sus tropas por segunda vez hacia la Siria romana, ocupo otras ciudades, devasto algunas regiones que hasta entonces se habian salvado y reforzo la guarnicion de Antioquia. Luego, de regreso a Ctesifonte, desfilo en un nuevo cortejo triunfal y esta vez en primera fila y llevando como trofeos a seiscientos legionarios encadenados de dos en dos tras el carro del vencedor. Mas seguro que nunca de si mismo, planeaba el rey de reyes lanzarse sin tardanza al asalto de Grecia, o quiza de Egipto, cuando un acceso de fiebres cuartanas le obligo a postergar sus proyectos hasta el ano siguiente. En el intervalo, decidio dejar a sus hombres libres. Acababa de enviar a sus casas a las tropas auxiliares, satisfechas y ricas de botin, y habia ordenado igualmente que algunos regimientos de elite se dirigieran hacia Drangiana, a fin de someter a algunas poblaciones turbulentas, cuando le llegaron nuevos mensajes de sus espias: ?Valeriano se acercaba a la cabeza del mas poderoso ejercito romano jamas reunido! Acababa de cruzar el Cuerno de Oro y avanzaba a traves de Asia Menor. Su vanguardia habia sido avistada en Comagena. Sus legiones intentaban agruparse bajo las murallas de Samosata, desde donde podrian desplegarse en diez dias por las llanuras costeras, o incluso dirigirse hacia los valles del Caucaso. Estaba aun preguntandose Sapor que credito se podria dar a unos informes tan alarmistas, cuando le anunciaron la repentina caida de Antioquia y la masacre de su guarnicion sasanida. Convoco entonces apresuradamente al consejo de los grandes del reino, insistiendo esta vez en que se buscara al hijo de Babel. El paje que acudio en una litera oficial al domicilio de Maleo se entero por los vecinos de que Mani habia partido aquella misma manana hacia su pueblo natal. Su padre, Pattig, habia fallecido durante la noche, despues de haber expresado su voluntad de ser enterrado en Mardino, en el jardin de su casa abandonada, al lado de aquella que habia sido, demasiado brevemente, su esposa adulada y despues la victima de sus piadosas locuras. Mani iba, pues, a ver de nuevo el pueblo de su primera infancia, una intima peregrinacion a la cual habian deseado unirse muchos fieles. A decir verdad, resultaba desconcertante que el padre de un mensajero, de un profeta, de un fundador de creencia, hubiera vivido durante tanto tiempo. En la vida de Moises, de Buda, de Jesus o de Zoroastro, el progenitor estaba ausente, era como un fantasma o habia desaparecido prematuramente, como si las sienes de los huerfanos fueran mas aptas para recibir la uncion del Cielo. No fue este el caso de Mani. Su padre estuvo constantemente a su lado, pisandole los talones hasta la edad adulta; aventurero de la fe rigida y luego discipulo y apostol, su trayectoria fundamenta, aclara e ilustra la de su hijo y maestro. De pie junto a la tumba de Mariam y de Pattig, mirando a veces a la de la fiel y olvidada Utakim que estaba situada a algunos surcos de alli, Mani parecia despojado de su natural aplomo y habia perdido su apariencia de conductor o de guia. Su pensamiento, como una fragil barca, se encontraba sumergido en la ola caotica de las sensaciones y de los recuerdos, y apenas pudo articular unas palabras para pedir al Elegido mas cercano, un discipulo de Edesa llamado Sisinios, que dirigiera la oracion en su lugar y que pronunciara el sermon. Una elegia corta y sobria que el hijo de Babel no pudo seguir hasta el final porque se sintio desfallecer. Denagh acudio presurosa, asi como Maleo y Cloe, y luego Sisinios y algunos mas, que le sostuvieron y le llevaron con precaucion hasta la casa, hasta el lecho que habia sido el de sus padres, donde se tendio, aun deslumbrado y con la mente tan nublada como el alba al caer las brumas sobre las cienagas de Mesana. Al dia siguiente, aunque habia pasado una noche inquieta, Mani insistio en partir de nuevo. Queria abandonar lo antes posible aquel lugar en el que se sentia tan vulnerable, tan poco dueno de si mismo, y aseguro a sus amigos que soportaria sin problemas las dos jornadas que les separaban de Ctesifonte. Pero al cabo de tres horas de marcha por caminos pedregosos, se sintio desfallecer una vez mas y tuvo que proseguir el viaje tendido en un carricoche bajo un baldaquino de mujer, protegido del sol y de las miradas de los suyos. Solo Denagh permanecio a su cabecera, rociandole sin cesar la frente, la nuca y los labios con agua fresca y perfumada. Mucho antes de que divisaran la capital, el emisario del palacio fue a su encuentro para notificar a Mani la convocatoria imperial. El hijo de Babel le rogo con voz debil que transmitiera al soberano sus excusas y la promesa de que obedeceria en cuanto estuviera algo restablecido y en estado de presentarse ante el rey de reyes. El paje se dispoma a insistir, pero al comprobar por si mismo el estado de agotamiento en que se encontraba Mani, volvio grupas y se alejo, tan contrariado que descuido despedirse con cortesia. Cuando, al cabo de algunas horas, la caravana llego por fin ante la casa de Maleo, el emisario del palacio estaba alli esperandola. Pero no estaba solo. Sapor habia enviado con el al _drusbadh, _ jefe de los medicos del Imperio, importante dignatario, enfundado en sus atavios reglamentarios y acompanado de todo un ejercito de sangradores, boticarios, encargados de los incensarios y expertos en colocar sanguijuelas, que llevaban a la vista sus instrumentos para sanar o para martirizar. Insistiendo hasta la bufonada, el monarca habia ordenado que se unieran a esta comitiva tres adivinos sacrificadores y el coro titular de las suplicantes curanderas. Mani deberia haberlo sospechado; cuando el que convoca es el divino Sapor, rey de reyes, dios entre los hombres y hombre entre los dioses, hermano del Sol y de la Luna, ni el duelo, ni la enfermedad, ni la invalidez son excusas admisibles… Acogio, pues, a toda esa gente con una sonrisa livida pero cortes. – Id a decir al senor del Imperio que su solicitud me ha sanado sin tener que recurrir a vuestra medicina. Ire esta misma tarde a prosternarme a los pies del trono, pero es posible que necesite a dos guardias vigorosos que me ayuden a levantarme. Dos Antes que nada, Sapor ordeno que le dejaran solo con Mani; Mani, al que miraba fijamente desde lo alto de su asiento monumental, en medio de un silencio compartido. Luego, hablo. – En otro tiempo, yo tenia un amigo -dijo el rey de reyes apartando la mirada de su palido visitante vespertino-. Le habia tomado carino y le trataba con consideracion, aunque, por su edad, habria podido ser mi hijo. Pero cuando llego el dia en que no segui uno de sus consejos, me abandono, huyo, dejo de interesarse por mi suerte como si jamas le hubiera amado ni protegido, como si este palacio estuviera ocupado por el usurpador barbaro de un reino sin ley. El monarca callo. El silencio ocupo el espacio. Luego pudo oirse debilmente la respuesta de Mani. – A lo largo de estos anos, he rezado constantemente para que el Cielo concediera larga vida al senor del Imperio. Desde el fondo de la garganta de Sapor broto una especie de risa aspera y llena de sarcasmo. – ?Que caiga sobre ti el oprobio, mensajero de paz! ?Rezas para que viva aquel que manda en todas las espadas del Imperio, rezas para que mi vida se prolongue, cuando sabes que voy a proseguir la guerra y que por mi causa miles de hombres pereceran? ?No es contrario a tu fe contribuir asi con tus oraciones a la continuacion de esta matanza? El tono de Mani se hizo neutro y didactico, como si se esforzara por responder a las preocupaciones sinceras de un discipulo escrupuloso. – A un medico que cuida a un paciente, ya sea rey o camellero, no le interesa lo que haga ese hombre una vez repuesto. Lo mismo sucede con mis oraciones. – ?Rezas, pues, por mi salud, pero no llegarias a rezar para que pueda rechazar al enemigo que amenaza hoy al Imperio! – Mi deseo es que todos los invasores sean rechazados, que todos los lugares de este universo, las casas, los templos, los hombres, los arboles, asi como todos los cuerpos celestes, sean preservados de toda brutalidad y de toda humillacion, que los soberanos encuentren el camino del sosiego, tanto para ellos mismos como para aquellos cuya suerte depende de sus actos. – ?Para que sirven tus deseos cuando el enemigo esta a las puertas? – ?Para que han servido las empresas guerreras si el enemigo esta ahora a las puertas? Sapor hizo una mueca de dolor y un estremecimiento recorrio su rostro demacrado por las fiebres. Sin embargo, su expresion se suavizo. – Es verdad que de todos aquellos a quienes consulte, tu fuiste el unico que predijo que los romanos no tardarian en recobrarse y que entonces lucharian encarnizadamente para vengarse de las humillaciones que habrian tenido que soportar. ?Ahora puedes vanagloriarte de haber tenido razon! – Haber tenido razon o haberse equivocado, ?que importancia tiene? Apenas recuerdo los consejos que pude dar. Los consejeros solo hablan y el senor es el unico que decide y manda. – Acuerdate, medico de Babel, que durante mucho tiempo dude, sopese y contemporice. Tu insistencia me hizo retractarme de las decisiones que ya habia anunciado y hasta he vacilado tanto que mi autoridad ha estado a punto de verse comprometida. La corte se levantaba y se acostaba al son del descontento. Tuve que tomar una decision, era mi deber soberano y mi prerrogativa. Tu deber era permanecer a mi lado. El tono de su voz habia ido subiendo con estas ultimas palabras, antes de bajar de nuevo, como por hastio. – Si, Mani. No te escuche lo bastante antes de lanzarme a esos tiempos de guerra, pero a pesar de todo, tu deberias haberme acompanado en cada etapa de mi camino, ya que quiza en Armenia y ante Antioquia te habria escuchado y, seguramente, gracias a ti, habria frenado el celo demoledor de Kirdir y habria impedido a los magos que martirizaran a las poblaciones, provocando que se levantaran contra nosotros. En tu ausencia, mi hijo Ormuz y todos los cortesanos que solian escucharte estaban como huerfanos de ti y mudos. Yo tambien echaba de menos tu voz justa y franca. Maldito seas Mani, ?es asi como demuestras tu gratitud a aquel que te ha protegido siempre y que te sigue protegiendo a pesar de tu traicion? Si cualquier otro de mis subditos se hubiera comportado asi, si cualquier otro hombre hubiera proferido las frases sediciosas que vas propagando por el Imperio, le habria hecho empalar. ?Por que tengo que ceder asi cuando se trata de ti, medico de Babel? Guardo silencio, como sorprendido por su propia interrogacion, como si un extrano acabara de hacerle una pregunta que nunca se le habia ocurrido y que le turbaba a la vez que le desafiaba. – Quiza… -comenzo. Una vez mas se interrumpio antes de proseguir con voz entrecortada-. Cuando estoy sentado en este trono, entre las miles de miradas que se cruzan con la mia o que la esquivan, siempre hay una en la que vuelvo a descubrirme mortal. Esa mirada es la tuya. Los dos hombres se contemplaron. Ambos se veian avejentados, lividos, y tan parecidos… Sapor hizo una sena a su amigo para que subiera los primeros peldanos del trono monumental y fuera a sentarse en el cojin tapizado que ocupaba, de ordinario, el encargado de la cortina cuando el soberano deseaba hablarle largamente al oido. Con un gesto que jamas habia hecho anteriormente, el rey de reyes puso la mano en el hombro del Mensajero y le confio: – Hay tantos hombres que intentan halagar mis peores inclinaciones… y las voces amigas se apagan. Sus palabras permanecieron en suspenso. Tenia el busto inclinado, como postrado sobre su pedestal. – He perdido Antioquia, donde habia dejado mi unica guarnicion importante. De ahora en adelante los romanos van a recuperar una a una todas las ciudades que he conquistado; y esta misma tarde han venido a notificarme que la vanguardia romana ha cruzado el Eufrates y se encuentra ya al norte de Mesopotamia. ?Dentro de veinte dias Valeriano irrumpira en este lugar, al pie de las murallas de Ctesifonte! El hijo de Babel no creia que la situacion estuviera hasta tal punto degradada. Aparto los ojos por temor a que Sapor adivinara en el cierta irreverente compasion. – Es necesario que conduzca al ejercito a Edesa lo mas rapidamente posible. Hay que salvar a Mesopotamia y, si es posible, conservar Armenia. Si tu me acompanaras ahora, me ayudarias quiza a tomar las decisiones justas. Mani hizo un gesto imperceptible como para separarse, pero el cuerpo de Sapor se apoyaba cada vez mas sobre su nombro. – Esta manana -dijo el rey de reyes- he firmado un decreto confiando a mi hijo Ormuz el gobierno de Armenia, con el titulo de gran rey. Va a ordenar a los magos que abandonen el reino. Todas las creencias, antiguas o recientes, seran respetadas de nuevo. ?No es eso lo que deseabas? El tono de Mani se hizo apenas interrogativo. – ?Se reconstruiran todos los lugares de culto? ?Se colocaran de nuevo las divinidades en sus pedestales? – Asi se hara. El rey de reyes hizo una nueva mueca de dolor y parecio vacilar, como si solo pudiera sostenerse apoyandose en su visitante. A cada palabra, su voz sonaba mas cansada. – Se me venera de sol a sol como a un ser divino. Dime entonces, Mani, ?es conforme a los decretos del Cielo que los seres divinos sufran de las fiebres cuartanas? Mani dio un suspiro de impotencia. – Esos medicos que se ocupan de mi -prosiguio Sapor-, se reunen en torno a mi lecho hasta siete u ocho al mismo tiempo y esparcen humo de alcanfor y de incienso farfullando algunas formulas sagradas; luego, me sangran y me sangran hasta que me pongo livido y comienzo a temblar. ?Es asi como se tratan las fiebres cuartanas? Mani se indigno. – ?Pero que medicina es esa! ?En que manual de brujeria se ensenan semejantes practicas? – ?Como quieres que lo sepa yo? Kirdir me repite que esa medicina es la unica conforme a la Ley y la unica que puede curarme; pero cada vez me siento mas debil. ?Ay, Mani, medico de Babel! ?Tu que posees los secretos de las plantas! Si quisieras quedarte a mi lado, si pudieras prodigarme tus cuidados, me libraria al instante de todos esos envenenadores. – ?Puede el senor dudar un momento de mi respuesta? Apenas hubo pronunciado Mani estas palabras, Sapor se incorporo, recuperando subitamente su estatura imperial. Y tambien el acento. – Sabia que podia contar con tu adhesion. Manana, al alba, partire hacia el norte al encuentro de los romanos, y tu seras el unico medico de mi sequito. Solo en ese instante comprendio Mani adonde habia querido arrastrarle el monarca. Pero era demasiado tarde para desdecirse y tuvo que poner buena cara. – ?No ha estado siempre mi humilde medicina al servicio de la dinastia? Sapor se habia levantado ya y se dirigia hacia la puerta que llevaba a los aposentos de sus mujeres. – ?Que sumisas son tus palabras, Mani, y que rebeldes son tus pensamientos! * * * Si bien durante la audiencia imperial Mani se habia esforzado por olvidar su propia dolencia para mostrarse solo preocupado por la de Sapor, a la salida su debilidad se agudizo hasta tal punto que hubo que sostenerle y llevarle casi hasta la litera, a el, que unos minutos antes sostenia al monarca. Y cuando llego a casa de Maleo, hubo que llevarle tambien hasta su habitacion, donde durmio con un sueno febril y agitado, sin haber dicho una sola palabra de su entrevista. Cuando al dia siguiente el tirio fue a buscar noticias, la puerta de la habitacion estaba entreabierta. La empujo lentamente con una mano, llamando timidamente con la otra, mientras contemplaba una escena que no se borraria jamas de su memoria. Denagh estaba arrodillada y sentada sobre los talones, dandole la espalda a Mani, quien, con una mano que denotaba la costumbre, rehacia su trenza deshecha. Maleo se quedo sin voz. De ordinario -se dijo-, son las jovenes las que hacen las trenzas de los guerreros. ?Quien es este descendiente de guerrero parto que se aplica asi en hacerle la trenza a una mujer? ?Hacia mas de treinta anos que se conocian y Mani aun conseguia asombrarle! Cuando Denagh se percato de su presencia, enrojecio, y el dio un paso hacia atras, pero Mani le llamo, obligandole casi a sentarse y a hacer sus preguntas, a las que el respondio mientras proseguia, como por desafio, su curiosa ocupacion. – Sapor ha terminado por conseguir de mi, astutamente, lo que yo siempre le habia negado: seguir a su ejercito en sus campanas. Y ya ves, me siento mas avergonzado de eso que de estar haciendo esta trenza. Maleo no pudo evitar contar esa escena a los fieles, quienes, desde aquel momento, sintieron hacia Denagh y su cabellera un respeto que, en algunos, rayaba en la veneracion. Y fue a fuerza de contemplar la trenza dia tras dia como descubrieron que tema su propio lenguaje: cuando la companera de Mani estaba tranquila y serena, se colocaba la trenza, como por instinto, hacia adelante, en el lado derecho; cuando sentia alegria, pero una alegria tenida de espera, de impaciencia, se la echaba sobre el hombro izquierdo; finalmente, cuando estaba inquieta, angustiada, cuando se sentia desgraciada, su trenza permanecia hacia atras. Durante el periodo que se avecinaba, la trenza de Denagh no permaneceria durante mucho tiempo en el mismo lugar. Tres Frente a frente en la region de Edesa, los dos grandes imperios se acechaban; los romanos dominaban la ciudad fortificada y los sasanidas la asediaban a distancia sin decidirse a llevar a cabo el asalto, ya que a su retaguardia, tanto por el norte como por el sur y el oeste, estaban los legionarios de Valeriano; unos legionarios que se desplazaban permanentemente, ocultando asi sus intenciones y su numero. El otono tocaba a su fin, y al estar tan lejos del mar y tan cerca de las montanas, las noches eran gelidas. Los viveres escaseaban, las tierras de los alrededores eran aridas, o se habian incendiado, o estaban ya cosechadas. Sapor sentia que la impaciencia de los caballeros iba en aumento y, de cuando en cuando, suscitaba una escaramuza sabiamente circunscrita. Se regresaba al campamento con un cadaver heroico e imberbe, en torno al cual todo el mundo se reunia para una fiesta mortuoria. Lo cotidiano de la guerra estaba servido y el minotauro alimentado. Si fuera necesario, se le alimentaria de nuevo manana y cada vez que la sangre de los guerreros estuviera pronta a desbordarse. Pero nadie podia obligar al rey de reyes a entablar el combate antes del minuto elegido con detenimiento. Por el momento, mantenia sus tropas en las colinas en posicion defensiva; iba apretando la tenaza en torno a Edesa… y esperaba. ?Que esperaba, exactamente? Nadie lo sabia con certeza, ni siquiera sus allegados. Verdad es que habia subido hacia el norte con las unicas tropas disponibles, a las que se habia unido Ormuz a la cabeza de su caballeria armenia. Sin duda, el soberano esperaba refuerzos, pero nada probaba que Valeriano no los recibiera por su lado, procedentes de Emesa, de Gaza, de Palmira o de Ponto. Sapor sabia todo esto e intentaba elaborar una estrategia, pesando y sopesando las diferentes opciones que se le ofrecian. Los escasos momentos en que una chispa de excitacion animaba sus ojos era cuando su chambelan hacia entrar en su tienda a un oficial de exploradores o a algun espia disfrazado de cabrero de Osroena. El soberano podia pasar largas horas a solas con ellos, interrumpiendo rara vez sus relatos e interrogandolos febrilmente y, a veces, incluso, los honraba invitandolos a su mesa. Mani jamas habia visto a Sapor en campana. El, que le habia seguido para velar, en principio, por su salud, le encontraba de pronto vigorizado, rejuvenecido; sus fiebres se habian evaporado. El rey de reyes daba a todos la impresion de dominar el menor elemento de la situacion y de saber cada dia con certeza lo que sucederia al dia siguiente. Impresion excesiva, sin duda, pero asi era como le veian todos los combatientes en ese instante y por eso le reconocian como jefe y contaban con el para la vida y para la muerte. Mani le observaba, pues, no sin admiracion, y aunque se encontraba con el soberano en diversas ocasiones, principalmente en la ceremonia del despertar, este rara vez le consultaba. Un dia, sin embargo, a la hora habitual de la siesta, un guardia fue a convocarle con urgencia a la tienda imperial, donde se encontraban ya reunidos en torno a Sapor y a sus dos hijos, Bahram y Ormuz, el comandante de la caballeria, el encargado del arsenal, los principales dignatarios de la cancilleria y Kirdir, el jefe de los magos, y en medio de este Consejo, un romano, oficial de alto rango, centurion, o quiza incluso tribuno de cohorte, vestido con su uniforme. Todas las miradas estaban clavadas en este ultimo y las lenguas permanecian atadas a la espera de que fueran reveladas su identidad y la razon de su presencia. La primera idea que vino a la mente de todos fue que Valeriano habia enviado un emisario con una conminacion o alguna proposicion de tregua. Pero el hombre no tenia el porte ampuloso de los embajadores y estaba junto a los dignatarios sasanidas como si fuera uno de ellos. Por otra parte, el rey de reyes comenzo a hablar sin tomarse la molestia de presentar al intruso, y dada la naturaleza de los temas que trataba, la asistencia se quedo petrificada. Y es que Sapor anunciaba con la mayor tranquilidad del mundo que tenia la intencion de atacar a los romanos por sorpresa aquella misma noche, al rayar el alba, y que habia convocado a los hombres del mas alto rango y del mejor criterio para escuchar su opinion. Se expresaba con tanta serenidad que nadie oso preguntar, ni siquiera con un gesto, quien diablos podia ser ese oficial romano al cual el soberano incluia asi entre sus allegados y los grandes del Imperio, y con el que compartia un secreto tan grave. Una vez revelada su decision, el monarca preciso el lugar del ataque, un terreno elevado en el camino de Harran, que los militares llamaban «la meseta de la torre vigia» porque los romanos habian construido alli un andamio desde lo alto del cual observaban los movimientos de las tropas sasanidas. Sapor preciso ademas que la caballeria, provista de corazas de hierro, seria la unica que atacaria, ya que los arqueros solo tenian por mision cortar el camino a cualquier refuerzo enemigo. Despues de proporcionar esta informacion, el monarca se volvio hacia Kirdir: – ?Que dicen los astros? La respuesta fue inmediata: – Esta noche, manana y toda la semana proxima seran dias fastos para la empresa. – ?Y los augurios? – Todas las mananas ofrezco sacrificios por si el senor me hace esta pregunta tan esperada, y los augurios nunca han sido tan claros como hoy; parece que todos los caminos se allanan ante los ejercitos de Ahura Mazda y de la divina dinastia. – ?Y a ti, Mani, que te han dicho esas voces celestes que te hablan? – No las he interrogado. En el rostro de Kirdir se manifesto una alegria de chiquillo al ver a su rival cogido en flagrante delito de indiferencia por los asuntos del Imperio. Pero Sapor acudio en ayuda de su protegido. – Si el medico de Babel necesita retirarse unos momentos para solicitar una respuesta, le esperaremos. No era una sugerencia y Mani tuvo que hacer inmediatamente lo que se le ordenaba. Una vez fuera, vio un sendero que llevaba hacia un arbol solitario bajo el cual fue a sentarse. Generalmente, en un entorno como aquel, conseguia abstraerse de los murmullos cercanos y de la algarabia lejana, a fin de invocar a aquel a quien llamaba su «Gemelo». Pero aquel dia, no aparecio ningun rostro ni se oyo ninguna voz familiar. Habian transcurrido treinta anos desde su primer encuentro cara a cara en el agua del canal, en la epoca del palmeral, y su companero celeste siempre le habia respondido. Entre Mani y ese otro yo podia haber crisis y tensiones, ya que su doble le ocultaba a veces ciertas verdades, rayando en el engano y la burla, pero siempre aparecia, sin fallar, en el instante en que Mani le llamaba. Hasta aquel dia, en la region de Edesa. Privado de su reflejo celeste, el Mensajero tuvo la sensacion de haber dejado de existir. De pronto, todo le parecio irrisorio, superfluo, ni siquiera se acordaba de la pregunta que queria formular. Permanecio sentado en la roca, inmovil, postrado, anonadado, hasta que un guardia fue a zarandearle y le arrastro por el brazo. El soberano se impacientaba. – ?Y bien, medico de Babel! ?Tienes la respuesta? – No. Sapor espero la continuacion, pero esta no llego. – ?Que ha respondido la voz celeste? – Nada. Ni siquiera ha querido escuchar mi pregunta. – ?Mucho hemos esperado para tan poco! A pesar de la importancia de los personajes que le rodeaban, Mani hablo principalmente para si mismo. – ?Este silencio! ?Nada me inquieta mas que este silencio! Un silencio de oscuridad y de colera infinita. Habia perdido su porte habitual, parecia asustado, y sin duda daba la impresion a los que le observaban de haber tenido una vision de desgracia que no osaba describir. La angustia de Mani hizo vacilar a Sapor, que hasta ese momento se habia mostrado confiado. Obedeciendo a una discreta invitacion de Kirdir, Bahram intento que su padre volviera a sus disposiciones anteriores. – Todos los adivinos y los astrologos han percibido la bendicion de Ahura Mazda para esta empresa. ?Acaso el medico de Babel tiene un Cielo diferente al nuestro? Sapor ni siquiera le oyo. Preocupado, confuso, miraba fijamente a Mani, y cuanto mas le contemplaba, mas se turbaba. – ?Crees que nuestras tropas van a caer en alguna trampa? Mani reacciono rapidamente, pero apenas menos confuso: – No lo se, no tengo ninguna respuesta. El Cielo se ha negado a escucharme y no tengo ninguna certeza, ningun argumento, ninguna opinion, solo recelo. El romano, hasta entonces silencioso, juzgo necesario intervenir en un griego muy cuidado. – Si el divino senor teme alguna trampa, yo respondo con mi vida. Permanecere aqui mientras se desarrolla el ataque y que mi cabeza sea el precio de la menor sospecha de traicion. Uniendo el gesto a las palabras, se cogio la cabeza cubierta por el casco entre las manos y la inclino hacia el soberano como si fuera un cantaro. El gesto era grotesco, bufo, pero ?quien tenia humor para sonreir? Sapor habia cruzado los brazos con las manos apoyadas en los hombros y mientras se interrogaba asi, evaluaba y dudaba, todos a su alrededor permanecian recogidos, conteniendo la respiracion. Por fin llego la decision: – Nuestro ataque no se retrasara. Que se desplieguen los estandartes color de fuego, pero en picas clavadas a ras de suelo. Es necesario que el enemigo no pueda verlas de lejos. El oficial romano fue de nuevo objeto de algunas miradas inquietas, pero Sapor las ignoro. Dirigiendose a Ormuz, dijo: – Tu que sientes tanto afecto por el medico de Babel, tu que compartes con tanta frecuencia sus opiniones, ?no estas turbado por sus inquietudes? – Me haran mas vigilante, pero no menos audaz. Luchare como lo he hecho siempre, como mi divino padre me ha ensenado a hacerlo. Sapor movio la cabeza varias veces, muy lentamente, como si siguiera reflexionando aunque admitiera los argumentos de su hijo menor. – Manana, tu audacia te sera mas util que tu vigilancia, ya que seras tu quien dirija la primera carga. Volveras triunfante o martir. Ordena que distribuyan a todos tus soldados doble racion de pan, de leche y de carne, y luego reune a los caballeros de alto rango, tengo que hablarles. En cuanto a ti, Bahram, mi primogenito, ocuparas mi asiento en el estrado imperial para presidir el recuento de los hombres. Tal como lo exigia el ritual de los combates, los guerreros sasanidas desfilaron ante el representante del soberano, tirando, uno tras otro, una flecha en unos inmensos cestos de mimbre que se cerraron y se sellaron inmediatamente. Despues del combate se abririan con un ceremonial parecido y cada soldado iria a recoger una flecha, permitiendo asi al monarca saber con precision el numero de sus hombres muertos o capturados. Las perdidas no fueron muy grandes en el combate de Edesa. Se esperaba un enfrentamiento titanico entre los dos grandes imperios del siglo, entre los dos ejercitos mas temidos, entre dos hombres excepcionales. ?No era Sapor el verdadero fundador del Imperio sasanida, el senor de todas las tierras que se extendian desde el desierto de Arabia hasta la India? ?No era Valeriano el que habia unificado providencialmente a los romanos, el salvador que debia conjurar la decadencia y continuar la epoca gloriosa de las conquistas y de la prosperidad? Todo se resolvio con un golpe de mano audaz, minucioso y afortunado: cuando la caballeria, provista de corazas de hierro y conducida por Ormuz, se abalanzo sobre el campamento romano situado en el camino de Harran, una de sus primeras presas fue Valeriano en persona, capturado en su tienda con su prefecto del Pretorio, su tesoro de campana y la flor de su Estado Mayor, asi como cierto numero de senadores que se habian unido a su sequito. Desprovisto de sus jefes, el ejercito romano estaba vencido antes, incluso, de haber combatido, y cuando algunas cohortes y algunas centurias acudieron corriendo, fueron aniquiladas una tras otra a medida que se presentaban; el resto prefirio cruzar el Eufrates lo mas rapidamente posible para escapar al desastre. Sapor hizo grabar en la roca, con palabras e imagenes, el recuerdo de su triunfo. El texto se complace en precisar que las tropas del cesar Valeriano venian de «Germania, de Retia, de Norico, de Istria…» y tambien de «Frigia, de Fenicia, de Judea y de Arabia; una fuerza de setenta mil hombres» que el rey de reyes habia hecho trizas. Un bajorrelieve representaba a Sapor a caballo, con la mano izquierda en la empunadura de una espada aun en su vaina y el brazo derecho extendido en senal de clemencia hacia Valeriano, representado de rodillas, implorante, vestido con el manto romano y con la cabeza aun cenida por una corona de laureles. Al lado del Cesar vencido, otro romano, de pie y con porte altivo, aunque sometido al rey de reyes. Se trataba del oficial transfuga, llamado Ciriades. Merecia figurar en la estela del triunfo, ya que a su ayuda se debia haber cercado a Valeriano y haber conseguido una victoria tan facil. A cambio de su valiosa traicion, habia pedido que Sapor le reconociera como el nuevo emperador de Roma. Cumpliendo esta promesa, se le entronizo solemnemente en Edesa en cuanto la ciudad hubo capitulado, y cuando, con el impulso de su victoria, Sapor invadio por tercera vez las provincias romanas de Oriente, Ciriades intento ganar para el la sumision de las autoridades locales. Tiempo perdido, ya que jamas consiguio que se le aceptara como emperador. Algunos meses mas tarde cuando las tropas sasanidas se retiraron, el partio con ellas. Debia proseguir su carrera en una villa de Ctesifonte rodeado de una corte de pacotilla, antes de caer en las mazmorras de la Historia. Valeriano tambien terminaria su vida en tierra sasanida. Sapor hubiera querido sacar buen partido de su liberacion, tanto mas cuanto que el poder de Roma estaba en manos del propio hijo del emperador cautivo, Galieno. Pero este se nego a toda negociacion, afirmando que no se prestaria a ningun regateo, que nunca consentiria en ceder una provincia o en vaciar las arcas del Imperio para pagar el rescate de un hombre, aunque fuera su propio progenitor. Lo que presento ante los senadores como el colmo de la abnegacion fue interpretado, sin embargo, por la mayoria de los romanos como un odioso abandono, casi como un parricidio. Cuando Sapor perdio la esperanza de sacar provecho de su captura, mando trasladar a Valeriano a Persida con el resto de los prisioneros, sin consideraciones especiales, pero sin excesiva crueldad. Alli pasaria el emperador derrocado los ultimos tiempos de su vida, mejor dispuesto, segun parece, hacia su vencedor que hacia su indigno hijo. El rey de reyes le confio la construccion de una presa en el rio Karun, no lejos de Beth Lapat, utilizando como mano de obra a los legionarios apresados con el. Se aplico a ello con rigor y abnegacion. Diecisiete siglos despues, esta obra sigue en pie. Lleva el nombre de Band-e-Kaisar, el Dique del Cesar. * * * El otro perdedor de la batalla de Edesa fue Mani. Sapor le habia ofrecido su ultima oportunidad y el no la habia aprovechado. Cuando hubo que decir al monarca que la fortuna estaba de su lado, que se le prometia la victoria y que podia sin temor dar la orden de asalto, la voz profetica en el habia elegido guardar silencio. Habia complacencias que el no se permitia, ni siquiera por el comodo subterfugio de los astros y de los augurios. ?No era el quien ensenaba a sus discipulos: «Se traidor al Imperio si es necesario, y rebelde a los decretos del Cielo, pero fiel a ti mismo, a la Luz que esta en ti, porcion de sabiduria y de divinidad»? Sin embargo, los ideales mueren cuando no se les falsea, y es por los pudicos compromisos de los maestros y por la traicion de los discipulos como sobreviven y prosperan las doctrinas en medio del mundo y de sus principes. Cada religion habra tenido sus legiones. No asi la de Mani. ?Se equivocaria de epoca? ?Se equivocaria de planeta? Cuatro Mas aun que el titulo de conquistador, los grandes reyes sasanidas codiciaban el de fundador, ansiosos de imitar en eso, como en tantos otros actos, el ejemplo inmortal de Alejandro. ?No habia sembrado en tierra antigua innumerables «Alejandrias»? Sapor hubiera querido perpetuar su gloria de la misma manera, llenando las regiones sumisas de ciudades homonimas, todas dedicadas a el. Si conseguia una victoria, queria conmemorarla inmediatamente, colocando en la hierba recien devastada la primera piedra de una ciudad a la que bautizaba «Triunfo de Sapor», «Honor a Sapor», o tambien «Valiente Sapor». A quien quisiera establecerse en ella le concedia prodigamente titulos, privilegios y exenciones, y si volvia a pasar por el lugar uno o dos anos mas tarde, se enfurecia al ver que «su» ciudad crecia muy lentamente, como si el augusto nombre con que la habia gratificado fuera una garantia de inmediata prosperidad. Entretanto, a cada campana sucedia otra y las victorias se multiplicaban. Como otras tantas amantes, cada ciudad se sentia celosa de los esplendores de la que le habia precedido. Tan pronto fundadas como abandonadas, muchas de ellas, destinadas a la perennidad, volvian a ser huertos o pastos. Senaladas solo con una estela, esperaban en el tiempo inmovil la pala habil de algun arqueologo. Esa fue la suerte de la nueva metropoli proyectada en las inmediaciones de Edesa, en el mismo lugar donde Valeriano fue apresado. Al dia siguiente del combate, tuvo lugar una ceremonia para consagrar el sitio, presenciada, como invitado fetiche, por el Cesar cautivo en persona atado a un poste, anonadado, tembloroso, ignorante aun del epilogo de su destino y temeroso quiza de que la ceremonia preludiara su inmolacion. Llevaba enrollada al cuello una cadena de plata que iba a perderse bajo el estrado donde Sapor se pavoneaba. Los magos oficiaban, despues de llegar en procesion. Incienso, danzas, salmodias relativas al Avesta para los oidos iniciados, murmullos de encantamientos para domenar a los profanos, cada soplo estaba inscrito en las tablillas de los precursores. La asistencia se dejaba hechizar. Fue a Kirdir, el primero de los magos, a quien le correspondio pronunciar el sermon. Dio gracias a Ahura Mazda por haber concedido la victoria a sus adoradores y al primero de entre ellos, al mas noble, al mas piadoso, al mas sagaz. – ?Gloria al ser divino que ha conducido a nuestra raza hacia este triunfo y ha degradado a los infieles! – ?Gloria! -aullaban todos los pechos. – ?Que sea eterno aquel que se ha elevado por esta victoria al rango de los mas majestuosos soberanos del pasado! – ?Que sea eterno! E1 monarca estaba radiante, altanero, seguro de haber merecido ese triunfo y esas ovaciones. Pero la homilia se habia convertido en arenga. – ?Que victoria habriamos conseguido si, ?no lo quiera el Cielo!, el divino senor del Imperio en lugar de escuchar a las voces sabias de la Religion Verdadera hubiera prestado oidos a la palabreria de los herejes, de los renegados y de los traidores? ?Bendito sea el oido que sabe distinguir en todas las cosas lo verdadero de lo falso! – ?Bendito sea! Los ojos de Mani buscaron los de su protector. Solo el podia, con un gesto o con una simple mueca de irritacion, imponer silencio a Kirdir, pero los ojos de Sapor estaban clavados en el mago y parecia que, por una vez, le escuchaba sin disgusto. Alentado, el predicador se ensano: – ?Maldita sea la boca venenosa que ha intentado sembrar la confusion en las almas nobles en el momento de la decision suprema! – ?Maldita sea! Los rasgos del monarca seguian sin mostrar la menor senal de irritacion. Ahora el hijo de Babel le miraba de frente, con un resto de imploracion y un comienzo de rebeldia. Como desfilan los recuerdos a la hora de la muerte, las imagenes de su amistad desfilaban por su mente, confesiones, promesas, confidencias, un mundo que iban a construir juntos, juntos contra los magos. Y ahora, este silencio. Y sus ojos que le abandonaban. – ?Condenado sea el traidor hereje, enemigo de la dinastia y de la Religion Verdadera! – ?Condenado sea! – ?Que sean aniquiladas las bestias maleficas que reptan a los pies de los seres divinos! De pronto, resono una voz como un trueno: – Mago de Media, ?tendre que hacerte tragar tu _padham _ para no oir mas tus imprecaciones? No era Sapor quien habia hablado y aun menos el hijo de Babel; ese lenguaje no era el suyo. Kirdir interrumpio subitamente su perorata. Su mirada vagaba de un lado a otro. – No busques a derecha e izquierda -dijo la voz-, soy yo, Ormuz, hijo del divino Sapor y uno de los que han combatido. Esa victoria que tanto celebras, fui yo quien la consiguio, fueron mis caballeros, mis companeros de armas, que murieron como martires. Y tu te sirves de su sangre para saciar tus mezquinas venganzas. Asi es como sois, magos de Media; como los buitres esperais a que los guerreros sean expuestos en las torres mortuorias para saciaros con sus cadaveres. ?Como osas ofender los oidos de nuestro senor con esas palabras infames con respecto a un hombre que el ha tomado bajo su divina proteccion? Ahora era el turno de Kirdir de implorar con la mirada una reaccion de Sapor, quien al fin se decidio a intervenir. A una senal suya, el encargado de la cortina se inclino y escucho. Luego se incorporo para comunicar las frases del soberano. – No es el momento de disputas sino de celebraciones. Hemos conseguido una victoria que nuestros hijos evocaran con orgullo hasta la trigesima tercera generacion. El senor ordena que se festeje durante diez dias en el ejercito y en todo el Imperio. Que todos olviden las vanas rivalidades y cualquier palabra hiriente que haya podido proferirse en un momento de abandono. Nuestro senor se ha mostrado clemente hacia todos vosotros en este dia de felicidad, pero que vuestras lenguas no se arriesguen mas a ofender sus oidos. La corte entera tenia el rostro contra el suelo. Solo Valeriano estaba de pie, de pie entre sus cadenas. Sapor jamas perdono a Mani que hubiera estado a punto de privarle de la mas hermosa victoria de su reinado, como Mani no perdono a Sapor su mutismo frente a las invectivas de Kirdir. La amistad entre ellos se habia roto. Sin duda era antinatural, sin duda nunca habia estado exenta de calculo. Sin embargo, no seria justo pensar que el rey de reyes habia permanecido siempre insensible a los ideales del hijo de Babel. ?Convergencia de intereses? Si, pero tambien encuentro de esperanzas y un verdadero afecto. Por otra parte, de todo ello quedaria algun rastro. A pesar de la ruptura, el soberano no retiro su proteccion a Mani y a los suyos. Cuando un Elegido era condenado despues de un breve proceso por herejia o apostasia ante un tribunal de magos, cuando los fieles eran expulsados de una ciudad y sus casas incendiadas, lo que ocurria cada vez con mayor frecuencia, el hijo de Babel encargaba a alguno de sus allegados que efectuara una gestion urgente en la cancilleria o ante el _darbadh _ que dirigia la casa imperial. En cuanto le llegaba el mensaje, el rey de reyes recordaba en publico su edicto de proteccion. Entonces, la represion se suavizaba, aunque poco despues se reanudara bajo otras formas o en otras regiones del Imperio. No cabia la menor duda de que el soberano habria podido actuar con mas rigor y con mas firmeza, mediante algun castigo ejemplar, como el que infligio antano a su hijo Bahram, y poner asi fin a las persecuciones en lugar de contentarse con atemperarlas, pero su entusiasmo protector se habia entibiado y la culpa debia atribuirse tanto a la vejez como al resentimiento. El propio Mani tampoco acudia ya al palacio. Por otra parte, rara vez estaba en Ctesifonte. Habia reanudado sus periplos de Mensajero a traves del Imperio. Iba con frecuencia a Armenia, donde Ormuz seguia teniendo para el las mismas atenciones filiales. El hijo de Babel jamas volvio a pedir audiencia al rey de reyes y Sapor tampoco le volvio a convocar. Sin embargo, hubo una excepcion. Habian pasado once anos y Mani se encontraba en Susa cuando un emisario fue a llamarle para que acudiera ante el monarca, quien habia instalado sus cuarteles de invierno en su residencia de Beth-Lapat No sin nostalgia volvio Mani a la ciudad por la que habia comenzado en otro tiempo su periplo por el Imperio sasanida. La aldea conservaba entonces su viejo nombre biblico y su irrisoria fortificacion de adobe que habia que consolidar cada vez que llovia. Fuera de las murallas se extendian hasta perderse de vista los campos de pistacheros que constituian su modesta riqueza. Los proyectos del senor del Imperio apenas eran mas que un rumor que los habitantes propalaban con entusiasmo y orgullo, sin atreverse a creer demasiado en semejante bendicion. Cuando el hijo de Babel volvio alli, el lugar estaba irreconocible. ?Que quedaba de la antigua aldea? Un bosque de ladrillos desportillados y renegridos, como acurrucado en un pequeno espacio, carcomido por todos lados, desmoronado. A su alrededor, una construccion sin fin, palacios con sus dependencias para los animales, templos para los altares del fuego, avenidas pavimentadas y bordeadas de arbolillos desmedrados, cuarteles para la tropa… y todo el conjunto rodeado por una muralla con torres almenadas, nueva y blanqueada como para una fiesta. La ciudad se llamaba ahora Gundeshabuhr. En todo caso, este era el nombre oficial, pero los nativos se resistian a llamarla asi. Para ellos, su pueblo seria siempre Beth-Lapat. En cuanto a la ciudad nueva, donde solo se aventuraban a ir por necesidad, la llamaban «Bil», por el nombre del arquitecto que la habia concebido. Denominacion socarrona y reprobadora que nadie habria osado repetir ante el rey de reyes. Si la orgullosa hospitalidad de la gente de Beth-Lapat se habia transformado en hostilidad era porque su terruno estaba ahora hollado por dos razas de animales de rapina. Los soldados primero -?como sacar adelante una familia, como comerciar honradamente, teniendo por vecindad unos campamentos de barracas que todas las noches vomitaban sus cohortes de borrachos?-. Y luego los grandes del reino, ya que apenas el soberano revelo sus deseos con respecto a la ciudad, los principes, los ministros, los secretarios, los grandes eunucos y los decanos de las castas acudieron en tropel y se apropiaron a misero precio de las mejores tierras. El capital estaba donde estaba el soberano y los cortesanos lo seguian, con sus murmullos, sus intrigas y sus prelaciones. El palacio encargado por Sapor fue terminado en veinte meses. Verdad es que miles de prisioneros trabajaron en su construccion, no solamente peones, sino tambien habiles artesanos, maestros albaniles, maestros soladores, ebanistas, grabadores y tapiceros, capturados la mayoria en Nisibe, Hatra y Singare, asi como en otras ciudades comerciales, en el transcurso de las diversas campanas que efectuaron las tropas sasanidas en los confines del Imperio Romano. Gracias a esos constructores que fueron llevados a la fuerza, pero que, a pesar de todo, trabajaron concienzudamente, el palacio podia compararse sin desdoro con el de Ctesifonte. Quiza la boveda del salon del Trono fuera algo mas baja, pero estaba adornada mas delicadamente, y las hendiduras por las que pasaba la luz eran un prodigio de fineza y de habilidad, al destilar, cada hora del dia, los rayos mas brillantes que avivaban todos los colores sin deslumbrar, iluminaban sin calentar y dejaban que entrara permanentemente una brisa fresca y susurrante. Antes de acudir al palacio, Mani comenzo por visitar, en la ciudad vieja, el lugar de culto donde se reunian ahora sus fieles. Los artistas locales habian pintado las paredes a la manera del Mensajero, cuyo arte creaba ya escuela, y en el abside, a modo de altares, habia tres libros sobre sus atriles, abiertos como unas manos con las palmas hacia el cielo. En cuanto hubo terminado las plegarias y el sermon, la gente se apresuro a presentarle su rosario de infortunios, a fin de que los transmitiera al soberano. Mani se compadecio con un suspiro de impotencia. «El amor de los reyes es apenas menos devastador que su odio -murmuro-. ?Dichosa el agua que nadie bebe! ?Bienaventurado el arbol que florece lejos de los caminos! Pero ?como podria conocer el su felicidad?» El monarca recibio a Mani en una estancia a la que se accedia por una puerta baja, replica fiel de aquella donde se vieron por primera vez a solas. Tenia una manta de lana sobre las rodillas. Sus cabellos largos y rizados y su barba eran de ese tono rojo anaranjado de la vejez camuflada. Sus primeras palabras exhalaron una solemnidad mas conforme al lenguaje de los escribas que al del rey de reyes; quiza fuera esa su manera de ocultar la emocion del reencuentro. – Nuestra costumbre, desde los tiempos antiguos, exige que cada soberano mande hacer su retrato al mas habil de los pintores de su reino. Me dicen que ese eres tu, medico de Babel. ?Tienes aun la mano firme? – Mi mano sigue obedeciendome. – He ordenado que me traigan aqui el libro que reune las imagenes de mis predecesores, a fin de que veas de que manera tienes que hacerlo. – Tengo mi propia manera de pintar. – Creia haberte oido que tu mano obedecia. – Mi cabeza dibuja y mi mano obedece. Cualquier pintor sabria imitar la manera de los antiguos, pero entonces no se distinguiria un soberano de otro mas que por el tamano de la barba o de la corona. Si el senor desea que le pinte tal como es para que se reconozcan para siempre los rasgos que son los suyos y el valor que se disimula bajo esos rasgos, le pintare a mi manera. – ?Haz lo que quieras! ?Tengo que posar o bien sigues teniendo mis rasgos en la memoria? – Mi memoria ha guardado muchas imagenes, pero no son las que mis ojos ven. – Quiza valdria mas que me representaras segun las imagenes del recuerdo, pero esa no es la tradicion de mis divinos antepasados. Posare. Y asi, durante siete dias y dos horas al dia, Sapor poso con traje de gala. Inmovil. Mudo. Mani tampoco dijo una palabra. Cuando termino su obra se la mostro al soberano, que sonrio despechado. – Por desgracia, es asi como soy ahora. _En esta etapa del recorrido de Mani debe abrirse un parentesis. Enigmatico en si mismo, pero quiza la clave de un antiguo enigma._ _Erase una vez una reina… ?No es asi como se cuentan las leyendas? Bella, rica, culta, sumamente ambiciosa y dotada de una brillante inteligencia, pero minada por un mal que ningun remedio conseguia curar. Un dia se quejo a su hermana, quien le conto los relatos de los caravaneros sobre los prodigios de un medico del pais de Babel. La reina expreso su deseo ardiente de conocerle y aquella misma noche, durante el sueno, vio su imagen y oyo su voz. Cuando se desperto, estaba curada… y convertida._ _Esta es la historia consignada en los escritos maniqueos. Mil milagros similares salpican el recorrido de los profetas y, a veces, se propagan los mismos relatos sobre diferentes personajes, como si los mitos pertenecieran a un fondo comun de donde se sacaran de un siglo a otro, de un pueblo a otro y de una creencia a otra. Pero a veces se encuentra en ellos una pequena parte de verdad, el reflejo embellecido de un acontecimiento real._ _Hoy se sabe que la reina se llamaba Zenobia, que su reino era Palmira, que abrazo la fe de Mani y acometio la empresa de difundirla hacia Egipto e incluso mas alla. ?Se sabra alguna vez que encuentro la impulso a ello? Sea como fuere, otros misterios se han disipado. Asi, durante mucho tiempo el mundo se pregunto cuales podrian ser las creencias de la gran dama del desierto, ya que acogia en su corte a los filosofos, a los judios, a los nazarenos, y dejaba que se honraran en los templos de su capital a las divinidades de todas las naciones. Este soplo de tolerancia era el de Mani._ _Palmira era en su siglo mucho mas que una rica ciudad caravanera. Tenia la ambicion de convertirse en la metropoli universal y, por el espacio de una decada, estuvo a punto de eclipsar a Roma y a Ctesifonte. Por lo tanto, en la persona de Zenobia, Mani habia ganado para su causa a la rival comun de los emperadores de Oriente y de Occidente. Reina libre de una ciudad libre, sucumbiria, al final de su vida, a la ley de los dos colosos._ _Pero su nombre ha permanecido, mas luminoso que el de los vencedores._ _Algunas semanas separaron la caida de Zenobia de la desaparicion de Sapor. Si Moni hubiera tenido que elegir alguna vez entre dos lealtades, el dilema habria estado resuelto._ _Corria el ano 272. El hijo de Babel tenia entonces cincuenta y seis anos. ?Se sentia cansado, debil, herido? Su entusiasmo estaba intacto._ Cinco Cuando los heraldos fueron gritando por las calles de Ctesifonte que ningun habitante debia recurrir a la medicina en los dias venideros, a fin de que el Cielo no estuviera solicitado para otras curaciones que no fuera la del rey de reyes y la Gracia no se dispersara, todo el mundo comprendio que Sapor se moria. Al dia siguiente se proclamo el luto. Solemne y reverente, pero sin lagrimas ni lamentaciones y sin tristeza aparente. Llorar una muerte, segun el Avesta, es dudar de la Salvacion, es la mas vulgar expresion de la incredulidad. La gente piadosa se obligaba, incluso, a hacer alarde de su alegria, puesto que el soberano, como ser divino, tendria en el Mas Alla mas privilegios que en este mundo. El monarca yacia aun muy cerca del trono, en medio de un denso humo de enebro que, segun dicen, es agradable al olfato de los muertos. Antes de que llegara la noche, seria conducido a la cuspide de una torre de ladrillo y abandonado a las aves de presa, ya que la tierra no debia mancillarse jamas con un cuerpo descompuesto. Cuando los huesos del difunto senor del Imperio estuvieran despojados y blanqueados, los magos los depositarian en la urna que hacia las veces de ataud. Antes incluso de que el soberano hubiera abandonado por ultima vez su palacio, tres hombres se reunieron en una habitacion contigua al salon del Trono. Representaban a las tres castas que se ocupaban de los asuntos de Estado: los magos, los guerreros y los escribas. El soberano les habia entregado en mano a cada uno de ellos una carta sellada en la que expresaba su voluntad con respecto a la transmision del trono. Tres documentos que serian, por supuesto, identicos y duplicados, con el unico fin de evitar las falsificaciones. El mensaje era un misterio hasta el ultimo instante, ya que, si bien su formulacion se conformaba siempre con ciertos convencionalismos de estilo, el contenido obedecia unicamente a los deseos del soberano, que podia limitarse a enumerar las cualidades requeridas en su sucesor, «rectitud», «valentia», «piedad», sin nombrar a nadie; los dirigentes de las castas se transformaban entonces en electores para nombrar al miembro de la dinastia que juzgaran mas conforme a esas vagas exigencias; si no conseguian ponerse de acuerdo, el jefe de los magos tenia la ultima palabra, «despues de consultar con los angeles». Esta era la tradicion consignada en los escritos santos y confirmada por el fundador del Imperio. Tratandose de Sapor, se habria esperado que designara en vida a su sucesor y que, incluso, le dejara participar en el poder, como Artajerjes habia actuado con el. Pero no lo habia hecho. Sin duda porque habia guardado un recuerdo amargo de aquella epoca en la que entre su padre y el se habia instalado una solapada aversion; apenas le nombro, Artajerjes comenzo a odiarle, como si leyera en su mirada su propia muerte, y es posible imaginar que Sapor temiera vivir la misma experiencia con su propio heredero. Quiza tambien dudara hasta el final con respecto a la persona que debia designar. ?No decian que, durante su ultima enfermedad, habia convocado a los tres futuros electores para retirarles los mensajes que les habia confiado unos anos antes y reemplazarlos por otros, mas conformes a su reciente cambio de sentimientos? En el salon del Trono, la cortina estaba cerrada para ocultar la corona suspendida. En el lugar donde acostumbraban a prosternarse los visitantes se levanto un tumulo funerario algo inclinado, a fin de que la cabeza del soberano permaneciera en alto. A su alrededor estaban los magos, incensando y rezando, y en sus sitios acostumbrados, la gente de la corte. La multitud estaba fuera, en los jardines del palacio y cerca de la verja. Los ciudadanos contemplaban la sigilosa agitacion de los poderosos y se divertian intentando adivinar el nombre de su futuro senor. Por fin se abrio la sala de los conciliabulos. Los tres dignatarios salieron en el orden que convenia a su rango, primero el gran mago Kirdir, luego el decano de los guerreros y a continuacion el jefe de los escribas. Cada uno de ellos llevaba sobre las palmas de las manos abiertas un cilindro de pergamino con los sellos rotos que desenrollaron a la vez, aunque solo Kirdir lo leyo en voz alta, mientras sus companeros se contentaban con verificar su copia con los ojos. – «Yo, el adorador de Ahura Mazda, Sapor, rey de reyes del Iran y del No Iran, hijo del divino Artajerjes, he conquistado mas regiones de las que pueda nombrar y he servido a la divinidad con dedicacion. Quiera el Cielo que permanezca mi recuerdo. »En esta hora en que me dispongo a partir a la replica celeste de mi Imperio, junto a mis gloriosos predecesores, he elegido confiar el cetro y la corona al mas merecedor de los miembros de la dinastia, mi hijo bienamado…» El mago se aclaro la garganta y el silencio, ya total, se hizo mas resonante. – «… mi hijo bienamado, el divino Ormuz, gran rey de Armenia, que ojala adquiera el mismo renombre de valentia…» Las ultimas palabras se perdieron en la algarabia de las aclamaciones. Los cortesanos no tuvieron ojos mas que para la fila de los principes, primero el nuevo soberano que, instintivamente, dio dos pasos hacia adelante, y luego su hermano mayor Bahram, que se apoyo sobre el hombro mas cercano, intercambiando una breve mirada con Kirdir, que esbozo un rictus de impotencia. Mani tambien estuvo a punto de desfallecer, pero por otras razones. Hasta ese instante, estaba persuadido como todos los subditos del Imperio, de que el trono corresponderia a Bahram, quien recientemente se habia acercado a su padre y que gozaba del apoyo de los magos, mientras que Ormuz vivia casi en desgracia en su lejano reino de Armenia, en tan malos terminos con el rey de reyes que no habria pensado siquiera en venir a verle si no se hubiera enterado de que estaba moribundo. Aquella misma manana, al ser informado de la desaparicion del anciano soberano, Mani habia tenido la impresion de que el mundo que le rodeaba se ensombrecia. Las persecuciones se habian intensificado a lo largo de las semanas anteriores, incluso en la capital, aprovechando la enfermedad de Sapor, quien seguia siendo la ultima defensa frente a los fanaticos, poco efectiva, pero siempre leal a su promesa de proteccion. Antes de acudir al palacio, el hijo de Babel habia comunicado sus inquietudes a su «Gemelo» celeste, que apenas habia intentado tranquilizarle. «Si el fin esta proximo -le habia dicho-, hay que resignarse a ello y preparar a tus discipulos para afrontarlo. ?Acaso has escrito, pintado y ensenado solo para tus contemporaneos?» Y ahora la pesadilla se disipaba, ahora la esperanza renacia, gracias a unas palabras que habian salido, ?oh paradoja!, de la propia boca de Kirdir: «… mi hijo bienamado, el divino Ormuz…». Por otra parte, el despechado mago proseguia su oficio sin alterar el ritual consagrado. – Los angeles han aceptado por soberano al divino Ormuz, hijo del divino Sapor. ?Someteos a el, criaturas, y regocijemonos! Hizo una sena al principe electo para que se acercara y le tomo la mano, interrogandole en voz alta: – ?Aceptas del Altisimo la religion de Zoroastro, que Vishtaspa consolido y Artajerjes reanimo? – Servire a la divinidad y hare el bien a mis subditos. El nuevo soberano fue llevado hasta el trono sin gran pompa, en una apresurada ceremonia que estaba destinada solamente a no prolongar el vacio del poder. La verdadera solemnidad tendria lugar el dia de la coronacion, por lo demas, mucho mas tarde. La costumbre exigia que se celebrara en la proxima fiesta del Noruz, comienzo del ano nuevo, lejos de Ctesifonte, en un lugar consagrado de Persida, cuna de la dinastia sasanida. Sin embargo, para Ormuz, el poder estaba ya en sus manos. Sus subditos se precipitaron a sus pies. El propio Bahram se obligo a prosternarse y su hermano le invito a subir los peldanos del trono para estrecharle contra el en medio de las ovaciones. En el bullicio de las felicitaciones cortesanas, Mani permanecia inmovil. Sin embargo, en otros lugares, sus fieles y todos aquellos que participaban de la misma esperanza sentirian deseos de celebrarlo, de cantar, de regocijarse; Denagh, para quien el nuevo soberano era un segundo padre, echaria hacia adelante, sobre el hombro izquierdo, su trenza salpicada de largos hilos de plata… Alli mismo, en el palacio, entre los dignatarios del Imperio, la felicidad de los amigos del Mensajero tenia acentos diferentes. Ormuz en persona, emergiendo del torbellino, busco con los ojos a aquel que llamaba en privado «Maestro». Le miro fijamente un momento e intento hacerle senas discretamente, pero el hijo de Babel solo miraba dentro de si mismo, preocupado y como torturado en ese minuto de felicidad. Sus pasos le condujeron hacia los restos mortales de Sapor, de los que todos se habian apartado excepto los encargados de los incensarios. Hubiera deseado descubrir en los rasgos petrificados de aquel por quien habia sentido tanto afecto la clave del misterio que se desarrollaba ante sus ojos. Estuvo un tiempo inmerso en esa contemplacion, sordo a todo, ausente… Luego, sin una mirada para el nuevo rey de reyes, se escabullo hacia la salida. El encargado de la cortina le alcanzo jadeando al final de la antesala. El soberano deseaba recibirle al dia siguiente al amanecer. – ?Habre perdido ya al maestro y al amigo? -dijo Ormuz al recibirle-. Ayer se habria dicho que la cara de onagro de Kirdir estaba mas alegre que la tuya y mi hermano Bahram menos desolado. ?Tienes miedo de todas las victorias? ?Desconfias de todas las dichas? Mani se mostro contrito y lo estaba, ya que desde su primer encuentro, treinta anos antes, a las orillas del Indo, Ormuz jamas habia tenido para el otra cosa que el mas sincero afecto, aunque tuviera que pelearse por su causa con la tierra entera. – Mi actitud no tiene otra explicacion que la extrema sorpresa. El Cielo nos ha hecho un regalo, a mi, a Denagh, a todos los mios y al Imperio entero. Temiamos el reinado de la persecucion y obtenemos el de la generosidad. ?No hay motivo para aturdimos de felicidad? – ?Tu companero celeste no te habia advertido? – No me habia dado ninguna esperanza. – Sin duda no querria privarte de la alegria de la sorpresa. Aunque hubiera cumplido ya cincuenta anos, Ormuz tenia en los ojos un candor de nino que suscitaba una inmensa ternura en el hijo de Babel. – ?Ahora que ya paso la sorpresa, podras manifestarme tu alegria! – ?Acaso puede dudar de ella el senor del Imperio? Ormuz paseo su mirada ostensiblemente por la habitacion vacia. – ?Es a mi a quien hablas asi, Mani? ?El senor del Imperio! En las sesiones publicas es conveniente que te dirijas a mi con esas palabras, pero cuando estemos solos te ordeno, como senor del Imperio, que me hables como siempre lo has hecho. ?Por todos los Cielos! ?Intentas realmente alejarte de mi en el momento en que mas necesito tu presencia, tu amistad y tus consejos? Mi padre tenia razon en llamarte desertor, eso es lo que eres. Pero yo no tendre tanta paciencia como el, ni el mismo dominio de mi mismo. Quiero que me digas en este instante, por tu honor, y en nombre de Aquel que te ha hecho Mensajero, si vas a ser o no el amigo, el sosten, la inspiracion y la Luz de mi reinado, hasta el ultimo balbuceo de tu vida. ?Respondeme o desaparece para siempre y que yo no vuelva a oir jamas tu nombre ni el de tus allegados! – Ormuz, tu eres el amigo que me ha defendido contra la injusticia del mundo. Aunque tu mano me golpeara de muerte, no la maldeciria. – ?Golpearte? ?Mi mano? El rey de reyes tenia los ojos llenos de lagrimas. Tomo la mano de Mani y se la llevo a los labios, como lo habia hecho ya algunas veces en el pasado. ?Pero entonces no era el rey de reyes! – ?Tu companero celeste te dijo que desconfiaras de mi? – No, Ormuz, con que solo hubiera mencionado tu nombre, mis inquietudes se habrian calmado. – ?Y ahora sigues estando inquieto? – Jamas he dudado de ti. – La hora de la duda ha pasado, Mani, y tambien la de la indecision. Tenemos que construir juntos. Desde esta noche, hare anunciar por la voz de los heraldos que el rey de reyes abraza la fe de Mani. – ?No, Ormuz! Asi fue como erramos el camino tu padre y yo. Espere demasiado de el y el espero demasiado de mi. Ese no es el camino razonable. Un dia, tu querras hacerme tomar decisiones de rey y yo querre hacerte adoptar escrupulos de Mensajero. Y vendra la amargura, y nos convertiremos en extranos el uno para el otro, quiza en enemigos. Sin haberlo deseado jamas, te encontraras matando a aquel que amas. Luego, me lloraras con lagrimas sinceras. No, Ormuz, no me empujes a cometer dos veces el mismo error, el Cielo no me perdonaria un nuevo fracaso. – Un dia me dijiste que el reinado de la Luz no habia podido coincidir con el de Sapor; esperaba que coincidiera con el mio. – No se trata de ti, Ormuz, ni de Sapor ni de mi. La culpa es del siglo. Por todas partes se alzan a nuestro alrededor los sectarios de los dioses celosos, y mi voz es la de la divinidad generosa. Durante mucho tiempo aun, mi fe sera la de un punado de Elegidos desprendidos de las cosas del mundo. El Imperio no puede abrazarla. Pero podemos construir muchas cosas juntos si cada uno de nosotros desempena su cometido: si tu gobiernas con justicia, si actuas por el bien de tus subditos, como lo has jurado, y preservas la libertad de creencia para todos; y si yo, por mi parte, con los discipulos que se han unido a mi Esperanza, me esfuerzo en ensenar la Luz a las naciones. – ?Eso nos impedira seguir siendo amigos? – Fui el amigo del gran rey de Armenia, ?por que no puedo ser el amigo del senor del Imperio? Cada vez que lo desees, nos veremos a solas como esta manana, hablaremos del mundo y de los Jardines de Luz, de pintura, de medicina y de armonia, pero en el mismo instante en que abandone el palacio volvere a ser el Mensajero y nada mas, y tu volveras a ser el rey de reyes, cada uno por su camino, con sus propias armas y sus propias cargas. En los meses que siguieron, la fe de Mani tuvo una espectacular expansion por todo el Imperio y mas alla. Un gran numero de caballeros, magos hostiles a los dogmas de Kirdir y gentes de todas las castas se unieron a los Elegidos, como adeptos o como simples oyentes. El Mensajero no se explicaba este subito progreso. La simpatia evidente de Ormuz era una de las razones, unida al afecto de la gente por su nuevo soberano que se habia revelado clemente y firme al mismo tiempo, y cuya presencia en el trono parecia derramar, por algun sortilegio bendito, abundancia y felicidad. No habia epidemias, ni hambre, ni inundaciones destructoras, ni ninguna de esas calamidades que causan tantos estragos. Anunciaban el reinado los mejores augurios. Los preparativos de la coronacion habian sido generosos, incluso dispendiosos, pero el pueblo no se quejaba; se habia tenido cuidado de distribuir entre los pobres lo suficiente para festejarla dignamente. Al acercarse el Noruz, Ormuz se impacientaba. Todas las mananas, antes de las audiencias, llamaba a Mani para confiarle sus entusiasmos de la vispera y sus esperas. ?Hubiera deseado tanto que hiciera el viaje hasta Persida junto a el! Pero el hijo de Babel le persuadio de que le dispensara de ello; su sitio no estaba en semejante ceremonia. El lugar era una garganta entre dos acantilados. Alli era donde Artajerjes y luego Sapor habian hecho grabar en la roca las imagenes de su coronacion. A algunos pasos de los fundadores, una superficie virgen y lisa estaba preparada para conservar la marca del nuevo soberano, el tercero del linaje sasanida. De una punta a otra del corredor sagrado, el suelo pedregoso estaba cubierto de alfombras, y la pared rocosa, hasta la altura de tres hombres, revestida con colgaduras de seda estampada con los emblemas de la dinastia: sol, fuego, luna, machos cabrios, onagros, perros, leones y jabalies. En medio, en un lugar donde el desfiladero se ensanchaba haciendose mas luminoso, se habia levantado un estrado, cuyos lados formaban una suave pendiente hasta llegar al suelo. Y sobre el estrado, un trono vacio. Desde ambos lados del desfiladero, avanzaba un cortejo. Uno conducido por Ormuz, a caballo. Su larga cabellera rizada se desbordaba bajo una corona en forma de casco, rematada por una esfera a la que estaban atadas cintas de colores que revoloteaban hacia atras, el aro que cenia su barba era ahora de oro y perlas. Le seguian, pero a distancia, los oficiales de su guardia, los principes de sangre real, los familiares y los musicos, y despues, todos los cortesanos; del otro lado llegaban los magos con Kirdir a la cabeza. Seria el quien, en el espacio de una uncion, sustituiria al Altisimo, a Ahura Mazda, para conferir al monarca la dignidad suprema. Los dos cortejos iban al paso, su lentitud prolongaria la ceremonia. Perfumes, afeites, inciensos, cantinelas. Cantos epicos en el camino del soberano, danzas sagradas al paso del gran mago. Al final de la procesion, algunos excesos esperados: rinas sin importancia, borracheras… Pompa envuelta en carnaval. Y todo siguio asi hasta el encuentro de los dos caballos que iban a la cabeza sobre el estrado. Hasta un subito silencio. En la mano derecha, Kirdir sostiene el aro de cintas, simbolo de la realeza divina, y en la izquierda, el cetro. Ormuz toma entonces el aro con la mano izquierda y alarga hacia adelante la derecha con el dedo indice curvado en senal de sumision a Ahura Mazda; luego, coge el cetro, y ahora le toca a Kirdir, que vuelve a ser un simple mortal, ejecutar el gesto de sumision en direccion a aquel que, desde ese momento, esta investido de la divinidad. El rey de reyes suelta entonces la brida de su montura y el jefe de los magos salta a tierra, la recoge y hace girar a Ormuz sobre si mismo entre las aclamaciones de los subditos. Luego, el soberano va a sentarse en el trono. Kirdir le ofrece con gran solemnidad un vaso de oro que el monarca se lleva a los labios. Es el ultimo gesto de la ceremonia publica. Los dos cortejos se retiran, esta vez apresuradamente, y el lugar se queda desierto. El monarca esta solo. Solo con su vaso y con un unico companero, un viejo esclavo sordo provisto de un espantamoscas. Frente al soberano, a su alrededor, y pronto dentro de el, los antepasados y las divinidades. Y es que el vaso contiene la bebida de los dioses, el _haoma, _ preparado la vispera por Kirdir y sus ayudantes segun un ritual milenario. Las ramas de la planta _haoma _ han sido purificadas, reducidas a polvo en un mortero bendito y luego mezcladas con leche y con unas hierbas, cuyo secreto solo poseen y se transmiten los magos de rango superior. Un brebaje sagrado de la India antigua y de Persia que hace que el ser divino que lo beba, entre en el extasis mistico por el cual se unira a las divinidades. Bajo el efecto del _haoma, _ el soberano sufre convulsiones, pero se supone que ningun mortal va a interrumpir esos excesos milagrosos. El soberano se abandona al delirio, pero se supone que ningun mortal oye lo que grita o balbucea; los creyentes dicen que mantiene una conversacion sibilina con sus antepasados. El rey de reyes ha entregado el alma en el ejercicio de su divinidad, bajo la mirada impasible y benevola del viejo servidor sordo. Aquella noche, cuando el pueblo y los dignatarios se embriagaban aun a la salud del divino Ormuz, los tres jefes de las castas, reunidos en conclave, designaron un nuevo rey de reyes: Bahram. Aquel a quien los magos preferian. ?Quien podria equivocarse sobre la identidad de los envenenadores? ?Pero quien, tambien, podria castigarlos o aportar la prueba de su culpabilidad? Se decreto que el soberano no habia podido soportar la bebida de los dioses, quiza porque no era digno de beberla o quiza el angel del _haoma _ no habia aceptado su coronacion. La evidencia del crimen proporciono, incluso, un argumento a los asesinos: si Kirdir hubiera querido matar, ?habria actuado con sus propias manos y ante todo el pais reunido? Seis Si a Ormuz lo asesinaron, fue porque su subida al trono les parecia a los magos y a los guerreros como un preludio al triunfo de Mani. Pero este ultimo nunca habia querido creer en semejante milagro. Cuando Denagh se mostraba ebria de esperanza y de felicidad, el se esforzaba en hacerle comprender que la perversidad del mundo no se dejaria aniquilar asi y le hablaba de sufrimiento, de paciencia y de pruebas. Los largos anos pasados cerca de Sapor le habian ensenado a precaverse contra todas las ilusiones. ?Para que habia servido la prometedora alianza con el gran sasanida, puesto que el Mensajero no habia podido impedir las guerras ni las persecuciones, puesto que el soberano mas poderoso de su siglo no se habia atrevido a desafiar a las castas ni a mantener su promesa de convertirse? En aquel agitado ano, habia en Mani mucha amargura, y tambien cansancio, pero una constante lucidez. El reinado de Ormuz jamas habia sido a sus ojos otra cosa que un claro en un cielo tenebroso, y si bien al enterarse de su desaparicion se sintio triste, afligido y lleno de rebeldia, quiso impedir que sus allegados se abandonaran a las lamentaciones. – La gran prueba va a comenzar -les dijo-. Mi deseo es que ninguno de vosotros me acompane en esta penosa parte del camino que mi cuerpo debe recorrer aun. Maleo no queria alejarse, pero Mani le pidio firmemente que se llevara a Cloe y a toda su descendencia a vivir a Tiro. Fueron muchos los que volvieron asi a su pais de origen. Cuando Bahram, ya coronado, regreso a Ctesifonte, un paje fue a comunicar al Mensajero el edicto que le concernia. «Mani, hijo de Pattig, de la raza de los partos y de la casta de los guerreros, medico de oficio, ha profesado diversas opiniones contrarias a la Religion Verdadera, por lo que a partir de este dia sera desterrado de las tierras de Mesopotamia, de Armenia, de Persida…» ?Desterrado? ?Solo desterrado? Denagh y todos aquellos que habian elegido permanecer junto a Mani fueron a tocarle el hombro y la rodilla y luego se llevaron a los labios sus dedos credulos. Ellos, que habian pasado dias enteros suplicandole que huyera; ellos, que le veian ya asesinado por el monarca fratricida, le habian recuperado. Y lo mas importante era que el hijo de Babel pronunciaba palabras de desafio que les llenaban de alegria. ?Abandonar Mesopotamia, Armenia y Persida? ?Y por que solo esas regiones? -les decia-. ?Se alejaria del Imperio entero! ?Habia estado demasiado tiempo a la sombra de los sasanidas, malgastando su vida en sus tierras! No habia querido ir a Palmira por no irritar a Sapor. A Roma tampoco, y sin embargo, sentia que le llamaban. Ni a Egipto, ni al pais de los axumitas. De ahora en adelante no permitiria que las promesas de los reyes se interpusieran en su camino. ?Partiria! Primero a la India, cuyo suelo prometedor solo habia rozado, y luego al Tibet, a Turfan, a Kashgaria, a China. ?Desterrado? Liberado mas bien de las ocultas cadenas que lo ataban a un unico Imperio, a una dinastia. Seguido de los mas fieles, se puso de nuevo en camino. No como un condenado que huye, sino con el paso de un conquistador. Solo se detenia a las horas del sueno, y en cada etapa encontraba, como en el pasado, una casa abierta, orgullosa y agradecida por brindarle refugio. Habia tomado la direccion del Oriente, rebasando Kengavar y Ecbatana y se habia internado ya por la ruta de las caravanas hacia Abarshahr cuando a mitad de la jornada, durante un alto cerca de un curso de agua, se retiro a meditar y se encontro frente a frente con su «Gemelo». «Corres y corres -le dijo el Otro-. ?Es asi como piensas escapar de tu hastio?» – Tengo prisa por descubrir todas esas naciones a las que aun no he llevado mi mensaje. ?No fuiste tu quien me dijo…? «No, Mani, ya es tarde. Tu camino se ha perdido. Tienes que regresar.» – ?Hacia las regiones de donde acaban de desterrarme? «Cruzaras la ciudades donde tu nombre es el mas venerado, Kerja, Susa, Gaujai, Jolasar… Por todas partes la gente se congregara a tu paso, miles de hombres y mujeres querran unirse a tu comitiva, pero tu les diras solamente: Contempladme, saciaros de mi imagen, ya que no me volvereis a ver bajo esta apariencia.» * * * La multitud, la acostumbrada multitud de las despedidas se habia congregado al pie de las murallas de Jolasar, a ambos lados de la puerta de Susa. Las ovaciones de la vispera se habian convertido ahora en lagrimas, en dignidad. Paso el Mensajero, y despues su sequito. Una escuadra de caballeros los esperaba desde el alba. El oficial se acerco. – Tengo orden de conducir a Mani, hijo de Pattig, ante el divino Bahram, rey de reyes. – ?Donde esta tu senor? – En su residencia de verano. – ?En Beth-Lapat? Precisamente alli se termina mi viaje. ?Ve a decir a tu senor que Mani esta en camino! El hijo de Babel habia hablado con un tono que no tenia replica. Dando una palmada en la ijada de su montura, reanudo su marcha sin preocuparse mas de su interlocutor. Este ultimo, estupefacto, despues de un inutil minuto de vacilacion, volvio grupas con sus hombres. Habia venido a prender al Mensajero rebelde y se consideraba satisfecho con una promesa de su boca. Y Mani llego libre a Beth-Lapat. Libre recorrio las calles bordeadas de fieles, libre llego hasta la verja del palacio y hasta los aposentos del monarca. Un viejo escriba de la cancilleria se habia contentado con abrirle paso a traves de los vestibulos custodiados; luego, con voz deferente, le rogo que se sentara mientras iba a advertir al rey de su presencia. Bahram estaba sentado a la mesa con sus allegados para la comida del crepusculo. El funcionario se inclino hasta las losas de marmol. – Que Su Divinidad me perdone mi intrusion. Mani acaba de llegar. El primer movimiento del monarca fue apoyarse en el brazo de su asiento para levantarse, pero sus ojos se encontraron con los de Kirdir, su consejero de siempre, y se sento de nuevo. – Se que el senor habia expresado el deseo de recibirle. ?Debo hacerle entrar? – ?Hacerle entrar? ?Obligar a desplazarse hasta aqui a un personaje tan celebre? ?Que imperdonable falta de juicio! ?Sere yo en persona quien vaya a verle! Para el caso en que su almibarado sarcasmo hubiera podido confundir al escriba, anadio: – ?Que ese hombre espere donde esta! Lo vere cuando haya terminado de comer. Y no voy a apresurarme. Cuando se presento ante Mani, el monarca habia tenido tiempo de comer y de beber demasiado. Con los anos habia engordado y su paso se habia hecho mas pesado, sin conferirle, no obstante, la dignidad espontanea de Sapor ni la soltura seductora de Ormuz. Con el brazo izquierdo, rodeaba los hombros de su amante adolescente, la que las cronicas llaman «la reina de los sakas», cuarenta anos mas joven que el y casada, por su mediacion, con su propio nieto. Dos pasos mas atras, se perfilaba la tunica amarilla del jefe de los magos. – ?No eres bienvenido! Estas fueron las primeras palabras de Bahram. Evidentemente, Mani le inspiraba un verdadero espanto que superaba a fuerza de agresividad. El hijo de Babel observo largamente a aquel gordo nino viejo mal amado, tan cruel como digno de compasion, y le respondio sin rabia: – Algunas personas se han mostrado siempre hostiles hacia mi, sin que yo haya hecho ningun mal. – Antes de que hablemos del mal que has causado, dime que bien has hecho a nuestra dinastia. ?No eres de ninguna utilidad en la guerra ni en la caza! ?Pretendes ser medico y jamas has curado a nadie! – Todos saben que he tratado y sanado… – Mi padre, el divino Sapor, te nombro medico del palacio, pero no conseguiste evitarle las fiebres y los sufrimientos. ?Y cuando te llamo en su lecho de muerte, no juzgaste oportuno venir! Asi que Sapor habia querido verle una ultima vez y alguien se habia interpuesto para impedir que le llegara el mensaje. ?Quien habria podido cometer tan abyecta felonia, sino Kirdir, Bahram y sus complices? Mani sentia que el asco y la rabia le invadian y se obligo a dominarlos. Guardo silencio. El monarca se sintio alentado a proseguir. – ?Y mi hermano, el divino Ormuz? Tu eras su medico, pretendias ser su amigo, pero cuando se sintio mal, tampoco estabas a su lado porque no habias juzgado util acompanarle como te lo habia pedido. Quiza habrias podido aliviar sus dolores. Hasta Kirdir se mostro turbado por esa alusion, esa nueva confesion enmascarada, pero Bahram le hizo un guino confiado. ?Que podian temer? Uno era el jefe de los magos, que tenian vara alta en la justicia; el otro era el soberano. – ?No respondes! Mani suspiro. – Otros tienen las respuestas. En su corazon y en sus manos. No dijo mas. Si habia que instruir el proceso de los asesinos de Ormuz, no seria ante semejante tribunal. Bahram parecio decepcionado de que Mani se hubiera contentado con una replica tan alusiva y le lanzo una mirada en la que quiso poner todo el desprecio posible. Luego, se oriento hacia otras quejas. – Cuando el rey de reyes te llama, jamas estas aqui; pero cuando te prohibe visitar tal o cual region, te diriges inmediatamente a los lugares de los que acabas de ser desterrado. ?Curiosa manera de servir a tus senores! Mani dejo que hablara. Tenia de nuevo en la mente la imagen de Sapor agonizando y murmurando su nombre, mientras a su cabecera, unos seres de sombra simulaban no haber oido. Imagen angustiosa, pero tambien intensamente reconfortante. En ese instante, el hijo de Babel dejo de lamentar los anos transcurridos junto al gran sasanida. Entretanto, Bahram seguia farfullando: – ?He decidido tu destierro y tu me has desobedecido! – He obedecido a una voz celeste que me ordenaba efectuar un ultimo periplo. – ?Una voz celeste! ?Es lo que pretendes desde siempre! ?Por que te tendria que hablar el Cielo? ?Por que escogeria en este Imperio a un miserable subdito con la pierna torcida en lugar de dirigirse directamente al rey de reyes? Desde el principio de la entrevista, a cada pregunta de Bahram, Mani se habia reservado algunos segundos de espera antes de contestar. Era su manera de indicar que habia querido entregarse a la autoridad terrenal, y no al lamentable personaje que la encarnaba. Pero esta vez espero mas tiempo, con los ojos clavados en los del monarca. – El Cielo debe de tener sus razones, El, que conoce a los hombres mas alla de sus adornos. Bahram no reacciono. De pronto parecia quebrantado, desenganado. Kirdir quiso reanimar su colera: – ?Este hombre no intenta decir que es mas digno de honor que los divinos miembros de la dinastia? El monarca no dijo nada. Permanecia ensimismado. El mago se acerco a el y, como inadvertidamente, le dio un golpe en el hombro con el suyo. Mani sonrio. ?Jamas habria osado nadie actuar de esa manera con Sapor ni con Ormuz! Pero Bahram sacudio la cabeza como si emergiera de una siesta y reanudo su interrogatorio donde lo habia dejado. – Asi, seria esa voz la que te habria ordenado que desobedecieras al rey de reyes y que te rebelaras. – ?Nadie ha blandido jamas la espada de la rebelion en mi nombre! – Has sembrado el desorden. Has apartado a los guerreros de su deber y a los artesanos de su oficio. Has hecho un llamamiento a las gentes para que desprecien las barreras de las castas y de las razas. Ahora, los comerciantes miran a los ojos a los caballeros. Ya no se escucha a los magos. ?No es esto una rebelion? – El divino Sapor no juzgo nefastas mis ensenanzas, puesto que me autorizo a difundirlas, puesto que escribio a los dignatarios de todas las provincias para que me ayudaran. ?Habria favorecido unas actuaciones contrarias a los intereses del Imperio y de la dinastia? – Habias acallado su desconfianza. – ?Durante treinta anos? ?El, el conquistador, el monarca mas temido de su epoca, se habria dejado enganar durante treinta anos y luego, en su lecho de muerte, me habria llamado? En su ultimo soplo de vida y de poder terrenal, ?habria designado como legitimo sucesor al hijo que era mi amigo y mi protector, como todos sabian, aquel a quien temian mis enemigos? ?Es mi nombre el que se esta intentando mancillar hoy o el de los grandes soberanos? – ?Ni una palabra mas! Bahram avanzo hacia Mani como para agarrarle, pero recordando su dignidad imperial se contento con escupir una imprecacion inaudible. Para dar tiempo a que el monarca se calmara, Kirdir tomo el relevo para formular una acusacion precisa. – Mani, hijo de Pattig, al abandonar la Religion Verdadera que es la de nuestros antepasados, te has hecho culpable de apostasia. Al profesar ideas innovadoras que han perturbado a los creyentes, te has hecho culpable de herejia. Dos crimenes contra el Cielo. – Ciertamente, estoy alejado de las opiniones de Kirdir, pero sigo siendo fiel a Zoroastro. El monarca se sereno bruscamente. – Lo que acabo de oir me basta. La acusacion es clara y la defensa tambien. Si Mani es encontrado culpable de herejia y de apostasia, su castigo es la muerte. Si es aun fiel a la ensenanza de Zoroastro como el afirma, renuncio a castigarle y me comprometo a perdonarle su desobediencia a mis ordenes. ?No es esto conforme a nuestra ley? Kirdir asintio. El hijo de Babel guardo silencio. No comprendia cual era el trato que le proponian. Por lo demas, el monarca no espero su consentimiento. – Juzguemosle. Luego, fue a sentarse e invito a Mani a tomar asiento en un divan frente a el. Habia alguien a quien comenzaba a divertirle la escena, la joven amante del rey. Se acerco a el pidiendole que le explicara como iban a desarrollarse las cosas. – El honorable medico de Babel va a exponer sus ideas y si se las juzga leales a la Religion Verdadera, saldra de aqui libre y gozara de nuestra proteccion. Mani, te escuchamos. Pero la adolescente no habia comprendido bien. – Cuando este hombre haya hablado, ?quien juzgara si es fiel o hereje? – La unica persona que es capaz de resolver en esas materias: el gran mago Kirdir que tenemos la suerte de tener entre nosotros. Mani tuvo aun el recurso de la risa. – Antes que someterme a vuestra mascarada, prefiero recibir de vuestras manos una copa de _haoma _ con aconito. ?O era cicuta? – Esta frase te ha condenado -decreto Kirdir. – ?Acaso antes de pronunciarla estaba perdonado? – No -confeso Bahram sin rodeos-. Habia jurado por mis antepasados que moririas. Pero tu perfidia te valdra tener que sufrir. Siete Mani fue condenado al suplicio de los hierros. Una pesada cadena sellada alrededor del cuello, otras tres alrededor del busto, tres en cada pierna y tres mas en cada brazo, sin ninguna otra violencia, ni sevicia. Tampoco le encerraron en un calabozo, sino que simplemente le dejaron en un patio enlosado, cerca de un puesto de guardia. Su vida iba a agotarse gota a gota bajo aquel peso. Se dio orden de alimentarle para que sobreviviera mas tiempo, para que sufriera mas tiempo. Las visitas no le estaban prohibidas. Apenas se conocio la sentencia en los barrios de Beth-Lapat, comenzo el desfile. Alli fueron los discipulos, que se acercaban tanto como los guardias se lo permitian, para lanzar una flor a los pies del Mensajero. Pero sobre todo, acudio una multitud de mirones como en todos los suplicios publicos. Ni uno solo de los habitantes de la ciudad y de los alrededores habria querido perderse el espectaculo que ofrecia el ajusticiado. Venian familias enteras, y si los ninos se asustaban, los padres los tranquilizaban con una risa ligera. Algunos consideraban un deber insultar al condenado o sermonearle, por celo, por animosidad innata, otros por simple escrupulo de honestidad, ya que no podian decidirse a gozar asi de la distraccion ofrecida por el rey sin pagarla con una palabra. El tercer dia de la ultima pasion de Mani los ciudadanos siguieron desfilando hasta la puesta del sol, cuando se cerro el porton de madera de su prision a cielo abierto. Entonces quedo bajo la vigilancia de dos imberbes soldados que le flanqueaban evitando que sus miradas se cruzaran. De pronto, se tiraron cara al suelo tan violentamente que se despellejaron las palmas de las manos. Ante ellos acababa de aparecer el monarca en persona. Solo. Con un carraspeo de garganta, les ordeno que se marcharan. Luego, despues de algunos pasos vacilantes, fue a sentarse al borde de un friso de piedra cerca de Mani y sus cadenas. – Queria hablarte, medico de Babel. Hay una cuestion que me intriga desde nuestro encuentro. Por extrano que pudiera parecer, el tono de Bahram estaba desprovisto de animosidad; era casi amistoso. El prisionero se digno levantar los ojos. – Esa voz celeste que te habla, Mani… Sus palabras denotaban confusion y como una suplica de nino. – Ya me respondiste el otro dia, pero no he saciado mi curiosidad. Mani le contemplo de nuevo, sin miramientos, pero sin destellos de hostilidad. Luego, pacientemente, se puso a contarle los comienzos de su mision, el «Gemelo», el palmeral, la India, hasta el primer encuentro con Sapor. Hablaba con la voz exhausta del que lleva la cruz. El monarca se acerco y se inclino para oir mejor, y cuando le interrumpio fue con el cuchicheo de un intimo. – ?Pero por que tu, Mani? ?Por que el Cielo no habria hablado directamente al divino Sapor? – ?Como habria comprendido la gente que la majestad que emanaba de el venia del Cielo y no de su propio poder terrenal? Mientras que cuando el hombre humilde resplandece, esta dando testimonio. Bahram movio la cabeza con aire sosegado antes de proseguir: – Me preocupa otra cuestion. ?Que has podido decirles a mi padre, a mi hermano Ormuz, a mis tios y a esa mujer, Denagh, para que sientan por ti tanta veneracion? ?No les habras revelado algun secreto del universo? – Han oido de mi boca las verdades que estaban en ellos. Jamas se escucha otra voz que la propia. Mani habia murmurado esta frase con el tono de una confesion y Bahram se inclino mas aun. Tenian casi la misma edad, pero el hijo de Babel seguia siendo muy delgado. Al verlos conversar asi, ?quien habria sospechado que el que buscaba consuelo era el carcelero y que su victima pudiera replicar con tan poco resentimiento? Aunque lo hiciera sin complacencia y sin ninguna palabra que intentara suscitar la compasion ni la gracia. Se habria dicho que, aquella tarde, el suplicio de Mani no era un tema digno de ser abordado por aquellos dos hombres. El octavo dia, el Mensajero recibio la visita de Zerav, el tanedor de laud, que habia sido durante cuarenta anos el musico favorito de Sapor, y antes, de Artajerjes. Era un hombre orgulloso, alto, esbelto, y aunque sus dedos de octogenario estaban ya nudosos, al contacto con las cuerdas recobraban su juventud. Siempre habia apreciado la sabiduria del hijo de Babel y habia tenido con el, en otro tiempo, largas y sosegadas discusiones. Su condena le ofendia. A modo de protesta, se habia presentado con su laud. Su entrada fue notable. Camino directo hacia Mani, le beso la mano prisionera y luego se sento cerca de el en el suelo, con las piernas cruzadas, y se puso a tocar un aire lastimero. El silencio se apodero de la multitud. Desconcertados por su porte principesco, los jovenes soldados no habian osado interponerse. Inmediatamente vino en su ayuda un dignatario de la corte, quien tambien se sintio confuso frente a ese monumento vivo del Imperio. Es inconveniente -balbuceaba-, para un hombre de la fama de Zerav, venir a tocar a un lugar tan vil. – ?Acaso no estoy en el recinto del palacio? -se asombro el anciano musico. – Sin duda. ?Pero es el patio de los suplicios! – Para mi, este lugar es hoy el mas respetable del palacio y el mas perfumado. – ?Aquel que ha tocado para los reyes no puede tocar para un ajusticiado! Antes de que Zerav respondiera, se oyo la voz jadeante de Mani, pero en modo alguno estaba interviniendo en la discusion. Ni siquiera daba la impresion de haberla oido. Parecia que estaba prosiguiendo con el musico una lejana conversacion. – ?Sabes, Zerav? Al alba del universo todos los seres estaban inmersos en una melodia suprema, el caos de la creacion ha hecho que lo olvidemos; pero un laud en comunion con el alma del artista puede despertar esas armonias originales… – ?Gratas son a mis oidos las palabras del sabio! Y olvidando amenazas y argucias, comenzo a tocar de nuevo, ardiente e inspirado, hasta la noche. Dicen que Bahram estaba aquel dia de caza y que, en su ausencia, nadie se atrevio a asumir la responsabilidad de maltratar al venerable musico de los reyes. Cuando al dia siguiente regreso el monarca, unos soldados fueron a casa del tanedor de laud con el fin de interpelarle, y descubrieron que, aquella misma noche, se habia apagado en la estrecha serenidad de su lecho, como ultima protesta. El decimocuarto dia los mirones se habian cansado y los fieles eran cada vez mas numerosos. Los guardias les prohibieron sentarse, obligandolos a desfilar en silencio; larga vela diurna, durante la cual Mani se mostro agitado. Se adormilaba y luego se despertaba y se movia, intentando estirar sus miembros anquilosados; pero apenas habia encontrado una postura, queria volver a la anterior. En un momento dado, creyeron oirle decir: – Has escrito y no te han leido. Has dicho una cosa y han comprendido otra. Los hombres han querido otra cosa. Derramaba lagrimas y los fieles se miraron, preguntandose si estaria hablando de ellos. El decimoseptimo dia creyeron el fin inminente y los guardias dejaron a sus discipulos acercarse. Habia que formular una pregunta entre todas, pero el corazon de Mani latia en su labio inferior y los fieles renunciaron a hacerle hablar para que no se ahogara aun mas. Como si hubiera oido sus angustias inexpresadas, abrio los ojos para murmurar con tono de seguridad: – ?Despues? Lo que en mi era Tinieblas volvera a las tinieblas, lo que en mi era Luz seguira siendo Luz. Todos ansiaban saber mas, pero la palabra de Mani era tan vacilante que los discipulos se resignaron. Sin embargo, por la tarde, poco antes de que se cerraran las puertas, recupero el vigor bruscamente. Irguio la cabeza y su voz sono fuerte. ?O seria la voz del «Gemelo»? – Cuando cierres los ojos por ultima vez, volveran a abrirse inmediatamente, sin que tu lo hayas querido. Y tu primer instante sera de incredulidad, cualquiera que haya podido ser tu fe. En el mas firme de los creyentes subsiste la duda y en el mas obcecado de los descreidos habita la esperanza no confesada. Frente al Mas Alla, los hombres no hacen mas que interpretar papeles, su creencia comun esta inscrita en la fatiga de sus cuerpos. Esperaron a que recuperara con dificultad el aliento, pero el prosiguio: – A continuacion viene la prueba. Alguien a su alrededor habia murmurado la palabra «juicio» y Mani se sobresalto como si le hubieran ofendido. – ?Que juicio? ?Cuando cierras los ojos, la sentencia ha sido ya pronunciada! ?Por tus propios labios! Todo su rostro se habia animado, asi como las palmas de sus manos, sus dedos, su garganta, su busto. – Pasado el instante de incredulidad, cada uno vuelve a sus pequenos defectos, a sus costumbres, y se opera la seleccion entre los seres humanos sin necesidad de tribunal. El que ha vivido para la dominacion sufrira porque ya no se le obedece; el que ha vivido en la apariencia, pierde toda apariencia; el que ha vivido para la posesion, ya no posee nada, su mano se cierra en el vacio. Lo que era de el, pertenece desde ese momento a los demas. Vagara para siempre por los lugares donde transcurrio su vida terrenal, como un perro atado a su correa. Un mendigo ignorado alli donde fue amo. «Los Jardines de Luz pertenecen a aquellos que han vivido con desprendimiento.» Guardo silencio. Sus ojos se cerraron. Luego, como si prosiguiera su sermon para si mismo, comenzo de nuevo a mover los labios en un rostro iluminado. De cuando en cuando, un fragmento de frase sin coherencia se escapaba de ellos. «… el sol no te herira mas los ojos… tu que sabes contemplar la felicidad de los demas… todos los perfumes de la amante… esa mujer no envejecera… alli encontraras todos los libros… y los que nadie ha escrito… aprenderas las edades del universo… te iras hacia el Egipto del Mas Alla…» Sus discipulos se inclinaban sobre el para recoger esas frases. Todos codiciaban el instante que el habia comenzado a vivir. El vigesimo dia ordeno a sus fieles que partieran. Todos los hombres y todas las mujeres jovenes, aquellos sobre quienes podia abatirse la persecucion. Se produjo entonces aquel sublime alboroto. Se propalo una consigna sin que nadie supiera jamas que boca la habia susurrado. No fue la del hijo de Babel, ya que el solo habia murmurado: «Alejaos, dispersaos, dejad pasar el torrente de la venganza, mas tarde os volvereis a levantar». Pero los adeptos propagaron otra muy diferente: «?Hay que escribir el nombre de Mani por todas partes!». Escribir con carbon, con tiza, pero mas que eso, grabar. Grabar profundamente, en la madera, en el hierro, en la piedra, las letras corrosivas. En los mojones de las encrucijadas, en las murallas de las ciudades, en todos los edificios del Imperio, las prisiones, los palacios, los cuarteles, en todos los lugares de culto, innumerables manos trazaron, cada una en su lengua, el nombre de Mani. Con fervor, para que nadie lo pudiera borrar. Asi se manifesto la inmensa rabia de la gente de paz. Contra su siglo y contra los milenios venideros; contra las divinidades celosas y las espadas absueltas; contra los cuatro imperios, las cuatro castas, las razas, la sangre; contra los magos avariciosos y los soberanos verdugos. Contra la muerte. Contra las cadenas. Contra las cadenas de Mani. * * * La vigesima sexta manana acabo el ultimo acto de su pasion. Sus discipulos hablarian pronto de suplicio, de martirio, de crucifixion; Mani habria dicho simplemente «mi destierro». Solo le velaban ya unas mujeres de cabellos grises. Sobrecogidas, mudas, abrumadas, inmersas ya en el duelo que se aproximaba. Mani no conseguia ya moverse y respiraba ruidosamente, pero la mirada sobrevivia. Sus ojos se cruzaron con los de Denagh. Esta comprendio y fue a murmurar algo al oido de las mujeres, que se incorporaron e intentaron serenarse. Entre ellas se encontraba una discipula a la que llamaban la hija de Atimar. Con voz dulce, se puso a cantar las palabras aprendidas. _Noble Sol que prodiga el calor_ _y con el mismo gesto prodigo, la sombra que nos protege._ _Sol que hace madurar los racimos y los cuerpos para la fiesta y_ _luego se retira para que podamos celebrarla._ _Sol que cierra los ojos a nuestros excesos, a nuestras locuras de mortales_ _y que esta alli al dia siguiente con el mismo talante y la misma generosidad._ _No espera de nosotras gratitud ni sumision._ _Noble es nuestro Sol cuando sale_ _y noble cuando se pone…_ La hija de Atimar estaba pronunciando estas palabras cuando Mani ceso de sufrir. Denagh, que era la que estaba mas cerca de el, le cerro los ojos. Luego, puso sobre sus labios un ultimo beso de vida. Las otras mujeres la imitaron. Era el ano 584 de los astronomos de Babel, el cuarto dia del mes de Addar para la era cristiana, el dos de marzo del ano 274, un lunes. Desde entonces, la pasion de Mani se confunde con la nuestra. Epilogo El monarca se nego a que el cuerpo de Mani fuera entregado a los suyos, por miedo a que su sepultura se convirtiera en un lugar de peregrinacion; ordeno tambien que antes de hacer desaparecer su cadaver, lo embalsamaran y, desnudo para que se le reconociera por su pierna torcida, lo colgaran a la entrada de Beth-Lapat, a fin de aportar a todos la prueba de su muerte. Pero el lienzo de muralla se convirtio en lugar de peregrinacion, gigantesca lapida sepulcral de la que era imposible arrancar la sombra del Mensajero. Y para desafiar a la muerte, los fieles se juraron no llamarle ya de otro modo que «Mani-Hayy», Mani el Vivo, terminos que se volvieron inseparables en sus relatos y en sus oraciones, hasta tal punto que los griegos solo oian una unica palabra que transcribieron como «Manichaios». Otros decian «Maniqueas» o tambien «Maniqueo». ?Deformaron su nombre? ?Si no fuera mas que eso! De sus libros, objetos de arte y de fervor, de su fe generosa, de su busqueda apasionada, de su mensaje de armonia entre los hombres, la naturaleza y la divinidad no queda ya nada. De su religion de belleza, de su sutil religion del claroscuro solo hemos conservado estas palabras: «maniqueo», «maniqueismo», que en nuestras bocas se han convertido en insultos. Y es que todos los inquisidores de Roma y de Persia se aliaron para desfigurar a Mani, para destruirle. ?En que era tan peligroso para tener que perseguirle asi hasta en nuestra memoria? «He venido del pais de Babel -decia-, para hacer resonar un grito en todo el mundo.» Su grito se oyo durante mil anos. En Egipto se le llamaba «el apostol de Jesus»; en China le denominaban «el Buda de Luz»; su esperanza florecia al borde de los tres oceanos. Pero pronto llego el odio, el ensanamiento. Los principes de este mundo le maldijeron, para ellos se convirtio en «el demonio mentiroso», «el recipiente rebosante de Mal» y, en su furor, tambien le llamaban «el maniaco»; su voz era «un perfido encantamiento»; su mensaje, «la innoble supersticion», «la pestilente herejia». Luego, las hogueras cumplieron su cometido, consumiendo en un mismo fuego tenebroso sus escritos, sus iconos, a los mas perfectos de sus discipulos y a aquellas altivas mujeres que se negaban a escupir sobre su nombre. Este libro esta dedicado a Mani. He querido contar su vida, o lo que aun puede adivinarse de ella despues de tantos siglos de mentira y de olvido. Читайте больше книг на сайте онлайн-библиотеки mir-knigi.org