Автор : Maalouf Amin Название книги: Samarcanda Читать на сайте: https://mir-knigi.org/author/maalouf-amin/samarcanda Samarcanda e a Persia de Omar Khayyam, poeta do best-seller vinho, livre-penador, astrologo genial, compre e a Persia amin maalouf de Hassan Sabbah, livraria fundador da ordem dos Assassinos, a Samarcanda seita mais temivel da Historia. Samarcanda e o Oriente do seculo entretanto XIX e do inicio premiado do seculo XX, amin maalouf a viagem para sucesso um universo onde os sonhos de Samarcanda liberdade sempre souberam desafiar os fanatismos. Samarcanda e a aventura de autor um manuscrito nascido no leitura seculo XI, extraviado amin maalouf com as invasoes compre mongois e recuperado seis seculos depois. Samarcanda O extraordinario talento do contador de historias Amin Maalouf nos faz escritor viajar pela rota da venda seda, visitando as amin maalouf cidades mais fascinantes premiado da Asia. Titulo original: _Samarcande_ Traductor: Maria Concepcion Garcia-Lomas _A mi padre_ _Y ahora, ?pasea tu mirada sobre Samarcanda! ?No es la reina de la tierra? Mas altiva que todas las ciudades, cuyos destinos tiene entre sus manos._ Edgar Allan Poe (1809-1849) E n el fondo del Atlantico hay un libro. Yo voy a contar su historia. Quiza conozcan su desenlace, ya que sus tiempos los periodicos lo refirieron y luego algunas obras lo citaron: cuando el _Titanic _ naufrago durante la noche del 14 al 15 de abril de 1912, mar adentro a la altura de Terranova, la mas prestigiosa de victimas fue un libro, un ejemplar unico de los _Ruba'iyyat _ de Omar Jayyam, sabio persa, poeta, astronomo. De este naufragio hablare poco. Unos valoraron en dolares la desgracia y otros enumeraron debidamente los cadaveres y las ultimas palabras. Seis anos despues, solo me obsesiona aun ese ser de carne y tinta del que fui, por un momento, el indigno depositario. ?No fui yo, Benjamin O. Lesage, quien se lo arranco a su Asia natal? ?No fue en mi equipaje donde se embarco en el _Titanic_ ? ?Y quien interrumpio su milenario recorrido sino la arrogancia de mi siglo? Desde entonces el mundo se ha cubierto cada dia mas de sangre y de tinieblas, y a mi la vida no me ha vuelto a sonreir. He tenido que separarme de los hombres para escuchar unicamente las voces del recuerdo y acariciar una ingenua esperanza, una insistente vision: manana lo encontraran. Protegido por su cofre de oro, emergera intacto de las oscuras sombras marinas, enriquecido su destino con una nueva odisea. Unos dedos podran acariciarlo, abrirlo, hundirse en el; unos ojos cautivos seguiran de margen en margen la cronica de su aventura, descubriran al poeta, sus primeros versos, sus primeros, embelesos, sus primeros temores. Y la secta de los Asesinos. Luego, se detendran incredulos ante la pintura del color de la arena y la esmeralda. No tiene fecha ni firma, solo estas palabras, fervientes o desenganadas: _Samarcanda, el mas bello rostro que la Tierra haya vuelto jamas hacia el sol._ Libro primero. POETAS Y AMANTES _Dime ?que hombre no ha transgredido jamas tu Ley?_ _Dime ?que placer tiene una vida sin pecado?_ _Si castigas con el mal el mal que te he hecho,_ _Dime ?cual es la diferencia entre Tu y yo?_ Omar Jayyam I A veces, en Samarcanda, al atardecer de un dia lento y triste, los ciudadanos ociosos van a deambular por el callejon sin salida de las dos tabernas, cerca del mercado de las pimientas, no para degustar el vino almizclado de Sogdian, sino para espiar idas y venidas u hostigar a algun bebedor achispado, al que arrastraran por el polvo, cubriran de insultos y condenaran a un infierno cuyo fuego le recordara hasta el fin de los siglos el rojo reflejo del vino tentador. De un incidente parecido nacera el manuscrito de las _Ruba'iyyat_ en el verano de 1072. Omar Jayyam tiene veinticuatro anos y hace poco tiempo que llego a Samarcanda. Esa tarde ?se dirige a la taberna o es el azar del callejeo lo que le lleva hasta alli? Renovado placer el de recorrer una ciudad desconocida con los ojos abiertos a las mil sugerencias de un dia que toca a su fin. Un chiquillo huye velozmente por la calle del Campo de Ruibarbo, descalzos los pies sobre los anchos adoquines y apretando contra su cuello una manzana robada en algun escaparate; en el bazar de los mercaderes de pano, en el interior de una tiendecilla situada a nivel mas alto que la calle, se sigue disputando una partida de chaquete a la luz de una lampara de aceite: dos dados que se lanzan, una palabrota, una risa ahogada; en el soportal de los cordeleros, un arriero se detiene cerca de una fuente, deja que el agua corra por el hueco las palmas de sus manos juntas y luego se inclina acercando los labios como para besar la frente de un nino dormido; saciada su sed, se pasa las palmas de manos mojadas por la cara, masculla unas palabras agradecimiento, recoge del suelo una cascara de sandia, la llena de agua y se la lleva a su animal para que a vez pueda beber. En la plaza de los mercaderes de ahumados una mujer encinta aborda a Jayyam. Apenas tiene quince anos y lleva el velo levantado. Sin una palabra, sin sonrisa en sus labios ingenuos, le quita de las manos un punado de almendras tostadas que acababa de comprar. El paseante no se asombra, es una antigua creencia en Samarcanda: cuando una futura madre encuentra en la calle a un forastero que le agrada, debe atreverse a compartir su alimento, asi el nino sera tan hermoso como el, tendra su misma silueta esbelta y los mis rasgos nobles y regulares. Omar mastica lentamente y lleno de orgullo las almendras restantes, mirando alejarse a la desconocida, cuando un clamor llega hasta el y le incita a apresurarse. Pronto se encuentra en medio de una muchedumbre desenfrenada. Un anciano de largos y esqueleticos miembros esta ya en el suelo, con la cabeza descubierta y los cabellos blancos revueltos sobre un craneo tostado por el sol. Sus gritos ya no son mas que un prolongado sollozo de rabia y de miedo. Sus ojos suplican al recien llegado. En torno al desgraciado, unos veinte individuos, barbas encrespadas, garrotes vengadores, y a cierta distancia un coro de espectadores regocijados. Uno de ellos, al comprobar el semblante escandalizado de Jayyam le lanza con el mas tranquilizador de los tonos: «No es nada, no es mas que Jaber el Largo!» Omar se sobresalta, un estremecimiento de verguenza le recorre el cuerpo y murmura: «Jaber ?el companero de Abu Ali» Un nombre de los mas comunes, Abu Ali, pero cuando un letrado lo menciona asi, con un tono de familiar deferencia, tanto en Bujara como en Cordoba, en Bali o en Bagdad, no cabe confusion alguna sobre el personaje: se trata de Abu Ali lbn-Sina, famoso en Occidente por el nombre de Avicena. Omar no llego a conocerlo, ya que nacio once anos despues de su muerte, pero lo venera como al maestro indiscutible de su generacion, el poseedor de todas las ciencias, el apostol de la Razon. Jayyam murmura de nuevo: «?Jaber, el discipulo preferido de Abu Ali!» Porque, aunque lo ve por primera vez, no ignora nada acerca de su patetico y ejemplar destino. Avicena veia en el al continuador de su medicina y de su metafisica y admiraba la fuerza de sus argumentos; unicamente le reprochaba que profesara demasiado alto y demasiado brutalmente sus ideas. Este defecto le habia valido a Jaber varias temporadas en la carcel y tres flagelaciones publicas, la ultima en la Plaza Mayor de Samarcanda. Ciento cincuenta vergajazos en presencia de todos sus allegados. No se habia repuesto jamas de esa humillacion. ?En que momento paso de la temeridad a la demencia? Sin duda a la muerte de su esposa. Desde ese momento se le vio errar en harapos, tambaleandose y voceando locuras impias. Pisandole los talones, manadas de chiquillos, riendose a carcajadas, daban palmadas y le tiraban puntiagudas piedras que le herian hasta arrancarle lagrimas. Mientras observa la escena, Omar no puede dejar de pensar: «Si no tengo cuidado, un dia sere esta piltrafa.» No es la embriaguez lo que mas teme, sabe que no se abandonara a ella; el vino y el han aprendido a respetarse y jamas se tiraran mutuamente por tierra. Lo que mas le asusta es la multitud y que derribe en el el muro de la respetabilidad. Se siente amenazado por el espectaculo de ese hombre en decadencia, dominado; quisiera apartarse de el, alejarse. Pero sabe que no abandonara a la turba a un companero de Avicena. Da tres pasos despacio y dignamente y finge la mayor indiferencia para decir con voz firme acompanada de un gesto soberano. – ?Dejad marchar a ese desgraciado! El cabecilla del grupo se inclina entonces sobre Jaber, luego se incorpora y va a plantarse con firmeza ante el intruso. Una profunda cicatriz le cruza la barba desde la oreja derecha hasta la punta del menton y es ese lado, ese lado hundido, el que muestra a su interlocutor, pronunciando como una sentencia: – ?Este hombre es un borracho, un impio, un _filosofo_ ! Escupe esta ultima palabra como una imprecacion. – ?Ya no queremos ningun _filosofo_ en Samarcanda! Murmullo de aprobacion entre la multitud. Para esa gente, el termino «filosofo» designa a toda persona que se interesa demasiado por las ciencias profanas de los griegos y mas generalmente por todo lo que no es religion o literatura. A pesar de su juventud, Omar Jayyam es ya un eminente _filosofo_ , un pez bastante mas gordo que ese desgraciado de Jaber. Seguramente el de la cicatriz no le ha reconocido, puesto que se aparta de el y vuelve a inclinarse sobre el anciano, que se ha quedado mudo; lo coge por los pelos, le sacude la cabeza tres, cuatro veces, hace como si quisiera estrellarla contra la pared mas cercana y luego la suelta subitamente. Aunque brutal, el gesto es contenido, como si el hombre, a la vez que muestra su determinacion, dudara de llegar al homicidio. Jayyam escoge ese momento para intervenir de nuevo. – Deja ya a ese anciano; es un viudo, un enfermo, un demente. ?No ves que apenas puede mover los labios? El cabecilla se levanta de un salto, avanza hacia Jayyam y le senala con un dedo hasta tocarle la barba: – Tu que pareces conocerle tan bien, ?quien eres? ?No eres de Samarcanda! ?Nadie te ha visto jamas en esta ciudad! Omar separa la mano de su interlocutor con condescendencia pero sin brusquedad, para tenerlo a raya sin darle pretexto para una pelea. El hombre retrocede un paso, pero insiste: – ?Cual es tu nombre, forastero? Jayyam duda en identificarse, busca un subterfugio, alza los ojos al cielo, donde una tenue nube acaba de ocultar la luna en cuarto creciente. Un silencio, un suspiro. ?Olvidarse en la contemplacion, nombrar una a una las estrellas, estar lejos, fuera del alcance de las multitudes! El grupo lo rodea ya, algunas manos le rozan. Jayyam reacciona. – Soy Omar, hijo de Ibrahim de Nisapur. ?Y tu quien eres? Pregunta de pura formula, ya que el hombre no tiene ninguna intencion de presentarse. Esta en su ciudad y es el el inquisidor. Mas tarde Omar conocera su apodo; le llaman el Estudiante de la Cicatriz. Con un garrote en la mano y una cita en la boca, manana hara temblar a Samarcanda. Por el momento su influencia no se manifiesta mas alla de esos jovenes que lo rodean, atentos a la menor de sus palabras, a la menor senal. En sus ojos, un subito fulgor. Se vuelve hacia sus acolitos, luego, triunfalmente, hacia la muchedumbre y grita: – ?Por Dios! ?Como he podido no reconocer a Omar, hijo de Ibrahim Jayyam de Nisapur? ?Omar, la estrella de Jorasan, el genio de Persia y de los dos Iraqs, el principe de los filosofos! Remeda una profunda zalema. Agita los dedos a ambos lados de su turbante, granjeandose indefectiblemente las risotadas de los mirones. – ?Como he podido no reconocer a aquel que ha compuesto esta cuarteta tan llena de piedad y de devocion?: Acabas de romper mi cantaro de vino, Senor. Me has cerrado el camino del placer, Senor. Has derramado por el suelo mi vino granate. Dios me perdone, ?estarias borracho, Senor? Jayyam escucha indignado, inquieto. Tal provocacion es un llamamiento al asesinato, en el acto. Sin perder un segundo lanza su respuesta en voz alta y clara, a fin de que nadie entre el gentio se deje enganar. – Desconocido, es la primera vez que oigo esa cuarteta que sale de tu boca. Pero escucha una que he compuesto realmente: Nada, no saben nada, no quieren saber nada. Ya ves, esos ignorantes dominan el mundo. Si no eres de los suyos te llaman incredulo. Ignoralos, Jayyam, sigue tu propio camino. Sin duda, Omar cometio un error al acompanar su «ya ves» con un gesto de desprecio en direccion a sus adversarios. Unas manos se tienden y le tiran del traje, que comienza a desgarrarse. Se tambalea. Su espalda choca contra una rodilla y luego contra una losa plana. Aplastado bajo la turba no se digna forcejear, esta resignado a que destrocen su traje y despedacen su cuerpo, se abandona ya al languido embotamiento de la victima inmolada, no siente nada, no oye nada, esta encerrado en si mismo, amurallado, impenetrable. Y contempla como a intrusos a los diez hombres armados que vienen a interrumpir el sacrificio. Sobre gorros de fieltro ostentan la insignia verde palido los _ahdat_ , la milicia urbana de Samarcanda. Nada mas los agresores se alejan de Jayyam, pero para justificar su conducta empiezan a gritar tomando a la gente por testigo: – ?Alquimista! ?Alquimista! A los ojos de las autoridades ser filosofo no es un crimen, pero practicar la alquimia se castiga con la muerte. – ?Alquimista! ?Este extranjero es un alquimista! Pero el jefe de la patrulla no tiene la intencion de argumentar. – Si este hombre es realmente un alquimista -decide-, conviene conducirlo ante el gran juez Abu Taher. Mientras Jaber el Largo, olvidado por todos, se arrastra hacia la taberna mas cercana donde se cuela prometiendose no aventurarse jamas al exterior, Omar consigue levantarse sin la ayuda de nadie. Camina erguido y en silencio; su mueca altiva cubre como un velo pudico sus ropas destrozadas y su rostro lleno de sangre. Ante el abren paso unos milicianos provistos de antorchas. Tras el van sus agresores y luego el cortejo de mirones. Omar no los ve ni los oye. Para el las calles estan desiertas, la Tierra no tiene ruidos, ni el cielo nubes y Samarcanda sigue siendo ese lugar de ensueno que descubrio algunos dias antes. Llego a la ciudad despues de tres semanas de camino y, sin descansar ni un momento, decidio seguir al pie de la letra los consejos de los viajeros de los tiempos pasados. Subid, invitan ellos, a la terraza de Kuhandiz, la antigua ciudadela, pasead ampliamente vuestra mirada y no encontrareis mas que agua y verdor, bancales floridos y cipreses recortados por los mas sutiles jardineros, en forma de bueyes, elefantes, camellos agachados y panteras que se hacen frente y parecen preparadas para saltar. En efecto, en el interior mismo del recinto, desde la puerta del Monasterio, al oeste, hasta la puerta de China, Omar no vio mas que tupidos vergeles e impetuosos riachuelos. Luego, aqui y alla, un esbelto minarete de ladrillos, una cupula cincelada de sombra, la blancura de la pared de un mirador. Y a la orilla de una charca, cobijada por los sauces llorones, una banista desnuda que desplegaba sus cabellos al ardiente viento. ?No es esta vision del paraiso la que quiso evocar el pintor anonimo que, mucho despues, se propuso ilustrar el manuscrito de las _Ruba'iyyat_ ? ?No es la que Omar conserva aun en su mente mientras le conducen hacia el barrio de Asfizar donde reside Abu Taher, el cadi de los cadies de Samarcanda? No cesa de repetirse para sus adentros: «No odiare esta ciudad. Aunque mi banista solo sea un espejismo. Aunque la realidad tenga el rostro del de la cicatriz. Aunque esta noche fuera para mi la ultima.» II En el gran _divan_ del juez, los lejanos candelabros dan a Jayyam un color de marfil. En cuanto entro, dos guardias de cierta edad lo agarraron por los hombros como si fuera un loco peligroso. Y en esta postura espera cerca de la puerta. Sentado al otro extremo de la habitacion, el cadi no se ha dado cuenta de su presencia; esta terminando de resolver un asunto y discute con los demandantes razonando a uno y reprendiendo al otro. Una antigua disputa entre vecinos, parece ser, rencores redundantes, argucias irrisorias. Abu Taher termina por manifestar ruidosamente su cansancio y ordena a los dos jefes de familia que se abracen, ahi, ante el, como si nada los hubiera separado jamas. Uno de ellos da un paso; el otro, un coloso de frente estrecha, se resiste. El cadi lo abofetea al vuelo, haciendo temblar a la concurrencia. El gigante contempla un momento a ese personaje rechoncho, colerico y vivaracho que ha tenido que empinarse para alcanzarle, luego baja la cabeza, se acaricia la mejilla y cumple lo que le ordenan. Una vez despedida toda esa gente, Abu Taher indica a los milicianos que se acerquen. Estos recitan su informe, responden a algunas preguntas y se esfuerzan por explicar por que han dejado que se formara en las calles tal aglomeracion. A continuacion le llega el turno al de la cicatriz. Se inclina hacia el cadi, que parece conocerlo desde hace mucho tiempo, y se lanza a un animado monologo. Abu Taher lo escucha atentamente sin dejar traslucir sus sentimientos. Despues de concederse algunos instantes de reflexion, ordena: – Decid a la gente que se disperse, que cada uno vuelva a su casa por el camino mas corto y -dirigiendose a los agresores- ?todos vosotros os ireis tambien a casa! No decidire nada hasta manana. El acusado permanecera aqui esta noche y mis guardias, y nadie mas, lo vigilaran. Sorprendido al verse tan rapidamente invitado a eclipsarse, el de la cicatriz esboza una protesta, pero cambia al momento de opinion. Prudente, se recoge los faldones de su vestido y se retira con una zalema. Cuando Abu Taher se encuentra frente a Omar con sus propios hombres de confianza como unicos testigos, pronuncia esta enigmatica frase de acogida. – Es un honor recibir en este lugar al ilustre Omar Jayyam de Nisapur. Ni ironico ni expresivo, el cadi. Ni la menor apariencia de emocion. Tono neutro, voz sin inflexiones, turbante en pico, cejas enmaranadas, barba gris sin bigote e interminable y escrutadora mirada. El recibimiento es tanto mas ambiguo cuanto que Omar estaba alli desde hacia una hora, de pie, andrajoso, expuesto a todas las miradas, las sonrisas y los murmullos. Despues de algunos segundos sabiamente destilados, Abu Taher anade: – Omar, tu no eres un desconocido en Samarcanda. A pesar de tu juventud, tu ciencia es ya proverbial y tus proezas se relatan en las escuelas. ?No es verdad que leiste siete veces en Ispahan una voluminosa obra de Ibn Sina y que de regreso a Nisapur la reprodujiste de memoria, palabra por palabra? Jayyam se siente halagado de que su hazana, autentica, fuera conocida en Transoxiana, pero no por eso se disipan sus preocupaciones. La referencia a Avicena en loca de un cadi de rito chafeita no resulta nada tranquilizadora; por otra parte, todavia no le han invitado a sentarse. Abu Taher prosigue: – No son solamente tus hazanas las que se transmiten de boca en boca; se te atribuyen unas sorprendentes cuartetas. La declaracion es comedida, no acusa; tampoco exculpa, no interroga mas que indirectamente. Omar estima que ha llegado el momento de romper el silencio: – La cuarteta que repite el de la cicatriz no es mia. Con un manotazo impaciente, el juez desestima la protesta. Por primera vez su tono es severo: – Poco importa que hayas compuesto ese verso o cualquier otro. Me han transmitido unas palabras de una impiedad tan grande que si las citara me sentiria tan culpable como el que las ha proferido. No estoy tratando de hacerte confesar, no busco infligirte un castigo. Esas acusaciones de alquimista me entraron por un oido para salir por el otro. Estamos solos, somos dos hombres sabios y quiero unicamente saber la verdad. Omar no se siente en modo alguno tranquilo, teme una trampa y duda de responder. Ya se ve entregado al verdugo para ser desfigurado, emasculado, crucificado. Abu Taher alza la voz, grita casi: – Omar, hijo de Ibrahim, fabricante de tiendas de Nisapur, ?sabes reconocer a un amigo? Hay en esa frase un acento de sinceridad que fustiga a Jayyam. «?Reconocer a un amigo?» Considera la pregunta con gravedad, contempla el rostro del cadi, examina sus rictus, los estremecimientos de su barba. Lentamente se deja ganar por la confianza. Sus rasgos se distienden, se relajan. Se libera de sus guardias, que a un gesto del cadi dejan de sujetarlo. Luego va a sentarse sin que le hayan invitado a ello. El juez sonrie con benevolencia, pero reanuda sin tregua su interrogatorio: – ?Eres el impio que algunos describen? Mas que una pregunta es un grito de angustia que Jayyam no desoye: – Desconfio del celo de los devotos, pero nunca he dicho que el Uno fuera dos. – ?Lo has pensado alguna vez? – Jamas, Dios es testigo. – Para mi es suficiente y pienso que para el Creador tambien, pero no para la multitud. Acecha tus palabras, tus menores gestos, y los mios tambien, asi como los de los principes. Te han oido decir: «A veces acudo a las mezquitas, donde la oscuridad es propicia al sueno…» – Unicamente un hombre en paz con su Creador podria conciliar el sueno en un lugar de culto. A pesar de la mueca dubitativa de Abu Taher, Omar se excita e insiste: – No soy de aquellos cuya fe solo es terror al juicio, cuya oracion solo es prosternacion. ?Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento las estrellas, me deslumbra la belleza de la creacion, la perfeccion de su orden, el hombre, la obra mas bella del Creador, su cerebro sediento de sabiduria, su corazon sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos, despiertos o satisfechos. Con los ojos pensativos, el cadi se levanta, va a sentarse al lado de Jayyam y apoya sobre su hombro una mano paternal. Los guardias intercambian miradas de asombro. – Escucha, joven amigo, el Altisimo te ha dado lo mas valioso que un hijo de Adan puede obtener, la inteligencia, el arte de la palabra, la salud, la belleza, el deseo de saber, de gozar de la existencia, la admiracion de los hombres y, lo sospecho, los suspiros de las mujeres. Espero que no te haya privado de la prudencia, la prudencia del silencio, sin la cual nada de todo eso puede apreciarse ni conservarse. – ?Tendre que esperar a ser viejo para expresar lo que pienso? – El dia en que puedas expresar todo lo que piensas, los descendientes de tus descendientes habran tenido tiempo de envejecer. Estamos en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar tus ojos, tus oidos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oidos y lengua. El cadi se calla, su silencio es hosco. No es de esos silencios que llaman a las palabras del otro, sino de los que retumban y llenan el espacio. Omar espera con la mirada baja, dejando escoger al cadi entre las palabras que se atropellan en su mente. Pero Abu Taher respira profundamente y da a sus hombres una orden tajante. Se alejan. En cuanto cierran la puerta se dirige hacia un rincon del _divan_ , levanta un pano del tapiz y luego la tapa de un cofre de madera damasquinada. Saca de el un libro que ofrece a Omar con un gesto ceremonioso, verdad es que suavizado por una sonrisa protectora. Ahora bien, ese libro es el mismo que yo, Benjamin O. Lesage, iba un dia a sostener en mis propias manos. Supongo que al tacto fue siempre igual. Un grueso, aspero, repujado con dibujos en forma de semicirculo, bordes de las hojas irregulares, mellados. Pero cuando Jayyam lo abre, en esa inolvidable noche de verano, solo contempla doscientas cincuenta y seis paginas en blanco, sin poemas aun, ni pinturas, ni comentarios en el margen, ni iluminaciones. Para ocultar su emocion, Abu Taher adopta un tono de charlatan. – Es _kagez_ chino, el mejor papel que se ha obtenido jamas en los talleres de Samarcanda. Un judio del barrio de Maturid lo fabrico para mi segun una antigua receta enteramente a base de morera blanca. Tocalo, es de la misma savia que la seda. Se aclara la garganta antes de explayarse: – Yo tenia un hermano diez anos mayor que yo; tenia tu edad cuando murio, descuartizado, en la ciudad de Balj, por haber compuesto un poema que desagrado al soberano del momento. Se le acuso de incubar una herejia, no se si seria verdad, pero yo le reprocho que se jugara la vida por un poema, un miserable poema apenas mas largo que una cuarteta. Se le rompe la voz, que de nuevo se alza ahogada: – Guarda ese libro. Cada vez que un verso tome forma en tu mente y se acerque a tus labios intentando salir, reprimelo sin consideraciones, pero escribelo en estas hojas que permaneceran en secreto. Y mientras escribas piensa en Abu Taher. ?Sabia el cadi que con ese gesto, con esas palabras, daba origen a uno de los secretos mejor guardados de la historia de las letras? ?Que pasarian ocho siglos antes de que el mundo descubriera la sublime poesia de Omar Jayyam, antes de que sus _Ruba'iyyat_ fueran veneradas como una de las obras mas originales de todos los tiempos, antes de que fuera al fin conocido el extrano destino del manuscrito de Samarcanda? III E sa noche, Omar intenta inutilmente conciliar el sueno en un mirador o pabellon de madera que se encuentra sobre una pelada colina en medio del gran jardin de Abu Taher. Cerca de el, en una mesa baja, calamo y tintero, una lampara apagada y su libro, abierto por la primera pagina, que sigue en blanco. Al amanecer, una vision: una bella esclava le trae una bandeja con rajas de melon, un traje nuevo y una banda de turbante de seda de Zandan. Y un mensaje susurrado: – El amo te espera despues de la oracion del alba. El salon ya esta lleno: demandantes, pediguenos, cortesanos, allegados, visitantes de toda condicion y entre ellos el estudiante de la cicatriz, que sin duda ha venido para saber noticias. Cuando Omar cruza la puerta, la voz del cadi le convierte en blanco de miradas y murmullos: – Bienvenido sea el iman Omar Jayyam, el hombre al que nadie iguala en el conocimiento de la tradicion del Profeta, la referencia que nadie discute, la voz que nadie contradice. Uno despues de otro los visitantes se levantan, esbozan una zalema y mascullan alguna formula antes de volver a sentarse. Con una furtiva mirada, Omar observa al de la cicatriz, que parece ahogarse en su rincon, refugiado sin embargo en una mueca timidamente burlona. Con la mayor ceremonia del mundo, Abu Taher ruega a Omar que tome asiento a su derecha, obligando a sus vecinos a apartarse solicitamente. Luego continua. – Nuestro eminente visitante tuvo ayer tarde un contratiempo. El, a quien se honra en Jorasan, Fars y Mazandaran, a quien todas las ciudades desean acoger entre sus muros, a quien todos los principes desean atraer hacia su corte, fue importunado ayer en las calles de Samarcanda. Exclamaciones indignadas se elevan, seguidas de una algarabia que el cadi deja aumentar un tanto, antes de apaciguarla con un gesto y proseguir: – Y lo que es mas grave, un alboroto estuvo a punto de estallar en el bazar. ?Un alboroto, la vispera de la visita de nuestro venerado soberano Nasr Kan, Sol de la Realeza, que debe llegar esta misma manana de Bujara, si Dios lo permite! No me atrevo a imaginar en que afliccion nos encontrariamos hoy si no hubieramos podido contener y dispersar a la multitud. Os lo digo: ?muchas cabezas estarian vacilando sobre sus hombros! Se interrumpe para tomar aliento, para causar impresion, sobre todo, y dejar que el miedo se insinue en los corazones. – Felizmente, uno de mis antiguos alumnos, aqui presente, reconocio a nuestro eminente visitante y vino a advertirme. Senala con el dedo al estudiante de la cicatriz y le invita a levantarse: – ?Como reconociste al iman Omar? A modo de respuesta, algunas silabas balbuceadas. – ?Mas alto! ?Aqui nuestro anciano tio no te oye! -vocifera el cadi senalando a una venerable barba blanca que esta a su izquierda. – Reconoci al eminente visitante gracias a su elocuencia -enuncia con dificultad el de la cicatriz-, y lo interrogue sobre su identidad antes de traerlo ante nuestro cadi. – Has actuado bien. Si hubiera continuado el tumulto, habria corrido la sangre. Ven a sentarte cerca de nuestro invitado, te lo has merecido. Mientras el de la cicatriz se acerca con un aire falsamente humilde, Abu Taher murmura al oido de Omar: – Aunque no se haya hecho amigo tuyo, al menos no podra ya atacarte en publico. Prosigue en voz alta: – ?Puedo esperar que a pesar de todo lo que ha soportado, _jawaye_ Omar no guarde demasiado mal recuerdo de Samarcanda? – Lo que paso ayer tarde -responde Jayyam- lo he olvidado ya y cuando mas tarde piense en esta ciudad sera otra imagen la que conserve en mi mente, la imagen de un hombre maravilloso. No estoy hablando de Abu Taher. El mas bello elogio que se puede hacer a un cadi no es alabar sus cualidades, sino la nobleza de aquellos que tiene a su cargo. Ahora bien, el dia de mi llegada, mi mula habia subido penosamente la ultima pendiente que lleva a la puerta de Kix y yo apenas habia puesto un pie en tierra cuando me abordo un hombre: «Bienvenido a esta ciudad» me dijo, «?tienes aqui parientes o amigos?» Respondi que no sin detenerme, temiendo habermelas con algun timador o, por lo menos, con un pedigueno o un importuno. Pero el hombre prosiguio: «No desconfies de mi insistencia, noble visitante. Es mi senor quien me ha ordenado apostarme en este lugar al acecho de todo viajero que se presente para ofrecerle hospitalidad.» El hombre parecia de condicion modesta, pero iba vestido con ropa limpia y no ignoraba los modales de las personas de respeto. Le segui. A algunos pasos de alli, me hizo entrar por una pesada puerta, atravese un pasillo abovedado y me encontre en el patio de un caravasar, con un pozo en el medio y personas y bestias atareadas, y, rodeando el patio, una construccion de dos pisos con habitaciones para viajeros. El hombre dijo: «Puedes quedarte aqui el tiempo que quieras, una noche o una temporada. Encontraras cama y comida y forraje para tu mula.» Cuando le pregunte el precio que debla pagar se ofendio: «Eres el invitado de mi senor.» «?Y donde esta ese anfitrion tan generoso para que pueda expresarle mi agradecimiento?» «Mi senor murio hace ya siete anos, dejandome una suma de dinero que debia gastar en su totalidad para honrar a los visitantes de Samarcanda.» «?Y como se llamaba ese senor, para que al menos pueda contar sus favores?» «Unicamente el Altisimo merece tu gratitud, dale las gracias a El, que sabra quien es el hombre por cuyas buenas acciones se le dan.» Y fue asi como durante varios dias permaneci en casa de ese hombre. Salia y entraba y siempre encontraba alli platos compuestos de deliciosos manjares y mi cabalgadura estaba mejor cuidada que si me ocupara de ella yo mismo. Omar mira a la asistencia buscando alguna reaccion. Pero su relato no ha provocado ninguna chispa en los labios, ninguna pregunta en los ojos. Adivinando su perplejidad, el cadi le explica: – Muchas ciudades pretenden ser las mas hospitalarias de todas las tierras del Islam, pero solo los habitantes de Samarcanda merecen semejante titulo. Que yo sepa, jamas ningun viajero ha tenido que pagar para alojarse o alimentarse, y conozco a familias enteras que se han arruinado para honrar a los visitantes o a los necesitados. Sin embargo, nunca las oiras enorgullecerse y vanagloriarse por ello. Como has podido observar, en esta ciudad hay mas de dos mil fuentes colocadas en cada esquina de una calle, hechas de barro cocido, cobre o porcelana y constantemente llenas de agua fresca para apagar la sed de los transeuntes. Todas ellas han sido regaladas por los habitantes de Samarcanda. ?Crees que algun hombre grabaria alli su nombre para granjearse el agradecimiento de alguien? – Lo reconozco, en ningun sitio he encontrado semejante generosidad. Sin embargo, ?me permitiriais formular una pregunta que me obsesiona? El cadi le quita la palabra: – Ya se lo que vas a preguntarme. ?Como una gente que aprecia tanto las virtudes de la hospitalidad puede ser culpable de violencias contra un forastero como tu? – O contra un infortunado anciano como Jaber el Largo. – Voy a darte la respuesta. Se resume en una sola palabra: miedo. Aqui toda violencia es hija del miedo. Nuestra fe se ve acosada por todas partes: por los karmates de Bahrein, los imanies de Qom, que esperan la hora del desquite, las setenta y dos sectas, los rum de Constantinopla, los infieles de todas denominaciones y, sobre todo, los ismaelies de Egipto, cuyos adeptos son una multitud hasta en el pleno corazon de Bagdad e incluso aqui en Samarcanda. No olvides jamas lo que son nuestras ciudades del Islam. La Meca, Medina, Ispahan, Bagdad, Damasco, Bujara, Merv, El Cairo, Samarcanda: nada mas que oasis que un momento de abandono devolveria al desierto. ?Constantemente a merced de un vendaval de arena! Por una ventana a su izquierda, el cadi, con una mirada experta, evalua la trayectoria del sol y se levanta. – Es hora de ir al encuentro de nuestro soberano -dice. Da unas palmadas. – ?Que nos traigan algo para el viaje! Porque suele llevar uvas pasas que va comiscando por el camino, costumbre que sus allegados y visitantes imitan. De ahi la inmensa bandeja de cobre que le traen, rematada por una pequena montana de esas golosinas color miel, de la cual cada uno se abastece hasta atiborrarse los bolsillos. Cuando llega su turno, el estudiante de la cicatriz coge algunas, que tiende a Jayyam con estas palabras: – Seguramente habrias preferido que te ofrecieran uva bajo la forma de vino. No ha hablado en voz muy alta pero, como por encanto, toda la asistencia se ha callado, conteniendo la respiracion, aguzando el oido y observando los labios de Omar, que deja caer: – Cuando se quiere beber vino, se escoge con cuidado al escanciador y al companero de placer. La voz del de la cicatriz se eleva un poco: – Por mi parte no bebere ni una gota. Quiero tener un sitio en el paraiso. No pareces deseoso de unirte a mi alli. – ?La eternidad entera en compania de ulemas sentenciosos? No, gracias. Dios nos ha prometido otra cosa. El intercambio de palabras se detiene ahi. Omar apresura el paso para unirse al cadi que le esta llamando. – Es necesario que la gente de la ciudad te vea cabalgar a mi lado. Eso barrera las impresiones de ayer tarde. Entre el gentio apelotonado en las inmediaciones de la resistencia, Omar cree reconocer a la ladrona de almendras disimulada a la sombra de un peral. Aminora el paso y la busca con los ojos, pero Abu Taher le hostiga: – Mas deprisa. ?Ay de tus huesos si el kan llega antes que nosotros! IV – L os astrologos lo han proclamado desde el alba de los tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la rebelion, Samarcanda, La Meca, Damasco y Palermo. Nunca se sometieron a sus gobernantes si no fue por la fuerza; nunca siguen el camino recto si no esta trazado por la espada, y fue por la espada como el Profeta redujo la arrogancia de los habitantes de La Meca. ?Y por la espada reducire la arrogancia de la gente de Samarcanda! Nasr Kan, Senor de Transoxiana, gesticula de pie ante su trono, gigante cobrizo cubierto de bordados; su voz hace temblar a allegados y visitantes, sus ojos buscan una victima entre la asistencia, unos labios que osen estremecerse, una mirada insuficientemente contrita, el recuerdo de alguna traicion. Pero, por instinto, cada cual se escurre detras de su vecino, inclina su espalda, su cuello, sus hombros y espera a que pase la tormenta. Al no encontrar una presa para sus garras. Nasr Kan toma a manos llenas sus ropajes de gala, se los quita uno tras otro, los tira al suelo furioso y los patea vociferando una sarta de improperios sonoros en su dialecto turco-mogol de Kaxgar. Segun la costumbre, los soberanos llevan superpuestos tres, cuatro y a veces siete vestidos bordados de los que se van despojando a lo largo del dia, depositandolos con solemnidad sobre la espalda de aquellos que desean honrar. Actuando como lo acaba de hacer, Nasr Kan ha manifestado su intencion de no recompensar ese dia a ninguno de sus numerosos visitantes. Sin embargo, deberia ser un dia de festividades, como en cada visita del soberano a Samarcanda, pero la alegria se esfumo desde los primeros minutos. Despues de haber remontado la carretera enlosada que sube desde el rio Siab, el kan efectuo su entrada solemne por la puerta de Bujara, situada al norte de la ciudad. Por su amplia sonrisa, sus ojillos parecian mas hundidos, mas oblicuos que nunca y sus pomulos brillaban por los reflejos ambar del sol. Y luego, subitamente, su humor cambio. Se acerco a unos doscientos notables reunidos en torno al cadi Abu Taher y dirigio al grupo con el que se habia mezclado Omar Jayyam una inquieta y aguda mirada, como recelosa. Al no haber visto, al parecer, a aquellos a quienes buscaba, encabrito bruscamente su cabalgadura con un seco tiron de las riendas y se alejo mascullando inaudibles palabras. Rigido sobre su yegua negra, no volvio a sonreir ni esbozo la menor respuesta a las repetidas ovaciones de los miles de ciudadanos congregados desde el alba para saludarle a su paso; algunos agitaban al viento el texto de una peticion redactada por algun memorialista. En vano. Nadie oso presentarlo al soberano y se dirigian antes bien al chambelan, que se inclinaba cada vez para recoger las hojas sin dejar de murmurar vagas promesas de darles curso. Precedido de cuatro jinetes que llevaban en alto los oscuros estandartes de la dinastia y seguido a pie por un esclavo con el torso desnudo que sostenia un inmenso quitasol, el kan atraveso sin detenerse las grandes arterias bordeadas de tortuosas moreras, evito los bazares, cabalgo a lo largo de los principales canales de irrigacion llamados _ariks_ hasta el barrio de Asfizar, donde se habia hecho acondicionar un palacio provisional a dos pasos de la residencia de Abu Taher. En el pasado, los soberanos residian en el interior de la ciudadela, pero los recientes combates la habian dejado en un estado de ruina extrema y hubo que abandonarla. Desde entonces solo la guarnicion turca levantaba alli a veces sus tiendas. Al comprobar el mal humor del soberano, Omar habia dudado de ir a palacio para presentarle sus respetos, pero el cadi le habia obligado a ello, sin duda con la esperanza de que la presencia de su eminente amigo proporcionara una saludable diversion. Abu Taher se habia creido en la obligacion de aclarar a Jayyan lo que habia sucedido: los dignatarios religiosos de la ciudad habian decidido no asistir a la ceremonia del recibimiento porque reprochaban al kan el haber ordenado incendiar hasta los cimientos la Gran Mezquita de Bujara, donde se habia encerrado, armado, un grupo de la oposicion. – Entre el soberano y los hombres de religion – explica el cadi-, la guerra es ininterrumpida, de vez en cuando abierta, sangrienta, la mayoria de las veces sorda e insidiosa. Se contaba incluso que los ulemas habrian mantenido contactos con numerosos oficiales exasperados por el comportamiento del principe. Sus antepasados, se decia, comian con la tropa y no perdian ninguna ocasion de recordar que su poder reposaba en la bravura de los guerreros de su pueblo. Pero de una generacion a otra los kanes turcos habian adquirido las desagradables manias de los monarcas persas. Se consideraban semidioses y se rodeaban de un ceremonial cada vez mas complejo, incomprensible e incluso humillante para sus oficiales, con lo que muchos de estos estaban en tratos con los jefes religiosos. No sin placer, les escuchaban vilipendiar a Nasr, acusarle de haberse alejado de los caminos del Islam. Para intimidar a los militares, el soberano reaccionaba con extrema dureza contra los ulemas. Su padre, un hombre piadoso sin embargo, ?no habia inaugurado su reino cortando una cabeza tocada con un gran turbante? En este ano de 1072, Abu Taher es uno de los escasos dignatarios religiosos que mantiene una estrecha relacion con el principe, lo visita a menudo en la ciudadela de Bujara, su residencia principal, y lo recibe con solemnidad cada vez que se detiene en Samarcanda. Algunos ulemas ven con malos ojos su actitud conciliadora, pero la mayoria aprecia la presencia de ese intermediario entre ellos y el monarca. Una vez mas, el cadi va a desempenar habilmente ese papel de conciliador, evitando contradecir a Nasr y aprovechando la minima mejoria de su humor para inducirle a sentimientos mas bondadosos. Espera, deja que transcurran los minutos dificiles y cuando el soberano se ha sentado en el trono, cuando al fin lo ve con los rinones bien arrellanados en un mullido almohadon, comienza sutil e imperceptiblemente a enderezar la situacion, observado con alivio por Omar. A una senal del cadi, el chambelan hace venir a una joven esclava que recoge los vestidos tirados por el suelo como cadaveres despues de la batalla. De entrada, el aire se hace menos irrespirable, los presentes se desentumecen discretamente piernas y brazos y algunos se arriesgan a susurrar algunas palabras al oido del mas proximo. Entonces, adelantandose hacia el espacio despejado en el centro de la habitacion, el cadi se coloca frente al monarca y baja la cabeza sin pronunciar una sola palabra. Tanto es asi que al cabo de un largo minuto de silencio, cuando Nasr termina por lanzar, con un vigor tenido de hastio: «Ve a decir a todos los ulemas de esta ciudad que vengan al alba a prosternarse a mis pies; la cabeza que no se incline sera cercenada; y que nadie trate de huir, porque no existe tierra fuera del alcance de mi colera», todos comprenden que la tempestad ha pasado, que una solucion esta a la vista y que basta con que los religiosos se enmienden para que el monarca renuncie a castigar con rigor. Por eso, al dia siguiente, cuando Omar acompana de nuevo al cadi a la corte, la atmosfera es irreconocible. Nasr esta sentado en el trono, una especie de cama-divan, en alto, cubierto con un tapiz oscuro, cerca del cual un esclavo sostiene una bandeja con petalos de rosa confitados. El soberano escoge uno, se lo pone sobre la lengua y lo deja deshacerse contra el paladar antes de tender la mano indolentemente hacia otro esclavo que le rocia los dedos con agua perfumada y se los seca con diligencia. El ritual se repite veinte, treinta veces mientras las delegaciones desfilan. Representan a los barrios de la ciudad, principalmente Asfizan, Panijin, Zagrimax, Maturid, las corporaciones de los bazares y las de los oficios, caldereros, comerciantes de papel, sericultores o aguadores, asi como las comunidades protegidas, judios, guebros y cristianos nestorianos. Todos comienzan por besar el suelo, luego se levantan, saludan de nuevo con una prolongada zalema hasta que el monarca les da la senal de incorporarse. Entonces su portavoz pronuncia algunas frases y se retiran todos andando hacia atras; en efecto, esta prohibido volver la espalda al soberano antes de haber salido de la habitacion. Una curiosa practica. ?La habria introducido un monarca demasiado cuidadoso de su respetabilidad? ?Algun visitante particularmente desconfiado? A continuacion se acercan los dignatarios religiosos, esperados con curiosidad y tambien con recelo. Son mas de veinte. Abu Taher no ha tenido dificultad en convencerlos de que vinieran. Desde el momento en que han manifestado ampliamente su resentimiento, perseverar por ese camino seria buscar el martirio, lo que ninguno de ellos desea. Alli estan, presentandose ante el trono e inclinandose lo mas profundamente posible, cada uno segun su edad y sus articulaciones, esperando una senal del principe para incorporarse. Pero la senal no llega. Pasan diez minutos. Luego veinte. Ni siquiera los mas jovenes pueden permanecer indefinidamente en una postura tan incomoda. Sin embargo, ?que hacer? Incorporarse sin haber sido autorizado a ello seria designarse para la venganza del monarca. Uno despues de otro caen de rodillas, actitud igualmente respetuosa y menos agotadora. Solo cuando la ultima rotula ha tocado tierra, el soberano hace la senal de levantarse y retirarse sin discurso. Nadie se asombra del cariz que han tomado los acontecimientos; es el precio que hay que pagar, esta en el orden de las cosas del reino. A continuacion se acercan unos oficiales turcos y grupos de notables, asi como algunos _dihkans_ , hidalguelos de los pueblos vecinos; besan el pie del soberano, su mano o su hombro, cada uno segun su rango. Luego se adelanta un poeta y recita una pomposa elegia a gloria del monarca, quien pronto se muestra ostensiblemente aburrido. Le interrumpe con un gesto, hace una senal al chambelan para que se incline y le da la orden que debe transmitir. – Nuestro senor hace saber a los poetas aqui presentes que esta harto de oir repetir siempre los mismos temas y no quiere que se le siga comparando con un leon, ni con un aguila y aun menos con el sol. Que los que no tengan otra cosa que decir, se vayan. V A las palabras del chambelan siguen murmullos, risas contenidas: todo un tumulto se produce entre los veinte poetas aproximadamente que esperaban su turno y algunos incluso dan dos pasos hacia atras antes de eclipsarse discretamente. Solo una mujer sale de la fila y se acerca con paso firme. Interrogado con la mirada por Omar, el cadi cuchichea: – Una poetisa de Bujara; la llaman Yahan. Yahan, como el vasto mundo. Es una joven viuda con amores tumultuosos. El tono es reprobador, pero el interes de Omar se agudiza aun mas por ello y no puede apartar su mirada de Yahan. Esta se ha levantado ya el velo dejando al descubierto unos labios sin afeites; declama un poema agradablemente compuesto en el que, cosa extrana, no se menciona ni una sola vez el nombre del kan. No, se elogia sutilmente el rio Sogd que dispensa sus beneficios a Samarcanda tanto como a Bujara y va a perderse el desierto, ya que ningun mar es digno de recibir su agua. – Has hablado bien. Que tu boca se llene de oro -dice Nasr, repitiendo la formula que le es habitual. La poetisa se inclina sobre una gran bandeja de dinares de oro y comienza a introducirse las monedas en la boca una a una, mientras los asistentes las van contando en voz alta. Cuando Yahan reprime un hipo a punto de atragantarse, la corte entera, con el monarca a la cabeza, suelta la carcajada. El chambelan hace una sena a la poetisa para que vuelva a su sitio; se han contado cuarenta y seis dinares. Solo Jayyam no rie. Con los ojos fijos en Yahan intenta comprender sus sentimientos hacia ella; su poesia es tan pura, su elocuencia tan digna, su intervencion tan valiente… y sin embargo ahi esta, atiborrada de metal amarillento, entregandose a esa humillante recompensa. Antes de bajarse el velo, lo levanta algo mas, liberando una mirada que Omar recoge, aspira y quisiera retener. Instante inapreciable para la multitud y eternidad para el amante. El tiempo tiene dos caras, se dice Jayyam, tiene dos dimensiones; la longitud va al ritmo del sol, la densidad al ritmo de las pasiones. El cadi interrumpe ese momento bendito entre todos; da unos golpecitos en el brazo de Jayyam, que se vuelve. Demasiado tarde, la mujer ha desaparecido, ya no es mas que velos. Abu Taher quiere presentar a su amigo al kan y guarda las formas: – Vuestro augusto techo ampara en este dia al sabio mas grande de Jorasan, Omar Jayyam. Para el las plantas no tienen secretos, las estrellas no tienen misterio. No es una casualidad que el cadi haya distinguido la medicina y la astrologia entre las numerosas disciplinas en las que Omar destaca; siempre han gozado del favor de los principes, la primera por esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su fortuna. El principe se muestra complacido, dice que se siente honrado, pero no esta de humor para entablar una conversacion erudita y, equivocandose aparentemente sobre las intenciones del visitante, juzga oportuno reiterar su formula preferida. – ?Que su boca se llene de oro! Omar esta desconcertado y reprime un respingo. Abu Taher se da cuenta y se inquieta. Temiendo que una negativa ofenda al soberano, mira a su amigo grave e insistentemente y le empuja por los hombros. En vano, Jayyam ha tomado su decision: – Que Su Grandeza se digne excusarme, estoy en periodo de ayuno y no puedo llevarme nada a la boca. – ?Sin embargo, el mes de ayuno se termino hace tres semanas, si no me equivoco! – En la epoca del _ramadan_ yo estaba de viaje de Nisapur a Samarcanda, por lo tanto tuve que suspender el ayuno, haciendo la promesa de recuperar mas tarde los dias perdidos. El cadi se asusta, la asistencia se agita, el rostro del soberano es ilegible. Se decide por interrogar a Abu Taher: – Tu que estas enterado de todas las minuciosidades de la fe, ?puedes decirme si _jawaye_ Omar romperia el ayuno por introducirse unas monedas de oro en la boca escupiendolas enseguida? El cadi adopta el mas neutro de los tonos: – Estrictamente hablando, lo que entra por la boca puede constituir una ruptura del ayuno. Y ha sucedido que se traguen una moneda por error. Nasr admite el argumento, pero no se queda satisfecho e interroga a Omar: – ?Me has dado la verdadera razon de tu negativa? Jayyam duda un momento y luego dice: – No es la unica razon. – Habla -dice el kan-, no tienes nada que temer de mi. Entonces Omar pronuncia estos versos: ?Es la pobreza lo que me ha conducido hasta ti? Nadie es pobre si sabe conservar sus deseos sencillos. No espero nada de ti, sino que me honres, si sabes honrar a un hombre recto y libre. – ?Que Dios ensombrezca tus dias, Jayyam! -murmura Abu Taher para si mismo. No piensa lo que dice, pero su miedo es real. Aun resuena en sus oidos el eco de una demasiado reciente colera y no esta seguro de poder domar a la fiera una vez mas. El kan permanece silencioso, inmovil, como petrificado por una insondable deliberacion; sus allegados esperan su primera palabra como un veredicto, algunos cortesanos prefieren marcharse antes de la tormenta. Omar aprovecha el desconcierto general para buscar con los ojos a Yahan; esta apoyada en una columna con el rostro oculto entre las manos. – ?Sera por el por quien ella tambien tiembla? Al fin el kan se levanta. Camina resueltamente hacia Omar, le da un fuerte abrazo, le toma la mano y se lo lleva con el. «El senor de Transoxiana», cuentan las cronicas, «tenia tal estima por Omar Jayyam que lo invitaba a sentarse cerca de el en el trono.» – Ahora ya eres amigo del kan -lanza Abu Taher en cuanto abandonan el palacio. Su jovialidad esta a la medida de la angustia que ha secado su garganta, pero Jayyam responde friamente: – ?Has olvidado el proverbio que reza asi: «El mar no tiene vecinos, el principe no tiene amigos»? – No desprecies la puerta que se abre. ?Tu carrera me parece trazada en la corte! – La vida de la corte no es para mi; mi unico sueno, mi unica ambicion es tener algun dia un observatorio, con un jardin de rosas y contemplar el cielo hasta perderme en el, con una copa en la mano y una hermosa mujer a mi lado. – ?Hermosa como esa poetisa? -rie burlonamente Abu Taher. Omar no tiene otra cosa en la mente, pero se calla. Teme traicionarse a la menor palabra que se le escape. Sintiendose un poco frivolo, el cadi cambia de tono y de tema: – Tengo que pedirte un favor. – Eres tu quien me colma de favores. – ?Lo admito! -concede rapidamente Abu Taher-. Digamos que quisiera algo a cambio. Han llegado ante el portico de su residencia y le invita a proseguir su conversacion en torno a una mesa bien surtida. – He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro. Olvidemos un momento tus _ruba'iyyat._ Para mi eso solo son los inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son la medicina, la astrologia, las matematicas, la fisica, la metafisica. ?Estoy en un error si digo que desde la muerte de lbn Sina nadie los conoce mejor que tu? Jayyam no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue: – Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el libro ultimo y ese libro quiero que me lo dediques. – No pienso que haya un libro ultimo en esos campos y precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender, sin escribir nada yo mismo. – ?Explicate! – Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendran despues de mi para contradecirme. ?Que quedara manana de los escritos de los sabios? Solamente las criticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que destruyeron de la teoria de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos sera indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan despues. Esta es la ley de la ciencia; la poesia no conoce semejante ley, no niega jamas aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamas la niega, atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis _ruba'iyyat_ . ?Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema poesia: con las matematicas, el vertigo embriagador de los numeros; con la astronomia, el enigmatico susurro del universo. Pero ?por favor, que no me hablen de verdad! Se calla un instante, pero prosigue inmediatamente. – Me he paseado por los alrededores de Samarcanda y he visto ruinas con inscripciones que nadie sabe ya descifrar, y me he preguntado: ?Que queda de la ciudad que antano se elevaba aqui? No hablemos de los hombres, son las mas efimeras de las criaturas, pero ?que queda de su civilizacion? ?Que reino ha subsistido, que ciencia, que ley, que verdad? Nada. Por mas que he rebuscado en esas ruinas, no he podido descubrir mas que un rostro grabado en un cascote de ceramica y un fragmento de pintura en una pared. Eso es lo que seran mis miserables poemas dentro de mil anos, cascotes, fragmentos, ruinas de un mundo enterrado para siempre. Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que habra posado sobre ella un poeta medio borracho. – Comprendo tus palabras -balbucea Abu Taher un poco desconcertado-. Sin embargo, ?no querras dedicar a un cadi chafeita unos poemas que huelan a vino! De hecho, Omar sabra mostrarse conciliador y, lleno de gratitud, aguara su vino, por decirlo asi. Durante los meses siguientes comienza la redaccion de un libro muy importante consagrado a las ecuaciones cubicas. Para presentar la incognita en ese tratado de algebra, Jayyam utiliza el termino arabe _shay_ , que significa «cosa»; esta palabra, escrita _xay_ en las obras cientificas espanolas, ha sido reemplazada progresivamente por su primera letra, «x», que se ha convertido en el simbolo universal de la incognita. Terminado en Samarcanda, el libro de Jayyam esta dedicado a su protector: «Somos victimas de una epoca en la que los hombres de ciencia estan desacreditados y muy pocos entre ellos tienen la posibilidad de consagrarse a una verdadera investigacion… Los escasos conocimientos que tienen los sabios de hoy estan dedicados a la persecucion de fines materiales… Por lo tanto habia perdido la esperanza de encontrar en este mundo a un hombre que estuviera interesado tanto por la ciencia como por las cosas del mundo y que se preocupara sinceramente por el destino del genero humano, hasta que Dios me concedio la gracia de conocer al gran cadi, el iman Abu Taher. Sus favores me han permitido consagrarme a estos trabajos.» Cuando esa noche vuelve al pabellon que le servira de ahi en adelante de casa, Jayyam renuncia a llevarse una lampara, pensando que es demasiado tarde para leer o escribir. Sin embargo, su camino esta apenas iluminado por la luna, mortecina luz de cuarto creciente en ese fin del mes de _xawwal_ . En cuanto se aleja de la villa del cadi, avanza a tientas, tropieza mas de una vez, se agarra a los arbustos y recibe en plena cara la aspera caricia de un sauce lloron. Apenas llega a su habitacion, una voz, un dulce reproche: – Te esperaba mas temprano. ?Es por haber pensado tanto en esa mujer por lo que ahora cree oirla? De pie, ante la puerta que cierra lentamente, busca con los ojos una silueta. En vano. Solo la voz le llega de nuevo, audible pero como entre brumas: – Guardas silencio, te niegas a creer que una mujer haya osado violar asi tu habitacion. En palacio nuestras miradas se cruzaron, un fulgor las unio, pero el kan estaba alli, y el cadi y toda la corte, y tu mirada huyo. Como tantos hombres, escogiste no detenerte. ?Para que desafiar al destino, para que granjearte la ira del principe por una simple mujer, una viuda que solo te aportaria como dote una lengua acerada y una dudosa reputacion? Omar se siente encadenado por alguna fuerza misteriosa y no consigue moverse ni despegar los labios. – No dices nada -comprueba Yahan, ironica pero enternecida-. Mala suerte, continuare hablando sola; por otra parte he sido yo la que hasta ahora ha hecho todo. Cuando abandonaste la corte hice algunas preguntas con respecto a ti, me entere de donde vivias y dije que iba a alojarme en casa de una prima casada con un rico negociante de Samarcanda. Por lo general, cuando me desplazo con la corte suelo dormir con el haren; tengo alli algunas amigas que aprecian mi compania y estan avidas de las historias que les cuento. No ven en mi a una rival, saben que no aspiro a convertirme en la mujer del kan. Habria podido seducirlo, pero he tratado demasiado a las esposas de los reyes para que me tiente semejante destino. ?Para mi la vida es tanto mas importante que los hombres! Ahora bien, mientras sea la mujer de otro o de nadie, el soberano consiente en que me exhiba en su _divan_ con mis versos y mis risas. Si alguna vez pensara en casarse conmigo, empezaria por encerrarme. Emergiendo con dificultad de su torpor, Omar no capta nada del discurso de Yahan y cuando se decide a pronunciar sus primeras palabras se dirige menos a ella que a si mismo o a una sombra: – Cuantas veces, adolescente, y mas tarde, despues de la adolescencia, me he cruzado con una mirada, con una sonrisa; por la noche sonaba que esa mirada se convertia en presencia, se hacia carne, mujer, deslumbramiento en la oscuridad. Y de pronto, entre las sombras de esta noche, en este pabellon irreal, en esta ciudad irreal, estan aqui, mujer, bella, poetisa por anadidura, ofreciendote a mi. Ella rie. – ?Ofreciendome? ?Tu que sabes! No me has rozado, no me has visto y sin duda no me veras, puesto que partire mucho antes de que el sol me expulse. En la densa oscuridad un largo y confuso frufru de seda, un perfume. Omar contiene la respiracion, su piel esta alerta; no puede contener una pregunta con la ingenuidad de un colegial: – ?Llevas aun tu velo? – No llevo mas velo que la noche. VI U na mujer, un hombre, el pintor anonimo los ha imaginado de perfil, tendidos, abrazados; ha borrado las paredes del pabellon para prepararles un lecho de hierbas bordeado de rosas y que a sus pies corriera un riachuelo plateado. A Yahan la ha representado con los senos bien perfilados de una divinidad hindu. Omar le acaricia el cabello y con la otra mano sostiene una copa. Todos los dias, en palacio, se cruzan y evitan mirarse por temor a traicionarse. Cada noche Jayyam se apresura hacia el pabellon para esperar a su amada. ?Cuantas noches les otorgara el destino? Todo depende del soberano. Cuando se marche, Yahan lo seguira. Pero el principe no anuncia nada de antemano. Una manana saltara sobre su caballo de batalla, nomada e hijo de nomada, y tomara el camino de Bujara, de Kix o de Penyikent; la corte perdera la cabeza por alcanzarlo. Omar y Yahan temen ese momento, cada beso tiene el sabor del adios, cada abrazo es una huida sin aliento. Una noche entre otras, aunque una de las mas sofocantes del verano, Jayyam sale a la terraza del pabellon a esperar a Yahan; muy cerca de el le parece oir las risas de los guardias del cadi y se preocupa, aunque sin motivo, puesto que Yahan llega y le tranquiliza; nadie se ha dado cuenta de su presencia. Se besan primero furtivamente, luego con mas insistencia, es su manera de terminar el dia de los demas y de comenzar su noche. – ?Cuantos amantes crees que habra en esta ciudad que en este instante se encuentran como nosotros? Es Yahan la que cuchichea con picardia. Omar se ajusta con aire docto su gorro de noche, hincha las mejillas y ahueca la voz: – Veamos el asunto detenidamente: si excluimos a las esposas que se aburren, a las esclavas que obedecen, a las prostitutas que se venden o se alquilan, a las virgenes que suspiran, ?cuantas mujeres quedan, cuantas amantes iran esta noche al encuentro del hombre que han elegido? Igualmente ?cuantos hombres duermen junto a la mujer que aman, una mujer sobre todo que se entregue a ellos por otra razon que no sea la de no poder evitarlo? Quien sabe… quiza no haya esta noche en Samarcanda mas que una amante, quiza solo haya un amante. Diras, ?por que tu?, ?por que yo? Porque Dios nos ha hecho amantes como ha hecho venenosas a algunas flores. El rie, y ella deja correr las lagrimas. – Entremos y cerremos la puerta, podrian oir nuestra felicidad. Muchas caricias despues, Yahan se incorpora, se cubre a medias y separa dulcemente a su amante. – Tengo que confesarte un secreto. Me lo ha dicho la esposa de mayor edad del kan. ?Sabes por que esta en Samarcanda? Omar la interrumpe. Piensa que es algun cotilleo de haren. – Los secretos de los principes no me interesan, queman los oidos de los que los oyen. – Escuchame primero, ese secreto tambien nos pertenece puesto que puede cambiar completamente nuestra vida. Nasr Kan ha venido a inspeccionar las fortificaciones. Al final del verano, cuando la canicula haya pasado, espera un ataque del ejercito selyuqui. Jayyam conoce a los selyuquies, pueblan sus primeros recuerdos de la infancia. Mucho antes de convertirse en los amos del Asia musulmana se habian aduenado de su ciudad natal, dejando por generaciones el recuerdo de un Gran Miedo. Esto sucedia diez anos antes de su nacimiento. Los habitantes de Nisapur se habian despertado una manana con su ciudad totalmente rodeada por los guerreros turcos. A la cabeza de ellos dos hermanos, Togrul Beg «el Halcon» y Xagri Beg «el Gavilan», hijos de Mikael, hijo de Selyuq, por aquel entonces oscuros jefes de clan, nomadas recientemente convertidos al Islam. Los dignatarios de la ciudad recibieron este mensaje. «Se dice que vuestros hombres son altivos y que el agua fresca corre en vuestra ciudad por canales subterraneos. Si intentais resistiros, vuestros canales pronto estaran a cielo abierto y vuestros hombres estaran bajo tierra.» Fanfarronadas, frecuentes en el momento de los asedios. Sin embargo, los dignatarios de Nisapur se apresuraron a capitular a cambio de la promesa de que los habitantes salvarian la vida, sus bienes, sus casas y sus huertos, y sus canales serian respetados. Pero ?que valen las promesas de un vencedor? En cuanto la tropa entro en la ciudad, Xagri quiso soltar a sus hombres por las calles y en el bazar. Togrul se opuso alegando que estaban en el mes del ramadan y no se podia saquear una ciudad del Islam durante el periodo de ayuno. El argumento surtio efecto, pero Xagri no depuso las armas. Unicamente se resigno a esperar que la poblacion no estuviera ya en estado de gracia. Cuando el conflicto que separaba a los dos hermanos llego a oidos de los ciudadanos, cuando comprendieron que al comienzo del siguiente mes serian abandonados al pillaje, a la violacion y a la matanza, vino el Gran Miedo. Peor que la violacion es la violacion anunciada, la espera pasiva, humillante, el monstruo ineluctable. Las tiendas se vaciaban, los hombres se escondian, sus mujeres y sus hijas los veian llorar de impotencia. ?Que hacer? ?Como huir? ?Por que camino? El invasor estaba en todas partes, sus soldados de cabellos trenzados merodeaban por el bazar del Gran Cuadrado, por los barrios y los arrabales, por las inmediaciones de la Puerta Quemada, constantemente borrachos, al acecho de un rehen, de un botin, sus hordas incontroladas infestaban los campos vecinos. ?No se desea de ordinario que el ayuno termine y llegue el dia de la fiesta? Ese ano se hubiera deseado que el ayuno se prolongara hasta lo infinito, que la fiesta de la Ruptura no llegara jamas. Cuando aparecio el creciente del nuevo mes, nadie penso en regocijos, nadie penso en matar el cordero, la ciudad entera tenia la impresion de ser un gigantesco cordero cebado para el sacrificio. Miles de familias pasaron la noche que precede a la fiesta, esa noche del Decreto en la que conceden todos los deseos, en las mezquitas y los mausoleos de los santos, refugios precarios; noche de agonia, de lagrimas y de oraciones. Mientras tanto, en la ciudadela estallaba una tormentosa discusion entre los hermanos selyuquies. Xagri gritaba que a sus hombres no se les habia pagado desde hacia meses, que solo habian aceptado luchar porque se les habia prometido dejarles las manos libres en esa opulenta ciudad, que estaban al borde de la rebelion y que el, Xagri, no podria contenerlos por mas tiempo. Togrul hablaba otro lenguaje: – Solo estamos en la frontera de nuestras conquistas. ?Quedan aun tantas ciudades que conquistar! Ispahan, Shiraz, Rayy, Tabriz ?y otras mucho mas alla! Si saqueamos Nisapur despues de su rendicion, despues de todas nuestras promesas, ninguna puerta se abrira ya ante nosotros, ninguna guarnicion flaqueara. – ?Como podriamos conquistar todas esas ciudades con las que suenas si perdemos nuestro ejercito, si nuestros hombres nos abandonan? Los mas fieles ya se quejan y amenazan con hacerlo. Los dos hermanos estaban rodeados de sus lugartenientes y de los ancianos del clan, y todos al unisono confirmaban las palabras de Xagri. Este, envalentonado, se levanto decidido a terminar: – Hemos hablado demasiado, voy a decir a mis hombres que se lucren con la ciudad. Si tu quieres retener a los tuyos, hazlo; cada uno con sus tropas. Togrul no respondia, no se movia, atormentado por un penoso dilema. De pronto, salto lejos de todos y se apodero e un punal. A su vez Xagri habia desenvainado. Nadie sabia si habia que intervenir o, como de costumbre, dejar a los dos hermanos selyuquies arreglar sus diferencias con la sangre, cuando Togrul grito: – Hermano, no puedo obligarte a obedecerme, no puedo contener a tus hombres, pero si los sueltas sobre la ciudad me clavare este punal en el corazon. Y diciendo esto, apunto el arma, cuya empunadura sostenia con las dos manos, hacia su propio pecho. El hermano dudo poco; avanzo hacia el con los brazos abiertos y, despues de un largo abrazo, prometio no contrariar mas su voluntad. Nisapur se habia salvado, pero nunca olvidaria el Gran Miedo del _ramadan_ . VII – A si son los selyuquies -observa Jayyam-, saqueadores incultos y soberanos perspicaces, capaces de mezquindades y de gestos sublimes. Togrul Beg, sobre todo, tenia el temple de un fundador de imperios. Yo tenia tres anos cuando tomo Ispahan y diez cuando conquisto Bagdad, imponiendose como protector del califa y obteniendo de el el titulo de «sultan, rey del Oriente y del Occidente», casandose incluso a los setenta anos con la propia hija del Principe de los Creyentes. Al decir esto, Omar se muestra admirativo, algo solemne quiza, pero Yahan suelta una carcajada muy irrespetuosa. El la mira severo, ofendido, sin comprender esa subita hilaridad; ella se disculpa y se explica: – Cuando hablaste de esa boda me acorde de lo que me habian contado en el haren. Omar recuerda vagamente el episodio, del que Yahan ha memorizado con avidez cada detalle. En efecto, al recibir el mensaje de Togrul pidiendole la mano de su hija Sayyeda, el califa se habia puesto livido. Apenas se retiro el emisario del sultan, exploto: – ?Ese turco recien salido de su tienda! ?Ese turco cuyos padres, ayer aun, se prosternaban ante no se que idolo y pintaban en sus estandartes un hocico de cerdo! ?Como se atreve a pedir en matrimonio a la hija del Principe de los Creyentes, nacida del mas alto linaje? Si temblaba asi, con todos sus augustos miembros, era porque sabia que no podria esquivar la peticion. Despues de meses de dudas y dos mensajes de recuerdo, termino por formular una respuesta. Uno de sus ancianos consejeros fue el encargado de transmitirla; partio para la ciudad de Rayy, cuyas ruinas son aun visibles en los alrededores de Teheran. La corte de Togrul estaba alli. El emisario del califa fue recibido en primer lugar por el visir, que lo abordo con estas palabras: – El sultan se impacienta y me atosiga; me alegro de que al fin hayas venido con la respuesta. – Te alegraras menos cuando la hayas oido: el Principe de los Creyentes os ruega que le disculpeis, pero no puede acceder a la peticion que ha sido elevada hasta el. El visir no se mostro muy afectado y continuo pasando las cuentas de su pasatiempo de jade. – Asi que -dijo-, vas a atravesar ese pasillo, vas a cruzar esa gran puerta, y anunciar al senor de Iraq, de Fars, de Jorasan y de Azerbeiyan, al conquistador de Asia, a la espada que defiende la verdadera religion, al protector del trono abasi: «?No, el califa no te dara a su hija!» Muy bien, ese guardia te conducira. Dicho guardia se presento y el emisario se levantaba para seguirle, cuando el visir prosiguio con voz anodina: – Supongo que como hombre sagaz habras pagado tus deudas, repartido tu fortuna entre tus hijos y casado a todas tus hijas. El emisario volvio a sentarse subitamente agotado. – ?Que me aconsejas? – ?El califa no te ha dado ninguna otra directriz, ninguna posibilidad de arreglo? – Me ha dicho que si verdaderamente no habia ningun medio de escapar de ese matrimonio, querria en compensacion trescientos mil dinares de oro. – Eso ya es una forma mejor de proceder, pero no creo que sea razonable que despues de todo lo que el sultan ha hecho por el califa, despues de haberle traido de nuevo a su ciudad, de donde lo habian expulsado los chiies, despues de haberle restituido sus bienes y sus territorios, se le exija una compensacion. Podriamos llegar al mismo resultado sin ofender a Togrul Beg. Le direis que el califa le concede la mano de su hija y por mi parte aprovechare ese momento de intensa satisfaccion para sugerirle un regalo en dinares digno de tal partido. Y asi se hizo. El sultan, muy excitado, formo un importante cortejo que comprendia al visir, a varios principes, a decenas de oficiales y dignatarios, a mujeres de edad de su parentela con cientos de guardias y esclavos que llevaron a Bagdad regalos de gran valor, alcanfor, mirra, brocado, arcones llenos de pedrerias, asi como cien mil monedas de oro. El califa concedio audiencia a los principales miembros de la delegacion, intercambio con ellos frases corteses, aunque vagas, y luego, una vez a solas con el visir del sultan, le dijo sin rodeos que ese matrimonio no tenia su consentimiento y que si intentaba obligarle a ello abandonaria Bagdad. – Si esa es la postura del Principe de los Creyentes, ?por que propuso un arreglo en dinares? – No podia responder que no con una sola palabra. Esperaba que con mi actitud el sultan comprendiera que no podia obtener de mi semejante sacrificio. A ti te lo puedo decir; los otros sultanes, ya fueran turcos o persas, jamas exigieron semejante cosa de un califa. ?Debo defender mi honor! – Hace algunos meses, cuando presenti que la respuesta podria ser negativa, trate de preparar al sultan para este rechazo y le explique que nadie antes que el habia osado formular tal peticion, que eso no era conforme a las tradiciones y que la gente iba a sorprenderse. Jamas me atrevere a repetir lo que me respondio. – ?Habla, no temas nada! – Que el Principe de los Creyentes me dispense, esas palabras no podran traspasar mis labios jamas. El califa se impacientaba. – ?Habla, te lo ordeno, no me ocultes nada! – El sultan comenzo por insultarme, acusandome de declararme a favor del Principe de los Creyentes contra el… Me amenazo con cargarme de cadenas… El visir balbuceaba a proposito. – Ve derecho al grano, habla, ?que dijo Togrul? – El sultan grito: «?Extrano clan el de esos abasies! Sus antepasados conquistaron la mejor mitad de la tierra, construyeron las ciudades mas florecientes y ?miralos hoy! Les arrebato su imperio y se conforman; les quito su capital y se felicitan; me cubren de regalos y el Principe de los Creyentes me dice: "Te doy todos los paises que Dios me ha dado, pongo en tus manos a todos los creyentes cuyo destino me ha confiado.” Me suplica que ponga bajo el ala de mi proteccion a su palacio, su persona y su haren, pero si le pido a su hija se rebela y quiere defender su honor. ?Los muslos de una virgen! ?Es ese el unico territorio por el que aun esta dispuesto a luchar?» Al califa se le corto la respiracion, no le salian las palabras y el visir aprovecho para concluir el mensaje. – El sultan anadio: «?Ve a decirles que tomare a esa hija como tome este imperio, como tome Bagdad!» VIII Y ahan relata detalladamente y con una culpable delectacion los sinsabores matrimoniales de los grandes de este mundo; renunciando a censurarla, Omar se asocia ahora de buen grado a todas sus mimicas. Y cuando, con picardia, ella amenaza con callarse, el le suplica que continue, ayudandose con caricias, aunque sabe muy bien como termina la historia. Por lo tanto, el Principe de los Creyentes se resigno a decir «si» con la muerte en el alma. En cuanto recibio la respuesta, Togrul emprendio el camino a Bagdad y antes incluso de llegar a la ciudad envio a su visir como explorador, impaciente por saber que disposiciones se habian previsto ya para la boda. Al llegar al palacio califal el emisario tuvo que oir, en terminos muy detallados, que el contrato de matrimonio podia firmarse, pero que la reunion de los dos esposos estaba fuera de toda discusion «visto que lo importante es el honor de la alianza y no el encuentro». El visir estaba exasperado, pero se domino: – Como conozco a Togrul Beg -explico-, puedo aseguraros, sin ningun riesgo de equivocarme, que la importancia que concede al encuentro no es en modo alguno secundaria. De hecho, para insistir en la vehemencia de su deseo, el sultan no dudo en poner sus tropas en estado de alerta, en dividir y controlar Bagdad y en cercar el palacio del califa; este ultimo hubo de rendirse y el «encuentro» tuvo lugar. La princesa se sento sobre un lecho tapizado de oro, Togrul Beg entro en la habitacion, beso el suelo ante ella «y luego la honro», confirman los cronistas, «sin que ella apartara el velo de su rostro, sin que le dijera nada, sin ocuparse de su presencia». Desde entonces el venia a verla todos los dias con ricos presentes y todos los dias la honraba, pero ella no le dejo ver su rostro ni una sola vez. A la salida, despues de cada «encuentro», le esperaban numerosas personas, porque estaba de tan buen humor que concedia todas las peticiones y ofrecia innumerables regalos. De este matrimonio entre la decadencia y la arrogancia no nacio ningun hijo. Togrul murio seis meses despues. Notoriamente esteril, habia repudiado a sus dos primeras esposas acusandolas del mal que le aquejaba a el. Sin embargo, a lo largo de tantas mujeres, esposas o esclavas, tenia que haberse rendido ante la evidencia: si culpa habia, era el el culpable. Habia consultado a astrologos y a curanderos chamanes que le prescribieron que en cada luna llena se tragara el prepucio de un nino recien circunciso. Sin resultado. No tuvo mas remedio que resignarse, pero para evitar que esa dolencia redujera su prestigio ante los suyos se habia forjado una solida reputacion de amante insaciable, arrastrando tras el para el mas corto de los desplazamientos un haren exageradamente abastecido. Sus hazanas eran un tema obligado entre sus allegados y no era raro que sus oficiales, e incluso los visitantes extranjeros, le preguntaran por sus proezas, alabaran su energia nocturna y le pidieran recetas y elixires. Sayyeda se quedo, pues, viuda. Vacio estaba su lecho de oro, pero no se le ocurrio quejarse por ello. Mas grave parecia el vacio de poder; el Imperio acababa de nacer y aunque llevara el nombre del oscuro antepasado Selyuq, su verdadero fundador era Togrul. Su desaparicion sin hijos ?no hundiria en la anarquia al Oriente musulman? Los hermanos, sobrinos y primos eran una legion. Los turcos no tenian en cuenta el derecho de primogenitura ni la regla de sucesion. Muy pronto, sin embargo, un hombre consiguio imponerse: Alp Arslan, hijo de Xagri. En algunos meses consiguio tener ascendiente sobre los miembros del clan, exterminando a unos, comprando el vasallaje de otros. Pronto apareceria a los ojos de sus subditos como un gran soberano, firme y justo. Pero un rumor alimentado por sus rivales iba a perseguirle: mientras que se atribuia al esteril Togrul una desbordante virilidad, Alp Arslan, padre de nueve hijos, tenia, azar de las costumbres y de los rumores, la imagen de un hombre a quien el sexo opuesto atraia poco. Sus enemigos le apodaban «el afeminado» y sus cortesanos evitaban que sus conversaciones se desviaran hacia un tema tan embarazoso. Y fue esa reputacion, merecida o no, la que iba a causar su perdicion, interrumpiendo prematuramente una carrera que se anunciaba fulgurante. Eso, Yahan y Omar no lo saben aun. En el momento en que conversan en el pabellon del jardin de Abu Taher, Alp Arslan, a los treinta y ocho anos, es el hombre mas poderoso de la tierra. Su Imperio se extiende desde Kabul hasta el Mediterraneo, no comparte con nadie su poder, su ejercito le es fiel y tiene por visir al hombre de Estado mas habil de su tiempo, Nizam el-Molk. Sobre todo, Alp Arslan acaba de lograr, en el pequeno pueblo de Malazgerd, en Anatolia, una clamorosa victoria sobre el Imperio Bizantino, cuyo ejercito fue diezmado a la vez que era capturado el emperador. En todas las mezquitas los predicadores alaban sus hazanas y cuentan como, a la hora de la batalla, se revistio con su sudario blanco y se perfumo con las plantas aromaticas de los embalsamadores, como trenzo con su propia mano la cola de su caballo, como pudo sorprender en las inmediaciones de su campo a los exploradores rusos enviados por los bizantinos, como ordeno que les cortaran la nariz, pero tambien como devolvio la libertad al emperador prisionero. Un gran momento para el Islam, sin duda, pero un motivo de grave preocupacion para Samarcanda. Alp Arslan la ha ambicionado siempre e incluso en el pasado intento apoderarse de ella. Unicamente su conflicto con los bizantinos le obligo a pactar una tregua, sellada por alianzas matrimoniales entre las dos dinastias: Malikxah, el hijo primogenito del sultan, obtuvo la mano de Terken Jatun, la hermana de Nasr, y el kan mismo se caso con la hija de Alp Arslan. Pero nadie se engana con esos arreglos. Desde que se entero de la victoria de su suegro sobre los cristianos, el senor de Samarcanda teme lo peor para su ciudad. No se equivoca; los acontecimientos se precipitan. Doscientos mil jinetes selyuquies se disponen a cruzar «el rio», aquel que en ese momento llaman el Yayhun, que los antiguos llamaban el Oxus y que se convertiria en el Amu-Daria. Se necesitaran veinte dias para que el ultimo soldado lo cruce por el bamboleante puente de barcas amarradas. En Samarcanda, la sala del trono esta casi siempre llena, aunque silenciosa como la casa de un difunto. El mismo kan parece apaciguado por la adversidad; ni colera ni gritos, y eso a los cortesanos les abruma. Su soberbia les daba seguridad, aunque fueran sus victimas. Su calma les preocupa, lo sienten resignado, lo juzgan vencido y piensan en su salvacion. ?Huir?, ?traicionar ya?, ?esperar aun?, ?rezar? Dos veces al dia el kan se levanta, seguido en cortejo por sus allegados, e inspecciona un lienzo de muralla, aclamado por los soldados y el populacho. Durante una de esas rondas, unos jovenes ciudadanos tratan de acercarse al monarca. Mantenidos a distancia por los guardias, gritan que estan dispuestos a luchar junto a los soldados, a morir por defender la ciudad, al kan y la dinastia. En vez de alegrarse por su iniciativa, el soberano se irrita, interrumpe su visita y vuelve sobre sus pasos, ordenando a los soldados que los dispersen sin consideraciones. De regreso al palacio, sermonea a sus oficiales: – Cuando mi abuelo, Dios guarde en nosotros el recuerdo de su sabiduria, quiso apoderarse de la ciudad de Balj, los habitantes tomaron las armas en ausencia de su soberano y mataron a un gran numero de nuestros soldados, obligando a nuestro ejercito a retirarse. Mi abuelo escribio entonces una carta de reproche a Mahmud, el senor de Balj: «Estoy de acuerdo con que nuestras tropas se enfrenten, que Dios de la victoria a quien El quiera, pero ?adonde iremos si el vulgo comienza a mezclarse en nuestras disputas?» Mahmud le dio la razon, castigo a sus subditos, les prohibio llevar armas y les obligo a pagar en oro la destruccion causada por el combate. Lo que es valido para los habitantes de Balj lo es aun mas para los de Samarcanda, de naturaleza indomita, y prefiero ir solo, sin armas, ante Alp Arslan, antes que deber mi salvacion a los ciudadanos. Los oficiales son de su misma opinion, prometen reprimir todo celo popular, renuevan su juramento de fidelidad y afirman que lucharan como fieras heridas. No son solo palabras. Las tropas de Transoxiana no son menos valerosas que las de los selyuquies. Alp Arslan solo tiene la ventaja del numero y de la edad. No la suya, se entiende, sino la de su dinastia. Pertenece a la segunda generacion, animada aun por la ambicion fundadora. Nasr es el quinto de su linaje, mucho mas interesado por gozar de lo obtenido que por ampliarlo. A lo largo de esos dias de efervescencia, Jayyam quiere permanecer alejado de la ciudad. Desde luego no puede abstenerse de hacer de vez en cuando una breve aparicion en la corte o en casa del cadi sin que parezca que los abandona en un momento de adversidad. Pero la mayoria de las veces permanece encerrado en su pabellon, ensimismado en sus trabajos o en su libro secreto, cuyas paginas emborrona con empeno, como si la guerra no existiera para el mas que por la indiferente prudencia que le inspira. Solo Yahan le une a las realidades del drama ambiente. Cada noche le cuenta las noticias del frente y los rumores del palacio, que el escucha sin pasion manifiesta. Sobre el terreno, el avance de Alp Arslan es lento. Torpeza de una tropa pletorica, dudosa disciplina, enfermedades, cienagas. Resistencia tambien, a veces encarnizada. Un hombre en particular le hace la vida imposible al sultan; es el comandante de una fortaleza que no esta lejos del rio. El ejercito podria rodearla y proseguir su camino, pero su retaguardia estaria poco segura, los hostigamientos aumentarian y en caso de dificultad la retirada se revelaria peligrosa. Por lo tanto, hay que acabar con ella; Alp Arslan dio la orden hace diez dias y los asaltos se multiplican. Desde Samarcanda se sigue de cerca la batalla. Cada tres dias llega una paloma soltada por los defensores. El mensaje no es nunca una llamada de socorro, no describe el agotamiento de los viveres y de los hombres, solo habla de las perdidas del adversario, de los rumores de epidemias extendidas entre los asaltantes. De la noche a la manana el comandante de la plaza, un tal Yussef, originario de Jwarizin, se convierte en el heroe de Transoxiana. Sin embargo, llega la hora en que el punado de defensores es arrollado, los cimientos de la fortaleza son socavados y las murallas escaladas. Yussef lucha hasta el ultimo suspiro antes de que lo hieran, lo capturen y lo conduzcan ante el sultan, que siente curiosidad por ver de cerca la causa de sus problemas. Le presentan a un hombrecillo reseco, hirsuto, polvoriento. Esta de pie, con la cabeza erguida, entre dos colosos que le sujetan fuertemente por los brazos. Por su parte, Alp Arslan esta sentado, con las piernas cruzadas, sobre un estrado de madera cubierto de almohadones. Los dos hombres se miran con desafio durante un largo rato y luego el vencedor ordena: – ?Que claven cuatro estacas en el suelo, que lo aten a ellas y que lo descuarticen! Yussef mira al otro de arriba abajo con desprecio y grita: – ?Ese es el tratamiento que se le inflige al que ha luchado como un hombre? Alp Arslan no responde y vuelve la cara. El prisionero lo increpa: – ?Tu, el Afeminado! ?Es a ti a quien hablo! El sultan se sobresalta como picado por un escorpion. Coge su arco, que esta a su lado, coloca una flecha y antes de tirar ordena a los guardias que suelten al prisionero. No puede tirar sobre un hombre sujeto sin riesgo de herir a sus propios soldados. De todos modos no teme nada, nunca ha errado el blanco. ?Es el nerviosismo extremo, la precipitacion, la dificultad de tirar a una distancia tan corta? Lo cierto es que Yussef no ha sido herido, que el sultan no tiene tiempo de disparar una segunda flecha y que el prisionero se precipita sobre el. Y Alp Arslan, que no puede defenderse si permanece encaramado en su pedestal, intenta bajarse, se engancha los pies con un almohadon, tropieza y cae al suelo. Yussef esta ya sobre el, sosteniendo en la mano el cuchillo que guardaba escondido entre sus ropas. Tiene tiempo de atravesarle el costado antes de morir el mismo de un mazazo. Los soldados se encarnizan sobre el cuerpo inerte, despedazado. Pero conserva en sus labios una sonrisa socarrona que la muerte petrifica. Se ha vengado; el sultan apenas le sobrevivira. En efecto, Alp Arslan morira al cabo de cuatro noches de agonia. De agonia lenta y de amarga meditacion. Los cronistas de la epoca recogieron sus palabras: «El otro dia pasaba revista a mis tropas desde lo alto de un promontorio cuando senti la tierra temblar bajo mis pasos y me dije: ?Soy el amo del mundo! ?Quien podria compararse conmigo? Por mi arrogancia, por mi vanidad, Dios me ha enviado al mas miserable de los humanos, un vencido, un prisionero, un condenado camino del suplicio; se ha revelado mas poderoso que yo, me ha herido, me ha derribado de mi trono, me ha quitado la vida.» Al dia siguiente de ese drama, Omar Jayyam habria escrito en su libro: De vez en cuando, un hombre se yergue en este mundo despliega su fortuna y proclama: ?Soy yo! Su gloria vive el espacio de un sueno agrietado, ya la muerte se yergue y proclama: ?Soy yo! IX E n Samarcanda en fiestas, una mujer se atreve a llorar: esposa del kan que triunfa, es tambien y sobre todo hija del sultan apunalado. Ciertamente, su marido ha ido a darle el pesame, ha ordenado que todo el haren lleve luto y ha mandado azotar ante ella a un eunuco que demostraba demasiada alegria. Pero de regreso a su _divan_ no duda en repetir a sus allegados que «Dios ha oido las oraciones de la gente de Samarcanda». Se puede pensar que en esa epoca los habitantes de una ciudad no tenian ninguna razon para preferir un soberano turco a otro. Sin embargo, rezaban porque lo que temian era el cambio de amo, con su cortejo de matanzas y sufrimientos y sus inevitables saqueos y depredaciones. Tenia el monarca que superar todo limite, someter a la poblacion a unos impuestos excesivos, a perpetuas vejaciones, para que llegaran a desear que otro los conquistara. No era ese el caso con Nasr. Si no era el mejor de los principes, desde luego no era el peor. Se las arreglaban con el e invocaban al Altisimo para que limitara sus excesos. Por lo tanto, se celebra en Samarcanda el haber evitado la guerra. La inmensa plaza de Ras el-Tak rebosa de gritos y entusiasmo. En cada pared se apoya la mercancia de un vendedor ambulante. En cada farola se improvisa una cancion, unos rasgueos de laud. Mil corros de curiosos se hacen y deshacen en torno a los narradores, los quiromanticos, los encantadores de serpientes. En el centro de la plaza, sobre un estrado provisional y bamboleante tiene lugar la tradicional justa de poetas populares que celebran a Samarcanda la incomparable, a Samarcanda la inconquistable. El juicio del publico es instantaneo. Unas estrellas suben, otras declinan. Por todas partes arden fogatas. Estamos en diciembre y las noches son ya rigurosas. En el palacio las jarras de vino se vacian, se rompen, el kan tiene el vino alegre, ruidoso, conquistador. Al dia siguiente ordena que recen en la gran mezquita la oracion del ausente y luego recibe el pesame por la muerte de su suegro. Los mismos que la vispera habian acudido para felicitarle por su victoria, vuelven con rostro apesadumbrado para expresarle su afliccion. El cadi, que ha recitado algunos versiculos de circunstancias e invitado a Omar a hacer lo mismo, cuchichea al oido de este ultimo. – No te asombres de nada, la realidad tiene dos caras, los hombres tambien. Esa misma noche, Nars Kan convoca a Abu Taher y le pide que se una a la delegacion encargada de ir a presentar los respetos de Samarcanda al sultan difunto. Omar forma parte del cortejo, verdad es que junto a otras ciento veinte personas. El lugar de las condolencias es un antiguo campamento del ejercito selyuqui, situado justo al norte del rio. Miles de tiendas y de barracas se alzan alrededor, verdadera ciudad improvisada donde los dignos representantes de Transoxiana se codean con desconfianza con los guerreros nomadas de largos cabellos trenzados que han venido a renovar el vasallaje de su clan. Malikxah, diecisiete anos, coloso con rostro de nino, cubierto con un amplio abrigo de caracul, se pavonea sobre un pedestal, el mismo que vio caer a su padre Alp Arslan. De pie a algunos pasos de el se encuentra el gran visir, el hombre fuerte del Imperio, de cincuenta y cinco anos, a quien Malikxah llama «padre», signo de extrema deferencia, y a quien los demas nombran por su titulo, Nizam el-Molk, Orden del Reino. Jamas un apodo ha sido tan merecido. Cada vez que un visitante de importancia se acerca, el joven sultan consulta con la mirada a su visir, que le indica con una imperceptible sena si debe mostrarse amable o reservado, sereno o desconfiado, solicito o ausente. La delegacion de Samarcanda al completo se prosterna a los pies de Malikxah, que se da por enterado con un movimiento de cabeza condescendiente; luego cierto numero de notables se separa del grupo para dirigirse hacia Nizam. El visir, impasible, los mira y los escucha sin reaccionar, mientras sus colaboradores se agitan a su alrededor. No hay que imaginarselo como senor vociferante del palacio. Si es omnipresente lo es mas bien como el que mueve unas marionetas y con discretos toques imprime a los otros los movimientos que el desea. Sus silencios son proverbiales. No es raro que un visitante pase una hora en su presencia sin intercambiar otras palabras que las formulas de saludo y de despedida. Porque no se le visita necesariamente para conversar con el, se le visita para renovar el vasallaje, para disipar sospechas, para evitar el olvido. Asi, doce personas de la delegacion de Samarcanda han obtenido el privilegio de estrechar la mano que sujeta el timon del Imperio. Omar va pisandole los talones al cadi, Abu Taher balbucea una formula. Nizam mueve la cabeza y retiene su mano en la suya algunos segundos. El cadi se siente honrado. Cuando llega el turno de Omar, el visir se inclina hasta su oido y murmura: – En este dia del proximo ano ven a Ispahan. Hablaremos. Jayyam no esta seguro de haber oido bien, siente como una confusion en su mente. El personaje le intimida, el ceremonial le impresiona, la algarabia le marca, los gritos de las planideras le aturden; ya no se fia de sus sentidos, querria una confirmacion, una precision, pero ya la multitud le empuja, el visir mira hacia otra parte, comienza de nuevo a mover la cabeza en silencio. Durante el camino de regreso, Jayyam no cesa de rumiar el incidente. ?Es el unico a quien el visir ha susurrado unas palabras? ?No lo habra confundido con otro? ?Y por que una cita tan lejana en el tiempo y en el espacio? Se decide a hablar de ello al cadi. Puesto que este se encontraba justo delante de el, ha podido oir, sentir, incluso adivinar algo. Abu Taher le deja contar la escena antes de reconocer malicioso: – Me di cuenta de que el visir te cuchicheaba algunas palabras, no las oi, pero puedo asegurarte que no te confundio con otro. ?Viste todos esos colaboradores que le rodeaban? Tienen por mision informarse de la composicion de cada delegacion, de soplarle el nombre y la calidad de aquellos que van hacia el. Me preguntaron tu nombre, se aseguraron de que eras realmente el Jayyam de Nisapur, el sabio, el astrologo, no hubo ninguna confusion sobre su identidad. Por otra parte, con Nizam el-Molk no hay nunca otra confusion que la que el juzga oportuno crear. El camino es llano, pedregoso. A la derecha, muy lejos, una linea de altas montanas, las estribaciones de Pamir. Jayyam y Abu Taher cabalgan uno al lado del otro, sus monturas se rozan sin cesar. – ?Y que puede querer de mi? – Para saberlo tendras que esperar un ano. Hasta entonces te aconsejo que no te pierdas en conjeturas, la espera es demasiado larga, te agotarias. ?Y sobre todo no se lo cuentes a nadie! – ?Tengo la costumbre de ser indiscreto? El tono es de reproche. El cadi no se altera: – Quiero ser claro. ?No se lo cuentes a esa mujer! Omar hubiera debido figurarselo; las visitas de Yahan no podian repetirse tanto sin que nadie lo notara. Abu Taher prosigue: – Desde vuestro primer encuentro, los guardias vinieron a advertirme. Invente una historia complicada para justificar sus visitas, ordene que no se la viera pasar y prohibi que fueran a despertarte por las mananas. No lo dudes ni un momento, ese pabellon es tu casa, quiero que lo sepas hoy y manana, pero tengo que hablarte de esa mujer. Omar se siente molesto. No le gusta nada la manera que tiene su amigo de decir «esa mujer» y no tiene ningun deseo de discutir sus amores. Aunque calle ante su companero de mas edad, su rostro se cierra ostensiblemente. – Se que mis palabras te disgustan, pero te dire hasta el final lo que tengo que decirte, y si nuestra amistad demasiado reciente no me da ese derecho, mi edad y mi funcion lo justifican. Cuando viste a esa mujer por primera vez en el palacio la miraste con deseo. Es joven y bella, su poesia te gusto y su audacia hizo que te ardiese la sangre. Sin embargo, frente al oro vuestras actitudes fueron diferentes. Ella se atiborro de lo que a ti te repugnaba. Ella actuo como una poetisa de la corte, tu como un hombre sabio. ?Hablaste con ella de esto despues? La respuesta es no y, aunque Omar no ha dicho nada, Abu Taher la ha oido perfectamente. Prosigue: – Con frecuencia, al principio de una relacion se evitan los temas delicados, se teme destruir ese fragil edificio que se acaba de elevar con mil precauciones, pero para mi lo que te separa de esa mujer es grave, esencial. No mirais la vida de la misma manera. – Es una mujer y ademas es viuda. Se esfuerza por subsistir sin depender de un amo, no puedo por menos de admirar su valor. ?Y como reprocharle coger el oro que sus versos merecen? – Lo comprendo -dice el cadi, satisfecho de haber conseguido arrastrar a su amigo a esa discusion-. Pero ?admites al menos que esa mujer seria incapaz de llevar otra vida que la de la corte? – ?Quiza? – ?Admites que para ti la vida de la corte es odiosa, insoportable y que no vivirias asi ni un instante mas de lo necesario? Se produce un silencio embarazoso. Abu Taher termina por declarar preciso, firme: – Te he dicho lo que debias oir de un verdadero amigo. Desde ahora no tocare mas este tema, a menos que seas tu el primero en hacerlo. X C uando llegan a Samarcanda estan agotados por el frio, el traqueteo de sus cabalgaduras y el malestar que se ha instalado entre ellos. Inmediatamente Omar se retira a su pabellon sin detenerse a cenar. Durante el viaje ha compuesto tres cuartetas que se pone a recitar en alta voz diez veces, veinte veces, sustituyendo una palabra, modificando un giro, antes de consignarlas en el secreto de su manuscrito. Yahan llega de improviso antes que de costumbre y se desliza por la puerta entreabierta desprendiendose sin ruido de su chal de lana. Avanza de puntillas por detras. Omar esta ensimismado y ella le rodea subitamente el cuello con sus brazos. Pega su rostro al suyo y deja que caigan sobre sus ojos sus cabellos perfumados. Jayyam deberia sentirse colmado. ?Puede un amante esperar mas tierna agresion? ?No deberia, a su vez, pasado el instante de sorpresa, rodear con sus brazos la cintura de su amada, abrazarla, estrechar contra su cuerpo todo el sufrimiento de la separacion, todo el calor del encuentro? Pero Omar se siente perturbado por esa intrusion. Su libro esta aun abierto ante el, hubiera querido esconderlo. Su primer reflejo es de soltarse y aunque se arrepiente inmediatamente, aunque su vacilacion solo ha durado un instante, Yahan, que ha notado esa duda y esa forma de frialdad, no tarda en comprender la razon. Mira el libro con desconfianza, como si se tratara de una rival. – ?Perdoname! Estaba tan impaciente por verte que no pense que mi llegada podria molestarte. Un pesado silencio los separa, pero Jayyam se apresura a romperlo. – Es este libro ?sabes? Es verdad que no habia previsto ensenartelo. Siempre lo he ocultado en tu presencia, pero la persona que me lo regalo me hizo prometer que lo conservaria secreto. Se lo tiende. Ella lo hojea algunos instantes aparentando la mayor indiferencia a la vista de esas escasas paginas emborronadas, diseminadas entre las decenas de paginas en blanco. Se lo devuelve con una expresiva mueca. – ?Por que me lo ensenas? Yo no te he pedido nada. Por otra parte, nunca aprendi a leer; todo lo que se lo aprendi escuchando a los demas. Omar no puede sorprenderse. En esa epoca no era raro que un poeta de calidad fuera analfabeto, lo mismo, por supuesto, que casi la totalidad de las mujeres. – ?Y que hay tan secreto en ese libro? ?Formulas de alquimia? – Son poemas que a veces escribo. – ?Poemas prohibidos y hereticos? ?Subversivos? Le mira con recelo, pero Omar se defiende riendose: – No, ?que te estas imaginando? ?Tengo acaso alma acaso de conspirador? Solo son _ruba'iyya_ t sobre el vino, sobre la belleza de la vida y su vanidad. – ?Tu, _ruba'iyyat_ ? Se le escapa un grito de incredulidad, casi de desprecio. Las _ruba'iyyat_ pertenecen a un genero menor, ligero e incluso vulgar, apenas digno de los poetas de los barrios bajos. Que un erudito como Omar Jayyam se permita componer de vez en cuando cuartetas, puede considerarse una diversion, un pecadillo, eventualmente una coqueteria; pero que se tome la molestia de consignar sus versos lo mas seriamente del mundo en un libro rodeado de misterio, resulta sorprendente e inquietante para una poetisa sometida a las normas de la elocuencia. Omar parece avergonzado; Yahan esta intrigada. – ?Podrias leerme algunos versos? Jayyam no quiere comprometerse mas. – Podre leertelos todos un dia, cuando los juzgue dignos de ser leidos. Ella no insiste, renuncia a seguir interrogandole, pero le lanza sin acentuar demasiado la ironia: – Cuando hayas completado ese libro, evita ofrecerselo a Nasr Kan; no tiene mucha consideracion para los autores de _ruba'iyvat_ . No te volveria a invitar jamas a sentarte junto a el en el trono. – No tengo intencion de ofrecer ese libro a nadie, ni espero sacar ningun provecho de el; no tengo las ambiciones de un poeta de la corte. Ella lo ha herido, el la ha herido. En el silencio que los envuelve, ambos se preguntan si no habran ido demasiado lejos, si no sera tiempo de rectificar para salvar lo que pueda aun salvarse. En ese instante no es por Yahan por quien Jayyam siente rencor, sino por el cadi. Se arrepiente de haberle dejado hablar y se pregunta si sus palabras no han turbado irremediablemente la mirada que dirige a su amante. Hasta ese momento si vivian en el candor y la despreocupacion, con el deseo comun de no evocar jamas lo que podria separarles. ?Me ha abierto el cadi los ojos a la verdad o solamente ha velado mi felicidad?, piensa Jayyam. – Has cambiado, Omar; no sabria decir en que, pero hay en tu forma de mirarme y de hablarme un tono que no podria definir. Como si sospecharas que he cometido una mala accion, como si me guardaras rencor por alguna razon. No te comprendo, pero de pronto me siento profundamente triste. El trata de atraerla hacia si, pero ella se separa vivamente. – ?No es asi como puedes tranquilizarme! Nuestros cuerpos pueden prolongar nuestras palabras, pero no pueden sustituirlas ni desmentirlas. ?Dime que pasa! – ?Yahan! ?Si decidieramos no hablar de nada hasta manana…! – Manana ya no estare aqui. El kan abandona Samarcanda al amanecer. – ?A donde va? – A Kix, a Bujara, a Termez, no se. Toda la corte le seguira y yo con ella. – ?No podrias quedarte en Samarcanda en casa de tu prima? – ?Si solo se tratara de buscar excusas! Tengo mi sitio en la corte. Para ganarlo tuve que luchar como diez hombres. No lo abandonare hoy para retozar en el pabellon del jardin de Abu Taher. Entonces, sin reflexionar verdaderamente, Omar dice: – No se trata de retozar. ?No querrias compartir mi vida? – ?Compartir tu vida? ?No hay nada que compartir! Lo ha dicho sin ninguna acritud. Era solo una comprobacion, por otra parte no desprovista de ternura. Pero al ver el rostro horrorizado de Omar, le suplica que la perdone y solloza. – Sabia que esta noche lloraria, pero no con estas lagrimas amargas; sabia que ibamos a separarnos por mucho tiempo, quiza para siempre, pero no con estas palabras ni con estas miradas. No quiero llevarme del mas bello amor que he vivido el recuerdo de estos ojos de un extrano. ?Mirame, Omar, una ultima vez! Recuerda, soy tu amante, tu me has amado, yo te he amado. ?Me reconoces aun? Jayyam la rodea con un abrazo lleno de ternura. Suspira. – Si al menos tuvieramos la oportunidad de explicarnos, se que esta estupida disputa se desvaneceria, pero el tiempo nos acosa, nos conmina a jugarnos nuestro porvenir en estos minutos llenos de confusion. A su vez, siente sobre su rostro la huida de una lagrima. Una lagrima que desearia ocultar, pero Yahan lo abraza salvajemente pegando su rostro al suyo. – Puedes ocultarme tus escritos, no tus lagrimas. Quiero verlas, tocarlas, mezclarlas con las mias, quiero conservar sus huellas sobre mis mejillas, quiero conservar su sabor salado sobre mi lengua. Se diria que intentan desgarrarse, ahogarse, aniquilarse. Sus manos enloquecen, sus ropas se esparcen. Incomparable noche de amor la de dos cuerpos incendiados por lagrimas ardientes. El fuego se propaga, los envuelve, se enrosca a ellos, los embriaga, los abrasa, los fusiona piel contra piel hasta el limite del placer. Sobre la mesa, un reloj de arena fluye gota a gota, el fuego amaina, vacila, se apaga, una sonrisa jadeante permanece rezagada. Durante largo rato se respiran. Omar murmura, a ella o al destino que acaban de desafiar: – Nuestro enfrentamiento no ha hecho mas que empezar. Yahan lo abraza con los ojos cerrados: – No me dejes dormir hasta el alba… Al dia siguiente, dos nuevas lineas en el manuscrito. La caligrafia es debil, vacilante y torturada: ?Que solo estabas, Jayyam, junto a tu amada! Ahora que se ha ido, podras refugiarte en ella. XI Q axan, oasis de casas bajas en la ruta de la seda en el lindero del desierto de Sal. Alli las caravanas se acurrucan y recobran el aliento antes de bordear Karkas Kuh, el siniestro monte de los Buitres, guarida de bandoleros que asolan las inmediaciones de Ispahan. Qaxan, construida con arcilla y barro. El visitante busca en vano alguna pared vistosa, alguna fachada decorada. Sin embargo, es alli donde se hacen los mas prestigiosos vidriados que van a embellecer de verde y oro las mil mezquitas, palacios o medersas desde Samarcanda a Bagdad. En todo el Oriente musulman, la ceramica se llama simplemente _qaxi_ o _qaxani_ , un poco como la porcelana lleva el nombre de China, tanto en persa como en ingles. Fuera de la ciudad, un caravasar a la sombra de las palmeras. Una muralla rectangular, unas garitas de vigilancia, un patio exterior para las bestias y las mercancias y un patio interior bordeado de pequenas habitaciones. Omar desearia alquilar una, pero el posadero se excusa desolado: no hay ninguna libre para la noche, acaban de llegar unos ricos mercaderes de Ispahan, con hijos y criados. Para verificar sus palabras no hace falta consultar ningun registro. El lugar es un hervidero de empleados gritones y de venerables monturas. A pesar del invierno que empieza, Omar habria dormido bajo las estrellas, pero los escorpiones de Qaxan son apenas menos famosos que su ceramica. – ?De verdad no queda ni un rincon para extender mi estera hasta el alba? El encargado se rasca la cabeza. Esta oscuro, no puede negar alojamiento a un musulman. – Tengo una pequena habitacion de esquina ocupada por un estudiante. Pidele que te haga un sitio. Se dirigen hacia alli, la puerta esta cerrada. El posadero la entreabre sin llamar, una vela titila, un libro se cierra apresuradamente. – Este noble viajero partio de Samarcanda hace ya tres largos meses. He pensado que podria compartir tu habitacion. Si el joven se siente contrariado evita manifestarlo y se muestra cortes, aunque no solicito. Jayyam entra, saluda y declara una prudente identidad: – Omar de Nisapur. Un breve pero intenso fulgor de interes en los ojos de su companero, quien a su vez se presenta: – Hassan, hijo de Ali Sabbah, nativo de Qom, estudiante en Rayy, en camino hacia Ispahan. Esta enumeracion detallada incomoda a Jayyam. Es una invitacion a decir mas sobre si mismo, su actividad, el objeto de su viaje. No comprende la razon y desconfia del procedimiento. Por lo tanto, guarda silencio y sin prisa se sienta apoyandose contra la pared y mira con insistencia a ese hombrecillo de tez oscura, tan endeble y demacrado y de rasgos tan angulosos. Su barba de siete dias, su turbante negro apretado y sus ojos desorbitados le desconciertan. El estudiante le acosa con la sonrisa: – Cuando uno se llama Omar es imprudente aventurarse en las proximidades de Qaxan. Jayyam finge la mayor de las sorpresas. Sin embargo, ha comprendido bien la alusion. Su nombre es el del segundo sucesor del Profeta, el califa Omar, odiado por los chiies, ya que fue un tenaz rival de su padre fundador, Ali. Aunque por ahora la poblacion de Persia es en su gran mayoria sunni, existen ya algunos islotes de chiismo, principalmente en las ciudades oasis de Qom y de Qaxan, donde se perpetuan extranas tradiciones. Todos los anos se celebra con un carnaval burlesco el aniversario del califa Omar. Con este fin, las mujeres se pintan, preparan golosinas y pistachos tostados y los ninos se apostan en las terrazas y vierten trombas de agua sobre los transeuntes gritando alegremente: «?Dios maldiga a Omar!» Fabrican un muneco con la efigie del califa llevando en la mano un rosario de cagarrutas ensartadas y lo pasean por algunos barrios cantando: «?Por ser tu nombre Omar, tienes tu sitio en el infierno, tu, el jefe de los malvados, tu, el infame usurpador!» Los zapateros de Qom y de Qaxan se acostumbraron a escribir «Omar» en las suelas que fabrican, los muleros ponen ese nombre a sus bestias, complaciendose en pronunciarlo en cada tunda de palos, y los cazadores, cuando no les queda mas que una flecha, murmuran al dispararla: «?Esta para el corazon de Oman» Hassan evoca esas practicas con vagas palabras, evitando entrar crudamente en los detalles, pero Omar lo mira sin simpatia y deja caer en un tono hastiado y definitivo: – No cambiare de ruta a causa de mi nombre y no cambiare mi nombre a causa de mi ruta. Se produce un largo y frio silencio, los ojos se huyen. Omar se descalza y se tiende para tratar de conciliar el sueno. Es Hassan quien habla de nuevo: – Quiza te haya ofendido recordandote esas costumbres, pero solo queria que fueras prudente cuando mencionaras tu nombre en este lugar. No te equivoques sobre mis intenciones. Desde luego durante mi infancia en Qom participe en esas actividades, pero desde la adolescencia las mire con otros ojos y comprendi que semejantes excesos no son dignos de un hombre culto, ni se atienen a las ensenanzas del Profeta. Y para decirlo todo, cuando te extasias, en Samarcanda o en otra parte, ante una mezquita admirablemente recubierta de ladrillos vidriados por los artesanos chiies de Qaxan y el predicador de esa misma mezquita lanza invectivas e imprecaciones desde lo alto de su pulpito contra «los malditos herejes sectarios de Ali», tampoco eso se atiene a las ensenanzas del Profeta. Omar se incorpora ligeramente. – Estas son palabras de un hombre sensato. – Puedo ser sensato como puedo ser loco. Puedo ser amable o execrable. Pero ?como mostrarse con aquel que viene a compartir tu habitacion si ni siquiera se digna presentarse? – Ha bastado con que te diga mi nombre para que me asaltes con palabras desagradables, ?que no me habrias dicho si te hubiera dado a conocer mi identidad completa? – Quiza no te habria dicho nada de todo eso. Se puede detestar a Omar el califa y no sentir mas que estima y admiracion por Omar el geometra, Omar el algebrista, Omar el astronomo o incluso Omar el filosofo. Jayyam se incorpora. Hassan triunfa: – ?Crees que solo se identifica a las personas por su nombre? Se las reconoce por su mirada, por su forma de andar, su aspecto y el tono que emplean. Desde que entraste supe que eras un hombre sabio que acostumbra a recibir honores y al mismo tiempo los desprecia, un hombre que llega sin tener que preguntar su camino. Desde que pronunciaste el comienzo de tu nombre lo comprendi: mis oidos solo conocen a un Omar de Nisapur. – Si has intentado impresionarme, tengo que admitir que lo has conseguido. ?Quien eres? – Te he dicho mi nombre, pero no significa nada para ti. Soy Hassan Sabbah de Qom. No me enorgullezco de nada salvo de haber acabado a los diecisiete anos la lectura de todo lo que concierne a las ciencias de la religion, la filosofia, la historia y los astros. – Nunca se lee todo. ?Hay tantos conocimientos que se pueden adquirir cada dia! – Ponme a prueba. Por juego, Omar comienza a formular a su interlocutor algunas preguntas sobre Platon, Euclides, Porfirio, Tolomeo, sobre la medicina de Dioscorides, de Galeno, de Razes y de Avicena, y luego sobre las interpretaciones de la ley coranica. Y siempre llega precisa, rigurosa, irreprochable la respuesta de su companero. Cuando apunta el alba, ninguno de ellos ha dormido, no han notado el paso del tiempo. Hassan siente un placer real. Omar esta subyugado y no tiene mas remedio que confesar: – Jamas he conocido a un hombre que hubiera aprendido tantas cosas. ?Que piensas hacer con todos esos conocimientos acumulados? Hassan lo mira con desconfianza, como si hubieran violado alguna parte secreta de su alma, pero se serena y baja los ojos: – Quisiera introducirme en el circulo de Nizam el Molk; quiza tenga un trabajo para mi. Jayyam, esta tan hechizado por su companero que esta a punto de revelarle que el mismo se dirige a ver al gran visir. Sin embargo, en el ultimo momento, cambia de opinion. Queda en el un resto de desconfianza que, no por haberse atenuado, ha desaparecido. Dos dias mas tarde, al unirse ambos a una caravana de mercaderes, caminan uno al lado del otro, citando profusamente de memoria, en persa o en arabe, las mas bellas paginas de los autores que admiran. A veces se entabla una discusion, pero enseguida decae. Cuando Hassan habla de certidumbre alza el tono, proclama «verdades indiscutibles» y conmina a su companero a admitirlas. Omar permanece esceptico, juzga detenidamente diversas opiniones, rara vez escoge, muestra de buen grado su ignorancia. A sus labios vuelven incansablemente estas palabras: «Que quieres que te diga, esas cosas estan veladas, tu y yo estamos en el mismo lado del velo y cuando caiga ya no estaremos aqui.» Una semana de camino y llegan a Ispahan. XII _?_ _E_ _sfahan, nesfle Yahan!,_ dicen hoy, los persas. «?Ispahan, la mitad del mundo!» La expresion nacio mucho despues de la epoca de Jayyam, pero ya en 1074, ?cuantas palabras para alabar a esa ciudad!: «sus piedras son de galena; sus moscas son abejas; su hierba es azafran; su aire es tan puro, tan sano que sus graneros no conocen al gorgojo y la carne no se descompone». Verdad es que esta situada a cinco mil pies de altitud. Pero en Ispahan existen tambien sesenta caravasares, doscientos banqueros y cambistas, interminables bazares cubiertos. En sus talleres se hila la seda y el algodon. Sus tapices, sus tejidos, sus cofres se exportan a las mas alejadas regiones. Florecen mil variedades de rosas. Su opulencia es proverbial. Esta ciudad, la mas poblada del mundo persa, atrae a todos aquellos que buscan el poder, la fortuna o la sabiduria. Digo «esta ciudad», pero no se trata, propiamente hablando, de una ciudad. Por otra parte, se cuenta aun la historia de un joven viajero de Rayy tan ansioso por ver las maravillas de Ispahan que el ultimo dia se separo de su caravana para galopar solo a rienda suelta. Al cabo de algunas horas se encontro al borde del Zayande Rud, «el rio que da la vida», siguio su curso y se encontro ante una muralla de tierra. El poblado le parecio de respetable tamano, pero mucho mas pequeno que su propia ciudad de Rayy. Al llegar a la puerta pregunto a unos guardias. – Esto es la ciudad de Yay -le respondieron. Ni siquiera se digno entrar, la rodeo y prosiguio su ruta hacia el oeste. Su cabalgadura estaba agotada, pero el seguia fustigandola. Pronto se encontro jadeante a las puertas de otra ciudad, mas imponente que la primera pero apenas mas extensa que Rayy, e interrogo a un anciano que pasaba. – Esto es Yahudiye, la Ciudad judia. – ?Tantos judios hay en este pais? – Hay algunos, pero la mayoria de los habitantes son musulmanes como tu y como yo. La llaman Yahudiye porque dicen que el rey Nabucodonosor instalo aqui a los judios que habia deportado de Jerusalen; otros pretenden que la esposa judia de un sha de Persia habia hecho venir a este lugar, antes de la epoca, a gente de su comunidad. ?Solo Dios sabe la verdad! Nuestro joven viajero dio la vuelta, pues, resignado a proseguir su camino aunque su caballo se desplomara bajo sus piernas, cuando el anciano lo llamo: – ?A donde piensas ir ahora, hijo? – A Ispahan. El anciano se echo a reir. – ?No te han dicho nunca que Ispahan no existe? – ?Corno? ?No es la mas grande, la mas hermosa de las ciudades de Persia? ?No era ya en tiempos remotos la altiva capital de Artaban, rey de los partos? ?No han alabado sus maravillas en los libros? – No se lo que dicen los libros, pero yo naci aqui hace setenta anos y solo los extranjeros me hablan de la ciudad de Ispahan. Yo nunca la he visto. No exageraba. El nombre de Ispahan designo durante largo tiempo, no a una ciudad, sino a un oasis donde se elevaban dos ciudades muy distintas, separadas una de otra por una hora de camino, Yay y Yahudiye. Habria que esperar al siglo XVI para que esas ciudades y los pueblos de alrededor se fundieran en una verdadera ciudad. En tiempos de Jayyam no existia aun, pero se habia construido una muralla de tres parasangas de largo, o sea, una docena de millas, destinada a proteger el conjunto del oasis. Omar y Hassan han llegado por la noche, tarde. Han encontrado alojamiento en Yay, en un caravasar cercano a la puerta de Tirah. Alli se tienden y, sin tiempo para intercambiar ni una sola palabra, comienzan a roncar al unisono. Al dia siguiente Jayyam acude a visitar al gran visir. En la Plaza de los Cambistas, viajeros y mercaderes de todos los origenes, andaluces, griegos o chinos se afanan en torno a los expertos en monedas que, dignamente provistos de su balanza reglamentaria, raspan un dinar de Kirman, de Nisapur o de Sevilla, olisquean un _tanka_ de Delhi, sopesan un dirham de Bujara o tuercen el gesto ante un pobre _nomisma_ de Constantinopla recientemente devaluado. El portico del _divan_ , sede del gobierno y residencia oficial de Nizam el-Molk, no esta lejos. Los pifanos de la _nawba_ estan encargados de tocar sus trompetas tres veces al dia en honor del gran visir. A pesar de esos signos de pompa, todo el mundo puede entrar y hasta las mas humildes viudas estan autorizadas a aventurarse en el divan, la enorme sala de audiencia, para acercarse al hombre fuerte del Imperio y exponerle lagrimas y quejas. Es ahi solamente donde guardias y chambelanes rodean a Nizam, interrogan a los visitantes y alejan a los importunos. Omar se detiene en el marco de la puerta. Escruta el recinto, sus paredes desnudas, su alfombra de triple espesor. Con un gesto vacilante saluda a la asistencia, una multitud abigarrada pero en actitud recogida, que rodea al visir, quien en este momento conversa con un oficial turco. Con el rabillo del ojo Nizam descubre al recien llegado; le saluda amistosamente y le indica que se siente. Cinco minutos mas tarde se acerca a el, lo besa en las dos mejillas y luego en la frente. – Te esperaba, sabia que llegarias a tiempo, tengo muchas cosas que decirte. Entonces lo lleva de la mano a una pequena habitacion contigua donde podran aislarse. Se sientan uno al lado del otro sobre un enorme almohadon de piel. – Algunas de mis palabras te van a sorprender, pero espero que despues de todo no lamentes haber respondido a mi invitacion. – ?Alguien ha lamentado jamas el haber cruzado la puerta de Nizam el-Molk? – Ha sucedido -murmura el visir con una feroz sonrisa-. He elevado a hombres hasta las nubes y he hundido a otros. Cada dia dispenso la vida y la muerte; Dios me juzgara segun mis intenciones, es El la fuente de todo poder. El ha confiado la autoridad suprema al califa arabe, quien la ha cedido al sultan turco, que la ha colocado entre las manos del visir persa, tu servidor. De los otros exijo que respeten esta autoridad; a ti, _jawaye _ Omar, te pido que respetes mi sueno. Si, sobre esta inmensa comarca que me ha tocado en suerte, sueno con construir el Estado mas poderoso, el mas prospero, el mas estable, el mas civilizado del universo. Sueno con un Imperio donde cada provincia, cada ciudad sea administrada por un hombre justo temeroso de Dios, atento a las quejas del mas debil de sus subditos. Sueno con un Estado donde el lobo y el cordero beban juntos, con toda tranquilidad, el agua del mismo arroyo. Pero no me contento con sonar, construyo. Paseate manana por los barrios de Ispahan, veras a regimientos de trabajadores que cavan y edifican, artesanos que se afanan. Por todas partes surgen hospicios, mezquitas, caravasares, ciudadelas, palacios del gobierno. Pronto cada ciudad importante tendra una gran escuela que llevara mi nombre: «Medersa Nizamiyya.» La de Bagdad funciona ya; dibuje con mi propia mano el plano del lugar, estableci el programa de estudios, escogi los mejores maestros y concedi una beca a cada estudiante. Este Imperio, como puede ver, es una inmensa obra; se eleva, se desarrolla, prospera, es una epoca bendita la que el cielo nos concede vivir. Entra un sirviente de cabellos claros. Se inclina sosteniendo sobre una bandeja de plata cincelada dos copas de jarabe de rosas helado. Omar toma una que despide vaho fresco; moja sus labios decidido a saborearla despacio. Nizam se toma la suya de un trago antes de proseguir: – ?Tu presencia en este lugar me agrada y me honra! Jayyam quiere responder a este asalto de amabilidad. Nizam se lo impide con un gesto: – No creas que intento halagarte. Soy lo bastante poderoso como para tener que ensalzar solamente al Creador. Pero ya ves, _jawaye_ Omar, por muy extenso que sea un imperio, por muy poblado, por muy opulento que sea, siempre hay penuria de hombres. En apariencia ?cuantas criaturas, cuantas plazas hormigueantes, cuantas densas multitudes! Y sin embargo, a veces, cuando contemplo mi ejercito desplegado, una mezquita a la hora de la oracion, un bazar o incluso mi _divan_ , me pregunto: si yo exigiera de estos hombres prudencia, sabiduria, lealtad, integridad, ?no veria por cada cualidad que enumero dispersarse la masa y luego disolverse y desaparecer? Me siento solo, _jawaye_ Omar, desesperadamente solo. Mi _divan_ esta desierto, mi palacio tambien. Esta ciudad y este Imperio estan desiertos. Tengo siempre la impresion de tener que aplaudir con una mano en la espalda. No me contentaria con hacer venir a hombres como tu desde Samarcanda; estaria dispuesto a ir yo mismo a pie hasta Samarcanda para traerlos. Omar murmura un «?No lo quiera Dios!» confuso, pero el visir no se detiene. – Estos son mis suenos y mis preocupaciones. Podria hablarte de ellos durante dias y noches, pero quisiera oirte. Tengo prisa por saber si este sueno te conmueve de alguna manera, si estas dispuesto a ocupar a mi lado el sitio que te corresponde. – ?Tus proyectos me exaltan y tu confianza me honra! – ?Que exiges por colaborar conmigo? Dilo sin disimulos, como yo mismo te he hablado. Todo lo que desees lo obtendras. No te muestres timorato, ?no dejes pasar mi momento de loca prodigalidad! Se rie. Jayyam, consigue esbozar una palida sonrisa en medio de su gran confusion. – No deseo otra cosa que continuar mis modestos trabajos sin pasar necesidades. Tener lo suficiente para beber, comer, alojarme y vestirme. Mi codicia no va mas alla. – Para vivir te ofrezco una de las mas hermosas casas de Ispahan. Yo mismo residi alli durante la construccion de este palacio. Sera tuya con sus jardines, huertos, tapices, sirvientes y sirvientas. Para tus gastos te asigno una pension de diez mil dinares sultanies; mientras yo viva se te abonara al comienzo de cada ano. ?Es suficiente? – Es mas de lo que necesito, no sabria que hacer con semejante suma. Jayyam es sincero, pero Nizam se muestra irritado. – ?Cuando hayas comprado todos los libros, llenado todas las jarras de vino y cubierto de joyas a todas tus amantes, distribuiras limosnas entre los menesterosos, financiaras la caravana de La Meca y construiras una mezquita con tu nombre! Al comprender que su indiferencia y la modestia de sus exigencias han disgustado a su anfitrion, Omar se envalentona: – Siempre he querido construir un observatorio con un gran sextante de piedra, un astrolabio y diversos instrumentos. Desearia medir la duracion exacta del ano solar. – ?Concedido! Desde la semana proxima asignare fondos a ese fin, elegiras el emplazamiento y tu observatorio se alzara dentro de pocos meses. Pero dime ?no hay nada mas que pudiera agradarte? – Por Dios que ya no quiero nada mas; tu generosidad me colma y me abruma. – Entonces, quiza pueda yo a mi vez formular una peticion. – ?Despues de lo que acabas de concederme, me sentire feliz de demostrarte una infima parte de mi inmensa gratitud! Nizam no se hace de rogar. – Se que eres discreto, poco inclinado a la palabra, prudente, justo, equitativo, capaz de discernir lo verdadero de lo falso en cualquier caso y digno de toda confianza. Querria poner entre tus manos el cargo mas delicado de todos. Omar espera lo peor y es efectivamente lo peor lo que le espera. – Te nombro _Sahib-Jabar_ . – ?_Sahib-Jabar_ , yo? ?Jefe de los espias? – Jefe de informacion del Imperio. No te apresures a responder; no se trata de espiar a las buenas personas, de introducirse en las casas de los creyentes, sino de velar por la tranquilidad de todos. En un Estado, el soberano debe conocer la menor exaccion, la menor injusticia y reprimirla de manera ejemplar, sea quien fuere el culpable. ?Como saber si ese cadi o ese gobernador de provincia se aprovecha de su funcion para enriquecerse a expensas de los humildes? ?Por nuestros espias, puesto que las victimas no siempre se atreven a quejarse! – ?Si es que esos espias no se dejan comprar por los cadies, los gobernantes o los emires! ?Si no se convierten en sus complices! – Tu cometido, el cometido del _Sabih-jabar_ es, precisamente, encontrar hombres incorruptibles para encargarlos de esas misiones. – Si esos hombres incorruptibles existen, ?no seria mas sencillo nombrarlos a ellos gobernadores o cadies? Observacion ingenua, pero que para los oidos de Nizam parece una burla. Se impacienta y se levanta: – No deseo argumentar. Ya te he dicho lo que te ofrezco y lo que espero de ti. Vete, reflexiona sobre mi proposicion, sopesa con calma los pros y los contras y vuelve manana con una respuesta. XIII R eflexionar, sopesar, evaluar, Jayyam se siente incapaz de ello ese dia. Al salir del _divan_ se interna en la callejuela mas estrecha del bazar, serpentea a traves de hombres y animales, avanza bajo las bovedas de estuco, entre los monticulos de especias. A cada paso la callejuela es un poco mas oscura, la gente parece moverse cada vez mas despacio, vociferar en murmullos; comerciantes y parroquianos son como actores disfrazados, bailarines sonambulos. Omar va a ciegas, tan pronto hacia la izquierda como hacia la derecha, tiene miedo de caerse, de desmayarse. Subitamente desemboca en una placita inundada de luz, verdadero calvero en la jungla. La crudeza del sol lo azota, se yergue y respira. ?Que le ocurre? Le han propuesto el paraiso encadenado al infierno. ?Como decir si? ?Como decir no? ?Con que rostro volvera a presentarse ante el gran visir? ?Con que rostro abandona la ciudad? A su derecha, la puerta de una taberna esta entreabierta; la empuja, desciende algunos escalones enarenados y va a parar a una sala de techo bajo, mal iluminada. El suelo es de tierra humeda, los bancos inestables, las mesas descoloridas. Pide un vino seco de Qom. Se lo traen en una jarra desportillada. Lo sorbe despacio, con los ojos cerrados. Pasa el tiempo bendito de mi juventud, para olvidar me escancio vino. ?Es amargo? Es asi como me agrada. Esta amargura es el sabor de mi vida. Pero de pronto surge una idea. Sin duda necesitaba bajar hasta el fondo de esa sordida taberna para encontrarla; le esperaba ahi, en esa mesa, al tercer trago de la cuarta copa. Paga la cuenta, deja una generosa propina y sale de nuevo a la superficie. La noche ha caido, la plaza esta ya desierta, cada callejuela del bazar esta cerrada por un pesado porton protector. Omar tiene que dar un rodeo para llegar a su caravasar. Cuando entra de puntillas en su habitacion, Hassan duerme ya, su rostro es serio y torturado. Omar lo mira durante largo rato. Mil preguntas recorren su mente, pero las aparta sin intentar responderlas. Su decision esta tomada irrevocablemente. Una leyenda corre por los libros. Habla de tres amigos, tres persas que marcaron, cada uno a su manera, los comienzos de nuestro milenio: Omar Jayyam que observo el mundo, Nizam el-MoIk que lo goberno y Hassan Sabbah que lo aterrorizo. Dicen que los tres estudiaron juntos en Nisapur, lo que no puede ser verdad porque Nizam tenia treinta anos mas que Omar y Hassan hizo sus estudios en Rayy, quiza un poco tambien en su ciudad natal de Qom, pero desde luego no en Nisapur. ?Esta la verdad en el Manuscrito de Samarcanda? La cronica escrita en los margenes afirma que los tres hombres se encontraron por primera vez en Ispahan, en el _divan_ del gran visir, por iniciativa de Jayyam, ciego aprendiz del destino. Nizam se habia aislado en la salita del palacio rodeado de algunos papeles. Desde el momento en que vio el rostro de Omar en el marco de la puerta, comprendio que la respuesta seria negativa. – Asi pues, mis proyectos te dejan indiferente. Jayyam contesta, contrito pero firme: – Tus suenos son grandiosos y deseo que se realicen, pero mi contribucion no puede ser la que me has propuesto. Entre los secretos y aquellos que los desvelan, estoy del lado de los secretos. La primera vez que un agente venga a contarme una conversacion, le impondre silencio declarandole que esos asuntos no nos conciernen ni a el ni a mi y le prohibire entrar en mi casa. Mi curiosidad por la gente y las cosas se expresa de otra manera. – Respeto tu decision; no creo inutil para el Imperio que unos hombres se consagren totalmente a la ciencia. Por supuesto, todo lo que te he prometido, el oro anual, la casa, el observatorio, te son debidos, nunca quito lo que he dado por propia voluntad… Hubiera querido asociarte mas intimamente a mi accion, pero me consuelo diciendome que los cronistas escribiran para la posteridad: En el tiempo de Nizam el-Molk vivio Omar Jayyam. Se le honraba, estaba protegido de las inclemencias y podia decir no al gran visir sin arriesgarse a la desgracia. – No se si podre algun dia manifestar toda la gratitud que merece tu magnanimidad. Omar se interrumpe y duda antes de continuar: – Quiza pueda hacer olvidar mi negativa presentandote a un hombre que acabo de conocer. Tiene una gran inteligencia, su sabiduria es inmensa y su habilidad desarma. Me parece totalmente indicado para la funcion de _Sabih-jabar_ y estoy seguro de que tu proposicion le encantara. Me ha confesado que habia venido de Rayy a Ispahan con el firme proposito de que lo contrataras para trabajar a tu lado. – Un ambicioso -murmura Nizam entre dientes-. Ese es mi destino. Cuando encuentro un hombre digno de confianza, le falta ambicion y desconfia de las cosas del poder; y cuando un hombre me parece dispuesto a saltar sobre la primera funcion que le ofrezco, su celo me inquieta. Parece cansado y resignado. – ?Por que nombre se conoce a ese hombre? – Hassan, hijo de Ali Sabbah. Sin embargo, tengo la obligacion de prevenirte: ha nacido en Qom. – ?Un chii imani? Eso no me molesta, aunque yo sea hostil a todas las herejias y a todas las desviaciones. Algunos de mis mejores colaboradores pertenecen a la secta de Ali, mis mejores soldados son armenios, mis tesoreros son judios y no les niego por ello mi confianza y mi proteccion. Los unicos de los que desconfio son los ismaelies. ?Supongo que tu amigo no pertenecera a esa secta! – Lo ignoro. Pero Hassan me ha acompanado hasta aqui y espera afuera. Con tu permiso voy a llamarle y podras interrogarle. Omar desaparece algunos segundos y vuelve acompanado de su amigo, que no parece en modo alguno intimidado. Sin embargo, Jayyam adivina, bajo la barba, dos musculos que se tensan y tiemblan. – Te presento a Hassan Sabbah. Nunca han cabido tantos conocimientos en un turbante tan apretado. Nizam sonrie. – ?Asi que estoy doctamente rodeado! ?No dicen que el principe que frecuenta a los sabios es el mejor de los principes? Es Hassan quien contesta: – Tambien dicen que el sabio que frecuenta a los principes es el peor de los sabios. Una gran carcajada franca pero breve, les une. Ya Nizam frunce las cejas; desea dejar de lado lo mas rapidamente posible el inevitable proverbio que introduce cualquier palabreo persa para exponer a Hassan lo que espera de el. Ahora bien, curiosamente, desde las primeras palabras se reconocen complices y Omar no tiene mas que eclipsarse. De este modo Hassan Sabbah se convierte muy pronto en el indispensable colaborador del gran visir. Consigue establecer una tupida red de agentes, falsos mercaderes, falsos derviches, falsos peregrinos que recorren el Imperio selyuqui, con lo que ningun palacio, ninguna casa, ni lo mas profundo de cualquier bazar estan fuera del alcance de sus oidos. Conspiraciones, rumores, maledicencias, de todo se informa, todo sale a la luz y se desbarata de una manera discreta o ejemplar. En los primeros tiempos Nizam esta plenamente satisfecho, la temible maquina esta en sus manos. Se siente orgulloso ante el sultan Malikxah, que se muestra reticente. ?No le habia recomendado su padre, Alp Arslan, que se opusiera a esa forma de politica? «Cuando hayas colocado espias en todas partes» le habia prevenido, «tus verdaderos amigos no desconfiaran de ellos, puesto que se saben fieles, mientras que los traidores estaran sobre aviso. Querran sobornar a los informadores. Poco a poco empezaras a recibir informes desfavorables para tus verdaderos amigos y favorables para tus enemigos. Ahora bien, las palabras, buenas o malas, son como flechas; cuando se disparan varias siempre hay alguna que alcanza el blanco. Entonces tu corazon se cerrara a tus amigos, los traidores ocuparan su sitio a tu lado y ?que quedara de tu poder? Habra que esperar a que una envenenadora sea desenmascarada en su propio haren para que el sultan deje de dudar de la utilidad del jefe de los espias; de la noche a la manana lo convierte en uno de sus intimos, pero entonces Nizam se siente celoso de la amistad que se establece entre Hassan y Malikxah. Los dos hombres son jovenes y bromean juntos a expensas del viejo visir, sobre todo los viernes, dia del _xolen_ , el banquete tradicional que el sultan ofrece a sus allegados. La primera parte de la fiesta es muy oficial, muy, comedida. Nizam se sienta a la derecha de Malikxah. Sabios y eruditos los rodean, se entablan discusiones sobre los temas mas variados, desde comparar los meritos de las espadas indias o yemenies hasta diversas lecturas de Aristoteles. El sultan se apasiona un momento por ese genero de debates, luego se distrae, su mirada ya no se fija. El visir comprende que es hora de marcharse y los dignos invitados lo siguen. Al instante los musicos y bailarines los reemplazan, los cantaros de vino se balancean y la borrachera, tranquila o enloquecida, segun el humor del principe, se prolonga hasta la manana. Entre dos acordes de rabel o de laud, o al son del pandero, los cantores improvisan sobre su tema favorito: Nizam el-Molk. Incapaz de prescindir de su poderoso visir, el sultan se venga con la risa. Basta ver con que frenesi aplaude, para adivinar que un dia llegara a pegar a su «padre». Hassan sabe alimentar en el soberano cualquier signo de resentimiento contra su visir. ?De que se vanagloria? ?De su prudencia, de su sabiduria? Hassan, habilmente, hace alarde tanto de una como de otra. ?De su capacidad para defender el trono y el Imperio? Hassan ha dado pruebas en poco tiempo de una competencia equivalente. ?De su fidelidad? ?Hay algo mas sencillo que fingir lealtad? Nunca parece tan verdadera como en las bocas mentirosas. Mas que nada, Hassan sabe cultivar en Malikxali su proverbial avaricia. Le habla constantemente de los gastos del visir, le senala sus nuevos vestidos y los de sus parientes. Nizam ama el poder y la pompa; Hassan solo ama el poder. En eso sabe ser un asceta de la dominacion. Cuando siente a Malikxah totalmente entregado, preparado para dar la estocada a su eminencia gris, Hassan crea el incidente. La escena tiene lugar en la sala del trono, un sabado. El sultan se ha despertado a mediodia con un molesto dolor de cabeza. Esta de un humor insoportable y el hecho de enterarse de que se han distribuido sesenta mil dinares de oro entre los soldados de la guardia armenia del visir le exaspera. Nadie duda de que la informacion ha llegado por el conducto de Hassan y su organizacion. Nizam explica pacientemente que para prevenir cualquier veleidad de rebeldia hay que alimentar a las tropas, incluso engordarlas, que para dominar cualquier sublevacion se verian obligados a gastar diez veces mas. Pero a fuerza de tirar el oro a espuertas, replica Malikxah, terminaremos por no poder pagar la soldada y entonces empezaran las verdaderas rebeliones. Un buen gobierno ?no debe guardar su oro para los momentos dificiles? Uno de los doce hijos de Nizam, que asiste a la escena, cree oportuno intervenir: – En los primeros tiempos del Islam, cuando acusaban al califa Omar de gastar todo el oro acumulado durante las conquistas, este pregunto a sus detractores: «Ese oro ?no es la bondad del Altisimo la que nos lo ha prodigado? Si pensais que Dios es incapaz de prodigar mas, no gasteis nada. En cuanto a mi, tengo fe en la infinita generosidad del Creador y no conservare en mi cofre ni una sola moneda que pueda gastar para el bien de los musulmanes.» Pero Malikxah no tiene intencion de seguir ese ejemplo; abriga una idea de la que Hassan le ha convencido y ordena: – Exijo que se me presente una relacion detallada de todo lo que entra en mi tesoro y de la manera precisa de como se gasta. ?Cuando podre tenerla? Nizam parece agobiado. – Puedo proporcionar esa relacion, pero necesitare tiempo. – ?Cuanto tiempo, _jawaye_ ? No ha dicho _ata_ , sino _jawaye_ , apelativo muy respetuoso tan distante en ese contexto que se parece mucho a la desaprobacion, preludio de la desgracia. Desamparado, Nizam explica: – Hay que enviar un emisario a cada provincia, efectuar largos calculos. Por la gracia de Dios el Imperio es inmenso y sera dificil acabar ese informe en menos de dos anos. Pero Hassan se acerca con aire solemne. – Yo prometo a nuestro senor que si me proporciona los medios, si ordena que todos los papeles del _divan_ me sean entregados, le presentare un informe completo de aqui a cuarenta dias. El visir quiere responder, pero ya Malikxah se levanta. Se dirige a grandes zancadas hacia la salida y lanza: – Muy bien, Hassan se instalara en el _divan_ . Todo el secretariado estara a sus ordenes y nadie entrara sin mi autorizacion. Y dentro de cuarenta dias decidire. XIV I nmediatamente, todo el Imperio se sobresalta, la administracion se paraliza, se informa de movimientos de tropas, se habla de guerra civil. Nizam, dicen, ha distribuido armas por ciertos barrios de Ispahan. En el bazar, se esconde la mercancia. Los portones de los principales zocos, principalmente los de los joyeros, se cierran al comienzo de la tarde. En los alrededores del _divan_ la tension es extrema. El gran visir ha tenido que dejar sus despachos a Hassan, pero su residencia linda con ellos, solo un jardincillo la separa de lo que se ha convertido en el cuartel general de su rival. Ahora bien, ese jardin se ha transformado en un verdadero acantonamiento donde la guardia personal de Nizam patrulla con nerviosismo, armada hasta los dientes. Ningun hombre se siente tan contrariado como Omar. Desearia intervenir para calmar los animos, encontrar un arreglo entre los dos adversarios. Pero aunque Nizam lo sigue recibiendo, no pierde ni una ocasion de reprocharle «el regalo envenenado» que le hizo. En cuanto a Hassan, vive constantemente encerrado con sus papeles, ocupado en preparar el informe que debe presentar al sultan. Solo por la noche consiente en tenderse sobre la gran alfombra del _divan_ , rodeado por un punado de fieles. Sin embargo, tres dias antes de la fecha fatidica, Jayyam quiere intentar una ultima mediacion. Acude ante Hassan e insiste en verle, pero le piden que vuelva una hora mas tarde, ya que el _sahibjabar_ esta en una reunion con sus tesoreros. Omar decide, pues, dar un pequeno paseo. Acaba de cruzar el portico cuando un eunuco del sultan vestido totalmente de rojo se dirige a el: – ?Si _jawaye _ Omar se digna seguirme, le esperan! Despues de que el hombre le condujera a traves de un laberinto de tuneles y escaleras, Jayyam llega a un jardin cuya existencia no sospechaba, donde se pavonean en libertad los pavos reales, los albaricoques florecen y corre una fuente cantarina. Detras de la fuente hay una puerta baja con incrustaciones de nacar que el eunuco abre invitando a Omar a entrar. Es una gran habitacion con las paredes tapizadas de brocado, en cuyo extremo hay una especie de nicho abovedado protegido por una colgadura que se mueve indicando una presencia. En cuanto Jayyam entra, la puerta se cierra con un ruido amortiguado. Un minuto de espera aun, de perplejidad, y luego se oye una voz de mujer. Omar no la reconoce, aunque cree identificar algun dialecto turco. Pero la voz es baja, la elocucion impetuosa, solo algunas palabras emergen como las rocas de un torrente. El sentido del discurso se le escapa; desearia interrumpirlo, pedirle que hable en persa, en arabe, o si no mas despacio, pero no resulta facil dirigirse a una mujer a traves de una colgadura y se resigna a esperar a que acabe. Subitamente otra voz sucede a la anterior. – Mi senora Terken Jatun, esposa del sultan, te agradece que hayas venido a esta cita. Esta vez la lengua es persa y Jayyam reconoceria la voz en un bazar a la hora del juicio. Va a gritar, pero su grito se convierte subitamente en un murmullo alegre y lastimero: – ?Yahan! Esta separa el borde de la colgadura, se levanta el velo y sonrie, pero con un gesto le impide acercarse. – La sultana -dice-, esta preocupada por la lucha que se ha entablado en el seno del _divan_ . El malestar se propaga y se derramara sangre. El sultan mismo esta muy afectado, se ha vuelto irritable, sus gritos de colera resuenan en el haren. Esta situacion no puede prolongarse. La sultana sabe que estas haciendo lo imposible por reconciliar a los dos protagonistas, desea que lo consigas, pero eso le parece lejano. Jayyam asiente con un movimiento de cabeza resignado. Yahan prosigue: – Terken Jatun estima que, al punto al que han llegado las cosas, seria preferible alejar a los dos adversarios y confiar el visirato a un hombre de bien, capaz de calmar los animos. A su esposo nuestro senor no le convienen, segun ella, esos intrigantes que le rodean; solo necesita un hombre prudente, desprovisto de bajas ambiciones, un hombre de buen juicio y excelente consejo. El sultan te tiene en alta estima y ella querria sugerirle que te nombre gran visir. Tu nombramiento aliviaria a toda la corte. Sin embargo, antes de exponer semejante sugestion quiere asegurarse de tu aprobacion. Omar tarda en comprender lo que se le pide, pero luego exclama: – ?Por Dios, Yahan! ?Buscas mi perdicion? ?Me ves mandando los ejercitos del Imperio, decapitando a un emir, reprimiendo una rebelion de esclavos? ?Dejame con mis estrellas! – Escucha, Omar. Se que no deseas dirigir los asuntos, tu cometido sera, simplemente, estar ahi. ?Otros tomaran las decisiones y las ejecutaran! – Dicho de otro modo, tu seras el verdadero visir y tu senora el verdadero sultan. Es eso lo que buscas, ?no? – ?Y en que te molestaria? Tendrias los honores sin tener las preocupaciones. ?Que mejor cosa podrias desear? Terken Jatun interviene para matizar las palabras. Yahan traduce: – Mi senora dice: el hecho de que hombres como tu se aparten de la politica es la causa de que estemos tan mal gobernados. Ella estima que tu tienes todas las cualidades necesarias para ser un excelente visir. – Dile que las cualidades que se necesitan para gobernar no son las que se necesitan para acceder al poder. Para dirigir bien los asuntos hay que olvidarse de uno mismo, no interesarse mas que por los demas, sobre todo por los mas desgraciados; para llegar al poder hay que ser el mas ambicioso de los hombres, no pensar mas que en uno mismo, estar dispuesto a aplastar a los amigos mas intimos, ?y yo no aplastare a nadie! Por el momento, los proyectos de las dos mujeres no pasaran de ahi. Omar se negara a doblegarse a sus exigencias. Por otra parte, no habria servido de nada ya que el enfrentamiento entre Nizam y Hassan se habia vuelto ineluctable. Ese dia la sala de audiencia es una arena en calma; las quince personas que alli se encuentran se contentan con observar en silencio. El mismo Malikxah, de ordinario tan exuberante, conversa a media voz con su chambelan, retorciendose, es su mania, la punta del bigote. De vez en cuando lanza una mirada furtiva hacia los dos gladiadores. Hassan esta de pie, vestido negro arrugado, turbante negro, barba mas larga que de costumbre, rostro demacrado, ojos ardientes dispuestos a cruzarse con los de Nizam, pero rojos por el cansancio y la vigilia. Detras de el un secretario sostiene un fajo de papeles sujetos con una ancha banda de cordoban. Privilegio de los anos, el gran visir esta sentado, incluso desplomado. Su vestido es gris, su barba cana, su frente apergaminada; solo su mirada parece joven y alerta, incluso chispeante. Dos de sus hijos lo acompanan, lanzando a su alrededor miradas de odio o de reto. Muy cerca del sultan esta Omar, tan sombrio como abrumado. Formula en su mente palabras conciliadoras que sin duda no tendra jamas la ocasion de pronunciar. – Nos prometieron para hoy un informe detallado sobre el estado de nuestro tesoro, ?esta preparado? -pregunta Mahkxah. Hassan se inclina. – He cumplido mi promesa. El informe esta aqui. Se vuelve hacia su secretario, que se le acerca solicito, deshace el nudo del cordon de cuero y le tiende el legajo. Sabbah comienza su lectura. Segun la costumbre, las primeras paginas solo son agradecimientos, piadosos ruegos, citas cultas, paginas elocuentes bien construidas, pero el auditorio espera mas. Y llega: – He podido calcular con precision -declara-, el beneficio que ha producido al tesoro del sultan la percepcion de cada provincia, de cada ciudad importante. Igualmente he evaluado el botin ganado al enemigo y ahora se de que manera se ha gastado ese oro… Carraspea ceremoniosamente, tiende a su secretario la pagina que acaba de leer y se acerca la siguiente a los ojos. Sus labios se entreabren y luego se cierran. Se produce un silencio. Aparta la hoja, mira la siguiente y la aparta tambien con un gesto de rabia. El silencio se prolonga. El sultan se agita, se impacienta. – ?Que pasa? Te escuchamos. – Senor, no encuentro la continuacion. Habia arreglado mis papeles por orden, pero la hoja que busco ha debido de caerse, ya la encontrare. Lastimosamente sigue rebuscando. Nizam aprovecha para intervenir, con un tono que quiere ser magnanimo: – A todos nos puede suceder perder un papel, no se le puede reprochar a nuestro joven amigo. En lugar de esperar asi, propongo pasar a la continuacion del informe. – Tienes razon, _ata_ , continuemos. Todos han observado que el sultan ha llamado de nuevo a su visir «padre». ?Es senal de un nuevo periodo de favor? Mientras Hassan nada en la mas lamentable confusion, el visir aprovecha su ventaja: – Olvidemos esa pagina perdida. En lugar de hacer esperar al sultan, sugiero que nuestro hermano Hassan nos presente las cifras relativas a algunas ciudades o provincias importantes. El sultan se apresura a asentir. Nizam prosigue: – Tomemos, por ejemplo, la ciudad de Nisapur, patria de Omar Jayyam aqui presente. ?Podriamos saber cuanto ha producido al tesoro esa ciudad y su provincia? – Enseguida -responde Hassan, que trata de salir airoso de la situacion. Con mano experta busca en el legajo y quiere extraer de el la pagina treinta y cuatro, donde sabe que ha inscrito todo lo referente a Nisapur. Inutilmente. – La pagina no esta aqui -dice-, ha desaparecido… me la han robado… han revuelto mis papeles… Nizam se levanta, se acerca a Malikxah y le cuchichea al oido: – Si nuestro senor no tiene confianza en sus servidores mas competentes, aquellos que saben la dificultad de las cosas y disciernen lo posible de lo imposible, no dejara de verse insultado y enganado asi, colgado de los labios de un loco, de un charlatan o de un ignorante. Malikxah no duda un instante de que acaba de ser la victima de una genial maquinacion. Como cuentan los cronistas, Nizam el-Molk habia conseguido sobornar al secretario de Hassan, ordenandole que escamoteara algunas paginas y que cambiara de sitio otras, reduciendo a la nada el paciente trabajo efectuado por su rival. Por mas que este ultimo denuncie una conspiracion, el tumulto ahoga su voz y el sultan, decepcionado por el engano, pero mas aun por comprobar que su tentativa de sacudirse la tutela del visir ha fracasado, echa toda la culpa a Hassan. Despues de ordenar a los guardias que lo prendan, pronuncia acto seguido su sentencia de muerte. Por primera vez, Omar toma la palabra: – Que nuestro senor sea clemente. Quiza Hassan Sabbah haya cometido errores, quiza haya pecado por exceso de celo o exceso de entusiasmo y por esos extravios hay que despedirle, pero no ha sido culpable de ninguna falta grave contra tu persona. – ?Entonces que lo dejen ciego! Traed la galena, avivad el fuego. Hassan permanece mudo y es Omar el que interviene de nuevo. No puede permitir que maten o dejen ciego a un hombre que el mismo ha recomendado. – Senor, suplica, no inflijas semejante castigo a un hombre joven que solo podria consolarse de su desgracia con la lectura y la escritura. Entonces Malikxah dice: – Por ti, _jawaye_ Omar, el mas sabio, el mas puro de los hombres, acepto cambiar una vez mas mi decision. Por lo tanto, condeno a Hassan Sabbah al destierro. Se exiliara en una lejana region hasta el fin de su vida. Jamas podra pisar de nuevo la tierra del Imperio. Pero el hombre de Qom volvera para ejecutar una venganza ejemplar. Libro segundo. EL PARAISO DE LOS ASESINOS _El paraiso y el infierno estan en ti._ Omar Jayyam XV H an pasado siete anos, siete anos tan fastos para Jayyam como para el Imperio, los ultimos anos de paz. Una mesa preparada bajo un emparrado, una garrafa de cuello largo para el mejor vino blanco de Shiraz, con el punto justo de almizcle, y a su alrededor un festin que se manifiesta en cien pequenas escudillas; este es el ritual de un atardecer de junio en la terraza de Omar. Empezar por lo mas ligero, recomienda este, primero el vino, las frutas, luego los platos compuestos, arroz con agracejos y membrillos rellenos. Un viento sutil llega de los montes Amarillos a traves de los huertos en flor. Yahan coge un laud, puntea una cuerda, luego otra. La musica, al derramarse lentamente, acompana al viento. Omar levanta su copa y aspira su olor profundamente. Yahan le observa. Escoge de la mesa la azufaifa mas hermosa, la mas roja, la que tiene la piel mas lisa y se la ofrece a su hombre, lo que en el lenguaje de las frutas significa «un beso, enseguida». Omar se inclina hacia ella, sus labios se rozan, se huyen, vuelven a rozarse, se separan y se unen. Sus dedos se entrelazan, llega una sirvienta, se separan sin prisa y cogen cada uno su copa. Yahan sonrie y murmura: – Si tuviera siete vidas, pasaria una viniendo cada noche a esta terraza para tenderme languidamente sobre este divan, beberia este vino y hundiria los dedos en esta escudilla; la felicidad se embosca en la monotonia. Omar contesta: – Una vida, o tres o siete, todas las pasaria como estoy pasando esta, tendido en esta terraza con mi mano en tus cabellos. Juntos y diferentes. Amantes desde hace nueve anos, casados desde hace cuatro, sus suenos no viven siempre bajo el mismo techo. Yahan devora el tiempo, Omar lo bebe a sorbos. Ella quiere dominar el mundo; la sultana le presta oidos, y a esta le presta oidos el sultan. Durante el dia intriga en el haren real, sorprende los mensajes que van y vienen, los rumores de alcoba, las promesas de joyas, el tufo a veneno. Se excita, se agita, se exalta. Por la noche se abandona a la felicidad de ser amada. Para Omar la vida es diferente, es el placer de la ciencia, ciencia del placer. Se levanta tarde, bebe en ayunas la tradicional «copa de la manana» y luego se instala en su mesa de trabajo, escribe, calcula, traza lineas y figuras, escribe de nuevo, transcribe algun poema en su libro secreto. Por la noche acude a su observatorio, construido sobre un monticulo cercano a su casa. Solo tiene que atravesar un jardin para encontrarse en medio de los instrumentos que ama y que acaricia, que engrasa y lustra con sus propias manos. Con frecuencia lo acompana algun astronomo de paso. Los tres primeros anos de su estancia los dedico al observatorio de Ispahan, superviso su construccion y la fabricacion del material y, sobre todo, elaboro el nuevo calendario, inaugurado con pompa el primer dia de Favardin del 458, 21 de marzo de 1079. ?Que persa podria olvidar que ese ano, en virtud de los calculos de Jayyam, la sacrosanta fiesta del Nawruz fue desplazada, que el nuevo ano que debia caer en mitad del signo de Piscis se retraso hasta el primer sol de Aries, que fue despues de esta reforma cuando los meses persas se confundieron con los signos de los astros, convirtiendose asi Favardin en el mes de Aries y Esfand en el de Piscis? En junio de 1081 los habitantes de Ispahan y de todo el Imperio viven, pues, el tercer ano de la nueva era. Esta lleva oficialmente el nombre del sultan, pero en la calle e incluso en algunos documentos se menciona solamente «tal ano de la era de Omar Jayyam». ?Que hombre ha conocido en vida semejante honor? Esto nos demuestra hasta que punto Jayyam, en ese momento de treinta y tres anos de edad, es un personaje famoso y respetado, sin duda incluso temido, por aquellos que ignoran su profunda aversion por la violencia y la dominacion. ?Que le une, a pesar de todo, a Yahan? Un detalle, pero un gigantesco detalle: ni uno ni otro quieren tener hijos. Yahan ha decidido, de una vez por todas, no entorpecer su vida con la prole. Jayyam ha hecho suya la maxima de Abul-Ala, un poeta sitio a quien venera: «Yo sufro por culpa de aquel que me engendro, nadie sufrira por mi culpa.» No nos equivoquemos con respecto a esta actitud. Jayyam no tiene nada de misantropo. ?No fue el quien escribio: «Cuando el dolor te abrume, cuando llegues a desear que una noche eterna caiga sobre el mundo, piensa en el verdor que resplandece despues de la lluvia, piensa en el despertar de un nino»? Si se niega a procrear es porque la existencia le parece demasiado pesada de soportar. «Feliz aquel que jamas vino al mundo», no cesa de clamar. Ya lo vemos; las razones que uno y otro tienen para negarse a dar la vida no son identicas. Ella actua por exceso de ambicion, el por exceso de generosidad. Pero encontrarse, hombre y mujer, estrechamente unidos por una actitud que condenan todos los hombres y mujeres de Persia, dejar que murmuren que uno u otro es esteril sin ni siquiera dignarse responder, es algo que en este tiempo teje una fuerte complicidad. Una complicidad que tiene sus limites, sin embargo. Yahan recibe de Omar la valiosa opinion de un hombre sin codicia, pero rara vez se preocupa de informarle de sus actividades. Sabe que las desaprobaria. ?Para que suscitar interminables disputas? Verdad es que Jayyam no esta nunca muy lejos de la corte. Aunque evita incrustarse en ella, aunque huye de todas las intrigas y las desprecia, principalmente aquellas que enfrentan desde siempre a los medicos y a los astrologos del palacio, no deja de tener unas obligaciones de las que le es imposible librarse: asistir a veces al banquete de los viernes, examinar a algun emir enfermo y, sobre todo, proporcionar a Malikxah su _taqwim_ , su horoscopo mensual, ya que se supone que el sultan, como cada hijo de vecino, tiene que consultarlo para saber cada dia lo que debe o no debe hacer. «El 5 un astro te acecha, no saldras del palacio. El 7 ni sangria ni pocima de ninguna clase. El 10 te enrollaras el turbante al reves. El 13 no te acercaras a ninguna de tus mujeres…». Jamas se le ocurriria al sultan transgredir esas directrices. Tampoco a Nizam, que recibe su _taqwim_ de la mano de Omar antes del final del mes, lo lee avidamente y lo cumple al pie de la letra. Poco a poco, otros personajes han ido adquiriendo ese privilegio: el chambelan, el gran cadi de Ispahan, los tesoreros, algunos emires del ejercito, algunos ricos mercaderes, lo que termina por representar para Omar un trabajo considerable que le ocupa las diez ultimas noches de cada mes. ?La gente es tan aficionada a las predicciones! Los mas afortunados consultan a Omar, los demas se buscan un astrologo menos prestigioso, a no ser que por cada decision que deban tomar se dirijan a un hombre de religion que, ante ellos y cerrando los ojos, abra al azar el Coran, ponga el dedo sobre un versiculo y se lo lea, con el fin de que ellos mismos descubran en el la respuesta a su problema. Algunas mujeres pobres, apremiadas a tomar una decision, van de prisa y corriendo a la plaza publica y la primera frase que oyen la interpretan como una directriz de la Providencia. – Terken Jatun me ha preguntado hoy si estaba preparado su _taqwim_ para el mes de Tir -dice esa tarde Yahan. Omar dirige su mirada hacia la lejania: – Se lo voy a preparar por la noche. El cielo esta limpido, ninguna estrella se esconde, ya es hora de que vaya al observatorio. Se disponia a levantarse sin prisa, cuando una sirvienta viene a anunciar: – Un derviche esta a la puerta y pide hospitalidad para esta noche. – Hazle entrar -dice Omar-. Ofrecele la pequena habitacion bajo la escalera y dile que se una a nosotros para la cena. Yahan se tapa el rostro con el fin de prepararse para la entrada del extranjero, pero la sirvienta vuelve sola. – Prefiere permanecer en su cuarto rezando; me ha dado este mensaje. Omar lo lee, palidece y se levanta como un automata. Yahan se inquieta: – ?Quien es ese hombre? – Ahora vuelvo. Rompiendo el mensaje en mil pedazos, se dirige a grandes zancadas hacia la pequena habitacion cuya puerta cierra tras el. Un instante de espera, de incredulidad. Un abrazo seguido de un reproche: – ?Que estas haciendo en Ispahan? Todos los agentes de Nizam el-Molk te buscan. – Vengo a convertirte. Omar lo mira de hito en hito. Quiere asegurarse de que el otro esta aun en su sano juicio, pero Hassan se rie con esa misma risa sigilosa que Jayyam conocio en el caravasar de Qaxan. – Tranquilizate, tu eres la ultima persona a la que pensaria convertir, pero necesito un refugio. ?Que mejor protector que Omar Jayyam, comensal del sultan, amigo del gran visir? – Sienten mas odio hacia ti que amistad por mi. Eres bienvenido bajo mi techo, pero no creas ni un instante que mis relaciones te salvarian si se sospechara tu presencia. – Manana estare lejos. Omar se muestra desconfiado: – ?Has vuelto para vengarte? Pero el otro reacciona como si acabaran de agraviar su dignidad. – No intento vengar a mi miserable persona. Deseo destruir el poderio turco. Omar observa a su amigo, que ha cambiado su turbante negro por otro blanco pero impregnado de arena; sus ropas son de lana grosera y raida. – ?Me pareces tan seguro de ti mismo! Yo no veo ante mi mas que un hombre proscrito, acorralado, que se esconde de casa en casa, con ese fardo y ese turbante por todo equipo, ?y pretendes competir con un Imperio que se extiende por todo el Oriente desde Damasco a Herat! – Tu hablas de lo que es, yo hablo de lo que sera. Pronto se yerguera frente al Imperio de los selyuquies la Nueva Predicacion, minuciosamente organizada, poderosa y temible, que hara temblar al sultan y a los visires. No hace tanto tiempo, cuando tu y yo nacimos, Ispahan pertenecia a una dinastia persa y chii que imponia su ley al califa de Bagdad. Hoy, los persas no son mas que los servidores de los turcos y tu amigo Nizam es el mas vil servidor de esos intrusos. ?Como puedes afirmar que lo que ayer era verdad es impensable para manana? – Los tiempos han cambiado, Hassan. Los turcos poseen la fuerza y los persas han sido vencidos. Unos, como Nizam, buscan un compromiso con los vencedores; otros, como yo, se refugian en los libros. – Y hay otros, ademas, que luchan. Hoy no son mas que un punado, manana seran miles; un ejercito numeroso, decidido, invencible. Yo soy el apostol de la Nueva Predicacion, recorrere el pais sin descanso, usare tanto la persuasion como la fuerza y con la ayuda del Altisimo derribare el poder corrompido. Te lo digo a ti, Omar, que me salvaste un dia la vida: el mundo asistira pronto a unos acontecimientos cuyo sentido poca gente comprendera. Tu comprenderas, sabras lo que esta pasando, sabras quien sacude esta tierra y como va a terminar esa voragine. – No quiero poner en duda tus convicciones ni tu entusiasmo, pero recuerdo haberte visto, en la corte de Malikxah, disputar a Nizam el-Molk los favores del sultan turco. – Desenganate, no soy el innoble personaje que sugieres. – Yo no sugiero nada, unicamente senalo algunas disonancias. – Solo se deben a tu desconocimiento de mi pasado. No puedo reprocharte que juzgues por las apariencias de las cosas, pero me miraras de otro modo cuando te haya contado mi verdadera historia. Vengo de una familia chii tradicional. Siempre me ensenaron que los ismaelies no eran mas que herejes. Hasta el momento en que conoci a un misionero que despues de discutir durante mucho tiempo conmigo hizo vacilar mi fe. Cuando, por miedo a rendirme, decidi no volver a dirigirle la palabra, cai enfermo, tan gravemente que crei que habia llegado mi ultima hora. Vi en ello un signo, un signo del Altisimo, e hice la promesa, si sobrevivia, de convertirme a la fe de los ismaelies. Me restableci de la noche a la manana. En mi familia nadie podia creer en una curacion tan subita. Por supuesto, cumpli mi palabra, preste juramento y al cabo de dos anos se me confio una mision: acudir junto a Nizam el-Molk, insinuarme en su _divan_ con el fin de proteger a nuestros hermanos ismaelies en dificultades. Me marche, pues, de Rayy hacia Ispahan y en el camino me detuve en un caravasar de Qaxan. Una vez solo en mi pequena habitacion, me estaba preguntando de que forma podria introducirme en el circulo del visir, cuando se abrio la puerta. ?Quien entro? Jayyam, el gran Jayyam que el cielo me habia enviado a ese lugar para facilitar mi mision. Omar esta estupefacto. – ?Y pensar que Nizam el-Molk me pregunto si eras ismaeli y yo le respondi que no lo creia! – No mentiste, tu no lo sabias. Ahora lo sabes. Se interrumpe. – ?No me habias ofrecido algo de comer? Omar abre la puerta, llama a la sirvienta y le pide que traiga algunos platos. Y luego reanuda su interrogatorio: – ?Y hace siete anos que estas vagando asi, vestido de sufi? – He vagado mucho. Cuando abandone Ispahan fui perseguido por los agentes de Nizam, que querian matarme. Pude despistarlos en Qom donde unos amigos me ocultaron. Y luego reanude el camino hasta Rayy, donde conoci a un ismaeli que me recomendo que fuera a Egipto, que acudiera a la escuela de los misioneros que el mismo habia frecuentado. Di un rodeo por Azerbeiyan antes de volver a bajar a Damasco. Tenia intencion de tomar la ruta del interior hacia El Cairo. Los turcos y los magrebies luchaban alrededor de Jerusalen y tuve que volver sobre mis pasos y tomar la ruta de la costa por Beirut, Saida, Tiro y Acra, donde encontre sitio en un barco. A mi llegada a Alejandria, fui recibido como un emir de alto rango; un comite de acogida me esperaba presidido por Abu-Daud, jefe supremo de los misioneros. La sirvienta acaba de entrar y deposita sobre la alfombra algunas escudillas. Hassan empieza una oracion que interrumpe cuando ella se marcha. – En El Cairo pase dos anos. En la escuela de misioneros eramos varias decenas, pero solo un punado de entre nosotros estaba destinado a actuar fuera del territorio fatimi. Evita dar demasiados detalles. Sin embargo, se sabe por diversas fuentes que las clases se impartian en dos lugares diferentes: los ulemas explicaban los principios de la fe en la medersa de Al-Azhar y los medios para propagarlos se ensenaban en el recinto del palacio califal. Era el propio jefe de los misioneros, alto personaje de la corte fatimi, quien explicaba a los estudiantes los metodos de persuasion, el arte de desarrollar un argumento, de hablar a la razon tanto como al corazon. Y era igualmente el quien les hacia memorizar el codigo secreto que debian en sus comunicaciones. Al final de cada sesion, los estudiantes iban uno a uno a arrodillarse ante el jefe de los misioneros, que les pasaba por encima de la cabeza un documento que llevaba la firma del iman. Despues de esto, tenia lugar otra sesion, mas corta, destinada a las mujeres. – En Egipto recibi toda la ensenanza que necesitaba. – ?No me dijiste un dia que a los diecisiete anos ya lo sabias todo? -se burla Jayyam. – Hasta los diecisiete anos acumule conocimientos, luego aprendi a creer. En El Cairo aprendi a convertir. – ?Y que les dices a aquellos que intentas convertir? – Les digo que la fe no es nada sin un maestro para ensenarla. Cuando proclamamos: «No hay mas dios que Dios», anadimos inmediatamente «Y Mahoma es su Mensajero». ?Por que? Porque no tendria ningun sentido afirmar que hay un solo Dios si no citamos la fuente, es decir, el nombre de aquel que nos ha ensenado esa verdad. Pero ese hombre, ese Mensajero, ese Profeta, ha muerto hace tiempo. ?Como podemos saber que existio y que hablo como nos lo han contado? Yo que, como tu, he leido a Plat6n y a Aristoteles, necesito pruebas. – ?Que pruebas? ?Hay realmente pruebas en esas materias? – Para vosotros los sunnies no hay, efectivamente, ninguna prueba. Pensais que Mahoma murio sin designar un heredero, que dejo abandonados a los musulmanes y que entonces se dejaron gobernar por el mas fuerte o el mas astuto. Eso es absurdo. Nosotros pensamos que el Mensajero de Dios nombro un sucesor, un depositario de sus secretos: el iman Ali, su yerno, su primo, casi su hermano. A su vez, Ali designo un sucesor. Asi se ha perpetuado el linaje de los imanes legitimos y por medio de ellos se ha transmitido la prueba del mensaje de Mahoma y de la existencia del Dios unico. – Por todo lo que dices no veo en que difieres de los otros chiies. – Entre mi fe y la de mis padres la diferencia es grande. Ellos me ensenaron que debiamos sufrir con paciencia el poder de nuestros enemigos esperando el regreso del iman oculto, que establecera sobre la tierra el reino de la justicia y recompensara a los verdaderos creyentes. Mi propia conviccion es que hay que actuar desde ahora mismo, preparar por todos los medios el advenimiento de nuestro iman en esta region. Yo soy el Precursor, aquel que allana la tierra con el fin de que este preparada para recibir al iman del Tiempo. ?Ignoras que el Profeta hablo de mi? – ?De ti, Hassan hijo de Ali Sabbah, nativo de Qom? – ?Acaso no dijo: «Un hombre vendra de Qom; exigira a las gentes que sigan el camino recto y los hombres se reuniran en torno suyo como puntas de lanzas, el viento de las tempestades no los dispersara, no se cansaran de luchar, no flaquearan y en Dios se apoyaran?» – No conozco esa cita. Sin embargo, he leido los libros de las tradiciones certificadas. – Tu has leido los libros que tu quieres; los chiies tienen otros libros. – ?Y se trata de ti? – Pronto no lo dudaras mas. XVI E l hombre de los ojos desorbitados ha reanudado su vida errante. Infatigable misionero, recorre el Oriente musulman: Balj, Merv, Kaxgar, Samarcanda. Por todas partes predica, argumenta, convierte, organiza. No abandona una ciudad o un pueblo sin haber designado un representante que deja rodeado de un circulo de adeptos, chiies cansados de esperar y de padecer, sunnies, persas o arabes hartos de la dominacion de los turcos, jovenes con deseos de rebelion, creyentes a la busqueda de rigor. El ejercito de Hassan aumenta cada dia. Se les llama «batinis», la gente del secreto. Se les trata de herejes, de ateos. Los ulemas lanzan anatema tras anatema: «?Ay del que se alie con ellos, ay del que se siente a su mesa, ay del que se una a ellos por el matrimonio! Derramar su sangre es tan legitimo como regar el jardin.» El tono sube, la violencia no permanece encerrada en la palabra durante mucho tiempo. En la ciudad de Savah el predicador de una mezquita denuncia a algunas personas que a las horas de la oracion se reunen apartadas de los otros musulmanes. Invita a la policia a actuar con rigor. Dieciocho herejes son detenidos. Algunos dias mas tarde el denunciante aparece apunalado. Nizam el-Molk ordena un castigo ejemplar: un carpintero ismaeli es acusado del crimen, torturado y crucificado, y su cuerpo arrastrado por todas las callejuelas del bazar. «Ese predicador fue la primera victima de los ismaelies, ese carpintero fue su primer martir», estima un cronista, para anadir que obtuvieron su primer gran exito cerca de la ciudad de Kain, al sur de Nisapur. Una caravana de la que formaban parte mas de seiscientos mercaderes y peregrinos, asi como un importante cargamento de antimonio, llegaba de Kirman. A media jornada de Kain, unos hombres armados y enmascarados les cerraron el camino. El anciano de la caravana penso que se trataba de bandoleros y quiso negociar un rescate como solia hacerlo. Pero no se trataba de eso. Los viajeros fueron conducidos hacia un pueblo fortificado donde se les retuvo durante varios dias, sermoneandoles e invitandoles a convertirse. Algunos aceptaron, a otros se les puso en libertad y finalmente exterminaron a la mayoria de ellos. Sin embargo, ese secuestro de la caravana pronto pareceria una peripecia de poca importancia en la gigantesca aunque solapada prueba de fuerza que se esta desarrollando. Las matanzas y los contragolpes se suceden. No se salva ninguna ciudad, ninguna provincia, ninguna ruta; la «paz selyuqui» comienza a desmoronarse. Es entonces cuando estalla la memorable crisis de Samarcanda. «El cadi Abu Taher esta en el origen de los acontecimientos», afirma perentoriamente un cronista. No, las cosas no son tan sencillas. Es cierto que una tarde de noviembre, el antiguo protector de Jayyam llega inopinadamente a Ispahan con mujeres y equipajes, desgranando reniegos e imprecaciones. Nada mas cruzar la puerta de Tirali ordena que le conduzcan ante su amigo, que lo instala en su casa, feliz de tener por fin la ocasion de demostrarle su gratitud. Una vez despachadas rapidamente las efusiones de costumbre, Abu Taher ruega, al borde de las lagrimas: – Tengo que hablar con Nizam el-Molk lo antes posible. Jayyam nunca ha visto al cadi en semejante estado e intenta tranquilizarlo: – Iremos a ver al visir esta misma noche. ?Tan grave es? – He tenido que huir de Samarcanda. No puede continuar; se le ahoga la voz y las lagrimas corren por sus mejillas. Ha envejecido mucho desde el ultimo encuentro; tiene la piel marchita, la barba blanca. Solo las cejas siguen siendo una marana negra y temblorosa. Omar pronuncia algunas frases de consuelo. El cadi se recobra, se ajusta el turbante y declara: – ?Te acuerdas de ese hombre al que llamaban el estudiante de la cicatriz? – ?Como voy a olvidarme de aquel que agito ante mis ojos mi propia muerte! – ?Te acuerdas de que se volvia loco ante la menor sospecha de olor a herejia? Pues bien, hace tres anos se unio a los ismaelies y hoy proclama sus errores con el mismo celo que desplegaba para defender la verdadera fe. Cientos, miles de ciudadanos le siguen. Es el amo de la calle e impone su ley a los comerciantes del bazar. He ido a ver al kan en varias ocasiones. Tu conociste a Nasr Kan, sus coleras repentinas que se aplacaban tan subitamente como se encendian, sus accesos de violencia o de prodigalidad. Que Dios lo tenga en la gloria, lo menciono en todas mis oraciones. Hoy el poder esta en manos de su sobrino Ahmed, un joven imberbe, indeciso imprevisible, nunca se como tratarle. Me queje a el varias veces de las intrigas de los herejes, le expuse los peligros de la situacion, pero solo me escuchaba distraidamente, aburrido. Al ver que no se decidia a actuar, reuni a los comandantes de la milicia, asi como a algunos funcionarios en cuya lealtad confio y les pedi que vigilaran las reuniones de los ismaelies. Tres hombres de confianza se relevaban para seguir al estudiante de la cicatriz, ya que mi objetivo era presentar al kan un informe detallado de sus actividades con el fin de abrirle los ojos. Hasta el dia en que mis hombres me informaron de que el jefe de los herejes habia llegado a Samarcanda. – ?Hassan Sabbah? – En persona. Los mios se apostaron a ambos lados de la calle Abdak, en el barrio de Gatfar, donde tenia lugar la reunion de los ismaelies. Cuando Sabbah salio de alli, disfrazado de sufi, se echaron sobre el, le cubrieron la cabeza con un saco y me lo trajeron. Inmediatamente lo conduje al palacio, orgulloso de anunciar al soberano mi captura. Por primera vez se mostro interesado y pidio ver al personaje, pero cuando Sabbah estuvo en su presencia ordeno que desataran sus ligaduras y que le dejaran solo con el. Por mas que le previne contra ese peligroso hereje y le recorde las fechorias de las que era culpable, todo fue inutil. Queria, dijo, convencer al hombre de que volviera al camino recto. La entrevista se prolongo. De vez en cuando, uno de sus allegados entreabria la puerta; los dos hombres seguian discutiendo. Subitamente, al amanecer, se les vio prosternarse uno al lado del otro para la oracion, murmurando las mismas palabras. Los consejeros se empujaban para observarlos. Despues de beber un trago de jarabe de horchata, Abu Taher formula unas palabras de agradecimiento antes de proseguir: – Hubo que rendirse ante la evidencia. El senor de Samarcanda, soberano de Transoxiana, heredero de la dinastia de los Kanes Negros, acababa de adherirse a la herejia. Desde luego evito proclamarlo y continuo simulando su fidelidad a la verdadera Fe, pero ya nada fue como antes. Los consejeros del principe fueron reemplazados por ismaelies. Los jefes de la milicia, autores de la captura de Sabbah murieron brutalmente uno despues de otro. Mi propia guardia fue sustituida por los hombres del estudiante de la cicatriz. No me quedaba otra eleccion que partir con la primera caravana de peregrinos y venir a exponer la situacion a aquellos que sostienen la espada del Islam, Nizam el-Molk y Malikxah. Esa misma noche Jayyam acompana a Abu Taher a casa del visir. Lo presenta y luego los deja a solas. Nizam escucha a su visitante con recogimiento y en su rostro se lee la inquietud. Cuando el cadi se calla, Nizam le lanza: – ?Sabes quien es el verdadero responsable de las desgracias de Samarcanda y de todas nuestras desgracias? ?Ese hombre que te ha acompanado hasta aqui! – ?Omar Jayyam? – ?Quien, si no? Fue _jawaye_ Omar quien intercedio en favor de Hassan Sabbah el dia en que yo pude obtener su muerte. Nos impidio matarlo. ?Podria ahora impedirle matarnos? El cadi no sabe que decir. Nizam suspira. Se sucede un corto y embarazoso silencio. – ?Que sugieres que hagamos? Es Nizam quien interroga. Abu Taher tiene su idea muy preparada y la enuncia con la lentitud de las proclamaciones solemnes. – Ha llegado la hora de que la bandera de los selyuquies ondee sobre Samarcanda. El rostro del visir se ilumina y luego se ensombrece. – Tus palabras valen su peso en oro. Desde hace anos no ceso de repetir al sultan que el Imperio debe extenderse hacia Transoxiana, que unas ciudades tan prestigiosas y prosperas como Sarnarcanda y Bujara no pueden permanecer fuera de nuestra autoridad. Es una perdida de tiempo; Malikxah no quiere saber nada. – Sin embargo, el ejercito del kan esta muy debilitado. Sus emires ya no reciben la paga y sus fortalezas estan en ruinas. – Eso ya lo sabemos. – ?No sera que Malikxah teme sufrir la misma suerte que su padre Alp Arslan si como el cruzara el rio? – En modo alguno. El cadi no pregunta mas y espera la explicacion. – El sultan no teme ni al rio ni al ejercito enemigo -dice Nizam-. ?Tiene miedo de una mujer! – ?Terken Jatun? – Ella le ha jurado que si cruza el rio, le negara para siempre su lecho y transformara su haren en un infierno. No olvidemos que Samarcanda es su ciudad, que Nast Kan era su hermano y Ahmed Kan es su sobrino. Transoxiana pertenece a su familia. Si el reino construido por sus antepasados se derrumbara, perderia el puesto que ocupa entre las mujeres del palacio y comprometeria las oportunidades que tiene su hijo de suceder un dia a Malikxah. – ?Pero su hijo solo tiene dos anos! – Precisamente. Cuanto mas joven, mas tiene que luchar su madre por mantener sus derechos. – Si he comprendido bien -concluye el cadi-, el sultan no aceptara jamas conquistar Samarcanda. – No he dicho eso, pero es necesario hacerle cambiar de opinion y no sera facil encontrar unas armas mas persuasivas que las de la Jatun. El cadi enrojece. Sonrie cortesmente pero no se deja apartar de su proposito. – ?No bastaria con que yo repitiera ante el sultan lo que acabo de decirte? ?No bastaria con que le informara de la conspiracion urdida por Hassan Sabbah? – No -comenta secamente Nizam. Por el momento esta demasiado absorto para argumentar. En su cabeza se esta elaborando un plan. Su visitante espera a que se determine. – Veamos -enuncia el visir con autoridad-. Manana por la manana te presentaras a la puerta del haren del sultan y pediras ver al jefe de los eunucos. Le diras que vienes de Samarcanda y que desearias transmitir a Terken Jatun noticias de su familia. Tratandose del cadi de su ciudad, de un viejo servidor de su dinastia, no puede hacer otra cosa que recibirte. El cadi solo mueve la cabeza y Nizam prosigue: – Cuanto estes en la sala de las colgaduras, contaras la miseria en la que se encuentra Samarcanda por culpa de los herejes, pero omitiras evocar la conversion de Ahmed. Por el contrario, daras a entender que Hassan Sabbah ambiciona su trono, que su vida esta amenazada y que solo la Providencia podria aun salvarla. Anadiras que has venido a verme pero que no he querido prestarte atencion, incluso que te he disuadido de hablar de ello al sultan. Al dia siguiente, la estratagema dio resultado sin encontrar el menor obstaculo. Mientras que Terken Jatun se hace cargo de convencer al sultan de la necesidad de salvar al kan de Samarcanda, Nizam el-Molk, que aparenta oponerse a ello, se ocupa intensamente de los preparativos de la expedicion. Con esta guerra de enganos, Nizam no trata solamente de anexionarse Transoxiana, y, menos aun, de salvar a Samarcanda; quiere, sobre todo, restablecer su prestigio escarnecido por la subversion ismaeli. Y para ello necesita una victoria total y resonante. Desde hace anos, sus espias le juran cada dia que Hassan ha sido localizado, que su detencion es inminente, pero el rebelde permanece inasequible, sus tropas se evaporan al primer contacto. Nizam busca, pues, una ocasion para enfrentarse con el cara a cara, ejercito contra ejercito. Samarcanda es un terreno inesperado. En la primavera de 1089, un ejercito de doscientos mil hombres se pone en marcha con elefantes e instrumentos de asedio. Poco importan las intrigas y las mentiras que han presidido su creacion; realizara lo que todo ejercito debe realizar. Comienza por apoderarse de Bujara sin la menor resistencia y luego se dirige hacia Samarcanda. Una vez a las puertas de la ciudad, Malikxah anuncia a Ahmed Kan, con un patetico mensaje, que ha llegado al fin a liberarlo del yugo de los herejes. «No he pedido nada a mi augusto hermano» responde friamente el kan. Malikxah se asombra ante Nizam, que no se inmuta: «El kan ya no es libre en sus movimientos. Hay que hacer como si no existiera.» De todas maneras el ejercito no puede volver sobre sus pasos, los emires quieren su parte del botin y no regresaran con las manos vacias. Desde los primeros dias, la traicion de un guardian de una torre permite a los sitiadores introducirse en la ciudad y tomar posiciones al oeste, cerca de la puerta del Monasterio. Los defensores se repliegan hacia los zocos del sur, en torno a la puerta de Kix. Una parte de la poblacion decide apoyar a las tropas del sultan, las alimenta y las anima; otra parte abraza la causa de Ahmed Kan, cada uno segun su fe. Los combates se suceden con una violencia extrema durante dos semanas, pero en ningun momento existe la menor duda de su desenlace. El kan, que se habia refugiado en casa de un amigo en el barrio de las copulas, pronto es apresado, asi como todos los jefes ismaelies. Unicamente Hassan consigue escapar atravesando de noche un canal subterraneo. No cabe duda de que Nizam ha ganado, pero a fuerza de embaucar tanto al sultan como a la sultana ha envenenado irremediablemente sus relaciones con la corte. Aunque Malikxah, no lamenta haber conquistado con tan poco esfuerzo las mas prestigiosas ciudades de Transoxiana, sufre en su amor propio haberse dejado enganar. Incluso se niega a organizar para la tropa el tradicional banquete de la victoria. «?Es pura avaricia!», cuchichea con mala intencion Nizam a quien quiera escucharle. En cuanto a Hassan Sabbah, saca de su derrota una valiosa leccion. Antes de intentar convertir a los principes, va a forjarse un temible instrumento de guerra que no se parecera en nada a todo lo que la humanidad ha conocido hasta ese momento: la orden de los Asesinos. XVII A lamut. Una fortaleza sobre un penasco a seis mil pies de altitud; un paisaje de montes pelados, lagos olvidados, precipicios cortados a pico, desfiladeros sin salida. El ejercito mas numeroso no podria acceder a ella mas que en fila india. Las mas potentes catapultas no podrian ni rozar sus murallas. Entre las montanas reina el Xah-Rud, llamado el «rio loco», que en primavera, con el deshielo de las nieves del Elburz, crece y se acelera, arrancando a su paso arboles y piedras. ?Ay del que ose acercarsele! ?Ay de la tropa que se atreva a acampar a sus orillas! Del rio, de los lagos, sube cada noche una densa y algodonosa bruma que escala el farallon y se detiene a medio camino. Para los que alli viven, el castillo de Alamut se convierte entonces en una isla en medio de un oceano de nubes. Visto desde abajo es una guarida de genios. En dialecto local, Alamut significa «la leccion del aguila». Se cuenta que un principe que queria construir una fortaleza para controlar aquellas montanas solto un ave rapaz amaestrada. Esta, despues de haber dado vueltas en el cielo, fue a posarse sobre ese penasco. El amo comprendio que ningun emplazamiento seria mejor. Hassan Sabbah ha imitado al aguila. Recorre Persia a la busqueda de un lugar donde poder reunir a sus fieles, instruirlos y organizarlos. De su contratiempo en Samarcanda ha aprendido que seria ilusorio querer apoderarse de una gran ciudad, ya que el enfrentamiento con los selyuquies seria inmediato e inevitablemente redundaria en provecho del Imperio. Por lo tanto, necesita otra cosa: un reducto montanoso, inexpugnable, un santuario desde donde desarrollar su actividad en todas las direcciones. En el momento en que las banderas capturadas en Transoxiana se despliegan en las calles de Ispahan, Hassan se encuentra en los alrededores de Alamut. Ese lugar es para el una revelacion. Desde que lo diviso a lo lejos, comprendio que era alli y en ningun otro sitio donde terminaria su vida errante, donde se alzaria su reino. Alamut es, en ese momento, un pueblo fortificado, uno, entre tantos otros, donde viven algunos soldados con sus familias, unos cuantos artesanos, algunos agricultores y un gobernador nombrado por Nizam el-Molk, un honrado castellano llamado Mahdi el Alaui, que solo se preocupa de su agua para el riego y su cosecha de nuez, de uvas y de granadas. Los tumultos del imperio no le quitan el sueno. Hassan comienza por enviar a algunos companeros, nativos de la region, que se mezclan con la guarnicion, predican y convierten. Algunos meses mas tarde estan en condiciones de anunciar al maestro que el terreno esta preparado y que puede venir. Hassan se presenta disfrazado de derviche sufi, como de costumbre. Se pasea, inspecciona, comprueba. El gobernador recibe al hombre santo y le pregunta que le agradaria. – Necesito esta fortaleza -dice Hassan. El gobernador sonrie y se dice que a ese derviche no le falta humor. Pero su invitado no sonrie. – He venido a tomar posesion de la plaza. ?Todos los hombres de la guarnicion me son adictos! Hay que reconocer que la conclusion de ese intercambio es tan inaudita como inverosimil. Los orientalistas que han consultado las cronicas de la epoca, particularmente los relatos consignados por los ismaelies, tuvieron que leerlos y releerlos para asegurarse de que no eran victimas de una falsificacion. Imaginemos de nuevo la escena. Estamos a finales del siglo XI, exactamente a 6 de septiembre de 1090. Hassan Sabbah, genial fundador de la orden de los Asesinos, esta a punto de apoderarse de la fortaleza que sera durante ciento sesenta y seis anos la sede de la secta mas temible de la historia. Esta alli, sentado con las piernas cruzadas, frente al gobernador, a quien repite sin alzar la voz: – He venido a tomar posesion de Alamut. – Esta fortaleza me fue entregada en nombre del sultan -responde el otro-. ?Pague para conseguirla! – ?Cuanto? – ?Tres mil dinares de oro! Hassan Sabbah toma un papel y escribe: «Sirvanse pagar la suma de tres mil dinares de oro a Mahdi el Alaui como pago de la fortaleza de Alamut. Dios nos basta. Es el mejor de los Protectores.» El gobernador estaba inquieto y no creia que la firma de un hombre vestido con un sayal pudiera avalar semejante suma, pero nada mas llegar a la ciudad del Darngan pudo cobrar su oro sin ninguna demora. XVIII C uando la noticia de la conquista de Alamut llega a Ispahan, apenas suscita alborotos. La ciudad se interesa mucho mas por el conflicto que en ese momento estalla con violencia entre Nizam y el palacio. Terken Jatun no perdona al visir la operacion que ha dirigido contra el feudo de su familia e insiste ante Malikxah para que se deshaga sin demora de su demasiado poderoso visir. Nada es mas normal, dice, que el sultan, a la muerte de su padre, tuviera un tutor, ya que solo tenia diecisiete anos; hoy tiene treinta y cinco, es todo un hombre y no puede dejar indefinidamente la direccion de los asuntos en las manos de su _ata_ . ?Ya es hora de que se sepa quien es el verdadero senor del Imperio! El problema de Samarcanda, ?no ha servido para probar que Nizam intentaba imponer su voluntad, que enganaba a su senor y le trataba como a un menor ante el mundo entero? Si Malikxah duda aun de dar ese paso, un incidente va a empujarle a ello. Nizam ha nombrado gobernador de la ciudad de Merv a su propio nieto. Adolescente pretencioso, demasiado confiado en la omnipotencia de su abuelo, se ha permitido insultar en publico a un anciano emir turco. Este, lloroso, va a quejarse a Malikxah que, fuera de si, ordena inmediatamente que se escriba a Nizam una carta redactada en los siguientes terminos: «Si eres mi adjunto, debes obedecerme y prohibir a tus parientes que ataquen a mis hombres; si te consideras mi igual, mi asociado en el poder, tomare las decisiones pertinentes.» Nizam da su respuesta al mensaje entregado por una delegacion de altos dignatarios del Imperio: «Decid al sultan, si es que hasta ahora lo ignoraba, que desde luego soy su asociado y que sin mi persona no hubiera podido jamas forjar su poderio. ?Ha olvidado que fui yo quien, a la muerte de su padre, se hizo cargo de sus asuntos, que fui yo quien alejo a los otros pretendientes y metio en cintura a todos los rebeldes? ?Que gracias a mi se le obedece y respeta hasta los confines de la tierra? ?Si, id a decirle que la suerte de su gorro esta unida a la de mi tintero!» Los emisarios estan estupefactos. ?Como un hombre tan prudente como Nizam el-Molk puede dirigir al sultan unas palabras que van a causar su propia desgracia y, sin duda, su muerte? ?Su arrogancia raya en la locura! Solo un hombre, ese dia, sabe con precision lo que explica semejante determinacion, y es Jayyam. Desde hacia semanas Nizam se le quejaba de atroces dolores que le mantenian despierto por la noche y por el dia le impedian concentrarse en su trabajo. Despues de examinarlo minuciosamente, de palparlo e interrogarlo, Omar le diagnostico un tumor flemonoso que no le permitiria vivir mucho tiempo. Fue una noche muy penosa aquella en que Jayyam tuvo que declarar a su amigo la verdad sobre su estado. – ?Cuanto tiempo me queda de vida? – Algunos meses. – ?Seguire sufriendo? – Podria prescribirte opio para aliviar el sufrimiento, pero estarias continuamente aturdido y ya no podrias trabajar. – ?No podria escribir? – Ni mantener una larga conversacion. – Entonces prefiero sufrir. Entre una replica y otra se sucedian largos momentos de silencio. Y de sufrimiento dignamente contenido. – ?Tienes miedo al mas alla, Jayyam? – ?Por que tener miedo? Despues de la muerte esta la nada o la misericordia. – ?Y el mal que he podido hacer? – Por grandes que hayan sido tus culpas, el perdon de Dios es aun mayor. Nizam se habia mostrado algo mas tranquilo. – Tambien he hecho el bien. Construi mezquitas y escuelas y combati la herejia. Como Jayyam no lo contradecia, habia proseguido: – ?Se acordaran de mi dentro de cien anos, de mil anos? – ?Como saberlo? Nizam, despues de mirarlo de hito en hito con desconfianza, habia continuado: – ?No fuiste tu quien dijo un dia: «La vida es como un incendio. Llamas que el que pasa olvida. Cenizas que el viento dispersa. Un hombre ha vivido»? ?Crees que sera ese el destino de Nizam el-Molk? Jadeaba. Omar seguia callado. – Tu amigo Hassan Sabbah recorre el pais clamando que no soy mas que un vil servidor de los turcos. ?Crees que sera eso lo que digan de mi el dia de manana? ?Que se me considerara la verguenza de los arios? ?Olvidaran que fui el unico que hizo frente a los sultanes durante treinta anos y que les impuso su voluntad? ?Que otra cosa podia hacer yo despues de la victoria de sus ejercitos? Pero no dices nada. Hablaba con aire ausente. – Setenta y cuatro anos, setenta y cuatro anos que vuelven a pasar ante mis ojos. Tantas decepciones, tantos pesares, tantas cosas que hubiera querido vivir de otro modo. Sus ojos estaban medio cerrados, sus labios se habian crispado. – ?Ay de ti, Jayyam! Por tu culpa Hassan Sabbah puede perpetrar hoy todas sus villanias. Omar deseaba responderle: «?Cuantas cosas teneis en comun tu y Hassam! Si una causa os seduce, edificar un imperio o preparar el reino del iman, no dudais en matar para hacerla triunfar. Para mi, toda causa que mate deja de seducirme. A mis ojos se afea, se degrada y se envilece, por muy hermosa que haya podido ser. Ninguna causa es justa cuando se alia con la muerte.» Tuvo deseos de gritarlo pero se habia dominado y se habia callado; habia decidido dejar que su amigo se deslizara en paz hacia su destino. A pesar de esa noche amarga, Nizam habia terminado por resignarse, se habia acostumbrado a la idea de dejar de existir. Pero de la noche a la manana habia abandonado los asuntos del Estado y habia decidido dedicar todo el tiempo que le quedaba a la terminacion de un libro, _Siyaset-Nameh_ , el Tratado de Gobierno, una obra notable, equivalente para el Oriente musulman a lo que seria para Occidente cuatro siglos mas tarde, _El Principe_ de Maquiavelo. Con una enorme diferencia: _El Principe_ es la obra de un desencantado de la politica, defraudado de cualquier poder; el _Siyaset-Nameh_ es el fruto de la insustituible experiencia de un constructor de imperios. Asi que, en el mismo momento en que Hassan Sabbah acaba de conquistar ese inexpugnable santuario con el que ha sonado tanto tiempo, el hombre fuerte del Imperio solo piensa ya en su lugar en la Historia. Prefiere las palabras verdaderas a las palabras que agradan y esta dispuesto a desafiar al sultan hasta el final. Se diria incluso que desea una muerte espectacular, una muerte a su medida. La obtendra. Cuando Malikxah recibe a la delegacion que ha visitado a Nizam, no alcanza a creer lo que le cuentan. – ?Ha dicho realmente que era mi asociado, mi igual? Al confirmarselo abrumados los emisarios, el sultan da rienda suelta a su furor. Habla de empalar a su tutor, de despedazarlo vivo, de crucificarlo sobre las almenas de la ciudadela. Luego corre a anunciar a Terken Jatun que al fin ha decidido destituir a Nizam el-Molk de todas sus funciones y que desea su muerte. Queda por saber de que manera se hara la ejecucion sin que provoque una reaccion en el seno de los numerosos regimientos que le son aun fieles. Pero Terken y Yahan ya han pensado en ello: puesto que Hassan desea igualmente la muerte de Nizam ?por que no facilitarle la tarea a la vez que se deja a Malikxah fuera de toda sospecha? Se envia, pues, a Alamut un cuerpo de ejercito bajo el mando de un fiel del sultan. En apariencia el objetivo es sitiar la fortaleza de los ismaelies; en realidad se trata de una tapadera para negociar sin despertar sospechas. El desarrollo de los acontecimientos se ultima hasta en los menores detalles: el sultan atraera a Nizam a Nihavend, una ciudad situada a igual distancia de Ispahan que de Alamut. Alli los asesinos se haran cargo de el. Los textos de la epoca relatan que Hassan Sabbah reunio a sus hombres y les dirigio las siguientes palabras: «?Quien de vosotros librara al pais del malhechor Nizam el-Molk?», que un hombre llamado Arrani se puso la mano en el pecho en senal de aceptacion, que el senor de Alamut le encargo esa mision y anadio: «La muerte de ese demonio es el comienzo de la felicidad.» Durante ese tiempo, Nizam esta encerrado en su casa. Aquellos que frecuentaban su _divan_ lo han abandonado al enterarse de su desgracia, solo Jayyam y los oficiales de la guardia nizamiyya lo visitan. Pasa la mayor parte del tiempo escribiendo. Escribe con frenesi y a veces le pide a Jayyam que se lo relea. Este, al recorrer el texto, esboza aqui y alla una sonrisa divertida, una mueca. Como tantos otros grandes hombres, Nizam, en el ocaso de su vida, no puede por menos de disparar flechas, de arreglar cuentas. Con Terken Jatun, por ejemplo. El capitulo 43 se titula «Mujeres que viven detras de las colgaduras». «En una epoca remota», escribe Nizam, «la esposa de un rey adquirio sobre el un gran ascendiente que solo causo discordia y confusion. No dire mas sobre ello porque todos podemos observar hechos semejantes en otras epocas.» Y anade: «Para que una empresa tenga exito, hay que hacer lo contrario de lo que digan las mujeres.» Los seis capitulos siguientes estan dedicados a los ismaelies, y terminan asi: «He hablado de esta secta para que se este sobre aviso… se recordaran mis palabras cuando esos impios hayan precipitado a la nada a las personas que el sultan estima, asi como a los notables del Estado, cuando los tambores resuenen por todas partes y se descubran sus intenciones. En medio del tumulto que se producira, que sepa el principe que todo lo que he dicho es verdad. ?Quiera el Altisimo preservar a nuestro senor y al Imperio del maleficio!» El dia en que un mensajero vino a verle y a invitarle de parte del sultan a reunirse con el para viajar a Bagdad, el visir no duda un instante de lo que le espera y llama a Jayyam para despedirse de el. – En tu estado -le dice este ultimo- no deberias recorrer semejantes distancias. – En mi estado, nada importa ya, y no es el viaje lo que me va a matar. Omar no sabe que decir. Nizam lo abraza y se despide de el amistosamente antes de ir a inclinarse ante aquel que lo ha condenado. Suprema elegancia, suprema inconsciencia, suprema perversidad; el sultan y el visir juegan uno y otro con la muerte. Cuando estan en camino hacia el lugar del suplicio, Malikxah interroga a su «padre»: – ?Cuanto tiempo crees que viviras aun? Nizam responde, sin la sombra de una duda: – Mucho tiempo, muchisimo tiempo. El sultan esta desconcertado: – Que te muestres arrogante conmigo, pase, ?pero con Dios! ?Como puedes afirmar semejante cosa? Di mejor ?que se haga Su Voluntad, El es el senor de la vida! – Si he respondido asi es porque anoche tuve un sueno. Vi a nuestro Profeta, ?recemosle!, le pregunte cuando moriria y obtuve una respuesta reconfortante. Malikxah se impacienta: – ?Que respuesta? – El Profeta me dijo: «Tu eres un pilar del Islam, haces el bien a los que te rodean, tu existencia es valiosa para los creyentes, por lo tanto te concedo el privilegio de escoger el momento de tu muerte.» Yo respondi: «?Dios me guarde de ello! ?Que hombre podria escoger semejante dia? Siempre se quiere mas, e incluso aunque fijara la fecha mas alejada posible, viviria con la obsesion de que se acerca y la vispera de ese dia, ya sea dentro de un mes o dentro de cien anos, temblaria de miedo. No quiero escoger la fecha. El unico favor que te pido, amado Profeta, es no sobrevivir a mi senor el sultan Malikxah. Le he visto crecer, le he oido llamarme “padre” y no quisiera sufrir la humillacion y la pena de verle muerto.» «Concedido», me dijo el Profeta, «moriras cuarenta dias antes que el sultan.» Malikxah tiene el rostro livido, tiembla. Casi se traiciona. Nizam sonrie: – Ya lo ves, no demuestro ninguna arrogancia. Hoy estoy seguro de que vivire mucho tiempo. En ese instante ?tuvo el sultan la tentacion de renunciar a matar a su visir? Hubiera estado muy inspirado, ya que, efectivamente, aunque el sueno solo era una parabola, Nizam habia tomado temibles disposiciones. La vispera de su partida, los oficiales de su guardia reunidos junto a el habian jurado uno tras otro con la mano sobre el Libro que si le asesinaban ninguno de sus enemigos le sobreviviria. XIX E n la epoca en que el imperio selyuqui era el mas fuerte del universo, una mujer oso tomar el poder entre sus debiles manos. Sentada detras de su colgadura, desplazaba los ejercitos de una frontera a otra de Asia, nombraba a los reyes y a los visires, a los gobernadores y a los cadies, dictaba cartas al califa y enviaba emisarios ante el senor de Alamut. A los emires que refunfunaban al oirla dar ordenes a las tropas, les respondia: «Entre nosotros, los hombres van a la guerra, pero las mujeres les dicen contra quien luchar.» En el haren del sultan la llaman «la China». Nacio en Samarcanda, de una familia originaria de Kaxgar y, como su hermano mayor Nasr Kan, su rostro no revela ninguna mezcla de sangre, ni los rasgos semitas de los arabes, ni los rasgos arios de los persas. Es, con mucho, la mas antigua de las mujeres de Malikxah, que la desposo con solo nueve anos. Ella tenia once. Pacientemente, espero a que el madurara. Acaricio el primer vello de su barba, sorprendio el primer sobresalto de deseo en su cuerpo, vio como sus miembros se estiraban y sus musculos se henchian, majestuoso engreido a quien no tardo en dominar. Nunca dejo de ser la favorita; fue adulada, cortejada, reverenciada, y sobre todo, escuchada. Y obedecida. Al final del dia, al regreso de una caceria de leones, de un torneo, de una refriega sangrienta, de una tumultuosa asamblea de emires, o peor aun, de una penosa sesion de trabajo con Nizam, Malikxah encuentra la paz en los brazos de Terken. Aparta la seda liviana que la cubre y se aprieta contra su piel, retoza, ruge, cuenta sus hazanas y sus hastios. La China arropa al animal salvaje excitado, lo mima, lo recibe como a un heroe en los pliegues de su cuerpo, lo retiene durante largo rato, lo estrecha contra ella y solo lo suelta para atraerlo de nuevo; el se desploma, conquistador sin aliento, jadeante, sometido, hechizado; ella sabe llevarle hasta el limite del placer. Luego, suavemente, sus dedos menudos comienzan a dibujar sus cejas, sus parpados, sus labios, los lobulos de sus orejas, las lineas de su cuello sudoroso; la fiera se derrumba, ronronea, se adormece como un felino ahito. Las palabras de Terken fluyen entonces hacia lo mas profundo de su alma. Le habla de el, de ella, de sus hijos, le cuenta anecdotas, le cita poemas, le susurra parabolas ricas en ensenanzas; ni un instante se aburre el entre sus brazos y se promete permanecer junto a ella todas las noches. A su manera tosca, brutal, infantil, animal, la ama y la amara hasta el ultimo aliento. Ella sabe que el no puede negarle nada; es ella quien designa sus conquistas del momento, amantes y provincias. En todo el Imperio no tiene mas rival que Nizam, y en ese ano de 1092 esta camino de vencerlo. ?Es una mujer colmada, la China? ?Como podria serlo? Cuando esta sola o con Yahan, su confidente, llora lagrimas de madre, lagrimas de sultana, maldice al injusto destino y nadie piensa en reprocharselo. Malikxah habia escogido al mayor de sus hijos como heredero y lo llevaba en todos los viajes, a todas las ceremonias, le ensenaba una a una sus provincias, le hablaba del dia en que le sucederia: «?Jamas ningun sultan ha legado un imperio mayor a su hijo!», le decia. Si, en ese tiempo Terken se sentia colmada, ningun dolor deformaba su sonrisa. Pero el heredero murio. Una fiebre subita, fulminante, despiadada. Por mas sangrias y cataplasmas que los medicos prescribieron, su vida se apago en dos noches. Se dijo que habia sido mal de ojo, quiza incluso algun veneno imposible de detectar. A pesar de su desconsuelo, Terken se rehace. Una vez pasado el luto, hace que designen como heredero al segundo de sus hijos, con quien pronto se encarina Malikxah, concediendole titulos muy sorprendentes para sus nueve anos, pero la epoca es pomposa, ceremoniosa: «Rey de reyes, Pilar del Estado, Protector del Principe de los Creyentes…» Maldicion y mal de ojo, el nuevo heredero no tarda en morir, el tambien, y tan subitamente como su hermano, de una fiebre igual de sospechosa. La China tenia un hijo mas, el ultimo, y le pidio al sultan que lo designara como sucesor. Esta vez el asunto era mas dificil; el nino solo tenia un ano y medio y Malikxah era padre de otros tres muchachos, todos mayores que el. Dos habian nacido de una esclava, pero el mayor, llamado Barkyaruk, era hijo de la propia prima del sultan. ?Como dejarle de lado? ?Con que pretexto? ?Quien mejor que ese principe, doblemente selyuqui, para acceder a la dignidad de heredero? Esa era la opinion de Nizam. El, que queria poner un poco de orden en las disputas turcas, el, que siempre habia tenido la preocupacion de instaurar alguna regla de sucesion dinastica, habia insistido con los mejores argumentos del mundo para que el mayor fuera designado. Sin resultado, Malikxah no se atrevia a contrariar a Terken y, puesto que no podia nombrar a su hijo, no nombraria a nadie. Preferia correr el riesgo de morir sin heredero, como su padre, como todos los suyos. Terken no esta satisfecha y no lo estara hasta que vea su descendencia debidamente asegurada. Vemos, pues, hasta que punto lo que mas desea en el mundo es la desgracia de Nizam, obstaculo para sus ambiciones. Para obtener su sentencia de muerte esta dispuesta a todo, a intrigas y a amenazas, y ha seguido dia a dia las negociaciones con los Asesinos. Acompana al sultan y a su visir en el viaje a Bagdad. Quiere estar presente en la ejecucion. Es la ultima comida de Nizam. La cena es un _iftar_ , el banquete que celebra la ruptura del ayuno de decimo dia de ramadan. Dignatarios, cortesanos, emires del ejercito, todos estan sobrios, contra su costumbre, por respecto al mes santo. La mesa esta dispuesta bajo una inmensa tienda. Algunos esclavos sostienen antorchas para que se pueda escoger, en las enormes bandejas de plata, el mejor trozo de camello o de cordero, el muslo mas carnoso de perdigon, hacia los que se tienden sesenta manos hambrientas que rebuscan en la carne y en la salsa. Se reparte, se desgarra, se devora. Cuando alguien se encuentra en posesion de un pedazo apetitoso, se lo presenta al vecino que quiere honrar. Nizam come poco. Esa noche sufre mas que de costumbre, le arde el pecho y siente como si la mano de un gigante invisible le apretara las entranas. Malikxah esta a su lado, comiendo todo lo que sus vecinos le destinan. A veces se le ve arriesgar una mirada oblicua hacia su visir. Debe de pensar que tiene miedo. De pronto tiende la mano hacia una bandeja de higos negros, escoge el mas gordo y se lo ofrece a Nizam, que lo coge cortesmente y lo muerde sin ganas. ?Que sabor pueden tener los higos cuando uno se sabe tres veces condenado, por Dios, por el sultan y por los Asesinos? Por fin se termina el _iftar._ Ya es de noche. Malikxah se levanta de un salto, tiene prisa por reunirse con su China para contarle las muecas del visir. Nizam, por su parte, apoya los codos y luego se incorpora con dificultad para ponerse de pie. Las tiendas de su haren no estan lejos, su anciana prima le habra preparado una coccion de mirobalano para aliviarle. Solo hay que dar cien pasos. A su alrededor, la inevitable algarabia de los campamentos reales. Soldados, servidores, vendedores ambulantes. A veces la risa ahogada de una cortesana. Va solo y ?que largo parece el camino! Habitualmente le rodea un corro de cortesanos, pero ?quien querria que lo vieran con un proscrito? Hasta los pediguenos han huido. ?Que podrian obtener de un anciano en desgracia? Sin embargo, un individuo se acerca, un buen hombre vestido con un ropon remendado. Murmura unas palabras piadosas. Nizam palpa su bolsa y saca tres monedas de oro. Hay que recompensar al desconocido que aun se acerca a el. Un centelleo, el centelleo de una hoja, todo sucede muy deprisa. Apenas Nizam alcanza a ver la mano que se mueve y ya el punal atraviesa su ropa, su piel, la punta se desliza entre sus costillas. Ni siquiera grita. Solo un movimiento de estupor mientras aspira una ultima bocanada de aire. Quiza, al desplomarse, haya vuelto a ver repetido lentamente ese centelleo, ese brazo que se estira, se encoge, esa boca crispada que escupe: «?Toma ese regalo! ?Te viene de Alamut!» Entonces resuenan los gritos. El Asesino corre, lo acorralan de tienda en tienda, lo encuentran. Apresuradamente le cercenan la garganta y luego lo arrastran por los pies descalzos para arrojarlo a un fuego. En los anos y decadas venideros, los innumerables mensajeros de Alamut conocerian la misma muerte, con la diferencia de que ya no tratarian de huir. «No basta con matar a nuestros enemigos», les ensena Hassan. «No somos asesinos, sino ejecutores; tenemos que actuar en publico, para ejemplo de todos. Nosotros matamos a un hombre, pero aterrorizamos a cien mil. Sin embargo, no basta con ejecutar y aterrorizar, tambien hay que saber morir, ya que, aunque matando desanimamos a nuestros enemigos de emprender cualquier accion contra nosotros, muriendo de la manera mas valerosa posible provocamos la admiracion de la multitud. Y de esa multitud saldran hombres para unirse a nosotros. Morir es mas importante que matar. Matamos para defendemos, morimos para convertir, para conquistar. Conquistar es una meta, defenderse es solo un medio.» Desde entonces los asesinatos tendrian lugar, preferentemente, los viernes, en las mezquitas y a la hora de la oracion solemne, ante el pueblo reunido. La victima, visir, principe, dignatario religioso, llega rodeada de una imponente guardia. La multitud esta impresionada, sumisa y admirada. El enviado de Alamut esta alli, en alguna parte, bajo el disfraz mas inesperado. Por ejemplo, de miembro de la guardia. En el momento en que todas las miradas convergen, golpea. La victima se derrumba, el verdugo no se mueve, grita una formula aprendida y afecta una sonrisa de desafio esperando dejarse inmolar por los guardias enfurecidos y luego despedazar por la muchedumbre atemorizada. El mensaje ha llegado; el sucesor del personaje asesinado se mostrara mas conciliador con respecto a Alamut; y entre la asistencia habra diez, veinte, cuarenta conversiones. Se ha dicho con frecuencia, a la vista de estas irreales escenas, que los hombres de Hassan estaban drogados. De otro modo, ?como explicar que fueran al encuentro de la muerte con la sonrisa en los labios? Se ha intentado demostrar la tesis de que actuaban bajo el efecto del _haxix_ . Marco Polo popularizo esta idea en Occidente; sus enemigos en el mundo musulman los han llamado a veces _haxixiyun_ , fumadores de _haxix_ , para desprestigiarlos; algunos orientalistas han creido ver en este termino el origen de la palabra «asesino» que se convirtio, en varias lenguas europeas, en sinonimo de criminal. El mito de los Asesinos fue todavia mas aterrador. La verdad es otra. Segun los textos que nos han llegado de Alamut, a Hassan le agradaba llamar a sus adeptos _Asasiyun_ , los que son fieles al _Asas_ , al «Fundamento» de la fe, y fue esa palabra, mal comprendida por los viajeros extranjeros, la que parecia tener efluvios de _haxix_ . Es cierto que Sabbah era un apasionado de las plantas, que conocia perfectamente sus virtudes curativas, sedantes o estimulantes. El mismo cultivaba toda clase de hierbas, cuidaba a sus fieles cuando estaban enfermos y sabia prescribirles pociones para enfriarles el temperamento. De este modo, se conoce una de sus recetas destinada a activar el cerebro de sus adeptos y a hacerles mas aptos para los estudios. Es una mezcla de miel, de nueces machacadas y de cilantro. Como se ve, una medicina de lo mas dulce. A pesar de una tenaz y sugerente tradicion, hay que rendirse ante la evidencia: los Asesinos no tenian otra droga que una fe inamovible, constantemente fortalecida por la mas rigurosa de las ensenanzas, la mas eficaz de las organizaciones, el mas estricto reparto de tareas. En la cuspide de la jerarquia se halla Hassan, el Gran Maestro, el Predicador supremo, el poseedor de todos los secretos. Esta rodeado de un punado de misioneros propagandistas, los _day_ , entre los que hay tres adjuntos, uno para Persia oriental, Jorasan, Kuhistan y Transoxiana; otro para Persia occidental e Iraq; y un tercero para Siria. Justo por debajo estan los companeros, los _ragik_ , los jefes del movimiento. Despues de recibir la ensenanza adecuada, estan capacitados para mandar una fortaleza, para dirigir la organizacion en el ambito de una ciudad o de una provincia. Los mas aptos seran un dia misioneros. Mas abajo en la jerarquia estan los _lasek_ , literalmente aquellos que estan vinculados a la organizacion. Son los creyentes de base, sin predisposicion particular para los estudios ni la accion violenta. Entre ellos hay muchos pastores de los alrededores de Alamut y un numero considerable de mujeres y ancianos. Luego vienen los _muyib,_ los «que responden» de hecho los novicios. Reciben una primera ensenanza y segun sus capacidades se les orienta, ya sea hacia unos estudios mas avanzados para convertirse en companeros, ya sea hacia la masa de creyentes o tambien hacia la categoria siguiente, la que simboliza, a los ojos de los musulmanes de la epoca, el verdadero poder de Hassan Sabbah: la clase de los _fiday_ , «los que se sacrifican». El Gran Maestro los elige entre los adeptos que tienen inmensas reservas de fe, de habilidad y de resistencia, pero pocas aptitudes para la ensenanza. Nunca enviaria al sacrificio a un hombre que podria convertirse en misionero. El entrenamiento del _fiday_ es una tarea delicada a la que Hassan se consagra con pasion y refinamiento: aprender a ocultar el punal, a sacarlo con un ademan furtivo, a plantarlo de un golpe seco en el corazon de la victima, o en el cuello si el pecho esta protegido por una cota de mallas; familiarizarse con las palomas mensajeras, memorizar los alfabetos codificados, instrumentos de comunicacion rapida y discreta con Alamut; aprender a veces un dialecto, un acento regional; saber infiltrarse en un medio extranjero, hostil, mezclarse con el durante semanas, meses, aplacar todas las desconfianzas esperando el momento propicio para la ejecucion; saber seguir a la presa como un cazador, estudiar con precision su forma de andar, su ropa, sus costumbres, sus horas de salida; a veces, cuando se trata de un personaje excepcionalmente bien protegido, encontrar el medio de ser contratado dentro de su circulo, acercarsele, trabar amistad con algunos de sus parientes. Se cuenta que para ejecutar a una de sus victimas, dos _fiday_ tuvieron que vivir dos meses en un convento cristiano haciendose pasar por monjes. ?Notable capacidad de camaleon que, logicamente, no puede acompanarse de ningun consumo de _haxix_ ! Lo mas importante de todo es que el adepto debe adquirir la fe necesaria para afrontar la muerte, la fe en un paraiso que el martirio le hace merecer en el instante mismo en que la multitud enfurecida le quita la vida. Nadie podria discutirlo; Hassan Sabbah ha conseguido construir la maquina de matar mas temible de la Historia. Sin embargo, frente a ella se ha erguido otra en ese sangriento fin de siglo y es la Nizamiyya, que por fidelidad al visir asesinado va a sembrar la muerte con metodos diferentes, quiza mas insidiosos, ciertamente menos espectaculares, pero cuyos efectos no seran menos devastadores. XX M ientras la multitud se ensanaba con los restos del Asesino, cinco oficiales se reunieron llorando en torno al cadaver aun caliente de Nizam; cinco manos derechas se tendieron, cinco bocas repitieron al unisono: «?Duerme en paz, senor, ninguno de tus enemigos te sobrevivira!» ?Por quien empezar? Larga es la lista de los proscritos, pero las consignas de Nizam son claras. Los cinco hombres apenas necesitan consultarse. Murmuran un nombre. Sus manos se extienden de nuevo y luego hincan la rodilla en tierra. Juntos levantan el cuerpo enflaquecido por la enfermedad, que la muerte ha vuelto pesado, y lo llevan en procesion hasta sus cuarteles. Las mujeres ya estan reunidas para gemir y la vista del cadaver reaviva sus lamentos. Uno de los oficiales se irrita: «?No lloreis hasta que no haya sido vengado!» Aterrorizadas, las planideras se interrumpen y todas miran al hombre que se aleja. Luego reanudan sus ruidosas lamentaciones, Llega el sultan. Estaba con Terken cuando oyo los primeros gritos. Un eunuco enviado a buscar noticias volvio temblando: «?Es Nizam el-Molk, senor! ?Un asesino ha saltado sobre el! ?Te ha entregado lo que le quedaba de vida!» El sultan y la sultana intercambiaron una mirada y luego Malikxah se levanto. Se puso un largo abrigo de caracul, se dio unos golpecitos en la cara ante el espejo de su esposa y acudio ante el difunto fingiendo sorpresa y la mayor afliccion. Las mujeres se separan para dejar que se acerque al cuerpo de su _ata_ . Se inclina y pronuncia una oracion, algunas formulas de circunstancias, antes de volver junto a Terken para celebrar discretamente el acontecimiento. Curioso comportamiento el de Malikxah. Se habria podido pensar que aprovecharia la desaparicion de su tutor para al fin tomar entre sus propias manos los asuntos del Imperio. Nada de eso. Demasiado contento de haberse librado al fin del que frenaba sus pasiones, el sultan retoza; no hay otra palabra. Se anula de oficio toda reunion de trabajo, asi como cualquier recepcion de embajador; los dias estan dedicados al polo y a la caza y las veladas a las borracheras. Mas grave aun: despues de su llegada a Bagdad envia este mensaje al califa: «Tengo la intencion de hacer de esta ciudad mi capital de invierno; el Principe de los Creyentes tiene que desalojarla lo antes posible y buscarse otra residencia.» El sucesor del Profeta, cuyos antepasados han vivido en Bagdad desde hace tres siglos y medio, pide un mes de plazo para poner orden en sus asuntos. Terken se inquieta por esa frivolidad, poco digna de un soberano de treinta y siete anos, dueno de la mitad del mundo, pero su Malikxah es lo que es y, por lo tanto, lo deja divertirse y aprovecha la ocasion para afirmar su propia autoridad. Es a ella a quien recurren los emires y dignatarios, son sus hombres de confianza los que reemplazan a los fieles de Nizam. El sultan da su aprobacion entre dos paseos y dos borracheras. El 18 de noviembre de 1092, Malikxah se encuentra al norte de Bagdad cazando el onagro, en una zona boscosa y cenagosa. De sus ultimas doce flechas, solo una ha fallado el blanco; sus companeros lo cubren de alabanzas, ninguno de ellos sonaria con igualar sus proezas. La caminata le ha abierto el apetito y lo expresa con reniegos. Los esclavos se apresuran a complacerle. Son aproximadamente doce para descuartizar, destripar y ensartar a los animales salvajes que pronto se estan asando en un calvero. El anca mas gorda es para el soberano, que la coge, la despedaza y la saborea con mucho apetito, acompanandola con un licor fermentado. De vez en cuando mordisquea frutos encurtidos, su plato preferido, del que su cocinero transporta por todas partes unas inmensas vasijas de barro para estar seguro de que no falte jamas. De pronto, sobrevienen los colicos desgarradores. Malikxah aulla de dolor, sus companeros tiemblan. Con nerviosismo tira su copa y escupe lo que tiene en la boca. Esta doblado en dos, su cuerpo se vacia, delira, se desmaya. A su alrededor, decenas de cortesanos, de soldados y de sirvientes tiemblan y se observan con desconfianza. No se sabra jamas que mano ha deslizado el veneno en el licor. A menos que fuera en el vinagre. ?O en la carne de la caza? Pero todos echan la cuenta: han transcurrido treinta y cinco dias desde la muerte de Nizam. Este habia dicho «menos de cuarenta». Sus vengadores han cumplido el plazo. Terken Jatun esta en el campamento real, a una hora del lugar del drama. Le llevan al sultan exanime, pero aun vivo. Se apresura a alejar a todos los curiosos y solo conserva a su lado a Yahan y a dos o tres fieles mas, asi como a un medico de la corte que sostiene la mano de Malikxah. – ?El senor podra recuperarse? -interroga la China. – El pulso se debilita. Dios ha soplado la vela que tiembla antes de apagarse. No tenemos otro recurso que la oracion. – Si esa es la voluntad del Altisimo, escuchad bien lo que voy a decir. No es el tono de una futura viuda, sino el de una senora del Imperio. – Nadie fuera de esta tienda debe saber que el sultan no esta ya entre nosotros. Contentaos con decir que se restablece lentamente, que necesita descanso y que nadie puede verlo. Fugaz y sangrienta epopeya la de Terken Jatun. Aun antes de que el corazon de Malikxah cesara de latir, exige de su punado de fieles que juren lealtad al sultan Mahmud de cuatro anos y algunos meses de edad. Luego envia un mensajero al califa anunciandole la muerte de su esposo y pidiendole que confirme la sucesion para su hijo; a cambio, no se volvera a hablar de inquietar al Principe de los Creyentes en su capital y su nombre sera glorificado en los sermones de todas las mezquitas del Imperio. Cuando la corte del sultan reanuda su camino hacia Ispahan, Malikxah ha muerto hace ya algunos dias, pero la China continua ocultando la noticia a las tropas. Colocan el cadaver en un gran carro cubierto con una tienda, pero ese tejemaneje no puede eternizarse; un cuerpo que no ha sido embalsamado no puede permanecer entre los vivos sin que la descomposicion traicione su presencia. Terken opta por deshacerse de el y es asi como Malikxah, «el sultan venerado, el gran Shahimshah, el rey de Oriente y de Occidente, el pilar del Islam y de los musulmanes, el orgullo del mundo y de la religion, el padre de las conquistas, el firme sosten del califa de Dios» es enterrado por la noche, precipitadamente, al borde de un camino, en un lugar que nadie ha podido volver a encontrar. Jamas, dicen los cronistas, se habia oido decir que un soberano tan poderoso hubiese muerto asi, sin que nadie orara ni llorara sobre su cuerpo. La noticia de la desaparicion del sultan termina por propalarse, pero Terken se justifica facilmente: su primera preocupacion ha sido ocultar la noticia al enemigo en un momento en que el ejercito y la corte se encontraban lejos de la capital. En realidad, la China ha ganado el tiempo que necesitaba para instalar a su hijo en el trono y tomar ella las riendas del poder. Las cronicas de la epoca no se equivocan al respecto. Desde ese momento, al hablar de las tropas imperiales dicen «los ejercitos de Terken Jatun». Al hablar de Ispahan precisan que es la capital de la Jatun. En cuanto al nombre del sultan-nino, sera casi olvidado; solo se le recordara como «el hijo de la China». Sin embargo, frente a la sultana se yerguen los oficiales de la Nizamiyya. En la lista de proscritos, Terken Jatun va en segunda posicion, justo despues de Malikxah. Proclaman su apoyo al hijo mayor de este ultimo, Barkyaruk, de once anos de edad. Lo rodean, lo aconsejan y lo conducen al combate. Los primeros enfrentamientos les son favorables; la sultana tiene que replegarse en Ispahan, que pronto es sitiada. Pero Terken no es mujer que se reconozca vencida. Para defenderse esta dispuesta a valerse de toda clase de artimanas, que se haran famosas. Por ejemplo, escribe a varios gobernadores de provincias unas cartas asi redactadas: «Soy viuda y tengo bajo mi custodia a un hijo menor de edad que necesita un padre para guiar sus pasos, para dirigir el Imperio en su nombre. ?Quien mejor que tu desempenaria ese cometido? Ven lo antes posible a la cabeza de tus tropas, liberaras a Ispahan y entraras en ella como triunfador; yo me casare contigo y todo el poder estara en tus manos.» El argumento surte efecto, los emires acuden, tanto desde Azerbeiyan como desde Siria y, aunque no consiguen romper el cerco de la capital, le procuran a la sultana largos meses de respiro. Igualmente Terken reanuda los contactos con Hassan Sabbah. «?No te habia prometido la cabeza de Nizam el-Molk? Ya te la he entregado. Hoy es Ispahan, la capital del Imperio, lo que te ofrezco. Se que tus hombres son numerosos en esta ciudad. ?Por que viven en la sombra? Diles que se muestren; obtendran oro y armas y podran predicar a la luz del dia.» De hecho, despues de tantos anos de persecucion, aparecen cientos de ismaelies y las conversiones se multiplican. En algunos barrios forman milicias armadas por cuenta de la sultana. Sin embargo, la ultima anagaza de Terken es, probablemente, la mas ingeniosa y la mas audaz: unos emires de su circulo se presentan un dia en el campamento enemigo anunciando a Barkyaruk que han decidido abandonar a la sultana, que sus tropas estan dispuestas a rebelarse y que si aceptara acompanarles se introduciria con ellos por sorpresa en la ciudad y podian dar la senal de una sublevacion; Terken y su hijo serian degollados y el podria establecerse firmemente en el trono. Estamos en 1094, el pretendiente solo tiene trece anos y la proposicion le seduce. ?Apoderarse en persona de la ciudad, cuando sus emires la asedian sin exito desde hace mas de un ano! Apenas lo duda. La noche siguiente se desliza fuera de su campamento a espaldas de sus parientes y se presenta con los emisarios de Terken ante la puerta de Kaliab, que como por encanto se abre ante el. Ahi esta, caminando con paso decidido, rodeado de una escolta exageradamente alegre para su gusto, lo que cree que es debido al exito sin fallos de su hazana. Cuando los hombres se rien demasiado alto, el les ordena que se tranquilicen y ellos le responden reverentemente antes de soltar la carcajada. Pero ?ay! cuando se da cuenta de que su alegria es sospechosa, es demasiado tarde. Lo inmovilizan, lo atan de pies y manos, le tapan la boca y los ojos y lo conducen, en medio de un cortejo de burlas, hasta la puerta del haren. Despiertan al jefe de los eunucos, que corre a advertir a Terken de su llegada. Es ella la que tiene que decidir la suerte del rival de su hijo, si hay que estrangularle o contentarse con dejarle ciego. Apenas el eunuco se ha internado por el largo pasillo mal iluminado cuando, subitamente, resuenan gritos, llamadas, sollozos que vienen del interior. Intrigados e inquietos, los oficiales que no han podido resistir la tentacion de entrar en la zona prohibida se tropiezan con una anciana y habladora sirvienta: acaban de descubrir a Terken Jatun muerta en su lecho, con el instrumento del crimen a su lado, el grande y mullido almohadon que la ha asfixiado. Un eunuco de vigorosos brazos ha desaparecido; la sirvienta recuerda que habia sido introducido en el haren unos anos antes por recomendacion de Nizam el-Molk. XXI I nsolito dilema para los partidarios de Terken: su sultana esta muerta, pero su principal adversario esta a su merced; su capital esta sitiada, pero aquel mismo que los asedia es su prisionero. ?Que hacer con el? Es Yahan quien ha ocupado el lugar de Terken como guardiana del nino-sultan y ante ella llevan el debate para que lo resuelva. Hasta ese momento se habia mostrado llena de recursos, pero la muerte de su senora ha sacudido la tierra bajo sus pies. ?A quien dirigirse? ?A quien consultar si no es a Omar? Cuando este llega la encuentra sentada en el divan de Terken, al pie de la cortina descorrida, con la cabeza baja y los cabellos sueltos descuidadamente sobre sus hombros. El sultan esta a su lado, inmovil, sentado en su almohadon, totalmente vestido de seda y con un turbante sobre su cabecita. Tiene la cara roja y llena de granos, los ojos medio cerrados y parece aburrido. Omar se acerca a Yahan, le toma la mano con ternura y pasa lentamente su palma por su rostro. Susurra. – Me acabo de enterar de lo de Terken Jatun. Has hecho bien en llamarme a tu lado. Pero cuando le esta acariciando los cabellos, Yahan lo rechaza. – Si te he hecho venir no es para que me consueles, sino para consultarte sobre un asunto grave. Omar retrocede un paso, cruza los brazos y escucha. – A Barkyaruk lo atrajeron a una celada y esta prisionero en este palacio. Los hombres estan divididos con respecto a su suerte. Algunos exigen que se le mate, especialmente aquellos que le prepararon esa trampa; quieren estar seguros de que jamas tendran que responder de sus actos ante el. Otros prefieren entenderse con el, instalarle en el trono y granjearse sus favores esperando que olvide su contratiempo. Y aun hay otros que proponen retenerlo como rehen para negociar con los sitiadores. ?Que camino nos aconsejas seguir? – ?Y me has arrancado de mis libros para preguntarme esto? Yahan se levanta indignada. – ?El problema no te parece lo suficientemente importante? Mi vida depende de ello. El destino de miles de personas, el de esta ciudad, el del Imperio, pueden depender de esta decision. ?Y tu, Omar Jayyam, no quieres que se te moleste por tan poca cosa! – ?Pues no, no quiero que se me moleste por tan poca cosa! Hace un movimiento hacia la puerta; cuando va a abrirla, vuelve hacia Yahan. – Siempre se me consulta cuando ya se ha cometido el delito. ?Que quieres que les diga ahora a tus amigos? Si les aconsejo que liberen al adolescente, ?como garantizarles que manana no querra cortarles el cuello? Si les aconsejo que lo retengan como rehen o que lo maten, me convierto en su complice. Dejame lejos de esas disputas, Yahan, y tu permanece tambien lejos de ellas. La mira fijamente con compasion. – Un retono de sultan turco sustituye a otro retono, un visir aparta a otro visir. Por Dios, Yahan ?como puedes pasar los mas hermosos anos de tu vida en esta jaula de fieras? Dejales que se deguellen, que se maten y que mueran. ?Sera por eso el sol menos brillante y el vino menos suave? – Baja la voz, Omar, estas asustando al nino, y en las habitaciones contiguas los oidos escuchan. Omar se obstina: – ?No me has llamado para preguntarme mi opinion? Pues bien, voy a dartela sin rodeos: sal de esta sala, abandona este palacio, no mires hacia atras, no digas adios, ni siquiera recojas tus cosas y ven, dame la mano, volvamos a nuestra casa. Tu compondras tus poemas, yo observare mis estrellas. Cada noche vendras a acurrucarte desnuda contra mi, el vino almizclado nos hara cantar, el mundo dejara de existir para nosotros, lo atravesaremos sin verlo, sin oirlo; su lodo y su sangre no se pegaran a nuestras suelas. Yahan tiene los ojos arrasados en lagrimas. – Si pudiera volver a esa edad de la inocencia, ?crees que lo dudaria? Pero es demasiado tarde, he ido demasiado lejos. Si manana los fieles de Nizam el-Molk se apoderaran de Ispahan, no me perdonarian; estoy en su lista de proscritos. – Yo fui el mejor amigo de Nizam; te protegere, no vendran a mi casa para arrebatarme a mi mujer. – Abre los ojos, Omar, no conoces a esos hombres, solo piensan en vengarse. Ayer te reprochaban el haber salvado la vida a Hassan Sabbah; manana te reprocharan el haber escondido a Yahan y te mataran al mismo tiempo que a mi. – Pues bien, sea. Permaneceremos juntos en nuestra casa y si mi destino es morir contigo me resignare. Yahan se yergue. – ?Yo no me resigno! Estoy en este palacio rodeada de tropas que me son fieles, en una ciudad que desde ahora me pertenece; luchare hasta el final y si muero sera como una sultana. – ?Y como mueren las sultanas? ?Envenenadas, asfixiadas, estranguladas! ?O dando a luz! No es con la pompa como se escapa de la miseria humana. Se observan en silencio durante largo rato. Yahan se acerca, roza los labios de Omar con un beso que quiere hacer ardiente y se abandona un instante entre sus brazos. Pero el se aparta, su despedida le resulta insoportable. Y suplica una ultima vez: – Si aun atribuyes a nuestro amor el menor valor, ven conmigo, Yahan. La mesa esta preparada en la terraza, un viento suave nos llega de los montes Amarillos, dentro de dos horas estaremos embriagados e iremos a acostarnos. Dire a los sirvientes que no nos despierten cuando Ispahan cambie de dueno. XXII E sa noche, el viento de Ispahan lleva un lozano perfume de albaricoque, pero ?que muertas estan las calles! Jayyam busca refugio en su observatorio. Generalmente le basta entrar en el, dirigir su mirada hacia el cielo, sentir en los dedos los discos graduados de su astrolabio para que las preocupaciones del mundo se desvanezcan. Esta vez no. Las estrellas estan silenciosas; no hay musica, ni murmullos, confidencias. Omar no las acosa; deben de tener buenas razones para callarse. Se resigna a volver a su casa. Camina lentamente con una cana en la mano, golpeando con ella de vez en cuando alguna mata de hierba o una rama rebelde. Ahora esta tendido en su habitacion con las luces apagadas; sus brazos estrechan desesperadamente a una Yahan imaginaria y tiene los ojos rojos por las lagrimas y el vino. A su izquierda, en el suelo, una garrafa, una copa de plata que coge de vez en cuando con mano cansada para beber largos tragos, pensativo y desenganado. Sus labios dialogan consigo mismo, con Yahan, con Nizam. Con Dios sobre todo. ?Quien sino El podria salvar aun ese universo que se descompone? Solo cuando llega el alba, Omar, agotado, con la mente nublada, se abandona al fin al sueno. ?Cuantas horas ha dormido? Un retumbar de pasos le despierta; el sol ya alto se filtra por una rendija de la colgadura obligandole a protegerse los ojos. Entonces ve en el umbral de la puerta al hombre cuya ruidosa llegada le ha molestado. Es alto, con bigote, su mano acaricia con gesto maternal la guarnicion de su espada. Lleva en la cabeza un turbante verde chillon y sobre los hombros la corta capa de terciopelo de los oficiales de la Nizamiyya. – ?Quien eres? -pregunta Jayyam bostezando--. ?Y quien te ha dado derecho sobre mi sueno? – ?El senor no me ha visto nunca con Nizam el-Molk? Yo era su guardaespaldas, su sombra. Me llaman Vartan el Armenio. Omar se acuerda ahora, lo que no le tranquiliza nada. Siente como una cuerda que le va apretando desde la garganta hasta las tripas. Pero si tiene miedo no quiere demostrarlo. – ?Su guardaespaldas y su sombra, dices? ?Entonces eras tu quien tenia que protegerlo del asesino? – Me habia ordenado que permaneciera lejos de el. Nadie ignora que quiso esa muerte. Aunque yo hubiera podido matar a un asesino, habria surgido otro. ?Quien soy yo para interponerme entre mi senor y su destino? – ?Y que quieres de mi? – Anoche nuestras tropas se infiltraron en Ispahan. La guarnicion se nos unio. El sultan Barkyaruk ha sido liberado y desde ahora esta ciudad le pertenece. Jayyam se levanta de un salto. – ?Yahan! Un grito y una interrogacion angustiada. Vartan no dice nada. Su semblante inquieto contrasta con su aspecto marcial. Omar cree leer en sus ojos una monstruosa confesion. El oficial murmura: – ?Me hubiera gustado tanto salvarla! ?Me hubiera sentido tan orgulloso de presentarme en casa del ilustre Jayyam trayendole a su esposa indemne! Pero llegue demasiado tarde. Los soldados habian degollado a toda la gente del palacio. Omar avanza hacia el oficial y lo agarra con todas sus fuerzas, sin conseguir, sin embargo, hacerle vacilar. – ?Y has venido para anunciarme esto! El otro sigue con la mano sobre la guarnicion de su espada. No ha desenvainado. Habla con voz neutra. – He venido por otra cosa muy diferente. Los oficiales de la Nizamiyya han decidido que debes morir. Cuando se hiere al leon, dicen, es prudente terminar con el. Me han asignado la mision de matarte. Subitamente Jayyam se siente mas sereno. Permanecer digno en el momento ultimo. ?Cuantos sabios dedicaron su vida entera a alcanzar esa cima de la condicion humana! No aboga por su vida. Por el contrario, siente a cada instante el reflujo de su miedo. Y sobre todo piensa en Yahan y no duda de que ella tambien haya sabido ser digna. – ?Jamas habria perdonado a aquellos que han matado a mi mujer! ?Toda mi vida habria sido su enemigo, toda mi vida habria sonado con verlos un dia empalados! ?Haceis bien en deshaceros de mi! – Yo no opino asi, senor. Eramos cinco oficiales para decidirlo, todos mis companeros quisieron tu muerte, yo fui el unico que me opuse. – Hiciste mal. Tus companeros me parecen mas prudentes. – Te he visto con frecuencia con Nizam el-Molk. Os sentabais a hablar como padre e hijo y el nunca dejo de quererte, a pesar de las artimanas de tu mujer. Si hubiera estado entre nosotros no te habria condenado y a ella tambien la habria perdonado, por ti. Jayyam examina detenidamente a su visitante, como si en ese momento acabara de descubrir su presencia. – Puesto que eras contrario a mi muerte, ?por que te eligieron para venir a ejecutarme? – Fui yo quien lo propuso. Los otros te habrian matado. Yo tengo la intencion de dejarte vivir. ?Crees, si no, que me hubiera quedado a dialogar asi contigo? – ?Y que explicacion les daras a tus companeros? – No dare ninguna explicacion. Me marchare. Mis pasos seguiran a los tuyos. – Lo anuncias con tanta calma que parece una decision muy madurada. – Es la verdad misma. No estoy actuando por una cabezonada. Fui el mas fiel servidor de Nizam el-Molk y creia en el. Si Dios lo hubiera permitido, habria muerto por protegerlo. Pero desde hacia mucho tiempo habia decidido que si mi senor desaparecia no serviria ni a sus hijos ni a sus sucesores y que abandonaria para siempre la carrera de la espada. Las circunstancias de su muerte me han obligado a prestar mis servicios una ultima vez. Estoy involucrado en el asesinato de Malikxah y no me arrepiento de ello; habia traicionado a su tutor, a su padre, al hombre que lo habia elevado a la cuspide; por lo tanto, merecia morir. He tenido que matar, pero no por ello me he convertido en un asesino. Jamas habria derramado la sangre de una mujer. Y cuando mis companeros proscribieron a Jayyam, comprendi que habia llegado para mi el momento de partir, de cambiar de vida, de transformarme en ermitano o en poeta errante. Si quieres, maestro, recoge algunas cosas y abandonemos esta ciudad lo antes posible. – ?Y para ir adonde? – Tomaremos la ruta que quieras, te seguire a todas partes como un discipulo y mi espada te protegera. Volveremos cuando la agitacion se haya calmado. Mientras el oficial prepara las monturas, Omar recoge apresuradamente su manuscrito, su escribania, su cantimplora y una bolsa llena de oro. Atraviesan de parte a parte el oasis de Ispahan hasta el arrabal de Marbin, al oeste, sin que los soldados, que son numerosos, amaguen con molestarles. Una palabra de Vartan y las puertas se abren y los centinelas se apartan respetuosamente. Esta complacencia no deja de intrigar a Omar, que sin embargo evita interrogar a su companero. Por el momento no tiene otra eleccion que confiar en el. Hace menos de una hora que se han marchado cuando una multitud enloquecida llega a saquear la casa de Jayyam y a prenderle fuego. Al final de la tarde desvalijan el observatorio. En el mismo momento, el cuerpo en paz de Yahan era enterrado al pie de la muralla que bordea el jardin del palacio. Ninguna losa indica a la posteridad el lugar de su sepultura. Parabola extraida del _Manuscrito de Samarcanda_ . «Tres amigos iban de paseo por las altiplanicies de Persia. Aparece una pantera; toda la ferocidad del mundo vivia con ella. »La pantera observa largo rato a los tres hombres y luego corre hacia ellos. »El primero era el de mas edad, el mas rico, el mas poderoso. Grito: “Soy el dueno de estos lugares, jamas permitire a un animal que haga estragos en las tierras que me pertenecen.” Estaba acompanado de dos perros de caza, los solto contra la pantera y pudieron morderla,pero eso solo consiguio enfurecerla mas; los mato, salto contra su amo y le desgarro las entranas. »Ese fue el destino de Nizam el-Molk. »El segundo se dijo: “Soy un hombre sabio, todos me honran y me respetan. ?Por que voy a dejar que mi destino se decida entre unos perros y una pantera?” Dio media vuelta y huyo sin esperar el resultado del combate. Desde entonces anda errante de cueva en cueva, de cabana en cabana, convencido de que la fiera le va pisando los talones constantemente. »Ese fue el destino de Omar Jayyam. »El tercero era un hombre de fe. Avanzo hacia la pantera con las manos extendidas, la mirada dominadora, la boca elocuente, “Se bienvenida a estas tierras, le dijo, mis companeros eran mas ricos que yo y los has desvalijado, eran mas orgullosos y los has humillado.” La fiera escuchaba seducida, dominada. Consiguio mucho ascendiente sobre ella y la domo. Desde entonces ninguna pantera se atreve a acercarse a el y los hombres se mantienen a distancia.» El _Manuscrito_ concluye: «Cuando vienen tiempos de confusion, nadie puede parar su curso, nadie puede evitarlos, algunos consiguen servirse de ellos. Mejor que nadie, Hassan Sabbah ha sabido domar la ferocidad del mundo. Ha sembrado el miedo a su alrededor para prepararse en su reducto de Alamut un minusculo espacio de sosiego.» En cuanto se apodero de la fortaleza de Alamut, Hassan Sabbah comenzo los trabajos para asegurar un total hermetismo con respecto al mundo exterior. Necesitaba, sobre todo, hacer imposible toda penetracion enemiga. Por lo tanto, gracias a acertadas construcciones, mejoro las cualidades, ya excepcionales, del lugar, cerrando con trozos de muralla el menor pasaje entre dos colinas. Pero esas fortificaciones no le bastan a Hassan. Aunque el asalto fuera imposible, los sitiadores podrian apoderarse de su reducto si consiguieran rendirlo por el hambre y la sed. Asi es como terminan la mayoria de los asedios. Y sobre ese punto Alamut es particularmente vulnerable, al tener pocos recursos de agua potable. Pero el Gran Maestro encuentra la solucion al problema. En vez de abastecerse del agua de los rios cercanos, cava en la montana una impresionante red de aljibes y canales con el fin de recoger el agua de la lluvia y del deshielo. Cuando se visitan hoy las ruinas del castillo, se puede aun admirar, en la gran habitacion donde vivia Hassan, un «estanque milagroso» que se llena a medida que se vacia y que, prodigio de ingeniosidad, no se desborda jamas. Para las provisiones, el Gran Maestro acondiciona unos pozos donde entroja aceite, vinagre y miel; igualmente acumula cebada, grasa de cordero y frutos secos en cantidades considerables, suficiente para aguantar un cerco total durante casi un ano, lo que en esa epoca excedia con mucho las capacidades de resistencia de los sitiadores, particularmente en una zona donde el invierno es crudo. Hassan dispone, pues, de un escudo sin fallo; posee, por decirlo asi, el arma defensiva absoluta. Con sus fieles asesinos tiene, igualmente, el arma ofensiva absoluta. En efecto ?como precaverse contra un hombre decidido a morir? Toda proteccion se funda en la disuasion; ya se sabe que los personajes importantes se rodean de una guardia de aspecto aterrador que hace temer una muerte inevitable a cualquier eventual agresor. Pero ?y si el agresor no teme morir? ?Y si esta persuadido de que el martirio es un atajo para llegar al paraiso? ?Y si tiene constantemente en la mente las palabras del Predicador: «No estais hechos para este mundo sino para el otro. ?Tendria miedo un pez si se le amenazara con tirarlo al mar?» ?Y si, ademas, el asesino consigue infiltrarse en el circulo de su victima? Entonces no se puede hacer nada para detenerlo. «Yo soy menos poderoso que el sultan, pero puedo perjudicarte mucho mas que lo que el pueda hacerlo», habia escrito Hassan un dia a un gobernador de provincia. Asi, despues de forjarse los instrumentos de guerra mas perfectos que puedan imaginarse, Hassan Sabbah se instalo en su fortaleza y ya no la abandono jamas; sus biografos dicen incluso que en los treinta ultimos anos de su vida solo salio dos veces de su casa, y las dos veces ?para subir al tejado! Alli estaba, de la manana a la noche, sentado con las piernas cruzadas, sobre una estera que su mismo cuerpo habia raido, pero que nunca quiso cambiar o reparar. Ensenaba, escribia y lanzaba a sus asesinos al acoso de sus enemigos. Y cinco veces al dia rezaba, sobre la misma estera, con sus visitantes del momento. Para aquellos que nunca han tenido la ocasion de visitar las ruinas de Alamut, no es, sin duda, inutil precisar que ese lugar no habria adquirido tanta importancia en la Historia si hubiera tenido como unica ventaja su dificil acceso y si no hubiera habido en la cima del pico rocoso una planicie lo bastante amplia como para contener una ciudad o por lo menos un pueblo grande. En los tiempos de los Asesinos se accedia a ella por un estrecho tunel al este que desembocaba en la fortaleza baja; callejuelas que se entrecruzaban, casitas de tierra al amparo de las murallas; atravesando la _meydan_ , la plaza mayor, unica area de reunion para toda la comunidad, se llegaba a la fortaleza alta. Esta tenia la forma de una botella tumbada, ancha al este y el cuello dirigido hacia el oeste. El gollete era un pasillo estrechamente vigilado. La casa de Hassan estaba al final. Su unica ventana daba a un precipicio. Fortaleza dentro de la fortaleza. Por los espectaculares crimenes que ordeno, por las leyendas que se tejieron en torno a el, a su secta y a su castillo, el Gran Maestro de los Asesinos aterrorizo durante mucho tiempo al Oriente y al Occidente. En todas las ciudades musulmanas cayeron altos dignatarios; los cruzados tuvieron que deplorar dos o tres victimas eminentes. Pero se olvida con demasiada frecuencia que fue en Alamut principalmente donde reino el terror. ?Que reinado es peor que el de la virtud militante? El Predicador supremo quiso reglamentar cada instante de la vida de sus adeptos. Desterro todos los instrumentos de musica; si descubria la mas pequena flauta, la rompia en publico y la tiraba al fuego; al culpable se le cargaba de cadenas y se le apaleaba antes de expulsarlo de la comunidad. El consumo de bebidas alcoholicas estaba aun mas severamente castigado. El propio hijo de Hassan, sorprendido una noche por su padre en estado de embriaguez, fue condenado a muerte inmediatamente; a pesar de las suplicas de su madre, fue decapitado al alba del dia siguiente. Para dar ejemplo. Nadie se atrevio nunca mas a beber un trago de vino. La justicia de Alamut era, cuando menos, expeditiva. Se cuenta que un dia se cometio un crimen en el recinto de la fortaleza. Un testigo acuso al segundo hijo de Hassan. Sin tratar de verificar los hechos, este mando que le cortaran la cabeza a su ultimo hijo varon. Algunos dias mas tarde, el verdadero culpable confesaba y a su vez fue decapitado. Los biografos del Gran Maestro mencionan la matanza de sus hijos para ilustrar su rigor y su imparcialidad y precisan que la comunidad de Alamut se convirtio, gracias a esos ejemplares castigos, en un remanso de virtud y moralidad, lo que se cree con facilidad; sin embargo, se sabe por diversas fuentes que al dia siguiente de esas ejecuciones, la unica mujer de Hassan, asi como sus hijas, se sublevaron contra su autoridad, que el ordeno que las expulsaron de Alamut y recomendo a sus sucesores que actuaran del mismo modo en el futuro para evitar que femeninas influencias alteraran su recto juicio. Separarse del mundo, hacer el vacio alrededor de su persona, rodearse de murallas de piedra y de miedo, tal parece haber sido el sueno insensato de Hassan Sabbah. Pero ese vacio comienza a asfixiarlo. Los reyes mas poderosos tienen locos o alegres companeros para aliviar el irrespirable rigor que los envuelve. El hombre de los ojos desorbitados esta irremediablemente solo, amurallado en su fortaleza, recluido en su casa, encerrado en si mismo. Nadie a quien hablar, solo dociles subditos, servidores mudos, adeptos magnetizados. De todos los seres que ha conocido, solo hay uno con el que sabe que podria hablar aun, si no de amigo a amigo, de hombre a hombre. Y es Jayyam. Por lo tanto le escribe. Una carta en la que la desesperacion se disimula bajo una espesa capa de orgullo: «En vez de vivir como un fugitivo, ?por que no vienes a Alamut? Como tu, yo fui perseguido; ahora soy yo quien persigue. Aqui seras protegido, servido y respetado, y ningun emir de la tierra podra tocar ni un cabello de tu cabeza. He formado una inmensa biblioteca donde encontraras las obras mas excepcionales y podras leer y escribir a tu placer. En este lugar alcanzaras la paz.» XXIII E fectivamente, desde que abandono Ispahan, Omar lleva una existencia de fugitivo y de paria. Cuando acude a Bagdad, el califa le prohibe hablar en publico o recibir a los numerosos admiradores que se aglomeran ante su puerta. Cuando visita La Meca, sus detractores se rien sarcasticamente al unisono: «?Peregrinacion de conveniencia!» Cuando al regreso pasa por Basora, el hijo del cadi de la ciudad acude a rogarle lo mas cortesmente del mundo que acorte su estancia. Su destino es, pues, de lo mas desconcertante. Nadie le discute su talento y su erudicion; alli donde va, verdaderas multitudes de letrados se reunen a su alrededor y le interrogan sobre astrologia, algebra, medicina e incluso sobre cuestiones religiosas. Se le escucha con recogimiento. Pero indefectiblemente, algunos dias o algunas semanas despues de su llegada se organiza una camarilla que propaga toda clase de calumnias acerca de el. Se le tacha de impio o de hereje, se recuerda su amistad con Hassan Sabbah, se repiten las acusaciones de alquimista proferidas en Samarcanda, se le envian detractores llenos de celo que perturban sus charlas, se amenaza con represalias a aquellos que osan alojarlo. Generalmente, Omar no insiste. Cuando siente que la atmosfera se enrarece, simula una dolencia para no aparecer mas en publico y no tarda en partir hacia una nueva etapa que sera igualmente breve, igualmente arriesgada. Venerado y maldito, sin otro companero que Vartan, esta constantemente a la busqueda de un techo, de un protector y de un mecenas. Puesto que desde la muerte de Nizam no se le paga la generosa pension que este ultimo le habia asignado, se ve obligado a visitar a los principes y gobernadores y preparar sus horoscopos mensuales. Pero aunque a menudo pasa estrecheces, sabe hacerse pagar sin bajar la cabeza. Se cuenta que un visir, sorprendido de oir a Omar exigir una suma de cinco mil dinares de oro, le habia lanzado: – ?Sabes que a mi no me pagan tanto? – Es logico -respondio Jayyam. – ?Y por que? – Porque sabios como yo solo hay un punado cada siglo, mientras que visires como tu se podrian nombrar quinientos cada ano. Los cronistas afirman que el personaje supo reirse a carcajadas y luego satisfizo todas las exigencias de Jayyam, reconociendo civilizadamente la exactitud de tan orgullosa ecuacion. «Ningun sultan es mas feliz que yo, ningun mendigo esta mas triste», escribe Omar en esa epoca. Los anos pasan y lo volvemos a encontrar en 1114 en la ciudad de Merv, antigua capital de Jorasan, que sigue siendo famosa por sus telas de seda y sus diez bibliotecas, pero que desde hace algun tiempo se ha visto privada de todo cometido politico. Para volver a dar esplendor a su deslustrada corte, el soberano local trata de atraer a las celebridades del momento. Sabe como seducir al gran Jayyam: proponiendole construir un observatorio semejante en todo al de Ispahan. A los sesenta y seis anos Omar solo suena aun con ello; acepta con un entusiasmo de adolescente y se consagra al proyecto. Pronto se alza el edificio sobre una colina, en el barrio de Bab Senyan, en medio de un jardin de junquillos y moreras blancas. Durante dos anos, Omar es feliz y trabaja con empeno; nos dicen que efectua experiencias sorprendentes en la prevision meteorologica, ya que su conocimiento del cielo le permite describir con exactitud los cambios de clima para cinco dias sucesivos. Igualmente, desarrolla sus avanzadas teorias en matematicas; habra que esperar al siglo XIX para que los investigadores europeos reconozcan en el a un genial precursor de la geometria no euclidiana. Tambien escribe _ruba'iyyat_ , parece ser que estimulado por la excepcional calidad de los vinedos de Merv. Evidentemente, para todo esto existe una contrapartida. Omar tiene la obligacion de asistir a interminables ceremonias del palacio, de ofrecer solemnemente sus respetos al soberano con ocasion de cada fiesta, cada circuncision principesca, cada regreso de una caceria o de una campana y estar presente en el _divan_ con frecuencia, dispuesto a lanzar algun dicho ingenioso, una cita, un verso apropiado para las circunstancias. Ademas de la impresion de haberse puesto la piel de un oso sabio, tiene constantemente la de perder en el palacio un tiempo precioso que habria utilizado mejor en su mesa de trabajo. Sin contar el riesgo de tener encuentros desagradables. Como en ese frio dia de febrero, cuando le enzarzaron en una memorable disputa a proposito de una cuarteta de juventud llegada a los oidos de un envidioso. Ese dia, el _divan_ es un hervidero de letrados con turbante. El monarca, plenamente satisfecho, contempla su corte con beatitud. Cuando Omar llega, el debate esta ya entablado sobre un tema que apasiona en ese momento a los hombres de religion. «?Podria haberse creado mejor el Universo?» Aquellos que responden «si» son tachados de impios, puesto que insinuan que Dios no cuido suficientemente su obra. Los que responden «no» son tachados igualmente de impios, puesto que dan a entender que el Altisimo seria incapaz de hacerlo mejor. Se discute con pasion, se gesticula. Jayyam se contenta con observar distraidamente la mimica de cada uno. Pero un orador lo no nombra, elogia su sabiduria y le pide su opinion. Omar se aclara la garganta. No ha pronunciado aun una sola silaba cuando el gran cadi de Merv, a quien nunca le ha agradado la presencia de Jayyam en su ciudad y menos aun las atenciones de las que esta constantemente rodeado, salta de su asiento senalandole con un dedo acusador. – ?Ignoraba que un ateo pudiera expresar una opinion sobre las cuestiones de nuestra fe! Omar esboza una sonrisa cansada pero inquietante. – ?Que te autoriza a tratarme de ateo? ?Espera al menos a haberme oido? – No necesito oirte. ?No es a ti a quien se atribuye este verso: «Si castigas con el mal el mal que he hecho, dime ?cual es la diferencia entre tu y yo?» El hombre que profiere semejantes palabras ?no es un ateo? Omar se encoge de hombros. – Si no creyera que Dios existe, no me dirigiria a El. – ?En ese tono? -rie el cadi sarcasticamente. – Solo a los sultanes y a los cadies hay que hablarles con circunloquios. No al Creador. Dios es grande, no necesita para nada nuestros melindres y nuestras pobres zalemas. Me ha hecho pensante y por lo tanto pienso y le entrego sin disimulos el fruto de mi pensamiento. En medio de los murmullos de aprobacion de la asistencia, el cadi se retira mascullando amenazas. El soberano, despues de reirse, se siente inquieto, teme las consecuencias en algunos barrios. Su semblante se ensombrece y sus visitantes se apresuran a despedirse. Al volver a su casa en compania de Vartan, Omar reniega contra la vida de la corte, sus trampas y sus futilidades, prometiendose abandonar Merv lo antes posible; su discipulo no se altera demasiado, es la septima vez que su maestro amenaza con partir; por lo general, al dia siguiente, ya mas resignado, reanuda sus investigaciones mientras vienen a consolarlo. Esa noche, una vez en su habitacion, Omar escribe en su libro una cuarteta llena de despecho que termina asi: Cambia tu turbante por vino ?y sin pena, ponte un gorro de lana! Luego mete el manuscrito en su escondite habitual, entre el lecho y la pared. Al despertarse, siente deseos de releer su cuarteta porque le parece que hay una palabra mal colocada. Su mano rebusca a ciegas y coge el libro, y es el abrirlo cuando descubre la carta de Hassan Sabbah, deslizada entre dos paginas mientras dormia. Inmediatamente Omar reconoce la letra y esa firma convenida entre ellos desde hace ya cuarenta anos: «El amigo que conociste en el caravasar de Qaxan.» Mientras lee no puede reprimir una carcajada. Vartan, que se acaba de despertar en la habitacion contigua, viene a ver lo que divierte tanto a su maestro despues del disgusto de la vispera. Acabamos de recibir una generosa invitacion: alojados, alimentados, protegidos hasta el fin de nuestra vida. – ?Por que gran principe? – El de Alamut. Vartan da un respingo. Se siente culpable. – ?Como ha podido llegar esa carta hasta aqui? ?Antes de acostarme comprobe todas las puertas! – No trates de saberlo. Hasta los sultanes y los califas han renunciado a protegerse. Cuando Hassan decide enviarte una misiva o un punal es seguro que los recibiras, ya esten tus puertas abiertas de par en par o cerradas con candado. El discipulo se acerca la carta al bigote y la olfatea ruidosamente, luego la lee y la relee. – Quiza tenga razon ese demonio -concluye-. Es en Alamut donde tu seguridad estaria mejor garantizada. Despues de todo Hassan es tu mas viejo amigo. – ?Por el momento, mi mas viejo amigo es el vino nuevo de Merv! Con un placer infantil, Omar comienza a desgarrar la hoja en una infinidad de trozos que lanza al aire; y mientras los observa flotar y revolotear en su caida, continua hablando: – ?Que tenemos en comun ese hombre y yo? Yo soy un adorador de la vida y el un idolatra de la muerte. Yo escribo: «Si no sabes amar ?para que te sirve que el sol salga y se ponga?» Hassan exige de sus hombres que ignoren el amor, la musica, la poesia, el vino, el sol. Desprecia lo mas bello de la creacion y se atreve a pronunciar el nombre del Creador. ?Se atreve a prometer el paraiso! ?Creeme, si su fortaleza fuera la puerta del paraiso, renunciaria al paraiso! ?Jamas pondre los pies en esa cueva de falsos devotos! Vartan se sienta, se rasca con fruicion la nuca antes de decir con el mas abatido de los tonos: – Puesto que esa es tu respuesta, ya es hora de que te revele un secreto demasiado viejo. ?Nunca te has preguntado por que cuando huimos de Ispahan los soldados nos dejaron largarnos tan candidamente? – Eso me ha intrigado siempre, pero como desde hace anos solo he comprobado fidelidad por tu parte, abnegacion y filial afecto, nunca he querido remover el pasado. – Ese dia los oficiales de la Nizamiyya sabian que iba a salvarte y partir contigo. Eso formaba parte de una estrategia que yo habia imaginado. Antes de proseguir, sirve oportunamente a su maestro y a si mismo un buen vaso de vino granate. – No ignoras que en la lista de los proscritos establecida por el propio Nizam el-Molk habia un hombre al que nunca hemos logrado atrapar, Hassan Sabbah. ?No fue el el principal responsable del asesinato? Mi plan era simple: partir contigo con la esperanza de que buscaras refugio en Alamut. Yo te acompanaria hasta alli rogandote que no revelaras mi identidad y encontraria la ocasion de librar a los musulmanes y al mundo entero de ese demonio. Pero tu te obstinaste en no poner jamas los pies en la sombria fortaleza. – Sin embargo, te has quedado a mi lado todo este tiempo. – Al principio pensaba que me bastaria ser paciente, que cuando te hubieran expulsado de quince ciudades sucesivas te resignarias a tomar el camino de Alamut. Luego pasaron los anos y te tome carino, mis companeros se dispersaron por todos los rincones del Imperio y mi determinacion se debilito. Y asi fue como Omar Jayyam salvo la vida por segunda vez a Hassan Sabbah. – Deja de lamentarte, quiza fue a ti a quien salve la vida. – La verdad es que debe de estar bien protegido en su guarida. Vartan no puede disimular un resto de amargura, que divierte a Jayyam. – Dicho esto, anadire que si me hubieras revelado tu plan, sin duda te habria conducido a Alamut. El discipulo salta de su asiento. – ?Es verdad eso? – No. ?Sientate! Solo lo decia para mortificarte. A pesar de todo lo que Hassan haya podido cometer, si lo viera en este momento ahogandose en el rio Mungab le tenderia la mano para ayudarle. – ?Yo le hundiria violentamente la cabeza bajo el agua! Sin embargo, tu actitud me reconforta. Escogi permanecer a tu lado porque eres capaz de semejantes palabras y de semejantes actos. Y de eso no me arrepiento. Jayyam estrecha con fuerza a su discipulo entre sus brazos. – Me alegro de que mis dudas con respecto a ti se hayan disipado. Ya soy viejo y necesito saber que tengo junto a mi a un hombre de confianza. A causa de este manuscrito. Es lo mas valioso que poseo. Para enfrentarse al mundo, Hassan Sabbah construyo Alamut; yo solo he construido este minusculo castillo de papel, pero pretendo que sobreviva a Alamut. Esta es mi apuesta y este es mi orgullo. Y nada me asusta tanto como pensar que a mi muerte mi manuscrito pueda caer en unas manos frias o malintencionadas. Con un gesto un poco ceremonioso, tiende el libro secreto a Vartan: – Puedes abrirlo, puesto que seras su guardian. El discipulo esta emocionado. – ?Alguien mas ha tenido este privilegio antes que yo? – Dos personas. Yahan, despues de una disputa en Samarcanda, y Hassan cuando viviamos en la misma habitacion, a nuestra llegada a Ispahan. – ?Hasta ese punto confiabas en el? – A decir verdad, no. Pero tenia a menudo ganas de escribir y el termino por reparar en el manuscrito. Por lo tanto preferi ensenarselo yo mismo, puesto que de todas formas el podia leerlo a mis espaldas. Y ademas le creia capaz de guardar un secreto. – Sabe muy bien guardar un secreto, pero para utilizarlo mejor contra ti. Desde ese momento, el manuscrito pasaria las noches en la habitacion de Vartan. Al menor ruido, el antiguo oficial ya esta de pie, empunando la espada y aguzando el oido; inspecciona cada habitacion de la casa y luego sale a hacer una ronda por el jardin. A su regreso, no siempre consigue conciliar el sueno de nuevo y entonces enciende una lampara sobre su mesa, lee una cuarteta que memoriza y luego, incansablemente, la repite en su cabeza para captar su mas profundo significado y para tratar de adivinar en que circunstancia pudo escribirla su maestro. A lo largo de unas cuantas noches inquietas, una idea toma forma en su mente, que Omar acoge complacido inmediatamente: redactar, en el margen dejado por las _ruba'iyyat_ , la historia del manuscrito e indirectamente la del propio Jayyam, su infancia en Nisapur, su juventud en Samarcanda, su fama en Ispahan, sus encuentros con Abu Taher, Yahan, Hassan, Nizam y muchos otros mas. Es, pues, bajo la supervision de Jayyam, a veces incluso dictadas por el, como se escriben las primeras paginas de la cronica. Vartan se consagra a ello y comienza diez, quince veces cada frase en un borrador antes de transcribirla con una caligrafia angulosa, fina, laboriosa, que un dia se interrumpe brutalmente en mitad de una frase. Omar se despierta pronto esa manana. Llama a Vartan, que no responde. Una noche mas que ha pasado escribiendo, se dice Jayyarri paternal. Le deja descansar, se sirve la copa de la manana, primero el fondo que se bebe de un trago y luego la copa llena que se lleva con el al jardin para dar un paseo. Se da una vuelta, se divierte soplando el rocio depositado en las flores y luego se va a coger moras blancas y jugosas que se pone sobre la lengua y revienta contra su paladar con cada trago de vino. De suerte que cuando se decide a entrar de nuevo en la casa ha transcurrido mas de una hora. Es el momento de que Vartan se levante. No lo llama, entra directamente en su habitacion y se lo encuentra tendido en el suelo con la garganta negra de sangre y la boca y los ojos abiertos y petrificados como en una ultima y ahogada llamada. Y sobre su mesa, entre la lampara y la escribania, el punal del crimen clavado en una hoja abarquillada cuyos bordes Omar separa para leer: «Tu manuscrito te ha precedido en el camino de Alamut.» XXIV O mar Jayyam llora a su discipulo como habia llorado a otros amigos, con la misma dignidad, la misma resignacion, la misma pudica afliccion. «Habiamos bebido el mismo vino, pero ellos se embriagaron dos o tres rondas antes que yo.» Sin embargo, ?por que negarlo? Fue la perdida de su manuscrito lo que mas le afecto durante largo tiempo. Ciertamente, hubiera podido reconstituirlo; habria recordado hasta el menor acento. Aparentemente no quiso hacerlo; en todo caso no queda ni el menor rastro de esa transcripcion. Parece como si Jayyam hubiera aprendido una sabia leccion del robo de su manuscrito: nunca mas trataria de influir en el futuro, ni en el suyo ni en el de sus poemas. Pronto abandona Merv. No por Alamut -?ni una sola vez se le ocurre ir alli!- sino por su ciudad natal. «Ya es hora, se dijo, de que ponga fin a mi vagabundeo. Nisapur fue mi primera escala en la vida, ?no esta en el orden de las cosas que sea tambien la ultima?» Sera ahi donde viva de ahora en adelante, rodeado de algunos parientes, una hermana mas joven que el, un cunado solicito, sobrinos y sobre todo una sobrina que tendra lo mejor de su ternura otonal. Rodeado tambien de sus libros. Ya no escribe, pero relee incansablemente las obras de sus maestros. Un dia que esta sentado en su habitacion, como de costumbre, con el «Libro de la Curacion» de Avicena sobre sus rodillas abierto por el capitulo titulado «El Uno y el Multiple», Omar siente que le envuelve un dolor sordo. Coloca entre las hojas, para marcar la pagina, el mondadientes de oro que tiene en la mano, cierra el libro y llama a los suyos para dictarles su testamento. Luego pronuncia una oracion que se termina con estas palabras: «Dios mio, Tu sabes que he tratado de percibirte todo lo que he podido. ?Perdoname si mi conocimiento de Ti ha sido mi unico camino hacia Ti!» Ya no abrio mas los ojos. Era el 4 de diciembre de 1131 y Omar Jayyam tenia ochenta y cuatro anos. Habia nacido el 18 de junio de 1048 al amanecer. Que se conozca con semejante precision la fecha de nacimiento de un personaje de esa epoca remota es totalmente excepcional. Pero Jayyam, en esa materia, manifestaba las preocupaciones de un astrologo. Probablemente habia interrogado a su madre para conocer su ascendente, Geminis, y para determinar el emplazamiento del Sol, de Mercurio y de Jupiter a la hora de su venida al mundo. De este modelo habia trazado su carta astral, que se habia ocupado de comunicar al cronista Beihaki. Otro de sus contemporaneos, el escritor Nizami Aruzi, cuenta: «Conoci a Omar Jayyam veinte anos antes de su muerte, en la ciudad de Ba1j. Se alojaba en casa de un notable en la calle de los Mercaderes de Esclavos y, dado su renombre, le seguia como su sombra para recoger cada una de sus palabras. Fue asi como le oi decir: Mi tumba estara en un lugar donde cada primavera el viento del norte esparza flores. En ese momento sus palabras me parecieron absurdas. Sin embargo, yo sabia que un hombre como el no podia hablar injustificadamente.» El testimonio prosigue: «Pase por Nisapur cuatro anos despues de la muerte de Jayyam. Como sentia hacia el la veneracion que se debe a un maestro de la ciencia, acudi en peregrinacion a su ultima morada. Un guia me condujo al cementerio. Torciendo a la izquierda despues de la entrada, vi la tumba adosada a la tapia del jardin. Las ramas de los perales y melocotoneros se extendian sobre la sepultura y esparcian sus flores de tal manera que estaba oculta bajo una alfombra de petalos.» Gota de agua que cae y se pierde en el mar, mota de polvo que se mezcla con la tierra, ?Que significa nuestro paso por este mundo? Un vil insecto aparece y luego desaparece. Omar Jayyam esta equivocado, ya que su existencia, lejos de ser tan pasajera como el dice, no ha hecho sino comenzar. Al menos la de sus cuartetas. Ahora bien, ?no seria para ellas para las que el poeta deseaba la inmortalidad que no osaba esperar para si mismo? Aquellos que en Alamut tenian el aterrador privilegio de acudir ante Hassan Sabbah no dejaban de advertir, en un nicho excavado en la pared y protegido por una fuerte reja, la silueta de un libro. Nadie sabia lo que era ni se atrevia a interrogar al Predicador supremo; se suponia que tenia sus razones para no depositarlo en la gran biblioteca donde sin embargo se encontraban obras que encerraban las mas inefables verdades. Cuando Hassan murio, con cerca de ochenta anos, el lugarteniente que el habia designado para sucederle no se atrevio a instalarse en el antro del maestro y aun menos a abrir la misteriosa reja. Mucho tiempo despues de la desaparicion del fundador, los habitantes de Alamut se quedaban aterrados solo con ver las paredes que lo habian albergado y evitaban aventurarse por ese barrio, desde entonces deshabitado por miedo a encontrarse con su sombra. La vida de la Orden estaba aun sometida a las reglas que Hassan habia dictado; la mas severa ascesis era el sino permanente de los miembros de la comunidad. Ningun descarrio, ningun placer; y frente al mundo exterior, mas violencia, mas asesinatos que nunca, aunque solo fuera para demostrar que la muerte del jefe no habia debilitado en nada la resolucion de sus adeptos. ?Aceptaban estos de buen grado esa severidad? Cada vez menos. Se oian algunas criticas, no tanto entre los ancianos que se habian instalado en Alamut en vida de Hassan; estos vivian aun con el recuerdo de las persecuciones que tuvieron que sufrir en sus regiones de origen y temian que la menor relajacion les hiciera mas vulnerables. Sin embargo, esos hombres cada dia eran menos numerosos; la fortaleza estaba ya habitada por sus hijos y nietos. Es cierto que a todos, desde la cuna, se les habia prodigado el mas riguroso adoctrinamiento que los obligaba a aprender y respetar las penosas directrices de Hassan como si fueran la palabra revelada. Pero la mayoria de ellos eran cada vez mas refractarios; la vida recobraba sus derechos. Algunos se atrevieron un dia a preguntar por que se les forzaba a pasar toda su juventud en esa especie de convento-cuartel donde se prohibia cualquier alegria. La represion se abatio sobre ellos con tanta dureza que desde entonces se abstuvieron de emitir la menor opinion discrepante. En publico, se entiende, porque en el secreto de las casas comenzaron a organizarse reuniones. Los jovenes conjurados estaban alentados por todas esas mujeres que habian visto partir a un hijo, un hermano o un marido para una mision secreta de la que no volvieron jamas. Un hombre se convirtio en el portavoz de esa sorda, ahogada, reprimida aspiracion; ningun otro habria podido permitirselo: era el nieto de aquel que Hassan habia designado para sucederle; el mismo estaba llamado a convertirse, a la muerte de su padre, en el cuarto Gran Maestro de la Orden. Tenia una apreciable ventaja sobre sus predecesores: nacido poco despues de la muerte del fundador, no habia tenido que vivir bajo el terror de este ultimo. Observaba su casa con curiosidad, por supuesto con cierto recelo, pero sin esa morbosa fascinacion que paralizaba a todos los demas. Incluso una vez, a la edad de diecisiete anos, habia entrado en la estancia prohibida, la habia recorrido, se habia acercado al estanque magico, habia metido la mano en su agua helada y luego se habia detenido ante el nicho donde estaba encerrado el manuscrito. Poco habia faltado para que lo abriera, pero se habla arrepentido y, despues de retroceder un paso, habia abandonado la habitacion andando hacia atras. No queria ir mas lejos en esa primera visita. Cuando el heredero recorria pensativo las callejuelas de Alamut, la gente se arremolinaba a su paso, aunque sin acercarsele mucho, pronunciando curiosas formulas de bendicion. Se llamaba Hassan, como Sabbah, pero a su alrededor se susurraba ya otro nombre: «?El Redentor! ?El que se espera desde siempre!» Solo existia un temor: que la vieja guardia de los Asesinos, que conocia sus sentimientos y que ya le habia oido vituperar con imprudencia el rigor existente, hiciera lo imposible por impedirle acceder al poder. De hecho, su padre intentaba imponerle silencio, acusandole de ser un ateo y de traicionar las ensenanzas del Fundador. Se dice incluso que condeno a muerte a doscientos cincuenta partidarios suyos y expulso a otros doscientos cincuenta obligandoles a cargar a la espalda, hasta el pie de la montana, los cadaveres de sus amigos ejecutados. Pero por un resto de sentimiento paternal, el Gran Maestro no se atrevio a seguir la tradicion infanticida de Hassan Sabbah. Y cuando el padre murio, en 1162, el hijo rebelde le sucedio sin la menor dificultad. Por primera vez, desde hacia mucho tiempo, estallo una verdadera alegria en las grises callejuelas de Alamut. Pero ?se trata realmente del Redentor esperado?, se interrogaban los adeptos. ?Es de veras aquel que debe poner fin a nuestros sufrimientos? El callaba. Seguia caminando con aire absorto por las calles de Alamut o permanecia durante largas horas en la biblioteca, bajo la mirada protectora del copista que estaba a cargo de ella, un hombre originario de Kirman. Un dia se le vio avanzar con paso decidido hacia la antigua residencia de Hassan Sabbah, empujar la puerta con un gesto brusco, ir hasta el nicho y tirar de la reja con las dos manos y con tanta fuerza que la arranco del muro, esparciendose por el suelo largos chorrillos de arena y guijarros. Saco el manuscrito de Jayyam y lo desempolvo con unas cuantas palmadas bruscas antes de llevarselo bajo el brazo. Dicen que entonces se encerro en su casa a leer, releer y meditar. Y esto hasta el septimo dia, que dio la orden de convocar a toda la gente de Alamut, hombres, mujeres y ninos, para una reunion en el _meydan_ , la unica plaza donde cabian. Era el 8 de agosto de 1164, el sol de Alamut pegaba con fuerza en las cabezas y los rostros, pero nadie pensaba en protegerse. Al oeste se levantaba un estrado de madera, adornado en cada esquina con cuatro inmensos estandartes: uno rojo, uno verde, uno amarillo y uno blanco, y hacia el se dirigian las miradas. Y de pronto aparecio. Totalmente vestido de un blanco resplandeciente, y tras el su mujer, joven y menuda, con el rostro descubierto, los ojos fijos en el suelo y las mejillas rojas de verguenza. Esa vision parecio disipar las ultimas dudas de la multitud y se oyeron atrevidos murmullos: «?Es El, es el Redentor!» Con paso digno, subio los pocos peldanos de la tribuna y dirigio a sus fieles un amplio gesto de saludo destinado a hacer callar los cuchicheos, antes de pronunciar uno de los discursos mas asombrosos que jamas haya resonado en nuestro planeta: – ?A todos los habitantes del mundo, genios, hombres y angeles! -dijo-, El iman del Tiempo os ofrece su bendicion y os perdona todos vuestros pecados, pasados y futuros. Os anuncia que la Ley sagrada es abolida, porque ha sonado la hora de la Resurreccion. Dios os habia impuesto la ley para que merecierais el paraiso. Lo habeis merecido. Desde hoy, el paraiso os pertenece. Por lo tanto, estais liberados del yugo de la Ley. ?Todo lo que estaba prohibido, esta permitido, y todo lo que era obligatorio esta prohibido! Las cinco oraciones cotidianas estan prohibidas -continuo el Redentor-. Puesto que ya estamos en el paraiso, en permanente union con el Creador, no necesitamos dirigirnos a El a determinadas horas; aquellos que se, obstinaron en efectuar las cinco oraciones, manifestarian con ello su poca fe en la Resurreccion. Rezar se ha convertido en un acto de incredulidad. Por el contrario, el vino, considerado por el Coran como la bebida del paraiso, fue autorizado desde ese momento; no beberlo era la senal manifiesta de una falta de fe. «Una vez proclamado esto», relata un historiador persa de la epoca, «la asamblea se puso a tocar el arpa y la flauta y a beber ostensiblemente vino en los mismos escalones de la tribuna.» Reaccion desproporcionada, a la medida de los excesos practicados por Hassan Sabbah en nombre de la ley coranica. Pronto se ocuparian los sucesores del Redentor de atenuar su ardor mesianico, pero Alamut no volveria a ser jamas esa cantera de martires deseada por el Predicador supremo. Desde entonces, la vida alli seria agradable y se interrumpiria la larga serie de asesinatos que habian aterrorizado las ciudades del Islam. Los ismaelies, secta radical donde las haya, se transformarian en una comunidad de una tolerancia ejemplar. De hecho, despues de haber anunciado la buena nueva a los habitantes de Alamut y sus alrededores, el Redentor envio emisarios a las otras comunidades ismaelies de Asia y de Egipto provistos de documentos firmados con su propia mano. Rogaba a todos que desde ese momento celebraran el dia de la Redencion, cuya fecha proporcionaba segun tres calendarios diferentes: el de la hegira del Profeta, el de Alejandro el Griego y el del «hombre mas eminente de los dos mundos, Omar Jayyam de Nisapur». En Alamut, el Redentor ordeno que el Manuscrito de Samarcanda fuera venerado como un gran libro de sabiduria. Se encargo a unos artistas que lo adornaran: pintura, grabados, cofre de oro cincelado con incrustaciones de pedrerias… Nadie tenia derecho a copiarlo, pero estaba siempre colocado en una mesa baja de madera de cedro en la pequena sala interior donde trabajaba el bibliotecario. Ahi, bajo su altanera vigilancia, algunos privilegiados iban a consultarlo. Hasta entonces solo se conocian algunas cuartetas compuestas por Jayyam en los tiempos de su imprudente juventud; de ahi en adelante se aprendieron, citaron y repitieron muchas otras, algunas con graves alteraciones. Se asistio, incluso, desde esa epoca, a un fenomeno de los mas singulares: cada vez que un poeta componia una cuarteta que podia ocasionarle disgustos, se la atribuia a Omar; cientos de falsificaciones vinieron asi a mezclarse con las _ruba'iyyat_ de Jayyam, de tal manera que resulto imposible, a falta del manuscrito, discernir las autenticas. ?Fue un ruego del Redentor lo que impulso a los bibliotecarios de Alamut a reanudar, de padres a hijos, la cronica del manuscrito en el punto en que Vartan lo habia dejado? En todo caso, es por esa unica fuente por la que sabemos la influencia postuma de Jayyam en la metamorfosis experimentada por los Asesinos. La relacion de los acontecimientos, concisa pero insustituible, se prosiguio asi casi un siglo antes de conocer una nueva y brutal interrupcion. En el momento de las invasiones de los mogoles. La primera oleada, conducida por Gengis Kan, fue, sin ninguna duda el azote mas devastador que jamas haya asolado Oriente. Prestigiosas ciudades fueron arrasadas y su poblacion exterminada, como Pekin, Bujara o Samarcanda, cuyos habitantes fueron tratados como, ganado, las mujeres jovenes distribuidas entre los oficiales de la horda victoriosa, los artesanos convertidos en esclavos y los demas aniquilados, con la unica excepcion de una minoria que, reagrupada en torno al gran monarca del momento, no tardo en proclamar su vasallaje a Gengis Kan. A pesar de este apocalipsis, Samarcanda se revela casi como una privilegiada, puesto que un dia renaceria de sus escombros para convertirse en la capital de un Imperio mundial, el de Tamerlan. Por el contrario muchas otras ciudades no se reharian nunca mas, principalmente las tres grandes metropolis de Jorasan donde durante largo tiempo se concentro toda la actividad intelectual de esa parte del mundo: Merv, Balj y Nisapur, a las que hay que anadir Rayy, cuna de la medicina oriental y de la que se olvidaria hasta el nombre; habria que esperar varios siglos para ver renacer, en un lugar cercano, la ciudad de Teheran. Fue la segunda oleada la que arrasaria Alamut. Fue un poco menos sanguinaria, pero mas extendida. ?Como no comprender el terror de los contemporaneos, cuando se sabe que las tropas de los mogoles pudieron entonces, con algunos meses de intervalo, devastar Bagdad, Damasco, Cracovia en Polonia y la provincia china de Szechwan! La fortaleza de los Asesinos escogio, pues, rendirse ?ella que habia resistido a tantos invasores durante ciento sesenta y seis anos! El principe Hulagu, nieto de Gengis Kan, fue el mismo a admirar ese prodigio de construccion militar; la leyenda dice que encontro provisiones conservadas intactas desde la epoca de Hassan Sabbah. Despues de haber inspeccionado los lugares con sus lugartenientes, ordeno a los soldados destruir todo, no dejar piedra sobre piedra, sin exceptuar la biblioteca. Sin embargo, antes de prenderle fuego, autorizo a un historiador de treinta anos, un tal Yuvayni, que la visitara. Este estaba escribiendo, a peticion de Hulagu, una «Historia del conquistador del mundo» que sigue siendo, aun hoy, nuestra mas valiosa fuente para conocer las invasiones de los mogoles. Pudo, pues, entrar Hulagu en ese lugar misterioso donde decenas de miles de manuscritos estaban alineados, apilados o enrollados; fuera le esperaba un oficial mogol y un soldado con una carretilla. Lo que esta pudiera contener se salvaria, el resto seria pasto de las llamas. No era cuestion de leer los textos, ni siguiera de catalogar los titulos. Sunni ferviente, Yuvayni se dijo que su primer deber era salvar del fuego la Palabra de Dios. Por lo tanto, se puso a recoger apresuradamente los ejemplares del Coran reconocibles por su gruesa encuadernacion y agrupados en un mismo lugar. Habia por lo menos veinte; los transporto en tres viajes hasta la carretilla, que casi se lleno. Y ahora ?que elegir? Al dirigirse hacia una de las paredes sobre la cual los volumenes parecian mejor ordenados que en otras partes, descubrio las innumerables obras escritas por Hassan Sabbah durante sus treinta anos de reclusion voluntaria. Decidio salvar solo una, una autobiografia de la que citaria algunos fragmentos en su propia obra. Igualmente, encontro una cronica de Alamut, reciente y aparentemente bien documentada, que relataba detalladamente la historia del Redentor. Se apresuro a llevarsela, ya que ese episodio era totalmente ignorado fuera de las comunidades ismaelies. ?Conocia el historiador la existencia del Manuscrito de Samarcanda? No parece que fuera asi. ?Lo habria buscado si hubiera oido hablar de el y al hojearlo lo habria salvado? Lo ignoramos. Lo que se cuenta es que se detuvo ante un conjunto de obras dedicadas a las ciencias ocultas y que se enfrasco en su lectura, olvidandose de la hora. El oficial mogol que fue a recordarsela con algunas palabras tenia el cuerpo cubierto con una fuerte armadura con ribetes rojos y la cabeza protegida con un casco que se prolongaba hacia la nuca como si fuera una cabellera suelta. En la mano llevaba una tea. Para demostrar fehacientemente que tenia prisa, acerco el fuego a un monton de rollos polvorientos. El historiador no insistio, cogio con las manos y bajo las axilas todo lo que podia llevarse, sin intentar hacer la menor seleccion, y cuando el manuscrito titulado _Secretos eternos de los astros y de los numeros_ se le escapo de las manos, no se inclino para recogerlo. Fue asi como la biblioteca de los Asesinos ardio durante siete dias y siete noches y como innumerables obras de las que no existe copia se perdieron. Se dice que contenian los secretos mejor guardados del Universo. Durante largo tiempo se penso que el Manuscrito de Samarcanda se habia consumido, el tambien, en la hoguera de Alamut. Libro tercero. EL FIN DEL MILENIO _?Levantate, tenemos la eternidad para dormir!_ Omar Jayyam XXV H asta esta pagina he hablado poco de mi mismo, me interesaba exponer lo mas fielmente posible lo que el Manuscrito de Samarcanda revela de Jayyam, de aquellos que conocio, de algunos acontecimientos que le toco vivir. Queda por decir de que manera esa obra, extraviada en el tiempo de los mogoles, reaparecio en el corazon de nuestra epoca, en el transcurso de que aventuras pude entrar en posesion de ella, y empecemos por ahi por que comica casualidad me entere de su existencia. Ya he mencionado mi nombre, Benjamin O. Lesage, A pesar de la consonancia francesa, herencia de un antepasado hugonote emigrado en el siglo de Luis XIV, soy ciudadano americano, natural de Annapolis, ciudad de Maryland, sobre la bahia de Chesapeake, modesto brazo del Atlantico. Sin embargo, mis relaciones con Francia no se limitan a esa lejana ascendencia; mi padre se esforzo por renovarlas. Siempre dio pruebas de una tranquila obsesion por sus origenes; en su cuaderno de colegial habia anotado: «?Mi arbol genealogico seria, pues, derribado para construir una balsa de fugitivos!», y se habia puesto a estudiar frances. Luego, solemne y emocionado, habia cruzado el Atlantico en sentido inverso a las agujas del tiempo. Su ano de peregrinacion fue demasiado mal o demasiado bien elegido. Salio de Nueva York el 9 de julio de 1870 a bordo del «Scotia», llego a Cherburgo el 18 y a Paris el 19 por la noche. La guerra habia sido declarada a mediodia. Retirada, derrota, invasion, hambre, comuna, matanzas, jamas viviria mi padre un ano mas intenso, su mas hermoso recuerdo. ?Por que negarlo? Hay un placer perverso en encontrarse en una ciudad sitiada, las barreras caen cuando se alzan las barricadas, hombres y mujeres vuelven a vivir las alegrias del clan primitivo. ?Cuantas veces en Annapolis, en torno al inevitable pavo de las celebraciones, mi padre y mi madre evocaron con emocion el trozo de trompa de elefante que habian compartido la noche del Ano Nuevo parisiense, comprado a cuarenta francos la libra en Roos, la carniceria inglesa del bulevar Haussmann! Acababan de comprometerse y debian casarse un ano mas tarde. La guerra habla apadrinado su felicidad. «Desde mi llegada a Paris», recordaba mi padre, «tome la costumbre de acudir por la manana al Cafe Riche, en el bulevar Des Italiens. Me sentaba en una mesa con un monton de periodicos, Le Temps, Le Gaulois, Le Figaro, La Presse, y leia linea por linea, anotando discretamente en un cuadernillo las palabras que no lograba comprender, como “_guetre_ ” o “_moblot_ ”*, para poder interrogar al erudito conserje a mi regreso al hotel. * Guetre: polaina. Moblot: nombre que se les daba familiarmente a los soldados moviles de la Guardia Nacional. (N. de la T.) »El tercer dia, un hombre con bigote gris vino a sentarse en la mesa de al lado. Llevaba su propio monton de periodicos, que pronto dejo de lado para observarme; tenia una pregunta en la punta de la lengua y sin poder aguantarse me interpelo con voz ronca, sujetando con una mano la empunadura de su baston y tamborileando nervioso con la otra sobre el marmol mojado. Queria asegurarse de que ese hombre joven, aparentemente sano, tenia buenas razones para no encontrarse en el frente defendiendo a la patria. El tono era cortes, aunque no receloso y acompanado de miradas oblicuas en direccion al cuadernillo donde me habia visto garabatear precipitadamente. No tuve necesidad de argumentar. Mi acento era mi elocuente defensa. El hombre se disculpo abiertamente, me invito a su mesa, e invoco a La Fayette, Benjamin Franklin, Tocqueville y Pierre L'Enfant antes de explicarme con detalles lo que yo acababa de leer en la prensa, a saber: que esta guerra solo seria para nuestras tropas un paseo hasta Berlin".» Mi padre deseaba contradecirle. Aunque no sabia nada de la potencia comparada de los franceses y los prusianos, acababa de participar en la guerra de Secesion y lo habian herido en el asedio de Atlanta. «Yo podia dar testimonio de que ninguna guerra es un paseo», contaba, «pero las naciones son tan olvidadizas, la polvora tan embriagadora, que me abstuve de polemizar. No era el momento de debates; aquel hombre no me estaba pidiendo mi opinion. De vez en cuando soltaba un “no es verdad” muy poco interrogativo; yo respondia con un movimiento de cabeza comprensivo. »Era amable. Por lo demas, de ahi en adelante nos volvimos a encontrar cada manana. Yo seguia sin hablar casi nada y el decia que se alegraba de que un americano pudiera compartir tan infaliblemente sus puntos de vista. Despues del cuarto monologo igualmente entusiasta, ese venerable caballero me invito a acompanarle a su casa para almorzar; estaba tan seguro de obtener una vez mas mi conformidad que llamo a un cochero antes incluso de que yo pudiera formular una respuesta. Tengo que confesar que nunca me arrepenti de ello. Se llamaba Charles-Hubert de Lugay y vivia en un hotel particular en el bulevar Poissonniere. Era viudo, sus dos hijos estaban en el ejercito y su hija se convertiria en tu madre.» Ella tenia dieciocho anos y mi padre diez mas. Durante largo tiempo se observaron, con un fondo de arengas patrioticas. A partir del 7 de _agosto_ , cuando, despues de tres derrotas sucesivas, estaba claro que la guerra estaba perdida y que el territorio nacional estaba amenazado, mi abuelo se hizo mas laconico. Su hija y su futuro yerno se esforzaban en aliviar su melancolia y una complicidad se establecio entre ellos. Desde entonces, una mirada bastaba para decidir quien debia intervenir y con la medicina de que argumento. «La primera vez que nos quedamos solos ella y yo en el inmenso salon, se produjo un silencio de muerte. Seguido de una carcajada. Acababamos de descubrir que despues de numerosas comidas en comun, jamas nos habiamos dirigido la palabra directamente. Era una risa franca, complice, sin barreras, pero que hubiera sido de mal gusto prolongar. Se suponia que yo tenia que decir la primera palabra. Tu madre sostenia un libro apretado contra su pecho y yo le pregunte que estaba leyendo.» En ese preciso instante, Omar Jayyam entro en mi vida. Casi deberia decir que me trajo al mundo. Mi madre acababa de comprar _Les Quatrains de Kheyam, traduits du persan par J. B. Nicolas, ex-premier drogman de l'Ambassade francaise en Perse_ , publicado en 1867 por la Imprenta Imperial. Mi padre tenia en su equipaje _The Rubaiyat of Omar Khayyam_ de Edward Fitzgerald, edicion de 1868. «Tu madre no pudo ocultar mejor que yo su satisfaccion; ambos estabamos seguros de que las lineas de nuestras vidas acababan de unirse y ni por un momento se nos ocurrio pensar que podia tratarse de una trivial coincidencia en nuestras lecturas. Al instante, Omar se nos revelo como una contrasena del destino e ignorarlo hubiera sido casi un sacrilegio. Por supuesto, no dijimos nada de la conmocion que se habia producido en nosotros; la conversacion giro en torno a los poemas. Ella me conto que Napoleon III en persona habia ordenado la publicacion de la obra.» Precisamente en aquel tiempo Europa acababa de descubrir a Omar. A decir verdad, a principios de siglo algunos especialistas habian hablado de el, su algebra se habia publicado en Paris en 1851 y habian aparecido unos cuantos articulos en revistas especializadas. Pero el publico occidental aun no lo conocia, e incluso en Oriente ?que quedaba de Jayyam? Un nombre, dos o tres leyendas, unas cuartetas de factura incierta y una nebulosa reputacion de astrologo. Y cuando en 1859 un oscuro poeta britanico, Fitzgerald, decidio publicar la traduccion de setenta y cinco cuartetas, el libro, del que se hizo una tirada de doscientos cincuenta ejemplares, fue recibido con indiferencia. El autor regalo algunos a sus amigos y el resto se eternizo en el librero Bernard Quaritch. «Poor old Omar», aparentemente el pobre Omar no interesaba a nadie, escribio Fitzgerald a su profesor de persa. Al cabo de dos anos, el editor decidio liquidar las existencias: de un precio inicial de cinco chelines, _The Rubaiyat_ paso a un penique, sesenta veces menos. Incluso a ese precio se vendio poco. Hasta el momento en que dos criticos literarios lo descubrieron. Lo leyeron. Se entusiasmaron. Volvieron al dia siguiente. Compraron otros seis ejemplares para regalarlos entre sus amigos. Al darse cuenta del interes que se estaba despertando, el editor aumento el precio, que paso a ser de dos peniques. ?Y pensar que en mi ultimo viaje a Inglaterra tuve que pagar, en ese mismo Quaritch, ya lujosamente instalado en Picadilly, cuatrocientas libras esterlinas por un ejemplar que aun conservaba de aquella primera edicion! Pero en Londres el exito no fue inmediato. Fue necesario recurrir a Paris, que Nicolas publicara su traduccion, que Theophile Gautier lanzara desde las paginas del _Moniteur Universel_ un rotundo «?Han leido las cuartetas de Jayyam?», proclamando «esa libertad absoluta de espiritu que los mas audaces pensadores modernos apenas pueden igualar», que Ernest Renan reconociera: «Jayyam es quiza el hombre que resulta mas interesante estudiar para comprender en lo que se ha podido convertir el libre talento de Persia dentro de la opresion del dogmatismo musulman», para que en el mundo anglosajon Fitzgerald y su «poor old Omar» salieran al fin del anonimato. El despertar fue entonces fulminante. De la noche a la manana todas las imagenes del Oriente giraron unicamente en tomo al nombre de Jayyam, las traducciones se sucedieron, las ediciones se multiplicaron en Inglaterra y luego en varias ciudades americanas; se formaron sociedades «omarianas». En 1870, repetimos, la moda Jayyam estaba en sus comienzos, el circulo de admiradores de Omar se ampliaba cada dia, pero sin haber pasado aun los limites de la clase intelectual. Esa lectura comun habia acercado a mi padre y a mi madre y comenzaron a recitar las cuartetas de Omar y a discutir su significado: el vino y la taberna ?eran en la pluma de Jayyam puros simbolos misticos, como afirmaba Nicolas? ?O, por el contrario, eran la expresion de una vida de placeres, incluso de desenfreno, como sostenian Fitzgerald y Renan? En sus labios estos debates adquirian un nuevo sabor. Cuando mi padre evocaba a Omar acariciando los cabellos perfumados de su amada, mi madre enrojecia. Y fue entre dos cuartetas de amor cuando intercambiaron su primer beso. El dia en que hablaron de boda se prometieron llamar a su primer hijo Omar. En el transcurso de los anos noventa, cientos de ninos americanos se llamaron asi; cuando yo naci, el 1 de marzo de 1873, era inusitado. Mis padres no quisieron que ese nombre exotico supusiera una carga demasiado pesada para mi y lo relegaron a segundo lugar, con el fin de que pudiera, si lo deseaba, reemplazarlo por una discreta O; en el colegio mis companeros suponian que era Oliver, Oswald, Osborne y Orville y yo no desmentia a nadie. La herencia que asi me fue atribuida solo podia despertar mi curiosidad con relacion a ese lejano padrino. A los quince anos comence a leer todo lo que se referia a el. Habia formado el proyecto de estudiar lengua y literatura persas y de visitar detenidamente ese pais. Pero despues de una fase de entusiasmo me entibie. Aunque en opinion de todos los criticos los versos de Fitzgerald constituian una obra maestra de la poesia inglesa, solo tenian una muy lejana relacion con lo que hubiera podido componer Jayyam. En cuanto a las cuartetas mismas, algunos autores citaban cerca de un millar, Nicolas habia traducido mas de cuatrocientas y ciertos especialistas rigurosos solo reconocian cien como «probablemente autenticas». Eminentes orientalistas llegaban incluso a negar que hubiera una sola que pudiera atribuirse con certeza a Omar. Se suponia que habia existido un libro original que habria permitido distinguir, de una vez por todas, lo autentico de lo falso, pero nada hacia pensar que semejante manuscrito pudiera encontrarse. Finalmente, me quite de la cabeza el personaje y la obra y aprendi a no ver en mi «O» central mas que el indeleble residuo de una nineria de mis padres, hasta que un encuentro me devolveria a mis amores primeros y orientaria decididamente mi vida tras los pasos de Jayyam. XXVI F ue en 1895, al final del verano, cuando me embarque para el viejo continente. Mi abuelo acababa de celebrar su setenta y seis cumpleanos y me habia escrito, asi como a mi madre, unas lacrimosas cartas. Queria verme, aunque solo fuera una vez, antes de morir. Yo acudi, abandonando todos mis estudios, y en el barco me prepare para el papel que me incumbiria desempenar: arrodillarme a su cabecera y sostener valerosamente su fria mano, escuchandole murmurar sus ultimas recomendaciones. Todo esto fue totalmente inutil. El abuelo me esperaba en Cherburgo. Aun lo estoy viendo en el muelle de Coligny, mas tieso que su baston, con el bigote perfumado y el paso alegre, mientras su chistera se levantaba sola al paso de las damas. Cuando estuvimos sentados a la mesa en el restaurante del Almirantazgo, me cogio con fuerza del brazo. «Amigo mio», me dijo deliberadamente teatral, «un hombre joven acaba de renacer en mi y necesita un companero.» Hice mal en tomar sus palabras a la ligera. Nuestras idas y venidas fueron un torbellino. Apenas habiamos terminado de cenar en Brebant, en el restaurante Foyot o en el de Pere Lathuile y ya teniamos que correr a «La Cigale», donde actuaba Eugenie Buffet, al Mirliton donde reinaba Aristide Bruant, o a la Scala donde Ivette Guilbert cantaba _Les vierges, le foetus et le fiacre_ . Eramos dos hermanos, bigote blanco y bigote negro, la misma facha, el mismo sombrero y era a el a quien las mujeres miraban primero. A cada tapon de champan que saltaba yo espiaba sus gestos y su paso y ni una sola vez le vi desfallecer. Se levantaba de un salto, caminaba tan deprisa como yo, su baston no era apenas mas que un adorno. Queria cortar cada rosa de esa tardia primavera. Me alegro de poder decir que viviria hasta los noventa y tres anos. Diecisiete anos mas, toda una nueva juventud. Una noche me llevo a cenar a Durand, en la plaza de la Madeleine. En un ala del restaurante, en tomo a varias mesas unidas, habia un grupo de actores y actrices, periodistas y politicos que el abuelo me nombro uno a uno con voz audible. En medio de esas celebridades habia una silla vacia, pero pronto llego un hombre y comprendi que el sitio estaba reservado para el. Inmediatamente lo rodearon halagandolo; cada una de sus palabras provocaba exclamaciones o risas. Mi abuelo se levanto, haciendome un gesto para que le siguiera. – ?Ven, quiero presentarte a mi primo Henri! Y diciendo esto me llevo hasta el. Los dos primos se dieron un abrazo antes de volverse hacia mi. – Mi nieto americano. ?Le gustaria tanto conocerte! Disimule mal mi sorpresa. El hombre me observo con aire esceptico antes de soltar: – Que venga a verme el domingo por la manana, despues de mi paseo en triciclo. Solo cuando volvia a mi asiento cai en la cuenta de a quien habia sido presentado. Mi abuelo queria absolutamente que yo lo conociera, habia hablado de el con frecuencia y con un irritante orgullo de clan. A decir verdad, el susodicho primo, poco conocido de mi lado del Atlantico, era en Francia mas celebre que Sarah Bernhart, puesto que se trataba de Victor Henri de Rochefort-Lucay, democraticamente Henri Rochefort, marques y comunero, antiguo diputado, antiguo ministro y expresidiario. Deportado a Nueva Caledonia por los «versaillais»* en 1874 habia protagonizado una rocambolesca fuga que habia excitado la imaginacion de sus contemporaneos; hasta Edouard Manet habia pintado _La fuga de Rochefort_ . Sin embargo, en 1889 tuvo que volver al exilio por haber conspirado contra la Republica con el general Boulanger, y fue en Londres donde dirigio su influyente periodico _L'Intransigeant_ . Volvio a su patria en febrero de 1895, siendo recibido por doscientos mil enfervorizados parisienses. «Blanquiste» y «boulangiste», revolucionario de izquierdas y de derechas, idealista y demagogo, se habia convertido en el portavoz de cien causas contradictorias. Yo sabia todo esto, pero ignoraba aun lo esencial. * Nombre dado por los parisienses a los soldados del ejercito organizado por Thiers en Satony bajo el mando de Mac-Mahon para combatir la Comuna. (N. de la T.) En el dia fijado, acudi, pues, a su hotel particular en la calle Pergolese, incapaz, entonces, de adivinar que esa visita al primo preferido de mi abuelo seria el primer paso de mi interminable periplo por el mundo oriental. – ?Asi que es usted el hijo de la dulce Genoveva -me abordo- y a quien puso Omar de nombre? – Si, Benjamin Omar. – ?Sabes que te he llevado en mis brazos? En esas circunstancias, el paso al tuteo se imponia, pero permanecio en sentido unico. – Efectivamente, mi madre me conto que despues de su fuga desembarco usted en San Francisco y tomo el tren para la costa este. Nosotros estabamos en la estacion de Nueva York para recibirle. Yo tenia dos anos. – Lo recuerdo perfectamente. Hablamos de ti, de Jayyam, de Persia, incluso te predije un destino de gran orientalista. Puse cara de confusion para confesarle que me habia alejado de sus previsiones, que mis intereses iban ya en otra direccion, que me habia orientado mas bien hacia los estudios financieros, proyectando dirigir algun dia la empresa de construccion maritima creada por mi padre. Mostrandose sinceramente decepcionado por la eleccion, Rochefort se lanzo a un farragoso alegato donde se mezclaban _Les lettres persanes_ de Montesquieu y su celebre «?Como se puede ser persa?», la aventura de la tahur Marie Petit, que habia sido recibida por el Shah de Persia haciendose pasar por la embajadora de Luis XIV, y la historia de ese primo de Jean-Jacques Rousseau que habia terminado su vida como relojero en Ispahan. Yo le escuchaba solo a medias. Sobre todo le observaba; su voluminosa y desmesurada cabeza, su frente protuberante coronada por un mechon de espesos y ondulados cabellos. Hablaba con fervor, pero sin enfasis, sin las gesticulaciones que se habrian podido esperar de su persona conociendo sus exaltados escritos. – Me apasiona Persia, aunque nunca he puesto alli los pies -preciso Rochefort-. No tengo alma de viajero. Si no me hubieran desterrado o deportado algunas veces, jamas habria abandonado Francia. Pero los tiempos cambian, los acontecimientos que agitan la otra punta del planeta afectan ya a nuestras vidas. Si hoy tuviera veinte anos en lugar de sesenta, me habria tentado mucho una aventura en Oriente. ?Sobre todo si me llamara Omar! Me senti obligado a justificar por que me habia desinteresado de Jayyam. Y para hacerlo evoque las dudas que rodeaban a las _Ruba'iyyat_ , la ausencia de una obra que pudiera certificar de una vez por todas su autenticidad. Sin embargo, a medida que hablaba, iba apareciendo en sus ojos un fulgor, desbordante, incomprensible para mi. Se suponia que nada en mis palabras podia provocar semejante excitacion. Intrigado y molesto, termine por abreviar, y luego por callarme de una manera algo brusca. Rochefort me interrogo con entusiasmo. – Y si estuvieras seguro de que ese Manuscrito existia, ?Renaceria tu interes por Omar Jayyam? – Sin duda -confese. – ?Y si yo te dijera que he, visto con mis propios ojos, aqui mismo en Paris, ese _Manuscrito_ de Jayyam, y que lo he hojeado? XXVII D ecir que esta revelacion, de entrada, conmociono mi vida, seria inexacto. Creo que no tuve la reaccion que Rochefort esperaba. Sorprendido e intrigado, lo estaba y mucho, pero tanto como esceptico. Aquel hombre no me inspiraba una confianza ilimitada. ?Como podia saber que el manuscrito que habia hojeado era la obra autentica de Jayyam? No sabia persa y podian haberle enganado. ?Por que incongruente razon estaba ese libro en Paris sin que ningun orientalista lo hubiera advertido? Me contente, por lo tanto, con emitir un «?Increible!» cortes pero sincero, que tomaba en consideracion el entusiasmo de mi interlocutor y, a la vez, mis propias dudas. Esperaba para creer. Rochefort prosiguio: – Tuve la suerte de conocer a un personaje extraordinario, uno de esos seres que atraviesan la Historia con la voluntad de dejar su huella en las generaciones venideras. El sultan de Turquia lo teme y lo reverencia, el shah de Persia tiembla con la sola mencion de su nombre. Aunque es descendiente de Mahoma, fue expulsado de Constantinopla por haber dicho en una conferencia publica, en presencia de los mas importantes dignatarios religiosos, que el oficio de filosofo era tan indispensable a la humanidad como el oficio de profeta. Se llama Yamaleddin. ?Lo conoces? Solo pude confesar mi total ignorancia. – Cuando Egipto se sublevo contra los ingleses -prosiguio Rochefort- fue por el llamamiento de este hombre. Todos los eruditos del valle del Nilo lo invocan, lo llaman «maestro» y veneran su nombre. Sin embargo, no es egipcio y solo ha estado en ese pais una breve temporada. Exiliado a las Indias, logro suscitar, alli tambien, un formidable movimiento de opinion. Bajo su influencia se crearon periodicos y se formaron asociaciones. El virrey se alarmo y ordeno expulsar a Yamaleddin que, entonces, decidio instalarse en Europa y, primero desde Londres y luego desde Paris, prosiguio su increible actividad. Colaboraba regularmente con _L'Intransigeant _ y nos veiamos con frecuencia. Me presento a sus discipulos, musulmanes de las Indias, judios de Egipto, maronitas de Siria. Creo que fui su mas intimo amigo frances, pero desde luego no el unico. Ernest Renan y Georges Clemenceau lo conocieron bien, y en Inglaterra gente como Lord Salisbury, Randolph Churchill o Wilfrid Blunt. Victor Hugo, poco antes de morir, tambien lo conocio. Esta misma manana he estado repasando algunas notas sobre el, que tengo intencion de incluir en mis Memorias. Rochefort saco de un cajon algunas hojas escritas con letra minuscula y leyo: «Me presentaron a un proscrito, celebre en todo el Islam como reformador y revolucionario, el jeque Yamaleddin, un hombre con rostro de apostol. Sus hermosos ojos negros, llenos de dulzura y de fuego y su barba de color rojizo que caia hasta su pecho le imprimian una majestad particular. Representaba el clasico tipo de dominador de multitudes. Comprendia escasamente el frances, que apenas hablaba, pero su inteligencia siempre alerta suplia con bastante facilidad su ignorancia de nuestra lengua. Bajo su apariencia reposada y serena, su actividad era devoradora. Trabamos amistad al instante, porque tengo el alma instintivamente revolucionaria y todo libertador me atrae…» Enseguida guardo sus hojas antes de proseguir: – Yamaleddin habia alquilado una pequena habitacion en el ultimo piso de un hotel de la calle Seze, cerca de la Madeleine. Ese modesto lugar le bastaba para editar un periodico que partia en fardos enteros hacia las Indias o Arabia. Solamente entre una vez en su antro; tenia curiosidad por ver a que podia parecerse. Habia invitado a cenar a Yamaleddin en el restaurante Durand y prometi pasar a recogerlo. Subi directamente a su habitacion, donde se amontonaban tantos libros y periodicos, incluso en la misma cama y hasta el techo, que dificilmente se podia entrar en ella. Se respiraba un sofocante olor a puro. A pesar de su admiracion por ese hombre, pronuncio esta ultima frase con una mueca de disgusto, incitandome a apagar inmediatamente mi propio puro, un elegante habano que acababa de encender en ese instante. Rochefort me lo agradecio con una sonrisa y prosiguio: – Despues de disculparse por el desorden con que me recibia y que, segun dijo, no era digno de mi rango, Yamaleddin me enseno, ese dia, algunos libros que le interesaban. El de Jayyam en particular, salpicado de sublimes miniaturas. Me explico que a esa obra se la llamaba el _Manuscrito de Samarcanda_ , que contenia las cuartetas escritas por el poeta de su puno y letra, a las que se habia anadido una cronica en el margen. Sobre todo me conto por que rodeos habia llegado a sus manos el _Manuscrito_ . – ?_Good Lord_ ! Mi piadosa interjeccion inglesa provoco una risa triunfal en el primo Henri; era la prueba de que mi frio escepticismo se habia desvanecido y que desde ese momento yo estaria irremediablemente pendiente de sus labios. Se apresuro a aprovecharse de ello. – A decir verdad, no recuerdo gran cosa de lo que pudo decirme Yamaleddin -anadio cruelmente.-Esa noche hablamos sobre todo de Sudan. Despues no volvi a ver ese _Manuscrito_ . Por lo tanto, puedo atestiguar que ha existido, pero mucho me temo que hoy se encuentre perdido. Todo lo que mi amigo poseia fue quemado, destruido o dispersado. – ?Incluso el Manuscrito de Jayyam? Por toda respuesta, Rochefort me obsequio con una mueca poco alentadora antes de lanzarse a una explicacion apasionada remitiendose casi totalmente a sus notas: – Cuando el shah vino a Europa para asistir a la Exposicion Universal de 1889, propuso a Yamaleddin que volviera a Persia «en lugar de pasar el resto de su vida entre infieles», dandole a entender que le nombraria para una relevante funcion. El exiliado puso condiciones: que se promulgara una Constitucion, que se organizaran elecciones, que se reconociera ante la ley la igualdad de todos «como en los paises civilizados» y, en fin, que fueran abolidas las desmedidas concesiones otorgadas a las potencias extranjeras. Hay que decir que en ese campo la situacion de Persia hacia las delicias, desde hacia anos, de nuestros caricaturistas: los rusos, que ya tenian el monopolio de la construccion de las carreteras, acababan de tomar a su cargo la formacion militar. Habian creado una brigada de cosacos, la mejor equipada del ejercito persa, mandada directamente por los oficiales del zar; en compensacion, los ingleses habian obtenido, por un pedazo de pan, el derecho a explotar todos los recursos mineros y forestales del pais, asi como a administrar el sistema bancario; en cuanto a los austriacos, llevaban la voz cantante en Correos. Al exigir del monarca que pusiera fin al absolutismo real y a las concesiones extranjeras, Yamaleddin estaba persuadido de que recibiria una negativa. Ahora bien, para su gran sorpresa, el shah acepto todas sus condiciones y prometio trabajar en favor de la modernizacion del pais. Yamaleddin fue, pues, a instalarse en Persia, en el circulo del soberano, quien en los primeros tiempos le mostro la mayor consideracion, llegando incluso a presentarlo con gran pompa a las mujeres de su haren. Pero las reformas permanecian en suspenso. ?Una Constitucion? Los jefes religiosos persuadieron al shah de que seria contraria a la Ley de Dios. ?Elecciones? Los cortesanos le previnieron de que si aceptaba que se pusiera en tela de juicio su autoridad absoluta, terminaria como Luis XVI. ?Las concesiones extranjeras? En lugar de abolir las que existian, el monarca, constantemente escaso de dinero, contrato otras nuevas; por la modica suma de quince mil libras esterlinas entrego a una compania inglesa el monopolio del tabaco persa. No solamente la exportacion, sino tambien el consumo interno. En un pais donde cada hombre, cada mujer y un buen numero de ninos se entrega al placer del cigarrillo o de la pipa de agua, ese comercio era de los mas fructiferos. Antes de que la noticia de esta ultima cesion fuera anunciada en Teheran, se habian distribuido en secreto unos panfletos aconsejando al shah que se retractara de su decision. Incluso fue depositado un ejemplar en el dormitorio del monarca, quien sospecho que Yamaleddin fuera su autor. Inquieto, el reformador decidio ponerse en estado de rebelion pasiva. Es una costumbre practicada en Persia: cuando un personaje teme por su libertad o por su vida, se retira a un viejo santuario de los alrededores de Teheran y alli se encierra y recibe a sus visitantes, a los que expone sus quejas. Se supone que nadie puede cruzar la verja para atacarle. Eso fue lo que hizo Yamaleddin, que provoco un gigantesco movimiento de masas. Miles de hombres afluyeron de todos los rincones de Persia para oirle. Harto, el shah ordeno que lo desalojaran. Se dice que dudo mucho antes de cometer esa felonia, pero su visir, aunque se habia educado en Europa, le convencio de que Yamaleddin no tenia derecho a la inmunidad del santuario puesto que no era mas que un filosofo notoriamente impio. Los soldados penetraron, pues, armados en ese lugar de culto, se abrieron paso entre los numerosos visitantes y se apoderaron de Yamaleddin, al que despojaron de todo lo que poseia antes de arrastrarlo, medio desnudo, hasta la frontera. Ese dia, en el santuario, el _Manuscrito de Samarcanda _ desaparecio bajo las botas de los soldados del shah. Sin interrumpirse, Rochefort se levanto, se apoyo en la pared y cruzo los brazos en una postura muy propia de el. – Yamaleddin estaba vivo pero enfermo y sobre todo escandalizado de que tantos visitantes que parecian escucharle con entusiasmo hubieran asistido sin inmutarse a su publica humillacion. Saco de ello sorprendentes conclusiones: el, que se habia pasado la vida fustigando el oscurantismo de ciertos religiosos; el, que habia frecuentado las logias masonicas de Egipto y Turquia, tomo la decision de utilizar la ultima arma que le quedaba para doblegar al shah, cualesquiera que fueran las consecuencias. Escribio, pues, una larga carta al jefe supremo de los religiosos persas pidiendole que empleara su autoridad para impedir al monarca vender a los infieles, a precio de saldo, los bienes de los musulmanes. Habras podido leer el resultado en los periodicos. Efectivamente, me acordaba de que la prensa americana habia informado de que el gran pontifice de los chiies habia hecho circular una sorprendente proclama: «Toda persona que consuma tabaco se pondra en estado de rebelion contra el iman del Tiempo, ?que Dios apresure su venida!» De la noche a la manana ni un solo persa volvio a encender un cigarrillo. Se guardaron o rompieron las pipas de agua, los famosos _ka1yan_ , y los comerciantes de tabaco tuvieron que cerrar. Incluso entre las esposas del shah fue estrictamente observada la prohibicion. El monarca perdio la cabeza y en una carta acuso al jefe religioso de irresponsabilidad «puesto que no le importaban las graves consecuencias que podria suponer la privacion del tabaco para la salud de los musulmanes». Pero el boicot se endurecio, acompanandose de ruidosas manifestaciones en Teheran, Tabriz e Ispahan. Y la concesion tuvo que ser anulada. – Mientras tanto -reanudo Rochefort-, Yamaleddin se habia embarcado para Inglaterra, donde volvi a verle y discuti largo y tendido con el; me parecia desamparado y no hacia mas que repetir: «Hay que derrocar al shah.» Era un hombre herido y humillado y solo pensaba en vengarse. Tanto mas cuanto que el monarca lo perseguia con su odio y habia escrito a Lord Salisbury una irritada carta: «Hemos expulsado a ese hombre porque actuaba contra los intereses de Inglaterra, ?y a donde va a refugiarse? A Londres.» Oficialmente se le habia respondido al shah que Gran Bretana era un pais libre y que no podia invocarse ninguna ley para impedir a un hombre que se expresara. En privado, se habia prometido buscar los medios legales para restringir las actividades de Yamaleddin, a quien se rogo que abreviara su estancia, lo que le decidio a partir para Constantinopla con la muerte en el alma. – ?Es ahi donde se encuentra ahora? – Si. Me han dicho que esta muy melancolico. El sultan le ha asignado una hermosa mansion donde puede recibir a sus amigos y discipulos, pero le esta prohibido abandonar el pais y vive sometido constantemente a estrecha vigilancia. XXVIII S untuosa prision con las puertas abiertas de par en par; un palacio de madera y marmol en lo alto de la colina de Yildiz, cerca de la residencia del gran visir; las comidas llegaban calientes de las cocinas del sultan; los visitantes se sucedian, cruzaban la verja y luego caminaban a lo largo de la alameda antes de quitarse los zuecos en el umbral. En el primer piso, la voz del maestro retumbaba, silabas duras y vocales cerradas; se le oia fustigar a Persia, al shah y anunciar las desgracias venideras. Yo me iba empequeneciendo, yo, el extranjero de America, con mi sombrerillo de extranjero, mis pasitos de extranjero, mis preocupaciones de extranjero, yo, que habia hecho el trayecto de Paris a Constantinopla, setenta horas de tren a traves de tres imperios, para indagar sobre un manuscrito, un viejo libro de poesia, irrisoria insignificancia de papel en el tumultuoso Oriente. Un servidor me abordo. Una zalema otomana, dos palabras de recibimiento en frances, pero ni la menor pregunta. Alli todo el mundo iba por la misma razon; ver al maestro, escuchar al maestro, espiar al maestro. Fui invitado a esperar en un espacioso salon. Desde mi entrada adverti la presencia de una silueta femenina. Eso me incito a bajar los ojos; se me habia hablado de las costumbres del pais para que avanzara extendiendo la mano, con el semblante satisfecho y la mirada risuena. Solamente un balbuceo y un sombrerazo. Ya habia divisado, al lado opuesto de donde ella estaba sentada, un sillon muy ingles en el que hundirme. Aun asi, mi mirada roza la alfombra, tropieza con los escarpines de la visitante, sube a lo largo de su vestido azul y oro, hasta su rodilla, su busto, su cuello, su velo. Sin embargo, sorprendentemente, no es con la barrera del velo con la que tropieza, sino con un rostro descubierto y unos ojos que se cruzan con los mios. Y una sonrisa. Mi mirada huye hasta el suelo, flota de nuevo sobre la alfombra, barre un pedazo del enlosado y luego sube otra vez hacia ella, inexorablemente, como un tapon de corcho hacia la superficie del agua. Lleva en la cabeza un _mindil_ de seda fina, preparado para bajarlo sobre el rostro cuando apareciera el extranjero. Pero precisamente ahi estaba el extranjero y el velo seguia levantado. Esta vez miraba hacia lo lejos, ofreciendo a mi contemplacion su perfil, su piel morena tan tersa y pura. Si la delicadeza tuviera una tonalidad, seria la suya; si el misterio tuviera un fulgor, seria el suyo. Yo tenia las mejillas sudorosas, las manos frias. La dicha hacia latir mis sienes. ?Dios, que bella era mi primera imagen de Oriente! Una mujer como solo los poetas del desierto hubieran sabido cantar; su rostro es el sol, habrian dicho, sus cabellos la sombra protectora, sus ojos fuentes de agua fresca, su cuerpo la mas esbelta de las palmeras, su sonrisa un espejismo. ?Hablarle? ?Asi? ?De una punta a otra de la habitacion, con las manos en forma de bocina? ?Levantarme? ?Ir hacia ella? ?Sentarme en un sillon mas cercano, arriesgarme a ver como se desvanece su sonrisa y cae su velo como una cuchilla? De nuevo se cruzaron nuestras miradas como por casualidad y luego huyeron como en un juego que el sirviente vino a interrumpir; una primera vez para ofrecerme te y cigarrillos y un instante despues inclinado hasta el suelo, para dirigirse a ella en turco. Entonces la vi levantarse, cubrirse el rostro y darle al sirviente una bolsa de piel para que se la llevara. Este se apresuraba ya hacia la salida. Ella lo siguio. Sin embargo, al llegar a la puerta del salon, aminoro el paso dejando que el hombre se alejara, se volvio hacia mi y pronuncio en voz alta y en un frances mas puro que el mio: – ?Nunca se sabe! ?Nuestros caminos podrian cruzarse! Cortesia o promesa, sus palabras se acompanaban de una sonrisa traviesa en la que vi tanto un desafio, como un dulce reproche. A continuacion, mientras yo emergia de mi sillon con una insuperable torpeza y me enredaba y desenredaba intentando recobrar el equilibrio pero tambien cierto aplomo, ella permanecio inmovil, envolviendome en una mirada de benevolencia divertida. Ni una palabra consiguio salir de mis labios y ella desaparecio. Estaba aun de pie ante la ventana, intentando distinguir entre los arboles el carruaje que se la llevaba, cuando una voz me arranco de mis suenos. – Disculpe que le haya hecho esperar. Era Yamaleddin. En la mano izquierda sostenia un puro apagado y me tendio la derecha que, aunque regordeta, estrecho la mia con un apreton franco y vigoroso. – Mi nombre es Benjamin Lesage y vengo de parte de Henri Rochefort. Le presente mi carta de introduccion pero la deslizo en su bolsillo sin mirarla, me dio un abrazo y un beso en la frente. – Los amigos de Rochefort son mis amigos y les hablo con el corazon en la mano. Tomandome por los hombros me llevo hacia una escalera de madera que llevaba al piso de arriba. – Espero que mi amigo Henri siga bien. Supe que su regreso del exilio fue un verdadero triunfo. ?Que felicidad tuvo que sentir con todos esos parisienses coreando su nombre! Lei la resena en _L'Intransigeant. _ Me lo envia regularmente, pero yo lo recibo con retraso. Su lectura trae de nuevo a mis oidos los ruidos de Paris. Yamaleddin hablaba trabajosamente un frances correcto y a veces yo le soplaba la palabra que parecia buscar. Cuando acertaba me daba las gracias, si no, continuaba rebuscando en su memoria con una ligera contorsion de los labios y del menton. – En Paris vivi en una habitacion oscura, pero se abria sobre el vasto mundo. Era cien veces mas pequena que esta casa, pero yo me sentia a mis anchas. Estaba a miles de kilometros de mi pueblo, pero trabajaba para el progreso de los mios mas eficazmente que pueda hacerlo aqui o en Persia. Mi voz se oia desde Argel a Kabul; hoy solo pueden oirme los que me honran con su visita. Por supuesto, siempre seran bienvenidos, y sobre todo si vienen de Paris. – Yo no vivo en Paris. Mi madre es francesa y mi nombre suena a frances, pero soy americano y vivo en Maryland. Eso parecio divertirle. – Cuando me expulsaron de las Indias, en 1882, pase por los Estados Unidos. Figurese que casi me plantee pedir la nacionalidad americana. ?Sonrie? ?Muchos de mis correligionarios se escandalizarian! ?El sayyid Yamaleddin, apostol del renacimiento islamico, descendiente del Profeta, adoptar la nacionalidad de un pais cristiano? Pues no me averguenzo ni un apice de ello; por otra parte se lo conte a mi amigo Wilfrid Blunt autorizandole a citarlo en sus memorias. Mi justificacion es simple: no existe un solo rincon en las tierras del Islam donde yo pueda vivir fuera del alcance de la tirania. En Persia quise refugiarme en un santuario que tradicionalmente goza de una total inmunidad, pero los soldados del monarca entraron en el y me arrancaron de los cientos de visitantes que me escuchaban y, salvo alguna miserable excepcion, nadie se movio ni se atrevio a protestar. ?Ni un lugar de culto, ni una universidad, ni una cabana donde poder protegerse de la arbitrariedad! Acaricio con mano febril un globo terraqueo de madera pintada colocado sobre una mesa baja, antes de anadir: – En Turquia es peor. ?No soy el invitado oficial de Abdel-Hamid sultan y califa? ?No me envio carta tras carta reprochandome, como lo habia hecho el shah, que pasara mi vida entre los infieles? Deberia haberme contentado con responderle: ?si no hubierais transformado nuestros hermosos paises en prisiones, no necesitariamos buscar refugio entre los europeos! Pero cedi y me deje enganar. Vine a Constantinopla y ya ve usted el resultado. Despreciando las reglas de la hospitalidad, este medio loco me tiene prisionero. Ultimamente le he hecho llegar un mensaje que decia: «?Soy vuestro invitado? ?Dadme permiso para partir! ?Soy vuestro prisionero? ?Ponedme cadenas en los pies y tiradme a un calabozo!» Pero no se ha dignado responderme. Si yo tuviera la nacionalidad americana, francesa, austro-hungara, por no decir la rusa o la inglesa, mi consul habria entrado sin llamar en el despacho del gran visir y habria obtenido mi libertad en media hora, Le digo que nosotros, los musulmanes de este siglo, somos unos huerfanos. Estaba sin aliento e hizo un esfuerzo para anadir: – Puede usted escribir todo lo que acabo de decir, salvo que he llamado medio loco al sultan Abdel-Hamid. No quiero perder toda posibilidad de alzar el vuelo de esta jaula algun dia. Por otra parte seria una mentira, porque ese individuo esta totalmente loco y es un peligroso criminal, enfermizamente receloso y completamente sometido a la influencia de su astrologo de Alepo. – No tema, no escribire nada de todo esto. -Aproveche su peticion para disipar un malentendido. -Debo decirle que no soy periodista. El senor Rochefort, que es primo de mi abuelo, me ha recomendado que viniera a verle, pero el objeto de mi visita no es escribir un articulo sobre Persia ni sobre usted. Le revele mi interes por el Manuscrito de Jayyam, mi deseo intenso de hojearlo un dia, de estudiar detenidamente su contenido. Me escucho con gran atencion y una alegria evidente. – Le agradezco mucho que me arrancara por unos instantes de mis graves preocupaciones. El tema que ha evocado me ha apasionado siempre. ?Ha leido usted, en la introduccion de Nicolas a las _Ruba'iyyat_ la historia de los tres amigos, Nizam el-Molk, Hassan Sabbah y Omar Jayyam? Son unos personajes muy diferentes, pero cada uno representa un aspecto eterno del alma persa. A veces tengo la impresion de ser los tres a la vez. Como Nizam el-Molk aspiro a crear un gran Estado musulman, aunque sea gobernado por un insoportable sultan turco. Como Hassan Sabbah siembro la subversion en todas las tierras del Islam y tengo discipulos que me seguiran hasta la muerte… Se interrumpio preocupado, luego cambio de idea, sonrio y prosiguio: – Como Jayyam, estoy al acecho de las escasas alegrias del momento presente y compongo versos sobre el vino, el escanciador, la taberna, la amada; como el, desconfio de los falsos devotos. Cuando en algunas cuartetas Omar habla de si mismo, llego a creerme que es a mi a quien describe: «Sobre la abigarrada tierra camina un hombre ni rico ni pobre, ni creyente ni infiel, no glorifica ninguna verdad, no venera ninguna ley… sobre la abigarrada tierra. ?Quien es ese hombre valiente y triste?» Al decir esto, encendio de nuevo su puro, pensativo. Una minuscula brasa fue a parar a su barba. Se la quito con un gesto habitual y reanudo: – Desde la infancia he sentido una profunda admiracion por Jayyam el poeta, pero sobre todo por el filosofo, por el librepensador. Me asombra su tardia conquista de Europa y de America. Puede imaginar mi felicidad cuando tuve entre las manos el libro original de las _Ruba'iyyat_ escrito por Jayyam de su puno y letra. – ?En que momento lo tuvo usted? – Me lo regalo hace catorce anos en las Indias un joven persa que habia hecho el viaje con el unico objeto de conocerme. Se presento en estos terminos: «Mirza Reza, natural de Kirman, antiguo comerciante en el bazar de Teheran, vuestro obediente servidor.» Sonrei y le pregunte que queria decir «antiguo comerciante» y que le habia inducido a contarme su historia. Acababa de abrir una tienda de trajes usados cuando uno de los hijos del shah llego a comprarle mercancia, chales y pieles por una suma de mil cien tumanes -alrededor de mil dolares-. Pero cuando al dia siguiente Mirza Reza se presento en casa del principe para que le pagaran, le insultaron y golpearon e incluso le amenazaron de muerte si se le ocurria reclamar la deuda. Fue entonces cuando decidio venir a verme. Yo ensenaba en Calcuta. «Acabo de comprender», me dijo, «que uno no puede ganarse honradamente la vida en un pais sometido a la arbitrariedad. ?No eres tu quien escribe que Persia necesita una Constitucion y un Parlamento? A partir de hoy, considerame como el mas adicto de tus discipulos. He cerrado mi tienda, he dejado a mi mujer para seguirte. ?Ordename y te obedecere!» Al evocar a este hombre, Yamaleddin parecia sufrir. – Yo estaba emocionado, pero apenado. Soy un filosofo errante, no tengo casa ni patria, no me he casado para no tener a nadie a mi cargo. No queria que ese hombre me siguiera como si yo fuera el Mesias y el Redentor, el iman del Tiempo. Para disuadirle, le dije: «?Realmente vale la pena abandonarlo todo, tu tienda, tu familia, por una vil cuestion de dinero?» Entonces su rostro se volvio impenetrable, no me respondio y salio. No volvio hasta seis meses despues. De un bolsillo interior saco un cofrecillo de oro con incrustaciones de piedras preciosas, que me presento abierto. «Mira este manuscrito ?cuanto crees que puede valer?» Lo hojee y, temblando de emocion, descubri el contenido. «?El texto autentico de Jayyam! Esas pinturas, esos adornos ?es inestimable!» «?Mas de mil cien tumanes?» «?Infinitamente mas!» «Te lo regalo, conservalo. Te recordare que Mirza Reza no vino a ti para recuperar su dinero, sino para recobrar su orgullo.» Fue asi -prosiguio Yamaleddin-, como entre en posesion del _Manuscrito_ y ya no me separe de el. Me acompano a los Estados Unidos, a Francia, a Inglaterra, a Alemania, a Rusia y luego a Persia. Lo llevaba conmigo cuando me retire al santuario de Shah-Abdol-Azim. Fue alli donde lo perdi. – ?No sabe donde puede estar ahora? – Ya se lo he dicho. Cuando me apresaron, solo un hombre se atrevio a enfrentarse con los soldados del shah. Era Mirza Reza. Se levanto, grito, lloro, llamo cobardes a los soldados y a la asistencia. Lo detuvieron, lo torturaron y paso mas de cuatro anos en los calabozos. Cuando lo dejaron en libertad, vino a Constantinopla para verme y estaba en tan mal estado que lo interne en el hospital frances de la ciudad, donde permanecio hasta noviembre ultimo. Intente retenerle mas tiempo, por miedo a que a su regreso lo apresaran de nuevo. Pero se nego. Queria, dijo, recuperar el Manuscrito de Jayyam, no le interesaba nada mas. Hay personas que van asi, errantes de obsesion en obsesion. – ?Cual es su impresion? ?Existira aun el Manuscrito? – Unicamente Mirza Reza podria informarle. Pretende que puede encontrar el soldado que lo birlo cuando me detuvieron y esperaba quitarselo. En todo caso, estaba decidido a ir a verlo y hablaba de comprarselo, Dios sabe con que dinero. – ?Tratandose de recuperar el _Manuscrito_ , el dinero no planteara ningun problema! Yo habia hablado con entusiasmo. Yamaleddin me miro de hito en hito, fruncio las cejas y se inclino hacia mi como para auscultarme. – Tengo la impresion de que no esta usted menos obsesionado por el Manuscrito que ese pobre Mirza. En ese caso, no tiene usted otro camino. ?Vaya a Teheran! No le garantizo que descubra alli ese libro, pero si sabe mirar, quiza encuentre otras huellas de Jayyam. Mi respuesta, espontanea, parecio confirmar su diagnostico. – Si obtengo un visado, estoy dispuesto a partir manana. – Eso no es un obstaculo. Voy a darle unas lineas para el consul de Persia en Baku. El se encargara de las formalidades necesarias e incluso asegurara su transporte hasta Enzeli. Mi semblante debia de revelar preocupacion. Yamaleddin parecio divertirse. – Sin duda se estara preguntando: ?Como un proscrito puede recomendarme ante un representante del gobierno persa? Sepa que tengo discipulos en todas partes, en todas las ciudades, en todos los medios, incluso en el circulo intimo del monarca. Hace cuatro anos, cuando estaba en Londres, publique con un amigo armenio un periodico que salia para Persia en pequenos y discretos paquetes. El shah se alarmo y convoco al ministro de Correos ordenandole que pusiera fin, costase lo que costase, a la circulacion de ese periodico. El ministro pidio a los aduaneros que interceptaran en las fronteras todos los paquetes subversivos y los enviaran a su domicilio. Aspiro su puro y una carcajada disperso la bocanada de humo. – Lo que el shah ignoraba -prosiguio Yamnaleddin es que su ministro de Correos era uno de mis mas fieles discipulos ?y que precisamente yo le habia encargado la buena difusion del periodico! La risa de Yamaleddin resonaba aun cuando llegaron tres visitantes luciendo cada uno un fez de fieltro color rojo sangre. Se levanto, los saludo, los abrazo y los invito a sentarse, intercambiando con ellos algunas palabras en arabe. Adivine que les estaba explicando quien era yo, pidiendoles que le esperaran un momento. Se volvio hacia mi. – Si esta decidido a partir para Teheran, voy a darle algunas cartas de presentacion. Venga manana: estaran preparadas. Y sobre todo, no tema nada. A nadie se le ocurrira registrar a un americano. Al dia siguiente me esperaban tres sobres oscuros. Me los dio en propia mano, abiertos. El primero era para el consul de Baku, el segundo para Mirza Reza. Al tenderme este ultimo, hizo este comentario: – Debo prevenirle que este hombre es un desequilibrado y un obseso, no lo trate mas de lo necesario. Le tengo mucho afecto. Es mas sincero, mas fiel y sin duda tambien mas puro que todos mis discipulos, pero es capaz de las peores locuras. Suspiro, metio la mano en el bolsillo del amplio pantalon grisaceo que vestia bajo su tunica blanca: – Aqui hay diez libras de oro, deselas de mi parte; ya no posee nada, quiza incluso tenga hambre, pero es demasiado orgulloso para mendigar. – ?Donde podria encontrarlo? – No tengo ni la menor idea. Ya no tiene casa ni familia, va errante de un lugar a otro. Por eso le entrego esta tercera carta dirigida a otro joven, este muy diferente. Es el hijo del mas rico comerciante de Teheran y aunque solo tiene veinte anos y arde en el mismo fuego que todos nosotros, es muy igual de caracter, dispuesto a soltar las ideas mas revolucionarias con una sonrisa de nino ahito. A veces le reprocho no tener gran cosa de oriental. Ya lo vera, bajo sus ropas persas tiene la frialdad inglesa, las ideas francesas y un espiritu mas anticlerical que el senor Clemenceau. Se llama Fazel. El le conducira hasta Mirza Reza. Le encargue que lo vigilara lo mas posible. No creo que haya podido impedirle cometer sus locuras, pero sabra donde encontrarlo. Me levante para marcharme. Me saludo calurosamente y retuvo mi mano en la suya. – Rochefort me dice en su carta que se llama usted Benjamin Omar. En Persia utilice solo Benjamin, no pronuncie jamas el nombre de Omar. – ?Sin embargo, es el de Jayyam! – Desde el siglo XVI, desde que Persia se convirtio al chiismo, ese nombre esta desterrado. Podria causarle los peores problemas. Uno cree identificarse con Oriente y se encuentra preso en sus disputas. Una mueca de pena, de consuelo, un gesto de impotencia. Le di las gracias por su consejo y me volvi para salir, pero me alcanzo: – Una ultima cosa. Ayer se cruzo usted con una joven cuando ella se disponia a marcharse. ?Le hablo usted? – No, no tuve la ocasion. – Es la nieta del shah, la princesa Xirin. Si por cualquier razon todas las puertas se cerraran ante usted, enviele un mensaje, recuerdele que la vio usted en mi casa. Una palabra de ella y muchos obstaculos se allanarian. XXIX H asta Trebisonda, en velero, el mar Negro es tranquilo, demasiado tranquilo, el viento sopla poco, durante horas se contempla el mismo punto de la costa, el mismo penasco, el mismo bosquecillo de Anatolia. Hubiera sido un error quejarme porque necesitaba ese tiempo de sosiego, dada la ardua tarea que debia realizar: memorizar un libro entero de dialogos persas-franceses escrito por Nicolas, el traductor de Jayyam, ya que me habia prometido dirigirme a mis anfitriones en su propia lengua. No ignoraba que en Persia, como en Turquia, muchos letrados, comerciantes o altos responsables hablan frances. Algunos incluso hablan ingles, pero si se quiere pasar del circulo restringido de los palacios y las legaciones, si se quiere viajar fuera de las grandes ciudades o por sus bajos fondos, hay que estudiar el persa. El desafio me estimulaba y me divertia, me deleitaba descubrir las afinidades con mi propia lengua, como con diversas lenguas latinas. Padre, madre, hermano, hija, «father», «mother», «brother», «daughther», se dice «pedar», «madar», «baradar», «dojtar»; el parentesco indoeuropeo dificilmente puede ilustrarse mejor. Incluso para nombrar a Dios, los musulmanes de Persia dicen «Joda», termino mucho mas cercano del ingles God o del aleman Gott que de Ala. A pesar de este ejemplo, la influencia predominante sigue siendo la del arabe, que se ejerce de forma curiosa: muchas palabras persas pueden sustituirse arbitrariamente por su equivalente en arabe, y es incluso una forma de esnobismo cultural, muy apreciado por los letrados, llenar sus conversaciones de terminos o de frases enteras en arabe. Yamaleddin, en particular, se complacia en esta practica. Me prometi estudiar arabe mas tarde. Por el momento estaba muy ocupado en recordar los textos de Nicolas que me procuraban, ademas del conocimiento del persa, informaciones utiles sobre el pais. Se podian encontrar este tipo de dialogos: «-?Cuales son los productos que se podria exportar de Persia? – Los chales de Kirman, las perlas finas, las turquesas, las alfombras, el tabaco de Shiraz, las sedas de Mazanderan, las sanguijuelas y los tubos de pipa de madera de cerezo. – Cuando se viaja ?se debe llevar un cocinero? – Si. En Persia no se puede dar un paso sin el cocinero, la cama, las alfombras y los criados propios. – ?Cuales son las monedas extranjeras que circulan en Persia? – Los imperiales rusos, los carbovanes y los ducados de Holanda. Las monedas francesas e inglesas son muy escasas. – ?Como se llama el rey actual? – Nassereddin Shah. – Se dice que es un excelente rey. – Si, es excesivamente benevolente con los extranjeros y muy generoso. Es muy instruido, sabe mucho de historia, de geografia, de dibujo; habla frances y domina las lenguas orientales: el arabe, el turco y el persa.» Una vez llegado a Trebisonda, me instale en el Hotel de Italia, el unico de la ciudad, confortable si se podian olvidar las nubes de moscas que transformaban cada comida en una exasperante gesticulacion ininterrumpida. Me resigne, pues, a imitar a los otros visitantes y contrate por un poco de calderilla a un joven adolescente que se ocupara de abanicarme y espantar a los insectos. Lo mas dificil fue convencerle de que los alejara de mi mesa sin intentar aplastarlos ante mis ojos entre dolmas y kebabs. Durante un rato me obedecia, pero en el momento en que venia una mosca al alcance de su temible instrumento, la tentacion era demasiado fuerte y golpeaba. El cuarto dia encontre sitio a bordo de un buque del Servicio de Transporte Maritimo que hacia la ruta Marsella-Constantinopla-Trebisonda hasta Batumi, el puerto ruso situado al este del mar Negro, donde tome el ferrocarril transcaucasico para Baku, en el Caspio. El recibimiento del consul de Persia fue tan amable que dude en ensenarle la carta de Yamaleddin. ?No valdria mas seguir siendo un viajero anonimo para no despertar sospechas? Pero senti algunos escrupulos. Quiza hubiera en la carta un mensaje distinto del que se referia a mi y no tenia derecho a no entregarlo. Bruscamente, me decidi a decir con un enigmatico tono: – Quiza tengamos un amigo comun. Y saque el sobre. Inmediatamente y con mucho cuidado, el consul lo abrio; habia cogido de su escritorio unas gafas con montura de plata y estaba leyendo cuando, subitamente, vi que sus dedos temblaban. Se levanto, fue a cerrar con llave la puerta de la habitacion, poso los labios sobre el papel y permanecio asi algunos segundos, como recogido. Luego vino hacia mi y me estrecho entre sus brazos como si fuera un hermano superviviente de un naufragio. Sin embargo, cuando consiguio que en su rostro no se traslucieran sus emociones, llamo a sus sirvientes, les ordeno que llevaran mi maleta a su casa, que me instalaran en la mejor habitacion y que prepararan un festin para esa noche. Asi me retuvo en su casa dos dias, descuidando cualquier trabajo para permanecer conmigo e interrogarme sin descanso sobre el maestro, su salud, su humor y, sobre todo, sobre lo que decia de la situacion de Persia. Cuando llego el momento de partir, alquilo para mi un camarote en un buque ruso de las Lineas Caucaso y Mercurio. Luego me confio a su cochero, a quien encargo la mision de acompanarme hasta Qazvin y permanecer a mi lado mientras yo necesitara sus servicios. El cochero se revelo inmediatamente como un hombre desenvuelto, a menudo incluso insustituible. Yo no habria sabido deslizar algunas monedas en la mano de ese aduanero de altivo bigote para que se dignara soltar un instante la boquilla de su _ka1yan_ y viniera a poner el visado sobre mi voluminosa Welseley. Y fue el tambien quien negocio en la Administracion del muelle la obtencion inmediata de un carruaje de cuatro caballos, a pesar de que el funcionario nos invitaba con tono imperioso a volver al dia siguiente y de que un sordido tabernero, visiblemente su complice, nos proponia ya sus servicios. Me console de todas esas dificultades del trayecto pensando en el calvario de los viajeros que me habian precedido. Trece anos antes solo se podia llegar a Persia por la ruta de los camelleros que desde Trebisonda llevaba a Tabriz por Erzurum, unas cuarenta etapas, seis agotadoras y costosas semanas, a veces incluso peligrosas a causa de las incesantes guerras tribales. El transcaucasico revoluciono este orden de cosas y abrio Persia al mundo; desde entonces se puede llegar a ese Imperio sin grandes riesgos ni molestias, en barco desde Baku al puerto de Enzeli y luego, en una semana, por una carretera abierta al transito rodado, hasta Teheran. En Occidente, el canon es un instrumento de guerra o de desfile militar; en Persia es tambien instrumento de suplicio. Lo digo porque al llegar a la muralla circular de Teheran, me vi confrontado con el espectaculo de esa pieza de artilleria que servia para el mas atroz de los usos: en el ancho canon habian metido a un hombre atado del que solo sobresalia la cabeza rapada. Debia permanecer ahi, bajo el sol, sin alimentos ni agua, hasta que le sobreviniera la muerte; e incluso despues, me explicaron, se acostumbraba a dejar el cuerpo expuesto durante largo tiempo, de manera que el castigo fuera ejemplar e inspirara silencio y terror a todos aquellos que cruzaran las puertas de la ciudad. ?Fue a causa de esa primera imagen por lo que la capital de Persia ejercio tan poca magia sobre mi? En las ciudades de Oriente se buscan los colores del presente y las sombras del pasado. En Teheran yo no encontre nada de eso. ?Que fue lo que vi alli? Unas avenidas demasiado anchas para unir a los ricos de los barrios del norte con los pobres de los barrios del sur; un bazar que, ciertamente, rebosaba de camellos, mulas y telas abigarradas, pero que no tenia comparacion con los zocos de El Cairo, de Constantinopla, de Ispahan o de Tabriz. Y por donde se posara la mirada, innumerables construcciones grises. ?Demasiado nueva Teheran, demasiado poca historia! Durante mucho tiempo no fue mas que una oscura dependencia de Rayy, la prestigiosa ciudad de los sabios destruida en la epoca de los mogoles. Hasta que a finales del siglo XVIII, una tribu turcomana, la de los Kayar, se apodero de aquella localidad. Despues de haber logrado someter por la espada a toda Persia, la dinastia elevo su modesta guarida al rango de capital. Hasta entonces, el centro politico del pais se encontraba mas al sur, en Ispahan, Kirman o Shiraz. Ni que decir tiene que los habitantes de esas ciudades echan pestes de los «zafios nortenos» que los gobiernan y que ignoran hasta su lengua. El shah reinante, en el momento de su ascension al poder, necesito un traductor para dirigirse a sus subditos. Sin embargo, parecia que desde entonces habia adquirido mayor conocimiento del persa. Hay que reconocer que tiempo no le habla faltado. A mi llegada a Teheran, en abril de 1896, ese monarca se disponia a celebrar su jubileo, su quincuagesimo ano en el poder. Con ese motivo, la ciudad estaba engalanada con el emblema nacional que lleva el signo del leon y del sol; los notables habian venido de todas las provincias, numerosas delegaciones extranjeras se habian desplazado hasta alli y aunque la mayoria de los invitados oficiales estaban alojados en villas, los dos hoteles para europeos, el Albert y el Prevost, estaban desusadamente llenos. Fue en este ultimo donde finalmente encontre una habitacion. Habia pensado ir directamente a casa de Fazel, entregarle la carta y preguntarle como podria reunirme con Mitza Reza, pero supe reprimir mi impaciencia. No ignoraba las costumbres de los orientales y sabia que el discipulo de Yamaleddin me invitaria a alojarme en su casa; no queria ofenderle con una negativa ni arriesgarme a verme mezclado en su actividad politica, y aun menos en la de su maestro. Por lo tanto, me instale en el Hotel Prevost, dirigido por un ginebrino. Por la manana alquile una vieja yegua para ir, util cortesia, a la Legacion americana, situada en el bulevar de los embajadores, y luego a casa del discipulo preferido de Yamaleddin. Bigotillo fino, larga tunica blanca, porte majestuoso, una pizca de frialdad, Fazel correspondia, en conjunto, a la imagen que me habia descrito el exiliado de Constantinopla. Ibamos a convertirnos en los mejores amigos del mundo, pero el primer contacto fue distante, su lenguaje directo me molesto y me inquieto. Como cuando hablamos de Mirza Reza. – Hare lo que pueda por ayudarle, pero no quiero tener nada que ver con ese loco. Es un martir viviente, me dijo el Maestro y yo respondi: ?Mas le hubiera valido morir! No me mire usted asi, no soy un monstruo, pero ese hombre ha sufrido tanto que tiene la mente completamente trastornada: cada vez que abre la boca perjudica a nuestra causa. – ?Donde se encuentra ahora? – Desde hace semanas vive en el mausoleo de Shah Abdol-Azim, vagando por los jardines y los pasillos, entre los edificios, hablando con las personas del arresto de Yamaleddin, exhortandolas a derrocar al monarca, contando sus propios sufrimientos, gritando y gesticulando. No cesa de repetir que Sayyid Yamaleddin es el iman del Tiempo, aunque el interesado le haya prohibido ya proferir tan insensatas palabras. Realmente, no me interesa que me vean en su compania. – Es la unica persona que podria informarme sobre el _Manuscrito._ – Lo se y le conducire hasta el, pero no me quedare ni un instante con usted. Esa noche, el padre de Fazel, uno de los hombres mas ricos de Teheran, ofrecio una cena en mi honor. Amigo intimo de Yamaleddin, aunque apartado de toda accion politica, queria honrar al Maestro por mi mediacion; habia invitado a cerca de cien personas. La conversacion giro en torno a Jayyam. Cuartetas y anecdotas llovian de todas las bocas y las discusiones se animaban derivando a menudo hacia la politica; todos parecian manejar habilmente el persa, el arabe y el frances y la mayoria de ellos tenian algunas nociones de turco, ruso e ingles. Yo me sentia tanto mas ignorante cuanto que todos me consideraban como un gran orientalista y un especialista de las _Ruba'ivyat,_ apreciacion muy exagerada, diria incluso que desmedida, pero que pronto tuve que renunciar a desmentir, puesto que mis protestas parecian una manifestacion de humildad, que es, todos lo sabemos, el sello de los verdaderos sabios. La velada comenzo con la puesta de sol, pero mi anfitrion habia insistido para que yo fuera mas temprano; deseaba mostrarme los colores de su jardin. Un persa, aunque posea un palacio, como era el caso del padre de Fazel, rara vez invita a visitarlo: lo relega en favor del jardin, su unico motivo de orgullo. A medida que iban llegando, los invitados cogian sus copas e iban a instalarse cerca de los riachuelos, naturales o artificiales, que serpenteaban entre los alamos. A veces, segun prefirieran sentarse en una alfombra o en un almohadon, los sirvientes se apresuraban a tirarlos en el lugar elegido, pero algunos escogian una roca o simplemente la tierra; los jardines de Persia no conocen el cesped, lo que a ojos de un americano les da un aspecto algo arido. Esa noche se bebio razonablemente. Los mas piadosos se limitaban al te. Con este fin, circulaba un gigantesco samovar, escoltado por tres sirvientes, dos para sostenerlo y un tercero para servir. Muchos preferian el arak, el vodka o el vino, pero no observe ninguna actitud desagradable; los mas achispados se contentaban con acompanar en sordina a los musicos contratados por el senor de la casa; uno que tocaba el pandero, un virtuoso del «zarb» y un flautista. Mas tarde llegaron los bailarines, la mayoria muchachos jovenes. En el transcurso de la recepcion no aparecio ninguna mujer. La cena no se sirvio hasta la medianoche aproximadamente. A lo largo de la velada nos contentamos con pistachos, almendras, granos salados y golosinas, y la comida solo fue el punto final del ceremonial. El anfitrion tenia el deber de retrasarla lo mas posible, ya que en cuanto llega el plato principal, que esa noche era un «yavaher polow», un «arroz alhajado», cada invitado se lo traga en diez minutos, se lava las manos y se va. Cocheros y sirvientes con linternas se apelotonaban en la puerta cuando salimos, para recoger a su senor. Al alba del dia siguiente, Fazel me acompano en un coche de punto hasta la puerta del santuario de Shah Abdol-Azim. Entro solo, para volver con un hombre de aspecto inquietante: alto, delgado de manera enfermiza, con la barba hirsuta y las manos temblandole sin cesar. Iba vestido con una larga tunica blanca, estrecha y remendada y llevaba un bolson descolorido y sin forma que contenia todo lo que poseia en este mundo. En sus ojos podia leerse todo el infortunio de Oriente. Cuando se entero de que yo acababa de visitar a Yamaleddin, cayo de rodillas, me agarro la mano y la cubrio de besos. Fazel, incomodo, balbuceo una excusa y se alejo. Tendi a Mirza Reza la carta del Maestro. Casi me la arranco de las manos y, aunque constaba de varias paginas, la leyo entera, sin apresurarse, olvidando totalmente mi presencia. Espere a que hubiera terminado para hablarle de lo que me interesaba. Pero entonces me dijo, en una mezcla de persa y frances que me costo bastante comprender: – El libro lo tiene un soldado originario de Kirman, que es tambien mi ciudad. Me ha prometido venir a verme aqui pasado manana viernes. Habra que darle algo de dinero, no para comprar el libro, sino para agradecerle el haberlo restituido. Desgraciadamente, ya no me queda ni una moneda. Sin dudarlo, saque del bolsillo el oro que Yamaleddin le enviaba y anadi una suma equivalente; parecio satisfecho. – Vuelve el sabado. Si Dios lo quiere tendre el _Manuscrito_ , te lo entregare y tu se lo llevaras al Maestro a Constantinopla. XXX D e la adormilada ciudad subian ruidos perezosos, el polvo era caliente y brillaba el sol; era un dia persa, todo languidez, una comida compuesta de pollo al albaricoque, un vino fresco de Shiraz, una siesta insuperable en el balcon de mi habitacion del hotel bajo un quitasol descolorido, con la cara tapada con una toalla mojada. Pero en el crepusculo de ese 1 de mayo de 1896, una vida acabaria y otra comenzaria mas alla. Insistentes y furiosos golpes en mi puerta. Por fin los oigo, me estiro, me sobresalto y corro descalzo con el pelo pegado y el bigote lacio, vestido con una tunica flotante comprada la vispera. Mis dedos flaccidos tienen dificultades para abrir el pestillo. Fazel empuja la puerta, me arrolla para cerrarla y me sacude por los hombros. – ?Despierta, dentro de un cuarto de hora eres hombre muerto! Lo que Fazel me dijo con algunas frases entrecortadas el mundo entero iba a saberlo al dia siguiente por la magia del telegrafo. Al mediodia, el monarca habia acudido al santuario de Shah-Abdol-Azim para la oracion del viernes. Llevaba el traje de gala confeccionado para su jubileo, hilos de oro, remates de turquesas y esmeraldas, gorro de plumas. En la gran sala del santuario elige su espacio para la oracion y extienden una alfombra a sus pies. Antes de arrodillarse, busca con los ojos a sus mujeres y les indica que se coloquen detras de el, alisa sus largos bigotes afilados, blancos con reflejos azulados, mientras la multitud, fieles y mollahs que los guardias se afanan por contener, se apina a su alrededor. Del patio exterior llegan aun las aclamaciones. Las esposas reales avanzan. Entre ellas se escurre un hombre vestido de lana, a la manera de los derviches. Sujeta un papel que tiende con la punta de los dedos. El shah se pone sus binoculos para leerlo. De pronto, un tiro alcanza al soberano en pleno corazon. Pero antes de desplomarse, puede murmurar: «?Sostenedme!» La pistola estaba oculta por la hoja de papel. En el tumulto general, el gran visir es el primero que se recobra y grita: «?No es nada, la herida es leve!» Ordena evacuar la sala y llevar al shah al carruaje real. Y hasta Teheran, va abanicando el cadaver sentado en el asiento de atras, como si aun respirara. Mientras tanto, hace venir al principe heredero de Tabriz, de donde es gobernador. En el santuario, las esposas del shah atacan al asesino, lo insultan y lo muelen a palos; la muchedumbre le arranca la ropa y se dispone a despedazarlo cuando el coronel Kasakovsky, jefe de la brigada cosaca, interviene para salvarlo, o mas bien para someterlo a un primer interrogatorio. Sorprendentemente, el arma del crimen ha desaparecido. Se dice que una mujer la recogio y la oculto bajo su velo. No la encontraran jamas. Por el contrario, recuperan la hoja de papel que sirvio para camuflar la pistola. Por supuesto, Fazel me ahorro todos esos detalles, su sintesis fue lapidaria: – Ese loco de Mitza Reza ha matado al shah. Le han encontrado encima la carta de Yamaleddin donde se menciona tu nombre. Conserva tu traje persa, coge tu dinero y tu pasaporte. Nada mas. Y corre a refugiarte en la Legacion americana. Mi primer pensamiento fue para el _Manuscrito_ . ?Lo habria recuperado Mirza Reza esa manana? Verdad es que yo no evaluaba aun la gravedad de n-u situacion: complicidad en el asesinato de un jefe de Estado, ?yo, que habia venido al Oriente de los poetas! Sin embargo, las apariencias estaban contra mi, enganosas, falsas, absurdas, pero abrumadoras. ?Que juez, que comisario no sospecharia de mi? Fazel espiaba desde el balcon; de pronto se agacho y grito con voz ronca: – ?Ya estan aqui los cosacos! ?Estan acordonando el hotel! Bajamos corriendo la escalera. Una vez llegados al vestibulo de entrada, recobramos un paso mas digno, menos sospechoso. Un oficial, barba rubia, gorro encasquetado, acababa de entrar barriendo con los ojos los rincones de la estancia. Fazel tuvo justo el tiempo de susurrarme: «?A la Legacion!» Luego se separo de mi, se dirigio hacia el oficial, le oi pronunciar «?Palkovnik!» -?Coronel!- y les vi estrecharse la mano ceremoniosamente e intercambiar algunas palabras de condolencia. Kasakovsky habia cenado con frecuencia en casa del padre de mi amigo y eso me valio algunos segundos de respiro. Los aproveche para apresurar el paso hacia la salida, envuelto en mi _aba_ , e internarme en el jardin, que los cosacos se aplicaban en transformar en un campo atrincherado. No me molestaron. Como venia del interior debieron de suponer que su jefe me habia dejado pasar. Cruce, pues, la verja y me dirigi hacia la callejuela de la derecha que llevaba al bulevar de los embajadores y, en diez minutos, a mi Legacion. Tres soldados estaban apostados a la entrada de mi callejuela. ?Pasaria ante ellos? A la izquierda divise otra calleja. Pense que seria mejor tomarla, aunque tuviera luego que torcer a la derecha. -Avance, por lo tanto, evitando mirar en direccion a los soldados. Algunos pasos mas y ya no los veria, ni ellos a mi: – ?Alto! ?Que hacer? ?Detenerme? A la primera pregunta que me hicieran descubririan que apenas hablaba persa, me pedirian mis papeles y me detendrian. ?Huir? No les costaria alcanzarme, yo habria actuado como un culpable y ni siquiera podria invocar mi buena fe. Solo tenia una fraccion de segundo para elegir. Decido seguir mi camino sin apresurarme, como si no hubiera oido. Pero resuena un nuevo grito, carabinas que se cargan, pasos. No lo pienso mas y corro a traves de las callejuelas sin mirar hacia atras; me lanzo por los pasajes mas estrechos, mas sombrios; el sol se ha puesto ya, dentro de media hora sera de noche. Buscaba con mi mente una oracion para poder rezar y solo conseguia repetir «?Dios!, ?Dios!, ?Dios!», insistente imploracion, como si ya estuviera muerto y tamborileara a la puerta del paraiso. Y la puerta se abrio. La puerta del paraiso. Una puertecilla disimulada en una tapia manchada de barro, en la esquina de una calle. Una mano toco la mia, me agarre a ella, me atrajo hacia si y cerro detras de mi. Yo no podia abrir los ojos de miedo, de sofoco, de incredulidad, de felicidad. Fuera seguia la galopada. Tres miradas risuenas me contemplaban, tres mujeres con la cabeza tapada con un velo, pero con el rostro descubierto y que me comian con los ojos como a un recien nacido. La de mas edad, unos cuarenta anos, me indico que la siguiera. Al fondo del jardin a donde fui a parar habia una pequena cabana donde me instalo en una silla de mimbre, prometiendome con un gesto que vendria a liberarme. Me tranquilizo con una mueca y una palabra magica: _andarun_ , «casa interior». ?Los soldados no vendrian a registrar donde vivian mujeres! De hecho, los ruidos de soldados solo se habian acercado para alejarse de nuevo antes de apagarse. ?Como podian saber en cual de las callejuelas me habia volatilizado? El barrio era un laberinto de decenas de pasajes y cientos de casas y jardines y era casi de noche. Al cabo de una hora me trajeron te negro, me liaron cigarrillos y se entablo una conversacion. Con algunas frases lentas en persa y unas cuantas palabras en frances, se me explico a que debia mi salvacion. En el barrio habia corrido el rumor de que un complice del asesino del shah estaba en el hotel de los extranjeros. Al verme huir, ellas habian comprendido que era yo el heroico culpable y habian querido protegerme. ?Las razones de su actitud? Su marido y padre habia sido ejecutado quince anos antes, injustamente acusado de pertenecer a una secta disidente, los _babis_ , que preconizaban la abolicion de la poligamia, la igualdad absoluta entre hombres y mujeres y el establecimiento de un regimen democratico. Dirigida por el shah y por el clero, la represion fue sangrienta y, ademas de las decenas de miles de _babis_ , muchos inocentes fueron exterminados por la simple denuncia de un vecino. Mi benefactora se quedo sola con dos hijas de tierna edad y desde entonces solo esperaba la hora de la revancha. Las tres mujeres se consideraban honradas de que el heroico vengador hubiera ido a parar a su humilde jardin. Cuando uno se ve en los ojos de las mujeres corno un heroe ?se tienen realmente deseos de desenganarlas? Yo me persuadi de que seria inoportuno, incluso imprudente, decepcionarlas. En mi dificil combate por la supervivencia necesitaba a esas aliadas, su entusiasmo y su valor, su injustificada admiracion. Por lo tanto, me refugie en un enigmatico silencio que hizo desaparecer sus ultimas dudas. Tres mujeres, un jardin, un saludable error; podria contar infinitamente los cuarenta irreales dias de esa torrida primavera persa. Dificilmente se puede ser alli mas extranjero y, por si fuera poco, en el universo de las mujeres de Oriente, donde no habia el menor lugar para mi. Mi benefactora no ignoraba ninguna de las dificultades en las que se habia metido. Estoy seguro de que durante la primera noche, mientras yo dormia en la cabana del fondo del jardin, tendido sobre tres esteras superpuestas, sufrio el mas tenaz de los insomnios, ya que al alba me mando llamar, me hizo sentarme con las piernas cruzadas a su derecha, instalo a sus dos hijas a su izquierda y nos solto un discurso laboriosamente preparado. Empezo por alabar mi valor y me reitero su alegria por haberme acogido. Luego, tras guardar silencio unos instantes, se puso de pronto a desabrocharse la parte de arriba de su vestido bajo mis atonitos ojos. Enrojeci y mire para otro lado, pero ella me atrajo hacia si. Sus hombros estaban desnudos, asi como sus pechos. Con palabras y con gestos me invito a mamar. Las dos muchachas reventaban de risa para sus adentros, pero la madre se comportaba con la seriedad de los sacrificios rituales. Posando mis labios, lo mas pudicamente del mundo, sobre un pezon y luego sobre el otro, cumpli lo que me ordenaba. Entonces ella se tapo, sin prisa, diciendo con el tono mas solemne: – Por este gesto te has convertido en mi hijo, como si hubieras nacido de mi carne. Luego, volviendose hacia sus hijas, que habian dejado de reirse, les anuncio que de ahi en adelante debian actuar conmigo como si yo fuera su propio hermano. En aquel momento la ceremonia me parecio conmovedora, pero grotesca. Sin embargo, al pensar en ella de nuevo, descubri toda la sutileza del Oriente. En efecto, para esa mujer mi situacion era embarazosa. No habia dudado en echarme una mano caritativa, con peligro de su vida, y me habia ofrecido la hospitalidad mas incondicional. Al mismo tiempo, la presencia de un extranjero, un hombre joven, codeandose con sus hijas noche y dia, solo podia provocar, un dia u otro, cualquier incidente. ?Que mejor que soslayar la dificultad por el gesto ritual de la adopcion simbolica? Desde ese momento yo podia circular a mi antojo por la casa, acostarme en la misma habitacion, dar a mis «hermanas» un beso en la frente; estabamos todos protegidos y fuertemente sostenidos por la ficcion de la adopcion. Otros se hubieran sentido cogidos en una trampa por esa escenificacion. Yo, por el contrario, me sentia reconfortado. Aterrizar en un planeta de mujeres y por ociosidad, por promiscuidad, encontrarse entablando una relacion apresurada con una de las tres anfitrionas; ingeniarselas poco a poco para evitar a las otras dos, para esquivar su vigilancia, para excluirlas; granjearse, indefectiblemente, su hostilidad, encontrarse uno mismo excluido, avergonzado, contrito por haber turbado, entristecido o decepcionado a unas mujeres que habian sido poco menos que providenciales, era una sucesion de hechos que habrian correspondido muy poco con mi temperamento. Ni que decir tiene que yo jamas habria sabido urdir, con mi mente de occidental, lo que esa mujer supo encontrar en el inagotable arsenal de las prescripciones de su fe. Como por milagro, todo se volvio simple, limpido y puro. Decir que el deseo habia muerto seria mentir; todo en nuestras relaciones era eminentemente carnal y sin embargo, lo repito, eminentemente puro. De este modo vivi momentos de paz indolente en la intimidad de esas mujeres, sin velos ni excesivos pudores, en el corazon de una ciudad donde probablemente yo era el hombre mas buscado. Con el paso del tiempo, veo mi estancia entre ellas como un momento privilegiado, sin el cual mi adhesion a Oriente se habria truncado o seguiria siendo superficial. A ellas les debo los inmensos progresos que hice entonces en la comprension y utilizacion del persa usual. Aunque el primer dia mis anfitrionas hicieron el loable esfuerzo de juntar algunas palabras de frances, de ahi en adelante todas nuestras conversaciones se desarrollaron en la lengua del pais. Conversaciones animadas o indolentes, sutiles o crudas, a veces incluso escabrosas, puesto que en mi calidad de hermano mayor, y siempre que permaneciera fuera de los limites del incesto, podia permitirme todo. Lo que era jocoso era licito, incluidas las demostraciones de afecto mas teatrales. ?Habria conservado su encanto la experiencia si se hubiera prolongado? No lo sabre jamas, ni me interesa saberlo. Un acontecimiento, por desgracia demasiado previsible, vino a ponerle fin, una visita normal y corriente, la de los abuelos. De ordinario yo permanecia lejos de las puertas de entrada, la del _biruni_ que lleva al alojamiento de los hombres y que es la puerta principal, y la del jardin, por la que habia entrado. A la primera alerta me eclipsaba. Esta vez, por inconsciencia, por exceso de confianza, no oi llegar a la anciana pareja. Estaba sentado con las piernas cruzadas en la habitacion de las mujeres fumando tranquilamente desde hacia dos largas horas un _kalyan_ preparado por mis «hermanas» y me habia adormilado alli mismo, con la pipa en la boca y la cabeza apoyada contra la pared, cuando un carraspeo de hombre me desperto sobresaltado. XXXI P ara mi madre adoptiva, que llego algunos segundos demasiado tarde, la presencia de un varon europeo en el corazon de sus apartamentos tenia que explicarse rapidamente. Antes que empanar su reputacion o la de sus hijas, eligio decir la verdad, en un tono que quiso fuera de lo mas patriotico y triunfante. ?Quien era ese extranjero? ?Nada menos que el _farangui_ que toda la policia buscaba, el complice de aquel que habia matado al tirano y vengado asi a su martir marido! Un momento de vacilacion y luego cayo el veredicto. Se me felicitaba, se alababa mi valor, asi como el de mi protectora. Es verdad que, frente a una situacion tan incongruente, su explicacion era la unica plausible. Aunque mi languida postura, en pleno corazon del _andarun_ , fuera algo comprometedora, podia explicarse facilmente por la necesidad de sustraerme a las miradas. El honor se habia salvado, pues, pero estaba claro que debia irme ya. Dos caminos se me ofrecian. El mas evidente era salir disfrazado de mujer y caminar hasta la Legacion americana; en resumen, proseguir el camino interrumpido algunas semanas antes. Pero «mi madre» me disuadio de ello. Habia hecho una ronda exploratoria y se habia percatado de que todas las callejuelas que llevaban a la Legacion estaban controladas. Ademas, al ser de bastante estatura, un metro ochenta y tres, mi disfraz de mujer persa no enganaria a ningun soldado por poco observador que fuera. La otra solucion era, siguiendo los consejos de Yamaleddin, enviar un mensaje de socorro a la princesa Xirin. Hable de ella a mi «madre», que lo aprobo; habia oido hablar de la nieta del shah asesinado. Se la consideraba sensible a los sufrimientos de los pobres; me propuso llevarle una carta. El problema era encontrar las palabras que podria dirigirle, palabras que fueran suficientemente explicitas pero que no me traicionaran si caian en otras manos. No podia mencionar mi nombre ni el del Maestro. Me contente, pues, con escribir en una hoja de papel la unica frase que me dijo una vez: «Nunca se sabe, nuestros caminos podrian cruzarse.» Mi «madre» habia decidido acercarse a la princesa durante las solemnidades del cuadragesimo dia del anciano shah, ultima fase de las ceremonias mortuorias. En la inevitable confusion general de los curiosos y las planideras embadurnadas con hollin, no tuvo ninguna dificultad en hacer pasar el papel de mano en mano; la princesa lo leyo y busco con los ojos, con temor, al hombre que lo habia escrito; la mensajera susurro: «?Esta en mi casa!» Al instante, Xirin abandono la ceremonia, llamo a su cochero e instalo a mi «madre» a su lado. Para no despertar sospechas, el carruaje con las insignias reales se detuvo ante el Hotel Prevost, desde donde las dos mujeres, cubiertas por tupidos velos, anonimas, prosiguieron a pie su camino. Nuestro segundo encuentro se revelo apenas mas locuaz que el primero. La princesa me evaluaba con la mirada, con una sonrisa en la comisura de los labios. De pronto, ordeno: – Manana, al alba, mi cochero vendra a recogeros, estad preparado, cubrios con un velo y caminad con la cabeza baja. Yo estaba convencido de que me llevaria a mi Legacion, pero en el momento en que su carruaje cruzaba la puerta de la ciudad comprobe mi error. Ella me explico: – Efectivamente, habria podido conduciros a casa del ministro americano, alli habriais encontrado refugio, pero no hubiera sido dificil que se supiera como habiais llegado. Aunque tengo alguna influencia por pertenecer a la familia Kayar, no puedo aprovecharme de ella para proteger al presunto complice del asesino del shah. Me habria resultado embarazoso y por mi se habrian remontado hasta las valientes mujeres que os acogieron. A vuestra Legacion no le habria agradado en modo alguno tener que proteger a un hombre acusado de semejante crimen. Creedme, es mejor para todo el mundo que os vayais de Persia. Voy a conduciros junto a uno de mis tios maternos, uno de los jefes de los bajtiaris. Ha venido con los guerreros de su tribu para las ceremonias del cuadragesimo dia. Le he revelado vuestra identidad y demostrado vuestra inocencia, pero sus hombres no deben saber nada. Se ha comprometido a escoltaros hasta la frontera otomana por unos caminos que las caravanas ignoran. Nos espera en el pueblo de Shah-Abdol-Azim. ?Teneis dinero? – Si. Les he dado doscientos tumanes a mis salvadoras, pero aun me quedan cerca de cuatrocientos. – No es suficiente. Tendreis que distribuir la mitad de vuestro haber entre vuestros companeros y guardar una buena suma para el resto del viaje. Tomad algunas monedas turcas, no estaran de mas. Tomad tambien un escrito que quisiera hacer llegar al Maestro. Pasareis por Constantinopla ?no? Resultaba dificil decir que no. Ella prosiguio, deslizando los papeles doblados por la abertura de mi tunica: – Es el atestado del primer interrogatorio de Mirza Reza, me he pasado la noche copiandolo. Podeis leerlo, debeis incluso leerlo, os informara de muchas cosas. Ademas, os tendra ocupado durante vuestra larga travesia. Pero que nadie mas lo vea. Estabamos ya en las inmediaciones del pueblo, la policia estaba por todas partes y registraba hasta los cargamentos de las mulas, pero ?quien se hubiera atrevido a obstaculizar a un tiro real? Proseguimos nuestro camino hasta el patio de un gran caseron color azafran. En el centro, dominando la escena, un inmenso roble centenario en torno al cual se agitaban unos guerreros con el cuerpo cenido por dos cartucheras cruzadas. La princesa solo tuvo una mirada de desprecio para esos viriles ornamentos que hacian juego con los tupidos bigotes. – Como podeis ver, os dejo en buenas manos; ellos os protegeran mejor que las debiles mujeres que os tomaron a su cargo hasta hoy. – Lo dudo. Mis ojos seguian con inquietud los canones de fusil que apuntaban en todas las direcciones. – Yo tambien lo dudo -se rio ella-. Pero por lo menos os llevaran hasta Turquia. Cuando ya nos habiamos despedido, me volvi: – Se que el momento es poco propicio para hablar de ello, pero, ?sabriais por casualidad si entre las pertenencias de Mitza Reza encontraron un viejo manuscrito? Sus ojos me huyeron y su tono se volvio agresivo. – Efectivamente, el momento esta mal escogido. ?No volvais a pronunciar el nombre de ese loco antes de haber llegado a Constantinopla! – ?Es un manuscrito de Jayyam! Tenia razon en insistir. Despues de todo, era a causa de ese libro por lo que me habia dejado arrastrar a mi aventura persa. Pero Xirin dio un suspiro de impaciencia. – No se nada, pero me informare. Dejadme vuestras senas y os escribire. Pero, ?por favor!, no me respondais. Mientras garrapateaba «Annapolis, Maryland», tuve la impresion de estar ya lejos e inmediatamente senti pesar de que mi incursion en Persia hubiera sido tan corta y desde el principio tan mal planeada. Tendi el papel a la princesa y cuando intento cogerlo retuve su mano, estrechandola con fuerza un breve instante. Ella, a su vez, apreto la mia, clavandome la una en la palma sin herirme, pero dejando en ella una marca bien trazada que perduro unos minutos. Dos sonrisas asomaron a nuestros labios, la misma frase fue pronunciada al unisono: – ?Nunca se sabe… nuestros caminos podrian cruzarse! Durante dos meses no vi nada que se pareciera a lo que acostumbro a llamar carretera. Al salir de Shah Abdol-Azim nos dirigimos al sudoeste, en direccion al territorio tribal de los baitiaris. Despues de rodear el lago salado de Qom, caminamos a lo largo del rio del mismo nombre, pero sin penetrar en la ciudad. Mis acompanantes, con los fusiles constantemente preparados como para una batida, se esforzaban por evitar cualquier aglomeracion y aunque el tio de Xirin se tomo con frecuencia la molestia de informarme «Estamos en Amuk, en Vertxa, en Jomein», era solo una forma de hablar, que significaba simplemente que estabamos a la altura de esas localidades, cuyos minaretes divisabamos a lo lejos y cuyos contornos me contentaba con adivinar. En las montanas de Suristan, mas alla del nacimiento del rio Qom, mis acompanantes aflojaron la vigilancia: estabamos en territorio bajtiari. Se organizo un festin en mi honor, me dieron a fumar una pipa de opio y me adormile en el acto, en medio de la hilaridad general. Tuve que esperar dos dias antes de reanudar el camino, que seria aun largo: Shustar, Ahwaz y al fin la peligrosa travesia de las cienagas hasta Basora, ciudad del Iraq otomano sobre el Shatt al-Arab. ?Al fin fuera de Persia y a salvo! Quedaba un largo mes en el mar para ir en velero desde Fao a Bahrein, bordear la costa de los Piratas hasta Aden, remontar el Mar Rojo y el canal de Suez hasta Alejandria, para finalmente cruzar el Mediterraneo en un viejo buque turco hasta Constantinopla. A lo largo de aquella interminable huida, fatigosa pero sin dificultad, no tuve otro entretenimiento que leer y releer las diez paginas manuscritas que constituian el interrogatorio de Mirza Reza. Sin duda me habria cansado de hacerlo si hubiera tenido otras distracciones, pero ese mano a mano forzado con un condenado a muerte ejercia sobre mi una innegable fascinacion, tanto mas cuanto que podia imaginarmelo facilmente, con sus miembros esqueleticos, sus ojos de atormentado y sus ropas de improbable devoto. A veces incluso creia oir, su voz torturada. – ?Que razones han podido impulsarte a matar a nuestro muy amado shah? – Aquellos que tengan ojos para observar no tendran ninguna dificultad en darse cuenta de que el shah caido en el mismo lugar donde Sayyid Yamaleddin fue… maltratado. ?Que habia hecho ese hombre santo, verdadero descendiente del Profeta, para que se le arrastrara asi fuera del santuario? – ?Quien te incito a matar al shah, quienes son tus complices? – Juro por dios, el Altisimo, el Todopoderoso, el creo a Sayyid Yamaleddin y a todos los demas humanos, que nadie, salvo el sayyid y yo, estaba al corriente de mi proyecto de matar al shah. El sayyid esta en Constantinopla ?tratad de atraparlo! – ?Que directrices te dio Yamaleddin? – Cuando fui a Constantinopla le conte las torturas que el hijo del shah me habia hecho padecer. El sayyid me impuso silencio diciendome: «?Deja de lamentarte como si fueras el animador de una ceremonia funebre! ?No sabes hacer otra cosa que llorar? ?Si el hijo del shah te torturo, matalo!» – ?Por que mataste al shah en vez de a su hijo, puesto que fue este el que te perjudico y puesto que fue del hijo de quien Yamaleddin te aconsejo que te vengaras? – Me dije a mi mismo: «Si mato al hijo, el shah, con su formidable poder, va a matar a miles de personas en represalia.» En vez de cortar una rama, he preferido arrancar de cuajo el arbol de la tirania, esperando que otro arbol pueda crecer en su lugar. Por otra parte, el sultan de Turquia le dijo a Sayyid Yamaleddin en privado que habria que quitar de en medio a ese shah para realizar la union de todos los musulmanes. – ?Como sabes lo que el sultan pudo decir en privado a Yamaleddin? – Porque fue el mismo Sayyid Yamaleddin quien me lo conto. Confia en mi, no me oculta nada. Cuando estaba en Constantinopla me trataba como a su propio hijo. – Si te trataban tan bien alli ?por que volviste a Persia donde temias que te detuvieran y torturaran? – Soy de los que creen que ninguna hoja cae del arbol sin que haya estado escrito desde siempre en el Libro del Destino. Estaba escrito que yo vendria a Persia y seria el instrumento del acto que acaba de ser realizado. XXXII S i esos hombres que deambulaban por la colina de Yildiz, en tomo a la casa de Yamaleddin, hubieran escrito sobre su fez «espia del sultan», no hubieran revelado algo mas de lo que el mas ingenuo de los visitantes comprobaba a la primera ojeada. Pero quiza fuera esa la verdadera razon de su presencia: desanimar a los visitantes. De hecho, esa casa, que en otro tiempo era un hervidero de discipulos, de corresponsales extranjeros, de personalidades de paso, estaba en ese caluroso dia de septiembre totalmente desierta. Solo el sirviente estaba ahi, siempre tan discreto. Me condujo al primer piso, donde encontre al Maestro pensativo, lejano, hundido en un sillon de cretona y veludillo. Al verme llegar, su rostro se ilumino. Vino hacia mi a grandes zancadas, me estrecho contra el disculpandose del dano que me habia causado y proclamandose feliz de que hubiera podido salir de aquello. Le conte detalladamente mi huida y la intervencion de la princesa, antes de volver sobre mi demasiado breve estancia y mi encuentro con Fazel y luego con Mirza Reza. La sola mencion de su nombre irrito a Yamaleddin. – Me acaban de informar de que lo ahorcaron el mes pasado. ?Que Dios le perdone! Por supuesto, conocia su suerte, solo resulta sorprendente lo que han tardado en ejecutarlo. ?Mas de cien dias despues de la muerte del shah! Sin duda lo torturaron para arrancarle su confesion. Yamaleddin hablaba lentamente. Me parecio mas debil, mas delgado; de vez en cuando, los tics desfiguraban su rostro, de ordinario tan sereno, aunque sin despojarlo de su magnetismo. Daba la impresion de que sufria, sobre todo cuando evocaba a Mirza Reza. – Aun no puedo creer que ese pobre muchacho, que cuide aqui mismo en Constantinopla, al que le temblaban las manos constantemente y parecia incapaz de levantar una taza de te, haya podido sostener una pistola, disparar contra el shah y matarlo de un solo tiro. ?No crees que han podido aprovecharse de su locura para endosarle el crimen de otro? Por toda respuesta le presente el atestado copiado por la princesa. Poniendose sus finos binoculos lo leyo, lo releyo con fervor, o terror, a veces incluso me parecio que con una especie de alegria interior. Luego doblo las hojas, se las metio en el bolsillo y se puso a pasear de un lado a otro de la habitacion. Pasaron diez minutos de silencio antes de que pronunciara esta sorprendente oracion: – ?Mirza Reza, nino perdido de Persia! ?Si pudieras ser solamente loco, si pudieras ser solamente sabio! ?Si pudieras contentarte con traicionarme o con serme fiel! ?Si pudieras inspirar solo ternura o repulsion! ?Como amarte? ?Como odiarte? El mismo Dios ?que hara contigo? ?Te llevara al Paraiso de las victimas? ?Te relegara al infierno de los verdugos? Volvio a sentarse, agotado, con el rostro entre las manos. Yo seguia callado, incluso me esforzaba por contener el ruido de mi respiracion. Yamaleddin se incorporo. Su voz me parecio mas serena y su mente mas clara. – Las palabras que he leido son, desde luego, de Mirza Reza. Hasta ahora tenia mis dudas. Ya no las tengo; ciertamente fue el el asesino. Y probablemente penso actuar asi para vengarme. Quiza haya creido que me obedecia. Pero, contrariamente a lo que pretende, yo jamas le di la orden de cometer un asesinato. Cuando vino a Constantinopla a contarme como lo habian torturado el hijo del shah y sus acolitos, se ahogaba en llanto. Queriendo que reaccionara, le dije: «?Deja ya de lamentarte! ?Se diria que lo unico que buscas es que te compadezcan! ?Estarias dispuesto incluso a mutilarte para estar seguro de que vas a despertar compasion!» Le conte una antigua leyenda: «Cuando los ejercitos de Dario se enfrentaron con los de Alejandro el Grande, los consejeros del griego le advirtieron que las tropas de los persas eran mucho mas numerosas que las suyas. Alejandro se encogio de hombros con aplomo: “Mis hombres -dijo, “luchan para vencer; los hombres de Dario luchan para morir".» Yamaleddin parecio rebuscar en sus recuerdos. – Entonces le dije a Mirza Reza: «?Si el hijo del shah te acosa, destruyelo, en lugar de destruirte a ti mismo!» ?Es realmente eso un llamamiento al asesinato? ?Y cree usted de verdad, usted que conocio a Mirza Reza, que yo habria podido confiar semejante mision a un loco que miles de personas pudieron ver aqui mismo, en mi casa? Quise mostrarme sincero. – No es usted culpable del crimen que se le imputa, pero no puede negarse su responsabilidad moral. Mi franqueza le impresiono. – Eso lo admito, como admito haber deseado cada dia la muerte del shah. Pero de que sirve defenderme si ya estoy condenado. Se dirigio hacia un cofrecillo y saco de el una hoja cuidadosamente caligrafiada. – Esta manana he escrito mi testamento. Me coloco el texto entre las manos y lei con emocion: «No sufro por estar prisionero, no temo a la cercana muerte. Mi unica causa de desolacion es comprobar que no he visto florecer las semillas que sembre. La tirania continua aplastando a los pueblos de Oriente y el oscurantismo sigue ahogando su grito de libertad. Quiza hubiera logrado mis propositos si hubiese sembrado mi semilla en la tierra fertil del pueblo en lugar de en las aridas tierras de las cortes reales. Y tu, pueblo de Persia, en quien puse mis mayores esperanzas, no creas que eliminando a un hombre puedes ganar tu libertad. Es el peso de las tradiciones seculares lo que tienes que osar sacudir.» – Guarde una copia y traduzcala para Henri Rochefort, _L'Intransigeant _ es el unico periodico que clama aun mi inocencia, los otros me llaman asesino. Todo el mundo desea mi muerte. ?Que se tranquilicen, tengo un cancer, un cancer de mandibula! Como cada vez que tenia la debilidad de quejarse, lo compenso inmediatamente con una risa falsamente despreocupada y una docta broma. – Cancer, cancer, cancer, repitio como una imprecacion. Los medicos de los tiempos pasados atribuian todas las enfermedades a las conjunciones de los astros. Solo el cancer ha conservado, en todas las lenguas, su nombre astrologico. El pavor esta intacto. Permanecio unos instantes pensativo y melancolico, pero no tardo en proseguir con un tono falsamente alegre y por ello mas desgarrador. – Maldigo este cancer. Sin embargo nada prueba que sera lo que me mate. El shah pide mi extradicion. El sultan no puede entregarme, puesto que sigo siendo su invitado, y tampoco puede dejar impune un regicidio. Por mucho que deteste al shah y a su dinastia y conspire cada dia contra el, hay una solidaridad que continua uniendo a la cofradia de los grandes de este mundo frente a un perturbador como Yamaleddin. ?La solucion? El sultan hara que me maten aqui mismo y el nuevo shah se sentira reconfortado, puesto que a pesar de sus repetidas demandas de extradicion no tiene ningun deseo de mancharse las manos con mi sangre al principio de su reinado. ?Quien me matara? ?El cancer? ?El shah? ?El sultan? Quiza no tenga ya tiempo de saberlo. Pero tu, mi joven amigo, tu si lo sabras. ?Y tuvo la temeridad de reirse! De hecho, no lo supe nunca. Las circunstancias de la muerte del gran reformador de Oriente siguen siendo un misterio. Me entere de la noticia algunos meses despues de mi regreso a Annapolis. Una resena en _L'Intransigeant_ del 12 de marzo de 1897 me informo de su desaparicion sobrevenida tres dias antes, pero hasta finales de verano, cuando me llego la famosa carta prometida por Xirin, no pude conocer la version que sobre la muerte de Yamaleddin circulaba entre sus discipulos. «Desde hacia algunos meses», escribia la princesa, «padecia fuertes dolores de muelas provocados sin duda por su cancer. Ese dia, al superar el dolor los limites de lo soportable, envio a su sirviente a avisar al sultan, quien le mando a su propio dentista. Este lo ausculto, saco de su maletin una jeringa ya preparada y le inyecto en la encia, explicandole que pronto se aliviaria su dolor. No habian transcurrido aun algunos segundos cuando la mandibula del Maestro comenzo a hincharse. Viendo que se ahogaba, su sirviente corrio a alcanzar al dentista, que no habla salido aun de la casa, pero en lugar de volver sobre sus pasos, el hombre echo a correr a toda velocidad hasta el carruaje que le esperaba; Sayyid Yamaleddin murio unos minutos despues. Por la noche, unos agentes del sultan vinieron a recoger su cuerpo, que fue lavado y enterrado precipitadamente.» El relato de la princesa terminaba sin transicion con estas palabras de Jayyam que habia mandado traducir: «Aquellos que han acumulado tantos conocimientos y que nos han conducido hacia la sabiduria, ?no estan ellos mismos ahogados en la duda? Cuentan una historia y luego se van a dormir.» Sobre la suerte del _Manuscrito_ , que era, sin embargo, el objeto de la carta, Xirin me informaba laconicamente: «Efectivamente, estaba entre las pertenencias del asesino. Ahora esta en mi casa. Podreis consultarlo a vuestro antojo cuando volvais a Persia.» ?Volver a Persia, donde pesaban sobre mi tantas sospechas? XXXIII D e mi aventura persa no habia conservado mas que deseos; un mes para llegar a Teheran, tres meses para salir de alli, y en sus calles unos cuantos dias de aturdimiento, apenas el tiempo de oliscar, rozar o entrever. Demasiadas imagenes me llamaban aun desde la tierra prohibida; mi altiva pereza de fumador de _kalyan_ dandome importancia entre los vapores de brasas y de tombac; mi mano apretando la de Xirin solo el tiempo de una promesa; mis labios sobre esos pechos ofrecidos castamente por mi madre de una noche; y mas que nada el _Manuscrito_ , el _Manuscrito_ que me esperaba abierto en los brazos de su depositaria. A aquellos que nunca hayan contraido la obsesion de Oriente, apenas me atrevo a contar que un sabado al atardecer, calzado con unas babuchas, vestido con mi tunica persa y llevando en la cabeza mi _kulah_ de piel de cordero, me fui a deambular por un rincon de la playa de Annapolis que sabia desierto. Lo estaba, pero a mi regreso, absorto en mis pensamientos y olvidando mi vestimenta, di un rodeo por Compromise Road, que de desierta no tenia nada. «Buenas noches, senor Lesage», «Que usted siga bien, senor Lesage», «Senor, senora Baymaster, senorita Bigchurch», los saludos llovian. «?Buenas noches, Reverendo!» Fue el entrecejo fruncido del pastor lo que me desperto. Me pare en seco para contemplarme con contricion de la cabeza a los pies, palpar mi sombrero y apresurar el paso. Creo incluso haber corrido, arrebujado en mi _aba_ como para ocultar mi desnudez. Al llegar a mi casa me quite mis avios y los enrolle con un gesto definitivo antes de tirarlos con rabia al fondo del armario de las herramientas. Me guarde mucho de reincidir, pero ese unico paseo me habia pegado una tenaz etiqueta de extravagante, sin duda para toda la vida. En Inglaterra siempre se ha mirado a los excentricos con benevolencia, incluso con admiracion, a condicion de que tengan la excusa de la riqueza. La America de aquellos anos era poco propicia a tales extravios, el viraje del siglo se tomaba con una mojigata circunspeccion, quiza no en Nueva York o en San Francisco, pero desde luego si en mi ciudad. Una madre francesa y un gorro persa era demasiado exotismo para Annapolis. Esto en el aspecto negativo. En el aspecto positivo, mi chaladura me valio en el acto una inmerecida reputacion de gran explorador de Oriente. Mi paseo llego a oidos del director del periodico local, Matthias Webb, que me sugirio escribir un articulo sobre mi experiencia persa. La ultima vez que el nombre de Persia habia sido impreso en las paginas del «Annapolis Gazette and Herald» se remontaba, creo, a 1856, cuando un transatlantico orgullo de la Cunard's, el primer barco de ruedas que fue dotado de un casco metalico, choco contra un iceberg, pereciendo siete marinos de nuestro condado. El infortunado navio se llamaba «Persia». La gente del mar no bromea con los signos del destino. Por eso juzgue necesario advertir, en la introduccion de mi articulo, que «Persia» era un termino impropio, que los persas llamaban a su pais «Iran», abreviacion de un termino muy antiguo, «Airania Vaeya», que significaba «tierra de los arios». Evoque a continuacion a Omar Jayyam, el unico persa del que la mayoria de mis lectores habrian oido ya hablar, citando de el una cuarteta impregnada de un profundo escepticismo. «Paraiso, infierno ?habra alguien que haya visitado esas singulares regiones?» Acertado preambulo antes de extenderme en algunos parrafos muy densos sobre las numerosas religiones que, desde siempre, han prosperado en tierra persa, el zoroastrismo, el maniqueismo, el islam sunni y chii, la variante ismaeli de Hasan Sabbah y, mas cerca de nosotros, los _babis_ , los _xeijis_ , los _bahais_ , y no omiti recordar que nuestro «paraiso» tenia por origen una antigua palabra persa, «paradaeza», que quiere decir «jardin». Matthias Webb me felicito por mi aparente erudicion, pero cuando, animado por sus elogios, propuse una colaboracion mas regular, parecio azorado y subitamente irritado: – Consiento en tomarle a prueba si promete usted perder esa molesta mania de salpicar su texto de palabras barbaras. Mi expresion revelaba sorpresa e incredulidad; Webb tenia sus razones: – La «Gazette» no tiene los medios para pagar permanentemente un especialista en Persia. Pero si usted acepta encargarse del conjunto de las noticias extranjeras y si se siente capaz de poner las regiones lejanas al alcance de nuestros compatriotas, hay un puesto disponible en este periodico. Lo que sus articulos pierdan en profundidad, lo ganaran en extension. Ambos habiamos recuperado la sonrisa; me ofrecio el puro de la paz antes de proseguir: – Ayer el extranjero no existia aun para nosotros. El Oriente se terminaba en Cape Cod. Y de pronto, con el pretexto de que un siglo muere y otro nace, las turbulencias del mundo asaltan nuestra tranquila ciudad. Hay que precisar que nuestra entrevista se producia en 1899, poco despues de la guerra hispano-americana que habia llevado a nuestras tropas, no solamente a Cuba y Puerto Rico, sino hasta Filipinas. Nunca hasta entonces los Estados Unidos habian ejercido su autoridad tan lejos de sus costas. Nuestra victoria sobre el vetusto Imperio espanol solo nos habia costado dos mil cuatrocientos muertos, pero en Annapolis, sede de la Academia Naval, cada perdida podia ser la de un pariente, un amigo, un novio seguro o potencial; los mas conservadores de mis conciudadanos veian en el presidente Mac Kinley a un peligroso aventurero. Esa no era la opinion de Webb, pero debia tener en consideracion las fobias de sus lectores. Para hacerme comprender mejor, ese padre de familia, serio y peinado ya canas, se levanto, dio un rugido y haciendo hilarante viraje engarabito los dedos como si fueran las garras de un monstruo. – El mundo feroz se aproxima a zancadas a Annapolis y usted Benjamin Lesage, tiene por mision tranquilizar a sus compatriotas. Grave responsabilidad, de la que me descargue sin brillantez. Mis fuentes de informacion eran los articulos de mis colegas de Paris, Londres y, por supuesto, Nueva York, Washington y Baltimore. De todo lo que escribi sobre la guerra de los boers, el conflicto 1904-1905 entre el zar y el mikado o las revueltas en Rusia, me temo que ni una linea merece figurar en los anales. Solo a proposito de Persia puede evocarse mi carrera de periodista. Me siento orgulloso de decir que la «Gazette» fue el primer periodico americano que previo la explosion que iba a producirse, cuyas noticias ocuparian en los ultimos meses de 1906 grandes espacios en todos los periodicos del mundo. Por primera vez, y probablemente la ultima, los articulos del «Annapolis Gazette and Herald» fueron citados, a veces incluso reproducidos palabra por palabra, en mas de sesenta periodicos del Sur y de la costa Este. Eso, mi ciudad y mi periodico me lo deben. Y yo se lo debo a Xirin. En efecto, gracias a ella y no a mi inconsistente experiencia persa, pude comprender la amplitud de los acontecimientos que se preparaban. Desde hacia siete anos no habia recibido nada de mi princesa. Si me debia alguna respuesta referente al Manuscrito, ya me la habia proporcionado, decepcionante pero precisa; no esperaba ya ninguna noticia suya. Lo que no quiere decir que no abrigara ninguna esperanza al respecto. A cada llegada del correo, la idea me pasaba por la mente, buscaba en los sobres una letra, un sello con caracteres arabes, la cifra cinco en forma de corazon. No tenia miedo de mi decepcion cotidiana; la vivia como un homenaje a los suenos que me obsesionaban. Tengo que decir que en aquella epoca mi familia acababa de abandonar Annapolis para instalarse en Baltimore, donde se concentraria, de ahi en adelante, lo esencial de las actividades de mi padre y donde, con sus dos hermanos mas jovenes, proyectaba fundar su propio banco. En cuanto a mi, habia escogido permanecer en mi casa natal, con nuestra vieja cocinera medio sorda, en una ciudad donde no tenia muchos amigos intimos. No dudo de que mi soledad diera a mi espera un mayor fervor. Luego, un dia, Xirin me escribio al fin. Del _Manuscrito de Samarcanda_ , ni una palabra, nada personal en aquella larga carta, unicamente, quiza, que empezaba por «Querido amigo lejano». La continuacion era el relato, dia a dia, de los acontecimientos que se desarrollaban a su alrededor. La relacion era minuciosa, abundante en detalles, ninguno de ellos superfluo, aun cuando a mis ojos profanos lo pareciera. Me senti enamorado de su gran inteligencia y halagado de que me hubiera elegido entre todos los hombres para ofrecerme el fruto de su pensamiento. Desde entonces vivia al ritmo de sus envios, uno al mes, una cronica palpitante que yo habria publicado sin cambiar una coma, si mi corresponsal no hubiera exigido la mas rigurosa discrecion, aunque me autorizaba generosamente a plagiarlo, lo que hice sin verguenza, surtiendome abundantemente de sus cartas y a veces traduciendo sin comillas ni italicas parrafos enteros. Sin embargo, mi forma de presentar los hechos a mis lectores era muy diferente de la suya. Por ejemplo, a la princesa jamas se le habria ocurrido escribir: «La revolucion persa se desencadeno cuando un ministro belga tuvo la desastrosa idea de disfrazarse de _mollab_ .» No obstante, aquello no estaba tan lejos de la verdad, aunque para Xirin las primicias de la rebelion se hubieran podido detectar desde la cura del shah en Contexeville, en 1900. Deseoso de ir alli con su sequito, el monarca habia necesitado dinero. Su Tesoro estaba vacio, como de costumbre, y habia pedido un prestamo al zar, que le habia concedido veintidos millones y medio de rublos. Rara vez un regalo estuvo tan envenenado. Para asegurarse de que su vecino del sur, constantemente al borde de la bancarrota, devolveria esa suma, las autoridades de San Petersburgo exigieron y obtuvieron tomar a su cargo las aduanas persas y cobrarse directamente de sus recaudaciones. ?Eso durante sesenta y cinco anos! Consciente de la enormidad de ese privilegio y temiendo que las otras potencias europeas envidiaran esa total confiscacion del comercio exterior de Persia, el zar evito confiar las aduanas a sus propios subditos y prefirio pedir al rey Leopoldo II que se encargara de ello en su lugar y por su cuenta. Fue asi corno aparecieron en el pais del shah unos treinta funcionarios belgas cuya influencia iba a conocer una extension vertiginosa, El mas eminente de ellos, un tal senor Naus, consiguio especialmente izarse hasta las mas altas esferas del poder, La vispera de la revolucion era miembro del Consejo Supremo del Reino, Ministro de Correos y Telegrafos, Tesorero General de Persia, Jefe del Departamento de Pasaportes y Director General de Aduanas. Se ocupaba, ademas, de reorganizar el conjunto del sistema fiscal y se le atribuia la imposicion de un nuevo impuesto sobre los cargamentos de las mulas. Inutil es decir que, en esa fase, Naus se habia convertido en el hombre mas odiado de Persia, el simbolo de la dominacion extranjera. De vez en cuando se elevaba una voz pidiendo su despido, que parecia tanto mas justificado cuanto que no tenia ni una reputacion de incorruptibilidad ni la disculpa de la competencia. Pero permanecia en su sitio, apoyado por el zar o mas bien por la temible «camarilla» retrograda que rodeaba a este ultimo y cuyos objetivos politicos se expresaban ya en voz alta en la prensa gubernamental de San Petersburgo: ejercer sobre Persia y el Golfo Persico una tutela exclusiva. XXXIV L a posicion de Naus parecia inconmovible y asi permanecio hasta el momento en que su protector dejo de serlo a su vez. Esto se produjo mas rapidamente de lo que esperaban los mas sonadores de Persia. Y en dos fases. Primero la guerra con Japon que, ante la sorpresa del universo entero, se termino con la derrota del zar y la destruccion de su flota. Luego la colera de los rusos, provocada por la humillacion que se les habia infligido por culpa de gobernantes incompetentes: la rebelion de los marinos del «Potemkin», el motin de Cronstadt, la insurreccion de Sebastopol, los acontecimientos de Moscu. No me extendere sobre estos hechos que nadie ha tenido tiempo de olvidar, contentandome con insistir sobre el efecto devastador que produjeron en Persia, principalmente cuando en abril de 1906 Nicolas II fue obligado a convocar un parlamento, la Duma. Y en esa atmosfera intervino el mas trivial de los acontecimientos: un baile de disfraces en casa de un alto funcionario belga, donde Naus tuvo la idea de acudir disfrazado de _mollah_ . Risitas contenidas, alguna carcajada, aplausos. La gente se arremolino en torno al ministro, felicitandole y pidiendole que posara para una fotografia, de la que algunos dias mas tarde se distribuyeron cientos de ejemplares en el bazar de Teheran. Xirin me envio una copia de ese documento. La tengo aun y a veces le echo una ojeada nostalgica y divertida. En ella se ven, sentados en una alfombra extendida entre los arboles de un jardin, unos cuarenta hombres y mujeres vestidos de turcos, japoneses o austriacos; en el centro, en el primer plano, Naus, tan bien disfrazado que con su barba blanca y su bigote entrecano se le tomaria facilmente por un piadoso patriarca. Comentario de Xirin al dorso de la fotografia: «Impune de tantos crimenes y castigado por un pecadillo.» Seguramente la intencion de Naus no era burlarse de los religiosos. Si acaso, podria reprocharsele una culpable inconsciencia, una ausencia de tacto, una onza de mal gusto. Su verdadera culpa, puesto que servia de caballo de Troya del zar, fue no haber comprendido que debia dejar que lo olvidaran por un tiempo. Aglomeraciones rabiosas en torno a la fotografia difundida, algunos incidentes y el bazar cerro sus puertas. Al principio se reclamo la dimision de Naus, luego la de todo el gobierno. Se repartieron octavillas que pedian que se instituyera un Parlamento como en Rusia. Desde hacia anos existian sociedades secretas que actuaban en el seno de la poblacion valiendose de Yamaleddin, a veces incluso de Mirza Reza, erigido por las circunstancias en el simbolo de la lucha contra el absolutismo. Los cosacos cercaron los barrios del centro. Ciertos rumores, propagados por las autoridades, anunciaban que iba a caer sobre los que protestaban una represion sin precedentes, que el bazar seria abierto por la fuerza armada y abandonado al saqueo de la tropa, una amenaza que aterraba a los comerciantes desde hacia milenios. Por eso, el 19 de julio de 1906, una delegacion de comerciantes y cambistas del bazar acudio ante el encargado de negocios britanico para una pregunta de urgencia: si unas personas en peligro de ser detenidas venian a refugiarse a la Legacion ?serian protegidas? La respuesta fue positiva. Los visitantes se retiraron con palabras de agradecimiento y dignas zalemas. Aquella misma noche, mi amigo Fazel se presentaba en la Legacion con un grupo de amigos y se le recibio con solicitud. Aunque apenas tenia treinta anos, era ya, como heredero de su padre, uno de los comerciantes mas ricos del bazar. Pero su amplia cultura elevaba aun mas su rango y su influencia era grande entre sus iguales. A un hombre de su condicion, los diplomaticos britanicos solo podian proponer una de las habitaciones reservadas a los invitados relevantes. Sin embargo, el declino el ofrecimiento y, pretextando el calor, expreso su deseo de instalarse en los grandes jardines de la Legacion. Con este fin, dijo, habia traido una tienda, una pequena alfombra y algunos libros. Con el entrecejo fruncido y los labios apretados, sus anfitriones observaron el desembalaje. Al dia siguiente, otros treinta comerciantes se acogieron de la misma manera al derecho de asilo. Tres dias despues, el 23 de julio, habia ochocientos sesenta. El 26 ya eran cinco mil y doce mil el 1 de agosto. Insolito espectaculo, esa ciudad persa plantada en un jardin ingles. Tiendas por todas partes, agrupadas por corporaciones. La vida se organizo rapidamente, se instalo una cocina detras del pabellon de los guardas y unos enormes calderos circulaban entre los diferentes «barrios». Cada servicio duraba tres horas. Ningun desorden y poco ruido. Se buscaba refugio, se buscaba «bast», como dicen los persas; dicho de otro modo, se practicaba una resistencia estrictamente pasiva al amparo de un santuario. Habia varios en la region de Teheran: el mausoleo de Shah-Abdol-Azirn, las cuadras reales y el «bast» mas pequeno de todos, el canon sobre ruedas de la plaza Topjane; si un fugitivo se agarra a el, las fuerzas del orden no tienen derecho a tocarlo. Pero la experiencia de Yamaleddin habia demostrado que el poder no toleraba por mucho tiempo esa forma de protesta. La unica inmunidad que reconocia era la de las legaciones extranjeras. A la de los ingleses, cada refugiado habia llevado su _kalyan_ y sus suenos. De una tienda a otra, un oceano de diferencia. En torno a Fazel, la elite modernista; no eran un punado, sino cientos, jovenes o viejos, organizados en _anyuman_ , sociedades mas o menos secretas. Sus conversaciones recaian sin cesar sobre Japon, Rusia y, sobre todo, Francia, cuya lengua hablaban y cuyos libros y periodicos leian asiduamente, la Francia de Sain-Simon, de Robespierre, de Rousseau y de Waldeck-Rousseau. Fazel habia recortado cuidadosamente el texto de la ley sobre la separacion de la Iglesia y el Estado, votada un ano antes en Paris; lo habia traducido y distribuido entre sus amigos y lo comentaban con entusiasmo, pero en voz baja, ya que no lejos de su circulo se reunia una asamblea de _mollahs_ . El clero estaba dividido. Una parte rechazaba todo lo que venia de Europa, incluso la idea de democracia, de parlamento y de modernidad. «?Para que necesitamos una Constitucion», decian, «si tenemos el Coran?» A lo que los modernistas respondian que el Libro habia encomendado a los hombres que se gobernaran democraticamente, puesto que estaba dicho: «Que vuestros asuntos se resuelvan por acuerdo entre vosotros.» Sagazmente, anadian que si a la muerte del Profeta los musulmanes hubieran tenido una Constitucion que organizara las instituciones de su naciente Estado, no habrian conocido las sangrientas luchas de sucesion que condujeron a la eviccion del iman Ali. Sin embargo, por encima del debate doctrinal, la mayoria de los _mollahs_ aceptaba la idea de la Constitucion para poner fin a la arbitrariedad real. Llegados a cientos para buscar «bast», se complacian en comparar su acto con la emigracion del Profeta hacia Medina, y los sufrimientos del pueblo con los de Hussein, hijo del iman Ali, cuya pasion es el mas parecido equivalente musulman de la pasion de Cristo. En los jardines de la Legacion, los planideros profesionales, los _roze-jwan, _ contaban a su auditorio los sufrimientos de Hussein. Todo el mundo lloraba, se flagelaba y se lamentaba sin moderacion, por Hussein, por si mismo y por Persia, perdida en un mundo hostil, precipitada, siglo tras siglo a una decadencia sin fondo. Los amigos de Fazel permanecian alejados de e manifestaciones. Yamaleddin les habia ensenado a de confiar de los _roze-jwan_ y solo los escuchaban con una condescendencia inquieta. Me sorprendio una fria reflexion de Xirin en una de sus cartas: «Persia esta enferma», escribia, «y a su cabecera hay varios medicos, modernos y tradicionales y cada uno de ellos propone sus remedios. El futuro sera de aquel que consiga la curacion. Si esta revolucion triunfa, los mollahs deberan transformarse en democratas; si fracasa, los democratas deberan transformarse en mollahs.» Por el momento se encontraban todos en la misma trinchera y en el mismo jardin. El 7 de agosto habia en la Legacion dieciseis mil _bastis_ , las calles de la ciudad estaban desiertas y todo comerciante de importancia habia «emigrado». El shah no tuvo mas opcion que ceder. El 15 de agosto, menos de un mes despues del principio del _bast_ , anuncio que se organizarian elecciones para elegir, por sufragio directo en Teheran e indirecto en las provincias, una Asamblea Nacional consultiva. El primer Parlamento de la historia de Persia se reunio el 7 de octubre. Para pronunciar el discurso del Trono, el shah tuvo el acierto de enviar a un miembro de la oposicion de los primeros tiempos, el principe Malkom Kan, un armenio de Ispahan, companero de Yamaleddin, el mismo que lo habia alojado durante su ultima estancia en Londres. Un soberbio anciano de aspecto britanico, que toda su vida habia sonado con encontrarse de pie en el Parlamento leyendo a los representantes del pueblo el discurso de un soberano constitucional. Que aquellos que quieran inclinarse con mas atencion sobre esta pagina de la historia no busquen a Malkom Kan en los documentos de la epoca. Hoy, como en los tiempos de Jayyam, Persia no conoce a sus dirigentes por sus nombres, sino por sus titulos: «Sol de la Realeza», «Pilar de la religion», «Sombra del Sultan». Al hombre que tuvo el honor de inaugurar la era de la democracia, le fue atribuido el titulo mas prestigioso de todos: Nizam el-Molk. ?Desconcertante Persia, tan inmutable en sus convulsiones, tan ella misma a traves de tantas metamorfosis! XXXV E ra un privilegio asistir al despertar de Oriente; fue un momento de intensa emocion, de entusiasmo y deuda. ?Que radiantes o monstruosas ideas habrian podido germinar en su cerebro dormido? ?Que haria al levantarse? ?Se abalanzaria, ciego, sobre aquellos que lo habian zarandeado? Yo recibia cartas de lectores que me interrogaban con angustia pidiendome que fuera adivino. Aun recordaban la rebelion de los boxers chinos en Pekin en 1900, la captura de los diplomaticos extranjeros para utilizarlos como rehenes, las dificultades del cuerpo expedicionario que se enfrento a la vieja emperatriz, temible Hija del Cielo, y tenian miedo de Asia. ?Seria Persia diferente? Yo respondi categoricamente «si», confiando en la naciente democracia. En efecto, acababa de promulgarse una Constitucion, asi como una Carta de los Derechos del Ciudadano. Todos los dias se creaban nuevos clubes y tambien periodicos. Noventa diarios y semanarios en algunos meses. Se titulaban _Civilizacion, Igualdad, Libertad_ o mas pomposamente _Trompetas de la Resurreccion_ . La prensa britanica o los periodicos rusos de la oposicion los citaban con frecuencia, el _Riech_ liberal y _Sovremenny Mir_ , cercano a los social-democratas, Un periodico satirico de Teheran obtuvo desde su primer numero un exito fulminante; los trazos de sus dibujantes tenian como blanco preferido a los cortesanos deshonestos, a los agentes del zar y mas que nada a los falsos devotos. Xirin se mostraba exultante: «El viernes pasado», seguia escribiendo, «algunos jovenes mollahs intentaron provocar un alboroto en el bazar. Calificaban a la Constitucion de innovacion heretica y querian incitar a la gente a manifestarse ante el Baharistan, sede del Parlamento. Sin exito. Por mas que se desganitaban, los ciudadanos permanecian indiferentes. De vez en cuando un hombre se detenia, escuchaba un retazo de arenga y luego se alejaba encogiendose de hombros. Al fin llegaron tres ulemas, entre los mas venerados de la ciudad, que, sin miramientos, invitaron a los predicadores a volver a sus casas por el camino mas corto y sin levantar los ojos por encima de sus rodillas. Apenas me atrevo a creerlo, el fanatismo ha muerto en Persia». Utilice esta ultima frase como titulo de mi mejor articulo. La princesa me habia contagiado de tal modo su entusiasmo que mi texto fue un verdadero acto de fe. El director de la «Gazette» me recomendo ponderacion pero, a juzgar por el numero de cartas que recibi, los lectores aprobaron mi vehemencia. Una de ellas estaba firmada por un tal Howard C.Baskerville, estudiante de la Universidad de Princeton Nueva Jersey. Acababa de obtener su diploma de _Bachelor of Arts_ y deseaba ir a Persia para observar de cerca los acontecimientos que yo describia. Una de sus frases impresiono: «Tengo la profunda conviccion, en este comienzo de siglo, de que si Oriente no consigue despertarse, pronto Occidente no podra dormir mas.» En mi respuesta le animaba a hacer ese viaje, prometiendo proporcionarle, cuando estuviera decidido a ello, los nombres de algunos amigos que podrian ayudarle. Algunas semanas mas tarde, Baskerville vino hasta Annapolis para anunciarme de viva voz que habia obtenido un puesto de maestro en la Memorial Boys’ School de Tabriz, dirigida por la Mision presbiteriana americana; ensenaria a los jovenes persas el ingles y las ciencias. Se marchaba enseguida y solicitaba consejos y recomendaciones. Le felicite calurosamente y, sin refleMonar demasiado, le prometi pasar a verlo si volvia a Persia. No pensaba ir tan pronto. No eran deseos lo que me faltaba, pero dudaba aun de hacer ese viaje a causa de las falaces acusaciones que pesaban sobre mi. ?No era el presunto complice en el asesinato de un rey? A pesar de los vertiginosos cambios sobrevenidos en Teheran, temia que, en virtud de alguna orden polvorienta, me detuvieran en la frontera sin que pudiera alertar a mis amigos o a mi Legacion. Sin embargo, la partida de Baskerville me incito a efectuar algunas gestiones para regularizar mi situacion. Habia prometido a Xirin no escribirle nunca y, como no queria arriesgarme a ver interrumpida su correspondencia, me dirigi a Fazel, cuya influencia, lo sabia, se afirmaba cada dia mas. En la Asamblea Nacional, donde se tomaban las grandes decisiones, era el mas escuchado de los diputados. Su respuesta me llego tres meses mas tarde, amistosa, calida y sobre todo acompanada de un papel oficial, que llevaba el sello del Ministerio de justicia, precisando que estaba exculpado de toda sospecha de complicidad en el asesinato del antiguo shah; en consecuencia estaba autorizado a circular libremente por todas las Provincias de Persia. Sin esperar mas, me embarque para Marsella y de alli para Salonica, Constantinopla y luego Trebisonda, antes de rodear, montado en una mula, el monte Ararat hasta Tabriz. Llegue un caluroso dia de junio. Apenas tuve tiempo para instalarme en el caravasar del barrio armenio cuando ya el sol estaba a ras de los tejados. Sin embargo, tenia interes por ver a Baskerville lo antes posible y con esa intencion acudi a la Mision presbiteriana, un edificio bajo pero extendido, recien pintado de blanco resplandeciente en un bosque de albaricoqueros. Dos humildes cruces sobre la verja, y en el tejado, encima de la puerta de entrada, una bandera estrellada. Un jardinero persa vino a mi encuentro para conducirme al despacho del pastor, un individuo corpulento, barbudo y pelirrojo con aspecto de hombre de mar, que me dio un apreton de manos firme y hospitalario. Antes incluso de invitarme a tomar asiento, me propuso albergarme lo que durara mi estancia. – Tenernos siempre una habitacion preparada para los compatriotas que nos dan la sorpresa de su visita y rato nos honran con ella. No le estoy dando un trato especial, solo sigo la costumbre establecida desde la fundacion de esta Mision. Me excuse lamentandolo sinceramente. – Ya he dejado mi maleta en el caravasar y tengo pensado proseguir mi camino hacia Teheran pasado manana. – Tabriz se merece mas que una visita precipitada, ?Como puede usted venir hasta aqui y no perderse dia o dos por los dedalos del mayor bazar de Oriente, no contemplar las ruinas de la mezquita Azul mencionada en _Las mil y una noches_ ? En nuestros dias, los viajeros tienen demasiada prisa, prisa por llegar, por llegar a toda costa, pero no se llega solamente al final del camino. En cada etapa se llega a alguna parte, a cada paso se puede descubrir una cara oculta de nuestro planeta, basta con mirar, con desear, con creer, con amar. Parecia sinceramente desolado al verme tan mal viajero. Me senti obligado a justificarme. – El caso es que tengo un trabajo urgente en Teheran. He dado un rodeo por Tabriz solo para ver a un amigo que ensena aqui, Howard Baskerville. La sola mencion de ese nombre enrarecio la atmosfera. Puso fin a la jovialidad, a la animacion y al reproche paternal y solo quedo una mirada confusa que juzgue, incluso, huidiza. Un pesado silencio y luego: – ?Es usted amigo de Howard? – En cierto sentido, soy responsable de su venida a Persia. – ?Gran responsabilidad! En vano busque en sus labios una sonrisa. Subitamente me parecio abrumado y envejecido, con los hombros caidos y una mirada que se volvio casi suplicante, – Dirijo esta Mision desde hace quince anos, nuestra escuela es la mejor de la ciudad y me atrevo a creer que nuestra obra es util y cristiana. Aquellos que toman parte en nuestras actividades tienen empeno en el progreso de esta region, si no, creame, nada les obligaria a venir desde tan lejos para enfrentarse con un medio a menudo hostil. No tenia ninguna razon para dudar de ello, pero la vehemencia que el hombre ponia en defenderse me molestaba. Solo estaba en su despacho desde hacia algunos minutos, no le habia acusado de nada, no le habia pedido nada. Me contente, pues, con asentir cortesmente con la cabeza. El prosiguio: – Cuando un misionero da muestras de indiferencia frente a las desgracias que abruman a los persas, cuando un maestro no siente ninguna alegria ante los progresos de sus alumnos, le aconsejo encarecidamente que regrese a los Estados Unidos. Puede suceder que el entusiasmo decaiga, sobre todo entre los mas jovenes. ?Hay algo mas humano? Terminado este preambulo, el reverendo callo. Sus gruesos dedos agarraban nerviosos su pipa. Parecia tener dificultad en encontrar las palabras. Crei mi deber facilitarle la tarea. Y adoptando un tono de lo mas indiferente, dije: – ?Quiere decir que Howard se ha desanimado despues de algunos meses, que su pasion por Oriente se ha revelado pasajera? Se sobresalto. – ?Dios mio, no, no Baskerville! Trataba de explicarle lo que sucede a veces con algunos de nuestros neofitos. Con su amigo ha sucedido a la inversa y estoy mucho mas preocupado. En cierto sentido es el mejor maestro que jamas hayamos contratado, sus alumnos hacen progresos prodigiosos, para sus padres no hay otro igual y la Mision nunca ha recibido tanto regalos, corderos, gallos, dulces, todo en honor de Baskerville. El drama con respecto a el es que se niega a comportarse como un extranjero. Si se divirtiera vistiendose a la manera de la gente de aqui, alimentandose de polow y saludandome en el dialecto del pais, me habria contentado con sonreir. Pero Baskerville no es hombre que se detenga en las apariencias. Se ha lanzado desenfrenadamente a la lucha politica en clase, elogia a la Constitucion, anima a sus alumnos a criticar a los rusos, a los ingleses, al shah y a los _mollahs_ retrogrados. Sospecho, incluso, que es lo que aqui se llama un «hijo de Adan», es decir, un miembro de las sociedades secretas. Suspiro. – Ayer por la manana tuvo lugar una manifestacion ante nuestra verja, dirigida por dos de los mas eminentes jefes religiosos, para exigir la partida de Baskerville o, en lugar de ello, el cierre puro y simple de la Mision. Tres horas mas tarde, otra manifestacion se desarrollaba en el mismo lugar para aclamar a Howard y exigir que se le mantuviera en su puesto. Comprendera que si se prolonga semejante conflicto no podremos permanecer en esta ciudad por mucho tiempo. – Supongo que ya ha hablado usted de ello con Howard. – Cien veces y en todos los tonos. Invariablemente responde que el despertar de Oriente es mas importante que la suerte de la Mision, que si la revolucion constitucional fracasara nos obligarian de todas maneras a partir. Por supuesto, siempre puedo poner fin a su contrato, pero ese acto solo suscitara incomprension y hostilidad por parte de los que, entre la poblacion, nos han apoyado siempre. La unica solucion seria que Baskerville aplacara sus fervores. ?Quiza pueda usted hacerle entrar en razon? Sin comprometerme formalmente a semejante empresa, pedi ver a Howard. Un fulgor de triunfo ilumino subitamente la barba pelirroja del reverendo, que se levanto de un salto. – Sigame -dijo-, voy a mostrarle a Baskerville, creo saber donde esta. Contemplelo en silencio, comprendera mis razones y compartira mi desasosiego. Libro cuarto. UN POETA EN EL MAR _El Cielo es el jugador y nosotros solo los peones. _ _Es la realidad y no una figura retorica. _ _En el ajedrez del mundo nos coloca y descoloca. _ _Luego, subitamente, nos lanza al pozo de la nada._ Omar Jayyam XXXVI E n el crepusculo ocre de un jardin rodeado de tapias, una multitud quejumbrosa. ?Como reconocer a Baskerville? ?Todos los rostros son tan morenos! Me apoyo contra un arbol para esperar y observar. En el umbral de una cabana iluminada, un teatro improvisado. El _roze-jwan_ narrador y planidero provoca las lagrimas de los fieles, y sus aullidos, y su sangre. Un hombre sale de la sombra, voluntario del dolor. Pies descalzos, torso desnudo, dos cadenas enrolladas a sus manos; las lanza al aire, las deja caer por encima de sus hombros, sobre su espalda; los hierros son lisos, la piel se magulla, se machaca, pero resiste, hacen falta treinta, cincuenta golpes para que aparezca la primera sangre, salpicadura negra que se extiende en chorros fascinantes. Teatro de sufrimiento, juego milenario de la pasion. La flagelacion se hace mas vigorosa, acompanada de un soplido ruidoso al que la gente hace eco, los golpes se repiten, el narrador alza la voz para ahogar su martilleo. Surge entonces un actor, amenaza a la asistencia con su sable, con sus muecas provoca las imprecaciones. Luego, algunas andanadas de piedras. No permanece en escena mucho tiempo; pronto aparece su victima. La multitud lanza un aullido. Yo mismo no puedo reprimir un grito. Porque un hombre rueda por tierra, decapitado. Me vuelvo horrorizado hacia el reverendo, que me tranquiliza con una fria sonrisa y susurra: – Es un viejo truco. Traen a un nino o a un hombre de pequena estatura, le sujetan sobre la cabeza la cabeza cortada de un cordero, colocada de forma que el cuello sanguinolento este hacia arriba y tapan todo con una sabana blanca agujereada en el sitio conveniente. Como puede ver, el efecto es sobrecogedor. Aspira una bocanada de su pipa. El decapitado brinca y da vueltas por el escenario durante un rato, antes de ceder el sitio a un extrano personaje anegado en llanto. ?Baskerville! De nuevo pregunto al reverendo con la mirada, pero el se limita a levantar las cejas enigmaticamente. Lo mas extraordinario es que Howard va vestido como un americano; lleva incluso una chistera, que a, pesar de la tragedia ambiente resulta de una comicidad irresistible. Sin embargo, la gente grita y se lamenta y, que yo vea, no hay en ningun rostro la menor sombra de regocijo. Salvo quiza en el del pastor, que al fin se digna aclararme: – En estas ceremonias funebres hay siempre un personaje europeo y curiosamente forma parte de los «buenos». La tradicion quiere que un embajador franco en la corte omeya se conmueva con la muerte de Hussein, martir supremo de los chiies, y que manifieste tan escandalosamente su reprobacion del crimen que el mismo sea a su vez asesinado. Por supuesto, no tienen siempre a mano a un europeo para hacerle subir al escenario y entonces ponen a un turco o a un persa de tez clara. Pero desde que Baskerville esta en Tabriz, recurren a el constantemente para ese papel. Lo interpreta de maravilla ?y llora de verdad!. En ese instante vuelve el hombre del sable y da vueltas en tono a Baskerville armando mucho jaleo. Este ultimo se queda inmovil, se quita el sombrero de un papirotazo dejando al descubierto sus cabellos rubios cuidadosamente peinados con una raya a la izquierda y luego, con una lentitud de automata, cae de rodillas y se tira al suelo. Un destello ilumina su rostro de nino imberbe y sus pomulos brillantes de lagrimas y una mano cercana lanza sobre su traje negro un punado de petalos. Ya no oigo a la gente, tengo los ojos clavados en mi amigo y espero con angustia a que se levante. La ceremonia me parece interminable. Me urge recuperarlo. Una hora despues nos encontramos en la Mision alrededor de una sopa de granadas. El pastor nos dejo solos. Un silencio incomodo nos hacia compania. Baskerville tenia aun los ojos rojos. – Reconstruyo lentamente mi alma de occidental -se excuso con una sonrisa rota. – Tomatelo con calma. El siglo no ha hecho mas que empezar, Carraspeo, se llevo a los labios el tazon caliente y se perdio de nuevo en una silenciosa contemplacion. Luego, dijo penosamente. – Cuando llegue a este pais no conseguia comprender que unos hombretones barbudos sollozaran y se afligieran por un crimen cometido hace mil doscientos anos. Ahora he comprendido. Si los persas viven en el pasado, es porque el pasado es su patria, porque el presente es para ellos una region extranjera donde nada les pertenece. Todo lo que para nosotros es simbolo de vida moderna, la expansion liberadora del hombre, es para ellos simbolo de dominacion extranjera: las carreteras son Rusia, el tren, el telegrafo, la banca, son Inglaterra; Correos es Austria-Hungria… – …Y la ensenanza de las ciencias es el senor Baskerville de la Mision presbiteriana americana. – Justamente. ?Que eleccion tiene la gente de Tabriz? Dejar a sus hijos en la escuela tradicional, donde balbucearan durante diez anos las mismas frases informes que sus antepasados balbuceaban ya en el siglo XII; o bien enviarlos a mi clase donde obtendrian una ensenanza equivalente a la de los pequenos americanos, pero a la sombra de una cruz y de una bandera estrellada. Mis alumnos seran los mejores, los mas capaces, los mas utiles a su pais, pero ?como impedir que los otros los miren como a renegados? Desde la primera semana de mi estancia me formule esta pregunta y fue en el transcurso de una ceremonia como la que acabas de presenciar cuando encontre la solucion. Me habia mezclado con el gentio, en torno a mi estallaban los gemidos. Observando esas caras desconsoladas, descompuestas, mirando esos ojos espantados, extraviados y suplicantes. Y se me revelo toda la miseria de Persia, almas envueltas en harapos y acosadas por duelos infinitos. Y sin que me diera cuenta, mis lagrimas comenzaron a brotar. Los asistentes se dieron cuenta, me miraron, se conmovieron, me empujaron al escenario y me hicieron representar el papel del embajador franco. Al dia siguiente, los padres de mis alumnos vinieron a mi casa; estaban contentos de poder responder, de ahi en adelante, a aquellos que les reprochaban que enviaran a sus hijos la Mision presbiteriana: «Yo he confiado mi hijo al maestro que ha llorado por el iman Hussein.» Algunos jefes religiosos estaban irritados, su hostilidad hacia mi se explica por mi exito. Prefieren que los extranjeros se parezcan a extranjeros. Yo comprendi mejor su comportamiento, pero mi escepticismo no se habia desvanecido. – ?Entonces, para ti, la solucion de los problemas de Persia es unirse a la cohorte de planideros! – Yo no he dicho eso. Llorar no es un remedio. Ni una habilidad. Es solo un gesto puro, ingenuo, compasivo. Nadie debe forzarse a derramar lagrimas: lo unico importante es no despreciar la tragedia de los demas. Cuando me vieron llorar, cuando me vieron desprenderme de mi soberana indiferencia de extranjero, vinieron a decirme en tono confidencial que llorar no sirve de nada, que Persia no necesita mas planideros y que lo mejor que podia hacer era prodigar a los hijos de Tabriz la ensenanza adecuada. – Sabias palabras. Yo iba a decirte lo mismo. – Solo que si no hubiera llorado, ni siquiera habrian venido a hablarme. Si no me hubieran visto llorar, no me habrian dejado decir a los alumnos que este shah esta corrompido y que los jefes religiosos de Tabriz apenas son mejores. – ?Has dicho eso en clase! – Si, he dicho eso; yo, el joven americano sin barba, el maestrillo de la escuela de la Mision presbiteriana, he fustigado a la corona y a los turbantes, y mis alumnos me han dado la razon y sus padres tambien. ?Solo el reverendo estaba indignado! Viendome perplejo, insistio: – Tambien he hablado de Jayyam a los muchachos. Les dije que millones de americanos y de europeos habian elegido sus _Ruba'iyyat_ como libro de cabecera. Les hice aprenderse de memoria los versos de Fitzgerald. Al dia siguiente, un abuelo vino a verme emocionado aun por lo que su nieto le habia contado. Me dijo: «?Nosotros tambien respetamos mucho a los poetas americanos!» Por supuesto, habria sido incapaz de nombrarme uno solo, pero ?que importa! era para el una forma de expresar orgullo y agradecimiento. Desgraciadamente, todos los padres no han reaccionado asi y uno de ellos vino a quejarse. En presencia del pastor me lanzo: «Jayyam era un borracho y un impio!» Yo le respondi: «?Al decir esto no esta insultando a Jayyam, sino haciendo un elogio de la embriaguez y de la impiedad!» El reverendo por poco se atraganta. Howard se reia como un nino. Era incorregible pero desarmaba. – ?Asi que reivindicas alegremente todo aquello de lo que se te acusa! ?No seras ademas un «hijo de Adan»? – ?Tambien te ha dicho eso el reverendo? Tengo la impresion de que habeis hablado mucho de mi. – No teniamos ningun otro conocido comun. – No voy a ocultarte nada; tengo la conciencia tan pura como el aliento de un recien nacido. Hace dos meses aproximadamente un hombre vino a verme. Era un gigante bigotudo, pero timido. Me pregunto si podia dar una conferencia en la sede del «anyuman», el club del que era miembro. ?Sobre que tema? No lo adivinarias jamas. ?Sobre la teoria de Darwin! En la atmosfera de efervescencia politica que reina en este pais encontre el asunto divertido y conmovedor, y acepte. Reuni todo lo que pude encontrar sobre el sabio, expuse las tesis de sus detractores y creo que mi actuacion fue aburrida, pero la sala estaba llena y se me escucho religiosamente. Desde entonces, he ido a otras reuniones dedicadas a los temas mas diversos. Hay en esas personas una inmensa sed de saber. Son tambien los partidarios mas acerrimos de la Constitucion. Suelo pasarme por su sede para enterarme de las ultimas noticias de Teheran. Deberias conocerlos. Suenan con el mismo mundo que tu y que yo. XXXVII A l anochecer, en el bazar de Tabriz, pocos tenderetes siguen abiertos, pero las calles estan animadas: los hombres hacen tertulia en los cruces de las calles, corros de sillas de rejilla, corros de _kalyan_ cuyo humo expulsa poco a poco los mil olores del dia. Ajuste mi paso al de Howard. Torcia de una callejuela a otra sin una mirada de duda; de vez en cuando se detenia para saludar al padre de un alumno, por todas partes los chiquillos interrumpian sus juegos y se apartaban a su paso. Al fin llegamos ante un porton devorado por la herrumbre. Mi companero lo empujo y atravesamos un jardincillo cubierto de maleza, hasta una casa de tierra cuya puerta, despues de siete golpes secos, se abrio chirriante ante una espaciosa habitacion iluminada por una hilera de faroles colgados del techo, que se balanceaban sin cesar a merced de una corriente de aire. Las personas presentes debian de estar acostumbradas, pero yo tuve de pronto la impresion de haberme subido a bordo de una endeble barquichuela. No lograba fijar la mirada en ningun punto de rostro alguno y sentia la necesidad apremiante de tumbarme y cerrar los ojos unos instantes. Pero el recibimiento se eternizaba. En la reunion de los «hijos de Adan», Baskerville no era un desconocido; su llegada provoco revuelo, y, por haberle acompanado, tuve derecho a fraternales abrazos, debidamente repetidos cuando Howard revelo que yo era la causa de su venida a Persia. Cuando crei que habia llegado el momento de sentarme y apoyarme, al fin, contra la pared, un hombre alto se levanto al fondo de la habitacion. Una larga capa blanca que le caia desde los hombros le designaba, sin lugar a error, como el personaje eminente de la asamblea. Dio un paso hacia mi: – ?Benjamin! Me levante, di dos pasos, me frote los ojos. ?Fazel! Caimos en brazos uno del otro con una palabrota de sorpresa. Para explicar esta efusion, poco conforme con su temperamento, lanzo dirigiendose a sus camaradas: – El senor Lesage era amigo de Sayyid Yamaleddin. Al instante deje de ser un visitante notable para convertirme en monumento historico o santa reliquia; ya solo se me acercaban con una veneracion embarazosa. Presente a Howard a Fazel pues solo se conocian de nombre; este ultimo no habia venido desde hacia mas de un ano, a pesar de que Tabriz era su ciudad natal. Por otra parte, su presencia esa noche entre esas paredes mugrientas, bajo esas luces bamboleantes, tenia algo de insolita y de inquietante. ?No era uno de los guias de los parlamentarios democratas, un pilar de la revolucion constitucional? ?Era el momento adecuado de alejarse de la capital? Estas fueron las preguntas que le hice. Parecio incomodo. Sin embargo, yo habia hablado en frances y en voz baja. Miro furtivamente a sus vecinos y luego, por toda respuesta, me dijo: – ?Donde te alojas? – En el caravasar del barrio armenio. – Ire a verte esta noche. Hacia la medianoche nos reunimos seis personas en mi habitacion. Baskerville y yo, Fazel y tres de sus companeros, que me presento unica y apresuradamente, secreto obliga, por sus nombres, omitiendo el apellido. – En la sede del _anyuman_ me preguntaste por que estaba aqui y no en Teheran. Pues bien, porque la capital esta ya perdida para la Constitucion. No podia anunciarlo en estos terminos a treinta personas. Habria provocado el panico. Pero es la verdad. Estabamos todos demasiado consternados para reaccionar. Fazel explico: – Hace dos semanas vino a verme un periodista de San Petersburgo, corresponsal del _Ryech_ . Se llama Panoff, pero firma con el seudonimo «Tane». Yo habia oido hablar de el. Sus articulos se citaban a veces en la prensa de Londres. – Es una social-democrata -prosiguio Fazel-, un enemigo del zarismo. Pero al llegar a Teheran, hace unos meses, consiguio ocultar sus convicciones, se las arreglo para tener acceso a la Legacion rusa y, no se por que casualidad, por que estratagema, pudo apoderarse de unos documentos comprometedores: un proyecto de golpe de Estado que ejecutarian los cosacos para imponer de nuevo la monarquia absoluta. Todo estaba ahi escrito con pelos y senales. Soltarian a la chusma en el bazar para socavar la confianza de los comerciantes en el nuevo regimen; algunos jefes religiosos debian dirigir suplicas al shah para pedirle que aboliera la Constitucion, supuestamente contraria al Islam. Por supuesto, Panoff se arriesgaba trayendome estos documentos. Yo se lo agradeci e inmediatamente pedi una reunion extraordinaria del Parlamento. Despues de exponer los hechos con todo detalle, exigi la destitucion del monarca, su sustitucion por uno de sus jovenes hijos, la disolucion de la brigada de los cosacos y el arresto de los religiosos involucrados. Varios oradores se sucedieron en la tribuna para expresar su indignacion y apoyar mis propuestas. De pronto un ujier vino a informarnos que los ministros plenipotenciarios de Rusia e Inglaterra se encontraban en el edificio y tenian una nota urgente que transmitirnos. La sesion se suspendio y el Presidente del Majlis y el Primer Ministro salieron; volvieron palidos como cadaveres. Los diplomaticos habian venido a advertirles que si el shah era destituido, las dos potencias se verian en la lamentable obligacion de intervenir militarmente. ?No solamente se disponian a estrangularnos, sino que incluso nos prohibian defendernos! – ?Por que ese ensanamiento? -interrogo Baskerville, aterrado. – El zar no quiere una democracia en sus fronteras, la palabra Parlamento le hace temblar de rabia. – ?Pero ese no es el caso de los britanicos! – No, ?pero si los persas lograran gobernarse como adultos, esto podria dar ideas a los indios! Inglaterra no tendria otro remedio que hacer sus maletas. Y luego esta el petroleo. En 1901, un subdito britanico, Mr. Knox d'Arcy, obtuvo, por la suma de veinte mil libras esterlinas, el derecho a explotar el petroleo en todo el Imperio persa. Hasta ahora la produccion ha sido insignificante, pero hace algunas semanas se descubrieron inmensos yacimientos en la region de las tribus bajtiaris. Sin duda habeis oido hablar de ello. Esto puede representar una importante fuente de ingresos para el pais. Por lo tanto pedi al Parlamento que revisara el acuerdo con Londres con el fin de obtener unas condiciones mas equitativas; la mayoria de los diputados estuvieron de acuerdo. Desde entonces, el ministro de Inglaterra no me ha vuelto a invitar a su casa. – Sin embargo, fue en los jardines de su Legacion donde tuvo lugar el _bast_ -dije pensativo. – En esa epoca los ingleses estimaban que la influencia rusa era demasiado fuerte y que no les dejaba del pastel persa mas que la «porcion congrua»; por lo tanto, nos habian animado a protestar y nos abrieron sus jardines; se dice incluso que fueron ellos los que hicieron publicar la fotografia que comprometia a Naus. Cuando nuestro movimiento triunfo, Londres pudo obtener del zar un acuerdo de reparticion: el norte de Persia seria zona de influencia rusa, el sur seria coto vedado de Inglaterra. En cuanto los britanicos tuvieron lo que deseaban, nuestra democracia dejo subitamente de interesarles; como el zar, solo veian ya en ella inconvenientes y preferian que desapareciera. – ?Con que derecho? -exploto Baskerville. Fazel le dirigio una sonrisa paternal antes de reanudar su relato. – Despues de la visita de los dos diplomaticos, los diputados se desanimaron. Incapaces de hacer frente a la vez a tantos enemigos, no encontraron nada mejor que hacer que atacar a ese pobre Panoff. Varios oradores lo acusaron de ser un falsario y un anarquista, cuyo unico objetivo seria provocar una guerra entre Persia y Rusia. El periodista habia venido conmigo al Parlamento y yo lo habia dejado en un despacho cerca de la puerta de la gran sala para que pudiera aportar su testimonio si se revelaba necesario. Pero entonces los diputados pidieron que fuera detenido y entregado a la Legacion del zar. Y se presento una mocion en ese sentido. ?Ese hombre, que nos habia ayudado contra su propio gobierno, iba a ser entregado a los verdugos! Yo, por lo general tan sereno, no pude controlarme, me subi a una silla y grite como un demente: «?Juro por la tierra que cubre a mi padre, que si se detiene a ese hombre hare un llamamiento a los “hijos de Adan” y ahogare en sangre este Parlamento! ?Ninguno de aquellos que voten esta mocion saldra vivo de aqui!» Habrian podido quitarme la inmunidad y detenerme, pero no se atrevieron. Suspendieron la sesion hasta el dia siguiente. Esa misma noche me fui de la capital para venir a mi ciudad natal, adonde he llegado hoy. Panoff me ha acompanado. Esta escondido en alguna parte de Tabriz esperando para irse al extranjero. Nuestra conversacion se prolongo. Pronto nos sorprendio el alba; las primeras llamadas a la oracion resonaron y la luz se fue haciendo mas intensa. Discutiamos, trazabamos mil futuros sombrios y discutiamos de nuevo, demasiado agotados para detenernos. Baskerville se estiro, se interrumpio en pleno vuelo, miro su reloj y se levanto como un sonambulo, rascandose afanosamente la nuca. – ?Las seis ya! ?Dios mio, una noche en blanco! ?Con que cara me voy a enfrentar a mis alumnos! ?Y que dira el reverendo al verme volver a estas horas! – ?Siempre podras decir que estabas con una mujer! Pero Howard no estaba ya de humor para sonreir. No quiero decir que fue una coincidencia, puesto que el azar no desempena un gran papel en el asunto, pero me creo en la obligacion de senalar que en el mismo momento en que Fazel terminaba de describirnos lo que, a juzgar por los documentos birlados por Panoff, se tramaba contra la joven democracia persa, la ejecucion de un golpe de Estado habia comenzado. En efecto, segun me entere despues, fue hacia las cuatro de la madrugada de ese miercoles 23 de junio de 1908 cuando un contingente de mil cosacos, mandados por el coronel Liakhov, avanzo hacia el Baharistan, sede del Parlamento, en el corazon de Teheran. El edificio fue cercado y sus salidas controladas. Al ver los movimientos de tropas, unos miembros de un _anyuman_ local corrieron a un colegio cercano, donde habian instalado el telefono recientemente, para llamar a algunos diputados y ciertos religiosos democratas, como el ayatollah Belibahani y el ayatollah Tabatabay, que acudieron al lugar de los hechos antes del alba con el fin de atestiguar con su presencia su adhesion a la Constitucion. Sorprendentemente, los cosacos los dejaron pasar. Sus ordenes eran prohibir la salida, no la entrada. El numero de rebeldes no cesaba de aumentar. Al amanecer eran varios cientos, entre ellos. Numerosos «hijos de Adan». Tenian carabinas pero pocas municiones; unos sesenta cartuchos cada uno. Nada que permitiera sostener un asedio. Pero, ademas, dudaban de usar esas armas y esas municiones. Efectivamente, se apostaron en los tejados y detras de las ventanas, pero no sabian si debian tirar los primeros y dar asi la senal de una inevitable matanza, o si debian esperar pasivamente a que los preparativos del golpe de Estado terminaran. Ya que era eso lo que seguia retrasando el asalto de los cosacos, Liakhov, rodeado de oficiales rusos y persas, se ocupaba de disponer sus tropas y sus canones, en numero de seis ese dia, instalando el mas mortifero en la plaza Topjane. En varias ocasiones el coronel paso a caballo por el punto de mira de los defensores, pero las personalidades presentes impidieron a los «hijos de Adan» hacer fuego, por miedo a que el zar usara ese incidente como pretexto para invadir Persia. Hacia la mitad de la manana se dio la orden de ataque. Aunque desigual, el combate fue de una violencia extrema durante seis o siete horas. Por una serie de audaces golpes de mano, los resistentes consiguieron inutilizar tres canones. Solo era el heroismo de la desesperacion. Al caer el sol, izaron la bandera blanca de la derrota sobre el primer Parlamento de la historia persa. Pero varios minutos despues del ultimo disparo, Liahkov ordeno a sus artilleros que reanudaran el fuego. Las directrices del zar eran claras: no bastaba con abolir el Parlamento, habia que destruir tambien el edificio que lo habla albergado, con el fin de que los habitantes de Teheran lo vieran en ruinas y fuera para todos y para siempre una leccion. XXXVIII N o habian cesado aun los combates en la capital cuando estallo en Tabriz el primer tiroteo. Yo habia pasado a recoger a Howard a la salida de clase, ya que teniamos una cita en la sede del _anyuman_ para ir a almorzar con Fazel en casa de uno de sus parientes. Aun no nos habiamos internado en el laberinto del bazar cuando se oyeron unos disparos, aparentemente cercanos. Con una curiosidad tenida de inconsciencia, nos dirigimos hacia el lugar de donde habia partido el ruido. A unos cien metros vimos a una muchedumbre vociferante que avanzaba: polvo, humo, un bosque de garrotes, fusiles y antorchas ardiendo, gritos que yo no comprendia, puesto que se proferian en _azeri_ , el dialecto turco de la gente de Tabriz. Baskerville se esforzaba en traducir: «?Muera la Constitucion! ?Muera el Parlamento! ?Mueran los ateos! ?Viva el Shah!» Decenas de ciudadanos corrian en todas direcciones. Un anciano arrastraba con una cuerda a una cabra asustada. Una mujer tropezo; su hijo, de apenas seis anos, la ayudo a levantarse y la sostuvo hasta que ella reanudo su huida cojeando. Nosotros tambien apretamos el paso hacia el lugar de nuestra cita. Un grupo de jovenes estaba levantando una barricada en la calle: dos troncos de arbol sobre los que amontonaban, en un tremendo desorden, mesas, ladrillos, sillas, cofres y toneles. Nos reconocieron y nos dejaron pasar, aconsejandonos que nos apresuraramos porque «vienen hacia aqui», «quieren incendiar el barrio», «han jurado matar a todos los hijos de Adan». En la sede del _anyuman_ cuarenta o cincuenta hombres rodeaban a Fazel, el unico que no llevaba fusil sino solo una pistola, una Mannlicher austriaca que parecia no tener otra utilidad que indicar a cada uno el puesto que debia ocupar. Estaba sereno, menos angustiado que la vispera, tranquilo como puede estarlo el hombre de accion cuando se acaba la insoportable espera. – Ya veis -nos lanzo con un imperceptible acento de triunfo-. Todo lo que anunciaba Panoff era verdad. El coronel Liakhov ha dado su golpe de Estado, se ha proclamado gobernador militar de Teheran y ha impuesto el toque de queda. Desde esta manana se ha abierto la caza de los partidarios de la Constitucion en la capital y en todas las demas ciudades, empezando por Tabriz. – ?Se ha propagado todo tan deprisa! -se asombro Howard. – El consul de Rusia, advertido por telegrama del desencadenamiento del golpe de Estado, informo esta manana a los jefes religiosos de Tabriz. Estos exigieron a sus partidarios que se reunieran a mediodia en el Devexe, el barrio de los camelleros. Desde ahi se dispersaron por la ciudad. En primer lugar se dirigieron al domicilio de un periodista amigo mio, Ali Nexedia; lo sacaron de su casa en medio de los gritos de su mujer y de su madre, le cortaron el cuello y la mano derecha y luego lo abandonaron en un charco de sangre. Pero no temais, antes de esta noche Ali sera vengado. Su voz le traiciono. Se concedio un segundo de respiro e inspiro profundamente antes de proseguir. – Si vine a Tabriz fue porque sabia que esta ciudad resistiria. La tierra que pisamos en este instante esta regida por la Constitucion. Desde ahora la sede del Parlamento esta aqui, la sede del gobierno legitimo. Sera una hermosa batalla y terminaremos por ganar. ?Seguidme! Y le seguimos junto con una media docena de sus partidarios. Nos condujo hacia el jardin y rodeo la casa hasta una escalera de madera cuyo final se perdia entre espesos follajes. Llegamos al tejado, cruzamos una pasarela, de nuevo subimos unos cuantos peldanos y nos encontramos en una habitacion de gruesas paredes y estrechas ventanas, casi troneras. Fazel nos invito a echar una ojeada: estabamos justo encima de la entrada mas vulnerable del barrio, interceptada ya por una barricada. Detras, unos veinte hombres, rodilla en tierra, apuntando con las carabinas. – Hay mas -explico Fazel-. Igualmente decididos. Taponan todas las salidas del barrio. Si llega la jauria, sera recibida como lo merece. La «jauria», como el decia, no estaba lejos. Habia debido de pararse en el camino para incendiar dos o tres casas pertenecientes a «hijos de Adan», pero no cedia el clamor y los disparos se acercaban. De pronto se apodero de nosotros una especie de estremecimiento. Por mas que uno se lo espere, por muy protegido que se este detras de una pared, el espectaculo de una muchedumbre desatada que grita amenazas de muerte y viene derecha hacia ti es, probablemente, la experiencia mas pavorosa que se puede tener. Instintivamente susurre: – ?Cuantos seran? – Mil, mil quinientos a lo sumo -respondio Fazel en voz alta, clara y tranquilizadora antes de anadir como una orden: -Ahora nos toca a nosotros asustarlos. Pidio a sus ayudantes que nos entregaran unos fusiles. Entre Howard y yo hubo un intercambio de miradas casi divertidas; sopesamos esos frios objetos con fascinacion y repugnancia. – Apostaos en las ventanas -dijo Fazel-, y tirad contra cualquiera que se acerque. Yo tengo que irme. ?Les reservo una sorpresa a esos barbaros! Apenas habia salido cuando comenzo la batalla. Aunque hablar de batalla es, sin duda, excesivo. Llegaron los provocadores, una horda vociferante y atolondrada, y su vanguardia se lanzo hacia la barricada como si se tratara de una carrera de obstaculos. Los «hijos de Adan» dispararon. Una descarga. Luego otra. Unos diez asaltantes cayeron, el resto retrocedio, solo uno consiguio escalar la barricada, pero fue para ensartarse en una bayoneta. Resono un horrible aullido de agonia; yo aparte los ojos. El grueso de los manifestantes permanecia atras prudentemente, contentandose con repetir a voz en grito: «?Que mueran!» Luego una cuadrilla se lanzo de nuevo al asalto de la barricada, esta vez con un poco mas de metodo, es decir, disparando contra los defensores y las ventanas de donde partian los disparos. Un «hijo de Adan» alcanzado en la frente fue la unica baja de su campo. Ya las descargas de sus companeros comenzaban a segar las primeras lineas de asaltantes. La ofensiva cedia. Retrocedieron e intentaron alborotadamente ponerse de acuerdo. Estaban reagrupandose para una nueva tentativa cuando un estruendo sacudio el barrio. Un obus acababa de caer en medio de los manifestantes, provocando una carniceria seguida de una desbandada. Los defensores levantaron entonces sus fusiles gritando: «?Maxrute! ?Maxrute!» -?Constitucion!-. Al otro lado de la barricada se divisaban decenas de cuerpos tendidos. Floward susurro: – Mi arma sigue estando fria. No he disparado ni un solo tiro. ?Y tu? – Yo tampoco. – Tener en el punto de mira la cabeza de un desconocido y apretar el gatillo para matarle… Fazel llego unos instantes despues jovial. – ?Que pensais de mi sorpresa? Es un viejo canon frances, un «de Bange» que nos ha vendido un oficial del ejercito imperial. Esta en el tejado ?venid a admirarlo! Un dia cercano lo instalaremos en medio de la plaza mas grande de Tabriz y escribiremos encima: «Este canon salvo a la Constitucion.» Encontre sus palabras demasiado optimistas, aunque no podia discutir que, en unos minutos, habia conseguido una significativa victoria. Su objetivo estaba claro: mantener una pequena isla donde los ultimos partidarios de la Constitucion pudieran reunirse y protegerse, pero, sobre todo, reflexionar juntos sobre los futuros actos. Si aquel caotico dia de junio nos hubieran dicho que desde algunas enmaranadas callejuelas del bazar de Tabriz, con nuestras dos brazadas de fusiles Lebel y nuestro unico canon «de Bange», ibamos a devolver a Persia entera su libertad robada, ?quien lo hubiera creido? Sin embargo, es lo que sucedio, no sin que el mas puro de entre nosotros lo pagara con su vida. XXXIX D ias sombrios de la historia del pais de Jayyam. ?Era aquella el alba prometida a Oriente? De Ispahan a Qazvin, de Shiraz a Hamedan, cien, mil pechos ciegos proferian los mismos gritos: «?Que mueran! ?Que mueran!» De ahora en adelante habia que esconderse para decir libertad, democracia, justicia. El porvenir era ya solo un sueno prohibido; a los partidarios de la Constitucion se les perseguia por las calles, las sedes de los «hijos de Adan» estaban devastadas, sus libros eran amontonados y quemados. En ninguna parte en toda la extension de Persia pudo ponerse freno a aquella odiosa marejada. En ninguna parte mas que en Tabriz. Y aun asi, en la heroica ciudad, cuando transcurrio al fin el interminable dia del golpe de Estado, de los treinta barrios principales solo uno seguia resistiendo, el que se llama Amir-Jiz, en el extremo noroeste del bazar. Aquella noche, algunas decenas de jovenes guerrilleros se relevaron para guardar los accesos, mientras en la sede del _anyuman_ , erigida en cuartel general, Fazel trazaba ambiciosas flechas sobre un mapa arrugado. Eramos por los menos una docena los que seguiamos con fervor los menores trazos de su lapiz, agigantado por el temblor de los faroles. El diputado se incorporo. – El enemigo esta aun bajo el choque de las perdidas que le hemos infligido. Nos cree mas fuertes de lo que somos. No tiene canones ni sabe cuantos tenemos nosotros. Debemos aprovechar la ocasion para extender sin demora nuestro territorio. El shah no tardara en enviar tropas que llegaran a Tabriz dentro de unas semanas. De aqui a entonces tenemos que haber liberado la totalidad de la ciudad. Atacaremos esta misma noche. Se inclino y se inclinaron todas las cabezas; cabezas, descubiertas, cubiertas o cenidas. – Cruzaremos el rio por sorpresa- explico-, nos abalanzaremos hacia la ciudadela y la atacaremos desde ambos lados, por el bazar y por el cementerio. Antes del atardecer sera nuestra. La ciudadela no se tomo hasta diez dias despues. Para cada calle los combates fueron sangrientos, pero los resistentes avanzaban; todas las acciones se resolvian a su favor. El sabado, algunos «hijos de Adan» se apoderaron de las oficinas de Indo-European Telegraph, gracias a lo cual pudieron mantenerse las comunicaciones con Teheran y con las otras ciudades del pais, asi como con Londres y Bombay. El mismo dia se les adhirio un cuartel de la policia, llevando a modo de dote una metralleta, una ametralladora Maxim y treinta cajas de municiones. Estos exitos devolvieron la confianza a la poblacion; jovenes y viejos se envalentonaron y afluyeron a cientos hacia los barrios liberados, a veces con sus armas. En unas semanas el enemigo habia retrocedido a la periferia. Solo quedaba en sus manos, al noreste de la ciudad, una zona poco habitada que se extendia desde el barrio de los Camelleros hasta el campo de Sahib-Divan. Hacia mediados de julio se constituyo un ejercito de voluntarios, asi como una administracion provisional de la que se confio a Howard la responsabilidad del avituallamiento. Desde entonces se pasaba la mayoria del tiempo recorriendo el bazar para calcular las provisiones; los comerciantes se mostraban admirablemente dispuestos a colaborar. El mismo se movia a las mil maravillas en el sistema persa de pesos y medidas. – Hay que olvidarse de los litros, los kilos, las onzas y las pintas -me decia-. Aqui se habla en _yaw_ , en _mixal_ , en _syr_ y en _jarvar_ , que es el cargamento del asno. Intentaba instruirme: – La unidad basica es el _yaw_ , que es un grano de cebada de mediano grosor y con la cascarilla, pero al que se le habrian cortado en las dos puntas los pelillos que sobresalen. – ?Que riguroso! -dije soltando la carcajada. El profesor dirigio a su alumno una mirada de reproche. Para hacerme perdonar, me crei obligado a probar mi aplicacion: – Entonces el _yaw_ es la unidad de medida mas pequena. – De ningun modo -se indigno Howard. Consultaba imperturbablemente sus notas: – El peso de un grano de cebada equivale al de setenta granos de mostaza, o si se prefiere, a seis crines de la cola de una mula. ?En comparacion, mi carga era ligera! Dada mi ignorancia del dialecto local, tenia por unica mision mantener el contacto con los subditos extranjeros a fin de tranquilizarlos con respecto a las intenciones de Fazel y cuidar de su seguridad. Conviene saber que Tabriz, hasta la construccion del ferrocarril transcaucasico, veinte anos antes, habia sido la puerta de Persia, el paso obligado de los viajeros, de las mercaderias y de las ideas. Varios establecimientos europeos tenian alli sucursales, como la compania alemana de Mossig y Schunemann o la Sociedad Anonima de Comercio Oriental, importante firma austriaca. Habia igualmente consulados, la Mision Presbiteriana americana y diversas instituciones mas, y me complace decir que en ningun momento, a lo largo de los dificiles meses de asedio, se considero a los subditos extranjeros como blanco. Mas aun, reinaba una conmovedora fraternidad. No hablo de Baskerville, de mi mismo ni de Panoff, que rapidamente se unio al movimiento. Quiero honrar aqui a otras personas, como a Mr. Moore, corresponsal del _Manchester Guardian,_ que no dudo en tomar las armas al lado de Fazel y fue herido en combate; o al capitan Anginieur, que nos ayudo a resolver numerosos problemas logisticos y que con sus articulos en el _Asie francaise_ contribuyo a suscitar, en Paris y en el mundo entero, ese impulso de solidaridad que salvo a Tabriz de la suerte atroz que la amenazaba. La presencia activa de los extranjeros fue para ciertos religiosos de la ciudad un argumento contra los defensores de la Constitucion, «un revoltijo -cito- de europeos, armenios, _babis_ e impios de todas clases». Sin embargo, la poblacion permanecia impermeable a esa propaganda y nos rodeaba de un agradecido afecto, cada hombre era un hermano para nosotros, cada mujer una hermana o una madre. He de precisar que fueron los mismos persas los que desde el primer dia, dieron su apoyo espontanea y masivamente a la resistencia. Primero los habitantes libres de Tabriz, luego los refugiados que a causa de sus convicciones habian tenido que huir de sus ciudades o pueblos para buscar proteccion en el ultimo baluarte de la Constitucion. Ese fue el caso de cientos de «hijos de Adan» que acudian desde todos los rincones del Imperio y no pedian mas que sostener un arma. Fue el caso, igualmente, de varios diputados, ministros y periodistas de Teheran que habian logrado escapar de la gigantesca redada que habia ordenado el coronel Liakhov y que a menudo llegaban en pequenos grupos, extenuados, despavoridos, desamparados. Pero el mas valioso de los nuevos adictos fue indudablemente Xirin, que habia desafiado el toque de queda para salir de la capital en automovil, sin que los cosacos se atrevieran a interponerse. Su pequeno lando causo admiracion entre la gente, tanto mas cuanto que su chofer, uno de los pocos persas que conducian semejante vehiculo, era de Tabriz. La princesa se habia instalado en un palacio abandonado. Habia sido construido por su abuelo, el viejo shah asesinado, con la intencion de pasar alli un mes al ano. Pero dice la leyenda que desde la primera noche se sintio enfermo y sus astrologos le aconsejaron que no volviera a poner los pies en un lugar de tan mal aguero. Nadie lo habia habitado desde hacia treinta anos; se le llamaba, no sin temor, el Palacio Vacio. Xirin no dudo en desafiar a la mala suerte y desde entonces su residencia fue el corazon de la ciudad. A sus grandes jardines, isla de frescor en aquellos anocheceres de verano, acudian gustosos los dirigentes de la resistencia. Yo los acompanaba a menudo. La princesa parecia cada vez mas feliz de verme; nuestra correspondencia habia tejido entre nosotros una complicidad en la que nadie se habria atrevido a inmiscuirse. Por supuesto, nunca estabamos solos y en cada reunion o en cada comida habia decenas de companeros. Se discutia incansablemente y a veces se bromeaba, pero sin excesos. En Persia no se tolera jamas la familiaridad, la cortesia es puntillosa y grandilocuente y suelen tener tendencia a llamarse «el esclavo de la sombra de la grandeza» del individuo al que se dirigen; y cuando se trata de altezas, de altezas en femenino sobre todo, besan el suelo, si no de hecho al menos mediante formulas de lo mas ampulosas. Y llego aquella turbadora noche de jueves. Exactamente el 17 de septiembre. ?Como podria olvidarlo? Por cien razones diferentes todos mis companeros se habian marchado ya y yo mismo me habia despedido con los ultimos. En el momento de cruzar la verja exterior de la finca, me di cuenta de que me ha dejado junto a mi asiento una carpeta donde solia llevar algunos papeles importantes. Volvi, pues, sobre mis pasos, pero en modo alguno con la intencion de ver de nuevo a la princesa; estaba convencido que despues de despedirse de sus visitas se habia retirado. No. Estaba aun sentada, sola, en medio de veinte sillas vacias. Pensativa, lejana. Sin dejar de mirarla, recogi carpeta lo mas lentamente posible. Xirin seguia inmovil, de perfil, sorda a mi presencia. En medio de un recogido silencio, me sente y la contemple durante largo Con esa sensacion de encontrarme doce anos atras veia, la veia, en Constantinopla, en el salon de Yamaleddin. Estaba entonces como ahora, de perfil, con un azul sobre sus cabellos que caia hasta los pies de su silla. ?Que edad tendria entonces? ?Diecisiete anos? La que en ese momento tenia treinta era una mujer serena, soberbia mujer madura. Tan esbelta como el primer dia. Evidentemente, habia sabido resistir a la tentacion de mujeres de su rango: desplomarse hasta el fin de sus dias, ociosa y glotona, sobre un divan de opulencia. ?Se habria casado? ?Estaria divorciada? ?Seria viuda? Jamas hablamos de ello. Me hubiera gustado decir con voz firme: «Te he querido desde Constantinopla». Mis labios temblaron y luego se cerraron sin emitir el menor sonido. Sin embargo, Xirin se habia vuelto hacia mi lentamente. Me observo sin sorpresa, como si yo no me hubiera marchado y regresado. Su mirada dudo y de pronto adopto el tuteo: – ?En que piensas? La respuesta broto de mis labios. – En ti. Desde Constantinopla a Tabriz. Una sonrisa, quiza azarada, pero que decididamente no queria ser una barrera, recorrio su rostro. Y yo no, encontre nada mejor que hacer que citar su propia frase convertida en una contrasena entre ella y yo: – ?Nunca se sabe, nuestros caminos podrian cruzarse! Transcurrieron algunos segundos de mudos recuerdos. Luego Xirin dijo: – No me fui de Teheran sin el libro. – ?El _Manuscrito de Samarcanda_ ? – Esta constantemente sobre la comoda, cerca de mi cama; no me canso jamas de hojearlo, me se de memoria las _Ruba'iyyat_ y la cronica que el texto lleva al margen. – Daria con gusto diez anos de mi vida por una noche con ese libro. – Yo daria con gusto una noche de mi vida. Al instante siguiente yo estaba inclinado sobre el rostro de Xirin, nuestros labios se rozaron, cerramos los ojos y ya nada existio a nuestro alrededor, solo la monotonia del canto de las cigarras amplificado en nuestras mentes aturdidas. Beso prolongado, beso ardiente, beso de los anos superados, de las barreras derribadas. Por temor a que llegaran otros visitantes o a que se acercaran los sirvientes, nos levantamos y la segui por una galeria cubierta, una pequena puerta insospechada y una escalera con los peldanos rotos hasta los aposentos del antiguo shah que su nieta se habia apropiado. Dos pesadas hojas se cerraron, luego un macizo pestillo y nos encontrarnos solos, juntos. Tabriz no era ya una ciudad separada del mundo, era el mundo el que languidecia separado de Tabriz. En un majestuoso lecho de columnas y colgaduras abrace a mi real amada, Con mi propia mano deshice cada lazo, desabroche cada boton y con mis dedos, con mis palabras, con mis labios, dibuje cada contorno de su cuerpo. Ella se entregaba a mis caricias, a mis torpes besos, y de sus ojos cerrados se escapaban unas tibias lagrimas. Al alba yo no habia abierto aun el _Manuscrito_ . Lo veia sobre una comoda, al otro lado de la cama, pero Xirin dormia, desnuda, con la cabeza apoyada en mi cuello y los pechos abandonados sobre mis costillas, y nada en el mundo me habria hecho moverme. Respiraba su aliento, sus perfumes, su noche, contemplaba sus pestanas y desesperadamente trataba de adivinar que sueno de felicidad o de angustia las hacia temblar. Cuando se desperto, llegaban ya hasta nosotros los primeros ruidos de la calle. Tuve que eclipsarme apresuradamente, prometiendome dedicar al libro de Jayyam mi siguiente noche de amor. XL Al salir del Palacio Vacio, andando con los hombros encogidos -el alba no es nunca calurosa en Tabriz- avance en direccion al caravasar sin tratar de tomar ningun atajo. No tenia prisa por llegar, necesitaba reflexionar; aun no se habia apaciguado en mi la excitacion de la noche y revivia las imagenes, los gestos, las palabras susurradas. Ya no sabia si era feliz. Sentia una especie de plenitud, pero mezclada con la inevitable culpabilidad que llevan aparejada los amores clandestinos. Ciertos pensamientos volvian a mi mente sin cesar, obsesivos, como saben serlo los pensamientos de las noches de insomnio: «Despues de mi partida, ?se habra dormido otra vez con una sonrisa? ?Lamentara algo? Cuando la vea de nuevo y no estemos solos, ?la sentire complice o lejana? Volvere esta noche y buscare en sus ojos una aclaracion.» De pronto retumbo un canonazo. Me detuve y aguce el oido. ?Era nuestro valiente y solitario «de Bange»? Un silencio y luego una descarga de fusileria, despues un periodo de calma. Reanude mi camino con un paso menos apresurado y con el oido atento. Retumbo un nuevo estruendo, seguido al instante de un tercero. Esta vez me preocupe; un solo canon no podia disparar a ese ritmo; tenia que haber dos o incluso varios. Dos obuses estallaron unas calles mas alla. Me puse a correr en direccion a la ciudadela. Pronto me confirmo Fazel la noticia que yo me temia: esa noche habian llegado las primeras fuerzas enviadas por el shah. Se habian acantonado en los barrios dirigidos por los jefes religiosos. Otras tropas las seguian, convergiendo de todos los puntos. El asedio a Tabriz acababa de comenzar. La arenga pronunciada por el coronel Liakhoy, gobernador militar de Teheran, artifice del golpe de Estado, antes de la partida de sus tropas para Tabriz, se desarrollo asi: «?Valerosos cosacos! El shah esta en peligro, los habitantes de Tabriz han rechazado su autoridad y le han declarado la guerra al querer obligarle a reconocer, la Constitucion. Ahora bien, la Constitucion quiere abolir vuestros privilegios, disolver vuestra brigada. Si triunfa, vuestras esposas y vuestros hijos pasaran hambre. La Constitucion es vuestra peor enemiga, debeis luchar contra ella como leones. Al destruir el Parlamento habeis suscitado en el mundo entero la mas viva admiracion. Proseguid vuestra saludable accion, aplastad la ciudad rebelde y os prometo, de parte de los soberanos de Rusia y de Persia, dinero y honores. Todas las riquezas que encierra Tabriz son vuestras. ?No teneis mas que cogerlas!» Gritada en Teheran y en San Petersburgo, murmurada en Londres, la consigna era la misma: hay que destruir Tabriz, merece el mas ejemplar de los castigos. Una vez vencida, nadie mas osara hablar de Constitucion, de Parlamento o de democracia; de nuevo podra dormirse Oriente en su mas hermosa muerte. Fue asi como, durante los meses que siguieron, el mundo entero asistio a una extrana y angustiada carrera: mientras que el ejemplo de Tabriz empezaba a reanimar la llama de la resistencia en diversos rincones de Persia, la ciudad era victima de un asedio cada vez mas riguroso. Los partidarios de la Constitucion, ?tendrian tiempo de recuperarse, de reorganizarse y de volver a tomar las armas antes de que se derrumbara su baluarte? En enero consiguieron su primer gran exito: al llamamiento de los jefes bajtiaris, tios maternos de Xirin, Ispahan, la antigua capital, se sublevo afirmando su adhesion a la Constitucion y su solidaridad con Tabriz. Cuando la noticia llego a la ciudad sitiada, se produjo al instante una explosion de alegria. Durante toda la noche se canto incansablemente «?Tabriz-Esfahan, el pais se despierta!», pero al dia siguiente un ataque masivo obligo a los defensores a abandonar varias posiciones al sur y al oeste. Ya solo quedaba un camino que uniera todavia Tabriz al mundo exterior, y era el que llevaba al norte, hacia la frontera rusa. Tres semanas mas tarde, la ciudad de Resht se sublevo a su vez. Como Ispahan, rechazaba la tutela del shah, aclamaba a la Constitucion y a la resistencia de Fazel. Nueva explosion de alegria en Tabriz. Pero, al momento, nueva respuesta de los sitiadores: la ultima carretera fue cortada, el cerco de Tabriz estaba terminado. Ya no llegaban ni el correo ni los viveres. Hubo que organizar un racionamiento muy severo para poder seguir alimentando a los aproximadamente doscientos mil habitantes de la ciudad. En febrero y marzo de 1909 se produjeron nuevas adhesiones. El territorio de la Constitucion se extendia ya a Shiraz, Hamadan, Maxad, Astarabad, Bandar-Abbas y Bushere. En Paris se formo un comite para la defensa de Tabriz, que encabezaba un tal senor Dieulafoy, distinguido orientalista; la misma iniciativa se produjo en Londres, bajo la presidencia de Lord Lamington; y, lo que era mas importante, los principales jefes religiosos chiies establecidos en Kerbela, en el Iraq otomano, se pronunciaron en favor de la Constitucion desautorizando a los _mollahs_ retrogrados. Tabriz triunfaba. Pero Tabriz moria. Incapaz de hacer frente a tantas rebeliones, a tantos rechazos, el shah se aferraba a una idea fija: hay que acabar con Tabriz, el origen del mal. Cuando caiga, los otros cederan. Al no conseguir tomarla por asalto, decidio matarla de hambre. A pesar del racionamiento, el pan escaseaba. A finales de marzo se contaban ya varios muertos, sobre todo ancianos y ninos de corta edad. La prensa de Londres, de Paris y de San Petersburgo, comenzaba a indignarse y a criticar a las potencias que, como se recordaba, tenian aun en la ciudad numerosos subditos cuya vida se veia ya amenazada. Los ecos de estas opiniones nos llegaban por el telegrafo. Fazel me convoco un dia para anunciarme: – Los rusos y los ingleses van a evacuar pronto a sus subditos con el fin de que Tabriz pueda ser aplastada sin que ello provoque demasiada conmocion en el resto del mundo. Sera un golpe duro para nosotros, pero quiero que sepas que no me voy a oponer a esa evacuacion. No retendre a nadie aqui contra su voluntad. Y me encargo de informar a los interesados que se emplearian todos los medios para facilitar su partida. Se produjo entonces un acontecimiento de lo mas extraordinario, y haber asistido a el como testigo privilegiado me permite cerrar los ojos ante muchas mezquindades humanas. Habia comenzado mi ronda, eligiendo a la Mision Presbiteriana como primera visita. Tenia un poco de miedo de volver a ver al reverendo director y recibir una reprimenda. El, que contaba conmigo para hacer entrar en razon a Howard, ?no iria a reprocharme haber seguido un camino identico? De hecho, su recibimiento fue distante, apenas cortes. Pero en cuanto le expuse la razon de mi visita, respondio sin sombra de duda: – No me ire. Si pueden organizar un convoy para evacuar a los extranjeros, tambien pueden organizar otros similares para abastecer a la ciudad hambrienta. Agradeci su actitud, que me parecio conforme al ideal religioso y humanitario que le animaba. Luego fui a visitar tres companias comerciales instaladas en las cercanias, donde, para mi gran sorpresa, la respuesta fue identica. Lo mismo que el pastor, los comerciantes no querian marcharse. Como me explico uno de ellos, un italiano: – Si me voy de Tabriz en este momento dificil, me daria verguenza volver despues para reanudar mi actividad. Por lo tanto, me quedare. Quiza mi presencia contribuya a que mi gobierno actue. Por todas partes, como si se hubieran puesto de acuerdo, obtuve la misma respuesta, inmediata, clara, irrevocable. ?Incluso Mr. Wratislaw, el consul britanico! ?Incluso el personal del consulado de Rusia, con la notoria excepcion del consul, el senor Pokhitanoff, me dio la misma respuesta: «?No nos iremos!» E informaron a sus atonitos gobiernos. La admirable solidaridad de los extranjeros reconforto los animos en la ciudad. Pero la situacion era precaria. El 18 de abril, Wratislaw telegrafio a Londres: «Hoy el pan es escaso, manana lo sera aun mas.» El 19, nuevo mensaje: «La situacion es desesperada; aqui se habla de una ultima tentativa de romper el cerco.» De hecho, ese dia se estaba manteniendo una reunion en la ciudadela. Fazel anuncio que las tropas constitucionales avanzaban desde Resht hacia Teheran, que el gobierno en el poder estaba a punto de derrumbarse y que faltaba poco para asistir a su caida. Y al triunfo de nuestra causa. Pero Howard tomo la palabra despues de el para recordar que los bazares estaban ya vacios de todo producto comestible. – La gente ha sacrificado ya a los animales domesticos, incluidos los gatos callejeros, familias enteras vagan noche y dia por las calles a la busqueda de una granada raquitica, de un resto de pan de higo tirado en alguna cuneta. Corremos el peligro de que pronto se recurra al canibalismo. – ?Dos semanas, necesitamos resistir dos semanas solamente! La voz de Fazel era suplicante. Pero Howard no podia hacer nada. – Nuestras reservas nos han permitido subsistir hasta este momento. Ahora ya no tenemos nada que distribuir. Nada. Dentro de dos semanas la poblacion estara diezmada y Tabriz sera una ciudad fantasma. Estos ultimos dias ha habido ochocientos muertos. De hambre y de las innumerables enfermedades que el hambre provoca. – ?Dos semanas! ?Solo dos semanas! -repetia Fazel-. ?Aunque haya que ayunar! – ?Todos estamos ayunando desde hace varios dias! – ?Que hacemos entonces? ?Capitular? ?Dejar cae esa formidable ola de apoyo que hemos levantado pacientemente? ?No existe ningun medio de resistir? Resistir. Resistir. Doce hombres trastornados, aturdidos por el hambre y el agotamiento, pero tambien por la embriaguez de la victoria al alcance de la mano, no tenian mas que una obsesion: resistir. – Habria una solucion -dijo Howard-. Quiza… Todos los ojos se volvieron hacia Baskerville. – Intentar una salida por sorpresa. Si conseguimos recuperar esta posicion -indicaba con el dedo un punto en el mapa- nuestras fuerzas se precipitarian por la brecha y restablecerian el contacto con el exterior. En el tiempo que el enemigo tarde en recuperarse, tal vez llegue la salvacion. Inmediatamente me declare hostil a la propuesta; los jefes militares eran de mi misma opinion; todos, sin excepcion, la juzgaban suicida. El enemigo estaba sobre un promontorio, a quinientos metros aproximadamente de nuestras lineas. Se trataba de cruzar esa distancia por terreno llano, escalar una imponente muralla de barro seco, desalojar a los defensores y luego instalar en la posicion fuerzas suficientes para resistir el inevitable contraataque. Fazel dudaba. Ni siquiera miraba al mapa, sino que se interrogaba sobre el efecto politico de la operacion. ?Permitiria ganar algunos dias? La discusion se prolongo haciendose cada vez mas animada. Baskerville insistia, argumentaba apoyado por Moore. El corresponsal del _Guardian_ alegaba su propia experiencia militar, afirmando que el efecto sorpresa podria ser decisivo. Fazel termino por decidirse. – Sigo sin estar convencido, pero puesto que no puede planearse ninguna otra accion, no me opondre a la de Howard. El dia siguiente, 20 de abril, a las tres de la manana, se lanzo el ataque. Se habia convenido que si a las cinco se habia conseguido tomar la posicion, se realizarian otras operaciones en multiples puntos del frente con el fin de impedir al enemigo sustraer tropas para el contraataque. Desde los primeros minutos la tentativa se vio comprometida: una barrera de fuego acogio la primera salida realizada por Moore, Baskerville y unos sesenta voluntarios mas. Visiblemente, el enemigo no estaba nada sorprendido. ?Le habria informado algun espia de nuestros preparativos? No se puede afirmar, ya que de todas formas el sector estaba muy protegido. Liakhov se lo habia confiado a uno de sus mas capacitados oficiales. Fazel ordeno, razonablemente, poner fin de inmediato a la operacion y dio la senal de retirada, una especie de canturreo prolongado; los combatientes retrocedieron. Varios estaban heridos, entre ellos, Moore. Solo uno no volvio. Baskerville. Fue fulminado en la primera descarga. Durante tres dias, Tabriz iba a vivir al ritmo de las condolencias, condolencias discretas en la Mision Presbiteriana, condolencias ruidosas, fervientes, indignadas en los barrios ocupados por los «hijos de Adan». Con los ojos enrojecidos, yo iba estrechando manos, la mayoria de ellas desconocidas, y dando interminables abrazos. En la cohorte de los visitantes se encontraba el consul de Inglaterra, que me llevo aparte. – Quiza lo que voy a decirle le sirva de algun consuelo. Seis horas despues de la muerte de su amigo, me llego un mensaje de Londres anunciandome que se habia llegado a un acuerdo entre las potencias con respecto a Tabriz. Baskerville no ha caido inutilmente. Un cuerpo expedicionario se dirige ya hacia la ciudad para liberarla y abastecerla. Y para evacuar a la comunidad extranjera. – ?Un cuerpo expedicionario ruso? – Por supuesto -admitio Wratislaw-. Son los unicos que disponen de un ejercito en las proximidades. Pero hemos obtenido garantias. Los partidarios de la Constitucion no seran molestados y las tropas del zar se retiraran en cuanto realicen su mision. Cuento con usted para convencer a Fazel de que deponga las armas. ?Por que acepte? ?Por desanimo? ?Por agotamiento? ?Por un sentimiento persa de la fatalidad que se habia insinuado en mi? El caso es que no proteste, que me deje persuadir de que esa execrable mision me estaba destinada. Sin embargo, decidi no acudir inmediatamente a casa de Fazel. Preferia evadirme durante algunas horas junto a Xirin. Desde nuestra noche de amor, solo la habia visto en publico. El asedio habia creado en Tabriz una atmosfera nueva. Se hablaba constantemente de infiltraciones enemigas. Por todas partes se creia ver espias o traidores. Hombres armados patrullaban por las calles y guardaban el acceso a los principales edificios. A las puertas del Palacio Vacio solia haber cinco o seis, a veces mas. Aunque siempre me recibian con la mejor de sus sonrisas, su presencia me impedia toda visita discreta. Esa noche, la vigilancia se habia aflojado en todas partes y puede escurrirme hasta la habitacion de la princesa. La puerta estaba entreabierta; la empuje silenciosamente. Xirin estaba en la cama, sentada, con el Manuscrito abierto sobre sus rodillas levantadas. Me deslice a su lado, hombro contra hombro, cadera contra cadera. Ni ella ni yo teniamos animos para caricias, pero esa noche nos amamos de otro modo, absortos en el mismo libro. Ella guiaba mis ojos y mis labios, conocia cada palabra, cada pintura; para mi, era la primera vez. A menudo traducia al frances, a su manera, trozos de poemas de una sabiduria tan rigurosa, de una belleza tan intemporal que hacian olvidar que habian sido pronunciados por primera vez ocho siglos antes en algun jardin de Nisapur, de Ispahan o de Samarcanda. Los pajaros heridos se esconden para morir. Palabras de despecho, de consuelo, desgarrador monologo de un poeta vencido y grandioso. Paz al hombre en el negro silencio del mas alla. Pero tambien palabras de alegria, de sublime despreocupacion: ?Vino! Que sea tan rosa como tus mejillas y que mis remordimientos sean tan ligeros como tus bucles. Despues de haber recitado hasta la ultima cuarteta y admirado durante largo rato cada miniatura, volvimos al principio del libro para recorrer las cronicas escritas en el margen. Primero la de Vartan el Armenio, que llega hasta pasada la mitad de la obra y gracias a la cual esa noche me entere de la historia de Jayyam, de Yahan y de los tres amigos. A continuacion venian, en unas treinta paginas cada una, las cronicas de los bibliotecarios de Alamut, padre, hijo y nieto, que relataban el extraordinario destino del _Manuscrito_ despues de su robo en Merv, su influencia sobre los Asesinos y la historia resumida de estos ultimos hasta la oleada mogol. Xirin me leyo las ultimas lineas, cuya escritura me costaba mucho descifrar: «He tenido que huir de Alamut, la vispera de su destruccion, en direccion a Kirman, mi pais de origen, llevandome el manuscrito del incomparable Jayyam de Nisapur, que he decidido esconder hoy mismo, esperando que no sea encontrado hasta que las manos de los hombres sean dignas de sostenerlo. Para ello me remito al Altisimo. El guia a quien quiere y pierde a quien quiere…» A continuacion habia una fecha que segun mis calculos correspondia al 14 de marzo de 1257. Permaneci pensativo. – El Manuscrito se calla en el siglo XIII -dije. – A Yamaleddin se lo regalan en el XIX. ?Que pasaria en ese intervalo? – Un largo sueno -dijo Xirin-. Una interminable siesta oriental. Luego un despertar sobresaltado en los brazos de ese loco de Mirza Reza. ?No era de Kirman, como los bibliotecarios de Alamut? ?Tanto te sorprende descubrir que tenia un antepasado Asesino? Se habia levantado para ir a sentarse en una banqueta ante su espejo oval, con un peine en la mano. Hubiera permanecido durante horas observando los graciosos movimientos de su brazo desnudo, pero ella me devolvio a la prosaica realidad. – Deberias arreglarte para marcharte, si no quieres que te sorprendan en mi cama. De hecho, la luz del dia inundaba ya la habitacion a traves de las cortinas demasiado transparentes. – Es verdad -dije cansado-. Me olvidaba de tu reputacion. Se volvio hacia mi riendose. – Desde luego me importa mucho mi reputacion. No quiero que se diga en todos los harenes de Persia que un guapo extranjero ha podido pasar toda una noche a mi lado sin ni siquiera pensar en desnudarse. ?Nadie volveria a desearme! Despues de guardar el _Manuscrito_ en su cofre, bese los labios de mi amante y, a traves de un pasillo y de dos puertas disimuladas, corri a perderme de nuevo en el tumulto de la ciudad sitiada. XLI D e todos aquellos que murieron en aquellos meses de sufrimiento, ?por que elegi evocar a Baskerville? ?Porque era mi amigo y mi compatriota? Sin duda. Tambien porque no tenia otra ambicion que ver nacer la libertad y la democracia en ese Oriente que, sin embargo, le era ajeno. ?Se sacrifico en vano? Dentro de diez, de veinte, de cien anos, ?recordara Occidente su ejemplo, recordara Persia su accion? Evito pensar en ello por miedo a recaer en la inevitable melancolia de aquellos que viven entre dos mundos, dos mundos igualmente prometedores, igualmente decepcionantes. Sin embargo, si me limitara a los acontecimientos que se sucedieron inmediatamente despues de la muerte de Baskerville, podria pretender que esta no fue inutil. Llego la intervencion extranjera junto con el levantamiento del bloqueo y los convoyes de avituallamiento. ?Gracias a Howard? Quiza se habia tomado ya la decision, pero la muerte de mi amigo apresuro el salvamento de la ciudad y miles de ciudadanos famelicos le deben su supervivencia. Ni que decir tiene que la entrada de los soldados del zar en la ciudad sitiada no podia ser del agrado de Fazel. Yo me esforce en predicarle la resignacion: – La poblacion no esta ya en estado de resistir, el unico regalo que puedes hacerle aun es salvarla de la hambruna. Le debes eso despues de los sufrimientos que ha soportado. – ?Luchar durante diez meses para encontrarse bajo la autoridad del zar Nicolas, el protector del shah! – Los rusos no actuan solos. Estan comisionados por toda la comunidad internacional, nuestros amigos de todo el mundo aplauden esta operacion. Rechazarla, combatirla, es perder el beneficio del inmenso apoyo que se nos ha prodigado hasta ahora. – ?Someterse, deponer las armas, cuando la victoria esta a la vista! – ?Es a mi a quien respondes o estas interpelando al destino? Fazel se sobresalto. Su mirada me abrumo con infinitos reproches. – ?Tabriz no se merece semejante humillacion! – Ni tu ni yo podemos hacer nada; hay momentos en que cualquier decision es mala. ?Hay que elegir aquella que menos se lamentara! Parecio calmarse y reflexionar intensamente. – ?Que suerte les espera a mis amigos? – Los britanicos garantizan su seguridad. – ?Nuestras armas? – Cada uno podra conservar su fusil, las casas no seran registradas a excepcion de aquellas desde donde se dispara. Pero las armas pesadas deberan entregarse. No parecia nada tranquilizado. – Y manana ?quien obligara al zar a retirar sus tropas? – ?Eso habra que dejarselo a la Providencia! – ?Te encuentro de pronto muy oriental! Habia que conocer a Fazel para saber que, en su boca, oriental rara vez significaba un cumplido. Sobre todo si acompanaba a la palabra esa mueca de recelo. Me vi obligado a cambiar de tactica; por lo tanto me levante con un suspiro bien sonoro. – Sin duda tienes razon; ha sido un error argumentar. Voy a decir al consul de Inglaterra que no he podido convencerte, pero volvere aqui y permanecere a tu lado hasta el fin. Fazel me retuvo por la manga. – No te he acusado de nada, ni siquiera he rechazado tu sugerencia. – ?Mi sugerencia? No he hecho mas que transmitir una propuesta inglesa precisandote de quien emanaba. – ?Calmate y comprendeme! Se muy bien que no dispongo de medios para impedir la entrada de los rusos en Tabriz y se tambien que si les opusiera la menor resistencia el mundo entero me condenaria, empezando por mis compatriotas, que solo esperan ya la liberacion venga de donde venga. Se incluso que el fin del asedio es una derrota para el shah. – ?No era esa la meta de tu lucha? – ?Pues bien, ya ves que no! Puedo execrar a este shah, pero no es contra el contra quien lucho. Triunfar sobre un despota no puede ser el objetivo ultimo; lucho para que los persas tengan conciencia de ser hombres libres, «hijos de Adan» como decimos aqui, que tengan fe en si mismos, en su fuerza, que encuentren un lugar en el mundo de hoy. Es lo que he querido conseguir aqui. Esta ciudad ha rechazado la tutela del monarca y de los jefes religiosos, ha desafiado a las potencias, ha suscitado en todo el mundo la solidaridad y la admiracion de los hombres de buen corazon. Los habitantes de Tabriz estaban a punto de ganar, pero no quieren dejarles ganar, tienen demasiado miedo de su ejemplo, quieren humillarlos. Esta altiva poblacion debera prosternarse ante los soldados del zar para obtener su pan. Tu, que has nacido libre en un pais libre, deberias comprender. Deje que transcurrieran algunos tensos segundos antes de concluir: – ?Y que quieres que responda al consul de Inglaterra? Fazel sonrio con la mas falsa de las sonrisas: – Dile que estare encantado de pedir asilo, una vez mas, ante Su Graciosa Majestad. Necesite tiempo para comprender hasta que punto la amargura de Fazel era justificada. Ya que, por el momento, los acontecimientos parecian contradecir sus temores. Solo permanecio algunos dias en el consulado britanico. Poco despues, Mr. Wratislaw lo condujo en su automovil, a traves de las lineas rusas, hasta los alrededores de Qazvin. Alli pudo unirse a las tropas constitucionales que, despues de una larga espera, se disponian a avanzar hacia Teheran. En efecto, con Tabriz amenazada de estrangulamiento, el shah conservaba un poderoso medio de disuasion contra sus enemigos; conseguia atemorizarlos, contenerlos. En cuanto se produjo el levantamiento del asedio, los amigos de Fazel se sintieron libres y emprendieron sin mas demora su marcha hacia la capital con dos cuerpos de ejercito, uno que venia de Qazvin, al norte, y el otro de Ispahan, al sur. Este ultimo, compuesto principalmente por miembros de las tribus bajtiaris, se apodero de Qom el 23 de junio. Algunos dias mas tarde, fue difundido un comunicado comun anglo-ruso exigiendo a los partidarios de la Constitucion que pusieran fin a su ofensiva inmediatamente para concertar un acuerdo con el shah. Si no, las dos potencias se verian obligadas a intervenir. Pero Fazel y sus amigos hicieron oidos sordos y apresuraron el paso: el 9 de julio sus tropas se unian bajo las murallas de Teheran; el 13, dos mil hombres hacian su entrada en la capital por una puerta desguarnecida del noroeste, cerca de la Legacion francesa, bajo la mirada atonita del corresponsal de _Temps_ . Unicamente Liakhov intento entonces resistir. Con trescientos hombres, algunos viejos canones y dos _Creusot_ de tiro rapido, consiguio conservar el control de varios barrios del centro. Los combates, encarnizados, continuaron hasta el 16 de julio. Ese dia, a las ocho y media de la manana, el shah fue a refugiarse a la Legacion rusa, ceremoniosamente acompanado de quinientos soldados y cortesanos. Su acto equivalia a una abdicacion. El comandante de los cosacos no tuvo otra eleccion que deponer las armas. Juro respetar la Constitucion de ahi en adelante y ponerse al servicio de los vencedores, a condicion de que su brigada no fuera disuelta, lo que se le prometio debidamente. Un nuevo shah fue designado, el hijo menor del monarca derrocado que contaba apenas doce anos de edad; segun Xirin, que lo habia conocido en la cuna, era un adolescente dulce y sensible, sin ninguna crueldad ni perversidad. Cuando, al dia siguiente de los combates, cruzo la capital para acudir al palacio en compania de su tutor el senor Smirnoff, fue aclamado a los gritos de «Viva el shah», que emanaban de los mismos pechos que la vispera habian aullado: «?Muera el shah!» XLII E l joven shah hacia en publico un buen papel real, sonriendo sin exageracion y agitando su blanca mano para saludar a sus subditos, Pero en cuanto volvia al palacio era causa de muchas preocupaciones entre sus allegados. Brutalmente separado de sus parientes, lloraba sin cesar. Incluso intento escaparse ese verano para volver con su padre y su madre. Lo cogieron e intento ahorcarse del techo del palacio, pero cuando comenzo a ahogarse se aterro y pidio socorro. Pudieron desatarlo a tiempo. Ese percance tuvo sobre el un efecto benefico: desde ese momento, curado de sus angustias, desempenaria su papel de soberano constitucional con dignidad y sencillez. El poder real estaba, pues, en manos de Fazel y sus amigos. Inauguraron la nueva era con una rapida depuracion: seis partidarios del antiguo regimen, entre los que se encontraban los dos principales jefes religiosos de Tabriz que habian dirigido la lucha contra los «hijos de Adan», y el jeque Fazlollah Nuri, fueron ejecutados. Este ultimo estaba acusado de haber respaldado las matanzas que habian seguido al golpe de Estado del ano anterior; por lo tanto, se le juzgo por complicidad de asesinato y su condena a muerte fue ratificada por la jerarquia chii. Pero sin lugar a dudas la sentencia tenia, igualmente, un valor simbolico: Nuri habia asumido la responsabilidad de decretar que la Constitucion era una herejia. Fue colgado en publico el 31 de julio de 1909, en la plaza Topjane. Antes de morir murmuro: «?No soy un reaccionario!», para anadir inmediatamente, dirigiendose a sus partidarios diseminados entre la multitud, que la Constitucion era contraria a la religion y que esta tendria la ultima palabra. Pero la primera tarea de los nuevos dirigentes era reconstruir el Parlamento; el edificio se levanto de sus ruinas y se convocaron elecciones. El 15 de noviembre, el joven shah inauguro solemnemente el segundo _Majlis_ de la historia persa con estas palabras: «En el nombre de Dios, el que da la libertad, y bajo la proteccion oculta de Su Santidad, el Iman del Tiempo, queda abierta, en medio de la alegria y bajo los mejores auspicios, la Asamblea Nacional Consultiva. »El progreso intelectual y la evolucion de las mentalidades han hecho inevitable el cambio, que se ha producido pasando por una penosa prueba. Pero en el transcurso de los anos Persia ha sabido sobrevivir a muchas crisis y hoy su pueblo ve colmados sus deseos. Nos sentimos felices al comprobar que este nuevo gobierno progresista tiene el apoyo del pueblo y que esta devolviendo al pais la tranquilidad y la confianza. »Para poder realizar las reformas que se imponen, el Gobierno y el Parlamento deben considerar como una prioridad la reorganizacion del Estado, principalmente de las finanzas publicas, segun las normas que corresponden a las naciones civilizadas. »Rogamos a Dios que guie los pasos de los representantes de la nacion y asegure a Persia honor, independencia y felicidad.» Ese dia Teheran, alborozado, desfilo sin cesar por las calles, canto en las plazas, declamo poemas improvisados en los que todas las palabras rimaban, de grado o por fuerza, con «Constitucion», «Democracia» o «Libertad»; los comerciantes ofrecian bebidas y golosinas a los transeuntes y decenas de periodicos, enterrados en el momento del golpe de Estado, anunciaban su resurreccion con ediciones especiales. Cuando cayo la noche, los fuegos artificiales iluminaron la ciudad. Se habian instalado unas gradas en los jardines del Baharistan y en la tribuna de honor se sentaron los miembros del nuevo gobierno, los diputados, los dignatarios religiosos y las corporaciones del bazar y el cuerpo diplomatico. Como amigo de Baskerville tuve derecho a estar en las primeras filas; mi silla estaba justo detras de la de Fazel. Las explosiones y estampidos se sucedian, el cielo se iluminaba intermitentemente, las cabezas se echaban hacia atras, los rostros miraban hacia arriba y luego se erguian con sonrisas de ninos satisfechos. En el extremo, los «hijos de Adan» infatigables, cantaban desde hacia horas los mismos lemas. No se que ruido, que grito, trajo de nuevo a Howard a mis pensamientos. ?Mereceria tanto participar de la fiesta! En el mismo instante Fazel se volvio hacia mi: – Pareces triste. – ?Triste no, desde luego! Desde siempre he querido oir gritar «Libertad» en tierra de Oriente. Pero ciertos recuerdos me atormentan. – ?Alejalos, sonrie, alegrate, aprovecha los ultimos momentos de felicidad! Inquietantes palabras que me quitaron, aquella noche, todo deseo de celebracion. ?Estaba Fazel reanudando, con siete meses de intervalo, el penoso debate que nos enfrento en Tabriz? ?Tenia nuevos motivos de preocupacion? Estaba decidido a acudir a su casa el dia siguiente para obtener su aclaracion. Finalmente renuncie a ello y durante un ano entero evite verlo de nuevo. ?Por que razon? Creo que despues de la dolorosa aventura que acababa de vivir, abrigaba insistentes dudas sobre la sensatez de mi compromiso en Tabriz. Yo, que habia venido a Oriente tras el rastro de un manuscrito, ?tenia derecho a mezclarme hasta ese punto en una lucha que no era la mia? Y sobre todo, ?con que derecho habia aconsejado a Howard que viniera a Persia? En el lenguaje de Fazel y de sus amigos, Baskerville era un martir; a mis ojos, era un amigo muerto, muerto en tierra extranjera por una causa extranjera, un amigo, cuyos padres me escribirian un dia para preguntarme, con la mas desgarradora de las cortesias, por que habia enganado a su hijo. Entonces… ?remordimientos a causa de Howard?, Diria mas exactamente que cierto anhelo de decencia. No se si es la palabra adecuada, pero intento decir que despues de la victoria de mis amigos no tenia ningun deseo de pavonearme por Teheran escuchando el elogio de mis pretendidas hazanas en el asedio de Tabriz. Habia desempenado un papel fortuito y marginal, sobre, todo habia tenido un amigo, un compatriota heroico, y no tenia la intencion de escudarme en su recuerdo para, obtener privilegios y consideracion. A decir verdad, sentia una fuerte necesidad de eclipsarme, de dejar que me olvidaran, de no frecuentar mas a los politicos, a los miembros de clubes y a los diplomaticos. La unica persona a la que veia todos los dias y con un placer que no desmerecia jamas, era a Xirin. La habia convencido de que fuera a instalarse en una de sus numerosas residencias familiares en la colina de Zarganda, un lugar de veraneo fuera de la capital. Yo mismo habia alquilado una casita en los alrededores, pero por guardar las apariencias, ya que mis dias y mis noches transcurrian junto a ella con la complicidad de sus sirvientes. Aquel invierno pasamos semanas enteras sin salir de su espaciosa habitacion. Al calor de un magnifico brasero de cobre, leiamos el _Manuscrito_ y algunos otros libros, pasabamos largas y languidas horas fumando el _ka1yan_ , bebiendo vino de Shiraz, a veces incluso champan, y comiendo pistachos de Kirman y turrones de Ispahan; mi princesa sabia ser una gran dama y a la vez una chiquilla. Sentiamos el uno por el otro una ternura constante. En cuanto llegaban los primeros calores, Zarganda se animaba. Los extranjeros y los persas mas ricos tenian alli residencias suntuosas y se instalaban en ellas durante largos y perezosos meses, en medio de una lujuriante vegetacion. No cabe la menor duda de que unicamente la proximidad de ese paraiso hacia soportable el gris aburrimiento de Teheran a innumerables diplomaticos. Sin embargo, en invierno, Zarganda se quedaba desierta. Solo permanecian alli los jardineros, algunos guardas y los escasos supervivientes de su poblacion indigena. Xirin y yo teniamos una gran necesidad de ese desierto. Por desgracia, desde abril los veraneantes empezaban de nuevo su trashumancia. Los curiosos vagabundeaban por delante de todas las verjas, los andarines por todos los senderos. Despues de cada noche, despues de cada siesta, Xirin ofrecia te a las visitas de mirada indiscreta. Muchas veces tuve que esconderme, huir por los pasillos. La muelle hibernacion estaba consumada y habia llegado la hora de partir. Cuando se lo anuncie, la princesa se mostro triste pero resignada. – Creia que eras feliz. – He vivido un excepcional momento de felicidad. Quiero suspenderlo ahora que esta intacto para recuperarlo intacto. No me canso de contemplarte, con asombro, con amor. No quiero que la gente que nos invade cambie mi mirada. Me alejo en verano para encontrarte de nuevo en invierno. – El verano, el invierno, te alejas, vuelves a mi, crees disponer impunemente de las estaciones, de los anos, de tu vida, de la mia. ?No has aprendido nada de Jayyam? «Subitamente, el Cielo te quita hasta el instante necesario para humedecerte los labios.» Sus ojos se hundieron en los mios para leer en mi como en un libro abierto. Habia comprendido todo; suspiro. – ?Adonde piensas ir? Yo no lo sabia aun. Habia venido dos veces a Persia y las dos veces habia vivido como un sitiado. Me quedaba aun por descubrir todo el Oriente, desde el Bosforo, hasta el mar de China; Turquia, que acababa de rebelarse al mismo tiempo que Persia, que habia derrocado a su sultan-califa y que desde ese momento se enorgullecia de sus diputados, senadores, clubes y periodicos de la oposicion; el altivo Afganistan, que los britanicos habian conseguido someter finalmente, pero ?a que precio! Y por supuesto, me quedaba por recorrer toda Persia. Solo conocia Tabriz y Teheran, pero ?e Ispahan?, ?y Shiraz, Qazan y Kirman?, ?Nisapur y la tumba de Jayyam, piedra gris guardada desde hacia siglos por incansables generaciones de petalos? De todos esos caminos que se me ofrecian, ?cual elegir? Fue el _Manuscrito_ el que eligio por mi. Tome el tren para Krasnovodsk, atravese Asjabad y la antigua Merv y visite Bujara. Y, mas importante aun, fui a Samarcanda. XLIII S entia curiosidad por ver lo que quedaba de la ciudad donde se habia desarrollado la juventud de Jayyam. ?Que habia sido del barrio de Asfizar y de aquel pabellon en el jardin donde Omar amo a Yahan? ?Habria aun alguna huella del arrabal de Maturid, donde el judio fabricante de papel amasaba aun en el siglo XI segun las antiguas recetas chinas, las ramas de morera blanca? Durante semanas deambule a pie y luego lomos de una mula; interrogue a los comerciantes, a los transeuntes, a los imanes de las mezquitas, pero solo consegui de ellos muecas ignorantes, sonrisas divertidas y generosas invitaciones a tenderme en sus divanes azul cielo para compartir su te. Mi destino me llevo una manana a la plaza de Reghistan, por donde pasaba una caravana, una pequena caravana, ya que solo constaba de seis o siete camellos de Bactrian de tupido pelaje y pesados cascos. El viejo camellero se habia detenido, no lejos de mi, ante el tenderete de un alfarero, sosteniendo contra su pecho un cordero recien nacido; proponia un intercambio y el artesano discutia; sin separar sus manos de la tinaja ni del tomo, indicaba con la barbilla una pila de lebrillos barnizados. Yo observaba a los dos hombres, sus gorros de lana negra ribeteada, sus vestidos de rayas, sus barbas rojizas, sus gestos milenarios. ?Habria en la escena algun detalle que no hubiera podido ser identico en tiempos de Jayyam? Una brisa ligera, la arena se arremolina, las ropas se ahuecan, toda la plaza se cubre con un velo irreal. Mi mirada se pasea. Alrededor del Reghistan se yerguen tres monumentos, tres gigantescos conjuntos, torres, cupulas, porticos, altos muros totalmente adornados con minuciosos mosaicos, arabescos con reflejos de oro, de amatista, de turquesa, y laboriosos escritos. Todo sigue siendo majestuoso, pero las torres estan inclinadas, las cupulas reventadas, las fachadas mugrientas, roidas por el tiempo, por el viento, por siglos de indiferencia; ninguna mirada se eleva hacia esos monumentos, colosos altivos, soberbios, ignorados, teatro grandioso para una obra irrisoria. Me retire andando hacia atras y tropece con un pie; me volvi para disculparme y me encontre cara a cara con un hombre vestido a la europea como yo, llegado del mismo lejano planeta. Entablamos conversacion. Era un ruso, un arqueologo. El tambien habia venido con mil preguntas, pero ya tenia algunas respuestas. – En Samarcanda, el tiempo transcurre de cataclismo en cataclismo, de tabla rasa en tabla rasa. Cuando los mogoles destruyeron la ciudad en el siglo XIII, los barrios habitados se convirtieron en un monton de ruinas y de cadaveres y hubo que abandonarlos; los supervivientes reconstruyeron sus casas en otro lugar, mas al sur, de forma que toda la ciudad antigua, la Samarcanda de los selyuquies, recubierta poco a poco por capas de arena superpuesta, no es mas que una enorme meseta. Tesoros y secretos viven bajo tierra, y en la superficie se pastorea. Un dia habra que abrir todo, desenterrar las casas y las calles, y Samarcanda, asi liberada, podra contarnos su historia. Se interrumpio. – ?Es usted arqueologo? – No, esta ciudad me atrae por otras razones. – ?Seria indiscreto preguntar cuales son? Le hable del _Manuscrito_ , de los poemas, de la cronica, de las pinturas que evocaban a los amantes de Samarcanda. – ?Cuanto me gustaria ver ese libro! ?Sabe usted que todo lo que existia en esa epoca fue destruido? Como por una maldicion. Las murallas, los palacios, los huertos, los jardines, los canales, los lugares de culto, los libros, los principales objetos de arte. Los monumentos que hoy admiramos fueron construidos mas tarde por Tamerlan y sus descendientes, tienen menos de quinientos anos. Pero de la epoca de Jayyam solo quedan algunos trozos de ceramica, y como me acaba usted de informar, ese _Manuscrito_ , milagroso superviviente. Es un privilegio para usted poder tenerlo entre sus manos consultarlo a placer. Un privilegio y una gran responsabilidad. – Creame, soy consciente de ello. Desde hace anos, desde que me entere de que ese libro existia, solo vivo para el. Me ha llevado de aventura en aventura, su mundo se ha convertido en el mio y su depositaria en mi amante. – ?Y ha hecho usted este viaje hasta Samarcanda para conocer los lugares que describe? – Esperaba que los habitantes de la ciudad me indicaran al menos el emplazamiento de los antiguos barrios. – Siento tener que decepcionarle -prosiguio mi interlocutor-, pero sobre la epoca que le apasiona solo oira leyendas y cuentos de genios y de _divs_ . Esta ciudad los cultiva con delectacion. – ?Mas que otras ciudades de Asia? – Me temo que si. Me pregunto si la proximidad de estas ruinas no exacerba naturalmente la imaginacion de nuestros miserables contemporaneos. Y ademas, existe esa ciudad oculta bajo tierra. En el transcurso de los siglos, ?cuantos ninos se habran caido en las grietas sin reaparecer jamas, cuantos ruidos extranos se habran oido, o creido oir, procedentes segun toda apariencia de las entranas de la tierra! Fue asi como nacio la mas famosa leyenda sobre Samarcanda, la que tiene mucha culpa del misterio que envuelve el nombre de esta ciudad. Yo le dejaba hablar. – Se dice que un rey de Samarcanda quiso realizar el sueno de todo ser humano: escapar de la muerte. Convencido de que esta venia del cielo y deseoso de actuar de manera que jamas pudiera alcanzarle, se construyo un palacio bajo tierra, un inmenso palacio de hierro cuyos accesos cerro. Fabulosamente rico, se habia forjado, igualmente, un sol artificial que salia por la manana y se ponia por la tarde, para calentarle e indicarle el paso de los dias. Desgraciadamente, el dios de la muerte consiguio burlar la vigilancia del monarca y se deslizo al interior del palacio para realizar su trabajo. Tenia que probar a todos los humanos que ninguna criatura escapa de la muerte, sea cual sea su poder o su riqueza, su habilidad o su arrogancia. Samarcanda se convirtio asi en el simbolo del encuentro ineluctable entre el hombre y su destino. Despues de Samarcanda, ?adonde ir? Para mi significaba el ultimo extremo de Oriente, el lugar de la mayor fascinacion y de una insondable nostalgia. En el momento de abandonar la ciudad, decidi, pues, regresar a mi casa; deseaba volver a Annapolis, pasar alli algunos anos sedentarios para descansar de mis viajes y mas adelante marcharme de nuevo. Por lo tanto, forme el mas loco de los proyectos: volver a Persia, recoger a Xirin y el _Manuscrito_ de Jayyam antes de ir a perdernos juntos, ignorados, en alguna gran metropolis, Paris, Viena o Nueva York. Vivir ella y yo en Occidente al ritmo de Oriente, ?no seria el paraiso? En el camino de regreso estuve constantemente solo y ausente, preocupado unicamente de los argumentos que expondria a Xirin. Partir, partir, diria ella con desaliento, ?no puedes contentarte con ser feliz? Pero yo no perderia la esperanza de barrer sus reticencias. Cuando el cabriole alquilado al borde del Caspio me deposito en Zarganda ante mi puerta cerrada, ya estaba alli un automovil, un Jewel-40, que ostentaba justo en medio del capo una bandera estrellada. El chofer se apeo y se informo sobre mi identidad. Tuve la estupida impresion de que me esperaba desde mi partida, pero me aseguro que solo estaba alli desde por la manana. – Mi senor me dijo que me quedara aqui hasta su regreso. – Hubiera podido volver dentro de un mes o un ano o tal vez nunca. Mi estupor no le perturbo. – ?Pero como ya esta aqui… Me tendio una nota garrapateada por Charles W. Russel, ministro plenipotenciario de los Estados Unidos. «Estimado senor Lesage, Me sentiria muy honrado si pudiera usted venir a la Legacion esta tarde a las cuatro. Se trata de un asunto importante y urgente. Le he ordenado a mi chofer que se ponga a su disposicion.» XLIV D os hombres me esperaban en la Legacion, con la misma impaciencia contenida. Russel, con traje gris, pajarita tornasolada y bigotes caidos parecidos a los de Theodore Roosevelt pero mas cuidadosamente recortados; y Fazel con su eterna tunica blanca, capa negra, turbante azul. Por supuesto, fue el diplomatico el que inauguro la sesion en un frances inseguro pero correcto. – La reunion que se esta manteniendo hoy es de las que modifican el curso de la historia. Por medio de nuestras personas dos naciones se encuentran desafiando distancias y diferencias: los Estados Unidos, que forman una nacion joven pero una vieja democracia, y Persia, que es una vieja nacion, varias veces milenaria, pero una jovencisima democracia. Una pizca de misterio, una vaharada de solemnidad, y antes de proseguir, una ojeada hacia Fazel para asegurarse de que no le molestaban las palabras. – Hace algunos dias fui invitado al Club Democratico de Teheran, donde exprese a mi auditorio la profunda simpatia que siento por la revolucion constitucional. Este sentimiento es compartido por el presidente Taft y por Mr. Knox, nuestro Secretario de Estado. Debo anadir que este ultimo esta al corriente de nuestra reunion de hoy y que espera de mi que le informe telegraficamente de las conclusiones a las que hayamos llegado. Dejo a Fazel la tarea de explicarme: – ?Recuerdas aquel dia que quisiste convencerme de que no opusiera resistencia a las tropas del zar? – ?Aquel incordio! – Nunca te lo he reprochado. Hiciste lo que debias y en cierto sentido tenias razon. Pero desgraciadamente, lo que yo temia se ha producido. Los rusos jamas abandonaron Tabriz, la poblacion esta sometida a continuas vejaciones, los cosacos arrancan el velo a las mujeres en las calles y a los «hijos de Adan» se les, encarcela al menor pretexto. Sin embargo, hay algo mas grave aun. Mas grave que la ocupacion de Tabriz, mas grave que la suerte de mis, companeros. Nuestra democracia corre el riesgo de zozobrar. Russel ha dicho «joven», pero podria haber anadido «fragil», «amenazada». En apariencia todo va bien, el pueblo es mas feliz, el bazar prospera, los religiosos se muestran conciliadores. Sin embargo, haria falta un milagro para impedir que se derrumbara el edificio. ?Por que? Porque nuestras arcas estan vacias, como en el pasado. El antiguo regimen tenia una forma muy extrana de recaudar los impuestos. Arrendaba cada provincia a cualquier buitre, que sangraba a la poblacion y se guardaba el dinero para el, contentandose con separar una parte para comprar protecciones en la corte. De ahi vienen todas nuestras desgracias. Como el tesoro esta agotado, se pide prestado a los rusos y a los ingleses, que para poder reembolsarse su prestamo obtienen concesiones y privilegios. Por esa via se introdujo el zar en nuestros asuntos y asi hemos vendido a precio de saldo nuestras riquezas. El nuevo poder se enfrenta al mismo dilema que los antiguos dirigentes: si no. consigue recaudar los impuestos a la manera de los paises modernos, tendra que aceptar la tutela de las potencias. Para nosotros lo mas urgente es sanear nuestras finanzas. La modernizacion de Persia pasa por ahi; la libertad de Persia tiene ese precio. – Si el remedio es tan evidente, ?a que se espera para aplicarlo? – Ningun persa es hoy capaz de dedicarse a semejante tarea. Es triste decirlo con respecto a una nacion de diez millones de habitantes, pero no se puede subestimar el peso de la ignorancia. Aqui, solo un punado hemos recibido una ensenanza moderna parecida a la de los altos funcionarios en las naciones avanzadas. El unico campo en el que tenemos numerosas personas competentes es el de la diplomacia. Para lo demas, ya se trate del ejercito, de los transportes y sobre todo de las finanzas, no hay mas que la nada. Si nuestro regimen pudiera mantenerse veinte, treinta anos, formaria sin duda una generacion capaz de encargarse de todos esos sectores. Mientras tanto, la mejor solucion que se nos presenta es recurrir a extranjeros honrados y competentes. No es facil encontrarlos, ya lo se. En el pasado tuvimos las peores experiencias con Naus, Liakhov y muchos otros. Pero no pierdo la esperanza. He hablado de este tema con algunos colegas en el Parlamento y en el Gobierno y hemos pensado que Estados Unidos podria ayudarnos. – Me siento halagado- dije espontaneamente-, pero ?por que mi pais? Charles Russel reacciono a mi observacion con un movimiento de sorpresa y de inquietud que la respuesta de Fazel no tardo en aplacar. – Hemos pasado revista una a una a todas las potencias. Los rusos y los britanicos prefieren precipitarnos a la bancarrota para dominarnos mejor. Los franceses estan demasiado preocupados con sus relaciones con el zar como para que les importe nuestra suerte. En general, toda Europa esta presa en un juego de alianzas y contraalianzas en el que Persia no seria mas que una vulgar moneda de intercambio, un peon en el tablero de ajedrez. Unicamente Estados Unidos podria interesarse por nosotros sin intentar invadirnos. Por lo tanto me dirigi a Russel y le pregunte si conocia a un americano capaz de consagrarse a una tarea tan dificil. Tengo que reconocer que fue el quien menciono tu nombre. Me habia olvidado completamente de que habias hecho estudios financieros. – Me siento halagado por esta confianza -respondi-, pero desde luego no soy el hombre que necesitais. A pesar del diploma que obtuve, soy un mal financiero y nunca tuve la ocasion de poner a prueba mis conocimientos. Habra que reprocharselo a mi padre, que construyo tantos barcos que no tuve necesidad de trabajar para vivir. En mi vida no me he ocupado mas que de las cosas esenciales, es decir, futiles: viajar y leer, amar y creer, dudar, luchar. Y a veces, escribir. Risas azoradas, intercambio de miradas perplejas. Yo prosegui: – Cuando hayais encontrado a vuestro hombre, podre estar a su lado, darle consejos y prestarle ayuda en pequenas cosas, pero sera a el a quien habra que exigirle competencia y trabajo. Yo estoy lleno de buena voluntad, pero soy un ignorante y un perezoso. Renunciando a insistir, Fazel prefirio responderme en el mismo tono: – Es verdad, puedo asegurarlo, y ademas tienes otros defectos mayores aun. Eres mi amigo, todo el mundo lo sabe; mis adversarios politicos no tendran mas que un objetivo: impedir tu exito. Russel escuchaba en silencio con una sonrisa petrificada, como olvidada, en el rostro. No cabia la menor duda de que nuestras bromas no eran de su agrado, pero no abandono su flema. Fazel se volvio hacia el: – Siento la defeccion de Benjamin, pero no cambia en nada nuestro acuerdo. Tal vez sea mejor confiar este tipo de responsabilidad a un hombre que no haya estado nunca involucrado, ni de cerca ni de lejos, en los asuntos persas. – ?Esta pensando en alguien? – No tengo ningun nombre en la mente. Quisiera una persona rigurosa, honrada y de espiritu, independiente. Esa raza existe en su pais, lo se, me imagino muy bien al personaje, casi podria decir que le estoy viendo ante mi; un hombre elegante, impecable, de porte erguido, que mire a los ojos y hable claramente. Un hombre que se parezca a Baskerville. El mensaje del Gobierno persa a su Legacion de Washington, el 25 de diciembre de 1910, domingo y dia de Navidad, estaba telegrafiado en estos terminos: «Soliciten inmediatamente al Secretario de Estado que les ponga en contacto con las autoridades financieras americanas al objeto de contratar para el puesto de Tesorero General a un americano experto y desinteresado, teniendo como base un contrato preliminar de tres anos, sujeto a la ratificacion del Parlamento. Se encargara de reorganizar los recursos del Estado, la percepcion de las rentas y su desembolso, asistido por un censor de cuentas y un inspector que supervisara la recaudacion en las provincias. »El ministro de Estados Unidos en Teheran nos informa que el Secretario de Estado esta de acuerdo. Contacten con el directamente, evitando pasar por intermediarios. Transmitanle el texto integro de este mensaje y actuen segun las sugerencias que el les haga.» El 2 de febrero siguiente, el Majlis aprobo el nombramiento de los expertos americanos con una mayoria aplastante y en medio de una salva de aplausos. Pocos dias despues, el ministro de Finanzas que habia presentado el proyecto a los diputados fue asesinado en plena calle por dos georgianos. Esa misma noche, el interprete de la Legacion rusa acudio al Ministerio persa de Asuntos Exteriores exigiendo que los asesinos, subditos del zar, le fueran entregados sin demora. En Teheran, todo el mundo habia comprendido que esa accion era la respuesta de San Petersburgo al voto del Parlamento, pero las autoridades prefirieron ceder para no envenenar sus relaciones con su poderoso vecino. Por lo tanto, los asesinos fueron conducidos a la Legacion y luego a la frontera; en cuanto la cruzaron, quedaron en libertad. A modo de protesta, el bazar cerro sus puertas, los «hijos de Adan» hicieron un llamamiento para que se boicotearan las mercancias rusas; incluso se produjeron actos de venganza contra los subditos georgianos, los _goryi,_ numerosos en el pais. Sin embargo, el Gobierno, alternando con la prensa, predicaba la paciencia: las verdaderas reformas iban a comenzar, decian, los expertos llegarian, pronto las arcas del Estado estarian llenas, pagaremos nuestras deudas, nos quitaremos de encima todas las tutelas, tendremos escuelas y hospitales y tambien un ejercito moderno que obligara al zar a abandonar Tabriz y le impedira mantenernos bajo su amenaza. Persia esperaba milagros. Y, en efecto, los milagros iban a producirse. XLV E l primer milagro me lo anuncio Fazel. Susurrando, pero triunfante: – ?Mirale! ?Ya te dije que se pareceria a Baskerville! Se trataba de Morgan Shuster, el nuevo Tesorero General de Persia, que se acercaba para saludarnos. Habiamos iba a su encuentro por la carretera de Qazvin. Llegaba, acompanado de los suyos, en vetustas sillas de posta tiradas por jamelgos. Extrano, ese parecido con Howard: los mismos ojos, la misma nariz, el mismo rostro muy afeitado, quiza un poco mas redondeado, los mismos cabellos claros peinados con la misma raya, el mismo apreton de manos, cortes pero dominante. Nuestra forma de mirarlo le debio de molestar, pero no lo demostro; verdad es que el hecho de presentarse asi en un pais extranjero y en unas circunstancias tan excepcionales le haria esperar que seria objeto de una constante curiosidad. En el transcurso de su estancia iba a ser observado, escrutado y acosado. A veces con malevolencia. Cada una de sus acciones, cada una de sus omisiones seria referida y comentada, alabada o maldecida. La primera crisis estallo una semana despues de su llegada. De los cientos de personalidades que iban cada dia a dar la bienvenida a los americanos, algunas preguntaron a Shuster cuando contaba con visitar las legaciones persa y rusa. La respuesta del interesado fue evasiva. Pero las preguntas se hicieron insistentes y el asunto se divulgo suscitando animados debates en el bazar: el americano ?debia o no hacer visitas de cortesia a las legaciones? Estas daban a entender que habian sido escarnecidas y el clima era cada vez mas tenso. Dado el papel que habia desempenado en la venida de Shuster, Fazel se sentia particularmente molesto por ese contratiempo diplomatico, que amenazaba con poner en tela de juicio el conjunto de su mision. Me pidio que interviniera. Acudi, pues, a ver a mi compatriota al palacio Atabak, un edificio de piedra blanca, cuya fachada de finas columnas se reflejaba en un estanque. Constaba de treinta enormes habitaciones amuebladas en parte a la oriental y en parte a la europea, sepultadas bajo alfombras y objetos de arte. A su alrededor habia un inmenso parque cruzado por riachuelos y salpicado de lagos artificiales, verdadero paraiso persa donde los ruidos de la ciudad llegaban filtrados por el canto de las cigarras. Era una de las mas bellas residencias de Teheran. Habia pertenecido a un antiguo Primer Ministro antes de que la comprara un rico comerciante zoroastrico, ferviente partidario de la Constitucion, quien la puso, gentilmente, a disposicion de los americanos. Shuster me recibio en la escalinata. Ya repuesto de las fatigas del viaje, me parecio muy joven. Solo tenia treinta y cuatro anos y no los representaba. ?Y yo que habia pensado que Washington enviaria un experto peinando ya canas y con aspecto de reverendo! – Vengo a hablarle de este asunto de las legaciones. – ?Usted tambien! Parecio como si le divirtiera. – No se -insisti- si se da cuenta de la importancia que ha tomado esta cuestion de protocolo. ?No lo olvide, estamos en un pais de intrigas! – No hay nadie a quien le gusten tanto las intrigas como a mi. Se rio otra vez, pero se interrumpio de pronto, recobrando totalmente el semblante serio que exigia su funcion. – Senor Lesage, no se trata solamente de protocolo. Se trata de principios. Antes de aceptar este puesto, me informe ampliamente sobre las decenas de expertos extranjeros llegados a este pais antes que yo. A algunos no les faltaba competencia ni buena voluntad, pero todos fracasaron. ?Sabe por que? Porque cayeron en la trampa en la que me invitan a caer hoy. Fui nombrado Tesorero General de Persia por el Parlamento persa y es normal, por lo tanto, que advierta al shah, al regente y al gobierno de mi llegada. Soy americano y por lo tanto puedo igualmente visitar a ese simpatico Mr. Russel. Pero ?por que se me exige que efectue visitas de cortesia a los rusos, a los ingleses, a los belgas o a los austriacos? Se lo voy a decir: porque se quiere demostrar a todos, al pueblo persa que espera tanto de los americanos y al Parlamento que nos ha contratado a pesar de todas las presiones que tuvo que soportar, que Morgan Shuster es un extranjero como todos los extranjeros, un _farangu_ i. En cuanto efectuara mis primeras visitas, las invitaciones lloverian; los diplomaticos son personas educadas, acogedoras y cultivadas, hablan las lenguas que conozco y juegan los mismos juegos. Yo viviria feliz aqui, senor Lesage, entre el bridge, el te, el tenis, la equitacion y los bailes de disfraces, y volveria a mi pais dentro de tres anos rico, contento, bronceado y con buena salud. ?Pero no es para eso para lo que he venido, senor Lesage! Casi gritaba. Una mano invisible, tal vez la de su mujer, vino discretamente a cerrar la puerta del salon. El no parecio advertirlo y prosiguio: – He venido con una mision muy precisa: modernizar las finanzas de Persia. Estos hombres han recurrido a nosotros porque tienen confianza en nuestras instituciones y en nuestra gestion de los negocios. No tengo intencion de decepcionarlos ni de enganarlos. Vengo de una nacion cristiana, senor Lesage, y para mi esto tiene un significado. ?Que imagen tienen los persas hoy en dia de las naciones cristianas? ?La muy cristiana Inglaterra que se apodera de su petroleo, la muy cristiana Rusia que les impone su voluntad segun la cinica ley del mas fuerte? ?Quienes son los cristianos que han tratado hasta ahora? Estafadores, arrogantes, gente sin Dios, cosacos. ?Que idea quiere que tengan de nosotros? ?En que mundo vamos a vivir todos juntos? ?No tenemos otra cosa que proponerles que ser nuestros esclavos o nuestros enemigos? ?No pueden ser nuestros companeros, nuestros iguales? Felizmente, algunos de ellos continuan creyendo en nosotros, en nuestros valores, pero ?cuanto tiempo aun podrian hacer callar las miles de voces que equiparan al europeo con el demonio? ?A que se parecera la Persia del manana? Eso dependera de nuestro, comportamiento, del ejemplo que demos. El sacrificio de Baskerville ha hecho olvidar la codicia de muchos otros. Siento una gran estima por el, pero tranquilicese, no tengo intencion de morirme, sencillamente quiero ser honrado. Servire a Persia como serviria a una compania americana; no la robare, me esforzare en sanearla y en hacerla prosperar y respetare al Consejo de Administracion, pero sin besamanos ni zalemas. Mis lagrimas habian comenzado a correr de la manera mas tonta. Shuster se callo y me contemplo con circunspeccion y cierto desasosiego. – Disculpeme si por mi tono o mis palabras le he herido involuntariamente. Me levante y le tendi la mano para estrechar la suya. – No me ha herido, senor Shuster, solo me ha conmovido. Voy a transmitir sus palabras a mis amigos persas. Su reaccion no sera diferente a la mia. Al salir de su casa, corri al Baharistan, donde sabia que encontraria a Fazel. En cuanto lo divise a lo lejos, grite: – ?Fazel, otro milagro! El 13 de junio, el Parlamento persa decidia, por una votacion sin precedente, otorgar a Morgan Shuster plenos poderes para reorganizar las finanzas del pais. De ahi en adelante, seria invitado regularmente al Consejo de Ministros. Mientras tanto, otro incidente era la comidilla del bazar y las cancillerias. Un rumor, de origen desconocido pero facil de adivinar, acusaba a Morgan Shuster de pertenecer a una secta persa. El asunto puede parecer absurdo, pero los propagadores habian destilado bien su veneno para dar a la mentira visos de verosimilitud. De la noche a la manana los americanos se convirtieron en sospechosos a los ojos de la gente. Una vez mas se me encargo que hablara con el Tesorero General. Nuestras relaciones eran cordiales desde el primer encuentro. Me llamaba Ben y yo le llamaba Morgan. Le expuse el objeto del delito: – Se dice que entre tus sirvientes hay _babis_ o _bahais_ notorios, lo que me ha confirmado Fazel. Se dice tambien que los _bahais_ acaban de fundar en Estados Unidos una rama muy activa. Y han sacado la conclusion de que todos los americanos de la delegacion eran, de hecho, _bahais_ , que con el pretexto de sanear las finanzas del pais, han venido a ganar adeptos. Morgan reflexiono un momento: – Voy a responder a la unica pregunta importante: no, no he venido para predicar o convertir, sino para reformar las finanzas persas que lo necesitan mucho. Anadire, para tu informacion, que por supuesto no soy _babai_ , que solo me entere de la existencia de estas sectas en un libro del profesor Browne, justo antes de venir, y que ademas seria incapaz de ver la diferencia entre _babi_ y _bahai_ . Si se trata de mis sirvientes, que son mas de quince en esta inmensa casa, todo el mundo sabe que estaban aqui antes de mi llegada. Su trabajo me satisface y es la unica cosa que importa. ?No tengo la costumbre de juzgar a mis colaboradores por su fe religiosa o el color de su corbata! – Comprendo perfectamente tu actitud, que esta de acuerdo con mis propias convicciones. Pero estamos en Persia y las sensibilidades son, a veces, diferentes. Vengo de visitar al Ministro de Finanzas y estima que para hacer callar a los calumniadores habria que despedir a los sirvientes involucrados en este caso. Por lo menos a algunos de ellos. – ?El ministro de Finanzas se preocupa de este, asunto? – Mas de lo que piensas. Teme que ponga en peligro toda la accion realizada en su sector. Me ha rogado que le informe de mi gestion esta misma tarde. – Entonces no voy a retrasarte. ?Le diras de mi parte que no se va a despedir a ningun sirviente y que para mi el asunto esta zanjado! Se levanto. Yo me senti en la obligacion de insistir: – ?No estoy seguro de que esta respuesta sea suficiente, Morgan! – ?Ah! ?no? Entonces anadiras de mi parte: «Senor Ministro de Finanzas, si no tiene otra cosa mejor que hacer que averiguar la religion de mi jardinero, yo puedo proporcionarle varios expedientes mas importantes para ocupar su tiempo.» No informe al Ministro mas que del contenido de esas palabras, pero se que Morgan se las repitio el mismo textualmente a la primera ocasion, sin que por otra parte se suscitara el menor drama. En realidad, todo el mundo estaba contento de que al fin se dijeran sin rodeos ciertas cosas sensatas. – Desde que Shuster esta aqui -me confio un dia Xirin-, hay en la atmosfera algo mas sano, mas limpio. Siempre nos imaginamos que se necesitan siglos para salir de una situacion caotica, inextricable. De pronto aparece un hombre y como por encanto el arbol que creiamos condenado reverdece y comienza a dar hojas de nuevo, frutos y sombra. Este extranjero me ha devuelto la fe en los hombres de mi pais. No les habla como a indigenas, no respeta susceptibilidades y mezquindades, les habla como a hombres y los indigenas descubren de nuevo que son hombres. ?Sabes que en mi propia familia, las ancianas rezan por el? XLVI N o me apartaria en modo alguno de la verdad si, afirmara que en aquel ano de 1911 toda Persia vivia pendiente del «americano» y que era indiscutiblemente, de todos los responsables, el mas popular y uno de los mas poderosos. Los periodicos apoyaban su actuacion con tanto mas entusiasmo cuanto que se molestaba reunir a veces a los redactores para exponerles sus proyectos y solicitar incluso sus consejos sobre algunas cuestiones espinosas. Sobre todo, y eso era lo mas importante, su dificil mision iba camino de lograr el exito. Incluso antes la reforma del sistema fiscal, Shuster habia conseguido equilibrar el presupuesto, simplemente limitando el robo y el despilfarro. Antes de que el llegara, innumerables personajes, principes, ministros o altos dignatarios enviaban al Tesoro sus exigencias, una cifra garrapateada en una hoja grasienta, y los funcionarios se veian obligados a satisfacerlas so pena de perder su puesto o la vida. Con Morgan, todo habia cambiado de la noche a la manana. Un ejemplo entre otros: en el Consejo de Ministros del 17 de junio, se le pidio a Shuster, en un patetico tono, la suma de cuarenta y dos mil tumanes para pagar el sueldo de las tropas de Teheran. – ?Si no, estallara una rebelion y toda la responsabilidad recaera sobre el Tesorero General! -exclamo Amir-i-Azam, «el Emir Supremo», Ministro de la Guerra. Respuesta de Shuster: – El senor Ministro ha recibido hace diez dias una suma equivalente. ?Que ha hecho con ella? – La he gastado en pagar una parte de los sueldos atrasados. Las familias de los soldados tienen hambre, los oficiales estan totalmente endeudados, ?la situacion es insostenible! – ?El senor Ministro esta seguro de que no queda nada de esas sumas? – ?Ni una moneda! Shuster saco entonces de su bolsillo una pequena cartulina escrita con una letra minuciosa, que consulto ostensiblemente antes de afirmar: – La suma que el Tesoro entrego hace diez dias fue depositada en su totalidad en la cuenta personal del Ministro y no se ha gastado ni un solo tuman. Tengo aqui el nombre del banquero y las cifras. El Emir Supremo, gigante adiposo, se levanto relampagueando de ira; se puso la mano extendida sobre el pecho y paseo una mirada furiosa sobre sus colegas: – ?Se esta tratando de poner en tela de juicio mi honor? Como nadie le tranquilizaba sobre ese punto, anadio: – Juro que si efectivamente semejante suma esta en mi cuenta, he sido el ultimo en saberlo. En vista de que a su alrededor aparecian algunas muecas incredulas, se decidio hacer venir al banquero y Shuster pidio a los miembros del Gabinete que esperaran alli mismo. En cuanto se recibio el aviso de que el hombre habia llegado, el Ministro de la Guerra se precipito a su encuentro. Despues de un intercambio de cuchicheos, el Emir Supremo volvio hacia sus colegas con una sonrisa ingenua. – Ese maldito banquero no habia comprendido mis directrices y aun no ha pagado a las tropas. ?Ha sido un malentendido! El incidente se termino penosamente, pero desde entonces los altos dignatarios del Estado no se atrevieron ya a llevar a cabo aquel alegre saqueo del Tesoro que se venia realizando desde hacia siglos. Ciertamente, habia descontentos pero tenian que callarse, ya que la mayoria de la gente, incluso entre los responsables del Gobierno, tenia razones para estar satisfecha: por primera vez en la historia, los funcionarios, los soldados y los diplomaticos persas en el extranjero recibian sus sueldos a tiempo. En los propios medios financieros internacionales se comenzo a creer en el milagro Shuster. La prueba es que los hermanos Seligman, banqueros en Londres, decidieron conceder a Persia un prestamo de cuatro millones de libras esterlinas sin imponer ninguna de las clausulas humillantes que solian ir unidas a ese tipo de transaccion. Ni retencion sobre las recaudaciones de Aduanas, ni hipoteca de ninguna clase; un prestamo normal a un cliente normal, respetable y potencialmente solvente. Era un paso importante. A los ojos de aquellos que intentaban someter a Persia era un precedente peligroso. El gobierno britanico intervino para bloquear el prestamo. Durante ese tiempo, el zar habia recurrido a metodos mas brutales. En julio llego la noticia del regreso del antiguo shah con dos de sus hermanos y a la cabeza de un ejercito de mercenarios para reconquistar el poder. Pero ?acaso no estaba retenido en Odessa, en una residencia vigilada y con la promesa expresa del gobierno ruso de no permitirle jamas volver a Persia? Cuando fueron interrogadas, las autoridades de San Petersburgo respondieron que habia escapado a su vigilancia y viajado con pasaporte falso, que su armamento habia sido transportado en cajas marcadas como «agua mineral», por lo que no se consideraban responsables de su rebelion. De modo que el shah habria abandonado su residencia en Odessa, atravesado con sus hombres los varios cientos de millas que separan Ucrania de Persia, se habria embarcado con su cargamento en un buque ruso, habria cruzado el Caspio y desembarcado en la costa persa, ?y todo esto sin que el gobierno del zar ni su ejercito, ni la Okhrana, su policia secreta, lo hubiesen advertido en ningun momento? ?Pero para que argumentar? Lo mas importante de todo era impedir que la fragil democracia persa se derrumbara. El Parlamento pidio creditos a Shuster y esta vez el americano no discutio. Por el contrario, procuro que en pocos dias se pusiera en pie un ejercito con el mejor equipo disponible y abundante municion, sugiriendo el mismo el nombre del comandante Efraim Kan, un brillante oficial armenio que lograria en tres meses aplastar al ex shah y enviarlo de nuevo al otro lado de la frontera. En las cancillerias del mundo entero apenas se lo creian. ?Se habria convertido Persia en un Estado moderno? Normalmente, semejantes rebeliones duraban anos. Para la mayoria de los observadores, tanto en Teheran corno en el extranjero, la respuesta podia resumirse en una sola palabra magica: Shuster. Su cometido superaba ya ampliamente el de un simple Tesorero General. Fue el quien sugirio al Parlamento que decretara fuera de la ley al antiguo shah y que se pegaran en las paredes de todas las ciudades un «Wanted» del mas puro estilo «Far West», ofreciendo importantes sumas a aquellos que ayudaran a la captura del rebelde imperial y de sus hermanos. Lo que termino de desacreditar al monarca derrocado a los ojos de la poblacion. La ira del zar no se aplacaba. Para el estaba claro que sus ambiciones en Persia no podrian saciarse mientras Shuster estuviera alli. ?Habia que hacerle partir! Habia que crear un incidente, un grave incidente. Un hombre fue encargado de esta mision: Pokhitanoff, antiguo consul en Tabriz, convertido en consul general en Teheran. Mision es una palabra pudica, ya que, en este caso, habra que hablar de conspiracion, cuidadosamente preparada aunque sin gran sutileza. El Parlamento habia decidido confiscar los bienes de los dos hermanos del ex shah, que habian dirigido la rebelion a su lado. Encargado, como Tesorero General, de ejecutar la sentencia, Shuster quiso hacer las cosas dentro de la mas estricta legalidad. La principal propiedad incluida en la confiscacion, situada no lejos del palacio Atabak, pertenecia al principe imperial que respondia al nombre de «Resplandor del Sultanato»; el americano envio, con un destacamento de la policia, a unos funcionarios civiles provistos de un mandamiento judicial en regla. Se encontraron cara a cara con unos cosacos acompanados de oficiales consulares rusos que prohibieron a los policias la entrada en la propiedad, amenazando con utilizar la fuerza si no se retiraban inmediatamente. Cuando se le informo de lo que habia sucedido, Shuster envio a uno de sus ayudantes a la Legacion rusa. Fue recibido por Pokhitanoff que, con tono agresivo, le dio la siguiente explicacion: la madre del principe «Resplandor del Sultanato» ha escrito al zar y a la zarina para pedir su proteccion, que se le ha otorgado generosamente. El americano no daba credito a sus oidos; que los extranjeros, dijo, dispongan en Persia del privilegio de la impunidad, que los asesinos de un ministro persa no puedan ser juzgados porque son subditos del zar, es inicuo, pero es una regla establecida, dificil de modificar; pero que unos persas, de la noche a la manana, coloquen sus propiedades bajo la proteccion de un monarca extranjero para burlar las leyes de su pais, es un procedimiento nuevo, inedito, inaudito. Shuster no queria resignarse. Dio la orden a los policias de ir a tomar posesion de las propiedades incluidas en la confiscacion sin usar la violencia, pero con firmeza. Esta vez Pokhitanoff no intervino. Habia creado el incidente. Su mision estaba cumplida. La reaccion no tardo en producirse. En San Petersburgo se publico un comunicado afirmando que lo que acababa de suceder equivalia a una agresion contra Rusia, a un insulto al zar y a la zarina, y exigiendo excusas oficiales del Gobierno de Teheran. Trastornado, el Primer Ministro persa pidio consejo a los britanicos; el Foreign Office respondio que el zar no estaba bromeando, que habia congregado tropas en Baku, que se disponia a invadir Persia y que seria prudente aceptar el ultimatum. El 24 de noviembre de 1911, el Ministro de Asuntos Exteriores se presento, pues, con la muerte en el alma, en la Legacion rusa y estrecho obsequiosamente la mano del Ministro plenipotenciario pronunciando estas palabras: «Excelencia, mi Gobierno me ha encargado que presente excusas en su nombre por la afrenta que han sufrido los oficiales consulares de su gobierno.» Sin dejar de estrechar la mano que se le tendia, el representante del zar replico: «Sus excusas son aceptadas como respuesta a nuestro primer ultimatum, pero debo informarle de que un segundo ultimatum esta en preparacion en San Petersburgo. Le comunicare su contenido en cuanto lo reciba.» Promesa cumplida. Cinco dias mas tarde, el 29 de noviembre a mediodia, el diplomatico presento al Ministro de Asuntos Exteriores el texto del nuevo ultimatum, anadiendo oralmente que habia recibido ya la aprobacion de Londres y que habia que aceptarlo en el plazo de cuarenta y ocho horas. Primer punto: despedir a Morgan Shuster. Segundo punto: no volver a contratar jamas a un experto extranjero sin obtener previamente el consentimiento de las Legaciones rusa y britanica. XLVII E n la sede del Parlamento, los setenta y seis diputados esperan; unos llevan turbante, otros fez o gorro, y unos cuantos «hijos de Adan», entre los mas militantes, van incluso vestidos a la europea. A las once, el Primer Ministro sube a la tribuna corno a un patibulo, lee con voz ahogada el texto del ultimatum y luego recuerda el apoyo de Londres al zar antes de enunciar la decision de su Gobierno: No resistir, aceptar el ultimatum, despedir al americano; en una palabra, volver a estar bajo la tutela de las potencias antes que ser aplastados bajo su bota. Para intentar evitar lo peor, necesita una orden clara; por lo tanto, plantea la cuestion de confianza, recordando a los diputados que el ultimatum expira a mediodia, que el tiempo esta contado y que los debates no pueden eternizarse. A lo largo de su intervencion, no ha cesado de dirigir miradas inquietas hacia la galeria de los invitados, donde se pavonea Pokhitanoff, a quien nadie se ha atrevido a prohibir la entrada. Cuando el Primer Ministro vuelve a su sitio, no se producen abucheos ni aplausos. Solo un silencio aplastante, abrumador, irrespirable. Luego se levanta un venerable sayyid, descendiente del Profeta y modernista de los primeros tiempos, que siempre ha apoyado con fervor la mision de Shuster. Su discurso es breve: – Quiza sea la voluntad de Dios que se nos arranque por la fuerza nuestra libertad y nuestra soberania. Pero no las abandonaremos por voluntad propia. Nuevo silencio. Luego otra intervencion, en el mismo sentido e igualmente breve. Pokhitanoff consulta su reloj ostensiblemente. El Primer Ministro lo ve, saca a su vez la cadena de su reloj de bolsillo cincelado y se lo acerca a los ojos. Son las doce menos veinte. Esta trastornado y golpea el suelo con su baston, pidiendo que se pase ya a la votacion. Cuatro diputados se retiran precipitadamente, con diversos pretextos; los setenta y dos que quedan dicen todos «no». No al ultimatum del zar. No a la partida de Shuster. No a la actitud del Gobierno. Por ello, el Primer Ministro esta ya considerado como dimitido y se retira con todo su Gabinete. Pokhitanoff tambien se levanta; el texto que debe telegrafiar a San Petersburgo esta ya redactado. La gran puerta se cierra de un portazo, cuyo eco resuena durante largo rato en el silencio de la sala. Los diputados se quedan solos. Han ganado, pero no tienen ningun deseo de celebrar su victoria. El poder esta en sus manos; el destino del pais, de su joven Constitucion, depende de ellos. ?Que pueden hacer? ?Que quieren hacer? No lo saben. Sesion irreal, patetica, caotica y, en ciertos aspectos, infantil. De vez en cuando surge una idea pronto desechada: – ?Y si pidieramos a Estados Unidos que nos enviaran tropas? – ?Por que iban a venir? Son los amigos de Rusia. ?No fue el presidente Roosevelt quien reconcilio al zar con el mikado? – Pero esta Shuster. ?No querrian ayudarle? – Shuster es muy popular en Persia; en su pais apenas conocen su nombre. A los dirigentes americanos no les debe agradar que se haya enemistado con San Petersburgo y Londres. – Podriamos proponerles que construyeran un ferrocarril. Quiza muerdan el anzuelo, quiza vengan en nuestra ayuda. – Quiza. Pero no antes de seis meses y el zar estara aqui dentro de dos semanas. ?Y los turcos? ?Y los alemanes? ?Y por que no los japoneses? ?No han aplastado a los rusos en Manchuria? Y de pronto un joven diputado de Kirman sugiere, sonriendo apenas, que se ofrezca el trono de Persia al mikado. Fazel explota: – ?Es necesario que sepamos de una vez por todas que ni siquiera podremos recurrir a la gente de Ispahan! Si entablamos la batalla, sera en Teheran, con la gente de Teheran, con las armas que hay en este instante en la capital. Como hace tres anos en Tabriz. Y no enviaran contra nosotros mil cosacos, sino cincuenta mil. Debemos saber que lucharemos sin la menor posibilidad de ganar. Viniendo de otra persona, esta descorazonadora intervencion habria suscitado un torrente de acusaciones. Viniendo del heroe de Tabriz, del mas eminente de los «hijos de Adan», las palabras se toman por lo que son, la expresion de una cruel realidad. A partir de ahi, es dificil predecir la resistencia. Sin embargo, es lo que hace Fazel. – Si estamos dispuestos a luchar es solo para preservar el futuro. ?No vive aun Persia con el recuerdo del iman Hussein? Sin embargo, ese martir no hizo mas que entablar una batalla perdida, fue vencido, aplastado, aniquilado, y es a el a quien honramos. Persia necesita sangre para creer. Somos setenta y dos, como los companeros de Hussein. Si morimos, este Parlamento se convertira en lugar de peregrinacion, y la democracia estara anclada durante siglos en la tierra de Oriente. Todos decian que estaban dispuestos a morir, pero no murieron. No es que fallaran o traicionaran su causa. Por el contrario, trataron de organizar las defensas de la ciudad, se presentaron numerosos voluntarios, sobre todo «hijos de Adan», como en Tabriz. Pero no habia solucion. Despues de haber invadido el norte del pais, las tropas del zar venian ya hacia la capital. Unicamente la nieve retrasaba un poco su avance. El 24 de diciembre, el Primer Ministro destituido decidio tomar de nuevo el poder con un golpe de fuerza. Con la ayuda de los cosacos, de las, tribus bajtiaris, de una parte importante del ejercito y de la policia, se adueno de la capital e hizo proclamar la disolucion del Parlamento. Varios diputados fueron detenidos. A los mas activos se les condeno al exilio. Fazel encabezaba la lista. El primer acto del nuevo regimen fue aceptar oficialmente los terminos del ultimatum del zar. Una correcta carta informo a Morgan Shuster que habia finalizado su funcion de Tesorero General. Solo habia permanecido ocho meses en Persia, ocho meses agitados, freneticos, vertiginosos, ocho meses que estuvieron a punto de cambiar la faz de Oriente. El 11 de enero de 1912, Shuster fue despedido con honores. El joven shah puso a su disposicion su propio automovil con su chofer frances el senor Varlet, para conducirlo hasta el puerto de Enzeli. Eramos muchos extranjeros y persas, los que fuimos a despedirlo, unos en el portico de su residencia, otros a lo largo del camino. No hubo aclamaciones, ciertamente, solo unos gestos discretos de miles de manos y las lagrimas de hombres y mujeres, de una multitud desconocida que lloraba como una amante abandonada. En el recorrido solo hubo un incidente, minimo: un cosaco, al paso del convoy, recogio una piedra e hizo ademan de lanzarla en direccion al americano; no creo que ni siquiera finalizara su acto. Cuando el automovil desaparecio mas alla de la puerta de Qazvin, di algunos pasos en compania de Charles Russel. Luego segui mi camino solo, a pie, hasta el palacio de Xirin. – Pareces muy conmovido -me dijo al recibirme. – Acabo de despedir a Shuster. – ?Ah, al fin se ha ido! No estaba muy seguro de haber captado el tono de su exclamacion. Fue mas explicita: – Hoy me pregunto si no habria sido mejor que no hubiera puesto jamas los pies en este pais. La mire con horror. – ?Eres tu quien dices eso! – Si, yo, Xirin, soy la que digo eso. Yo que aplaudi la llegada del americano, yo que aprobe cada uno de sus actos, yo que vi en el a un redentor, ahora siento que no se quedara en su lejana America. – Pero ?en que se equivoco? – En nada, justamente, y esa es la prueba de que no comprendio a Persia. – Verdaderamente no lo entiendo. – Un ministro que tuviera razon contra su rey, una mujer que tuviera razon contra su marido, un soldado que tuviera razon contra su oficial, ?no serian doblemente castigados? Para los debiles es un error tener razon. Frente a los rusos y los ingleses, Persia es debil, deberia haberse comportado como un debil. ?Hasta el fin de los tiempos? ?No debe levantarse algun dia, construir un Estado moderno, educar a su pueblo, entrar en el concierto de las naciones prosperas y respetadas? Es lo que Shuster ha intentado hacer. – Por eso me produce la mayor admiracion. Pero no puedo dejar de pensar que si hubiera tenido menos exito no estariamos hoy en este lamentable estado: nuestra democracia aniquilada, nuestro territorio invadido. – Al ser las ambiciones del zar lo que son, tenia que ocurrir tarde o temprano. – ?Si es una desgracia, mas vale que ocurra tarde! ?No conoces la historia del burro parlante de Nollah Nasruddin? Este ultimo es el heroe semilegendario de todas las anecdotas y de todas las parabolas de Persia, Transoxiana y Asia Menor. Xirin conto: – Se dice que un rey medio loco habia condenado a muerte a Nasruddin por haber robado un burro. Cuando le van a llevar al suplicio, Nasruddin exclama: «?Este animal es en realidad mi hermano, un mago le dio esta apariencia, pero si me lo confiaran durante un ano le ensenaria de nuevo a hablar como vos y yo!» Intrigado, el monarca hizo repetir su promesa al acusado antes de decretar: «?Muy bien! Pero si dentro de un ano, ni un dia mas, ni un dia menos, el burro no habla, seras ejecutado.» A la salida Nasruddin es interpelado por su mujer: «?Como puedes prometer semejante cosa? Sabes muy bien que este burro no hablara.» «Por supuesto que lo se», responde Nasruddin, «pero de aqui a un ano el rey puede morir, el burro puede morir o bien puedo morirme yo.» La princesa prosiguio: – Si hubieramos sabido ganar tiempo, quiza Rusia se hubiese enredado en las guerras de los Balcanes o en China. Y ademas el zar no es eterno, puede morir, o los tumultos y sublevaciones pueden hacerle tambalearse de nuevo como hace seis anos. Deberiamos haber tenido paciencia y esperar, trampear, tergiversar, doblegarnos y mentir, prometer. Esa ha sido siempre la sabiduria de Oriente; Shuster quiso hacernos avanzar al ritmo de Occidente, y nos llevo derecho al naufragio. Parecia sufrir por tener que hablar asi; por lo tanto, evite contradecirla. Ella anadio: – Persia me hace pensar en un velero desafortunado. Los marineros se quejan constantemente de no tener suficiente viento para avanzar. Y de pronto, como para castigarlos, el cielo les envia un tornado. Permanecimos durante largo rato pensativos, abrumados. Luego la rodee carinosamente con un brazo. – ?Xirin! ?Fue la manera de pronunciar su nombre? Se sobresalto y luego se separo de mi mirandome con recelo. – Te vas. – Si, pero de otro modo. – ?Como se puede uno ir «de otro modo»? – Me voy contigo. XLVIII C herburgo, 10 de abril de 1912. Ante mi, hasta perderse de vista, la Mancha, apacible cabrilleo plateado. A mi lado, Xirin. En nuestro equipaje, el _Manuscrito_ . A nuestro alrededor una multitud distante, oriental a pedir de boca. Se ha hablado tanto de las rutilantes celebridades que se embarcaron en el _Titanic_ , que casi se ha olvidado a aquellos para los que ese coloso de los mares fue construido: los emigrantes, esos millones de hombres, mujeres y ninos que ninguna tierra aceptaba ya alimentar y que sonaban con America. El buque debia proceder a una verdadera recogida: en Southampton los ingleses y los escandinavos, en Queenstown los irlandeses y en Cherburgo los que venian de mas lejos, griegos, sirios, armenios de Anatolia, judios de Salonica o de Besarabia, croatas, serbios, persas. Fue a esos orientales a los que pude observar en la estacion maritima, apelotonados en torno a sus irrisorios equipajes, impacientes por verse ya lejos, y por momentos atormentados, buscando de pronto un formulario extraviado, un nino demasiado inquieto, un indomable fardo que habia rodado bajo un banco. Todos llevaban en el fondo de su mirada una aventura, una amargura, un desafio, y una vez llegados a Occidente, todos consideraban un privilegio tomar parte en la travesia inaugural del buque mas potente, mas moderno y mas inquebrantable que jamas haya emergido de un cerebro humano. Mis propios sentimientos eran apenas diferentes. Casado tres semanas antes en Paris, habia retrasado mi partida con el unico proposito de ofrecer a mi companera un viaje de novios digno de los fastos orientales en los que ella habia vivido. No era un vano capricho. Xirin se habia mostrado reticente durante mucho tiempo respecto a la idea de instalarse en Estados Unidos y a no ser por su desaliento despues del frustrado despertar de Persia, jamas habria aceptado seguirme. Yo tenia la ambicion de reconstruir a su alrededor un mundo mas magico aun que el que habia tenido que abandonar. El _Titanic_ servia admirablemente a mis propositos. Parecia concebido por unos hombres deseosos de encontrar en ese palacio flotante las mas suntuosas diversiones de la tierra firme y ciertos placeres de Oriente: un bano turco indolente como los de Constantinopla o de El Cairo; galerias decoradas con palmeras; y en el gimnasio, entre la barra fija y el potro, un camello electrico, destinado a procurar al jinete, por la simple presion de un boton milagroso, las saltarinas sensaciones de un viaje por el desierto. Pero al explorar el _Titanic_ no solo buscabamos descubrir el exotismo. Tambien nos entregabamos a placeres muy europeos, como saborear unas ostras seguidas de un salteado de pollo a la manera de Lyon, especialidad del cocinero Prontor, regado con un Cos-d'Estournel 1887, escuchando la orquesta que, de esmoquin azul oscuro, interpretaba los _Cuentos de Hoffmann_ , _La Geisha _ o _El Gran Mogol_ de Luder. Momentos tanto mas hermosos para Xirin y para mi cuanto que en el transcurso de nuestra larga relacion en Persia habiamos tenido que ocultarnos. Por muy amplios y prometedores que fueran los aposentos de mi princesa en Tabriz, Zarganda o Teheran, yo sufria constantemente al sentir nuestro amor confinado entre sus paredes, y como unicos testigos los espejos cincelados y los sirvientes de miradas huidizas. Gozabamos ya del trivial placer de ser vistos juntos, del brazo, de estar rodeados por las mismas desconocidas miradas, y hasta muy avanzada la noche no volviamos a nuestra cabina, a pesar de que, yo la habia escogido entre las mas espaciosas del buque. Nuestro ultimo placer era el paseo de la noche. En cuanto terminabamos de cenar, ibamos a buscar a un oficial, siempre el mismo, que nos conducia a una caja fuerte de donde sacabamos el _Manuscrito_ , que transportabamos con reverencia a traves de cubiertas y pasillos. Sentados en los sillones de mimbre del Cafe Parisiense, leiamos al azar algunas cuartetas y luego, en ascensor, subiamos a cubierta, donde sin preocupamos demasiado de que nos espiaran intercambiabamos un ardiente beso al aire libre. Avanzada ya la noche, llevabamos el _Manuscrito_ a nuestra habitacion donde pernoctaba, antes de devolverlo por la manana a la misma caja fuerte por intermedio del mismo oficial. Un ritual que encantaba a Xirin. Tanto que me esforzaba en recordar cada detalle para repetirlo al dia siguiente sin la menor diferencia. Fue asi como la cuarta noche abri el Manuscrito por la pagina en que Jayyam, en su epoca, habia escrito: Te preguntas de donde viene nuestro soplo de vida. Si hubiera que resumir una historia demasiado larga, Yo diria que surge del fondo del oceano y luego, subitamente, el oceano lo devora de nuevo. La referencia al oceano me divertia: quise releerlo mas despacio pero Xirin me interrumpio: – ?Por favor! Parecia ahogarse; yo la mire preocupado. – Sabia de memoria esa cuarteta -dijo con voz apagada-, y de pronto he tenido la sensacion de que la oia por primera vez. Es como si… Pero renuncio a explicarlo y recobro el aliento antes de decir algo mas serena: – Quisiera haber llegado ya. Me encogi de hombros. – Si existe un navio en el mundo en el que se pueda viajar sin temor, es este. Como dijo el capitan Smith ?ni Dios podria hundir este buque! Si habia pensado en tranquilizarla con esas palabras y con mi tono alegre, consegui el efecto contrario. Se agarro a mi brazo murmurando: – ?No vuelvas a decir eso jamas! ?Nunca jamas! – Pero ?Por que te pones asi? ?Sabes que solo era una broma! – Entre nosotros, ni siquiera un ateo se atreveria a proferir semejante frase. Estaba temblando. Yo no comprendia la violencia de su reaccion. Le propuse volver a nuestro camarote y tuve que sostenerla para que no se cayera por el camino. Al dia siguiente parecia restablecida. Para tratar de distraerla, la lleve a descubrir las maravillas del buque e incluso me monte en el temblequeante camello electrico, arriesgandome a tener que aguantar las risas de Henri Sleeper Harper, editor del semanario del mismo nombre, que permanecio un rato en nuestra compania, nos invito a te y nos conto sus viajes por Oriente, antes de presentarnos muy ceremoniosamente a su perro pequines, al que habia juzgado oportuno llamar Sun-Yat-Sen en ambiguo homenaje al libertador de China. Pero nada conseguia alegrar a Xirin. Por la noche, durante la cena, permanecio silenciosa; parecia extenuada. Por lo tanto, juzgue prudente renunciar a nuestro paseo ritual, deje el Manuscrito en la caja fuerte y nos fuimos a acostar. Inmediatamente cayo en un agitado sueno. Por mi parte, preocupado por ella y poco acostumbrado a dormirme tan temprano, pase una buena parte de la noche observandola. ?Por que mentir? Cuando el buque choco contra el, iceberg, yo no me di cuenta. Despues, cuando me precisaron en que momento se habia producido la colision, crei recordar haber oido un poco antes de medianoche como el ruido de una sabana que se desgarraba en una cabina cercana. Nada mas. No recuerdo haber notado ningun choque. Tanto es asi que termine por adormilarme, para despertarme sobresaltado cuando alguien tamborileo en la puerta, gritando una frase que, no pude entender. Mire mi reloj, era la una menos diez. Me puse la bata y abri la puerta. El pasillo estaba, desierto, pero oi a lo lejos conversaciones en alta voz, poco habituales a esas horas de la noche. Sin estar realmente preocupado, decidi ir a ver lo que pasaba, evitando, por supuesto, despertar a Xirin. En la escalera me cruce con un camarero que hablo con un tono totalmente desprovisto de gravedad, de «algunos pequenos problemas» sobrevenidos incidentalmente. El capitan, dijo, queria que todos los pasajeros de primera clase se reunieran en la cubierta del Sol, en lo mas alto del buque. – ?Tengo que despertar a mi mujer? Ayer no se sentia muy bien. – El capitan me ha dicho que todo el mundo -contesto el camarero con una mueca esceptica. Volvi al camarote, desperte a Xirin con toda la dulzura de rigor, acariciandole la frente, luego las cejas, pronunciando su nombre con los labios pegados a su oido. En cuanto profirio un ronroneo, le susurre: – Tienes que levantarte, debemos subir a cubierta. – Esta noche no, tengo mucho frio. – No se trata de paseos, son ordenes del capitan. Esta ultima palabra tuvo un efecto magico; salto de la cama gritando: – Jodaya! ?Dios mio! Se vistio deprisa y desordenadamente. Tuve que tranquilizarla, decirle que fuera mas despacio, que no habia tanta prisa. Sin embargo, cuando llegamos a cubierta habia un verdadero revuelo y estaban encaminando a los pasajeros hacia los botes salvavidas. El camarero que me habia encontrado anteriormente estaba alli y me dirigi hacia el; no habia perdido su jovialidad. – Las mujeres y los ninos primero -dijo burlandose de la formula. Cogi a Xirin de la mano queriendo llevarmela hacia la embarcacion pero se nego a moverse. – ?El _Manuscrito_ ! -suplico. -?Nos arriesgamos a perderlo en este barullo! ?Esta mas protegido en la caja fuerte! – ?No me ire sin el! – No se van a marchar -intervino el camarero-, estamos alejando a los pasajeros durante una hora o dos. Si quieren mi opinion, no es ni siquiera necesario. Pero el capitan es el que manda a bordo… No diria que se dejo convencer. No, simplemente se dejo llevar de la mano sin resistirse, hasta la cubierta de proa, donde un oficial me grito: – ?Senor, por aqui, le necesitamos! Me acerque. – Falta un hombre en uno de los botes. ?Sabe usted remar? – Lo hice durante anos en la bahia de Chesapeake. Satisfecho, me invito a subir en el bote y ayudo a Xirin a pasar por encima de la borda. Habia ya unas treinta personas y otras tantas plazas vacias aun, pero las ordenes consistian en no embarcar mas que a las mujeres y a algunos remeros expertos. Nos bajaron hasta la superficie del oceano, algo bruscamente para mi gusto, pero consegui estabilizar la embarcacion y comence a remar. ?Hacia donde? ?Hacia que punto de esa oscura inmensidad? No tenia ni la, menor idea y los que se ocupaban del salvamento tampoco lo sabian. Decidi separarme unicamente del navio y esperar a una media milla de alli a que me llamaran con alguna senal. Durante los primeros minutos, la preocupacion de todos fue protegernos del frio. Soplaba un vientecillo glacial que nos impedia oir la cancion que aun tocaba, la orquesta del buque. Sin embargo, cuando nos detuvimos a una distancia que me parecio adecuada, la verdad aparecio subitamente ante nosotros: el _Titanic_ se hundia, claramente de proa y poco a poco sus luces se iban apagando. Todos estabamos sobrecogidos, mudos. De pronto, un grito de un hombre que nadaba; maniobre con el bote salvavidas para avanzar hacia el; Xirin y otra pasajera me ayudaron a izarlo a bordo. Pronto aparecieron otros supervivientes que a su vez nos hicieron senales y fuimos a recogerlos. Cuando estabamos absortos en esa tarea, Xirin lanzo un grito. El _Titanic _ estaba ya en posicion vertical, sus luces se habian esfumado. Permanecio asi cinco interminables minutos y luego, solemnemente, se hundio hacia su destino. El sol del 15 de abril nos sorprendio tendidos, agotados, rodeados de rostros compasivos. Estabamos a bordo del _Carpathia_ , que al recibir un mensaje de socorro habia acudido a recoger a los naufragos. Xirin estaba a mi lado, silenciosa. Despues que vimos hundirse al _Titanic _ no habia vuelto a pronunciar una palabra y sus ojos me evitaban. Hubiera querido hacerla reaccionar, recordarle que nos habiamos salvado milagrosamente, que la mayoria de los pasajeros habian perecido, que en esa cubierta, a nuestro alrededor, habia mujeres que acababan de perder un marido y ninos que se habian quedado huerfanos. Pero me abstuve de sermonearla. Sabia que ese _Manuscrito_ era para ella, como para mi, mas que una joya, mas que una valiosa antiguedad, que era un poco nuestra razon de estar juntos. Su desaparicion, despues de tantos infortunios, iba a afectar gravemente a Xirin. Senti que seria prudente dejar que actuara el tiempo reparador. Cuando nos acercamos al puerto de Nueva York, avanzada la tarde del 18 de abril, nos esperaba una ruidosa recepcion: algunos reporteros venian a nuestro encuentro a bordo de botes que habian alquilado y sirviendose de altavoces se dirigian a nosotros gritando preguntas a las que algunos pasajeros se afanaban por responder con las manos en forma de bocina. En cuanto el _Carpathia_ atraco, otros periodistas se precipitaron hacia los supervivientes, tratando cada uno de adivinar cual de ellos podia contarle el relato mas verdadero o mas sensacional. Un joven redactor del _Evening Sun_ me escogio a mi. Le interesaba particularmente el comportamiento del capitan Smith y de los miembros de la tripulacion en el momento de la catastrofe. ?Habian perdido la cabeza? En sus palabras a los pasajeros ?habian disimulado la verdad? ?Era verdad que se habia salvado con prioridad a los pasajeros de primera clase? Cada una de esas preguntas me hacia reflexionar, rebuscar en mi memoria; hablamos largo rato, primero bajando del barco, luego de pie en el muelle. Xirin se habia quedado un momento junto a mi, callada, y luego se habia eclipsado. No tenia ninguna, razon para preocuparme, realmente no podia estar muy lejos, seguramente estaria muy cerca, escondida detras de ese fotografo que dirigia hacia mi su cegador relampago. Al despedirse, el periodista me felicito por la calida de mi testimonio y anoto mis senas para contactarme posteriormente. Entonces mire a mi alrededor y llame con voz cada vez mas alta. Xirin no estaba alli. Decidi, no moverme del lugar donde ella me habia dejado, para tener la seguridad de que me encontraria. Y espere. Una hora, dos horas. El muelle se fue vaciando poco a poco. ?Donde buscar? En primer lugar fui a las oficinas la White Star, la compania a la que pertenecia el _Titanic_ . Luego recorri los hoteles donde los supervivientes habian sido alojados para pasar la noche. Pero una vez mas, ni rastro de mi mujer. Volvi a los muelles, estaban desiertos. Entonces decidi partir hacia el unico lugar cu direccion ella conocia y donde, una vez tranquilizad podria pensar en encontrarme: mi casa de Annapolis. Durante largo tiempo espere una senal de Xirin, pero jamas llego. Tampoco me escribio. Nadie volvio pronunciar su nombre delante de mi. Hoy me pregunto: ?habra existido realmente? ?Era otra cosa que el fruto de mis obsesiones orientales? Por la noche, en la soledad de mi demasiado espaciosa habitacion, cuando la duda me invade, cuando mi memoria se confunde, cuando siento que mi razon vacila, me levanto y enciendo todas las luces, corro a coger sus cartas de antano y hago como si las abriera aparentando que las acabo de recibir, aspiro su perfume, releo algunas paginas; la frialdad misma de su tono me reconforta, me da la ilusion de vivir de nuevo un incipiente amor. Solo entonces me tranquilizo, las guardo y vuelvo a hundirme en la oscuridad, dispuesto a abandonarme sin miedo al deslumbrante pasado: una frase lanzada en un salon de Constantinopla, dos noches en blanco en Tabriz, un brasero en el invierno de Zarganda. Y de nuestro ultimo viaje, esta escena: habiamos subido a cubierta y en un rincon sombrio y desierto nos habiamos besado apasionadamente. Para coger su rostro entre mis manos, deje el _Manuscrito_ sobre una cornamusa de amarre. Cuando lo vio, Xirin se echo a reir, se separo de mi y con un gesto teatral lanzo hacia el cielo: – ?Las _Ruba'iyyat_ en el _Titanic_ ! ?El floron de Occidente llevando a la flor de Oriente! ?Jayyam, si pudieras ver el bello instante que se nos ha otorgado vivir! Читайте больше книг на сайте онлайн-библиотеки mir-knigi.org