Автор : Rambaud Patrick Название книги: La batalla Читать на сайте: https://mir-knigi.org/author/rambaud-patrick/la-batalla Traduccion de Jordi Fibla Prologo de Javier Garcia Sanchez Titulo de la edicion original: La Bataille LA CURVA DEL OLVIDO Javier Garcia Sanchez Hay un concepto interesante de la Psicologia aplicado al ambito estrictamente pedagogico que responde al nombre de «Curva del olvido», y en esencia explica el proceso intelectual de la mayoria de alumnos para retener mentalmente una leccion antes de olvidarla, de ahi que sea necesario recordarsela de nuevo dentro de un espacio concreto de tiempo -no antes ni despuespara que sean capaces de conservar tales imagenes o datos por siempre. No es una ley matematica, pero si atane a las secretas leyes de la conciencia, y por eso mismo resulta acaso mas fascinante. Con la Historia, entendida esta como disciplina objetiva que nos pormenoriza aquello que fuimos para darnos pie a especulaciones acerca de aquello a lo que estamos abocados, ocurre algo muy similar. Solo que la Historia, si se caracteriza por algo, es precisamente por su intrinseca imposibilidad de ser objetiva, en cualesquiera de los sentidos imaginables. De hecho, incluso, hasta modernos y prestigiosos historiadores han puesto de manifiesto que su labor -afirmacion que sin duda no hallara el consenso del «gremio»- consiste precisamente en interpretar la Historia y su evolucion segun le convenga al poder que sostiene a tales historiadores, o a tenor de la ideologia -filias y fobias incluidasque tengan ellos mismos. Eso se ve claramente en Francia, cuna de la Historiografia mas rigurosa (?) y a la vez vivero permanente y reciclado de todo tipo de posturas antagonicas. Un ejemplo de ello es la pregunta de cuanto tiempo hara falta hasta que los franceses se enfrenten al tema mas incomodo para ellos de todo el siglo XX, el que mas les duele: la colaboracion con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Seguramente habran de desaparecer fisicamente absolutamente todos y cada uno de quienes vivieron aquel dilema y aquel horror, y luego transcurrir otro monton de anos, me atrevo a insinuar «decadas», para que por fin podamos hacernos tan solo una «idea aproximada» de lo que fueron unos hechos concretos. Es necesario, pues, que ante determinados personajes y eventos el historiador tome la distancia espiritual imprescindible para no salirse de los parametros de la mas elemental objetividad. Y quien dice el historiador dice tambien, por que no, el autor de novela historica seria, pues este ha sustituido, por mor de como evolucionan los medios de comunicacion y la mecanica de ciertas maneras culturales, a aquel, hasta hace un siglo, aproximadamente, voz unica que nos testimoniaba los acontecimientos historicos, in strictu sensu. Napoleon Bonaparte no solo no escapa a esa paradoja a la que aludimos: la imposibilidad de ser precisos al historiar, pues, no pudiendo prescindir de un determinado contexto o fuentes asi como de claras corrientes de simpatia, admiracion, fanatismo, o justo todo lo contrario. Napoleon, junto a Robespierre, es, en la historiografia francesa, el gran problema. Mas el segundo que Bonaparte, pues con este casi todos parecen estar de acuerdo en que hasta su delirio conquistador, megalomano y reaccionario tenia una «pincelada poetica», o un «toque de grandeza». Con Robespierre, por contra, y no olvidemos que el y los jacobinos de 1793 simbolizan la Revolucion en un sentido profundo e irreversible del termino (quisieron cambiar el mundo y su sistema de valores), sucedio todo lo opuesto. Descontando honrosisimas excepciones, tuvo que transcurrir casi un siglo y medio para que se produjese el advenimiento de un profesor de Historia, Albert Mathiez, que recuperase la figura de Robespierre, no magnificandola sino poniendola en su justo sitio: una encrucijada de pasiones de la que el fue el primer martir por intentar llevar una trayectoria honesta. Se dice pronto, «un siglo y medio, casi…», y mas tratandose de la propia Francia, pero asi es. Con todo ello quiero decir que justo lo contrario a lo acaecido con Robespierre, satanizado sin piedad por haber osado destruir el orden antiguo en pos de la instauracion de un orden nuevo, afin a los verdaderos intereses del pueblo, es lo que ha venido pasando con Napoleon, que apenas ha tenido detractores sistematicos. Quien firma este prologo es uno de ellos, sencillamente porque considero que la traicion de Bonaparte, maxime habiendo sido simpatizante de los jacobinos del 93, y por tanto de las ideas mas radicales y progresistas de la Revolucion, es tan vergonzante y apoteosica que no tiene parangon en toda la Historia. El caso es que a otros lideres totalitarios se les ve venir de algun modo, y Napoleon engano a todos. Solo ahora, con documentos en la mano, viendo como evoluciono ante el curso de los acontecimientos, podemos comprender que fue siempre un «hombre de orden», amen de un genial estratega. Eso si, vagamente fascinado por ciertas ideas inherentes a la Revolucion -yo diria que mas por ciertos personajes emblematicos de la misma-, quizas a causa de su juventud. Tal vez el mayor historiador frances (me refiero a quien estructuro una obra no solo monumental sino tambien rigurosa en la medida de lo posible) ha sido Jules Michelet. Y este raton del pasado dio con una maxima absolutamente demoledora, por su eficacia simbolica, sobre todo a largo plazo, al afirmar que la historia de la Revolucion francesa -cabria decir del futuro de Francia y, por ende, del mundo occidental en el que vivimospasa por lo siguiente: «O se esta con Luis XVI o se esta con Robespierre». Asi de tajante y dramatica era la proposicion de Michelet. Solo que, eso creo, hubiese resultado muchisimo mas atinada si hubiese escrito: «O se esta con Robespierre o se esta con Napoleon». Por supuesto que la figura de un rey ajusticiado en la guillotina, delante del pueblo, era algo impactante y que marco el punto de inflexion definitivo en muchos aspectos, pero si bien es cierto que la gente del pueblo -y cuanto mas inculta, pobre y necesitada, mas ahonda en esa insensata idolatria- siempre ha juzgado dioses a los reyes, profesandoles una irracional simpatia, tambien parece que tal muestra de afecto no deja de ser algo anecdotico: ese es el efecto narcotizante de las monarquias. Una vez mas, dan «sensacion de orden». Y la gente, en general, acaba no queriendo justicia e igualdad, sino orden, tener el buche lleno y, de vez en cuando, emociones fuertes. De ahi el «circo» o «gestos de audacia» o «arrebatos neuroticos sobrecogedores». Y que el pueblo es sometido indefectiblemente desde siempre, sea en la forma que sea. Y si la figura de un rey destronado y decapitado puede resultar conmovedora, carece, por contra, de autentico carisma. Mas he ahi que surge el heroe, el conquistador, el hombre que cautiva a las masas. Siempre es lo mismo: utiliza la excusa de hacer grande el pais, en este caso Francia, para dar rienda suelta a su locura y ansia de poder. Y la Historia, los historiadores, se rinden a sus pies, pues les ofrece material para trabajar y ganarse el pan durante toda la vida. Sin embargo, no podemos negarlo, hay magia, y mucha. Napoleon tiene algo. Duende. Genio. Aura. No basta coincidir en que fue un esplendido estratega militar. Otros lideres totalitarios tambien lo fueron, y la Historia y los historiadores no les pasan ni una. Con Napoleon todo tiende a perdonarse. «Cae» casi entranable. Y cuanto mas irracional se nos muestra, mas lo acogemos en un hueco de nuestro corazon. ?Por que? No me lo explico. Acaso se deba al proceso ininterrumpido de intoxicacion ideologica al que hemos sido sometidos desde que tenemos uso de razon y empezamos a leer biografias suyas. Y es que -este es el cancer de la sociedad capitalista en que vivimos- uno admira instintivamente al que, elevandose por encima del vulgar rebano, nosotros, ejerce de conquistador y heroe, aun a costa de los demas: es el sindrome del Elegido… Bonaparte fue un personaje habil pero siniestro que -aunque de soslayo si que exportara ciertas ideas de la Revolucion a naciones mucho mas reaccionarias que Francia- arrastro a su pais a un desequilibrio del que aun sigue convaleciente, aparte de que nunca le importo perder cientos de miles de vidas, incluso millones, en una unica campana militar. El vivia al margen, arriba. De hecho, donde viven los dementes y los tiranos. Porque Bonaparte, en el colegio, y luego en los escalafones inferiores de la milicia, ya era un perfecto tirano. Todo ello, depende de como se cuenta, sea en el seno de sesudisimos manuales de Historia o en el ambiguo contexto de una novela historica, suele acabar contribuyendo a su mayor gloria. Ese es el problema con el que nos enfrentamos. Asi pues, Bonaparte fue simplemente un militar. El tipico militar. El mas listo y, durante una epoca, el mas afortunado, pero cualquiera de los jovenes generales de la Revolucion-que no eran en absoluto jacobinos, pues fueron siempre hombres de orden- le superaria en autentica grandeza de espiritu: Pichegru, Jourdan, Hoche… Pero no, solo quedo el, sencillamente porque los decapito a todos, aunque no en el sentido literal de la guillotina. Fue habil hasta para eso. Nada mas excitante para Bonaparte, durante decadas, que enfrentar a sus generales y mariscales para que se destrozasen entre ellos, evitando, de paso, que nunca llegaran a unirse contra el. Por todo lo expuesto con anterioridad creo haber gestado un esbozo, cuando menos a grandes rasgos, del personaje al que nos enfrentamos: Napoleon Bonaparte, ese monstruo adorable. Por que, y sostengo esto pese a ser consciente de que en este preciso instante el lector tiene entre sus manos un libro, una novela de Patrick Rambaud, esto -en tanto artefacto emocional- es mucho mas que otro libro acerca de Bonaparte y su mito, o que una novela mas acerca del tema. El cebo, ahora y siempre, es Napoleon, no quienes lo glosan y vierten sobre el, apoyados en las mas peregrinas coartadas, quintales metricos de loor e incienso. Con la novela de Rambaud, ocurre justo todo lo contrario: no vamos a encontrar nuevos motivos para amar al audaz tirano, al astuto hombre mediocre elevado a la categoria de deidad, al combatiente individual, henchido mas nunca ahito, de egolatria, que resume lo peor y mas sordido de la condicion humana, ni tampoco -o apenas nada- del heroe que lidia en soledad contra el mundo y las circunstancias, que suele ser lo que nos conmueve de el, sino, ya era hora, algo muy diferente: el lector tiene entre sus manos una historia narrada en tono absolutamente frio, a menudo incluso glacial, en cualquier caso neutro y convincente, en la que lo de menos resulta casi la presencia del emperador -que no obstante sobrevuela toda la obra como una obsesion terrible y alada-, y lo mas importante acaba por ser, precisamente, la batalla que se nos describe escrupulosamente y da pie al relato: Essling. Essling, incluso antes que Wagram y la posterior hecatombe del sueno napoleonico, marco la frontera entre la gloria y la ignominia, pero Essling, que como se nos explica ya intento novelar Balzac, aunque carecio de paciencia para llevarlo a cabo, es mas que una batalla. Sintetiza todo el absurdo y el horror de la guerra, de todas las guerras. Eso es algo que Patrick Rambaud plasma de modo magistral en su obra, donde se nos traza con delicadeza, a veces con sutil crueldad, la genealogia de la guerra. Tambien, fundamentalmente, su desarrollo interno. El punto de vista narrativo, pues, es el de alguien que estuviera dentro de la batalla. En el lado frances, se nos dira. Si, pero aunque los austriacos jamas salen hablando, por ejemplo, estan tanto o mas que los propios franceses. Asi, leyendo La batalla uno puede aprender mas de los mecanismos de la guerra de lo que al principio imaginaba. Esta es, en efecto, una novela logistica (no me atrevo a decir: una novela militar, aunque tambien) en la que, y esa es su principal virtud, ademas de la extremada elegancia con la que esta narrada, llama la atencion el hecho de que siendo en apariencia unica y exclusivamente, digamos, una novela logisticomilitar, tambien habla, y con indudables dosis de hondura, de las pasiones humanas. He ahi la mano maestra de Rambaud para describirnos ciertos paisajes o atmosferas: «De subito los pajaros dejaron de cantar», y eso significa que va a iniciarse el baile de la Muerte. O cuando describe al emperador: «Napoleon estaba muy palido, la piel casi transparente, con el semblante liso y desprovisto de expresion de una estatua inacabada. Contemplo el cielo, y entonces poso en el suelo la mirada de sus ojos vacios». Acaba de hacernos una descripcion de su alma. Como dije antes, tambien en esta novela aprendemos a entender la guerra desde su mismo corazon, que no desde su imposible sentido etico. Aprendemos a distinguir por que los caba llos pueden o no comer avena y cebada. 0 de que dependen las victorias, a veces de un viento repentino o del capricho de un rio, como sucedera con el Danubio. Aprendemos a enfrentarnos cara a cara al espanto mas inenarrable, y que se sintetiza en esa demoniaca proclividad que tienen los hombres a masacrarse ciclicamente entre si, con multitud de escenas sobrecogedoras. Como los medicos castrenses deben utilizar sierras de carpintero -infectadas, claro- para cercenar y amputar piernas, brazos, todo. Como se emborracha con vino barato a los soldados para que se lancen a los brazos de una muerte practicamente segura. Como esos soldados se levantan entre la hierba y los escombros, absolutamente ensangrentados, y no saben a quien pertenece esa sangre, si a ellos, a algun companero o a cualquier animal, y asi aguardan, sencillamente, morir o seguir viviendo unos minutos o dias mas. La obsesion por el descanso: «Cada uno de ellos pensaba que descansaria despues de la batalla, en el suelo o bajo tierra», que mas da. 0 que se siente al hundir la espada en un pecho enemigo y como crujen las costillas. Y como se evita la mirada de ese enemigo al que acabas de destripar, y antes de derrumbarse para siempre te observa, incluso sin rencor, mas bien con estupefaccion y duda, preguntandose en silencio por que has hecho eso con el, que ni siquiera te conocia de nada, si hasta puede que fuese campesino como tu, o herrero o padre de familia. ?Por que? Porque hay napoleones y, lo que es peor, hombres cultos que los exaltan, en todos los paises y epocas, en libros-libelo camuflados de muy eruditas tesis historiograficas o novelas historicas destinadas exclusivamente a vender -una forma como otra de que todo se perpetue- y a impedir que muera la sempiterna fascinacion por figuras como la de Bonaparte, al que uno de sus fieles del Estado Mayor comenta que aguardan la llegada de refuerzos, y Napoleon le dice: «Cuando esos batallones crucen el Danubio seremos sesenta mil… -Menos los muertos -murmuro Sainte-Croix. -?Como decis? -Nada, Sire, me aclaraba la voz.» No obstante, creo que hay un momento sublime en la novela, en el sentido de que explica el sinsentido de la guerra y su azote a lo largo de las civilizaciones. Los franceses estan descan sando en mitad de la batalla, pues ha llegado la noche. De repente, cuando empieza a amanecer, a lo lejos se oye el rumor de unos pifanos. Tocan una cancion. Son los austriacos, que se disponen a volver a la carga con renovadas energias y fe. Y la cancion que oyen los franceses es La Marsellesa, adoptada ahora por sus enemigos como un himno de lucha por la independencia y la libertad. Entonces las tropas napoleonicas guardan silencio, «se callaron para escuchar el antiguo himno del ejercito del Rhin, extendido en toda la Francia sublevada por los voluntarios de Marsella, que acompano a la Revolucion y a sus soldados hasta que llego el imperio, cuando fue prohibido por decreto como una vulgar cancion sediciosa». Es ese el instante magico en el que Lannes y Massena evitan mirarse, avergonzados, pues ahora son mariscales, ricos, e incluso… ?aristocratas!, y todo por designio de su venerado Sire. Pero es tambien ese el momento en que ellos saben que han perdido la guerra, pues no luchan por salvar lo que les pertenece y siempre fue suyo, sino por tener mas y mas sin importarles en exceso sacrificar impunemente a cientos de miles de inocentes patriotas en el campo de batalla. Essling, por lo tanto, no fue una batalla mas. Desde que ha servido para que un escritor especule en torno a ella, dejando una leccion para la posteridad, adquiere proporciones que tras cienden con mucho su importancia en los libros de historia militar. Entender Essling es, de entrada, estar prevenidos contra los Esslings que sin duda volveran. Articular una estrategia de defensa para evitarlo, eso sera ya hacer de pequenos bonapartes en esta vida que nos ha tocado vivir. LA BATALLA A la senora Pham Thi Tieu Hong con amor, A la senorita Xuan con afecto, Al senor Balzac con mis excusas. Capitulo primero . VIENA EN 1809 El martes, 16 de mayo de 1809, por la manana, una berlina rodeada de jinetes salio de Schonbrunn y avanzo lentamente a lo largo de la orilla derecha del Da nubio. Era un coche ordinario, de color verde oliva, sin ningun escudo. A su paso los campesinos austriacos se quitaban los negros sombreros de ala ancha, por prudencia pero sin respeto, pues conocian a los oficiales que montaban los caballos arabes de largas crines, con una piel de pantera bajo las nalgas, uniformes a la hungara, blanco y escarlata, una sobrecarga de adornos dorados y una pluma de garza en el chaco. Aquellos jovenes jinetes acompanaban a todas partes a Berthier, el mayor general del ejercito de ocupacion. Una mano en el extremo de una manga hizo un gesto a traves de la ventanilla bajada. Al punto, el caballerizo mayor, Caulaincourt, quien permanecia a caballo junto a la portezuela, apreto los flancos de su montura con las rodillas, alzo el bicornio y los guantes con movimientos de acrobata, libero un mapa plegado de los alrededores de Viena que le pendia de un boton de la chaqueta y lo tendio al tiempo que saludaba. Poco despues el coche se detuvo ante el rio de aguas amarillentas y rapidas. Un mameluco enturbantado salto del pescante de los lacayos, desplego el estribo, abrio la portezuela e hizo unas zalemas exageradas. El emperador bajo del coche al tiempo que se tocaba con el sombrero de piel de castor chamuscada por la plancha. Encima del uniforme de granadero se habia puesto, a modo de capa, la levita de pano gris de Louviers. El calzon tenia manchas de tinta, debido al habito de limpiar en el las plumas. Antes del desfile diario debia de haber firmado un rimero de decretos, porque queria decidirlo todo, desde la distribucion de los zapatones nuevos a la Guardia hasta el aprovisionamiento de las fuentes parisienses, mil detalles que a menudo no tenian nada que ver con la guerra que libraba en Austria. Napoleon estaba empezando a engordar. El chaleco de casimir cenia un vientre ya redondeado, el cuello era inexistente y los hombros casi habian desaparecido. Su mirada indiferente solo se inflamaba cuando sufria un acceso de colera. Aquel dia estaba de mal humor y apretaba los labios. Cuando tuvo la certeza de que Austria se armaba contra el, cubrio en cinco jornadas la distancia entre Valladolid y Saint-Cloud, a un galope que mato a sabe Dios cuantos caballos. Entonces dormia diez horas de noche y otras dos en el bano, y gracias a sus reveses en Espana y aquella nueva accion emprendida a la ligera, recuperaba de golpe su resistencia fisica y su vigor. Berthier bajo a su vez de la berlina y se reunio con Napoleon, quien se habia sentado en el tronco de un roble abatido. Los dos hombres eran mas o menos de la misma estatura y usa ban la misma clase de sombrero. Era posible confundirles de lejos, pero el mayor general tenia el cabello tupido y rizado y las facciones de su grueso rostro no eran tan regulares. Juntos contemplaron el Danubio. – El lugar parece bien elegido, Sire-dijo Berthier, mordiendose las unas. – Sulla carta militare, e evidente!-respondio el emperador, y se relleno de tabaco las fosas nasales. – Falta sondear la profundidad con barquillas… – Eso es cuenta vuestra. – … y medir la fuerza de la corriente… – ?Es cuenta vuestra! Como de costumbre, a Berthier le tocaba obedecer. Fiel, ejemplar, ponia en practica las intuiciones de su senor, lo cual le conferia un poder enorme y le valia adhesiones interesadas y no pocos celos. Delante de ellos el Danubio se dividia en varios brazos que reducian la velocidad de la corriente, con islas cubiertas de prados, maleza, bosques de robles frondosos, olmos y sauces. Entre la ribera y la isla Lobau, la mas grande, un islote podria servir de apoyo al puente que iban a construir. Mas alla del rio, en la desembocadura del Lobau, se adivinaba una pequena planicie hasta los pueblos de Aspern y Essling, cuyos puntiagudos campanarios se percibian entre los grupos de arboles. A continuacion se extendia una planicie inmensa con la mies todavia verde, regada por un arroyo seco en el mes de mayo, y al fondo, a la izquierda, las boscosas alturas del Bisamberg, donde se habian replegado las tropas austriacas, despues de haber incendiado los puentes. ?Los puentes! Cuatro anos atras, el emperador habia entrado en Viena como un salvador, y los habitantes de la ciudad corrian por delante de su ejercito. Esta vez, cuando llego a los arrabales mal protegidos, tuvo que asediar la ciudad durante tres dias, e incluso bombardearla antes de que la guarnicion se retirase. Un primer intento de cruzar el Danubio acababa de saldarse con un fracaso cerca del puente destruido de Spitz. Quinientos tiradores de la division Saint-Hilaire se habian asentado en la isla de Schwartze-Laken, dirigidos por los jefes de batallon Rateau y Poux, pero, como carecian de ordenes precisas y coordinacion, habian descuidado apostar hombres de reserva en una casa grande que, a modo de fortin, podria proteger el desembarco de los demas. A la mitad de aquellos hombres los habian matado, y los restantes estaban heridos o eran prisioneros de la vanguardia enemiga apostada en la orilla izquierda, cuyos miembros cada manana tocaban el himno austriaco del senor Haydn para poner en movimiento a los habitantes de Viena. Ahora el emperador en persona estaba al mando. Se proponia destruir el ejercito del archiduque Carlos, que ya era fuerte, antes de que consiguiera aliarse con el del archiduque Juan, que volvia de Italia a marchas forzadas. Para ello el emperador habia apostado en el oeste, como vigia, a Davout y su caballeria. Observaba la interminable llanura de Marchfeld que se extendia mas alla del rio y ascendia en el horizonte hacia la meseta de Wagram. Un simple brigada, de uniforme mal abrochado y cano mostacho con las puntas hacia arriba, se dirigio a el en un tono grunon, sin ponerse firmes siquiera. – ?Me has olvidado, mi emperador! ?Y mi medalla? – ?Que medalla? -inquirio Napoleon, sonriendo por primera vez en ocho dias. – ?Mi cruz de oficial de la Legion de honor, hombre! ?Me la merezco desde siempre! – ?Tanto tiempo? – ?Rivoli! ?San Juan de Acre! ?Austerlitz! ?Eylau! -Berthier… El jefe de estado mayor anoto a lapiz el nombre del nuevo promovido, el soldado Roussillon, pero apenas habia terminado de hacerlo cuando el emperador se levanto y tiro al suelo la hachuela con la que se habia dedicado durante unos momentos a tallar el tronco de arbol. – ?Andiamo! Quiero que haya un puente este fin de semana. Disponed brigadas de caballeria ligera en ese pueblo, ahi detras. – Ebersdorf-dijo Berthier, examinando su mapa. – Bredorf si quereis, y tres divisiones de coraceros. ?Empezad en seguida! El emperador no daba jamas una orden o una reprimenda de manera directa. Esta tarea competia a Berthier, el cual, antes de subir a la berlina, hizo una sena a uno de sus ayudantes de campo vestidos con trajes de opera. – Lejeune, ocupaos de eso con el senor duque de Rivoli. – Bien, monsenor-respondio el oficial, un joven coronel del cuerpo de ingenieros, oscuros la piel y el pelo, con una cicatriz patetica, como una rayadura, en la parte izquierda de la frente. Lejeune monto en su caballo arabe, se ajusto el cinturon de seda negra y oro, se quito una mota del dolman de piel y contemplo la partida del coche imperial con su escolta. Se quedo rezagado y, como buen profesional, estudio el Danubio y las islas fluviales batidas por la corriente. Ya habia participado en la construccion de puentes sobre el rio Po, con maderos, anclas y almadias, a pesar de las lluvias intensas, pero ?como colocar soportes en aquellas aguas amarillentas que formaban espumeantes torbellinos? El gran brazo del rio discurria por el sur a lo largo de la isla Lobau, y el ayudante de campo sospechaba que hacia la otra orilla, que era preciso alcanzar, habia tierras pantanosas, lodazales que, segun fuese su nivel, el rio dejaba aparecer en forma de lenguas de arena. Lejeune hizo que su caballo, demasiado nervioso, diese la vuelta y tomo la direccion de Viena. No lejos del pueblo de Ebersdorf diviso un arroyo en uno de cuyos meandros protegidos pondria a flote pontones y barcas. Detras del bosquecillo estaria a cubierto el maderamen, las cadenas, los pilotes, las viguetas, todo un taller oculto. A continuacion Lejeune se dirigio sin tardanza hacia los arrabales donde acampaba el duque de Rivoli, un espadachin a quien Napoleon llamaba primo mio, avido, sin normas por las que regirse y deslenguado, pero un estratega impecable, cuya infanteria, adiestrada por aquel loco furioso que era Augereau, alcanzo fama en el pasado al franquear el puente de Arcole. Era Massena. Los ejercitos de Lannes, con tres divisiones de coraceros, estaban acantonados en la ciudad vieja. Los de Massena habian tomado posiciones junto a los arrabales, en el campo raso, donde el mariscal se habia reservado un pequeno castillo de verano con pinaculos barrocos, abandonado por los nobles vieneses que habian debido alcanzar una provincia mas segura o el campamento del archiduque Carlos. Cuando entro en el patio de armas, Lejeune no tuvo necesidad de presentarse, puesto que solo los edecanes de Berthier tenian derecho a llevar pantalones rojos, que les servian de salvoconducto. Siempre llevaban directrices del estado mayor, es decir, del mismo Napoleon. Eso no impedia que los guripas vieran sin ninguna simpatia tales privilegios, y el dragon a quien Lejeune confio su lujoso caballo miro de soslayo, con envidia, las fundas de arzon y la silla de montar dorada. Los hombres despechugados habian sacado de las salas de la planta baja catedras y sillas tapizadas, que ahora estaban diseminadas por doquier sobre el empedrado. Algunos, parecidos a corsarios, fumaban en largas y finas pipas de barro. Se pavoneaban ante los vivaques cuyas fogatas alimentaban con fragmentos arrancados de marqueteria de ebano y violines. Otros bebian vino del mismo tonel, por medio de pajas, y se daban empellones mientras reian, soltaban juramentos y se salpicaban. Unos cuantos corrian detras de una bandada de ocas chillonas; intentaban cortarles el cuello al vuelo, con los sables, para asarlas sin eviscerarlas siquiera, y volaban las blancas plumas que los hombres se arrojaban al rostro mutuamente, a punados, como chiquillos. En las dependencias, los soldadotes se habian divertido lacerando los retratos de familia. Las telas de los cuadros pendian en tiras lamentables. Delante de la escalera de marmol, un artillero disfrazado de mujer, envuelto en un vestido de baile, indico a Lejeme el camino con una voz de falsete, mientras sus companeros de saqueo se desternillaban de risa. Tambien ellos iban disfrazados, uno con una peluca empolvada que le caia sobre la nariz, otro con una levita parda tornasolada cuya espalda habia desgarrado al ponersela, un tercero llenando su gorra de cuartel de cucharas y cubiletes plateados extraidos de un mueble panzudo que habia roto. Lejeune hizo una mueca de disgusto y subio al piso donde estaban los aposentos del mariscal. Sus botas hacian crujirlos fragmentos de porcelana. En una sala que se abria a un balcon con columnas salomonicas, oficiales, ordenanzas y comisarios de civil charlaban mientras elegian candelabros o jarrones que sus criados colocaban en cajas rellenas de paja. En un sofa, un coronel de husares incordiaba a la hija de un granjero de la vecindad, requisada como sus hermanas y al servicio de un escuadron. Subido a una consola de palo de rosa, un ayuda de camara con guantes blancos trataba de descolgar una arana de luces. Lejeune, agarrandole las pantorrillas, le pidio que le anunciara. – Eso no es de mi competencia -replico el sirviente, muy atareado en su pillaje. Entonces Lejeune, de un brusco puntapie, volco la consola, y el sirviente quedo suspendido de la arana, pataleando y chillando, lo cual divirtio sobremanera a los presentes. Aplaudieron a Lejeune, y un general de brigada, al reparar de improviso en su uniforme del estado mayor, le ofrecio vino aleman en una taza. En aquel momento se abrio una puerta de doble batiente. Massena, con atuendo y babuchas de sultan, entro en el salon, gritando: – ?Podriais vociferar menos, hatajo de sabandijas! El mariscal, tuerto, de cara ancha pero con la nariz aguilena, el cabello negro y tupido, corto y peinado a lo Tito, tenia una hermosa y recia voz, pero no obtuvo mas que un guirigay en lugar de silencio y, al ver a Lejeune, el unico hombre digno en medio de aquel barullo, le ordeno: – Venid, coronel. Entonces volvio la espalda levemente curvada para regresar a su habitacion, seguido al punto por el mensajero del emperador. En el recodo de un pasillo, Massena se paro en seco ante un macizo reloj de pendulo, dorado y bermejo, que representaba unos angeles rollizos golpeando una especie de gong. – ?Que os parece? – ?La situacion, senor duque? – ?La situacion no, pedazo de alcornoque! Me refiero a este pendulo. – A primera vista, es un hermoso objeto -dijo Lejeune. – ?Julien! Un criado con librea granate aparecio como salido de ninguna parte. – Nos llevamos esto, Julien -dijo Massena. Senalo el reloj de pendulo, que el otro tomo con cuidado en sus brazos, resoplando porque era pesado. Una vez en la habitacion que formaba angulo, Massena se sento en el borde de un lecho con dosel de terciopelo y pregunto por fin: – Y bien, joven, ?cuales son las ordenes? – Construir un puente flotante sobre el Danubio, a seis kilometros al sudeste de Viena. Massena permanecia impasible cualquiera que fuese la tarea encomendada. A sus cincuenta y un anos, ya lo habia sufrido todo y no le quedaba nada por hacer. Se sabia de el que era un ladron, decian que era rencoroso, pero una vez mas el emperador tenia necesidad de su pericia belica. De ordinario, el mariscal despreciaba a quienes denominaba «los papanatas de Berthier» o «los arrendajos», porque el, hijo de un mercader aceitero de Niza, contrabandista durante cierto tiempo, no habia nacido mariscal ni duque, como aquellos Juan Lanas procedentes de la banca o del mundo aristocratico, marqueses, fatuos que llevaban pomadas y objetos de tocador en las cartucheras, los Flahaut, Pourtales, Colbert, Noailles, Montesquiou, Girardin, Perigord… Sin embargo, no incluia entre ellos a Lejeune: era el unico burgues de aquella pandilla, aunque al igual que los otros hubiera aprendido a saludar en casa de Gardel, el maestro de los ballets de la opera. Y ademas tenia un talento con los pinceles que Su Majestad apreciaba. – ?Habeis descubierto el lugar apropiado? -inquirio Massena. – Si, senor duque. – ?Como es? ?Que longitud tiene? – Unos ochocientos metros. – Es decir, ochenta barcas para sostener el piso del puente… – He previsto un rio, senor duque, donde podriamos ponerlas a resguardo. – Y tablones, digamos nueve mil… Para eso hay bosques a talar en este dichoso pais. – Mas unas cuatro mil viguetas y, por lo menos, nueve mil metros de cordaje resistente. – Si, y anclas. – O cajas de pescador, senor duque, que llenaremos de proyectiles. – Procuremos economizar los proyectiles, coronel. – Lo intentare. – ?Bien, de prisa, requisadme todo lo que flote! Lejeune se disponia a salir cuando Massena le retuvo con un grito. – Lejeune, vos que fisgoneais por todas partes, decidme… – ?Si, senor duque? – Dicen que los genoveses han colocado cien millones en los bancos de Viena. ?Es cierto? – Lo ignoro. – Comprobadlo. Insisto en ello. Un bulto gruno bajo las ropas de cama, y Lejeune percibio unos mechones claros. Con la sonrisa complice de un chalan, Massena separo el cubrecama bordado y alzo a una mujer joven apenas despierta, sujetandola por la cabellera. – Coronel, prevenidme lo antes posible acerca del dinero de los genoveses y os la doy. Es la viuda de un tirador corso despanzurrado la semana pasada, ?es docil y tiene las redondeces de una duquesa! A Lejeune no le gustaba esa conducta propia de cabaret, lo cual era patente en la expresion de su cara. Massena penso que, a pesar de todo, aquellos jovenes gazmonos no eran autenticos soldados. Dejo caer a la mujer sobre las almohadas de seda y dijo en un tono mas seco: – ?Marchaos! ?Id a casa de Daru! El conde Daru dirigia la intendencia imperial. Habia establecido sus servicios en un ala del castillo de Schonbrunn, cerca del emperador, a una media legua de Viena. Alli regia por medio de sus gritos a todo un pueblo de civiles, pues ya no era un ejercito lo que seguia a Napoleon sino una horda, una ciudad en marcha, una dotacion de cinco batallones para conducir dos mil quinientos carros de suministros y material, y companias de panaderos, constructores de hornos, albaniles bavaros, todos o casi todos los oficios, bajo las ordenes de noventa y seis comisarios y adjuntos; aquellos se ocupaban del alojamiento, el forraje, los caballos, los coches, los hospitales, el revituallamiento, en fin, de todo. Daru debia de saber donde encontrar embarcaciones. Lejeune cruzo un largo puente adornado con esfinges, sobre el rio Viena, y luego una alta verja fianqueada por dos obeliscos rosados con sendas aguilas de plomo en la parte superior. Entro en el patio cuadrado de Schonbrunn, aquel castillo donde los Habsburgo residian en verano sin demasiado protocolo, a la sombra de un parque en el que correteaban unas ardillas nada esquivas. En el vaiven de las comitivas y los batallones de la Guardia, diviso un cabo con charreteras de lana verde. – ?Daru? -le grito. – Por alli, mi coronel, bajo la columnata de la izquierda pasado el gran estanque. Era un palacio vienes, es decir, pomposo, intimo, barroco y austero al mismo tiempo, una imitacion de Versalles, de color ocre y mas reducido, asi como mas irregular. Lejeune encontro a Daru, quien gesticulaba en medio de un grupo. Insultaba a uno de sus comisarios, un hombre tocado con bicornio. Veia la llegada de Lejeune como una molestia: ?que mas iban a pedirle? Vestia un frac abrochado sobre un abdomen considerable, con los faldones remangados, y se puso en jarras. – Senor conde – empezo a decir Lejeune al desmontar. -?Al grano! ?Que imposibilidad me pide Su Majestad? Separaba cada silaba, como se acostumbra en el Mediodia frances, anadiendo musica a la voz. – Ochenta barcos, senor conde. – ?Vaya! ?Nada mas que eso? ?Y tengo que inventarme esas barcazas? ?El ejercito va a pasearse por el Danubio? – Son para sostener un puente. – ?Ah, me lo figuraba! (A sus acompanantes.) ?No os quedeis ahi como pasmarotes! ?Es que no teneis trabajo? (Entonces, mientras los demas se dispersaban, anadio con semblante serio:) No quedan barcos en Viena, coronel. ?Ni uno! ?Los austriacos no son tan panfilos! Han hundido la mayor parte de las embarcaciones, o las han hecho descender rio abajo hasta Presbourg, a fin de ponerlas fuera de nuestro alcance. No estan locos, ?eh? ?No nos quieren en la orilla izquierda de su Danubio! Daru tomo a Lejeune del brazo y le llevo a un despacho lleno de cajas y muebles amontonados, dejo sobre una mesa su sombrero de fieltro con escarapela, expulso con un rugido a dos adjuntos que por desgracia para ellos se habian adormilado y, cambiando de tono, como un actor, paso del furor al fingido abatimiento: – ?Que desbarajuste, coronel, que desbarajuste! ?Nada funciona! ?No tengo mas que problemas! ?Creedme, este maldito bloqueo nos perjudica! En efecto, tres anos atras el emperador habia decidido aislar a Inglaterra, prohibiendo sus productos en el continente, pero eso no impedia el contrabando. Por otra parte, los capotes del ejerci to eran de pano tejido en Leeds, y los zapatos procedian de Northampton. Inglaterra seguia dominando el comercio mundial, y era la Europa imperial la que se condenaba a la autarquia: de pronto faltaba el azucar y el anil para tenir de azul los uniformes, de lo que Daru se quejaba: – Nuestros soldados visten de cualquier manera, con lo que cogen en los pueblos o despues de los combates. ?A que se parecen, quereis decirmelo? ?A una compania de actores tragicos, ambulantes y andrajosos! Tienen chaquetas grises birladas a los austriacos, ?y que es lo que pasa? ?No lo sabeis? Os lo voy a decir, coronel, os lo voy a decir… (suspiro ruidosamente). A la primera herida, por leve que sea, sobre un tejido claro la sangre se extiende y hace visible; un rasguno da la impresion de un bayonetazo en la tripa, ?y esa sangre desmoraliza a los otros, les causa un miedo profundo, los paraliza! (Daru adopto de repente el tono de voz de un comerciante de ropa:) Mientras que sobre el azul, un hermoso azul muy oscuro, esas manchas desgraciadas se ven menos y, por lo tanto, asustan menos… El conde Daru se dejo caer en un sillon de estilo rococo, cuya madera hizo crujir, y desplego un mapa de estado mayor mientras proseguia su discurso: – Su Majestad quiere plantar glasto cerca de Toulouse, Albi, Florencia… Muy bien. ?Antes esa hierba crecia de maravilla, pero no tenemos tiempo! Y ademas ?habeis visto los reclutas? ?A su lado los del ano pasado tienen pinta de veteranos! Hacemos la guerra con crios disfrazados, coronel… (examino el mapa y volvio a cambiar de tono:) ?Donde quereis ese puente? Lejeune indico la isla Lobau sobre el mapa desplegado. Daru suspiro todavia mas fuerte: – Vamos a ocuparnos de ello, coronel. -?Os dareis mucha prisa? – Lo antes posible. – Tambien hay que reunir cordajes, cadenas… – Eso es mas facil, pero supongo que no habeis probado bocado desde esta manana. – Asi es. – Aprovechaos de mis cocineros. Hoy han hecho un guisado de ardilla, lo mismo que ayer y que manana. No esta mal, se parece un poco al conejo, ?y ademas hay tantas en el parque! Luego… ?pues nos zamparemos los tigres y los canguros de la casa de fieras del castillo! Eso promete ciertas emociones a nuestros estomagos hastiados… Id a ver al comisario Beyle, que esta en la oficina de arriba. Yo os dejo. Los hospitales no estan listos, el forraje no llega con regularidad y vuestros malditos barcos… En fin, como decia el poeta Horacio, mi querido Horacio, un alma bien preparada espera la felicidad en el infortunio. – Una ultima cosa, senor conde. – Decidme. – Parece ser que los genoveses… – ?Ah, no, coronel! ?Que me dejen en paz con esos pretendidos millones! ?Sois el tercero que envia Massena para informarse! Todo lo que he encontrado, aparte de los canones del arsenal, es esto… Volco con su zapato de hebilla una caja de madera, y unos cuantos florines austriacos se diseminaron por el suelo. – Los debemos al trabajo minucioso del senor Savary -explico Daru-. Son falsos, y los utilizo para pagar a mis proveedores autoctonos. Podeis coger uno o dos fajos. – ?Henri! – ?Louis-Francois! Louis-Francois Lejeune y Henri Beyle, quien todavia no se llamaba Stendhal, se conocian desde hacia nueve anos. Cuando estaban destinados en Milan, habian renido por una lombarda descarada, pero quien se la llevo fue Lejeune, y Henri se sintio feliz en el fondo: preferia lo no consumado, y ?le habria aceptado aquella italiana demasiado hermosa? Por entonces se consideraba muy feo, y de ahi su timidez, a pesar del uniforme verde del 6.° de dragones y el casco con sus crines y su turbante de piel de lagarto. Volvieron a verse mas adelante, ya en Paris, en una rifa del Palais-Royal, y fueron a casa Very, en los bulevares, para comer ostras a diez sous la docena bajo candelabros dorados. Lejeune le habia invitado. Henri, que habia abandonado el ejercito y ya no tenia un centimo, aprovecho la ocasion para devorar un capon. Lejeune estaba a punto de incorporarse a su regimiento en Holanda. Henri se imaginaba plantador en Louisiana, banquero o dramaturgo de exito, a causa de las actrices… Ahora el azar de una mision hacia que volvieran a encontrarse delante de Viena. Uno estaba sorprendido y el otro no, pues nada mas normal que Lejeune fuese coronel, ya que habia elegido su carrera y persistido en ella, pero ?y Henri? Entonces era un muchacho robusto de veintiseis anos, la piel reluciente, la boca fina, casi sin labios, ojos castanos y almendrados, el cabello, con la linea de arranque muy hacia atras, desgrenado sobre la ancha frente. Lejeune, lleno de asombro, le pregunto que se traia entre manos en aquella oficina de intendencia. – Veras, Louis-Francois, para ser dichoso tengo necesidad de vivir en medio de grandes acontecimientos. – ?Como comisario de guerra? – Adjunto, nada mas que adjunto. – Sin embargo, Daru me ha dicho que viera al comisario Beyle. -Es demasiado bueno, debe de estar enfermo. El conde Daru tenia a Henri en baja estima, le trataba sin cesar de atontado, era rudo con el, le confiaba tareas pesadas o carentes de interes. – ?Cuales son mis ordenes? -pregunto a su amigo, a la vez encantado de volver a verle e inquieto por lo que iba a pedirle. – Poca cosa. Debes ofrecerme ardilla en salsa a cuenta del conde Daru. – My. Godl ?Te apetece eso? – No. Henri se abrocho el frac azul, cogio su sombrero con escarapela tricolor y aprovecho la ocasion para huir de la oficina. Al cruzar la sala vecina aviso a sus secretarios y empleados que no volveria en toda la jornada, y los otros, al ver el uniforme de Lejeune, no le preguntaron por el motivo, juzgando que seria considerable. Una vez en el exterior, Lejeune le pregunto: – ?Te llevas bien con esos chupatintas? – ?Que va, Louis-Francois! Te lo aseguro. Son groseros, intrigantes, necios, insignificantes… – Cuentame. -?Adonde vamos? – He requisado una casa en la ciudad vieja y me alojo ahi con Perigord. – Bien, vamos alla, si no te averguenzas de mi traje de civil y mi caballo. Te advierto que es un autentico percheron. Camino de la cuadra hablaron de si mismos, sobre todo de Henri: no, no renunciaba al teatro, y siempre que podia, incluso cuando viajaba en coche, estudiaba las obras de Shakespeare, Gozzi y Crebillon hijo, pero escribir comedias no daba para vivir y el ya no queria deber nada a su familia. Sin embargo, habia aceptado la proteccion de Daru, un pariente lejano. Desde la intendencia imperial, esperaba solicitar un puesto de auditor al Consejo de Estado, lo cual no era de por si un oficio sino una etapa hacia todos los empleos y, en primer lugar, una renta. Henri acababa de pasar dos anos en Alemania, donde distribuyo el tiempo entre la administracion, la caza, la opera y las muchachas. – En Brunswick he aprendido a ser menos timido y a cazar -afirmo. – ?Tienes buena punteria? – ?La primera vez que sali a cazar patos abati dos cuervos! – ?Y ningun austriaco? – Todavia no he visto una autentica batalla, Louis-Francois. No pude intervenir en la de Vina por unos pocos dias. Ante Neubourg crei oir los canones, pero era una tormenta. Henri habia podido franquear el puente de Ebersberg despues de que la ciudad hubiera sido pasto de las llamas. Su coche rodaba sobre cadaveres sin rostro, y el veia surgir las entranas bajo las rue das. A fin de parecer desenvuelto y fingir dureza, habia seguido charlando a pesar del tenaz deseo de vomitar. Ahora, cuando entraron en la cuadra de la intendencia, Lejeune exclamo: – ?Es este tu caballo? – El que me han otorgado, si, ya te lo he advertido. – Tienes razon. ?No le falta mas que el arado! La diferencia de atuendo y montura no podia ser mayor, pero los dos amigos, sin preocuparse por el ridiculo que hacian, tomaron la ruta de Viena, cuyas murallas y la alta aguja del campanario de San Esteban se veian a lo lejos. Viena tenia dos recintos amurallados. El primero, una sencilla elevacion de tierra, limitaba los arrabales muy poblados donde se apinaban casas bajas de techos rojizos, mientras que el segundo encerraba la ciudad vieja detras de una recia muralla provista de fosos, bastiones, casamatas y caminos cubiertos, pero como los vieneses ya no temian a los turcos ni los rebeldes hungaros, habian surgido libremente hoteles y almacenes a lo largo de aquellas fortificaciones, y en los glacis se habian plantado arboles que trazaban paseos. Lejeune y Beyle cruzaron el arco de una gran puerta y se adentraron al paso en las calles tortuosas de la ciudad, entre casas altas, estiradas, medievales y barrocas mezcladas, pintadas con colores suaves, italianos, las ventanas cargadas de flores azules y jaulas con pajaros. El espectaculo de los transeuntes alegraba menos la vista, pues no habia mas que soldados por doquier. Al ver las tropas descabaladas que ocupaban Viena, Henri se dijo que un vencedor es una cosa fea. Napoleon acababa de concederles durante cuatro o cinco dias aquella ciudad apenas ma yor que un barrio de Paris, y ellos se aprovechaban. Se habria dicho que eran una jauria de perros de caza. Era cierto que habian corrido mil veces el riesgo de morir, y de una manera espantosa, que habian dejado a sus espaldas cadaveres de amigos, lisiados, ciegos, un brazo, una pierna, pero ?justificaba la recaida en el miedo semejante desbordamiento? Aquellos muebles que los dragones bajaban a la calle por medio de cuerdas, mientras que sus complices ponian en peligro las cornisas, no podia dejar de indisponer a los franceses con una poblacion que, sin embargo, era de natural apacible. Un coracero con casco de hierro, envuelto en un largo manto blanco austriaco, habia arrojado al suelo un vestuario teatral, clarinetes y pieles robadas que esperaba vender en publica subasta. Habia otros puestos en una calleja, donde aquellos piratas vendian su botin, collares de cristal o de perlas, vestidos, copones, sillas, espejos, estatuillas deterioradas, y la gente se empujaba como en un zoco de El Cairo, una gente que hablaba veinte lenguas y procedia de veinte paises para fundirse con arrogancia en un solo ejercito, polacos, sajones, bavaros, florentinos a los que apodaban charabias, un mameluco de Kirmann que no tenia de arabe mas que el calzon abombado, pues habia nacido en SaintOuen. Habia pabellones en las plazas y los cruces de las avenidas. Soldados de infanteria con polainas grises abotonadas hasta muy arriba roncaban sobre la paja en el atrio de una iglesia. Cazadores con trajes oscuros tiraban de unos caballos negros, y un grupo de carabineros a pie hacia rodar barriles de riesling. Algunos husares galleaban delante de un cafe, comiendo carne hervida, orgullosos de sus calzones azul cielo y sus chalecos rojo vivo, con sus pesadas coletas trenzadas que servian para amortiguar los sablazos y sus desmedidos penachos de plumas en el chaco. Un tirador salio de un porche con una ristra de salchichas en bandolera. Se tambaleaba un poco mientras se ponia de cara al muro para mear. – ?Mira! -dijo Lejeune a su amigo-. Parece como si estuvieramos en Verona… Senalo con la mano una fuente, un inmueble estrecho, la luz amarilla que destacaba las fachadas de una placita. Lejeune fingia no ver nada mas. No era un oficial ordinario. De sus guarnicio nes y sus campanas se habia traido una multitud de croquis y cuadros muy bien logrados. Cuando Napoleon era primer consul le habia comprado su cuadro de la batalla de Marengo. En Lodi, en Somosierra, partia a la guerra como si estuviera delante de su modelo. Sus personajes, representados en movimiento, servian de apoyo, como en el asalto al monasterio de Santa Engracia de Zaragoza, donde en primer plano la gente se mataba ante una Virgen de piedra blanca. Lo que atraia de esa composicion era el monumento arabizado, el cincelado del claustro, la torre cuadrada, el cielo. Y lo que destacaba en Aboukir era la luz cruda sobre la peninsula, un calor que hacia vibrar los grises y amarillos. Asi pues, Louis-Francois no miraba a los soldados achispados, sino que admiraba el aspecto del palacio Pallavicini, y el fronton del palacio Trautson le evocaba a Palladio. Este amor permanente por los objetos bellos habia aproximado no hacia mucho a Louis-Francois y Henri Beyle, y de ahi nacio una amistad que no quebraron ni las guerras ni las ausencias. – Ya llegamos -dijo Lejeune cuando entraban en el barrio bastante elegante de la jordangasse. De repente, al doblar una esquina, su caballo se encabrita. Alla abajo, unos dragones entran y salen de una casa rosada con los brazos cargados de telas, vajillas, frascos y jamones ahumados que amontonan en un carricoche militar. «?Ah, los muy cochinos!», exclama Lejeune, espoleando a su montura para irrumpir en medio del enjambre de ladrones. Estos, sorprendidos, dejan caer un cofre, que se parte. Uno de ellos pierde su casco en el bullicio, otro gira sobre sus talones y acaba chocando con el muro. Henri se aproxima. Sin bajar del caballo, pero dentro del vestibulo, su amigo distribuye golpes de fusta y puntapies. – ?La ciudad es nuestra, mi oficial! -dice un alto coracero cuyo capote es el sayal de un monje espanol cortado al efecto. Lleva espuelas en las alpargatas y parece decidido a proseguir con la mudanza. – ?Esta casa no! -grita Lejeune. -?Toda la ciudad, mi oficial! -?Fuera de aqui o te vuelo la cabeza! Lejeune arma su pistola de arzon y apunta a la frente del insolente, el cual sonrie. – ?Muy bien, disparad, mi coronel! Lejeune le golpea violentamente con el canon de su arma. El otro, alcanzado en un carrillo, escupe tres dientes y sangre. Entonces desenvaina el sable, pero sus companeros le retienen y le sujetan los punos. – ?Largo de aqui! ?Largo de aqui! -grita Lejeune con la voz quebrada. – ?Si vas al combate, mi oficial, no me des nunca la espalda! -grune el hombre con el maxilar sangrante. – ?Fuera! ?Fuera! -ordena Lejeune, golpeando al azar espaldas y cabezas. Los soldadotes abandonan la plaza devastada. Dejan gran parte de su botin y montan a caballo o se sujetan a los lados del carricoche, que se pone en marcha. El alto coracero con capote pardo muestra el puno y dice bramando que se llama Fayolle y que siempre da en el blanco. Lejeune tiembla de rabia. Finalmente desmonta, sube la pequena escalinata de la entrada y ata el caballo en la argolla de la puerta. Un teniente sin sombrero ni guerrera, desplomado en la unica banqueta, respira de un modo entrecortado y estertoroso. Es su ordenanza, y no ha podido intervenir contra los saqueadores. Henri se ha unido a ellos en el fondo del vestibulo, interminable y austero. – ?Han subido a los pisos? – Si, mi coronel. – ?La senorita Krauss? -Con sus hermanas y -?Estabas solo? -Casi, mi coronel. -?Perigord esta ahi? -En su aposento del primer piso, mi coronel. Seguido por Henri, Lejeune sube a toda prisa la empinada escalera principal, mientras el ordenanza recoge las vituallas olvidadas por los dragones. – ?Perigord! – Entrad, amigo mio -responde una voz que resuena en los pasillos vacios. Lejeune y Henri pisandole los talones entran en un amplio salon sin muebles donde, ante un espejo con marco de caoba, Edmond de Perigord, en pantalon rojo y con el torso desnudo, se aplica cera al mostacho para mantener las guias erguidas, ayudado por su criado personal, un regordete mofletudo, con peluca y librea que luce galones plateados. – ?Perigord! ?Habeis dejado que esos militarotes invadieran la casa! – Es preciso que los brutos se diviertan antes de entrar en combate… – ?Divertirse! – Una diversion querido mio, tienen de bruto, desde luego. Tienen hambre, sed, no son ricos y se saben condenados a morir. – ?Han subido a los aposentos de la senorita Krauss? – Tranquilizaos, Louis-Francois -dijo Perigord, mientras encaminaba a su colega a las antecamaras del primer piso. Dos dragones estaban tendidos sobre los escalones de una segunda escalera que conducia a los pisos. su ama de llaves, mi coronel. – Estos imbeciles querian saquear un poco por ahi arriba -dijo Perigord en voz cansada-. Se lo he prohibido y han tratado de abrirse paso a la fuerza… – ?Los habeis matado? – Oh, no, no lo creo. Han recibido al vuelo una silletazo en plena cara. Os ruego que me creais, querido mio, esas sillas son endiabladamente pesadas. Dicho esto, es posible que al caer se hayan torcido el cuello, no los he mirado de mas cerca. De todos modos, hare que se los lleven. – Gracias. – De nada, querido mio, por algo soy naturalmente galante. Henri, un poco atonito por la escena que acababa de presenciar, siguio de nuevo a su amigo, quien ahora corria por la escalera y los pasillos hasta una puerta maciza, a la que llamo al tiempo que decia: – Soy yo, el coronel Lejeune… Perigord, tras ponerse una bata llena de adornos y brocados, se habia reunido con ellos. Solo tenia erguido la mitad del mostacho. Mientras Lejeune llamaba a la puerta, su colega hablaba con Henri como si se tratara de una velada en el Trianon. – El pillaje forma parte de la guerra, ?no os parece? – Me gustaria no creerlo asi -dijo Henri. – Recordad la historia de aquel veterano de Antonio que habia intervenido en la campana de Armenia. Habia mutilado la estatua de la diosa Anaitis para llevarse un muslo. Al volver a casa, revendio la pierna de la diosa, se compro una casa en la region de Bolonia, tierras, esclavos… ?Cuantos legionarios romanos, querido mio, volvieron con el oro robado en Oriente? Eso sirvio para el desarrollo de la industria y la agricultura en la llanura del Po. Veinte anos despues de Actium, la region era floreciente… – Basta, Perigord -dijo Lejeune-. ?Interrumpid un poco vuestras lecciones de historia! – Lo cuenta Plinio. Por fin se abrio la puerta y aparecio una mujer mayor con un turbante de crepe blanco. Lejeune, que habia nacido en Estrasburgo, le hablo en aleman y ella le respondio en la misma lengua. Solo entonces el coronel se tranquilizo. Hizo una sena a Henri para que le siguiera al interior de la habitacion. – Yo me voy -dijo Perigord-. Con este atuendo descuidado apenas estoy presentable. Anna Krauss tenia diecisiete anos, el cabello muy negro y los ojos verdes. Cerro el libro que fingia leer, se levanto cuando los hombres avanzaron hacia ella, tomo asiento en el borde del sofa para calzarse unas sandalias romanas y se levanto con una agil lentitud. Su larga falda de percal de las Indias, muy fina, lucia un bordado de flores de jazmin. La imitacion de un broche antiguo sujetaba una tunica de encaje sobre los hombros redondeados. Sus manos sin joyas, su actitud de fragilidad y firmeza al mismo tiempo, la estrecha cintura pero las caderas rotundas, asi, a contraluz, con la luz que atravesaba las prendas ligeras para dibujar mejor el cuerpo, toda ella surgia como una alegoria contradictoria en medio de la guerra. Lejeune la miraba con los ojos humedecidos. Habia tenido tanto miedo… Ambos se pusieron a hablar en aleman, en voz casi baja. Henri, apartado, tenia las sienes sudorosas, las mejillas enrojecidas, la mirada fija. Sentia calor y frio al mismo tiempo, no osaba moverse y contemplaba a Anna Krauss. El ovalo italiano del rostro de la muchacha se parecia a un cuadro, al pastel de Rosalba Carriera que el habia apreciado hacia poco en casa de un coleccionista de Hamburgo, pero no, el terciopelo de aquella piel, que la luz solar filtrada a traves de las ventanas suavizaba todavia mas, era real. Al cabo de un momento, Lejeune se volvio hacia Henri para traducirle la conversacion, pues a pesar de que habia pasado dos anos en Brunswick, donde todo el mundo hablaba con el en frances, excepto las sirvientas a las que chicoleaba sin que tuviera necesidad de entenderlas, Henri jamas se habia acostumbrado a la aspereza de esa lengua. – Le he dicho que el viernes ire a reunirme con los pontoneros en el Danubio y luego al estado mayor, para acantonarnos en la isla Lobau. – Si -dijo Henri. – Le he dicho que durante mi ausencia es necesario que alguien de confianza proteja su casa de los posibles granujas que nuestros ejercitos llevan a cuestas. – Granujas, en efecto… – Le he dicho que vendras a instalarte en Viena. – Ah… – ?No estas de acuerdo, Henri? – De acuerdo… – ?No se la puede dejar sola en esta ciudad ocupada! – No se la puede… Henri ya no encontraba las palabras y se limitaba a repetir, subrayandolos, fragmentos de las frases que decia su amigo. – ?Tienes muchas ocupaciones? – Ocupaciones… – ?Henri! ?Me estas escuchando? Anna Krauss sonreia francamente. ?Acaso se burlaba de aquel joven grueso y coloradote? ?Habia una onza de ternura en esa burla? ?Un poco de simpatia? ?Amaba a Lejeune? ?Y que sentia este? Le jeune tomo a Henri por los hombros y le sacudio. – ?Estas enfermo? – ?Enfermo? – ?Si te vieras! – No, no, estoy bien… – ?Entonces respondeme, borrico! ?Tienes mucho equipaje? – Una gramatica italiana de Veneroni-Gattel, el Homero de Bitanbe, Condorcet, la Vida de Alfieri, dos o tres trajes, menudencias… – ?Perfecto! Que tu criado traiga todo eso manana por la manana. – Mi criado me ha abandonado. – ?Falta de dinero? – Poco dinero. – Me ocupare de eso. – Tambien es preciso que Daru este de acuerdo. – Lo estara. ?Aceptas? – Por supuesto, Louis-Francois… Lejeune tradujo este intercambio a Anna Krauss, resumiendolo, pero ella habia entendido lo esencial y palmoteaba como en un concierto. Henri, que seguia inmovil, decidio aprender en serio el aleman, puesto que en lo sucesivo tendria un verdadero motivo para hacerlo. Por lo demas, Anna Krauss se dirigio a el en su jerigonza, pero Henri no distinguio mas que una melodia y le eludio el sentido de las palabras. – ?Que me dice, Louis-Francois? -Nos propone que tomemos el te. Al anochecer, Lejeune recibio la orden de regresar en seguida a Schonbrunn y presentarse a Berthier, y Henri acepto la invitacion que le hizo Perigord de callejear por Viena. Lo cierto es que esperaba sonsacarle detalles de la vida de Anna, el unico tema que le interesaba de veras desde primera hora de la tarde. Lejeune habia dado a su amigo uno de los fajos de dinero falso que le ofrecio Daru, y asi podria invitar a Perigord, siempre parlanchin, pero conocedor de la ciudad y sus habitantes gracias a estancias anteriores. Partieron de los jardines del cafe Hugelmann, a orillas del Danubio y de sus puentes quemados. No habia banistas, a pesar del tiempo calido, ni parroquianos ni marineros turcos, pero ni siquiera en aquellos parajes faltaban los soldados. – En tiempo de paz -decia Perigord- unos veleros muy abigarrados te pasean por el rio, pero nuestros hombres deben de haberlos requisado o quiza los austriacos los han hundido. A Henri le traia sin cuidado, lo mismo que aquel jugador de billar hungaro, muy celebre, a quien iban a aplaudir y que seguia actuando durante las hostilidades. Era capaz de pasarse horas gol peando sus bolas sin perder un punto, lo cual acabo por cansar a nuestros dos franceses y decidieron ir hacia el Prater, muy cercano, en el arrabal de Leopold. Perigord llevaba una pelliza con trenzas doradas y calzones negros metidos en unas botas con vuelta. A fin de evitar las risas burlonas, habia prestado a Henri un caballo decente. En Espana, hacia poco, le habian robado varios caballos de mucho valor, y por ello habia confiado la vigilancia de sus monturas, mientras picaban cangrejos de rio, a un jovencisimo soldado que estaba de paso. El docil muchacho les aguardaba. – Bravissimo!-exclamo Perigord-. ?Como te llamas? – ?Tirador Paradis, senor, segunda compania de linea, tercera division del general Molitor a las ordenes del mariscal Massena! Perigord deslizo unos florines en la guerrera del tirador y se dirigio a Henri, quien parecia pensativo o distraido, como si le agobiaran las preocupaciones. – Mi criado llevara manana vuestras cosas, Beyle, no os inquieteis. – ?Conoceis a Anna Krauss? – Me alojo en su casa desde hace tres dias, miento, dos. En fin, dado lo curioso que soy y lo diafana que es ella… – ?Su familia? – El padre es musico, pariente del senor Haydn. – ?Donde esta? – Dicen que ha seguido a la corte de Francisco de Austria, refugiado en alguna parte de Bohemia, pero ?quien lo sabe con certeza? – ?Su madre? – Tengo entendido que ha muerto. No le llegaba el aire a los pulmones. – ?De modo que la senorita Krauss se ha quedado sola en Viena? – Con sus hermanas mas jovenes y un ama de llaves mayor que ella. – ?Su padre la ha abandonado en plena guerra! – Los vieneses no se toman nada en serio, querido mio. Mirad, como el lunes les parece triste y estropea el domingo, han convertido el lunes en dia festivo. Semejante desenvoltura no esta nada mal, ?verdad? – ?Creeis que Lejeune esta enamorado? – ?De los vieneses? – ?No, hombre! De esa muchacha. – Lo ignoro, pero los sintomas apenas dejan lugar a dudas, esta febril, inquieto, medio pasmado… A decir verdad, tambien a vos la joven os causa palpitaciones. – No os permito, senor… – ?Ya, ya! Ni vos ni yo podemos evitarlo, pero la batalla promete ser mas divertida entre vosotros dos que entre nosotros y las tropas del archiduque Carlos. ?Sabeis?, lo que no me gusta nada de las guerras es la suciedad, la mala vestimenta, el polvo, la groseria, las horribles heridas. Uno tiene que volver entero, ?ah, si! Eso permite brillar en las fiestas, bailar con las falsas duquesas o las autenticas esposas de banqueros… Llegaron a los paseos enarenados del Prater. Los grandes arboles habian sido abatidos para construir unas barricadas irrisorias. Sobre los cuadros de cesped habia pabellones, casitas, ca banas, un quiosco chino, un chalet suizo, chozas de salvajes, un cafarnaun creado para la diversion y que solia frecuentar una poblacion mezclada procedente de todo el planeta. Alli los vieneses se codeaban con bohemios, egipcios, cosacos, griegos. El emperador Francisco iba con frecuencia a pasear, solo y sin escolta, saludando a sus subditos con el sombrero, como un burgues. En la noche veraniega nubes de insectos asaltaban a los paseantes, y Perigord bromeo: – Un aleman me explico hace poco que sin estos insectos el amor causaria por aqui demasiados estragos. Se detuvieron ante un carromato que ofrecia un espectaculo curioso, cuyos papeles se repartian entre marionetas y enanos, ante un publico de soldados franceses y aliados, la mayoria de los cuales no entendian el texto pero se divertian distinguiendo a los actores de carne y hueso de los de madera. – ?Que representan? -pregunto Henri. – Una obra de Shakespeare, querido mio. ?Veis esa figura diminuta con una barba falsa y la corona de carton? Esta diciendo el famoso monologo: «?Que temo? ?A mi mismo? (Perigord recito representando la escena.) ?Estoy solo? Ricardo ama a Ricardo. He ahi: yo soy yo. ?Hay un asesino por aqui? No, si: yo. ?Entonces vete! ?Huir de mi mismo? ?Y si me vengara en mi mismo? Por desgracia, me amo. ?Por todo el bien que me he hecho? ?Oh, no, me odio por los horrores que he cometido!». – Y yo -suspiro Henri- ?me odio por no saber aleman! – Tranquilizaos, mi querido Beyle, yo lo farfullo, pero el titulo de la pieza esta inscrito en ese panel y me se de memoria Ricardo III. Sobre el estrado, los enanos y las marionetas se movian alrededor de un trono de madera pintada. Perigord anadio: – Acto quinto, tercera escena. En Schonbrunn, en el salon de las Lacas cuyas paredes estaban decoradas con flores y aves doradas, Napoleon saco su tabaquera de carey y se lleno la nariz de tabaco. Enfundado en una bata de muleton blanco y con la cabeza envuelta en un pano de Madras, como una panoleta de las Antillas, estudiaba los mapas. Los alfileres de diversos colores indicaban la posicion actual de las tropas, la de los almacenes de viveres, del forraje o los zapatos, el parque de artilleria… – ?Senor Constant! El primer ayuda de camara acudio corriendo, sin hacer ruido, como si se deslizara. Era corpulento y tenia cara de sueno. El emperador le tendio el vaso y el sirviente vertio chambertin aguado. – Mi pollo, senor Constant. – En seguida, Sire. – Pronto! – Sire… – ?Ese diablo de Roustan ha vuelto a comerse mi pollo como la otra noche? – No, Sire, no, el pollo esta bien guardado en su cesta de mimbre y tengo la llave del candado… – ?Y bien? – Sire, el principe de Neuchatel, Su Excelencia el mayor general… – ?Simplificad, senor Constant! Decid Berthier. – Esta esperando, Sire… – Io lo so, he ordenado que le llamaran. ?Que entre ese cernicalo, y mi pollo tambien! Impecable con su magnifico uniforme de gala y seguido por Lejeune, el mayor general Berthier entro en el despacho y dejo el bicornio sobre un velador. El emperador les daba la espalda, y tuvieron que escuchar inmoviles su dialogo. – La flota inglesa fondea holgadamente en Napoles, el Tirol se rebela, el principe Eugenio tiene dificultades en su reino de Italia y el papa se vuelve indocil. Lo mejor de nuestro ejercito se agota en Espana. ?Podre contar durante mucho tiempo con la neutralidad del zar? Los ingleses financian a los rebeldes por doquier. En Francia la gente critica y la censura ya no contiene las impertinencias. Talleyrand y Fouche, por desgracia tan precioso, han intrigado para sustituirme por ese pelele de Murat, ?pero los domino como a todos los demas mediante el temor y el interes! Los fondos publicos decrecen, las deserciones se multiplican, mis gendarmes encadenan a los reclutas para llevarlos a los cuarteles y los campamentos. Nos faltan suboficiales, es preciso conseguirlos a las puertas de los liceos… El emperador coge un muslo de pollo que Constant acaba de dejar sobre una mesa negra. Toma un bocado, untandose de grasa la barbilla, y grune: – ?Que opinais de ese cuadro siniestro? – Que desgraciadamente es exacto, Majestad -replica Berthier. – ?Bien que lo se, joder! ?He tenido que buscar de nuevo a Massena, ese rapaz, y obligar a Lannes, quien esperaba descansar en sus castillos! Venga qui! Napoleon senala con el hueso de pollo la isla Lobau en el gran mapa. – Dentro de tres dias nos instalamos en esta mierda de isla. ?El puente? – Sera tendido sobre el Danubio -responde Lejeune-, puesto que vos lo habeis decidido. – Bene! El viernes, los tiradores de Molitor desembarcan en la isla y la limpian de algunos austriacos cretinos que todavia vivaquean ahi. Preved suficientes embarcaciones. Durante ese tiempo, con el material que habreis despachado en Bredorf… – Ebersdorf, Sire-le corrige Berthier. – ?Que os den mucho por el saco! ?Os he pedido vuestro parecer? ?Que estaba diciendo? – Hablabais del material, Sire. – Si! Lanzamos de inmediato el puente flotante sobre el gran brazo del rio, para unir Lobau con nuestra ribera. La caballeria de Lasalle refuerza en seguida a los hombres de Molitor, los cuales pasan a la orilla izquierda y ocupan los dos pueblos. – Essling y Aspern. – ?Si eso os dice algo, Berthier! El sabado por la noche, el gran puente y el otro que conducira de la isla a la orilla izquierda deben estar tendidos y bien firmes. – Asi se hara, Sire. – El domingo, al amanecer, nuestras tropas se establecen en esos dichosos pueblos como se llamen, se parapetan y esperan. El archiduque nos ve, se despierta, cree que soy idiota porque arrin cono a mis tropas en el rio y ataca. Massena le recibe a canonazos. Vos, Berthier, cargais con Lannes, Lasalle y Espagne a fin de hundir el centro austriaco y cortar a su ejercito en dos. ?Entonces Davout cruza el puente grande con su reserva, refuerza vuestros ataques y aplastamos a esos coglioni! – Que asi sea, Majestad. – Asi sera. Lo veo y lo quiero. ?No estais de acuerdo, Lejeune? – Os escucho, Sire, y al escucharos aprendo. El emperador le dio una fuerte bofetada, con lo cual daba a entender que estaba satisfecho de la respuesta sin que realmente se dejara enganar. Detestaba la familiaridad y los consejos, y no de seaba de sus oficiales, asi como de sus cortesanos, mas que una obediencia callada. Lannes y Augereau eran los unicos que osaban hablarle claro. Por lo demas, se habia creado una corte de principes falsos y duques inventados, comprometidos, bastos, cautelosos. Napoleon no exigia mas que reverencias, y las recompensaba con castillos, titulos y oro. Constant, que se encontraba ante la puerta del salon, movia inquieto primero un pie y luego el otro, lo cual acabo por llamar la atencion del emperador. – ?Que es esa nueva danza, senor Constant? -rezongo. – Sire, ha llegado la senorita Krauss… Al oir ese nombre, Lejeune creyo que iba a desmayarse. ?Como? ?Anna estaba en Schbnbrunn? ?Iba a pasar la noche en el lecho del emperador? No, eso era impensable, no parecia cosa suya. Lejeune contemplaba a su soberano, el cual termino el pollo y se limpio los dedos y la boca con la cortina. ?Que podia hacer Lejeune? Nada. Cuando Napoleon los despidio, a Berthier y a el, con un gesto de la mano, como si fuesen lacayos, Lejeune se apresuro a pedir autorizacion para volver a Viena. – Id, amigo mio -respondio un Berthier paternal-. Quedaos bastante tiempo, pero no malgasteis vuestras fuerzas, pues las necesitaremos. Lejeune saludo y salio muy de prisa. Berthier le vio montar de un salto en su caballo y partir al galope. «?Estaremos todavia vivos la proxima semana?», se pregunto el mayor general. Lejeune galopo hasta la casa rosada del barrio de la Jordangasse. Subio atropelladamente al piso donde deberia estar durmiendo Anna Krauss, entro en la habitacion, avanzo silencioso y sin aliento hasta el lecho en forma de sarcofago donde ella sonaba, pues estaba alli, en efecto, iluminada por el cuarto menguante de la luna, sosegada, casi sonriente. Lejeune se sento en una silla junto al lecho y, emocionado, la contemplo mientras ella dormia. Mas adelante, supo que la senorita que visitaba al emperador, aunque tenia el mismo apellido, con una ese menos, se llamaba Eva y era la hija adoptiva de un comisario de guerra. El emperador se habia fijado en ella una manana, durante la revista, en el patio del palacio: entre tantas mujeres vestidas con prendas de colores vivos, solo ella iba vestida de negro como un presagio perturbador. Henri ya no podia pegar ojo en la habitacion de la posada en los arrabales que compartia con otro adjunto, el cual roncaba con estrepito. Asi pues, a la luz de una vela, Henri preparaba su baul de cuero para mudarse al dia siguiente. Antes de colocar cada uno de sus libros, lo hojeaba, y por azar tropezo con una pagina del Naufragio de Alberti: «No sabiamos en que direccion ibamos a la deriva en la inmensidad del mar, pero ya nos parecia maravilloso poder respirar con la cabeza fuera del agua». Estas lineas escritas en el Renacimiento reflejaban muy bien su estado. Poco antes, cuando deambulaba en compania de Perigord, provistos de antorchas, por las catacumbas cavadas bajo la iglesia de los agustinos, habian descubierto cadaveres amontonados, sentados o en pie, secos, milagrosamente intactos y sin el menor rastro de descomposicion, y los dos habian pensado en aquel rey de Napoles que escupia sobre sus enemigos embalsamados, alineados como marionetas, en la epoca en que Visconti adiestraba molosos para que despedazaran a los hombres, cuando el Individuo que aparecia entonces en Italia tenia garras y colmillos. Finalmente Henri accedio a tenderse sobre su colchon, y se adormilo poco antes del alba, completamente vestido, con la imagen obsesiva de la dulce Anna Krauss en la mente. Capitulo segundo . EN QUE SUENAN LOS SOLDADOS Hacia un tiempo magnifico y las acacias exhalaban su fragancia. Aquel sabado, vispera de Pentecostes, el soldado Paradis descansaba en la orilla de la isla Lo bau. Se habia quitado la guerrera de tirador y puesto a un lado el chaco con su penacho de plumas amarillas y verdes, el macuto, todos los bartulos que llevaba cenidos al cuerpo y el capote enrollado le servia de almohada. Era un campesino corpulento y pelirrojo, con bozo debajo de la nariz y unas manos enormes que debian sostener mejor el arado que el arma. Jamas se habia servido del fusil mas que para ahuyentar a los lobos. Sonaba con desertar antes de la siega, para volver al pais donde seria mas util, pero ?como medrar gracias a las batallas que se anunciaban? Sin embargo, al cabo de un mes seria necesario segar la avena y luego, en agosto, el trigo. Su padre jamas lo lograria sin ayuda, y su hermano mayor no habia regresado de la guerra. Mordisqueaba una ramita mientras pensaba que no habia tenido tiempo de sacar provecho de los florines que habia ganado la noche anterior en Viena, vigilando los caballos de Edmond de Perigord. De subito los pajaros dejaron de cantar. Paradis se irguio sobre los codos, en la hierba: el 4.° cuerpo de ejercito de Massena cruzaba el Danubio por el gran puente que los ingenieros militares habian terminado de tender a mediodia. No se oia mas que el estrepito de treinta mil pasos cadenciosos que golpeaban los tablones. Con ayuda de bicheros y ramas, en pie y mal equilibrados en las embarcaciones ligeras, atados para no caer al agua arremolinada, los zapadores desviaban los troncos de arbol que arrastraban por el rio, a fin de que no rompieran los cabos de amarre. El Danubio se volvia salvaje. La antevispera, en plena noche, la division del tirador Paradis embarco en unas barcas alargadas y almadias para cruzar el rio con un oleaje violento. Los soldados habian abordado la isla bruscamente para desalojar al centenar de austriacos que la guardaban. Hubo un corto intercambio de disparos, bayonetazos en la espesura, algunos prisioneros atrapados en la oscuridad, no pocos fugitivos… Paradis tenia habilidad para tender lazos y manejar la honda, y en la Lobau, antiguo coto, no faltaba la caza menor. Por la manana habia abatido un pajaro cuya especie ignoraba, tal vez una oropendola de cabeza amarilla, que habia visto en la rama de un sauce. El ave se estaba asando, atravesada por su bayoneta, y el soldado se levanto para darle la vuelta sobre el fuego de lena seca. Paradis tambien habia visto, en el otro lado de la isla, lucios y gobios en un brazo muerto del Danubio, y habia prometido a un companero, mas instruido que el, pero desconocedor de la naturaleza, que le ensenaria a pescar. Se encogio de hombros, pues sabia que el porvenir, incluso el cercano, ya no le pertenecia. La voz del brigada Rousillon confirmo, por lo demas, ese penoso pensamiento. – ?Eh! ?Gandul! ?Necesitamos tu ayuda! Los carros transportaban por el puente grande pontones y barquichuelos que servirian para montar el segundo puente, entre Lobau y la orilla izquierda, una pasarela de cincuenta metros sobre una corriente rapida. Por sus uniformes que brillaban bajo el sol, Paradis reconocio de lejos a los mariscales Lannes y Massena que precedian al convoy, rodeados de sus oficiales adornados con plumas. – ?Y hay que darse prisa! -chillo el brigada Roussillon, orgulloso de su flamante Legion de Honor, prendida del pecho, a la que acariciaba de vez en cuando con un suspiro de satisfaccion. Paradis extrajo de la bayoneta el ave a medio asar, quemandose los dedos, pisoteo la fogata, que se puso a humear, recogio sus pertrechos y siguio a Roussillon, el cual habia reagrupado a treinta tiradores en el linde de un frondoso bosque. Estaban en mangas de camisa o con el torso desnudo, y sostenian hachas de lenador. Se trataba de cortar los arboles para el puente pequeno, pues faltaban caballetes, viguetas y maderos sobre los que tender el suelo de tablas. – ?Vamos, muchachos! -les azuzaba el brigada-. ?Esto ha de estar listo en un par de horas! Los hombres se escupieron en las palmas y empezaron a golpear la base de los olmos. Caia la corteza, volaban las virutas. – ?Atencion, firmes! -grito Rousillon, el mismo tieso como una estaca. – ?Descansen! -dijeron a la vez los dos oficiales que avanzaban entre las altas hierbas. El coronel Lejeune, que seguia de cerca los trabajos desde hacia varios dias, estaba en compania de Sainte-Croix, el ordenanza de Massena. Este pregunto al brigada: – ?Estos son los hombres de Molitor? – ?Exacto, mi coronel! – ?Que hacen con las hachas? – El segundo puente, mi coronel, y no hay tiempo que perder. – Pero es una tarea de los zapadores. – Por lo que me han dicho, esos estan extenuados. – ?Me importa un bledo! Ya descansaran luego. Quiero estos hombres en la orilla izquierda, donde estableceran una cabeza de puente. ?Orden del mariscal Massena! – ?Habeis oido, hatajo de holgazanes? -grito el brigada-. ?Equipaos! Paradis suspiro mientras dejaba el hacha de gran tamano. Habia empezado a talar su arbol y estaba satisfecho, pero tanto peor. La vida militar consistia en una serie de contratiempos: dejar el fusil, volver a tomarlo, abrocharse el cinturon, marchar, marchar de nuevo, dormir dos horas en cualquier sitio, emboscarse, esperar, avanzar como un pelele sin inteligencia, y nada de rechistar por el dolor de los tobillos, de resoplar, de comer otra cosa que las infames habas gordas que compartian dos en una misma escudilla. Paradis comprobo que no faltaba nada en su cartuchera, los treinta y cinco cartuchos, las piedras para el fusil de chispa. Se puso en las pantorrillas las tiras que le apretaban, fue al pabellon en busca de su fusil y se alineo con sus camaradas para dirigirse al bosquecillo, ante la orilla izquierda del Danubio. – ?Vaya! -dijo Sainte-Croix a Lejeune-. El agua se eleva y aumenta la intensidad de la corriente… – Teneis razon y eso me inquieta. – No perdamos tiempo. Hay que llevar a estos hombres en barca al otro lado. ?Habeis descubierto un lugar favorable para el puente? – Mirad, si desemboca alla abajo, los bosquecillos servirian para ocultarlo a los posibles espias austriacos. En aquel momento, Lejeune oyo hablar en las filas de los tiradores. Paradis explicaba a su vecino que diez metros mas arriba habia habido un transbordador. Lejeune llamo al muchacho. -?Que es lo que decias? – En otro tiempo hubo un transbordador, senor, a la altura de ese grupo de canas. – ?Como lo sabes? – Es facil, senor. Mirad el talud, se ve el rastro de los caminos rurales que bajaban al rio. – No veo nada. – Yo tampoco -dijo Sainte-Croix a pesar de su anteojo de largo alcance. – ?Si! -insistio el soldado-. Las hierbas estan dobladas y son mas cortas. Las han pisado durante largo tiempo y no han crecido iguales. Ahi habia caminos, os lo juro. Lejeune miro al soldado con gratitud. -?Pero tu eres precioso! – Oh, no, senor, no soy mas que un campesino. – Sainte-Croix-dijo Lejeune, volviendose hacia el ordenanza de Massena-, os dejo cruzar con vuestros tiradores, pero me quedo con este (senalo a Paradis). Tiene muy buena vista y voy a servirme de ella en mis reconocimientos. – De acuerdo. Solo necesito doscientos hombres para cubrir a los pontoneros. Paradis no acababa de comprender lo que le ocurria. – ?Como te llamas? -le pregunto Lejeune. – ?Tirador Paradis, senor, segunda compania de linea, tercera division del general Molitor! – Supongo que tambien tienes nombre propio. – Vincent. – Muy bien, sigueme, Vincent Paradis. Lejeune y su descubrimiento se alejaron hacia el centro de la isla mientras que Sainte-Croix ordenaba que pusieran a flote, con dificultad, los barquichuelos descargados de los carros. Unos tiradores, con el agua hasta medio muslo, los mantenian en la corriente para que la compania embarcara la polvora y las armas sin que se mojaran. Cien metros mas lejos, en un calvero vigilado por centinelas, otros hombres levantaban la gran tienda del estado mayor, un autentico piso de tela donde Berthier recibiria las ordenes del emperador y las haria llegar a los oficiales. El mobiliario estaba todavia sobre la hierba, pero Berthier no esperaba que todo estuviera instalado para organizar las operaciones. Estaba sentado fuera, en un sillon, y sus edecanes extendian los mapas y colocaban piedras encima para que no se los llevara el viento. Ante Berthier comparecieron los prisioneros austriacos prendidos la noche anterior, a los que queria interrogar. Lejeune llego en el momento oportuno para traducir. Perdido en medio de tantos oficiales, el tirador Paradis dudaba de la actitud que debia adoptar y se retorcia las manos, muy torpe y enrojecido por la emocion. Se habia sentido importante cuando Lejeune advirtio al centinela que le cerraba el paso: – Este viene conmigo. Es un explorador. – No tiene el uniforme, mi coronel. – Lo tendra. Vincent Paradis se pregunto a que podia parecerse un uniforme de explorador. Con las mejillas azuladas por una barba de tres dias, sucios y enfundados en andrajosos uniformes claros, dieciseis austriacos sin graduacion estaban en pie en medio del calvero, torpes, apre tados unos contra otros como aves de corral, asombrados de estar todavia con vida. Respondieron docilmente a las preguntas de Lejeune, el cual, muy comodo en su papel, iba transmitiendo sus informaciones a Berthier. – Pertenecen al 6.° cuerpo de ejercito del baron Hiller. – ?Hay otros puestos avanzados? -pregunto el jefe de estado mayor. – No saben nada. Dicen que el grueso de las tropas acampa ahi arriba, en el Bisamberg. – Ya lo sabemos. ?Cuantos hombres? – Dicen que por lo menos doscientos mil. – Una exageracion. Dejemoslo en la mitad. – Hablan de quinientos canones. – Pongamos trescientos. – Hay otra cosa mas interesante, afirman que el ejercito del archiduque Carlos ha sido reforzado recientemente con destacamentos llegados de Bohemia y dos regimientos de husares hungaros. – ?Como lo saben? – Esos hungaros han hecho llegar grupos de reconocimiento hasta el Danubio. Han identificado sus uniformes, incluso han hablado con ellos. – Bien -dijo Berthier-. Que los envien a Viena. Serviran en nuestros hospitales. Poco despues, incluso antes de que Lejeune preguntara por un nuevo uniforme para Vincent Paradis, suponiendo que tal cosa fuese posible, llego un mensajero para informarle de que habian tendido el puente pequeno. La caballeria de Lasalle y los coraceros de Espagne lo franquearian en seguida para ocupar los pueblos de la orilla izquierda, seguidos por el resto de la division Molitor. Lejeune fue a llevar estas ordenes. Ahora estaba en la entrada del puente pequeno construido a toda prisa y agitado por el oleaje. Habian duplicado las tablas y la mayor parte de los pontones de apoyo estaban unidos a la orilla mediante gruesos cabos, pero el agua seguia subiendo y tanta improvisacion molestaba a Lejeune, pero no importaba, la obra daba la impresion de que resistiria. Los cazadores de Lasalle pasaron por detras del general, con su eterna pipa curva en la boca y el mostacho enmaranado, y una vez llegados a la otra orilla obligaron a sus caballos a saltar el talud para desaparecer entre los arboles. Alli estaba Espagne, corpulento, de cara cuadrada, muy palido, los carrillos comidos por unas patillas negras y tupidas, contemplando a sus coraceros que trotaban sobre el puente bamboleante. Tenia una expresion de inquietud en el semblante, pero no se produjo ningun incidente. Uno de los jinetes cruzo intencionadamente su mirada con la de Lejeune. Aquel tipo fornido, de casco adornado con crines y manto pardo, era Fayolle, a quien Lejeune habia golpeado en la cara la otra noche, cuando saqueaba la casa de Anna Krauss. Atrapado en el movimiento de las tropas, Fayolle tuvo que contentarse con fruncir las cejas, y franqueo a su vez el puente pequeno para desaparecer con el escuadron detras de la profunda espesura en la otra orilla. A continuacion, segun el plan previsto por el emperador y llevado a cabo por Berthier, siguio la division Molitor en pleno, excepto Paradis, quien se sentia feliz y veia a sus companeros de la vispera que transportaban las piezas de artilleria con la fuerza de sus brazos. El tirador se pegaba a los faldones de Lejeune, temeroso de que le olvidara, y se arriesgo a preguntarle: – ?Que hago, mi coronel? – ?Tu? -respondio Lejeune, pero no tuvo tiempo para proseguir, pues se oia un fragor de disparos en la orilla izquierda. – ?Ah! Ya empieza… -dijo el coracero Fayolle a su caballo, dandole unos golpecitos en el cuello. Unos ulanos se habian dejado tirotear por los soldados de infanteria franceses en el linde de un bosque, y se les veia huir al galope por los verdes campos. El general Espagne envio a Fayolle y dos de sus companeros a examinar el terreno. Los lugarenos habian huido de Aspern y Essling, su exodo habia sido observado a traves del catalejo, sus carros sobrecargados, los animales y los ninos, pero tal vez quedaban francotiradores capaces de hostigar y matar por la espalda. Fayolle y los otros dos avanzaban al paso en aquel paisaje interrumpido por praderas, grupos de arboles y charcas, protegidos por los oquedales, casi nunca al descubierto. Llegaron primero a Aspern, a orillas del rio. Dos largas calles convergian hasta desembocar en una placita ante el campanario cuadrado de la iglesia. Los exploradores desconfiaban sobre todo de las callejas transversales, en los recodos de las casas bajas de mamposteria, identicas, con un patio delante y, en la parte posterior, un jardin cercado por un seto vivo. Un muro rodeaba la iglesia, donde podian refugiarse tiradores, pero no artilleria. Una casa maciza, contigua al cementerio, con un jardin cerrado por un muro de tierra, debia de ser el presbiterio. Los hombres observaron estos detalles. Algunos pajaros emprendieron el vuelo ante la proximidad de los caballos. Por lo demas, no se oia ningun sonido humano. Los coraceros se volvieron un momento para examinar las ventanas, y entonces se cruzaron con una patrulla de los cazadores de Lasalle a quienes dejaron la inspeccion del pueblo para encaminarse al campanario vecino de Essling, que se atisbaba al este, a unos mil quinientos metros. Avanzaron hasta alli a traves de los campos despejados, evitando los hoyos llenos de agua y barro. Fayolle entro el primero en la desierta poblacion de Essling. El pueblo se parecia al anterior, aunque era mas pequeno, con una sola calle principal y casas no tan agrupadas pero similares. Era preciso mirar por todas partes, percibir el menor sonido anormal. Sin duda no habia nada que temer, pero aquellos pueblos fantasmas causaban desazon. Fayolle trataba de imaginarlos vivos, con hombres y mujeres bajo los robles del paseo y, en los huertos, inclinados sobre sus verduras. Alli debia de haber un mercado, alla cuadras, mas alla un granero. «?Y si visitara los graneros? -se pregunto-. No han debido de llevarselo todo.» En aquel instante un rayo de sol incidio en el casco y en sus ojos. Alzo la cabeza hacia el segundo piso de una casa blanca. ?Era un rayo reflejado por los adoquines o alguien escondido que habria empujado una ventana? Nada se movia. Confio su caballo a uno de sus acolitos y trato de abrir la puerta de madera con el otro. La puerta tenia echado el cerrojo. Dio en vano un fuerte puntapie en la cerradura, que resistio, y se volvio para sacar la pistola de la funda de arzon y reventar la tosca cerradura. – Eso no es discreto -dijo el otro coracero, que se llamaba Pacotte. – Si hay gente, ya nos han visto. Y si solo hay un gato o una lechuza, que mas da. – Claro, nos los comeremos encebollados. Entraron en la casa con cautela, la pistola amartillada en una mano y el sable en la otra. Fayolle abrio los postigos con un hombro para ver bien. La sala estaba poco amueblada, solo habia una mesa ancha, dos sillas con asiento de paja, un cofre de madera abierto y vacio. Las cenizas de la chimenea estaban frias. Una empinada escalera daba acceso a los pisos superiores. – ?Subimos? -pregunto Fayolle al coracero Pacotte. – Si eso te divierte… – ?Has oido? – No. Fayolle se quedo inmovil. Habia percibido el chirrido de una puerta o un crujido en el suelo de tablas. – Es el viento -dijo Pacotte, pero en voz mas baja-. No se a quien se le ocurriria quedarse en esta ratonera. – Tal vez una rata, precisamente. Vamos a echar un vistazo… Puso el pie en el primer escalon y titubeo, el oido aguzado. Pacotte le empujo y ambos subieron. Arriba, en la oscuridad de la estancia, no se distinguia mas que la vaga forma de una cama. Fayolle avanzo a tientas a lo largo del muro hasta que noto bajo los dedos el cristal de la ventana, que rompio de un codazo y cuyo postigo abrio sin soltar el sable. Se volvio. Su companero se encontraba en lo alto de la escalera. Estaban solos. Pacotte abrio una puerta baja y Fayolle entro en la habitacion contigua, donde algo o alguien le salto encima. Se debatio y noto la hoja de un cuchillo rechinar contra su ventrera tras haber desgarrado el manto pardo. Estiro los brazos y lanzo a su agresor contra el muro. En la semioscuridad le traspaso de una violenta estocada a la altura del vientre. Veia mal, pero ahora notaba la sangre caliente embadurnandole la mano que sostenia el arma en un cuerpo sacudido por espasmos. Entonces extrajo el sable con un movimiento brusco y su enemigo cayo al suelo. El coracero Pacotte se habia apresurado a abrir la ventana para iluminar la escena: un hombre gordo y calvo, con calzon de piel, estaba tendido y era presa de estertores agonicos. La sangre le afluia a borbotones a los labios, y sus ojos en blanco parecian huevos duros sin la cascara. – No estan mal estos zapatones, ?eh, Fayolle? – La chaqueta tampoco, un poco corta quiza, ?pero este cerdo la ha ensuciado! – Me quedo con los tirantes, de terciopelo, nada menos… Y se agacho para quitarselos al moribundo, pero los dos hombres se sobresaltaron. Alguien a sus espaldas acababa de ahogar un grito. Era una campesina joven con refajo plisado, encajada en un angulo, detras de un montante de la cama. Se habia llevado ambas manos a la boca y abria unos ojos inmensos y negros. El coracero Pacotte apunto a la muchacha, pero Fayolle le bajo el brazo. – ?Quieto, idiota! No vale la pena matarla, por lo menos no en seguida. Se le acerca. Su espada gotea sangre. La austriaca se acurruca. Fayolle le coloca la punta del sable bajo el menton y le ordena que se levante. Ella no se mueve. Esta temblando. – Solo entiende su jerga, Fayolle. Hay que ayudarla. Pacotte le coge el brazo para alzarla contra la pared, en la que ella se apoya con las piernas temblorosas. Los dos soldados la contemplan. Pacotte silba de admiracion porque la joven esta metida en carnes, como a el le gusta. Fayolle da la vuelta al sable, enjuga el reverso en el corse azul de la joven campesina y entonces hace saltar con el filo los botones plateados y rasga el camisolin de encaje. Seguidamente, con un gesto rapido, le quita el gorro de pano. El cabello de la austriaca le cae sobre los hombros; tiene reflejos dorados como de seda india y son muy lisos y brillantes. – ?La llevamos a los oficiales? – ?Estas loco! – Puede que haya otros puneteros labriegos con cuchillas u hoces que nos vigilan. – Vamos a reflexionar-dijo Fayolle, arrancando el refajo de la muchacha y lo que quedaba del camisolin-. ?Ya has conocido a las austriacas? – Todavia no. Nada mas que alemanas. -Esas no saben decir que no. -Tienes razon. – Pero ?y las austriacas? – Por su cara, esta nos dice que no o algo peor. – ?Tu crees? (A la muchacha.) ?No nos encuentras guapos? -?Te asustamos? – Date cuenta-dijo Fayolle, cloqueando-, ?si yo estuviera en su lugar, tu jeta me daria miedo! En el exterior, el tercer coracero les llamaba y Fayolle se acerco a la ventana. – ?No berrees asi! Hay francotiradores… Se interrumpio a media frase. Abajo, el coracero no estaba solo. Sonidos metalicos, polvo, ruido de cascos de caballo… la caballeria acababa de cercar Essling y el general Espagne en persona esperaba ante la casa. – ?Habeis localizado alguno? -pregunto. – Desde luego, mi general -dijo Fayolle-. Hay un gordo que queria despedazarme vivo. El coracero Pacotte arrastro hacia la ventana el cuerpo del campesino y lo coloco en equilibrio sobre el borde antes de voltearlo. El cadaver se estrello contra el suelo como un fardo blando y el caballo de Espagne se hizo a un lado. – ?Hay mas? – Solo hemos puesto a este fuera de combate, mi general… Entonces Fayolle dijo entre dientes a su companero: – ?Eres tonto o que? Podriamos habernos quedado con los zapatones, parecian buenos, en todo caso mas que mis alpargatas… – ?Eh, los de ahi arriba! -grito una vez mas el general-. ?Bajad! ?Hay que visitar todas esas barracas y limpiar el pueblo! – ?A vuestras ordenes, mi general! – ?Y la muchacha? -pregunto Pacotte a Fayolle. – La guardamos para luego. Antes de regresar al batallon, Fayolle y el otro rasgaron a tiras el refajo azul y los encajes para atar a la campesina. Le metieron el gorro en la boca, anudandolo en la nuca con los tirantes de terciopelo quitados al muerto, y la arrojaron sobre un colchon relleno de crines. Antes de marcharse, Fayolle le dio un beso en la frente. Se juiciosa, mi nina, y no te inquietes. Eres tan guapa que uno no puede olvidarte. ?Vaya! A nuestro botin de guerra le arde la frente… – Debe de tener fiebre. Los dos rompieron a reir y se reunieron con sus camaradas. Vincent Paradis removia los lenos calcinados. – Bastaria con soplar encima para que vuelva a encenderse el fuego, mi coronel. – Nos han visto, se han largado… – No lo creo. Solo somos dos. Ellos eran mas. Observad el monte bajo pisoteado por sus caballos. Con su nuevo explorador, Lejeune habia examinado el terreno mucho mas alla de los pueblos, sospechando la presencia de espias en cualquier bosquecillo. – Debian de ser los ulanos de hace un momento que se han ido a toda prisa -sugirio. – O bien otros que no estan lejos. Por aqui es facil ocultarse. Un rumor de hojas les alerto y Lejeune amartillo su pistola. -No temais, mi coronel -dijo Paradis-. Era un animal que ha saltado a ese haya. Esta mas asustado que nosotros. – ?Tienes miedo? – Todavia no. – Sin embargo, no pareces muy tranquilo. – No me gusta destrozar los campos galopando por ellos. A Lejeune le habian prestado un caballo de artilleria para que montara su protegido con uniforme de tirador. Le miro y dijo: – Manana, en esta llanura verde, vamos a matarnos mutuamente a canonazos. Habra mucho rojo, y no seran precisamente flores. Cuando la guerra haya terminado… – Habra otra, mi coronel. Con el emperador, la guerra no terminara jamas. – Tienes razon. Volvieron grupas hacia Essling, sin apresurarse pero ojo avizor. Lejeune se habria rezagado de buena gana, para dibujar en su cuaderno de croquis un paisaje dulce y sin seres humanos. Las tropas seguian afluyendo al pueblo. En la plaza, delante de la iglesia, Lejeune reconocio a Sainte-Croix y unos oficiales de Massena. El mariscal no debia de encontrarse lejos. En efecto, habia visitado el posito. Este granero, en el extremo de un paseo bordeado de robles, constaba de tres plantas de ladrillo y piedra tallada, y estaba unido a una granja de grandes dimensiones mediante un jardin rodeado por un muro. Tenia tragaluces en los tejados y aguilones con aberturas redondas y enrejadas donde podian emboscarse tiradores. – He contado cuarenta y ocho ventanas -dijo Massena a Lejeune-. Los muros tienen mas de un metro de espesor, las puertas y los postigos estan revestidas de chapa y son solidos. Si es necesario, podremos parapetarnos ahi y resistir. Tomad, Lejeune, he pedido que anotaran las medidas exactas. Llevad estos datos al mayor general… Massena puso el papel en la mano del coronel, el cual le echo un vistazo: el edificio tenia treinta y seis metros de largo por diez de ancho, y las ventanas de la planta baja se abrian a un metro sesenta y cinco por encima del suelo… – ?Os quedais en Essling, senor duque? – No tengo la menor idea -dijo Massena-, pero si, me quedare en esta orilla. ?Hasta donde habeis avanzado? – Ese grupo de hayas que hay ahi abajo. – ?Y bien? ?Habeis vuelto con las manos vacias? – Hay rastros, pero no se ve a nadie. – Ya, Lasalle dijo lo mismo, y Espagne tambien. Sus coraceros solo han matado a un malintencionado, pero ?por que se habia quedado ese imbecil? ?Huelo a los austriacos a nuestro alrededor, y tengo buen olfato! Massena se acerco mas para murmurar al oido de Lejeune: – ?Teneis mi informacion? – ?Cual, senor duque? – ?Sereis memo! ?Los millones de los genoveses, naturalmente! – Daru afirma que no existen. – ?Daru! ?Claro! ?Ese embustero se apodera de todo lo que brilla! ?Como una urraca! ?No teniais que preguntarle a Daru! Podeis retiraros. Massena entro refunfunando en el posito. En el patio principal de Schonbrunn, encaramado a un eje, Daru desato al azar uno de los sacos de la primera carreta del convoy y exclamo enfurecido: – ?Cebada! – No hay mas avena, senor conde -dijo un adjunto, en un tono de voz que revelaba su fastidio. – ?Cebada! ?Imposible! ?La caballeria necesita avena! – La nueva cosecha todavia no esta bastante alta, solo hemos encontrado cebada… – ?Donde se ha quedado el senor Beyle? ?Esa era su mision, por todos los diablos! – Yo le sustituyo, senor conde. – ?Y ese perezoso? – Sin duda esta en cama, senor conde. – ?Con quien, quereis decirmelo por favor? – Su fiebre habitual, senor conde. Tomad, tengo una nota que lo atestigua y que debia remitiros… Daru le arrebato la nota, en la que leyo una baja por enfermedad en toda regla, firmada por Carino, un medico aleman, y refrendada por el cirujano jefe De la Garde. Como no podia criticarla, Daru fue incapaz de reprimirse y tomo un punado de cebada que arrojo al rostro del adjunto. – ?Muy bien, nuestros caballos comeran cebada! ?Marchaos! E hizo una sena al convoy para que se pusiera en marcha hacia la isla Lobau. Una vez mas, Henri sufria terribles jaquecas que trataba con belladona, pero mas bien padecia una afeccion venerea, pues no habia otra manera de nombrar esas enfermedades galantes, dolo rosas pero no demasiado graves, sobre las que uno sonreia entre amigos pero que le azoraban en compania de las damas. Esta desventaja, a la que habia terminado por acostumbrarse, no le impedia sin embargo librar por su cuenta otras batallas, pues no estaba en cama, a pesar de su autentica fatiga y de unos sudores desagradables: se encontraba en el fondo del Prater, en un pabellon de caza en ruinas, no lejos de unas extravagantes construcciones que imitaban el estilo gotico. Unos meses antes, en Paris, se habia prendado de una actriz facil, llamada Valentine, cuyo nombre civil era sencillamente Louise, y como tantas de sus congeneres habia seguido a las tropas hasta Viena. Henri le habia dado aquella cita para romper con ella, porque no hacia mas que sonar con Anna Krauss, y sus fiebres llevaban ese nuevo amor a la incandescencia. ?Como dejar de lado a Valentine? Esta se habia convertido en un obstaculo. Henri queria una libertad total. ?Como anunciar la ruptura? ?Con brutalidad? Henri no sabria desenvolverse de esa manera. ?Con un hastio fingido? ?Con frialdad? Sonrio para si mismo. ?Que celoso habia estado de Valentine! Se preguntaba como se habia arriesgado a batirse en duelo con el amante oficial de la actriz, un coriaceo capitan de artilleria a caballo. En ese caso sus jaquecas le habian librado de la herida o del ridiculo. Valentina se retrasaba. ?Tal vez se habia olvidado de la cita? Se habia fijado en ella aquel invierno en Paris, en el teatro Feydeau. La mujer cantaba en L'Auberge de Bagnieres una opera comica fresca y sin pretensiones de los senores Jalabert y Catel: Habia tomado mi sombrerito, mi vestido de crepe amaranto, mi chal y mis zapatos punzo. Mi aspecto era encantador… Ella llego en calesa, vestida casi como en su cancion, es decir, con la misma ligereza, pero su vestido de crepe era de color hortensia y llevaba botines de saten, una blusa muy bordada y un bonete de terciopelo negro con dos largas plumas. Su cabello moreno formaba tirabuzones en las sienes. Palida, como lo exigia la moda, pero metida en carnes, arrugaba la nariz, imprimia un movimiento de vaiven a sus caderas y reia ensenando ex profeso los dientes impecables. – Amore mio! -exclamo en un italiano cruzado con el acento de los arrabales. – Valentine… – ?Ya esta! ?El teatro de la puerta de Carintia abrira de nuevo, y el de Viena tambien! – Valentine… – ?Voy a actuar ahi, Henri! ?Es un sueno! ?Yo en el escenario, aqui, en la capital del teatro! ?Te das cuenta, pichoncito mio? Si, claro, el pichoncito se daba cuenta, pero no lograba articular una frase, apenas tenia el valor de disipar la exaltacion de la bonita comedianta. – ?Hay cuatro filas de palcos! ?Y ademas los decorados cambian a la vista! ?Sobre el escenario hasta el Vesubio entrara en erupcion! – ?Una opera sobre Pompeya? – Nada de eso, es Don Juan. – ?De Mozart? – ?De Moliere, hombre! – Pero, Valentine, tu eres ante todo una cantante. – Es una obra cantada del principio al fin. – ?Don juan? ?De Moliere? – ?Asi es, gordisimo tonto de capirote! Henri fruncio el ceno. No se creia nada tonto y detestaba las alusiones a su peso. Se salvo mediante una evasion, pensando que la huida es a veces la mas habil de las soluciones, por lo me nos en el amor. Le castaneteaban los dientes, tenia escalofrios a pesar de la suavidad de aquel mes de mayo y eso iba a serle util. Se enjugo la frente con el panuelo, apenas forzando su expresion doliente. – Estoy enfermo, Valentine. – ?Voy a cuidarte! – No, no, tienes que repetir las canciones de Moliere. – Ya me arreglare. ?Mira, me ayudaras a aprenderlas! – No quiero que me lleves a cuestas como una cruz. – No te preocupes, pichoncito mio, soy lo bastante animosa para simultanearlo todo, mi carrera y tu, ?quiero decir tu y tambien mi carrera! – Estoy persuadido, Valentine… – ?Aceptas? – No. – ?Debes abandonar Viena? – Es probable. – ?Entonces te seguire! – Se razonable… Que manera de meter la pata, penso Henri al pronunciar esas palabras, ?como podia uno apelar a la razon de Valentine? Ella lo tenia todo excepto eso. Se estaba embrollando. Cuanto mas lastimoso se mostraba, tanto mas atenta y carinosa se volvia ella. Sonaron las campanas de todas las iglesias. – ?Ya son las cinco! -dijo Valentine. – Las seis -mintio Henri-, las he contado… – ?Oh, me estoy retrasando terriblemente! – Anda, date prisa y ve a probarte tus vestidos y aprender tu papel. – ?Te llevo en la calesa! – Soy yo quien te lleva. Henri dejo a la actriz en Viena, ante el teatro donde esperaba presentarse. Antes de abandonarle, le beso como una posesa. El cerro los ojos y solo respondio al beso imaginando los labios de otra a la que amaba en exceso y desde demasiado lejos. Valentine corrio hacia la entrada del teatro y, bajo el peristilo, se volvio muy rapido para hacer un ultimo gesto con la mano enguantada. Henri suspiro. «?Que cobarde soy!», se dijo, y entonces dio al cochero la direccion de la casa rosa de la Jordangasse donde se alojaba desde hacia tres noches. Olvidados la guerra, su dolencia y sus amigos, solo sonaba en la senorita Krauss, poseedora a la perfeccion de todas las cualidades. Henri la inventaba a cada instante. El, que la semana anterior ponia a Cimarosa por encima de todos los musicos, ahora tarareaba a Mozart. Por la noche, Anna y sus hermanas lo tocaban al violin solo para el en su gran salon vacio. En la isla Lobau no habia mas que una casa de piedra, un antiguo lugar de cita donde los principes de Habsburgo iban a refugiarse de las tormentas repentinas. El senor Constant colocaba lenos en la chimenea del piso superior. Los criados limpiaban, barrian, disponian los muebles traidos en furgones desde el vecino castillo de Ebensdorf, donde el emperador habia pasado la noche. Los cocineros desembalaban sus cacerolas y espetones, el indispensable queso parmesano con que Su Majestad acompanaba toda comida, sus macarrones preferidos, su chambertin. Dos lacayos montaban el lecho metalico. Los chambelanes vigilaban y activaban los preparativos. – ?Daos prisa! – ?La vajilla! ?Los candelabros! – ?El tapiz ahi, en lo alto de la escalera! – ?Lo siento mucho, senor mariscal, pero es la casa del emperador! El mariscal Lannes tenia menos estilo y era bastante mas corpulento y fuerte que aquel chambelan que le prohibia el paso. Le agarro por las vueltas plateadas de su uniforme y lo atrajo brusca mente hacia si. Al oir los chillidos del criado y los grunidos del mariscal, cuya fuerte voz conocia, Constant acudio. Fue preciso ceder ante aquel descarado, y Lannes se instalo en la planta baja, en una sala provista de paja. Se asigno incluso una palmatoria, una silla y un escritorio sobre el que deposito el sable y el bicornio cargado de plumas. Lannes era celebre por los accesos de colera que contenia pero que le enrojecian el rostro; por lo demas tenia un semblante apacible, las facciones cuadradas, el cabello claro con los mechones cortos y ondulados. A los cuarenta anos, todavia conservaba el vientre liso y se mantenia erguido, a causa de una rigidez en el cuello, una herida recibida en San Juan de Acre… de la que se acordaba aquella noche, cuando el dolor le hacia llevarse una mano a la nuca… Fue en el decimosegundo asalto a la ciudadela, y el habia escalado los recintos amurallados a paso de carga con sus granaderos. Su amigo, el general Rambaud, casi habia llegado al serrallo de Djezzar-Pacha, pero no habia recibido los refuerzos deseados, y estaba parapetado en una mezquita con sus hombres. Lannes volvio a ver los fosos rebosantes de cadaveres de turcos. El general Rambaud habia sido mortalmente herido. A el, alcanzado en la cabeza, le habian dado por muerto. Al dia siguiente volvia a montar y adiestraba a sus soldados en las colinas de Galilea… El mariscal estaba fatigado tras quince anos de combates y peligros. Acababa de dirigir el espantoso sitio de Zaragoza. Rico, casado con la mas bella y la mas discreta de las duquesas de la corte, hija de un senador, habria podido retirarse con su familia en su Gascuna natal y ver crecer a sus dos hijos. Estaba cansado de partir sin saber jamas si regresaria de otra manera que metido en un ataud. ?Por que le negaba el emperador esa tranquilidad? Al igual que el, la mayoria de los mariscales solo aspiraba a la paz de los campos. Con el tiempo, aquellos aventureros se volvian burgueses. Davout construyo en Savigny unas chozas de mimbre para sus pollos de perdiz y, a gatas, les daba pan. A Ney y Marmont les encantaba la jardineria. MacDonald y Oudinot solo estaban a gusto rodeados de sus lugarenos. Bessieres cazaba en sus tierras de Grignon, si no jugaba con sus hijos. En cuanto a Massena, decia de su propiedad de Rueil, encarada hacia la cercana Malmaison, donde se retiraba el emperador: «?Desde aqui puedo mearle encima!». Una orden les habia obligado a trasladarse a Austria, al mando de unas tropas dispares y jovenes, a las que ningun motivo poderoso impulsaba a matar. El imperio ya declinaba y no tenia mas que cinco anos. Ellos lo percibian, pero aun seguian adelante. Lannes pasaba con rapidez de la colera al afecto. Un dia escribio a su mujer diciendole que el emperador era su peor enemigo: «Solo ama por arranques, cuando te necesita». Luego Napoleon le habia colmado de favores y los dos hombres se habian fundido en un abrazo. La suerte de cada uno estaba ligada a la del otro. Hacia poco, en las dificiles escarpaduras de una sierra espanola, el emperador se habia aferrado a su brazo. A pie, bajo la tormenta de nieve que les azotaba, calzados con altas botas de cuero, resbalaban. Juntos habian asido la bolada de un canon, y los granaderos les habian izado como en un trineo hasta lo alto del puerto de Guadarrama. Los recuerdos emocionados se mezclaban con las pesadillas. A veces Lannes lamentaba no haberse hecho tintorero. Se habia enrolado pronto, y habia destacado por sus temeridades en el ejercito de los Alpes, a las ordenes de Augereau, cuando comenzaba la aventura… Tendido en la paja, pensaba en esos episodios contradictorios de su vida cuando Berthier entro en la estancia. – Cuando hay alboroto, eres tu. – ?Tienes razon, Alexandre, arrestame para que pueda dormir en paz! – Su Majestad te confia la caballeria. – ?Y Bessieres? – Ahora es tu subordinado. Lannes y Bessieres se detestaban tanto como Berthier y Davout. El mariscal sonrio y cambio de humor. – ?Que el archiduque ataque! ?Vamos a recibirle con el sable a punto! En aquel momento llegaron Perigord y Lejeune, sin aliento, para anunciar al mayor general: – ?El puente pequeno acaba de romperse! – Estamos separados de la orilla izquierda. Las tres cuartas partes de las tropas estan bloqueadas en la isla. La luna, en cuarto menguante, iluminaba debilmente la larga calle de Essling, pero bajo los arboles del camino que conducia al posito, en la plaza o en la linde de los campos, el emperador habia autorizado las fogatas de los vivaques: el enemigo debia de saber que el gran ejercito habia franqueado el Danubio, lo cual debia incitarle a atacar segun el plan previsto, aunque fuese bien conocida la timidez del archiduque Carlos en la ofensiva. En realidad, la situacion ardia por los cuatro costados. Las cantineras llenaban los vasos de aguardiente hasta el borde y recibian palmadas en sus nalgas redondas, se cantaban coplas vulgares, se devoraban las raciones y los hombres bromeaban a fin de darse animos para la batalla segura del dia siguiente. Se habian desembarazado de las corazas y los cascos con crines que reflejaban el rojo de las fogatas. Se disponian a dormir bajo las estrellas, como sus caballos, protegidos por algunos centinelas que escrutaban la llanura sin ver nada, a menudo un poco borrachos. Algunos habian encontrado harina, una botella, un pato, muy poca cosa, ya que los aldeanos se lo habian llevado casi todo, las aves de corral, los barriles, el grano. Los coraceros ocupaban el pueblo ellos solos. Massena habia llegado a Aspern antes de que anocheciera, cerca del puente pequeno derribado por la corriente y que los zapadores reparaban a la luz de las antorchas, en el agua helada y agitada que les mojaba y les helaba los dedos. Los oficiales, alrededor del general Espagne, se habian refugiado en la iglesia de Essling para pasar la noche. La balaustrada de madera pintada que dividia la nave servia para alimentar braseros que emitian humo y trazaban siluetas infernales en los muros. Espagne, en pie, envuelto en su manto, permanecia apartado, apoyado en el altar, y las formas que temblaban al capricho de las llamas no le tranquilizaban. Desde hacia varias semanas tenia presentimientos. Aquella campana no le gustaba nada. Sin temor pero como si la sentencia estuviera en suspenso, callaba y pensaba en la muerte. Los coraceros conocian las supersticiones que turbaban a su general, aun cuando este, con su semblante serio, nunca dejaba traslucir nada. Todos respetaban su silencio, cada uno se repetia su extrana historia… Los soldados Fayolle y Pacotte habian tomado en la misma escudilla una sopa espesa y mal definida, pero que llenaba el estomago. Precisamente hablaban de su general. Pacotte, integrado desde hacia muy poco tiempo en el regimiento, no sabia nada de el, mientras que Fayolle estaba al corriente. – Era en el castillo de Bayreuth. Llegamos tarde, el esta fatigado y se acuesta. Yo no estoy lejos, en la gran escalera, con los demas, y he aqui que en plena noche oimos gritos. – ?Han tratado de matar al general? – ?Espera! El grito procede de su habitacion, en efecto, y los oficiales de ordenanza corren, mientras que yo los sigo con los centinelas. La puerta esta cerrada por dentro. La rompemos sirviendonos de un canape como ariete, entramos… – ?Y entonces? – ?Espera! ?Que es lo que vemos? – ?Que veo? – La cama esta en medio de la habitacion, volcada, con el general debajo. – Y grita. – No, esta desmayado. Nuestro medico se apresura a sangrarle, le observamos, abre los ojos, aterrado, y se nos queda mirando. Esta palido, hay que darle unos polvos calmantes. Entonces dice, agarrate bien, Pacotte, dice: «?He visto un espectro que queria degollarme!». – ?Ah, si? – No te rias, imbecil. La cama se ha volcado cuando luchaba contra ese espectro. – ?Te crees eso? – Le piden que describa al fantasma, cosa que el hace con precision, y ?sabes quien era, eh? No, no lo sabes. Yo te lo dire. ?Era la Dama Blanca de los Habsburgo! – ?Quien es esa? – Se aparece en los palacios vieneses cuando un principe de la casa de Habsburgo debe morir. Ya lo habia hecho tres anos antes, en Bayreuth. El principe Luis de Prusia se batio con ella como nuestro general. – ?Y murio? – ?Si, senor! Cerca de Saalfeld, un husar le corto la garganta. El general, muy palido, dijo en voz baja: «Su aparicion anuncia mi muerte cercana», y se fue a dormir a otra parte. – ?Crees en esas pamplinas? – Manana veremos. – ?Pues tu, Fayolle, tu crees! – ?Muy bien! Te pido que esperes para estar seguros. – ?Y si matan al general? ?Que seria entonces de nosotros? – Habriamos tenido la negra… La desventura dejo al soldado Pacotte muy esceptico. En su villa de Menilmontant no creian demasiado en esa clase de sandeces. Cuando le reclutaron era aprendiz de carpintero y tenia el habito de las cosas concretas, tornear una pata de mesa, clavar tablas y derrochar su paga en los ventorrillos. Dio unas palmadas en la espalda de Fayolle, a quien impresionaba esa historia. – Hay que cambiar de ideas, amigo mio. ?Y si fuesemos a saludar a nuestra austriaca? Nos espera. ?Atada como esta, no creo que se transforme en fantasma! – ?Te acuerdas del sitio? – Lo encontraremos. El pueblo no tiene mas que una calle. Descolgaron el farol de una carreta y se encaminaron a Essling, cuyas casas eran todas parecidas. Se equivocaron dos veces. «?Maldita sea! -gruno Fayolle-. ?No la encontraremos nunca!» Mas adelante, Pacotte reconocio a la luz del farol el cuerpo de su asaltante, al que nadie habia enterrado. Los dos hombres se miraron sonrientes y empujaron la puerta. Pacotte dio un paso en falso y la vela del farol se apago. – ?No fastidies, hombre! -exclamo Fayolle, y se envolvio una mano en la capa para extraer el vidrio quemante, mientras Pacotte golpeaba el eslabon. Por fin llegaron al piso y avanzaron hasta la habitacion del fondo, donde la joven no se habia movido. – ?Como se dice «buenos dias, hermosa mia» en aleman? -pregunto Pacotte. – No se nada -replico Fayolle. – Duerme curiosamente bien… Dejaron el farol sobre un taburete de tres patas y Fayolle, con el sable, corto las ataduras. El coracero Pacotte, tras quitarle la mordaza, se guardo en el bolsillo los tirantes de terciopelo atados al cuello que la mantenian fija, y entonces se inclino y beso a su prisionera en plena boca. Dio un salto atras. – ?Diablo! – ?No sabes despertarla? -le pregunto Fayolle, divertido. – ?Esta muerta! Pacotte escupio en el suelo antes de limpiarse la boca con la manga. – Sin embargo, nuestra muneca no tiene los pies frios -siguio diciendo Fayolle mientras palpaba a la joven. – ?No la toques, eso trae desgracia! – ?No crees en mis fantasmas pero ahora te castanetean los dientes? Se fuerte, gallina. – No me quedo aqui. – ?Pues vete! Dejame el farol. – No me quedo aqui, Fayolle, eso no se hace, todo esto… – ?Y te crees un guerrero! -se burlo Fayolle, desabrochandose el cinturon. Pacotte bajo precipitadamente la escalera en la oscuridad. Una vez en el exterior, se apoyo en el muro de la casa y respiro a fondo varias veces. Se sentia mal, le flaqueaban las piernas. No se atrevia a imaginar a su complice, que se afanaba con aquella pobre campesina muerta, asfixiada por la mordaza, que el, Pacotte, habia debido de apretar demasiado al anudarla. Tenia aspecto de fanfarron, pero nunca habia sentido deseos de matar. En combate, pase, porque no hay manera de sobrevivir si no es asi, ?pero alli? Transcurrieron largos minutos. Alla abajo, cerca de la iglesia, unos soldados cantaban. Fayolle salio por fin. No intercambiaron una sola palabra acerca de la austriaca, pero Pacotte le pidio: – Dame la luz, voy a vomitar. – No tienes necesidad de ver, yo si. – ?Ver que? – Mis zapatones nuevos. -Senalo el cuerpo tendido en el patinillo-. Es el momento de aligerar a este buen hombre de sus zapatos. Los necesito mas que el, ?no crees? Fayolle se agacho y dejo el farol en el suelo. Extrajo las espuelas para probarlas en los zapatos del cadaver y solto un juramento: ?era imposible ajustarlas! Se levanto decepcionado. – ?Pacotte! -grito. Con el farol en el extremo del brazo extendido, se alejo calle abajo, rezongando: – ?Es que no puedes responderme, pedazo de cerdo? Distinguio una forma cerca de un arbol y avanzo en aquella direccion. – ?Necesitas un arbol para echar la papilla? A grandes zancadas, hollaba la hierba y las ortigas del suelo al lado de la cuneta, cuando tropezo con un obstaculo, un tronco cortado, sin duda. Lo golpeo con el pie y comprobo que no se trataba de madera. Era blando como un cuerpo. Se agacho y el farol ilumino un uniforme. Como el soldado estaba tendido de bruces, le dio la vuelta: embadurnado de vomito y sangre, su amigo Pacotte tenia un cuchillo clavado en la garganta. – ?Alerta! A pocos pasos, en la oscuridad, los austriacos de la Landwehr, una milicia popular, con chaquetas gris raton, el sombrero negro adornado con una rama provista de hojas, se agachaban para desaparecer en los trigales. Massena habia hecho encender braseros y colocar faroles en los postes de sostenimiento. Habia confiado al ordenanza el uniforme bordado de oro y el bicornio, e iba de un lado a otro para apresurar la consolidacion del puente pequeno. Con las botas en el limo del rio, cogio por el cuello a un pontonero ahogado a medias por un remolino del rio. Massena tenia la energia de los brutos. Trepaba a las viguetas, llevaba tablas, adiestraba con el ejemplo, haciendo el trabajo de diez hombres. Nunca habia estado enfermo, excepto una sola vez, en Italia. Habia conseguido trapichear unas licencias de importacion que le habian aportado tres millones de francos. El emperador, advertido, le rogo que entregara una tercera parte al Tesoro. El mariscal lloro y adujo su economia, su familia que le costaba cara, afirmo que era pobre, que estaba endeudado. Esto termino por exasperar al emperador, quien le confisco la totalidad de la fortuna colocada en una banca de Livorno. Entonces Massena enfermo. En medio de la accion, el mariscal se olvidaba de sus bandidajes, su avaricia y el oro de los genoveses, del que suponia que reposaba en un cofre de Viena. Ya se ocuparia de eso mas ade lante. Sin que, al parecer, le costara ningun esfuerzo, alzo una viga enorme para que los zapadores pudieran fijarla con sus cabos en uno de los barquichuelos, lastrado con proyectiles, que se bamboleaba en el fuerte oleaje. Algunos maderos se desprendieron del piso inacabado y se alejaron corriente abajo. Massena gritaba como un energumeno. Delante, en la isla, otros pontoneros trataban de efectuar la union. Los dos equipos debian encontrarse hacia la mitad de aquel brazo furioso del Danubio. Casi lo habian conseguido, y ahora se lanzaban cables a los que habian fijado piedras, que los de delante cogian al vuelo para tenderlas como un esbozo de parapeto. Abajo las aguas seguian creciendo, agitadas, y asi los hombres avanzaban unos al encuentro de los otros, viga tras viga, madero tras madero, arrastraban, anudaban, clavaban a la luz incierta y rojiza de las grandes antorchas, mojados por las olas que chocaban con su obra, agobiados, entumecidos, unidos con una cuerda como rosarios humanos. Massena los alentaba e insultaba como un domador, magnifico, con la corbata arrollada por debajo del menton, las mangas de la camisa de seda arremangadas hasta los codos. Al borde del piso reconstruido, alzo una madera de cadenas con la mano derecha y las arrojo a un sargento enganchado a un ponton: «?Alrededor de ese tronco!». El sargento tenia los dedos helados y no lograba rodear el poste designado, su embarcacion cabeceaba, las frias olas le alcanzaban el rostro, corria el riesgo de perder el equilibrio. Massena bajo hacia el por un cordaje, aparto al incapaz y fijo las cadenas. Una rafaga de viento desvio la humareda, los hombres tosieron y el trabajo prosiguio a ciegas. «?A la derecha! ?Mas a la derecha!», gritaba Massena como si, con su unico ojo, viera mejor en la noche que los pontoneros habituados al ejercicio. Por el otro lado, en la Lobau, el resto del ejercito esperaba pasar, con la mochila en la espalda y el fusil a los pies. Los de las primeras filas veian a su mariscal y, si no le querian, aquella noche por lo menos le admiraban. Otros rezaban para que aquella porqueria de puente no se sostuviera jamas, que el Danubio lo dispersara y que ellos regresaran a sus casas. Doscientos metros mas lejos, en un claro en el centro de la isla, los oficiales del estado mayor y su personal descansaban sobre el cesped. Muchos de ellos llevaban en cajitas talladas anillos, retratos en miniatura, un mechon del cabello de su querida, de cuyos meritos se jactaban para olvidar el presente. Algunos reanudaban sus cantinelas nostalgicas: Me abandonais para ir hacia la gloria. Mi tierno corazon seguira por doquier vuestros pasos… Lejeune callaba, sentado bajo un olmo. Mientras que su ordenanza, a gatas, soplaba las brasas de un fuego de ramas, Vincent Paradis desollaba dos liebres que habia abatido con la honda. Ins pirado por la noche campestre, aquella calma, aquel verdor, Perigord acababa de disertar sobre Jean Jacques Rousseau: – Dormir en verano sobre la hierba y bajo las estrellas, pase, pero no muy a menudo. Hay hormigas y, ademas, los pajaros te despiertan al amanecer con su bullicio. Se esta mejor entre las sabanas, con la ventana bien cerrada, preferentemente acompanado, soy un poco friolero. Entonces se dirigio a Paradis: – Guardame las pieles, muchacho. Me iran de primera para lustrarme las botas… ?Conejos! ?Cada vez que veo a esas bestezuelas vuelvo a pensar en la caza frustrada de Grosbois! ?Que bobo llega a ser nuestro mayor general! – Desmanado, es posible, pero no bobo -le corrigio Lejeune, bastante contrariado-. No exagereis, Edmond. Y ademas, nosotros ni siquiera participamos en esa caceria. – ?De que estais hablando? -pregunto un coronel de husares que gozaba por anticipado del cotilleo. – De aquella jornada en la que, para adular al emperador… – Para serle agradable -rectifico Lejeune. – ?Es lo mismo, Louis-Francois! – No. – El mariscal, para adular a Su Majestad… -repitio el husar que estimulaba al maldiciente Perigord. – El mariscal Berthier -siguio diciendo este- habia ofrecido al emperador una caceria de conejos en sus tierras de Grosbois. Ahora bien, si habia caza, no habia un solo conejo. ?Que hace el mariscal? Encarga un millar. Llegado el dia, se sueltan los conejos, pero en vez de correr para librarse de las escopetas, los animales se dirigen hacia los invitados, les aguan la fiesta, se deslizan entre las botas, en absoluto asilvestrados, y poco les falta para hacer tropezar a Su Majestad. El mariscal se habia olvidado de precisar que queria conejos de coto, y le habian entregado conejos de granja: ?al ver a toda aquella gente habian creido que les traian comida! Perigord lloraba de risa, y el husar tambien. Lejeune se habia levantado antes de que finalizara la anecdota, la cual habia escuchado demasiadas veces y no le divertia. Todos consideraban a Berthier un cretino, y eso le afectaba, pues le debia su grado y su papel. En Holanda fue un joven sargento de infanteria, luego llego a oficial de ingenieros gracias a su talento, Berthier reparo en el y lo llevo consigo como ayudante de campo. Lejeune recordaba que su primera mision habia consistido en escoltar talegos de oro destinados a unos clerigos del Valais que debian ayudar a acarrear la artilleria mas alla de los Alpes… A continuacion, Lejeune habia seguido por doquier al mariscal. Conocia su valor y su pasado, sus combates al lado de los insurgentes de America, en Nueva York y Yorktown, su encuentro en Potsdam con Federico II, su adhesion desde la guerra de Italia al joven general Bonaparte, cuyo destino adivinaba, y luego a aquel Napoleon a quien servia por turno como hombre de confianza, confidente, nodriza y burro de carga. Al cabo de varias semanas Davout y Massena hicieron correr rumores injustos sobre el. Era cierto que, al comienzo de la campana de Austria, Berthier dirigia el solo las operaciones, fiandose de los despachos que le enviaba el emperador desde Paris, pero a menudo esas directivas llegaban tarde y la situacion sobre el terreno evolucionaba con rapidez. Ello explicaba ciertas maniobras peligrosas que habian estado a punto de llevar a los ejercitos al desastre. El emperador dejaba que acusaran a Berthier, y este no trataba jamas de justificarse, como aquel dia, en Rueil, cuando el emperador, disparando al azar contra una bandada de perdices, no logro mas que dejar tuerto a Massena. Entonces se volvio hacia el fiel Berthier: – ?Acabais de herir a Massena! – En absoluto, Sire, habeis sido vos. – ?Yo? ?Todo el mundo os ha visto tirar de traves! – Pero, Sire… – ?No lo negueis! El emperador siempre tenia razon, sobre todo cuando mentia, y no era conveniente replicarle. No obstante, el odio que Massena sentia por Berthier era mas antiguo, databa de la epoca en que el primero dirigia el ejercito de Roma, saqueando para su beneficio personal el Quirinal, el Vaticano, los conventos y los palacios. El ejercito, sin sueldo, se amotino contra el logrero. Los romanos del Trastevere, con el pan moreno racionado, maltratados, se rebelaron aprovechando el desorden. Ante el Panteon de Agripa, los oficiales rebeldes ofrecieron entonces el mando a Berthier, quien tuvo que aceptarlo para aplacar los animos y pedir al Directorio la revocacion de Massena. Este, que se habia visto obligado a huir para librarse de la colera de su propio ejercito, no le perdono jamas. Lejeune se encogio de hombros. Esas rivalidades le parecian miserables. ?Como le habria gustado quedarse en Viena, quitarse su vistoso uniforme y salir con el cuaderno y el lapiz para entre tenerse en las colinas, llevarse a Anna, viajar con ella, vivir con ella, contemplarla sin cesar! Sin embargo, el coronel Lejeune, a fuer de sincero consigo mismo, sabia que un mal habia traido un bien, que sin aquella guerra el no habria conocido jamas a la joven. Un intenso clamor le hizo salir de sus ensonaciones. Sobre el gran puente flotante, detras del caballerizo real Caulaincourt, que sostenia la brida del caballo, el emperador llegaba a la isla Lobau aclamado por las tropas. En Viena, en el segundo piso de una casa pintada de rosa, Henri Beyle admiraba a la luz de la candela los retratos de Anna Krauss que habia esbozado su amigo Lejeune. La joven habia posado con complacencia y sin pudor. Henri admiro el parecido. Contemplo los croquis hasta darles volumen, carne, vida y movimiento. Alli estaba Anna, con tunica, alzandose uno de sus mechones negros; Anna pensativa, de perfil, mirando no se sabia que a traves de la ventana; Anna dormida en sus almohadones; Anna en pie y desnuda como una divinidad modelada por Fidias, a la vez irreal por sus perfecciones y provocativa en su actitud, abandonada, hurana; mas alla estaba en otra pose, de espaldas; y alli, sentada en el borde de un sofa, el menton contra las rodillas, la franca mirada posada en el artista que la dibuja. Henri se sentia deslumbrado y molesto, como si hubiera sorprendido a la vienesa en el bano, pero no lograba apartarse de aquellos croquis. ?Y si robara uno? ?Se daria cuenta Louis-Francois? Habia muchos. ?Iba a hacer cuadros a partir de ellos? Entonces pasaron por la mente de Henri unos pensamientos espantosos que rechazaba con toda su razon (pero ?aun le quedaba razon?), en una palabra, deseaba confusamente, sin formularlo, que Louis-Francois muriese en combate, a fin de consolar a Anna Krauss y sustituir a su amigo, porque estaba claro que la modelo solo podia amar al pintor. La ventana estaba entreabierta, la noche era apacible. Henri oia las notas de un piano, sutiles, nobles, y fue a asomarse para identificar de donde procedia la musica. – ?Os gusta esta musica, senor? Henri se volvio, como cogido en falta. Un hombre joven y desconocido habia entrado en su habitacion. A la luz de la candela, Henri no le veia bien. – ?Como habeis entrado? -le pregunto. – Teniais la puerta abierta y he observado la luz. Henri se acerco y observo al intruso. Tenia el rostro casi femenino y los ojos claros. Hablaba frances con un acento mas rudo que el de Viena. – ?Quien sois? – Tambien soy un inquilino, pero vivo en el desvan. – ?Estais de paso? – Voy arriba. – ?De donde venis? – De Erfurt. Trabajo en una casa de comercio. Me ocupo de los suministros del ejercito. – Comprendo -dijo Henri-, sois aleman. – Me llamo Friedrich Staps. Mi padre es pastor luterano. Mientras le formulaba las preguntas, Henri habia dado la vuelta a los dibujos de Lejeune para ocultarlos, pero el joven aleman no habia reparado en ellos. Miraba a Henri fijamente. – Sin duda sois amigo de la familia Krauss. – Si quereis… – No tengo nada que vender -replico el joven-. No he venido a Viena para trabajar. He venido a Viena para entrevistarme con vuestro emperador. ?Sera posible? – Si el regresa a Schonbrunn, solicitad una audiencia. ?Que quereis de el? – Una entrevista. – ?Le admirais, entonces? – No como vos lo entendeis. La conversacion tomaba un giro desagradable y Henri queria ponerle fin. – Pues bien, senor Staps, nos veremos manana. Como estoy enfermo, apenas salgo de esta casa. – El hombre que toca el piano, ahi delante, tambien esta enfermo. – ?Le conoceis? – Es el senor Haydn. – ?Haydn! -exclamo Henri, acercandose de nuevo a la ventana para oir mejor las notas del ilustre musico. – Se metio en cama cuando vio los uniformes franceses en las calles de su ciudad -siguio diciendo Friedrich Staps-. Solo se levanta para tocar el himno austriaco que ha compuesto. Tras decir estas palabras, el joven apago la candela entre dos dedos y Henri se quedo a oscuras. Oyo que se cerraba su puerta y dijo: – My God! ?Este aleman esta loco! ?Donde he metido el eslabon? A las tres de la madrugada, las tropas franquearon por fin el pequeno puente reparado y se establecieron en la orilla izquierda del Danubio, en los pueblos de Aspern y Essling. Los hombres velaban, dormian poco o mal. El mariscal Lannes no apartaba la vista de su uniforme de gala, colocado sobre la silla, cuyos dorados brillaban a la luz de la bujia. Al amanecer se lo pondria para llevar a sus jinetes a una probable carniceria, pero eso por lo menos tendria buena pinta. En cabeza de las tropas, llevaria todas sus condecoraciones, incluso el gran cordon de San Andres que le habia concedido el zar. Sabia que su uniforme le delataria al enemigo, y queria que asi fuese, ya que su funcion era dejar que le ensartaran con elegancia. Oh, si, ya tenia bastante. Lo que habia vivido en Espana todavia le disgustaba, y no habia vuelto a tener el sueno tranquilo. Alla abajo, nada de batallas regulares, de tropas bien alineadas, sino una guerra anonima que habia estallado el mismo dia en Oviedo y en Valencia, sin santo y sena, y uno veia aparecer ante si ejercitos de veinte labriegos dirigidos por su alcalde. Pronto fueron varios millones. Los vaqueros andaluces, con sus picas para marcar los toros, habian vencido en Bailen. Luego surgieron guerrillas en todas las montanas, libradas por hombres llenos de odio. En Zaragoza, los chiquillos se deslizaban bajo los caballos de los lanceros polacos para despanzurrarlos, los monjes fabricaban cartuchos en los conventos y raspaban el suelo de las calles para extraer el salitre. Los soldados de Lannes eran atacados con botellas vacias, con adoquines, y si por desgracia los capturaban, les cortaban la nariz o los enterraban hasta el cuello para jugar a bolos. En los pontones de Cadiz, ?cuantos habian sido comidos por los piojos? ?Cuantos habian sido degollados o serrados entre dos tablas? ?Cuantos arrojados al fuego, mutilados, con la lengua arrancada, los ojos reventados, sin nariz, sin orejas? – ?En que piensas, senor duque? Lannes, duque de Montebello, no queria confiarse a Rosalie, aquella aventurera como tantas otras que marchaba en la retaguardia de los ejercitos para encontrar en ellos su felicidad, unas monedas, algunas baratijas, anecdotas que contar. Lannes no era infiel, adoraba a su mujer, pero esta se encontraba muy lejos y el se sentia demasiado solo. Habia cedido a la rubia corpulenta de cabellera desordenada que habia arrojado en seguida sus ropas a la paja. El no le respondio, otras cosas le obsesionaban. Veia de nuevo a los bebes clavados con la bayoneta en sus cunas, y aquel granadero que le habia confiado: «Al principio no es facil, senor mariscal, pero uno se acostumbra». Lannes ya no se acostumbraba. – No soy yo tu querida, ?eh? Es el, ahi arriba… Rosalie no se equivocaba. El emperador se desplazaba en el piso superior, y el ruido de sus pasos ponia nervioso al mariscal, el cual pensaba que si al dia siguiente una bala de canon le partiera en dos, por lo menos podria dormir sin suenos. – Ven, el se marcha -decia Rosalie. En efecto, el emperador bajaba la escalera con los mamelucos que le rodeaban como dogos adondequiera que fuese. Lannes oyo a los centinelas que presentaban armas. Se levanto para con sultar su reloj de oro grabado. Eran las tres y media. ?A que hora iba a salir el sol y que comedia iluminaria? Rosalie insistia: – ?Ven! Esta vez la obedecio. Napoleon fue al encuentro de Massena, que vigilaba en el campanario de Aspern. – Se aprestan, Sire -dijo el mariscal. El emperador no respondio nada, tomo el anteojo de manos de Massena y miro, apoyado en la espalda de un dragon: los vivaques salpicaban el horizonte de puntos rojos y vacilantes. Imaginaba la batalla en los campos, oia los canonazos, los gritos, aquel estruendo que aterraba a Europa. «Una gran reputacion es un gran ruido -pensaba-. Cuanto mas ruido haces, mas lejos te lleva. Las leyes, las instituciones, los monumentos, las naciones, los hombres, todo desaparece, pero el ruido sigue resonando a lo largo de los siglos…» Napoleon sabia que en aquella planicie de Marchfeld que se extendia ante el, Marco Aurelio habia aplastado a los marcomanos del rey Vadomar como el iba a aplastar a los austriacos del archiduque. La evocacion le satisfacia. En la epoca de los romanos no habia trigales sino pantanos, canizares, garzas, taludes cubiertos de brezo. Las legiones bajaban de los bosques de Bohemia donde se habian abierto una via a hachazos, aniquilando de ordinario osos y bisontes. Ya no se trataba de aquel famoso ejercito de campesinos del Lacio, pesado, ordenado, sino de centurias heteroclitas que avanzaban detras de los hombres que tocaban trompas, con el torso semicubierto por pieles de fieras, jinetes marroquies, ballesteros galos, bretones, iberos dispuestos a elegir entre sus prisioneros a los que enviarian a cavar en sus minas de plata de Asturias, griegos, arabes, sirios malos como hienas, getas con grenas color de paja y llenas de piojos, tracios con faldas de canamo. Y Marco Aurelio en esa riada, sin armas, sin coraza, reconocible de lejos por su manto purpura… Capitulo tercero . PRIMERA JORNADA Al amanecer, una bruma de calor velaba la planicie. Ni un soplo de aire agitaba los trigales. Delante de los pueblos donde su ejercito se preparaba, encor vado sobre su caballo de color claro, Napoleon, rodeado por sus mariscales, oficiales, ordenanzas y caballerizos, contemplaba aquel paisaje demasiado tranquilo. Los jefes reagrupados formaban un buen blanco, Berthier, Massena, Lannes, Bessieres, llegado de Viena, y los generales engalanados como para una revista, Espagne con la mandibula apretada, Lasalle, de mostacho retorcido y mascando su pipa apagada, Boudet, Claparede, Mouton, Saint-Hilaire, con el cuello de la guerrera subido, Oudinot, su expresion porfiada, el cabello cortado al rape pero las cejas pobladas, Molitor, de pelo aspero incluso en las mejillas y con la nariz delgada como una hoja de cuchillo, el imponente Marulaz, el vientre embutido en una faja de color amapola. La fuerte tension impedia los gestos y las palabras. Inmoviles sobre los caballos de patas rectas que agitaban suavemente las crines, todo plumas y colores, festoneados, bordados, dorados hasta las botas cuya cera brillaba, aquellos heroes componian un cuadro anacronico que Lejeune lamentaba no estar en condiciones de representar, aunque fuese a lapiz, a toda prisa, tanto le excitaba el desfase tan vivo que percibia entre la naturaleza y los soldados, la serenidad de una y la impaciencia de los otros. No ocurria nada. Lejeune meditaba sobre el poderio del decorado, capaz de modificar el sentido y el juego de los personajes que se le incorporaban. Paso por su mente una de sus amantes provisionales, una alemana rosada que se banaba en un torrente en Baviera: natural en la naturaleza, era hermosa, pero por la noche, cuando se quitaba de nuevo la falda en un salon cargado de colgaduras, fruslerias, muebles oscuros, tambien desnuda pero mas seria, resultaba inquietante. Su abandono, su ligereza, sus trapos sobre la alfombra contrastaban con la decoracion severa. «Es curioso -se dijo Lejeune-, pienso en el amor mientras espero la guerra…» Sonrio. La voz del emperador le trajo a esta ultima realidad. – ?Pero estan dormidos! ?Mierda de austriacos! Mascalzoni! Nadie hizo ningun comentario ni mostro su aprobacion. No era momento para servilismos, y probablemente, antes de que finalizara el dia, algunos de aquellos principes, barones, condes y generales estarian muertos. La bruma se disipaba, ya solo flotaba en franjas por encima de los campos. El azul del cielo era mas profundo, los trigales mas verdes. En el horizonte, sobre las pendientes de Gerasdorf, los austriacos habian formado piramides de fusiles apoyandolos unos contra otros. – ?Que es lo que esperan? -grito el emperador. – La sopa-dijo Berthier, mirando a traves del anteojo de largo alcance. – No es mas que una retaguardia, Sire -refunfuno Lannes-. ?Vamos a derrotarlos! – Mis jinetes no han encontrado nada en esos lugares -observo Bessieres. – No -repitio Massena-, el ejercito austriaco esta ahi, muy cerca. – Sesenta mil hombres por lo menos -dijo Berthier-, si mis informes son exactos. – ?Tus informes! -gruno Lannes-: ?Los prisioneros te han contado sandeces! Estaban sacrificados en esta dichosa isla, ?que saben ellos de las intenciones del archiduque Carlos? – Esta noche los francotiradores han degollado a uno de mis hombres -intervino Espagne en un tono inexpresivo. – ?Eso es! -siguio diciendo Lannes-. ?Francotiradores, merodeadores, y el grueso de los regimientos descansan en Bohemia! – Sin duda esperan el refuerzo de su ejercito de Italia… -anadio Bessieres. – Basta! El emperador habia gritado con irritacion. Estaba cansado de oirles cotorrear. No tenia ninguna necesidad de sus consejos. Hizo un ligero gesto con la mano a Berthier y se alejo en compania de su caballerizo Caulaincourt, del joven conde Anatole de Montesquiou, su ordenanza de cara fofa, los inevitables mamelucos traidos de Egipto que se las daban de importantes, con turbantes encopetados, pantalones turcos escarlata y lujosos punales bajo el cinto. Entonces Berthier tomo la palabra en voz recia, sin mirar siquiera a los mariscales. – Su Majestad ha ideado un dispositivo que debeis poner en marcha al instante. No debe haber ningun fallo. Estamos de espaldas al rio, de donde llegaran tropas de refresco, el revituallamiento y las municiones. Se trata de oponer al enemigo una linea continua de un pueblo al otro. Massena se apoderara de Aspern, con Molitor, Legrand y Saint-Cyr. Lannes ocupara Essling con las divisiones Boudet y Saint-Hilaire. Hay que bloquear el terreno desguarnecido entre los pueblos: los coraceros de Espagne y la caballeria ligera de Lasalle se desplegaran bajo el mando de Bessieres. ?Manos a la obra! No habia nada que discutir. El grupo se disgrego y cada uno fue a incorporarse al puesto previsto. Berthier, pensativo, se dirigio al campamento. Lejeune y Perigord le flanqueaban. – ?Que opinais, Lejeune? -pregunto el jefe de estado mayor. – Nada, monsenor, nada. – Decidmelo de veras. – Esta luz me da ganas de pintar. – ?Y vos, Perigord? – ?Yo? Yo obedezco. – Todos nos vemos reducidos a obedecer, hijos mios -suspiro Berthier. Cruzaron en fila el puente pequeno que oscilaba por encima de la corriente. En la isla, Perigord coloco su caballo a la altura del de Lejeune y le susurro en un tono confidencial: – Que sombrio es nuestro mayor general. – Debe de ser por la incertidumbre. El emperador parece elegir la defensiva, nos parapetamos, aguardamos. ?Atacaran los austriacos? El emperador asi lo cree. Debe de tener sus razones. – ?Senor! -exclamo Perigord, alzando los ojos al cielo-. ?Ojala sepa adonde nos lleva! Sin embargo, mi querido amigo, estariamos mejor en Paris, o en Viena, ?y nuestro mayor general en sus tierras con sus dos mujeres! Mirad, estoy seguro de que piensa en la Visconti… Lejeune no le respondio. Todo el mundo estaba enterado del triangulo amoroso de Berthier y los tormentos que este sufria. Desde hacia trece anos estaba locamente enamorado de una mi lanesa de ojos grises, casada por desgracia con el marques Visconti, un diplomatico bueno, anciano y muy discreto, poco afectado por las incesantes infidelidades de su esposa demasiado bella y ardiente. Cuando Berthier resolvio seguir a Bonaparte a Egipto, abandonando a su querida, lo hizo lleno de afliccion. En medio del desierto, bajo la tienda, levanto una especie de altar a su Giuseppa, a quien escribia sin cesar cartas alocadas y salaces. Y esto duro largo tiempo. A la larga, esta pasion interminable le parecio a Napoleon ridicula. Berthier, nombrado principe de Neuchatel, se vio entonces obligado a elegir una autentica princesa para fundar una apariencia de dinastia. Docil, desgraciado y entre lagrimas se decidio por Elisabeth de Baviera, quien tenia el morro picudo y carecia de menton, por lo que Giuseppa Visconti no estaria celosa. ?Y que sucedio dos semanas despues de esta ceremonia obligatoria? El marques murio en su lecho y Berthier no podia casarse con la viuda. Tuvo accesos de fiebre, estuvo al borde de la crisis nerviosa y fue preciso consolarle, sostenerle, recompensarle, aunque sus dos mujeres tuvieran que tolerarse mutuamente, se viesen con frecuencia y jugasen juntas al whist. Aquel domingo, al de mayo de 18o9, cuando se oia el fuego de los canones austriacos, ese era el motivo de los suspiros de Berthier. El mariscal Bessieres suspiraba por motivos parecidos pero secretos. Era un hombre frio, de una cortesia excepcional, poco locuaz, sin emociones aparentes, de quien no se podia sospechar el menor extravio amoroso, pero que habia sabido llevar una doble vida a resguardo de los cotilleos. En realidad, debajo de su chaqueta azul y dorada llevaba dos medallones. Uno evocaba a su esposa Marie Jeanne, piadosa, muy dulce y considerada en la corte, y en el otro figuraba su amante, una bailarina de la opera con la que gastaba millones, Virginie Oreille, llamada Letellier. Bajo su aspecto de Antiguo Regimen, con los cabellos largos y empolvados que formaban alas de cuervo en las sienes, Bessieres no permitia jamas que traslucieran los pensamientos poco militares que a menudo le pasaban por la cabeza. Cuando entro por primera vez en Essling al lado del general Espagne, lo primero que hizo fue mirar el campanario. ?Menudo Pentecostes! No era el Espiritu Santo quien hoy iba a caerles sobre la cabeza, sino otras lenguas de fuego, los obuses y las balas del archiduque. En la plaza, los caballos ya ensillados comian la cebada amontonada. Los jinetes se ayudaban mutuamente a cerrar las corazas, y algunos limpiaban sus armas con cortinas arrancadas de las ventanas. Espagne, informad a los oficiales de los deseos de Su Majestad-dijo Bessieres mientras desmontaba. Entonces se dirigio pensativo a la iglesia, en la que entro. El coro habia sido transformado en campamento y dos reclinatorios acababan de consumirse en una fogata ante el altar despoja do de sus adornos. Bessieres permanecio en pie ante el crucifijo que habian intentado en vano arrancar, inclino la cabeza, busco en el interior de su guerrera y contemplo los medallones que representaban a sus amadas, uno en cada palma. MarieJeanne debia de estar en misa, en la capilla de su castillo de Grignon; Virginie, a esa hora, dormia en el magnifico piso que el le habia comprado cerca del palacio real. ?Y que hacia el en aquella iglesia austriaca semiderruida? Era mariscal del Imperio, tenia cuarenta y tres anos. Hasta entonces las circunstancias le habian sido favorables. ?Tanto camino recorrido en tan poco tiempo! Muy joven, cuando pertenecia a la guardia de Luis XVI, habia intentado proteger a la familia real durante el motin del 10 de agosto. Nunca habia aprobado la vulgaridad de la Revolucion ni el avasallamiento de los sacerdotes. En cierta ocasion fue sospechoso y tuvo que ocultarse en el campo, en casa del duque de La Rochefoucauld, antes de integrarse en el ejercito de los Pirineos y luego el de Italia, en el entorno de aquel Bonaparte a cuyo golpe de Estado presto su ayuda y para quien invento un cuerpo de pretorianos que se convertiria en la Guardia Imperial… Dentro de una hora estaria a caballo. Los soldados le querian. Los enemigos tambien, como aquellos monjes de Zaragoza a los que habia protegido de sus propios regimientos. ?Habia nacido para mandar? Bessieres no lo sabia. En el exterior, Espagne ya habia entrado en accion. Distribuia ordenes, activaba los preparativos, inspeccionaba los caballos y las armas. Observo que unos coraceros cavaban una tumba bajo los olmos, al final de la calle principal, y envio un capitan para que apresurase al maximo aquel entierro. El capitan SaintDidier fue a pie, sin darse demasiada prisa. Tres coraceros, con palas robadas en un cobertizo, cavaban la fosa, ya casi terminada. En la hierba, el soldado Pacotte estaba blanco y rigido. – Hay que espabilarse, muchachos -dijo el capitan Saint-Didier. – Lo primero es lo primero, mi capitan -se limito a decir Fayolle, clavando la pala en el monton de tierra que rodeaba la fosa. -?Nos vamos de este maldito pueblo! – Enterramos a nuestro hermano, mi capitan -replico Fayolle-, para que no lo devoren los zorros. – Tenemos principios -anadio uno de los coraceros, un herrero forzudo que se llama Verzieux. – ?Y no enterrais al tipo que destripasteis anoche en la casa? – ?Ah, ese! -dijo Fayolle-. Es austriaco. – Si los zorros se lo comen, que les aproveche -dijo el tercer soldado, un hombre bajo y moreno que se reia burlonamente y a quien el capitan reconvino: – ?Basta, Brunel! – ?Es que no sois religioso, mi capitan? -pregunto un Fayolle socarron, el cual acariciaba los tirantes negros que habia encontrado en el bolsillo de Pacotte y que llevaba alrededor del cuello como una corbata, a modo de recuerdo o trofeo. – ?Dentro de un cuarto de hora quiero veros a los tres en vuestro peloton! -les ordeno el capitan Saint-Didier antes de girar sobre sus talones, disgustado por tener que dirigir a unos brutos. Cuando estuvo a cien pasos, Brunel pregunto a los otros dos: – Saint-Didier… es un apellido de aristocrata, si no me equivoco. – Quiza nos evitara lo peor -dijo Fayolle-. Le he visto actuar delante de Ratisbona, y conoce su oficio. – ?Ya, ya! -dijo Verzieux, poniendose a cavar-. Estoy harto de esos oficialillos caguetas que recogen a la salida de los colegios y que nos forman en quince dias porque saben latin. Alla abajo, cerca de la ribera del Danubio, las gaviotas emitian unos chillidos que parecian risas. Fayolle se echo el manto pardo sobre el hombro e hizo una mueca. – Si hasta los pajaros se burlan de nosotros, esto empieza mal… Todos los regimientos de caballeria acantonados en Viena salieron a primera hora de la manana, y el suelo temblaba bajo los cascos de los caballos. Friedrich Staps se puso al lado de un muro para que pasaran los dragones al galope, que le habrian pisoteado sin consideracion, y se adentro en las viejas calles alrededor de la catedral de San Esteban. Empujo la puerta vidriera de una ferreteria que acababa de abrir y tenia ya un cliente, un senor corpulento vestido de oscuro, con los cabellos grises, ralos y largos, tanto que le rozaban el cuello de la chaqueta. El cliente hablaba frances y el comerciante, con los ojos muy abiertos, trataba de explicarle en vienes, ese aleman cantado, que no le entendia. El frances se saco del bolsillo un trozo de tiza y dibujo algo en el mostrador. Lo habia hecho mal, sin duda, porque el comerciante seguia perplejo. Staps se acerco y le ofrecio su ayuda. – Conozco un poco vuestra lengua, senor, y si puedo seros de utilidad… – ?Aj, joven, vos me salvais! -?Que habeis dibujado? -Una sierra. – ?Quereis comprar una sierra? – Si, bastante larga y resistente, no demasiado flexible, con los dientes finos. Informado por Staps, el comerciante saco de sus cajas varios modelos que el frances tomo en sus manos. Staps le miraba con curiosidad. – No os imagino en absoluto como carpintero, senor. – ?Y teneis razon! Perdonadme, esta manana tengo demasiada prisa y ni siquiera me he presentado. Soy el doctor Percy, cirujano en jefe del gran ejercito. – ?Necesitais una sierra para cuidar a vuestros enfermos? – ?Cuidar! Nada me gustaria mas, pero en las batallas no se cuida, se repara, se acorrala a la muerte, se cortan brazos y piernas antes de que comience la gangrena. Gangrena… ?conoceis esa palabra? – Me temo que no. – Con este calor, joven -dijo Percy, sacudiendo la cabeza-, los miembros heridos se pudren, y es mejor amputarlos antes de que todo el cuerpo se deshaga por dentro. El doctor Percy eligio la sierra que le convenia y el tendero se la envolvio. Pago con uno de los billetes de un fajo de florines que habia sacado de su maletin, se embolso el cambio, dio las gracias y se calo un tricornio negro con escarapela. A traves de la ventana, Staps le vio alejarse hacia la calle de Carintia, donde salto a una calesa. – ?En que puedo serviros, senor? -le pregunto el tendero. Staps se volvio hacia el. – Necesito un cuchillo largo y afilado. -?Para cortar carne? – Exactamente -respondio el joven, con una sonrisa apenas marcada. Al salir de la ferreteria, Friedrich Staps se guardo el cuchillo de cocina, envuelto en papel gris, en el bolsillo interior de la levita arrugada, y echo a andar con rapidez por la ciudad en efer vescencia. Los escuadrones seguian confluyendo hacia las puertas de Viena para tomar la ruta de Ebersdorf, el Danubio y el gran puente flotante. Al llegar a la casa pintada de rosa de la Jordangasse, Staps se encontro con unos hombres de torso desnudo y gorra de cuartel en la cabeza, que descargaban un furgon de intendencia cubierto con una lona. Sin preguntarles nada, siguio a dos de ellos. Sudaban al transportar una gran cesta hacia la cocina, en la que el joven entro tambien. Sobre la larga mesa parda se amontonaban pollos, frascos, hogazas de pan y verduras. Las hermanas Krauss y su ama de llaves desplumaban, cortaban, mondaban y lavaban, mientras Henri Beyle, a pesar de su mala cara, regresaba de la bomba con dos cubos de agua que Staps le quito de las manos. – Descansad, estais enfermo. – Muy amable, senor Staps. Entonces, indicando los viveres con un gesto del brazo, Henri le explico: – Ya veis, mis colegas de la intendencia se ocupan tambien de mi salud. – Y la de estas senoritas. Henri miro a Staps, con su aire angelico, su sonrisa ambigua. Aquel muchacho demasiado cortes le irritaba. Cabia dar un doble sentido a cada una de sus palabras. ?Debia desconfiar? ?Por que? Henri olvido sus sospechas al oir a Anna Krauss que bromeaba con sus hermanas menores, sin que el comprendiera a proposito de que o de quien. Staps no tardo en intervenir en la conversacion, en aleman, lo cual acabo por hacerle odioso a Henri. Este, en el extremo de la mesa, los veia reir sin poder participar del jolgorio. Palidecio y apreto los dientes, intento levantarse y sintio malestar, un escalofrio. Inquieta de repente, Anna se apresuro a sostenerle. Como le tomaba del brazo y el notaba el calor de su cuerpo, Henri enrojecio como un tomate. – ?Le vuelven los colores! -exclamo Friedrich Staps en frances. Henri habria querido morder a aquel pequeno imbecil. Con la chaqueta desabrochada y las perneras del pantalon remangadas sobre los zuecos embarrados, Vincent Paradis no parecia un tirador y menos todavia un explorador. Se habria dicho que era un civil disfrazado. El ordenanza del coronel Lejeune habia tenido que sacudirle para que se despertara. Bostezo, estirandose ante el Danubio amarillento, un rio como no habia visto otro jamas, ancho como un brazo de mar e inestable como un torrente, con caprichos y subitas violencias. El sol empezaba a caldear y Paradis recogio su casco, se lo puso y ajusto el barboquejo de cuero bajo el menton. ?Quien habria inventado unos sombreros tan altos? Protegido por un oficial del estado mayor, se creia al abrigo en la isla de Lobau, y le divertia el trajin que distinguia a lo lejos, en la otra orilla, hacia las casas apretujadas y las granjas de Ebersdorf. Entonces oyo una musica. Los clarinetes de la Guardia Imperial, en cabeza de las tropas que avanzaban ahora por el puente grande lleno de baches, tocaban una marcha de Cherubini compuesta para ellos. Seguian las banderas a rombos tricolores coronadas por un aguila con las alas desplegadas y, a continuacion, los impecables granaderos. A estos no los soportaba nadie en el ejercito, pues tenian todos los derechos y lo demostraban. El emperador los mimaba, por lo que eran arrogantes. Solo montaban en primera linea al final de las batallas, para desfilar entre los cadaveres de hombres y caballos, comian en escudillas personales y, en general, viajaban en coches guarnecidos de paja o en simon, para reducir al minimo las molestias. En Schonbrunn, donde habian acampado, la intendencia les habia ofrecido calderadas de vino azucarado. Al igual que el emperador, usaban calzones de casimir debajo de las polainas de tela blanca. Dorsenne, su jefe, elegante hasta el exceso, con el cabello negro rizado con tenacillas y el semblante altivo de un habitual de los salones, comprobaba los botones de los uniformes, los pliegues falsos, la limpieza de las bayonetas por las que pasaba un dedo enguantado. Los granaderos de la Guardia se aproximaban en tres filas, atravesando aquel interminable puente de tablones que descansaba sobre barcas de tamanos y formas desiguales y balanceadas por la corriente. A medida que avanzaban de una manera lenta y compasada, arrojaban al agua sus bicornios, y cada uno desanudaba de la mochila de quien le precedia aquel famoso gorro de piel de oso, metido en un estuche, antes de ponerselo. – ?Que espectaculo! -exclamo el ordenanza de Lejeune, que presenciaba la escena detras de Paradis. – Si, mi teniente. – ?Eso reconforta el corazon! – Si, mi teniente -repitio el tirador Paradis para no contradecir a sus bienhechores que le alejaban del frente, pero aquel ceremonial afectado le irritaba. Tenian menos miramientos con los soldados de infanteria, siempre en marcha, siempre encorvados bajo el peso de las armas, las piernas y los brazos destrozados, que dormian en el sue lo incluso bajo la lluvia, que renian por ocupar un sitio calido no demasiado lejos del fuego de los vivaques. Llego Lejeune, con las manos a la espalda y un aspecto hurano, lo cual no presagiaba nada agradable. Cogio a Paradis del hombro, con demasiado afecto, y se lo llevo hacia los ribazos. De repente Lejeune salto hacia atras, pues acababa de pisar una serpiente que se escurria entre las matas de hierba. – No temais -le dijo Paradis, sonriente-, es una culebra de agua y solo come ranas y tritones. – Sabes muchas cosas. – Vos tambien, mi coronel, pero no son las mismas. – Me has sido util. – Digo lo que se, eso es todo. – Oye… – Pareceis molesto. – Lo estoy. – ?Bien, ya esta, lo he comprendido! – ?Que es lo que has comprendido? – Ya no teneis necesidad de mi. – Si, hombre… – ?Y entonces? – Los austriacos van a atacar, ya que el emperador asi lo cree, y a partir de ahora seras mas util en tu division. – Eso es precisamente lo que habia comprendido, mi coronel. – No soy yo quien decide. – Lo se. Nadie decide. – Coge tus cosas… El tirador regreso al campamento de oficiales, recogio su equipo, examino sus armas y cartuchos y partio hacia el puente pequeno que unia la isla a la orilla izquierda, sin volverse. Lejeune habria querido gritarle que el no tenia nada que ver con aquello, pero eso no era del todo cierto, por lo que se callo, desolado, como si hubiera traicionado la confianza de un buen muchacho. Sin embargo, tanto alli como en la espesura de Aspern, donde Paradis iba a reunirse con la division Molitor, todos arriesgaban la piel. – ?Ah, se mueven! ?Por fin! ?Id terminando! Inquieto y satisfecho a la vez, con esa excitacion que precede a los combates antes de que corra la sangre, Berthier presto su anteojo a Lejeune para asegurarse de que no tenia telaranas en los ojos. Estaban en lo alto del campanario de Essling, desde donde se abarcaba toda la planicie. Lejeune lo constato: el ejercito austriaco recorria la planicie al paso, en una linea de arco de circulo. – ?Avisad de inmediato a Su Majestad! Lejeune bajo corriendo los peldanos de madera de la escalera de caracol, corriendo el riesgo de golpearse contra una viga y engancharse los pies con las espuelas, cruzo la iglesia corriendo, salio por el gran portico abierto y encontro al emperador en la plaza, sentado en un sillon, los codos sobre una mesa en la que habia desplegado un mapa preciso de la region que indicaba el menor relieve y casi los senderos ocultos por las mieses demasiado altas. – Sire!-grito Lejeune-. – ?Que hora es? – Mediodia. – ?Donde estan? – ?En las colinas!-?Bravo! No estaran ahi antes de una hora. El emperador se levanto frotandose las manos y, de buen humor, pidio su sopa con macarrones proporcionada por una cantina ambulante. Los marmitones avivaron el fuego de los braseros para recalentar el caldo y echaron la pasta ya cocida, aguijoneados por el emperador porque la comida no estaba lista. Berthier se presento a su vez para confirmar la noticia. ?Los austriacos avanzan! – ?Todo esta en su lugar? -pregunto Napoleon. – Si, Sire. Entonces se tomo la sopa, solto un juramento porque quemaba, se vertio un poco en el menton, reclamo a gritos el parmesano que se habian olvidado de servirle y entrecerro los ojos para saborear mejor, no el plato, sino sus pensamientos. A su alrededor, los oficiales le contemplaban, de repente tan tranquilo, y la sangre fria de su senor les devolvia la confianza, aunque tuvieran un nudo en la garganta antes de entrar en combate. Habian recibido unas ordenes claras, y tenian que cumplirlas al pie de la letra porque todo parecia previsto, incluso la victoria. El emperador conocia la habilidad estrategica del archiduque Carlos, su talento de organizador y sus vacilaciones, y por lo tanto sabria aprovecharse de todo ello. Obedeciendo a una senal, Berthier vertio chambertin en el vaso. En aquel momento Perigord llego a la plaza, extenuado, salto del caballo humeante y anuncio: -Sire, el puente grande acaba de soltarse. El emperador barrio con la manga la sopa y el vino, y se levanto enfurecido. – ?Quien me ha endilgado semejantes majaderos? ?A esos pontoneros hay que fusilarlos por desercion delante del enemigo, eso es lo que se merecen! – Sed mas preciso -pidio Berthier a su edecan. – Vereis -dijo Perigord, recobrando el aliento-, ha habido una crecida repentina, el agua ha subido demasiado rapido… – ?Y eso no estaba previsto? -rugio el emperador. – Si, Majestad, pero lo que no estaba previsto es que los austriacos, apostados lejos, corriente arriba, en un meandro del rio, lanzaran contra nuestro puente barcas cargadas de piedras que han destrozado los maderos, roto las amarras… – Incapaci! ?Incapaces! El emperador iba de un lado a otro, vociferando. Se detuvo y agarro a Lejeune por el dorman de piel. – ?Vos habeis pertenecido al cuerpo de ingenieros! ?Id a colocar de nuevo ese puente! Los oficiales tradujeron la situacion: mas puente practicable significaba mas contacto con la orilla derecha, el revituallamiento, las municiones, las tropas que llegarian de Viena y el ejercito de Davout. Lejeune saludo, monto en el primer caballo a mano, el de Perigord, quien ante la urgencia no oso protestar, y se alejo, apretando el paso de la montura. El emperador deslizo una mirada circular y aviesa a los presentes y dijo en un tono helado: – ?Por que os quedais clavados en el suelo como espantapajaros? ?Este contratiempo no cambia nada! ?Volved a vuestros puestos, massa d i cretini! ?No servis para nada! Luego converso en privado con Berthier, subitamente aplacado, como si hubiera fingido su colera, y le dijo: – Si han advertido al archiduque del accidente, y deben de haberlo hecho, querra aprovecharse. Va a precipitar el movimiento y atacarnos en masa, porque imagina que estamos bloqueados en la orilla izquierda. – Le recibiremos, Sire. – ?Los muy idiotas! ?El Danubio esta de nuestra parte! – Ojala pudiera oiros, Sire -mascullo el jefe de estado mayor. – ?Perigord! -llamo el emperador-. Avisad al senor duque de Rivoli que los austriacos pueden aparecer a lo largo de ese meandro del Danubio que termina en Aspern… Perigord tambien tomo prestado el primer caballo disponible, que por suerte estaba mas fresco que el suyo, y partio para comunicar la orden al mariscal Massena. El emperador le vio alejarse entre los bosquecillos, sonrio y murmuro a Berthier: – Si lanzan embarcaciones para destrozar nuestro puente grande, Alexandre, es que ya se han instalado junto al Danubio. -Por lo menos una vanguardia… – ?No! Venid. Napoleon empujo a su jefe de estado mayor hacia la mesa, dio la vuelta al mapa y, en el reverso, garabateo un plano a lapiz. Berthier miraba y escuchaba. – Carlos envia tropas a traves de la planicie, es la flecha A. -Solo se les ve a ellos. – ?Exactamente! Entretanto, desde el Bisamberg, ahi, arriba y a la izquierda de mi plano, donde sabemos que los austriacos acampan desde hace dias, envia otro ejercito, sin duda mas imponente, con canones, que avanza a lo largo del Danubio: es la flecha B. Esperan llegar detras de Aspern, atacar por sorpresa cuando les esperamos en otra parte, precipitarse detras de nuestras lineas, rodearnos… El emperador siguio garabateando con el lapiz y su plano se iba convirtiendo en un embrollo indescifrable, pero Berthier habia comprendido. Cuando cabalgaba rodeando un bosquecillo, Lejeune reconocio por sus penachos a los tiradores de Molitor. No queria retrasarse, pues en primer lugar no tenia tiempo que perder, y luego no quena encontrarse cara a cara, por un azar desagradable, con el soldado Paradis, quien tanto habia esperado permanecer al lado del estado mayor y lejos del fuego. ?Como explicarle que Berthier se habia mostrado muy firme?: «Nada de favoritismos, Lejeme, y cada uno en su puesto. Enviad a su regimiento a vuestro cazador de conejos. ?Nada de malos ejemplos!». Lejeune no habia sabido responderle. En aquella fase de los acontecimientos, ?para que diablos podia servir un explorador? Habia necesidad de artilleros y tiradores. Cierto que obedecer no borraba los remordimientos, pero la accion iba a barrerlo todo. El coronel franqueo al paso el puente pequeno batido por el oleaje. El Danubio habia crecido mucho, los tablones vacilaban y su caballo metia los cascos en los charcos. En la isla pudo seguir de nuevo el curso del rio, y descubrio la catastrofe en el otro lado. El gran puente flotante estaba abierto por el medio y las fuertes olas que penetraban por la brecha seguian arrancando vigas. Las amarras se rompian una tras otra, demasiado tensas, y una parte de la obra corria el riesgo de ir a la deriva, pese a los esfuerzos de los pontoneros y los zapadores requeridos. Por medio de varas, bicheros, hachas y mangos de piqueta intentaban apartar las barcas lastradas con cascotes que los austriacos lanzaban a la corriente. Una de esas embarcaciones habia encallado en la ribera de la isla y Lejeune la examino. Era una barca pequena, triangular y de bastante calado, que habian llenado de voluminosos pedruscos. Debido a su forma, habia navegado dando vueltas y choco a gran velocidad, por todos sus angulos, con las embarcaciones encadenadas que sostenian el puente grande en la superficie del Danubio. Lejeune se dijo que habia sido una locura tender a toda prisa un puente flotante sobre un rio en crecida. Ahora el enemigo se aprovechaba, y con razon, pues era facil. Echo pestes contra aquella chapuza por falta de tiempo, pero jamas se habria atrevido a decirselo a alguien. Habrian debido esperar a que el Danubio se apaciguara y volviera a encontrar su curso, dos semanas, un mes como mucho, y tender un puente solido con postes clavados en el fondo. Estas especulaciones no servian para nada. Tenia que dirigir los trabajos de reparacion, encontrar el medio de dispersar en las riberas las barcas y los troncos de arbol que enviaban los austriacos para destruir el fragil puente. Con cierto cansancio, Lejeune se quito los adornos del uniforme que podian ser un estorbo, y los dejo caer sobre la hierba: el sable, el casco, el portapliegos. Diviso a un oficial de ingenieros que se afanaba en desviar una de aquellas terribles barcas triangulares, con diez hombres que sostenian un grueso madero para detenerla, y aguardaban el choque. La veloz embarcacion choco con aquella especie de ariete improvisado, los hombres soltaron su presa, cuatro de ellos cayeron tumultuosamente al agua, pero lograron aferrarse a los postes y pontones todavia sujetos, golpeandose, gritando, tragando el agua fangosa, pero el proyectil derivo y volco en la isla. – ?Capitan! El oficial de ingenieros, empapado, con el mostacho goteante, tomo la mano que Lejeune le tendia y se alzo sobre el puente. No pidio nada y se puso a las ordenes del enviado del estado mayor con pantalones rojos. Eso le aliviaba. – ?Cuantas de nuestras barcas de sosten se han llevado, capitan? – Una decena, mi coronel, y no hay manera de encontrar otras. – Lo se. Vamos a construir balsas. – ?Balsas? ?Para eso se necesitan horas! – ?Teneis otra solucion? – No. – Reunid a vuestros hombres. – ?Todos? – Todos. Van a cortar esos arboles, prepararlos, unirlos, clavarles tablas, asegurarlos con cuerdas, lo que os plazca, pero debemos disponer de las balsas lo antes posible, tantas como barcas desaparecidas. – De acuerdo. – Mirad, no todas las tablas del suelo se han perdido. Desde aqui veo que han quedado en la orilla de la isla. Que vayan a buscarlas. – No hay tantas… – ?Son suficientes! ?Restablezcamos el enlace con la orilla derecha a toda costa, y rapido! – Rapido, lo que se dice rapido, mi coronel… – Capitan -replico Lejeune, manteniendo la calma-, los austriacos van a atacar de un momento a otro. Espero que alrededor de Ebersdorf, ahi delante, lo sepan y actuen. Los soldados de Molitor se apretaban en un largo camino encajonado que enlazaba la zona trasera de Aspern con uno de los numerosos brazos muertos del Danubio. Habian cargado los fusiles y aguardaban en cierto modo como si estuvieran en una trinchera, al abrigo de aquel parapeto natural coronado de maleza. Creian que estaban en reserva, ya que los austriacos marchaban por la planicie, ante los pueblos, y tropezarian primero con la caballeria o los canones de Massena. Inquietos, pero seguros de que no iban a sufrir el primer choque, algunos escuchaban para distraerse los relatos del brigada Roussillon, aunque se los sabian de memoria. Se habia batido en todas partes, y haber sobrevivido le llenaba de orgullo, de modo que por enesima vez hablaba de sus heridas o de horrores que ponian los pelos de punta, por ejemplo, que en El Cairo un solo verdugo habia decapitado a dos mil rebeldes turcos en cinco horas sin torcerse la muneca. Vincent Paradis estaba separado de ese grupo. Temia estar viviendo su ultima jornada, y para no pensar en nada mas que en lo inmediato, importunaba con una cana a una voluminosa tortuga, la cual se debatia con el caparazon en el fango y las patas al aire. – Tu bicho nunca lograra volver a su posicion normal -comento otro tirador-. Tiene las patas demasiado cortas, como nosotros. ?Si tuviera unas piernas mas largas y que no me flaquearan, te juro que me largaria, y a toda prisa! – ?Y adonde irias, Rondelet? – A meterme en un agujero, naturalmente, y esperar que pase todo esto. Envidio a los topos. – Calla… Paradis aguzo el oido. -?Oyes, Rondelet? -Oigo los cuentos del brigada, pero no le escucho. -Los pajaros… – ?Que? ?Los pajaros? – Han dejado de cantar. Al tirador Rondelet lo mismo le daba. Mordio una galleta tan dura que estuvo a punto de romperse los dientes, y canturreo con la boca llena: Viva, viva, Napoleon, que nos da pato y pollo asado, pan y vino a discrecion. Viva, viva Napoleon… Paradis se levanto hasta el borde del camino encajonado que disimulaba a su compania. Vio una bandera de fondo amarillo que rebasaba un otero, y luego cascos de hierro negro, destellos luminosos en las hojas puntiagudas de las bayonetas y pronto una columna de uniformes blancos, luego otra y otra mas, sin tambores, sin ruido. Paradis se dejo caer sentado al fondo del camino y logro articular: – ?Ahi estan! – Ahi estan, por nuestro lado -repitio el tirador Rondelet a su vecino, el cual se lo dijo al siguiente, y la noticia corrio hasta Aspern, cuchicheada por los jovenes soldados. Se dispusieron en una decena de lineas, dispuestos a trepar a las praderas y las colinas de donde procedia el peligro. Sin alzar el tono, con voz firme, los oficiales ordenaron a las tres primeras li neas que ocuparan su posicion de tiro para cerrar el paso a los austriacos. Cerca de quinientos tiradores escalaron en silencio las paredes de tierra y grava. Con una rodilla en la hierba, detras de los matorrales que bordeaban su reducto, apoyaron el arma en el hombro, apuntando hacia las colinas. A sus espaldas, sus camaradas se preparaban para sustituir a los que hubieran disparado, a fin de darles tiempo para recargar y asegurar la continuidad del fuego. – ?Sin impaciencia! -gruno el brigada Roussillon-. Dejad que se acerquen… Los tiradores bajaron sus fusiles. – Cuando hayan llegado a ese arbolito esmirriado (?lo veis? A ciento cincuenta metros…), ?entonces sera el momento! Mas lejos, a su derecha, a la mitad de la distancia hasta el pueblo, se veian los cascos empenachados de otra compania, detras de las tapias bajas y bajo el granero de una granja, un edificio de mamposteria muy grande. Molitor habia dispuesto sus tropas aprovechando todos los accidentes del terreno, incluso las elevaciones de barro seco que los campesinos habian colocado para protegerse de las inundaciones. De improviso, Paradis se sintio muy sereno. Se sumio en la observacion de aquellas columnas blancas, ordenadas, lentas, casi inmateriales que, no obstante, avanzaban en linea recta hacia el y que desaparecieron al rodear un otero, como si se los hubiera tragado la tierra. El suelo atormentado, cerca del Danubio, obstaculizaba las perspectivas, y aquellos austriacos bribones lo sabian. Era la una de la tarde calurosa cuando resonaron unos disparos de fusil aislados por el lado de la granja. Los soldados permanecian tensos, con las armas hacia el suelo, la mirada fija en un horizonte movil y aquella ultima colina de donde podian surgir en cualquier momento los tiradores del archiduque. ?Donde se habian quedado, por todos los santos? Aparecieron bruscamente en la alta hierba, en lineas oblicuas y ordenadas a la perfeccion, con sus largas polainas grises, los uniformes limpios y todos iguales, apuntando las bayonetas con un mismo movimiento, como en un desfile, y Paradis se miro los pantalones desgarrados ya por las zarzas. Rondelet llevaba una chaqueta de civil bajo el tahali blanqueado con creta. El oficial que los mandaba no tenia sombrero y sus mejillas estaban ensombrecidas por una barba de dos dias. Delante, los austriacos avanzaban sin cesar, en filas interminables. ?Cuantos podrian ser? – Nos superan diez veces en numero -mascullo Rondelet. -Exageras -le respondio Paradis, para que no le flaqueara el valor. El enemigo iba a franquear el limite del arbol esmirriado, y todos encararon los fusiles, el dedo febril en el gatillo. – ?Fuego! -ordeno el oficial que habia desenvainado el sable, cuya vaina vacia sostenia en la mano izquierda. Paradis disparo y el retroceso fue tan violento que creyo que se habia arrancado el hombro. Se puso en cuclillas para dejar que le sustituyeran sus companeros de la segunda linea. Habia disparado delante de el, a la altura del pecho, a ojo de buen cubero, e ignoraba si habia alcanzado a algun enemigo. – ?Fuego! Oyo la andanada siguiente, sin ver nada mas, al abrigo del camino encajonado donde recargaba. Tomo un cartucho, lo desgarro con los dientes, vertio la polvora en el canon caliente, ataco con la baqueta y deslizo la bala. La operacion duraba tres minutos cada vez, y el se tomaba ese tiempo como un respiro. Por encima del camino no dejaban de disparar. ?Y los austriacos? Paradis aun no habia visto heridos. Cuando le toco el turno de subir, una vez disipada la humareda, los austriacos habian vuelto a desaparecer al otro lado de las colinas. En vez de desaparecer como Vincent Paradis estaba seguro de que lo hacian, los austriacos se agrupaban segun un plan estudiado. Lo que el soldado de infanteria ignoraba cuando disparaba al azar en el campo, el mariscal Massena lo habia descubierto. Desde lo alto del campanario de Aspern gozaba de una vision panoramica de todo el campo de batalla. Se volvio, rozando la campana de bronce, fue de una ventana a otra, unas aberturas estrechas pero altas, terminadas en ojiva, y entonces adivino los movimientos de las tropas contrarias, tres enormes masas de hombres disciplinados que envolvian el pueblo desde las cienagas en el meandro del Danubio hasta la mitad de la planicie de Marchfeld, y tal vez incluso mas alla de Essling, en el otro extremo del frente. Aqui y alla los regimientos se abrian para que avanzaran decenas de canones tirados por caballos y arcones con sus artilleros sentados a horcajadas. Massena, palido y silencioso, golpeaba los muros con la fusta anudada en la mano derecha. Se maldecia por no haber almenado los edificios ni ordenado que cavaran grandes trincheras para retrasar el avance inevitable de los ejercitos del archiduque. Comprendia que este queria rodear los pueblos, destruir los puentes, encerrar a los treinta mil soldados que ya habian pasado a la orilla izquierda, privarlos de refuerzos y aniquilarlos con unos efectivos tres veces superiores. Se daba cuenta de que a partir de ahora la situacion dependia de sus propias decisiones. En la escalera del campanario, seguido por su edecan Sainte-Croix, gritaba: – ?Van a asediarnos y hacernos trizas! – Sin duda -dijo Sainte-Croix. – ?Con toda seguridad! Teneis dos ojos, ?no? ?Que hariais vos en este caso? – Daria prioridad a la proteccion de los puentes, senor duque. -?Eso no basta! ?Que mas? – Pues… – ?Habeis visto osos en Baviera? – ?Osos? De lejos. – Cuando un oso esta herido, ?se lame y se echa a dormir? – No lo se, senor duque. – ?Ataca! ?Vamos a hacer lo mismo! ?Nuestros pordioseros van a abrir una brecha en esos bonitos batallones bien uniformados! ?Vamos a sorprenderlos! ?Vamos a desorganizarlos! ?Vamos a cortarlos en pedazos, senor Sainte-Croix! Massena cogio de la sacristia una esplendida estola bordada con hilo de oro y se la echo a los hombros, diciendo: – Esto vale una fortuna, Sainte-Croix, seria estupido que pisotearan este chal de cura. Vos, que teneis ese apellido sospechoso, ?creeis en las iglesias? – Creo en vos, senor duque. – Buena respuesta -dijo Massena, echandose a reir. Iba a tomar la iniciativa del ataque y estaba radiante. Bajo los olmos de la plaza, dijo a los oficiales reunidos que esperaban sus ordenes: – Hemos de mantener dos kilometros de frente antes de que lleguen nuestros ejercitos de la orilla derecha. Ahi delante nos triplican en numero, y tienen por lo menos doscientos canones que estan situando. ?Tenemos que lanzar el primer asalto! – El puente grande aun no esta reparado… – ?Precisamente! Ya no tenemos tiempo. Massena monto de un salto el caballo que le presentaba, sujeto por la brida, uno de sus caballerizos, se puso los guantes blancos, dio un golpe de fusta y fue a reunirse con los artilleros que habia desplegado en el perimetro de Aspern, ocultos bajo los arboles o en las esquinas de los caserones. Todo estaba preparado. Los servidores permanecian en pie detras de una veintena de canones ya cargados. A una senal de Massena, encendieron las mechas de los botafuegos. Bien visibles en la planicie, las tropas del 6.° cuerpo del ejercito austriaco, al mando del baron Hiller, habil pero entrado en anos, permanecian en descanso, apretadas, compactas. – ?Apuntad justo por encima de los trigales! -ordeno el mariscal. Entonces tomo el botafuego de un artillero y, sin descabalgar, con una mirada feroz, dio sus instrucciones. – Cuando encienda la carga del primer canon, esperad el tiempo que se tarda en aspirar y exhalar el aire y disparad el canon numero cuatro, luego el siete, el diez, el trece, a continua cion el dos, el cinco, el nueve, y asi sucesivamente. ?Quiero una linea de fuego! ?Esos perros estan a nuestro alcance! Tras decir estas palabras, bajo el botafuego que sostenia en la mano y encendio la carga que disparo el proyectil con estrepito, seguido por el cuarto y los demas canones a intervalos iguales, mientras que los artilleros recargaban a toda prisa bajo una nube de humo. Esta batalla aun no tenia nombre. Cada uno la imaginaba, la temia o pensaba en ella desde hacia una semana, pero acababa de dar comienzo realmente. A las tres de la tarde, los habitantes de Viena oyeron retumbar los canones. Los mas curiosos se precipitaron en masa hacia todos los observatorios posibles para asistir al espectaculo. Subieron a los tejados, los campanarios, las antiguas almenas de las murallas, disputandose las mejores plazas, como en el teatro. Henri Beyle, acompanado por su medico aleman, Carino, quien habia cedido, autorizandole a tomar el aire, se habia instalado en la punta de un bastion desde donde se veian los meandros del Danubio y la amplia y verde planicie. Le habian llevado alli las hermanas Krauss y, por suerte, el irritante senor Staps no les habia seguido. Muy lejos, en la llanura de Marchfeld, los batallones en marcha parecian miniaturas inofensivas, y el humo de los canones bolas de algodon. Henri tenia la impresion de hallarse en un palco de proscenio, y se sentia turbado. Las llamas que surgian ahora de las casas incendiadas de Aspern no le regocijaban. Anna se arropo con el chal de Egipto como si hiciera frio, y temblaba ligeramente, con los labios apretados. Desde luego, preveia lo peor para Louis-Francois, en aquella contienda lejana, pero Henri, carente de celos, solo admiraba en ella la imagen del dolor impotente. Un optico de la ciudad vieja alquilaba anteojos de largo alcance por un tiempo determinado, que el controlaba sin cesar consultando su reloj. Por medio del doctor Carino, Henri pidio uno, pero habian desvalijado al buen hombre y respondio que aquel senor gordo que estaba alli, a la izquierda, pronto habria terminado su tiempo de alquiler, que costaba diez florines, una miseria por una representacion de calidad que no volveria a verse tan pronto. Cuando Henri pudo disponer por fin del anteojo, lo dirigio hacia Aspern, donde un granero estaba envuelto en llamas. Ascendia una columna de humo negro, la casa vecina se abrasaba y el techo iba a venirse abajo, pero ?sobre quien caeria? Entonces dirigio el instrumento hacia el puente donde se afanaban los hombres diminutos como hormigas. Circulaba un rumor en el que Henri no creia: el emperador habia destrozado el gran puente flotante para impedir la retirada y obligar a sus soldados a vencer. Anna tendio la mano con una sonrisa triste. Henri le dio el anteojo y ella miro a su traves, inquieta, pero a tanta distancia que incluso con el instrumento no se distinguia mas que movimientos, nada preciso, y ni rostros ni siquiera siluetas conocidas. El optico protestaba. No tenian derecho a utilizar sus aparatos entre varios, y reclamaba otros diez florines. Cuando el doctor Carino hubo traducido sus recriminaciones a Henri, este acerco la cara a la del comerciante y bramo un «?No!» que le hizo retroceder. En aquel momento se oyo una voz femenina: – ?Henri! El solto un juramento entre dientes. Era Valentine. Llegaba a las murallas para mostrarse, con la compania teatral que se disponia a representar el Don Juan de Moliere a la moda vienesa. Todos vestian con mucha elegancia, las mujeres con tunicas de percal y los hombres con trajes ajustados, los calzones de pana metidos en las botas de vueltas amarillas. Tenian sus gemelos de teatro y comentaban la batalla que, para su gusto, estaba demasiado alejada, por lo que no podian sacarle provecho. Hablaban del Conde Waltron, una obra de gran aparato, con multitudes de comparsas debidamente vestidos y cargas de caballeria que rozaban a los espectadores. – Di a tus amigos que pueden acercarse a las balas de canon -le dijo Henri a Valentine. – ?Siempre tan amable! -replico ella, molesta. – Alla abajo veran muertos autenticos, sangre de veras y, quien sabe, quiza tendran la suerte de recibir una viga calcinada en la cabeza. – ?No tienes ninguna gracia, Henri! – Es verdad, no tengo ninguna gracia porque me falta motivo para tenerla. Regreso al extremo del bastion, donde Anna debia de estar inquieta, pero el doctor Carino le explico que se habia marchado con sus hermanas. – Y hariais bien en imitarlas, mi pobre amigo. Si os vierais la cara… Teneis fiebre alta, y os aconsejo que volvais a la cama y os tomeis un caldo. Asi pues, Henri se marcho sin despedirse de Valentine, cuyos amigos seguian perorando sobre la calidad de los incendios que surgian por el lado de Aspern. Les parecian menos realistas que la tormenta de La flauta magica que habian visto en el gran teatro al aire libre del celebre Schikaneder. El canoneo de Massena habia causado estragos en las filas austriacas, pero tras un momento de peligroso desorden y un breve repliegue, su artilleria habia entrado en accion. Un granero de madera habia ardido, y luego, bajo el fuego permanente de doscientas piezas, los techos se habian hundido, los incendios brotaban por doquier en el pueblo y no habia ni tiempo ni medios para extinguirlos. Los primeros muertos habian ardido como antorchas, y en vano rodaron por la arena. Los tiradores cubrian a distancia la izquierda del pueblo, pero notaban el calor de los incendios y les caian encima pavesas que apagaban golpeandose las ropas. Un viento ligero lanzaba hacia ellos una humareda negra y espesa que irritaba la garganta. El soldado Rondelet escupio en el suelo y se quejo sin conviccion: – Esto apenas ha empezado y ya estamos cocidos. Paradis puso mala cara mientras manoseaba el acero de su fusil. Los hombres de la division Molitor no habian cambiado de posicion y, tras algunos intercambios de disparos que no habian alcanzado a nadie, se habian quedado ociosos y rompieron filas. El capitan habia vuelto a envainar el sable, pero saco un par de pistolas de los faldones de su uniforme. El brigada Roussillon, sin emocion alguna, hizo formar de nuevo a la compania: – ?Bueno, muchachos, vamos a barrer el terreno! ?En abanico! Pasamos al ataque. – ?Que es lo que atacamos? -se atrevio a preguntar Paradis. – La infanteria austriaca se concentra en Aspern -explico el capitan-. Hay que atacarlos de costado. El oficial, pensativo, amartillo sus pistolas y avanzo a grandes zancadas por la hierba. Tres mil hombres se desparramaron entonces por campos y pequenos valles, ascendiendo por la ribera del Danubio, con una apariencia de orden, ojo avizor, pero la crepitacion del incendio tan cercano, el estruendo de los canones, el crujido de los maderajes que se derrumbaban les impidio oir a un escuadron de husares austriacos con guerreras verdes que aparecio por su flanco al trote largo. Los husares se abalanzaron gritando, blandiendo el sable con el brazo extendido, el lomo curvo de la hoja hacia el cielo para hundirlo mejor y clavar a los soldados de infanteria en el suelo. La tierra vibraba bajo aquel galope, y el sonido de una trompeta se mezclo con el griterio de los husares. Paradis y sus companeros, sorprendidos, dan media vuelta y encaran los fusiles ins tintivamente. Con ambos brazos paralelos al suelo, su capitan descarga al mismo tiempo las dos pistolas, las tira y se lleva la mano a la empunadura del sable. Entonces los tiradores disparan a la altura del cuello de los caballos, sin apuntar y sin orden. Entre la horda que avanza y se dispone a atropellarlos, Paradis ve un caballo que se encabrita. El jinete cae entre las patas de un caballo vecino, al que desequilibra. Un tercer austriaco ha recibido una bala en la frente, pero su montura, arrastrada por el movimiento, sigue adelante, con el jinete en la silla boca arriba. Es imposible recargar. Paradis fija la culata del fusil en un monticulo de tierra blanda y lo sujeta con ambas manos, bajando los hombros y la cabeza, como si sujetara una lanza, y nota en los hombros los de sus companeros para formar un rastrillo. Cierra los ojos. El choque se produce en seguida. Los caballos en cabeza se desgarran con las bayonetas erectas, pero las vuelcan, y Paradis, acurrucado en la hierba, con los brazos magullados, medio muerto, nota que un liquido calido y viscoso se le pega a los dedos. Piensa que seguramente esta herido, se alza apoyandose en las manos y contempla a su alrededor una mezcolanza de tiradores y husares. Sacude a su vecino, le da la vuelta: tiene los ojos en blanco. Detras, un caballo destripado cocea de dolor y golpea con los cascos; los intestinos le salen del vientre abierto y se dispersan por el suelo. Paradis se dice que en un campo de batalla uno no comprende realmente nada. ?Esta muerto? ?Es suya esa sangre? No, no le pertenece. ?Es la del caballo? ?La del vecino cuyo nombre ni siquiera conoce? – ?Psss! Paradis ve a Rondelet, tendido bocabajo y guinandole un ojo. – ?Te ocurre algo? le pregunta Paradis. – Nada, pero no hay que repetirlo. Me hago el muerto por prudencia. – ?Cuidado! Un austriaco que ha caido del caballo se acerca renqueando. Ha oido el dialogo del falso moribundo y alza el sable. Puesto en guardia por su amigo, Rondelet rueda de costado sin pedir ninguna explicacion, y Paradis arroja un punado de tierra a los ojos del husar. Este ultimo, cegado, da un traspie y se arriesga a hacer una serie de peligrosos molinetes hasta que el brigada Roussillon, que ha recogido una bayoneta, se la clava en la espalda y empuja con fuerza. – ?Tanto si estais heridos como si no, en pie! -ordena el brigada-. Van a volver. – ?Asi pues, se han ido? -pregunta Rondelet, suspirando, y el brigada le aferra un brazo y lo levanta. – ?Ni siquiera has recibido un golpe de herradura en la mejilla! ?Y tu? – Esto es sangre, por cierto -responde Paradis-, pero no se de quien es. – ?Vamos a reagruparnos detras del camino encajonado, y a toda prisa! Los hombres que se han salvado por milagro se levantan, aturdidos, y caminan torpemente. – Y recoged las cartucheras -grune el brigada Rousillon-. No hay que desperdiciar los cartuchos. En el otro extremo del campo, los husares uniformados de verde volvian a formar para un nuevo asalto. Los dos tiradores cumplen la orden sin retrasarse ni mirar demasiado los autenticos cadaveres. A la cuarta carga mortifera, el general Molitor decidio retirarse hacia el pueblo, donde pensaba encontrar apoyo. Contenia a su caballo asustado, espada en mano, para organizar un repliegue necesario mas alla del camino encajonado donde, por otra parte, fracaso un quinto asalto. Creyendo que saltaban un monticulo, los husares cayeron al vacio como si fuese un barranco. Unos se rompieron el cuello, otros acabaron atravesados por las bayonetas o con la tapa de los sesos volada a quemarropa. Los tiradores tambien cedieron terreno, pero acarreaban avios arrebatados a los muertos, este un fusil bajo el brazo y otro colgado del hombro, aquel habia cogido un tahali de cuero negro del que habia pendido la hoja desnuda de un sable. Paradis, con el pecho cruzado por varias cartucheras, se habia puesto el casco con copete rojo de un austriaco. Retrocedian hacia las primeras casas de Aspern, evitando los grandes caballos pardos, tendidos en el suelo, que relinchaban. Su agonia era lenta, pero no podian darles el tiro de gracia, pues los cartuchos eran preciosos y habia que reservarlos para los hombres, apuntados de preferencia a la cabeza y el vientre. Por un capricho de la percepcion, el incendio era menos espectacular visto de cerca. La mayor parte de las casas de la larga calle por la que avanzaban la multitud de soldados estaban casi intactas, porque los canones del baron Hiller habian terminado por callarse y porque las llamas violentas de hacia un rato se extinguian por falta de combustible. Los hombres intentaban apagar las hogueras que ardian por doquier arrojandoles tierra. Las armazones de vigas, ruinosas y ennegrecidas, humeaban y crujian y a veces caian en bloque, levantando cenizas. Asfixiados por el humo, los tiradores se rasgaban trozos de la camisa para ponerselos delante de la nariz y la boca. El calor de las brasas se estaba haciendo insoportable. En la amplia explanada delante de la iglesia de Aspern, a la niebla densa y negra producida por los incendios se anadia la de la polvora, pues los artilleros seguian disparando sin ver nada bajo una espesa humareda. Tenian la cara sucia, los labios secos, recogian las balas de canon disparadas por el enemigo para devolverselas. Un obus habia destrozado la parte superior de la torre de la iglesia, y la campana de bronce habia roto al caer la escalera de acceso. Sobre la plataforma de una carreta se amontonaban los heridos a los que habian resguardado por un momento bajo un cobertizo intacto. Iban a regresar a la cabeza del puente de la isla Lobau, donde el doctor Percy comenzaba a montar su primera ambulancia. Con una pierna o un brazo envueltos en jirones de uniforme, aquellos lisiados se quejaban, renqueaban, se arrastraban, y los que habian salido mejor parados llevaban en capotes a los que estaban en peores condiciones. Massena estaba en pie en la plaza ante la iglesia. Con la estola sacerdotal alrededor del cuello, sostenia un fusil cargado y gritaba ordenes en voz aspera. – ?Dos canones en enfilada en la segunda calle! Mientras los artilleros enganchaban los canones a los caballos de tiro, Molitor se acerco al mariscal, tirando de la brida de su montura. – ?Muchos muertos, general? – Cien, doscientos, quiza mas, senor duque. – ?Heridos? – Creo que otros tantos por lo menos. – A mi alrededor el resto de vuestra division ha debido de sufrir perdidas en las mismas proporciones -dijo Massena-. Hay otra cosa… El general fue con Molitor al inicio de la segunda calle larga para ensenarle, envueltas por un velo de bruma, las banderas amarillas con aguilas negras estampadas a trescientos metros. – Vos llegais por un extremo del pueblo, Molitor, y los austriacos llegan por el otro extremo. Puedo contenerlos a canonazos pero pronto nos faltara polvora. ?Reunid a vuestros hombres mas descansados y atacad! – Incluso los mas descansados no lo estan demasiado, senor duque. – ?Molitor! ?Habeis batido ya a los tiroleses, los rusos y hasta al archiduque en Caldiero! No os pido mas que volvais a empezar. – Mis tiradores son muy jovenes, tienen miedo, carecen de nuestros habitos y nuestro desprecio. – ?Porque aun no han visto suficientes muertos! ?O porque piensan demasiado! – La verdad es que este no es el lugar mas adecuado para sermonearlos. – Es cierto, general. ?Dadles vino! ?Emborrachadme a esos mequetrefes y ensenadles la bandera! El coronel Lejeune entro impetuosamente en la plaza e hizo encabritarse a su caballo delante de Massena. – Su Majestad os ordena resistir hasta la noche, senor duque. – Necesito polvora. – Imposible. El puente grande no sera practicable antes de esta noche. – ?Pues bien, nos batiremos con palos! Y Massena le dio la espalda con impertinencia para reanudar la conversacion interrumpida con Molitor. – La nave de la iglesia esta llena de vino, general. Pedi que lo descargaran de los carros de intendencia que ahora evacuan a los heridos. Lejeune ya galopaba por el campo en el que se sucedian los setos y las empalizadas para mantener la comunicacion entre Essling y el emperador, cuando se organizo la borrachera obligatoria. Hasta entonces los obuses no habian alcanzado la techumbre de la iglesia. Un centenar de grandes toneles se amontonaban en el interior, y Molitor hizo que rodaran bajo los olmos. El calor del mes de mayo aumentaba el de las ruinas ardientes y la humareda secaba los gaznates, por lo que hubo una avalancha. Cerca de dos mil tiradores exhaustos se empujaron para recibir escudillas de metal llenas hasta el borde, que bebian como si abrevaran, a toda prisa, antes de tenderlas para que se las llenaran de nuevo. El vino no metamorfoseo en guerreros convencidos a unos muchachos que tenian mas deseos de evitar la muerte que de matar, pero acabo por hacerlos mas inconscientes de su situacion y les permitio afrontarla. Borrachos, o por lo menos achispados, se daban animos burlandose de los austriacos a los que Massena seguia canoneando para mantenerlos a distancia. Cada detonacion provocaba comentarios picarescos o vengativos, y cuando los tiradores estuvieron entonados, Molitor los alineo en simulacros de columnas, enarbolo la bandera tricolor en la que estaba bordado en amarillo el nombre del regimiento y ellos le siguieron, marchando con valentia por la larga calle, en cuyo extremo acababa de entrar en accion la infanteria del baron Hiller. Tras haber sufrido una primera descarga y visto caer a algunos de sus camaradas, lo que achaco a la mala suerte, el soldado Paradis, ajumado como los demas, disparo adelante y luego, obedeciendo a una orden, con la bayoneta tendida a la altura del vientre, echo a correr para traspasar a aquella multitud de hombres con uniformes blancos a los que veia un poco borrosos. El emperador, que montaba al lado de Lannes, permanecia ante Essling, en el borde de la planicie, rodeado por los granaderos de uniforme azul con gorros de piel de oso del 24 regimiento de infanteria ligera. – ?Y bien? -pregunto a Lejeune. – El duque de Rivoli ha jurado resistir. -Pues resistira. Entonces el emperador inclino la cabeza y puso mala cara. Poco le importaban los canones austriacos que disparaban contra Essling con la misma violencia que contra Aspern, pero un proyectil alcanzo un muslo de su caballo, el cual sacudio las crines, relinchando, antes de caer al suelo con su jinete. Lannes y Lejeune saltaron de sus monturas. Unos oficiales ayudaron al emperador a levantarse y el mameluco Roustan recogio su sombrero. – No es nada -dijo el emperador al tiempo que se sacudia la levita, pero todos recordaban el reciente accidente de Ratisbona, cuando la bala de un tiroles le hirio en un talon. Habian tenido que vendarle, sentado en un tambor, antes de que volviera a montar. Un general con sombrero de plumas clavo su espada en el suelo cubierto de hierba y exclamo: – ?Rendicion si el emperador no se retira! – ?Si no os marchais de aqui -vocifero otro- hare que mis hombres se os lleven! – A cavallo!-ordeno Napoleon, poniendose de nuevo el sombrero. Mientras sus mamelucos despachaban a punaladas al caballo herido, Caulaincourt le trajo otro, y Lannes le ayudo a encaramarse. Berthier, que no se habia movido, pidio a Lejeune que acompanara a Su Majestad a la isla y que le buscara un observatorio desde donde pudiera vigilar las operaciones sin correr peligro. Protegido en medio de una escolta, silencioso, el emperador se alejo al trote corto atravesando Essling y luego un bosque grande y frondoso que se extendia entre ese pueblo y el Danubio. La tropa bordeo el rio hasta el puente pequeno, franqueado al paso, y durante esta breve travesia el caballerizo mayor dirigio el caballo del emperador. Una vez en la isla Lobau, este monto en colera e insulto a Caulaincourt en jerga milanesa, percatandose de que sus oficiales le habian dado ordenes, incluso amenazado, y de que el habia obedecido. ?Se habrian atrevido a hacerle retroceder por la fuerza? Planteo la pregunta a Lejeune, el cual respondio que si, y entonces el furor de Napoleon remitio y se puso a refunfunar. – ?Desde aqui no se ve nada! – Eso puede arreglarse, Sire-dijo Lejeune. – ?Que proponeis vos? -inquirio el emperador en un tono socarron… – Ese gran abeto… – ?Me tomais por un chimpance de la casa de fieras de Schonbrunn? – Podemos fijar una escala de cuerda, y desde ahi arriba no se os escapara nada. – ?Entonces presto! Al pie del arbol se improviso una especie de campamento, y el emperador se dejo caer en un sillon. No miraba a los jovencisimos soldados que trepaban por las ramas para fijar la escala de cuerda, apenas oia el canoneo incesante, ni siquiera percibia el olor a quemado procedente de la planicie. Permanecia impasible, los ojos clavados en las puntas de las botas, y pensaba: «?Todos me detestan! ?Berthier, Lannes, Massena, los demas, todos los demas, me detestan! No tengo derecho a equivocarme. No tengo derecho a perder. Si pierdo, esos canallas van a traicionarme. ?Incluso serian capaces de matarme! ?Me deben su fortuna y se diria que tienen algo contra mi! Simulan su fidelidad, solo se mueven para amasar oro, titulos, castillos, mujeres. Me detestan y no quiero a nadie, ni siquiera a mis hermanos. Bueno, tal vez a Jose, por costumbre, porque es el mayor. Y tambien a Duroc. ?Por que? Porque no sabe llorar, porque es severo. ?Donde esta? ?Por que no esta aqui? ?Y si tambien el me detesta? ?Y yo? ?Acaso me detesto? Ni siquiera eso. No tengo ninguna opinion sobre mi mismo. Se que me empuja una fuerza y nada puede impedirselo. Debo avanzar a pesar de mi mismo y contra ellos». El emperador aspiro por la nariz un poco de tabaco y estornudo sobre Lejeune, quien le anunciaba: – La escala esta instalada, Sire. Con vuestro telescopio de campana cubrireis todo el campo de batalla. El emperador alzo los ojos hacia el abeto y la escala flexible que pendia del arbol y se balanceaba. ?Como iba a subir alla arriba, el, que tenia tanta dificultad para mantenerse sobre la silla de montar? Suspiro. – Subid, Lejeune, y dadme cuenta con detalle. Lejeune ya estaba por encima de las ramas bajas cuando el emperador anadio: – ?No considereis a los hombres sino a las masas, como para pintar vuestros dichosos cuadros! Una vez en lo alto del arbol, el coronel se enrollo una mano con la cuerda, aplico un pie en la base de una rama solida y extendio el telescopio para barrer el paisaje. Solo veia una masa. Como habia aprendido con Berthier a reconocer los regimientos del archiduque por sus ensenas, podia nombrarlos, saber quienes eran los jefes, calcular el numero de soldados. Gracias al catalejo del emperador, incluso podia distinguir los banderines amarillos de los ulanos, las felpillas negras enroscadas en los cascos de los dragones. En aquel embrollo de tropas, veia a la derecha la infanteria de Hohenzollern y la caballeria de Bellegarde que se concentraban hacia Essling sin entrar en la poblacion. En la otra ala, en Aspern, que seguia ardiendo, veia la temible ofensiva del baron Hiller. En medio de esos dos lugares que aun resistian, veia tambien, algo apartado ante los campos, el estandarte verde con franjas plateadas oblicuas del mariscal Bessieres, los coraceros de Espagne inmoviles, distribuidos en diecisiete escuadrones dispuestos al ataque, y los cazadores de Lasalle. Ante ellos, en la humareda, habia lineas de canones que escupian fuego, pero menos batallones y tropas de caballeria. Ahora las tropas austriacas se desplazaban hacia los dos pueblos para llevar alli lo esencial de su esfuerzo. El centro estaba a cada momento mas desguarnecido. Lejeune volvio a bajar del arbol para dar esta informacion al emperador. Llego abajo al mismo tiempo que dos jinetes: uno venia de Essling y el otro de Aspern. El primero, Perigord, sonreia. El segundo, Sainte-Croix, con el cabello chamuscado por las llamas, tenia el semblante serio y ojeroso. El emperador los observo muy de prisa. – Comencemos por las buenas noticias. ?Perigord? – El mariscal Lannes mantiene Esslin, Sire. Con la division Boudet, no ha perdido un solo palmo de terreno. – ?Valiente Boudet! ?Desde el sitio de Toulon, ese hombre es un valiente! – ?Sabeis, Sire? El archiduque en persona dirigia el asalto… – ?Dirigia? – Ha sufrido una de sus fiebres convulsivas. – ?Quien le sustituye? – Rosenberg, Sire. – La fortuna e cambiata! ?Alli donde Carlos no ha tenido exito, ese desdichado Rosenberg va a fracasar! – Eso es lo que piensa el mayor general, Sire. – Rosenberg es valeroso, pero en exceso, y ademas le falta resolucion, es prudente por naturaleza… ?Sainte-Croix? – El senor duque de Rivoli tiene necesidad urgente de municiones, Sire. – Ya ha conocido esta clase de situacion. – ?Que debo responderle, Sire? – Que anochece a las siete y que se las arregle hasta entonces para conservar Aspern o sus ruinas. Luego el puente volvera a estar en condiciones y los batallones que esperan en la orilla izquierda cruzaran el Danubio. Entonces seremos sesenta mil… – Menos los muertos -murmuro Sainte-Croix. – ?Como decis? – Nada, Sire, me aclaraba la voz. – Manana por la manana el ejercito de Davout llegara de Saint-Polten. Dispondremos de noventa mil hombres y los austriacos estaran agotados… Apenas habian montado de nuevo los dos mensajeros cuando el emperador se volvio sin decir palabra hacia Lejeune, el cual respondio en seguida al mudo interrogante. – Sire, los austriacos avanzan en tropel hacia los pueblos. -Entonces aligeran su dispositivo en el centro. – Si. – ?Tienen el vientre fofo! Seguramente Berthier se ha dado cuenta, id a verle al tejar de Essling y decidle que es el momento de lanzar nuestra caballeria contra la artilleria del archiduque. Que el jefe de estado mayor discuta los detalles con Bessieres. ?Caulaincourt! Sustituid a Lejeune en lo alto del abeto. El coronel partio a su vez para transmitir la orden, y el emperador se puso cenudo en su sillon y mascullo: – ?No tengo inconveniente en que me acusen de temeridad, pero no de lentitud! Fayolle, que estaba bajo el sol desde la manana, empezaba a hervir bajo la coraza y el casco de hierro. Su caballo golpeaba el suelo para desentumecerse, o restregaba el cuello contra el de su vecino. En la decimosexta fila del escuadron, al soldado no le llegaban de la batalla mas que ruidos sordos, y percibia a cada lado las llamas de las casas bombardeadas. De repente, mas adelante, noto un movimiento entre las espaldas de sus companeros. El estandarte de los cazadores de Bessieres floto por encima de las tropas, y entonces Fayolle reconocio el cabello largo y empolvado del mariscal que alzaba el sable. Sonaron las trompetas, la voz de los oficiales transmitio la orden de marchar y, en un frente de un kilometro, los millares de jinetes se pusieron en movimiento hacia los canones disimulados por una bruma que olia a polvora. Fayolle avanzaba. Su pesada armadura, sacudida por el trote, le molia las articulaciones de los hombros. Habia enrollado su manto espanol para ponerlo en diagonal sobre el pecho. La hoja de la espada, que sostenia dirigida hacia el suelo, pendia contra la pierna enfundada en pano gris. Se concentraba, imaginaba el asalto inminente, volvia a ver a su amigo Pacotte con la garganta abierta y se sentia dispuesto: coseria a estocadas a los asquerosos austriacos. Cuando por fin las trompetas ordenaron la carga, clavo las dos espuelas en los flancos del caballo negro y se lanzo con sus companeros a un galope salvaje, la espada tendida, azotado por el viento de la carrera y el polvo, la boca torcida, lanzando un grito interminable para olvidar el peligro, para insultar a la muerte, para asustarla, para infundirse valor y cegarse, para sentirse un mero elemento de una tropa invencible. Una carga anterior de los cazadores habia fracasado ante las baterias cuyos proyectiles quemantes habian segado muchas vidas, y era preciso salvar los obstaculos de los cadaveres despedazados y evitar que los cascos de los caballos tropezaran o resbalaran en aquella papilla sanguinolenta de tripas y huesos. A lo lejos, y gracias a sus penachos de color verde crudo, se distinguia a los dragones de Bade dirigidos por el gordo Marulaz, y los pesados gorros de piel de los suboficiales de Bessieres que concentraban a sus jinetes hacia atras, mientras que los coraceros arremetian antes de que los artilleros hubieran tenido tiempo de recargar. Los primeros aguantaron el choque y los siguientes, entre ellos Fayolle, Verzieux y Brunel, volaron por encima de los toneles y las ruedas de los arcones. Fayolle atraveso un corazon con la espada, pisoteo a un tipo que llevaba una bala de canon, clavo a otro en el maderamen de su pieza de artilleria y siguio dando tajos a ciegas. Hacia girar a su caballo cuando se encontro con unos soldados de infanteria que vestian de blanco, estaban formados en cuadro y disparaban. Sono el impacto de una bala contra su casco, e iba a lanzarse contra aquel gigantesco erizo de bayonetas cuando una trompeta senalo el repliegue, a fin de dejar sitio a otras oleadas de asalto dirigidas por el general Espagne en persona, desfigurado por la colera, solo en cabeza, con una expresion demencial en los ojos, expuesto como si quisiera dar razon a los fantasmas que le amenazaban en suenos desde su percance en Bayreuth. Demasiado adelantado detras de la linea de los canones, Fayolle vio llegar a su general como una furia y, volviendo grupas, quiso ponerse en fila, pero su caballo alzo las patas delanteras, al canzado por un proyectil entre los ojos. Fayolle cayo de espaldas desde el lomo de su montura y el barboquejo del casco le serro el menton. Semiaturdido, tendio la mano hacia la espada, en el trigal pisoteado, y se alzaba sobre un codo cuando recibio un sablazo, amortiguado por el penacho del casco, que rechino sobre el espaldar metalico. Tanto el oficial austriaco con guerrera de color rojo como el coracero a gatas fueron arrollados por la carga del general Espagne, y entonces Fayolle noto una mano fuerte que le aferraba el brazo y se encontro en la grupa detras de su compinche Verzieux. Retrocedieron con el escuadron de Espagne, que cedia el terreno a una nueva carga. Fuera del alcance de fusiles y canones, Fayolle se deslizo hasta caer en la hierba y quiso dar las gracias a Verzieux, pero este se habia doblado y se crispaba sobre la perilla de la silla, incapaz de otro gesto. Fayolle le llamo. Verzieux habia recibido un casco de metralla en la coraza, a la altura del vientre, en el lado izquierdo. La sangre brotaba a pequenos borbotones del orificio abierto por la metralla y le corria por la pierna. Fayolle le hizo desmontar con ayuda de Brunel. Le tendieron en el suelo y desataron las correas de cuero del peto pegado a la guerrera empapada de sangre caliente. Verzieux se quejaba, y grito cuando Fayolle le metio en la herida un punado de hierba para contener la hemorragia. Con las manos enrojecidas y pringosas, Fayolle, en pie, vio que se llevaban al herido hacia las ambulancias del puente pequeno. ?Llegaria alli? Los coraceros le transportaban en unas parihuelas improvisadas con ramas y capotes. Entonces Fayolle se quito el casco y lo tiro al suelo. – El por lo menos no va a volver -comento Brunel. Apoyado en la barriga tibia y blanda de un caballo muerto, Vincent Paradis disparaba contra los austriacos del baron Hiller. Un furioso ataque a la bayoneta dirigido por Molitor los habia expulsado de Aspern, pero volvian en gran numero. Algunos caian y otros los sustituian para cerrar las filas. Se habria dicho que sus muertos se relevaban, que aquello no servia para nada. Desaparecida la exaltacion del vino, Paradis notaba la lengua rasposa, le dolia la nuca y sentia pesadez en los parpados. Lo que veia en el extremo de la larga calle ya no eran hombres, se decia, sino mas bien conejos disfrazados, espectros enmascarados por la humareda, demonios, una pesadilla o un juego. Despues de cada disparo tendia su fusil, unas manos lo cogian y recibia otro. En el hueco de una puerta, sin interrumpirse, los soldados cargaban y recargaban las armas. – ?No te duermas! -le insto Rondelet. – Lo intento -replico Paradis, con el dedo en el gatillo, el hombro derecho magullado por los retrocesos. – Si te duermes van a liquidarte. Un difunto que ronca… eso no cuela. Y, a modo de ejemplo, alzo el brazo inerte de uno de sus companeros, el cual tenia embadurnada la cara con sus propios sesos,,porque una bala de metralla le habia destrozado la frente. -Este no hace ningun ruido -siguio diciendo Rondelet. – ?Ya esta bien! Alcanzado por las andanadas austriacas, el cuerpo del caballo se estremecia. Delante, en la calle, unos tiradores se habian emboscado detras de un arado volcado. Se levantaron de subito para retroceder corriendo. El herido al que llevaban como un saco, sujetandole por el cuello de la guerrera, gemia con un mohin infantil y dejaba tras el un arroyuelo de sangre absorbido en seguida por la tierra. Al pasar ante el caballo muerto que servia como puesto de cazador a Paradis, Rondelet y unos cadaveres muy destrozados, los fugitivos gritaron: – ?Tienen canones, hay que largarse o volaremos en trocitos con los pajaros! En efecto, las bocas de fuego tomaban ahora en enfilada la alineacion de las casitas, por lo que mas valia salir pitando. Rondelet y Paradis convinieron en correr a la plaza de la iglesia, donde se concentraba el grueso del batallon. – ?Hay que pasar atras, y rapido! Reptaron hacia la puerta de una casa por el suelo guijarroso y se levantaron en cuanto estuvieron en el interior, donde encontraron a sus camaradas que seguian desgarrando cartuchos. – La polvora se esta agotando -se quejo un tirador fornido con mostacho y la cabellera recogida en la nuca. – ?Nos largamos por los jardines! ?Los canones! – ?Y el sargento esta de acuerdo? -pregunto el del mostacho. – ?Estas ciego? -le grito Paradis, mostrandole con un gesto del brazo los cadaveres en la calle. – ?Ah, no! -dijo el otro con terquedad-. El sargento ha movido la pierna. – ?No ha movido nada! – ?No podemos dejarle aqui! – ?Vuelve en ti, idiota! El soldado salio corriendo, doblado por la cintura, pero le alcanzo una andanada antes de que llegara al cuerpo que habia visto moverse, giro sobre si mismo, con sangre en la boca, y se desplomo contra las patas tiesas del caballo que servia de barricada. – ?Maldita sea! -gruno Rondelet. – ?Estamos perdiendo el tiempo! -vocifero Paradis-. ?De prisa! Los supervivientes de aquel puesto demasiado avanzado recogieron los fusiles, y se los pusieron bajo el brazo como si fuesen haces de lena. Rondelet recogio al pasar un asador dejado en la chimenea, y se encaminaron al jardincillo cerrado por setos bajos, que saltaron rasgunandose para rodear la calle peligrosa. Se guiaron por la ruina del campanario de Aspern, se perdieron, se alejaron, regresaron, tropezaron con un murete derrumbado, se internaron en la maleza, treparon por cascajales, se torcieron los tobillos, cojearon, cayeron, se golpearon, se desgarraron la ropa en las zarzas, pero el temor de morir sepultados o calcinados les causaba una loca energia. Oyeron los canones que barrian la calle principal. Un obus cayo sobre la casa que acababan de abandonar y las vigas del techo fueron pasto de las llamas. Se cruzaron con otros fugitivos cuyos uniformes estaban chamuscados y cuando llegaron a los muros del cementerio su grupo se habia ampliado. Todavia tuvieron fuerzas para escalarlos, saltar al otro lado, sobre las tumbas, y de cruz en cruz llegaron a la iglesia. Massena y sus oficiales estaban en pie. Las ramas de los grandes olmos fulminados les caian encima. Fayolle habia recuperado el caballo de su amigo Verzieux, mas nervioso que el suyo y cuyos flancos debia apretar, pero la jornada avanzaba y al cabo de una decena de cargas brutales el jinete y su montura estaban extenuados por igual. Los hombres volvian a la carga, se iban, repartian sablazos, las filas se desparramaban y los austriacos no retrocedian. A Fayolle le dolia la espalda, los brazos, sentia dolor por todas partes y el sudor le entraba en los ojos, que se enjugaba con la manga en la que la sangre de Verzleux se habia secado formando una costra pardusca. Clavo las espuelas en el caballo hasta hacerle sangrar, y el animal resoplo. Con el sable en una mano y un botafuego austriaco encendido en la otra, sujetaba la brida con los dientes y se disponia a retroceder con su peloton para descansar un momento entre dos asaltos, cuando los cazadores de Lasalle pasaron rozandole y gritando: – ?Por aqui! ?Por aqui! ?Quien estaba al mando en el tumulto y la confusion de la batalla? En aquel momento Fayolle y su colega Brunel descubrieron al capitan Saint-Didier que salia de la humareda, perdido el casco y con los brazos alzados en su direccion para incitarlos a seguir a los cazadores, asi como otros coraceros de la tropa diseminada. Juntos forzaron a sus caballos todo lo posible para abalanzarse de costado sobre los ulanos que agobiaban a los jinetes de Bessieres. Los austriacos, sorprendidos, volvieron sus lanzas con banderines hacia los atacantes, pero no tuvieron tiempo de maniobrar sus caballos y recibieron la embestida de costado sin poder cargar. Fayolle hundio la mecha encendida de su botafuego en la boca abierta de un ulano, empujo el mango con todo su peso en el gaznate, y el otro cayo al suelo retorciendose, presa de violentos espasmos, con los ojos en blanco y la garganta quemada. A unos pasos, el mismo mariscal Bessieres, a pie, sin sombrero, con una manga arrancada, paraba los golpes con dos espadas que cruzaba por encima de la cabeza. En el cuerpo a cuerpo, los ulanos tropezaban con sus lanzas demasiado largas y no tenian tiempo de desenvainar sus espadas o los fusiles de arzon, por lo que abandonaron rapidamente la plaza, dejando alli a sus muertos y algunos caballos. Bessieres monto uno de aquellos caballos de crines rapadas y silla roja ribeteada de oro, y entonces volvio hacia la retaguardia acompanado por sus salvadores y los restos de su escuadron. En el vivaque le esperaba un oficial con uniforme de gala. Era Marbot, el edecan favorito del mariscal Lannes, el cual le anuncio con cierto embarazo: – El senor mariscal Lannes me ha encargado que diga a Vuestra Excelencia que le ordena cargar a fondo… Bessieres se sintio insultado. Su semblante adquirio el color de la ceniza, y replico en un tono despectivo. Jamas lo hago de otro modo. La antigua enemistad entre los dos mariscales volvia a surgir a la menor ocasion. Los dos eran gascones, cada uno tenia celos del otro y se oponian desde hacia nueve anos, cuando Lannes es peraba esposar a Caroline, la frivola hermana del primer consul. Acusaba a Bessieres de haber apoyado a Murat contra el: ?acaso no habia sido el testigo de ese matrimonio? Berthier habia instalado su cuartel general en los toscos edificios del tejar de Essling, que parecia un reducto con vigias en los tejados, tiradores en las ventanas e incluso canones en la planta baja. Lannes entro furioso en la sala donde Berthier habia desplegado sus mapas sobre caballetes, unos mapas que iba modificando segun las noticias que le llegaban del frente o las ordenes del emperador. – ?La caballeria es incapaz de liberarnos rompiendo el cerco! -dijo Lannes. – A la larga lo conseguira. – ?Y Massena? ?En su lado todo arde! ?Cuantos ejercitos tendremos encima cuando Hiller haya terminado con el? – Aspern no ha caido todavia. – ?Hasta cuando? ?Por que no enviamos ahi el refuerzo de la Guardia? – ?La Guardia se quedara delante del puente pequeno para garantizar el paso a la isla! El emperador acababa de entrar en la estancia, y habia pronunciado esta ultima frase en un tono de disgusto. Aparto con rudeza a Berthier para consultar los mapas. Inquieto ante el cur so de los acontecimientos, no habia podido soportar durante mucho tiempo permanecer al margen bajo los abetos de la isla Lobau. Napoleon comprendia que si el archiduque hubiera atacado antes, por la manana, le habria vencido, pero la suerte aun podia dar un giro. La victoria de Austerlitz se habia ventilado en quince minutos. El sol se pondria al cabo de hora y media, y habia llegado el momento de replicar. Berthier explico: – Una parte del cuerpo de Liechtenstein ha reforzado las tropas de Rosenberg, Sire, pero Essling resistira hasta la noche. Nuestros parapetos son solidos. – Por desgracia -anadio Lannes-, nuestros jinetes multiplican las cargas inoperantes que apenas nos alivian. – ?Deben derrotar a los austriacos en la planicie! -exclamo el emperador-. ?Lannes, reunid a toda la caballeria y lanzadla en bloque! ?Atacad! ?Llevad los canones de Hohenzollern! ?Volvedlos contra el! ?Quiero que lo arraseis todo bajo un diluvio de fuego y hierro! Lannes inclino la cabeza y salio con sus oficiales. El gran puente flotante seguia sin estar consolidado, los soldados de Oudinot y Saint-Hilaire no podian acudir en su rescate. ?Y si la caballeria se perdia en ese asalto masivo? Los austriacos, estimulados, sin nadie que les cerrase el paso, se lanzarian en gran numero y por todas partes contra los dos pueblos. – ?Que opinas, Pouzet? -pregunto Lannes tomando el brazo de su viejo amigo, un general de brigada que le seguia de campana en campana y que no hacia mucho le habia dado lecciones de estrategia. – Su Majestad razona sin cesar de la misma manera. Sigue basando su accion en la rapidez y la sorpresa, como lo hiciera antes en Italia, pero en estas grandes planicies del norte de Europa el terreno se presta mal, y luego el movimiento, la ofensiva, requiere ejercitos ligeros y muy moviles, motivados, que viven en el pais como bandas de condotieros. Pues bien, nuestros ejercitos se han vuelto demasiado pesados, lentos, fatigados, jovenes, desmoralizados… – ?Callate, Pouzet, callate! – Su Majestad ha leido a Puysegur, Maillebois, Folard, y luego a Guibert y Carnot, quien quena restituir a la guerra su salvajismo. Lo que preconizaban Carnot y Saint Just era valido para su epoca. ?Por supuesto, un ejercito que tiene alma debe prevalecer sobre los mercenarios! ?Donde estan hoy los mercenarios? ?Y de que lado estan los patriotas? ?No lo sabes? Te lo voy a decir: los patriotas toman las armas contra nosotros, en el Tirol, en Andalucia, en Austria, en Bohemia, y pronto en Alemania, en Rusia… – Ves las cosas con precision, pero callate, Pouzet… – No tengo inconveniente en callarme, pero se sincero: ?todavia crees en esto? Lannes puso la bota en el estribo y monto en el caballo que le habian presentado. Pouzet hizo lo mismo, pero suspirando lo bastante fuerte como para que su amigo le oyera. Unos pensamientos horrorosos nublaban el rostro de Anna Krauss. Imaginaba soldados bloqueados en una granja incendiada o tendidos en el suelo con el vientre abierto; seguia oyendo el estruendo de los canones, la crepitacion de las llamas, gritos diabolicos. No llegaba ninguna noticia fidedigna de la batalla, y los vieneses obtenian sus informaciones de los cotilleos, con la unica certeza de que alla abajo, en la planicie, los hombres se mataban sin metodo desde hacia horas. La mirada de Anna se perdia en la luz rosada de un sol declinante que iluminaba los cristales. Habia desatado, distraida, las tiras de sus sandalias romanas, y estaba acurrucada en un angulo del sofa, silenciosa, las rodillas apretadas con los brazos. Le caia un mechon de cabello sobre la frente y no se lo alzaba. Sentado cerca de ella en un taburete acolchado, Henri se esforzaba por hablarle en voz suave, tanto para tranquilizarla como para serenarse, y si ella no comprendia el sentido exacto del frances, sus tonalidades calmantes reconfortaban un poco a la joven, no demasiado, porque a la voz de Henri le faltaba ese acento de sinceridad que no es posible simular. Habia tomado las pociones repugnantes del doctor Carino y la fiebre le habia dado un respiro. Contemplaba a Anna postrada, envuelta en su chal, mientras ensartaba las frases con una conviccion fingida, hasta que se callo. Anna habia cerrado los ojos. Henri se dijo que las vienesas tenian una fidelidad mistica: cuando su amado estaba ausente, ellas se recluian. Anna no tenia de italiano mas que la cara, era demasiado natural tanto en sus humores como en sus gestos, carecia por completo de coqueteria y tenia un entusiasmo atemperado por la ternura. Henri habria querido anotar esas observaciones, pero ?que le habria parecido a Anna si se despertaba? La joven dormia con un sueno sombrio y turbado, movia los labios y murmuraba algo. Para conjurar la posible muerte de Lejeune, Henri siguio diciendole en voz muy baja: – A Louis-Francois no le ocurrira nada, os lo prometo… En el otro extremo de la sala aparecieron las dos hermanas menores de Anna, dando saltitos, muy delgadas, ruidosas, y Henri se volvio hacia ellas, indicandoles por senas que Anna estaba descansando. – Quiet, please! Las chiquillas se acercaron con unas precauciones desmesuradas, como si fuese un juego. Tenian el cabello mas claro que el de Anna, las caritas mas aguzadas y atuendos mas formales. Henri se levanto en silencio para alejarlas del sofa, y ellas se pusieron a hablar con una mimica y una gesticulacion incomprensible, las mejillas hinchadas por la risa contenida cada vez que se miraban, y entonces le tiraron de la levita y el tuvo que seguirlas. Le llevaron a la escalera que ascendia al sobradillo, procurando que no crujieran los escalones de madera, como gatas, y Henri se dejaba manejar. ?Que querian ensenarle? Una de ellas abrio lentamente una puerta y se encontraron en una habitacion minuscula bajo los tejados, muy desordenada, que servia de desvan. Las pequenas se abalanzaron sobre una caja y, discutiendo, aplicaron un ojo a una ranura bastante ancha entre dos traviesas. Invitaron a Henri a que hiciera lo mismo y el miro a su vez el interior de la habitacioncontigua, sorprendiendo al senor Staps. En una franja de luz solar en la que revoloteaba el polvo, el joven estaba arrodillado ante una estatuilla dorada y sostenia un cuchillo de cortar carne, con la punta hacia el suelo, a la manera de un caballero la vispera de su armadura solemne. Vestia una camisa de tela gruesa, tenia los parpados cerrados y salmodiaba una especie de plegaria. Henri se sumio en divagaciones. «Esta loco -pensaba-, estoy seguro de que esta loco, pero ?que clase de locura es la suya? ?Quien se cree que es este pobre chico? ?Que representa esa es tatuilla? ?Que objeto tiene ese cuchillo? ?Que urde en su cerebro sobrecalentado? ?A que brujeria quiere encomendarnos? ?Es peligroso? Todos somos peligrosos, y en primer lugar el emperador. Todos estamos locos. Tambien yo estoy loco, pero por Anna, y ella esta loca por Louis-Francois, quien esta loco como un soldado…»› En aquel mismo instante, el coronel Lejeune se batia forzosamente al lado de Massena. Habia ido una vez mas a Aspern para confirmarle la orden de resistir hasta el crepusculo y advertirle de las intenciones que tenia el emperador de lanzar toda la caballeria contra las baterias del archiduque, y no habia podido salir del pueblo ahora asediado. Tan solo les quedaba a los tiradores el cementerio y la iglesia. Por multiples brechas abiertas en las ruinas, los austriacos habian conseguido establecerse por doquier de un modo firme. Massena habia ordenado que levantaran defensas con los objetos voluminosos que pudieran agenciarse, rastrillos, arados y muebles, a fin de llegar a los canones inutiles a causa de la falta de polvora. Los granaderos amontonaban cadaveres, formando con ellos una barricada que protegia la plaza hasta el recinto del cementerio que defendian los hombres sin cartuchos, con lo que tenian a mano, una cruz de bronce, un madero, cuchillos… Paradis habia sacado su honda, Rondelet blandia su espeton como si fuese un estoque. En medio del caos, Massena demostraba lo que era capaz de hacer. Al darse cuenta de que los artilleros de Hiller hacen rodar una pieza por una calleja, a fin de derribar la fachada de la iglesia, hace que carguen de paja y hojas una carreta de mano, luego recoge una rama cortada, entra en la sacristia abierta por un obus, en la que ronronean las brasas, prende fuego a la rama, sale y la arroja contra la carreta, la cual arde en el acto, y entonces divisa a Lejeune, desconcertado en medio de tanto desorden: «?Conmigo!», le grita. Cada uno aferra un brazo de la carreta ardiente y la empujan con todas sus fuerzas hacia la callejuela. Cuando el vehiculo en llamas ha adquirido suficiente velocidad, se arrojan al suelo y oyen los silbidos de las balas que les pasan rozando, pero la carreta choca de frente con la boca del canon y se rompe en pedazos. Los barrihtos de polvora, que estan abiertos, estallan y todo vuela en pedazos, la caja de la carreta, los miembros arrancados. Unos granaderos cargan a la bayoneta para rescatar a Massena y Lejeune, que se levantan a medias, pero es imposible penetrar en la callejuela cuyas casas han sido pasto de las llamas, que es un autentico horno, y los hombres vuelven corriendo hacia los olmos destrozados de la iglesia. Los austriacos intentan impedirles el paso, pero otros granaderos armados con vigas que manejan como porras rompen unas cuantas crismas. Massena se hace con una reja de arado y, de un empujon, trincha a dos buenos mozos y los arroja contra una escalinata. Lejeune ha parado el sable de un oficial con guerrera blanca, el cual le propina un rodillazo en el vientre que le obliga a doblarse, felizmente, pues la bala que volaba hacia su nuca se incrusta en la frente del austriaco, de la que brota la sangre. Sentado en un banco de piedra unido a una casa de la que solo quedaba un muro en pie, Massena consulto su reloj y vio que se habia parado. Lo sacudio, hizo girar en vano la corona, pues se habia roto, y solto un juramento. – ?Maldita sea! ?Un recuerdo de Italia! ?Pertenecio a un monsenor del Vaticano! ?Todo de oro y plata dorada! Un dia u otro tenia que abandonarme… No sigais a gatas, Lejeune, venid a sentaros un momento para recuperaros. Deberiais estar muerto pero, como no es asi, respirad a fondo… El coronel se sacudio el polvo y el mariscal siguio diciendo: -Si salimos de esta, os encargare mi retrato, pero en accion, ?eh? Con la reja de arado como hace un momento, por ejemplo, ?a punto de despachurrar a una jauria de austriacos! Al pie escribiriais Massena en la batalla. ?Veis el efecto que produciria eso? ?Nadie osaria colgar ese cuadro! La realidad desagrada, Lejeune. Una bala de canon alcanzo una parte de la techumbre de la casa en la que reposaban los dos hombres, y Massena se levanto de un salto. – ?Ahi teneis la realidad! ?Pero, por Dios, esos perros tratan de enterrarnos bajo los escombros! Por el lado de la planicie llego un jinete al galope, aminoro la velocidad de su caballo cerca de la iglesia, interrogo a un suboficial, advirtio a Massena que encadenaba reniegos y se encamino directamente hacia el. Era Perigord, siempre impecable. – ?Por donde diablos ha pasado ese? -inquirio Massena. -?Senor duque! -Y Perigord tendio un pliego al mariscal-: Un despacho del emperador. – Veamos todo el mal que me desea Su Majestad… Massena leyo el mensaje y alzo los ojos al sol que descendia por el oeste. Los dos edecanes de Berthier charlaban: – ?Estais herido, Edmond? -pregunto Lejeune al otro. -?No, senor! – Pues cojeais. – Porque mi criado no ha tenido tiempo de domarme las botas, y como el cuero esta mal flexibilizado, padezco a cada paso. ?En cuanto a vos, mi querido amigo, vuestro pantalon necesita una buena pasada de cepillo! Massena les interrumpio. – Supongo, senor de Perigord, que no habeis atravesado las lineas austriacas. – La pequena planicie que linda con el pueblo por este lado estaba expedita, senor duque. Solo me he cruzado con un batallon de nuestros voluntarios de Viena. – Entonces podriamos replegarnos para pasar la noche, antes de dejar que destrocen la division de Molitor… – Hay setos, cercados de matorrales, barreras de madera, bosquecillos, un monton de sitios donde abrigarnos… – Bien, Perigord, bien. Por lo menos teneis buena vista. Massena pidio un caballo. Uno de sus caballerizos se apresuro a traerle uno, pero no podia montarlo bien porque habian ajustado demasiado corto el estribo derecho. Entonces llamo de nuevo al caballerizo, sentado a la mujeriega tras haber pasado la pierna por encima de la cruz del caballo. Una bala de canon decapito al atareado caballerizo y arranco de cuajo el estribo, el caballo se hizo a un lado y Massena cayo en brazos de Lejeune. – ?Senor duque! ?Estais bien? – ?Otro caballo que sirva! -aullo Massena. Transfigurado por el combate, Lannes, junto con Espagne, Lasalle y Bessieres, cargaron en cabeza de sus millares de jinetes para embestir al centro austriaco, trocearlo, separarlo de sus alas, socorrer a los dos pueblos sometidos al fuego y apoderarse de los canones. Fayolle no gozaba de esa vista de conjunto. Presa de furor, se comportaba como un automata, no temia a nada pero tampoco queria nada, ni detenerse ni proseguir, era una marioneta movida por los clarines y los gritos de guerra, vociferante, y golpeaba, se protegia, hundia su acero, abria pechos y atravesaba cuellos. Los coraceros habian exterminado a una escuadra de artilleros, y enganchaban las piezas de artilleria capturadas a los caballos de tiro. Espagne dirigia la operacion; su caballo babeaba mucho y movia los ollares de arriba abajo. Fayolle le observaba de reojo, mientras enganchaba los arneses a la parte curva de un obus: el general estaba gris de polvo, erguido sobre la piel de carnero de la silla, pero su mirada perdida desmentia las ordenes breves y precisas dictadas por el habito. El soldado sabia que era lo que atormentaba al oficial, pero, sin poder evitarlo, dudaba de los presagios. ?No faltaba mas! ?El heroe de Hohenlinden, que ya habia abierto a las tropas francesas la ruta de Viena anos atras, a pesar de la tormenta de nieve, temia a los fantasmas? Como hemos dicho, Fayolle habia estado presente al final de aquella curiosa trifulca en el castillo de Bayreuth, cuando el general Espagne habia llevado la peor parte en el encuentro con un espectro, pero ?de que se trataba en realidad? ?De una alucinacion? ?De la fatiga? ?De una fiebre maligna? El, Fayolle, no habia visto al fantasma con sus propios ojos. ?La Dama Blanca de los Habsburgo! Conocia esas apariciones maleficas con las que amenazaban a los crios de su pueblo. Merodeaban cerca de los calvarios y daban miedo. El no habia creido jamas en esas cosas. – ?Creeis que estais de veraneo, Fayolle? -le pregunto el capitan Saint-Didier, agitando la espada enrojecida y goteante. El soldado apresuro la maniobra para llevarse sin tardanza los catorce canones que habian tomado al enemigo. El general Espagne alzo una mano enguantada y la comitiva se puso en marcha. Fayolle y Brunel azotaban a los caballos de tiro para que acompanasen el galope, pero a su derecha aparecie ron los gorros de unos granaderos, envueltos en la humareda que se habia estancado en estratos, y a continuacion uniformes blancos y polainas grises que llegaban a las rodillas… – ?Cuidado! -grito Saint-Didier. La mayoria de los coraceros lanzan sus caballos a todo galope para atacar a los soldados de infanteria, cuando el general Espagne recibe una bala de metralla en pleno pecho que atraviesa la coraza. El herido se desliza del caballo, cae, con el pie metido en el estribo, y el animal se desboca y lo arrastra como un saco, haciendole rebotar en el suelo socavado por las explosiones. Fayolle espolea a su caballo en la misma direccion, se inclina sobre el cuello de la montura y corta la correa del estribo con el filo de su espada. Los otros llegan tras el y levantan el cuerpo destrozado del general. Le quitan el peto y el espaldar y le envuelven en la capa blanca y larga de un oficial austriaco, que en seguida se tine de rojo vivo. Entonces depositan el cuerpo sobre una curena, la cabeza y los brazos colgantes, como un fantasma. Habia mas muertos sobre las tumbas del cementerio de Aspern que en los panteones. Los tiradores, alli sumidos, luchaban a pedradas contra las tropas del baron Hiller. Paradis tuvo la satisfaccion de alcanzar a varios con su honda, pero retrocedio con el resto de su batallon diezmado, y todos esperaban dispersarse por los campos donde los arbustos y las hierbas altas podrian camuflarlos. Los austriacos subidos a los muros fanfarroneaban agitando sus banderas con la negra aguila bicefala estampada o una virgen con tunica azul celeste que parecia desplazada en aquellos lugares infernales. Los tambores redoblaban con arrogancia. Los franceses eran abatidos como presas de caza. Un canon situado en uno de los montones de escombros del recinto tomo punteria. Paradis y Rondelet huyeron sin poder replicar. Se agacharon para recuperar el aliento detras del cadaver de un suboficial llenito, caido sobre una cruz de la que habia quedado colgado, como un espantapajaros. Rodelet se levanto a cierta distancia del cadaver para constatar el avance del enemigo. – ?Mira por donde, es el brigada! Cogio al muerto por los sobacos para mostrarselo a Paradis. El brigada Roussillon tenia los ojos abiertos y fijos, y una sonrisa inmovil en los labios azulados. Rondelet se pincho un dedo al desprender la Legion de Honor de los harapos que habian sido un uniforme. – Como recuerdo -dijo. Esa fue su ultima frase, que no pudo terminar porque una bala de canon rasante le arranco el hombro. Aturdido, pues estaba cerca de su amigo, Vincent Paradis cayo sobre una losa cubierta de ortigas y musgo. Le zumbaban los oidos y los sonidos le llegaban amortiguados. Se llevo una mano a la cara y tuvo un acceso de hipo. Su mano no habia encontrado mas que una papilla de carne. Tambien la tenia en el cabello y en la boca, y la escupio en trozos blandos, sosos y tibios. ?Estaba desfigurado? ?Un espejo! ?Nadie tenia un espejo? ?No habia ni siquiera un charco? ?No? ?Nada? ?Estaba casi muerto? ?Aun se hallaba sobre la tierra? ?Acaso dormia? ?Se despertaria? ?Y en ese caso, donde? Noto que unas fuertes manos le cogian y le alzaban como si fuese un paquete, y se encontro junto a una barrera de madera que dividia un campo. Unos tiradores tendidos boca arriba farfullaban palabras incomprensibles, estaban ensangrentados, vendados con panuelos y trapos, uno con un brazo en cabestrillo, el otro aferrado a una rama como una muleta, el pie envuelto en un trozo de guerrera. Unos jovenes con largos delantales inspeccionaban a los heridos y decidian la gravedad de su estado, pues no transportarian a los mas graves. Sostenian a los traumatizados para ayudarles a amontonarse en la plataforma de una carreta de heno de la que tiraban dos percherones con los ojos vendados. Paradis dejo que se ocuparan de el y no respondio a los aprendices de enfermero que le interrogaban y se admiraban de que con la cara hecha picadillo no se hubiera desmayado todavia. La ambulancia improvisada tardo mucho tiempo en llegar al puente pequeno de la isla Lobau. Era preciso zigzaguear continuamente en los prados cercados y ondulados, romper una empalizada para evitar un rodeo. Los ayudantes de cirujano seguian a pie, examinando su cargamento, y de vez en cuando senalaban a un herido: Ese de ahi, ya no merece la pena… Entonces alzaban al moribundo de la plataforma y lo depositaban sobre la hierba, mientras seguian avanzando al paso lento de los percherones. Paradis permanecia en pie, alelado, sujetan dose a los montantes del carro de heno como si fuesen los barrotes de una celda. Reconocio a lo lejos el vivaque de la Guardia, y luego llegaron cerca del puente pequeno. Eran las siete, anochecia, el resplandor de los incendios iluminaba una multitud de por lo menos cuatrocientos heridos a los que habian tendido sobre haces de paja o incluso en el suelo. Dejaron a Paradis cerca de un husar que se arrastraba como una serpiente, con una pierna hecha trizas, y aranaba el suelo mientras maldecia al emperador y el archiduque. En una choza, el doctor Percy y sus ayudantes, empapados en sudor, no cesaban de amputar piernas y brazos con sierras de carpintero. No se oian mas que aullidos y maldiciones. Capitulo cuarto . PRIMERA NOCHE A la luz de la vela, Henri hurgo en su baul metalico con un aguila estampada y saco un cuaderno gris que puso sobre la mesa. La cubierta demasiado manoseada mostraba un titulo en tinta negra: Campana de 1809 de Estrasburgo a Viena. Recorrio las ultimas paginas. Su diario se detenia el 14 de mayo y no lo habia proseguido. Las ultimas palabras que habia escrito eran: «Anado aqui un ejemplar de la proclamacion. Tiempo soberbio y muy calido». En esta pagina estaba plegada una famosa proclamacion que el emperador hizo imprimir la vispera de la capitulacion de Viena. Henri la desplego para releerla: «?Soldados! Sed buenos con los pobres campesinos, con el pueblo que tanto derecho tiene a vuestra estima. No conservemos ningun orgullo por nuestro exito, y veamos en el una prueba de la justicia divina que castiga al ingrato y el perjuro…». Se interrumpio. Como no creia una sola palabra de esta declaracion rimbombante, Henri sacudio la cabeza e hizo una mueca de disgusto. Unos dias antes, en un villorrio, al no encontrar ni un huevo tan siquiera, habia anotado: «Lo que los soldados no se habian llevado, lo habian destrozado…». Dio la vuelta a esta proclamacion sin efecto para escribir a lapiz en el reverso: 22 de mayo por la noche. Viena. Al crepusculo hemos vuelto a las murallas. El horizonte estaba enrojecido y temblaba todavia a causa de los incendios causados por la batalla, de la que no teniamos ninguna noticia cierta. Un boletin oficial tranquilizador no me tranquilizo, y la senorita K. todavia menos. La veo debilitarse a medida que transcurre el tiempo y que, alla abajo, aumenta el peligro. ?Cuantos muertos? Soy yo, el enfermo, quien debe sostenerla. Tiene la cara de Julieta ante el cuerpo presuntamente sin vida de su Romeo: «0 happy dagger, this is thy sheath! There rust, and let me die…».' Henri garabateo en el margen «comprobar la cita», suspiro, como en el teatro, y reanudo su anotacion para consignar el extrano comportamiento del joven senor Staps. Al oir pasos en la escalera, creyo que este subia hacia el sobradillo, pero llamaron a su puerta, por lo que cerro el cuaderno con un gesto de irritacion y mascullo: «?Que quiere ahora ese iluminado?». Pero no era el aleman. En el pasillo, con una palmatoria en la mano, la vieja aya con turbante precedia a un hombre al que Henri no reconocio en seguida, tan insolita podia parecer su presencia. Una vez en la habitacion, Henri no tuvo ya dudas: se trataba del optico que alquilaba anteojos en las murallas, un poco jorobado, con el cabello blanco que formaba una corona alrededor del craneo liso y unas antiparras redondas que cabalgaban en medio de la nariz. El hombre chapurreaba un frances aproximado. – Tsenor, os traigo fuestro dinerro. Avanzo contoneandose hasta la mesa, sobre la que arrojo una bolsa de cuero gastado cerrada con un cordon. – ?Mi dinero? -dijo Henri, y se apresuro a volver del reves los bolsillos de la levita y el chaleco para constatar que sus florines habian desaparecido. – La habeis perdido en el camino de ronda. – ?Vaya! – Como soy honesto… – ?Un momento! ?Como conoceis mi direccion? – Oh, mi joven senor, eso no es muy dificil. De repente el intruso hablaba en voz baja y timbrada, sin acento. Henri se quedo boquiabierto. El aya les habia dejado solos. El hombre se quito la levita, desanudo las tiras que retenian su joroba ficticia y se desprendio de la peluca, diciendo con marcado jubilo: – Soy Karl Schulmeister, senor Beyle. Henri le observo con detalle a la luz debil de la bujia. El falso optico que alquilaba anteojos era rechoncho, de talla mediana y piel rojiza, con profundas cicatrices que le cruzaban la frente. ?Schulmeister! Todo el mundo le conocia, pero ?cuantos podian reconocerle? A fuerza de espiar para el emperador habia llevado el arte del disfraz a tal grado de perfeccion que los austriacos, que le acosaban, le habian dejado escapar cada vez. ?Schulmeister! Se contaban mil anecdotas de el. Un dia se introdujo en el campamento del archiduque maquillado como mercader de tabaco. Otro dia abandono una ciudad asediada sustituyendo al difunto en un ataud. En otra ocasion, disfrazado de principe aleman, paso revista a los batallones austriacos e incluso asistio a un consejo de guerra al lado de Francisco 11. Napoleon le habia confiado la policia de Viena, como en 1805, y Henri estaba asombrado. – ?Con la tarea que os ha encomendado Su Majestad y encontrais todavia tiempo para disfrazaros? – Sin duda tengo el gusto de hacerlo, senor Beyle, y ademas esta mania es muy comoda. – ?De que os sirve alquilar anteojos en los bastiones? – Escucho los rumores, me acuerdo de las conversaciones deshonestas, recojo informaciones. En tiempo de guerra, las malas intenciones pueden causar estragos. – ?Decis eso por mi? – No, no, senor Beyle. – ?Soy entonces tan importante para recibir vuestra visita? ?Quereis reclutarme para vuestros servicios? – En absoluto, senor Beyle. ?Sabeis que el padre de las senoritas Krauss es pariente del archiduque? – Perdeis el tiempo. – Jamas, senor Beyle. – La senorita Anna Krauss solo piensa en el coronel Lejeune… Henri lamento al instante haberse ido de la lengua, pero acabo de meter la pata cuando quiso atenuar sus palabras-: – Lejeune, mi amigo Lejeune, es el ayudante de campo del mariscal Berthier. – Lo se. Nacio en Estrasburgo, como el general Kapp, como yo mismo. Habla perfectamente la lengua de nuestros adversarios. – ?Y bien? – Nada… Schulmeister se habia acercado a la mesa y examinaba el cuaderno gris, del que leyo en voz alta una o dos frases: «Escribir por prudencia upan myself. Nada de politica.» Cerro el cuaderno y se volvio hacia Henri. – ?Por que escribis por prudencia, senor Beyle? – Porque no quiero dar la menor informacion militar a quienes, por azar, pudieran leer mi diario. – ?Naturalmente! -replico Schulmeister, mientras leia las ultimas notas que Henri habia garabateado al dorso de la proclamacion imperial-: ?Quien es este Staps cuyo comportamiento calificais de extrano? – Un inquilino de esta casa. Henri tuvo que contarle como habia sorprendido al joven, sus hechizos ante una estatuilla, el cuchillo de cortar carne que habia sostenido como una espada. – Poneos la levita, senor Beyle, y acompanadme a la habitacion de ese energumeno. – ?A estas horas? – Si. – Debe de estar durmiendo. – Pues bien, le despertaremos. – Creo que ante todo esta chiflado… – Tomad la bujia. Henri cedio. Condujo a Schulmeister al ultimo piso e indico la puerta del aleman. El policia entro sin anunciarse, tomo la bujia de manos de Henri y vio que la pequena habitacion estaba vacia. – ?Vive de noche, vuestro Staps? -pregunto a Henri. – ?No es mi Staps, y no le espio! -Si os intriga, a mi tambien. La estatuilla estaba en su lugar y los dos hombres la contemplaron de cerca. Representaba a Juana de Arco con armadura. – Pero ?que significa esto?-dijo Schulmeister-.Juana de Arco! ?Y esto a que viene? Finalizaba el cuarto menguante de la luna y la humareda de los incendios ocultaba las estrellas. En la hierba, tendido boca arriba, el coracero Fayolle no dormia. Habia comido sin apetito, por deber, en la escudilla que compartia con Brunel y otros dos, y luego se habia tendido, atento a todos los ruidos, un relincho, una conversacion sorda, la crepitacion de la lena en la fogata del vivaque, el sonido metalico de una coraza arrojada al suelo. Fayolle se interrogaba, algo a lo que no estaba acostumbrado. La accion le convenia, puesto que uno se lanzaba a ella sin pensar, pero luego, aquel pretendido reposo… ?que fastidio! Habia experimentado la mayor parte de las sensaciones de la guerra. Sabia como, con una sacudida del puno, uno hunde su acero en un pecho, el crujido de las costillas rotas, el chorro de sangre al extraer la espada con un movimiento brusco, como evitar la mirada de un enemigo al que uno destripa, como, en el suelo, acuchillar los corvejones de un caballo, como soportar la vision de un companero destrozado por un proyectil incandescente, como protegerse y parar los golpes, como desconfiar, como olvidar la fatiga para cargar cien veces entre un tropel de jinetes. Sin embargo, la muerte de su general le atormentaba. El fantasma de Bayreuth habia dado cuenta de Espagne, aun cuando el casco de metralla que le habia destrozado el corazon fuese real. ?Esta escrito lo que le ocurre a uno? ?Podia creer en eso un descreido? Y en cuanto a el, Fayolle, ?cual iba a ser su suerte? ?Podia modificarla y en que sentido? ?Viviria aun la proxima noche? ?Y Brunel, que dormia grunendo a su lado? ?Y Verzieux? ?Donde estaba a aquella hora y en que estado? Fayolle se burlaba de los aparecidos, pero no soltaba su carabina cargada. Pensaba en la joven campesina a la que habian matado por accidente en la pequena casa de Essling. Se habia divertido con su cadaver todavia flexible, pero su companero, el soldado Pacotte, habia sido degollado por los guerrilleros de la Landwehr, y no habia habido mas testigos de los hechos. ?Pamplinas!, se dijo el coracero. El homicidio, ese era su oficio. Mataba bien y suciamente, como se lo habian ensenado. Tenia talento para ello. ?A cuantos austriacos habia pasado por la hoja de su sable durante la jornada? No los habia contado. ?Diez? ?Treinta? ?Mas? ?Menos? Esos no le impedian dormir, ni siquiera tenian rostros, pero aquella muchacha le obsesionaba. Habia hecho mal en mirarla a los ojos para aquilatar su temor. ?Pero no era la primera vez que se enfrentaba al temor ajeno! Eso le gustaba. Le excitaba el pavor que precede a la muerte inevitable. ?Que poder! No habia otro igual. El mismo Fayolle lo habia experimentado en Nuestra Senora del Pilar, ante un monje furioso que le habia acuchillado, pero sin que sufriera mas que un chirlo. A pesar de la herida, habia logrado estrangular al religioso, con cuyo sayal se habia quedado para hacerse un manto. Luego habia arrojado el cuerpo al Ebro, donde flotaban a centenares los cadaveres de espanoles en sacos. La muchacha de Essling se habia quedado sobre el colchon. ?La habria descubierto alguien? ?Un tirador que intentaba emboscarse y se habia llevado una buena sorpresa? 0 quiza nadie. Tal vez un obus habia incendiado la casa. Fayolle habria debido enterrarla, y este pensamiento le atormentaba. La veia, ella hacia muecas, su mirada atemorizada se volvia amenazante, y el no lograba disipar esta imagen. Se levanto. En la parte superior del pequeno valle donde estaban acantonados los escuadrones se discernian las primeras casas de Essling, cuyos tejados se perfilaban contra un fondo de luz rojiza. Sin cas co ni coraza, con la espada recta golpeandole la pierna, Fayolle camino como un sonambulo en esa direccion. En el linde de la planicie que recorria de uno a otro bosquecillo se cruzo con los carroneros ordinarios que actuaban de noche tras la batalla, aquellos ojeadores civiles de las ambulancias a los que se encargaba del transporte de los heridos y que se aprovechaban para despojar a los muertos. Dos de ellos se afanaban con un husar ya rigido al que le quitaban las botas. Sobre la pelliza y el dorman, en el suelo, habian amontonado un reloj, un cinturon, diez florines y un medallon. Un tercero, en cuclillas, acerco el medallon al farol que descansaba en el suelo. – ?Vaya! -exclamo-. ?Es guapa de veras, la novia de este! – Y ademas ahora esta libre -replico su compinche, atareado en quitarle una bota al muerto. – Lastima que no tenga nombre y direccion. -A lo mejor figuran en el dorso del retrato. – Tienes razon, Gordo Louis… El servidor de la ambulancia trato de separar el retrato del medallon con un cuchillo. Pasaron otros con los brazos cargados de prendas de vestir. Un tunante habia fijado a un palo una serie de cascos y chacos, como hacen los cazadores de ratas en el campo, y los penachos, las crines y las borlas pendian como las colas de esos bichos. Mas adelante Fayolle se encontro con un centinela que le puso el canon de su fusil en el torso. – ?Adonde vas? – Tengo necesidad de andar -respondio Fayolle. – ?No puedes pegar ojo? ?Tienes chamba! ?Yo me duermo de pie como los caballos! – ?Chamba? – Y tendras mas si evitas pasar por la planicie. Los austriacos estan a treinta pasos. ?Ves ese fuego, alla abajo, a la izquierda del seto? Pues son ellos. – Gracias. – ?Chambon! -mascullo todavia el centinela mientras miraba a Fayolle que se alejaba hacia el pueblo. Avanzo en la oscuridad, tropezo varias veces, se desgarro los pantalones con los cardos y metio las alpargatas en un charco. Cuando entro en Essling no supo diferenciar a los dormidos de los muertos. Los tiradores de Boudet, extenuados, estaban diseminados en las calles, contra los muros bajos, unos encima de los otros, y todos se confundian en un abandono similar. Fayolle tropezo con las polainas de un soldado que se incorporo a medias y le insulto. Ya no daba ninguna importancia a nada. Avanzaba hacia aquella casa que habia visitado dos veces y que reconocio sin dificultad, pero la tropa se habia establecido en ella y la habia fortificado con monticulos de sacos y muebles rotos. Asi pues, la muchacha no se habia quemado, su casa no habia sido alcanzada por ningun obus, alguien la habia encontrado muerta y atada. ?Que habia sido de su cuerpo? Alzo los ojos hacia la ventana del piso. El vidrio estaba roto, el postigo colgaba, un tirador fumaba en pipa acodado en el alfeizar. Fayolle tenia necesidad de entrar en aquella casa, pero su instinto le retenia. Inmovil en la calle, ya no se atrevia a arriesgar un gesto. Nadie dormia realmente, salvo Lasalle, sin duda, el cual preferia la vida de los vivaques a la de los salones y sabia descansar en las peores condiciones. Se envolvia en el manto, se acostaba, roncaba en seguida y sonaba con las escenas heroicas en las que deseaba con impaciencia intervenir. Los demas, tanto oficiales como soldados, estaban nerviosos y eran presa de la angustia, tenian el semblante marcado por la fatiga y demacrado. Las alertas generales ya habian vuelto a poner en pie a los batallones, y en tres ocasiones habia sido por nada, escaramuzas, disparos aislados debidos a la proximidad de los campamentos austriacos y a la oscuridad que no permitia distinguir los uniformes. Cada uno pensaba que descansaria despues de la batalla, en el suelo o bajo tierra. En el posito fortificado de Essling, sentado sobre un tambor, con una tabla sobre las rodillas, el coronel Lejeune escribia a la senorita Krauss. Meditaba mientras mojaba la pluma de cuervo en el tinterillo que llevaba siempre encima para hacer sus croquis. No le contaba nada a Anna de los horrores y los peligros, solo le hablaba de ella y de los teatros vieneses a los que pronto irian juntos, de los cuadros que se proponia pintar, de Paris, sobre todo, del celebre Joly, aquel peluquero de moda que le haria un mono a la Nina, y de las joyas que el le ofreceria, o de los zapatos de casa Cop, tan ligeros que se rasgaban al andar. Irian a pasear por las avenidas y bajo los quioscos de Tivoli, a la luz de los faroles rojos colgados de los arboles. Luz, rojo… estos terminos no evocaban Tivoli en la mente de Lejeune, sino que se las habian inspirado los incendios que le rodeaban. En una palabra, deseaba mostrar desenvoltura-pero no acababa de lograrlo, y eso debia de notarse, sus frases seguian siendo secas, demasiado breves, como inquietas. Se dijo que la guerra no tenia nada de lirico, o no lo tenia vista de lejos. Sin embargo, habia estado a punto de morir por lo menos en tres ocasiones durante aquella jornada salvaje. Las imagenes de Aspern en llamas sustituyeron a las de los serenos jardines de Tivoli, y Massena a los artistas de la peluqueria enriquecidos por la moda. – ?Lejeune! – Si, Vuestra Excelencia. – ?Como van las reparaciones del puente grande, Lejeune? -inquirio Berthier. – Perigord esta sobre el propio terreno. Debe prevenirnos cuando las tropas de la orilla derecha puedan cruzar el Danubio. – Vamos a verlo -dijo Berthier, quien hasta entonces discutia con el mariscal Lannes. Habian calculado las perdidas, sabian ya que Molitor habia perdido la mitad de su division, tres mil hombres que alfombraban las calles de Aspern y los campos circundantes, sin contar los he ridos perdidos para la batalla del dia siguiente, al cabo de tres horas, cuatro a lo sumo, cuando los enemigos se reunirian al amanecer y se lanzarian, extenuados, a nuevas contiendas. Berthier, Lannes, sus edecanes y caballerizos se levantaron juntos, y avanzaron con sus caballos al paso a lo largo del Danubio, mal iluminados por las llamas de los incendios que seguian consumiendo una parte de los pueblos. Lejeune no habia terminado su carta, cuya tinta habia secado con un punado de arena. Se habia levantado un viento que arrojaba la humareda hacia la isla Lobau, y les escocian los ojos. Cuando se aproximaban a Aspern, oyeron disparos. – ?Alla voy! -dijo Lannes, haciendo que su caballo diera la vuelta. Se sumio en los trigales altos y oscuros que le separaban de Aspern. Su ayudante de campo, Marbot, le siguio con un movimiento maquinal, y al cabo de un rato le tomo la delantera, pues conocia mejor el camino y sus obstaculos. Los demas prosiguieron hacia la isla y el puente pequeno. El mariscal y su capitan avanzaban con lentitud y prudencia. La luna en cuarto menguante era debil y la noche tan profunda que no se veia nada. Un viento contrario, que acarreaba un olor a quemado, ponia nerviosos a los caballos y agitaba las plumas del bicornio del mariscal. Para tranquilizar a su caballo e inspeccionar el suelo con las botas, Marbot desmonto y condujo al animal de la brida. – Tienes razon-dijo Lannes-, ?no es el momento de rompernos las piernas! – Os encontraremos una calesa para que dirijais desde ellas nuestros ataques, Vuestra Excelencia. – ?Vaya idea! Las piernas todavia me responden. Y bajo a su vez de la silla para caminar al lado del capitan a quien tenia afecto desde hacia muchos anos. – ?Que te ha parecido la jornada de ayer? – Que las hemos visto peores, Vuestra Excelencia. – Es posible, pero en cualquier caso no hemos conseguido destrozar el centro austriaco. – Hemos resistido. – Si, hemos resistido en la proporcion de uno contra tres, pero eso no basta. – A partir del amanecer tendremos tropas frescas y el ejercito de Davout. En cambio los austriacos no esperan ningun refuerzo. – Su ejercito de Italia… – Aun esta lejos. – ?Manana tenemos que vencer, Marbot, y no importa a que precio! – Si vos lo decis, asi sera. – ?No me aduleis, por favor! – Os he visto atacar cien veces, y el ejercito os quiere. – ?Los ofrezco a los canones y las bayonetas y me quieren! A veces ya no lo comprendo. – Es la primera vez que os veo dudar, Vuestra Excelencia. – ?Ah, si? En Espana tenia que dudar en silencio. – Ya llegamos… Por aquel lado de los vivaques de Massena no habia centinelas, y los dos hombres pasaron sin hacer ruido entre los soldados que dormitaban en el suelo. Cerca de una fogata vieron la alarga da silueta con la espalda curvada de Massena y, a su lado, la de Bessieres. Como Marbot iba adelantado, el mariscal Bessieres le reconocio por su sombrero de civil, que utilizaba porque, debido a una herida en la frente que recibio en Espana, no podia soportar el tradicional gorro de piel de los ordenanzas de Lannes. Bessieres creyo que venia solo y le espeto: – Capitan, ya que venis en busca de informes, os voy a dar uno. ?Volved y decid a vuestro amo que no olvidare sus insultos! Lannes, que tenia un temperamento ardiente, empujo a un lado a su edecan y se mostro a la luz del vivaque. – Senor -le dijo a Bessieres, conteniendo apenas la colera-, ?el capitan Marbot sabe arriesgar la vida y encajar los golpes! ?Habladle en otro tono! ?Le han herido diez veces, mientras que otros desfilan ante el enemigo! Bessieres alzo la voz, algo que no era nada propio de el. – ?Que yo desfilo? ?Y tu? ?No te he visto enfrentado a los ulanos! – ?Unos se baten y otros prefieren espiar y denunciar! La alusion era ruda pero clara. Lannes reavivaba su antigua enemistad. Cuando, al tomar el partido de Murat contra el suyo, Bessieres habia advertido que Lannes rebasaba en doscientos mil francos el credito para el equipamiento de la guardia consular que mandaba, Napoleon retiro en seguida ese mando a Lannes. Y Murat se caso con Caroline. Aquella noche, ante el pueblo de Aspern, que no cesaba de arder, el odio de los dos mariscales ya no tenia limites. – ?Es demasiado! -exclamo Bessieres-. ?Vas a rendirme cuentas! Massena, con los brazos cruzados, esperaba que la querella cesara, pero Bessieres habia desenvainado la espada, imitado al punto por Lannes, e iban a batirse en duelo. Massena se interpuso entre ellos. – ?Basta! – ?Me ha ofendido! -exclamo Bessieres, enfurecido. – ?Es un traidor! -rugio Lannes. – ?Ante el enemigo? ?Vais a destriparos ante el enemigo? ?Os ordeno que os separeis! ?Aqui estais en mi terreno! ?Envainad las espadas! Los dos hombres obedecieron a pesar suyo. Sin decir palabra, furioso y presa de temblores, Bessieres giro sobre sus talones y fue a reunirse con su tropa de caballeria. Massena tomo a Lannes del brazo. – ?Oyes eso? – ?No oigo nada! -replico Lannes. – ?Aguza el oido, pedazo de mula! En la noche, los pifanos tocaban una musica acompasada que Lannes reconocio sin dificultad y le hizo vibrar. – ?Tus hombres tocan La marsellesa? -pregunto a Massena. – No. Son los austriacos que estan acantonados en la planicie. La musica llega lejos. Se callaron para escuchar el antiguo himno del ejercito del Rhin, extendido en toda la Francia sublevada por los voluntarios de Marsella, que acompano a la Revolucion y a sus soldados has ta que llego el Imperio, cuando fue prohibido por decreto como una vulgar cancion sediciosa. Lannes y Massena evitaban mirarse. Recordaban sus exaltaciones pasadas. Ahora eran duques y mariscales, poseian tantas tierras y oro como los aristocratas, pero no hacia mucho que La marsellesa les habia sublevado, habian abandonado sus provincias para batirse mientras lo oian, ?y cuantas veces habian entonado aquellas estrofas a voz en cuello para infundirse valor? Sin poder evitarlo, Lannes tarareo las palabras del estribillo, acompanado por la musica que tocaba el enemigo, por provocacion o porque creian librar a su vez una guerra de liberacion contra el despotismo. Massena y Lannes pensaban en las mismas cosas, revivian las mismas escenas, experimentaban las mismas emociones, pero no se decian nada. Escuchaban con semblante serio, conmovidos, absortos. Habian sido jovenes, pobres y patriotas. Habian amado aquellas estrofas guerreras. Y he aqui que sus adversarios se les oponian con ellas como una injuria o un remordimiento. Estertores, quejas, gemidos, sollozos, gritos y aullidos… el canto de los heridos en la isla Lobau no tenia nada de nostalgico. Los enfermeros que ya no tenian sentimientos, vestidos con uniformes cuyas piezas estaban desparejadas, apartaban con las palmas los enjambres de moscas que se posaban en las heridas. Su largo delantal y los antebrazos goteaban sangre, y el doctor Percy habia perdido su llaneza. Sin descanso, en la choza de ramajes y canas bautizada con el nombre de ambulancia, sus ayudantes depositaban sobre la mesa que habian recuperado a los soldados desnudos y casi muertos. Los ayudantes que el doctor habia conseguido gracias a su insistencia, jamas habian estudiado cirugia, pero como el solo no se bastaba para atender a tanto lisiado y trataba tantas heridas diversas, indicaba con tiza, sobre los cuerpos contorsionados por el dolor, el lugar donde era preciso serrar, y los ayudantes improvisados serraban, a veces sobrepasaban las articulaciones, brotaba la sangre, atacaban el hueso al descubierto. Su paciente desfallecia y dejaba de agitarse. Muchos sucumbian asi a causa de un paro cardiaco o desangrados, pues por desgracia les habian seccionado una arteria. El doctor gritaba: – ?Cretinos! ?Es que nunca habeis trinchado un pollo? Cada operacion no debia exceder de veinte segundos, pues habia que practicar demasiadas. A continuacion, arrojaban el brazo o la pierna a un monton de brazos y piernas. Los enferme ros ocasionales bromeaban para no vomitar o desviar la vista: «?Otra pierna de cordero!», exclamaban al arrojar los miembros que habian amputado. Percy se reservaba los casos dihciles y trataba de volver a juntar, de cauterizar, de evitar la amputacion, de aliviar, pero ?como, con unos medios tan miserables? Dado que tenia la posibilidad de hacerlo, aprovechaba para instruir a los enfermeros mas espabilados: – ?Veis, Morillon? Aqui los fragmentos de tibia se traslapan y estan de nue… – ?Es posible volver a colocarlos en su sitio, doctor? – Lo seria si tuvieramos tiempo. – Hay muchos que esperan detras. – ?Lo se! – ?Que hacemos entonces? – ?Cortamos, imbecil, cortamos! ?Y eso me horroriza, Morillon! Se enjugo con un trapo el rostro empapado en sudor. Le dolian los ojos. El herido, mas bien el condenado, tuvo derecho a una linea de tiza que Percy trazo por encima de la rodilla, y le tendieron sobre la mesa donde, hacia muy poco, los campesinos austriacos debian de tomar la sopa. Un ayudante que sacaba la lengua serro, aplicandose en el seguimiento del trazo. Percy estaba ya inclinado sobre un husar reconocible por las bacantes, las patillas y la coleta. – Se declara la gangrena -mascullo el doctor-. ?La pinza! Un muchachote torpe le tendio una pinza goteante mientras se tapaba la nariz con un panuelo. Percy lo uso para arrancar las piltrafas quemadas, y vociferaba: – ?Si tuvieramos quinina en polvo, la haria macerar en zumo de limon, empaparia un tampon de estopa y lavaria todo esto! ?Podria aliviar, salvar! A este no, doctor, ha fallecido -dijo Morillon, con una sierra de carpintero ensangrentada en la mano. – ?Tanto mejor para el! ?El siguiente! Con un pico del delantal, Percy quito los gusanos que se habian infiltrado en la herida del siguiente, el cual deliraba, con los ojos en blanco. – ?Esta listo! ?El siguiente! Dos ayudantes, uno sujetandole por las axilas y el otro por los tobillos, depositaron al soldado Paradis sobre la mesa del cirujano. – ?Que tiene este muchacho aparte de un chichon? -No lo sabemos, doctor. – ?De donde viene? – Estaba con el grupo que han recogido cerca del cementerio de Aspern. – ?Pero no esta herido! – Tenia trozos de carne en la cara y la manga, y creyeron que le habia alcanzado un proyectil, pero el estropicio ha desaparecido al limpiarle la cara. – Bueno, ha recibido en pleno rostro el cuerpo de un camarada destrozado. De todas maneras, eso ha debido de afectarle la cabeza. Percy se inclino sobre el falso herido: -?Puedes hablar? ?Me oyes? Paradis permanecio inmovil pero farfullo para recitar su identidad: – Soldado Paradis, tirador, segunda compania de linea, tercera division del general Molitor a las ordenes del mariscal Massena… – No te preocupes, que no te vamos a enviar de nuevo alla abajo, ya no estas en condiciones de empunar un fusil. (A Morillon.) Este chico es robusto, id a vestirmelo, tengo ocupacion para el. El doctor y su ayudante pusieron a Paradis en pie, y el tirador en calzoncillos siguio a Morillon con docilidad. En el exterior, sobre montones de paja, los heridos a los que Percy consideraba condenados, por falta de medicamentos y material, tenian en la frente una cruz a tiza, para que no los confundieran con los recien llegados y no se corriera el riesgo de llevarlos por inadvertencia a la mesa de operaciones. Sin duda los agonizantes no verian el amanecer, estaban perdidos para la batalla y para la vida. Muy cerca, bajo una hilera de olmos, los proveedores de pacientes para las ambulancias habian dispuesto una especie de tienda donde revendian por su cuenta capotes, talegos, cartucheras y prendas de vestir, todo ello arrebatado a los cadaveres austriacos y franceses diseminados por la planicie. – Gordo Louis -dijo Morillon a un tipo pesado con un gorro en la cabeza-, vas a equiparnos a este mozo. – ?Tiene dinero? – Es una orden del doctor Percy. Gordo Louis suspiro. Toleraban su comercio, pero si se negaba a obedecer al medico, este podria prohibirle vender los efectos militares que recuperase. Hizo a reganadientes lo que le pe dian y Paradis se vio emperifollado con unos pantalones verdes ribeteados de amarillo, unas botas demasiado grandes, una camisa con la manga derecha arrancada y un chaleco de jinete de caballeria ligera que se abrocho con dificultad. Morillon le integro en un equipo de cantineros encargados del caldo para los heridos. La cena era menos basta en la mesa del emperador, puesta en su vivaque, en la cabeza del puente pequeno. Los pinches hacian girar las aves ensartadas en los espetones sobre un fuego de ramitas, y las pieles chisporroteaban, se doraban, olian bien. El senor Constant habia dispuesto sus caballetes, sus manteles y faroles bajo un bosquecillo, de modo que no se viera el cortejo de los desgraciados que llevaban al doctor Percy y que, si no perecian antes, tendrian en seguida algun miembro serrado. Cenaban tranquilos, olvidando por un instante los canones. Lannes se sentaba a la derecha del emperador, quien le habia invitado para engatusarle. El mariscal habia contado su altercado, modificando la verdad en su beneficio, y Napoleon habia convocado a Bessieres para sermonearle vivamente antes de despedirle. Bessieres habia sido el ofendido, pero se convertia en el ofensor porque Su Majestad asi lo habia decidido y porque le encantaba esa clase de injusticia para templar a quienes le rodeaban dando abrazos o bofetadas sin razones evidentes, segun su antojo. En vez de reconciliar a los dos mariscales, los dividia aun mas, atizaba su odio, pues tenia necesidad de sentirse el unico juez en toda circunstancia, el unico recurso, y de que sus duques no se entendieran demasiado entre ellos para que un dia no se entendieran contra el. El mariscal Lannes, entristecido por la ultima querella, era ajeno a estas consideraciones y el, que de ordinario era un devorador de pollos en serie, mordisqueaba con desgana un muslo dorado. Preferia entregarse a los pensamientos melancolicos, se complacia en ellos. Imaginaba que estaba en otro lugar, con su mujer, en una de sus casas, o cabalgando sin peligro en Gascuna, hecha su fortuna y en paz. El emperador volvio a escupir huesos de pollo a la hierba y observo el talante taciturno de su mariscal. -?No tienes hambre, Jean? – He perdido el apetito, Sire… – ?Se diria que estas de morros como una chiquilla reganada! Basta! ?Manana Bessieres te obedecera y ganaremos esta punetera batalla! El emperador despedazo con los dedos el ave asada que tenia delante, le clavo los dientes y, con la boca llena, tras haberse limpiado los labios con la manga y los dedos con el mantel, explico a Berthier, Lannes y su estado mayor el metodo que iban a seguir. – Decidme, Berthier, con las tropas que van a franquear el puente grande, ?cuantos hombres podremos emplear? – Cerca de sesenta mil, Sire, sin olvidar los treinta mil de Davout que deberian haber llegado a Ebersdorf. – ?Davout! ?Que le apremien! ?Y los canones? – Ciento cincuenta piezas. – Bene! Lannes, embestiras el centro austriaco con las divisiones Claparede, Tharreau y Saint-Hilaire. Bessieres, Oudinot, la caballeria ligera con Lasalle y Nansouty esperaran que abras una brecha para penetrar, y luego regresaran hacia las alas enemigas concentradas ante los pueblos… El emperador hizo un gesto a Constant, el cual le puso la levita sobre los hombros, pues estaba refrescando. Caulaincourt le sirvio un vaso de chambertin, y Napoleon siguio diciendo: – Con el apoyo de Legrand, Carra-Saint-Cyr y los tiradores de mi guardia, Massena volvera a tomar una posicion mas firme en Aspern. Los tiradores de Molitor permaneceran en reserva, esos hombres se lo han merecido. Boudet defendera Essling. El emperador bebio y, levantandose, se despidio de sus invitados. Lannes se marcho solo, con el bicornio bajo el brazo. Tenia tan poco sueno como apetito. Cruzo el puente pequeno, atestado de heridos, para dirigirse a la casa de piedra donde habia reposado la vispera en brazos de Kosalie, pero aquella noche el pabellon de caza estaba vacio. La joven habia vuelto a cruzar el puente antes de que se rompiera, la vispera, a primera hora. A el le hubiera gustado hacerle un regalo, una crucecita de plata cincelada y con incrustaciones de diamantes que llevaba al cuello desde que estuvo en Espana, y este pensamiento le hizo remontarse a unos meses atras, cuando estaba en Zaragoza y un capellan espanol que protegia el relicario de Nuestra Senora del Pilar le ofrecio un tesoro a cambio de la vida de sus monjes. Tenia una fortuna que se aproximaba a los cinco millones de francos: coronas de oro, un pectoral de topacio, una cruz de la orden de Calatrava, de oro esmaltado, retratos, la crucecita… Se abrio la guerrera y la camisa, cogio la joya con la mano derecha y le dio un tiron seco para romper la cadena. Se dirigio a la orilla arenosa y arrojo el objeto con todas sus fuerzas a las aguas del Danubio que no dejaban de crecer. Entonces permanecio largo tiempo ante el rio que rugia. En la misma ribera de la isla Lobau, cerca de un kilometro mas al oeste, en la maleza donde desembocaba el gran puente flotante, Lejeune y su amigo Perigord aguardaban el final de los trabajos de consolidacion. Los pontoneros y marinos de la Guardia no habian dejado de trabajar en el. Algunos hombres se habian ahogado sin que pudieran evitarlo las precauciones y la pericia. A decir verdad, faltaban materiales y, en vez de construir, se hacian chapuzas. Los dos edecanes de Berthier contemplaban desolados el impetu incesante de las aguas, los remolinos, las olas y el aspecto del macareo, los troncos arrancados que se estrellaban contra la fragil construccion. Tendrian que haber alzado estacadas corriente arriba, esa especie de diques formados por pilotes y cadenas capaces de domar la corriente, de retener a los arboles arrastrados y las terribles barcas triangulares que seguian enviando los austriacos, o aminorar su velocidad. Aquellos proyectiles eran todavia mas temibles por la noche, a pesar de los faroles colgados de astas, a pesar de las antorchas. Cuando divisaban un islote de follaje o arboles transformados en arietes por la velocidad, casi siempre era demasiado tarde y tenian dificultades para desviarlos de su rumbo. Era preciso reparar continuamente lo que acababan de reparar y las obras se eternizaban. De repente, Lejeune distinguio unas formas extranas y moviles que parecian debatirse en las aguas oscuras y agitadas. Se pregunto que habrian inventado esta vez los estrategas del archiduque, pero reconocio todo un rebano de ciervos a los que la inundacion habia expulsado del bosque e iban a la deriva, con la cabeza y la cornamenta por encima del agua. Algunos animales se enredaban en los cordajes, otros eran arrojados a la isla, y cada uno, al verlos, se decia: «He ahi una carne que nos llega a punto». Un gran ciervo habia conseguido levantarse de entre las canas y se sacudia el agua, confiado como un animal domestico, a pocos pasos de Lejeune. En seguida le rodearon unos soldados de regimiento desconocido, pues estaban en mangas de camisa, pero armados con bayonetas que sostenian como si fuesen cuchillos. Perigord y Lejeune se aproximaron al grupo. El ciervo les miraba con una lagrima en la comisura de un ojo, comprendiendo que su muerte era inminente. – Que curioso es -observo Perigord-. Lo he constatado cien veces en la caza de monteria, el ciervo acosado se pone rigido, se muestra orgulloso y lagrimea para enternecer al cazador. – Edmond, vos que teneis modales -dijo Lejeune- intentad por lo menos matar limpiamente a este animal. – Teneis razon, querido mio, esos bribones solo saben matar hombres. Perigord empujo al circulo de soldados. – El animal esta agotado, senores, pero dejadme hacer. Se como actuar para que la carne no se estropee. De un buen tajo de espada, Perigord degollo al ciervo, al cual le temblaron las patas delanteras antes de derrumbarse, la lengua afuera y los ojos abiertos, con aquella lagrima persistente. Los soldados se apoderaron de su presa y la cortaron en cuartos para asarlos. Estaban hambrientos. Lejeune dio media vuelta y su amigo le siguio tras haber limpiado la espada en la hierba. Un brigada hirsuto llego a la carrera y les comunico: – ?Terminado! El puente esta en condiciones. – Molto tiene -replico Perigord, imitando la voz del emperador. – Gracias -dijo Lejeune, complacido porque podia enviar un correo a Viena con su carta para Anna. – ?Venis, Louis-Francois? Vamos a informar a Su Majestad. Montaron los caballos que sus caballerizos mantenian algo mas lejos, en un claro reservado a los oficiales. Estos no cantaban como la vispera. Acostados sobre sus mantos, contemplaban un cielo sin estrellas y el ultimo recorte del cuarto menguante de la luna. Otros acariciaban el cesped distraidamente, como si fuese un lomo de gato o una cabellera femenina. Descansaban sonando en la vida civil. El emperador estaba en su vivaque, las manos a la espalda, en pie ante los mapas que Caulaincourt habia sujetado con piedras para que el viento no se los llevara. Meditaba en la batalla inminente y la suerte le parecia favorable. A los mismos austriacos fatigados por una jornada de combate iba a oponer unas tropas nuevas y despiertas. Las lanzaria todas en la ofensiva, alli donde el enemigo era mas debil y menos numeroso, en el centro, como lo habia anunciado a su estado mayor durante la cena. Cuando Lejeune y Perigord se presentaron para anunciarle que el puente grande estaba por fin bien asentado, ni siquiera se mostro contento. Aquello estaba previsto. Los acontecimientos se iban desarrollando de acuerdo con su plan, que el modificaria segun las circunstancias y con su rapidez acostumbrada. Napoleon se sentia fuerte. Ordeno que las tropas de la orilla izquierda cruzaran el Danubio y se reunieran en las inmediaciones de la planicie. Caulaincourt y su mameluco Roustan le ayudaron a encaramarse a un caballo para poder asistir al desfile de sus nuevos regimientos. En aquel momento sono un disparo y una bala, que paso rozando al emperador, se estrello contra la corteza de un olmo. Hubo un momento de panico. Un tirador austriaco, oculto a menos de doscientos metros, habia apuntado al turbante de muselina blanca del mameluco. – ?Por que os sobresaltais? -inquirio el emperador-. ?Cuando uno oye silbar una bala es que no le ha alcanzado! Su sequito cerro filas a su alrededor, y partieron hacia el puente grande. En medio de aquel grupo de jinetes con uniformes bordados de oro, a los que pidio, para la puesta en escena, que se quitaran los sombreros con penachos de plumas y saludaran a los refuerzos, el emperador contemplo la llegada de sus soldados. Primero pasaron las tres divisiones de granaderos bajo el mando de Oudinot, luego la division del conde Saint-Hilaire, las tres brigadas de coraceros y carabineros dirigidas por Nansouty, la otra parte de la Guardia Imperial y, finalmente, la artilleria, mas de cien canones, y bajo el peso de las cajas y los armazones los presentes vieron que el suelo del puente descendia bajo el niveldelagua. A las tres de la madrugada los austriacos reanudaron el bombardeo. A las cuatro, con las primeras luces, se inicio de nuevo la batalla. Capitulo quinto . SEGUNDA JORNADA «?Que paz la de la muerte! Como Ifigenia, lamentare la luz del dia, no lo que esta ilumina.» Demi jour, JACQUES CHABDONNE La planicie estaba cubierta de bruma. Un sol rojo, que se alzaba en el horizonte, coloreaba el campo con una luz de sangre. Aspern seguia ardiendo. Un viento persistente acarreaba espesos torbellinos de humo negro y acre. En los vivaques algunos hombres acurrucados se calentaban alrededor de las brasas. El coronel Sainte-Croix sacudio el hombro de Massena, el cual habia dormido dos horas entre unos arboles talados. El mariscal se levanto, despojandose de su manto gris, bostezo, se estiro y miro a su ayudante de campo bajando la cabeza, pues el joven no era mucho mas alto que el emperador, pero mas delgado, rubio, imberbe como una senorita. Al verle nadie habria imaginado su energia. – Acabamos de recibir municiones y polvora, senor duque -le dijo. – Decid que las distribuyan, Sainte-Croix. – Ya lo he hecho. – Entonces ?volvemos alla? – El cuarto de infanteria de linea y el vigesimocuarto ligero estan cruzando el puente pequeno y marchan para reunirse con nosotros. – Ataquemos primero, hay que aprovechar esta niebla para tomar de nuevo la iglesia. Que Molitor reuna a los supervivientes de su division. Los tambores llamaron a concentracion, los batallones volvieron a formar, llegaban caballos bien domados incluso sin sus jinetes. Massena detuvo el caballo pardo de un husar que debia de estar agonizando en la planicie, lo monto sin ayuda, ajusto la brida a su mano y le hizo caracolear en direccion a Aspern. A su alrededor los hombres se vestian, frioleros, entumecidos tras haber dormido muy poco y mal, y se deslizaban a tientas hacia los pabellones para recoger sus armas. Sumisos por la fatiga y la fatalidad, no hacian ningun ruido, no decian nada, y se habria dicho de ellos que eran sombras. Siguieron a Massena, que avanzaba hacia el final de la larga calle. No se veia nada a diez metros de distancia. La iglesia, que albergaba desde la vispera una brigada del baron Hiller, al mando del general Vacquant, se habia perdido en la humareda y la bruma. Solo resonaban los sonidos de cascos y pisadas. Massena desenvaino la espada e indico con la punta, en silencio, el camino que debian seguir los supervivientes de la division Molitor. Estos, en columnas, avanzaban ante las casas de ambos lados y se reagrupaban detras de los arboles o las ruinas que rodeaban la plaza principal. – ?Veis lo mismo que veo, Sainte-Croix? -Si, senor duque. – ?Esos canallas han demolido el muro del cementerio y del recinto! ?Solo se les puede atacar al descubierto! ?Que os parece? – Que es preciso esperar a las tropas de Legrand y de CarraSaint-Cyr, para tener por lo menos la ventaja del numero. – ?Y la niebla se levantara! ?No! Esta niebla nos protege. ?Que se emprenda el asalto! Un millar de tiradores todavia con sueno se lanzaron a la carrera contra la iglesia transformada en ciudadela. En plena niebla, con las bayonetas de punta, a veces tropezaban con los cada veres de la vispera o caian en los agujeros abiertos por los obuses. Los austriacos habian previsto el asalto y replicaban disparando desde todas partes, incluso desde el campanario a medias calcinado. Una y otra vez los soldados caian de bruces. En aquel momento, entre las tumbas del cementerio y el muro bajo, se diviso un comandante a caballo que alzaba una bandera con franjas doradas. Una tropa compacta le rodeo y, tras un grito, echaron a correr hacia los tiradores para ensartarlos. En el cuerpo a cuerpo todo esta permitido, y unos sostenian sus fusiles como si fuesen mazas, otros como hoces o mechadores, y se destripaban rugiendo. Algunos esperaban un instante antes de abalanzarse. Los hombres caidos al suelo quedaban en seguida inmovilizados, los demas chapoteaban entre los intestinos, ya no escuchaban los estertores, mataban para que no les matasen, chocaban, se desgarraban con unas y dientes, se cegaban arrojandose tierra y, debido a la niebla que los envolvia, los combatientes siempre se daban cuenta del peligro demasiado tarde. Massena consultaba un reloj y Sainte-Croix rabiaba de impaciencia: – ?Nuestros hombres pierden pie, senor duque! – ?Senor duque, senor duque! ?Dejad de martirizarme el oido con vuestros senor duque! ?Duque de que, eh? ?De un villorrio italiano, de un simbolo? (Y en un tono burlon.) ?Yo no os llamo sin cesar senor marques, mi querido Sainte-Croix! Sainte-Croix apretaba con tanta fuerza la empunadura de su espada que los dedos le palidecian. En efecto, su padre era marques y habia sido embajador de Luis XVI en Constantinopla, pero el, a quien su familia destinaba a la diplomacia, siempre se habia sentido atraido por la vida militar. Muy joven habia estado bajo las ordenes de Talleyrand, antes de enrolarse por recomendacion en uno de aquellos regimientos que el emperador habia formado con antiguos nobles y emigrados. Massena se habia fijado en el y lo habia incorporado a su sequito. – Vigilad esos nervios, Sainte-Croix, si os gusta mandar. ?Habeis visto retroceder a cien tiradores? Yo tambien. – ?Yo podria hacer que volvieran a la batalla, si Me dierais la orden! – Tambien yo podria, Sainte-Croix. Y Massena explico al joven coronel que se trataba de utilizar a los austriacos igualmente agotados por una jornada de combates, mientras aguardaban a los regimientos frescos. Sainte-Croix tenia veintisiete anos, y mas impetuosidad que experiencia, pero comprendio en seguida. Poseia un verdadero talento para la gloria. Los relatos de la Iliada le habian conmovido en su infancia. Durante largo tiempo habia querido igualar a Hector, Priamo, Aquiles, habia imaginado sus luchas con jabalina bajo las murallas ocres de Troya, cuando los dioses se hacian complices de aquellos gigantes feroces, magnificos y agiles por pesado que fuese el metal de sus cotas y grebas. Esa manana creia divisar a Aquiles, con su manto de piel de lobo, su casco adornado con colmillos de jabali, aquel glorioso tunante cuyas mentiras admiraba la diosa Atenea. Entonces Sainte-Croix oyo el redoble de los tambores y volvio la cabeza. Los penachos rojos salian de la bruma. Eran los fusileros de Carra-Saint-Cyr que llegaban. Lejeune tenia la desagradable impresion de que se hundia en una nube gris. Ya no reconocia el camino recorrido cien veces la vispera entre la isla Lobau y Essling. Arboles y setos surgian ante su caballo en el ultimo momento y habia perdido sus puntos de referencia. Avanzaba al paso y se guiaba por los ruidos mas proximos. Alertado por un rumor a su izquierda, sin duda por el lado de la planicie cubierto de niebla, desenvaino la espada y se mantuvo inmovil. Una masa borrosa se movia cerca de el. La interpelo en frances y en aleman, pero, como no obtuvo respuesta alguna, imagino un peligro y se abalanzo contra aquella forma indecisa dando sablazos en todas direcciones. No habia mas que un voluminoso matorral azotado por el viento. Cubierto por las hojas y las ramitas que habia cortado, Lejeune se sentia aliviado y ridiculo. Finalmente vio un resplandor, hacia el que se encamino con prudencia, sin soltar la espada. El resplandor desaparecio cuando se aproximaba. En la bruma que empezaba a convertirse en jirones de vapor, se encontro con un grupo de coraceros que extinguian, pisoteandola, la fogata que les habia calentado por la noche. – ?Soldados! -les dijo Lejeune-. ?He de ir a Essling por orden del emperador! Senaladme el camino mas corto. – Habeis avanzado demasiado por la planicie -replico un capitan con las mejillas oscurecidas por una barba de varios dias-. Os dare una escolta para guiaros. Por aqui mis hombres se orientan incluso con los ojos vendados. El capitan Saint-Didier gruno mientras se abrochaba el cinturon. A un centenar de metros los vivaques todavia brillaban, a pesar de la consigna. – ?Brunel! ?Fayolle! ?Y tu, y vosotros dos de ahi! ?Id a confirmar a esos imbeciles que es preciso apagar todos los fuegos! – Yo les acompano -dijo Lejeune. – Como gusteis, mi coronel. Despues os llevaran a Essling… ?Fayolle! ?Poneos la coraza! – Se cree invulnerable, mi capitan -dijo el coracero Brunel, subiendo de un salto a su caballo. – ?Basta de pamplinas! -gruno Saint-Didier y, en un tono mas bajo, se dirigio a Lejeune-: No puedo tomarmelo a mal, la muerte de nuestro general los ha trastornado… Mientras Fayolle cerraba su coraza, Lejeune le miraba. Habia tenido unas palabras con aquel mozo que esperaba saquear la casa de Anna, incluso le habia golpeado. El soldado, que no le habia reconocido, tomo la carabina con un gesto maquinal y monto a caballo. Los seis jinetes partieron hacia los vivaques iluminados. Cuando estaban bastante cerca y las siluetas se dibujaban mejor, identificaron los uniformes pardos de la Landwehr. Un grupo comia alubias directamente del caldero, otros brunian los fusiles con manojos de hojas. Los austriacos no se percataron a tiempo de que estaban rodeados de jinetes franceses y, como los creian mas numerosos, se levantaron mostrando sus manos sin armas. Antes de que Lejeune hubiera podido dar una orden, Fayolle espoleo a su caballo y se arrojo contra los austriacos. De un disparo de carabina destrozo el craneo del primero y luego, con el sable, corto de golpe la mano levantada del segundo. – ?Detened a ese loco! -ordeno Lejeune. – Esta vengando a nuestro general-dijo Brunel, con una sonrisa angelica muy ironica. Lejeune lanzo a su caballo contra el de Fayolle y, por la espalda, cuando el otro iba a descargar su sable sobre un austriaco acurrucado en el suelo, le agarro la muneca y se la retorcio. Los dos hombres se encontraron cara a cara, jadeando, y Fayolle solto un bufido. – ?No estamos en el baile, mi coronelito! – ?Calmate o te mato! Lejeune apunto la pistola de arzon que sostenia en la mano izquierda a la garganta del coracero. – ?Todavia quieres romperme los dientes? – Me muero de ganas. – ?No te andes con chiquitas, aprovechate de tus galones! – ?Idiota! – Mas tarde o mas temprano… lo mismo me da. – ?Idiota! Fayolle movio bruscamente un hombro y su caballo se hizo a un lado. Durante este corto altercado, los coraceros habian reagrupado a sus prisioneros sin defensa. Tres de ellos habian logra do escabullirse durante el enfrentamiento de los dos franceses, pero los otros se dejaron prender, en absoluto disgustados porque ya no tenian que batirse. – ?Que hacemos con estos pajaros, mi coronel? -pregunto Brunel, quien habia desmontado para probar las alubias del caldero. – Llevadlos al estado mayor. – ?Y vos? ?Ya no os conducimos al pueblo? – No tengo necesidad de una tropa, y ese conoce el camino. Lejeune senalo a Fayolle, el cual recobraba el aliento, inclinado sobre el cuello de su montura. Tras confiar el grupo de prisioneros a los coraceros, Lejeune siguio al soldado Fayolle, que cabalgaba entre las capas de bruma. Al pie de una colina se cruzaron con los impecables batallones de tiradores de la joven Guardia, con el arma en el portafusil, polainas blancas y chacos provistos de un largo penacho blanco y rojo, y luego una division del ejercito de Alemania que ascendia en silencio hacia la planicie. Oyeron restallar los latigos de los conductores del convoy de artilleria, divisaron sus guerreras azul claro y las charreteras de lana roja de los artilleros que remolcaban decenas de canones. Finalmente marcharon a lo largo de las interminables columnas de infanteria que mandaban Tharreau y Claparede. Fayolle se detuvo para ceder el paso a unos cazadores montados que iban a reunirse con la caballeria de Bessieres. La niebla se disipaba y ya se veian bien las primeras casas quemadas de Essling. – No voy mas adelante, mi coronel -dijo Fayolle, sin mirar a Lejeune. – Gracias. Esta noche celebraremos la victoria, te lo prometo. – Bah, eso a mi no me beneficiara en nada, formo parte del ganado… – ?Vamos, hombre! – Cuando veo ese pueblo destrozado, tengo unas curiosas impresiones. – ?Tienes miedo? – No tengo un miedo normal, mi coronel. No es temor, no se que es, es como un destino espantoso. – ?Que hacias antes? – Nada o poca cosa, era trapero, pero tanto el gancho como el sable son oficios sucios con los que ganas una miseria. Mirad, ahi esta el mariscal Lannes que sale de Essling… Y Fayolle volvio grupas. Lannes cabalgaba con los generales Claparede, Saint-Hilaire, Tharreau y Curial. Calzado con botas polvorientas, acampado ante los muros del tejar con su estado mayor, el emperador estaba cruzado de brazos y sonreia a la niebla que se dispersaba. Tenia la impresion de que gobernaba los elementos, puesto que aquel mal tiempo era su aliado. En el pasado habia sabido utilizar el invierno, los rios, las sierras y los valles para llevar a cabo golpes rapidos y fulminar a sus enemigos. Hoy, gracias a aquella pantalla de bruma que velaba todavia el campo, su ejercito podia aparecer en bloque ante los austriacos en la explanada que separaba los pueblos. Lejeune habia llevado sus ordenes al mariscal Lannes, y se distinguian las masas de infantes que maniobraban en cuadro en la pendiente del talud. El hierro de los sables alzados y de las bayonetas, los dorados de los generales, las aguilas de las banderas brillaban bajo el sol naciente. Los tambores redoblaban y se respondian de un regimiento a otro, se mezclaban, confundian sus ritmos, crecian como un trueno permanente y acompasado. Los escuadrones seguian en segunda linea, formados en la parte baja de los pequenos valles, lanceros azules de Varsovia, husares, guardias de corps de Saxe y Napoles, cazadores de Westfalia. Al ver tal espectaculo, Napoleon pensaba que ya no eran gentes de Baden, gascones, italianos, alemanes, loreneses, sino una sola fuerza ordenada que se movia para derrotar con su fuerza de choque a las debilitadas tropas del archiduque. Poco antes los coraceros de patrulla habian conducido a los prisioneros de la Landwehr, con sus curiosos sombreros provistos de hojas, ante el emperador, el cual los habia interrogado, y el general Rapp, un alsaciano que conocia su lengua, sirvio como interprete. Habian indicado y nombrado sus unidades, evocado su fatiga, sus debilidades, su falta de conviccion. Asi pues, Lannes iba a lanzar veinte mil soldados de infanteria entre la guardia de Hohenzollern y la caballeria de reserva mandada por Liechtenstein, aquel principe que el emperador habria querido como embajador en Paris. Por fin la iglesia de Aspern habia sido conquistada y Massena consolidaba su posicion. Perigord, procedente de la isla Lobau, confirmo la llegada de los treinta mil hombres de Davout, que avanzaban en aquel momento hacia Ebersdorf, en la otra ribera del Danubio, y franquearian el puente grande al cabo de una hora. Todo parecia cenirse a los planes de la ofensiva concebidos durante la noche. Los seis mil jinetes de Bessieres irian a meterse en la brecha abierta por Lannes para envolver al enemigo de costado, mientras que Massena, Boudet y Davout saldrian al mismo tiempo de los pueblos para atacar las alas contrarias. El emperador calculaba que antes del mediodia la victoria seria suya. Puesto que era consciente de la influencia que tenia sobre sus hombres, y sabia aprovecharla, Napoleon decidio mostrarse ante las columnas extendidas. Al verle, los hombres se animarian y su valor se multiplicaria. Pidio que le preparasen su caballo gris mas docil, subio a un pequeno taburete que le habian desplegado y monto en la silla. – Sire -le dijo Bethier-, nuestras tropas estan en marcha, sera mejor que os quedeis aqui, desde donde dominamos el conjunto del campo de batalla… – ?Mi cometido es el de embrujarlos! Debo estar en todas partes. Esos hombres me siguen por el afecto que me tienen. – ?Por piedad, Sire, permaneced fuera del alcance de los canones! – ?Ois los canones? Yo no. Han retumbado para despertarnos al amanecer, pero despues se callan. ?Veis esa estrella? – No, Sire, no veo ninguna estrella. – Alla arriba, no lejos de la Osa Mayor. – No, os aseguro… – ?Pues bien, Berthier, mientras la vea yo solo, seguire mi camino y no aceptare ninguna observacion! ?Vamos! ?Vi mi estrella cuando parti hacia Italia con vos. La vi en Egipto, en Marengo, en Austerlitz, en Friedland! – Sire… – ?Me fastidiais, Berthier, con vuestra prudencia de vieja dama! ?Si tuviera que morir hoy, lo sabria! El emperador partio, las riendas flotantes, seguido de cerca por sus oficiales. Cerraba el puno sobre un escarabajo de piedra que no abandonaba jamas desde la campana de Egipto, un amu leto de buena suerte recogido en la tumba de un faraon. Tenia la sensacion de que la fortuna estaba de su parte. Sabia que una batalla era parecida a una misa, que exigia un ceremonial, que las aclamaciones de las tropas que partian hacia la muerte reemplazaban a los canticos, y la polvora al incienso. Se santiguo apresuradamente dos veces, a la manera de los corsos cuando toman una dincil decision. Los granaderos de la Vieja Guardia le acogieron con un clamor electrico, dispuestos detras y a la izquierda del tejar. Al verle, el general Dorsenne alzo el bicornio y grito: «?Presenten armas!», pero los veteranos pusieron sus gorros de piel de oso o sus chacos en la punta de las bayonetas mientras gritaban el nombre del emperador. En medio de las tropas dispuestas en el lindero de la planicie, el mariscal Lannes daba instrucciones a sus generales. – El tiempo se despeja, senores, id a ocupar vuestros puestos. Oudinot y sus granaderos a la izquierda del frente, y luego Claparede, Tharreau en el centro, y vos, Saint-Hilaire, a la derecha, delante de Essling. – ?No esperamos al ejercito del Rhin? – Ya esta aqui. Davout vendra de un momento a otro para apoyarnos. El conde Saint-Hilaire tenia un perfil de medalla romana, los mechones de cabello cortos y caidos sobre la frente, el cuello hundido en el de la guerrera, muy alto y bordado. Erguido en su caballo caprichoso, cuya rienda sostenia con firmeza, partio para reunirse con sus cazadores, una cohorte con uniformes de fantasia solo identificables por sus charreteras de lana verde. Se detuvo ante la linea de los tambores, reparo en uno que le parecia un nino e interrogo al comandante, un coloso de altura realzada por el gorro empenachado, el uniforme resplandeciente, sobrecargado de guirnaldas y adornos desde el cuello hasta las botas. – ?Que edad tiene ese rapaz? – Doce anos, mi general. – ?Y que? -gruno el jovencito. – ?Como que «y que»? Creo que tienes mucho tiempo para hacer que te maten. ?A que viene tanta prisa? – Ya he estado en Eylau y he tocado la carga de Ratisbona, y no he sufrido ni un rasguno. – Yo tampoco -replico Saint-Hilaire, riendose, pero mentia, olvidandose de una herida recibida en la planicie de Pratzen, en Austerlitz. Desde lo alto de la silla de montar miraba al chiquillo sentado en el tambor de piel de vaca, casi tan alto como el. – ?Como te llamas? – Louison. – No te pregunto el nombre de pila sino el apellido. – Todo el mundo me llama Louison, senor general. – ?Pues bien, Louison, saca tus palillos de la bandolera y toca como en Ratisbona! El muchacho obedecio. El tambor mayor alzo su baston de junco con empunadura de plata y los demas se pusieron a tocar al unisono con el chiquillo. – ?Adelante! -ordeno Saint-Hilaire. – ?Adelante! -grito mas lejos el general Tharreau a sus hombres. – ?Adelante! -grito Claparede. El ejercito avanzaba por los trigales verdes. La bruma se disipaba en jirones, y los austriacos descubrieron a la infanteria de Lannes cuando marchaba contra ellos. El mariscal llego al galope y se puso a trotar al lado de Saint-Hilaire. Alzo su espada y la division emprendio el paso de carga, precedido por Louison, que tocaba como un demente sobre la piel del tambor, persuadido de que tambien el tenia algo de mariscal. Sorprendidos por el vigor y la brusquedad del ataque, los soldados de Hohenzollern intentaron replicar, pero los cazadores pasaban por encima de sus camaradas caidos y arremetian a la ba yoneta. Bajo la arremetida, las primeras lineas austriacas retrocedieron una vez y otra mas: detras del tropel de infantes atisbaban las bocas de cien canones que les apuntaban desde la cresta del glacis. En lo mas encarnizado de la batalla, Lannes perdio sus dudas. No era mas que un guerrero. Se desganitaba, gesticulaba entre sus hombres, a los que impulsaba siempre adelante. Al darles ejemplo los entusiasmaba, los deslumbraba, paraba los golpes del enemigo, incluso le arrancaron una condecoracion del pecho. Hele ahi lanzando su nervioso caballo contra unos artilleros, a los que espanta, arrolla y golpea furiosamente con el sable. Hele ahi que embiste un cuadro contrario, oye silbar las balas sin hacerles caso, se apodera de una bandera amarilla con un diseno complicado y ensarta a un teniente con la punta dorada del asta. Saint-Hilaire acude en su ayuda y clava su espada en la espalda de un granadero vestido de blanco. Los dos hombres luchan, espantan, inflaman a sus soldados hasta tal punto que los enemigos, que primero se habian retirado con metodo, empiezan a perder la cabeza, como se observa en su desorden al replegarse, en las brechas que ofrecen cuando se dispersan por los campos pisoteados. – Ganamos, Saint-Hilaire -dijo Lannes, jadeante, y senalo una escena que tenia lugar en la retaguardia del ejercito austriaco: a cien metros, los oficiales provistos de palos golpeaban a los fugitivos para que volvieran a las filas. – El emperador tenia razon, Vuestra Excelencia -respondio Saint-Hilaire, sin bajar la guardia. – El emperador tenia razon -repitio Lannes, mirando a su alrededor. Y su furia homicida iba en aumento, corrian riesgos enormes, mataban y ellos seguian indemnes, parecian invulnerables. De repente llego la caballeria de Liechtenstein con las espadas desenvainadas, para liberar a sus compatriotas en desbandada, pero los cazadores los recibieron con un fuego violento y luego los coraceros enviados por Bessieres se les enfrentaron para rechazar su ataque. Durante largo tiempo se oyo el estrepito metalico de las corazas golpeadas por los sables. «?Lo mismo que en Eckmuhl!», pensaba Lannes. «Su caballeria solo sirve para cubrir a la infanteria derrotada. ?Mi amigo Pouzet, mi hermano, mi maestro, diria que son muy timidos o que no estan demasiado convencidos! ?Esta noche lo celebraremos en Viena!» Penso en la hermosa Rosalie, en sabanas limpias, en una cena copiosa, en un sueno sin pesadillas. Penso tambien en la duquesa de Montebello, que se habia quedado en Francia, vio su semblante y su sonrisa, y murmuro: «?Ah!, Louise-Antoinette…». Y blandio la espada para proseguir la matanza. Berthier, el mayor general, habia enviado a Lejeune ante Davout para que apresurase la marcha. Durante el camino, el coronel, que se habia llevado consigo a su ordenanza, le encargo: – Sigueme por la orilla derecha. Te vienes a Viena y entregaras esta carta a la senorita Krauss. – Sera un placer, mi coronel -dijo el ordenanza, encantado de una mision facil lejos de la batalla. Se guardo la carta bajo el dorman y precedio a su oficial por el puente grande. – ?No tan rapido, imprudente! El fragor del rio cubrio la voz de Lejeune y su ordenanza, ya muy lanzado, no le oyo. Cabalgaba al trote largo, y mas de una vez el coronel creyo que aquel imbecil caeria al agua, con el caballo y la carta, pues el Danubio, al azotar el puente grande, lo balanceaba, pero no, el ordenanza casi habia llegado al otro lado. Se volvio en la silla, alzo la mano enguantada para saludar a su coronel, el cual le respondio, y clavo ambas espuelas en los flancos de su montura para tomar la ruta de Viena, en sentido contrario a la marcha del ejercito del Rhin. En el horizonte, por encima de las ultimas y ligeras franjas de bruma, Lejeune entrevio el largo campanario de San Esteban y se tranquilizo, pues por fin su carta llegaria a Anne. Contemplo la orilla derecha, por donde avanzaban las interminables columnas de Davout, un convoy de artilleria y carros de municiones y viveres. Algunos cazadores a caballo, de uniforme verde oscuro, con sus gorros de pelo negro, redondos como bolas y encasquetados en la frente, se adelantaban por las primeras tablas del puente. Lejeune empujo a su caballo con las rodillas para ponerlo al paso e ir al encuentro de aquellos hombres sin resbalar en las tablas mojadas y a veces desparejas del piso. Desde la vispera, pontoneros y zapadores se habian organizado para frenar la carrera de los maderos, troncos y brulotes que los austriacos seguian lanzando a la corriente. En cuanto se producia un dano, se apresuraban a hacer un remiendo. Lejeune no presto atencion a ese trabajo convertido en una rutina. Estaba llegando a la mitad del puente cuando le sobresaltaron unos alaridos. Delante de el, los jinetes se habian detenido y contemplaban el rio corriente arriba. Los gritos procedian de un equipo de carpinteros de armar instalados en uno de los pontones de sosten. Clavaban y consolidaban unas amarras. Lejeune bajo del caballo y se asomo. -?Que pasa ahora? – ?Que van a lanzarnos casas para romper nuestro puente! – ?Casas? – ?Si, mi coronel! – Vedlo con vuestros propios ojos -le dijo un oficial de ingenieros, despechugado y con un mostacho muy poblado. El hombre ofrecio a Lejeune su catalejo y le indico un punto a la altura del campanario ennegrecido de Aspern. Lejeune escruto el Danubio y distinguio siluetas con uniforme blanco que se agitaban en un islote poblado de arboles. Miro con mas atencion. Aquellos hombres se afanaban alrededor de un gran molino de agua cuyas norias acababan de retirar. Otros formaban una cadena para trasladar grandes piedras. El oficial de ingenieros habia subido al puente y estaba junto a Lejeune, a quien explicaba: – Su idea es sencilla, mi coronel. La he comprendido y tiemblo. – Decidme… – Hace un momento han recubierto el molino de alquitran y se disponen a atarlo a dos barcas lastradas con piedras. ?Lo veis? – Continuad… – Abandonaran el molino flotante en la corriente, tras prenderle fuego, ?y que podemos hacer nosotros, quereis decirmelo? – ?Estais seguro? – ?Por desgracia! – ?Desde aqui les habeis visto recubrir ese molino de alquitran? – ?Toma! ?Era de madera clara y se ha vuelto negro! Y ademas, su idea es evidente desde hace horas, porque nos envian balsas incendiarias y tenemos que partirnos en cuatro para desviarlas en el rio y apagarlas. Eso es demasiado grande y no podremos pararlo. – Espero que os equivoqueis -dijo Lejeune. – Esperar no cuesta nada, mi coronel. ?Claro que me gustaria equivocarme! No se equivocaba. Obnubilado por aquel molino que tenia la altura de una casa de tres pisos, Lejeune contemplaba la espantosa maniobra. En efecto, los austriacos depositaron su edificio en el agua, donde quedo flotando. Unos granaderos lo acompanaron en barcas hasta el centro del rio, a fin de que no embarrancara demasiado pronto en una u otra de las orillas. Llevaban antorchas de estopa, y las encendieron con eslabones para arrojarlas al pie de la maquina infernal. El molino se incendio en un instante y derivo a merced de la impetuosa corriente. Entre los franceses, la impotencia hizo que aumentara el panico: ?como desviar el rumbo de aquel artefacto infernal? El molino transformado en brasero movil se aproximo al puente grande adquiriendo velocidad. Los dispositivos inventados por el cuerpo de ingenieros para desviar los brulotes, con cadenas tendidas de una orilla a otra del rio, no bastarian para desviar el colosal proyectil. Sin embargo, cada uno volvia a ocupar su puesto, en las barquichuelas unidas con cabos, varas, bicheros y troncos de arboles colocados como topes, y cada uno aguardaba el choque con ansiedad, preguntandose si sobreviviria. Lejeune dio una palmada a la grupa de su caballo para que se dirigiera hacia la isla. Los cazadores, impotentes, se habian replegado en la orilla derecha, y las columnas de Davout, horrorizadas por el espectaculo, habian dejado el arma a los pies. El molino en llamas aumentaba de tamano a medida que se aproximaba, se bamboleaba en las aguas revueltas, pero no volcaba. A la altura de las barquillas y de las cadenas tendidas, perdio lienzos de maderamen que saltaron al agua, donde chisporrotearon y humearon, pero el conjunto siguio en pie y acelero su velocidad. Cuando embistio las cadenas, se las llevo por delante y precipito las barquillas contra los maderos en llamas. Las barquillas ardieron con sus ocupantes y se perdieron en los remolinos. Se vio a un soldado adherido al alquitran quemante, pero no le oyeron desganitarse y el hombre se abandono a su vez al Danubio. Nada obstaculizaba la carrera del brulote. Los pontoneros se zambullian, pues ya no tenian tiempo de trepar al piso del puente para huir antes de la colision, y las olas les quebraban los huesos contra los cascos del ponton. Lejeune noto que le agarraban del brazo y vio que era el oficial de poblado mostacho que tiraba de el hacia atras, y corrio hacia la isla Lobau. Oyo a sus espaldas un gran estrepito, y el puente temblo. El oficial y Lejeune cayeron de bruces en las tablas mojadas. Una lluvia de pavesas cayo a su alrededor y las fuertes olas producidas por el choque las extinguieron. Algunos zapadores con las ropas en llamas caian al agua y se ahogaban. Cuando se irguio sobre los codos, Lejeune vio la catastrofe: el puente grande estaba abierto y sus dos pedazos iban a la deriva. El molino desmembrado seguia ardiendo, y el fuego devoraba los cordajes, los maderos, el piso del puente. Dos jovenes caminaban por la Jordangasse. Eran casi de la misma edad, vestian levita de pano y se tocaban con sombreros de forma alta. El mayor debia de tener veinte anos y jugueteaba con el baston para darse un aire despreocupado. El otro, Friedrich Staps, no habia pasado la noche en su habitacion de la casa Krauss y, por lo tanto, ignoraba que la habia visitado el policia Schulmeister, y que sus tejemanejes, sus mofas, sus secretos y la estatuilla de Juana de Arco habian puesto sobre aviso a Henri Beyle, el inquilino frances del piso superior. Cuando por fin llegaron ante la vivienda, en lugar de despedirse, Ernst le acucio sin mirarle: – Sigamos caminando como unos paseantes cualesquiera, no te vuelvas… Friedrich le obedecio, puesto que su amigo adivinaba una amenaza, pero no oso preguntarle la razon de esa desconfianza hasta que estuvieron en la vecina Judenplatz. Fingieron que miraban el escaparate de una sastreria. – ?Que he de temer? – Delante de tu puerta habia una berlina. – Es posible. – Tengo un sexto sentido para presentir a los guindillas. – ?La policia? ?Estas seguro? En Viena no me conoce nadie. – Seamos prudentes. Nuestros companeros te alojaran, no vuelvas a poner los pies en esa casa. ?Has dejado ahi tus cosas? – Si, claro… Pensaba sobre todo en la estatuilla, puesto que llevaba el cuchillo encima. – Mala suerte -dijo Ernst. – Mala suerte -suspiro el joven Staps, pero sus futuras hazanas exigian sacrificios. El dia anterior, por la tarde, Staps se habia reunido con Ernst von der Sahala en la tranquila sala de un cafe vienes. Se habian reconocido con la mirada, por sus afinidades, sin tener siquiera necesidad de presentarse. – ?Como le va a nuestro hermano el pastor Wiener? -le habia preguntado Ernst. – ?Le bendigo por haberme recomendado a ti! Ambos eran alemanes y luteranos, pero Ernst pertenecia a la secta de los iluminados que, como otras de la epoca, los filadelfos del coronel Oudet, los concordistas, los caballeros negros, afirmaban que eran tiranicidas y querian acabar con la vida de aquel Napoleon opresor de los pueblos. Los dos muchachos conversaron sentados en mesas contiguas, en un ambiente amenizado por la musica de un violin. Luego habian vagabundeado por las murallas para admirar el campo iluminado por los incendios de la batalla. Staps le habia hablado de su mision y contado que una manana se marcho de casa dejando una nota a su padre: «Parto para realizar lo que Dios me ha ordenado». Se creia elegido, habia oido voces. Habia leido con pasion el Oberon de Wieland, ese ingenuo poema inspirado en la Edad Media en el que un enano, rey de los elfos, apoyaba a Huon de Burdeos en su expedicion a Babilonia. Gracias a un corazon magico y a una copa encantada, Huon logro casarse con la hija del califa tras haber obtenido de este unos pelos de su barba y tres muelas. Habia leido sobre todo a Schiller, el sentimental Schiller, tan noble que llegaba a ser inhumano, y su Doncella de Orleans le habia arrebatado, hasta tal extremo que se habia convertido en Juana de Arco. Al igual que ella, liberaria del Ogro a Alemania y Austria. Para ello habia adquirido un cuchillo. Dieron las ocho de la manana. Los dos muchachos se internaron en las calles de la ciudad vieja, cogidos del brazo, y canturreaban como si estuvieran achispados. – En tiempo de guerra -habia dicho Ernst-, las patrullas no interpelan a los borrachos jaraneros. Pasaron ante la iglesia de los dominicos, se cruzaron con una patrulla de la policia que se burlo de ellos y, finalmente, Ernst llevo a su nuevo adepto a un pasadizo cubierto. Helos ahi, en un pa tio pavimentado. Ernst se dirige a una de las puertas y llama varias veces de acuerdo con un codigo, les abren, entran en un pasillo y luego en una habitacion alargada e iluminada por dos palmatorias de luz debil. En el extremo de una mesa, un hombre delgado y entrado en anos, vestido de negro, esta leyendo la Biblia. – Hay que albergar a este hermano, pastor-le dice Ernst. -Que deje su equipaje. Martha le conducira al aposento del tercer piso. – No tiene equipaje. Habria que procurarle lo necesario. – ?Lo necesario? -replica el viejo pastor-. Escuchad lo que nos dice el profeta Jeremias… (Toma la Biblia y lee en voz tremula:) «Este es un dia del Senor, el Eterno de los ejercitos. Es un dia de venganza. La espada devora, se sacia, se embriaga con la sangre de sus enemigos. Las naciones se enteran de tu verguenza, hija de Egipto, y tus gritos llenan la tierra, pues los guerreros se tambalean uno sobre otro, caen todos juntos». – Que hermoso es -dice Ernst. – Y cuan cierto -anade Friedrich Staps. Napoleon estaba muy palido, la piel casi transparente, con el semblante liso y desprovisto de expresion de una estatua inacabada. Contemplo el cielo, y entonces poso en el suelo la mirada de sus ojos vacios. En pie a la entrada del puente grande que acababa de romperse y cabeceaba como un barco, observaba el molino consumido del que seria preciso extraer los restos humanos antes de empalmar las dos partes del largo piso que habia reventado alla, a un centenar de metros, en una abertura donde la corriente se precipitaba con la fuerza de un torrente. Silencioso, mas abrumado que contrariado, el emperador tenia las manos a la espalda y apretaba una fusta. Aquella manana la situacion habia sido favorable, la ofensiva eficaz: Lannes habia derrotado el centro austriaco y llevado lejos sus incursiones; Massena y Boudet esperaban para salir del pueblo con sus divisiones. En aquellas inmensas planicies, el emperador ya no podia aplicar su estrategia habitual. Habia probado la sorpresa y la rapidez al surgir de la isla Lobau, incluso habia estado al borde de la victoria, pero la guerra estaba cambiando y, como durante los reinados, una batalla se libraba artilleria contra artilleria, regimiento contra regimiento, con masas que se lanzaban sobre otras masas, cada vez mas hombres, mas cadaveres, mas metralla y fuego. El emperador estaba iracundo al ver, en la otra ribera, aquel suplemento de hombres que necesitaba, el ejercito de Davout inmovilizado, con sus canones inutiles, sus carros de polvora y viveres, sus columnas ociosas. Unos pasos atras, irritados, inquietos, Berthiery un grupo de oficiales no osaban decir palabra ni hacer un gesto. Esperaban la orden fulgurante, la idea que invertiria la suerte. Lejeune se encontraba entre ellos, despeinado, sin el chaco, el uniforme deshecho. El emperador, fascinado por aquel puente demasiado fragil y demasiado largo que se mofaba de el, grito sin volverse: – ?Bertrand! El conde Bertrand, un general discreto y abnegado, se le acerco, con el sombrero bajo el brazo, y se puso firmes. El emperador habia decidido el lugar donde se tenderia el puente, solo el habia determinado el plazo necesario para su construccion, pero queria senalar continuamente responsables, y Bertrand estaba al frente del cuerpo de ingenieros. – Sabotatore! – He cumplido vuestras ordenes al pie de la letra, Sire. – ?Traidor! ?Ved ahi vuestro puente! – En una noche, Sire, no podiamos hacer una obra mejor en este rio dificil. – ?Traidor, traidor! (Y a los demas:) Ha agita da traditore! ?Y vosotros tambien! ?Todos! ?Me traicionais! Nadie le respondio, pues era inutil. Habia que esperar a que la colera del emperador se aplacase. – ?Bertrand! – Sire? – ?Cuanto tiempo para reparar vuestro sabotaje? – Por lo menos dos dias, Sire… – ?Dos dias! Bertrand recibio en pleno rostro un vigoroso golpe de fusta. El emperador respiraba con dificultad. Se encamino hacia su caballo y, con un impaciente gesto de la mano, pidio a Berthier que le siguiera. – ?Habeis oido las insolencias de ese punetero Bertrand? – Si, Sire-respondio Berthier. – ?Cuarenta y ocho horas! ?Donde esta el archiduque? – En su campamento de Bisamberg, Sire. – Hummm… No tardara en enterarse de nuestra desgracia. – Dentro de una o dos horas, ciertamente. Y aprovechara la situacion para enviar contra nosotros el conjunto de sus reservas. – ?Salvo si perseveramos en el ataque, Berthier! ?Lannes esta en una posicion excelente, ha desorganizado a la infanteria de Hohenzollern! – Pero van a faltarnos municiones. – Davout puede abastecernos por medio de barcas. – En pequenas cantidades, Sire, y corriendo el riesgo de zozobrar. – Entonces ordenemos el repliegue. – Si retrocedemos, Sire, los ejercitos del archiduque volveran a formarse. – ?Y si no nos replegamos, el archiduque intervendra contra nuestros flancos mal protegidos y habra una matanza! Es preciso replegarse. – ?Donde, Sire? ?En la isla? – ?Naturalmente! ?No sera en el Danubio, idiota! – Es imposible que pasen a tiempo cincuenta mil hombres con los canones y el material antes de que los austriacos nos sorprendan de costado en el borde del rio. – Primero repleguemonos sin apresuramiento hacia nuestras posiciones de la noche. Massena y Boudet se parapetan en sus pueblos y Lannes resiste en el glacis. – Asi pues, sera preciso resistir durante diez horas… – ?Si! A las nueve de la manana, una vez mas el coronel Lejeune galopaba sin alegria por los campos. Iba a entregar al mariscal Lannes la orden de repliegue. Se cruzo con una columna de prisioneros austriacos que avanzaba en sentido contrario, todo un batallon de fusileros sin sombreros y sin armas, cabizbajos, varios de ellos con chirlos, un vendaje provisional alrededor del craneo o un brazo en cabestrillo. Algunos rezagados les seguian cojeando, las polainas ensangrentadas. Pasaban por los trigales y el joven Louison los conducia como si fueran una bandada de ocas, improvisando una zarabanda fatigosa con su gran tambor. Lejeune tenia el corazon oprimido, pero sonrio. Aquello le recordaba la aventura de Gueheneuc despues de la victoria de Eckmuhl. El coronel de ese nombre iba a llevar un mensaje cuando tropezo con un regimiento de la caballeria enemiga, extraviado en la noche, el cual se rindio de inmediato. El emperador se mostro regocijado: «?Sois vos, Gueheneuc, vos completamente solo, quien ha cercado a la caballeria austriaca?». Pero aquella manana, detras de los prisioneros venian los hombres de Lannes, hirsutos y fanfarrones, ataviados con despojos como bandoleros. Llevaban haces de fusiles confiscados y arrastraban cinco canones intactos, con arcones enganchados a caballerias, las cartucheras llenas de cartuchos y una bandera agujereada. Lejeune prosiguio su camino hacia la linea del frente, que estaba muy avanzada, pues se divisaban a lo lejos cazadores montados en el villorrio de Breintenlee, donde apoyaban el fuego. El mariscal Lannes estaba sentado en una caja de artilleria sin ruedas. Dirigia su batalla distribuyendo ordenes de circunstancias a sus ayudantes de campo, los cuales las llevaban corriendo a SaintHilaire, Claparede o Tharreau. Cuando Lejeune desmonto, Lannes fruncio las cejas y exclamo: – ?Ah! ?Aqui tenemos al coronel catastrofe! – Me temo que Vuestra Excelencia tiene razon. – Decid. – Vuestra Excelencia… – ?Decid! Estoy acostumbrado a escuchar horrores. – Debeis suspender el ataque. – ?Como? ?Repetidme esa idiotez! – La ofensiva se ha interrumpido. – ?Otra vez! Hace apenas una hora, vuestro compinche Perigord me ha pedido lo mismo, para reparar ese puente del diablo al que una balsa en llamas ha hecho polvo. ?Acaso vuestro puente es de paja? – Vuestra Excelencia… – ?Sabeis lo que ha ocurrido, Lejeune? Esos de ahi delante han vuelto a formar al primer respiro, y hemos tenido que reanudar la penetracion. ?Han caido algunos de los nuestros, pero de nuevo hemos desbaratado a los austriacos! Bien, ?tenemos que mirar sentados como se recuperan los titeres de Hohenzollern? – El emperador ha ordenado el repliegue en Essling. – ?Como? – Esta vez es mas grave. Lejeune conto a Lannes los ultimos acontecimientos. El mariscal, desconcertado, se exaspero. – ?La victoria era nuestra! ?Lo era, creedme! Una hora mas, el apoyo de Davout y el archiduque estaba listo… -Entonces dicto sus ordenes a los ayudantes de campo-: Que Bessieres vuelva a lle var la caballeria entre los dos pueblos, que Saint-Hilaire y los demas se retiren en orden pero con lentitud, para no mostrar nuestro cambio de opinion repentino, como si tuvieramos una nueva estrategia, como si esperasemos refuerzos inminentes o dejasemos que nuestra artilleria se despliegue en la planicie. Hay que intrigar a los austriacos y no alertarlos. Se levanto para mirar a sus oficiales que partian a comunicar la orden funesta, y entonces reparo en que Lejeune no se habia movido. – Gracias, coronel. Podeis regresar al estado mayor. Si salis de esta y algun dia contais nuestra historia un poco loca, os permito decir que habeis visto al mariscal Lannes desarmado, no en el com bate, desde luego, sino por una orden. Basta una palabra para herir a un soldado. ?Que piensa de esto Massena? – No se nada, Vuestra Excelencia. – Debe de estar tan enfurecido como yo, pero es menos iracundo y griton. No revela nada. A menos que le importe un bledo… -Lannes aspiro aire tan hondo que se le hincho el pecho-: Quiero que este repliegue sea un modelo en su genero. Corred a decirselo a Su Majestad. Lejeune se alejo dejando al mariscal Lannes en los trigales. Pensaba que aquella batalla no era ordinaria, que la gente se exaltaba y desencantaba demasiado a menudo y que eso influia en los nervios. La accion se diluia. Ya hacia mucho calor y Lejeune deseaba tenderse y hacer una larga siesta. ?Cuanto le habria gustado Viena, si la hubiera visitado como un simple viajero! Oia resonar en sus oidos el aleman cantarin de Anna Krauss. Cuando terminara la guerra, irian juntos a la Opera. Su caballo brincaba entre cadaveres indiferenciados. El ordenanza del coronel Lejeune devoraba con glotoneria carne de ave fria. Una vez entregada la carta a la senorita Krauss, se habia encontrado con Henri, el cual le abrumo con sus preguntas. Era un buen muchacho, pero fanfarron; le gustaba darse importancia y simulaba la fatiga de los combates vividos de lejos, al abrigo de la isla Lobau. Cuando Henri le pregunto si tenia hambre, la cara del ordenanza se ilumino, y le siguio a la cocina ensuciando con las botas embarradas las tablas del suelo. Asi pues, estaba sentado a la mesa ante las provisiones entregadas a la chita callando por la intendencia. Bien instalado, con la guerrera desabrochada, hundia los dedos en los platos, puntuaba las frases agitando un muslo de pollo a medio comer y vertia en el vaso un vinillo vienes del que se servia sin cesar, embadurnando la botella de grasa. – La jornada de ayer ha sido dura -decia mientras masticaba y bebia-, pero el coronel no ha sufrido ni un rasguno, os lo juro, y esta manana, cuando le he dejado en el puente grande, el ejercito del mariscal Davout llegaba a punto, con canones y furgones de viveres. – ?Viveres de los que, a juzgar por vuestro apetito, habia una carencia extrema! – De eso si, senor Beyle. Ya era hora. A fuerza de cazar furtivamente, ya no quedaba nada que abatir en la isla. – ?Y sobre el terreno? – Todo se desarrolla de maravilla, segun las inspiraciones de Su Majestad, o por lo menos eso es lo que me ha confiado el coronel Lejeune, senor, pero no mentia, eso se notaba por su aire de confianza. Los austriacos reciben un palizon, de eso no hay duda, y nuestros soldados se desenfrenan. La victoria esta al alcance de la mano. Anna habia entrado en la estancia con la carta anodina que Louis-Francois le habia escrito en aleman, y miraba fijamente a aquel teniente voraz que le parecia muy vulgar. El doctor Cari no, que estaba de visita para asegurarse de que Henri tomaba sus pociones y mejoraba, le servia de interprete y repetia a media voz las informaciones del oficial. A medida que las iba recibiendo, Anna palidecia cada vez mas, se cenia el chal bordado como si hiciera frio y arrugaba la carta que tenia en la mano. Henri la miraba por el rabillo del ojo y le costaba entender que no le alegraran las buenas noticias, pero entonces se dijo que la joven era austriaca y que tal vez su padre luchaba en las filas del archiduque, que tenia unas inquietudes legitimas, que la victoria de unos significaria la derrota de los otros y que la situacion debia de resultarle penosa fuera cual fuese el resultado. Esto contradecia las teorias que Henri bosquejaba, pues estaba persuadido de que el amor sobrepasa tanto a las familias como a las naciones y las deja de lado. Reflexionaba y apenas escuchaba al ordenanza que contaba las hazanas militares mientras atacaba una tarrina de liebre. ?Y si Anna no estuviera enamorada de Louis-Francois? En ese caso, ?tenia Henri su oportunidad? – Entonces -siguio diciendo el ordenanza al tiempo que tomaba un buen bocado de la tarrina- el emperador ha ordenado la ofensiva y todo el ejercito ha salido de golpe de la niebla… «?Claro, ella no le ama!», se persuadia Henri, sonriendo. Anna tenia el semblante entristecido, y se dejo caer en una silla mientras Carino seguia traduciendo el avance de los ejercitos na poleonicos y la huida de los regimientos de Hohenzollern que el teniente transformaba en una derrota general. Los ojos de Anna se humedecieron, la carta estrujada cayo al suelo y ella no se digno recogerla. El doctor le puso una mano sobre el hombro, y ella se abandono a los sollozos, con gran asombro del teniente, el cual siguio masticando como si rumiara. Lleno un vaso hasta el borde y se levanto para ofrecerselo a la joven. – Estas cosas emocionan a la senorita, un poco de vino la reconfortara… Henri detuvo el gesto, tomo el vaso y lo bebio: -Sobre todo tiene necesidad de reposo -comento. – Ah, la guerra… cuando uno no esta acostumbrado, le trastorna. -El teniente corto otra gruesa loncha de la tarrina y prosiguio con su chachara-: No es como la querida del duque de Montebello, que parece del todo acostumbrada. Ha ido a la isla y, como me encontraba alli, incluso me ha pedido… – Gracias, teniente, gracias -concluyo Henri, y quiso ayudar a Carino para acompanar a la joven de regreso a su habitacion, pero ella le aparto con un gesto febril. El doctor se excuso alzando los ojos al techo. Cuando hubieron salido, Henri se agacho para coger la carta de Lejeune. La aliso, pero no podia leerla. – ?Entendeis el aleman, teniente? – Ah, no, senor Beyle, lo siento mucho. Chapurreo el espanol, de acuerdo, por haber acompanado al coronel contra esa dichosa rebelion, pero el aleman no, aun no he tenido tiempo. Y abrumo a Henri con toda clase de consideraciones sobre la dificultad de esa lengua. Vincent Paradis dormia entregado a suenos candidos que apenas eran tales suenos sino mas bien imagenes, siempre las mismas, que le llevaban al pueblo, le mostraban sus colinas, el patio descuidado de la granja donde su padre removia hojas con detritus para preparar el abono. Vivian de lo que daba el campo, y algunos anos la cosecha era suficiente. El ano pasado habian matado el cerdo, un acontecimiento tan infrecuente que era memorable. Con la participacion de los vecinos, habian descuartizado al animal para abastecer el saladero. El alcalde ofrecio la sal, y, como no sabia cumplimentar los registros, lo protegia de aquellos senores de la ciudad, sobre todo de uno de ellos que tenia la idea de secar las marismas. En el campo uno conocia la monotonia y la muerte natural, y entones llegaron los gendarmes, los soldados que iban a reclutar a los mas robustos para la guerra. Al igual que su hermano mayor, Vincent habia sacado un mal numero, y su familia no tenia un centimo para ofrecerle un sustituto. No se habia decidido a imitar a su amigo Bruhat, quien era necesario en la curtiduria y habia ideado la manera de quedarse en casa. Mostraba al reir una boca desdentada: – ?Si, me los arranque todos hasta las encias, ya ves, porque sin dientes no puedes desgarrar los cartuchos y ya no te quieren! Vincent habia seguido a los sargentos con fastidio y docilidad. – ?Eh! ?En pie, gandul! Vincent Paradis noto que le daban golpes con un zueco en el hombro. Abrio los ojos, bostezo y vio al enfermero Morillon al frente del batallon de soldados de ambulancia al que se habia incorporado la vispera por orden del doctor Percy. Paradis se irguio apoyandose en lo que le habia servido de almohada. Se dio cuenta de que era un muerto, pero eso no le produjo ninguna emocion, pues los habia visto a montones, y se limito a musitar: «Duerme en paz, camarada, y tal vez en seguida…». Sin armas que llevar a cuestas se sentia ligero y seguia a Morillon como algun tiempo atras siguio a los sargentos que le reclutaron. El batallon de las ambulancias estaba formado por tipos zafios y esa canalla de las grandes ciudades que haria lo que fuese por una pieza de oro, pues el doctor Percy les pagaba de su bolsillo para emplearlos como quisiera. Avanzaban en fila, detras de un carro de grandes ruedas, para depositar en el a los heridos en la batalla. Dos enfermeros les acompanaban a fin de seleccionar a los moribundos: los mas graves serian llevados a la ambulancia que se alzaba en la entrada del bosquecillo, mientras que a los demas los evacuarian a la isla. El grupo paso entre las hileras de lisiados que se habian reunido en las riberas, a los que el viento cubria de polvo y que se protegian del fuerte sol con hojas de carrizo. Algunos se arrastraban hasta el Danubio para vomitar, otros eran presa de espasmos. Los habia a centenares, y gemian, gritaban, tenian estertores, farfullaban frases incomprensibles, deliraban, intentaban aferrarle a uno el pantalon con una mano debil, insultaban, querian terminar de una manera o de otra, y por eso se habian llevado de alli todas las armas utiles, las espadas, las bayonetas, los cuchillos con los que se habrian abierto de buen grado las venas para no sufrir mas y desaparecer. Los enfermeros de la ambulancia y su carro avanzaron a lo largo del rio hasta Essling, donde, como no podia salir al ataque, la division del general Boudet habia tratado de parapetarse. Por el lado de la planicie, el pueblo defendido con barricadas ofrecia una especie de muralla. Muebles, colchones, cajas de artilleria rotas y cadaveres formaban un revoltijo que llegaba a la altura del primer piso de las casas de mamposteria horadadas por las balas de canon y cuyas aberturas habian sido tapadas durante la noche con rastrillos y cascotes. Los ultimos heridos aguardaban bajo los arboles de la calle principal, en la hierba que algunos mojaban con su sangre. Un capitan se apoyaba en un arbol, el ojo izquierdo oculto por un panuelo manchado de rojo, y hacia gestos de dolor, apretando la pipa con los dientes hasta partirselos. Paradis fue a levantar a un dragon que habia recibido una lanzada en un lado de la frente y se le veia el hueso. Luego recogio a un tirador que aullo cuando lo depositaron en el carro sobre haces de heno. Tenia destrozado el omoplato y Morillon, dandoselas de experto, comento: – Habra que cortar buenos pedazos,de carne para sacar esos trocitos de hueso… – ?Tambien vos operais, senor Morillon? -le pregunto Paradis, deslumbrado por tanta ciencia. – ?Ayudo al doctor Percy, como bien sabeis! – ?Y este desgraciado resistira? – ?No soy adivino! ?Vamos! ?Tenemos que darnos prisa! Se oian de nuevo los ruidos de la batalla, y parecian aproximarse. Asi pues, los austriacos no retrocedian. Los heridos se amontonaban en el carro, el cual dio media vuelta hacia el bos quecillo y el Danubio. Paradis se limpio en la hierba las dos manos enrojecidas y pegajosas. Los gemidos resonaban en su cabeza, pero estaba orgulloso de su nueva mision: el doctor Percy y sus ayudantes lograrian evitar que algunos de aquellos cuerpos acabaran siendo pasto de los gusanos. A poca distancia del puente pequeno, donde iban a dejar su lastimosa carga, el personal de la ambulancia se topo con un cortejo. Unos tiradores transportaban el cuerpo de un oficial que se convulsionaba. – ?Vaya! -exclamo Paradis-. ?Por lo menos es un coronel, y con esa coleccion de dorados en el pecho! – El conde Saint-Hilaire -dijo Morillon, quien conocia de vista a los generales del Imperio. Paradis, olvidando a los heridos que habia recogido, se situo junto a la puerta de la ambulancia. Los soldados depositaron el cuerpo del oficial sobre la mesa de Percy. – La metralla le ha destrozado el pie izquierdo… – ?Ya lo veo! -replico Percy, desgarrando lo que quedaba de la bota-: ?Hilas! – No quedan. – ?Un trozo de chaqueta, un trapo, paja, hierba, lo que sea! Paradis desgarro un trozo de su camisa y lo tendio al doctor, y este lo cogio para enjugarse el sudor. Estaba agotado, pues no habia cesado de practicar amputaciones desde la vispera, y se le nublaba la vista. Con un cauterio incandescente quemo la herida para matar los nervios. Saint-Hilaire abrio mucho la boca, como para gritar, se limito a hacer una mueca, se contrajo, se puso rigido y cayo sobre la mesa en el momento en que Percy le serraba el tobillo, pues se habia declarado el tetanos. El doctor se detuvo, alzo un parpado del paciente y anuncio: – Senores, pueden llevarse a su general. Acaba de morir. Paradis no supo si el general Saint-Hilaire habia tenido derecho a una sepultura o si esperaban llevarlo a Viena, porque Morillon le envio con otros diez servidores de la ambulancia a repartir el caldo de los heridos. Fueron a reganadientes, pero la faena no era peligrosa. El avituallamiento seguia a cargo de Davout, quien estaba en la orilla derecha, nadie podia batirse ni sobrevivir con el estomago vacio y los batallones de Percy debian ayudar a los cocineros de las cantinas ambulantes. Por la noche unos equipos habian recorrido la pequena planicie en busca de los caballos muertos cuya panza empezaba a hincharse, habian atado con cuerdas los cadaveres y unos pencos de artilleria los habian arrastrado a los parajes donde estaba la ambulancia: habia un terrible amontonamiento de morros, crines, cascos, corvejones. Paradis y sus nuevos colegas tenian que cortarlos en trozos con espadas embotadas o trinchadores. Luego los cuartos de carne fresca se pondrian en corazas recuperadas, lavados con el agua terrosa del Danubio y, sazonandolos con polvora, se pondrian a hervir en una serie de fogatas. Asi pues, Paradis estaba cortando carne de caballo cuando se presento un grupo de tiradores hambrientos. – ?Vas a dar todo eso a los moribundos? – Vosotros teneis raciones -replico Gordo Louis, quien dirigia a los aprendices de carnicero. – Tenemos las escudillas vacias. -?Pues que lastima! Los tiradores los rodearon y amenazaron con las bayonetas. -?Haceos a un lado! – ?Si quieres practicar esgrima -dijo Gordo Louis, alzando su ajadera-, los austriacos te estan esperando! – Y ademas -anadio Paradis- en la llanura hay montones de caballos para comer. – Gracias, muchacho, pero venimos de ahi. ?Apartate! El tirador aparto a Paradis de un empujon para clavar su bayoneta en el cuello de un asno gris. Gordo Louis rompio la bayoneta con su tajadera. Dos soldados delgados y aviesos como lobos le agarraron por detras, llamandole sucio paisano. El embistio y llovieron los golpes. Paradis fue a esconderse detras del monton de caballos de ojos vidriosos. Soldados y personal de la ambulancia se arrojaban tripas a la cara. Uno que era astuto corto un trozo y clavo los colmillos en la carne. Bessieres estaba muy molesto por la injusta reprimenda del emperador y habia resuelto no volver a tomar la menor iniciativa. Se limitaba a obedecer las ordenes de Lannes, tanto si las aprobaba como si no, sin pensar en mejorarlas variando algunos aspectos, lo cual retardaba sus acciones. Se las ingeniaba para conservar su caballeria, y solo enviaba al frente los escuadrones exigidos. ?Que debian retirarse? Estaba de acuerdo. ?Que atacaban? Tambien lo estaba. Se habia pasado la noche entera rumiando su colera, y eso le habia mantenido despierto. Habia inspeccionado a su tropa, fatigado dos caballos, mordisqueado con sus dragones de Gascuna una rebanada de pan frotado con ajo. El emperador le decepcionaba, pero le ponia buena cara. Tenian un pasado comun, el odio de los jacobinos y el desprecio de la Republica, aunque la nobleza del mariscal Bessieres solo se debiera a su educacion, dispensada por un padre que era cirujano, un abad de la familia y los profesores del colegio Saint-Michel de Cahors. Comprendia el sistema del emperador, y se llenaba de afliccion: ?era necesario despertar tanto odio para reinar? Dos anos antes, Lannes se habia sentido mortificado cuando Su Majestad, en el ultimo momento, prefirio a Bessieres para entrevistarse con el zar en Tilsit. Mientras observaba la planicie, Bessieres se decia que la voluntad arbitraria casa mal con la razon. Veia con su anteojo a los austriacos que traian de nuevo su artilleria y rociaban de metralla a los batallones del pobre Saint-Hilaire, que el cabezota de Lannes concentraba a sus espaldas. Resono una detonacion aislada, seca y clara en el estrepito confuso de los combates. Provenia de un escuadron de coraceros. Bessieres dirigio alli su caballo y se encontro con dos jinetes que habian desmontado y renian. Uno de ellos tenia una mano ensangrentada. El capitan Saint-Didier, en lugar de separarlos, ayudaba al mas corpulento a inmovilizar en el suelo al herido, el cual pataleaba. – ?Un accidente? -pregunto Bessieres. – El coracero Brunel ha intentado matarse, Vuestra Excelencia -respondio el capitan. – Y yo he desviado el disparo -completo Fayolle, mientras sujetaba a su amigo en el suelo con todo su peso, una rodilla hincada en el pecho. – Un accidente. Que le venden la mano. Bessieres no exigio que castigaran de alguna manera a Brunel, el soldado que habia flaqueado. Tanto los suicidios como las deserciones se multiplicaban en el ejercito. Ya no resultaba extrano que en medio de las batallas un recluta exasperado se escabullera al abrigo de un bosque para levantarse la tapa de los sesos. El mariscal volvio la espalda y dio alcance a un regimiento de dragones que lucian crines negras en los cascos de cuero enturbantados con piel de foca brillante bajo el sol, entre los que desaparecio. Brunel, que tenia dificultades para respirar, se irguio apoyandose en los codos. Un coracero corto unas tiras de su manta sudadera para vendarle la mano, dos de cuyos dedos le habia arrancado el disparo. El capitan Saint-Didier saco de la funda de arzon un frasco de licor, lo abrio y puso el gollete entre los dientes del herido voluntario: – ?Bebe y monta! – ?Con la mano destrozada? -inquirio Fayolle. – ?No necesita la mano izquierda para sostener la espada! – Pero si que la necesita para sostener la brida. – ?Solo tiene que enrollarsela en la muneca! Fayolle ayudo a Brunel a poner de nuevo los pies en los estribos, y rezongo: – Tampoco nuestros caballos pueden continuar. – ?Los montaremos hasta que revienten! – ?Ah, mi capitan! ?Si los caballos supieran disparar, seguro que se matarian en seguida! Brunel miro a su companero. – No deberias haberlo hecho. – Bah… A Fayolle no se le ocurria nada inteligente que decir, pero no habria tenido tiempo, pues una vez mas las trompetas llamaron a formar, una vez mas los hombres desenvainaron las espadas y una vez mas lanzaron sus monturas al trote corto hacia las baterias austriacas. Desde lo alto del glacis vieron que estaban ante unos canones que levantaban la tierra de los trigales verdes, pero cuando las trompetas dieron la senal de ataque fue imposible poner los caballos al galope, tan agotados estaban por demasiadas cargas repetidas. Su alimentacion a base de cebada era deficiente, estaban debilitados y no lograban pasar del trote largo que, para los coraceros, era el paso mas extenuante, pues sufrian continuas sacudidas y el peto y el espaldar de acero les cizallaban hombros, codos y caderas. Ademas estaban expuestos a los disparos incesantes, porque los canones escupian fuego sin descanso, algo semejante a una descarga de fusileria, y la densa lluvia de proyectiles causaba estragos en sus filas. Aun asi, los jinetes de Saint-Didier cargaron a poca velocidad bajo la granizada de fuego, con la espada de punta. Fayolle creyo que corria hacia su fin seguro, pero fue su vecino Brunel quien le precedio al infierno: una bala de canon le decapito y, como el corazon seguia latiendo por costumbre, los chorros de sangre surgian a sacudidas del cuello de la coraza. El jinete sin cabeza, rigido en la silla, el brazo extendido y paralizado, fue a estrellarse contra la linea de los artilleros. En el mismo instante, y bajo la misma andanada, el caballo de Fayolle se quebro una pata y dio media vuelta, relinchando de dolor. Fayolle desmonto sin preocuparse de la metralla, y contemplo con simpatia al animal agotado. Se sostenia sobre tres patas, y le lamio la cara como si le dijera adios. Entonces el coracero se tendio cuan largo era en la mies, puso los brazos en cruz, cerro los ojos y se durmio para olvidarse de la muerte y su trapatiesta. Napoleon se habia detenido ante el lindero de la peligrosa planicie que los austriacos bombardeaban sin descanso con doscientas bocas de fuego. Sus oficiales habian logrado persuadirle de que no entrara en Aspern, donde queria avivar el valor de los hombres de Massena. – ?No corrais riesgos inutiles! – ?La batalla esta perdida si os matan! – Temblais como mi caballo -gruno el emperador, apretando demasiado las riendas, pero habia enviado un emisario al pueblo para saber como evolucionaba la situacion. – Sire, aqui esta Laville… Un oficial joven de atuendo elegante cabalgaba al galope y puesto que a fin de presentarse a informar lo antes posible, saltaba las vallas que delimitaban los cercados, llego sin aliento. – El senor duque de Rivoli, Sire… – ?Ha muerto? – Ha vuelto a tomar Aspern, Sire. – Entonces ?habia perdido ese pueblo del demonio? – Lo perdio y lo ha vuelto a tomar, Sire, pero las fuerzas de Hesse, pertenecientes a la Confederacion del Rhin, le han prestado una gran ayuda. – ?Y ahora? – Su posicion tiene un aspecto de solidez. – ?No os pregunto de que tiene aspecto su posicion, sino lo que el piensa al respecto! – El senor duque estaba sentado en un tronco de arbol, con una serenidad absoluta, y ha afirmado que podria resistir veinte horas si fuese necesario. El emperador no respondio nada al joven ayudante de campo que le irritaba. Hizo girar su caballo con un gesto brusco y el pequeno grupo regreso hacia el tejar donde el mayor general le esperaba, rogando que no le mataran. El emperador le pidio el brazo para bajar del caballo recalcitrante que motivaba sus quejas y, una vez en el suelo, se apresuro a decir: – Berthier, enviad al general Rapp para que ayude al duque de Rivoli que le necesita. – Es un general de vuestro estado mayor, senor Sire. – ?Lo se perfectamente bien! – ?Con que tropas? – Confiadle el mando de dos batallones de fusileros de mi Guardia. Entonces el emperador se concentro en el mapa que dos ayudantes de campo mantenian desplegado ante sus ojos. Al igual que la vispera, el frente se extendia de un pueblo al otro, en arco de circulo, para adosarse al Danubio en sus dos extremos. Era preciso impedir que los austriacos atravesaran ese dispositivo para realizar de noche un repliegue total en la isla Lobau. El emperador no podia titubear mas, debia utilizar la Guardia, hasta entonces mantenida en reserva, y reforzar una posicion muy dificil. Berthier, que habia dictado y firmado las ordenes de Rapp, volvio para transmitir las ultimas informaciones que habia recibido: Boudet esta parapetado en Essling, Sire, con puestos de tiro por todas partes, pero aun no esta amenazado. El archiduque lanza sus fuerzas principales contra nuestro centro. Dirige en perso na la ofensiva, con los doce batallones de granaderos de Hohenzollern… – ?El avituallamiento? – Davout nos envia como puede municiones, por medio de barcas, pero los remeros tienen dificultades para no derivar mas abajo de la isla. – ?Lannes? – Su ayudante de campo informara a Vuestra Majestad. Berthier senalo con un dedo al capitan Marbot, el cual, instalado en un arcon de artilleria, deshilachaba estopa para taponar una herida en el muslo que sangraba y le manchaba el pantalon. – ?Marbot! -le dijo el emperador-. ?Solo los estafetas del mayor general tienen derecho a usar calzones rojos! – Tengo derecho a ello en una sola pierna, Sire. – ?Vuestro turno llegara muy pronto! – No es nada grave, Sire, un poco de carne que se ha esfumado. – ?Y Lannes? – Mantiene el combate llevando a los soldados de Saint-Hilaire contra Essling. – ?Enfrente? – Al principio del enfrentamiento, los granaderos hungaros asustaban a los reclutas mas jovenes, que no habian visto jamas a unos mozos tan altos y bigotudos, pero Su Excelencia ha sabido entusiasmarlos gritandoles: «?Nosotros no valemos menos que en Marengo y el enemigo no vale mas!». El emperador hizo una mueca de displicencia y la tonalidad azul de sus ojos paso por un momento al gris, pues, al igual que los gatos, tenian esa facultad de cambiar de color segun su estado animico. ?Marengo? El ejemplo de Lannes era desmanado. Cierto que en aquella ocasion la infanteria de Desaix habia derrotado a los granaderos del general Zach, los mismos a los que el archiduque dirigia hoy, pero fue una victoria por los pelos. La caballeria de Kellermann, el hijo del vencedor de Valmy, efectuo entonces una carga decisiva, pero ?y si el cuerpo de ejercito del general austriaco Ott hubiera llegado a tiempo? Napoleon penso en Davout, quien no habia llegado a tiempo. ?De que dependen las victorias? De un retraso, un viento repentino, el capricho de un rio. – Comprobadlo, coronel. El general Boudet hizo entrar a Lejeune en una casamata de tablas amanada con montantes de armarios y cofres. Aquella parte de las fortificaciones de Essling ofrecia un panorama de la pla nicie, y desde alli se controlaban los movimientos del ejercito contrario sin demasiados riesgos. Lejeune observo, tal como le invitaban a hacerlo. Boudet insistio con una expresion de fatiga en el semblante: – Pronto tendremos encima varios regimientos. El archiduque no ha podido franquear los batallones de Lannes y los escuadrones de Bessieres, por lo que, con toda razon, viene a este pueblo al que supone menos provisto de tropas. Las descargas de fusileria y los bombardeos durante horas y horas nos han puesto de rodillas. Los hombres tienen sueno, tienen hambre, empiezan a tener miedo. En efecto, Lejeune veia a los regimientos hungaros que avanzaban hacia Essling en orden de asalto, que iban a romper como olas enormes contra aquellas debiles barricadas de muebles y piedras que no resistirian mucho tiempo. Iban a abrumar con su numero a la division ya diezmada del general Boudet. En medio de la infanteria y de los negros gorros de piel llamados colbacks el archiduque en persona, con la bandera en la mano, guiaba a la multitud que partia para atacar el pueblo. Los tiradores que montaban guardia contemplaban silenciosos la escena con escalofrios o una sensacion de abatimiento. – Llevad la noticia a Su Majestad -pidio el general a Lejeune-. Lo habeis visto y comprendido. Si no recibo ayuda con mas rapidez, corremos al desastre. Una vez en Essling, los austriacos podran llegar al Danubio. La caballeria de Rosenberg piafa detras del bosque, y por esta brecha podra introducirse y separarnos de nuestra retaguardia. El ejercito entero quedara cogido en una tenaza. – Me voy a toda prisa, mi general, pero ?y vos? – Yo evacuo el pueblo. – ?Hasta donde? – Hasta el posito, un poco hacia atras, en el extremo del paseo de los olmos. Hay gruesos muros, buhardillas, puertas de chapa reforzadas. Ya he ordenado que lleven ahi las municiones y la polvora que nos queda, y trataremos de resistir cuanto sea posible. Es una fortaleza. Un obus estallo a pocos metros de donde estaban, luego otro. Un muro se vino abajo. Un tejado se incendio. El general Boudet se paso la mano por el rostro de facciones marcadas: – Daos prisa, Lejeune, esto ya empieza. El coronel monto de nuevo a caballo, pero Boudet le retuvo. – Le direis a Su Majestad… – ?Si? – Lo que habeis constatado. Lejeune lanzo su caballo a galope tendido y bajo por la calle principal. Boudet le contemplo mientras se alejaba y refunfuno: – Le direis a Su Majestad que me cago en el… El general convoco a sus oficiales y ordeno a los tambores que tocaran la retirada inmediata. Esta musica hizo que los tiradores salieran de sus puestos, de la iglesia, las casas, detras de los terraplenes, y se reunieron formando una multitud confusa. El canoneo era intenso. Quinientos hombres ocuparon el posito para resistir el asedio. Los fusiles apuntaban a las buhardillas, a las ventanas obstruidas a medias por los postigos. Las puertas se entreabrieron para permi tir que pasaran las bocas de los canones alzados durante la manana hasta las salas de la planta baja. Una escuadra de infanteria se aposto alrededor, en las zanjas cubiertas de hierba, los pliegues del terreno, detras de los olmos. El pueblo ardia, y los canones ya debian de haber destruido las barricadas. No esperaron mucho. Apenas habia transcurrido una media hora cuando los primeros uniformes blancos aparecieron en el extremo del paseo y en los campos vecinos. Corrian, doblados por la cintura bajo las mochilas. Boudet reconocio el banderin del baron de Aspre y dio la orden de abrir fuego. La artilleria puso en desbandada a la primera oleada de asalto, pero acudian por todas partes, en filas cerradas, numerosos, y ni siquiera habia tiempo de volver a entrar los canones quemantes para recargarlos, disparaban desde cada ventana, detras de las rejas, a las buhardillas; los austriacos caian, otros los reemplazaban y topaban con los gruesos muros del posito. Boudet tomo un fusil y abatio a un oficial con manto gris que chillaba alzando su sable curvo. El hombre se desplomo, pero nada detenia a los soldados uniformados de blanco, algunos de los cuales se acercaban a lo largo de los muros, provistos de hachas que hincaban en los postigos y las puertas cerradas. En el interior los soldados tosian a causa de la humareda y la falta de aire. Las balas hirieron de rebote a algunos tiradores. Se agachaban, recargaban, se asomaban a una ventana, apoyaban el fusil en el hombro, apuntaban a ojo de buen cubero hacia aquella masa, como si fuese una bandada de estorninos. Era evidente que mataban, pero no lo veian, volvian a agacharse, cargaban, se levantaban, disparaban, se ponian a cubierto y asi sucesivamente durante una eternidad. A la larga los combates se debilitaron. Desde el tercer piso, en la abertura de un postigo de chapa, Boudet observo que las oleadas austriacas se espaciaban. Ordeno alto el fuego y oyeron el redoble familiar de los tambores. Boudet sonrio, sacudio a un joven soldado muy palido y rugio con su acento bordeles: – ?Aun saldremos de esta, muchachos! Aliviados, abrieron las ventanas para asomarse con cautela, y divisaron los penachos verdes y rojos de los fusileros de la joven Guardia. Los ulanos arrojaban sus lanzas para empunar el sable, mas util en el cuerpo a cuerpo. La batalla se desplazaba en el pueblo. Boudet salia fusil en mano cuando un oficial empenachado llego a la plaza con una tropa a caballo. – Senor, el general Mouton y cuatro batallones de la Guardia imperial estan limpiando Essling. – Gracias. A pie, entre charcos de sangre y por un camino sembrado de cuerpos, Boudet se dirigio a la iglesia en ruinas. Gritos abominables ascendian desde el cementerio. Pregunto que era aquello y un teniente de la Guardia le respondio que eran hungaros a los que degollaban con arma blanca sobre las tumbas. – Ya no podemos cargarnos de prisioneros. – Pero ?cuantos son? – Setecientos, mi general. Las municiones se agotaban en todas partes. Los disparos, al amainar, daban una falsa impresion de calma momentanea, pues las escaramuzas seguian siendo numerosas y sangrientas, con sable, bayoneta o lanza, pero tenian menos vigor. Disparaban para mantener la batalla, atacaban con cierta desidia, como para defenderse o mantener la linea del frente. Los granaderos que rodeaban a Lannes ya no tenian cartuchos. El mariscal se sentia traicionado por la crecida del rio. Se paseaba a pie con su amigo Pouzet, en un pequeno valle situado mas abajo de la planicie. Las vallas de los cercados les protegian de las posibles incursiones de la caballeria austriaca, cuyas monturas se romperian las patas. Lannes se desabrocho la guerrera, pues el dia avanzaba pero aun hacia mucho calor, y se enjugo el sudor con la vuelta de la manga. – ?Cuando empezara a oscurecer? – Dentro de dos o tres horas -respondio Pouzet, consultando su reloj de bolsillo. – No podemos cambiar por completo la situacion. – El archiduque tampoco. – Seguimos muriendo, pero ?por que? ?Nos estamos batiendo desde hace treinta horas, Pouzet, y ya tengo bastante! El ruido de la guerra me asquea. – ?A ti? ?No has sufrido una sola herida y te quejas? Casi todos tus oficiales estan inutilizables, Marbot cojea como un pato con el muslo perforado, Viry ha recibido un balazo en un hom bro, a Labedoyere le ha alcanzado en un pie un casco de metralla, Watteville se ha roto un pie al caer del caballo… – Los aturdimos para llevarlos mejor a la muerte. ?Ese cabron de Bonaparte acabara con todos nosotros! – No es la primera vez que dices eso. ?Fue en Arcole? – Esta vez me temo que… – Esta noche cruzamos el Danubio, manana estamos en Viena. – ?Pouzet! -grito el mariscal. Pouzet acababa de recibir una bala en plena frente, y se quedo rigido. Dos granaderos corrieron para constatar que el general no habia tenido suerte y habia muerto en el acto. – Una bala perdida -dijo uno de ellos. – ?Perdida! -exclamo el mariscal, y se alejo del cadaver de su amigo. La estupidez de esta batalla le hacia temblar de colera. Se encamino al tejar y entonces, al divisar una zanja, se dejo caer en la hierba y contemplo el cielo. Permanecio alli tendido durante lar gos minutos. Pasaron ante el cuatro soldados que transportaban en un manto a un oficial muerto. Los hombres hicieron un alto para descansar, pues el cadaver pesaba y tenian un largo camino por delante. Dejaron su fardo en el suelo. Una rafaga de viento alzo el manto y, al reconocer a Pouzet, Lannes se levanto de un salto. – ?Es que este espectaculo va a perseguirme por todas partes? Uno de los soldados cubrio de nuevo el rostro del general con el manto. Lannes desprendio su espada del cinto y la arrojo al suelo. – ?Aaaaaah! Tras haber gritado hasta quebrarse la voz, jadeo, avanzo unos pasos mas y se sento en la falda de un talud, cruzado de piernas y con la cabeza entre las manos para no ver nada mas. Los soldados se llevaron a Pouzet hacia las ambulancias y el mariscal se quedo solo. Aun se oian las descargas de los canones. Un pequeno proyectil reboto y alcanzo a Lannes en una rodilla. Se estremecio bajo el dolor e intento levantarse, pero perdio el equilibrio y se desplomo en la hierba, maldiciendo: – ?Por todos los diablos! Marbot no estaba lejos, habia presenciado el accidente y llego tan rapido como pudo, renqueando a causa de la herida en el muslo. – ?Marbot! ?Ayudadme a ponerme en pie! El ayudante de campo levanto al mariscal, pero este se desplomo de nuevo. La rodilla rota ya no podia sostenerle. A las voces de Marbot, varios granaderos y coraceros acudieron corrien do, y entre varios lograron llevarse al mariscal, unos sujetandole por las axilas, otros por la cintura, y las piernas, desarticuladas, le pendian. El herido no se quejaba, pero la palidez de su rostro era extrema. La bala extraviada habia golpeado la rotula izquierda y danado la pierna derecha cruzada detras. Al cabo de unos metros, los hombres que le llevaban tuvieron que detenerse con tiento, porque el menor movimiento provocaba un dolor muy intenso. Marbot se adelanto para hacerse con una carreta, unas parihuelas, lo que encontrara, y se encontro con los granaderos que transportaban el cuerpo del general Pouzet. – ?Dadme su manto, rapido! ?El ya no lo necesita! Pero cuando volvio al encuentro del mariscal con el manto cubierto de sangre, Lannes lo reconocio y rechazo con voz todavia firme. – ?Es el manto de mi amigo! ?Devolvedselo! ?Que me lleven como puedan! – ?Id a cortar ramas y recoger hojas para hacer unas parihuelas! -ordeno Marbot. Los hombres partieron hacia un bosquecillo para cortar ramas con los sables, y confeccionaron una tosca camilla. De esta manera transportaron al mariscal Lannes con mas comodidad hasta la ambulancia de la Guardia, cerca del tejar, donde el doctor Larrey oficiaba con dos de sus eminentes colegas, Yvan y Berthet. Primero vendaron el muslo derecho del mariscal, mientras que este solicitaba: – Larrey, examinad tambien la herida de Marbot… – Si, Vuestra Excelencia. – Han cuidado mal de ese muchacho y estoy preocupado. – Voy a ocuparme de ello, Vuestra Excelencia. Tras haber examinado juntos las heridas del mariscal Lannes, los tres medicos hicieron un aparte para establecer el diagnostico y la manera mas conveniente de tratar el caso. – Apenas se le nota el pulso. – Observad que la articulacion de la rodilla derecha no esta afectada. – Pero la izquierda esta quebrada hasta el hueso… – Y la arteria se ha roto. – A mi modo de ver, senores, hay que cortar la pierna izquierda-dijo Larrey. – ?Con este calor? -protesto Yvan-. ?Eso no es razonable! – Por desgracia -anadio Berthet-, nuestro excelente colega tiene razon. Y por mi parte, como medida de precaucion, preconizo que se amputen ambas piernas. – ?Estais locos! – ?Cortemos! – ?Estais locos! ?Conozco bien al mariscal, y tiene energia para curarse sin necesidad de la amputacion! – Nosotros tambien conocemos al mariscal, querido. ?Habeis visto sus ojos? – ?Que les pasa? – Estan tristes. Este hombre pierde las fuerzas. – Senores -concluyo el doctor Larrey-, os advierto que la ambulancia se halla bajo mi mando y que la decision me compete. Cortaremos la pierna izquierda. Cuando Edmond de Perigord se presento en el vivaque de la Vieja Guardia, entre el puente pequeno y el tejar, el general Dorsenne estaba pasando revista a sus granaderos por enesima vez. Queria que estuvieran impecables y limpios. Su experta mirada se fijaba en una manga polvorienta, un defecto en el color blanco del tahali, unas guias del mostacho desviadas, las lazadas de unas polainas demasiado flojas. En el cuartel alzaba los chalecos a fin de comprobar la limpieza de las camisas. Para el, uno iba a la guerra como a un baile, con elegancia, y era no menos maniatico con respecto a su propio atuendo. Se cuidaba como si evolucionara sin cesar ante unos espejos. Las mujeres le consideraban guapo, con el cabello negro rizado, la tez palida, las facciones armoniosas. La corte chachareaba acerca de el, se conocian de memoria sus amores con la provocadora Madame d'Orsay, la esposa del famoso dandy, de la que el ministro Fouche repetia anecdotas escabrosas. Perigord, que tenia un caracter similar, aunque era mas joven, se habia encontrado a menudo con Dorsenne en el teatro o los conciertos de las Tullerias. Ambos, a diferencia de la mayoria de los demas militares, llevaban con naturalidad las medias de seda y los zapatos con hebilla, o bien unos uniformes extravagantes para llamar la atencion de las duquesas. Los dos tenian un valor autentico, pero les gustaba mostrarlo. La gente tomaba sus posturas como desprecio, eran irritantes. – Senor general de la Guardia -dijo Perigord-, Su Majestad os ruega que vayais al frente. – ?De maravilla! -respondio Dorsenne mientras se ponia los guantes. – Opondreis al enemigo un muro de tropas a lo ancho del glacis, a la derecha de los coraceros del mariscal Bessieres. -?Muy bien! Considerad que ya estamos ahi. Con un movimiento flexible, Dorsenne subio al caballo que le habian presentado, dio una orden breve y la Guardia Imperial se puso en movimiento al mismo paso, como para desfilar en el Carrousel, con la musica y las aguilas en cabeza. Perigord admiro este conjunto y entonces regreso hacia el estado mayor para informar a Berthier. La aparicion en la cresta de los gorros de piel de la Guardia basto para que cesara momentaneamente el canoneo de los austriacos. El general Dorsenne determino la posicion de sus granaderos distribuidos en tres filas. Habia dado la vuelta a su caballo para comprobar que se mantenian casi codo con codo, y para ello, sin preocuparse, daba la espalda a los canones y a la infanteria del archiduque. Al ver que un proyectil alcanzaba a uno de los soldados, ordeno, cruzado de brazos: – ?Estrechad filas! Los granaderos, apartando con los pies el cuerpo de su camarada caido, obedecieron la orden. Esto sucedio veinte veces, tal vez cien, y ellos estrechaban filas. Cuando una bala de canon arranco de cuajo la cabeza de uno de los abanderados, una cantidad considerable de monedas de oro rodaron por el suelo. Al tipo se le habia ocurrido esconder sus ahorros en la corbata, pero nadie se atrevio a agacharse para coger un punado, por temor a las reprimendas. De todos modos, los mas proximos no apartaban los ojos del suelo donde brillaban las monedas. Las balas seguian silbando y causando estragos en la Guardia. – ?Estrechad filas! Irritado porque no podia copar al enemigo, el archiduque ordeno que se intensificara el fuego. Los tambores, en formacion de cuadro bajo la metralla, tocaban al lado de los granaderos inmovi les que presentaban armas. Decenas de ellos ya habian caido en los trigales y los demas estrechaban filas. Dorsenne acabo por constatar que su muralla humana estaba demasiado desparramada, y coloco de nuevo a sus hombres en una sola linea de cara al enemigo. Un incidente estuvo a punto de perturbar esa maniobra heroica destinada a impresionar a los austriacos. Cazadores a pie y fusileros, mandados hasta hacia poco por Lannes, se desbandaban en la planicie ante la infanteria de Rosenberg. Corrian sosteniendo a sus heridos, y muchos se habian desembarazado de las mochilas a fin de huir con mas celeridad. Cuando llegaron a la muralla de la Guardia, los fugitivos se interpusieron entre los granaderos y las baterias que los mataban, y entonces los veteranos los agarraron por el cuello o las mangas de la guerrera para lanzarlos detras de ellos. Ante esta seguridad tranquilizadora, algunos cayeron de rodillas y otros, locos de terror, se revolcaron babeando como epilepticos en una crisis. Informado de esta derrota de varios batallones, con dos de sus capitanes, Bessieres se apresuro a formar de nuevo a los que habian conservado sus fusiles. – ?Donde estan vuestros oficiales? – ?En la planicie, muertos! – ?Vamos juntos a buscar sus cuerpos! ?Cargad vuestras armas! ?Formad filas! – ?Estrechad filas! -seguia ordenando Dorsenne a cien metros de alli. Un granadero que habia recibido un fragmento de metralla en una pantorrilla se arrastro a un lado. Al caer habia cogido algunas de las piezas que el abanderado, su ex companero de linea, ocultaba en la enmaranada corbata blanca. Abrio la mano con disimulo, examino su tesoro de cerca y murmuro que ya no valia nada. En efecto, el 1.° de enero de I8o9 el emperador habia hecho borrar de las monedas la divisa que figuraba todavia en aquellas piezas: UNIDAD, INDIVISIBILIDAD DE LA REPUBLICA. La noche se cernio pronto sobre una batalla sin vencedor. Napoleon y los oficiales de su Casa abandonaron el tejar y la comitiva se dirigio a la tienda imperial montada la vispera en el cesped de la isla. Avanzaban al paso por una senda atestada de arcones vacios, piezas de artilleria desmontadas, caballos solitarios y enloquecidos, lentas columnas de heridos guiadas por el personal de las ambulancias. En el estribo del puente pequeno, el emperador palidecio. Primero habia visto a un comandante de coraceros que lloraba en silencio. Luego habia reconocido al doctor Yvan y, seguidamente, a Larrey, inclinados sobre un paciente al que instalaban en un lecho de ramas de roble y mantos. Era Lannes, cuya cabeza Marbot sostenia semialzada. Tenia el rostro livido, deformado por el dolor, y sudaba copiosamente. Un lienzo rojo le cenia el muslo izquierdo. El emperador pidio que le bajaran del caballo y llego al lado del mariscal en unas pocas zancadas. Se acuclillo a su cabecera. – Lannes, amigo mio, ?me reconoces? El mariscal abrio los ojos pero permanecio en silencio. – Esta muy debilitado, Sire-susurro Larrey. – Pero me reconoce, ?no? – Si, te reconozco -murmuro el mariscal-, pero dentro de una hora habras perdido a tu mejor apoyo… – Stupidita! No te vamos a perder. ?No es cierto, senores? – Lo es, Sire-respondio Larrey con uncion. – Puesto que Vuestra Majestad asi lo quiere -anadio Yvan. -?Les oyes? – Les oigo… – Un medico de Viena ha ideado una pierna artificial para un general austriaco… – Mesler-dijo Yvan. – Eso es, Bessler, ?y te hara una pierna y la semana que viene nos iremos de caza! El emperador abrazo al mariscal. Este le confio al oido, de manera que nadie mas pudiese oirle: – Deten esta guerra cuanto antes, ese es el deseo general. No escuches a quienes te rodean. Te halagan, se inclinan ante ti, pero no te quieren. Te traicionaran. Por otra parte, ya te traicionan al ocultarte siempre la verdad… El doctor Yvan intervino entonces: – Sire, Su Excelencia el senor duque de Montebello esta agotado, debe ahorrar fuerzas, no ha de hablar demasiado. El emperador se puso en pie, fruncio las cejas y permanecio un momento en pie mirando al mariscal Lannes alli tendido. Se habia manchado de sangre el chaleco. Se volvio hacia Caulaincourt. – Pasemos a la isla. El puente pequeno no es muy practicable, Sire. – Su presto, sbrigatevi! ?Rapido! ?Daos prisa! ?Imaginad una solucion! El emperador no podia servirse sin inconvenientes de un pequeno puente que los carpinteros de armar consolidaban, obstaculizados en su tarea por el flujo incesante de los mutilados. Estos desdichados temblaban de fiebre y de furor, atropellandose, pasando por encima de los que caian al suelo, dandose empujones, sujetandose a los cordajes y las amarras que a veces se rompian, se peleaban e insultaban. Algunos saltaban a las olas, o penetraban sin vacilar con sus caballos en el tumulto de las aguas. Caulaincourt hizo liberar uno de los pontones, se aseguro de que era estanco y solido, eligio diez remeros entre los marinos del cuerpo de ingenieros mas robustos, y el emperador, en el crepusculo, erguido en medio de aquella embarcacion a la deriva, varo en la isla Lobau a doscientos metros mas arriba del punto de desembarco. Cruzo a pie el monte bajo y las franjas arenosas donde se amontonaban millares de moribundos, muchos de los cuales le tendian los brazos como si tuviera el poder de curar, pero el em perador miraba con fijeza al frente y sus oficiales le protegian rodeandole. Llego a su tienda, un gran pabellon de cuti rayado azul celeste y blanco. Constant, que le esperaba alli, le ayudo a quitarse la levita y la guerrera verde. Mientras se cambiaba el chaleco de casimir manchado por la sangre de Lannes, el emperador mascullo: – ?Escribid! El secretario, que estaba sentado sobre un cojin en la antecamara, mojo la pluma en el tintero. – Las ultimas palabras del mariscal Lannes. Me ha dicho: «Deseo vivir si puedo para servirss…». – Serviros -repitio el secretario, que escribia deprisa y corriendo sobre su escritorio portatil. – Anadid: «Asi como a nuestra Francia»… -Anadido. – «Pero creo que antes de una hora habreis perdido a quien ha sido vuestro mejor amigo…» Y Napoleon se interrumpio y aspiro por la nariz. El secretario permanecio con la pluma en el aire. – ?Berthier! – Todavia no esta en la isla -le dijo un ayudante de campo en la entrada de la tienda. – ?Y Massena? ?Ha muerto? – No se nada, Sire. – No, con Massena no acabaran asi como asi. ?Que venga en seguida! Capitulo sexto . SEGUNDA NOCHE Era una noche sin luna. Los ultimos incendios banaban la ribera izquierda con una luminosidad palida y rojiza que deformaba el paisaje. Habia empezado a soplar un viento que agitaba el follaje de los olmos, sacudia los arbustos e impulsaba unos nubarrones negros y cargados de lluvia. En la ribera arenosa de la isla Lobau, entre los agrupamientos de carrizos inclinados, el emperador avanzaba con Massena. El mariscal se habia alzado el cuello de su largo manto gris y metido las manos en los bolsillos. Con el cabello corto que revoloteaba como pequenas plumas en las sienes, de perfil se parecia a un buitre. A pesar del estruendo del rio, los dos hombres percibian como un eco el rumor amortiguado de la planicie, el chirrido de las ruedas, las llamadas, los ruidos de zuecos y cascos de caballos que golpeaban la madera del cercano puente pequeno. Napoleon hablo en un tono alicaido: – Todo el mundo me miente. – No representes tu comedia conmigo, que estamos solos. -Se tuteaban como en el tiempo de las expediciones italianas del Directorio. – Nadie se atreve jamas a decirme la verdad -se lamento el emperador. – ?No es cierto! -replico Massena-. Somos unos cuantos quienes podemos hablarte cara a cara. ?Ahora, que nos escuches es otra cuestion! – Unos cuantos. Augereau, tu… – El duque de Montebello. Jean, claro. Nunca he conseguido asustarle. Una noche, antes de no recuerdo que combate, empuja al centinela, entra en mi tienda y me saca de la cama para gritarme al oido: «?Es que te burlas de mi?». Discutia mis ordenes. – Deja de hablar en preterito imperfecto. Todavia no ha muerto y ya le entierras. – Su gravedad es extrema, Larrey me lo ha confesado. – Uno no se muere por perder una pierna. A mi me falta un ojo por tu culpa, ?y he sufrido alguna disminucion por eso? El emperador fingio que no habia comprendido la alusion a aquella caceria en la que dejo tuerto a Massena y acuso de torpeza a Berthier. Se quedo pensativo un momento, y al cabo dijo en un tono mas desabrido: – Estoy seguro de que todo el ejercito se ha enterado antes que yo de la desgracia de Lannes. – Los soldados le aprecian y se preocupan por el. – ?Tus hombres? ?Se han desmoralizado al conocer la noticia? – No se han desmoralizado, pero les ha afectado. Son valientes. – ?Ah, si fuese posible cuidar a ese pobre Lannes en Viena, en unas condiciones mejores! – Hazle cruzar el rio en una embarcacion. – ?Es que no piensas? El viento, la corriente… sufriria sacudidas como un saco y no lo soportaria. El emperador azoto las canas con la fusta, mientras reflexionaba. Asi transcurrieron uno o dos minutos, y por fin dijo en voz firme: – Necesito tu ingenio, Andre. – ?Quieres saber que haria yo en tu lugar? – Berthier preconiza que nos pongamos a cubierto en la orilla derecha. – ?Eso es una tonteria! -El estado mayor cree detras de Viena. – El estado mayor no tiene que pensar, sobre todo al reves. ?Y luego que? ?Ya que estamos ahi, volvamos a Saint-Cloud! Si abandonamos esta isla, firmamos la victoria de Austria. Pues bien, no hemos perdido. – Tampoco hemos ganado. – ?Hemos evitado una terrible paliza! -La fatalidad me persigue, Massena. – El archiduque Carlos tampoco ha vencido, lo hemos mantenido a distancia, sus tropas estan derrengadas, casi no le quedan municiones… – Lo se -dijo Napoleon, y dirigio su mirada al rio-. Es el general Danubio quien me ha vencido. – ?Vencido! ?No seas zafio! El ejercito de Italia viene a nuestro encuentro. La semana pasada, el principe Eugenio se apodero de Trieste, y marchara sobre Viena con sus nueve divisiones, ?mas de cincuenta mil hombres! Lefebvre entro en Innsbruck el 19, tras terminar con los rebeldes del Tirol, y si nos aporta sus veinticinco mil bavaros… – Asi pues, ?tenemos que encerrarnos en esta isla? – Esta noche hay tiempo para que pasen rapidamente nuestras tropas. – ?Puedes asegurarme una retirada ordenada? – Si. – ?Magnifico! Vuelve a tu puesto. El silencio desperto a Fayolle. Abrio los ojos y se dio cuenta de que los combates habian cesado con la oscuridad. El coracero estaba tendido boca arriba, demasiado entumecido para sentarse y desprenderse de la pesada coraza. Aunque se hubiera erguido, como la oscuridad de la noche era total, no habria podido ver los millares de cadaveres que cubrian la planicie, que se pudririan alli mismo y serian despedazados por los cuervos. Se palpo el rostro, doblo una pierna, luego la otra… no tenia nada, todo parecia en su sitio. Un viento fresco curvaba las espigas que aun estaban en pie, un olor a polvora, estiercol de caballo y sangre flotaba en el aire. Fayolle oyo un ruido de roedura; algun bicho se habia encaprichado de sus alpargatas desgarradas. Sacudio el pie. Una especie de roedor peludo atacaba con afan la suela de canamo, y el brusco movimiento le hizo huir. Fayolle, hombre de los bajos fondos parisienses que solo conocia las ratas, ignoraba el nombre de aquel animal. Aspiro hondo y penso que se estaba aprovechando de una paz extrana y egoista. Siempre habia sido un solitario. Mozo de cuerda, trapero, echador de cartas en el Pont-Neuf, a los treinta y cinco anos habia vivido mucho, pero mal. La Revolucion ni siquiera le habia simplificado la vida, y no habia sabido aprovecharse del reinado de Barras, a pesar de que este favorecia la rateria. En esa epoca, que siguio a la del Terror, se habia instalado en el pasaje del Perron para revender generos robados, jabon, azucar, tuberias, lapices ingleses, y aprovechaba la proximidad para deambular por el Palais-Royal, donde habia centenares de mujeres que puteaban bajo las arcadas y las galerias de madera que las prolongaban. En el piso superior de un restaurante, el techo del salon oriental se abria y bajaban del cielo diosas desnudas en un carro dorado. En el establecimiento medianero, las hetairas le masajeaban a uno en una banera llena de vino. Todo esto se lo habian contado, porque con su gorro de piel de zorro y su aspecto triste jamas le habrian dejado entrar. Se limitaba a mirar con ganas las que llamaban la atencion por medio de grabados eroticos o se levantaban las faldas. Otras, a fin de enternecer al personal, paseaban ninos que habian alquilado. Algunas llamaban a los posibles clientes por encima del cafe de los Ciegos, con sus sombreros negros provistos de borlas doradas y calzadas con zapatillas de saten. Eran magnificas, pero no daban credito. Se llamaban como en los poemas, Betzi la mulata, Sophie Cuerpo Hermoso o Lolotte, Fanchon, Sophie Pouppe, la Sultana. Chonchon la Garbosa dirigia una casa de juego. La Venus era una heroina, porque se habia resistido a los intentos del conde de Artois… Fayolle habia creido que el uniforme azul con adornos rojos de los coraceros le favoreceria en su relacion con las damas, o por lo menos protegeria sus bandidajes, pero no fue asi: jamas consiguio nada a no ser por la fuerza y gracias a la guerra. Penso de nuevo en una guapa religiosa violada durante el saqueo de Burgos, y luego en aquella tigresa de Castilla que le habia aranado la cara y a la que luego entrego a un lancero polaco brutal. Volvio a pensar sobre todo en la campesina de Essling, en sus ojos obsesionantes que le miraban con fijeza desde el mas alla. Se estremecio. ?Era de temor o de frio? El viento se volvia glacial. Hizo un esfuerzo para coger el manto pardo y, apoyado en un codo, oyo un crujir de ruedas. Fayolle entrecerro los ojos e intento distinguir las formas en la negrura. Muy lejos, tanto hacia el Bisamberg como hacia el Danubio, los vivaques iluminados le permitian calcular la distancia de los campamentos. ?Quienes venian? ?Austriacos? ?Franceses? ?Que hacian? ?Que objeto tenia aquella carreta? Los individuos se aproximaban, puesto que el ruido de las ruedas iba en aumento, y con el se confundian unas voces amortiguadas y un sonido de metal contra metal que no le sugeria nada. En la duda volvio a tenderse y decidio mantener una inmovilidad absoluta. La carreta avanzaba en su direccion, y ya debia encontrarse tan solo a unos metros. Con los ojos semicerrados, Fayolle entrevio unas siluetas inclinadas que sostenian faroles. A la tenue luz reconocio un gorro de granjero austriaco con su rama frondosa a modo de penacho. Retuvo la respiracion y se hizo el muerto. Unos pies pisotearon el trigal y se detuvieron a su altura. Una mano le desanudo la pechera de hierro. Noto un aliento cerca de la cara. – Venid, aqui hay una buena cosecha… Al oir estas palabras pronunciadas en frances, Fayolle agarro la muneca del ladron, el cual chillo: – ?Hola! ?Mi muerto se espabila! ?Socorro! – Cierra el pico le dijo uno de sus compinches. Fayolle se sento, apoyado en ambas manos. Dos servidores de ambulancia le miraban con los ojos desorbitados. – ?Asi que no estas muerto? -le pregunto Gordo Louis. – Ni siquiera parece demasiado herido -anadio Paradis, quien ahora se tocaba con un gorro austriaco. – ?Que estais haciendo? -gruno Fayolle en tono amenazante. – ?Calmate, amigo! – Bien lo ves, recogemos las corazas, es la consigna -le explico Paradis-. No debemos dejar nada detras de nosotros. – Salvo los muertos -dijo Fayolle con desprecio. – Ah, eso… no nos han dicho nada sobre los muertos, y ademas hay demasiados. Fayolle se levanto por fin, termino de quitarse la coraza y la arrojo al carricoche. – Puedes quedartela -le dijo Gordo Louis-, puesto que estas vivo. El coracero se arropo con su manto espanol. Sus ojos se habituaron a la oscuridad de la noche y distinguio decenas de faroles cuyos portadores registraban la planicie. Paradis, Gordo Louis y varios servidores de ambulancia tanteaban el terreno con palos. Cuando tocaban el hierro de una coraza, se agachaban, la desanudaban y la amontonaban en su vehiculo. – Mira, ese es por lo menos oficial… Al oir estas palabras de Paradis, Fayolle se acerco en seguida. -?Le conoces? -inquirio Paradis, bajando el farol para iluminar el rostro del caido. – Era el capitan Saint-Didier. – No debia de ser muy viejo… – ?Quitale la coraza y callate! – De acuerdo, no he dicho nada. Cuando Paradis hubo terminado su tarea, Fayolle le quito el farol de las manos y se inclino sobre el capitan. Una bala en el cuello habia puesto fin a su vida. Parecia dormir con los ojos abiertos. Su mano derecha sostenia aun una pistola cargada, que no habia tenido tiempo de utilizar. Fayolle abrio los dedos helados y se metio el arma bajo el cinto. En un calvero de la isla Lobau, el mariscal Lannes estaba tendido sobre una docena de mantos de caballeria. El capitan Marbot no le habia abandonado un solo instante. Le velaba como una nodriza, preveia sus necesidades, le reconfortaba con su atenta presencia mas que con palabras. Lannes balbuceaba, se enfurecia, sus pensamientos divagaban, se creia aun en el campo de batalla, daba ordenes incoherentes. – Marbot… – Si, senor duque. – Marbot, si la caballeria de Rosenberg toma Essling de flanco, por el lado del bosque, Boudet esta listo. – No temais. – ?Oh, si! Enviad a Pouzet al posito fortificado, no, a Pouzet no, le han herido, mas bien Saint-Hilaire. ?Ese animal de Davout ha enviado municiones en barcas? ?No? ?A que espera? – Descansad, senor duque. – ?No es el momento! -Lannes apreto el brazo de su ayudante de campo-. ?Donde esta mi caballo, Marbot? – Ha perdido una herradura -mintio el capitan-. Se estan ocupando de ello. A cada pregunta febril, Marbot le respondia con una voz demasiado dulce que acabo por irritar al mariscal. – ?Por que me hablais como a un nino de tres anos? ?Estoy herido, lo se, pero no es la primera vez! Ya tuve una agarrada con la muerte en San Juan de Acre, ?os acordais? ?Una bala en la nuca, no es moco de pavo! Y en Governolo, Aboukir, Pultusk… En Arcole recibi tres tiros. He sobrevivido. – Sois inmortal, senor duque. – Como decis eso… -Lannes movio la cabeza de un lado a otro y trato de humedecerse los labios secos con la lengua-. Dadme de beber, Marbot, tengo sed, y luego lancemos a nuestros granaderos contra Liechtenstein, pues esta muy claro: o el o nosotros. ?Comprendeis lo que hay en juego? Oudinot vendra a apoyarnos… Pero que negro esta el sol, amigo mio, como nos perjudican esas nubes, ya no se ve nada a diez metros… Unos soldados trajeron una cantimplora con agua del Danubio. No quedaban reservas de agua potable en las cisternas de los cantineros. Lannes tomo un trago y lo escupio. – ?Esto no es agua sino tierra! Estamos como los marinos, Marbot, rodeados de agua que no se puede beber… – Voy a buscaros agua buena, senor duque. El mariscal habia dejado a su criado en la isla para que vigilara su maletin de grupa. Marbot fue a pedirle una de sus mejores camisas y, con un bramante, le dio una forma de odre. Entonces fue a la orilla del rio para sumergir aquella bolsa en el agua enfangada, tras lo cual la fijo a una rama baja por encima de la cantimplora. Asi obtuvo una bebida filtrada y fresca que el mariscal bebio con alivio. – Gracias -dijo Lannes-, gracias, capitan. ?Por que diantres no sois mas que capitan? Me ocupare de ello despues de la victoria. ?Que haria sin vos, eh? Sin vos y sin Pouzet ya estaria muerto, ?no es cierto? ?Os acordais de nuestro primer encuentro? – Si, senor duque, fue la vispera de la victoria de Friedland. Acababa de casarme. – Os habian herido en Eylau… – Es cierto, me clavaron una bayoneta en el brazo. Un proyectil me habia perforado el sombrero. – Serviais en casa de Augereau, quien os habia confiado a mi, como de nuevo el ano pasado… – Me habia reunido con vos en Bayona. – Fuimos a Espana para dirigir el ejercito del Ebro. Vos conociais ya ese pais, yo no… Burgos, Madrid, Tudela… – Donde barrimos al enemigo al primer choque. – Ah, si… al primer choque… ?Sucio pais, de todos modos! Estuve a punto de perderos, Marbot. – Lo recuerdo, senor duque. Una bala me rozo el corazon y se alojo en las costillas, una bala plana como una moneda, dentada como una rueda de reloj, con cruces grabadas como una hostia. – Albuquerque ya estaba entre mis ayudantes de campo, ?no es cierto? En fin, creo que lo hemos traido de Espana… ?Por que no esta cerca de vos? – No debe de andar lejos, senor duque. Si, Albuquerque estaba lejos, y Marbot lo sabia. Por la tarde un proyectil le habia destrozado los rinones. Habia muerto en el acto. Lannes hablaba con una voz imperceptible: – Decidle a Albuquerque que avise a Bessieres. Que haga combatir a sus coraceros. ?Tenemos que librarnos a toda costa de este torno que nos atenaza! – Asi se hara. Lannes movio todavia los labios sin que salieran de ellos mas palabras, y entonces cerro los parpados y su mejilla cayo contra el manto que le servia de almohada. Marbot se azaro. – ?Ya esta? ?Ha muerto? – No, no, mi capitan -le tranquilizo un ayudante de cirujano a quien Larrey habia encargado que cuidara del mariscal-. Duerme. No lejos de alli, en los alrededores de la tienda imperial, Lejeune evaluaba los nuevos peligros de aquella noche. Temia dos cosas, que las aguas del Danubio en crecida inundaran la isla, y que a los austriacos se les antojara de repente bombardearla desde la ribera al otro lado de Aspern. Mostro su inquietud a Perigord, quien era mas incredulo y confiado: – He examinado la corteza de los sauces y los arces, Edmond, y os aseguro que presentan las marcas de una inundacion anterior. – ?Ahora os las dais de jardinero, mi querido amigo? – ?Hablo en serio! Todas las islas son inundables. -Menos la isla de la Cite, en Paris. – ?Basta de bromas! Deseo que tengais razon, pero percibo un posible riesgo. – ?Se ahogarian nuestros heridos? – Y la retirada estaria comprometida. Todos nos quedariamos aqui. Por otro lado, si el archiduque Carlos… – Vuestros canones austriacos no me impresionan, LouisFrancois. ?Estais ciego? ?Y sordo por anadidura? Si el archiduque lo hubiera querido, podria habernos arrojado al Danubio, pero ha interrumpido la batalla al mismo tiempo que nosotros. – En su lugar, el emperador no habria vacilado. -Pero el vacila. Berthier habia pensado como Le jeune. Habia prohibido toda luz en la isla y ordenado que encendieran fogatas de vivaque en la pequena planicie entre los pueblos, a fin de simular el establecimiento del ejercito y garantizar su huida. El emperador habia aprobado la medida. Asi pues, Lejeune y Perigord se paseaban en medio de la oscuridad total, con las manos extendidas para no tropezar con un tronco. De repente, Lejeune noto una cara fofa en el extremo de los dedos, y un hombre le dijo con un acento muy italiano: – ?Habeis terminado de manosearme el menton? – Que Vuestra Majestad me perdone… – Coglione! ?Estais perdonado, pero guiadme a la ribera! El viento agitaba las hojas, los olmos y los sauces se balanceaban. Se oian los suspiros y estertores de millares de heridos que se amontonaban sobre los taludes o incluso en el cesped. Lejeune y Perigord precedieron al grupo formado por el emperador, Berthier y los oficiales de la Casa. – La barca esta preparada, Sire -dijo Berthier, sujetando el hombro de Caulaincourt que le precedia tanteando el terreno con las puntas de sus botas de caballeria. – Perfetto! – He elegido personalmente catorce remeros, dos pilotos, nadadores… – ?Nadadores? Perche? – Si la barca zozobra, Sire… – ?No volcara! – No volcara, de acuerdo, pero hay que prevenirlo todo, incluso lo peor. – ?Detesto lo peor, Berthier, pedazo de burro! – Si, Sire. Napoleon y su comitiva avanzaron en fila y, sin caer ni tropezar con nada, llegaron a la ribera azotada por el viento donde aguardaba la barca. El emperador se saco un reloj del bolsillo del chaleco y lo consulto. – Las once… La luna nueva permitia distinguir vagamente el rio, pero el fragor de las aguas dificultaba mucho la conversacion. Las olas rompian en las pendientes de la isla y proyectaban una lluvia de goticulas. El agua remolineaba con fuerza, el viento silbaba. – ?Berthier! -grito el emperador-, ?voy a dictaros la orden de retirada! – ?Lejeune! -vocifero Berthier. Perigord habia conseguido encender una antorcha, poniendose al abrigo en el monte bajo. A la luz amarillenta y tremula, Lejeune se puso el portapliegos a modo de pupitre sobre las ro dillas dobladas y, con el papel y la pluma entintada que le habia tendido el secretario ambulante, tomo nota improvisando, pues el estruendo del ruido y el viento le impedia entenderlo todo. Indico que Massena y Bessieres debian retirarse a medianoche a la isla Lobau con el conjunto de sus tropas. Una vez la totalidad del ejercito se encontrara en aquel refugio, seria conveniente destruir el puente pequeno, llevandose en carromatos los pontones y los caballetes que servirian para reparar el puente principal. Cuando Lejeune hubo terminado, Berthier puso su firma en el documento, que hicieron secar arrojandole un punado de arena. Entonces Napoleon bajo a la orilla, hasta la gran barca que manejaban unos muchachos fornidos, los cuales le ayudaron a embarcar cogiendole por las axilas. Perigord entrego su antorcha a uno de los barqueros. Berthier, Lejeune y los que quedaban vieron que el emperador se alejaba de la isla, distinguieron por un momento su rostro sin expresion y su levita agitada por el viento. En cuanto se adentraron un poco en el rio la borrasca apago la antorcha y el emperador desaparecio en la negrura absoluta, como si se lo hubiera tragado el Danubio. Lejeune debia llevar a Massena la orden de repliegue que le habia dictado el emperador, pero ya no tenia montura. Su yegua se habia torcido una pata durante la ultima galopada, y como su ordenanza estaba de planton en la orilla derecha desde su regreso de Viena, se habia resignado a confiarsela al criado de Perigord, el cual desconocia por completo los cuidados que requeria el animal. El tiempo apremiaba. El coronel diviso a un zapador que llevaba por la brida el caballo de un husar hungaro. – Necesito este animal. – No es mio sino de mi teniente. – ?Lo tomo prestado! – No se si mi teniente estara de acuerdo… – ?Donde esta? – En el puente grande que ahora reparan. – ?No hay tiempo! Y ademas, este caballo ha sido robado. – Eso no, es un botin de guerra. – Lo devolvere antes de una hora. – No puedo cargar con la responsabilidad… – Si no te lo devuelvo, lo pagare. – ?Quien me lo asegura? Exasperado por aquel zapador embrutecido, Lejeune le paso ante los ojos la carta que habia firmado el mayor general e iba dirigida a Massena. El otro se quedo atonito y solto las riendas. Antes de que cambiara de parecer, Lejeune salto a la silla roja con franjas doradas y guarnecida de piel y, orientandose a ojo de buen cubero, avanzo en sentido contrario al flujo de heridos que seguian pasando a la isla. Cuanto mas se aproximaba al puente pequeno y mas atestado estaba el camino, tanto mas Lejeune hacia avanzar a su caballo entre aquella multitud, y no vacilaba en derribar fusileros con la cabeza vendada, mancos, invalidos, cojos que le amenazaban con el puno o le golpeaban las botas. El jaleo en el puente pequeno era tragico. Los fugitivos formaban una muchedumbre compacta y lenta. – ?Paso! ?Paso! -vociferaba el coronel. La masa humana le desbordaba, le hacia retroceder, pero el insistia, apartaba a los lisiados del cuello de su montura, e incluso alzo la fusta, aunque no se decidio a descargarla sobre los super vivientes de la batalla, los cuales alzaban unos ojos amenazantes o inexpresivos. – ?Orden del emperador! – Orden del emperador -repitio rechinando los dientes un sargento de dragones, y tendio el munon de su brazo izquierdo envuelto en un pano. Lejeune llego al final de esta pugna interminable y, en la orilla izquierda, se interno en el campo completamente a oscuras por encima del talud. Corria de un fuego a otro en la direccion de Aspern, donde Massena debia acampar, pero ?como estar seguro de ello? Aqui estaban los bloques sombrios de las primeras casas, y alla una calleja, pero el caballo no pudo entrar porque se lo impedian los muros derrumbados. Siguio hasta la proxima callejuela para salir a la plaza de la iglesia, atisbo a un centinela que encendia su pipa y se encamino directamente a el para informarse. El centinela le habia oido aproximarse. Antes de que el coronel hubiera dicho una palabra, le interrogo: – Wer da? Era un austriaco que le preguntaba «?Quien vive?». En vez de huir y ocultarse en la oscuridad de la noche, lo que le habria valido un disparo de fusil, Lejeune tuvo buenos reflejos y respondio en la misma lengua que era un oficial del estado mayor: – Stabsofzier! Otro hombre salio de la callejuela, un comandante del regimiento de Hiller, el cual le pregunto la hora en aleman. Sin perder tiempo en sacar el reloj, Lejeune afirmo que era medianoche: -Mitternacht… El centinela habia apoyado el fusil contra un muro bajo. Cuando el comandante se encamino hacia el, Lejeune volvio grupas y se salvo atravesando un bosquecillo. Oyo el silbido de las balas. Vago sin rumbo al trote corto por un camino encajonado, el oido atento, cruzo vivaques con las fogatas encendidas pero abandonados y se interno en un bosque que le llevaba hacia el brazo muerto del Danubio. Pasaba entre dos arboles cuando un hombre cogio el caballo por el bocado y otro le tiro del brazo para hacerle caer de la silla. No llevaban chacos, pero a juzgar por sus uniformes desparejos y sus tahalies, Lejeune creyo reconocer a los tiradores franceses, y grito: – ?Coronel Lejeune, al servicio del emperador! Los dos tiradores le pidieron disculpas. – No podiamos adivinar… – Teneis un caballo hungaro, asi que, en fin, nos dijimos que era un buen botin. – ?Donde esta el mariscal Massena? – No sabemos mucho. – ?Que quiere decir eso? – Que se le ha visto aun no hace una hora con nuestro general. – ?Quien es? – Molitor. – ?Y donde los habeis visto? – Por alla, en el lindero de este bosque donde estamos. – ?Estais de patrulla? – Algo de eso hay. – No os acerqueis demasiado al pueblo, los austriacos se estan instalando. – Lo sabemos. -?Gracias! Lejeune se adentro mas en el monte bajo, y poco le falto para que le hiriesen otras patrullas a causa de su caballo hungaro. Por fin un suboficial le acompano al campamento provisional de Massena, junto a un canaveral que bordeaba el terreno pantanoso por donde no vendria de improviso ningun enemigo. Las numerosas antorchas y fogatas anunciaban un vivaque importante, y bajo sus tremulos resplandores Lejeune adivino la delgada silueta de Sainte-Croix, rodeado de oficiales envueltos en sus mantos. Finalizaba el trayecto a pie cuando tropezo con un cuerpo extendido que se puso a chillar: – ?Eh! ?Quien me pisa las piernas? Massena habia dormitado una o dos horas mientras aguardaba la orden de repliegue. Se levanto, se sacudio la ropa, despotrico contra el tiempo humedo y frio y, a la luz de la antorcha que sostenia un tirador sonoliento, leyo el mensaje del emperador. Lo doblo, se lo metio en un bolsillo de su largo manto, se ajusto el bicornio, dio las gracias a Lejeune y partio sin apresurarse hacia el grupo que charlaba cerca de las fogatas. Fayolle habia seguido hasta Essling el carricoche y su carga de corazas. Los fusileros de la joven Guardia batian el eslabon para encender fuegos de tablas y ramas, a medida que se instalaban, pero guardaban el arma en el portafusil y tenian las mochilas sujetas a la espalda. Habia cadaveres hasta en los mas pequenos recovecos, amontonados en confusion, ulanos, tiradores, austriacos, franceses, hungaros, bavaros, despojados de las botas y los uniformes, desnudos, destrozados, horribles. Algunos estaban medio quemados. Fayolle se sento en un banco en el jardincillo deteriorado de una casa baja, al lado de un husar que tenia los ojos cerrados pero no roncaba. Los envoltorios de cartucho revoloteaban sobre la hierba. – ?Sabes donde hay polvora? El husar no respondio nada. Fayolle le sacudio el hombro, pero el jinete se desplomo: estaba muerto, y si aun vestia el uniforme era porque le habian creido dormido. Fayolle le registro, saco la polvora y las balas del talego que llevaba en bandolera y contemplo las botas elegantes y flexibles. La batalla habia terminado, pero el coracero sonrio pensando que por fin habia encontrado unas botas de su talla. Descalzo al muerto, se quito las alpargatas y se puso las botas. Entonces fue a acuclillarse cerca de la hoguera mas cercana, donde ardian sillas y ramas. Tendio las manos, apreciando el calor. Oyo que le llamaban a sus espaldas: – ?Tu, el de ahi abajo! Al volverse se encontro con la mirada suspicaz de un granadero de la Guardia, las manos en jarras, perfecto con sus polainas blancas. – ?Eres frances? ?De donde sales? ?De que regimiento? ?No son de husar esas botas que llevas? – ?No puedes callarte, bocazas de mierda? – ?Eres desertor? – ?Imbecil! Si hubiera desertado estaria lejos de aqui. – Tienes razon. ?Y bien? – Coracero Fayolle. Las balas de canon han destrozado a mi escuadron. Me he caido del caballo, me he dado un porrazo y me he despertado cuando los carroneros de las ambulancias me despojaban. – No hay que quedarse en estos parajes. Levantamos el campamento. – No te preocupes por mi salud, ?quieres? Unos jinetes en fila de a cuatro avanzaron al paso entre las llamaradas de la plaza. Tras ellos desfilaron en desorden unos batallones que se perdieron a su vez en la calle principal. El ejercito abandonaba Essling. El granadero se encogio de hombros, escupio al suelo y dejo a Fayolle despues de anadir que le habia advertido. Fayolle fue a sentarse de nuevo cerca de una fogata. Se saco del cinto la pistola del capitan Saint-Didier y la limpio, pues la polvora estaba mojada, la cargo con la polvora nueva del husar e introdujo la bala. Con el arma en la mano, se levanto, orgulloso de sus botas nuevas, y salio a la calle ancha bajo los olmos. La mayor parte de las casas estaban destruidas o amenazaban con derrumbarse, el tejado abierto por los obuses. Algunas que se habian incendiado humeaban todavia. La casa de la campesina en la que habia entrado la antevispera con el difunto Pacotte apenas se mantenia en pie. Todo un lienzo de pared que daba al jardin se habia venido abajo. Fayolle quiso entrar, pero tenia necesidad de una antorcha y volvio sobre sus pasos, cogio un palo y lo encendio en uno de los vivaques abandonados. Esta iluminacion era deficiente, pero lo mismo le daba. Con esa antorcha penetro en la casa por la brecha abierta en el muro. La escalera parecia intacta, y se arriesgo a subir. Avanzo en la penumbra del piso como si hubiera vivido alli durante mucho tiempo, y empujo la puerta del fondo. Vio la forma de un cuerpo sobre el colchon. El corazon le golpeaba en el pecho como un tambor de la Guardia. Se inclino con la antorcha y contemplo el cuerpo, sin duda el de un tirador, desnudo e identificable por las patillas. ?Y si la campesina de la otra noche jamas hubiera existido? Dejo la antorcha sobre la cama, que se incendio, y entonces se apoyo en la sien el canon de la pistola del capitan Saint-Didier y se salto la tapa de los sesos. Tras haber dejado atras un ultimo bosquecillo de sauces, el carromato de las armaduras se detuvo en la alta hierba. Paradis y sus colegas descubrieron de golpe el espectaculo de la retirada. Por debajo, en la pradera que descendia hacia la entrada del puente pequeno y que un espeso bosque ocultaba desde los pueblos y la gran planicie, humeaban centenares de hachones. En un monticulo, ante sus oficiales personales, Massena dirigia la evacuacion, senalando con la fusta, como si fuese la puesta en escena de una opera. El orden de los regimientos alineados sucedia a la confusion de los heridos. Los hombres iban andrajosos, hedian, estaban sucios y piojosos, hambrientos, casi barbudos, pero satisfechos de vivir y sin haber perdido brazos y piernas, con ojos para acordarse y bocas para contar. Se percataban de la suerte que habian tenido, y algunos oficiales sostenian un rosario. Sonreian, fatigados; la batalla habia terminado. Los cascos de la caballeria de Oudinot resonaban en las tablas del puente restaurado, y les siguieron los restos de la division Saint-Hilarle, los tiradores de Molitor, con sus penachos verdes y amarillos, encabezados por un sargento, el cual habia enganchado su banderin a la boca del fusil y lo alzaba como una bandera. Ciertamente, los colores apenas se distinguian, pero Vincent Paradis juro que los veia, por lo acostumbrado que estaba a verlos. El general Molitor fue a saludar a Massena, el cual se quito el sombrero empenachado y avanzo a continuacion de los dos mil soldados que le habian quedado. Detras se dispusieron otros tiradores, fusileros, cazadores a pie reagrupados por Carra-Saint-Cyr y Legrand. Este ultimo, un hercules, lucia su enorme bicornio con el borde cortado en forma de media luna por un proyectil. No se oia un murmullo, solo el sonido metalico del armamento. Los zapatones golpearon el suelo y luego el piso de madera, y los batallones desaparecieron uno tras otro bajo los arboles negros de la isla Lobau. – ?Avanzad, pillastres! – ?Pillastre tu padre! Un tren de artilleria llego al lugar donde estaban los servidores de la ambulancia. Los caballos de tiro babeaban mientras remolcaban grandes canones que se bamboleaban en los baches. Un artillero a caballo, con su interminable penacho de plumas rojas en el chaco, el mostacho erizado como un escobillon, se desganitaba para dirigir su convoy. Los conductores con guerreras azul celeste, pero sucias de polvora, azotaban las grupas de los animales asustados. – ?Vamos, avanzad! – ?Si quiero! -grito Gordo Louis, y golpeo con la palma los ollares del caballo, que se encabrito. El artillero estuvo a punto de caer, recobro el equilibrio por los pelos y solto un juramento. Sus companeros se apresuraron a rodear a Gordo Louis, el cual se saco un cuchillo del cinto. El artillero montado se encaro la carabina y le apunto. – Esta bien -dijo Gordo Louis, guardandose el cuchillo. Los servidores de la ambulancia desviaron su carro por los abrojos para contemplar el paso de canones y arcones vacios que rodaban cuesta abajo. Una rueda paso sobre unas piedras, un ar con volco. Los conductores tiraron de la rueda para levantar el vehiculo. – No valia la pena correr tanto -mascullo Gordo Louis. La carreta bajo la pendiente, pero se aparto de los regimientos que afluian al fondo de la pradera. Gordo Louis la condujo detras de la antigua ambulancia del doctor Percy, trasladada a la isla. Numerosos vehiculos requisados, desde calesas a carros de heno, permanecian estacionados antes de cruzar el puente pequeno. Transportaban el mismo batiborrillo de corazas y fusiles. Vincent Paradis fue a apoyarse contra un monticulo para aguardar su turno mientras contemplaba el repliegue de las tropas. Cuando se dio cuenta de que estaba apoyado en el monton de brazos y piernas cortados por Percy y sus ayudantes, se levanto de un salto, titubeo y fue a la orilla del rio, donde se arrodillo para vomitar, y luego se limpio con hojas los labios goteantes. Como tenia mal sabor de boca, arranco una brizna de hierba y se puso a mascarla. Llegaron los escuadrones formados de nuevo. Bessieres se separo, hizo avanzar a su caballo hasta detenerlo ante Massena y, asegurado sobre los arzones de ambas sillas, arrojo a la hierba dos banderas austriacas. Entretanto la caballeria desfilaba entre los hachones que hacian relucir las armas y los ornamentos de los uniformes, cuyos remiendos e improvisacion se olvidaba aquella noche. Paso en primer lugar la primera division de caballeria al mando del conde de Nansouty, con las cimeras de cuero que surgian de la piel negra de los cascos, luego brillaron los blancos pantalones de los dragones, las solapas escarlata de los carabineros… – ?Vaya, ahora se pone a llover! -dijo Paradis. Gruesas gotas tamborileaban en las pecheras de hierro amontonadas en la carreta. A las tres de la madrugada, un brusco viento abrio la ventana y Henri se levanto en seguida. Los dientes le castaneteaban y, tras encasquetarse el gorro de dormir hasta las orejas, se puso un sobretodo sobre la camisa. Llovia intensamente. Se disponia a cerrar la ventana cuando oyo un ruido sordo y se asomo para inspeccionar la calle. La berlina policial estaba como siempre, estacionada ante la casa, pero otra, tirada por caballos empapados, se habia situado junto a ella y le bloqueaba las portezuelas. ?Quien habia disparado? ?Y habia sido, por otra parte, un disparo? Henri ya no tenia frio, su curiosidad le impedia quejarse. Oyo pasos apresurados en la escalera, chirrido de puertas, cuchicheos: ardia en deseos de saber lo que se tramaba y se apresuro a vestirse en la oscuridad. Cuando se asomo de nuevo a la calle, distinguio unas formas que se metian en el segundo coche, y creyo reconocer la silueta de Anna bajo una capucha y las mas debiles de sus hermanas y el ama de llaves. Unos hombres con sombrero de ala ancha cuyos bordes chorreaban las ayudaron a subir, y luego uno de ellos se encaramo al asiento del cochero e hizo restallar el latigo. El coche partio bajo la tromba de agua. Henri abandono su habitacion a toda prisa, bajo corriendo la escalera principal y llego a la planta baja. Tuvo un acceso de pavor al cruzarse con un individuo que le miraba en la negrura, pero no era mas que su propia imagen reflejada en un espejo. Vestido de aquella manera apresurada se sentia grotesco, la levita, el sobretodo encima, los calzoncillos largos dentro de las botas, y en especial el gorro de dormir que se quito de un manotazo para meterselo en un bolsillo. Abrio de par en par los batientes de la puerta cochera, pero no se atrevio a salir con aquel diluvio. Entre los adoquines corrian arroyuelos, y el agua que caia en cascadas de los tejados le salpicaba. Penso en los soldados que estaban en la planicie transformada en un lodazal, luego en la escena que acababa de sorprender, y estornudo. Regreso a la cocina y consulto el reloj, llamo, subio a los pisos, empujo las puertas. Las camas ni siquiera estaban deshechas. La huida de Anna y su familia habia sido premeditada, pero ?a quien habia seguido y para ir adonde? Abajo, en el vestibulo, habia movimiento. Voces y pisadas de botas llenaban la escalera. Henri no tuvo tiempo de encerrarse en el primer salon y le rodeo una nube de gendarmes. – ?Quien sois? -le pregunto un oficial con el uniforme mojado. – Os hago la misma pregunta. – ?Vaya, el senor se las da de astuto! – Dejad tranquilo al comisario senor Beyle, no tiene nada que ver. Schulmeister subia la escalera y sus gendarmes se empujaban unos a otros para cederle el paso. Se sacudio y entrego su capa a un guindilla que le seguia, uno de aquellos a los que Henri habia observado delante de la berlina parada en la Jordangasse. Tambien reconocio al segundo, que se apretaba contra un brazo una especie de compresa, pues una bala disparada por la ventanilla del coche le habia desgarrado la levita y la piel. – ?Podeis explicarme todo esto, senor Schulmeister? – ?No hay nadie mas en esta casa? – Esta desierta. El jefe de policia despidio a los gendarmes y acompano a Henri a su habitacion. Uno de sus confidentes encendio la bujia mientras el otro, el herido, iba a cerrar la ventana con la mano indemne. – La senorita Krauss ha ido a reunirse con su amante, senor Beyle. – ?Lejeune? – Otro coronel. – ?Perigord? ?No puedo creerlo! – Yo tampoco. – ?Decidme quien es, por el amor de Dios! – Un oficial austriaco, senor Beyle, una especie de mariscal de campo del principe de Hohenzollern. Henri se dejo caer en la unica silla, estornudo de nuevo y se quedo atonito, los ojos lagrimeantes a causa de la fiebre. – ?No habeis visto nada? – Nada, senor Schulmeister. – Ya se que vos nunca veis nada… – ?Quien se ha llevado a Anna? – ?Guerrilleros, segun dicen, agitadores como el senor Staps, que nos causan tantas dificultades! ?Que es eso? – Las campanas de San Esteban -respondio Henri, aspirando por la nariz. – Se diria que tocan a rebato… ?Me permitis? Schulmeister indico con la mano la ventana. – De todos modos, ya estoy enfermo -respondio Henri-. Abrid, abrid… Y se sono con tanta fuerza que hizo vibrar los vidrios. Las campanas de Viena tocaban a vuelo, se respondian de una iglesia a otra y, mas alla de las murallas, se unian a las de los suburbios, tal vez incluso las de los pueblos a diez leguas a la redonda. A pesar de la lluvia, la gente salia a las calles y gritaba. – ?Que dicen esos vieneses, senor Schulmeister? – «Hemos ganado», senor Beyle, eso es lo que dicen. – ?Hemos? ?Quienes, nosotros? – Vamos a informarnos. Volvieron a ponerse sombreros, capas y abrigos y salieron a las calles como si se dispusieran a merodear. Pequenos grupos de ciudadanos conversaban animadamente. Schulmeister pidio a Henri que se quitara la escarapela de su goteante sombrero de copa, y se mezclaron con los paisanos muy agitados que difundian noticias calamitosas: – ?Los franceses estan encerrados en la isla Lobau! – ?El archiduque los somete a una lluvia de metralla! – ?El emperador ha sido hecho prisionero! – ?No, no, le han matado! – ?Bonaparte ha muerto! Schulmeister tomo una lista que circulaba y la consulto bajo un porche iluminado por un farol. – ?Que dice este papel? – Que han muerto cincuenta mil franceses, senor Beyle. Aqui estan sus nombres, en fin, algunos… Sonaban las campanas, ensordecedoras. Los rumores que corrian por Viena no eran ciertos. El emperador se encontraba en Schonbrunn y sostenia una entrevista con Davout. Antes de que empezara a llover, se habia reunido con el ejercito del Rhin, bajo las aclamaciones de las tropas, y luego el mariscal le habia acompanado en su calesa y con la escolta de un escuadron de cazadores a caballo. Durante el trayecto habia mantenido los dientes apretados, pero una vez en el castillo, en el salon de las Lacas, trato de analizar la situacion en voz alta: – ?Esta noche no amo los rios! Napoleon cogio una sillita dorada por el respaldo y la estrello contra un velador, al tiempo que atronaba: – ?Odio el Danubio, Davout, como los soldados os odian a vos! – En tal caso, Sire, compadezco al Danubio. El mariscal Davout, duque de Auerstaedt, era calvo pero lucia grandes patillas que se rizaban en las mejillas, y en el extremo de la nariz le cabalgaban unos anteojos redondos, porque era muy miope. Sabia que le detestaban por su extrema severidad y su indecente manera de hablar. Trataba a sus oficiales como si fuesen criados, pero jamas le habian vencido y era riguroso. Aquel aristocrata borgonon, ferviente republicano al comienzo de la Revolucion, mostraba una fidelidad excepcional al Imperio. El hecho de que mantuviera la calma no hacia mas que aumentar el furor de Napoleon: – ?Hemos estado en un tris! ?Si hubierais salido por la derecha de Lannes habriamos vencido! – Sin duda. – ?Como en Austerlitz! -Todo estaba dispuesto. – ?Si ese asno de Bertrand hubiera podido reparar el puente grande por la noche, manana por la manana habriamos derrotado a los ejercitos alelados de Carlos! – Sin ningun problema, Sire, los austriacos estan extenuados. Yo habria cruzado el Danubio con mis divisiones frescas y los habriamos aplastado como a chinches. – ?Chinches! ?Eso es! ?Chinches! El emperador tomo una pizca de tabaco y se lo introdujo en la nariz. – ?Que proponeis, Davout? – ?Sopla! Podriamos cenar, Sire. ?Me muero de hambre y una bateria de capones austriacos no me espantaria! La isla se poblaba. Millares de soldados se deslizaban como sombras al abrigo de los oquedales. Los mas afortunados se apoyaban en un tronco, se dejaban caer sobre el musgo y se adormecian con los pies en los charcos. Aquel acantonamiento hacia ir de cabeza a la intendencia, que jamas lograria alimentar a semejante masa humana. En cuanto a las provisiones enviadas por Davout en pequenas embarcaciones, cuando llegaban intactas a la ribera, eran devoradas tan pronto como las desembarcaban. Ahora los heridos gemian bajo grandes toldos o apoyados en un muro de carretillas. Los servidores de la ambulancia habian utilizado los barriles para recoger el agua de lluvia y construido canalones de canas para canalizar el agua retenida en bolsas sobre las telas tendidas en las ramas. Se afanaban por calentar a cubierto su infecto caldo de carne caballar, y colocaban en cubetas las cabezas y tripas que los prisioneros, encerrados en el extremo arenoso de la isla Lobau, se comerian crudas. De vez en cuando un enfermero, que hacia la ronda entre los cuerpos tendidos, recogia a un muerto, lo arrastraba en medio de la indiferencia de los demas hacia una playa y lo arrojaba al rio. Delante, en la pradera, hacia horas que la lluvia habia extinguido los hachones, pero Massena seguia en aquel lugar. Rigido, como una estatua que se alzara en medio del barro, chorreante, cuidaba de que el conjunto del ejercito que le habia confiado el emperador abandonara rapidamente la orilla izquierda para refugiarse en los bosques de la isla. – No queda mas que la Vieja Guardia, senor duque -dijo Sainte-Croix, las plumas de cuyo bicornio pendian de una manera lamentable. – Esta empezando a amanecer, lo hemos conseguido. -Ahi llegan los ultimos… En efecto, el general Dorsenne llegaba a la cabeza de un batallon de fantasmas grises, envueltos en capotes muy pesados a causa de la lluvia que los habia empapado. Chapoteaban y resba laban al bajar por la colina, pero se esforzaban por marchar al paso y levantaban los terrones que se les pegaban a las suelas. Las banderas mojadas se enredaban en sus astas. Los clarinetes tocaban en sordina una marcha imperial. Los tambores ya no redoblaban, y estaban cubiertos de mandiles para que el agua no les distendiera la piel. Dorsenne se detuvo al lado de Massena, y Sainte-Croix tuvo que ayudarle a bajar de la silla, pues habia sufrido una herida en el craneo y parecia muy debil. Sus guantes, atados alrededor de la frente, le servian como aposito. – No es mas que un rasguno -comento. – ?Haceos examinar en seguida! -rugio Massena-. ?Lannes, Espagne, Saint-Hilaire, ya es suficiente! – Cuando hayan pasado mis granaderos y cazadores. – ?Testarudo como un mulo! – No tengo derecho a desaparecer antes del ultimo acto, senor mariscal. Eso daria un mal ejemplo. Massena le tomo del brazo para presenciar el desfile de los granaderos que se internaban en el puente pequeno zarandeado por el Danubio. – Traigo conmigo a mas de la mitad -preciso Dorsenne. – Sainte-Croix -dijo Massena-, llevad vos mismo al general a que le vea el doctor Yvan. – O Larrey -dijo Dorsenne, palido como la cera. – ?Oh, no, desdichado! ?Larrey seria capaz de amputaros la cabeza! Como el doctor Guillotin, corta todo lo que sobresale, ?sabeis? Tras esta chanza, se separaron. A continuacion Massena ordeno a sus oficiales: – Adelante, senores. Os sigo. Los oficiales se hallaban en la isla cuando resono una andanada en las inmediaciones de Aspern. Massena sonrio. – ?Los picaros se despiertan! Pero tan solo se trataba de un incidente sin consecuencias. Los soldados austriacos habian descargado sus armas sobre un vivaque abandonado. El archiduque desconocia la realidad de los danos causados al puente grande, temia que los zapadores lo reparasen con rapidez y que los refuerzos franceses pasaran a la orilla derecha, como la vispera. Inquieto, inseguro, habia llevado al grueso de sus tropas a las posiciones anteriores. Ni siquiera pensaba en atacar. Su ejercito se habia desangrado. Solo, a pie, lentamente y sin volverse, el mariscal Massena fue el ultimo en franquear el puente pequeno. Ya los marinos y los zapadores se disponian a desmontarlo. Unas carretas sin adra les, estrechas y largas, aguardaban los pontones que transportarian al otro lado de la isla Lobau para restaurar el puente flotante: faltaban quince embarcaciones. A las seis de la manana finalizaba la batalla de Essling. Habia mas de cuarenta mil muertos en los campos. Capitulo septimo . DESPUES DE LA HECATOMBE El coronel Lejeune paso dos jornadas conflictivas en la isla Lobau. Le impacientaba la tardanza en reparar el puente, y esperaba un bombardeo desde que los austria cos de Hiller habian tomado posiciones en los pueblos abandonados. El enemigo intentaba fortificar el rio y sin duda iba a traer canones. Lejeune bebia agua de lluvia, tomaba el caldo de carne de caballo (que a Massena le parecia delicioso) y no pensaba mas que en la senorita Krauss, cuya huida ignoraba. Una vez reconstruido el puente grande, el coronel obtuvo permiso para ir a Viena. Compro demasiado caro un caballo de husar y galopo hacia la casa de la Jordangasse, donde no encontro mas que decepcion y amargura. Primero se encolerizo y sufrio una crisis de locura furiosa, a pesar de las frases que Henri habia preparado para contener la rabia y la pena previsibles de su amigo. Lejeune entro en la habitacion de la infiel, la embustera, la remilgada, la diablesa, porque le achacaba todos los defectos, descolgo sus vestidos, los desgarro y pisoteo, la llamo traidora a gritos… La idea de que se habia burlado de el, le habia puesto en ridiculo, era insoportable. Cuando hubo destrozado tres baules y varios armarios, prendio fuego a sus croquis, sin que Henri pudiera salvar uno solo, y entonces se acosto vestido, sin aliento, los ojos fijos en el techo de madera pintada. Permanecio asi durante varias horas. Henri, inquieto, aprovecho la visita diaria del doctor Carino para rogarle que cuidara al coronel. Lejeune envio al medico a paseo: – ?Lo que tengo, senor, no se cura con vuestras pociones! Henri seguia tomando sus medicinas, y la experiencia de la turbacion de Lejeune le hacia recuperar las fuerzas. Una dolencia mas grave de otra persona cercana consigue a veces que uno olvide la suya, y a menudo el cuerpo fisico se recupera mejor que el espiritu. Perigord le aportaba su ayuda, ya que habia regresado a sus aposentos de la casa rosada, con su grueso criado y su cartuchera revestida de corladura que contenia un estuche de aseo. Perigord buscaba con Henri los medios para devolver a su amigo el buen humor, trataban de llevarle a la Opera, descubrieron en una libreria ediciones excepcionales sobre los pintores venecianos. Perigord incluso habia sobornado a uno de los cocineros de Schonbrunn, el cual acudia por la noche para preparar unos guisados irresistibles a los que Lejeune se resistia. Habia perdido el apetito, y ya no queria escuchar musica ni asistir a espectaculos ni leer. Se negaba a ir al cabaret, a tomar el aire en los jardines del Prater, a visitar la casa de fieras, a comerse un helado en el cafe del Bastion. Una manana, Perigord y Henri entraron en su habitacion con semblante resuelto. – Vamos a llevaros a Baden, querido amigo -le dijo Perigord. – ?Para que? – Para refrescaros la cabeza, para ofreceros nuevas ideas y una pizca de alegria. – Eso me trae sin cuidado, Edmond. Pero ?que es ese perfume que usais? – ?No os gusta? Este perfume agrada a las damas, creedme. Tiene la virtud de atraerlas como por arte de magia. Deberiais utilizarlo. – ?Dejadme los dos en paz! – ?Ah, no! -replico Henri, disgustado-. ?Hace tres dias que te haces la momia y nos tienes inquietos! – No inquieto a nadie, y ya no existo. – ?Basta, Louis-Francois! -le dijo Perigord-. Manana nos vamos a Baden. – ?Buen viaje! -rezongo Lejeune. – Con vos. – No. Ademas, manana tenemos que participar en el desfile del sabado en el patio de Schonbrunn con el estado mayor. – He hablado de vuestro caso con el mariscal Berthier, y me ha dado permiso para llevaros a Baden por motivos de salud -dijo Perigord. – ?Que le habeis dicho? – La verdad. – ?Estais loco! – Vos sois el loco, Louis-Francois. Obedeced las ordenes. Tomar las aguas en Baden era una idea de Henri, el cual la habia recibido del baron Peyrusse, pagador del Tesoro general de la corona. Este le habia contado su breve estancia en el pequeno valle, a cuatro millas de Viena. Alli te alquilaban una habitacion por un fajo de florines. En cuanto a las aguas, uno chapoteaba con otras veinte personas en unas cubas de pino llenas de agua mineral. Lo mas interesante era que las muchachas se banaban con los hombres y sus camisas mojadas hacian sonar al menos sonador. Si Lejeune se enamoraba de una joven austriaca que sustituyera a Anna, no tardaria en restablecerse… El doctor Corvisart, de frente alta, despejada, y blancos cabellos ensortijados, se acomodo ante el escritorio del emperador. Es un rebrote de vuestro viejo eccema, Sire. – ?En el cuello? – No valia la pena hacerme venir de Paris para esto. – ?Los medicos alemanes son todos unas nulidades! – Voy a anotar la composicion de nuestra pomada habitual, para los farmaceuticos de Su Majestad… – ?Anotad, Corvisart, anotad! Los criados vestian al emperador, mientras el doctor Corvisart anotaba la manera de componer el preparado que lograria eliminar el eccema ordinario de Napoleon, quince gramos de cebadilla en polvo, noventa gramos de aceite de oliva y otros noventa de alcohol puro. Este mejunje iba de perlas desde la epoca del Consulado. – ?Senor Constant? El primer ayuda de camara aparecio en la puerta del salon de las Lacas, hizo una reverencia y anuncio: – Su Excelencia el principe de Neuchatel… – Que entre si trae buenas noticias. ?Si son malas, que se vaya a paseo! Las malas noticias dan alas al eccema, ?no es cierto, Corvisart? – Es posible, Sire. – Las noticias son buenas -dijo Berthier, quien acababa de entrar en el salon-. Vuestra Majestad estara contento. – ?Vamos, decidme, contentad a Mi Majestad! El emperador tomo asiento y tendio los brazos blancos. Su calzador, arrodillado, le puso las botas. Berthier resumio la situacion con las informaciones que habia recibido aquella misma manana: – Las divisiones de Marmont y de MacDonald se han reunido cerca del puerto de Semmering. En este momento el ejercito de Italia avanza por la ruta de Viena. – ?Y el archiduque Juan? – No ha podido contener este avance y se repliega hacia Hungria con las tropas mermadas. – ?El archiduque Carlos? – No se mueve. – ?Que idiota es! – Si, Sire, sin embargo, nuestro fracaso relativo parece revigorizar a nuestros enemigos en Europa… – ?Ya veis, Corvisart! -dijo el emperador a su medico-. ?Este mamarracho me quiere enfermar! – No, Sire, trata de sustentar vuestras reflexiones. – ?Y que mas? -pregunto el emperador a su mayor general. – Los rusos se manifiestan contra nosotros en Moravia, pero el zar Alejandro os asegura su amistad. – ?Por supuesto! ?No tiene el menor deseo de ver entrar a los austriacos en Polonia! ?Me inunda de buenas palabras y no me envia un solo cosaco! ?Y en Paris? – Han circulado rumores de la derrota, incluso en la corte, y vuestra hermana Caroline ha tenido palpitaciones. La Bolsa esta a la baja. – ?Los banqueros son unos cernicalos! ?Y Fouche? – El senor duque de Otranto ha vuelto a hacerse cargo de la situacion y ya nadie rechista. – ?Ese zorro! ?Que excelente barometro! Que amplien sus poderes. ?Si no traiciona es que sabe cuales son sus intereses! – Al contrario de lo que temiamos -siguio diciendo Berthier-, los ingleses ya no amenazan con invadir Holanda. – ?El papa? – Os ha excomulgado, Sire. – ?Ah, si! Lo habia olvidado. ?Quien esta al frente de nuestros gendarmes en Roma? – El general Radet. – ?Teneis confianza en ese oficial? – Es el quien ha reorganizado nuestra gendarmeria, Sire. Ha sido eficaz en Napoles y la Toscana. – ?Donde esta ese cerdo del papa? – En el Quirinal, Sire. – ?Que Radet lo saque de ahi y lo detenga! – ?Que lo detenga? – Y lejos de Roma, en Florencia, por ejemplo. Sus insolencias me irritan y el eccema empezara a picarme, ?no es cierto, Corvisart? ?No pongas esa cara, Berthier! No se trata de religion, sino de politica. (A su calzador, mirandose las botas.) ?Habeis visto el cuero? Se agrieta a pesar de la cera. – Necesitariais unas botas nuevas, Sire. – ?Cuanto costarian? – Unos dieciocho francos, Vuestra Majestad. – ?Demasiado caro! Berthier, ?esta todo a punto para la revista? – Las tropas os esperan. – ?Hay publico? – Mucho. A los vieneses les encantan los desfiles, y tienen curiosidad por veros. – Subito! Y durante mas de una hora, bajo aquel calor, Napoleon permanecio sobre su caballo blanco, en uniforme de coronel de granaderos, chaleco, guerrera azul, bocamangas rojas, en medio de su estado mayor al completo. La Guardia Imperial desfilo en un orden perfecto al compas de la musica. Los hombres habian descansado y estaban limpios, afeitados, brunidos, sin que les faltara ningun boton ni guarnicion, y la muchedumbre aplaudia al paso de las banderas. El emperador queria mostrar que su ejercito no estaba por los suelos, que los sangrientos combates a orillas del Danubio no habian sido mas que un contratiempo. Esto debia impresionar a los habitantes de Viena y reavivar la moral de los soldados. Al final de esta demostracion, Napoleon desmonto y atraveso el antepatio para entrar de nuevo en el palacio. En aquel momento, un joven salio de entre la multitud mal contenida por los gendarmes. Berthier se interpuso: – ?Que quereis? – Ver al emperador. – Si teneis que hacerle una peticion, dadmela y se la hare llegar para que la lea. – Quiero hablarle, y solo a el. – Es imposible. Adios, joven. El mayor general ordeno a los gendarmes con una sena que empujaran al joven hasta mezclarlo con el publico que todavia aclamaba, y entonces se reunio con el emperador en el interior del palacio de Schonbrunn. El joven seguia agitandose, volvio a liberarse y dio unos pasos mas por el patio adoquinado. Esta vez intervino personalmente el coronel de la gendarmeria para pedirle que circulara, pero, inquieto por la mirada del joven exaltado, ordeno a sus hombres que lo prendieran. El se debatio. En el interior de su levita verde, entreabierta, el oficial vio el mango de un cuchillo, se lo quito y ordeno que condujeran al individuo ante uno de los oficiales de ordenanza del emperador. Era Rapp, el alsaciano, y se entablo un dialogo en aleman. – ?Sois austriaco? – Aleman. – ?Que queriais hacer con este cuchillo? – Matar a Napoleon. – ?Os dais cuenta de la enormidad de vuestra confesion? – Escucho la voz de Dios. – ?Como os llamais? – Friedrich Staps. – ?Estais muy palido! – Porque mi mision ha fracasado. – ?Por que queriais matar a Su Majestad? – Solo puedo decirselo a el. Informado de esta peripecia, el emperador consintio en recibir a Staps. Su juventud le causo asombro, y se echo a reir. – ?Pero si es un chiquillo! – Tiene diecisiete anos, Sire-dijo el general Rapp. – ?Pues parece tener doce! ?Habla frances? – Un poco -respondio el muchacho. – Vos traducireis, Rapp. (A Staps.) ?Por que queriais apunalarme? – Porque sois el causante de la desgracia de mi pais. – ?Acaso vuestro padre ha muerto en la batalla? – No. – ?Os he perjudicado personalmente? – Como a todos los alemanes. – ?Sois un iluminado! – Mi salud es perfecta. – ?Quien os ha adoctrinado? – Nadie. Berthier dijo el emperador, volviendose hacia el mayor general-, que venga el bueno de Corvisart… Llego el medico, le pusieron al corriente de la situacion, observo al joven, le tomo el pulso y dijo: – No sufre una agitacion intempestiva, el corazon late a su ritmo normal, vuestro asesino goza de buena salud… – ?Ya veis! -exclamo Staps en un tono de triunfo. – Senor -dijo el emperador-, si me pedis perdon, podreis marcharos. Todo esto no es mas que un juego infantil. – No voy a excusarme. – Inferno! Ibais a cometer un crimen. – Mataron no es un crimen sino una buena accion. – Si os perdono, ?volvereis a vuestra casa? – Lo intentare de nuevo. Napoleon daba golpecitos con la bota en el entarimado. El interrogatorio empezaba a enojarle. Bajo los ojos para no seguir viendo al joven Staps y, cambiando de tono, dijo en voz seca a los testigos de la escena: – ?Que se lleven a este cretino con cara de angel! Esto equivalia a una condena a muerte. Friedrich Staps se dejo atar. Los gendarmes le empujaron hacia una puerta mientras el emperador salia por otra. La vida seguia en Viena igual o casi igual que antes de la batalla. Daru habia recibido autorizacion para requisar varios palacios a fin de establecer en ellos hospitales en condiciones. Los heridos habian sido evacuados de la isla, y descansaban entre sabanas blancas, con una rama en la mano para abanicarse y espantar las moscas. Se habia puesto tarifa a las heridas: cuarenta francos por dos miembros cortados, veinte francos por un miembro y diez por las demas heridas si provocaban alguna disminucion fisica. El tesorero Peyrusse gratifico con este donativo, segun su calculo personal, a diez mil setecientos heridos. Como al doctor Percy le faltaba personal, a pesar de sus continuas quejas, y el numero de heridos requeria cuadrillas de enfermeros, ayudantes, cantineros, lavanderas, planchadores, el general Molitor le habia dado permiso para conservar al tirador Paradis a su servicio: – Este hombre no es adecuado para el combate -habia aducido el medico-, lo que ha sufrido le ha danado un poco, pero tiene dos brazos, dos piernas, es robusto y le necesito. Me sera mas util que a vos. Asi pues, Molitor habia firmado el cambio de destino sin refunfunar. Por otro lado, esperaba la llegada de reclutas para cubrir las vacantes de su division. Y de esta manera, cierta vez que acarreaba un cubo de agua sucia, Paradis vio por primera vez a su emperador tan cerca que hubiera podido tocarlo: visitaba el hotel del Principe Alberto, convertido en hospital, para condecorar a los valientes lisiados sin piernas que lloraban de emocion. Como no habia sido posible llevar a Viena a los heridos mas graves, los habitantes de Ebersdorf, delante de la isla Lobau, los albergaban. Al mariscal le habian amputado ambas piernas. Se alojaba en casa de un cervecero, en el primer piso, en una habitacion encima de la cuadra. Durante cuatro dias creyeron que iba a restablecerse, hablaba de protesis, sonaba con el porvenir, imaginaba el modo de dirigir un ejercito cuando uno carece de piernas, en un tonel, decia, como el almirante Nelson. El calor era extremo y llego a los treinta grados. Las heridas se infectaban, la habitacion apestaba. Un criado abandono al mariscal a causa de los miasmas que no podia soportar, el otro cayo enfermo y Marbot, el fiel Marbot, se quedo solo a la cabecera de su mariscal. Se olvidaba de cuidarse la pierna, la cual se hinchaba e inflamaba. Velaba noche y dia, recogia confidencias y esperanzas, ayudaba lo mejor que podia a los doctores Yvan y Franck, este ultimo un cirujano de la corte austriaca que se habia puesto a disposicion de sus colegas franceses. Pero todo era inutil. El mariscal Lannes divagaba, ya no dormia, creia de veras que estaba en la llanura de Marchfeld, daba ordenes imaginarias, veia avanzar batallones en la niebla, oia los canonazos. No tardo en dejar de reconocer a quienes le rodeaban, confundia a Marbot con su amigo Pouzet, a quien habian enterrado. Napoleon y Berthier le visitaban a diario, tapandose la boca con un panuelo para no respirar aquel espantoso olor de carne en descomposicion. El emperador habia renunciado a hablar. Lannes le miraba como si fuese un desconocido. En toda una semana no pronuncio mas que una sola frase lucida ante Napoleon: – Nunca seras mas poderoso de lo que eres, pero podrias ser mas querido… Los vieneses no pueden estar demasiado tiempo sin musica. Una semana despues de la batalla, el Teatro de Viena estaba lleno a rebosar. Los oficiales franceses ocupaban las cuatro hileras de palcos, a menudo acompanados de hermosas austriacas con vestidos de volantes, muy escotados, que agitaban ante sus gargantas desnudas y redondeadas abanicos de plumas. Aquella noche representaban el Don Juan de Moliere modificado para la opera. Sganarelle salia a escena cantando y los decorados cambiaban a la vista. Los arboles del jardin, que parecian autenticos, giraban para transformarse en columnas de marmol rosa, un matorral revelaba al girar unas cariatides, la hierba se enrollaba para convertirse en una alfombra oriental, el cielo se decoloraba, monumentales aranas de luces pendian de las cimbras, las paredes se deslizaban, una escalera se desplegaba. Una multitud de coristas vestidas con dominos invadia el inmenso escenario para representar un baile de mascaras, y dona Elvira cantaba la invitacion que habia recibido de don Juan. Los espectadores participaban, llevaban el compas, se levantaban, lanzaban vivas, ovacionaban, exigian que se cantara de nuevo un aria que les habia complacido. A Henri Beyle y LouisFrancois Lejeune, este ultimo con uniforme de gala, les gustaba aquel espectaculo tan vienes. Mientras hacia una cura de aguas en Baden, el coronel no habia olvidado a Anna, pero su rencor era menos vivo, y unas jovenes rubias habian logrado distraerle. En el palco, los dos amigos intercambiaban rapidos comentarios sobre los cantos y los decorados. Madame Campi, quien interpretaba a la hija del comendador, les parecia demasiado delgada y muy fea, pero su voz les encantaba. – Dame el anteojo -pidio Henri a su amigo. Lejeune le presto el anteojo de larga vista que habia utilizado en Essling para estudiar los movimientos de la artilleria austriaca. Henri aplico el ojo y tendio el instrumento al coronel. – Mira, es la tercera corista empezando por la izquierda. – Es mona -comento Lejeune mientras miraba-. Tienes gusto. – Decir de Valentine que es mona quiza no sea el termino preciso. Bonita, si, chispeante, tambien, juguetona, a menudo divertida. – ?Me la presentaras? – Por supuesto, Louis-Francois. La veremos entre bastidores. Henri no se atrevio a precisar que Valentine era charlatana como una cotorra, pesada y excesiva, pero a pesar de todos sus defectos, ?no era la clase de mujer que le convenia a LouisFrancois? Era todo lo contrario de Anna Krauss, le aturdia a uno. El Don Juan proseguia alejandose de Moliere. En el ultimo acto, cuando la estatua del comendador se sumia bajo tierra, una nube de demonios cornudos atrapaba a Don Juan. En el escenario el Vesubio entraba en erupcion y unos rios de lava bien imitada fluian hasta el proscenio. Los demonios, riendose sarcasticamente, hacian desaparecer al gentilhombre por el crater, y caia el telon. Henri llevo a Lejeune hacia los camerinos, y en los pasillos se cruzaron con actrices semivestidas que se extasiaban bajo los cumplidos de sus admiradores. – Parece como si estuvieramos en el salon de descanso del Teatro de Variedades -comento el coronel, sonriendo por fin. Y, en efecto, tanto alli como en Paris uno se codeaba con dramaturgos, ninfas, periodistas que criticaban o estaban de chachara. Henri conocia el camino. Valentine compartia su came rino con otras coristas que se estaban quitando el maquillaje. Vestia tan solo una tunica y el beso en la mano que le dio LouisFrancois la dejo embelesada. – Te llevamos a cenar al Prater -le dijo Henri. – ?Buena idea! -replico ella con los ojos fijos en el oficial, a quien pregunto en un tono bromista-: Asi pues, ?habeis estado en esa horrible batalla? – Si, senorita. – ?Me la contareis? ?Desde las murallas no se veia nada! – De acuerdo, si aceptais posar para mi. – Louis-Francois es un pintor excelente -explico Henri ante la sorpresa de Valentine. Ella parpadeo. – Pintor y militar -anadio Lejeune. -?Admirable! Posare para vos, general. – Coronel. – ?Vuestro uniforme es de general, por lo menos! – Es el quien lo ha disenado -preciso Henri. – ?Me disenareis vestidos para la escena? Aguardaron en el exterior a que Valentine se cambiara. Un grupo discutia a su lado, y les llegaban retazos de conversacion. – ?Un iluminado, os lo juro! -decia un senor, gordo con levita negra. – ?Pero era tan joven! -decia una cantante con voz tremula. – Sea como fuere, ha intentado asesinar al emperador. – ?Lo ha intentado, es cierto, pero no lo ha hecho! – La intencion basta. – ?De todos modos, fusilarlo por una tentativa tan loca. – Su Majestad queria salvarle. – ?Vamos, hombre! – Si, si, me lo ha dicho el general Rapp, que estaba presente. El muchacho se mostro testarudo, insulto al emperador, y despues de eso, ?como queriais que le perdonara? – En Viena se murmura que va a convertirse en un heroe. – Por desgracia, eso no es imposible. – Acusaran al emperador de dureza. – Su vida estaba en juego y, por lo tanto, tambien las nuestras. – ?Como se llamaba ese heroe vuestro que se creia Juana de Arco? – Staps o Staps. Henri se sobresalto al oir el nombre. Durante la cena, el fue el mas taciturno. Valentine divirtio a Louis-Francois, y decidieron volver a verse. La isla Lobau estaba irreconocible. En unos pocos dias, el campamento fortificado que gobernaba Massena se habia convertido en una ciudad camuflada, salida de los matorrales y los carrizos, con calles bordeadas de reverberos, fortificaciones solidas, canales saneados para que llegaran por ellos embarcaciones cargadas de harina y municiones. Aqui, una manufactura; alla, hornos para cocer el pan. Mas alla, en un calvero vallado, habia rebanos de bueyes. En las abadias vecinas o en los sotanos de los paisanos vieneses, el ejercito habia hecho acopio de vino para alegrar a la tropa y los obreros, pues doce mil marinos y otros tantos soldados del cuerpo de ingenieros y carpinteros de armar trabajaban en la construccion de tres grandes puentes sobre pilotes, protegidos corriente arriba por una estacada de vigas que detendria los objetos flotantes. Los austriacos, a los que se divisaba en la ribera de Essling, no podian ver los canones de gran calibre que les apuntaban. Cada manana, el coronel Sainte-Croix, tras haber inspeccionado el estado de las obras, corria a Schonbrunn para dar cuenta de los progresos al emperador. Los centinelas y chambelanes habian aprendido a reconocerle, le respetaban, era familiar y entraba sin llamar en el salon de las Lacas. El 30 de mayo, a las siete de la manana, cuando Sainte-Croix se presento al emperador, este tomaba su vaso de agua. – ?Quereis? -le pregunto el emperador, mostrandole la jarra-. La fuente de Schonbrunn es fresca y muy deliciosa. – Os creo, Majestad, pero prefiero el buen vino. – D'accordo! ?Constant! Senor Constant, enviareis al coronel doscientas botellas de burdeos y otras tantas de champana. Entonces el emperador y su nuevo valido subieron a la berlina que les condujo a Ebersdorf, ante los puentes. En ese pueblo, Napoleon se detuvo unos instantes para visitar al mariscal Lannes, de quien sabia que su salud era muy precaria y su agonia se eternizaba. Aquella manana, Marbot habia abandonado la cabecera del moribundo. Esperaba delante de las cuadras, apoyado en un baston a causa del dolor en la pierna herida. El emperador lo vio al bajar de la berlina: – ?Y el mariscal? – Ha muerto esta manana, Sire, a las cinco, en mis brazos. Su cabeza cayo sobre mi hombro. El emperador subio al piso y permanecio una hora junto al cuerpo, en la habitacion nauseabunda. Luego felicito a Marbot por su lealtad y le pidio que hiciera embalsamar al mariscal antes de repatriarlo a Francia. Pensativo, siguio a Sainte-Croix, que le mostraba las ultimas obras. Permanecio silencioso y no abrio la boca hasta que entro en la tienda de Massena. El duque de Rivoli tenia una pierna vendada, y le recibio sentado en un sillon. – ?Como! ?Vos tambien? ?Que os ha pasado? ?La batalla ha terminado, que yo sepa! – Me cai en un hoyo oculto por la maleza, y desde entonces cojeo. A mi edad los huesos son fragiles, Sire. – Tomad las muletas y seguidme. – Mi medico debe cambiarme el aposito a cada vayamos demasiado lejos. Massena renqueo detras del emperador y cual le explicaba el funcionamiento de las lanch que habia empezado a construir. – En cada embarcacion caben trescientos h proa, ?veis?, hay un mantelete para resguardo llegamos a la orilla se abate y sirve como tierra. El emperador visito varios talleres y las fortificaciones, y entonces expreso su deseo de pasear por la ribera arenosa donde sus soldados solian banarse bajo las miradas regocijadas de los austria cos. Para evitar riesgos, Napoleon y el mariscal se pusieron capotes de sargento. – Dentro de un mes atacaremos -dijo el emperador-. Tendremos ciento cincuenta mil hombres, veinte mil caballos y quinientos canones. Berthier me lo ha confirmado. ?Que es eso que hay alla, al fondo de la planicie? – Las barracas del campamento del archiduque. – ?Tan lejos? El emperador, provisto de una ramita, dibujo un plano en la arena. – En los primeros dias de julio, pasamos en masa. MacDonald y el ejercito de Italia, Marmont y el ejercito de Dalmacia, los bavaros de Lefebvre, los sajones de Bernadotte. Vuestras divisiones, Massena, se situan entre los pueblos… -Alzo la cabeza para observar la planicie-. ?Massena, y vos, Sainte-Croix, mirad lo que os digo, en el lugar donde el archiduque ha levantado sus barracas, ahi estara su tumba! ?Como se llama esa planicie en la que se respalda? – Wagram, Sire. Paris, 17 de marzo de 1997 NOTAS HISTORICAS En 1809 DARWIN nace el 12 de febrero GERARD DE NERVAL tiene un ano GEORGE SAND, 5 anos VICTOR HUGO, 7 anos ALEXADRE DUMAS, % anos BALZAC, 10 anos VIGNY, 12 anos LAMARTINE, 19 anos SCHOPENHAUER, 21 anos STENDHAL, 26 anos SAINTE-CROIX, 27 anos LOUIS-FrancoIS LEJEUNE, 34 anos MARBOT, 27 anos ANTOINE DE LASALLE, 34 anos DORSENNE, 36 anos CAULAINCOURT, 36 anos DUROC, 27 anos WALTER SCOTT, 38 anos EL ARCHIDUQUE CARLOS, 38 anos DAVOUT, 39 anos BEETHOVEN, 39 anos HEGEL, 39 anos EL ZAR ALEJANDRO, 39 anos NAPOLEoN, 40 anos WELLINGTON, 40 anos ESPAGNE, 40 anos LANNES, 40 anos CHATEAUBRIAND, 41 anos FRANCISCO II DE AUSTRIA, 41 anos BESSIERES, 41 anos BENJAMIN CONSTANT, 42 anos DARu, 42 anos SAINT-HILAIRE, 43 anos LARREY, 43 anos MADAME DE STAEL, 43 FOUCHE, 46 anos CHERUSINI, 49 anos MASSENA, 51 anos TALLEYRAND, 55 anos PERCY, 55 anos BERTHIER, 56 anos GOETHE, 60 anos GOYA, 63 anos SADE, 69 anos HAYDN, 77 anos Hacia fines de los anos 1820, los escritores franceses admiran a Walter Scott y la novela historica esta de moda. Vigny tiene exito con Cinc-Mars, una obra de la que se hicieron catorce ediciones en vida del autor. Hugo piensa en Nuestra Senora de Paris. Balzac publica una novela farragosa sobre los chuanes: no logra mas que trescientos lectores, y los criticos le abruman, tachandole de confuso, pretencioso, complicado y carente de estilo. Balzac insiste. En 1831, tras Piel de zapa, aborda de nuevo su novela historica, la corrige, la completa, y sobre la marcha anuncia las Escenas de la vida militar, entre las cuales menciona La batalla. Aparenta trabajar en esta ultima obra en Aix, pero la marquesa de Castries, de la que se ha prendado, le ocupa demasiado. Sin embargo, no abandona su proyecto. En diciembre de 1834 todavia habla de el con seguridad. Promete un cuadro de Paris a comienzos del siglo xv, una historia del tiempo de Luis XIII y, una vez mas, esta famosa Batalla cuya epoca precisa al anadir vista del Imperio, 1809 ?De que batalla se trata? ?Wagram? No. Essling. El ano anterior habia desvelado su secreto en una carta dirigida a la senora Hanska: Ahi trato de iniciaros en todos los horrores, todas las bellezas de un campo de batalla. Mi batalla es la de Essling. Essling, con todas sus consecuencias. Es preciso que, en su sillon, un hombre frio vea el campo, los accidentes del terreno, las masas de hombres, los acontecimientos estrategicos, el Danubio, los puentes, que admire los detalles y el conjunto de esa lucha, oiga a la artilleria, se interese por las jugadas sobre el damero, lo vea todo, sienta, en cada articulacion de ese gran cuerpo, a Napoleon, a quien no mostrare, o que dejare ver por la noche, cruzando el Danubio en una barca. Ni una sola cabeza de mujer, canones, caballos, dos ejercitos, uniformes. En la primera pagina, el canon ruge, y en la ultima se calla. Leereis a traves de la humareda y, una vez cerrado el libro, debereis haberlo visto todo intuitivamente y acordaros de la batalla como si hubierais participado en ella. En 1835, Balzac se encuentra en Viena. Acaba de enviar a la senora Hanska el manuscrito de Seraphita. Aprovecha la ocasion para alquilar un coche y visitar Essling, la llanura de Marchfeld, la meseta de Wagram, la isla Lobau. El principe Schwarzenberg le acompana en su visita al campo de batalla. El escritor toma notas. Luego vuelve a casa y se pone a escribir El Brio en el valle. Zarandeado por mil personajes y mil temas, Balzac no nos dara jamas su Batalla. ?Por que habia elegido Balzac esta batalla ignorada? Tal vez porque, en Essling, cambia la naturaleza de la guerra. El historiador del Imperio Louis Madelin lo subraya: «Esta batalla inauguraba la era de las grandes hecatombes que, en lo sucesivo, marcarian las campanas del emperador». Mas de cuarenta mil muertos en treinta horas, veintisiete mil austriacos y dieciseis mil franceses, lo cual equivale a un muerto cada tres segundos, sin olvidar mas de once mil mutilados en el Gran Ejercito. Y ademas, por primera vez, Napoleon sufre un fracaso militar personal, que perjudica su prestigio y estimula a sus enemigos. Despues de Essling, los nacionalismos se desarrollan en toda Europa. En primer lugar, consulte a los historiadores para situar la batalla y sus envites. En seguida comprobe que los especialistas carecen de objetividad. Con respecto a Napoleon, pocos de ellos se mantienen frios: Jean Savant le odia, Elle Faure le venera, Madelin le ensalza, Bainville le aprecia, Taine le combate, etc. Asi pues, he buscado a los testigos. Balzac los tenia al alcance de la mano, puesto que la mayoria aun vivian y podian contarle lo ocurrido. Felizmente han dejado memorias y recuerdos escritos. Tambien ellos presentan unos sentimientos muy marcados, favorables o no, pero nos proporcionan una multitud de detalles que no me habria atrevido a inventar. Tras ellos, los historiadores aficionados a las anecdotas me han facilitado el material ideal. Asi, Lucas-Dubreton cuenta el caso de ese abanderado cuya cabeza arranca una bala de canon: sus ahorros, monedas de oro ocultas en la corbata, caen al suelo como una lluvia. Del mismo modo, el caldo de carne de caballo sazonado con polvora de canon se lo debo a los recuerdos de Constant, el ayuda de camara del emperador. Los uniformes son autenticos, como tambien las canciones y los decorados, la topografia, la meteorologia, los retratos de los principales personajes, sus talentos y sus defectos. Me he esforzado por no juzgar a los soldados, a Dorsenne, por ejemplo. Si doy credito a las Memorias de Thiebault, era un perfecto imbecil, pero Thiebault no estuvo en Essling y los ejemplos que facilita estan fuera de lugar, porque exagera y eso es algo que se nota. Una novela historica es la puesta en escena de hechos reales. Para ello, al lado de los mariscales y del emperador, he tenido que situar personajes imaginarios, los cuales participan del ritmo y ayudan a la reconstruccion. He inventado lo menos posible, pero a menudo era preciso partir de una indicacion o de una frase para desarrollar toda una escena. Alejandro Dumas decia que un historiador defiende su punto de vista y elige a los heroes que sirven para su demostracion. Anadio que solo el novelista es imparcial, pues no juzga sino que muestra. A continuacion presento, clasificados por temas, la lista de los libros que me han servido para resucitar la batalla de Essling con la mayor exactitud posible. Con respecto a los consultados en el Servicio Historico de los Ejercitos, en el fuerte de Vincennes, indico la signatura bajo la que estan disponibles, precedida de la letra V de Vincennes. 1. Sobre la campana de 1809 y su desarrollo • Henri Martin, Histoire de France populaire, tomo V, Furne, Jopuvet et Cie, Paris (sin fecha). Rapido, preciso, lleno de imagenes, con aliento. Henri Martin da una idea de conjunto incomparable. • Cadet-Gassicourt, Voyage en Autriche, en Moravie et en Baviere fait a la suite de l'armee francaise pendant la campagne de 1809, L'Huillier, Paris, 1818. Este libro raro y precioso lo compuso inmediatamente despues del Imperio el farmaceutico ordinario de Napoleon. El relato es a veces acido. Cadet-Gassicourt (o Cadet de Gassicourt) es el precursor de la medicina laboral. • Tranie y Carmigniani, Napoleon et l'Autriche, la campagne de 1809, Copernic,1979. Este grueso album me ha sido indispensable. El texto es claro y esta cuajado de detalles. Hay una multitud de fotos, cuadros, croquis, retratos y laminas de uniformes que me han ayudado a imaginar la batalla. Ademas, los planes de las operaciones, dia a dia, me han evitado no pocos errores sobre el movimiento de las tropas. • Pelet, Memoires de la guerre de 1809, tomo 3, V 72905. Relato militar de un testigo. • Marbot, Memoires tomo I, Mercure de France,1983. Uno de los mejores memorialistas, rico en detalles y en anecdotas. Le debo la mayor parte de las indicaciones sobre el mariscal Lannes en Essling, su herida y su muerte. Tambien le debo el personaje de Sainte-Croix, al que consagra casi todo un capitulo. • Lejeune, Memoires, de Valmy a Wagram, V 40518. Tambien en este caso he inventado poco. El personaje ha existido realmente en las condiciones descritas. Era un gran pintor y un oficial de enlace del estado mayor, lo que le permitia circular de un extremo al otro del campo de batalla. Los ciervos arrastrados por la corriente del Danubio, el centinela austriaco que le dispara en el capitulo VI, todo esto es exacto. Lo que he inventado es su relacion amistosa con Stendhal (quien se hallaba en Viena, en casa del conde Daru) y sus amores contrariados con Anna Krauss (quien no existio). Louis-Francois Lejeune escribia tan bien como pintaba, y sus Memorias son un placer. • Massena, Memoires tomo VI, V 6835. El mariscal habla de el en tercera persona, como julio Cesar, y se otorga el mejor papel. Es insustituible cuando nos ofrece la topografia de un campo de batalla. Gracias a el he recorrido los caminos encajonados, los bosquecillos de sauces o de olmos, he conocido el espesor de los muros del posito de Essling, la disposicion de las casas, etcetera. La anecdota de su caballerizo muerto por un proyectil cuando le ayudaba a ajustar el estribo es exacta (figura tambien en las memorias de Marbot). • Renemont, Campagne de 1809, V 55192. Tecnico. • Camon, Laguerre napoleonienne, V 66363/1. Tecnico. • Napier, Campagne de 1809, V 73099, vol. 3. Tecnico. • Brunon, «Essling», articulo de la Revue Historique des armees V, Titulo 111, cap. 11,1959/1. Gracias a este texto me he enterado de que, a falta de avena, se les daba cebada a los caballos, y que al segundo dia cargaban al trote. • Lettres inedites del baron Peyrusse, Perrin,1894. 2. Sobre el ejercito • Masson, Cavaliers de Napoleon, V. 24811. Un clasico. Todos los regimientos, todos los uniformes, todos los oficiales. • Lucas-Dubreton, Soldats de Napoleon, V 61835, otro clasico rico en detalles y anecdotas esclarecedoras. • Coignet, Les Cahiers du capitaine Coignet, Hachette 1883, y SOnvenirs d'un vieux grognard, V 2198o. Sobre la Guardia Imperial. Obra celebre. • Pils, Journal de marche d'ungrenadier, V 41352. • Parquin, Souvenirs et campagnes, V 41352. • Chevalier, Souvenirs des guerres napoleoniennes, V 17804. • Brice, Les Femmes et les armees de la Revolution et de l'Empire, V 4354 • Masson,Iadis tomo 2, V 9989 • Caziot, Historique du corps de pontonniers V 37488. • Chardigny, Les Marechaux de Napoleon, Flammarion, 1946. Muy completo. • Zieseniss, Berthier, Belfond,1985. • Histoire et dictionnaire d u Consulat et de l'Empire, por MM. Fierro, Palluel-Guillard y Tulard, «Bouquins», Robert Laffont,1995. • En la coleccion «Vie Quotidienne» de Hachette se puede consultar los tres volumenes que conciernen al Imperio, compuestos en epocas diferentes por MM. Robiquet, Baldet y Tulard. 3. Sobre la epoca y sobre Viena • D'Almeras, La vie parisienne sous le Consulat et l'Empire, Albin Michel, 7.a ed., sin fecha. • Bertaut, La vie a Paris Bous le ler Empire, Calmann-Levy, 1949. • Kralik, Histoire de Vienne, Payot,1932. • Mme de Stael, De l'Allemagne, tomo 1, 8. • Grueber, Sous les aigles autrichiennes, V 3523. • Brion, La vie quotidienne a Vienne au temps de Mozart et de Schubert, Hachette, 1988. Hay que sumirse siempre con alegria en la lectura de una obra de Marcel Brion. Me ha llevado de paseo por las murallas desaparecidas de la ciudad vieja y los cabarets a orillas del Danubio. En esta obra he descubierto la presencia del senor Haydn, quien murio poco despues de la batalla de Essling. • Vienne, Guias Gallimard, donde he encontrado la fauna y la flora de la isla Lobau. 4. Sobre la medicina de guerra • Percy Journal de campagne, V 31488. • Larrey, Memoires de chirurgie militaire, vol. 3, V 71126, y Clinique chirurgicale, 4 tomos, V 71125. • Ross, Souvenirs d'un medecin de la grande armee, Perrin,1913. • Toute l'Histoire de Napoleon, vol. 8, Napoleon et les medecins, enero 1952, publicacion impresa en Caen. De ella he extraido la pocion que preparaba el doctor Corvisart para cuidar el eccema del emperador. 5. Sobre Napoleon • Constant, Memoires intimes de Napoleon ler, Mercure de France, 1967. El libro indispensable. Constant, el ayuda de camara del emperador, me ha permitido visitar Schonbrunn. Las notas, numerosas y tupidas, al final de la obra, son apasionantes. Se deben al senor Maurice Dernelle, de la Academia de la Historia, a cuya erudicion estoy agradecido. • Stendhal, Vie de Napoleon, Payot,1969. [Trad. espanola: Vida de Napoleon, Obras Completas de Stendhal, tomo 111, Madrid, Aguilar,1988.] Sin ternura y con brillantez. • Bainville, Napoleon, Fayard,1931. • Godechot, Napoleon, Albin Michel, 1969. Estudios bien compuestos, por temas, con testimonios de la epoca. En esta obra se encuentra la historia de Friedrich Staps y su interrogatorio completo consignado por el general Rapp (cf. las memorias de este ultimo, V 73242). En la novela he adelantado la fecha del atentado que, en realidad, tuvo lugar en octubre de 1809. He retenido a este personaje porque representa bien la oposicion mistica al Imperio, que se desarrollara a continuacion. El emperador habria conservado el cuchillo de cocina con el que Staps queria matarle. El detalle de los interrogatorios figura en el numero de Etudes napoleoniennes de mayo junio de 1922. • Ludwig, Napoleon, Payot, 1929. • Savant, Tel fut Napoleon, Fasquelle, 1953. Este texto se ha incluido en un album titulado Napoleon, publicado por Henri Veyrier en 1974. Como suplemento, en esta ultima edicion, figura gran cantidad de ilustraciones, de cuadros y retratos. Para Jean Savant, Napoleon es un ser totalmente negativo, y acumula pruebas en ese sentido. Casi demasiadas. • G. Lenotre, Napoleon, croquis de Pepopee y En suivant l'Empereur, «La petite histoire», Grasset, 1932 y 1935 El primero de estos volumenes se ha publicado en los «Cahiers Rouges». Incomparable. Mi buen maestro. Como homenaje, he tomado en prestamo su descripcion del bicornio del emperador, que el mismo habia encontrado en una factura del sombrerero Poupard. • Bouhler, Napoleon, Grasset,1942. • Mauguin, Napoleon et la superstifon, rrere, Rodez, 1946. • Bertaut, Napoleon ignore, Sfelt, 1951. En esta obra se descubren sus talismanes, sus caballos, sus humores. • Brice, Le secret de Napoleon, Payot, 1936. • Frugier, Napoleon, essai medico psychologique, Albatros, 1985. anecdotes et curiosites, Ca- • Emerson, Hommes representatifs, Cres, igi9. El filosofo norteamericano consagra el capitulo VI de esta obra a Napoleon, o el hombre del universo. Un retrato tanto mas interesante cuanto que es inesperado. • Taine, Les origines de la tomo ir. Retrato acido. • Elle Faure, Napoleon, «L'Herne», La Table Ronde, 1964. Ejercicio de admiracion y de contemplacion. France contemporaine, Hachette, 1907, 6. Sobre Stendhal • Oeuvres intimes I, «La Pleiade», 1981. En el apendice se pueden leer extractos del Diario de Felix Faure en 1809. He sacado de esta obra la escena del Don Juan de Moliere transformado en opera. La representacion tuvo lugar el 12 de agosto y no a fin de mayo, como en la novela. He puesto en boca de mi Henri Beyle cosas que realmente habria podido decir, en la medida de lo posible. Lo mismo es aplicable a Napoleon, Massena o Lannes: me he tomado la libertad de reproducir frases que habrian pronunciado realmente (segun los testigos). • Correspondance I, «La Pleiade», 1968. • Stendhal, De l'amour, Gallimard, «Folio», i98o. [Trad. espanola: Del amor, Alianza Editorial, Madrid, 1968.] • Crouzet, Stendhal ou Monsieur Moi-meme, Flammarion, 199o. ?DE PROFUNDIS! Para terminar, he aqui lo que les sucedio a los personajes historicos cuyo protagonismo he privilegiado en esta novela. Louis-Francois Lejeune, general y baron, se retira en 1813 para consagrarse a la pintura, tras una carrera militar muy agitada. Dirige la Escuela de Bellas Artes de Toulouse, ciudad en la que fallece en febrero de 1848, a los setenta y tres anos. Fue el importador de la litografia en Francia. Con su pierna maltrecha, Andre Massena, convertido en principe de Essling, dirige la batalla de Wagram desde una calesa. Tras una campana desafortunada en Espana, cae en desgracia. Nombrado gobernador de Paris inmediatamente despues de Waterloo, muere a causa de una dolencia del pecho, ocho anos despues de la batalla de Essling. Louis-Alexandre Berthier, principe de Neuchatel y de Wagram, se cae en 1815 desde una ventana del castillo de Bamberg, en Baviera. ?Se trata de un suicidio? Estaba muy deprimido a causa del regreso de Napoleon de la isla de Elba. ?Asesinato? ?Querian impedirle que se reuniera con Napoleon? Jean-Marie-Pierre-Francois Dorsenne muere tres anos despues de la batalla de Essling, a consecuencia de la herida recibida en la cabeza. A jean Bessieres le mata un proyectil durante la campana de Saxe en mayo de 1813, como le ocurrio a Lasalle en Wagram. Charles-Marie-Robert, conde de Escorche de Sainte-Croix, muere en Portugal, cortado en dos por un obus, un ano despues de Essling. Tenia veintiocho anos. Jean Boudet se suicida en Bohemia en septiembre de I8og: el emperador le habia reprochado injustamente su conducta en Essling. Jean-Baptiste, general y baron de Marbot, llegara a ser el preceptor del hijo de Luis Felipe. Murio a los setenta y dos anos, bajo el Segundo Imperio, siendo par de Francia. Veintiun anos despues de la batalla de Essling, Henri Beyle firma Rojo y negro con el nombre de Stendhal. Читайте больше книг на сайте онлайн-библиотеки mir-knigi.org